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La esencia de Granada

La esencia de Granada

De cobre y lunares

Estamos de suerte, en poco menos de un mes, por nuestros escenarios, ha pasado lo más granado del baile flamenco en nuestra tierra. Ya disfrutamos del baile sin igual de La Moneta, de la bella evolución de Patricia Guerrero y ahora de la esencia de Ana Calí y de su apuesta por la tradición.

El lunes, como viene siendo costumbre en el teatro Alhambra, pudimos contemplar el baile destilado de esta motrileña. Ana es una corredora de fondo, que se auto exige sin hacer ruido. Los momentos inseguros, el amor al terruño y sobre todo la falta de oportunidad la han mantenido en un segundo plano, siendo cabeza de ratón en un corpus local tan aplaudido como cerrado.

Su espaldarazo, el terrón de azúcar, llega después del esfuerzo y la constancia de manos de la Junta y el ciclo Flamenco Viene del Sur. Lástima que sólo tenga una función en Granada. Lástima que fuera de nuestras fronteras no puedan ver lo que esta bailaora encierra.

De cobre y lunares es un espectáculo eminentemente granadino que ya se estrenó en el Museo-Cuevas del Sacromonte. Su deseo es rescatar los bailes tradicionales de nuestra tierra tal y como se hacían en la primera mitad de siglo en las cuevas de Valparaíso.

El baile granadino se caracteriza por la fuerza. La brusquedad en sus movimientos encierra un punto de sensualidad explícita y un tinte racial semi hipnótico. La riqueza de sus formas, cantada por los viajeros desde el siglo XVIII, es un tácito patrimonio digno de ser conservado.

La función empieza con un vídeo con imágenes en blanco y negro de aquél entonces, cuando en el barrio se vivía para la danza, que se dice que las gitanas ni se desvestían para estar preparadas con sus volantes, llegado el momento. Incluso, antes de comenzar, se escuchan unas voces, como debieron ser, alertando la faena.

A partir de aquí se desarrolla un todo continuo con los bailes típicos que, aunque son manifestaciones corales, con varias bailaoras, Ana los reproduce individualmente, concentrados como perfume en pequeño frasco.

La cachucha es el baile típico con el que comienzan las zambras sacromontanas, es decir, el ceremonial de la boda gitana. Su somática alegría desemboca en los tangos del Camino, los incombustibles tangos de Granada, con ese dejillo moro característico. Enrique Morente ha entrado a formar parte de nuestro acervo flamenco. Es difícil que se escuchen tangos sin que sus composiciones aparezcan.

Hay que destacar la eficiente labor de Alfredo Mesa a la guitarra y de su seriedad creativa; y de los cantaores Sergio Gómez ‘El Colorao’ e Iván Centenillo. Precisamente Sergio nos regala una granaína y media llena de color.

En la soleá de Graná se ve a una bailaora más suelta, dominando por fin los nervios iniciales y convenciendo con cada uno de sus desplantes. Rigurosamente de negro, Calí va trasmitiendo todo el sentimiento de esta pieza.

El escenario es parco y la ausencia de luz incide en su pobreza. La fiesta, que se supone envuelve esta manifestación, a veces supone un sobreesfuerzo. Sobreesfuerzo que tanto la bailaora como sus músicos realizan.

Iván se encarga, con gracia y dominio, de interpretar los tangos del Petaco. Unos tangos comúnmente bailados con una cadencia lenta y picarona que en este caso son sólo cantados, aproximándose en su ecuador a los tanguillos típicos que enriquecen este cante.

Dos interludios de la guitarra española de Rafael de la Rosa y de la bandurria de Fernando de la Rosa, que actúan como fiel acompañamiento de toda la obra, aunque de impecable ejecución, cortan el ritmo de la propuesta completa.

En la zambra, con su concesión a la variedad de tangos granadinos, ya admiramos a una bailaora desenfrenada y consciente; reflejo exacto de todas las bailaoras que le han precedido. Ni un detalle le falta a su figura ni a sus movimientos. El compás de ‘El Cheyenne’ y de ‘El Moreno’ son imprescindibles.

Otro cante típico de Granada son los fandangos del Albaicín, un cante valiente que requiere el control y la garganta del ejecutante. Es agradable escuchar estos fandangos cuando suenan por derecho.

Las alegrías, aunque típicas de Cádiz, como sabemos, no pueden faltar en la fiesta granadina. De blanco y repartiendo flores y sonrisas, Ana triunfa indubitablemente. Habrá un antes y un después en su carrera a partir del 8 de abril de 2013.

Como fin de fiestas, la mosca, que suele cerrar el ceremonial de la zambra, es interpretada con todos de pie, en boca de escenario, rodeando a la protagonista. La mosca es una danza llena de picardía, que Ana reproduce castamente, pero que insinúa lo que todos sabemos.

Los aplausos y la satisfacción de la redondez, sin apenas aristas, convencen de la calidad de una artista que siempre ha estado entre nosotros.

 * Foto de Antonio Conde©.

 

Patricia en La Platería

Patricia en La Platería

El sábado pasé por La Higuera para ver a Sara La Samarona. Es increíble la seguridad que ha cogido esta cantaora en sí misma, que hasta en el aspecto físico se le nota, y la expectación que despierta. Tiene salero, aguardiente y maestría en recomponerse cuando los hados le gastan una mala jugada. A su lado, Petete con la guitarra. Para las bulerías se dio una pataílla bien graciosa.

Después en La Platería la sorpresa fue mayúscula. No sólo por la percusión de Miguel ‘El Cheyenne’, el verdadero latido del flamenco; no sólo por la guitarra de Luis Mariano, posiblemente de los mejores guitarristas de acompañamiento; no sólo por las voces exclusivas de Juan Ángel Tirado, con su cajita de música en la garganta y su afinado torrente de voz, y de David ‘El Galli’ y su dominio con los bajos y los medios, que es como duele el cante; sino sobre todo por la bailaora Patricia Guerrero y su especial evolución.

Patricia ha sabido absorber de todos los maestros de los que se ha rodeado la esencia de su verdad y ha sabido adaptarlo a su discurso. Una bailaora, un bailaor, cualquier artista que se suba a un escenario y tiene algo que decir y sabe cómo contarlo, tiene parte del camino hecho. Patricia ha sabido limar asperezas, relajar el ceño y emplear todo su cuerpo para el fin deseado. Su esbeltez, su juego de cintura y sobre todo de muñecas rubrican un estilo eminentemente granaíno pero lleno de aire y de fronteras abiertas.

Un generoso comienzo al cajón recibe a los cantaores haciendo compás y alternándose por cantes extremeños, que dan paso a la guitarra orbital de Luis apuntando por levante y la primera aparición de la bailaora. El taranto pasa a ser tango tras un guiño sobresaliente. Se advierten huellas sacromontanas reconocibles que la adentran en un olimpo particular.

Un interludio sin baile llega por bulerías y después por seguiriyas. Llama la atención cuando los mismos músicos se admiran, se autoexigen y se aplauden entre ellos.

Patricia vuelve con bulerías por soleá. El fuego arde con toda la intensidad y los plateros están encantados con una de sus ‘hijas’. La bailaora se muestra muy canastera y con ganas de agradar, a pesar de las condiciones algo adversas de un escenario pequeño y de unas luces que difícilmente hacen justicia.

Con el fin de fiestas por bulerías vemos que tanta fiesta y tanto compás de doce tiempos va sobrando.

La duración del aplauso final, con los parroquianos de pie, no se ha visto desde hace mucho en la ‘Capilla Sixtina’ del cante.

* Foto de Miguel Clavero (creo).

Medusa

Medusa

Hasta dos veces, cuando visité Estambul, me asomé a la cisterna basílica de Constantino bajo la bóveda de Kere-batas Seraí en el semisótano de una supuesta casa musulmana.

La impresión es bestial, el ambiente tenebroso y los arcos infinitos. El paisanaje de la ciudad turca dice que sus aguas verdosas y sus paredes goteantes no conocen límites. La luz tamizada parece que nos adentra en un tupido bosque de columnas pareadas.

Edmundo de Amicis, en su libro Constantinopla, narra la terrorífica historia que le contó un dragomán sobre "el que se aventuró en una barca en aquel subterráneo para descubrir sus confines y volvió muchas horas después, bogando desesperadamente, con el rostro descompuesto y el cabello erizado, mientras las bóvedas lejanas repercutían fragorosas carcajadas y silbidos agudos; y de otro, que no volverá jamás y que acabó, quién sabe cómo, tal vez helado de terror, tal vez arrastrado por corriente misteriosa a un abismo desconocido, muy lejos de Stambul, Dios sabe dónde”.

Yo me adentré hasta el fondo, como decenas de visitantes lo hicieron, sin temor a la penumbra y a las turquesas aguas falsamente transparentes.

Al final del final, objeto de múltiples instantáneas, en la basa de una columna semejante a las demás, se hallaba esculpida la cabeza de una Gorgona semihundida en posición supina para contrarrestar sus efectos (en la foto).

(Cuenta Frobenius, en Historie de la Civilisation Africaine que “la Gorgona es un símbolo de fusión entre contrarios: león y águila, pájaro y serpiente, movilidad e inmovilidad, belleza y horror”. A lo que añade Cirlot: “por ello excede las condiciones soportables por la conciencia y mata al que la contempla”.)

Era la Gorgona llamada Medusa, a la que Perseo degolló con la hoz de oro que le proporcionó Hermes, que inmediatamente llamó mi atención y la cisterna, de por sí impresionante, cobró un doble valor: la belleza del espacio y el detalle arbitrario en el pie de un arco.

Enseguida pregunté en mi interior cómo acabó la cabeza de la Medusa en el subsuelo de la basílica constantinopolitana.

Las Gorgonas se llamaban Esteno, Euríale y Medusa, todas ellas bellas en un tiempo. Pero una noche Medusa se acostó con Poseidón, y Atenea, furiosa porque lo habían hecho en uno de sus templos, la transformó en un monstruo alado con ojos deslumbrantes, grandes dientes, lengua saliente, garras afiladas y cabellos de serpientes, cuya mirada convertía a los hombres en piedra.

Perseo acabó con ella e hizo estragos con su cabeza inmovilizadora, que acabó en la égida de Atenea, pero en ningún sitio dice que llegara a formar parte de la columna de una cisterna de la única ciudad del mundo entre dos continentes.

Por otra parte, cuenta Pausanías, Atenea le dio a Asclepio, fundador de la medicina, dos redomas con sangre de la gorgona Medusa; con la extraída de las venas de su lado izquierdo podía resucitar a los muertos, con la extraída de su lado derecho podía matar instantáneamente (así que no era tan mala como decían).

Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba (Lord Dunsany).

Para Sartre el infierno son los demás; para Torrente Ballester, más hispano, o sea, más quijote, advierte en el prólogo de su Don Juan que el infierno somos nosotros mismos; pero para mí el infierno es el amor no correspondido, el abandono, el engaño…

En el tratado De Coelo et Inferno, de Swedenborg (1758), se puede leer que “el infierno no es un establecimiento penal sino un estado que los pecadores muertos eligen, por razones de íntima afinidad, como los bienaventurados el Cielo”.

Aunque si le hacemos caso a santa Brígida de Suecia, el mismo Hacedor le confesó que “el infierno estaba vacío”. ¿Quién va a elegir un lugar de tinieblas y continuos padecimientos pudiendo abrazar la gloria? A no ser Luigi Pirandello cuando, después de calibrar todos los personajes que presumiblemente ascendían al Paraíso, llegaba a preferir un “infierno climatizado”.

Goethe, en Fausto, tiene clara la existencia justa del erebo. El padre de la literatura germánica nos dice: “ya que tiene el infierno más de una boca, sabe tragarse a cada cual según corresponde a su dignidad”.

Que exista el infierno, fuera de nuestra realidad, no estamos seguros. Que exista el cielo, tampoco. (Quizá ocupen a fin de cuentas el mismo estadio.)

No obstante es necesario el establecimiento de esos dos lugares para la antagónica discriminación del bien y del mal en las mentes temerosas que se hayan acogido al regazo de alguna creencia relativa. Porque, como escribía John Stuart Mill en 1854: “es instructivo observar cómo pueden decirse exactamente las mismas cosas en defensa de todas las religiones”.

El cielo, con variaciones, siempre es la gloria; la risa ríe; el dolor duele; y el infierno, ay, cada vez es más profundo.

* Una temporada en el infierno es el título de un poema de Arthur Rimbaud.

El sentido de Dani de Morón

El sentido de Dani de Morón

Cambio de sentido

La prueba más fehaciente de la altura de un músico, de un artista en general, es que sea admirado por sus iguales. Ayer, primer día de abril, el teatro Alhambra estaba lleno de guitarristas y guitarreros, de flamencos y aficionados, porque la presentación de un tocaor de altura funciona como un imán.

Ya conocíamos el virtuosismo de Dani, sus devaneos jazzísticos; ya nos familiarizamos con sus vueltas de tuerca y con su toque extraflamenco. Pero ha querido él y el destino que aterrice. Su primer disco en solitario, Cambio de sentido, que presentó el lunes, es un trabajo flamenquísimo, exclusivamente musical.

Quizá el contacto con  Paco de Lucía, en su gira de Cositas buenas, como segunda guitarra, le sirviera para desnudar su argumento, para quedarse en la esencia de las seis cuerdas y en su prolongación en el espacio.

Después de escuchar el disco, después de atender al concierto, sacamos la conclusión de que su trabajo es asequible para el gran público, pero sobre todo es una labor para iniciados. La riqueza de sus piezas, el aprovechamiento de los recursos, el fraseo estilístico… es algo que está pero puede pasar desapercibido; y, por otra parte, la sencillez con la que todo se muestra, alejado de efectismo, es digna de encomio.

Inmigración es un tema libre, dividido en dos partes, que aborda en solitario y se acerca en un principio a los aires de Cádiz para terminar en la fiesta. Para Momento de calma requiere el pandero de Quique Terrón y el bajo de José M. Posadas ‘Popo’. Un bajo eléctrico de seis cuerdas que le aporta una dimensión armónica interesante.

La soleá Siete revueltas es definitiva. Contemplamos a un Dani auténtico e inmerso en la raíz. Como su nombre indica, la amasa a voluntad, la malea y distorsiona para volverla a componer, sonando sin duda al tradicional toque de Morón. Sus silencios, imprescindibles en el flamenco, están llenos de duende.

Sus palmeros, Los Mellis, que en las bulerías (Barrio C) meten la voz, son tan exactos como respetuosos. Estas bulerías son borrascosas y son calmas, como el tiempo en esta primavera cambiante; son tradicionales y son vanguardistas, con sus concesiones al jazz, ejemplarizadas en sus repeticiones de base.

Todas las rondeñas tienen una deuda tácita con Ramón Montoya y …Sólo hay una / Un motivo no es menos, aunque se aleja brindándonos un sonido que posiblemente ya tiene firma de autor. Rúbrica que ya reconocemos sin duda en la seguiriya clásica Morón D.F. interpretada en solitario.

El final, con todos los componentes, apunta festero. Primero unos tangos (), quizá más extensos de la cuenta y, para terminar, las tremendas bulerías que le dan nombre al trabajo discográfico.

Si te vistes de blanco y de rocío

Si te vistes de blanco y de rocío
en el amanecer de nuestro tiempo
y provocas en mi alma sentimiento
de ilusión por haberte conocido;

si te dejas llevar en mi anarquía,
ordenado desorden que me embarga,
asociaré tu cuerpo a mi desgracia
que antes de ti constituyó mi vida.

Entretanto no me planteo nada,
porque el amor es ciego y la justicia
escasa. Tanto afán que me adelgaza;

loco, muy loco, estoy por tu caricia
ya olvidado e inútil me desplaza
castigado de amor y de presbicia.

Caracol

Caracol

En japonés caracol suena katatsumuri. Es bonito no más y me impulsa a crear esta entrada.

Aunque este molusco bisexual no es animal de bestiario, Claudio Eliano lo menciona como alimento de algunas aves, que lo elevan a gran altura para dejarlo caer sobre las rocas y así quebrarles el caparazón para comérselo.

Un águila procedió de igual guisa con una tortuga y, al estrellarla contra una piedra lisa y bruñida, resultó ser la calva del dramaturgo griego Esquilo en el 456 a.C., cumpliéndose la predicción de que moriría aplastado por una casa. Por eso vivía solo en el campo.

Corominas, en su diccionario etimológico propone, después de hartas teorías, que la palabra ‘caracol’ puede ser concebible como un ‘catalanismo gastronómico’. Y argumenta que “uno de los ejs. más antiguos está en el Arte de Cisoria de Villena (1423), obra llena de costumbres y vocabularios imitados de la corte barcelonesa: en este libro se nos describe la forma de comer urbanamente caracoles (…) con la advertencia de que muchos no gustan de esta comida”.

Jules Renard en sus Historias naturales dice que el caracol tiene el cuello de jirafa encogido y que hierve como una nariz llena. Y Juan Eduardo Cirlot (Diccionario de símbolos) lo asocia al sistema jeroglífico egipcio y la espiral microcósmica de su caparazón.

Por esta misma razón de infinitud, el caracol (o la caracola) es fuente de inspiración. Nono Guirado los utiliza como leitmotiv en sus cuadros.

Para mí el caracol se muestra en plural. Los caracoles es un cante flamenco de la familia de las cantiñas de Cádiz, que provienen del pregón de un mercader por las calles de Madrid.

* Ilustración de Tolouse-Lautrec para el libro de Jules Renard.

La vida desordenada

La vida desordenada

Retomo y maleo un poema-pregunta que escribí hace mucho, inserto en el cuaderno impublicable Poemas para cantar en el agua, y pienso que necesito un respiro.

¿Has visto, amor, los rápidos
que torpemente
se precipitan en cascadas
componiendo un escándalo
de blanquísima espuma,
de agua y de luz,
de violencia estancada en kilómetros de río,
para calmarse
y dejarse morir un poco
en la tranquilidad
siempre inmensa de un lago?

Mis días se acumulan en estridencia y no encuentro el viento que me empuje hacia buena travesía.

La noche, el amor, las ganas, la costumbre, la luna, los amigos y de nuevo el amor en su extensión, que no es otra cosa que el desamor.

Recuerdo un poema de Cavafis que responde a mi estado:

Por las tabernas y burdeles
de Beirut malvivo. No quería quedarme
en Alejandría. Me abandonó Tamidis
y se fue con el hijo de Eparcos para tener
una villa en el Nilo, un palacio en la ciudad.
No podía quedarme en Alejandría.
Por las tabernas y burdeles
de Beirut malvivo. En disipación abyecta
paso vilmente la vida. Lo único que me salva
como belleza duradera, como aroma que sobre
mi cuerpo ha quedado, es que tuve por dos años
como mío a Tamidis, el joven más maravilloso,
como mío no por una casa o una villa en el Nilo.

Carpe diem

Carpe diem

En el muro del patio del colegio de mi niño hay un mural abundoso de colores, con personajes y palomas, y una gran frese que lo atraviesa y le da sentido. La he vuelto a ver y creo que la retengo. Dice textualmente: “No hay camino para la paz / la paz es el camino”.

No obstante, en mi memoria, no sé, trocaba ‘paz’ por ‘libertad’. Ambiciosas las dos palabras. Utópicas en su ideal.

La paz más verdadera que conozco es una amiga que se llama Mª Paz.

La libertad sigue siendo un camino de difícil aplicación al compartir una sociedad llena de fronteras. Las leyes, las reglas, las normas de convivencia restringen esa libertad. La ética, la moral, la educación, también acortan nuestras alas.

Quizá deberíamos revisar los conceptos desde un principio. Quizá la libertad no tenga techo, aunque sí paredes (¿un pozo chico?). Quizá nuestros límites entronquen con nuestra voluntad, haciendo de la libertad un sistema metódico. Somos libres de autoimponernos los vetos que queramos; somos libres de elegir el camino en el jardín de Borges. (El norte no es un punto, sino una dirección.) Nuestro propio determinismo es nuestra libertad.

O, como dijo Julio Verne en Cinco semanas en globo: “yo no sigo mi camino; el camino me sigue a mí”; o Chesterton en El difunto Matias Pascal: “la aventura puede ser loca, el aventurero no”; o el remedo que hice al tropezar con la frase: “el piano puede ser de cola, el pianista no”.

La libertad ha de ser global o no ha de ser. Mi libertad termina donde empieza tu libertad. No debemos hacer lo que queramos, sino querer lo que hagamos.

Ser sublime, como dictaba Baudelaire. Sin interrupción, terminaba apuntando. Una fiesta cada día. Y el futuro no existe. Carpe diem, escribía Horacio (siglo I a.C.), haciendo una invitación a gozar el momento presente, ya que el día de mañana es incierto.

…Aprovecha este día, escribe el vate latino en su oda XI, y cuenta lo menos que puedas con el mañana (…carpe diem, quam minimum credula postero).

En la Edad Media, esta sentencia, animaba a aprovechar el presente porque el final estaba cerca; en el Renacimiento, incitaba a disfrutar la belleza y la juventud; durante el Barroco, pesimista y religioso, se volvió a imponer como  revulsivo al temor por la proximidad de la muerte.

La censura de posguerra prohibía toda serie de manifestaciones que vinieran a decir que hoy por hoy es lo único importante. Recuerdo un tema de Bonet de San Pedro (cantado después por Fangoria) que decía Rascayú cuándo mueras qué harás tú. Tú serás un cadáver nada más. Rascayú cuándo mueras qué harás tú.

También recuerdo una obra basada en el Anfitrión de Plauto y Molier, donde actuaban Jesús Herrera y Santi Rodríguez, que repetía: Vivid, vivid como dioses, gozad, os lo rogamos.

Detengamos la búsqueda. No hay camino para la paz, recuerden, la paz es el camino.

* Horacio en la ilustración.

Manifestaciones

Manifestaciones

Vivo en un piso alto por encima de los juzgados de la Caleta. Siempre hay movimiento bajo mi ventana. Las sirenas y la presencia policial son continuas. También los enchaquetados jueces y abogados y procuradores y funcionarios, que se distinguen diametralmente con la gente de a pie, denunciantes o acusados, rebeldes y reinvicadores.

Hay manifestaciones, un día sí y otro no. Y, hace poco, se apostaba en la puerta principal un indignado con un altavoz que arremetía con todo lo que oliera a sistema y a corrupción (¿sinónimos?).

El viernes, como todos los viernes, en llegando la bonanza primaveral, hubo una boda civil, aunque con vestido de hadas y arroz de Coviran (que es el súper más cercano). Su salida coincidió con una manifestación ciudadana. No la vi, pues andaba sentado en mi ordenador (curiosa contradicción). Pero su evidencia se sentía como si la estuviera viendo en la pantalla.

Al grito de “¡vivan los novios!” se unían las voces, como si fuera la misma cantinela, de “...salir a la calle! eo, eo, eo…”.

También hay un vocero que vende fruta y, así, quedamos en: "¡se llama democracia a dos euros la caja de fresas vivan los novios!".

Yahvé

yahvé puso el disco de prohibido al manzano tal vez

fuera el único frutal de esta especie y posiblemente

tuviera sólo esa manzana el fruto es más tentador por

estar vedado ese edén no era tal paraíso dios y la

serpiente montaron la escena yahvé fue el sádico ella

quiso un imposible a él le faltaba una costilla por la

tierra pasaba un río y al torrente le faltaba un poco de

barro y el amo perdió un soplido fue la negación de

la negación eva antojada de caín cansada de yerbas y

raíces amó la manzana pero estaba muy alta satanás

quiso aparecer en el mundo y nació caín con su estigma

la señal de la minoría la huella del superhombre símbolo

del poder del señor de las tinieblas el primogénito venció

a abel sufrió al hacerlo pero su ejecución era imprescindible

era parte del juego no tenía opción era su sino estaría

profetizado con su estigma que era el de eva belcebú y dios

y sería el de calígula y judas y amén pudo ser un juego

donde el que gana pierde y el que pierde arrostra su suerte

y alguien lo escribió sobre las gradas del templo ella

inmaculada pisará la cabeza de la sierpe pero el ángel

caído siempre está cayendo y el poderoso sigue condenando

árboles y sombras el cieno y el barro auparán otra costilla

sedienta de un nuevo estigma y el juego se repite

baja a la tierra la segunda persona engendrada y no creada

hija del padre que pasó cuarenta días desérticos y sus

gélidas noches y empuñó un látigo levantó a lázaro de los

brazos de su amada y no yació con la magdalena

murió por costillas y por limo soplos y estigmas prosiguió

su lúdico devenir por la calzada de emahú la semana

siguiente fue peregrino y salvó a sus amigos judas no quiso

entregarlo pero así dictaba el juego luego ahorco a su

estampa no lo fotografiaron y tomás que era joven

no se lo creía tocó el pecho de su hermano y se llenó

de llaga y el séptimo día descansó partió pan que era él

sirvió vino que fue su sangre y lo dio a los demás

yahvé vio que todo lo que había hecho era bueno

* Quizá tuviera 20 años cuando escribí este poema libre donde los haya (a Enrique Molina le gustaba).

Recopilación

Recopilación

No hay nada sobre gustos que no esté escrito ni a nadie que le amargue un dulce. Siempre he defendido mi incondicionalidad hacia La Moneta, hasta el punto de considerarla la mejor bailaora del momento, al menos de su generación (y si me apuran…). Me he entusiasmado con su evolución, con sus logros que, como un escultor, va añadiendo a su obra para crear el modelado perfecto. Paso a paso nos invita a descubrir ese camino. Es una recopilación temprana de la canción de su baile, de la historia de su vida, pues Fuensanta nació con los tacones.

El viernes, 22 de marzo, o sea, ayer, en el Centro Cultural Medina Elvira de Atarfe, para su público y para sus nuevos descubridores, La Moneta se rodeó del cuadro de verdadero lujo, que habitualmente la acompaña, para desgranar esa media docena de espectáculos que han conformado su estado.

La primera propuesta es una farruca con sólo la guitarra de Luis Mariano que desde un primer momento muestra su inmensidad. Luis es un creador; suena a flamenco y suena a granada; es tierra y es agua: el agua que baja por el monte, el agua canora que borbota de los manantiales de Valparaíso.

De rojo aparece la bailaora granadina para afrontar este baile tradicionalmente masculino, pero que ha redondeado sus aristas para expandirse en el género. La Moneta saca su vena contemporánea, que tan bien se adapta a su apuesta.

Manzanita de Santa Fe aborda la malagueña de Manuel Torre, Por buscar la flor que amaba, sólo esta letra, breve en su inmensidad, que la protagonista pinta tan delicada como desafiante.

De nuevo la guitarra de Luis se queda sola, acompañada por el preciso cajón de Miguel ‘El Cheyenne’, arpegiando la melodía de La Estrella. Es un tácito homenaje a los tangos de Morente. También se acuerda de los temas de Sacromonte o de La aurora de Nueva York.

El primer impasse de la noche viene con la voz añeja de Miguel Lavi haciendo el romance de El Chozas, para dar paso al invitado de la noche, Javier Latorre para bailar el silencio. Latorre es el maestro estilizado y calmo que deja huella sin proponérselo. Abre su vuelo y la soleá se impone, con las voces de Lavi y de Juan Ángel Tirado. La Moneta aparece con media cola blanca y mantón a juego. Es un paso a dos, en el que los dos bailaores se alternan, se imbrican, hermoseando el aire.

Jaime Heredia ‘El Parrón’ toma el testigo. Encara una tona y un martinete. Sorprende la templanza de su voz y su control en el decir, aunque, al final de la velada, se traiciona a sí mismo forzando la máquina en demasía.

Los cuatro cantaores, con voces reconocidas, quizá pasen por ser las mejores gargantas de nuestra tierra (incluyendo a Lavi, que es de Jerez).

Un poco de percusión apoya a Juan Ángel cantando por seguiriyas. La granadina surge de negro, y se acompaña con palillos, para ser desgarradora en este baile tan suyo. La seguiriya es rica y acaba con el cambio de Curro Dulce, que repite su último verso como una coda final que rubrica la pieza.

La segunda parte, si se puede llamar así a una obra sin fisuras, comienza con todos los actuantes cantando por granaínas. El toque de Luis Mariano, habitual en esta suerte de libertad, realiza verdaderos encajes con la sonanta. Jaime Heredia y Manzana firman esta la granaína y la media, mientras Lavi y Tirado se abandolan acercándose a la rondeña y a los fandangos del Albaicín, respectivamente.

Y, para terminar, o para terminar de empezar, La Moneta expone sus jugadas actuales, que consisten en un todo continuo, solapando los distintos palos y recogiendo todo el sentimiento con un mismo ‘vestido’.

El toque moruno de la guitarra se asoma a la zambra, antes de plantear los generosos tientos y a continuación los tangos. ¿Se puede ser más graciosa, más canastera, más granadina bailando por tangos? Cada desplante, cada caída, cada paseo, cada golpe de caderas abre los apetitos más viscerales.

Este sabor sacromontano, con una introducción del de Santa Fe, a la manera del poema por bulerías de Manuel Molina, se convierte en un latido por soleá, donde descubrimos, si cabe, a La Moneta más espontánea. Soleares que pasan a ser jaleos extremeños, con los cantaores de pie, en una rueda definitiva que acaba por bulerías, hasta que todos hacen mutis por el foro, dejando a la caja y a Fuensanta, que hacen lo propio, dejando el escenario solo y puntos suspensivos en el ambiente.

* Foto de Miguel Ángel Molina©.

Bámbola

Bámbola

Me lo contó como algo trascendental mientras paseábamos. Del cuerpo habíamos pasado a la razón y, después de manifestar su futilidad, habíamos aterrizado en el alma. En un bar de carretera, acudió al aseo para enjuagar unas uvas que había comprado por el camino y en ese momento le apetecían los granos tintos en vez de tomar cualquier otro aperitivo. Sus amigos se quedaron en la barra apurando sus consumiciones. Frente al lavabo, cuando el espejo reflejaba inconscientemente su imagen y el agua corría libremente entre las frutillas granate, le pareció percibir algo, quizá un reflejo, puede que su propia imagen. Estaba cansada y volvería a dormirse en el coche cuando emprendieran el camino. En el mismo instante de cerrar la puerta con el pie, a dos centímetros de su cara, encontró otro rostro, exuberante, de dientes dorados y exceso de maquillaje, que, saliendo del aseo de señoras, a la derecha, según reflejaba el azogue, con una voz gruesa le dijo: “Cómo estás, preciosa”. Ella, emocionada por la situación, deseosa de no se sabe qué y con algo de miedo, se vio a sí misma en la sombra de esa prostituta drogada buscando sexo a granel. “Cómo te llamas”, continuó la aparición. Ella, casi intimidada, le dijo su nombre, preguntando a su vez el nombre de su asaltante que dijo llamarse Bámbola, como el título de una película. Era grande y elegante. Se tambaleaba rosa y carmín. Las manos se le iban de las piernas a los pechos. La chica de las uvas, con un miedo inexplicable, para ocultar su nerviosismo, elevó el racimo entre las dos y le ofreció unos granos mientras ella se comía otros para rellenar esa inestabilidad. La buscona le dio las gracias y, arrancando tres uvas, propuso darle un beso. Un no titubeante culminó el encuentro. La joven, que ya había advertido que era un travestido, salió del baño con ideas encontradas, advirtiendo que algo suyo, presente o porvenir, quedaba en aquel lavabo.

La ciudad de Ys

La ciudad de Ys

Llevo unos días oyendo las composiciones del bardo bretón Allan Styvell, pues su música me vino de inmediato a la cabeza mientras mantenía una conversación con mi hijo sobre lenguas muertas. No sólo el griego clásico y el latín, sino también el bactriano y el ulfiano. A él le interesó especialmente el indoeuropeo, decir primerizo del que provienen gran parte de las hablas desaparecidas que a la vez han desembocado en las lenguas actuales.

Recordé entonces que el músico celta, ayudado por el arpa, cantaba en inglés y francés, pero también en sanscrito.

Acudimos a él y comenzamos a recorrer sus composiciones y conciertos. Uno de sus temas, harto melancólico, está inspirado en una isla sumergida en el siglo V, en la armoricana ciudad de Ys, lo que me dio pie para compartir con Juan esta leyenda.

El anciano y viudo Gradlon, rey de Cornualles, hizo construir para su mimada hija Dahut la maravillosa ciudad de Ys, “donde reinaban la riqueza, la libertad y la alegría”. Ys (o Yss) era una isla situada por debajo del nivel del mar, cerca de la punta de Luguéné, en la que un dique protegía su puerto.

Hay varias versiones sobre su hundimiento pero todas coinciden que, como una Sodoma y Gomorra, fue porque creció el desenfreno y el descontrol. Una historia de piratería confabulada por dragones y los caprichos extremos de la princesa es la leyenda compartida con ni hijo, pero la copla más extendida fue que el castigo recibido aconteció por el habitual pecado de incesto (sobre todo entre padre e hija).

Yss, según nos recuerda Cunqueiro, desde que las aguas la cubrieron (asolagaron dice él), nunca fue vista, ni nadie pudo descender a ella, aunque sí fueron oídas alguna vez las campanas de sus iglesias, “lo que puede probarse con Debussy”  (La Catedral Sumergida, 1910).

Se oyen sus campanas, pero también se adivina sobre las aguas un breve reflejo de blanco y oro de la torre sumergida de alguno de sus siete castillos, y los ladridos difusos del alano del rey cuando las barcas pasan cerca de la puerta del palacio.

Umberto Eco, en La isla del día de antes, cuenta que tanto el rey de Yss como sus dignatarios vagaban por entre las torres y el gran puente de Crogh convertidos en peces, el monarca de mayor tamaño, observando de vez en vez, según Yves Le Bronder, “un reloj de sol, en el cual esperan ver la hora de la desecación, el castigo cumplido, en la que su ciudad y su reino, volviera al aire y la luz”.

Aprovechando esta leyenda, otro día hablaremos de otras ciudades sumergidas como la Atlántida platónica, la gallega Antioquia, la irlandesa Hy Brasil, la francesa Ile Verte y la portuguesa Ilha Verde; todas variantes de esta misma hagiografía.

 

Los idus de marzo

Los idus de marzo

En el calendario romano las kalendas (de donde viene la palabra calendario) correspondían al primer día del mes; las nonas, al quinto, salvo para los meses de marzo, mayo, julio y octubre, que coincidía con el séptimo; y los idus, al decimotercero, salvo para estos mismos meses, que coincidía con el decimoquinto.

Los idus eran días de buenos augurios. Hoy son los idus de marzo (el mes dedicado a Marte, Dios de la Guerra).

En los idus de marzo del año 44 antes de nuestra era asesinaron a Julio César. Ese día concreto, el 15 de este mes, pasó a ser una jornada en la que había que precaverse. ¡Cuídate de los idus de marzo!, apunta Shakespeare en su obra Julio César (1599), aunque el bardo inglés ya tenía el dato.

Este mismo día, hace cuarenta y cuatro años, nació una querida amiga, ¡ay! La he felicitado de madrugada. Es todo una coincidencia, por el 15, por el 44.

Son aniversarios especiales, que nunca se olvidan. Como mi niño, como Enrique Morente, que nacieron el 25 de diciembre.

Antropofagia

Antropofagia

Se está rodando en Granada durante estos días una película de Manuel Martín Cuenca llamada Caníbal, que, según propaga, “narra la historia de Carlos, el sastre más prestigioso de Granada. Un hombre respetable. Su vida es el trabajo y comer. Pero no cualquier cosa. Carlos es Caníbal. Se alimenta de mujeres. Turistas, forasteras, desconocidas con las que no tiene ningún vínculo emocional...”.

Leyendo esto, no tenemos más remedio que acordarnos de ese otro caníbal cinematográfico, Hannibal Lecter, de El silencio de los corderos. Pero este sastre es más cercano, mucho más cercano.

Recuerdo que Perucho nos hablaba de Don Faustino de la Peña y su enigmático Tratado de Carnes, cocinero de su majestad, que, en su florilegio de sabores, refería la carne humana como de algo salobre, aunque la de tierno infante se asemejaba a la del cochino. “Esta clase de carne en estado joven, cuenta literalmente, no tiene mal olor ni sabor; es más delicada que la del cerdo, a la que se asemeja; es de fácil digestión”.

La antropofagia no es una afición que comparta. Muy al contrario, considero una aberración que, como tal, merece un estudio o al menos algunas líneas.

A veces se practica por necesidad (por necesidad hasta los musulmanes comen carne de marrano o los judíos de animal con las uñas retorcidas). Recordamos también, a este respecto, historias de naufragios, como La balsa de la Medusa, esa episodio que retrató maravillosamente Théodore Géricault a principios del XIX; o la aventura de ese equipo uruguayo de Rugby, que se estrelló en los Andes cuando viajaba en avión de vuelta de un encuentro y se vieron obligados, al cabo de equis días, a comer carne humana. Una película del suceso, Viven, nos lo cuenta con todo detalle.

Julio Verne ya lo decía en su obra Cinco semanas en globo: “en caso necesario, se come lo que se encuentra, aunque sea a un semejante, lo que, sin embargo, constituye una comida que debe dejar no sé qué en el corazón”.

Aunque quizás, no sé por qué, llegues a acostumbrarte, como los que comemos caracoles, como los que comen caballo, aún sin saberlo. Y, algunos otros, piensan que es un extremo que se podría considerar. Francisco Ayala, nuestro Francisco Ayala, reconoce en su Historia de macacos: "lo que pasa es que a todos nos gustaría probar la carne humana".

Caníbal, según Ambrose Bierce en su renombrado El diccionario del diablo, es un “gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época preporcina”. Sin embargo Fernando Savater apuntó que el canibalismo no era gastronomía, haciendo una comparación sobre los límites que se traspasan en no recuerdo qué argumento. Así como el incesto lo podemos considerar como el último pecado, la antropofagia determina el más horrísono de los crímenes alevosos.

Manuel Vicent, siguiendo el mismo argumento, la comparaba a la tauromaquia diciendo: “admito que el toreo sea un arte si a cambio me concede que el canibalismo sea gastronomía”. Ahí está el debate.

Julio Camba, en uno de sus libros, no recuerdo cuál (falta este dato en mis archivos), dice: “los hombres más leales, más sinceros, más nobles, más candorosos y más buenos del mundo se los encontró el capitán Cook en Oceanía; pero estos hombres tenían un pequeño defecto: eran antropófagos”.

Aunque, para terminar, yo me quedo con el enunciado, tan actual como verídico, de Alfred Jarry en sus Escritos breves, cuando advierte que “hay, como se sabe, dos formas de practicar la antropofagia: comer seres humanos o ser comido por ellos”.

*La balsa de la Medusa.

Saeteros granadinos

Saeteros granadinos

Reconozco mi desconocimiento cofrade, rayano en la aversión. El contacto más directo con la Semana Santa en mi ciudad fue una vez que salí de costalero llevando a la borriquilla. De eso puede hacer más de treinta años; cuando pagaban por tal menester. Necesitábamos dinero para comprar tiendas de campaña de cara al verano.

Por lo demás, mi vocación sólo entronca con el cante particular de esos días y su componente flamenco. Pues la saeta era un cántico popular extendido por toda España que se dirige a las imágenes de los distintos pasos. A principios del siglo XX se aflamencó por nuestras tierras, cantándose por seguiriyas, por martinetes o por carceleras.

La saeta es copla de cuatro o cinco versos octosíla­bos, sin acompañamiento, aunque en las grabaciones discográfi­cas suele presentarse con el fondo musical de la marcha religiosa, principalmente la producida por el tambor y las trom­petas; a veces se ha grabado también con acompañamiento o fondo de guitarra.

Curro Andrés, el primer aficionado granadino, lleva mucho tiempo en estas lides. Semanasantero, saetero y flamenco, como pocos, organiza cada año una muestra de ‘exaltación de la saeta’ con sus alumnos en un templo de la ciudad. Este año se han lanzado a la grabación de un disco que se presentó en el teatro Alhambra el día de ayer, martes 12 de febrero.

La primera constancia, e indignación por parte del organizador, fue la poca asistencia, apenas un tercio de la sala. Hubo literalmente más actuantes que público entregado. Incomprensible en una ciudad llena de cofrades, de flamencos y de amigos.

Dos bandas, con sus marchas procesionales, se iban alternando con los cantaores. En la primera parte, dedicada a los Cristos, la Banda del Dulce Nombre de Santo Domingo puso la alternancia musical. Interpretaron el Oh, pecador, Meditación, El señor de la Cañilla, Consuelo gitano y La saeta. La segunda parte, cantándole a las vírgenes, estuvo ilustrada por la Banda Municipal de la Zubia, con su directora Maria Trinidad Montes Martín, que expusieron: la Macarena, Hosanna in ExcelsisVirgen de las Maravillas, Madrugada de la de la Macaren y otra versión de La saeta.

Los cantaores, con voces reconocidas y buen arrojo, fueron, antes del descanso, Fernando Reinoso, que le cantó al Cristo de los Favores; Anabel Collado, al Padre de la Amargura; Gilberto de la Luz, al Cristo de la Humildad; Marta ‘La Niña’, al Señor de la Inspiración; Jesús Zafra, al Señor del Rescate; y María Gómez, con la voz bastante tomada, al Cristo de la Misericordia.

La segunda parte fue protagonizada por Alicia Morales, cantándole a la Virgen de la Victoria; Tomás García, con carraspeo en la garganta, a la Virgen de la Amargura; Azahara María, a la Virgen de la Alhambra por carceleras; Cristián Delgado, a la Virgen de la Esperanza; Iván Centenillo, a la Virgen de la Aurora, también por carceleras; y una enorme Sonia Leyva, a la Virgen de la Soledad.

He aquí el buen y variado estado de nuestros saeteros. Un buen recorrido, un buen repertorio, con algunas ausencias por enfermedad o lejanía, como la de Ana Mochón, Jesús de María y Aroa Palomo. 

* Curro Andrés, artífice del proyecto, en la foto.

Algunos demonios por orden alfabético

Algunos demonios por orden alfabético

El diablo no juega a los dados. Me encantan los libros donde los demonios andan sueltos, ya sea para hacer de las suyas ya para comprar ánimas desesperadas. Las obras de Cunqueiro y de Perucho siempre están salpicadas de estos seres infernales. Los leo y los releo con renovado deleite.

Otras obras, quizá sorprendentes, me vienen a la cabeza. A vuelapluma podría acordarme de Mefistófeles en la obra de Goethe o en ese otro remedo llamado Doktor Faustus, quien gracias al Maligno inventó la imprenta de tipos móviles antes que Gutenberg, aunque esto Mann no lo reflejara en su obra. Otro diablo compañero, como si se tratara de una novela septentrional (según Cervantes), vemos en el Don Juan de Torrente Ballester, que nos recuerda al mismo diablo que compartió remo de galeote con el virtuoso Paganini.

Cómo no traer también a colación El Retrato de Dorian Gray de Wilde o el divertidísimo El maestro y Margarita de Bulgakov.

Mi intención es más bien investigadora, pues, desde hace un tiempo, deseo averiguar cómo se canjea el alma por una vida algo más anchurosa, pues la mía anda bien flaca. Pero hasta ahora no lo he averiguado, pues dice Eduardo Mendoza en La ballena, cuento incluido en Tres vidas de santos, que “el hombre no es nada si no le empuja el diablo”.

Demonios hay a cientos. (“Uno de los lamentables errores del creador”, comenta Ambrose Bierce en su imprescindible El diccionario del diablo.)

Minutas de estos seres azufrados podemos encontrar en El bestiario de Ferrer Lerín o en el Diccionario infernal de Collin de Plancy, cada uno con sus funciones y sus aficiones, sus debilidades y sus características.

Tomo algunos de ellos, como siempre al azar y sin ningún ánimo exhaustivo, y los reflejo siguiendo su abecé (hago notar, por otra parte, la cantidad de endemoniados que comienzan por la letra ‘a’):

Algabat es demonio imberbe y asaz delicado, de formas redondeadas y bondadosas, que toma aspecto de mujer para ir precisamente al baño de las mujeres (los baños de mar, se sobreentiende).

Ammon (también llamado Aamon) es diablo principal en la jerarquía de los Infiernos. Pasa por ser fuerte, grande y poderoso. Se representa con figura de lobo con dientes muy afilados. Sabe de lo pasado y de lo venidero; de la amistad y del antagonismo.

Andrialfo es demonio reconocido por lo común. Acostumbraba a tomar figura de búho. En su apariencia de hombre se empeña en dar lecciones de geometría por ser harto versado en esta disciplina. También es dado a la astronomía, al derecho, al comercio y al lenguaje de las aves.

Arnulfo es demonio de grado intermedio, perfumista de oficio y en posesión de una notable dialéctica teológica. Es tartamudo. Defecto que le ha perjudicado, privándole de pasar a esferas o grados superiores en la jerarquía infernal. Arnulfo decíase autor de un tratado intitulado De las Pelucas.

Asmodeo es maligno destructor; enamoradizo y aficionado al juego. Trasformado en serpiente, fue el satán que sedujo a Eva.

Astarot, aunque con figura de ángel, es bien feo demonio. Cabalga humeante dragón y porta ponzoñosa víbora en la mano derecha. Procura la amistad con los grandes señores y políticos corruptos. Se le invoca los miércoles, previendo que no se acerque en demasía pues su hedor es enojoso, sólo combatible con un anillo de plata en la nariz.

Belcebú es el dios de las moscas, que son engendradas por los rayos solares en el agua estancada. Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española) lo llama Belzebub que proviene del hebreo Bahal-zebub. El premio Nobel (1983) William Holding se acordó de este demonio en su novela El Señor de las Moscas.

Cobillón es demonio perfumista y perfumado, bello, resultó y discretamente elegante. Es el antagonista del feo Astarot.

Croizás, natural de Pamplona. Don Merlín, según el vate de Mondoñedo, lo convirtió en haz de paja ardiendo. Era de la tenencia de los fornicadores. Se hizo pasar en Miranda por don Silvestre, alcalde constitucional de Burdeos en Gironda.

Shemnazai se introdujo en el Arca por un respiradero, convertido en humo y yació con la mujer de Cam cuando estaba dormida con las damas, pues Noé mantenía separados los machos de las hembras, dispersando su simiente.

Otros demonios o sobrenombres de ellos son: Abaddon, Agarés, Andras, Bitro, Caacrinolas, Lucifer, Satanás o Simón el Mago y sus sucesores: Basilides, Caprocato, Marco, Menandro y Saturnino…

Presentación de 'En un pozo chico'

Presentación de 'En un pozo chico'

Hoy lunes, 11 de marzo, a las 21,00 horas presentó mi libro de cuentos En un pozo chico, publicado en la colección PiedeMonte, de la editorial digital TransBooks.
Me arroparán en esta árdua tarea (no sé caminar solo) mi editor y amigo Jesús Cano. Juan Pérez y Alfonso Salazar harán la presentación. Y Jesús Ortega leerá alguno de los 55 títulos que componen el libro a su elección.
El lugar será la terraza del hotel Fontecruz (Gran Vía) dentro del ciclo ’Brillos de la azotea’, auspiciado por la Asociación del Diente de Oro.
A mí me quedará, como autor (del delito), explicar grosso modo la compilación general del libro, sus argomentos y los cuentos que se compartan, que no sabré cuáles hasta el momento de ser leídos.
Supongo que vendrá bastante gente. Tú presencia será también bienvenida.

La hija y su camino

La hija y su camino

Estrella Morente no es sólo la hija de su padre, sino también la hija de Granada, por su nacimiento, por el cariño que le profesa su paisanaje y por la voluntad que ella pone en arrellanarse en su regazo.

Como tal hija llegó a su madre a vaciarse y a triunfar, a llorar por la ausencia y a reír por el presente, puerta indiscutible del futuro. Granada, como buena madre, se muestra incondicional, emocionada, llorosa y permisiva, a pesar del precio sensiblemente elevado de su presencia.

Con todo y con eso, novecientas almas (medio aforo) caldearon la sala García Lorca del Palacio de Congresos el pasado viernes. Con todo y con eso, los demas hijos de la ciudad (¿sus hermanos?) se mostraron también generosos y llenos de orgullo por su princesa.

Ella, puesta a agradar, concibe una puesta en escena grandilocuente y comparece bien arropada (excesivamente, para mi gusto). Luces, humo, decibelios… La expectación está creada.

Un primoroso disco de estudio, Autorretrato, se va desmenuzando con el hándicap de remedar la excelencia de la grabación, con la tranquilidad de contar con un directo fresco y un pasado de escena.

La concesión al flamenco, lo sabemos, no es otra que la concedida al son cubano, al pop, al jazz… Son los caminos de Estrella, más que una búsqueda un destino, donde la sombra de Enrique planea.

Estrella sube a las tablas desde el patio de butacas, mientras los acordes de Michel Nyman en off apoteósicamente la reciben. Recorre los muchos metros que la separan de sus músicos desde la puerta del fondo, dándose un baño de gentes, de sus hermanos que la aclaman. (Se irá de igual manera.)

Su cuadro toma la iniciativa y el piano y el bajo eléctricos sustituyen al músico inglés para acompañar a la granadina en su decir del Pregón de las moras, para seguir con el hermoso siguiente tema sinfónico, Le di caza al alcance, un poema de san Juan de la Cruz, musicado por Michel Nyman. Una joya que en directo no desmerece.

Relajado. Con buen presencia de ánimo me dispongo a escuchar La Habanera Imposible de Carlos Cano con aires buleros y coda final, aunque las guitarras de los Carbonell no son la misma que la de Vicente Amigo que interviene en el trabajo discográfico.

La parte más flamenca del espectáculo vino con la soleá-petenera, con unas granaínas muy de su gusto, y con las enormes Seguiriyas de la Verdad, llenas de esos pellizcos y juegos vocales, de mediotonos y acentos, rubricados por los Morente.

Un solo de percusión y después un potpurrí en la guitarra de Montoyita que desemboca en La Estrella, de Enrique, dan tiempo a la artista para que se cambie. De un blanco impecable aborda con emoción este legado de su padre, que es su recuerdo, pero también es ella.

En un sueño viniste también es heredado de su padre. Este gran poema de Al-Mutamid de Sevilla, en traducción de Miguel Haguerty, lo grabó Morente en 1983 (Cruz y Luna) y ahora es cien veces versionado.

Y de la canción flamenca pasa a las sevillanas. A Lola Fores recoge algunos éxitos de la jerezana y de su hijo Antonio. Y de la capital hispalense desemboca en cuba con una rumba que corean cuatro voces a sus espaldas, más estridentes que eficaces, más disonantes que alentadoras.

En los tangos se acuerda de su padre. Comienzan por Tienes la cara y acaban bailando, con ese gracejo tan granaíno, por entre el público, su público.

Para terminar vuelve a las tablas con la Canción del Bembón, con la que se despide como la estrella que es.

* Foto: Antonia Ortega©.