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Estrella entre las estrellas

Estrella entre las estrellas

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

… He querido empezar este artículo por puntos suspensivos porque hablar de Estrella es continuar, porque tratar de Morente es un etcétera que se me antoja largo, si cabe.

Al comienzo del programa de mano, unas palabras de Estrella Morente nos advierten de su intención de homenajear a Granada, pero más bien a quien homenajeó fue a su padre o a la Granada de Enrique Morente.

La palabra que brota de mis labios desde que salí del concierto, desde que me senté en la butaca número 41 de la fila 8, es emoción. Un rimero de emociones que se agolpan en mi corazón y pretenden reorganizarse en mi cabeza. Una artista que tiembla la ausencia a la vez que se entrega, entera y quebradiza, a un público incondicional, a un pueblo que la quiere.

La estela de Enrique está presente de la primera nota que se mantiene en el aire, esa nota en off que al maestro gustaba para entonar su latido polifónico. Y es su voz la que canta. Y en su ronco suspiro el que abre la magia de la noche, cuando aparece Estrella en el balcón, vestida de diosa helena, con velo blanco, arañando el sonido de sus adentros, proponiéndonos una toná (el Pregón del Niño de las Moras), defendiendo, como pensaba Enrique, que el mejor instrumento es la voz.

… de darle caza al alcance. Así terminan las palabras de la artista granadina en el folleto que abrazamos. Así comienza y termina un poema de San Juan de la Cruz (Tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance), que Estrella hace pasional canción, bella, delicada, morentiana.

El recuerdo continúa con el comienzo de esta granaína en tono de malagueñas o esta malagueña con toque por granaínas. Se trata de Montes de Málaga del trabajo Pablo de Málaga que grabara Enrique en 2008, que Estrella la hace tan suya, rompiendo moldes, quebrando sonidos, paseando arriba y abajo en una escalera tonal que parece no tener fin. Es la única vez en el concierto que la guitarra precisa de José Carbonell ‘Montoyita’ la vemos flaquear.

Con sus formas continúa, abordando uno cante de minas perfectamente asimilado, aprendido y aprehendidos desde que tenía seis años y el maestro Sabicas la animaba con su guitarra.

Y el llanto cubre al llanto, como llover sobre mojado, una soleá por perteneras se queda por la mitad, que no puedo seguir, que tengo un nudo en la garganta, que basta de meter el dedo en la llaga, parece que piensa.

Pero el dedo se hunde un poco más en forma de seguiriyas. Es la forma dramática por excelencia, es el grito de dolor, el cante que posiblemente indujera a la Piriñaca decir que cuando cantaba a gusto le sabía la boca a sangre.

El intermedio respira con la sola guitarra de ‘Montoyita’ interpretando una rondeña, que debe mucho a Ramón Montoya, alimentando la memoria, que se empreña en su mitad con los conocidos tangos de la Estrella, tocados con un tempo lento y doloroso, preces a quien se fue temprano.

El dolor se viste de fiesta en la segunda parte, con la artista vestida de negro con notas coloradas (autoría de su madre), al igual que sus músicos, su familia, que se cubren con chaleco en el que se evidencia brilloso el nombre de MORENTE. Son unas bulerías que se inician con la caña y culminan con la letrilla del gaditano Paquirri ‘El Guanté’ (los pájaros son clarines…). Desde aquí su cante se acompaña con grácil braceo y pataílla cómplice hasta el final del espectáculo.

En la percusión Pedro Gabarre Carbonell y en los coros y palmas, su hermano, José Enrique Morente y Antonio Carbonell y Ángel Gabarre. Todo queda en casa.

El laúd, tañido por José Carbonell Serrano ‘Monti’, hace aparición para rememorar los Tangos de la plaza, grabados por el ronco del Albaicín en Negra, si tu supieras (1992).

La Habanera imposible, de Carlos Cano, trae reminiscencias indelebles al llanto desgarrado de Estrella sobre los restos de su padre. Una habanera rematada con la famosa copla Calle Elvira (Granada, calle de Elvira, donde habitan las manolas), reivindicando su origen y su fin, su amor y su deseo.

Cuando el dolor duele y la pérdida es el norte, es normal que el sentimiento se imponga a la entereza. Estrella, en la primera estrofa de la canción que lleva su nombre (si yo encontrara), ante los aplausos del público reconocido, se derrumba y llora abiertamente. Termina la primera letra entre lágrimas y gemidos y, a su final, pide perdón por su duelo, por su amor, por nada.

Termina el recital con La noche de mi amor, una canción estremecedora de Chavela Vargas, a ritmo de bulerías, que formó parte de su disco Mujeres (2006), con bastantes guiños a Granada y a la Alhambra. Esta guinda deriva a boca de escenario, cantando a palo seco con el corazón terminado de estrujar. Aunque todavía al recital le queda una carta que redondea la apuesta. Es una toná, en forma de saeta, al gusto del padre, con los postreros palillos y palmas a compás.

* Me parece de ley poner esta foto, tomada de hola.com, en el Liceo de Barcelona, en julio de 2007.

Colombianas

Colombianas

"Quisiera, cariño mío,
que tú nunca me olvidaras,
que tus labios con los míos
en un beso se juntaran
y que no hubiera nadie en el mundo
que a ellos los separaran".

Aunque la colombiana está considerada dentro de los cantes de ida y vuelta, no sólo por su nombre sino por sus claras influencias latinoamericanas, se conoce que es una creación personal de Pepe Marchena.

Sabicas decía que: “entonces estaba Marchena, es el que sacaba todos los cantes. Iba yo con él, de chavalico, que solía llevarme, y cuando no, lo encontraba en todos los sitios (...). Perdone usted, ¿qué cante ese? Pues un cante que estoy haciendo ahora el mismo; y le puso la colombiana”.

El guitarrista Ramón Montoya también se la escuchó un día y, como Sabicas, le preguntó qué cante era ese (aunque me temo que es la misma anécdota). Marchena le respondió: “Pues un cante que estoy haciendo ahora mismo, que lo acabo de crear, la colombiana. Pero, claro, no puedo poner colombiana en el programa porque de colombiana no tiene nada, la gente se va preguntar que por donde esta Colombia ahí, que no la encuentran. Entonces le pongo “creación” y a cantarlo se ha dicho”.

Ramón Montoya realiza en 1932  una nueva versión de la colombiana acompañando a Marchena y al Niño de la Flor, que hacia la segunda voz y, en 1933, la grabará de nuevo con letra de Hilario Montes titulada "Quisiera cariño mío", donde se añade los matices que poco apoco van configurando la estructura melódica del genero tal y como lo conocemos.

Romualdo Molina, en la Historia del flamenco de Tartessos comenta: “Eugenio Cobo afirma haber conversado con el propio Rafael Nogales, testigo de la presentación pública de la colombiana, que le comentó que Marchena se había basado en una canción popular del País Vasco titulada El pájaro carpintero”.

La primera letra con que la graba Marchena en 1931 es “Soy un pobre benedito”, y pertenece a una coplilla mexicana. Aunque no sabemos la aportación real de Marchena.

Su estructura métrica es de seis versos octosílabos aunque no siempre se respeta esta medida, y se basa en el compás de tangos (4x4). Pronto se le añadió estribillo, siendo los más conocidos los de “Oye mi voz” y el de “Ven a mí y cantemos los dos”. Inicialmente, de acuerdo con lo concibió Marchena, se solía cantar a dúo, aunque esta moda no perduró en el tiempo. De hecho, el propio Marchena, en su primera grabación la realizó con el Niño de la Flor. El dúo que más fama ha adquirido ha sido el compuesto por la Niña de la Puebla su marido Luquitas de Marchena, en el que acoplan una especie de diálogo cantado que seguramente tiene un origen bastante anterior y que se inicia con la letra “Arroyo claro, fuente serena”.

Posteriormente a Marchena, fue grabada por la Niña los Peines, el Carbonerillo, el Americano, Angelillo, el Chato de las Ventas, la Niña de la Puebla, Carmen Amaya, El Niño de la Huerta, José Palanca y Juan Valderrama, entre otros (Incluso él celebre Manuel Vallejo, que realizó de ella una adaptación festera, mezcla de colombiana y tango, y cuya grabación fue publicada en 1934). En los últimos años se abre una nueva perspectiva musical de este cante con la capacidad creativa que le supo aportar Enrique Morente o el sentido rítmico de Chano Lobato.

Juanito Valderrama, en “Mi España querida”, el libro de memorias y recuerdos que le escribiera Antonio Burgos, en 2002, comenta que: “Esta escuela de todos esos cantes americanos, la guajira, la vidalita, la milonga, fue mejorada luego con creces por Pepe Marchena. La cogió Marchena, e hizo famosos todos esos estilos, dichos a su forma.

Y en cuanto a la colombiana, ni fue ni vino. No se movió de aquí, porque Marchena creo en 1930. La creó totalmente Marchena, por así decirlo, de nueva planta.

Resulta que vino un trío colombiano a Madrid, al cabaré Alcázar, que estaba donde el mismo teatro, en la calle de Alcalá, y cantaba aquello de:

Quisiera ser colorete
pá adornar la carita
y darte un beso en los labios
y comerte la boquita...

Marchena iba todas las noches allí al cabaré, a un palco, se extrañaba la gente de verlo llegar y era que estaba aprendiéndolo. Aprendió aquella y otra colombiana que comenzaba:

Quisiera ser perla fina
de tus pulidos aretes
pá besarte en la boquita
y morderte los cachetes
¿quién te manda ser bonita
que hasta a mí me comprometes?

Pero de lo que aquellos hombres del trío colombiano cantaban a lo que hizo Marchena había un abismo (…). Esas canciones de allí de Colombia las cogió Pepe Marchena aquí en España, las aflamencó y las grabó en 1931, el mismo año de la República, componiendo esa nueva forma musical, junto con Hermenegildo Montes”.

El Diccionario Flamenco de José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz comenta que: “Antonio Hita Hidalgo, sostiene la siguiente y documentadísima teoría acerca de la historia de la colombiana: «Este estilo no fue nunca cante de importación, pues jamás existió en nuestro país hermano. La colombiana fue creada y cantada sólo dentro de nuestras fronteras, por lo cual no debería incorporarse nunca, junto con los denominados cantes de ida y vuelta. Efectivamente, la colombiana es relativamente moderna, siempre que consideremos moderno un estilo que tiene de vida poco más del medio siglo. Su nacimiento y posterior divulgación nace de los años treinta, cuando el tan vituperado, por determinados artistas y críticos de esta generación, don José Tejada Martín Niño de Marchena, junto a don Hilario Montes, y tomando como base de su creación, entre otras formas musicales, la rumba española, realizan una composición aflamencada a la que bautizan con el nombre de colombianas y que en su segunda parte era interpretada a dos voces (esta segunda a modo de acompañamiento)”.

Por lo tanto, pienso que, si bien la colombiana, la podemos encasillar en los cantes de ida y vuelta, lo debemos afirmar con bastante cautela y aclarar, llegado el caso, de que es una creación personal con ritmos latinos y perfectamente aflamencada.

* José Tejada Martín ’Pepe Marchena’.

Voyelles

Voyelles

A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:
A, noir corset velu des mouches éclatantes
Qui bombinent autour des puanteurs cruelles,

Golfes d’ombre; E, candeur des vapeurs et des tentes,
Lances des glaciers fiers, rois blancs, frissons d’ombelles;
I, pourpres, sang craché, rire des lèvres belles
Dans la colère ou les ivresses pénitentes;

U, cycles, vibrements divins des mers virides,
Paix des pâtis semés d’animaux, paix des rides
Que l’alchimie imprime aux grands fronts studieux;

O, suprême Clairon plein des strideurs étranges,
Silence traversés des Mondes et des Anges:
–O l’Oméga, rayon violet de Ses Yeux!–

Ayer encontré a Alicia. A propósito de su nombre le comenté que Cunqueiro, en su Balada de las damas del tiempo pasado, interpretando un bello poema de Rimbaud sobre las vocales, en francés Voyelles (que precede a este texto), comenta que la i es necesaria; todo nombre de mujer ha de tener una i; es una nota de rojo… y pone de ejemplos a Dulcinea, Julieta, Ofelia, Beatriz y, más adelante, Ana Libia Plurabella (nombre inventado por Joyce).

Con acierto, Alicia me hace notar que su nombre tiene doble i, al igual que Bibiana, Cecilia, Agripina o Iris, con lo cual insiste en su hermosura, es una doble nota, un trino carmesí.

Me he tomado la libertad de interpretar el soneto del eternamente joven poeta, tomando como modelo otras traducciones, quizá desmoronando la estructura del soneto, quizá, ¡ay!, castigando la sublime rima francesa.

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
descubriré algún día su origen misterioso:
A, chaqueta de terciopelo negro, de brillantes moscas
que vuelan entorno a crueles olores,

A golfos de sombra; E, blancura de los vapores y tiendas de campaña,
lanzas de glaciares orgullosos, reyes blancos, umbelas ateridas;
I, púrpura, escupitajo sangrante, risa de bellos labios
penitentes de ira o de borrachera;

U, ciclos, vibraciones divinas de los mares,
paz de hierba salpicada de animales, paz de aspereza
que la alquimia imprime en la frente del estudioso;

O, trompeta sublime de extrañas estridencias,
silencio atravesado por Mundos y por Ángeles:
–¡O la Omega, ese rayo violeta de Sus Ojos!–

Romero Capilla

Romero Capilla

Romero Capilla se llamaba en realidad Liberto Capilla, pues sus padres eran hijos del 68 y decidieron paliar la contundencia de su apellido con algún nombre antagónico fiel a los tiempos y a sus convicciones, pasajeras, por otra parte, si he de decir. Pero Liberto, nunca muy de acuerdo con nombre tan idílico, fue conocido desde temprana edad como Romero pues era el único mozo del pueblo que fuera en peregrinación a Santiago.

Romero Capilla era natural de Almendralejo, provincia de Badajoz, pero muy de niño, tal vez antes de la visita a los Santos Lugares, siguiendo a sus padres, que se dedicaban a la cría y engorde de los gusanos de seda, marchó a Coria del Río, en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, donde las moreras abundaban frondosas. A pesar de tener un brazo más corto que el otro, comenzó a trabajar como modelo en una firma de ropa de sport masculina pues, al correr de los años, pasó por ser joven hermoso y recio cual héroe antiguo.

Felipe, el contratista de la marca coriana, que era ligeramente estrábico del ojo derecho, lo descubrió trabajando en el Corte Inglés de Mairena del Aljarafe en la sección de electrodomésticos, trataba de explicarle a una señora de pelo azul y más bajita que la media el funcionamiento de un revolucionario robot de cocina. Fue nada más verlo, con su mirada cruzada, cuando Felipe, que supuestamente entendía de hombres, sin necesidad de ramalazo alguno, le propuso que trabajara paseando ropa sobre pasarela de feria y escaparate al uso.

Romero Capilla, harto de electrodomésticos y de señoras y de explicaciones, como antes lo estuvo de gusanos y capullos, aceptó al punto la primera oferta del modisto dejando a la buena mujer, bajita, pechuda y entrada en carnes además, con el libro de instrucciones en inglés, alemán y japonés, para que se las compusiera ella sola o que interceptara a otro uniformado con más o menos paciencia.

Algunos años destacó Romero como buena percha de andares seductores y la misma mirada soñadora que acostumbraba en los santos lugares. Cualquier puesta embellecía con su delineado palmito, a excepción, lo guardaba como secreto, de la prenda de seda, que se negaba a portar pues le recordaban agusanados tiempos pretéritos, que se debatían entre la nostalgia y el deseo de olvidar.

Más pronto que tarde, como no cabía esperar de otra manera, Romero quiso entrar en el mundo de los top, deseoso de enfrentarse en sana competición a otras beldades masculinas, salir victorioso sin duda (tal era la confianza en sí mismo), medrar en los concursos de belleza, pasar por televisión y… quién sabe (si no fuera por el tradicional cuento de la lechera nadie habría dado un paso en su propio porvenir o en el de los suyos).

Pasó a Sevilla sin dificultad y de nuevo trocó su nombre de Romero a Romeo, soñando con el joven Montesco, paradigma del amor y sobre todo más consecuente con su nuevo destino en las ondas y los altos vuelos.

Así, Romeo Capilla fue avanzando entre pasarela y pasarela, entre concurso y concurso, hasta ser medianamente conocido; primero en la capital andaluza y después en toda la región.

Llegado el momento de representar a su tierra como Mister Andalucía en el concurso nacional, a celebrar en Zaragoza, y convencido de su persona y de su condición de latin lover, vino a visitarlo la conocida señora X, que casualmente formaba parte del jurado en la competición y era un personaje distinguido e influyente donde los hubiera.

La señora X, que ocultamos su nombre para no poner en tela de juicio su honorabilidad, sin irse por las ramas, le propuso mantener relaciones nefandas, mientras jugaban a los “perritos”, dijo literalmente, si quería comerse una rosca en dicha pasarela, si quería continuar en el mercado, si deseaba labrarse definitivamente un nombre…

La señora X, aunque entrada en años (bien entrada en años) aún estaba de buen ver, si no fuera por los estiramientos del rostro, que le hacían parecer como si estuviera continuamente ahogando un bostezo.

Romeo accedió. La carne, por llamarlo de alguna manera, es débil. Era muy tentador ver la puerta abierta delante de las narices y no traspasarla. La fama corría detrás.

Para la señora X, con un rosario de favores a sus espaldas no le era difícil entreabrir esa puerta y dejar los hachones encendidos y alisar la alfombra para su conquista del momento, para su capricho ocasional.

Romeo, cuando se vio en dobles cueros, es decir desnudo y medio cubierto con ropajes sadomaso, a horcajadas sobre la “perrita” babosa, con el pelo recogido en doble fuente, y con una fusta en la mano, restregándole palabras obscenas, se le vino al pronto el apellido eclesial y en un santiamén pasó de Romeo a Romero, y de Romero a Liberto. Y recordó a sus padres, a su pueblo y a los gusanos de seda.

El nuevo, o antiguo, según se mire, Liberto Capilla, de un salto, se puso los pantalones y de un portazo marchó a casa de sus mayores ante los gritos de la madame, pensando que más vale cuidar gusanos que ser uno de ellos por el resto de su vida.

Cultura para el pueblo

Cultura para el pueblo

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60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Ayer se presentó en el palacio de Carlos V, en la Alhambra, la octava edición del FEX o, lo que es lo mismo, la Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, que cumple a la sazón 60 años. O, lo que es lo mismo, un abanico pantagruélico de actuaciones gratuitas, en número superior a 60, distribuidas por los puntos más emblemáticos de la ciudad y parte de la provincia. Recitales, conciertos, danza, programas didácticos y familiares, conferencias y múltiples manifestaciones, para que podamos elegir y disfrutemos abiertamente con este esfuerzo extra de los organizadores del Festival y el respaldo completo de todas las instituciones de la ciudad y de bastantes entidades privadas.

En el mes de marzo, bajo el título de Un verano para quedarse en casa, ya publiqué las apuestas flamencas de este Festival, en las que contábamos con la presencia de Estrella Morente, Eva Yerbabuena, Rocío Molina y Arcángel.

El FEX nos trae por su parte, el miércoles, 29 de junio, a Las Migas, llamadas Reinas del Matute en la Huerta de San Vicente. Cuatro chicas (Silvia Pérez Cruz, Marta Robles, Isabelle Laudenbach y Lisa Bause), de distinta procedencia, que “colorean el flamenco con músicas muy diversas”.

El primer día de julio (viernes) tendremos el “flamenco en estado puro” de Rocío Márquez, al cante, y de Alfredo Lagos, a la guitarra, en el Palacio de la Quinta Alegre.

El miércoles, día 6, la Orquesta de la Universidad de Granada, entre otras piezas (Joaquín Rodrigo, Joaquín Turina y Ernesto Halffter), reconstruye de la banda sonora original y del film Viaje romántico a Granada, con grupo instrumental, cantantes, cantaor y guitarrista flamenco y recitador, en la ETS Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos.

También tendremos, y esto es interesante, porque entre otras cosas lo coordino yo, bajo la colaboración de la Asociación del Diente de Oro, la presentación de tres recitales de flamenco y poesía con el título genérico de Al compás de la poesía.

Dichas exposiciones tendrán lugar el lunes, 4 de julio, en la Huerta de San Vicente, el jueves, 7, en el Corral del Carbón, y el 8, viernes, en la Placeta de la Ninfa (Jardines del Salón). La entrada es gratuita, como en el resto del FEX, aunque el día del Carbón el aforo será más limitado.

He querido que sean lo más variado y enriquecedor posible y he planteado distintas incursiones. En primer lugar, y como base, tenemos a los cantaores que interpretan poemas de los escritores; después tenemos a los poetas que recitan con un fondo de guitarra o de baile; tenemos la mezcla de las dos modalidades, primero recitado y luego cantado; y, como cuarta modalidad, encontraremos al cantaor que interpreta sus propias letras. (Y alguna que otra sorpresa.)

Puedo asegurar, por otra parte, que la mayoría, si no todas las intervenciones, serán originales e inéditas, montadas expresamente para la ocasión y, con tiempo y perspectiva, entrarán a formar parte del acervo flamenco granadino, de la proyección de nuestros poetas de ahora y del recuerdo de la ciudad y su apuesta cultural.

Próximamente, cuando termine de encajar los actuantes definitivos para cada día, publicaré la exacta programación de cada una de las intervenciones. Lo que sí está cerrado es el nombre de los poetas y los flamencos de los que consta el proyecto, que a continuación relaciono.

Al cante estarán: Juan Pinilla, Álvaro Rodríguez, Mati Gómez, Sara La Samarona, Iván Centenillo, Alicia Morales, Fernando Barros y Sergio Cuesta. A la guitarra: Josele de la Rosa, Rafa Hoces, Rubén Campos, Álvaro ‘El Martinete’, Rafa Soler, Petete, Jonathan Morillas y Pepe Agudo. Ana María Gorbe Martínez aportará su violín flamenco. Y el baile de Raimundo Benítez, Victoria López y Pilar Fajardo.

Presentan sus textos e incluso su voz los siguientes poetas granadinos o de adopción: Juan de Loxa, Luis García Montero, Álvaro Salvador, Alfonso Salazar, Ramón Repiso, Cecilio, Pedro Enríquez, Miguel Ángel Arcas, Juan Carlos Friebe, Javier Bozalongo, José Carlos Rosales, Ángeles Mora, Sergio Cuesta, Ernesto Pérez Zúñiga, Daniel Cundari y Jorge Fernández Bustos.

Qué lo disfrutéis.

Hay rincones…

Hay rincones…

Creo que todavía no somos muy conscientes del valor que tiene el flamenco. Llevamos casi un año siendo Patrimonio Oral de la Humanidad, avalado por la UNESCO, y apenas unas salpicaduras se han dejado sentir. Puede que, temiendo lo peor, nos afecte tan sólo institucionalmente o a los flamencos de más alto nivel, que por otra parte no lo necesitan, o a la parte occidental de nuestra geografía, lo que se considera como la Baja Andalucía. Lo cierto es que aquí, el flamenco de base, sigue siendo flamenco de base, con sus dificultades para abrirse un hueco, para darse a conocer, para lanzar sus más elementales propuestas (por no decir, para grabar un disco o para hacerse un nombre).

Sin embargo, la demanda de flamenco sigue aumentando. Los foráneos llegan a la ciudad para descubrir la Granada monumental y la Granada serrana y la Granada nocturna… pero también la Granada flamenca.

Sin contar las cuevas del Sacromonte, que tienen el ‘turismo’ asegurado, podemos contar con los dedos de una mano dónde se ofrece flamenco en esta ciudad. Y, si buscamos flamenco de calidad, al menos decente y verdadero, a esta mano le sobran apéndices. Y, si buscamos flamenco a diario, quizá con dos dedos tengamos de sobra.

Por la posición que ocupo como cronista del flamenco, por mi labor de calle, por el conocimiento acumulado después de algunos años escribiendo casi a diario del tema, amigos o amigos de amigos tanto locales como venidos de fuera, se dirigen a mí para preguntarme dónde hay flamenco.

La pregunta es fácil  o no es tan fácil. Depende mucho de la temporada, de los días de la semana, de si buscan algo específico. Aunque siempre hay algo qué ofrecer. Callado no me quedo y, tratándose de flamenco, mucho menos.

El martes estuve en Jardines de Zoraya, en el Albaicín, por primera vez. Sabía de su existencia y su programa. Conocía su oferta y a sus actuantes (más de un flamenco me pidió que fuera a verlo, pero por unas cosas u otras lo he ido aplazando).

Ana Calí y Vanesa Vargas, al baile; Sergio ‘El Colorao’, al cante; y Rubén Campos, a la guitarra, conformaban el cuadro. Bulerías, fandangos de Huelva, alegrías o tarantos rematados por tangos, fueron sus propuestas. Unos cantes festeros de buena factura, aderezados con baile exclusivo, en un ambiente familiar, a pesar de las mesas que rodean el escenario, con una cenita para dos, asequible de precio… qué más se puede pedir.

*Foto extraída de su web.

Seis meses de ausencia

Seis meses de ausencia

Ayer, 13 de junio, hizo ya seis meses que nos dejó Enrique Morente. Medio año sin su presencia, medio año sin su labor creadora.

Ayer, a última hora subí al cementerio para acercarme a su recuerdo y leerle quizás un poema.

Elegí una antología del Siglo de Oro español, que él gustaba de San Juan de la Cruz y demás clásicos. Sin embargo no hallé poema determinante para ese día. Si acaso el "Soneto a la brevedad de la vida" de Quevedo:

    ¡Fue sueño ayer: mañana será tierra!
¡Poco antes, nada; y poco después, humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo,
apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo;
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;
hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento.


Horas después fui a La tertulia a brindar por su recuerdo.

*Foto de Paco Sánchez.

Pienso en mujeres

Pienso en mujeres
que no deben usar nunca gafas de sol.
Sueño mujeres
que no deben perder para nada la risa.
Siento mujeres
que eligen siempre al hombre equivocado.
Cuento mujeres
que derraman su sangre
en la almohada
de su verdugo.

La ventana que da al mundo

La ventana que da al mundo

Escribí tan sólo una nota del concierto de presentación del trabajo de Celia Mur y Nono García, Coplas Mundanas, en el teatro Isidoro Maíquez de CajaGranada, que la quise colocar como preámbulo en el artículo anterior sobre Patricia Guerrero, pues coincidió el mismo día. O sea, que fue acabar el delicado concierto en que la cantante granadina y el guitarrista de Barbate fusionaron como si fueran de la misma familia el jazz, el flamenco, el fado o la bossa, y subí a La Platería para ver a la joven bailaora.

A punto estuve, pero finalmente pensé que tanto la una como los otros deberían estar solos en su palco. No obstante, Coplas Mundanas, después de hacer un recorrido por la geografía del disco, desde Amor de mel hasta Atún y Chocolate, desde La Estrella morentiana hasta la Salve marinera, desde Trafalgar hasta La ruta de la seda, me inspiró un solo texto que dejo a continuación, guardando el bisturí para nuevas entregas.

Nono García con su guitarra abre un abismo donde se unen los ecos musicales de los cinco continentes y Celia con su voz materializa esas corrientes y hace que se junten las manos de todos los colores en un sentimiento común y mundano (en su acepción de universal).

La evolución de Patricia

La evolución de Patricia

Victoria López, una joven bailaora que conocí hace poco tiempo, me decía que por fuera se conoce cuando vienes de Granada. A una bailaora de la tierra se la conoce, no sólo por la flor en lo alto de la cabeza, sino más bien por sus formas y por su fuerza, por esa caía hacia atrás tan sacromontana o por el especial roneo por tangos.

Pero, también es verdad, que una de las principales facultades que debe adquirir un flamenco, y si es bailaor/a más, es la capacidad de volar. El flamenco de Granada necesita alas para abandonar el nido, para ver mundo, para impregnarse de otras corrientes, para avanzar en perspectivas.

Hay buenos flamencos que no se han asomado ni al tranco de la puerta, hay y ha habido bailaores inmensos que han dormido toda su vida bajo el mismo techo. Pero hogaño se impone abrir esas alas y asomarte a la escuela sevillana y a los consejos de Matilde Coral, al concepto cordobés y la generosidad de Javier Latorre o al día a día en un tablao madrileño y la trama universal que allí se ha formado desde Manuel Liñán hasta Anabel Moreno (los dos granadinos), pasando por Marco Flores. Es necesario, para nuestra formación y nuestro espíritu, haber formado parte, aunque sólo sea por una temporada, de una compañía (Yerbabuena, María Pagés o El Junco).

Por otra parte, y ya termino con los consejos, es necesario tener ojos y ver a los demás. Hay que ser universal para llegar a ser uno mismo. Acudamos a los teatros, a los festivales y a las peñas para ver bailar a nuestros compañeros, para apoyarlos con nuestra presencia y para aprender o simplemente observar que otras cosas son posibles.

Patricia Guerrero bailó este sábado en La Platería después de haber estado fuera una larga temporada, prácticamente desde que ganó el Desplante minero en 2007. Durante este tiempo ha viajado, estuvo en Barcelona, ha visitado Japón y se ha instalado en Sevilla. La última vez que la vimos por aquí fue en la compañía de Rubén Olmo bailando en el teatro Alhambra, en el ciclo Flamenco Viene del Sur.

La evolución de esta bailaora es manifiesta. Su madurez, evidente. Su trayectoria, imparable. Está llamada, sin lugar a dudas, para tener un nombre entre las grandes. Pero ella sabe mejor que nadie que esto es una carrera de fondo, que después de un paso viene otro, que, como nos enseñó Machado, el camino se hace al andar. Sabe que sin estudio, sin ensayo permanente y sin riesgo constante no se llega a parte alguna.

Patricia siempre ha sido una esponja. Ha aprendido de todos y ha ido fabricando un baile de retales excelentes con firmas de calidad, que poco a poco ha ido adaptando a ella y aportando de su cosecha para lograr un baile cada vez más personal. Así, vimos cositas buenas que no se las hemos visto a nadie.

Se ha sabido rodear siempre de un buen cuadro atrás que sepa arroparla, después de alguna mala experiencia. Logrando para la ocasión a cuatro flamencos de lujo. A saber: Miguel Lavi, de Jerez, y David ‘El Gayi’, de Morón, al cante; Luis Mariano a la guitarra; y Miguel ‘El Cheyenne’, con el cajón, los dos de Granada.

Su baile es novedoso, rico y esforzado. Baila tonás y alegrías, separadas por unas malagueñas que bordan sus músicos. Las voces están llenas de desgarro y pellizco; la guitarra de Luis ha adquirido una rabia que, unida al preciosismo de siempre y al punto de eficacia y flamencura, lo dimensionan cualitativamente; la percusión es moderada y precisa.

La segunda parte es una soleá de buena factura que, al pasar a bulerías, baila Patricia apostándolo todo, sacudiendo sus ganas, demostrando a “su” público que avanza por buen camino.

* Foto tomada de su web.

Jóvenes con ganas

Jóvenes con ganas

Festival Almuñécar

Llevamos unos días trastocados. Entre el cambio de gobierno en los ayuntamientos, las reivindicaciones ciudadanas y los pepinos “envenenados”, el día a día amanece más incierto que de costumbre, que ya de por sí es riesgoso.

Se proyecta un festival en la ciudad costera de Almuñécar con casi un mes de antelación, para el que me piden que acuda a presentarlo. Bien, donde me necesiten, si puedo, allá estaré. Pero, en el tiempo de espera, el cartel cambia un par de veces, tengo que bajar en autobús y, al llegar, pocas entradas vendidas (aunque el Auditorio Martín Recuerda de la Casa de la Cultura se llenó en su mitad).

Allí, entre el descontrol, no sólo hice de presentador, sino de organizador final y de regidor. Con todo y con eso, el festival salió con bastante decencia, con momentos felices y objetivos cubiertos. (A veces la buena voluntad está por encima de la eficacia controlada.)

La velada la abren el cantaor sacromontano, de los ‘Tarantanes’, Miguel Barroso, con su guitarrista Luis Millán. Hacen granaínas y bulerías. Su voz está en perfecto estado y se entrega. Al ver la reacción del público, regala unos fandangos naturales, fuera de programa.

La joven Marian Fernández (18 años), natural de Churriana, ocupa el escenario a continuación, con el tocaor granadino Armando Morales Linares, que suena muy flamenco y que acompañará al resto de los participantes el resto de la función. Marian, con su voz potente y clara, interpreta el S.O.S. de Mayte Martín, de su disco Muy frágil (1994) y unas alegrías de graciosa factura. (Es impagable contemplar los titubeantes inicios de los flamencos.)

Afincada en Monachil, Noemí Álvarez, can sal y empaque, canta unos tanguillos, que se canta ella misma, para cerrar la primera parte.

Esta misma bailaora comenzó la parte final con unos tientos-tangos casi improvisados, aunque sabrosos, que empezó cantando Fran Cabrera, artista local, y terminó Marian Fernández. Cabrera continuó en el escenario acordándose de los tientos más añejos, para pasar a la cantaora, también de Granada, Aroa Palomo, que, con conocimiento y facultades sobradas, se templó por soleá y terminó con un ramillete de fandangos, cantados en su final a pie de escena, sin micrófono.

Para cerrar la noche, la agrupación local ‘Sabor a Mar’, dirigida por la bailaora Susana Martín, realizaron un montaje coral, muy estiloso y progresivo, que navegaba entre tonás y seguiriyas, rematadas por jaleos extremeños.

Y, para no perder las buenas costumbres, se terminó con un fin de fiestas por bulerías, al que se unió la cantaora Marta ‘La Niña’ que estaba presente.

* Noemí Álvarez en una reciente entrevista en Radio Albolote (2009), donde improvisa cantada una cuña de publicidad (tomada de su Myspace).

El monstruo de Bodegones

El monstruo de Bodegones

El otro día, y sin venir a cuento, me hice una herida sangrante como matanza de gorrino. Digo “sin venir a cuento” porque no fue provocada por nadie ni por nada. Me disponía a subir un escalón elevado en local conocido y, al apoyar la mano en la pared, para secundar al equilibrio, una boca roja cruzó el dedo corazón de mi derecha, que empezó a llorar a borbotones y tardé un buen rato en controlar, dejando un rastro incuestionable a mi paso.

Al observar la pared para descubrir la púa, cristal o astilla capaz de producir abertura tan limpia, no la hallé. Por el contrario, el murete brillaba liso e indiferente. No tenía explicación.

Necesité hasta tres curas esa noche para controlar los leucocitos y hematíes que se habían revelado y deseaban abandonar mi cuerpo sin permiso alguno.

Al día siguiente, al recoger a mi hijo del colegio, le enseñé la raja, que, aunque cegada con apósito al uso, evidenciaba la sangre en estampida. Aún sigue latiendo.

La única razón que pude darle es que había sido víctima fugaz del monstruo de Bodegones. Haciendo memoria recordé que esta figura abominable portaba sendas cuchillas en las manos, a modo de cizallas, permanentemente en tensión; que gusta de frecuentar caserones antiguos, así como sus bibliotecas y bodegas (llegué a pensar que por este gusto le venía el nombre, pero después descubrimos que no era así); por último, no sé por qué lo suponía con más querencia por damas, y jóvenes, que por cualquier otro ser humano.

No pude enriquecer esta descripción con detalles más específicos y fidedignos por mucho que quise rememorar algunas lecturas hagiográficas que se difuminaban en mi mente. No obstante, prometí que al llegar a casa íbamos a investigar sobre ese endriago de corte tan exquisito.

Efectivamente, tanto en Internet como en los anaqueles que conforman mi breve librería desde que me mudé, indagamos para darle marchamo de autenticidad a la historia de mi accidente. Tan sólo encontramos, sin embargo, una referencia en la Minuta de monstruos de Joan Perucho. En su primer ítem, donde cuenta algunas de las aventuras del conde Potocki (1761-1915), y hallándose éste con unos amigos en la ciudad turca de Capadocia, advirtió en un cuadro donde reproducía la escena de san Jorge con el dragón “una extraña figura de hombre-escarabajo que, erecto, transitaba utilizando las patas traseras, avanzando espeluznante los brazos hacia delante y agitando dos poderosas cizallas a guisa de mandíbulas”.

Esta misma imagen la describió Menéndez Pelayo en el Madrid de su época, casi un siglo después, dándole el nombre de “monstruo de Bodegones”, por haber aparecido por primera vez en la calle Bodegones, precisamente en la carbonera del ministro O’Farill.

Más tarde, siguiendo el relato de Perucho, el conde Potocki visitó la ciudad subterránea de Kaymakli y “en el preciso instante en que con las antorchas visitaban las bóvedas del piso octavo, les salió un ruido preocupante de las cavidades inferiores, muy parecido al que producen unas cizallas accionando furiosamente. Tan pronto vieron aparecer el horrible hombre-escarabajo, continúa el autor catalán, en la desembocadura del túnel, huyeron sin dilación escaleras arriba sin oponer ninguna clase de resistencia”.

Uno de los compañeros del conde polaco, Von Worden, a su paso por España, donde escribió El manuscrito encontrado en Zaragoza (“falseando, no obstante, fechas y algunos personajes”) murió años más tarde bajo las cuchillas del hombre-escarabajo. “Fue una muerte horrorosa”, termina espantado Perucho.

No cabía duda, el monstruo de Bodegones nos visitaba en estos días, quizá nunca abandonó la península, después de haber seguido a los personajes del relato.

Al punto, leyendo la descripción del engendro antropomorfo, recordé a Gregorio Samsa, pero el metamorfoseado de Kafka tendría que ser muy diferente. No así un personaje aparecido en la película 300 a las órdenes del rey persa, Jerjes, que cortaba cabezas por encargo. Este mismo personaje, creo revivir, también apareció en un film pseudo erótico sobre Calígula y su colección de adefesios.

Otra referencia se agolpa en mi cerebro sin llegar a iluminarse del todo. Creo haber leído sobre la presencia del monstruo de Bodegones en una antigua biblioteca del oriente próximo, ya sea en Babilonia, ya sea en Nínive o en Pérgamo, creando escenas de esperpéntico terror.

Lo cierto es que habrá que tener cuidado de ahora en adelante en dónde nos metemos y por dónde caminamos y, ante cualquier ruido metálico de cuchillas que se abren y se cierran, tomar las de Villadiego, que siempre es más castizo que poner los pies en Polvorosa.

* La ira de Jerjes antes de darle orden al hombre-escarabajo de cortar una cabeza.

Algunos me hacen daño

(Rescato un poema de hace más de treinta años.)

Algunos me hacen daño
y él también me lastima;
vosotros me dañáis
y hasta tú me incomodas;
quizá nosotros mismos
hagamos daño a Jorge;
pero yo sobre todo
me mortifico de continuo.

Yo con mi orgullo
y mi egoísmo,
yo con mi envidia
y mi ambición,
con mi torpeza.

Con mis descuidos
y mi exigencia.
Con mis caprichos
y mis enfados.

Solo. Conmigo.

Las peñas y el futuro

Las peñas y el futuro

Los Lunes Flamencos de la ONCE

Siempre se me quedan cosas en el tintero. Es difícil reflejar todos los momentos en un blog que quiero que se distinga entre otras cosas por la brevedad de sus entradas, aunque no siempre lo consigo.

Entre estas acciones a las que aludo, mencionaré a Rubén Campos, que nos dio un recital de guitarra en el Liberia, un lugar poco apropiado, pero amante y cultivador del flamenco como pocos. Su toque es trabajado y concienzudo, con un ojo en la tradición y otro en el porvenir. Su guitarra es un instrumento completo y, como tal, se afina y destempla de forma diferente según la pieza que Rubén acaricia.

También he escuchado estos días el cante de Sara ‘La Samarona’, en Le Chien Andalou (e iré a verla a la sala Príncipe el jueves), con su poquita voz, pero con su aire canastero. Suelta en los tangos y contrita en los cantes mineros. Se acuerda sobre todo de Camarón y de Lole Montoya.

Regularmente también veo a Josele de la Rosa, un joven pegado a su guitarra, a la que le saca el sonido más flamenco que puede, asemejándose a todos sus maestros, que son cualesquiera que le hagan gemir a la guitarra. Su evolución, día a día, es palpable.

Una iniciativa para aplaudir sin discusión es la oferta de Los Lunes Flamencos de la ONCE (y aquí me detendré un poco más). Desde hace cuatro a cinco meses, el último lunes de cada mes, algunos aficionados de esta Organización, presentan un breve festival flamenco para promocionar a nuestros jóvenes valores, que por suerte hay muchos y con perspectiva. Su planteamiento es el de invitar cada día a una peña y que ella aporte sus artistas entre los chicos y chicas que se mueven en torno a ella. Este lunes quien hizo de anfitriona fue la peña de La Platería, que aportó bastantes nombres (aunque, por compromisos de última hora, no pudieron acudir Ana Mochón, Gilberto de la Luz y Antonio de la Luz).

El pasado 23 fue el primer día que acudí a esta cita, pues los anteriores me habían coincidido con Flamenco Viene del Sur (que también se programan los lunes) y otros eventos. Es un formato de festival que siempre tiene su aliciente. Es necesario arropar a la gente joven, seguirla en su trayectoria, contemplar sus avances, alentar tanto sus aciertos como sus caídas. Lamentablemente no todos valen. El tiempo y la afición son jueces inapelables. Aunque, cuando se da lo que se puede, cuando se da lo que se tiene, el escenario se llena de verdad, que posiblemente es lo que más importa.

Jesús de María es un cantaor de nueve años. A su lado, Álvaro Pérez ‘El Martinete’ con quince, es un guitarrista veterano. Su mentor, Curro Andrés (que también hizo las veces de presentador) está orgulloso de las posibilidades que tiene el chaval. Cantó alegrías, bien moduladas, y fue valiente, pese a sus limitaciones, por Huelva. A Anabel Collado, de catorce años, con el mismo guitarrista, ya la había visto participar en el concurso de jóvenes flamencos de la Diputación y me quedé impresionado por su potencia de voz y sus facultades. Tiene madera, aunque sus formas aún no son muy flamencas. A pesar de su juventud, le va el cante con enjundia, como las granaínas o las seguiriyas. Bien por ‘El Martinete’, que rizó el rizo tocando las granaínas en tono de rondeñas, algo francamente difícil, que también le exige al cantaor, en este caso cantaora, una concentración especial.

Iván Vílchez ‘El Centenillo’, no es que sea mayor, pero quizá le lleve diez años a esta última cantaora, que en flamenco, como en el ejército, es un grado. Le acompaña a la guitarra Francisco Manuel Díaz, hombre sin edad, tan grande como su corazón. Está siempre que se le necesita. Iván hizo malagueñas de la Trini, donde se acordó del maestro ‘Cobitos’ y demostró ser grande en el cuplé por bulerías.

* Álvaro ‘El Martinete’ en un archivo del facebook de su tía.

Caracoles

Caracoles

Un cante flamenco bastante agradecido son los caracoles. Pertenecen al grupo de las cantiñas y tiene un evidente parentesco con el mirabrás y las romeras. Aunque se les conoce en ciertos círculos como ‘alegrías de Madrid’, son en realidad, según Quiñones, entre otros, cantes de Cádiz, concretamente de Sanlúcar de Barrameda. Supuestamente creados a mediados del siglo pasado por Tío José el Granaíno, también conocido por José el Gaditano o José el de Sanlúcar, que no es que fuera granadino, sino que, conjetura Félix Grande, vendía granadas. (Otros lo atribuyen a Romero el Tito.)

Tío José el Granaíno parece que fue picador (hablando del flamenco primitivo todo son ambigüedades), alcanzó gran prestigio en palos como la caña y los del grupo de las cantiñas. Blas Vega alude a él llamándolo ‘el banderillero de Cúchares’, aludiendo al matador que acompañaba ‘Curro Cúchares’ y lo sospecha no gitano.

También se ha teorizado sobre que este cante, de cuatro versos octosílabos habitualmente y de vivo compás, sea el resultado del aflamencamiento de una especie de cantiña folclórica bailable llamada "La caracolera", recogida en un libro de Manuel Sanz, publicado a mediados del siglo XIX, intitulado El genio de Andalucía, donde se encuentra el conocido ‘pregón de los caracoles’, de donde proviene su nombre:

Ay caracoles, ay caracoles
mocita ¿qué ha dicho usted?
que son tus ojos dos soles
y vamos viviendo y olé.

Los caracoles fueron divulgados por Paco ‘el Gandul’ (también llamado Paco ‘el Sevillano’), quien le dio dinamismo y vivacidad, y alcanzó su mayor éxito con don Antonio Chacón a finales del siglo XIX, adaptando la letra original al entor­no madrileño donde vivía. Por eso lo de ‘alegrías de Madrid’. En ellos se habla de la calle de Alcalá (en vez de Santa Cruz de Mudela), de las fuentes madrileñas o de una tarde de toros en la Villa y Corte.

Fernando Quiñones también recuerda que en la Jeroma la Castañera, zarzuelita estrenada en Madrid en 1843, con letra de Mariano Fernández y música de Soriano Fuertes, ya se cantaba eso de:

Aunque vendo castañas tostás
aguantando la nieve y el frío
con mis zapatos y mis medias calás,
yo soy la reina pa’ mi querío.

La primera grabación que se conoce es la del Mochuelo en 1907 y posterior­mente la de Chacón, con su letra típica, con la que también grabaron Bernardo, Angelillo, Pastora Pavón, Juanito Mojama, Manuel Centeno o Enrique Morente.

A nuestro desaparecido Pepe Agudo le gustaban especialmente cómo hacía los caracoles Naranjito de Triana.

* Naranjito de Triana (foto tomada del blog de Manuel Bohórquez).

La Platería luce con Lucía

La Platería luce con Lucía

No debería espaciar tanto los comentarios desde que veo una actuación. Mi memoria es flaca y además se entrecruza con otros actos y funciones, favoreciendo el olvido por interferencia. De cualquier manera, la impresión destilada del momento aún palpita en mi memoria, a veces por mucho tiempo.

Haré tan sólo un repaso general a modo de vista de pájaro y no me detendré en los detalles. En primer lugar quiero comentar muy de pasada que el baile de Lucía Guarnido no es convencional. Lucía es esbelta y bella. Ha aprendido a adaptar el baile a su altura, conocimiento y delicadeza. Cada baile tiene sus apellidos, y goza o peca de redondez excesiva. Como el héroe de las películas antiguas todo sale a pedir de boca y no se despeina en el intento. La elegancia, el respeto y la sonrisa están ensayados y como tales supeditadas a la estructura. Los símbolos son importantes y la seguiriya es negra y circunspecta y las alegrías claras y llenas de sal, por ejemplo.

Pero este día sentí algo nuevo en el baile de Lucía. Si se me permite la expresión, la vi más cabrona. El punto azucarado que a veces puede saturar, estaba limado con la fuerza y la picardía necesarias para provocar el pellizco. Su cuadro, como siempre, espléndido. Conoce, como flamenca avezada, que unos buenos músicos atrás, pueden constituir el cincuenta por ciento del éxito de una bailaora.

Luis Mariano, a la guitarra, está imparable. Aparte de su tradicional sonido límpido y flamenco, ha adquirido una rabiosa pesadumbre que llega a estremecer. Al oírlo parece que toda una orquesta sinfónica se está ejecutando. En la granaína en solitario (en soledad) que abre la noche se advierte esta nueva dimensión, que continúa cuando acompaña y sobre todo en las bulerías de la segunda parte (aunque las dos se hicieron seguidas).

Antonio Campos es un trabajador del cante. Cuida sus letras como cuida su garganta. Disfruta en la escena y trasmite su buen hacer. Por soleá, por tonás o por seguiriyas es imbatible. Su entrega y dominio del compás están reconocidos. Es uno de los cantaores del panorama nacional más requeridos para el baile.

Mati Gómez empezó bailando y, como son las cosas, terminó detrás del micrófono. Su voz, aunque chiquita, es muy flamenca, llena de melismas y modulaciones. Como buena bailaora conoce el cante y el sentido del ritmo. Su cante es sincero, dulce y arriesgado.

Lo mejor que le puede ocurrir a un percusionista, lo he dicho en alguna otra ocasión, es que no se note. Que haya un latido exacto de fondo, pero que no se imponga ni de pie a discusión alguna sobre la caja o el pandero. De esto es de lo que puede presumir Miguel ‘El Cheyenne’.

Lucía Guarnido bailó seguiriyas y soleá por bulerías.

* Foto de la propia bailaora de su espectáculo "A mi aire" ©.

Un paseo por el flamenco

Un paseo por el flamenco

Ayer recibí por mensajería un disco de promoción de la discográfica Universal Music Spain, llamado Atlas del cante flamenco. Tenía ya conocimiento de este trabajo. Se trata de una caja de diez cedés, que se pondrá a la venta el próximo 7 de junio que pretende ser “un recorrido por los rincones mas flamencos de nuestra geografía”.

Así, este Atlas del cante reúne los estilos más característicos de cada comarca cantaora, interpretados por figuras destacadas (Camarón de la Isla, La Perla de Cádiz, Fosforito, Sabicas, Carmen Linares, Chano Lobato, Paco de Lucía, El Lebrijano, Juan Habichuela, etc.).

Cada uno de los volúmenes se dedica a una geografía determinada, seleccionados por Faustino Núñez. De tal manera encontraremos: 1º. Cádiz, 2º. Los Puertos, 3º. Jerez, 4º. Sevilla, 5º. Sevilla Provincia, 6º. Málaga, 7º. Córdoba y Granada, 8º. Murcia, Almería y Jaén, 9º. Huelva y Badajoz y 10º. Otros lugares “en el que se engloban aquellos estilos inclasificables desde el punto de vista geográfico, inspirados en músicas de origen cubano o argentino”.

Además, Faustino Núñez, también compila un libreto de 120 páginas con textos seleccionados para mejor comprender esta “geografía flamenca”.

Varias cuestiones sin embargo llaman la atención. ¿Por qué el grueso del trabajo se centra en Andalucía la baja?, ¿por qué Granada aparece junto a Córdoba?, ¿por qué se abusa de algunos cantaores (Camarón de la Isla, Carmen Linares o Luis de Córdoba), mientras hay ausencias importantes (Enrique Morente, por ejemplo)?

Por otra parte, hay que manifestar nuestro común aplauso por la labor pedagógica de la recopilación; por el recuerdo de cantaores añejos, difícil de hallar de otro modo, como El Negro, El Borrico o la Piriñaca; el protagonismo del gran cantaor granadino Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’, en cuatro cortes del trabajo (Granada, Málaga y Sevilla); y por la presencia también de otros flamencos de la tierra, como son Juan Habichuela, El Polaco, Alfredo Arrebola, Estrella Morente y Marina Heredia.

Los pájaros y la ciencia

Los pájaros y la ciencia

A veces las casualidades superan los programas. Este domingo fui al Parque de las Ciencias con mi hijo Juan, el único que tengo (que sepamos). Tenemos la tarjeta de ’Amigos’ con la que acudimos a menudo a ese lugar de recreo.

Él quería ver los aviones, subir a la torre, ver los animales disecados, jugar con el agua, interactuar con el robot de la entrada... Yo pensaba ver la exposición de Escher.

Pero, al atravesar el primer pabellón, tras la cristalera vimos un pajarillo multicolor atrofiado en el suelo. Parecía tener un ala descompuesta.

Lo cogimos y lo llevamos al puesto de las aves rapaces para que le dieran aliento. Cuando lo cogió uno de los encargados, abrió la mano para mirarle la supuesta herida y, el pajarillo (un verderón, nos dijeron), salió volando, con una salud y libertad envidiables.

Parece que tan sólo se había dado un trompazo contra el vidrio. Tendría ganas de ver también alguna exposición.

Acto seguido (o un poquito antes) vimos a un gato negro congelado. Estaba quieto quieto, con la pata delantera alzada y la mirada fija en una tertulia de gorriones que holgaban ajenos a unos ocho o diez metros.

Nos paramos a observar en silencio. En décimas de segundo, el gato salió disparado interceptando a uno de los pájaros antes de alzar el vuelo en su misma dirección, tuvo la astucia de cogerlo de frente.

Esos dos episodios que presenciamos (no había mucha gente), superaron nuestras expectativas. Fueron, sin lugar a dudas, las mejores actividades científicas que, sin proponérselo, nos brindó el Parque.

Andrés Marín y su lenguaje

Andrés Marín y su lenguaje

Flamenco Viene del Sur

Al hablar de Andrés Marín parece que tenemos que “justificar” su baile de alguna manera, tenemos que leer entre líneas, tenemos que teorizar sobre un flamenco nuevo. Sin embargo, llevo escribiendo de este bailaor sevillano desde hace seis o siete años, que vino al Corral del Carbón por primera vez con su sorprendente propuesta. Me niego por tanto a darle el calificativo de inédito.

Su baile ya es maduro, con muchas vueltas sobre sí mismo, muy consciente de su camino y, posiblemente, de su meta.

Andrés es un camaleón que ha abandonado toda la majestuosa superficialidad para quedarse exclusivamente en la esencia. Es como si bailara desnudo, como si fuera un jardín japonés, todo en su sitio, minimalismo extremo donde una simple piedra es una poesía.

Y esta parquedad la lleva desde su perfil de navaja hasta su sobrio vestuario, siempre negro, siempre el mismo. Sus movimientos quebrados tienen un sentido, como su perfecto desafeitado, como su ausente sonrisa.

No rompe, como puede parecer, sino que deconstruye cuando el armazón se sostiene por si mismo. Cada pieza ocupa su lugar en el desmontaje y aparece en otro lugar formando algo que quizá sea lo mismo pero con un lenguaje distinto.

Así, el bailaor sevillano se hace cosmopolita y sugiere una universalidad llena de matices, de marcajes perfectos, de preciso compás. Porque la esencia de una rosa nunca se pierde.

Decir de ¡Ay Alameda! que es un “recital austero” es volver sobre lo mismo. ¿Qué no es templado en este bailaor? Es un homenaje al barrio homónimo sevillano y a su tiempo de esplendor, tan sólo ambientado con la guitarra exacta, jazzística y flamenca de Salvador Gutiérrez y el cante añejo y redondo de José de la Tomasa, quizá el último gran cantaor de la Alameda.

Marín comienza por soleá un montaje en blanco y negro creado expresamente para presentarlo en Granada. Mientras el cante nos une a un jondismo de solera, la guitarra atraviesa fronteras y el baile se regodea en su propia órbita en la que mantiene un pie en la tradición y el otro en el abismo de la búsqueda siempre constante. Tomasa anuncia la caña y se asoma al fandango. Después aborda granaínas y abandolaos, rematadas por rondeñas. Andrés se regodea en el cante y su aplauso interno va para los artistas que componen su cuadro. Salvador tiene un esquema extraordinario en la cabeza con mil cambios guitarrísticos, mil cambios de ritmo, mil llamadas, mil silencios. Bobote, de los imprescindibles del compás de este país, se encuentra un poco perdido con tanta mudanza.

La farruca es un alarde de facultades y de sabor. Punto neurálgico del espectáculo, donde vence y convence, incluso a los más ortodoxos. Y si no, propone a continuación unas alegrías que son definitivas. Por levante, el cantaor no está todo lo fino que acostumbra, sobre todo en la salía de la cartagenera. Y en las bulerías, el baile se torna más clásico, si cabe, para todos los paladares.

Por seguiriyas y por un poquito más de bulerías termina una noche, y Flamenco Viene del Sur, en su edición 2011, que quizás haya representado lo mejor del ciclo.

* Foto de Antonio Conde©.

La Macanita sólo cumplió

La Macanita sólo cumplió

Leo en el diccionario de la Real Academia el significado de ‘macana’ y, como segunda acepción, define que es el artículo de comercio que por su deterioro o falta de novedad queda sin fácil salida. En seguida borro de mi mente tal definición por errónea. A Tomasa Guerrero le quedan muchos años de gloria. De hecho, es una de las voces más definitivas y definitorias del cante jerezano. Pero, no sé por qué, que en parte los académicos han dado en el clavo. La evidente falta de ganas de la artista este sábado en la peña de La Platería fue evidente. No se esforzó, no pellizcó, no rompió como es debido y como nos tiene acostumbrados.

Peno ¿estuvo mal? La cuestión es que no estuvo mal y sus valores y facultades sobresalían a cada paso. Sus cantes eran redondos y sus remates apreciables. Pero una artista de su categoría no se puede permitir esas flojedades ni siquiera en sus días malos. Además, salvando esta cortedad que puede ser inevitable, la sensación de ningunear a los presentes por tener algún cable tergiversado no es perdonable.

Desconozco las razones y no deseo hurgar demasiado en la llaga, pero el aura de diva que le hizo acortar su actuación y tratar a los parroquianos como ajenos, estuvo fuera de lugar.

No sudó La Macanita y no sudó el guitarrista, Juan ‘Parrilla’, cuando su nombre le precede. Su guitarra sonaba metálica y no arropaba como acostumbra. La primera parte se solucionaría con la segunda, pensamos, pero no quedó ni en el intento.

Comienza por tientos-tangos y sigue por soleá y por malagueñas. Está en su terreno, pero no termina de llegar. Aunque se le reconoce el poso de cantaora, el aguardiente en la voz clara (menos que otras veces), el compás jerezano (apoyada por las palmas de Gregorio y Chicharito). Termina por bulerías su primera entrega.

Su segunda propuesta comienza por levante, una taranta pasable y una cartagenera fuera de lugar. Sigue por seguiriyas, donde debía lucirse. Igualmente nos quedamos con las ganas. Remata su recital por fiesta. “Ahora voy a cantar por bulerías y a bailar para todos ustedes”, nos dice, como se les conforma a los extranjeros en el tablao. La guitarra, sin embargo, no se retira del micrófono cuando ella se levanta para ilustrar su cante, sin megafonía, y regalarnos un bailecito. Ahí su compromiso descafeinado.

* Foto de flamenco-wold.com©.