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Las formas de Sergio Gómez

Las formas de Sergio Gómez

Lo he repetido varias veces, la sala de música La Chumbera presenta unos valores indiscutibles. Su programación permanente durante todos los sábados del año, a excepción del verano y la Navidad; sus precios populares; su ubicación; y su espaldarazo a los flamencos jóvenes de Granada, la hace digna de admiración y respeto. Quizá no sea el auditorio perfecto en cuestión de ambiente, de acústica o de luces, pero su labor y garantía están asegurados.

Como es natural, encontramos altibajos en la suma de sus días. Pero también nos llevamos agradables sorpresas, como el día en que bailó Luis de Luis o este mismo sábado pasado con la presencia de Sergio Gómez ‘El Coloraíto’ y su cuadro flamenco.

Sergio tiene buen gusto, siempre lo ha tenido; una voz rica en modulación y armonía; una apuesta que va más allá de lo convencional; un conocimiento profundo de los cantes. Toda esta investigación, que posiblemente le ha llevado toda la vida, puesto que el flamenco lo tienen presente desde que nació, al pertenecer a una de las familias con más arraigo en nuestra ciudad, ha servido para tener unas formas muy personales. Sergio conoce lo que hace y lo adapta a sus facultades. El cante no es una materia rígida a la que abrazar, sino un fluido maleable que se vierte en el molde de los cantaores que conocen sus vueltas.

Así tenemos un lenguaje nuevo para el pellizco de siempre. Como dijera López de Vega, es necesario verted vino añejo en odres nuevos. Tenemos igualmente una propuesta actual, rica en matices y en personalismos. Porque el cantaor granadino se ha sabido rodear de un grupo de músicos que entienden su lenguaje y están a la altura.

Alfredo Mesa nos está dando últimamente bastantes satisfacciones a la guitarra. Su limpieza y su fraseo; su trabajo constante; y su fijeza en los clásicos, son sus signos de referencia. Ana Calí, al baile, es cálida y precisa. Sus pies, tremendamente limpios, hablan como ningunos. Al contrabajo, Joan Massana, da un contrapunto necesario, que no se limita tan sólo a acompañar. José María Petaca, al piano, salpimenta los temas con solos de gran belleza. Y ‘El Moreno’ es de los percusionistas más efectivos y respetuosos de nuestro panorama local.

Unas granaínas ponen claro desde el principio la dulzura y posibilidades del protagonista. La zambra caracolera (La Salvaora) pronto se convierte en zambra sacromontana, ilustrada con poderío y recursos por la bailaora.

Pero, cuando la noche adquiere un carácter especial y único es cuando se aborda la farruca. Un cante que Sergio ha sabido adaptar con perspectiva jazzística y contemporánea. Como resultado escuchamos una balada flamenca moderada y sensual de gran altura.

Las bulerías demuestran el poso flamenco y el compás de este artista. Es un todoterreno que se conoce a la perfección y conoce los caminos que transita. Para terminar, unas alegrías ponen la guinda o una noche sin desperdicio. El baile de Ana Calí es inconmensurable, su entrega radical, su presencia definitiva y su zapateo redondo y efectivo.

* Ana Calí, tomada de su web©.

Reconociendo a Manolo Osuna

Reconociendo a  Manolo Osuna

Como advertí, el flamenco no cesa, como el rayo de Miguel Hernández. La noche del viernes tuvo lugar el homenaje a Manolo Osuna, cantaor con la voz de pozo y la mirada infinita, aún a sus ochenta y tantos años. El festival fue en el Palacio de los Córdova, uno de los escenarios más bellos entre los escenarios bellos al aire libre de Granada.

Antes de meterme en materia, creo que debería hablar de las formas, pues, aunque todo homenaje sea bienvenido, hay detalles que enrarecen los motivos.

La primera certidumbre es que fue un acto francamente electoralista, promovido por el partido y con preferencia de los primeros ediles de la ciudad. Seguidamente, creo que fue un golpe bajo con respecto al festival de Asprogrades, que estaba anunciado desde tiempo ha ese mismo día en el Teatro Isabel la Católica. Supongo, por otra parte, que el cartel estuvo impreso antes de avisar (¿conminar?) a los artistas para que participasen, lo que explicó algunas ausencias de altura (Estrella Morente, Antonio Canales, Miguel Ochando), lo que afectó a los asistentes que habían acudido atraídos por tales cabezas…

Pero, como digo, el festival fue festival, el flamenco fue flamenco, la gente respondió en masa (unas 500 personas, cálculo), y el homenajeado se llevó el calor de la gente y un generoso aporte económico para seguir tirando. Porque Manolo, como muchos flamencos de su época, vive el momento, más vale pájaro en mano y Dios proveerá.

Como dijo Curro Albayzín en la presentación, si hubiera seguido en Sevilla y no se hubiera afincado en Granada, la tierra del olvido, sería un cantaor reconocido, a la altura de Caracol o Mairena, porque facultades tiene, porque conocimiento le sobra, porque es flamenco desde que se levanta hasta que se acuesta. Porque nuestro árbol da grandes y sabrosos frutos, pero maduran y caen al suelo ante indiferencias varias, a no ser que vuelen para ser saboreados en Madrid, en Sevilla, Barcelona o Jerez. Léase Cobitos, léase el Nene de Santa Fe, léase la saga de los Coloraos…

Muchos flamencos se acordaron en este día de Manuel Torres, el Niño de Osuna. Muchos quisieron reconocer a un vecino tan entrañable del Albaicín y del Sacromonte, así como reconocen al artista, así como reconocen al maestro. Todos lo conocen. Todos lo conocemos y nos destocamos en su presencia. Qué no se pierda su arte, qué no se apague su voz, qué el tiempo no nos venza de nuevo. Hay quien, me dijeron en el festival, está recuperando sus grabaciones y lo está haciendo cantar para mantener su testimonio. Porque aún goza de buena voz, de talento y de memoria, y, aunque ya no tenga las facultades de su gloriosa madurez, mantiene un brillo encomiable.

Es difícil hacer mención de los flamencos que pisaron el escenario de los Córdova por la cantidad y por cierto miedo a las malas pasadas del olvido, pero sí quiero destacar algunos momentos exclusivos como las seguiriyas de ‘El Parrón’, como los tangos de Marina Heredia, donde un improvisado guitarrista (Alfredo Mesa), dio una lección de profesionalidad, el baile por alegrías de Juan Andrés Maya o Angustias ‘La Mona’ por soleares.

* Manolo Osuna con Jaime Heredia "Parrón" en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, 2009 (foto probablemente de Antonio Conde para deflamenco.com).

Del Japón al futuro de la guitarra

Del Japón al futuro de la guitarra

Llevo días sin actualizar el blog, y no es por falta actividad, sino todo lo contrario, por falta de sosiego. Llevo unos días que mi tiempo no me pertenece y ya guardo demasiadas cosas que se van diluyendo en mi cabeza. Intentaré, no obstante, hacer recuento y, si no afino en los detalles, al menos expondré la esencia.

La verdad, lo confieso, me da cierta pereza rememorar en forma de análisis estos días pasados que absorbieron mi mente y casi mi cuerpo como en una abducción extraterrestre. (Lo suyo sería dedicar un post a cada una de las acciones vividas, pero ya digo, entre la pereza y el miedo de que se acumulen más aconteceres, y como una bola de nieve, cada vez más grande, ruede en avalancha arruinándolo todo a su paso, decido componer un cajón de sastre (que a veces puede convertirse en ‘desastre’) y exponerlo todo como si fuera una sola columna con aristas.)

Lo mejor será empezar por principio. Quiero dar unas pinceladas desde la noche del sábado, en la que, como siempre que puedo, hago doblete. (Tan sólo reflejaré mi actividad flamenca.)

Aterricé en primer lugar en La Chumbera, donde Eiko me había insistido, sin necesidad a que fiera a ver a sus “Cerecitas del Japón”.

Eiko cumple treinta años de relación con Granada, el baile y el flamenco. Lleva treinta años yendo y viniendo desde su país natal a este rincón de Andalucía para impregnarse de nuestro arte.

Yo nunca la había visto bailar, a pesar de nuestro contacto. De ella sabía su desmesurada afición y su disciplina. Sabía que empezó bailando con Mariquilla y que pronto se convirtió en su colaboradora. Sabía que ganó un concurso de sevillanas en la misma Sevilla (1983). Sabía que mantenía una academia en Tokio (desde 1997), muy afamada, por donde han pasado cientos de japoneses.

Su intención era traer a veinte chicas para bailar y mostrarnos que Tokio, como dije recientemente, es otra de las ciudades andaluzas. Pero las circunstancias actuales sólo han permitido que se acercaran a la península seis de sus alumnas.

En primer lugar destacaría la gracia de estas bailaoras, metódicas donde las haya. Unas más sueltas (lamento no poder dar nombres; daría colores pero nos vamos a quedar igual) y otras más tensas, su ejecución fue milimétrica y academicista. Parece que hasta las sonrisas estuvieran acordadas.

Por parejas, tríos o en conjunto, fueron abordando bailes clásicos (alegrías, tientos, guajiras y colombianas, bulerías), elevando un bastión que llenó el ambiente de oles y de orgullo.

Un momento simpático fue cuando todas, aun sin chapurrear el castellano, cantaron al unísono La Reja con tremendo desparpajo.

En cuanto a Eiko, la maestra, es un derroche de clasicismo. Lo tiene todo aprendido y aprehendido y nos recuerda a tantas… Sus bailes son completos y redondos; distendidos en apariencia, pero que no deja el mínimo resquicio a la improvisación y el duende golpea en una jaula.

Es digno de mención, por otra parte, el cuadro que las arropa. A veces los músicos de atrás son el cincuenta por ciento del éxito de una bailaora, si no más. a las guitarras se entendieron a la perfección Luis Mariano y César Cubero; al cante se complementaban, y distanciaban al mismo tiempo, Mati Gómez y Manuel Heredia.

Mis pasos se apresuraron a la salida para dirigirme a La Platería para asistir al acto de entrega de la Insignia de Oro de la peña al joven tocaor David Carmona que, tras la imposición de dicho reconocimiento, hilvanó grosso modo el concierto que le valió el Giraldillo como Artista Revelación en la pasada Bienal de Sevilla.

No desglosaré todos los temas que abordó, que, empezando por tarantas y acabando por bulerías, llenaron la peña de flamencura. Simplemente diré que nos encontramos en otra dimensión. La forma de componer e interpretar de este alumno aventajado de Manolo Sanlúcar sigue unos esquemas tan distintos, ricos y melódicos, que para mí lo sitúan claramente en el futuro de la guitarra, una vez que se quiera pasar página a Lucía, Amigo, Riqueni, Serranito y tantos otros, como éstos sustituyeron a Montoya, Manolo de Huelva o Sabicas.

Sin embargo, y es algo importante, el tocaor granadino suena flamenco, está lleno de pellizco y tocado por esa varita que sólo se pega a los grandes, que desprende ese aura exterior, que en realidad es parte de grandeza inconmensurable que encierra en sus entrañas.

Y, como buen director de orquesta, se supo rodear del cante modulado y formal de la onubense Carmen Molina (grande por fandangos) y por los respetuosos percusionistas Agustín Diassera y Miguel ‘El Cheyenne’ (así sí).

El lunes acudí a la cita inexcusable de Flamenco Viene del Sur en el Teatro Alhambra. El gran tocaor Pedro Sierra presentó su espectáculo ‘Tres movimientos, tres puñales’. Pedro es un tocaor preciso, limpio y muy armónico. Es un gran compositor, hasta desarrollar un lenguaje propio y un discurso muy agradable. En la primera parte salió solo con su guitarra, haciendo rondeñas y bulerías, granaínas y farrucas. Después se rodeó de su gente y de sus carencias y hallamos altibajos. La Tobala, su mujer, al cante abordó tientos-tangos, seguiriyas, fandangos, alegrías… También Jardana, la hija de ambos, mostró la madera verde que aún tiene ilustrando un poquito las seguiriyas y las bulerías. Y, a las palmas y coros, tres jóvenes que igualmente despuntan.

Momentos destacados del guitarrista catalán fueron sus ricas cantiñas, en las que se asomó a Córdoba, Arcos o Morón, y su abrazo a Extremadura, con sus tangos y jaleos. Al finalizar se dio una generosa pataílla por bulerías bastante simpática.

El miércoles, solicitado por una asociación de amigos de la historia, di una charla en un centro del Zaidín sobre “Los gitanos en España”. A pesar de la poca asistencia, fue una sesión completa y metódica, enriquecida con diapositivas y documentos sonoros.

Desde sus orígenes, en tierras indostánicas, me remonté hasta su arribo a la península y el transcurso de los siglos hasta la reciente expulsión de los rumanos en Francia. Y, cómo no, del origen del flamenco como cante gitano-andaluz. El interesante debate final se centró en las entretelas del flamenco y la disyuntiva del cante gitano y no gitano.

Ayer, o sea, el jueves tuvo lugar un festival flamenco en beneficio de Japón en el Teatro Isabel la Católica, en el que se acordaron grandemente también del reciente terremoto de Lorca (Murcia). Tres horas de reloj duró el evento que sin embargo fue dinámico y sabroso. Quiero destacar como positivo la masiva respuesta del público asistente, la proliferación de artistas japoneses en el escenario (algunos llegados expresamente para la ocasión), la incondicional entrega de los flamencos de granada, siempre dispuestos a echar una mano, la presencia de otros músicos llegados desde Madrid o Inglaterra, la presentación siempre sabrosa de Curro Albayzín y de Naemi Utea vestida con kimono, a la japonesa, con toda la seducción a su alcance, Juan Santos del Eshavira como promotor...

…Así, el vértigo, como digo, ocupa mis días. Esta noche, entre otras cosas, hay otro par de festivales benéficos. El de Asprogrades, en el Teatro Isabel la Católica, y el otro es un espaldarazo al gran cantaor octogenario Manolo Osuna, en el Palacio de los Córdova. El sábado se satura en las peñas, tablaos y demás. Sólo hago mención sin embargo al último festival benéfico, por ahora (y van seis en poco más de un mes), para ayudar a los enfermos del Corazón, en el que nos deleitará Juan Habichuela Jr. (otro de nuestros grandes guitarristas) en el Teatro Municipal de Alhendín. Y, aunque sea semiprivado, informaré que en La Platería cantará Tomasa Guerrero Carrasco ‘La Macanita’. Esto es nada.

* Un campamento gitano cerca de Arlés, Van Gogh (1888).

Festival Flamenco a beneficio de Japón

Festival Flamenco a beneficio de Japón

Granada se suma a las iniciativas solidarias surgidas en toda España para ayudar a los damnificados del pueblo japonés

El próximo jueves, 12 de mayo, tendrá lugar un Festival Flamenco en el Teatro Isabel la Católica a beneficio de las víctimas del terremoto, tsunami y escape nuclear que viene azotando a la nación nipona desde el pasado 11 de marzo.

Resulta extraño que haya que ayudar a componer a un pueblo que se ha erigido por méritos propios en una de las mayores potencias del panorama internacional. Parece mentira que acudamos al eseoese de los japoneses cuando son ellos siempre los que prestan sus recursos a las naciones desfavorecidas. Pero es así. Ningún país, por preparado que esté puede escapar de los efectos de un terremoto de dimensiones extraordinarias, más sus réplicas; de un tsunami; y de un escape radioactivo, que amenaza continuar.

Como resultado se encuentra parte del país destrozado, bastantes afectados directamente, multitud de familias evacuadas de las cercanías del reactor nuclear (20 km. a la redonda), aguas y alimentos contaminados…

Ante todo esto, la población ha sabido afrontar el drama con una abnegación admirable. La disciplina y la entereza del pueblo japonés, la reacción cívica y la actitud valiente de los ciudadanos han sido un ejemplo para el resto del mundo.

Todas las miradas se han dirigido hacia el extremo oriente, todas las manos se han alzado por tamaño desastre, todas las conciencias se han removido sabiendo donde hay que tapar heridas. La ayuda internacional se ha puesto en movimiento. Países, instituciones y ONG se han volcado con la causa, como con otros problemas globales. Pero también la ayuda individual da sus frutos, entre ellos los flamencos. Desde hace bastante tiempo existe una hermandad tácita entre el flamenco y el pueblo japonés. Si a Madrid se le ha considerado la novena ciudad flamenca andaluza, Tokio sería la décima. Japón no sólo recibe y aplaude a los artistas que llegan de España, sino que muchos de los festivales nacionales están sustentados con público nipón. Es más, en el País del Sol Naciente, proliferan las academias de baile y de guitarra flamenca, incluso de cante, y se puede decir, sin lugar a dudas, que sus intérpretes son artistas de contrastada calidad.

En Sevilla, Madrid, Talavera, Sanlúcar… ya se han celebrado festivales flamencos de apoyo. El próximo día 12, la solidaridad parte desde Granada. Artistas japoneses, afincados en la ciudad, junto a flamencos locales, ofrecerán una velada solidaria rebosante de arte y flamencura en el teatro Isabel La Católica.

Hacer una relación de los artistas que participarán esa noche puede que canse tanto al que escribe como al que está leyendo esta nota. Baste decir que todas las puertas se han abierto y voluntariamente todos los flamencos, instituciones y particulares se han ofrecido a colaborar en el evento.

De cualquier forma, por mor de la noticia y para satisfacer la normal curiosidad del lector, destacaré algunos nombres. Al cante, por ejemplo, tenemos a Jaime ‘El Parrón’, Juan Pinilla, Pepe Luis Carmona o Sergio ‘Coloraito’; al baile: Juan Andrés Maya, Iván Vargas o Pilar Fajardo; y a la guitarra: Rafael Habichuela, Juan Habichuela Jr. o Josele de la Rosa.

También habrá espacio para otras músicas, como las percusiones de Rubem Damtas, la música árabe-andalusí de Jalal Chekara o el piano de Mai Kikuchi, entrando ya en la representación oriental, que se complementa con la flauta de Lara Ushijima, el violín de Maya Yoshida, o el baile de Eiko Takahashi, Aska Shoji, Eiko Watanabe. La presentación correrá a cargo de Noemí Ueta y Curro Albayzín.

La recaudación, tanto del festival como del aporte a una cuenta habilitada al efecto (0081 0085 66 002202029), irá a parar a la organización humanitaria Rotary-Club, que colabora directamente con la Cruz Roja japonesa.

En una charla con parte de los artistas japoneses que intervendrán en el festival, ante la pregunta sobre las esperanzas del concierto, respondieron que, aparte del imprescindible aporte económico, es necesario remover las conciencias sobre lo vulnerables que somos y el futuro incierto del hombre y la energía nuclear.

* Artículo publicado en Granada Hoy el 8 de mayo de 2011.

Un guitarrista de oro

Un guitarrista de oro

Mañana sábado, 7 de mayo, recibirá el joven guitarrista David Carmona la Insignia de Oro de la Peña de La platería, un galardón que ya han recibido Enrique Morente, Manolete o Juan Pinilla, por su relación con la peña y su compromiso con el flamenco.

David Carmona es un músico particular que, más pronto que tarde, se convertirá en un guitarrista esencial en el panorama flamenco andaluz. Desde 2005 forma parte del grupo de Manolo Sanlúcar, no sólo como segundo guitarrista, sino también como fiel heredero de sus formas y su manera de componer. Según el maestro: es el referente del futuro en la guitarra. Pero además, David cuenta con una frescura y una intuición sobresalientes que, unido a un incansable estudio y un ensayo permanente, lo sitúan para un futuro próximo en la cumbre de los músicos flamencos.

El año pasado obtuvo el Giraldillo en la XVI Bienal de Arte Flamenco de Sevilla como artista Revelación con un programa redondo y creativo que le ocupó hasta cinco años de su joven vida (los mismos que ha ido acompañando a Sanlúcar).

Mañana (hoy, si lo leen el mismo sábado) tendremos a David Carmona en concierto en la peña albaicinera, en su peña, que le entregará un reconocimiento de amistad y prestigio, con el que todos los flamencos nos que conocemos al santafesino sentimos orgullosos.

* Foto: Nono Guirado©.

Alonso de Collanes

Alonso de Collanes

Alonso de Collanes era un joven imberbe que gastaba sus horas y porvenir como ayudante en una apoteca. Era hombre asaz delicado, enjuto de huesos, de dedos largos y finos, que en realidad sentía la hembra que latía en su interior. O, mejor mirado, era mujer pizpireta, con bozo involuntario, encerrada en cuerpo de hombre.

La hija rubita del farmacéutico, entrada en carnes, bajita y muy graciosa, que se llamaba Alicia, andaba tras el mozo requiriéndole manifiestamente de amores. Pero a Collanes quien realmente le levantaba la libido hasta hervirle el seso era el boticario, recién viudo de mujer enfermiza desde primeros tiempos que, sin embargo, superó la cincuentena con desmesurada palidez y que al final un punto frío que se le puso en el hígado se la llevó sin perder la sonrisa.

El licenciado, como no es de extrañar, no le hacía ni caso al joven discípulo, si bien tan sólo para ordenarle sus deberes de subalterno en el despacho de medicinas. Alonso sufría por tal indiferencia y por las descaradas insinuaciones de la hija de su enamorado.

Entre hierbas y píldoras, jarabes y emplastos, el hombre se iba dando cuenta de las intenciones de su retoño hacia su fiel asistente y sin más decidió prestarle más atención y deferencia. Hasta que un día, tras algunas invitaciones y encerronas, se le declaró. O sea, pidió su mano en nombre de Alicia, la única hija que le pudo dar una mujer más muerta que viva.

Al joven Alonso, que no era tonto, pero que no lo pudo ver venir, por eso de que el amor es corto de vista, se le cayó el alma a los pies, esperando una satisfacción a sus deseos, que, por el contrario, fue un jarro frío de puro inesperado y contratiempo.

No obstante, como son las cosas, o como eran en algún entonces, el adjunto Collanes casó, después de algunos meses, con el fruto alegre del dueño de su corazón.

A pesar del revés inesperado y de la voluntad doblegada, Alonso aprendió a ser un buen marido, atento y cumplidor que, antes del año, ya le había dado un sonrosado nieto a su jefe, el cual le estaba doblemente agradecido por la felicidad de su hija y por los rasgos inconfundibles del bebé, en el que se reflejaba claramente.

Efectivamente, el pequeño, llamado Ángel, tenía, aparte de los pies enormes, un parecido asombroso con la familia de su mujer por parte de padre.

Pasaron los años inexcusablemente, uno detrás de otro, y el aprendiz terminó propietario. Y el farmacólogo titular se retiró, ya algo mayor, a disfrutar de su nieto, que le había comprado una bicicleta, un tren eléctrico, una pelota de reglamento y un balancín con cascabeles que había colocado en el patio y se llenaba de mariposas cuando el niño se columpiaba.

Alonso comenzó a dejarse el pelo largo, amanerar sus movimientos y frecuentar en la noche lugares prohibidos de compraventa de amor entre iguales. Se hizo con un ayudante que terminó sacándole un sobresueldo por pecado nefando. Y, antes de que naciera su segundo hijo, con las maletas repletas de ropas de ella, abandonó a su familia, su trabajo y su condición de hombre.

Hay quien dice que se fue a México, con el nombre de Aldonza Collanes; otros que se afincó en un pueblo de Galicia como mujer completa, dedicada al bovino. Nunca abandonó su apellido ni una foto con su hijo, su mujer, Alicia, y con el padre de ésta que desde otro mundo le sonreía.

* farmacia-antigua-barrio-del-once-buenos-aires.

Bustos

Bustos

A mi madre le debo ese nervio sensible que recorre la espina y estremece mi cuerpo ante la obra exclusiva; esa vena que impulsa crear sin pretensiones; y el placer de lo bello (aunque más de clausura sea la savia que populosa).

Le debo, sin poder evitarlo, esa bondad rayana en la tontuna de “vale más quedarse en el camino que pasarte de listillo”, de que en el mundo impera la buena voluntad y los agravios son sin intención. Hacer bien sin mirar a quién. Confiar, aunque la faca le brille entre los dientes y hurgue nuestros bolsillos.

Le debo un estilo evidente, la elegancia siempre discreta, el callado paseo, la contemplación del ala del aire.

También heredo, me debo confesar, la física torpeza del que tiene altas miras; el escollo siempre encontrado, alma en el juicio del misterio; el roto a borbotones; la risa de uno mismo.

Agradezco el ingenio fácil, que más que en hacedores nos devuelve instrumento. Esa intuición sin juicio que cortar, hermanada con la verdad o muy próxima a ella.

La voluntad firme y un fiel empeño. La palabra por encima de todo aún sin testimonio. El cumplido preciso y el reconocimiento permanente. El sentimiento abierto y elevado de la amistad en contra de la sangre noble.

La trascendencia de lo breve en un mundo que todo es cosmos. El infinito en un botón. La eternidad en un momento. Vivir en el ahora. El pasado pasó y el futuro no existe.

La grandeza de saberse invisible. El lathe biòsas (vive oculto), que aconseja Epicuro, aunque no conociera al maestro de Samos. La búsqueda sublime sin dilación, llegando a Baudelaire. Y la belleza de los clásicos.

Habitar, incluso a sabiendas que no se sabe. Ser admitido por necesidad y recorrer todos los álbumes. Sembrar sin conocer si la cosecha llegará.

Mi madre me enseñó un vivir machadianamente bueno.

* “La habitación” [vacía] de Van Gogh.

Escuchando a Cobitos

Escuchando a Cobitos

Documental sobre Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’

Manuel Celestino Cobos, entre los aficionados granadinos, pasa por ser una leyenda de buenas maneras y facultades innegables que, sin embargo, no ha cruzado nuestras fronteras por decisiones personales (“siempre se preocupó más del prestigio y de su felicidad personal que de la fama”, explicó Miguel Ángel González) y por limitaciones de la época (tenia una voz siempre afinada y bastante estilosa pero muy delgada como para romper en escenarios abiertos sin megafonía).

Ahora, el martes pasado, dentro del programa Patrimonio Flamenco, La Diputación de Granada, a través de su oficina Granada Universo Flamenco, ha realizado y expuesto el Documental sobre Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’ en Palacio de los Condes de Gabia.

A los 25 años de su desaparición, es de ley reconocer su figura y su alcance como maestro y guía de todas las generaciones de cantaores que han surgido detrás de él.

De esta forma se ha recuperado parte de su legado como cantaor y como persona. En una jornada intensa en la peña de la Platería, un puñado de artistas jóvenes (Juan Pinilla, Álvaro Rodríguez, Esther Crisol, Ana Mochón, Iván Vílchez ‘El Centenillo’ y Sergio Gómez ‘El Colorao’ y las guitarra de Luis Mariano y Antonio La Luz) han puesto voz a sus interpretaciones, demostrando que su estela sigue viva y en buena salud.

El documental, imprescindible, de difusión gratuita, dirigido sabiamente por el flamencólogo Miguel Ángel González, nos muestra el apreciable testimonio de Curro Albayzín, Curro Andrés, Francisco Manuel Díaz, el mismo González y Ana Hermoso, nieta de Cobitos, contemporáneos, amigos y admiradores del cantaor, que van desgranando, de forma distendida y familiar, las andanzas tanto profesionales como del día a día de este hombre, rico en anécdotas, elegante como el sólo, bromista, tan casero como callejero y censor de guitarristas, a los cuales dirigía y sancionaba con una mano impertérrita en el muslo.

Caprichos etimológicos

Caprichos etimológicos

Falazmente se podría pensar que si el que roba no es robón y el que ladra no es ladrón, como el podólogo no es el que todo lo puede y dios es omnipotente y no el más robusto en la acción de Venus, el caracol no es el que mira una col, como el girasol, que sigue al sol comiendo pipas (con camisa nueva o no).

Esta polémica del origen de la palabra 'caracol' (centrada más bien en el témino 'carajo'), se la plantearon ciertos eruditos a finales del siglo XIX, que tuvieron todos la precaución de firmar con seudónimo.

Intuyendo dichos intelectuales derivaciones etimológicas, les dio por pensar que si el caracol miraba una col, el carajo miraba un ajo.

De resultas de esta lógica, surgieron los siguientes versos:

Preguntó san Pedro a Cristo
por qué llamó al caracol
’cara-col’; y dijo Cristo:
porque cuando lo he criado
miraba para una col,
que si mirara hacia un ajo
le llamaría ’car-ajo’

No conformes, los estudiosos con tal resultado, continuaron expeculando que ’carajo’ podría venir de Karaxos, que era el hermano de Safo de Mitelene, y designa también en esta lengua a taladro o punzón.

Juan Perucho aporta la siguiente anécdota. Estando en campaña Jaime I el Conquistador, antojósele incluir el ajo en su dieta, mas, no habiéndolos sino en el campo enemigo, sus capitanes arriesgaron el pellejo para hacer la recolecta. Al enterarse el monarca de que sus oficiales habían muerto por dar gusto a sus caprichos, "hubo de exclamar en catalán: Cars alls!, lo que, vertido al castellano, es ¡Caros ajos!".

Asímismo, añade Perucho, para probar lo castizo de la palabra, se exhumó el pasquín que en 1808 apareció en Madrid a propósito de Pepe Botella:

En la plaza hay un cartel
que nos dice en castellano
que José, rey italiano,
roba a España su dosel;
y al leer este papel
dijo una maja a su majo:
Manolo: pon ahí debajo
que me cago en esa ley,
porque aquí queremos rey
que sepa decir ’carajo’.

Salvando las distancias, la conclusión de esta coplilla, me ha llevado a recordar el "Por qué no te callas" de nuestro rey, en un acto de libertad sin efluvios espirituosos, el 10 de noviembre de 2007, dirigida al lenguaraz presidente de Venezuela, en la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, celebrada en Chile.

* Matas de ajos esperando a un caracol que las mire.

Un río de agua dulce

Un río de agua dulce

Flamenco Viene del Sur

Otra propuesta arriesgada. Después de algún rodaje, desde su estreno en el XIII Festival de Jerez (2009), Ángeles Gabaldón nos trae una fluida propuesta a través de la historia del Guadalquivir, “un paseo flamenco por el Río Grande andaluz”. En principio, la idea es sabrosa y llena de posibilidades que, sin embargo, no llega a enganchar. El minimalismo corre el riesgo de convertirse en algo insustancial.

La bailaora sevillana comienza en el suelo, vestida de tierra. El río se despereza y ella, cercana a lo contemporáneo y al clásico español, va desgranando unos albores de la historia que acaban por levante. La música también es esquemática y el sonido del agua evidencia un protagonismo agradecido. Para la segunda pieza, el guitarrista Raúl Cantizano, tañe la zanfoña con habilidad. Es el momento de wadi al-Kabir de Al-andalus que Ángeles retoma cercana a la danza del vientre, recordando los años que ha trabajado con la Orquesta Chekara. Sin embargo, resulta demasiado larga, repetitiva, monótona, esta segunda entrega, como la del principio. Aciertos puntuales aplaudimos, como el vuelo del mantón y algú otro estilismo. Alicia Acuña, valiente, salta a pie de escenario y canta en árabe. Esquema que pierde todo aliciente, pues se remeda a sí misma varias veces durante el espectáculo, ya sea con martinetes, tonás o tanguillos. ¿Cuándo romperá la obra? ¿Cuándo llegará la raíz, el ritmo, el flamenco? ¿Cuándo la bailaora que levante el ánimo? Me temo que estas preguntas quedarán sin respuesta.

El momento más glorioso de la noche, sobre todo por la originalidad y el simbolismo, es el baile de un chapoteo en off. Gabaldón, con negra bata de cola, baila la cadencia y las salpicaduras del agua con una coordinación admirable.

Y, por fin, el río se desborda por tanguillos con sólo percusión de fondo. En Sevilla sólo quedan en pie “tabiques y puntillas”, donde la cantaora también baila un poquito. Es un buen intento que, como el resto de la función queda soso, denunciando definitivamente que el Guadalquivir es un río sin gracia, un río de agua dulce.

Para finalizar, el percusionista Antonio Montiel coge la trompeta e interpreta una pieza jazzística con un tempo lento (todo es lento), que la bailaora aborda con abanico, sacándole mil y un sentidos, en lo que podría tener aires de guajira. Grandeza que también se diluye en la parsimonia del erre que erre.

La coda final, ya atravesando el charco, en donde entendemos el Guadalquivir como puerta al nuevo Mundo, la guajira se hace realidad con el canto “Hasta siempre”, que el cubano Carlos Puebla le dedicó al comandante Che Guevara y popularizó Víctor Jara (cambiándole la letra, por supuesto).

* Foto de Félix Vázquez©.

Para cantar por alegrías

Tie’ el baile por alegrías
una cosita especial
un puñadito de sal
y el aire de la Bahía.

Que yo no te quiero,
que quiero otra cosa,
no me llames prima
que me llamo Rosa.

Tie’ el baile por alegrías

una cosita especial

un puñadito de sal

y el aire de la Bahía.

 

Que yo no te quiero,

que quiero otra cosa,

no me llames prima

que me llamo Rosa.

Más solidaridad

Más solidaridad

Gala benéfica de la Asociación de Parkinson

Recientemente hablé del festival benéfico “Ayudemos a Carolina”, donde un grupo de flamencos se volcaba con su arte por una buena causa. Los problemas por desgracia se suceden y los achaques siguen ahí hasta la solución definitiva, si la hay, si se encuentra. Mientras tanto, colectivos e individuos, asociaciones y familiares, hacen lo posible (a veces lo imposible) para dar pasitos de esperanza.

Las enfermedades difíciles, las llamadas raras, el sida, el cáncer, el alzheimer, el parkinson… necesitan ayuda, precisan atención. Por no hablar de las guerras, los desastres naturales o el desarrollo sostenible (¿insostenible?).

Somos vulnerables y, querámoslo o no, sólo nos tenemos a nosotros mismos para retroalimentarnos con nuestro esfuerzo, para hacer la sombra de nuestro futuro un poquito más larga.

El sábado, 16 de abril, Fuensanta La Moneta se calzó vestido y tacón y acudió a la llamada de la solidaridad para apoyar a la Asociación de Parkinson de Granada; a pesar de estar recién llegada de Málaga, a pesar de haber estado dando un curso agotador durante varias horas al día.

Fue un espectáculo completo y entregado. No por ser altruista iba a ser simplemente de cumplido o de muestreo. Al contrario, la actuación fue redonda y agradecida. Incluso, el cuadro que la arropaba, salvo uno de los cantaores (Juan Ángel Tirado), llegaron de Sevilla para la ocasión. Así, Enrique El Extremeño al cante y los hermanos Iglesias, Miguel y Paco, a la guitarra, contribuyeron al éxito de la noche.

Lo de la noche es un decir, porque la función empezó a las 19,30 (tempranero para la ciudad de Granada) y acabó todavía con luz.

Para mí fue una sorpresa de gusto y emoción. A pesar de mi incondicional apego hacia esta bailaora, mi reconocimiento va ensanchándose como un mar de aceite y el estremecimiento que me produjeron sus intervenciones, sobre todo la soleá, no lo había experimentado desde hacía bastantes meses.

Un comienzo por granaínas sirve para establecer sus distancias. Ya no es una bailaora impetuosa (o no sólo eso). Ahora es reflexiva, llena de silencios, de propuestas y sugerencias. El tacón golpea en su momento y la punta rasguea la escena puntosuspenseando un todo armónico. Los pies no son la base, sino un complemento, que, junto a las manos, los hombros y las caderas, están supeditados a los ojos, que no son más que los carbones encendidos del pensamiento del arte puro que esta granadina destila.

Entre baile y baile, los músicos introducen algunas piezas como para asegurar la respiración. Desde los abandolaos primeros, incluyendo los fandangos lucentinos y los de Frasquito, hasta los martinetes finales, que comienzan con un preciosista cante de trilla, toná y martinete.

La segunda entrega de La Moneta es la soleá anteriormente aludida. Una soleá densa y concentrada, con un tempo lentísimo y lleno de razón, donde la bailaora escucha y baila cada nota, cada eco, sin ocultar nada, porque quien rebosa verdad no tiene nada que esconder.

La farruca, que aborda con pantalón y chaqueta corta, y la seguiriya, con la que se despide, aunque conocidas de otros escenarios, son igualmente eficaces y agradecidas. El mejor momento de la temporada, como digo, después de asistir a bastantes espectáculos.

* Foto de Ana Palma en el Festival de Jerez 2009 para deflamenco.com

Para que Carolina sonría

Para que Carolina sonría

Festival Flamenco "Ayudemos a Carolina"

Muy a menudo, cada vez que vemos los diarios o leemos las noticias, nos echamos las manos a la cabeza lamentando los vuelcos e injusticias de los hombres y del destino. Muy a menudo, sin embargo, nos cruzamos de brazos diciéndonos que no podemos hacer nada desde nuestra distancia, desde nuestras limitaciones.

Pero el mundo sigue girando inevitablemente con sus espinas, pero también con sus pétalos. Es nuestro deber cuidarlo para nuestros hijos. Es nuestra obligación dejar todo un poquito mejor de lo que lo encontramos.

Cada uno, según sus posibilidades, algo puede aportar, aunque sea preocupándose, firmando o colaborando. Todos vamos en un barco, que se llama planeta Tierra, y si se hunde, por catástrofes, guerras, atentados, epidemias…, todos nos hundimos con él y se hará realidad esa pintada que ilustraba una boca del metro de Nueva York: “Se suspende el futuro por falta de participantes”.

Las peticiones de auxilio son muchas. La solidaridad a veces se halla con cadenas. Sencillamente, por imposibilidad física, económica, social, no podemos volcarnos con todas las causas. Cada uno que se mire por dentro.

El miércoles pasado hubo un festival benéfico, en el teatro Isabel La Católica, a favor de una niña de cinco años, llamada Carolina, que tiene que ser operada de la vista en Estados Unidos. Los flamencos siempre responden a estas llamadas y, de forma altruista, por supuesto, prestaron su arte y su saber para el desarrollo de este encuentro en el teatro que, por suerte solidaria y aficionada, estuvo lleno.

Quise aportar mi grano de arena y colaboré en la presentación, junto con José Manuel Rojas y Antonio Vallejo, promotores de festival. Y los artistas, entre gitanos y castellanos, dieron el cien por cien de su voluntad y buen hacer, en apoyo a la causa.

Abrió la noche Fita Heredia, con su gracia festera y su voz canastera, y, con Josele de la Rosa, a la guitarra, hizo un tema a ritmo de fandangos y unas bulerías con su pataílla añadida, como marcan los cánones. Juan Pinilla, el único payo entre los cantaores, y con el mismo guitarrista, interpretó una zambra dedicada a Caracol y unas alegrías muy a su estilo, que se asoman al estilo de Calixto Sánchez.

El color del baile, para que la noche fuera completa, lo aportó la familia Vallejo, junto con la Escuela Municipal de Flamenco de la Zona Norte, haciendo un alarde de fuerza y raíz.

Jaime Heredia ‘El Parrón’, con su elegancia innata y su voz afillá, nos regaló una soleá y unos fandangos, arropado con la guitarra de Rafael Fajardo. Manuel Heredia, también con Fajardo, propuso malagueñas y abandolaos de Granada y bulerías, donde impuso su dominio del cuplé, acordándose de las de Utrera, de Bambino y de Manuel Molina.

También quiso estar presente, después de una delicada operación, Pepe Luis Carmona. Cantó soleá y fandangos, junto a la guitarra de Isidoro Pérez, presidente de la Federación de Peñas granadinas.

Para terminar, la guinda al espectáculo la puso el nieto de Juan Habichuela, que, con rondeñas y bulerías, sembró la noche de ecos sonanteros.

* Pepe Luis Carmona y Jose Manuel Rojas (foto IDEAL).

Zapatilla y tacón

Zapatilla y tacón

Flamenco Viene del Sur

Una sorpresa plástica y llena de color fue la propuesta de Rubén Olmo y su compañía el lunes pasado en el Teatro Alhambra. Su nombre, Tranquilo alboroto, es un acierto. La ambigüedad de ese nombre le viene como anillo al dedo al flamenco en general y a este espectáculo de baile en particular.

Estuve a punto de asistir a su estreno en la Bienal de Sevilla, pues coincidió que estaba en la ciudad hispalense para ver a David Carmona, pero por confusiones que no vienen al caso, no pude verlo. Desde ese momento me llegaron alabanzas y parabienes desmedidos de la función. Su éxito, unido al ‘Giraldillo’ al mejor montaje, hizo que fuera a verlo con grandes expectativas y con el espíritu abierto a la suprema creación.

Sin embargo, mis ganas se diluyeron, no por la efectividad y la redondez del espectáculo, sino por su ausencia de novedad, por su abuso de la danza clásica y la música en off y por algún número prescindible.

Rubén Olmo, con una técnica y una plasticidad increíbles, encierra el espectáculo en sus zapatillas de ballet. Dividido en siete escenas de distinta intensidad, Tranquilo alboroto se alargó más de lo deseado. Una presentación clásica sirvió para presentar al protagonista y adentrarnos en su mundo de luz y color. El manido ensayo fue la segunda propuesta, donde apreciamos las bondades del flamenco en el cuerpo de baile. El comienzo de la saeta popular que popularizó Machado “Quién me presta una escalera…”), interpretada gloriosamente por El Rubio de Pruna en forma de toná, introduce un tema nazareno, pasional, sevillano, donde Olmo es penitente y sufridor y crucificado. (En representaciones anteriores, esta escena, con banda en directo de cornetas y tambores, parece que fue estremecedora.)

Fuera de lugar me pareció una especie de homenaje a Manuela Vargas, remedando sus maneras con Rubén por mirabrás con el rostro en penumbra. Cuando acabó, un foco iluminó su cara evidenciando que era él. Muchos otros han roto vistiéndose de mujer con anterioridad y con más sal. El recuerdo hubiera ganado si es una de las bailaoras quien lo realiza, aunque le hubiera restado efecto.

Lo mejor de la noche, para levantarse y no parar de decir ole, es una Falsa farruca, montada por Israel Galván para el momento sobre el sonido de la gaita de Rubén Díez (aunque Rubén Olmo le impone su marca y condición sobresalientes). Su redondez y al mismo tiempo sus movimientos quebrados, su asimetría, su frescura y su provocación son simplemente geniales. También descubrimos, como precedente, las bulerías de Inma ‘La Carbonera’, retozando en el cuplé.

La sexta escena es un paquete flamenco, que corre a cargo de toda la compañía (bien por los músicos). Empiezan por Huelva y terminan por tangos. Una seguiriya, que baila la granadina Patricia Guerrero, es muy aplaudida con toda razón. La guajira es de una belleza conmovedora y los jaleos ricos en pasos y propuestas. Sin embargo, el diez de estas piezas breves, se lo lleva Justo Salao, diseñador del vestuario de mujer.

Para terminar, Rubén levanta El vuelo con mantón multicolor en pieza recordable.

14 de abril

14 de abril

¡Oh, corte, quién te desea! 

(Juan de Mairena, Antonio Machado).

Si es que yo pienso

Si es que yo pienso,
yo sólo pienso.
Cuando muchos pensamos,
pienso compuesto,
que es lo que comen los marranos.

El arte de la crítica

El arte de la crítica

He puesto el título a este artículo con toda intención, aún a sabiendas de lo arriesgado e inexacto de este aserto. Pues la crítica no es arte, aunque critique el arte. Al igual que el crítico no es un artista, aunque osa evaluar la obra de un artista verdadero hasta el punto de dudar de su verdad.

No hay nadie más criticado que el mismo crítico. Sobre todo por las personas que él critica, sus seguidores o incondicionales, hasta el punto de salir mal parado, cuajado de insultos, menosprecios, amenazas y otras agresiones, incluso físicas.

El crítico opina desde el conocimiento, aunque se ponga en duda. Una mínima (o máxima) formación lo avala.

Algunos opinan que si el crítico no sabe pintar, no sabe cantar o tocar la guitarra no tiene la capacidad de enjuiciar al que expone o al que se sube encima de un escenario.

Bien mirado, sin embargo, si el crítico fuera un artista, sería un artista y no un crítico. Muchos críticos, siguiendo este razonamiento, han sido artistas o pretenden serlo o están frustrados. De todo tiene que haber.

A nadie se le ocurre tachar de intrusismo al analista político o al comentarista de fútbol, que en realidad son críticos, interpretan un partido (esto vale para los dos ejemplos) para hacerlo más asequible, desmenuzan sus pros y sus contras, siempre de manera subjetiva, pero con parámetros universales. De igual manera se podría pensar de los historiadores, de los arqueólogos o de los antropólogos. ¿Cómo pueden hablar de lo que no han vivido?, se preguntarán los incrédulos.

Gabriele D’Annunzio decía a este respecto que “la crítica es el arte de hacer disfrutar del arte”. Mejor no se puede decir. Se trata de poner tus conocimientos y tus apreciaciones al alcance de los demás. Pero no para que piensen como tú, sino para que tengan un punto de partida donde afianzar sus propias opiniones.

También, por oficio o abundancia, el crítico suele fijarse en todos los detalles posibles. Es posible que, a lo largo de todo su ejercicio, el crítico esté pendiente de toda la oferta. Muchas veces, después de ver y analizar todas las propuestas artísticas que pasan a tu alrededor, adquieras una perspectiva determinante o simplemente un baremo “comparativo” con que se puedan evaluar las obras venideras.

El oficio de un crítico también viene dado por su capacidad, su sensibilidad y su aprendizaje. A Tony Leblanc, que hacía de mecánico en una película, lo requirieron para revisar el motor de un coche que se había parado. A los minutos el coche empezó a andar y el operario pasó la minuta. El dueño del coche indignado le dijo que cómo podía cobrar esa barbaridad por sólo apretar un tornillo. El mecánico, limpiándose las manos, le respondió que apretar el tornillo lo hacía gratis, que por lo que cobraba era por saber el tornillo que había que apretar.

Conozco a alguien que, tras coincidir a la salida de un espectáculo, me dijo que esperaba leerme para ver lo que se había perdido. Algo exagerado, pero es una manera de reconocer el ojo, el oído, el gusto, el olfato y el tacto del crítico. Creencia en los sentidos, incluyendo el común, que no es un acto de fe, sino el convencimiento de un criterio “profesional” por evidencias, coincidencias propias o comparación con otros críticos u opinadores de calidad contrastada.

Porque, ni siquiera todos los críticos coinciden, y para lo que unos está bien, para otros es mediocre o está mal. O, unos le dan más importancia a determinados aspectos que para otros son baladíes. O, unos se fijan o aprecian detalles que para otros pasan desapercibidos. Repito que la crítica es subjetiva.

Oscar Wilde dice que “el crítico es el hombre que puede interpretar de una u otra manera su impresión de las cosas bellas”. Es el usuario, el espectador, quien debe tener criterio y saber filtrar la información y quedarse con lo válido, con lo que a él le valga, y estar abierto a las críticas y a las opiniones, y reconocer, si es el caso, la viga en su ojo, antes que la paja en el ojo ajeno.

Como conclusión, para los más reacios, les aconsejaré que no acepten consejos, como canta Arcángel, “que nadie me dé consejos que yo me equivoco solo”.

Las tres menos medio minuto

Las tres menos medio minuto

El pasado sábado, 2 de abril, me invitaron a formar parte del jurado del Festival de la Canción Scout de Andalucía, en su edición número veinte, a celebrar en la localidad de Ogíjares, en Granada.

En tratándose de una actividad de niños y jóvenes, con un horario moderado, se lo comenté a mi hijo, con la intención de que me acompañara y me ayudara en la votación.

La propuesta le pareció fantástica y se interesó por las cuestiones a tomar en cuenta (letra, música, interpretación, etc.).

Dio la casualidad de que ese sábado ya estaba comprometido con su madre y otras actividades familiares. Así, ante la imposibilidad de acompañarme, me pidió que al final del concurso lo llamara por teléfono y le leyera las canciones para que me pudiera dar su opinión.

El domingo bien temprano me llamó por teléfono regañándome por no haber cumplido nuestro acuerdo. Lo pensaba llamar esa misma mañana, el día anterior, entre unas cosas y otras, llegué a casa cerca de las dos de la mañana.

De cualquier manera hizo que le leyera la canción ganadora y las finalistas. Me reí por su ‘supuesta’ concentración. Después tuve que confiarle otras dos letras y después otra más, seguro que no se estaba enterando de mucho.

Sin embargo me dio su veredicto sin titubear. “A mí me gusta ésta” y me refirió parte de la letra que le había leído con gran acierto. No fue la que ganó, pero quedó en un destacado lugar, y su texto para mí fue de los más destacados.

Felicité al instante su madurez y buen ojo, disculpándome de nuevo por no haber contado con él, repitiendo que me recogí al filo de las dos de la noche. Él dijo que también se acostó tarde, aunque no tanto, pero que un día se durmió casi a las tres, que, cuando faltaba un minuto para las tres, su madre se dio cuenta y le apagó la luz.

Quiso aguantar pero no pudo nada más que medio minuto. De forma que un día se durmió a las tres menos medio minuto.

El concepto de Juan Andrés Maya

El concepto de Juan Andrés Maya

West Side Story

Lo que más me gustó fue la idea. Un montaje flamenco para estrenar en una sala de fiestas (disco-pub) que fuera dinámico, enraizado y reconocible, qué mejor que una adaptación del gran musical West Side Story (1961), traducido al castellano como Amor sin barreras (¿?).

Juan Andrés Maya tiene un concepto de la coreografía bastante popular, al alcance del espectador más básico. Es dramático y visceral. Una vasija llena que con un par de gotas rebosa de creatividad.

Capitanea un barco en el que cada tripulante tiene su papel (a veces comprimido) y lo exterioriza para mostrar una cubierta impecable, aunque los camarotes estén desordenados y del medio casco sea sentina.

Como resultado, un espectáculo propio y divertido, a medida, que rellenó la noche de sugerencias encontradas. Una función basada en la tradición Maya de arrebato y zapateo vertiginoso. Una obra cuajada de individualidades claramente destacables.

Una pincelada de erotismo, una algarabía global, la tragedia conocida, los finales interminables, la voz desgarrada de los cantaores, la rabia manifiesta… hacen un conjunto delicado que, sin embargo, le hace falta rodaje para lograr la entidad a la que Juan Andrés nos tiene acostumbrados.

La historia es conocida. El argumento está basado en la historia de Romeo y Julieta o en la de Montoyas y Tarantos, pero adaptada a los tiempos modernos y bajo el prisma del coreógrafo.

Desde bulerías, alegrías, tangos y levante anda el juego. Destacan sin embargo la farruca de Iván Vargas, reflejo de Manolete, la soleá de Juan Andrés, con sus pronunciados golpes de efecto y unas bulerías de grupo con momentos personales.

En las pantallas que rodean la sala, fotogramas escogidos de la película original, centran la atención ante una propuesta que se difumina.

* Fotograma de la película de 1961.

La guitarra sideral de Juan Carlos Romero

La guitarra sideral de Juan Carlos Romero

Flamenco Viene del Sur

Desde la soleá primera hasta la nana con la que acabó el concierto de Juan Carlos Romero se pudieron constatar varias cosas. Primeramente trascendió el oficio de buen guitarrista de este onubense. Seguidamente se puso de manifiesto su inclinación jazzística y la abundancia de notas, quizá de más. El recital, por otra parte, fue tan delicado e intimista que resultó frío en su conjunto, sideral en su distancia. Ni las piezas más ligeras, con ayuda del resto de los músicos, llegaron a caldear el ambiente.

Juan Carlos Romero, bajo el título genérico de La música, presentó el lunes en el teatro Alhambra su último trabajo Agua encendida, que ha sido reconocido recientemente por la crítica nacional como el mejor disco de guitarra flamenca de 2010.

Unas bulerías sirvieron para presentar a la cantaora, Carmen Molina, a la que vimos acompañando a David Carmona en la Bienal de Sevilla del pasado año. También se hizo acompañar de la segunda guitarra de Paco Cruzado, que tuvo realmente poco protagonismo; del violín de Alexis Lefevre; del percusionista francés Tino di Geraldo, que ha colaborado con algunos de los grandes; y del cantaor José Valencia, uno de los mejores exponentes del cante atrás (y con el hueco asegurado alante), que nos sorprendió moderando la voz más que de costumbre e inclinación fónica a Terremoto.

Pieza de encaje fue sin lugar a dudas Agua encendida, a ritmo de soleá, que le da nombre al disco, dedicada a su mujer y su hijo. Después recordó con gran sentimiento a Enrique Morente y después, con Campana del Alonso, unos fandangos de Huelva, muy seguiriyeros, de su disco Romero (2004), rindió homenaje a su paisano Paco Toronjo, donde tomaron protagonismo Carmen Molina y Alexis Lefevre. También de este segundo trabajo haría alegrías.

Efectivos también fueron el tema libre Portaillo del zapatero, con aires de Cádiz y su delicada y breve Nana del sur, en recuerdo de su madre.

Como bis, fuera de programa, con todos los músicos en el escenario, interpretó un tanguillo de Azulejo, primera grabación en solitario, de 1997.