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Otra dimensión

Otra dimensión

Los Veranos del Corral

Manuel Liñán, Manolillo para muchos, es algo nuestro, aunque hace ya una década que emigró a revolucionar la capital de España. Por eso nos agrada ir a verlo, por eso aplaudimos sus logros, por eso nos emocionamos con su baile. Lejos de chovinismos, en los que es muy fácil caer, estamos ante un bailaor tan personal como eficiente. Su concepto de la escena y la esfericidad del espacio, que lo elevan a la categoría de coreógrafo, traspasa todo lodo lo conocido. Quien no lo haya visto bailar no puede concebir esa otra dimensión de la que el baile flamenco hace gala.

Manuel lo sabe, y no duda hacer guiños a los que le precedieron en esas capacidades. Así recuerda a Mario Maya, a Vicente Escudero, a Gades o a Antonio el bailarín; pero también, perdonadme ortodoxos, le podemos ver remedos de Fred Astaire o de artistas del claqué.

Con unos graciosos tanguillos, si se me admite la redundancia, comienza la función. Las dos palmeras (Ana Romero y Vanesa Coloma), desde la balconada, cotillean a capela como en un patio de vecinos gaditano, mientras con los abanicos se hacen compás. Antonio Campos coge el relevo desde escena y se acuerda de los ‘anticuarios’ de Chano Lobato; las guitarras sordas de Antonia Jiménez y Luis Mariano le siguen por detrás. Y, de nuevo, toman la voz cantante las palmeras, alternándose en un continuo hasta el fin. Liñán baila este tanguillo con desparpajo; marcando cada una de sus cadencias y sin repetirse (lo que extraña tras un cante cíclico).

Llama la atención, como siempre, la esbeltez de este bailaor, su precisión y verticalidad; el vértigo de su zapateo y su fuerza controlada. Aunque, a veces, ese arrebato tape las guitarras, aunque ese sin reposo castigue el cante, por otro lado, a su servicio.

Después de este regalo de originalidad y frescura. Luis Mariano aborda a solas con su guitarra, limpia y amarga, una soleá por bulerías, con ese punto de queja que hace al instrumento tomar vida y cantar y llorar y clamar. Los cantaores, Campos e Ismael de La Rosa, le hacen compás y a los postres ilustran el toque con algunas letrillas.

El sonsonete continúa para el baile con brilloso bastón. Son bulerías de Lebrija, arremansás (como dicen ellos) y con mucho sabor, que el bailaor granadino aborda con gracia y desenfreno, extrayendo mil posibilidades de su partenaire de madera. Cuando suelta el bastón, se relaja y los cantaores de pie le cantan a su paso.

Las tonás de Chacón No te reveles serrana, tan morentienas, sirven de preámbulo al apoteosis final por levante, rematado por tangos de Granada. Manuel hace uso de esa elegancia circunspecta que rellena el ambiente de oles y de palmas, para estallar dando una lección magistral por los tangos de su tierra, acordándose de todos, en los desplantes y en los amagos de roneo, de los que no abusa, sino que marca con una pincelada y a otra cosa mariposa.

Una noche redonda. Posiblemente la más autentica de las que llevamos en el Corral, pues se hizo exclusiva y no de retazos de otras obras, como es el caso de las que le precedieron. Sin embargo, dos preguntas me rondan por la cabeza, que en honor de la objetividad debo de formularlas: ¿es necesario bailar con la boca, siendo un recurso que ayuda a llevar el ritmo, pero afea la imagen del bailaor?, ¿es posible, que después de un tiempo por encima del mal y del bien, el bailaor se relaje y le dé más protagonismo a la pierna derecha que a la izquierda?

* Foto de Antonio Conde©.

La noche de la sinrazón

La noche de la sinrazón

La cabeza es un instrumento delicado. Posiblemente es el elemento definitivo que determina nuestro paso por el mundo y la relación con nuestros semejantes. El equilibrio, más o menos estable, de las neuronas que contiene nuestro cerebro nos hace superar el día a día con la esperanza de un mañana que nunca llega.

Es nuestro leit motiv, es el motor de la humanidad, el principio y fin de las religiones. Un porvenir clarividente, un posible más allá, un paraíso a medida.

Pues la vida existe porque está en la cabeza. El pensamiento abarca cuanto ocurre, lo que ha pasado y lo que llegará a suceder.

¿Pero qué pasa cuando nuestro mecanismo falla, cuando ya no coordinamos esas neuronas, cuando nuestra mente descansa o se muere por las mismas causas que el olvido, es decir, por desuso, interferencia o desinterés?

La noche de la sinrazón, como no dudo en llamarlo, es el estado final. La noche profunda no es tan cruenta como la anochecida, como el avance de esas tinieblas que hacen aún percibir un poquito de luz, unos celajes, un punto cada vez más desvaído, hasta que la opacidad es completa.

Quizá no muere el que muere, porque hace falta morir dos veces para morir definitivo. Quizá el que muere deja un recuerdo anímico y constante. La estela bondadosa del amor de primera mano.

Es el que pierde la razón el que muere definitivamente cuando muere. Es el demente el que se encarga con su ausencia de ir borrando esos recuerdos que le hacían un igual. Tal vez sea el loco el que va difuminando su relación con el mundo pasando paulatinamente del ser al no ser, quemando su memoria en una combustión lenta, pero determinante.

Aquejado de alzheimer, lo realmente duro es el proceso inevitable de esa primera muerte callada, cuando se es consciente de que cada vez menos hilos nos unen a la realidad, cuando somos conscientes de los recuerdos que se nos escapan, cuando sin remedio vemos estrecharse nuestro entendimiento. Lo malo es sentir poco a poco apagarse las bombillas, como al final de una feria, y entrever la ciega escoba arrastrar las barreduras para no devolverlas jamás.

Y, cuando el último hilo se rompe, ¡ay!, la noche inevitable se cierne a la espera de la segunda visita de la señora de la guadaña.

Lo bueno si breve

Lo bueno si breve

Los Veranos del Corral

Me alegro particularmente estos días por el reconocimiento que todas las bailaoras participantes en Los Veranos del Corral le están brindando al maestro Mario Maya, desaparecido ya hace casi tres años. Cada cual, desde su perspectiva y vivencias, se destoca ante uno de los grandes de la danza española, al cual, me temía, se estaba olvidando más rápido de lo que nadie merece. No obstante, en Granada, todavía tenemos una deuda pendiente.

Como digo, el primer tema que se abordó en la noche del jueves en el escenario del Carbón, fue una coplilla, compuesta e interpretada por Antonio Campos (incluso con la guitarra), dedicada al coreógrafo granadino-cordobés-sevillano. El cantaor, también de la tierra, salió solo y se le fueron incorporando el resto del equipo: Juan Antonio Suárez “Cano", con su guitarra, Luis Amador, con las escobillas de jazz, Jesús Torres, recuperando la guitarra que tañía Campos, y Rafaela Carrasco, brindando una pincelada de baile.

Y, ahí está el problema, Rafaela Carrasco ofrecía durante toda la noche “pinceladas” de baile, muy ajustado y preciso, con esbeltez y gracia en el taconeo, pero que dejaban poco sabor por lo escaso. Cuando empezaba a marcar, a vencer y a convencer, se acercaba a su anea y se sentaba.

Con todo y con eso, el espectáculo fue delicado y redondo, íntimo, como de cuartito. Amigos que se reúnen en torno a un espacio y cada uno da lo mejor de sí y, cuando encarta, la bailaora, con holgados pantalones y chaqueta larga informal (durante toda la velada), se levanta y ofrece su desenfadada pataílla sonriente, con la complicidad exclusiva de sus acompañantes.

Así, un solo de guitarra en las manos de Canito, cercano a la fiesta, es ilustrado a los postres por Rafaela; los fandangos de Huelva, valientes y modulados, acompañados con pandero, también reciben la gracia seductora de la bailaora: y las serranas, donde Antonio se acuerda de Enrique Morente, son recompensadas también por esa “pincelada”.

Momento hermoso sin discusión fueron los tanguillos a dos guitarras ('Cano' y Torres), donde se imbrican, se alternan o se aúnan, creando una verdadera obra de taracea. Aunque quizá lo más redondo, novedoso y participativo, fue un paso doble que encerraba caracoleros unos fandangos naturales 8aquí, la bailaora se complementa con una falda de volantes).

Termina la noche con una jota pura y dura. Sí, con una jotica de folclor norteño ligeramente aflamencado, que encaja de maravilla. Si no, ¿de dónde creemos que beben las alegrías de Cádiz? Un cante acompañado con profusión de pandereta, de Luis Amador, y panderos, el resto de los músicos, donde la bailaora sevillana se entrega en su totalidad.

Y, como bis, la pandereta sigue con la fiesta y una nueva entrega de baile nos es regalada, con un estratégico apagón final.  

* Foto de Antonio Conde©.

Jerez por derecho

Jerez por derecho

Los Veranos del Corral

Es una pena que un ciclo como éste en el Corral del Carbón lo tengamos tan sólo una vez al año. También está Flamenco Viene del Sur y algún festival o actuación más o menos aislada. Pero un escenario donde veamos lo mejor del baile actual del mundo flamenco, aparte de esta Muestra, en Granada no lo tenemos.

El baile, lo he repetido varias veces, conlleva la evolución más interesante dentro del flamenco. Aparte de que es la manifestación más completa, pues hace participar de forma activa a la guitarra, al cante y otros elementos percutores, ya sean palmas, cajón o pandero.

En 17 días tenemos un amplio muestrario de todas las tendencias del baile actual, primando la vanguardia. ¿Qué no están todos? Normal, todos los “número uno” (o dos) no pueden estar, por diferentes motivos. Y, por otra parte, menos mal que “todos” no se reducen a ese número de diecisiete, si no estaríamos apañados.

Hasta ahora hemos tenido la visión universal de Belén Maya, la estela sevillana con Isabel Bayón y, ayer mismo, el sabor acompasado de Jerez.

Mercedes Ruiz baila por bailar, no se plantea nada, no nos cuenta nada, aunque su baile esté lleno de sugerencias. Basado en su último montaje, Mi último secreto, la bailaora jerezana nos trae unas pinceladas de su manera de sentir el flamenco.

Con traje corto, de pantalones, completamente blanco, a la manera de Carmen Amaya, propone en primer lugar una farruca de pasos largos y profuso zapateado en los postres, donde se entrevé la mano sabia de Javier Latorre. Una farruca interrumpida en bastantes ocasiones por los aplausos de un público entusiasta que, sin querer, interrumpió para su buena conclusión un ritmo necesario y alargó la pieza en demasía.

El hielo, no obstante, estaba roto. Y la guitarra de Santiago Lara (director musical de la obra) y la exclusiva voz de Miguel Soto ‘Londro’ ofrecen una seguridad evidente cuando comienzan con la granaína de Chacón, que en vez de abandonarse, como si fuera un todo, pasa a ser caracoles, que pasea Mercedes con vestido rojo de cola y natural donaire. Presa de su estudio, sin embargo, no son tan eficaces como acostumbra.

Un momento reconocido, de gran contenido emocional, son los pregones que canta Londro en solitario y a palo seco, demostrando que es un cantaor todo terreno, más bien para cantar alante que atrás. recuerda a Marchena o a Tomás.

Un solo de cajón hace que atendamos al percusionista Perico Navarro que, posiblemente, esté de más en el conjunto. Normalmente, en realidad, todos los percusionistas me sobran en unas funciones que no necesitan reforzar el taconeo, y menos cuando la bailaora canta con los pies, cuando el compás de su tacón punta es tan exacto y musical.

Ese solo de percusión, de buena factura sin embargo, introduce lo que para mí fue lo mejor de la noche: el remate de soleá por bulerías tan frescas, tan sabrosas, tan jerezanas. Con un margen importante a la improvisación y a la magia de la noche. Mercedes baila con todo su cuerpo y marca como pocas la cadencia de este cante tan de su tierra, con unos desplantes a los que no hay más remedio que decir ole.

* Foto de Antonio Conde©.

Belleza asustera

Belleza asustera

Los Veranos del Corral

Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a no abandonar el escenario durante sus recitales, a transformarse en la penumbra y a descansar en pie. Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a la parquedad de su presencia, a un baile sereno y a su técnica precisa. Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a su mirada intensa, a sus manos palomas y a ese dominio del escenario que, sin necesidad de recorrerlo de parte a parte, siempre lo rellena.

La riqueza musical que acompaña a esta bailaora es una excusa para mostrar un baile desnudo, lleno de sugerencias y acomodaticio en ese muelle cantaor que le impulsa.

Después de escuchar las declaraciones en off de tres grandes del flamenco de la segunda mitad del siglo pasado y albores de éste, como son Matilde Coral, Mario Maya y Chano Lobato (a los que en cierta forma está en deuda), los músicos se van agrupando sobre las tablas, poco a poco, imbricando sus guitarras y sus voces. Primero Jesús Torres, manteniendo un soniquete con su guitarra, al que se le suma la guitarra de Canito, para incorporar las voces de David Lagos y Miguel Ortega, a los que José Carrasco les ayuda a hacer compás.

Isabel Bayón sube también al escenario y se abre un hueco por tangos, desplazando a sus compañeros a un segundo plano a la izquierda. A la derecha, en una silla de anea se ordenan los complementos necesarios para que la bailaora cambie de registro.

Sin apenas detenerse, en un continuo latido, el tango se aguajira y pasa a ser garrotín, donde Isabel muestra claramente la influencia de la escuela sevillana, tal cual fueron sus orígenes, y la evolución a un lenguaje propio que a su vez ha creado escuela y que tiene mucho de teatralidad (incluso interactua con un sombrero que no tiene).

Con una salía próxima a la bambera, David Lagos se adelanta proponiéndonos unas soleares trianeras, que son apolás en los postres, mostrando la valentía de una voz dulce y redonda, llena de facultades y melismas.

Entretanto, Isabel se ha caracterizado de bandolera para abordar una serrana, con su tónica habitual de parca redondez y neutra elegancia. Domina la escena y flexibiliza el hieratismo con la alegría del abandolao, que pretende ser de Frasquito, pero desemboca en moderado verdial.

Un solo de guitarra, cercano a levante, protagonizado por Canito (quizá algo oscuro), permite el descanso de la bailaora, que aprovecha para despojarse de sombrero y pañuelo y volver a ser silueta para ofrecer una farruca antológica en la que vindica la presencia femenina y seductora en un baile tradicionalmente de hombres.

De nuevo, las voces de Matilde, Chano y Mario Maya, cierran una obra que bebe directamente de En la horma de sus zapatos, presentada en el festival de Jerez de este año. Y, como sincero homenaje, remata con unas cantiñas, con guiños a Mario Maya, que en su mitad pasan a ser una grabación de Chano Lobato, con su gracia y su son, cantando por alegrías. Isabel baila con falda de cola y al estilo de Matilde, a quien le dedica los caracoles finales, que despuntan de agradecida forma coral a dos voces.

Una pataílla por bulerías toma la forma de improvisada despedida fuera de programa.

* Foto de Antonio Conde©.

La sonrisa que vence

La sonrisa que vence

Los Veranos del Corral

Tr3s

Sorprende siempre en Belén Maya la manera de saltar a las tablas, con la sonrisa puesta y la firme decisión de pasar un buen rato. Su baile, redondo, orientalizante, lleno de los matices que conforman su legado, más que un esfuerzo es un paseo, más que una obligada entrega, por muy satisfactoria que sea, es el deseo de departir con un público anhelante la verdad de su estado.

Porque Belén, desde hace tiempo, quizá desde el principio, se ha ido creando su propio mundo, personal y, por ahora, intransferible, que la hace nadar como pez en el agua, como sirena en sus aguas, que pueden ser calmas o revueltas a voluntad. Incluso se rodea de un cuadro exclusivo. Breve pero eficacísimo en letra y número. En la guitarra, Rafael Rodríguez, le ha acompañado en bastantes ocasiones, con su lenguaje particular, con su alzapúa tan determinante, con sus arpegios y su rasgueo tan precisos, con esa forma de arropar tan agradecida. Jesús Méndez, al cante, es la primera vez que visita esta plaza. Lleno de facultades y sabiendo estar, envuelve el espacio con su voz de terciopelo, alterna el dejillo jerezano con un buen gusto a media voz que, según Manolo Caracol, es como duele. Y, dimensionando el resultado, Chloé Brûlé, haciendo compás, aunque su presencia fue limitada e incluso innecesaria en algunos momentos.

Con un resumen, por limitaciones de escenario, de su obra Tr3s, estrenada en la 21ª edición del Festival de Flamenco de la localidad francesa de Nimes, Belén Maya inaugura la XIII Muestra de Flamenco en el Corral del Carbón de Granada. Tr3s responde al decir de Manuel Machado cuando afirma que “una fiesta se hace con tres personas: una canta, otra baila y otra toca”.

Por Cádiz comienza la velada, tras unas palabras de Raúl Comba, como organizador del ciclo, dedicándole humildemente la edición de Los Veranos del Corral de este año al desaparecido Enrique Morente. Estas cantiñas comienzan y terminan sin baile, para arrancarse nuevamente cuando Belén sube a escena, como si fuera un regalo de última hora, como si fuera una larga escobilla al margen del cante oficial. Una larga coda por alegrías, donde la bailaora, más repuesta que en las últimas ocasiones que nos visitó, muestra sus cartas, la precisión en sus movimientos y ese recuerdo permanente de su padre, cada vez con más cositas (un repetido molinillo con los brazos o alguna parada táctica) y con más naturalidad, como si fuera su prolongación lógica.

La soleá, que antecede los tangos, nos muestra sin discusión la capacidad del cantaor y la frescura de melismas, mientras Rafael, a la guitarra, apunta originalidad a los postres con un rasgueo acompasado, manteniendo una nota. En los tangos, cercanos a Granada, Belén muestra el desparpajo de una buena herencia, el roneo ancestral que precisa este baile y las formas clásicas de los tangos del Petaco, ya casi olvidados. La guitarra hace un generoso punteo de bordón, mientras la bailaora muestra su característica apuesta exótica, que va creciendo y enriqueciendo la pieza cuando interactúa con el cantaor puesto en pie, neutral partenaire, y baila el silencio y ralentiza sus movimientos, a la manera de Yerbabuena, e interpreta el latido de la guitarra. Los tangos, estos ricos tangos, acaban, según costumbre inversa, con cantes mineros, exactamente con tarantos y cartagenera clásica. Es el baile que convence y que sitúa definitivamente en el universo Maya.

Un poquito por bulerías por parte de los músicos, vindicando el origen del cantaor, que rezuma detalles de La Paquera, como fiel descendiente, para pasar a una generosa entrada musical por seguiriyas, donde Belén le baila a la guitarra como anteriormente le danzó al cante. En su mitad, calla la guitarra y se proponen tonás. Es cuando la hija de Mario más se reconoce en sus formas, en su lenguaje y en el deseo de expandir su cuerpo más allá de su persona, eternizando sus movimientos, señalando a lo lejos, fijando sus ojos en el infinito, al tiempo que hunde esa misma mirada. Y, al final, congela sus movimientos como de porcelana, como esa diosa asiática que en realidad tiene mucho que ver con las propuestas de Israel Galván, retroalimentándose de su semilla.

Para terminar, con otra dilatada entrada de guitarra, Belén aborda unas cañas con vestido blanco de cola y mantón verde, demostrando el dominio de ambas prendas. Sin embargo (si se puede poner un pero a función tan excepcional), resultó un poco demasiado técnica. El rotundo efecto de su presencia, tuvo su punto de frialdad en el remate. Quizá los tangos hubieran sido la guinda perfecta de este sabroso menú.

Antes de despedir esta crónica, empero, quisiera dejar constancia de algunos elementos técnicos que, por suerte o por desgracia, influyen de forma determinante en toda actuación. Por una parte, hay que aplaudir el formidable sonido de Valeriano, que incide en la conformidad del recinto; y, por otra, hay que lamentar el desacertado tratamiento de las luces, más evidente cuando en ciclos pasados ha estado bien definido.

* Foto de Antonio Conde©.

Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad está claro que se considera más joven de lo que aparenta, que espera que, en tu balance, te quedes por debajo (a veces muy por debajo) de la edad que tiene en realidad.

Cuando una mujer te pregunta la edad es un ejercicio como poco delicado. En ese momento miras hacia todos lados (de forma ficticia, pues cualquier desvarío, puede considerarse una falta de atención) y, como quien te pregunta por una dirección complicada bajo un sol cuarentón, te dices: “con toda la gente que hay alrededor, me ha tenido que preguntar a mí”.

Cuando una mujer te pregunta la edad se encienden las luces rojas de peligro en tu interior y suenan las sirenas de seacabó, pues no puedes titubear ni unos segundos ni entornar los ojos, como buen cubero, ni balancear la mano con evidente signo de aproximación.

Cuando una mujer te pregunta la edad debes responder de inmediato, restando unos cinco años a lo primero que te viene a la cabeza. Y, cuando sueltes la cifra, simulando total convencimiento, y ella te da el número exacto (que a veces no es exacto) del número de años vividos hasta el momento, fingir inusitado asombro y proferir alguna exclamación halagadora, tipo: “¡si pareces una niña!”, “¡pues aparentas…!”, “¡yo juraría que tienes…!”.

Cuando una mujer te pregunta la edad es porque ese día se siente joven y quiere que aplaudan lo que antes ha reconocido el espejo. Cuando una mujer te pregunta la edad, a veces, es porque está baja de moral y necesita una inyección de autoestima que sólo consiguen el chocolate, salir de compras o sentirse joven.

Ayer, una chica (no tan chica) me preguntó la edad. Sabiendo todo lo antedicho no dudé en acercarla a la treintena por debajo, apreciando realmente que a los que se acercaba era a los cuarenta. Francamente agasajada, sólo me sonrió, sin decirme exactamente el tiempo que había vivido desde su nacimiento (como si fuera una nueva estrategia que tendré que estudiar más adelante).

Sin embargo, el resultado fue positivo, pues pasó conmigo gran parte de la velada, contándome historias descabezadas de su juventud en Inglaterra, terminando por descabezar a un servidor.

Conforme hablaba, los años se le iban acumulando en las comisuras y alrededor de los ojos. Hasta que llegué a pensar si no hubiera sido mejor la estrategia de la duda metódica, si no fuera mejor haber dicho: “cua… treinta y algo”.

Corral, dulce Corral

Corral, dulce Corral

Mañana, lunes, 18 de julio, comienza la XIII Muestra de Flamenco, en el Corral del Carbón de Granada. Desde hace muchos años se ha convertido en cita inexcusable, no sólo para disfrutar de buen flamenco, el mejor que se asoma a nuestras plazas (salvando concreciones del Festival de Música y danza, de Flamenco viene del Sur y de algún acierto más puntual), sino para tomar el pulso al estado del flamenco actual, al menos en la modalidad de baile.

Trascendió hace algunos años la frase de aquel político que decía: “quién se mueve no sale en la foto”, refiriéndose a que hay que estar en el sitio, en su momento (más o menos). En este caso, podemos decir lo mismo. Los Veranos del Corral no son nada más un escaparate para ver el mejor paño que se vende por nuestras tierras andaluzas, es una de los balcones, la tribuna necesaria, para que el artista reivindique su posición en el flamenco. Me atrevería a decir que es el festival de pequeño formato más importante de España.

Todos, o casi todos, los flamencos jóvenes, y no tan jóvenes, que han dicho, dicen o dirán algo importante en este género han pasado por su escenario. La prueba está que, entre alguna figura ya consagrada, siempre aparece una cara nueva, un nombre que está llamado a ocupar un lugar de destacada altura. Nombres hay y otros se me olvidan. Baste decir el solo ejemplo de Rocío Molina, que se presentó al Corral, siendo todavía una niña, no con todo a su favor, y ahora es Premio Nacional de Danza.

No digo que la Muestra del Carbón sea un trampolín que encumbre a sus participantes, pero si que constituye algunos peldaños interesantes para continuar subiendo, escalones que cualquier flamenco no quiere dejar de pisar.

Prácticamente son los propios artistas los que se ofrecen para participar en este ciclo, atraídos por un prestigio que se refuerza día a día por un marco escogido, por un tratamiento técnico (luces y sonido) de lujo y un público fiel, respetuoso y entendido. Si a esto le sumamos la ubicación del Corral del Carbón, en pleno centro de Granada, y la perfecta temperatura en las noches veraniegas, únicas en toda la Península, gozamos posiblemente de una de las temporadas más gloriosas de nuestro flamenco.

Aunque esto, si no se rodea de especificaciones, es pura teoría (sentimental, si quieren). Así que, siendo pragmáticos, haré unas preguntas concretas.

¿Qué les parece comenzar con Belén Maya este lunes, 18 de julio, y acabar con Fuensanta La Moneta el jueves, 11 de agosto? ¿Qué les parece continuar con Isabel Bayón, Mercedes Ruiz y Rafaela Carrasco, el martes, miércoles y jueves respectivamente de la semana que viene? ¿Y a la siguiente, del 25 al 28 de julio, a Manuel Liñán, Patricia Guerrero, Milagros Menjibar y Concha Jareño?

¿Y, después, los cuatro primeros días del mes de agosto, a María Canea, David Coria, Nacho Blanco y Raimundo Benítez y Agustín Barajas? ¿Y para terminar el mes, o sea, del 8 al 11 en que actúa La Moneta, la Gala de los Ganadores del Certamen IAJ, La Choni Cía. Flamenca y Marco Flores? Casi nada.

Además, si nos hemos fijado, en la Muestra (exclusivamente de baile para este año), tenemos cuatro días dedicados al baile granadino que más despunta (Liñán, Moneta, Patricia, Agustín y Ray), acercando el evento a nuestra tierra.

Entre los huecos de este ciclo, para los que quieran subir nota, tenemos otro poquito de flamenco en los festivales de Huétor Vega (29 de julio), el de Maracena (5 de agosto) o el de Montefrío (10 de agosto). La 21 edición del PARAPANDAFOLK de Íllora, con presencia de Mayte Martín y Juan Pinilla, o el montaje Federico según Lorca del Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena en los Jardines del Generalife, del 20 de julio al 27 de agosto.

Y después, por si alguien se ha quedado con falta, el Museo-cuevas del Sacromonte propone un ciclo de cine y flamenco, que ocupa toda la segunda quincena del mes de agosto, en el que destacan Pepe  Habichuela (23), Antonio Arias y J. Florent (18), Juan Habichuela Jr. (25) o la Orquesta Chekara de Tetuán (16), para abrir las noches de esta terraza sin igual.

Los símbolos del arte

Los símbolos del arte

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Federico según Lorca

El universo alegórico de Federico se combina con el mundo simbólico de Eva Yerbabuena en casi dos horas de espectáculo. Como resultado, Federico según Lorca, es una obra tan críptica que crea anhelos. Deseos de aprehender todas las claves o necesidad de un libro de instrucciones que las universalice.

Eva lleva tiempo evolucionando hacia un intimismo existencial y contemporáneo, que despuntó abiertamente con Lluvia (2009) y más tarde con Cuando yo era (2010). Ese avance es fruto de sus vivencias, pero también de su herencia, su reflexión y sus lecturas.

Si le hacemos caso, los versos de Federico, el corpus lorquiano, lo llevaba en su regazo desde siempre (como, quizás todo granadino), con ganas de abordarlo, de explicarlo, de representarlo más con sentimientos que con palabras. Y llegó a él. Se topó con Federico de frente a frente, en su ciudad natal y entre sus paisanos, de los que ella también forma parte.

Un día, de principios de julio de 2011, cuando se cumplen 75 años de la muerte del poeta, Eva propone once momentos que se desdoblan a su vez para fundirse en el crudo Romancero, en el surrealista Poeta en Nueva York o en los personajes negros y reprimidos de las páginas de nuestro autor.

En el centro del escenario, un muro móvil constituye prácticamente todo atrezo. No sólo simboliza el de las lamentaciones, acercando un Jerusalén multiconfesional a la mente, sino también el de la represión, el de la intolerancia y la ceguera pacata del provincianismo convencido. El canto gregoriano pasa a ser llamado del almuédano, a la oración y a la lectura sinagogal o a todo junto, confirmando su presencia. Eva es un reloj que marca el tiempo, el que queda, el que se fue, que no volverá, mientras suenan unas seguiriyas.

El tratamiento musical de la obra en primer lugar puede que sea su mayor acierto. Paco Jarana, como nos tiene acostumbrados, ha vuelto a dar una vuelta de tuerca y construye un armazón sin abandonar la esencia digno de ensalzar. Los temas suenan como tales, pero el tempo que le imprime es desigual, casi siempre acelerado, que redunda en la belleza de la vanguardia.

Juan Diego en off recita un texto donde el poeta se cuestiona sus dobleces, cuando comienzan a sonar unos arpegios por cañas. El cuerpo de baile masculino (Eduardo Guerrero, Fernando Jiménez y Alejandro Rodríguez) interactúa con el muro en una interrogante continua.

La caña desemboca en una de las partes más conseguidas del espectáculo. Unos andamios de caña sitúan la escena en un lugar de la costa, que puede ir desde Cádiz a las Antillas, y todas las bailaoras (Mercedes de Córdoba, Lorena Franco, María Moreno), incluso Eva, acuden a danzar un popurrí desenfadado que recorre desde la guajira a las bulerías, pasando por el fandango, el garrotín, los caracoles, los tangos del Piyayo y hasta las sevillanas corraleras. Cada joven se hace su baile particular, con más acierto o con menos, posiblemente por debajo de los varones. Algunos pasos se repiten y las diferencias con la capitana, que baila en último lugar, son evidentes.

Nuevamente los bailaores salen a escena con sendas sillas de alto respaldo. En su coreografía trasciende una de las características de la creación Yerbabuena, que es el distanciamiento de la simetría y la búsqueda del equilibrio en el permanente movimiento. Los músicos han conformado una hilera a la izquierda, dando a conocer la excelencia de su implicación. Paco Jarana y Manuel de la Luz, a la guitarra, mantienen la perfecta tensión, acentuada por la percusión (Manuel José Muñoz ’Pájaro’ y Raúl Domínguez), necesaria para que los cantaores (Enrique ’el Extremeño’, José Valencia y Pepe de Pura), en plena forma, nos hagan sentir tan buenos momentos. Son sus colabores habituales. Se entienden y se implican como si fuese un todo. Y, al final de las bulerías, tanto Valencia como ‘El Extremeño’ se dan una graciosa pataílla.

La campanilla y los almireces en manos de las bailaoras dan motivo para introducir éstos en los preliminares de la vidalita con charles de batería de fondo. Las mujeres nuevamente de negro, que son Yerma y son Bernarda, rematan este cante de Valderrama.

Del negro al negro es sin duda lo mejor del programa, donde Federico no sabemos si llega a ser Lorca, pero Eva sí es Eva. La soleá es reconocible y abrumadora. Contiene la esencia de esta bailaora que más convence de flamenca que de experimental.

Una coreografía con manzanas, fruto de lo prohibido, desemboca en el Castigo del deseo por no vestir de negro (Adela vestida de verde), por no adaptarte a las normas.

Y de nuevo la voz de Juan Diego nos dice que no ha nacido, mientras un gigante/cabezudo atraviesa el muro y suena El pequeño vals de Morente, como homenaje a otro de los grandes que nos dejó temprano.

Acaba la obra con un baile coral, Esperando turno, con el muñecón recogiendo a todos los bailaores vestidos de rojo y Pepe entonando una serrana.

En mi parecer, una obra cíclica, quizá demasiado larga y enigmática, a la que posiblemente le falte rodaje. Cuando la volvamos a ver dentro de unas semanas, pues es la obra que ocupará los Jardines del Generalife durante este verano, encuadrado en el XI programa cultural Lorca y Granada, seguro que mejorará. Será completamente esférica o caerá en su propio abismo.

`Foto promocional del espectáculo.

El feliz Descubrimiento

El feliz Descubrimiento

Revisando archivos, como siempre que tengo un hueco, encuentro unos textos dramatizados sin fechar, pero leyendo entre líneas se deduce que son del año 91 o principios del 92. Creo que la obra fue representada, o al menos leída públicamente, coincidiendo con la Expo de Sevilla.

Copio y pego a continuación:

Hace muchos muchos años, unos cinco siglos, que un aventurero, descubridor y navegante, servidor de la corona castellana, se hizo a la mar, para abrir un nuevo camino, una ruta hacia las Indias por el Oeste. Se aventuró por el Atlántico, mar tenebroso y flamígero en sus profundidades. Un océano inmenso y desconocido, que volvía negro a quien se atreviera a internarse en él más de la cuenta.
    Cristóbal Colón fue el arrojado navegante que desmitificó este mar; fue quien dio los primeros pasos para demostrar prácticamente la esfericidad terrestre; fue quien, por error, descubrió al Viejo Continente una nueva tierra, un lugar que crecería a pasos agigantados hasta dominar casi todo el planeta; tropezó, en su camino hacia Oriente, con un gran obstáculo llamado América.
    Estamos seguros, por otra parte, que si Colón, don Cristóbal, hubiera tenido visión de futuro y le hubiese visto la cara de cerca al señor presidente de Estados Unidos, y a su pandilla de fabricantes de miedo, se habría cuidado mucho de aquel tropiezo y, seguramente, habría hecho lo imposible por volver, si no negro, sí algo moreno.
    Aquí les dejamos con una parodia del feliz descubrimiento. ¡Cualquier similitud con la realidad, seguro que será pura coincidencia!
    ***
En las Indias ya se podía leer en todos los periódicos y en las revistas especializadas en descubrimientos y otros antojos que llegaría un hombre, quizás un superhombre de allende los mares, que descubriría esas tierras y que, misteriosamente pondría un huevo de pie.
    Los indios, llenos de dicha, no caben ya en sus taparrabos. La noticia les conmueve. Esperan impacientes al dios blanco antropomórfico en su cascarón flotante.
    Entre las cenas familiares de los indígenas, las asociaciones juveniles de los hijos de los nativos, los clubes de aviación de los pilotos americanos; en las salas de fiesta, en los comercios, en los bingos... en cualquier parte, no se hablaba de otra cosa: "un español o portugués (no se aclaraban aún) llamado Cristóbal, y conocido porque siempre se está colocando delante en la cola del metro, en el cine, en todas las ventanillas, nos descubrirá"

UN INDIO: Un portugués o un español, no sé bien, vendrá por mar y nos descubrirá, después de haber puesto un huevo de pie.
OTRO INDIO: ¡Síí! -exclama sin salir de su asombro, más por la heroicidad del huevo que por el hecho tan cotidiano de descubrir.
INDIO 1: Como lo oyes. Y se llevará nuestros tesoros a cambio de inútiles baratijas, sin que nosotros podamos hacer nada.
INDIO 3: También, dicen, nos engañará con el viejo truco del eclipse.
INDIO 2: ¡No somos nada!

La noticia no se hizo esperar. Tan sólo siete largos años para que la reina Isabel de Castilla se brindara a aceptar el proyecto de Colón. ¿Pero qué eran siete añitos en el siglo XV? (Pues siete años. No te fastidia). Y fueron siete años porque la reina Isabel estaba empeñada en demostrarle a los moros de Granada quién tenía más pantalones.
    Para la reina quizá no fuera mucho, pero para un navegante eran siete largos años de impaciente espera, obligado a mantenerse en barbecho y en secano. Siete años que no eran siete, pues antes había probado fortuna con los reyes de Portugal, de Francia y de Inglaterra. Siete años haciéndose un arsenal de espejitos, objetos de aluminio, torres Eiffel y torres de Pisa en miniatura, cubos de Rubik, linternas con alarma, fichas de coches de choque y de teléfono, jarroncitos de barro y un sinfín de cosas verdaderamente inservibles que servían para alimentar las delicias de cualquier analfabeto.

ISABEL (Cogida al teléfono): ¡Oiga, oiga! ¿Con quien hablo?
CRISTOBALITO (Al otro lado): Con Cristobalito... -dice casi cantando.
ISABEL: ¡Anda nene, dile a tu padre que se ponga!
CRISTOBALITO (Con la mano intentando tapar el auricular): ¡Papaaa! -Berrea- Que te pongas. Una señoraaa.
COLON: ¡Diga!
ISABEL: Soy Isabel.
COLON: ¡Mi madre!
ISABEL: No. Tu madre no, la Reina, Isabel II.
COLON: ¡Caray! (a buena hora, ya había deshecho el equipaje). Dime, dime, Isa... que diga, Su Majestad.
ISABEL: Que estamos a dos de agosto del 92.
COLON: ¿Y son las Olimpiadas de Barcelona?
ISABEL: No, de 1492, imbécil. Y, según las crónicas, tienes que partir mañana hacia nuevas tierras para la posteridad.
COLON: No adelante acontecimientos, mi Reina, pues yo sólo voy a intentar una nueva ruta por el oeste hacia las Indias, el país de las especias.
ISABEL: ¡Siempre tan simple, siempre tan simple!

Dicho y hecho, Cristóbal Colón hace de nuevo su equipaje y zarpa el 3 de agosto de 1492 del puerto de Palos, ya sin moros en la costa y con rumbo desconocido (más o menos). Embarca en La Santa María y le siguen dos carabelas, La Pinta y La Niña, gobernadas por los hermanos Pinzones (hay quien afirma que eran así llamados porque eran hermanos por parte de padre y madre, de eso no hay duda, y, menos creíble, por impulsar las pinzas de la ropa, que se conocían poco).
    Dos meses y pico duró la travesía, no sin antes pasar por las Canarias y consumir algunos plátanos y hacer de vientre. Sin embargo, Cristobalito (conocido más tarde por su verdadero nombre, Hernando Colón), que los acompañaba, deseaba llegar pronto a las américas y comprar algunas Coca-colas.
    En mitad del trayecto, después de ver en el video de a bordo la última de Woody Allen, Colón tubo algunos antojillos. A saber: se le antojaron unas hamburguesas tipo Mc’gregor y, ¡asombroso!, poner un huevo de pie.
    Y lo consiguió. Vaya que si lo consiguió. Después de reventar casi todos los huevos preparados para la cena de esa noche, logró colocar uno en equilibrio dando una serie de botes de alegría (algunos de ellos, hay que reconocer, con verdadera maestría) que casi hace naufragar el barco antes de tiempo.
    Ante tal capricho no es de dudar que los hermanos Pinzones creyeran que estaba embarazado y se pasaron gran parte de la travesía cortando pañales y haciendo patucos de punto.
    A los dos meses y pico -como dije-, exactamente el 12 de octubre de 1492, arriba Colón con 90 hombres y una cruz a las primeras tierras americanas descubiertas.

COLON: En nombre de España, de sus Reyes Católicos y en el mío propio, yo os descubro (ante el asombro de 89 hombres -el 90 se estremecía por nada- se planta de hinojos y besa el suelo).
UNO DE LOS PINZONES: Se parece al Papa (comentario que pasó totalmente desapercibido. Ni siquiera yo lo iba a mencionar).
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA: ¡Nos han descubierto! ¡Nos han descubierto!
COLON: Decidme nativos, ¿Cómo se llama esta isla?
INDIO 1: Guanahaní, del archipiélago de las Bahamas.

Una chica que también desembarcó, ligera de ropa y con gafas muy grandes, se precipitó a decir: "Respuesta acertada; a cincuenta pesetas cada una...", pero le taparon la boca rápido.

COLON: Pues desde hoy se llamará El Salvador.
INDIO 1: ¿Por qué?
COLON: Porque soy Colón y os he descubierto.
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA (que eran más que antes): ¡Nos han descubierto! (bis).

TELÓN

Poema ubicuo

Me asomé a la ventana
donde estaba yo mismo
mirándome hacia arriba.

Al compás de la poesía III

Al compás de la poesía III

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Tercer y último día del encuentro entre flamencos y poetas. El viernes, 8 de julio, en el maravilloso escenario de la Placeta de la Ninfa (primera vez en la historia que se usa tal localización para cualquier tipo de evento), auspiciados por el FEX, la Asociación del Diente de Oro termina de quemar sus cartuchos en ésta, que representa su última actividad del curso.

El día fue diferente a los anteriores. El tablao, más pequeño, no brindaba la oportunidad de ofrecer baile. El formato era más recortado. Por otra parte, el recinto abierto, como el primer día, hacía el acto más popular si cabe.

El lujo de esa noche estribaba en que cada participante llevaba un músico distinto. Así, Sara ‘La Samarona’, que abrió el rectal, estaba acompañada con la guitarra veterana de Miguel Ángel Corral. Destacó de su actuación unas seguiriyas, arriesgadas y valientes, con texto de Juan de Loxa.

Álvaro ‘El Martinete’, en segundo lugar, bordó a solas la rondeña de Ramón Montoya, antes de juntarse con el poeta Alfonso Salazar que leyó las Bulerías a Catwoman de Ramón Repiso y Puente Verde de los franceses, de su propia autoría, con fondo de bulerías y malagueñas respectivamente.

Casi llegando al ecuador de la velada, Mati Gómez, nos sorprendió con De la luna de abril de Ángeles Mora, en forma de trilla y toná (a capela, como debe ser) y después con un dulce y brillante garrotín, con la guitarra sabia de Rafa Soler y textos de un servidor.

Aquí tengo que aclarar la abundancia de cantaores que musicaron mis textos y a otros autores ni los nombraron. Repartimos todos los poemas a todos los flamencos, con idea de que fuera variado y rico. Pero a algunos músicos se les hicieron arduas algunas letras, por lo desacostumbrado en su repertorio, sobre todo. Hubo quien directamente cantó lo que le vino bien (Lorca, Machado, Benítez Carrasco…), otros se excusaron, a los cuales les pasé algunos versos míos, tan cuadrados, medidos y rimados, como mi conocimiento alcanza, pues aporté letras flamencas y no poemas genéricos.

La guitarra de Pepe Agudo almohadó los versos de un entusiasta José Carlos Rosales. Y Fernando Barros se hizo acompañar por el piano, casi espontáneo, de Antonio Castilla.

Cerró la velada Sergio Cuesta con sus propios textos, mientras Josele de la Rosa lo arropaba. Hicieron soleá y malagueñas rematadas con fandangos albaicineros. Una gran entrega, con conocimiento y buena dosis. Un buen fin de fiestas para una actividad deliciosa para el público en general, para los artistas (flamencos y poetas) en particular y para mí como responsable. A todos, gracias.

* Sara ’La Samarona’, colaboradora en el proyecto (foto extraída de su myspace©).

Al compás de la poesía II

Al compás de la poesía II

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Pensaba que la segunda jornada de Al compás de la poesía (7 de julio) iba a ser más relajada, al menos para mí. Pero nuevos contratiempos hicieron que fuera como la primera vez. De todas formas, el Corral del Carbón tiene algo mágico que incide en la esfericidad de la muestra artística allí representada. ¿Será por su espacio, será por su fisonomía, será por tanto arte que nos precedió?

Como el primer día, y como el último, un servidor hizo la presentación. Esta vez dije casi todo lo que quería decir (aunque siempre quedan cosas en el tintero).

En primer lugar dije, y repetiré hasta que el sol salga por el oeste, que lamento profundamente las decenas de personas que no pudieron entrar. El Corral es un recinto relativamente pequeño y, por diferentes cuestiones, no es recomendable que se acumule la gente en su interior, aparte de las localidades existentes. Después presenté a los participantes, recordando que cada cual presentaría a su vez su trabajo.

Iván Vílchez ‘El Centenillo’, con Álvaro ‘El Martinete’ a la guitarra y Antonio al violonchelo, rescató un texto de Lorca, de su Romancero gitano, en forma de milonga. Un poema por soleares cantadas y recitadas de Manuel Benítez Carrasco, al más puro estilo Curro Albayzín, remató su entrega. Juan Pinilla, con la guitarra certera de Josele de la Rosa, repitió los tientos con los que había musicado a Álvaro Salvador el primer día (pues el poeta estaba presente) y se marchó por fandangos, con letras de Miguel Ángel Arcas, después de que éste los recitara.

Álvaro ‘El Martinete’, que tan buenos momentos nos está dando y nos seguirá ofreciendo con su guitarra cristalina, acompañó a Juan de Loxa por levante y granaínas, para los dos poemas que propuso. De Loxa tuvo unas agradecidas palabras para el proyecto y para su coordinador (éste que os habla) y, comentó, que una iniciativa de ese tipo, de unir el flamenco y la poesía jóvenes, no se daba en Granada desde 1975. Casi nada.

Álvaro Rodríguez, con poderío y sin papeles, comenzó cantando la soleá dedicada a Morente, escrita por Sergio Cuesta y grabada en su disco Venero, mientras un inspirado Josele de la Rosa lo arropaba con su guitarra. Terminó su entrega con unos fandangos naturales de mi autoría. El relevo lo cogió David Sorroche, que también eligió mis textos para entregarse por malagueñas y abandolaos, con el acompañamiento de ‘El Martinete’.

Termina la noche con su poquito de baile, con la pincelada plástica que tridimensiona el flamenco. Juan Carlos Friebe ha escrito para la ocasión el Romance de Narciso y Eco a pares iguales para bailaor y bailaora. El recitado tiene su eco en la voz melodiosa de Carmen Huete, mientras interpretan la danza, original y sugerente, Victoria López y Andrés Giménez. En su final, quedan solos, con las palmas de Rosa Zárate y Sensi de Carlos, y el diálogo se superpone para morir Eco en soledad bajo la luna, con el clamor suave que con su cante Sensi acuna.

* Victoria y Andrés, cerrando la noche del Corral (J.C.Friebe©).

El maridaje continúa

El maridaje continúa

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Las idas y vueltas: músicas mestizas del Barroco colonial con el flamenco

El 13 de diciembre pasado, Enrique Morente venció a la muerte, ahora es inmortal. Desde hacía tiempo venía intuyendo esta certeza. El miércoles, viendo a Arcángel con la Accademia del Piacere, se confirmó. Morente vive en los que siguen su estela, en los que piensan que el flamenco no acaba en el flamenco, los que con respeto y conocimiento se acercan a otros mundos para su riqueza.

Pero no sólo el flamenco y la música barroca se dan la mano y crean ese punto de unión que las hace perfectamente complementarias, sino que se asoman a la América conquistada e interactúan con los llegados y los autóctonos para crear unos sonidos nuevos con ecos inconfundiblemente ancestrales.

Un concierto que, dividido en tres partes tenuemente diferenciadas, no defraudó ni a aficionados ni a foráneos, a pesar de la experimentación.

Las tierras & las raíces, como carta de presentación, comenzó con una Improvisación sobre La Espagna, que el grupo barroco supo hacer mágico, con abundante protagonismo de la viola da gamba tañida por su director, Fahmi Alqhai, y por otros dos músicos, Johanna Rose y Rami Alqhai. En sus notas finales, aún suspendidas en el aire, se levanta la toná de un Arcángel en plena forma de afinación y cualidades.

Fue como la petición, el permiso para fundirse en dos romances de nuestro cancionero anónimo: el del Rey Moro y las Morillas de Jaén. Miguel Ángel Cortés, a la guitarra, nada como pez en agua clara. Su manera de concebir el toque y la visión orbital de su instrumento hacen que pareciera haber nacido para esta combinación. Agustín Diassera con el percusionista clásico, Pedro Esteban, forman un estupendo tándem que demuestran con un solo rítmico (quizá demasiado largo) hacia el final del programa. El cantaor onubense con la soprano Marivi Blasco encajan en un amistoso duelo de moderado grito y gorjeo sereno.

La segunda parte, dedicada a las Músicas mestizas, se abre con Miguel Ángel apuntando levante y farruca que sirve de introducción a unas folias (de las músicas más antiguas de nuestra tradición musical que cruzaron el charco) y terminan dejando solos a los flamencos para remedar al maestro ronco con su vidalita, comenzada con milonga y rematada por seguiriyas valientes, al más puro estilo morentiano.

Las danzas, como última entrega, comienza con unas marionas que Enrique Solinis, con su guitarra barroca llena de virtuosismo, introduce generosamente, al que se unen el resto de sus compañeros, finalizando esta danza antigua con unos canarios (otro baile, procedente de las islas, en compás ternario).

El flamenco puro vuelve a hacer su aparición en forma de alegrías. Fueron las mismas cantiñas que propusieron cantaor y guitarrista en su reciente visita a la peña de La Platería. Unos aires de Cádiz que dan paso a ese romance alegre conocido como jácara, que se asoma a la tierra, haciéndose bulería en los postres. Las voces magistrales. Su unión celestial.

Termina el concierto con una guaracha, que se hace guajira en la voz de Arcángel, para volver al son afroantillano y fundirse el algo nuevo o en lo de siempre.

¡Larga vida al flamenco mestizo y a la sabia fusión!

* Foto de Alfredo Aguilar para IDEAL©.

 

La copla en el flamenco

La copla en el flamenco

Las obras poéticas realmente bellas rara vez tienen un solo autor.
Juan de Mairena, Antonio Machado

El flamenco siempre fue mestizo. Nació sin vocación de nada. No quiso ser arte ni folklore ni manifestación popular, tan sólo una forma de expresión personal que, si alcanzó a la comunidad, fue simplemente por esa suma de individualidades.

Como cualquier sentimiento, el flamenco se ha ido conformando a lo largo de los tiempos hasta lo que ahora es. Sus orígenes los podemos encontrar desde el siglo dieciséis, diecisiete o quizá antes, pues fue necesario un poso creativo y una estructura musical asentada para que este arte tuviera lugar. Así, nos podemos remontar, sin ningún temor, a las jarchas, casidas y otras cancioncillas mozárabes, a los cantos sinagogales judíos o a la transmisión castellana en forma de romances, tonadas o seguidillas, para levantar los cimientos de lo que conocemos como preflamenco. También tenemos que tener en cuenta los cantes espontáneos de nuestros pueblos. No hay localidad andaluza, e incluso española, que no tuviera en su acervo esas estrofas de cinco verso, bien en pentasílabos u octosílabos, que se llaman fandangos.

Pero no es hasta el choque del gitano y el paisanaje de Andalucía que el flamenco alcanzara carta de identidad, pudiendo hablar de él como un cante gitano andaluz, nacido en la intimidad, de la queja y la fatiga, del trabajo y del descanso, del pueblo llano, de la necesidad íntima de explicar un estado de ánimo, un sentimiento.

Así, los primeros cantes, que surgen sin acompañamiento musical alguno, adoptan esos romances y tonadas y se reconvierten en carceleras, martinetes, pregones o cantes de labor (de ara, de trilla o temporeras).

Cuando un cantaor dice que vende caramelos es porque vende caramelos y cuando dice que veinticinco calabozos tiene la cárcel de Utrera, es porque la prisión de ese pueblo sevillano consta de esos tantos penales. Verdades que se dicen al pie del arado, en la boca de la mina, detrás de las rejas o martilleando en la fragua. Y estas coplas pasan de generación en generación y son adaptadas a la realidad de cada uno, perdiendo su autoría.

¿Quién fue el primero que canto tal o cuál cosa? No se sabe. O, si se sabe no importa. Es una letra flamenca que pertenece al pueblo, conformando ese corpus oral que la UNESCO ha dado bien en calificar de patrimonio.

No hay música que beba tanto del pasado. O, dicho de otra manera, el futuro del flamenco estriba en mirar hacia delante, pero sin perder de vista nuestras raíces.

Un cante se crea y se recrea hasta la saciedad. Todo cante es igual y es distinto, depende de quien lo cante y en las circunstancias que se encuentre. No es difícil escuchar una seguiriya del siglo dieciocho junto a una letra contemporánea o simplemente con un arreglo musical del momento. Aunque la queja ha cambiado, el sentimiento es el mismo.

Decía Caballero Bonald que el cantaor no inventa: recuerda. Y es así. El flamenco revisa su historia y la de sus mayores y la expone, en principio para sí y sus mulas, después para sus compañeros de fatigas, después en familia, más tarde para la comunidad y, terminando, para el aficionado.

He hablado del descanso. La reunión familiar, el amor y la fiesta también son motivos para cantar. Así contamos con los tangos, las alegrías o las bulerías, las nanas o las bamberas, que son canciones de columpio.

Las letras van creciendo y, con esta colección de cantes populares, más o menos anónimos, se van imbricando otras letrillas, otros sentires, de nuestros poetas, bien porque estos literatos se han acercado al flamenco, bien porque los flamencos se han acercado a la poesía. De esta manera se cantan textos de los Machado, de García Lorca, de Rubén Darío, de Alberti, Ángel Ganivet, Benítez Carrasco o de Juan de Loxa, muchas veces sin saber de quién es qué.

Siempre lo he dicho, lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte, que comulgue con la realidad de otras personas y que al fin cumpla su cometido universal de concienciación genérica.

Hay autores que específicamente han escrito para el flamenco, para ser cantado, otros han sido adaptados, con más o menos acierto, de forma menos literal o al pie de la letra. Granada es una tierra cantaora. Es una ciudad con gran tradición poética y una luenga historia flamenca. Es normal que en cierta forma estas dos corrientes se entrecrucen y fluyan juntas.

Ahora, para estos recitales de Extensión del Festival granadino, le hemos pedido a un nutrido grupo de poetas que presten sus letras para el flamenco (o que compongan directamente letrillas) y le hemos pedido a los flamencos que interpreten esas letras.

En principio, el cantaor iba a meter esas estrofas por soleares, por malagueñas o por tarantas, pero el flamenco es algo más, la poesía es algo más. Así veremos el cante aludido, pero también tendremos el recitado con un fondo de guitarra o de baile; o las dos modalidades a un tiempo; o a un cantaor que interpreta sus propios poemas; o un poeta que musica sus propias letras.

Los encuentros que vamos a tener ocasión de presenciar son tan novedosos y originales como añejos y manidos en su concepto. Volvemos, como en un principio, a manifestar la queja, las duquelas o las alegrías de un grupo de personas del pueblo que, con su pluma y su quehacer cotidiano, posiblemente lo representa.

* Texto de presentación del libro Al compás de la poesía.

Verted oro viejo en moldes nuevos

Verted oro viejo en moldes nuevos

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Oro viejo. Rocío Molina

Comienzo parafraseando a Lope de Vega en el título de este artículo porque es un poco difícil calibrar cómo una ‘niña’ de veintisiete años se pone a divagar o a afinar (el resultado es el mismo) sobre el paso del tiempo, sobre la juventud y la vejez, sobre la tierra que volveremos a ser, sobre todo sabiendo que la obra tiene cerca de tres años de rodaje (XV Bienal de Sevilla, 2008). Pero, tratándose de Rocío Molina, la propuesta está más que justificada. Ella que se ha acercado y ha desmenuzado la obra de Nietzsche, por ejemplo.

Somos el tiempo que nos queda, escribía Caballero Bonald, y eso parece que nos dice la joven malagueña, el tiempo que nos queda y el vértigo de los días que se detienen en una vejez reposada y contemplativa, que nos la va recordando a modo de flashes en una pantalla lateral, en la tela que ofrece al tiempo un sugerente juego de sombras de los danzantes en escena (¿recordará la caverna platónica?).

Junto al lienzo, como único decorado, aparece un banco del parque, testigo inmutable de ese devenir, representante fidedigno y simbólico del otoño de la vida. Un banco de madera que dará todo el juego a una función sin fisuras, si acaso la escasez de luz en algunos momentos.

Sobre una escalera de doble vertiente, Rocío parece contemplar el futuro (también el pasado), y se lanza al vacío, mientras sus bailarines amortiguan la caída. La arena dorada, que aparecerá varias veces, cae inexorablemente como los minutos se acumulan.

Rocío baila el silencio, baila las palabras de un anciano, baila la sabiduría de los años. Las proyecciones se suceden en primerísimos planos llenos de arrugas y verdades. Una guitarra comienza a tañer acompañada por el baterista Sergio Martínez. Esa batería que no abandonará la función en ningún momento, que funciona como latido, como metrónomo irreductiblemente ejecutor. Es el pasodoble Manuela, que se enriquece con tango y bolero, que bailan de dos en dos, y cambio de parejas, como hermoseados por un tiempo anterior.

Vestida de cenachero –antiguo vendedor de pescado malacitano– (aclaración de mi compañero malagueño José Manuel Rojas), Molina cuadra una malagueña, que pasa a ser bulerías, llena de sal y juventud. Su cuerpo de baile (Eduardo Guerrero, David Coria y Adrián Santana) se van implicando en cada una de las coreografías, tomando protagonismo, con su buen hacer, en las piezas más cómicas que suenan en off, como Limeña, la Falsa moneda de Imperio Argentina o el tratamiento clásico de María de la O.

Un momento brillante es la guajira, donde la bailaora, vestida de rosa colonial, con abanico estrecho, se hace habanera hasta prolongar su trasero. Interpretada por Manuel Valencia a la guitarra, tiene un aire sensual y soñador, donde el abanico hace de minutero y ella delicadamente, sin taconeo siquiera, recorre el escenario.

Cambiamos de guitarrista. Ahora es Paco Cruz quien aborda una milonga, cantada por Rosario Guerrero ‘La Tremendita’, aceleradas por momentos, para pasar a los tangos guasones de Ponme la mano aquí Catalina, que contienen un roneo especial (tangos que entraban en el primer repertorio del cantaor granadino David Sorroche).

Enlatada también suenan los martinetes, directamente desde la fragua. Son las voces añejas de Tía Anica la Piriñaca o de ‘El Culata’, que bailan dos de los bailaores, redondos, exactos en su paso, fieles en su entrega.

La guitarra de Valencia de nuevo canta malagueñas de Chacón que son granaínas a su vez, danzadas por rocío con bata de cola negra, descalza, como descalzos van sus partenaires, también de negro.

La caña tiene un tratamiento especial, original. Pasa de un guitarrista a otro, uno es más clásico, lo acompaña ‘La Tremendita’; al otro, más novedoso, la batería le da el contrapunto. La bailaora se incorpora a este último. Es como un diálogo, un peloteo que acaba juntándose en perspectiva de fiesta, animada por las dos palmeras (Vanesa Colomo y Guadalupe Torres). Es la evidente dicotomía de ayer y hoy, despacio o rápido, tú o yo.

Un magnífico fandango a ritmo de bulerías pone fin a una obra cargada de simbolismo y sugerencias, donde Rocío, vestida de rojo, intensifica el momento, se desborda, dice más de lo que quiere o quiere más de lo que dice, cuando risueña sonríe unos segundos en la pantalla y una lluvia de arena dorada se le viene encima, como el tiempo que se precipita, como los pasos que han quedado atrás.

Al compás de la poesía I

Al compás de la poesía I

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Ver un recital desde dentro es distinto. Aunque ya he presentado varios festivales, he saltado a los escenarios y he andado entre bambalinas, coordinar estas actuaciones es otra cosa.

Por los que no están familiarizados con las muestras de flamenco y poesía que tenemos entre manos, lo mejor es empezar desde el principio, aunque me alargue un poco (siempre está el spam).

Desde el FEX, que es la extensión gratuita y popular del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, nos propusieron hacer algo nuevo a la Asociación del Diente de Oro, ya que llevábamos varios años aportando la visión poética en nuestras plazas.

No sé de quién partió la idea de mezclar la poesía con el flamenco. La cuestión es que me tocó a mí, como navegante en ambos mares, organizar los encuentros. Los poetas, acostumbrados a estas lides, vinieron solos. Los flamencos hubo que buscarlos y convencerlos, aunque rápidamente hicieron el proyecto suyo.

La dicotomía de poeta-flamenco, o sea, poema-cante, no llegó a convencerme, pues el flamenco es tan ancho que caben muchas más opciones y sus afluentes. Así que planteamos varias posibilidades: el poema cantado sin más, el poema recitado y después cantado, el poema recitado con un fondo de guitarra o de baile…

Recogí los versos y los fui sembrando en la acostumbrada tierra de los flamencos. Había de todo. Estaba quien mandó directamente letras flamencas en forma de soleá o fandangos, estaba quien mandó canción rimada, pero hubo también el que envió verso libre. Todo se distribuyó de la mejor manera posible y se les dio plena libertad para elegir los cantes, fragmentar el poema, combinar poetas, añadirle letras populares, etc. Los artistas supieron ver el fruto maduro de antemano, y así lo demostraron ayer, y así nos sorprendieron a todos.

Al estar pendiente de veinte cosas, yo que pierdo neuronas a puñados, hubo cosas que se me escaparon. Pero es de ley hacer un repaso por lo que aconteció el lunes en la Huerta de San Vicente (con el espíritu de García Lorca girando en la anochecida), agradeciendo a todos los participantes su entrega y profesionalidad. Siento no recordar todos los palos, así que no mencionaré ninguno (quizá lo haga más adelante).

Después de unas palabras, breves, inseguras y a vuelapluma, de un servidor, abrió la noche Fernando Barros cantando poemas de Pedro Enríquez, con la guitarra de Jonathan Morillas. Después cantó Sara ‘La Samarona’, arropada por Miguel Ángel Corral y Cecilio recitando sus propios textos que después fueron cantados. Pedro Enríquez recitó con un fondo de guitarra (Rafa Hoces) y de violín (Ana María Gorbe), venidos de Valencia casi para la ocasión.

Juan Pinilla, con Josele de la Rosa a la guitarra, musicaron poemas de Miguel Ángel Arcas y de Álvaro Salvador, antes de que fuera invitado Javier Bozalongo para recitar su poema para después ser cantado. Juan, a petición del público (y para esperar a la próxima cantaora, que llegaba tarde), hizo una media granaína. Alicia Morales, como digo, por motivos de trabajo, llegó como Julio César (vini, vidi, vinci). Corriendo se cambió y subió al escenario. Acompañada por el mismo Josele a la guitarra, interpretó poemas de José Carlos Rosales y de Jorge Fernández Bustos, o sea, yo mismo.

Para finalizar, como broche de lujo, Victoria López bailó mientras recitaba Juan Carlos Friebe su propio texto, cargado de silencios y sugerencias. En los momentos oportunos Rosa Zárate, Sensi de Carlos y Sara ‘La Samarona’ hicieron palmas, jaleos y un remate por seguiriyas a dos voces.

La próxima entrega de Al compás de la poesía será el jueves 7 (san Fermín) en el Corral del Carbón. Lamentablemente con el aforo reducido. No tendrán cabida los cientos de personas que asistieron a la Huerta.

* Victoria López en la Foto (Nono Guirado©).

Dulce en palacio

Dulce en palacio

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

El palacio lo puso Quinta Alegre, el dulce Rocío Márquez. A veces se echa de menos el aguardiente en la voz, el dolor en la garganta, la entrega hecha añicos. Pero el flamenco es tan amplio como visiones tiene, y si hay quien se rompe en una seguiriya, también hay quien aroma con flores el aire de una guajira. La misma Mayte Martín causa estupor por la perfección en su belleza.

Rocío Márquez, con una voz limpia y melódica, más cercana a la canción que al quejío, rellena una noche que promete frescor después de un día de brasas. Las condiciones son propicias y el público entregado. Alfredo Lagos la arropa con una guitarra de lujo (echamos de menos un solo) y Juan Benavides aporta un sonido agradecido, inmenso, inmejorable.

Un poquito de viento en sus comienzos amenaza con enturbiar la actuación. Un viento que, como programado, solo alerta para la instantánea del comienzo de las malagueñas, aportando la brisa marina y la cabellera intonsa, como de atrezzo. Se abandolan pronto estos aires de Málaga, acordándose de ‘El Canario’ y de ‘Yerbabuena’, de nuestro Frasquito a los postres.

“Con mucho respeto” a continuación propone tangos muy cercanos a Granada, que son del Camino y del Monte y de Morente para mayor riqueza. Su voz es limpia, afinada, con modulación. El cante se acomoda a la onubense y no es la artista la que se amolda al cante, logrando una apuesta tan personal como determinada.

En tercer lugar, agradeciendo su paso por la Unión, donde se le reconoció como Lámpara Minera en 2008, Rocío nos transporta a levante con unas tarantas y uno fandangos mineros.

Sus melismas se acomodan como guante a los sones de ida y vuelta. En su salsa entona unas guajiras precedidas de bella canción habanera. Se siente larga y segura. Con un evidente eco marchenero que la delata (y, si no, de Valderrama).

Tres morillas me enamoran en Jaén, Axa y Fátima y Marién. El romance (¿villancico?) anónimo del siglo XV, introduce la soleá, que goza del mismo azúcar, para volver a sus dominios con unas farrucas preñadas de milonga, y después con un pregón muy caracolero que acaba como acaban las seguiriyas, directamente con el cambio. Quizá lo mejor de la velada. La guitarra de Alfredo se ve más suelta, haciendo uso del aporte rítmico que acostumbra (y seguimos echando de menos un solo).

Para terminar, unas ricas cantiñas ponen guinda a un pastel más grande de lo deseado, aliñadas con unos fandangos de su tierra, donde se acuerda también de Vallejo o el Carbonerillo, que funcionan como bises obligados.

* Foto © de LUIS SEVILLANO para elpaís.com: Rocío Márquez, durante su actuación ayer en el Teatro de la Zarzuela (09-03-2010).

Tan bonicas por casualidad

Tan bonicas por casualidad

Inevitablemente un día sucede a otro y, como en el poema de Machado, se pisa la senda que no se ha de volver a pisar. Los días se acumulan, como digo, o se pierden ante su vértigo acelerado (máxime en una memoria estrecha como la mía).

Los días se suceden sí y los actos se amontonan. ¿Cinco, siete, diez ofertas tenía el último día de junio, caluroso hasta el extremo?

Salí tan temprano de casa que lo lamenté. A las ocho de la tarde, con 39 grados, estaba sentado en la sede de la Asociación de la Prensa de Granada escuchando una charla-coloquio sobre el "El Baile flamenco", que más bien fue un apunte sobre Miguel Medina, presente en el acto, y profesor de baile desde hace bastantes décadas. Tiene academia propia y activa en el pueblo de Quentar. Le acompañaban varias de sus alumnas que bailaron garrotín, alegrías, fandangos y un poquito de tangos de falseta del Sacromonte, basados en el Tango Angelita de Ángel Barrios. Terminaron con la Soleá del amor desprendío de Benítez Carrasco. La música en directo la pusieron los veteranos Francisco Manuel Díaz, a la guitarra, y Arturo Fernández, al cante; sabios en su hacer. Varias conclusiones. A saber, el flamenco es una carrera de fondo; y no todo el mundo ha nacido para bailar.

En un momento, y como homenaje personal a Miguel Medina, el profesor de guitarra Rafael Liñán, descendiente de Manuel Martín Liñan, fundador de la Peña de La Platería, versionó Gracias a la vida, de Violeta Parra, y Blowin’ In The Wind, de Bob Dylan. Realmente alejado del flamenco, pero un precedente, si no una premonición del resto de la noche.

Después de una cerveza, me dirigí a la Tertulia, donde Juan Trova ofrecía un recital llamado Pobre del cantor… en el que interpretaba temas comprometidos de cantautores de ambos lados del charco: Silvio Rodríguez, Labordeta, Vicente Feliu, Paco Ibáñez, Pablo Milanés… Su hijo, del mismo nombre, interpretó con duende y estilo Imagine de John Lenon.

No esperé que acabara, no obstante, pues me esperaba un poco de flamenquito en la Peña de la Platería o si no en el Carmen de la Victoria y si no… Pero en mitad del camino, hice una parada estratégica en el Liberia y, cuál sería mi sorpresa, que estaban actuando Estrella, Nuria, Marina y Estela, o sea, ‘Tan bonicas’, un grupo de funk, garage, blues y rock (y rumba), que sigo desde hace tiempo, pero que nunca vi en directo.

Aunque son eléctricas, tocaban desenchufadas. Me dieron una sorpresa y una alegría por su personalidad, frescura, simpatía, espontaneidad y apertura de miras y propuestas. Algunas de sus componentes las conocía de antiguo, de muy antiguo, me encantó encontrarlas y, junto con las demás, me entusiasmó su control, su gracia (los coros prodigiosos) y sus ganas de pasarlo bien y hacérselo pasar bien al público.

Llegué a mi casa satisfecho doblemente por el descubrimiento y por constatar que, si no es flamenco, me relajo y disfruto de forma especial.

* Foto tomada de su Myspace.

Morente continúa dándonos sombra

Morente continúa dándonos sombra

Libro de Morente

Llevo tiempo, bastante tiempo, paseando en el jardín de Borges, el de los caminos que se bifurcan. Mis días se complican y las actividades se solapan. No tengo más remedio que elegir, rezando para que no me haya perdido nada demasiado especial, rogando para sea fructífero allá donde acuda.

Ayer, miércoles 29, tenía en el FEX a las Migas, unas jóvenes, llegadas de Cataluña, que hacen una fusión fresquísima y trabajada de flamenco, que tenía ganas de ver. Pero se me cruzó, a la misma hora, en la Peña de La Platería, la presentación de un libro sobre Morente, que la revista cordobesa Boronía había editado a raíz de su admiración y respeto.

Conocí la existencia de Boronía no hace mucho tiempo, cuando J de los Planetas, me comentó que se había entrevistado con Fosforito para las páginas de dicha revista.

Después, por medio de la Diputación, llegó a mis manos un ejemplar, donde venía la charla del planeta y el flamenco cordobés, pero también una interesantísima entrevista con Morente, que ocupaba toda la portada en una pose alo Humphery Bogart.

Me entusiasmó la publicación por su tratamiento, por su rigor, por su diseño, por su cuidado… y así le escribí al director y se lo dije (tienen una página donde se pueden descargar sus trabajos en pdf).

La presentación comenzó con la proyección del programa Bis a vis, de una cadena local, dedicado al maestro granadino, que conversa con Paco Espínola y Juan Pinilla. A pesar de haberlo visto en su momento y haber leído la entrevista, que salió en el periódico, me volví a reír y a entusiasmar con las declaraciones y las salidas de ese hombre sabio.

Después actuó el Ensemble3, un trío de cuerdas (dos violines y un violonchelo) y un percusionista, que interpretaron versiones del cantaor granadino, en concreto el Pequeño Vals Vienés, La Estrella, Chiquilín de Bacín y La Aurora de Nueva York, que nos dejó un gran sabor de boca por su dulzura y presición.

El Libro de Morente, de carácter gratuito (puede pedirse a la dirección de correo electrónico, sólo hay que pagar los costes de envío) es un recorrido a través de los recuerdos y testimonios de 67 amigos, entre músicos, críticos, cineastas y periodistas que lo conocieron.