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Despedida urgente a Juan Heredia

Despedida urgente a Juan Heredia

La muerte, aunque anunciada, es un desgarro vitalicio en el transcurso de nuestros días. Vengo del cementerio, de decir el último adiós callado a Juan Heredia, conocido popularmente como Juanillo.

No lo conocía mucho, pero sabía que era un hombre bueno. Todo el mundo lo quería. Era muy flamenco y una institución en el Sacromonte.

Cuando pasaba por la puerta de su restaurante, Casa Juanillo, camino del Museo o de la Chumbera, solía estar sentado en la puerta controlando hasta el aire que soplaba ese atardecer. Dependiendo de la prisa que llevara, me tomaba una cerveza, me sentaba un poco con él o simplemente nos saludábamos.

No hablábamos de nada en particular, de flamenco, del Monte o del tiempo socorrido, pero sentía una especie de orgullo de estar en su presencia y compartir su tiempo.

Astuto y rígido, era amante de sus amigos, de sus hijas (Encarna, Jara y Antonia, las tres bailaoras, a las que admiro) y de sus nietos.

Ayer murió un gran hombre, en las garras ciegas del cáncer, y el mundo incomprensiblemente sigue dando vueltas y los pájaros cantando y la brisa de Valparaíso alegrando un Camino eternamente marcado por las huellas de un buen gitano llamado Juanillo.

* Foto sacada de Granada Hoy, edición digital©.

Más Estrella, más Morente

Más Estrella, más Morente

45 Festival Flamenco Ciudad de Almería

Semejante al concierto que ofreció en Granada, en el Festival de Música y Danza, y el que dio en La Unión y, posiblemente, los que queden hasta terminar la temporada fue el que ofreció Estrella Morente en Almería, aunque siempre con alguna sorpresa que singulariza la noche, si cabe. La sombra de su padre planea desde las primeras notas al quejío final. Es normal esta emoción, este permanente recuerdo… Tan normal como necesario que de aquí a medio año Estrella se renueve por completo, se reinvente a sí misma, y, como ave fénix, se vuelva a colocar en los primeros puestos de la creación y el estremecimiento.

El primer hervor de la noche suena por tonás, la misma ronda de voces a capela y juego polifónico que le gustaba a Enrique, con una nota que se mantiene en el aire y palillos y palmas finales, para pasar a esa belleza de San Juan de la Cruz (Tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance) hecha canción doblemente sentida.

El soniquete por tangos sacromontanos, morunos y exclusivos, nos muestran a la mejor Estrella, que retoma las letras del Ronco del Albaycín para hacerlas suyas como buena representante de su tierra. Hay que destacar por otro lado la eficacia de los coros de José Enrique Morente, Antonio Carbonell, Ángel Gabarre que a la vez llevan el compás. Las guitarras puede que más limitadas de lo que se merece esta voz.

Con la sola guitarra de su tío Montoyita, la cantaora entona una petenera muy personal, que comienza por soleá y termina con dolor. La seguiriya es también morentiana que, sin llegar a ser bailables, gozan de una aceleración festera y gozosa, aunque Estrella la hace más liviana y falta de riesgo.

Personalmente Montoyita homenajea al desaparecido maestro con su guitarra, acordándose de su repertorio y haciendo hincapié en de la Estrella, tocada en un tempo lento y ofrecida respetuosamente a su autor.

La caña era un tema inexcusable del artista granadino, donde Estrella, con vestido nuevo, se mira y refleja esos semitonos imposibles que son música celestial rematada por bulerías, donde la artista, rica en braceo desde un comienzo, apunta una agradecida pataílla.

Para las granaínas, que se asoman a levante y a la fiesta, un gran abanico ilustra la imagen arrebatadora. Granaínas heterogéneas, cantadas a su modo, haciéndolas suyas, con su rúbrica y sello. No busquemos en Estrella la pureza de lo añejo, aunque sí la fidelidad de su herencia.

Es la hora de la presentación de sus músicos, que también son su familia y eran, la mayoría, acompañantes habituales de su padre. La Estrella en sus labios es un regalo, es como rizar el rizo, Estrella canta Estrella.

La sorpresa de la noche vino en forma de sevillanas, muy creativas, muy flamencas, a la manera de Pastora, donde hace un popurrí de letras de coplas y boleros y termina con el No dudaría de Antonio Flores.

El fin viene con La noche de mi amor, una canción estremecedora de Chavela Vargas, a ritmo de bulerías, que formó parte de su disco Mujeres (2006), con alguna estratégica alusión a la ciudad de Almería. Una toná, a boca de escenario, que acaba con pregón a capela, es el regalo final con que se despide la artista granadina.

*  Foto de Jesús Montoya©.

En la peña de Gorafe

En la peña de Gorafe

Fue el viernes o el sábado (repito que mi memoria es flaca). Alicia Morales me había invitado a una actuación que tendría en La Lumbre, la peña flamenca de Gorafe. Iba también en el coche el guitarrista, Josele de la Rosa, y otros dos amigos.

A altas horas (por incompatibilidades horarias) nos presentamos los cinco en la sala de fiestas que, con un pequeño escenario y un telón verde de fondo donde ponía el nombre, hacía las veces de peña.

Aparte de un par de entendidos, alguno más y los dueños del local, todos eran personas mayores, sobre todo mujeres; en un número no superior a veinte.

Sin muchos preámbulos, por lo avanzado de la hora, comenzó la primera parte por mirabrás. Palo que Alicia domina y sirvió para templar su voz. 

Los dos flamencos, cantaora y guitarrista, se conocen desde antiguo y alcanzan un grado de complicidad muy interesante. Quizá los temas jondos tuvieran más eficacia que los festeros. Así, cautivaron con la soleá y la malagueña, con un auténtico remate por fandangos de Frasquito. Terminó ese primer pase por tangos.

Con gran empeño y resultado, después del descanso abrieron por granaína y media. La entrega fue total a pesar de la poca asistencia. Aunque quizás con lo que me quedo del recital es con la seguiriya.

Seguidamente hicieron colombianas, muy resultonas, pero sin enjundia. Acabó la noche por bulerías, pidiendo compás al público satisfecho.

Como bis, un solo fandango huérfano a pie de escenario, alimentó las ganas.

* Foto sacada del muro de Josele.

La despedida

La despedida

El sol se retiraba perezoso y tempranero en ese atardecer otoñal barruntando si había cumplido mínimamente su misión. La nieve comenzada a modificarse, en esa metamorfosis que sólo ella sabe hacer, fileteando las orillas del camino con el hielo de sus encajes. Un jinete compuesto de sombra y vaho se me acercaba al paso en dirección opuesta. Al pronto inversamente recorrería mis propios pasos al lugar de donde yo había partido, si alguna de las pocas encrucijadas que jalonaban el camino no lo invitaban a desviarse a un destino inseguro, pues el único lugar habitable en muchas leguas a la redonda era el poblacho, al comienzo del sendero, y la casa solitaria adonde me dirigía. No obstante, ya no eran horas…

El consejo extremo del doctor, me había impulsado a enfundarme en la pelliza borreguera y enalbardar la yegua cana, para visitar a un primo cercano, en la cabaña antedicha, que más abundaba de amigo que de pariente. La sangre, en este caso, es una mera casualidad.

El jinete ya se acercaba rellenando su silueta de color e identidad, con su montura extremadamente negra, su jubón alzado y su sombrero de alas hasta las orejas.

Antes de conocer la nariz picuda y el bigote desordenado del moribundo a quien iba a visitar, entre vaharadas, me saludó halando las riendas de su animal.

―Hola, Bernardo ―pronunció con sequedad familiar.

―Hola, Anselmo ―respondí―. ¿No estabas en cama?

―Sí ―monasilabeó simplemente.

―¿Por qué te has levantado? ―volví a preguntar―. ¿Te encuentras mejor? El doctor Sánchez dijo que era muy grave.

―Y tanto ―me dio la razón.

―¿Y dónde se supone que vas en esta noche de perros? ―dije arrebujándome un poco más en mi sobretodo.

―Quería verte antes de que fuera demasiado tarde ―reconoció ante mi asombro.

―¡Volvamos a casa! ―imperé entonces.

―Aún tengo qué hacer ―respondió mirando en dirección al pueblo e intentando calmar al caballo que caracoleaba nerviosamente―. ¡Ve tú! ¡Allí nos veremos!

Y, dándose la vuelta se alejó como había venido, haciéndose sombra en la noche cortante. Yo, alarmado, continué mi camino.

La luna era apenas una línea curvada en un horizonte donde las estrellas seguían tiritando nerudamente. Cuando llegué a casa del despedido y bajé de mi trotona clara, me recibieron los sollozos y la cara desencajada de ojeras superpuestas de mi tía. Que pasara, me dijo, para un último adiós. Preocupado pregunté por Anselmo.

―Se nos fue a media tarde ―dijo su señora madre entre lágrimas.

―No puede ser ―respondí―. Lo he visto hace apenas media hora camino del pueblo. Que me adelantara a esperarlo, me dijo. Que tenía que seguir visitando con su potro azabache.

―Anselmo no tiene ningún caballo negro ―recordó la mujer.

Después de algunos pésames y recuerdos, llamaron a la puerta. Era mi pariente amigo, con su gorro de alas y su mostacho desordenado. Me abrazó como nunca, es decir, como siempre, diciendo que por qué, gritando calladamente en su agonía y en su pesar.

―¿No nos volveremos a ver? ―pregunté casi con banalidad.

―No ―negó el aparecido con la pesadumbre escondida en sus ojos. Y se hizo invisible en su cuarto.

Al día siguiente, Anselmo lloraba mientras unos operarios disciplinados y circunspectos tapiaban el nicho que me habría de contener por muchos años.

Las gafas negras de Enrique

Las gafas negras de Enrique

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. Incursiones en el Rock

Morente se consideraba roquero. Sentía admiración por esta música, por sus intérpretes y por su modo de vida. En varias ocasiones había colaborado con el conjunto neoyorquino Sonic Youth; en 1996 contó con el grupo granadino Lagartija Nick para grabar Omega (después les devolvió el favor en Val del Omar); con Los Planetas, también de Granada, ha participado en sus últimos trabajos, muy cercanos al flamenco: una caña en La leyenda del espacio (2007) y una toná en Una opera egipcia (2010).

Con el nombre de Los Evangelistas se han juntado cuatro miembros de estas dos agrupaciones (Jota y Florent Muñoz, de Los Planetas, y Antonio Arias y Eric Jiménez, de los Lagartija), en homenaje a Enrique Morente, con la que debutaron en la pasada ‘Noche Blanca’ de Córdoba. Supongo que la experiencia fue tan satisfactoria y su repercusión tan positiva que han decidido seguir con este cuarteto de ‘discípulos’ (uno de los nombres que barajaron como posible identificación del grupo), con el que incluso están grabando.

Recientemente también actuaron en Poesía en el Laurel, ciclo de poesía y música celebrado en La Zubia; y ahora en el Museo Cuevas del Sacromonte. Siempre en memoria de Enrique, siempre con Enrique por bandera, siempre con el mayor respeto y haciendo justo lo que a él le hubiera gustado que se hiciera.

El resultado sigue la estela del mítico Omega, pero sobre todo retoma el camino “flamenco” que emprendió Jota, al frente de su banda.

No soy roquero como Morente, pero sí cocinero antes que fraile y puedo decir, sin temor a equivocarme, que testificamos un concierto memorable. Cualquiera de los presentes así lo puede afirmar. Sobresaliente y generoso donde, después de un largo repertorio, se plantearon los bises dobles, como las ducas de los gitanos.

Vibramos con las guitarras, articuladas y broncas; gozamos con el trasfondo sonido de Los Planetas (Florent); alucinamos con el nervio baterista (Eric), de precisa ejecución, del que Enrique no podía dejar de acordarse. Y las voces de Arias y Jota que nos acercaban al flamenco y nos tendían el puente claro entre el rock y Morente.

Porque era rock, puro rock, a veces heavy y corrosivo, pero evidente en su estructura. Sentimos el flamenco tan sólo si queremos verlo; si desnudamos el tema y nos quedamos en la cadencia y en el eco de la serrana, de los tangos, de las alegrías o de los fandangos.

Los Evangelistas, como Morente, no tuvieron sueño en la ciudad, fueron poetas decadentes o amantes amantes o buscaron la estrella que les guiara.

* Foto de Juan Güeto©.

El peluquero de Morente

El peluquero de Morente

Sacromonte Cuna de Flamencos

El barbero de Picasso

Nunca vi el documental de Barrachina. Nunca me atreví a ver El barbero de Picasso, hasta ayer que la proyectaron en el Sacromonte en el ciclo dedicado a Morente, donde lloré y reí a partes iguales.

No soy experto en cine y no puedo juzgar la película. Pienso que como documento es impagable, que todo aficionado al flamenco en general, y al cante de Enrique en particular, tiene que conocer.

Hubo quien a la salida criticó el resultado de la cinta por considerarla localista y en zapatillas, que se quedaba con los momentos musicales. Pensé, y a alguien se lo dije, que a mí no se me ocurría meterme en un congreso de dentistas.

Pero por qué el barbero. Cuando Picasso llegó a París buscó un español que le cortara el pelo. Eugenio Arias, quien terminó por considerar al artista malagueño como a un padre, no quiso cobrarle, tan sólo en obra, convirtiéndose así en uno de los máximos coleccionistas picasianos.

A Morente le sedujo la historia. Ya había grabado en 2008 Pablo de Málaga con textos del pintor. Con ganas de seguir profundizando en su obra, quiso descubrir el Guernica, y tumbarse a sus pies, y entender su simbolismo genocida, y cantarle en su mismo lenguaje.

No sé si fue antes el huevo o la gallina. Se proyectó un documental que acabó poco antes de su muerte. En él participan: su compañera, Aurora Carbonell; sus hijos, Estrella, Soleá y José Enrique; el barbero Arias; otros acompañantes; y sus músicos.

El filme está grabado en Granada, Madrid, Buitrago del Lozoya, Barcelona y Londres. Resulta que el grueso de la grabación iba a ser en Buitrago, a 75 km. de Madrid, pero empezó a llover a mares (en la cinta se ve) y Enrique ofreció su casa y su ambiente, su ciudad y sus rincones para seguir grabando. En el Bañuelo descubrimos a Soleá cantando Palabras para Julia y a Estrella cantando Señorita por bulerías y a Kiki templado por soleares. Y en Barcelona escuchamos cortes apoteósicos de su último concierto, como las alegrías o Adiós Málaga, que compuso el mismo Enrique acordándose de la tierra de Picasso y de sus grandes hombres (canción que la ciudad de Málaga ha hecho patrimonio).

También se nos escapan las manos en los tangos y los oles en la malagueña de Chacón. Y nos estremece hasta la médula El ángel caído de Antonio Vega, junto al pianista de jazz Federico Lechner, que, cuentan, estuvo meses buscando un piano con el que, sin apenas ensayar, hilvanaron esa obra de arte.

El barbero es sólo una excusa para hablar de Morente con Morente, para dar gracias a la vida por este granadino inmenso y visionario (no en el sentido esotérico del término, sino en el aspecto vanguardista del que hace ir por delante de su tiempo, aunque Enrique decía que lo que estaba haciendo es lo que quería haber hecho hacía diez años).

Eugenio Arias, ofrece sus testimonios y vivifica el documental con un nexo latente. Pero son su familia, que lo admira, quien habla de él; y es Morente mismo el que expone sus cartas paseando por el Albaicín; o tomándose una cerveza en lo de la Porrona, en Plaza Larga; o diciendo verdades como puños con esas ocurrencias tan rápidas como magistrales…

Aprendemos cosas tan trascendentales como cotidianas. Nos descubre tanto su forma de crear, como que es su mujer quien le corta el pelo.

* Aspecto del cine del Museo-Cuevas del Sacromonte (Juan Güeto©).

Chekara en el imaginario de Morente (o viceversa)

Chekara en el imaginario de Morente (o viceversa)

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente

Se impone antes de narrar los acontecimientos de este primer día del ciclo Los Universos de Morente, que tuvo lugar en el Museo Cuevas del Sacromonte dentro de la IX edición de ‘Sacromonte Cuna de Flamencos’ con la colaboración de ‘Granada Universo Flamenco’ de la Diputación de Granada, comentar el programa de dicho festival que, por otra parte, el organizador, Miguel Berbel, presentó en sus paalabras preliminares, donde con gran respeto dedicó estos días al desaparecido Enrique Morente.

El ciclo en cuestión se divide en tres bloques, que corresponden a las tres próximas semanas, ocupando los días de martes y jueves a recitales de música (12 €), y los miércoles a una muestra de cine (3€).

La primera de estas secciones, llamada Explorando caminos, consta de Entre dos orillas, de la Orquesta Chekara (martes, 16), de la que nos ocuparemos a continuación; del documental de E.R. Barachina Morente, El Barbero de Picasso el miércoles, 17; y de Incursiones en el Rock, con Antonio Arias, Jota, Florent y Eric (jueves, 18).

La guitarra toca a Morente es el segundo bloque, que contendrá el concierto Habichuela en rama de Pepe Habichuela, el martes, 23; el miércoles, 24, se proyectará el documental de José Sánchez Montes Morente Sueña la Alhambra; y la noche del jueves Juan Habichuela (Jr.), recién ganador del Bordón minero nos presentará La voz de mis adentros.

La tercera y última semana estará dedicada al Morente íntimo, con una charla Entre amigos, coordinada por Francisco Manuel Díaz y contará con varios amigos del maestro y algunos otros añadidos (martes, 30); el documental de ese miércoles será Recordando a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’ (nº 2 de la Colección Flamenco y Patrimonio de Diputación de Granada). Todos los espectáculos comenzarán a las 22´00 horas.

La inauguración de este ciclo, como ya hemos dicho, corrió a cargo de la orquesta Chekara, como colaboradores en el pasado de Enrique Morente, que ya desde los años 80 participaron en comunión con el espectáculo Macama jonda de José Heredia Maya.

Unos tangos, de claro corte morentiano, sirven de presentación para unos músicos que no están alejados para nada del mundo flamenco. Vicente Gelo, al cante, hace cositas de Enrique dignas de aplauso. Tras esta entradilla, de la boca del cantaor se descuelgan unas palabras de agradecimiento, en las que reconoce al granadino un espejo en que mirarse. Sorprendentemente por tangos viene a ser también su segunda entrega, ilustrada con el baile de la sevillana afincada en Almería Maribel Ramos ‘La Zambra’. Puede que sus apariciones, junto al cante de Vicente y la guitarra de Emilio Maya, sean lo mejor de la noche. Maribel ha sabido entrecruzar el baile flamenco con la sinuosa danza oriental. Su zapateado, con el movimiento de caderas y de hombros y el juego de manos le confieren una estampa tan conseguida como original.

A continuación interpretan una versión de sus cantes abandolaos, que en su disco llaman Habib el Kamar, naturalmente acordándose el maestro que precede con un gran cartel el escenario, sobre todo en las rondeñas. En realidad todo el concierto estuvo constelado de letras del granadino en la voz respetuosa de Vicente.

Por farrucas comienza el siguiente tema, que encierra la copla La bien pagá con aires de tangos, e incluso tanguillos, para pasar rápidamente a los fandangos de Huelva, con una generosa introducción de flauta árabe (llamada nay) y algunas notas mantenidas en el órgano, con remate por bulerías, también coloreados por la sevillana, aunque vistiera de negro.

El piano coge protagonismo para exponer guajiras y garrotín alternos con agradables resultados. Las seguiriyas, conocidas como Mawal, con las que termina el recital, también estuvieron bien, a pesar de algunos gallos y desafines por parte de Jallal Chekara, voz y violín, y alma del grupo. El baile notable, como antes.

Como bis, completamente asumido, La Tarara, himno indiscutible de la orquesta, sonó muy malamente. Tan asumida tienen esta pieza que no se le presta la atención adecuada.

Jallal en baja forma, voces encontradas, aceleraciones sin justificar, ausencia de laúd, instrumento básico de la música andalusí, y, en cambio, un órgano estridente e incomprensible, etc. hacen de esta agrupación quizá la vez que menos me ha convencido. Espero que sea algo puntual. Por mi parte me quedo con lo bueno y seguiré subiendo como la cabra al Monte.

* Foto de Juan Güeto©.

La Moneta, un valor seguro

La Moneta, un valor seguro

Los Veranos del Corral

Extremo Jondo

Varios días hace ya que vimos a La Moneta clausurar Los Veranos del Corral. Varios días hace ya que no me quito de la cabeza sus ojos de fuego; esa mirada de desafió, donde la dureza se trueca cómplice picardía, consciente de lo que ha hecho, expectante de lo que va a hacer; esa mirada que compromete al espectador y lo hace cómplice de su fuerza, como si todos, en algún momento, estuviéramos en lo alto de las tablas y vibráramos con ella.

En broma, a la salida, pregunté a sus músicos que si para trabajar con Fuensanta había que llamarse Miguel. Una feliz coincidencia ha reunido en el entorno de la bailaora granadina a tres fenómenos del cante (Miguel Lavi), del toque (Miguel Iglesias) y de la percusión (Miguel ‘El Cheyenne’).

Extremo Jondo fue la obra que estrenó La Moneta en la edición de 2010 del Festival Internacional de Música y Danza en el Teatro Isabel la Católica, con el mismo esquema y tratamiento. Sólo cambia el cantaor que, para aquella ocasión era Enrique ‘El Extremeño’, pero no se llamaba Miguel (es broma). Cambiamos una voz poderosa, añeja y templada, por otra llena de sabor, de queja y de aguardiente, de regusto antiguo y dolor solapado.

El armazón musical del sevillano Iglesias es encomiable. Teniendo un concepto vanguardista, su guitarra suena flamenca, con un eco arraigado en la tradición, que no teme en pasar de un trémolo enraizado en mitad de siglo veinte a un rasgueo novedoso, en pasar de un acompañamiento ortodoxo a unir ritmos en un todo contemporáneo, los temas se entrelazan sabiamente, escribía en la ocasión anterior; como igualmente apunté que el sonido es una garantía en las manos de Benson, el mismo técnico que le acompaña, el mismo Juan Benavides que dimensiona el Corral con su acústica precisa.

La Moneta presenta este espectáculo como un homenaje a la música, como una sumisión al flamenco. Escucha como nadie el cante, al que se debe, y cada giro, cada zapateado, el germen de su fuerza lo justifica el cuadro de atrás. Es un baile pensado y repensado, ensayado mil veces, pero que parece nuevo sobre las tablas, que es nuevo, como el concepto heracliteano del “todo pasa”.

El primer bloque (pues de racimos de cantes se trata y no de piezas sueltas) comienza por una toná, que en realidad es un romance, que Fuensanta baila con vestido de campana, mantón naranja y vuelo en sus ojos. El compás se hace agua en sus pies y sus manos, de cuando en cuando, adoptan esa contemporaneidad que un día aprendió y que le sienta tan bien en su danza de esbelta raigambre. Al poco, esta capela, se hace caña, para terminar acordándose alegremente de La Bahía. De las cantiñas, de ricas escobillas, donde el silencio tiene mucho que decir y la guitarra canta en solitario, asomándose a la tierra, se pasa al sentimiento de los cantes de las minas, donde Lavi canta por derecho.

El segundo bloque, donde los músicos se cambian de izquierda a derecha (con cierta comicidad), comienza por bulerías que pasan a ser liviana y serranas, que el cantaor aborda poniéndose en pie, con letra novedosa (su repertorio no es convencional), desembocando en un impagable macho por seguirillas. La Moneta, de negro, con chaqueta corta, acomete el baile como si fuera la última vez que va a bailar. Sus movimientos son quebrados y redondos a voluntad y contienen cien años de aprendizaje y otros cien de intuición. ‘El Cheyenne’ se muestra respetuoso y seguro, como siempre, y en su solo es un complemento, como un tercer tacón de la bailaora.

Esta segunda parte desemboca en tientos-tangos, con los que acaba la función, terminando la hipnosis colectiva con su roneo, lleno de flamencura y de sabor sacromontano, que desarma a la misma belleza del ambiente que nos rodea y que aquí se acaba hasta el próximo año.

Vini, vidi, vinci

Vini, vidi, vinci

Los Veranos del Corral

Marco Flores, a pesar de cumplir los requisitos generacionales y artísticos requeridos para el Carbón, es la primera vez que pisa este escenario, cuando compañeros suyos (Manuel Liñán u Olga Pericet) ya han actuado al menos un par de veces. Es más, si mal no recuerdo, es la segunda vez que viene a Granada. Estuvo en La Platería hace poco más de un año, creo.

A pesar de esto, puede que sea de los pocos participantes en esta edición que haya acudido comprendiendo la filosofía de la Muestra. Su baile desinhibido y parnasiano, el baile por el baile, ha caracterizado su intervención.

Una minuta de aciertos corona su triunfo, aparte de su inusitado sentido del compás, fruto de un oído privilegiado, aparte del estilismo de una danza redonda, aparte de su amor al flamenco y la supeditación al cante...

En primer lugar, tuvo el buen gusto de no traer percusiones. Con dos impecables palmeras, Ana Romero y ’La Tacha’, el tema del compás se soluciona con creces. Sus números no son excesivamente largos, infiriendo en los anhelos de los espectadores. Sus músicos de atrás, exclusivamente mujeres, gozan de originalidad, a la vez que dimensiona la belleza somática del cuadro.

Raúl Comba, director del Festival, extraordinariamente sube al escenario para dedicarle el día, por parte de la organización, a Moraíto Chico, imprescindible tocaor jerezano de acompañamiento, sobre todo, arrebatado esa misma mañana, a la edad de 55 años, por un cáncer que le aquejaba.

Unas seguiriyas y cabales, rematadas por generosas tonás a compás, de la mano de las dos cantaoras, Mercedes Cortés e Inma Romero, sirve de carta de presentación. Un preámbulo que nos sirve para apreciar la esbeltez rítmica de este bailaor gaditano, que constantemente sugiere diálogo con su tacón-punta. Marco es un bailaor completo que expresa desde sus pies limpios hasta la punta de sus dedos salados. Su braceo tiene la feminidad suficiente para hablar por sí mismo. Lo que no convence, desde un primer momento, es su implicación bucal. Bastantes flamencos del momento bailan con la boca, marcan con muecas (y a veces onomatopéyicos sonidos) la evolución de su baile, afeando inconscientemente su entrega, que, además, enturbia la atención del espectador.

Malagueñas y granaínas chaconianas, muy mal cantadas por cierto, es la entrega que hacen sus músicos para la próxima entrega de Marco Flores por cantiñas. La gloria de esta transición, que pasa suavemente por los tres palos, como si fuera una sola pieza, se la lleva la guitarrista Antonia Jiménez. Antonia es precisa y pasional, clara y con un paladar exclusivo.

Las alegrías de Flores ya son antológicas. Se mueve en los aires de Cádiz como pez en el agua y no teme recrearse en las escobillas (tan solo a compás) que machadianamente se componen con el paso anterior. Sus desplantes son de pellizco. Si al comienzo, en la seguiriya, titubeaba, ahora está seguro. Domina como pocos y hace vibrar al tiempo que él disfruta cada momento (¿Será por eso?).

El siguiente interludio lo protagoniza el brillo de la guitarra. Aunque el tratamiento es distinto, sorprende que haga nuevamente seguiriya y cabal, como al principio. Su remate, huyendo de los finales efectistas, goza de la originalidad de morir en el aire, como con puntos suspensivos, inesperado en todo caso.

Marco termina por soleá. Son unas soleares lentas, pastosas, bien marcadas, para ser saboreadas en cada momento; con silencios y solos reconocidos. Con muchos cambios, como los bailes de hoy en día. La dimensión artística de las cantaoras ya no deja dudas, están en su salsa, con espléndidos remates a dos voces. La cadencia de la fiesta es lo suyo.

No me equivoco si afirmo, que en dieciséis días de Corral, Marco Flores ha sido el artista más aplaudido, al que no dejaban irse, el que tuvo que salir a saludar hasta cuatro veces, el que se dio tres pataíllas de fin de fiesta (la primera generosa, con el baile añadido de la cantaora Inma Romero y de las dos bailaoras). Una noche sin desperdicio.

* Marco Flores en la foto (Antonio Conde©).

El día más largo

El día más largo

Los Veranos del Corral

Ya he denunciado un par de veces el tratamiento de la luz en el Corral del Carbón de este año y vuelvo a incidir en ello porque posiblemente ayer tocara techo. Los apagones radicales (uno de ellos antes de haber acabado la pieza), el desenfoque al artista indicado o su iluminación parcial, la penumbra improcedente o el color inadecuado, es algo que un festival de esta categoría no se puede permitir.

Aprovecho también este primer toque de atención para advertir otra carencia. El que no haya un programa de mano diario, advirtiendo más o menos lo que vamos a ver o al menos el nombre de los músicos, viene siendo una inconveniencia, al menos para los espectadores que a la salida intentan recopilar la identificación de los actuantes.

Por otro lugar, como digo en el título, fue una velada larga. No sólo porque el programa fuera doble, sino porque parece que en la segunda parte había por parte de la bailaora un compromiso para rellenar un tiempo determinado, lo que restó espontaneidad y soltura.

Lidón Patiño es una bailaora castellonense, joven y llena de brío. Una fuerza que traslada a las tablas y trasmite como seña de identidad, aparte de su gracia en el baile (sus quiebros y desplantes son reconocidos). Aunque quizás deba limar su tendencia a la dramatización. Los momentos de excesivo vértigo se alternan con otros demasiado histriónicos que perjudican la dinámica del baile.

Comienza su entrega con una bulería que en principio es tan sólo de compás, para pasar en su segunda parte a incorporar las guitarras por soleares y jaleos. Puede que el percusionista, Amador Losada, sea el más limitado que hemos visto hasta el momento. Correcta la cantaora Angélica Leyva, con un eco muy flamenco.

Unos tangos, donde se alternan exclusivamente las guitarras ('El Tomate de Córdoba' y Carlos Orgaz), dan paso a las alegrías. Preciosa estampa es la que nos brinda Lidón con un vestido rojo de cola, con lunares negros en sus volantes y pañuelo a juego. Bella estampa que sin embargo requería doble esfuerzo, pues la cola no tenía vuelo, se ancoraba a sus espaldas y se negaba a bailar con la protagonista que, llena de sal y sonrisa, parecía vecina de la Caleta.

Para la segunda parte, Asunción Pérez ‘La Choni’ sale enfundada en un vestido rojo con mucho vuelo, de corte oriental. Va descalza y con chichines en los dedos, danzando de forma exclusiva la zambra caracolera La niña de fuego, interpretada con un gusto añejo por su cantaor, Salvador Cruz.

Fue un romper el hielo con las cartas de presentación en la mano, como diciendo que su baile es una apuesta poco convencional. El descanso llega con una soleá que sigue teniendo sabor de antaño con tercios cortados como antes. Salvador Cruz anuncia lo que va a cantar.

A la guitarra Raúl Cantizano y Antonio Montiel en la caja.

Tras saltársele una cuerda a la guitarra. Los cantaores se vieron obligados a improvisar por toná y martinete, para dar paso a la malagueña abandolá con fandangos de Lucena y del Albaicín. El tropiezo de la bailaora enredada en su cola, incidió en un baile cauteloso y algo tenso que sin embargo la bailaora supo controlar.

Con chaqueta corta y pantalón, lo que pintaba farruca, fueron unas seguiriyas tan correctas como faltas de dramatismo. Destacan sus manos.

Dedicados al maestro Chano Lobato, Alicia Acuña hizo unos tanguillos con toda intención. La guitarra le hacía constantes guiños a las guajiras (bastante cercanas, por otra parte).

Como última entrega, La Chone nos propone la caña, que baila con mantón de dulce vuelo. Momentos de clara comicidad salpican su baile, evidenciando otra de sus facetas. Esta caña se remata por una soleá apolá muy de nuestra tierra.

* ‘La Choni’ en la foto, tomada de su web.

Hasta qué punto vienen empujando

Hasta qué punto vienen empujando

Los Veranos del Corral

Ganadores del Certamen IAJ

Hay una hornada de flamencos jóvenes, muy jóvenes, en Andalucía que vienen empujando en el orbe del flamenco. Este mundo, para bien o para mal, ha ido cambiando. Por exigencias de la vida, se ha adaptado a los tiempos como cualquier otro arte. Ya es casi imposible improvisar, cantar con un guitarrista que te toque en suerte, actuar sin megafonía o salir al escenario con la copa de fino o el poquito de güisqui.

El flamenco se transforma por medio de sus actuantes. La pureza cada vez está más diluida (si no entendemos que el flamenco es mestizaje y diversidad). En veinte o treinta años se ha “avanzado” más que en siglo y medio. De un tiempo a esta parte el flamenco es aprendido.

Los jóvenes, en su mayoría, estudian (que es la única forma de avanzar, pues se innova desde el conocimiento). La mayoría se parecen a… hasta que encuentran su camino personal, un lenguaje propio con que expresarse, con el que trasmitir el flamenco que se siente. Y es lo más difícil. Y es la piedra angular con la que todos sueñan. Y es por donde deben ir los tiros de cualquier artista, de cualquiera que se quiera abrir camino en el flamenco: encontrar un lenguaje personal.

Pero cuando se deja uno llevar, cuando se tienen sus modelos fijos, cuando se cogen vicios o se confía demasiado en su propia persona, puede pasar como el vino, que los hay equilibrados, estudiados y medidos y hay “los que da la tierra”, que suelen ser peleones e indigestos.

Entre los nuevos flamencos hay de todo, aunque en general la seriedad es lo que impera. Todos son conscientes de que hay mucha competencia y no todos pueden estar en primera fila.

Lo más importante sin embargo es la humildad. Todos los grandes no lo han dejado dicho. Aprender de todo, dejarse aconsejar, analizarse continuamente…

Fue evidente, el lunes en el Corral, que los actuantes que había estaban empezando. Los ganadores del Certamen del Instituto Andaluz de la Juventud, toque, cante y baile, tuvieron doble premio: el que les concede el IAJ y el de participar en uno de los mejores escenarios de pequeño formato de este país.

En guitarra, el almeriense David Caro, con más acompañantes de los deseados, comenzó por granaínas. Su cantaor, Bernardo, se acordó de Manuel Ávila. Continuó por tangos. Breves para la voz de Isabel Jurado, transportando la prima en si. Al percusionista, aunque discreto, le sobraba el tambor (un redobles seguramente). Sin embargo, su apuesta e intenciones, llegaron por bulerías en solitario, en las que siguió la estela de Diego del Morao y de Vicente Amigo. Aunque quizá más apresurado de la cuenta y con el bordón un poco bronco. Termina por cantiñas. No es buena señal, por último, que los guitarristas de ahora no puedan pasar sin el afinador.

En segundo lugar intervino Carlos Cruz, hijo del buen cantaor jienense del mismo nombre. Comienza, como el anterior, por granaína y media, que son de Chacón, aunque las hace a su manera. Tiene facultades y perspectivas, que demuestra con creces en la soleá (al 6). Las bulerías finales también tienen su punto. El principal problema de este cantaor es el guitarrista con que se acompaña. Muy ajustado y fuera de tiempo, Rubén Campos (de Láchar), espera que el cantaor lo siga y no al contrario. Mirado desde una perspectiva profesional, Carlos necesita un guitarrista que lo almohade en condiciones y que lo haga crecer.

Hugo López es el premiado en la modalidad de baile. Es original en un primer momento, proponiendo zorongo, aunque vaya por fiesta. Es bastante impetuoso y desgarbado, pero tiene buenos pies. Sus cambios son radicales. En su descanso, Delia Membribe nos ofrece malagueñas de la Trini. Su voz es canastera y recuerda por momentos a Carmen Linares. Los abandolaos los mezcla y ya no sabes si son fandangos o jabegotes. También les acompaña David Caro. Un segundo músico, Luis Medina aporrea la guitarra. El bailaor cordobés termina por farrucas. Sus ganas se imponen a la lógica y zapatea cuando le están cantando y marca cuando el compás le deja espacio.

La madera existe, lo que falta es que arda bien (y si calienta y desprende olor, mucho mejor).

* David Caro (foto: Antonio Conde©).

César

César

Desde que conocimos a César, con su porte de emperador, lo empezamos a saludar elevando el brazo con la mano extendida, a la manera germánica, y gritando AVE. Al principio alteró la visión de sus nuevos amigos, o sea, nosotros, llegando a molestarle cada vez que nos encontrábamos y casi evitando la confluencia; pero, a la larga, no sólo no le importó, sino que llegó a identificarse con aquel saludo, exigiéndolo él mismo; y, cuando lo escuchaba, también elevaba la palma devolviéndonos el AVE o diciendo “descansen”.

¡AVE, César!, era su carta de presentación. ¡AVE, César!, fue el regalo iniciático que le prodigamos desde un primer momento. Incluso empezó a leer la vida de los césares y a aficionarse a las películas de romanos. Quiso ser romano con los romanos y romano con los judíos también.

Su nariz era aguileña, su altura considerable y su seriedad extrema. El único asomo de comicidad que llegó a adquirir fue la aceptación y la respuesta del AVE que le caracterizaba en cualquier reunión, ya fuera en lugares públicos, como en privado, ya fuera en plena calle o en su lugar de trabajo como empleado en una oficina del INEM (a los únicos que la crisis les multiplica el trabajo).

Para alimentar este mimetismo, la semejanza romana, se escaló el pelo, como viera que lo llevaban los jóvenes latinos en las películas de época y adquirió un andar estirado y, en cierta manera, ocarino. También se instituyó como una verdadera eminencia en historia antigua, centralizado en la Roma imperial y en sus dignatarios. Era su tema de conversación. Los autores latinos, Suetonio, Virgilio, Horacio…, pasaron a constituir sus lecturas de cabecera. España, sin discusión, pasó a ser Hispania. SPQR.

Un buen día, nuestro amigo César, empezó a salir con una chica, de belleza clásica y mirada helénica, como una Venus de Milo pero con brazos, que respondía al nombre de Eva.

Desde que conocimos a Eva con César, esa pareja imperial, los empezamos a saludar elevando el brazo, como antes, como siempre, y gritándoles con cierta fruición: ¡EVA, César!

El baile incombustible

El baile incombustible

Los Veranos del Corral

Tenemos en Ray Benítez y Agustín Barajas dos de los mayores representantes del baile joven masculino en Granada, que ayer hicieron su debut en el Corral del Carbón. Era un estreno lleno de estrenos, pues parte del vestuario, puede que la totalidad, desacertado en todo caso, fue adquirido para la ocasión. Menciono este detalle porque determina su imagen, que en un bailaor es su primera carta de presentación.

Son dos jóvenes que se les asocia por su trayectoria y su contemporaneidad. También coinciden en sus fuerzas y sus ganas. Son bailaores de oficio, que llevan en las tablas bastante tiempo, acumulan algunos festivales a las espaldas y algún que otro concurso les ha sonreído. También formaron parte del cuerpo de baile del espectáculo que presentó ‘La Moneta’ en la pasada Bienal.

Su fuerte es su zapateado, aunque Ray también goza de un bello braceo y movimiento de manos. Y su formación es notable, rezumando pasos y creaciones tanto propias como de otros artistas locales (Mario Maya, Manolete). Sus bailes, sin embargo, son excesivos, incombustibles, demasiado largos. Su concepto de eficacia es antiguo y se basa en la resistencia, recayendo en la repetición y el abatimiento.

La noche del cuatro de agosto comparten escenario y cuadro musical de excepción. Luis Mariano, pleno de facultades y sentimiento, puede que sea el tocaor más en forma para acompañar al baile del momento en nuestra ciudad. Juan Ángel Tirado y Manuel Heredia al cante, rebosan eficacia y buen gusto. ‘El Moreno’, respetuoso y preciso, nace para la percusión (tuvo el acierto de prescindir de la megafonía para su cajón).

Agustín, con un respeto desmedido, aborda una farruca, bien armada musicalmente. Su conocimiento es tan evidente como su nerviosismo (debería aprender a relajar la expresión de la cara). Faltan silencios en su baile y el desplante necesarios para saborear los momentos. No sólo se alarga en demasía, como decimos, sino que le sobra el remate final, de una teatralidad angustiosa.

Toma el relevo Ray Benítez por levante y acaba por tangos. Más suelto y relajado, redondea su propuesta, que tampoco conoce el reposo. Para los tangos es muy canastero y no puede negar su formación sacromontana. Le sobran unos diez minutos.

A capela, con sólo compás, los dos cantaores se marcan unos jaleos antológicos, a cada cual mejor. Juan Ángel, con la cajita de música que tiene en la garganta, es puro quejío y sabor; Manuel, más moderado que nunca, borda sus entregas.

Barajas vuelve por soleá y bulerías con la tónica de antes, aunque quizá esté más distendido. Redondea el baile y recoge oles merecidos. Le sobran unos cinco minutos.

Por seguiriyas, Ray pone el punto final. Es un baile lleno de buenas ideas pero totalmente enrevesado, que necesita más marcaje y dramatismo, aunque el aporte personal es considerable. El recuerdo de Mario se manifiesta continuamente. Una coda con solo tacón se hace insistente e innecesaria. Le sobran unos doce minutos.

Un poquito por bulerías, en las que también patea ‘El Moreno’, sirve de fin de fiestas. (Y se olvidaron las flores que unas admiradoras le habían entregado.)

* Agustín Barajas en la foto (Antonio Conde©).

El vértigo de Nacho Blanco

El vértigo de Nacho Blanco

Los Veranos del Corral

Desde el comienzo del espectáculo me sobró la percusión y, cuantas más intervenciones hacía mucho peor. Llegué a pensar que es un problema personal, pues siempre veo innecesarios los tambores. Pero, a la salida, con cualquiera que lo comentara, me daba la razón. La caja de José de Mode más que reforzar el ritmo, lo enturbiaba y le imponía un resultado pueril.

El baile de Nacho Blanco se basa en la fuerza y en el juego de pies, a veces vertiginoso, tan del gusto del público en general. Es un baile macho, a la manera de Farruquito y los suyos, con una tendencia mayor a la redondez, seguramente (recuerda a Juan Ramírez). Su clasicismo le lleva a castigar las manos más de lo debido. Hombrea y cuando alza los brazos carece de naturalidad.

Sin embargo su sentido del compás y la eficacia de su entrega son encomiables. Escucha la música elegida y saborea desde su oído hasta los pies el ritmo seleccionado. A veces habla directamente con su tacón-punta.

Hasta los postres, por fiesta, no lo vimos sonreír. Quizá el respeto a un festival que ha cogido renombre, quizá los bailes seleccionados, de franqueza dramática, quizá la misma concentración, le impulsan a mantener un rostro poco expresivo.

Por farrucas, baile varonil donde los haya, comienza su entrega. Sus pasos largos, el paseo por el escenario y, sobre todo, su taconeo evidencian su condición. La guitarra de Eduardo Cortés es óptima. Entre clásica y jazzística, destila frescura, quizá demasiado rumbera. Las voces (El Zambullo y Fabiola) son mediocres, aunque a veces tengan momentos dignos de aplauso. Es la primera vez en este ciclo, en doce días que lleva, que escuchamos la voz de una mujer al cante. Supongo que es casualidad.

Fabiola, con un protagonismo ilícito, salta a boca de escenario para cantar unos jaleos extremeños y acompañarlos con un poquito de baile. Ni esa fue su noche ni tiene voz como para prescindir del micrófono durante las cuatro o cinco letras que abordó.

Con una carcelera, El Zambullo inicia una ronda de tonás que dan paso a la seguiriya bailable, que Nacho domina sin discusión. Puede que sea la pieza donde se sienta más a gusto, donde expone abiertamente las credenciales de sus propuestas. Hacia la mitad, un quiebro a compás (no sé hasta qué punto voluntario), me mostró el bailaor que lleva dentro.

La guitarra en solitario entona bulerías. Eduardo comienza a recordarnos a Paco, para pasar a ‘Tomatito’ e instalarse definitivamente en Vicente Amigo, pero con concesiones directas al jazz y a la rumbita catalana, sobre todo en el rasgueo. El cajón, por si no me han oído, lo habría quitado de en medio.

Acaba la noche con soleá por bulerías, en la que Blanco tiene varios momentos para bailar el silencio, marcado por los palillos de sus dedos. Son momentos de genérica improvisación que se agradecen. Sin embargo, nunca entenderé la ‘metralleta’, la demostración del zapateado espasmódico.

Como bis agradecido, nos ofrecen un poco más por fiesta, en la que se adelanta al baile (ahora sí) una Fabiola estilosa. Ante los prolongados aplausos, este reconocimiento bulearero volvió a repetirse.

* Foto de Antonio Conde©.

Jinete sin reposo

Jinete sin reposo

Los Veranos del Corral

Con cascabeles en muñecas y tobillos comienza David Coria su entrega, bailando el silencio, cortando el aire con su porte pastoril y una margarita en las manos. Son unos originales cantes de labor, la danza de la cosecha, lo mejor de la noche. La guitarra se incorpora a los postres, que pasan a ser boleros y bellos verdiales, que se van apagando en las voces de Antonio Campos y Juan José Amador.

David conoce su cuerpo y sabe sacar partido a su esbeltez. Ha pertenecido a grandes compañías (Rocío Molina, Eva Yerbabuena, Aída Gómez…) y empieza, desde 2010, una carrera prometedora con espectáculos propios.

Las guitarras se quedan solas (Juan Jiménez y Víctor ’El Tomate’) para abandolarse por rondeñas, muy cerquita a la fiesta. Su casamiento es perfecto, que contrapuntea la percusión respetuosa de Kike Terrón.

Por cantiñas, que empiezan y acaban por Córdoba, vuelve el bailaor sevillano. Mientras el armazón musical no tiene fisuras (si acaso un cajón innecesario), David exagera sus movimientos, no conoce el reposo ni concede la mínima escucha sin que meta los pies.

Desde un tiempo a esta parte, todos los bailaores sienten que necesitan reforzar su taconeo o marcar el compás con ayuda de una caja o un pandero y, a veces, lo que hacen realmente es enturbiar su entrega. Con las clásicas palmas, no sólo sería suficiente, sino que se agradece esta tradicional forma de percutir el flamenco.

Para más inri, Coria, se hace acompañar además de un palmero (Jonatan Miró), que vuelve a incidir en el ritmo que ya sugieren los cantaores (que también hacen palmas) y el percusionista, cayendo así en un exceso de orquestación, bien dirigida, eso sí, con gran resultado, obtenido en parte por el buen sonido que Benson aporta.

Amador, en este segundo interludio entre bailes, ofrece una canción aflamencada por fiesta, que se asoma al abandolao.

¿Es posible que la velada vaya decayendo? El último pase de David Coria son unas tonás con seguiriyas, quizás demasiado largas, en las que comienza bailando el silencio, chasqueando los dedos. Su baile de arrebato se impone poco a poco y el árbol no deja contemplar el bosque. Su gesticulación con la boca, que desde el principio ha sido moderada y un complemento a su figura, llega a ser aparatosa.

Un bis en forma de tanguillo, que canta Antonio Campos, a la vez que apunta el baile, endereza cualquier objeción. Es una pataílla desenfadada, para la que el David se ha cambiado la camisa, que extrema la particularidad buscada en este bailaor.

* Foto de Antonio Conde©.

Madera de bailaora

Madera de bailaora

Los Veranos del Corral

Por seguiriyas empieza la segundad mitad de Los Veranos del Corral. La joven onubense, María Canea, es una bailaora que promete, que trasmite y no defrauda. Cuando en el escenario alguien tiene que decir y sabe cómo decirlo, estamos ante algo importante.

Puede que empezara con lo mejor de su repertorio y después se fuera relajando. Sus pies, a petición de ella, sonaban demasiado fuerte. No obstante es una de sus bazas, donde concentra el nexo de su baile. Juan Campallo, a la guitarra, no tuvo su mejor día. Su participación quedaba escasa y a veces rasgueaba de forma desmedida, a veces armonizaba sin sentido. Quizá una segunda guitarra no hubiera estado de más.

En los tangos se ve la capacidad de los dos cantaores, Jeromo Segura y Javier Rivera (puede que ya preparados para cantar alante). Son unos tangos lentos y con mucho paladar, en los que se acuerdan del maestro Morente (Jeromo), aunque su propuesta sea limitada y la guitarra algo pobre.

Con un vestido blanco de media cola, María aborda unos abandolaos que principian con rondeñas, en las que se hace acompañar de complementos, a saber, mantón negro con flecos níveos y, más tarde, abanico con pañuelo de seda color turquesa, posiblemente innecesarios. Definitivamente esta pieza, aunque resultona, hace agua.

Otro momento de soledad entre los músicos son unas sabrosas cantiñas, que encierran gilianas (Rivera), un cante que habitualmente no se escucha. El final a dos voces solapadas es digno de aplauso. Una coda que se repite, con igual eficacia, alguna vez a lo largo de la noche.

Acaban por soleá y bulerías. Es un encaje de metal, al que quizá le falten brazos. La bailaora, por otra parte, se repite en un prolongado taconeo que le hemos visto en las seguiriyas. Los remates tienen cierto pellizco. El momento más reconocido de la noche se encuentra en la clara improvisación, cuando María da nuevas instrucciones a los músicos y la guitarra suena sorda. El instinto de bailaora sale a flote.

Jeromo Segura se ha apartado de Arcángel y persigue en cierta forma la estela de Morente. Acaban nuevamente a dos voces con Fernanda y Bernarda soñando la Alhambra.

* Foto de Antonio Conde©.

El sauce y la espada

El sauce y la espada

Los Veranos del Corral

Algunas sorpresas nos depara el Corral del Carbón este año, algunas luces que brillan sin previo aviso. Como fue la actuación de Saori, que aparece como “actuación extraordinaria”, fuera del programa oficial.

Ya sabemos la querencia de la nación japonesa por nuestro flamenco. Multitud de cantaores, tocaores y sobre todo bailaores de buen nivel se concentran en el país del Sol Naciente. Son un pueblo disciplinado y sensible, metódico en sus convicciones y francamente respetuoso. No es de extrañar que el flamenco constituya un rito, como sagrado es el arreglo floral (ikebana), la ceremonia del té o el teatro No y el kabuki.

Así, Saori, quiso empezar su actuación con un acto solemne, donde, vestida de samurai, realizaba movimientos lentos y esquemáticos, ofreciéndole sumo protagonismo a una catana, símbolo tácito de su país y de su intención, mientras los cantaores, Manuel Tañé y Rubio de Pruna, ofrecían toná y carcelera respectivamente (la carcelera con esa letra tan desgarradora de Diego Corrientes, bandolero del siglo XVIII, que dice: Veinticinco calabozos / tiene la cárcel de Utrera, / veinticuatro llevo andaos, el más oscuro me queda). Tras el cante, Emilio Maya, arpegia algunas notas sentidas de Madama Butterfly.

Unas bulerías sirven de interludio para la nueva aparición de la bailaora por levante, rematado en tangos. Su baile es clásico y muy medido. Quizás, para esta primera pieza, esté algo inquieta. No es fácil el estreno, sobre todo teniendo en cuenta todas las bailaoras que la han precedido. Destaca su flexible juego de manos y la expresión del rostro (más de una bailaora desearía poseer esa alegría y ese control facial). Los tangos, no obstante, son más agradecidos.

Emilio se queda solo en el escenario y nos ofrece una bella granaína, en la que se acuerda de Manuel Cano. Siendo el primer guitarra, es la única vez que se ve mandando. Antonio Santiago ’El Ñoño’ se impone más de lo deseado y, en vez de almohadillar el camino, lo dificulta. Su confusa guitarra se impone y desdibuja el brillo canoro de la del granadino.

El mejor corte de la noche, sin embargo fueron las guajiras, que acaban con colombianas festeras. A Saori, con vestido rojo y complementos crema, le sientan muy bien este tipo de bailes tan sugerentes y seductores. El abanico extiende su cuerpo y su gracia sin par. Es una pieza redonda, que empieza y acaba sentada en una silla.

Otro poquito (más bien extenso) por bulerías precede el último baile de la velada. ’El Ñoño’, en solitario, acompaña a los cantaores, siguiendo su tónica excesiva, que le hace, por ejemplo, meter falseta después de cada una de las letras.

Por seguiriyas termina la función. La correcta danza, quizá con falta del dramatismo que este cante necesita, está paliada con la belleza somática de una flamenca ataviada con vestido violeta y pañuelo, zarcillos y peina verdes.

Acaba la noche ceremoniosa como empezó, con catana y Emilio remedando a Madama Butterfly, pero la bailaora sigue flamenca y no vuelve al traje de samurai, como diciendo que nuestros mundos en realidad no están tan alejados.

* Foto de Antonio Conde©.

Sangre castellana

Sangre castellana

Los Veranos del Corral

Hecho a mano

Uno de los logros del Corral del Carbón es su tácita exigencia. En sus trece años de existencia, esta Muestra de flamenco se ha ido haciendo un nombre, se ha ido abriendo un hueco de prestigio entre las ofertas flamencas de nuestro país, con unas características únicas de formato, temporalidad y tratamiento. Esto no sólo redunda en el hecho de que todo bailaor joven (o no tan joven) que se precie quiera pasar por este escenario, sino que cualquiera que acuda a Los Veranos del Corral llega con un compromiso personal de entrega importante.

No obstante hay días y días. Las cosas salen como salen y no como uno quiere. El duende se esconde y aparece cuando menos se lo espere. Hay quien trae lo mejor de su repertorio, el baile consabido de su hacer cotidiano; hay quien hace un popurrí de su obra o adapta para la ocasión su último espectáculo; hay quien prepara algo exclusivo para la ocasión, quien estrena con orgullo sus nuevas propuestas; hay quien experimenta, quien se entrega al Corral como exclusivo local de ensayo, donde crea e improvisa sobre la marcha, y germina así su futuro próximo.

Todo tiene cabida en un ciclo de baile (aunque durante estos años pasados también se dedicó al cante y a la guitarra). Todo es válido y destacado que, más pronto que tarde, encumbra o pasa factura.

Concha Jareño es una bailaora de oficio, fruto de una formación clásica, que se entrega en el escenario. Nacida en Madrid, tiene una gran técnica, unos pies limpios y unos brazos seductores. Sus propuestas son redondas y elaboradas, demasiado elaboradas y académicas, que nos sorprenden no obstante cuando se salen del margen, cuando se despeina un poco.

Concha compone una obra para presentar en Granada. Hecho a mano no pretende cargarse de barroquismo ni asomarse a los márgenes del flamenco. Son cuatro piezas que se han ido hilvanando poco a poco, “un espectáculo hecho a poquito, a puntaítas, de viaje de viaje”, nos cuenta, mostrando simplemente el baile por el baile, puro sentimiento.

Por tonás empieza la noche que, en su mitad se acompasan con ritmo de seguiriyas. Rematadas en sincronía a dos voces (Antonio Núñez ‘El Pulga’ y Emilio Florido). El baile es correcto. Es la presentación de una bailaora que posiblemente es la primera vez que actúa en Granada en solitario.

Seguidamente la guitarra hace su entrada por granaínas. Solo en las tablas, Román Vicenti desgrana una pieza breve, sin florituras, pero con mucho sabor.

Los aires de málaga encierran malagueñas, jaberas, rondeñas y verdiales, que la bailaora aborda con frescura marina, vestida de azul y celeste, con castañuelas. Es la primera vez este año que aparecen palillos en el Carbón. Su dominio es manifiesto y rico en acciones.

La dimensión cantaora de ‘El Pulga’ la comprobamos en un cuplé, una canción por bulerías, que, con su modalidad vocal y el acompañamiento con todo su cuerpo lo hace único (a veces recuerda a Rafael ‘El Falo’).

Pero no descubrimos la capacidad bailaora de Jareño hasta su entrega por levante, que culmina por tangos. Se regodea en el cante, lo que es de agradecer. Ella misma se vuelve y ofrece oles a sus músicos. Su técnica y su compás son admirables. Los cantaores rematan a dos voces con Los saeteros de Morente.

Nunca he entendido los solos de percusión en un concierto flamenco, si no justifican nada más que la habilidad y la capacidad rítmica del percusionista, sin otra justificación. Sin embargo, aquí los tenemos y, por el público en general, son apreciados.

Después, como digo, del solo percutido de Luis Amador, Emilio Florido hace seguiriyas, antes del canto del cisne de la bailaora madrileña. Con bata de cola blanca calada, con largos flecos naranja, a juego con sus bajos, Concha propone unas bellas alegrías, medidas hasta el límite, justificadas al milímetro, que enardecen pero que no llegan a pellizcar.

* Foto de Antonio Conde©.

El reconocimiento de la lentitud

El reconocimiento de la lentitud

Los Veranos del Corral

Piel de Bata

Se agradece dentro del vértigo de la juventud y la vanguardia, el cambio de ritmo de Milagros Mengíbar, el tradicional baile de mujer donde los brazos mandan, la apostura define, la expresión convence.

Es de agradecer un silencio en el trino, el reconocimiento de la lentitud que hace saborear cada vuelta, el exclusivo vestuario y unas manos que han nacido para volar suavemente.

Piel de Bata es una obra parca y delicada, un muestrario de trajes de cola y el magisterio de su tratamiento. Todas las piezas, como es de prever, se bailaron con bata de cola. Milagros Mengíbar se hace acompañar de Luisa Palicio, una joven bailaora malagueña, que sigue sus pasos y almohada sus entregas, pero, por lástima, no está a su altura (aunque son evidentes los progresos que percibimos desde el anterior año que estuvo en el Corral en solitario).

Se podría decir que es el año de los pregones. En tres noches, de las siete entregas que llevamos, se han escuchado estos cantes tan bellos como olvidados, lo que hace pensar en lo contrario. Pues con pregones se hizo la presentación de este espectáculo. Con batas de lunares y pañuelos a juego sendas bailaoras se pasan el relevo o bailan al alimón mascando el ambiente, regodeándose en su propia figura y en la de su partenaire. Destaca como un viento fresco lleno de luz el braceo de Milagros y su dominio en el vuelo del vestido.

El guitarrista Rafael Rodríguez, canoro y reposado, como una señora merece, acompaña de lujo. Pero echamos de menos, de cuando en vez, una segunda guitarra que rellene la tendencia al vacío. Por otro lado, los cantaores, Manuel Sevilla y Juan Reina, añejos y comprometidos, de compás extraordinarios (y el jaleo que se precisa para acompañar al baile), pero a menudo desafinan y van fuera de tono y remedan un poco demasiado a Chano Lobato, en sus letras, en su deje e incluso en su voz.

De blanco impoluto, Luisa, baila unas guajiras lentas y caribeñas, con mantón también blanco, evidentemente con poco peso. La sensación de un principio acaba pronto y termina en una especie de sopor sólo superado por las interminables peteneras que le siguen, abordadas por Milagros con bata negra, rosácea en sus bajos y pañolón. No sólo se repiten las formas y el protagonismo de los cantaores que saltan alternativamente al escenario, cantando sin micrófono e interactuando con la bailaora, sino que también ésta, con un exceso de teatralidad, introduce una coreografía un tanto casposa.

Por soleares es cuando Luisa Palicio convence realmente y arranca algún que otro ole sentido. Una soleá que comienza con un recitado, a la manera de Pinto o Marchena, y que acaba en bulerías.

La velada termina, dentro de lo que cabe, dejando buen sabor de boca por alegrías. Los cantaores, fuera de tono, siguen abordando las tablas y el guitarrista se aparta del micro (a estas alturas, el técnico de sonido tendría que estar echando chispas). Lo que antes era una intuición, ahora es una realidad, Chano Lobato, al igual que Camarón, vive en sus seguidores. Incluso introducen en un poquito por fiesta Noche de Ronda, uno de sus temas característicos. Nos quedamos, no obstante, con la figura de Milagros Mengíbar, con sus desplantes antológicos y con ese juego de manos que justifica cualquier objeción.

* Foto de Antonio Conde©.

Con olor a Granada

Con olor a Granada

Los Veranos del Corral

A la salida del concierto, estuve hablando con Luis Mariano sobre algunos aspectos del recital de Patricia Guerrero y, entre otras cosas, coincidimos es en que los tangos, tanto el toque como el baile, destilan un especial olor a Granada. Huele su tierra, huele su agua, huele su noche y el pensar de su gente. No todos los tangos son iguales. La riqueza de los tangos de Granada es legendaria. Mientras la baja Andalucía mira a occidente, nuestra tierra tiene el perfume oriental; mientras los demás descansan en una planitud festera, el tango del Sacromonte goza de un estudiado cromatismo, mientras otros son una plazoleta, los de aquí son una encrucijada, la confluencia de multitud de caminos que a la vez pueden ramificarse cual jardín borgiano. El tango, huelga es decirlo, es el cante identificativo de nuestra tierra.

Patricia, como gran parte de los flamencos de Granada, sabe esto y, como tal, se ha preocupado de ocupar un puesto destacado en el decir de este palo tan identitario. Un quejido de violín, casi independiente, de Esther Crisol (también cantaora) colma el patio del Corral, que da paso a la generosa entradilla de guitarra de Luis Mariano, que empieza a sonar a surtidor y a arena mojada, hasta que comienza el verdadero soniquete, el inconfundible soniquete por tangos, que las palmas, en un compás binario lo determinan.

La bailaora granadina, vestida de bailaora granadina, con pañuelo rojo y flor en lo alto de la cabeza, empieza a ronear desde el principio, se acuerda de la tradición, del Camino, del Monte, del Petaco… y aporta de su persona algunos paseos, quiebros y desplantes singulares. Propone novedades en las letras que la arropan y en el eco que la envuelve. Patricia por tangos huele a Granada.

Pero antes de llegar a este pellizquito local, varias entregas abren camino. Una malagueña de Manuel Torre (Mariano y Lavi) abre una noche expectante. Patricia tiene en su tierra un nutrido grupo de seguidores, empezando por su familia, que, aunque incondicionales, están (o estamos) pendientes de cada uno de sus movimientos, de sus propuestas y de su evolución. Quizá por eso, su salida pareció insegura, con el nervio de quien realiza un examen importante.

Pronto sin embargo las malagueñas se abandolan, uniéndose el resto de los músicos, hasta terminar con los fandangos del Albaicín. La bailaora se relaja y justifica su belleza, con vestido rojo con abertura frontal y sombrero a juego de bandolera sobre el moño trabajado. Todo posiblemente demasiado puesto, demasiado repensado, sin margen creativo, sin fisura para improvisar. A veces también sería necesario que relajara el rostro.

Rayando en el detalle de la originalidad, los exclusivos cantaores, Miguel Lavi y David ‘El Galli’, hacen unos pregones, en lugar de las socorridas tonás o los martinetes (aunque el Londro, la noche de Mercedes Ruiz, también cantó pregón). Comienza ‘El Galli’ acordándose de El tío de la Alhucema de ‘El Lebrijano’ y termina el jerezano remedando a Pepe Pinto.

Vestida casi de novia, de perla blanca, con Manila, baila Guerrero una granaína nada convencional, interpretada tan sólo por Mariano a la guitarra. El mantón toma vida en los largos brazos de Patricia, que no descansa arañando sus mil posibilidades de vuelo y estampa. Choca sin embargo, aunque el tratamiento es completamente distinto, que dance unas granaínas justo después de unas malagueñas.

Tras los tangos comentados en un principio, interrumpidos cien veces por los aplausos, que incluso el bello remate final de sonanta y cajón (‘El Cheyenne’) se perdió totalmente, los músicos hilvanan una soleá con enjundia y sabor añejo en las voces de nuestros amigos. La segunda guitarra de Oscar Gallardo dimensiona la primera, aunque a veces estaba de más.

Termina el recital por bulerías. De azabache con motivos vegetales (el vestuario es delicioso), Patricia se desborda en un concierto que ha ido a más. Sin discusión domina sobre las tablas, asegura su seguridad y lo da todo. Sabe que es el último baile y derrocha energía. Se siente arropada por los músicos de primera fila que le acompañan y por un sonido impecable. Lástima que el juego de luces, como denuncié el primer día, no está a la altura. Pies, brazos, cintura, hombros… todo su cuerpo está en función de una fiesta que no descansa, una fiesta para todos, la fiesta que nos propone.

* Foto de Antonio Conde©.