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La pulsión emocionada de Manolo Franco

La pulsión emocionada de Manolo Franco

La Guitarra en Otoño IV

El festival de La Guitarra en Otoño, en su cuarta edición, viene tempranero y asaeteado por la crisis. De los cuatro o cinco días que ocupaba años pasados, a caballo entre septiembre y octubre, se ha reducido a un solo recital, de calidad, eso sí. La ‘crisis’ lo que menos perdona es el arte y la cultura (si es que no es lo mismo).

Manolo Franco, aunque tiene un libro que incluye un CD en solitario, llamado Aljibe (2008), no se le concibe como guitarrista de concierto, aunque la sensibilidad desatada el jueves en el patio de la Casa de los Tiros, eleva su guitarra al merecimiento de ser escuchada sin artificios.

Por otra parte, se nota y se agradece que sea un tocaor de acompañamiento; sus temas son totalmente reconocibles y llevaderos, limpios de aires foráneos y concretos en su ejecución. Para el acompañante de Calixto Sánchez la guitarra es un instrumento, y no tanto la compañera, la extensión de las manos, etc. que puede ser para muchos, y como tal sabe sacarle todo el rendimiento, pedirle fuerza y suavidad, llorar y reír con ella.

Por mineras, con concesión a la fiesta en sus postres, comienza su actuación. Su pulsión es segura, rica en arpegios, emocionada en sus notas. Saluda y continúa con un garrotín, después de haber afinado la guitarra en re. Su toque es limpio, preciso y muy flamenco, lo que demuestra con creces en la soleá, impregnada de tradición. Una de sus mejores apuestas.

En las alegrías se le ve especialmente suelto, proponiendo, como decía Paco, cositas buenas. Y, de Cádiz se va a Huelva abordando unos fandangos sin desperdicio. A punto estuve de lanzar el grito de ¡Viva Franco!, aunque se iba a malinterpretar.

En el toque que se encuentra más a gusto, reconoce, es en la bulería por soleá. Es la pieza flamenca por antonomasia, que participa tanto de una y de la otra. Aunque, a estas alturas, vemos que todos sus remates son iguales, el rasgueo de arriba abajo y de abajo arriba elevando el volumen.

Cambiando el estilo completamente, ofrece guajiras con inconfundible sabor habanero. Terminando el concierto por granaínas, confesando que es un toque que le atrae, que incluso tiene antepasados de Santa Fe. Granaínas en las que se repite, quizás añadiendo un tercio innecesario para aumentar la duración de la pieza. Echamos en falta algún bis que redondeara la velada.

* Portada del libro de Manolo Franco.

La crisis permanente

La crisis permanente

III Festival Flamencos por África

Ya es habitual que se vaya constelando el calendario flamenco de Granada con citas benéficas. Raro es el año en que no contemos con cuatro, cinco o más festivales solidarios. Por tradición, el flamenco viene de las penurias de la marginalidad, de las penalidades, de la persecución. Es fácil que se vuelque por una buena causa, aunque ahora la realidad es muy distinta.

El público, que es tan importante o más, también responde. Así, que cualquier motivo es bueno para prestar ayuda, para arrimar el hombro y aportar el grano de arena que conforme la montaña.

Ayer presenciamos el tercer festival Flamencos por África a beneficio de la asociación “Calor y Café”, en el teatro Isabel La Católica con una asistencia inmejorable tanto de público como de artistas de la tierra. (El día 6 de octubre, os recuerdo, habrá otro encuentro flamenco, en el mismo escenario, para colaborar con la asociación Borderline, que trabaja para la integración de las personas con inteligencia límite.)

Como dijo Juan Pinilla al finalizar la noche, si ahora estamos en crisis en el primer mundo, en África la crisis es permanente. Pues eso.

Muchos de los flamencos repitieron, como en años anteriores, fue un reencuentro. Incluso manifestaron su deseo de participar en los próximos festivales. Tal es el caso de la academia de Miguel Medina, con Francisco Manuel Díaz a la guitarra e Iván ‘El Centenillo’ al cante, que, con tres alumnas destacadas, nos bailaron por alegrías. Después, quedándose solos cantaor y guitarrista, nos ofrecieron unos fandangos principiados por el himno de Andalucía. Seguidamente Sergio Gómez, al cante, y Kiki Corpas, a las seis cuerdas, con ayuda de dos palmeras, hicieron cantiñas, para el baile esbelto de Elena López ‘La Sensa’.

En un segundo bloque de la noche, dedicado al cante sobre todo, lo abre Curro Albayzín, acordándose de Benítez Carrasco. Ramón del Paso a la guitarra por soleares. Jesús de María es un chico muy joven (no llegará a diez años) que, de la mano de Curro, nos brindó tientos-tangos.

A continuación, la voz potente y clásica de Arturo Fernández, arropado también por Ramón, entonó unas malagueñas rematadas por fandangos de Granada. Antonio Gómez ‘El Colorao’, a continuación, con Miguel Ochando a la guitarra, ofrecieron lo que para mí fue lo mejorcito de la noche: una entregada seguiriya. Después, con la colaboración de la segunda guitarra de Álvaro Pérez ‘el Martinete’, Antonio cantó su tradicional balada Mi mama. Para terminar esta parte, Agustín Barajas nos baila por bulerías, con Sergio y Rubén Campos detrás, al cante y a la guitarra respectivamente.

Una de las voces más encomiadas del panorama local, Manuel Carmona, ‘Nene de Santa Fe’, con su hijo, del mismo nombre, a la guitarra y dos palmeros, nos hace malagueñas, rematadas con rondeñas, y el Romance de la Cautiva, de absoluto estreno.

Otro jovencísimo cantaor, Juan de Granada, arropado por Francisco Manuel Díaz, propone bulerías y después un fandango, y Tomás García, también dentro de los cadetes, hace tientos-tangos, en los que no puede negar ser alumno de David Sorroche. Álvaro Pérez ‘el Martinete’ le acompaña con la guitarra. Entre los dos no llegan a treinta años.

El veterano Curro Andrés, con Ochando a su lado, hace un recorrido por algunas de las zambras de Manolo Caracol. Remedando al maestro pero afinado.

Ray Benítez cierra el tercer bloque bailando una equilibrada y preciosista farruca, en la que se acuerda de Antonio, de Mario Maya y de Manolete, mientras Sergio, al cante, y Rubén, a la guitarra, le interpretan una farruca de Miguel Poveda.

Para terminar el festival, se contempla una cuarta parte que abre Ana Mochón que, entregada y segura de sí misma, con Antonio ‘La Luz’ a la guitarra, aborda la caña, que la principia con una soleá, a la manera de Diego Clavel, con letra del guitarrero Rafael Moreno. Remata agradablemente por tangos del Camino.

Sergio Gómez ‘el Colorao’, por fin cantando adelante, acompañado de Rubén Campos, se va por levante, antes de darle paso a Juan Pinilla, con Josele de la Rosa como músico, que hace un magnífico revuelto con las cartageneras que acaba de grabar en su último disco, Las voces que no callaron, un poquito de abandolaos por Málaga y un remate por bulerías, que fueron cuplé a los postres, en los que se dio su pataílla, suelta y graciosa.

Juan Antonio Ibáñez, certero y profesional, ofició de maestro de ceremonias.

El duelista

El duelista

Los hombres que no se baten en duelo creen que los que
se baten en duelo a muerte son valerosos (Lautréamont).

Borges dice que todas las criaturas son inmortales, menos el hombre, pues ignoran la muerte. Puede que la esencia del héroe estribe en eso, en sentir la eternidad, aunque sea momentánea. Por eso, el héroe permanente es irreal. Lo que realmente existe son las heroicidades, el puntual superhombre. Que una persona sin pensar en más se lance a las llamas para salvar a un niño o que salte a las vías para librar a un semejante de una muerte segura, pues el metro lo arrollará en unos segundos, son momentos impensables de gloria. Ese momento nos ciega. El fulgor nos llama. La muerte no existe, sin embargo. Por eso desafiamos las aguas bravas o el edificio que se desmorona. Como el niño, que ve la muerte tan tan lejana que lo hace temerario, inconsciente si queremos. Qué va a pasar, se pregunta, quitándole importancia a su atrevimiento. En el fondo, empero, nadie es consciente de su propia muerte, tal vez el suicida. La muerte, por experiencia, siempre les llega a los demás. Somos inmortales hasta que no se demuestre lo contrario. Soy el novio de la muerte, cantan las legiones españolas. ¿Arrojo? ¿Valentía? ¿Deber a la patria? ¿Soledad? ¿Hastío?

Dios ha muerto, firmó Nietzsche. Haciendo un ingenioso juego de palabras, alguien dijo Nietzsche ha muerto, y lo firmó como Dios. Qué sentencia será más real. Para los millones de personas que creen en Dios, la segunda, desde luego, pues Dios es inmortal, no tiene principio ni tiene fin. Para los creyentes Dios es el único ser cuya esencia es su existencia. Para el resto quizá, tanto el pensador alemán como el supremo hacedor han muerto o no existen, que no es lo mismo pero es igual.

El condenado a muerte, pensaba yo con cierto romanticismo perverso, tiene la suerte de pedir su última voluntad, un pensamiento, un cigarrillo, una carta, un beso. Quizá también, siguiendo con el macabro pensamiento, el enfermo terminal, no el moribundo postrado en el lecho, sino el que conoce, por un virus o una dolencia degenerativa que sus días están contados, que su vida tiene límite, que su colear caduca, puede conformar el resto de su vida, entonar en esos meses, semanas o días, un canto de cisne a medida. (También podríamos falazmente vivir cada día como si fuera el último.)

Se cuenta que Nerva, consejero del emperador Tiberio, antes de quitarse la vida dijo que quien se suicida dispone así de su propia muerte. Hay suicidados voluntarios (permítaseme la redundancia); suicidados que planean su muerte, a cambio de los suicidados por puro arrebato. Los primeros pueden preparar el terreno, escribir despedidas, dilapidar sus bienes o pedir un préstamo, pongamos por caso. En definitiva poder hacer una “locura” (¿otra?).

Pero, al igual que Krahe abogaba por la hoguera, yo me inclino, entre las muertes anunciadas (recordando a García Márquez), por el duelo a pistola. (A espada, tiene también su entelequia pero se necesita una formación previa, una destreza momentánea y una fatiga postrera, que no sé hasta que extremo estaría dispuesto a asumir, aunque Jules Barbey D’Aurevilly dijera: …una bala, la única arma que mata sin apasionarse, en tanto que la espada, por el contrario, comparte la pasión de la mano.)

El duelista puede perecer o salir invicto, terminar herido o moribundo. El duelista puede hacer testamento y ordenar lo que deja, si acaso lo deja. Aunque lo más importante, llegado el caso, además de lavar su honor, demostrar su elegancia y caballerosidad, etc., es el discurso caído, las últimas palabras de su vida entre difíciles respiraciones o estertores, toses definitivas, mientras por la boca se le escapa la vida. Unas palabras que habrá estado rumiando toda la noche hasta la amanecida, hasta despuntar el alba y entre vaharadas, antes de que el sol sonría, elegir arma (o coger la sobrante), jurar dignidad a los jueces, presentar testigos, que son los padrinos (no de boda, sino de muerte), dar la espalda a su fiel enemigo, avanzar los números que se cuentan para alejar la distancia, encomendarse al cielo o a las sombras, rogar para tener el temple suficiente de no disparar antes de que termine la cuenta y, a ser posible, no antes que su adversario, darse la vuelta, apuntar sin flaqueza, disparar hábilmente, recibir el impacto con gallardía, caer con entereza y, en lo brazos de alguien que difícilmente tapona la herida con un pañuelo, quizá de encaje, quizá de seda, repetir las palabras repetidas durante toda la velada ante el espejo acaso, despedirse del mundo sin rencor, perdonar a su oponente y, sobre todo, declarar el verdadero amor a la dama de sus sueños.

Podemos ir en paz.

Poema ambiguo

Estaba solo
o estaba contigo a mi lado
aquella noche en que brillaba el sol;
tú llorando me sonreías,
la soledad en el tumulto;
yo calladamente gritaba
y te decía sin palabras:
esto no es un poema,
por eso, casi no te quiero.

El mejor recuerdo

El mejor recuerdo

II Memorial Manuel Cano

No todos los festivales “en memoria de” cuentan con la mejor apuesta para el recuerdo. En este segundo Memorial, igual que para el primero, que se homenajea al compositor y concertista de guitarra Manuel Cano, como abanderado, y cabeza de cartel permanente, participa su hijo José Manuel Cano Tamayo, heredero en la sensibilidad, en el preciosismo y en esa manera clásica de interpretar la guitarra flamenca.

Para este concierto, desarrollado durante la noche del sábado en el espacio singular del Palacio de Quinta Alegre, José Manuel, para la segunda parte contó con la voz musical y clara de Esther Crisol.

En primer lugar, en solitario, el guitarrista granadino interpretó una taranta, dedicada a su amigo Miguel Suárez, que tiene bastante de tradicional, aunque con toques contemporáneos, como esa aceleración a los postres que la acerca a la fiesta. Y continuó con una excelente seguiriya de su progenitor, con arreglos propios, antes de llamar a la cantaora a su lado.

Como digo, en la segunda parte, bastante más extensa, Cano ilustró su guitarra con la dimensión efectiva del cante. Esther Crisol, con la voz menos grave que de costumbre y algo rozada, expuso para empezar una farruca elemental. Algo nerviosa y contenida, anunció soleá apolá, que fue de Cobitos, de Morente y de Antonio ‘el de Alhendín’, diciendo que es el palo que más le gustaba. Aunque, para ser el estilo en que se sentía más cómoda, posiblemente fue la peor entrega de la noche, a pesar de estar bien arropada.

En la granaína se acordó de Chacón. Fue dulce y modulada, aunque seguía sin soltarse. Las guajiras tenían una sorpresa, y es que en su mitad llevaba el romance popular de Los peregrinitos, rescatado en el cancionero de García Lorca.

El toque por bulerías de José Manuel Cano, permitidme que lo diga, ya es antológico. El soniquete que expone, la redondez rítmica y el concepto musical, es para tenerlo en cuenta. Esther estuvo a la altura. Grande fue cuando recordó a Luis de la Pica, posiblemente a través de Marina Heredia. Tocó Extremadura y terminó por Triana.

En los tientos-tangos también le hizo un guiño a la Niña de los Peines y otro a Morente y a Carmen Linares. Tanto para los tangos como para las bulerías se echó de menos un poquito de compás.

Finalizó el recital con la bella copla Una Cantaora de La Lola se va a los Puertos, esa obra flamenquísima que escribieron los hermanos Machado y han popularizado desde Juanita Reina hasta Rocío Jurado.

Una reflexión final me queda por añadir. Cuando los asistentes son respetuosos, como acostumbran en el flamenco, a pesar de ser gratuito; cuando el recital es de lujo; cuando el sonido, salvo ligeros pitidos, es más que correcto; ¿por qué los técnicos tienen que hablar continuamente, ninguneando a los artistas y a su público, con la excusa de que tienen que controlar no sé qué?

Pechuga de pato agridulce

Pechuga de pato agridulce

Una de las carnes más acostumbradas en los hogares de al-Andalus era la de ave de corral, por su asequibilidad y baratura, en particular la del delicado faisán y la del sabroso pato, aderezados con bastantes especias, facilitadas por los comerciantes de las rutas orientales, y las verduras de la vega granadina, viciada de aguas. Fue el poeta local Ben Mutarrif (siglo XIII), quien cantó la virtud de estos platos exaltando la alternancia entre lo dulce y lo fuerte. El buen alimento, comentaba, debía excitar el paladar por su contraste. Éste cantor, para ilustrar su teoría, ponía de ejemplo un elaborado tajin de pechugas de pato, regadas generosamente con miel y salpicado con unas gotas de vinagre azucarado. La frambuesa, como compañera, estaba aconsejada.

Ruido en el ruedo

Ruido en el ruedo

XXII Noche Flamenca A. VV. Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro

En memoria de Manuel Conde

Lo que más destacó en este festival de barrio, lamentablemente, fue el sonido. Había altibajos, las guitarras y el zapateado sonaban a lata, la voz mal cuidada, los altavoces cascados… Un desastre. Aunque suele ocurrir todos los años, pero nunca con tanta insistencia.

Hay que destacar, por otro lado, la entrega de los flamencos que, aún sufriendo estas adversidades, se entregaron plenamente y, filtrando las desavenencias, nos dejaron cositas admirables, a pesar de que la mayoría eran artistas noveles.

El Festival estuvo dedicado a Manuel Conde, cantaor aficionado, vecino de la plaza, desaparecido recientemente, que todos los años intervenía en este escenario, con su cante añejo y su memoria de pizarra. El acierto de una gran pancarta, con su foto y su recuerdo, manifestaba su memoria.

También hay que destacar en esta noche su dinamicidad y eficacia, fruto de los veintidós años que lleva funcionando con motivo de las fiestas de las avenidas próximas (Plaza de Toros, Doctores y San Lázaro).

Almudena Romero, con un baile redondo y comprometido, abrió la velada por tangos, mientras le arropaban Vicente Márquez ‘Tente’ a la guitarra, Sonia Leyva al cante e Iván ‘El Centenillo’ y Josele de la Rosa a las palmas.

A continuación, la cantaora de edad María Jiménez, también vecina del barrio, hizo milongas, colombianas y fandangos, con buen trasfondo, a pesar de no saber coordinarse con la guitarra ni estar familiarizada con el micrófono. En un cuartito se le apreciaría el sabor a esta señora.

Las dos veces que he visto a Sonia Leyva tenía la voz tomada (espero que no sea patológico). De todas formas modula y pone gran interés en los resultados. Con la sabia guitarra de ‘Tente’, que cada vez está más hecho al acompañamiento, empezó cantando por tientos-tangos, muy a la manera de Carmen Linares, que es como acordarse de la De los Peines, y terminó por granaínas.

Para mí, la sorpresa de la noche, cuando sentí de veras los desaguisados del sonido, fue con la intervención de la joven y, para mí desconocida, Eva Romo que, con una buena voz y dominando los altibajos hizo farruca, tangos, taranta de Linares y bulerías, con la guitarra precisa, aunque turbia (posiblemente por el equipo) de José María Ortiz.

Otro poquito de baile por alegrías de Almudena Romero sirvió para dar paso al cabeza del cartel de la noche. Antonio Fernández dominó en soleá y en la malagueña de la Peñaranda, rematada con fandangos de Pérez de Guzmán y jabera. Continuó, con su voz de falsete, haciendo los tangos de Morente El lenguaje de las flores y terminó la noche por fandangos naturales.

* Manuel Conde, con Jose María Ortiz, en uno de los festivales pasados.

Historia de un garrotín

Historia de un garrotín

Este año, para el FEX, como sabéis, organicé, encargado por el Festival de Música y Danza de Granada, a través de Open Cultura y en nombre de la Asociación del Diente de Oro, unos recitales de flamenco y poesía, en los cuales, repartidos en tres días, tuve que coordinar a unas cuarenta almas sensibles, de varias disciplinas.

La verdad, no sé como llegue a buen fin, con un resultado más que notable (la memoria de los cientos de espectadores así lo avalan). Digo que el éxito final me sorprendió, pues soy de carácter anárquico e informal para el papeleo. Le estaré rosendamente agradecido a los participantes en dicho evento, sus ganas de colaborar y la empatía que tuvieron con el proyecto desde un principio.

Para el día 8 de julio, después de la repartición de poetas, intérpretes y momentos, le mandé a la cantaora Mati Gómez un racimo de letrillas por tangos (algunas escritas para la ocasión). Después de varios intercambios de correos, me dijo que había escogido tres estrofas, pero que a ella le encajaban no por tangos sino como garrotín.

Me pareció maravilloso, entendiendo que las letras son versátiles, incluso lo que unos cantan de una forma, otros le cambian el estilo. A veces lo que determina el palo es la intención, lo que dicen las frases.

Mati escogió: Yo no salgo de mi casa / que estamos en primavera, / que la sangre no descansa / y mi niña no se entera. // No te asomes la ventana / sin sombrero ni paraguas / vaya a darte la solana. // La botella está vacía / encimita de la mesa, / ya no queda ni una gota, / voy a cumplir mi promesa. ///

Para interpretarlas, sin embargo, le faltaba un verso en la segunda estrofa (pues en los tangos se admiten tercetos con toda naturalidad). Ella le añadió: y en esa tu linda cara, tal y como se cantó, que quedó estupendamente (al final pongo el enlace de la actuación).

El problema, a la larga, fue mío, por una cuestión estética sobre todo. Yo había rimado ABAB y Mati proponía en la segunda estrofa ABAA. Todo es válido. Y, así, ha seguido cantándolo en varias funciones que después ha tenido, con la inapreciable guitarra de Rafa Soler.

Al tiempo, orgulloso de que abrazara mis letras en su repertorio, le envié un posible cuarto verso para esa estrofa, cambiando el orden del segundo. Aunque el poema ha alzado el vuelo y ya no me pertenece. También le mandé una cuarta letrilla por si quería alargar el garrotín en algún momento. Así, toda la canción, según mi propuesta quedaría:

Yo no salgo de mi casa
que estamos en primavera,
que la sangre no descansa
y mi niña no se entera.

No te asomes la ventana
sin paraguas ni sombrero
vaya a darte la solana
y que se te rice el pelo.

La botella está vacía
encimita de la mesa,
ya no queda ni una gota,
voy a cumplir mi promesa.

Estoy tan acostumbrao,
morena tú bien lo sabes,
caminar siempre a tu lao
recorriendo to’ las calles.

Os dejo una de las grabaciones de ese día. Aunque me consta que hay más en la red: http://www.youtube.com/watch?v=bvbeuq73618

* Foto del día de la actuación

Solomillo de ternera Soraya

Solomillo de ternera Soraya

Uno de los platos preferidos de la cautiva Isabel de Solís era de la ternera el selecto solomillo, que lo acostumbraba a tomar tan sólo asado en su propio jugo o en manteca, según la bárbara costumbre castellana, hasta que, al contraer matrimonio forzado (al menos en un principio) con Abul Hassán y pasar a llamarse Soraya, Lucero del Alba, descubrió, no sólo la exquisitez del aceite de oliva, sino también el sabor agridulce y el poder calórico que le aportaban la miel y los dátiles de sus refinados captores.

* Torre de la cautiva de la Alhambra.

Todo corazón

Todo corazón

I Festival de las Cuevas

Javier Martos goza de un baile más reposado, más repensado, más clásico, más racional, que quizá carezca de picardía y despeine. Con un buen cuadro detrás (Manuel Heredia y Sergio Gómez ‘El Colorao’ al cante, Rubén Campos a la guitarra y Miguel ‘El Cheyenne’ a la percusión), este bailaor, granadino de adopción, cerró el jueves el Primer Festival de las Cuevas, que organiza la escuela Carmen de las Cuevas, en colaboración con el Museo Cuevas del Sacromonte, donde tuvo lugar dicho encuentro.

Un espectáculo intimista y reflexivo nos saluda, donde la prioridad, más que arabescos virtuosos, estriba en volver las cartas sobre el tapete e indicar la senda que ha de seguir, reconociendo a sus maestros.

La guitarra comienza a tañer por farrucas, a la que se incorpora Javier, esbelto y moderado, y después Sergio, que apunta la letra, para desaparecer, dejando solos al baile y la guitarra, donde el baile hombruno se hace redondo y delicado sin perder su esencia.

Todos los componentes a continuación, capitaneados por Manuel, hacen unos tangos, llamados Camarón, tomando sus letras como explícito homenaje.

Martos vuelve a aparecer por soleares con movimientos muy redondos y armónicos, algo encorsetados hasta que se suelta por bulerías, que tocan el cuplé a sus postres.

La segunda parte comienza con unas personalísimas cantiñas, sin guitarra, sólo compás, que Javier aborda con un arriesgado traje rojo, como su propuesta, para pasar a un solo de guitarra por tarantas y tangos, donde Rubén hace un anticipo del disco que tiene en proyecto.

Acaba el espectáculo con unos tanguillos muy granaínos (por el tratamiento de las letras ante todo), donde Sergio, con una versos originales, va presentando al equipo, para pasar a la “Cazuela” que popularizó Chano Lobato. El bailaor de Reus, con bastón y sombrero, se identifica plenamente con la sal de esta pieza sin desperdicio.

Todavía, con gran respeto, podemos ver un homenaje que le hace Javier Martos a Víctor Quero ‘El Charico’, en forma de vídeo lateral por seguiriyas. Lamentablemente, este cantaor, que posiblemente estaba llamado a ser el mejor de España, desapareció joven.

Un fin de fiestas por bulerías, donde cada uno sin excepción dio su pataílla, termina dejándonos buen sabor de boca.

* Foto de Juan Güeto©.

Vicente de Santamaría Crisol

Vicente de Santamaría Crisol

Para un escrito banal de ocurrencia veraniega quise introducir la figura mitológica de un grifo, que viene a ser un híbrido hagiográfico de varios animales que, según las fuentes, se compone de forma sensiblemente distinta, aunque básicamente suele tener cabeza de águila y cuerpo de león. Algunos le añaden la cola de serpiente y las alas de buitre, lo que hace al Deuteronomio catalogarlo dentro del género de las aves. Es grande animal que puede recordar por su estructura invertebrada a la quimera y por su aspecto formal al fénix asiático.

Para redondear estos datos, evoqué un cuentecito de Joan Perucho, olvidado hacía tiempo, aunque con título pegadizo por extraordinario. Nicéforas y el grifo recuerdo que se recogía en un libro de cuentos, llamado precisamente Cuentos, publicado en Alianza Editorial, en su colección de bolsillo, número 1.148, aparecido en el año 1986. Cuando consulté el índice de esta obra, sin embargo, el relato antedicho no se encontraba en tal compilación. Me vi obligado entonces a revisar otras colecciones de escritos del autor recordado habidos en mi librería por si mi memoria, flaca sin lugar a dudas (porosa, diría Borges), lo habría desplazado a través de los años.

Nicéforas y el grifo tampoco se encontraba en Rosas, diablos y sonrisas ni en La sonrisa de Eros ni en Galería de espejos sin fondo ni siquiera en Minuta de monstruos. Incomprensiblemente comencé a dudar de mis devocionarios e incluso a cuestionarme la autoría de Nicéforas.

Tiré la toalla días después, por agotamiento y por el revés inesperado, hasta que, por casualidad, abrí al azar el primer libro de Cuentos seleccionado, el de Alianza, y me encontré al viejo Nicéforas con su fantástico grifo en la página 46, entre Carcasona, Simón de Monfort y la bella Josette y la Noticia de Madame Eduarda y de un desconocido escritor, lo cual me alegró sobremanera, aunque, al leerlo, no pude sacar nada válido para el texto agosteño referido, que fue lo de menos.

El problema, como se puede deducir, es que tal relato, por una u otra razón, no se hubo incluido en el índice de esa edición, fue omitido, involuntariamente, supongo. Curiosidad simpática, ausente de importancia por otro lado, aunque digna de recordar.

Estos días, a raíz del veinticinco aniversario de la muerte de Borges, decido leer algunos de sus escritos comenzando por Ficciones, colección de cuentos, publicada en 1944, del cual tomo algunas notas que me seducen para su próximo estudio o empleo. Para facilitarme la labor y fidelidad, recurro al documento en pedeefe, con el cual sólo tengo que copiar y pegar (bondades de la técnica). El texto deseado se encuentra en Las ruinas circulares, que es el cuarto relato de dicha recopilación. Resulta, sin embargo, que en la versión electrónica que poseo ocupa el quinto lugar después de una ficción intitulada Vicente de Santamaría Crisol, que antecede al de Las ruinas… y se encuentra justo detrás de Pierre Menard, autor del Quijote. Alarmado analizo la edición de papel que tengo entre manos y alguna otra versión olvidada en los anaqueles. Ningún rastro de dicho cuento postizo. Otras versiones electrónicas tampoco lo reflejan. Busco biografías y referencias, en Internet y en bibliotecas, pregunto a conocidos y entendidos, que a veces coinciden, sin resultado alguno. El texto es un intruso. Vicente de Santamaría es un impostor, aunque, después de leerlo, puede que contuviera un definido elemento borgiano entre sus líneas.

Vicente de Santamaría Crisol, escribe supuestamente Borges, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, en honor a su hijo universal, el modernista Rubén, en la provincia nicaragüense de Matagalpa, en 1862. En el ocaso de su corta vida (murió en diciembre de 1892, dicen que después de un punto de melancolía que se le enquistó en el estómago) llegó a conocer al poeta universal, el cual le dedicó encendidos elogios en un anexo, descatalogado o apócrifo, de su colección de semblanzas Los raros, que vio la luz en el año 1896.

Vicente, con una sola obra (y algunos cuentos de menor calado), se abrió paso entre los autores de su tiempo, quizá la única voz dramática hispanoamericana, que llegó a desvanecerse por el peso prosístico de fines del diecinueve y subsiguientes.

Dicha obra, llamada curiosamente tal como su autor, contaba tan sólo con el acto tercero, pues las dos primeras partes, no se sabe muy bien por qué, fueron suprimidas o jamás existieron, quizá por una clara innecesidad o tal vez un creciente desinterés.

El señor De Santamaría, en unas notas al margen, en la segunda edición, realza su decisión de empezar (y acabar) por el final, puesto que las dos primeras partes mostrábanse exentas (sic) al drama que deseaba proponer.

Tal era, según advertimos en este tercer acto, que un autor teatral, llamado Vicente de Santamaría Crisol, llega a la conclusión de ahorrase las dos primeras partes de su obra y posterior representación, para exponer tan sólo el resultado, o sea, la síntesis de su pensamiento. Así, prescinde de la presentación y del nudo, exponiendo el desenlace como si fuera un todo. Cómo llega a esa conclusión no lo sabemos, ni lo sabremos nunca, pues nos faltan los preámbulos y los argumentos.

El caso es que nos encontramos en el the end de un drama donde un autor de teatro, llamado igual que su creador, escribe un solo acto, el tercero y último, donde alguien de su mismo nombre propone comenzar la pieza por el tejado, desechando el planteamiento inicial y la exposición del problema. Aunque no conocemos el porqué, no más porque nos faltan los dos actos pretéritos.

En esas se encuentra la situación cuando el último de los Vicentes tiene que ausentarse de forma inexcusable a una cita pendiente, que quizá se expusiera, si hubieran sido escritos, en los dos primeros actos, quizá el segundo.

El Vicente que se ocupa del último Vicente siente un vacío incomprensible por dejar a éste en un inexplicable suspenso. El primer Vicente entonces, el autor amigo de Rubén, siente cerrarse sobre su cuerpo las tapas de de un libro mayor, mientras alguien, que quizá se llame también Vicente de Santamaría Crisol, sin miramiento, deja inacabada una obra teatral. Soplaba una tarde fría de invierno de 1892.

* Grifo miniado aparecido en el Bestiario medieval de Siruela. Edición a cargo de Ignacio Malaxecheverría, Madrid, 2002.

Una zambra particular

Una zambra particular

I Festival de las Cuevas

A estas alturas no creo indispensable hablar del baile decidido de Ana Calí. Muchos años lleva perfeccionando esta bailaora su sentido del compás, la implicación efectiva de todo su cuerpo, la limpieza en sus pies y, en definitiva, su flamencura. Igualmente ha ido depurando una imagen muy particular, muy arraigada en la tradición de su tierra, pero al mismo tiempo con un punto contemporáneo fuera de dudas. La elección de su vestuario, sus caracolillos y el floripondio en lo alto de la cabeza, hacen que veamos en ella la raíz, el Sacromonte y la cueva, aunque en ellos no estemos.

El caso, sin embargo, no fue ese, sino todo lo contrario. El martes bailó en pleno barrio de los gitanos de Granada y rodeada de cuevas, con un espectáculo propio y a medida. La inteligencia se destila en éste De cobre y lunares, una granaína bailando por Graná, recreando una zambra para un solo actor, con las desventajas y los ventajas que ello tiene. El espíritu coral, por ejemplo, que esta fiesta rezuma, no existe, sin embargo, la distracción en el conjunto, los altibajos de los danzantes, la repetición cansina de un baile rutinario, el encorsetamiento en los mismos cánones… no los vemos. Por otro lado, nos ahorramos el explícito casamiento que a veces resulta casposo y forzado en este ceremonial de la boda gitana, como es la zambra. Y, agárrense, prescindimos de la “danza del vientre” o de alguna otra concesión oriental que algunas zambras se han obligado a ofertar como símbolo exótico del origen arabesco de esta fiesta.

De cobre y lunares, como reza su presentación, nos roba el tiempo, para trasladarnos a esas postales, ilustrándolas con algunos de aquellos bailes… De hecho, el espectáculo comienza con una secuencia de vídeo que, con grabaciones y fotografías de época, ilustran el espíritu de la obra que vamos a ver. Un buen intento que quizá esté de más y lo suyo hubiera sido incorporarlo como trasfondo callado al baile mismo, que Ana comienza con una cachucha introduciéndonos de lleno en el corazón sacromontano, que pasan a ser tangos de la tierra como gran exponente de nuestra identidad, integrando las aportaciones morentianas como parte inseparable y enriquecedora de ese toque tan moruno. La guitarra de Alfredo Mesa es limpia y pinturera.

Seguidamente, la granaína, aunque nacida en Jerez, es cante obligado en nuestra tierra. Cante que aborda con paladar y conocimiento Sergio Gómez ‘El Colorao’ con la guitarra de Alfredo. La soleá y las bulerías también son morentianas, que Ana aborda de negro con una complicidad, entrega y familiaridad encomiables. La bailaora se siente en casa y con su gente. Se siente a gusto y con una soltura poco común durante un estreno como el que nos toca.

La segunda parte comienza con la zambra, propiamente dicha, de comienzo y un remate caracolero (La Salvaora) y un cuerpo que se asoma a los tangos del lugar. Baile que ya vimos, creo que por primera vez, en la peña de Cúllar el año pasado y que le sienta tan bien a esta bailaora. Calí, con vestido rojo de corte oriental, con adornos sonoros y delantal blanco, borda un baile que puede ser la piedra angular de todo el espectáculo.

Iván ‘El Centenillo’, como segundo cantaor, interpreta, con toda la gracia que ellos tienen, los casi olvidados tangos del Petaco, antes de pasar a los fandangos de Granada, tal y como los hacía Frasquito y terminar por cantiñas, un cante de Cádiz que se ha instalado con todas las de la ley, por sus aires de fiesta y su bondad bailaora, entre nuestras artistas.

Como bis programado, para no perder la perspectiva, con una pincelada, Ana nos muestra la pícara mosca, dejándonos el regusto montuno, que es de lo que se trata.

Una buena obra, en definitiva, totalmente exportable, dándole un buen repaso de lija, en cuanto a la coordinación de todo el cuadro, la puesta en escena, la dinamicidad del conjunto o el ensayo general.

* Foto de Juan Güeto©.

Un festival de masas

Un festival de masas

32 Festival Flamenco de Ogíjares

Al final, como todos los años, acudí a esta cita multitudinaria en la población de Ogíjares. Es un Festival con solera, que, a lo largo de 32 años, ha visto desfilar por su escenario lo más granado del panorama nacional. Y, aunque ha tenido unos años de bajón, por cuestiones políticas, su llamada es imprescindible, entre otras cosas porque es uno de los encuentros más flamencos que se dan en nuestras tierras.

No sé si por su fama, por su cercanía o por su fecha, a principios de septiembre, que allí nos vemos gran parte de los flamencos y aficionados de toda la provincia de Granada, y aun de otras ciudades.

No obstante, su duración extrema, el cansancio acumulado y el frío imperioso, que distingue a este festival a partir de media noche, me impulsaron a abandonar el recinto en su mitad, perdiéndome a mi pesar el baile de Susana Lupiañez ‘La Lupi’, la actuación emblemática de Miguel Flores ‘Capullo de Jerez’ y, ¡ay!, el magisterio puro del marginado Manuel Carmona ‘Nene De Santa Fe’, aunque viniera acompañado de su hijo a la guitarra.

Organizado, desde sus comienzos, por la peña local ‘Eva Yerbabuena’ y apoyados por el Ayuntamiento de Ogíjares, el Parque de San Sebastián, donde se celebra dicho evento, acogió cerca de 3.000 espectadores atraídos por el cartel, en el que destacan ‘El Capullo’, mencionado más arriba, que con su cante particular tiene verdaderos adeptos, y con el compromiso independiente de ‘El Cabrero’, que mueve conciencias.

El primero en subir al escenario fue el cordobés, de Villa del Río, Antonio Haya ‘El Jaro’, ganador del III Concurso de Cante para Artistas Jóvenes de Ogíjares, que comenzó con soleá por bulerías y con granaínas, acompañadas de un ineficaz toque de piano y de una forzada percusión, para terminar, algo descafeinado, acordándose de Enrique Morente en los tangos e interpretando La Estrella, que ahora más que nunca haría falta que nos guiara.

Desde este primer comienzo nos dimos cuenta de las limitaciones del sonido. Algo que, en general, ocurre todos los años, a pesar del buen equipo, me consta, con que cuenta este festival.

María Toledo, en segundo lugar, contó con la guitarra exclusiva de Paco Cortés, uno de los mejores guitarristas de acompañamiento de la actualidad. María, con un deje demasiado castellano, se templa por seguiriyas, acordándose en primer lugar del Reniego de mi sino de Antonio Cagancho. Continúa por cantiñas con su presencia aplomada, para pasar a una soleá, acompañada por ella misma al piano, que supuso quizá lo mejor de su entrega. Continuó por tangos, con un excelente soniquete del mayor de los Cortés a su lado, y acabó por bulerías, recogiendo alguna letrilla de Carlos Cano a los postres.

José Domínguez ‘El Cabrero’, que llegó en tren desde Sevilla, arrasó con su presencia, cantando con valentía y gracia letras que le preocupan y que sus seguidores, verdadera legión, agradecen.

El Cabrero se ha constituido en poeta del pueblo y, pese a sus limitaciones, es un artista único y reverenciado. El mérito, sin embargo, lo tiene su guitarrista, Rafael Rodríguez, que tiene que seguirle en sus particularidades.

El cantaor sevillano, que venía de ordeñar cabras, fue generoso hasta el límite. Estuvo en escena casi una hora y, si no es porque aún quedaba la segunda parte, habría cantado un poco más (yo no tengo prisa, decía).

Comenzó por serranas, un bello cante telúrico que por desgracia se canta poco, y continuó con Pastor de nubes, tema que abre su último disco, con aires de sevillanas a la manera de Calixto, y rematados por fiesta. Continúa con una soleá y una seguiriya, para exponer su primer ramillete de fandangos comprometidos y declarando que: voy a ser niño hasta que me muera, como diciendo que los niños dicen la verdad, al menos su verdad.

Voy a cantarles una mariana, sin trololó, dijo seguidamente; para continuar con Si se calla el cantor calla la vida, un popular tema del argentino Horacio Guarany, versionado por bulerías; y acabar su parte oficial por fandangos, con algún lapsus de memoria.

Y, a partir de ahora comienzan los bises, que casi doblaron su concierto. Empieza (reempieza) con el imprescindible Luz de luna, peticionado repetidamente por el público. Continúa con fandangos, que introduce por Huelva y acaba con más fandangos, que arroja como verdades, en las que no deja títere con cabeza.

* Foto: Antonia Ortega©.

Salud docente

Salud docente

I Festival de las Cuevas

Visto lo visto, me quedo con el espíritu de los maestros de Granada. El primer día de septiembre, el equipo docente del Carmen de las Cuevas (escuela internacional de flamenco) nos ofreció en el Museo Cuevas del Sacromonte una muestra de su buen hacer para inaugurar el curso, a la que denominaron I Festival de las Cuevas.

Otros años hemos tenido una exposición parecida contando también con algunos alumnos aventajados, pero es la primera vez que se oferta en modo de festival de maestros con intención de perdurar. Dicho programa continuará el martes 6, con Ana Calí presentando De cobre y lunares; y el jueves 8, con Javier Martos que estrenará su Amalgama.

Es un concepto genérico de espectáculo en el que se pretende abarcar someramente el compendio de los conocimientos de sus actuantes para sus alumnos, pasados, presentes y futuros, para sus seguidores y para ellos mismos, hallando en estos días la posibilidad de interactuar juntos y sacar de ellos parte de sus conocimientos y futuras enseñanzas. Pero sobre todo es una fiesta, un motivo para quedar y verse con los amigos, una excusa para disfrutar desenfadados y compartir su sentido artístico.

El recinto del Museo estaba lleno hasta la bandera. Hubo incluso gente que se tuvo que dar la vuelta después de haber subido al lugar (un paseo verdaderamente cansado). En todo el verano no ha habido día con tal asistencia, aunque algunas veladas lo merecían.

Es digno de aplauso, entre los bailaores, la grata expresión del rostro. Ya he denunciado, en varios escritos, la tendencia generalizada de bailar con la boca o la falta de expresividad que le resta valor al conjunto. El baile es un compendio de todo el ser. A un individuo le tienen que bailar desde la punta de los pies hasta el cabello, pasando por los hombros, la cintura o las muñecas. Pero sobremanera le tiene que acompañar la faz, estar alegre en las alegrías y circunspecto en las seguiriyas, elegante en las farrucas y seductor en los tangos. Una cara distendida, no solo es el reflejo del alma, sino también la enseña de la identidad bailaora.

La riqueza, por otro lado, del cuadro de atrás, que arropa taxativamente al cuerpo de baile, es digno de admiración. Por un lado, las voces tan especiales y distintas de la armonía de Sergio Gómez ‘El Colorao’ y de la potencia de Manuel Heredia; y, por otro, las guitarras precisas de Jorge ‘El Pisao’, Rubén Campos y Luis de Melchor. Haciendo compás estuvo Javier Martos que, me imagino, no quiso bailar, pues tiene un día para él sólo.

Un taconeo al principio, de suave y agradecida coreografía, sirvió para presentar a los actuantes de la velada, en la que los bailaores iban abandonando escalonadamente el escenario hasta dejar sola a Estefanía Martínez (la única que no iba vestida de negro) para ofrecernos una seguiriya, precedida de toná, con un especial gracejo y entrega.

Judith Cabrera, vestida en crudo, con abanico vivificador, sedujo con sus paseos por guajiras, antes de dejar a los guitarristas solos para interpretar, correcta y atrevidamente, la rumba Entre dos aguas del maestro Lucía.

La farruca fue una dedicación especial a un gran hombre, Juanillo Heredia, tristemente recién desaparecido. Manuel Heredia estuvo sembrado en una voz rebosante de sentimiento y Raimundo Benítez mostró una vez más su personalidad y elegancia.

Pilar Fajardo reivindicó su tierra haciendo alegrías, con concesiones a las cantiñas y aires de Arcos. Es un palo que la algecireña domina y entiende de modo ancestral, en el que trasmite sabor y complicidad. Y Mari Carmen guerrero impuso su presencia y su clasicismo en los tientos-tangos, mientras su hija le hacía compás. Es raro ver este cambio de papeles, tan eficaz por otro lado, de Patricia Guerrero acompañando a las palmas a su madre y no al revés. Además de acordarse de Morente, fue memorable el remate de los tangos a dos voces.

Para terminar, precediendo la pataílla final por bulerías de todos los participantes, Estefanía, Judith y Pilar, nos regalaron una pinceladita por malagueñas y abandolaos.

* Algunos profesores del Carmen de las Cuevas con Cristina Hoyos.

El haber no existe

El haber no existe

Nunca había creído en nada que no fuera el hombre. Ni siquiera en el azar, aunque la mala suerte, aseguraba, era una evidencia. La vida desde el principio se le había mostrado adversa. Con el pie derecho más corto que su contrario, arrastraba una cojera de nacimiento que le hacía ser arisco y cortante, con esa susceptibilidad de los tullidos que siempre están en guardia ante cualquier conato lastimero. Y, aunque en los negocios no le hubo ido del todo mal, con las mujeres no tenía ningún éxito. Hecho que abundaba en su timidez y aislamiento.

El final de su vida era tan triste y desafortunado como el resto de sus días pasados. Al fin, en su lecho de muerte, el viejo Gaspar Palacios me preguntó:

―¿Habrá cielo, amigo? ―siempre me llamaba “amigo” en los momentos trascendentales. Aunque, a decir verdad, era al único que podía llamar así.

―Algo tiene qué haber ―respondí esperanzado de su duda postrera.

―El haber no existe ―sentenció mientras expiraba.

Durante mucho tiempo tuve esa enigmática frase en mi cabeza, intentándome explicar su sentido, desmigando el verbo para comprender el último testimonio de Gaspar. Una sentencia íntima. Un epitafio singular.

El haber no existe, que es como si dijera que no existe nada o que nada ocurre al azar. O quizá, rizando el rizo, se podría pensar que todo es deber, como acto antagónico al haber; es decir, que estamos en deuda permanente; un débito ancestral que pagamos desde el día en que nacemos, quizá por el mismo hecho de haber nacido.

Conforme con mis deducciones, que, por otra parte, encajaban a la perfección con el pensamiento de mi amigo permanentemente resentido, continué mi común existencia de olvidos y recuerdos, no sin antes encargar que grabaran esa frase sobre su lápida, en vez de la cruz, en la que no creía, sin duda.

Tiempo pasó sin volver sobre el tema, hasta que un día de difuntos, aprovechando la visita al camposanto para mostrar mis respetos a algún familiar desaparecido recién, quise pasar por el nicho de Gaspar y abrazar nuevamente su memoria.

Bastante rato estuve sobre la tumba imaginando su cojera y la continua queja que le llevó a exclamar, como testamento inmaterial, que el haber no existe.

Volví a pensar en aquella oscura sentencia mirando el grabado del mármol hasta que las palabras me llenaron por dentro, crecieron y se juntaron. De pronto comprendí que, al igual que creía en la mala suerte y no en la buena, mi viejo amigo Palacios, en contraposición al cielo, no dijo el haber no existe, sino el averno existe.

Llave de Oro del cante

Llave de Oro del cante

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. Entre amigos

El miércoles, 30 de agosto, penúltimo día que el Museo Cuevas del Sacromonte le dedicaba a Enrique Morente, consistió en una especie de mesa redonda en la que algunos de sus amigos, capitaneados por Francisco Manuel Díaz, compartieron varias de sus experiencias con el maestro desaparecido. Completaba la escena, aparte del mencionado tocaor y guitarrero, Juan Mesas, promotor musical, Juan Antonio Ibáñez, periodista y directivo de la Asociación de la Prensa de Granada y los cantaores y grandes aficionados Curro Andrés y Antonio Gallegos. La charla estuvo moderada por el cantaor e investigador flamenco Juan Pinilla.

Destaco de esa velada el sentimiento de respeto hacia el artista y el amor hacia la persona, que para alguno de los presentes estaba por encima del creador. Cada uno, con más o menos acierto, comentó el día en que conoció a Enrique, su visión personal sobre el amigo y alguna anécdota compartida, entre las ciento que tendrían en la memoria.

Una aproximación interesante, pero limitada en todo caso. Los ponentes dejaron el acto en manos del azar y el sentimiento. Una improvisación que tan sólo mojó los labios, aparte del interés de los participantes y del esfuerzo dinamizador del moderador.

Relució en definitiva lo que todos sabemos: la genialidad creativa de uno de los flamencos más grandes que han existido, su humildad, su bondad, su grandeza como persona, su socarronería y su humor desmedido rayano en la ocurrencia filosa.

La noche se completó, como no podía ser de otra forma, con flamenco, recordando los cantes de Morente (los que no lo hicieron así, seguramente se equivocaron). Para tal manifestación se contó con un grupo de jóvenes flamencos de la tierra que, en gran medida, ni habían tratado a Enrique.

Al baile, abriendo la primera y la segunda parte, tuvimos a Ana Calí, con Sergio Gómez, al cante, y Alfredo Mesa, a la guitarra. Después intervinieron los más jóvenes (15 años), Tomás García, al cante, y Álvaro Pérez, a la guitarra, el cual terminó tocando una rondeña en solitario. A continuación, Sonia Leiva subió al escenario, acompañada por la guitarra de Francisco Manuel Díaz. Y, cerró la noche, Ana Mochón con la guitarra de Antonio la Luz.

El periodista Ibáñez, después de su intervención, para cerrar la actuación de la mesa, leyó un escrito sobre la persona de Morente y su calidad artística y terminó pidiendo para este eterno granadino la Llave de Oro del cante.

Hasta ahora existen cinco llaves (casi todas ellas con polémica): ‘El Nitri’, Vallejo, Mairena, Camarón y Fosforito. Es un tema delicado, entre otras cosas porque no depende exclusivamente de nadie y por su relatividad. Opiniones hay y las habrá, a favor o en contra. La propuesta, no obstante, fue hecha, de la cual, como cronista oficioso, doy fe.

Quiero acabar, sin embargo, reproduciendo la opinión de Juanito Valderrama, gran cantaor y enciclopedista del flamenco, que creo interesante: El cante no tiene llaves, como tampoco las tiene el campo. La primera llave se la dieron seis amigos en Málaga a Tomás el Nitri, gaditano, nacido en Arcos y criado en El Puerto. La otra llave, la última se le dieron a Antonio Mairena, en Córdoba, por mediación de Ricardo Molina. Si le han dado la Llave del Cante a Camarón después de muerto hay que dársela también a don Antonio Chacón, a Manuel Torre, a Manolo Caracol, a la Niña de los Peines y a Marchena. Pero yo no creo en la Llave, ni le he dado nunca gran importancia. La Llave la dan una docena de hombres y eso para mí tienen poca importancia, la Llave tenía que darla el pueblo, que es soberano y no se equivoca. Además, el cante no tiene llaves y el libro del gusto está en blanco

El público, pienso que de todo el mundo, tiene la palabra.

* Foto de Juan Güeto©.

Como los cantos rodados

Como los cantos rodados

Lorca y el Generalife

Federico según Lorca

Ya comenté el día del estreno (12 de julio) este espectáculo con detalle. Ahora tan sólo me anima, como comenté en aquella ocasión, vislumbrar el resultado evolutivo de dicho montaje en el día de su clausura (27 de agosto).

El balance es positivo y, como llegué a prever, no me defraudo. Aunque debo decir que una segunda lectura siempre es más asequible que la primera. En general Federico según Lorca ganó en dinamicidad, aunque venía durando lo mismo (cerca de dos horas). Algunas aristas se limaron y, como los cantos rodados de un río, se fueron redondeando algunas cuestiones que resultaban estridentes.

Hay que aplaudir, por otro lado, el baile del cuerpo, tanto masculino (Eduardo Guerrero, Fernando Jiménez y Alejandro Rodríguez) como femenino (Mercedes de Córdoba, Lorena Franco, María Moreno). Un baile más maduro y asentado que la simple repetición le llegó como la vaselina. Los músicos, Paco Jarana y Manuel de la Luz, a la guitarra, Enrique 'el Extremeño', José Valencia y Pepe de Pura y Manuel José Muñoz 'Pájaro' y Raúl Domínguez a la percusión, en plena forma, como en un principio. Debo repetir, en este sentido, que el tratamiento musical de la obra puede considerarse exquisito.

El simbolismo críptico, la visión tan personal de Eva Yerbabuena se va aclarando y las claves ocultas en gran medida se dilucidan. El escenario ya no es un laberinto sin una Ariadna que nos indique el camino.

El muro central, sin embargo, sigue pesando mucho. Se come cualquier otro motivo, entre otras cosas la proyección de vídeo de fondo que a veces resulta inútil (maravilloso cuando las imágenes se proyectan sobre dicho paredón). Este muro cobra una vida que al principio no la tuvo (o no fue tan evidente) y comienza a interactuar con la escena y a cobrar una vida propia que le sienta muy bien.

El baile de Eva, como siempre, tan eficaz como esperado, se deja sentir en el garrotín, en la vidalita y sobre todo en la soleá, llamada Del negro al negro, (no se puede bailar mejor). Sus coreografías también son dignas de admiración. El horror vacui, la ausencia de silencios, son inexplicables. Siempre hay movimiento, que no es unísono sino complementario.

El universo lorquiano sigue estando reflejado perfectamente: la marginalidad, el miedo a la otredad, el oscurantismo, el canto, sin embargo, de esperanza… No obstante, hay algo que re-mata el conjunto, que al principio no supe como tomar. Ahora ya estoy seguro de que el gigantón sobra.  El muñecote con el que Eva danza El pequeño vals, como homenaje a Morente, y que después recoge a todos los bailaores en un abrazo final, mientras Pepe de Pura entona una bella serrana, me parece definitivamente ridículo, además de antiestético.

Esperemos que estas reflexiones no caigan en saco roto y que la inteligencia de esta bailaora, si es que las lee, las tome en consideración, aunque sean, ya os digo, apreciaciones muy personales.

* Cartel del espectáculo.

Ayer se cayó una torre

Ayer se cayó una torre

No somos sino el sueño de una sombra.
Píndaro

El sembradío se coloreaba en cuadros de hierba seca o en áridos terruños de piedra oscura, que parecían trazados con tiralíneas. Un joven, semejante a cualquier otro, caminaba embutido en saya parda, espadón al cinto y rodela embrazada a la izquierda.

A ambos lados del caminante, de cuando en vez, se veían otros reclutas huyendo desesperadamente de ejércitos y caballos supuestamente ofensivos. Era una contienda ordenada, sin embargo.

Animado por sus iguales, el joven también comenzó a correr protegido por su escudo, sin dejar de mirar hacia atrás. Saltó de cuadro a su antagónico apenas sin detenerse y sin pensar en las zancadas (alguien pensaría por él).

En plena ceguera entonces, sin advertirlo siquiera, se dio de bruces con torre albina en puesto avanzado, que incomprensiblemente derribó al punto.

No le dio lugar a recapacitar empero, porque un corcel blanco, que rampante saltaba en ele, se le echó encima y se lo comió.

Desde alturas insospechadas, una voz algo nasal, rasgó los cielos diciendo, entre eufórica y decidida, jaque mate.

Un Bordón para Enrique

Un Bordón para Enrique

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. La guitarra toca a Morente

Como estuve invitado en el Festival de Almería no pude asistir el día 23 al Museo Cuevas del Sacromonte, donde actuaron Pepe  Habichuela y Josemi Carmona que, según dicen, fue un gran recital. No lo dudo. Lo que sí presencié con satisfacción, dos días más tarde, fue el torbellino de Juan Habichuela Jr. en ese mismo escenario. El nieto del patriarca Juan Habichuela, uno de los mejores guitarras de acompañamiento que han existido, recién galardonado con el ‘Bordón minero’ en el festival de La Unión, quiso hilvanar un recital de homenaje a Enrique Morente, no sólo interpretando sus temas, sino cantando literalmente con su guitarra como lo hubiera hecho el maestro.

La primera parte fue más íntima. Juan, solo, con la sonanta, expuso algunas de sus nuevas composiciones. Empezó por rondeñas, en las que se acordó de los grandes, como el imprescindible Ramón Montoya. El toque del joven Habichuela siempre ha gozado de una velocidad de vértigo, del rasgueo y de los silencios propios de su familia, de una limpieza admirable, de una creatividad versátil, de una frescura manifiesta y de una flamencura indiscutible. No obstante, si es que esto es posible, Juan se va refinando con el tiempo.

Una taranta, de las que duelen, y una soleá, con profusión de tonalidades bajas y uso del bordón, culminaron esta apuesta solista, para terminar la primera parte con su grupo interpretando una de las últimas bulerías de Morente, si no la última, la preciosista Adiós Málaga, cercana al jaleo.

El segundo pase, dedicado en exclusiva a Enrique, contó con todos sus compañeros, Diego ‘el Coty’ como segunda guitarra, Benjamín Santiago ‘El Moreno’ a la percusión y Alberto Raya al piano, que si bien restaban atención, contribuían notablemente en la base melódica de las piezas. Quizás el yembe (tambor de origen africano) se imponía demasiado.

Comenzó esta última parte por la zambra Aunque es de noche, grabado por Enrique en su disco Cruz y Luna en 1983. Le siguieron unos tangos que nos hacían rememorar un popurrí de letras morentianas, desde el disco Sacromonte hasta los sueños de La Alhambra. El soniquete por tangos en una guitarra de Granada es único e impresionante. Juan continuó por alegrías, haciendo los semitonos y los mismos requiebros de la voz, para terminar con la balada De mi rosa, dedicada al Ronco del Albaicín con concesiones a la fiesta.

Como bis programado, abordaron La Estrella, que lejos de ser un tema recurrente para la ocasión, puedo afirmar que Juan Habichuela lo tenía montado hace más de un año.

* Foto de Juan Güeto©.

Noche gitana en Almería

Noche gitana en Almería

45 Festival Flamenco Ciudad de Almería

Si en la primera jornada del Festival de Almería, con Estrella Morente, tuvimos un flamenco más melódico y castellano, el segundo día primó la raíz y el aguardiente. Todos los actuantes eran gitanos y de la zona de Cádiz, menos Toñi Fernández, que fue la encargada de abrir la noche como artista local.

Toñi, bastante segura a pesar de cantar en su tierra frente a unos dos mil espectadores y compartiendo escenario con varios pesos pesados, se templó por soleá con su voz canastera y sugerente, a la que le siguieron unos generosos tangos, en los que precisó el compás de Jesús Fernández y Tito (que no se oyeron apenas), y en los que se acordó de Morente a los postres. Como guitarra tuvo al preciso Diego del Morao que, sin embargo, no se entendieron a la perfección.

Lo que le sienta mejor a esta cantaora son las formas más sentidas del flamenco, aunque siempre la hemos recordado por los temas festeros, donde puede tener una cierta semejanza con Aurora Vargas. Así, las arriesgadas seguiriyas cautivaron de puro dramatismo. Toñi terminó por bulerías, en las que tuvo que indicarle al Morao que bajara la cejilla después de haberle dado la salía, y que remató a boca de escenario, con una guitarra más acoplada y unos palmeros eficaces.

Pansequito, en segundo lugar, estuvo mejor tratado por la megafonía que la anterior. A la guitarra Parilla, que puede que sea el mejor representante actual del toque jerezano. Los dos tocaores apoteósicos por fiesta.

Comenzaron acordándose de su tierra por alegrías. Panseco está en plena forma, con unas facultades extraordinarias que no defraudaron a su público, aunque su repertorio es añejo y consabido. El mejor de la noche indiscutiblemente.

Continuó por soleá y después unos tarantos, para terminar por bulerías, asomándose sin vértigo al cuplé. Como regalo, unos fandangos valientes, fuera del micrófono, hicieron las delicias de sus incondicionales, que a esas alturas éramos todos.

El último en actuar fue José Mercé, arropado también por Diego del Morao, los dos jerezanos. Como el artista anterior manifestó su alegría de visitar esa plaza y los amigos que acumulaba en la tierra almeriense. A pesar de su dominio y del abrazo seguro de la guitarra, Mercé no estuvo a la altura. No sólo tenía la voz algo perjudicada, sino que no se esforzó. Con todo y con eso, sus seguidores son multitud y alabaron en alta voz hasta su melena desordenada. Las seguiriyas comenzaron por Manuel Molina y terminaron siendo su mejor entrega, a pesar de un imperceptible ahogo en el macho final.

Continuó por malagueñas, correctas pero sin enjundia, y remató por bulerías con un bailecito final, donde sacó sus letrillas del “flamenco 2000” y se acordó del gran Luis de la Pica. Como bis ofreció un poquito más por bulerías, repitiéndose en las letras.

* Toñi Fernández en un momento de la actuación (foto extraida de la edición digital del Diario de Almería©).