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volandovengo

Soleá

Tengo una pena muy mala

me río durante el día

y lloro solo en mi cama.


Pretendes mi dinero;

mira que las tuercas se aflojan,

quiéreme a mí primero.

* Sin querer profundizar mucho más en el flamenco, apunto este par de soleares.

El beso robado (3)

El beso robado (3)

Lidia

Joder, qué lío tengo. La otra noche me planteó Ángel ir al cine. No es mi plan favorito de una tarde de sábado, pero, como no teníamos otros planes, me pareció bien. Entonces se lo dije a Mónica, que me la encontré en la escalera. Ella, al principio no quería venir para no interferir en nuestra relación. Que conoce a Ángel, me dijo. Si ella tuviera pareja sería otra cosa. Yo podía haberle tomado la palabra y que no viniera. Pero me dio cierta pena en parte. Y también por mí. No voy a renunciar a mis amigas porque tenga novio. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Fuimos a una de esas películas que le gustan a Ángel. De esas del espacio y de cohetes. Yo me puse en medio, como es lógico. Así que me tocó aguantar el paquete de rosetas. Yo, la verdad, como pocas o no como. ¡Me dan una tos, que no puedo! Los dos cogían alternativamente, creo. Pero, casi al final de la película, se me ocurre mirar para abajo y Ángel da un respingo. Estaban cogidos de la mano. Así, tan campantes. Delante de mis narices. Es que soy tonta. Encima que la invito, me ponen los cuernos. Mi vecina, mi amiga. Mi intención era levantarme e irme, pero, cómo los voy a dejar a los dos solos. Para colmo la noche continuó en una pizzería y después en un bar del centro. Cuando Mónica fue al baño, le pregunté a Ángel qué había entre ellos. Y, el cara dura, me dice que nada, que no lo ha habido ni lo habrá. Y que lo del cine fue un malentendido, un accidente. Así se llama ahora: accidente. Que te pongan los cuernos delante de tus narices es un accidente. Mi cabreo crecía por momentos. Ángel también se enfadó o hizo como si se enfadara. Cuando volvió Mónica, que se había pintado un poco, él le hizo una mueca. ¡Lo que faltaba! Encima sonrisitas. No lo podía aguantar. ¡Tendrá cara dura! Encima, propuso tomarnos un cubata allí, donde la conocen. Eso ya es un golpe bajo. Ángel, para disimular, dijo que él no iba. Hubiera sido un buen momento para pedirle explicaciones a esa putilla de tres al cuarto. Pero no. Al final fuimos los tres a ese sitio cutre, cutre, cutre. Me tomé un zumo que me sentó hasta mal. Ángel dijo que nos acompañaba. ¡Qué pesadilla! No podía haberse ido ya a tomar por el culo. No, tenía que acompañarnos hasta la mismísima puerta. Intentó cogerme de la mano. Intentó hablarme. Me dijo que me quería con las lágrimas asomando. Pero yo ni caso. Aunque, al llegar a casa me ablandé y él se puso otra vez rígido. Que me besara, si quería, al final le dije. Que subiera al piso. Que podíamos darnos otra oportunidad. Como no reaccionaba, el beso se lo intenté dar yo. Y entonces me quitó la cara. El muy cerdo me despreció. Así que, en un arrebato, dije que necesitaba un beso y se lo daría al primero que pasara. Lo dije en broma, claro está. Pero un chico alto, con pelo largo, buenísimo, que me había oído, me tomó la palabra. ¡Qué bien me sentó ese beso! Ángel, se volvió entonces, y le dio una hostia que lo tumbó antes de irse. Se llama Mario.

* Fragmento del beso de Rodín.

El beso robado (2)

El beso robado (2)

Ángel

No sé cómo empezar. Me gusta Lidia. La quiero. Pero a veces me pone las cosas muy difíciles. La otra tarde quería que estuviéramos solos como una pareja normal. Que fuéramos al cine, tomar algo y todo eso. Y hablar. O no hablar. Simplemente estar juntos, mirarnos, cogernos de las manos, darnos un beso (o cien) y, quizá, fuese la noche apropiada para que me invitase a subir a su casa… Pero no. Se tuvo que presentar con Mónica. Siempre Mónica. Parece su sombra. Estoy harto. Con ella no podemos hacer nada. Ir como amigos, como a los diecisiete años. Y no es que me caiga mal. Mónica es divertida. Y, bien mirado, está hasta buena. Que tiene un culo… No me importaría en un momento dado quedar con ella. Pero hay días y días. Y ese día era especial. Se podía haber quedado en su casa o salir con María del Mar y Daniel, que hacen un buen trío. Daniel dice, sin embargo, que tengo suerte. Que por el precio de una tengo dos. Que me aproveche. Que no sea tonto. Cómo si fuera tan fácil… Lo dicho, estábamos en el cine. Un peliculón de los que me gustan. Futurista. Aunque a las niñas no les gustó mucho. Yo creo que no se enteraron ni de la mitad. Están en Babia. ¡Así son ellas! Mientras no haya amores y lágrimas, las películas no son buenas. Lidia tenía las palomitas sobre su falda. Yo me demoraba en coger, así estaba más cerca de sus piernas. Su mano libre agarraba la mía y yo, la suelta, la llevaba del paquete a la boca. En un momento, Mónica me cogió de la mano. No sé por qué. El corazón se me aceleró pensando si fue adrede o sin querer. Lidia se dio cuenta de todo menos de mi sonrojo, por la oscuridad del cine. Menos mal que estaba oscuro. Por instinto retiré la mano rápidamente. Cuando salimos fuimos a una pizzería a comer alguna cosa. Lo propuso Mónica. A mí me pareció bien. Siempre tengo hambre. Además, necesitaba tiempo para reflexionar, para aclarar que yo no tenía nada que ver con esa provocación, con ese manoseo. Después de comernos un par de pizzas entre los tres (no quisieron ensalada ni ninguna otra entrada), Mónica se fue al baño y Lidia aprovechó para echarme en cara lo de las “manitas” que hicimos delante de sus narices. Que se nos vio el plumero, dijo ella. Fue una casualidad, dije yo. Metimos las manos al mismo tiempo y se rozaron sin querer, proseguí. Parece que cada cosa que decía empeoraba la situación. Esto es como lo de los abogados: cualquier cosa que digas puede ser utilizada en contra tuya. Además, le dije ya ofendido, si no te fías de tu amiga no haberla traído, que nos ha jodido la noche encima. Ella dijo que era un cabrón y dejó de hablarme. Cuando se enfada sin razón me pone atacado. Se calla y que yo le adivine el pensamiento. Quien tenía que estar enfadado era yo. Así que también le hice el vacío. Me quedé como un muerto. Cuando llegó Mónica intenté sonreír pero no me salía. Propuso ir a tomarnos una copa. Yo dije que mejor me iba. Lidia apoyó mi decisión. Así que, al final, no me fui. Y Lidia tampoco. No hablamos nada en aquel pub incómodo y caro que le gusta a Mónica. Ella sí habló. Tonterías. Cosas de mujeres. Cuando acabamos, dije de acompañarlas, aunque sin ganas. ¡Maldita suerte! Las guié hasta la puerta de su casa y les dije adiós. Mi paciencia había acabado. Lidia me pidió un beso. Después de la noche que me dio va y me pide un beso. No, que va. Volví la cara y no le hice caso. Yo también quería besarla, pero no podía. Sería el estúpido orgullo que me lo impidió. Era necesario detenernos un poco y recapacitar. Necesitaba tiempo. Entonces me amenazó. ¡Eso sí que no! Así si que no se consigue nada. Dijo que necesitaba un beso, que si no era el mío sería el de cualquiera. Me volví con cara de quien dice “eres patética”. Y, en ese momento, un peluo soltó su mochila y le endiñó un beso en los morros a mi Lidia, que me dio un asco. Que me volví y, con el impulso y la rabia, le di un puñetazo con la mano abierta en toda la cara que se cayó al suelo, con su sonrisa de estúpido todavía puesta. Miré a Lidia con desprecio. Como con ganas de llamarla puta, de no sabes lo que haces. Me di la vuelta y me fui rápido.

* Ilustración de Nuria Quevedo para el libro "Casandra" de Christa Wolf, Círculo de Lectores, 1987.

Nuestro hombre en la sombra

Nuestro hombre en la sombra

Presentación del disco “Corral del Carbón” de Antonio Campos

Antonio Campos no es un cantaor que haya ocupado carteles, no es un flamenco de bandera, que se prodiga recitales, ni siquiera ha ganado concursos prestigiosos para tomarlo en cuenta. Sin embargo, Antonio Campos es un cantaor imprescindible para tratar del flamenco en Granada en esta última década. Curtido atrás, este granadino, nacido en Cataluña, ha cantado para algunos de los más prestigiosos bailaores de la actualidad, desde Isabel Bayón a La Moneta, desde Rocío Molina hasta Patricia Guerrero o Javier Barón. Desde hace algún tiempo, ¿dos, tres años?, comienza a sentarse alante para “hartarse de cantar con una sonanta que le haga volar y tener el soniquete por kilos”, según confiesa en su disco. Porque su salto a la boca del escenario ha sido por derecho, se la ha ganado a pulso, como José Valencia o, en otros tiempos, Chano Lobato. A Antonio le acompaña su voz potente y sus facultades, su seriedad y su compás y ese respetuoso estudio del flamenco que define a los buenos aficionados.

En verano de 2007, en los Encuentros Flamencos del Corral del Carbón, Antonio Campos tuvo una gran actuación, que fue grabada para componer un trabajo discográfico. En aquel entonces, en estas mismas páginas de Granada Hoy, definí la noche “de compás y entrega, de complicidad y de admiración”. Rodeado tan sólo de Dani Méndez, “uno de los guitarristas más creativos y sensibles de la nueva hornada del flamenco”, y Carlos Grilo y Luis Cantarote a las palmas, “una pareja de lujo, que lleva el compás jerezano en las venas”, nos brindaron una velada auténtica.

Ahora, para la presentación del cedé, que lleva el título de “Corral del Carbón”, que fue su cuna, se repite la actuación en el teatro Isidoro Márquez de Caja GRANADA, con algunas sorpresas. Refuerza el compás el gran palmero sevillano Bobote; y, para la soleá, descansa la guitarra del de Morón, y se hace acompañar de dos sensibilidades: al piano Pablo Suárez y José Luis López con el violonchelo. Es la única concesión a la vanguardia, al flamenco más esquinado. Aparte de esto, su tratamiento es de lo más ortodoxo.

El orden sigue el mismo esquema del primer recital, y por ende de la grabación. Comienza con un romance por bulerías, que es el que le da nombre al disco. Continúa con las malagueñas “Juanillo el Loco”, donde se acordó de ‘El Mellizo’, y se abandolaron con verdiales lucentinos y fandangos del Albaicín. Por Cádiz también fue tradicional, sin embargo su tratamiento tiene ese toque especial del cante de interior. Las soleares aludidas más arriba, aunque siguen el paralelismo de la grabación, no la calca. Además de ilustrarla con instrumentos sinfónicos, la termina con la soleá apolá, al estilo de Triana. “Santiago y Santa Ana” son las seguiriyas, que popularizó Manuel Torre, que dan paso a “¡Que ya está aquí!”, las bulerías finales, donde él mismo Campos, junto con ‘El Pulga’, firman la autoría de la letra. Como bis, un poquito por tangos, vindican su origen granadino.

El beso robado (1)

El beso robado (1)

Mónica

Qué fuerte lo que le pasó a Lidia el otro día. Bueno, a Lidia y a su novio. Iba yo con ellos. No es que me guste. Pero siendo una de las mejores amigas de Lidia, me suele llamar para salir con ella. A mí no me gusta salir con parejas. Prefiero cuando salimos las chicas solas. No sólo es más divertido, sino que cada una va a su bola. Hacemos lo que queremos sin ningún novio o marido al lado que te corte el rollo. Como cuando nos metimos en el bar gay. Todos creían que éramos lesbianas. Nos besamos y todo para seguir con el rollo. Fue superdivertido. Pero con parejas es distinto. Además, llega un momento de la noche que se enrollan, aguándote la fiesta. Y yo qué. A mirar para arriba, a limarme las uñas hasta que acaben, a hacer cola en el lavabo… Aunque hay otras parejas peores. Manolo y Susi, que no se sueltan de la mano ni a la de tres, y se llaman ratoncito. Qué cursi. Es superempalagoso. Así no dan ganas ni de tener novio. Aunque si lo tengo, puede que hagamos lo mismo. Otra vez, el novio de María del Mar no hacía nada más que tirarme los tejos. ¡Qué fuerte! Y yo, qué me dejes. Hazle caso a tú novia. Yo, la verdad, aspiro a otra cosa. Se lo tuve que decir, aunque no me importaría tener un rollito con Daniel. Pero eso a una amiga no se le hace. Sería supercutre. Me fui a mi casa y ellos cabreados. Daniel le tira los tejos a cualquiera. Si no está a gusto con María del Mar que la deje y punto. Ahora parece que se van a casar. Se han comprado un piso. Yo creo que no van a durar mucho tiempo. Lo malo es si tienen niños… Esto es un lío. Bueno, lo que estaba diciendo. Como insistió tanto Lidia, le tuve que decir que sí, que me iba al cine con ellos. Después de la película, de esas de marcianos, que no se las cree ni dios, nos fuimos a la pizzería. Algo había que comer. En el cine se portaron. Creo que no se dieron ni un beso. Se limitaron a estar cogidos de la mano y comentarse cosas al oído mientras compartían un paquete de palomitas. Bueno, mientras compartíamos un paquete de palomitas. Lo sostenía Lidia, y yo a la izquierda y Ángel a la derecha, cogíamos indistintamente de la bolsa. Nuestras manos, las de Ángel y las mías, se juntaron en una ocasión. Yo di un brinco y me puse roja, creo. ¡Superfuerte, oye! Seguro que me puse roja. Por eso casi no comí más palomitas. Que estaba un poco harta, le dije a Lidia. Abrí mi lata de cola y me la bebí en silencio. La película tampoco me gustaba mucho. La eligió Ángel. Qué vamos a hacer. En la pizzería también compartimos pizza. Bueno, pero allí con más orden, había luz y no estabas pendiente de la pantalla. Además, a cada uno correspondían dos trozos de pizza. Así que sin problemas. Pedimos dos, pues cuatro trozos para cada uno. Pedimos postre y todo. Yo fui al baño. Deje mi parte y me fui al baño. Dos latas, tengo que soltarlas como sea. Cuando volví, no se qué había pasado. Tenían caras largas. Se habían enfadado por algo. ¡Joder qué rollo! De todas formas, propuse tomarnos una copa al pub de siempre, ése de madera vista. Para ver si se animaban, para ver si Lidia me contaba algo. Estuvimos solas un tiempo, mientras Ángel iba a pedir, pero Lidia no dijo ni mu. Al rato, con los ánimos por los suelos, decidimos retirarnos. ¡Vaya sábado! Ya en casa le sonsacaría algo, porque, además, somos vecinas. Ángel nos acompañó hasta la puerta del portal y Lidia le pidió de subir. Él, que no. Que estaba muy cansado, que trabajaba al día siguiente. Lidia vio que era inútil seguir insistiendo, así que le dio las buenas noches y, cuando inclinó la cara para besarlo, Ángel se apartó como si le hubieran puesto un cubito de hielo en la espalda. “¿No quieres besarme?”, preguntó Lidia ante la evidencia. Él dijo que mejor dejarlo así, que mañana hablarían. Ella dijo que sólo un beso. “Por favor”, parece que añadió. Anda que yo voy a pedir un beso por favor. Es superhumillante. Ángel con la boca apretada y gesto de desafío, como de quien tiene la sartén por el mango, pronunció un rotundo adiós y se dio la vuelta. Lidia casi le gritó que si no era con él, sería con el primero que pasara por la calle. En ese momento pasaba un chico por nuestra acera, moreno y alto, que oyó el comentario y, sin pensarlo dos veces, dejó la mochila en el suelo y le dio un beso a Lidia en toda la boca. No me lo podía creer. Y Lidia se lo devolvió. Vaya que si se lo devolvió. Le cogió la cabeza y todo. Fue un segundo, pero parecieron horas. ¡Qué fuerte! Un segundo fue lo que tardó Ángel en darse la vuelta y soltarle un tortazo al chico de la mochila y tirarlo al suelo. Y, sin decir nada más, se fue a su casa.

* El beso robado es un cuento en cuatro partes.

** Con un fragmento del beso de Klimt.

Fandango

Al no tener yo fortuna

no me quedé ni con doce,

ahora tengo la luna,

todo el mundo me conoce,

y ya no les paso ni una.

* Con mucho respeto, he ensayado escribir algunas letrillas de flamenco.

Mi padre y los maquis

Mi padre y los maquis

Me faltan datos. He interrogado a mi padre, pero no recuerda gran cosa.

Hacía el servicio militar. Tenía 17 ó 18 años (nació en el 1929, así que corría el año 46 ó 47). La posguerra aún estaba vigente.

Guerrillas antifranquistas, conocidos por maquis, se echaban al monte a malvivir. Aunque, quién no malvivía en aquella época.

La mili de mi padre (Pepe) fue más o menos placentera.

Sin mucho empeño, Pepe siempre ha caído de pie, ha sabido buscarse su hueco. No era un hombre con demasiados estudios, los básicos, pero sabía escribir a máquina. Asi que frecuentaba a menudo las oficinas, librándose de alguna instrucción. No era enfermero, pero sabía poner inyecciones. Vacunaba a sus compañeros y él se abstenía del pinchazo y de alguna que otra guardia.

Sin saber música, tañía la guitarra. Sin saber ninguna canción (nunca ha llegado a aprenderse una letra completa), cantaba sin vergüenza (estuvo en un coro en su juventud y en la tuna y no sé qué más...).

Pepe era deportista. Por practicar, practicaba desde las carreras de vallas hasta el frontón, pasando por el lanzamiento de peso.

También era un gran tirador (tenía medallas y alguna copa, recuerdo, de tiro al blanco). Con alguno más de los reclutas, era siempre de los primeros en su regimiento.

Sus superiores, conociendo su habilidad con la mirilla lo llamaron un día. Junto a él, dos más.

(En aquel tiempo, los soldados se llevaban el fusil a casa porque los maquis robaban en el cuartel y se los quitaban. Ignoro si los cocineros se pasearan también los huevos y las legumbres hasta sus viviendas. Más tarde, los mreclutas, tan sólo se llevaban el percutor a la anochecida. Pesaba menos y no era tan peligroso.)

Los superiores, el sargento, creo (nunca he sabido de graduaciones ni de estrellas pectorales), les dijo que tenían que coger sus armas y bastante munición, subir al paraje conocido como Las Conejeras, en los altos de Huétor Vega, dónde se escondía una cuadrilla de maquis, aposentarse en algún lugar estratégico y, cuando vieran salir a uno de estos guerrilleros, disparar a matar (después, si acaso, preguntar).

El color blanco hizo presencia en la cara de estos tres jóvenes, quienes, con justeza y buen juicio, dijeron "no, gracias", que ellos no estaban allí para matar a nadie, que, si quería cazar a cualquier rojo, naranja o rosado, que se lo ordenara a los soldados profesionales.

Imagínate tú, me cuenta mi padre, tres chavalillos con 17 ó 18 años, disparando contra la gente, por muy enemigos que sean. Nosotros estábamos allí de paso y ni si quiera esa guerra nos pertenecía, parece que pensaba.

Imagínate, repitió, que, durante toda la vida, hubiéramos tenido sobre nuestras conciencias la muerte de dos o tres de estos maquis.

Pepe mira hacia arriba, mira hacia abajo y mira hacia adentro. Traga saliva y simula el conato de un escalofrío.

* Fotografia d’un graffiti sobre maquis que vaig fer a Sallent, Barcelona (extraída de la Wikipedia).

La reina

La reina

La mañana del domingo llevé a mi hijo al teatro. Comenzaba el XI Festival Internacional de Teatro con Títeres, Objetos y Visual. Un poco a ciegas y un poco escamado, con bastante tiempo, fuimos desmenuzando el camino hasta llegar a la taquilla con bastantes minutos de antelación (soy prepuntual; prefiero esperar, que me sobre tiempo, que ir con la hora adherida en las nalgas.

La obra se llamaba "La casa del abuelo" y, según el programa iba sobre la muerte. "Cuando el abuelo se marcha para siempre, los que quedan, construyen una casa para que no se sienta solo".

Juan no ha vivido, excepto las películas, ninguna muerte cercana. No sabía cómo se lo enfocarían ni cómo él lo vería, lo sentiría.

La obra es bonita. La única actriz, Rosa Díaz, que, a su vez, maneja los títeres estaba llena de sensibilidad y nostalgia. Nos presenta la muerte como una continuación. "Dicen que los que se van sobreviven gracias al recuerdo que de ellos pervive en quienes los amaron..."

Al final, los niños (agrupados en torno al escenario, mientras los mayores ocupábamos las butacas a sus espaldas) disfrutaron, se lo pasaron bien, se rieron e hicieron sus gracias. Los mayores nos derretimos y, al que menos, se nos saltó una lágrima (al lado mía había una joven mamá, de una niña de la edad de Juan, que  lloraba sin consuelo, empapando trozos y trozos de ¿papel higiénico?).

De vuelta a casa comentamos por encima la obra. Ante mis preguntas, algunos monosílabos desganados, me impulsaron a desistir de nuestro minifórum.

Sin venir a cuento, Juan me preguntó:

—¿Sabes cual es la reina de las palabrotas?

—No, ¿cuál es? —contesté alarmado.

Gilipollas —respondió tan tranquilo.

—Es verdad que es la reina, es muy fuerte, no debes decirla, etcétera —intenté ser claro y conciso en mi moralina.

—¿Y la reina de las letras? —siguió preguntando sin hacerme caso.

—No —resumí.

—La a —mi sonrisa le llevó al siguiente escalafón de su juego —¿Y la reina de las palabras?

Sin darme tiempo a pensar, se contestó a sí mismo: —Luz, la reina de las palabras es la luz.

Nunca lo había pensado, creo que no pensé, cuando me impuso otra soberanía.

—¿Y cuál es la reina de los árboles? —no sé si llegué a imaginarme algún árbol con carácter real y género femenino.

Pero el juego no consistía en que yo adivinara, sino en que escuchara su discurso. Así que me dijo:

—Las raíces. La reina de los árboles son las raíces porque por ahí se alimentan.

Cuando más me interesaban sus deducciones, mientras caminábamos, volvimos una esquina y, una cuesta muy larga y empinada, hizo que se olvidara de las reinas y se planteara la bajada en bicicleta. A pesar mío, cambiamos de tema.

Palabras de libertad

Palabras de libertad

VIII Concurso Nacional de Flamenco en las Prisiones

Se cierra el círculo. Enrique Morente decía por tangos “…yo canto para que se me vayan las fatiguitas y las penas”. Los orígenes del flamenco están emparentados al día a día de las capas más necesitadas de los andaluces, sus quejas y vindicaciones. Eran gritos de queja, pidiendo justicia y libertad. Los primeros cantes se asocian al trabajo y al campo, pero también a los castigos y a la prisión, de ahí las carceleras. Ayer se celebró la final de guitarra y de cante del VIII Concurso Nacional de Flamenco en las Prisiones en el Centro Penitenciario de Albolote. Una actividad asociada a las cárceles andaluzas desde hace veinte años. A esta edición del concurso se han presentado, entre todas las modalidades, cerca de cien personas, de las cuales llegaron a la final cinco cantaores y tres guitarristas, todos de nuestra Comunidad Autónoma. Entre los miembros del jurado podemos destacar a los cantaores Segundo Falcón y Juan Pinilla o a Miguel Clavero, Presidente de la Peña de La Platería.

En el escenario colgaban cuatro enormes abanicos de papel pintados gentilmente por el “Niño de las Pinturas”. El teatro de la cárcel estaba lleno, casi todo de reclusos que, para ellos, es además una fiesta. El sonido no era el deseado. Como guitarrista oficial del concurso figuraba Ramón del Paso, limpio y comedido. El ganador en el apartado de cante, proveniente de la Lancha de Cenes, fue Martín Povedano ‘El Curro’ que cautivó por levante y malagueñas, y remató con abandolaos de Frasquito. En guitarra se alzó con el triunfo Serafín Villena, también de Granada, interpretando una rondeña de Paco de Lucía y unos tangos.

El resto de cantaores, con un nivel más que notable, fueron María Josefa Gómez Santiago, natural de Málaga, que hizo tientos-tangos y un par de fandangos; Ramón Durán ‘El Extremeño’, desde Córdoba, que, con una estética y un repertorio “chocolatero”, ofreció un par de tarantos y seguiriyas; Oscar Medina Capitán, de Málaga, destacó por levante y bulerías acamaronadas; por último, Manuel Romero nos dejó seguiriyas y soleá. Los otros dos guitarristas que participaron fueron Juan Carmona López, emparentado con los Habichuela, rondeña y soleares; y Juan Moreno Fernández, de Almería, que hizo taranto y soleá.

El metro de Granada

El metro de Granada

En Granada nunca se deberían haber quitado los tranvías. Los de mi quinta y mayores nos acordamos cómo recorrían las calles de la ciudad con su destello amarillo y su traqueteo eléctrico. Con el tranvía nos subíamos a Cájar o a Huétor Vega, donde mi abuelo jugaba cartas y bebía chatos, o a Guéjar Sierra, al Charcón, donde comenzábamos nuestro paseo campestre o nuestro baño en las gélidas aguas del San Juan.

En Granada nunca se deberían haber quitado los tranvías. Como no se deberían haber embovedado los ríos. Como no se deberían haber removido las tierras de la laguna de las Yeguas. Como no se debería haber atentado contra nuestro patrimonio, contra nuestros artistas y nuestros pensadores.

Ahora nos prometen el metro y lo que obtenemos, por ahora son socavones, cortes en las calles, embotellamientos continuos.

El metro llegará, sin embargo, como ha llegado a Sevilla (¿después de 40 años?). Tan sólo espero que haya merecido la pena el levantamiento obrero por su futuro paso; espero que haya merecido la pena nuestra paciencia; espero que haya merecido la pena el presupuesto millonario que se ha invertido (y lo que queda); espero que haya merecido la pena el triunfo perentorio y medallístico que ya se está colgando más de uno.

A vuelapluma, le pediría al metropolitano de Granada que sea asequible a todos, que su precio sea competitivo con otros medios de transporte; que pase con asiduidad y no desfallezcamos en sus paradas; que sea rápido y no desfallezcamos en su interior, que no sea más efectivo coger el bus o ir andando; que tenga paradas estratégicamente útiles; que no entorpezca la dinámica de la ciudad, en su caso, tanto peatonal como automovilístico; que abra un importante cupo de contratación; que sea cómodo; que sirva para embellecer la ciudad; que se expanda por otras zonas (si funciona todo lo anterior)...

Seminuevo

Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta
y añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero,
acaso,
si no era conforme su adquisición.
Que me quedara como estaba,
al fin,
con una triste mano atrás
y delante un cartel
para cubrir mi vergüenza.

La edad de bronce

La edad de bronce

Flamenco viene del Sur

En nuestro paladar empieza todo reza el manual, cuyo texto insinúa más que aclara. Si acaso, recomienda no tener prejuicios, desnudar el alma y dejarse llevar por las sensaciones, por la estética, por el sonido, por el equilibrio. Porque “El cielo de tu boca” es una obra tan enigmática como sugerente que Andrés Marín presenta en Granada después de su estreno en la pasada Bienal. Una fórmula ascética nos guía, o termina de confundirnos, desde el programa de mano. Es la Contemplación, la Acción, la Ebriedad y la Disolución. Son cuatro partes emparentadas y nada definidas para entrar en la cosmovisión de Andrés y su equipo.

En el escenario gravitan campanas de todo tipo, que Llorenç Barber, el campanero polifónico, va sonando de una manera ancestral, mostrando quizá que su sonido plateado entronca con la raíz del flamenco. El baile de Andrés Marín es sobrio, quebrado y minimalista. Se sumerge en la estética de Israel Galván. Un estilo, al que Belén Maya dio en llamar Flamenco Empírico, que también persiguen Rocío Molina, Amador Rojas, Nani Paños y tantos otros.

Las alegrías son reconocibles y agradecidas. Retazos de la Escuela Sevillana delatan al bailaor. Será el único braceo palomar de la noche. Por lo demás, hierático desde la cintura, mientras con los pies lanza un diálogo lleno de sentido y compás. La propuesta, arriesgada como pocas, se derrumbaría sin embargo si no contara con una buena base flamenca (la abstracción y la vanguardia deben partir del conocimiento) y un armazón musical de peso. Un paréntesis en las cantiñas, sorprende al bailaor cantando una malagueña, de Fosforito el Viejo, por derecho.

Las campanas siguen acompañándonos con su eco broncíneo. Segundo Falcón, Enrique Soto y José Valencia, al cante, tienen asumido el juego, enseñan sus cartas y suben la apuesta con algunas comicidades, tipo Antón pirulero” o Niños de San Ildefonso. Antonio Coronel, con su batería y su caja, da la contrarréplica al badajo. Las bamberas se convierten en otro de los momentos amables, antes de que el vídeo radiografíe al bailaor, que aparecerá con cencerros a la espalda abordando unos cantes camperos.

La farruca se destila y contemplamos su esencia. Salvador Gutiérrez, con su guitarra transportada durante todo el espectáculo, hace alarde musical en esta pieza. Nuevos metales dan paso a un par de tonás, que introducen las seguiriyas. Es un momento simbólico, en el que Andrés baila alrededor de una peonza. Un paso a dos entre humano y objeto que nos puede recordar al movimiento de los astros. La salmodia polifónica también acompaña toda la obra dotándola de una espiritualidad obsesiva. Las luces parpadean al compás del bronce y las campanillas toman tanto protagonismo como la “Campana Gorda”, ¿don Antonio Chacón?, que baja para ilustrar el último pase del bailaor (badajo versus badajo).

Termina la función por bulerías, quizá lo más tópico de la propuesta, quizá lo único sensato para la cuadratura de los aficionados.

* FOTO: Flamenco-world.com © (para no advertirlo).

Reclamos discotequeros

Reclamos discotequeros

Durante mi mocedad hasta bien entrada mi edad madura, si acaso la he alcanzado (aunque la paternidad obliga, en todo caso), las mujeres entraban gratis a la discoteca. Era algo tan natural como lógico. Donde cae la hembra, el varón va de cabeza.

Era un reclamo obvio, sin retorcidas pretensiones, aparte de la aludida. A veces, se facilitaba el pase, según la época si venías en pijama, enrollado en una sábana, a manera de toga, o en bikini. Era divertido y picante, a veces. Pero nunca escandaloso.

Que me perdonen legalistas, liberales, feministas y demás etiquetados para declarar guerra santa. Lo que ocurre hoy (y ocurrirá mañana, esperemos) es lo mismo. El morbo, lo obsceno, la humillación, está en gran medida en quien lo evalúa. (Más sufre el que ve que el que enseña.)

En Granada se subastan chicas en una discoteca. El fin no lo sabemos claramente. Unos días atrás se subastaban chicos y no pasó nada. Quien quiera entrar en el juego, ser subastado o pujar, es libre. Como si en la fiesta del bikini vas vestido de buzo o con cualquier otro burka.

En Almería, se lleva una copa gratis la que vaya en minifalda, y en Málaga, la que vaya vestida de colegiala. No deja de ser un juego, un reclamo que se merece unas risas. Hay quien se viste de estudiante o usa mini sin proponérselo.

También recuerdo, en mi atolondrada juventud, que había un bar que si tomabas siete, ocho o nueve cervezas (el número no lo tengo muy claro) te regalaban la siguiente (con sus respectivas tapas). Todos los amigos, sin necesidad de mostrar carnéts de identidades, rellenábamos el cupo y a veces lo doblábamos. Eso sí era punible proselitismo alcohólico.

Hay muchas cosas por qué preocuparse. Cosas para escandalizarse y caernos del asombro. Hay mucho qué denunciar y mucho por lo que luchar.

Dejemos en paz a la juventud y al juego de las apuestas. Porque desde que el mundo es mundo tiran más dos tetas que dos carretas (sin ánimo de macho, aunque sea cabrío).

Cuando se convoca al duende

Cuando se convoca al duende

No se necesitan lugares de renombre ni momentos excepcionales para estar a gusto; no se necesitan grandes escenarios ni un público numeroso para convocar el duende. Sólo hace falta un cantaor con facultades, un guitarrista inspirado y el silencio admirado de alguien que escuche. El viernes, Luis Heredia ‘El Polaco’, visitó ‘Solera y Caña’ de Maracena, una peña tan pequeña como auténtica. Su formalidad y compromiso hacen de ella un enclave necesario en una posible ruta flamenca.

La promesa de que tocaría Paco Cortés fue un reclamo, pero, al oír al malagueño José Antonio Chaparro sustituyéndole, no lo echamos de menos. Su manera de tocar la guitarra, firme, con clase y gitana, no sé por qué, parecía emparejar mejor con la entrega de ‘El Polaco’, que, sin menospreciar a nadie, el maestro granadino. Luis Heredia hizo dos partes bien diferenciadas en las que expuso todo su saber. Con grandes facultades y recursos y con una voz poderosísima fue hilvanando los cantes de manera ascendente. La primera parte la ocupó con un puñado de cantes básicos, que abordó por derecho.

Por una especial interpretación, brindó a la peña una soleá y una caña. La caña, su primera entrega, fue rematada con un polo y unas letras de Juan de Loxa. La potencia del cantaor era evidente y su entrega agradecida. Un par de malagueñas, donde se convocó a ‘El Canario’, y otros tantos abandolaos por Frasquito, continuaron el recital; para pasar a levante y a la soleá esperada. Esta primera tanda la culmina con granaína y media.

La segunda parte, sin descansos para no enfriar, fueron cantes rítmicos, en los que demostró su versatilidad y largura. Para ellos llamó a las tablas a la bailaora Isa Vega y a su alumna Mari Carmen Gómez para hacerle compás y a Rafa Vega con su cajón efectista. Comenzó con un romance por fiesta incluido en su disco “Constancia”. Sigue calentando el ambiente con tangos, que se asoman al Camino. Las alegrías no dejan duda de sus inicios como cantaor de atrás. Un respiro viene en forma de fandangos. El primero sentado ante el micro, el segundo, valiente, a boca de escenario. Termina la fiesta por bulerías, en las que bailan las palmeras. Especialmente, para Isa vega, introduce aires de Utrera francamente agradecidos.

* Carátula del segundo disco de Luis Heredia ’El Polaco’.

Soy un cantaor ‘apayao’

Soy un cantaor ‘apayao’

'El Polaco' canta esta noche en la Peña de Maracena

Luis Heredia ‘El Polaco’, uno de los referentes del flamenco clásico granadino, actuará esta noche en la peña ‘Solera y Caña’ de Maracena, acompañado por la guitarra exclusiva de Paco Cortés. Afincado en Sevilla desde hace ocho años, donde asegura que el flamenco es más fácil, aparece puntualmente en su ciudad natal para brindarnos su buen hacer de gitano todo terreno. Con su voz laína y poderosa, con sus cualidades canoras y su compás indiscutible, ‘El Polaco’ se ha convertido en ese corredor de fondo imprescindible para comprender la evolución del flamenco en Granada.

Aprovechando su paso por la ciudad, a la que le guarda las distancias, aprovechamos para hacerle unas preguntas.

- Siendo un artista granadino, desde hace bastante tiempo no te prodigas por nuestra tierra.

- Llevo ocho años fuera de Granada, viviendo en Dos Hermanas, en Sevilla. Aquí el trabajo está mucho mejor, hay más oportunidades. Y la gente, al mismo tiempo. Varía mucho el trato.

- Este último año, sin embargo, es la tercera o cuarta vez que vienes.

- Sí. Estuve en La Parra y en La Platería , las dos peñas más importantes que hay en Granada. Y ahora voy a ‘Solera y Caña’ de Maracena. Me acompañará Paco Cortés a la guitarra.

- Los aficionados no se han olvidado de ti. ¿Cómo han acogido tu regreso?

Granada siempre me ha tenido una admiración especial. Yo no me quejo. Porque Granada es, como yo digo, una tierra flojita para lo que es el arte. Y sobre todo para los nuestros, para los flamencos. Porque hay una especie de rechazo al artista local. Las instituciones y las entidades que organizan algo en Granada, incluso los aficionados, valoran más a cualquier artista que venga de fuera que los de dentro. Yo tengo ya experiencia, porque tengo cierta edad, y conozco cada provincia andaluza y sé que Granada es muy estricta a la hora de reconocer al artista granadino. Ya no sólo en el flamenco, es en todo. A nivel cultural y deportivo, Granada no se vuelca como otras provincias.

- Eso ha cambiado sensiblemente. En estos últimos tiempos hay una hornada de artistas jóvenes a los que se les cuida y triunfan tanto aquí, en su tierra, como fuera. Por ejemplo, Marina Heredia, Juan Pinilla, Fuensanta ‘La Moneta’, Patricia Guerrero…

- Perdóname, pero esos artistas terminan haciéndose fuera, porque afuera es donde se les reconoce realmente.

- Te veo resentido con Granada.

- Sí, estoy dolido. Artistas ha habido siempre en Granada, pero no han sabido reconocerlos en nuestra tierra. En distintos tiempos y en distintas etapas, ha habido siempre artistas muy muy buenos. Te digo esto porque la experiencia que yo tengo es esa. Aquí en Sevilla sale cualquier persona joven haciendo un poquito de ruido y enseguida lo apoyan, le dan toda la ayuda posible. Y, si después, en realidad no sabe o no demuestra cualidades, se queda en el camino. Pero de momento ya lo están ayudando. En Granada, sin embargo, lo que hacen es criticarnos. Lo que no puede ser es que un cantaor que lleva tres días cantando se le exija como quien lleva treinta. Cuando yo empecé a hacer mis primeros pinitos, era raro el día que no venía alguien, cualquier personaje de los que se creen entendidos, dando quejas y diciendo que así no se hace. Quizá de los artistas que nos hemos hecho un nombre desde Granada, sólo estamos Marina Heredia y yo.

- Perteneces a una familia numerosa en la que nadie se ha dedicado al flamenco.

- Bueno sí. Hay gente en mi familia que canta. La que está un poquito más puesta es mi sobrina ‘La Nitra’, que es una gran cantaora, pero que no le hacen caso para nada. Por qué. Porque es de Granada. Cuando sale fuera la admiran. Pero está aislada y se ha hecho a ese ritmo de vida que tenemos en nuestra tierra.

- Eres un cantaor todo terreno. Aunque dominas todos los palos y estilos, se te considera un cantaor festero. ¿En qué cantes te encuentras más a gusto?

- Esta pregunta me la han hecho ya más de mil veces. Yo soy un cantaor de ritmo, puesto que mis inicios fueron para bailar. Soy un cantaor eminentemente festero. No he querido nunca innovar. Siempre he hecho las cosas muy ortodoxas. Dentro del compás sigo siendo ortodoxo. Luego me dedico también a hacer cantes que los gitanos habitualmente no hacen. Me he abierto a cualquier tipo de cante. Soy más ‘apayao’ que ‘agitanao’, según los críticos. Mi cante es muy básico. Tengo una voz laína y con buenos registros, lo que me permite hacer todo tipo de cantes.

- Te hemos visto en innumerables festivales, donde, a menudo, has ido como cabeza de cartel. Hoy viernes a cantar en la peña de Maracena. ¿Prefieres los grandes espacios o el pequeño formato de la peña, el teatro o el cuartito?

- Me encuentro más identificado en la peña, donde sacas para afuera lo que tienes. Los festivales se hacen muy cortitos. Buscas los cantes más efectistas, para la mayoría. Y, en una peña se canta con más sentido común. Estás abierto a cualquier cante. El público es más exigente.

- ¿Qué te oiremos interpretar esta noche?

- No tengo nada programado. Como siempre, haré un abanico de cantes básicos y cantes rítmicos. Haré algún cante que no se me ha escuchado por aquí. Y lo que me pida el público.

Poética

By this, and this only, we have existed

T.S. Eliot

 

Escribe y calla.
Mancha el ambiente.
Mécete cuerno a cuerno de la luna.
Haz que tu estómago haga gárgaras
con todo el semen de tu hastío.
Enjuga el paso de la vida
con la
luenga esponja del verso.

* A modo de Jesús Munarriz, en el año 86, escribí esta poética, que reviso breve para publicarla en este blog.

Los primeros de la fila

Los primeros de la fila

Flamenco viene del Sur

De violeta y oro comienza Patricia a bailar por cantiñas. El escenario del teatro Alhambra impone respeto. El ciclo de “Flamenco Viene del Sur” impone respeto. El público expectante, todos flamencos, todos seguidores, todos con lupa, impone respeto. Su propio programa, un ambicioso “Corazón flamenco del Albaycín”, en el que se desea homenajear a la peña de La Platería, en su sesenta aniversario, y al barrio flamenco y moro en general, impone respeto. La bailaora, sin embargo, consciente de todo ello, lleva el baile a su terreno y borda lo que mil veces ha ensayado, con algunos pasos sobresalientes. Consciente de todo ello, se rodea de un cuadro de excepción, en su mayoría gitanos (dato interesante, aunque contingente).Miguel Lavi y Juan Ángel Tirado al cante; Luis Mariano y David Carmona a la guitarra; y Miguel "El Chetenne" a la percusión. Es una noche especial.

Juan Pinilla conoce también el juego y también muestra sus cartas. Apuesta alto, pero no va de farol. Arriesga hasta el límite. Tiene claro su norte, ofreciendo un  recital comprometido, poético y melodioso. Hay quien espera a un Pinilla más flamenco, más puro. Pero, yo les digo, que es el Pinilla más honesto y el más coherente con sus ideas, con sus maestros, con la trayectoria del flamenco actual.

Por tonás entra al escenario. La toná chica y la de Tomás Pabón, en donde adapta un texto de Nietszche y un poema propio, con aires de petenera, dedicado a Charico (cantaor de Granada, tristemente fallecido, destinado a la gloria), que dan pie a las seguiriyas al estilo de Cádiz y Los Puertos, para rematar por cabales.

Patricia Guerrero hace su segunda aparición por soleá y bulerías. Vestida de negro cautiva por su profundidad y reflexión. Es una soleá antológica. Aunque quizá le falte un poquito más de seguridad y distensión.

Luis Mariano, con su indiscutible limpieza y perfección, introduce un garrotín con la guitarra. Juan entremezcla letras suyas con canciones populares y textos de José Bergamín, para acabar con tangos de falseta del Sacromonte. Necesario el compás de las hermanas Heredia. De aquí se va a levante, tarantas y cartageneras; hace un guiño a Morente; y termina con abandolaos (rondeña, “Donde habitan las Manolas” y fandangos del Albayzín). Su final en solitario es el tributo en mayúsculas a Granada y el barrio alto. Del “Adiós granada”, pasa a “Las tres morillas”, que musicó Lorca, y a algunos cantes por fiesta de Morente, para acabar, como si se tratara de un himno, con el “¡Anda jaleo!”.

Termina esta especial noche con los dos protagonistas, los primeros de la fila, haciendo guajiras, acompañados de todos los músicos. Es un baile insignia que Patricia domina. Es alegre y seductor. Juan canta a su lado, en pie, y se acuerda de Miguel Hernández y otras letras populares. A su final, se van cogidos del brazo, satisfechos del horizonte que se abre. Es un fin de fiestas redondo, en el que reconocimos la importancia del sonido impecable de Juan Benavides.

* Patricia Guerrero por soleá (© Nono Guirado).

Gormiti

Gormiti

Si tienen niños pequeños, sabrán de qué hablo. Los Gormiti son unos muñecos de plástico que, creados en Italia, se están extendiendo por el mundo.

Componen toda una cosmogonía de señores de la naturaleza y de héroes con superpoderes. Tenemos el pueblo del aire y el de la tierra y el del volcán y algunos más. Constituyen un micromundo que, con algunos aditamentos (que no son baratos), como la Isla de los Gormiti, el Pico del Águila o el Monte Volcano, los niños dan rienda suelta a un mundo de fantasía teledirigida.

Semejan el mundo natural. Son hibridos de animales, aves o plantas. En general son feos.

A Juan, sin embargo, le encantan y los colecciona (ya ha salido la serie tres). A mí me gustan sus colores fuertes y planos, su colorido en general cuando están juntos, y sobre todo su estabilidad. Gran parte de los muñecos que tiene pierden el equilibrio fácilmente y es complicado mantenerlos en pie.

Se pueden comprar de muchas formas. O en paquetes de cuatro (10 €), siendo uno de ellos sorpresa, o en sobre cerrado, con un solo Gormiti (2,50 €), que no se sabe el que saldrá. Así, es normal enconttrarse con repetidos.

Mi niño los cuenta, los recuenta, los divide por "pueblos", se baña con ellos (algunos cambian de color con el agua), juega con su Isla y sobre todo lucha y los lanza probando (o comprobando) quizá su dureza.

Algunos repetidos, en cambio, los aparta como parias. Pero la mañana del domingo lo sorprendo jugando con ellos.

No dices que los repetidos no los quieres, le digo.

No son repetidos, papá, razona, son clones.

* Empleo Gormiti, usado como plural, sin "s", porque su origen italiano así lo dicta. Es como grafiti, que es el plural de grafito (pintura o pintada en la pared). (Perdonen por este detalle de roedor de biblioteca).

Grandes éxitos de Carmen Linares

Grandes éxitos de Carmen Linares

60 aniversario de La Platería

Después de haber saboreado en La Chumbera la soleá de Jaime Heredia ‘El Parrón’, aunque por levante no se entendiera con el tocaor; después de haber oído los entrañables cuplés por bulerías de Manuel Heredia y de ver bailar a Yolanda por alegrías y debutar a ‘La Pitita’ por soleá; nos esperaba en La Platería la mejor cantaora de nuestros días. Es arriesgado hacer estas declaraciones tan exclusivas; y menos habiendo tantas voces, tantas flamencas, tantas cantaoras de primera fila. Sin embargo, coincidiendo con un gran número de aficionados, reconozco en Carmen Linares una artista completa, que se ha hecho a sí misma y que ha abierto camino, ha creado escuela. Lleva una trayectoria intachable, domina todos los palos y es una gran aficionada. Por último, sin querer rellenar el artículo con todas las virtudes que se me ocurren, es la más humilde de las artistas que conozco.

Vamos a ver a Carmen Linares para saborear el buen cante, la medida y el equilibrio. Vemos en Carmen Linares la moderación, el compás y el respeto. Pero, sobre todo, queremos escuchar a la cantaora de siempre, su estilo inconfundible, sus formas y melismas, y hasta sus letras, convirtiendo así el recital de Carmen Linares en una muestra popular, en una exposición de grandes éxitos en la que prima la veracidad del momento. Así, con un impecable Paco Cortés a la guitarra, limpio y seguro, clásico y fino, y después de halagar sinceramente a la ciudad de Granada y a la Peña, en la que dio sus primeros pasos, pasó a entonarse por tangos. La Platería ha quitado las mesas y ha colocado bastantes filas de sillas para multiplicar el aforo. Nadie quiere perderse a la señora del cante. Con un silencio sepulcral, aunque todos cantan por dentro sus coplas escuchadas mil veces, en la Capilla Sixtina del cante flamenco nadie se atreve ni a jalear a la linarense. Con las cantiñas de ‘La Mejorana’ continúa su emocionante recital. A esto le seguirán malagueñas y tientos, antes de desembocar en su tierra y cambiar “agua fina por salobre” en su estremecidos tarantos. Fue grande en la soleá como también lo fue en la seguiriya, que comenzó con unos versos de Juan Ramón Jiménez por tonás, llamados Con tu voz, con las que acaba su último disco Raíces y alas, homenaje al poeta de Moguer.

Con una generosa entrega por bulerías termina su actuación, no sin antes agradecer al público y a sus amigos (artistas de Granada) su asistencia y apoyo. Ana María González, su palmera junto a Javier González, remata con otra bulería, mientras Francisco Manuel Díaz, Curro Andrés, Manolete y la misma Carmen le hacen compás. Y todavía queda tiempo para unas milongas de Curro Andrés, animado por la artista.

* En la foto: Carmen Linares y Paco Cortés en Málaga (© Paco Sánchez).

El descubrimiento de la lentitud

El descubrimiento de la lentitud

Hay Festival

La ausencia de un programa de mano, específico para la función, y una organización mediocre, no se corresponden con el derroche de medios y de personal en esta gran muestra de arte flamenco en el Palacio de Carlos V, uno de los escenarios más bellos del mundo.

Aunque venía anunciado el Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena, sabíamos que vendría sola con sus músicos, a brindarnos, como diría Paco Lucía, cositas buenas, que se han destilado de “Lluvia”, su último espectáculo. Fue un ramillete fresco de Yerbabuena, tomado de aquí y de allá, con un importante margen de espontaneidad (aunque fuera programada). Se va asentando en su estilo, como una constante, otra de sus señas de identidad, la cámara lenta, el bailar despacio, eso que han dado en llamar “el paso Matrix”. Se regodea en su propio cuerpo, exprime el baile, no deja fisuras al engaño. Algo que nació por casualidad, en su local de ensayo, ha llegado a ser una particularidad notoria, que apreciamos en las seguiriyas del comienzo y sobre todo en la soleá por bulerías del final. Esa soleá que distingue a la granadina entre las demás, ese palo que se le debería conocer como soleá de Eva o soleá Yerbabuena.

Un tanto por ciento elevado del éxito del espectáculo lo ostenta Paco Jarana con su guitarra, que, si es buen intérprete, es mejor compositor. Como segunda guitarra, Manuel de la Luz, aportaba el equilibrio perfecto a sus creaciones. Los cantaores se fueron presentando entre el patio de butacas cantando por seguiriyas. Pudimos ver a un José Valencia que, a pesar de su entrega, no estuvo muy fino; y a Enrique ‘El Extremeño’, siempre tan preciso, que se dejó influir por el anterior, forzando innecesariamente la voz y, tanto uno como el otro, gritando en demasía. Objeciones que se repitieron en las bulerías que cantaron a continuación. Sin embargo, cada uno en su estilo, Jeromo Segura y Pepe de Pura fueron ejemplos de moderación y buen gusto. También estuvo en su lugar, ajustado y respetuoso, el percusionista Manuel José Muñoz ‘El Pájaro’.

Con bata de cola y mantón blancos con lágrimas malva, Eva hizo su segunda entrega por cantiñas. El dominio de cola embellece este baile tan desenfadado como original (creará escuela). El juego del mantón, sin embargo, que la acompañará al principio y a los postres, es de lo mejorcito que hemos visto últimamente. Eva apura las alegrías y da protagonismo al mirabrás. Las guitarras se acercan a la orilla del escenario y, apoyados por la caja, son grandes por bulerías. Aunque quizás el sonido jugara levemente en su contra. Sería por el viento que soplaba por la megafonía, sería por pegar en exceso el micrófono al instrumento.

Un momento especial, Eva de rojo con motas negras, fueron los tientos-tangos, en los que se acordaron de Morente. El cante se ligaba para hacer más redonda la actuación de la diva. Ella ronea encima de las tablas como si estuviera sola. Marca estilo en ese baile tan de Granada. Un poco de percusión, seguidamente, anuncia la fiesta final. La soleá que llevará nombre propio, comienza con el cante a capela de cada uno de los intérpretes, mientras la guitarra marca un latido, un lamento que se refuerza con percusión. La esencia de Eva se destila en un solo baile. El “paso Matrix” es evidente, voluntario, necesario. Yerbabuena canta con el cuerpo, logrando que saboreemos cada paso, que descubramos la lentitud.

* Festival Flamenco London 2008 (Outumuro ©, cortesía de World Music Institute).