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volandovengo

El descabezado

Cortaron mi cabeza,

y el corazón quiso gritar

tu nombre con amor

pero le faltaba la voz,

y mi boca quiso cantar

tu nombre con amor

pero faltaba corazón.

*Poema que introduce el cuento El descabezado (de un servidor), publicado en el bestiario colectivo "¡Qué bestias!". (Granada, junio de 1999).

La pureza se llama Aurora Vargas

La pureza se llama Aurora Vargas

Flamenco viene del Sur

En el flamenco hay voces imprescindibles. Aurora Vargas es una gran llama de combustión lenta que se mantiene en forma. Sus más de treinta años en el escenario no le han hecho mella, quizá para mejorar. Los ocho meses que llevaba sin cantar, según nos confesó, no le restaron ni un ápice de verdad, de entrega, de buen hacer. La parquedad de su espectáculo, con tan sólo una guitarra y dos palmeros, no hizo más que acentuar esa autenticidad sin ambages, esa franca pureza.

Incomprensiblemente, el público tardó en reaccionar a pesar del empeño de la artista que, desde el primer momento estuvo al cien por cien. Sus alegrías anunciaron su estilo añejo, sus maneras tradicionales. Son los palos de siempre, las letras de siempre, el sentimiento flamenco universal. La guitarra de Diego Amaya, a su lado, es marcadamente clásica, fuerte y delicada a un tiempo, respetuosa con la cantaora. Tanto es así que a veces se muestra tan sólo referencial. Da el tono y poco más. A medida. En los palmeros se junta la esencia. Triana y Jerez. Rafa Junquera y ‘El Eléctrico’ prolongan la fiesta que Aurora propone. La jondura y el desgarro vienen en forma de soleá, que después serán tientos y tangos canasteros, descubriendo la eminencia festera de la sevillana.

Su cercanía y el dominio de la escena, le llevan a cantar un poquito por seguiriyas, “como me enseñó mi madre”. Su altura sin condiciones ya está demostrada. Los asistentes en un puño, contienen la respiración, con los ojos muy abiertos vitorean el pellizco y el grave sentimiento. Unos cuantos fandangos templan a la cantaora para la apoteosis final, que llega en forma de bulerías.

Aquí sí hay que quitarse el sombrero y reconocer a una de las grandes. Aquí vemos el flamenco de raíz, a una gitana que ha nacido para la fiesta. Ha colocado el micrófono en la boca del escenario y se ha abierto espacio para bailar. No se limita a una pataílla, sino que acompaña su cante con su baile, o su baile con su voz. Porque también descubre su vocación de bailaora. Con arte y compás. Un baile muy sentido y muy gitano, salvaje. Tanto que en su mitad tiene que frenarse y tomar aire y beber agua, para continuar. El teatro está volcado. Las tablas se quedan pequeñas. Las luces no siguen el ritmo animal de una Aurora que vemos en penumbra.

El fin de fiestas está a punto de ser más largo que el propio concierto. Tres o cuatro veces hicieron mutis los músicos para volver a salir con más brío, si cabe, con la emoción desbordada. Y fueron bulerías, como mandan los cánones, que bailaron los palmeros y se volvió a desbocar la cantaora, recorriendo la escena de parte a parte, acercándose a las primeras filas a más no poder. Y fueron martinetes y apuntes por seguiriyas y más bulerías trianeras, que definitivamente impusieron su reinado.

* Aurora Vargas (© PacoSánchez).

El niño que fue Jueves

El niño que fue Jueves

Cuando mi niño me anunció que ya no se llamaba Juan, que lo llamásemos Jueves, sin remedio, lo primero que me vino a la cabeza fue esa novela surrealista y enigmática, de sectas secretas, misterios y astronomía, de Chesterton llamada "El hombre que fue jueves", de donde me apoderé de la cita de que la aventura puede ser loca, el aventurero no.

También pensé en el indígena, amigo sin remedio de Robinson Crusoe, al cual lo llamó Viernes, pues llegó ese día, para romper su soledad.

Siempre que pienso en el Robinson de Defoe, pienso también en la versión erótica de Michel Gall, "La vida sexual de Robinson Crusoe", donde, cuando llegó Viernes, el protagonista vio el cielo abierto (amen de otras partes más ocultas), cansado de tanto desfogar con plantas y frutas y sodomizar animales caseros.

Eran otros tiempos, otras lecturas, otros intereses...

También recordé la novela de Almudena Grandes, "Te llamaré Viernes", de la cual no puedo hacer ningún comentario, pues no he leído aún (no ha entrado en mis preferencias).

Al preguntarle a mi niño por qué Jueves, me dijo que empezaba por jota, como su nombre, y que el jueves era el día del equipo verde, su grupo en el colegio. Seguidamente agregó dos apellidos: "me llamo Jueves Domingo Sábado". Me reí. Luego pensé en Domingo Sabio, pero no quise liar más la cosa.

Al día siguiente lo llamé Jueves, pero dijo que no, que cada día se llamaba igual que el día de la semana. Así que fue Viernes por un día, cerrando así nuevamente el círculo de mis pensamientos.

* Robinson Crusoe and his man Friday Giclee print by John Charles Dollman.

La madurez de Patricia Guerrero

La madurez de Patricia Guerrero

Cuando se cumplen 60 años de la peña más antigua del mundo, La Platería afina su lápiz y ofrece unos conciertos exclusivos. Siempre se ha distinguido este rincón flamenco por su calidad, pero, cuando se trata de celebrar un año tan señalado, ahora sábado tras sábado se programa espectáculos escogidos. Así podremos ver, en este mismo escenario, la sabiduría de Carmen Linares, el temple de Juan Pinilla o el sentido homenaje al maestro Mario Maya por parte de algunos de sus aventajados alumnos granadinos.

Dentro de esta muestra de calidad, pudimos ver con satisfacción a la bailaora Patricia Guerrero. El sábado pasado, después de una temporada de formación en tierras sevillanas, Patricia mostró su buena evolución, el estado actual de una artista que va adquiriendo una óptima madurez. Dominando las tablas y más consciente de su cuerpo que nunca, nos entrega para el final de la primera parte unas bamberas rematadas por bulerías, un cante agradable que la granadina malea a voluntad. No es muy asiduo ver a esta bailaora abordar los derivados de la soleá, pero sus resultados son más que notables.

En la segunda parte, más suelta y segura que al principio, Patricia nos hace gozar por levante, que acaba roneando por tangos, que son del Camino en su final. Un sabor especial aporta esta albaicinera a las mineras y los tarantos. Aire que la distingue. Pero su actuación habría quedado diluida si el cuadro que le acompaña no fuera de excepción. En primer lugar, hay que destacar la figura del joven guitarrista David Carmona, que con su finura, limpieza y buen gusto, vuelve dorado todo lo que toca. El recital, precisamente, lo abre una soleá de este tocaor, que, a sus 22 años, camina ya por el olimpo de los grandes.

Quizá por el buen hacer de este reymidas, los cantaores estuvieron a la altura. Manuel Heredia, con sus particularidades, se lució hilvanando unas bulerías impregnadas de Manuel Molina y Fernanda de Utrera. Juan Ángel Tirado fue grande en los martinetes y verdaderamente estremecedor en las seguiriyas que le siguieron. Esta noche, flamenca y gitana, acabó con un poquito de improvisadas bulerías. Algunos flamencos allí presentes subieron a las tablas para hacer compás. Macarena y Mari Carmen Guerrero, madre de la artista, dieron sendas pataíllas.

* Patricia Guerrero, foto de archivo (© Nono Guirado).

Rizar el rizo

Rizar el rizo

Entre la genialidad inocente y el despreocupado despiste se movía Javier Egea, cuando nos convocaron para un proyecto un tanto surrealista. Corrían los primeros días de marzo de 1996 y, a partir de una idea de Alejandro Gorafe, que encamina su obra, que no su persona, por el lado más salvaje de la vida, nos reunimos para recitar en la galería de arte Directo unos poemas previamente grabados. Era la Primera Lectura de Poesía en Playback. Se trataba de abrir la boca solamente, de simular frente a un equipo desenchufado el recitado del poema elegido. (Hasta los taponazos del champagne descorchado se escucharían en off. Las botellas estaban vacías, al igual que los bombones surtidos que repartían las azafatas, perfectamente ataviadas, que sobre su envoltura sólo había aire.)

La sala estaba abarrotada. Más de trescientas personas contemplaban a un grupo de poetas actuando bajo sus mismas palabras que cadenciosamente se derramaban por los altavoces. Javier, el primero en subir al estrado, se encajó los lentes, desdobló su poema, se acercó al micrófono y alzó, como solía, su mano derecha. Cuando empezó a oír su poema, comenzó a recitar por debajo de su misma voz. Era un soneto del Diente de Oro.

Sentimos entonces, que la performance se había duplicado. Era como rizar el rizo. La voz de Egea retumbaba histriónica en la grabación. Él repetía en voz alta el soneto, con el mismo acento, con el mismo deje, con el mismo compás (aunque sólo lo escucháramos los más cercanos).

Sentimos entonces, repito, que habíamos tocado techo, oyendo a Quisquete desdoblado y mirando un papel, haciendo como que leía un poema que sabía de memoria.

* Publicado en la vitola 00/Brindis y comentada ayer en la presentación.

** Retrato de Javier Egea por Juan Vida ©.

Presentación Vitola 00

Presentación Vitola 00

Hoy miércoles, 29 de abril, a las 22.00 h., en el Entresuelo (Plaza de San Agustín nº 2), se presenta la Vitola 00, llamada BRINDIS, pues pretende ser un brindis literario (y espumoso) para todos los amigos de la poesía.
La Asociación del Diente de Oro, colectivo germinado con la función de salvaguardar la memoria de Javier Egea, como sabéis, todos los lunes desde hace cinco años, ha convocado en un local de Granada, primero el Anaïs (ahora Piaf), al que se sumó el Pícaro, a algún poeta de la tierra o vinculada con ésta y a toda la cuadrilla de gentes-satélites que gustan de escuchar palabras hilvanadas con sentido musical.
Después de un lustro y varias borracheras, de palabras, alcohol, amistad y humo, han leído-publicado vitola, al menos un centenar de escribidores de versos. El cuaderno 100 debía recoger algunos inéditos de Javier, pero por motivos que no vienen al caso (aunque puedo dar pistas: cuestión de albaceas, rencillas familiares, herencia espiritual, memoria histórica...), no ha podido ser. Así que, algunos miembros de la Asociación han dedicado sus estrofas a nuestro admirado vate.
Se leerán esta noche, como anuncié en un principio, en la que Egea habría cumplido 57 años productivos.
La Asociación pinchará un barril para brindar con todos los socios, poetas, público y amigos que han colaborado durante estos cien lunes de poesía.
¡No faltéis al Brindis!

La estrella, esa que buscas

La estrella, esa que buscas,
se oculta apenas en la niebla.
Un intenso suspiro al menos,
una mirada para adentro,
tan sólo un roce de tu piel
para adivinar su blancura.

Deja que los muertos entierren
sus muertos.
Deja que el sol renazca
cada mañana.
Deja tu alma vagar eterna
entre la niebla.

Pues hay más cielo que el que vemos.
Cada vez que miramos hacia atrás
castigamos el porvenir,
impedimos al incierto mañana
seguir construyendo el futuro.

* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Nueve ganadores

Nueve ganadores

I Concurso de Jóvenes Flamencos. Final

La suerte es caprichosa. En el año Darwin en que estamos aúno mis comentarios a la actual tendencia de los neodarwinistas. Para estos, no siempre sobreviven los más aptos, como dictaba su padre evolutivo. Otro factor indispensable se adjuntaba en el origen de las especies. Este elemento era la suerte. No basta con ser el mejor depredador o el mejor corredor para huir de su verdugo, sino que tenías que tener ese granito de fortuna para hallar comida, por ejemplo, o no partirte una pata o no quedar atrapado en el barro o no quedar inutilizado por puro viejo. No quiero decir con esto que los premios son una lotería. Ni mucho menos. Nada más allá de mi intención. A lo que me refiero es a que las cartas se reparten y son bastantes los elementos que entran en juego.

El primer ítem a tener en cuenta, quizás el más importante, es el momento, la muestra específica del día de la actuación. Cuestiones como el estado de ánimo, la entereza física, la sensibilidad del instante, el sonido, la concentración, el poder de trasmitir… Todo eso influye en un jurado que pretende ser objetivo, que no evalúa una trayectoria, sino exclusivamente ese momento. Los analistas ven las cartas boca arriba y señalan la más alta.

Influye también la preparación, el ambiente, el público, el cuadro que nos rodea, en su caso… hay tantas cosas. Pero los premios así son. El tiempo, sin embargo, es el único juez válido. Pasados unos años, el tiempo da la razón a un artista, a un jurado, a un momento.

Así, dejándonos de más preámbulos, destacaremos en un principio el buen nivel de los participantes en la final del Primer Concurso de Jóvenes Flamencos, organizado por la Diputación en la provincia de Granada, dentro de su “Universo Flamenco”, que se realizó en Cullar Vega. No es un tópico decir que el concurso estuvo muy reñido, sobre todo en la modalidad de cante y guitarra.

En baile, por unanimidad, el premio recayó en Lucía de Miguel. No sólo por su actuación equilibrada y coherente, sino por su proyección artística. Sus competidores fueron Almudena Romero y Andrés Jiménez. En guitarra, como ya hemos dicho, el galardón estuvo más ajustado. José Fernández, con un toque limpio y muy flamenco destacó entre Josele de la Rosa y el jovencísimo José Luis Campos. En el cante, el resultado más difícil y discutido, el reconocimiento fue para la más veterana, Esther Crisol, con vidalita y tangos. Cualquiera de los dos finalistas que quedaron fuera podrían igualmente ser los vencedores. Iván Vílchez ‘El Centenillo’ destacó sobre todo con sus tangos. Ana Mochón, la más joven y sin duda la más aplaudida de la noche, entregó sin fisuras unas granaínas y unas seguiriyas para el recuerdo.

El futuro flamenco en Granada, con jóvenes como estos, y los que han pasado por las semifinales, y los que no se han presentado por los motivos que sea, está asegurado.

* Esther Crisol, foto de archivo (© Nono Guirado).

Por qué maté a mi marido

Por qué maté a mi marido

Me cuenta María que estaba harta de un marido tan perfecto. No es que ella fuera boba, retrasada o algo por el estilo. Él podía pasar por un superhombre. No era excesivamente guapo, pero tenía ese irresistible atractivo que atraía a todos los que estuvieran a su alrededor. Era elegante y educado, simpático y gracioso, cuando lo requería el momento. Su humor era fino y discreto, oportuno y con gusto. Sonreía con los ojos y con una perfecta caja de dientes que parecía brillar, sino resplandeciera por entero. No era buen atleta, pero sí deportista. Salía al campo todos los domingos y recorría no sé cuántos kilómetros. Después volvía como nuevo. Las mujeres lo adoraban y los hombres le tenían una solapada envidia que, sin remedio, se convertía en una amistad incondicional. Tenía amigos. Eso sí. Si algo le sobraba eran amigos. No paraba de saludar por la calle, de ver a gente y dialogar con ellos. Sabía hablar a las personas. Sabía lo que decirle a cada uno, en cada momento. Por eso lo buscaban. Por eso también lo buscaban, mejor dicho. Tenía don de gentes.

Y me quería. Podías pensar que el problema es que no me quería. Que tenía una amante, una doble vida o celos compulsivos o razonables. Pero no. Yo no tenía queja de él ni él de mí. Era atento y fiel. Recordaba todas las fechas y advertía mis cambios de peinado. Sus detalles no se limitaban a días señalados, a veces me sorprendía con flores o una cena.

Nunca le pude dar hijos. Al principio, él se echó la culpa. Puso todo lo que estaba en su mano. Consultó a médicos, a psicólogos y se estuvo tomando fármacos. Cuando estuvo claro que la estéril era yo, lloró conmigo y me consoló; le quitó importancia y posibilitó la adopción. Pero yo no quise. Nos acomodamos a la soledad de la pareja. Colaboramos con un grupo socioeducativo para niños y jóvenes y teníamos suficiente. Más tarde nos hicimos con un perro. Le dieron un perro. Un setter irlandés que se llamaba Floro y que lo quería a él más que a mí, aunque fuera yo quien le preparaba la comida y lo sacaba entre semana. Él se lo llevaba de excursión los fines de semana y jugaba con él a la vuelta de su trabajo. Poquito, porque llegaba bien tarde. Lo teníamos en la terraza y ladraba a la calle. Un día perdió el equilibrio y se calló sobre un coche blanco. No le pasó nada, pero al del coche le tuvimos que pagar el taller para que le arreglaran la chapa del techo.

Con mi familia bien. A mi padre le ayudaba con el huerto y con sus manualidades. Lo llamaba muy a menudo con cualquier problema y él acudía raudo. Mi madre presumía de yerno y preparaba la comida pensando en él, cuando íbamos a comer. A ella también le llevaba flores, aunque no la llevara al cine. Mi hermana tenía más confianza con él que conmigo.

En la cama, casi me da vergüenza contártelo, me gusta hacerme la niña (a veces hasta me vestía de colegiala) y que él fuera mi profesor. Me porto mal, le digo. Me he portado mal. Y él me levantaba la falda y me azotaba suavemente y me hacía el amor, mientras yo gritaba como si me hiciera daño. No siempre era así, sin embargo. La mayoría de las veces era un misionero o yo lo cabalgaba hasta quedar exhaustos. Ya nos conocemos. Teníamos nuestro ritmo. Conseguimos alcanzar un punto y mantener el goce durante bastantes momentos antes de estallar. Después hablábamos. No fumamos. No somos fumadores. Sólo hablábamos a media voz, con la luz apagada. Nos quedábamos dormidos en mitad de una frase. Ni siquiera roncaba. Normalmente no ronca. Aunque si bebe o está resfriado… pide perdón y por la mañana nos prepara un zumo de vitamina ce.

Era un buen confidente. Un buen pañuelo para llorar y consolarse. No sólo mío. La gente lo llamaba y lo buscaba, como te digo. Sobre todo las mujeres. Si hubiera puesto un consultorio en vez de una clínica le habrían ido mejor las cosas. No es que le fuera mal la consulta, a ver si me entiendes, es que le absorbía demasiado. Le llevaba mucho tiempo. Hacía más de lo que debía. Además tenía su grupo. Sí, ese al que no le cobra. Los llamaba sus “huerfanitos”. Estaba compuesto por inmigrantes, pedigüeños y personas sin techo. Decía que era su pequeño grano de arena. Unas horas al día, al final del día, lo dedicaba a eso. Todos tienen derecho, me decía. Pues que se ocupe el gobierno, las instituciones públicas. Pero él, que no. Que hay gente sin papeles, que quiere decir sin derechos. O tienen problemas inconfesables. O hay quien necesita otro tipo de atención… Por eso a veces llegaba tan tarde. Yo me enfado, pero en realidad me parecía bien lo que hace. Es una buena labor. Admirable.

No le costaba madrugar. Esa es otra. Nada más oír el despertador, a veces antes, saltaba a la ducha. Se vestía y preparaba el desayuno para los dos. Cogía su bata y su cartera y se iba de casa dándome un amoroso beso mañanero que me duraba algunas horas. Yo me asomaba a la ventana para verlo subir al coche, arrancar e irse. Siempre tan puntual. Siempre tan perfectamente formal.

Yo me asomaba a la ventana para ver si ese día el coche no arrancaba o tenía algún problema con el vecino que siempre tapa la entrada del parking o le habían roto el cristal para llevarse la radio o cualquier otra cosa extraordinaria que mancillara su exactitud, que ensombreciera su puntual rutina.

Porque no aguanto, no aguantaba, tanta perfección, que me relegaba a mí a un segundo plano, aunque ficticio. En mi familia lo prefieren. Nuestro perro, Floro, lo prefiere. Nuestros amigos son suyos. Yo sólo soy consorte. “Con suerte”, pensarás. Yo también lo pensaba. La vida me sonríe. Tenía al marido diez, una casa a medida, una vida de ensueño. Todas mis ilusiones se hicieron realidad. Mis sueños se han cumplido. Mis amigas me felicitan y envidian mi suerte. Pero yo me veo a rastras. Sabes lo que te digo. Por muy buena que sea, siempre seré la mujer de Alfredo. Siempre creceré a su sombra.

Lo denuncié. A eso que protegen a las mujeres, le puse una denuncia. No me había agredido ni me pegaría en la vida, pero llorando dije que me acosaba, que tenía miedo.

Estuvo alejado de mí mucho tiempo. Por ley no podía acercarse a más de doscientos metros. Me mandaba mensajes por amigos comunes, por mi familia. Hasta me escribió una carta. Que no lo entendía, que qué había hecho. Qué había pasado para tener que abandonar su casa, su perro y a su mujer. Yo no le hacía caso. Aunque lo quería con todas mis fuerzas, no le hacía caso. Y seguía empeñada en mis denuncias. Me acosaba su perfección sin fisuras, su sonrisa sincera, su don de gentes, su éxito en la vida… Incluso me molestaba que estuviera enamorado de mí y yo de él. Ni una mancha en su expediente. Ni una cana al aire, como quien dice. Y yo, la chica más popular del instituto, la superrubia de las animadoras, que podía haberme ido con cualquiera, acabé con él. Para mí el mejor. Pero esta sumisión sin condiciones, esta adoración… Llegó a dolerme quererle tanto. Sus besos me quemaban de puro amor. Había veces que no dormía, viéndolo dormir a mi lado.

Un día me abordó por la calle y lo detuvieron con lágrimas en los ojos. ¿Por qué me querría tanto? Su vida también era perfecta sin mí. Podía rehacer sus pasos cuando quisiera. Podía estar con cualquiera. Sólo tenía que desearlo. Se había alquilado un apartamento cerca de la clínica y se le ensombreció la cara. Me gustaba. Su dolor era para mí una liberación. El resquicio de aire fresco en un lugar poco ventilado.

Me interesé por su vida. Preguntaba a sus pacientes y vecinos. No era el de antes. Cojeaba. Le faltaba algo, que simplemente era yo. Estaba ganando la partida. Mi venganza se estaba cumpliendo.

En el bolso guardé un cuchillo de cocina. No muy grande, pero sí ancho y puntiagudo por si se acercaba otro día. No quería matarlo al principio, pero un arma blanca afianzaba mi condición de mujer acosada. El miedo hizo lo demás. La inseguridad se tornó en tragedia. Tuve miedo de que todo volviera a su sitio, de mi debilidad, de volver a ser la mujer de Alfredo, la que viene con Alfredo, la que va después de Alfredo, del hombre perfecto. Estaba insegura. Era débil. Una palabra suya bastaría para que cayera a sus pies arrepentida, que le pidiera perdón llorando.

Se me acercó y cerré los ojos. Me cogió de los hombros y abrí el bolso. Me dijo te quiero y le clavé el cuchillo en el pecho.

* El viernes escribí este cuento.

San Jorge

San Jorge

- Hoy es mi día.

- ¿Te llamas libro?

* Ocurrencia antigua que me viene a la cabeza todos los abriles 23.

** PINTURA: San Jorge y el dragón de Rafael Sanzio (1504).

Llovía sin querer

Llovía sin querer.
Poquito, casi nada.
Abrimos el paraguas
para justificar
al menos nuestro abrazo.

Me hablaste de él,
de su sabor,
de tu querer...

Comenzó el aguacero.
Te fuiste descubierta.


* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Juan y el dinero

Juan y el dinero

No hace falta que asegure lo bien que me lo paso con mi hijo, de sus ocurrencias, de su discurrir. Temo, sin embargo, cuando dentro de unos años pierda la inocencia, la naturalidad y esa perspectiva tan coherente de lo que nos rodea.

Este domingo asistimos a la comunión de su prima de nueve años, que parece una princesa.

Lo baño antes de prepararme yo. Mientras, se queda viendo los inteminables dibujos en sesión contínua que ponen en el canal Clan, casi todos japoneses.

Al bajar, ya acicalado (¡porque yo lo valgo!); vestido con traje gris perla, camisa a rayas (verticales, of course) y corbata de seda marrón; recién afeitado y ligeramente perfumado; Juan me dice tan convencido: "Pareces un presidente". (Ni elegante ni nada, un presidente.)

Esta Semana Santa, en Torremolinos (él dice Remolinos), unos músicos tocaban en el paseo. Juan dijo a su madre algo sobre los indios, ella dijo que eran sudamericanos. La expontanea asociación de ideas llevo al niño a indagar: "¿Porque sudan mucho?".

Pero lo que me conmueve realmente es su relación con el dinero. Piensa que lo compramos en el banco. No le he preguntado con qué se compra. Pero, cuando le digo que no tengo dinero, me dice que vaya al banco o a un cajero y compre dinerillo.

Él siempre quiere invitar. Con el dinero de otro. Pero él siempre invita.

El otro día, muy serio, nos dijo que iba a abrirse una cuenta naranja (¿?). Vamos a ver si le va bien y nos echa una mano.

* Zampoña andina en la foto.

Un pasito más

Un pasito más

5º Festival Flamenco Joven de Huétor Tájar

Con el escaso presupuesto que se desprende de un tiempo de crisis, pero con buena voluntad, la localidad de Huétor Tájar ha afrontado su quinto Festival Flamenco Joven con resultados satisfactorios.

La Orquesta Chekara de Tetuán se va abriendo paso entre nuestro mundo flamenco recordándonos que hablamos el mismo lenguaje, aunque desde la otra orilla. Con más de cincuenta años a las espaldas y un luengo currículo de colaboraciones flamencas, esta agrupación hereditaria comparte su arte con un grupo de jóvenes flamencos con los que recientemente ha grabado un disco. Su propuesta, en cualquier caso, en un pueblo de tradición ortodoxa, tardó en enganchar. Fue necesario el fraseo tan gustoso por tangos extremeños, con guiños morentianos, del cantaor sevillano Vicente Gelo para empezar a convencer de las bondades de esta fusión.

El sonido, sin embargo, no estaba bien. Una continua chicharra afeaba su labor. Para la farruca interviene la bailaora Lidia Valle, verdadero elemento catalizador de este mestizaje. La guajira, con momentos de garrotín, se alarga alternando ambas lenguas. Sin embargo, la soleá por bulerías vuelve a recuperar un ritmo que nuevamente rellena de color Lidia con sus buenas maneras. No obstante, echamos de menos a Mari Ángeles Gabaldón y su dulzura, como acompañante habitual del grupo. Como también notamos el cambio del guitarrista Raúl Cantizano por Javier Gómez, sin desmerecer a éste último.

Su penúltimo tema fueron unos cantes abandolaos que interpreta, como artista invitado, Juan Pinilla, hijo predilecto de esta localidad del Poniente granadino. Y, para finalizar, unas seguiriyas dulcificadas hacen que se luzca nuevamente la bailaora sevillana con vestido rojo de cola.

Su habitual fin de fiestas con “La Tarara”, por problemas de tiempo, brilló por su ausencia.

La segunda parte fue un éxito anunciado. Silvia lozano, también hueteña, nunca había participado en este festival. La bailaora entró por la puerta de la justicia y salió por la puerta grande. Rodeada de un cuadro especialmente inspirado, su baile fue delicado y rotundo. Unas bulerías de guitarra y compás presentaron con letras mayúsculas al tocaor Alfredo Mesa. Si el sonido afectó a la Orquesta Chekara, para estos nuevos músicos constituyó un problema grave, precisamente por abusar de los graves. La guitarra sonaba ronca pero la caja, siempre tan ajustada de 'El Cheyenne', era un bombo molesto.

Apuntando farrucas se desperezó Silvia para demostrar en levante que somos testigos de su mejor momento. Lozano, una corredora de fondo, se ha puesto en un lugar de privilegio marcando una línea madura, lo que en flamenco quiere decir un baile personal. Uno de los momentos cumbres de la noche lo protagonizaron Sergio Gómez y Juan Ángel Tirado cantando por martinetes. Unas tonás redondas y llenas de queja que el público supo agradecer. La generosa entrada de percusión de Miguel ‘El Cheyenne’ por seguiriyas, a la que seguidamente se le añadieron el resto de los músicos, dieron pie a Silvia para reafirmar su poderío.

* Silvia Lozano, en la foto (extraída de su blog)

Qué tienes que hacer el jueves

Qué tienes que hacer el jueves

Desde el 22 de enero hasta 23 de julio, la peña flamenca de La Platería viene programando unos recitales de flamenco abiertos al público en general. Mientras las actividades del sábado están generalmente restringidas a los socios, por razones evidentes de número y espacio, un día a la semana, los jueves, se abren las puertas de este carmen albaicinero para dar cabida a todo el que lo desee.

Los objetivos de estos encuentros, aparte de difundir el flamenco, son de contenido eminentemente joven, aunque sin restricciones. Los actuantes en este ciclo abierto son jóvenes en su mayoría, que empiezan y buscan un escenario y un público dignos.

Los asistentes que acuden a estos conciertos suelen ser también jóvenes estudiantes o turistas en nuestra ciudad que desean acercarse a este arte nuestro, con meridiana calidad.

Esta iniciativa viene teniendo lugar desde hace seis años con una gran aceptación por parte de los artistas y una buena respuesta del público asistente, que ha visto pasar por el escenario de la primera peña de flamenco a lo más granado de nuestro flamenco incipiente.

Este año han pisado las tablas de La Platería, Carlos Zárate, Luis de Córdoba, Eva Manzano,  Judith Ramos, Raúl Molina ‘Mikey’ o Sara Heredia.

Para los próximos jueves están programados Javier Martos, Judith Cabrera, Josele de la Rosa, Hermanos La Luz, Pilar Fajardo, Almudena Romero o Kiki Corpas.

La recaudación de la taquilla, que en realidad es un tique de consumición, sirve para pagar a los músicos y a los técnicos.

Por otra parte, el Viernes, 24 de abril, se inaugura la IX Edición del Curso de Flamenco de La Platería bajo el título de “El flamenco ¿un arte libre?”. Un curso de gran prestigio que se impartirá, con conferencias ilustradas, todos los martes y viernes bajo la dirección de Antonio Luis Gallegos y Miguel Clavero, Presidente de la peña, y con José Delgado, Miguel Ángel González o Juan Pinilla como ponentes.

* Programa del curso en http://www.laplateria.org.es/curso_09.pdf

La segunda mejilla de Mario Maya

La segunda mejilla de Mario Maya

Como un hijo no querido, Mario Maya siempre vuelve a Granada. La ciudad es mala madre, que se refleja en un mundo clásico, donde todo son intrigas, envidias y protagonismos.

¡Que ninguno de mis hijos me haga sombra! ¡Que ninguno me levante la voz!

"Yo soy de Granada", dicen en cambio sus retoños.

Mario Maya nació en Córdoba casi por accidente. Granada fue su recreo, su ensayo, su amante, su vida. La bandera verde y roja ondeaba en sus creaciones.

Fue huraño, lo sabemos. Fue elitista, lo sabemos. Inconformista, indecoroso a veces. Exclusivo, explosivo. Sincero, agudo, conflictivo...

En Granada y para Granada nacieron sus grandes proyectos, que le consagraron en el mundo entero como el mejor creador flamenco, junto a Antonio Gades.

En La Chumbera tuvo una academia que aspiraba a más. Un proyecto Ícaro, que, de tanto elevarse, se le fundieron las alas, le cortaron las alas.

Fue como un destierro. Anatemizado pero con la cabeza alta y Granada en la boca. Fue la primera mejilla.

Ahora, después de su fallecimiento, los suyos cogen el testigo y su proyecto efervescente. Crean la Fundación Mario Maya. Vuelven a La Chumbera con ilusión. El Ayuntamiento (Juan García Montero) le da esperanzas.

La idea crece. El Centro de Estudios Flamencos toma forma sobre el papel y las instituciones. La superestructura ya está en marcha.

Pero, el Ayuntamiento (Juan García Montero) se echa para atrás y donde digo digo, digo diego. Razones hay, pero no nos importan.

Mario puso su segunda mejilla y se la abofetearon. El Ayuntamiento (Juan García Montero) ha vuelto a asesinar a Lorca.

* Foto Manuel Mateo ©.

Poco me importa

Poco me importa, ¿qué? No sé: Poco me importa.

Alberto Caeiro


* En contra del uso, publico algo ajeno. A raíz del poema de la pasada semana, encuentro este otro alejandrino del más empírico de los heterónimos de Pessoa.

Flamenco de Pascua

El flamenco no descansa. Tras las obligadas saetas de estos días pasados, el Club Eshavira, siguiendo su programación, el domingo, Domingo de Ramos, ofreció un poquito de raíz. Desde hacía tiempo estaba anunciado para este fin de semana el baile de Toñi Heredia y su grupo, pero, por problemas personales, fue sustituida por otra familia del Sacromonte que, sin escarbar mucho, resulta que son la misma familia.

A la guitarra Rafalín Habichuela, con precisión y timidez creativa, impone su presencia. Precisamente, un solo de guitarra por tarantos comienza a caldear la sala. Un local ya caliente por la abundancia de público arracimado frente al pequeño escenario. Seguidamente, José Antonio Carmona se sienta en la caja e Irene Gómez frente al micrófono comienza a entonarse por Huelva. Benjamín Santiago ‘El Moreno’ salta a las tablas para bailar alegrías. Tiene mérito enhebrar los pasos en un estrado tan pequeño. El bailaor se ve obligado a reducir sus movimientos a un metro cuadrado. Con todo y con eso, los pellizquitos salen, los desplantes quedan y el aplauso está asegurado. Con estos aires de Cádiz termina la primera parte.

La gente teme moverse para no perder su poquito de espacio. No obstante podemos hablar con los músicos. Nos dicen que es algo casi improvisado (se nota), que el domingo anterior estuvieron en este mismo club por derecho propio y aseguran estuvo mucho mejor (espero). La segunda parte dio paso a la fiesta sin concesiones. Los tangos camaronianos inundan el ambiente. Pero ni Irene es Camarón ni Rafael es Paco de Lucía. Sin embargo son resultones y los asistentes cantan por lo bajini, corean “Como el agua”. Para terminar, una soleá por bulerías remata una noche más de escaparate que de trastienda. El Moreno hace lo que puede, metiéndose al personal, casi todo foráneo, en el bolsillo. Para ayudar con el compás y los jaleos, suben a escena Raúl Gómez y Sergio Coloraíto, allí presentes. Como bis, ante la insistencia del respetable, se alargan un poquito más estas bulerías. El recital por entero, fue dedicado a Pepe Habichuela, que estuvo en primera fila desde un principio.

 

Poema visual

Al final de este verso no pondré ningún punto

 

* Este alejandrino conforma una de los poemas álgidos de mi producción creativa. Es toda una declaración. Fue publicado en el sobre "Albúm de poesía visual", adjunto en el número 7 de Letra Clara (revista de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada), fechado en mayo de 1999.

El tito Chano

El tito Chano

Porque nos llamaba a todos “sobrino”, era conocido como el “tito Chano”. Con la muerte de Juan Ramírez Sarabia, Chano Lobato, se cierra todo un capítulo de la historia del flamenco. Con él termina la tradición gaditana de los “embusteros”. Chano, tildaba de embustero a El Beni de Cádiz o a Pericón, sabiéndose hecho con el mismo molde. En sus últimos años hablaba más que cantaba en el escenario. Lo que en realidad enriquecía su cante y su presencia. Contaba mil y una anécdotas impagables propias o de sus coetáneos en la ciudad de la Bahía. Hablaba de Aurelio y de El Chaquetas y de Chocolate y de La Perla, como si los tuviera delante. Y era grande en sus chascarrillos, y era grande en sus cantares, y era más grande aún en su vida como persona.

Cultivado en el cante atrás, Chano era puro compás. Fue el mejor en su estilo. Nadie le hacía sombra en las alegrías, bulerías, tangos o tanguillos. Creó escuela.

Antonio Murciano decía de él, que era capaz de meter al viento de levante por bulerías. De ahí su capacidad y su ritmo. A veces ni se le entendían las letras llevado por el soniquete de la fiesta.

Acompañó durante algún tiempo a Farruco y después a Matilde Coral con los que recorrió medio mundo antes de dar el salto en los años setenta para cantar alante. Con Matilde fue pareja espiritual. Juntos aparecían en programas y entrevistas, recordando esos años de hambre y de cuartito, para cantar para los señores por cuatro perras.

Chano era un payo rubio sin edad. Llevaba cumpliendo 80 años desde hacía ocho. Con 82 años ha ido a cantar al cielo o a relatarles aquello del “candil finisio encendío” que contaba Beni o lo de la calle que le inauguraron en Cádiz, que sólo sirve para que meen los perros, o uno de sus múltiples viajes a Japón. El último, ya octogenario, según cuenta, viajó solo. Cuando se le preguntaba si no temía perderse, pues el avión hacía escala en Frankfurt, sin perder la sonrisa decía que él se fijó a primera hora en un grupo de japoneses y que, desde Madrid, los fue siguiendo.

Ahora parece que se ha fijado en un grupo de ángeles para seguir cantándonos desde la Gloria.

* Foto de Paco Sánchez ©.

Luna

Luna

Tengo noticias de una chica que se llama Luna. La luna siempre es sugerente, bella, inspiradora, caprichosa. Es primitivo, espermático, pagano, llamar a un niño Sol o a una niña Luna u otro elemento o fenómeno natural.

He conocido a Lluvia, Nogal y a Selva. Más común son los nombres de Aurora, Coral, Estrella, Luz o Nieves (más las chicas que los chicos) (¿Será por algo?). Y los apellidos, no digamos: desde Pino hasta Camino, pasando por Campos, Montes o Valle.

Tienen un sabor auténtico. Entran en otra dimensión, que trasciende el calendario tradicional para abandonarse en el pasar de los días, de las estaciones, de las fases lunares. Los equinoccios y los solsticios tienen mucho que ver; y la lluvia y el viento y el renacer de la primavera y el frio de invierno y la soledad del otoño y la lentitud de los días con sol.

Los pueblos, las civilizaciones más naturales y ricas en sueños, como los celtas o indios americanos tenían clara esta comunión con los elementos.
Ahora encuentro una Luna, que, sin conocerla, controla mis mareas.

Cleopatra Séptima llamó a sus hijos Cleopatra Selene, es decir, Luna; y Alejandro Helios, es decir, Sol.

Conozco también a una chica de marruecos que se llama Kamar, que significa Luna. Pero no cualquier luna, sino un cuarto. No sé si menguante o creciente. Se lo volveré a preguntar.

Una tarea para los días de asueto sería descubrir los paises que tienen en su bandera el sol o la luna y averiguar su origen.

* En el año 97 está fechada esta luna que pinté con tinta y agua.