Blogia

volandovengo

La siembra constante

La siembra constante

Festival de Baile a beneficio de UNICEF

La totalidad de los bailaores que pueblan nuestros escenarios actualmente han dado sus primeros pasos en una gran academia de baile con alguna bailaora de más o menos prestigio. A cualquiera que se le pregunte, ha subido a un escenario por primera vez con tres, cuatro, cinco o seis años, de la mano de alguna de estas maestras locales, antes de dar el salto, antes de buscar al próximo guía que le seguirá impulsando hacia delante, que irá limando sus formas para capacitarlo o capacitarla para actuar delante del público en un tablao, en una cueva, en una compañía. Así, cuando encontramos a una joven bailaora de 20 años, es más que probable que ya acumule un bagaje de al menos quince años pateando las tablas.

Eva Esquivel es una de estas maestras, que consigue despertar la afición y desentumecer el cuerpo a casi un centenar de jóvenes y niños de Granada y provincia, reunidos en dos agrupaciones: Grupo Zaidín y Grupo Ogíjares. A los cuales, anualmente, los empuja a un escenario para participar en un Festival de baile a beneficio de UNICEF. Éste es el octavo año que, con una asombrosa calidad, se presentan estos chicos ante un público expectante. Con un cuadro albaycinero (Sara Heredia y Antonio al cante, Antonio Heredia “El Chonico” a la guitarra, Julián Heredia a la percusión y Julio Muñoz al violín), Eva presenta el espectáculo bailando unos compases de Vicente Amigo, y, cerrará la noche con unos tientos dedicados a su madre. Eva es una bailaora completa, precisa y reposada, en la que todos sus alumnos se reflejan. Entre medias, todos los niños, por edades, y en grupos desde tres hasta veinte bailaores, dan lo mejor de sí.

Como es natural, hay altibajos. Se sabe quien tiene madera y quien abandonará muy pronto, aunque siempre hay sorpresas. Prueba de ello es que, conforme avanzamos en edad, el número de participantes es menor. Entre los mayores, en los que se encuentran los únicos dos varones de todo el Festival, puedo asegurar que una media docena o tal vez más encuentren un hueco en este mundo. A las más pequeñas, de tres a cinco años, que bailan rumbas; le siguen las de cinco a diez, que hacen alegrías o tangos; las medianas, de diez a trece, que interpretan bamberas, garrotín o bulerías; y las mayores, como ya he dicho, con alguna que apunta maneras, que bailan seguiriyas, martinetes y jaleos.

Esquivel y su cuadro de músicos, realizan de esta manera una doble función social. Por un lado, dan la oportunidad a todos estos chicos para que expongan sin tapujos su aprendizaje ante el público, en un verdadero teatro; y, por otro, colaboran con UNICEF, la agencia de Naciones Unidas que garantiza los derechos de la infancia.

* Eva Esquivel, en la foto.

Un encuentro antológico

Un encuentro antológico

El ’5 a las 5’ en Fuente Vaqueros

Lo mejor que nos llevamos de la noche del 5 de junio en Fuente Vaqueros fue la colaboración del maestro Manolo Sanlúcar y la granadina Marina Heredia. No sólo por la simbiosis, que pudo ser perfecta si no planeara una nube de frialdad en el escenario, sino por el feliz encuentro de dos sensibilidades reconocidas. Por un lado, un guitarrista que, a sus 64 años, después de algunos pasos francamente duros, se encuentra en un momento de reposada belleza en su forma de concebir el arte y trasmitirlo. Por otro, una cantaora que está llamada a formar parte de las grandes, una cantaora que ha ido creciendo desde la base, sin prisa, con los pies en la tierra, sabiendo que si la subida es lenta la cima es estable.

Tratándose de Fuente Vaqueros, del pueblo de su admirado García Lorca, con quien, asegura, hablar de tú a tú en su estudio, que visitó en el proceso creativo de Locura de brisa y trino, el trabajo que grabó en el año 2000 con Carmen Linares, tomando prestados los versos del poeta, Manolo escoge este trabajo como regalo de los 110 años que hubiera cumplido Federico.

Para abrir boca, antes de que saliera Marina al escenario, el guitarrista comenzó a caldear el ambiente con Maestranza, una de las piezas de su disco Tauromagia (1988), y las bulerías Tercio de varas, del mismo trabajo. El granadino David Carmona, que le acompañaba como segundo guitarrista, hizo en solitario una taranta de dulce. Es un tocaor de futuro, un referente, que llegará muy alto, según el maestro.

Para la segunda parte, si se puede llamar así en un concierto que no tuvo intermedios, salió una Marina respetuosa y agradecida para acompañar al genio de las seis cuerdas en sus creaciones lorquianas. En primer lugar, las guitarras abordaron esa inmensa carta de amor, con tempo de garrotín, llamada Carta a Doña Rosita, una verdadera obra de arte. A continuación interpretaron El poeta pide a su amor que le escriba. La joven Heredia reinventa la copla. Entre las tres, cuatro, cantaoras que he escuchado acompañar a Sanlúcar en este trabajo, me quedo con la albaycinera. Su tesitura, su aporte personal, el grito controlado, los altibajos imposibles, el sentimiento desbordante, vienen como anillo al dedo poético de nuestro compatriota. A esto le sigue Gacela del amor desesperado, un hermoso toque por levante, para terminar con alegre rumba Son de negros en Cuba.

Un concierto memorable con algunos interrogantes. ¿Por qué el maestro achacó su desconcentración y su falta de finura acostumbradas a los periodistas y, en concreto, a los fotógrafos que realizaban su trabajo al pie del escenario? ¿Por qué se mascaba la tensión en las tablas, limitando la alegría de una onomástica, no concediendo siquiera la gracia de un bis, como demandaba el público?

* Marina Heredia, en la foto, como una flor primaveral.

Parafraseando

Parafraseando

Ando leyendo estos días a Cabrera Infante, Tres tristes tigres, que siempre, en tratándose de literatura, tengo asignaturas pendientes. Y, entre col y col, un Tip.

En el centro superior de las hojas pares (las de la izquierda), el titulito reza G. Cabrera Infante. Mi desmemoria enfermiza se acerca al abismo y pasé casi trescientas páginas intentando recordar a qué nombre correspondía ese "G punto" (que no punto G, aunque podría), sintiéndome seguro de que conocía de sobra este nominativo. Sin embargo, las lagunas se extienden en mi cerebro, y no lograba averiguar... (Quienes de mis lectores lo tengan claro, considerarán medio estúpido este olvido y dirán desde un comienzo: Guillermo, Guillermo).

Varios días, sin embargo, por lo que digo, estuve barajando Gabriel (como su paisano continental García Márquez) o Gonzalo (como tantos) y hasta Gualberto (como el padre y hijo de Guillermo Tell), hasta que el Guillermo se me impuso con total evidencia. Cosas del olvido que, a propósito, Cabrera Infante, lo hermana con el carajo. O sea, cuando alguien desaparece y comienza a irse al olvido es como irse al carajo (lo dice con dolor).

Pues bien, Guillermo me demuestra lo que ya sabía, que es un erotómano delicado y crudo a la vez, que es una eminencia hablando de cine, que juega con el lenguaje como pocos. Pero lo que he descubierto con gran gozo es que realiza malabares con las palabras, que sus juegos de palabras en tres o cuatro idiomas son una obra de arte.

En un pasaje de su libro, cuando juega con los refranes, me recordó a mis comienzos. A principios de los 80, yo hilvanaba: "Dime en qué escaparates te paras y te diré quien eres" o "Tanto va el cántaro a la fuente que al final se conoce el camino" o "A quien buen árbol se arrima se llena de resina".

Cabrera Infante propone A ruidos sordos ganancias de pecadores, A oídos revueltos cuñas de palabras necias, Cría cuervos y te sacarán las astillas, A quien madruga Dios castiga sin palo ni piedra... o el maravilloso Hay quien ve la paja en el ojo del culo ajeno y no ve la verga en el propio.

Carpaccio

Carpaccio

Quien maneja mi barca, se pidió para cenar carpaccio. El sábado, celebrando que era sábado, salimos a cenar fuera. Comimos lo que quisimos a un precio más que razonable (dejamos propina y todo), en un lugar donde no se fuma (doble satisfacción).

Siempre que pedimos carpaccio (esa preparación con nombre italiano y presencia noruega, que consiste en extender sobre el plato finas láminas de ternera cruda —o salmón o atún o avestruz o gamba o potro—, maceradas con aceite de oliva y algunas gotas de limón, y decorado con virutas de parmigiano Reggiano u algún queso añejo), recuerdo una simpática anécdota.

Me dirigía con mi hermano a Motril. Llegaríamos a la hora de comer (la hora de comer siempre es buena hora). Entre los comentarios obligados, relativos al manyar, comenté que me apetecía un carpaccio. Y lo dejamos estar.

En el merendero, en donde desembocamos, aprovechando que fui al baño, mi hermano decidió darme una sorpresa.

Cuando volví a su lado, no pudo resistir y me confesó: "De primero he pedido gazpacho". "Si el gazpacho me sienta mal", me quejé. "¿No era gazpacho lo que te apetecía?", se extrañó. "No", dije entre risas. "Carpaccio, carpaccio" y le aclaré en qué consistía. (¡Qué locos están estos romanos!, parece que pensó).

A tiempo estuvimos, sin embargo, de anular el pedido y sustituirlo por una ensalada de la tierra.

Un hombre bueno

Un hombre bueno

Noli me tangere


Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.

Un verano, cuando las moscas revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba los insectos que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.

Pasó el tiempo y el hombre reconoció que su pasividad no era suficiente: las golosas hijas del diablo seguían molestando a sus vecinos. De esta forma, aquel hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), untó miel por todo su cuerpo, para, no sólo soportar a las familiares que ciertamente le correspondían por derecho porculizador, sino también atraer a todas sus golosas congéneres que pululaban por los alrededores, liberando, de este modo, a las personas que le hacían compañía en aquel momento.

Al  tiempo, aquel hombre inconmensurablemente bueno, murió mosqueado, creo.

* Éste es un cuentecito que escribí a principio de los 80.

Carpe diem (el origen)

Carpe diem (el origen)

 

Al poeta latino Horacio (s. I aC) le debemos el término de carpe diem, ’aprovecha el día de hoy’, una invitación a vivir el momento.

 

La encontramos en sus Odas  I, 11, que en sus versos 7 y 8 dice:

 

... dum loquimur, fugerit invida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero

 

que se traduce

 

... mientras hablamos, huye el envidioso tiempo. Goza este día, y cuenta lo menos que puedas con el día de mañana.

 

Esta misma idea la encontramos en uno de los epigramas de Catulo:

 

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

rumoresque senum severiorum

omnes unius aestimemus assis.

soles occidere et redire possunt:

nobis, cum semel occidit brevis lux,

nox est perpetua una dormienda.

 

 

Que se traduce:

  

Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,

y las habladurías de los viejos puritanos

nos importen todas un bledo.

Los soles pueden salir y ponerse;

nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz,

tendremos que dormir una noche eterna.

Presentación Letra Clara

Presentación Letra Clara

Como sabéis la mayoría de los pacientes lectores de este blog, colaboro con la revista Letra Clara, de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, desde sus orígenes, esto es, desde hace casi doce años. Es más, fui uno de los responsables de su creación. Es una revista de estudiantes universitarios en la que estoy inmerso más por nostalgia universitaria que por estudiantil. Bueno, en serio. El responsable de la imagen y la maqueta de dicha publicación es un servidor. Por eso me mantengo en sus filas.

Aprovechando mi presencia, no mi influencia, en este número (21) se adjunta un especial de flamenco (un cuadernillo de 32 páginas offset, que es casi como otra revista).

Este suplemento tiene nombre propio, Yerbabuena, y está realizado con gran cariño y calidad entre los colaboradores. Es una manera de acercar al universitario al famenco, de abrirle nuevos horizontes, de presentar este arte como cultura, poesía comprometida, aguda y profunda en sus letras, a la vez que sencillas y categóricamente populares.

Letra Clara, y sobre todo su separata Yerbabuena, se va a presentar el próximo miércoles, 28, a partir de las 8 de la tarde, en la Peña Flamenca de La Platería (Placeta de Toqueros, nº 7, Albaycín), la que se ilustrará, como es debido, con un cuadro flamenco reunido ad hoc, compuesto por José Fernández, al cante, su hijo, de igual nombre, a la guitarra, apoyado por Josele, y al baile María Bertos.

Desde luego, estáis invitados a esta fiesta todos los lectores de este blog (y los ajenos) (si llegan a enterarse) (of course).

¡Cuento contigo! (pasaré lista).

Una tesis de flamenco contemporáneo

Una tesis de flamenco contemporáneo

Flamenco viene del Sur

Entretenida. Sólo entretenida. Ni flamenco ni espectáculo fue lo que vimos el lunes para terminar el ciclo “Flamenco viene del Sur”. Así el broche de un festival quedó desajustado. Aleccionador, sin embargo, lo que se pudo leer entre líneas, que el flamenco se va haciendo, como el camino de Machado o la revolución de Carpentier, y la teoría es inútil sin este armazón que constituye el día a día de los flamencos. También es interesante asomarnos a las interioridades de la creación, tanto pragmática como intelectual, a sus tesoros y miserias, sobre todo miserias, que no es sino una forma de airear los trapos sucios.

Un escenario dividido en dos nos muestra esta dicotomía. Es una casa de vecinos en la que viven, en un lado un escritor (Luis Lara) que realiza una tesis sobre el flamenco contemporáneo, en el otro el bailaor Javier Barón que trata de montar un espectáculo. A partir de ahí, todo queda a medias, ni el teórico aporta argumentos interesantes al flamenco, aparte de desmontar lo añejo, ni el bailaor baila. Javier se da unas “pataíllas”, eso sí, muy bien puestas, pero que no dejan de ser una pincelada para abrir boca sin dejar satisfecho en ningún momento.

Que el duende no existe, nos lo dejó claro el escritor jerezano. Sin embargo, el pellizco, ajeno a esta obra, sí lo hemos sentido en más de una ocasión. Este espectáculo es para no iniciados, para pasar un buen rato con la excusa del flamenco, para reírse de unos chistes, al estilo de Florentino Fernández imitando a Chiquito, más o menos acertados, pero su abundancia llega a saturar.

De ocho partes diferenciadas consta la obra, donde se hace un recorrido incompleto del cante flamenco. Comienza por bulerías y acaba por bulerías. Es en este palo, y en la soleá, su hermana mayor, donde el cantaor José Valencia domina. Sin embargo, en las seguiriyas y, sobre todo, en las malagueñas, deja claro su desvarío.

Sin duda, lo mejor de la velada, aparte de los apuntes ya aludidos de Javier, ha sido la guitarra de Dani Méndez, el de Morón, que, con sus granaínas en solitario o con sus aportaciones por seguiriyas, se quejaba más que la voz.

Por último, un reconocimiento a una idea original. Simulando una videoconsola, se proyecta un videojuego en la pared, “Combate flamenco”, que es una lucha entre dos bailaores, en distintos escenarios, el barrio de Santiago en Jerez o las 3.000 viviendas en Sevilla, a ver quién no pierde el compás.

Foto: Málaga en Flamenco (© Carlos Díaz Martín)

Un haiku

Un haiku

Algunos estudiosos de la poesía japonesa, y mi amigo Eduardo, sostienen que en Occidente no sabemos escribir haiku porque empleamos verbos. Los tres versos del poema no requieren acción y el uso del verbo implica ese hacer que no está permitido.

Yo, por más que intento razonar sobre el diferente planteamiento intelectual y espiritual del oriental, no tengo nada que hacer contra esta convicción. Le explico que todos los haihuístas que conozco emplean verbos. Es más, las traducciones de los versos japoneses son frases completas, con uno, dos e incluso tres verbos.

Posiblemente, la escritura japonesa no necesite esta necesaria partícula. Aunque, seguramente, la lleve implícita.

Siguiendo, no obstante, este dictado, el otro día compuse el siguiente haiku:

        En el café,
        desesperadamente,
        tu rostro inútil.

Los locos y los niños

Los locos y los niños

Dicen de los mayores, ante las primeras televisiones, que se adecentaban para ver los noticiarios. Se vestían y guardaban la compostura lógica de quien tiene invitados en casa.

No recuerdo a mi abuelo llegar a tal extremo, pero sí respondía cuando el locutor saludaba.

Ahora veo que mi hijo habla con la tele. Los personajes de Disney, en tres dimensiones, preguntan a los niños en sus historietas, esperan un tiempo y responden Sí, has acertado, o algo parecido, atine o no el chaval.

También juega en alta voz, con sus muñecos, con sus piratas, con sus coches o con sus piezas de armar.

Un profesor de pintura, que era mayor, hablaba solo. Me decía que los que no hablan con nadie son los locos y los niños. ¿Quizá los viejos y los niños? ¿Es que los viejos están locos? ¿O los mayores son niños, cerrando así el círculo de la vida?

Además, se habla de los niños como "esos locos bajitos". O sea, los niños son viejos. No sé.

Después de meditar, Juan dijo ayer: "Abracadabra, que desaparezca mi padre para siempre". Yo, lo oí por el rabillo del ojo y le dije que siempre es mucho tiempo. ¿Cuánto?, preguntó. Todo el tiempo, respondí. Entonces, volviendo a recuperar sus poderes, formuló de nuevo su encantamiento: "Abracadabra, que desaparezca mi padre un día".

Eso es más razonable, alegué, pero estaría bien que me concedieras al menos un par de semanas.

Pequeña fauna silvestre

Pequeña fauna silvestre

Al igual que su padre llevó al coronel Aureliano Buendía a conocer el hielo a las afueras de Macondo, el otro día, en un descanso de la necesaria lluvia, llevé a mi niño a ver los caracoles, cerca de casa.

Emprendimos el camino, que es el mismo que yo recorro todas las mañanas para ir a mi trabajo, y, en un descampado, antes de llegar a la plaza de las palomas, nos detuvimos a contemplar a los parsimoniosos. Eran pequeños. El caparazón de algunos tenía el tamaño de una lenteja. Había muchos encima de la acera, decenas. Sin querer, pisamos alguno y lo lamentamos, aunque iban directos a la carretera con su lenta cadencia, donde los coches no perdonan, dejando un rastro de baba a su paso. Cogimos uno de los más grandes para mirarlo de cerca, después lo devolvimos a su camino.

Unos días antes, por casualidad, descubrimos un inmenso hormiguero lleno de actividad. Observamos las hormigas negras, de diferente tamaño, que salían de vacío de aquel formicario y volvían cargadas con algo que les duplicaba o triplicaba en tamaño y, posiblemente en peso.

Juan preguntó de dónde venían, que para qué querían todo eso. Para comer, supongo. Y empezamos a seguir la caravana que se alejaba bastantes metros de su casa. Era tremenda la actividad. Era inexplicable el tácito orden que seguían. Fuimos lentamente siguiendo este serpeteante rastro en movimiento hasta ver que se perdían precisamente en el campo de los caracoles.

Posiblemente, la vida social de estos pequeños insectos, le ha interesado más que los moluscos gasterópodos, pues repitió su análisis ese mismo día.

Más adelante en el camino, se encuentra un grupo de lagartijas, unas verdes y otras marrones, que salen a tomar el sol con gran nerviosismo. Pero su investigación la reservamos para otro momento.

Ayer descubrí una mariquita de siete puntos en el patio...

Rocío Molina, fiel a sí misma

Rocío Molina, fiel a sí misma

Flamenco viene del Sur

Almario: dícese del contenedor, de variado tamaño, que se utiliza para dar cobijo al alma y a otros adminículos del propio espíritu.

Rocío Molina, pese a su juventud, encuentra el tiempo de recopilar, de echar la vista atrás y contemplar toda la herencia que le han donado sus mayores. Pero es consciente del momento en que vive y, lo más importante, hacia dónde camina. Así, el espectáculo Almario se convierte en una rendija donde podemos mirar los anhelos de esta bailaora malagueña. Rocío nos abre las puertas de su alma, nos lleva de la mano hasta su vestidor y allí, en el mismo escenario, se va cambiando de atuendo, según la pieza que va a bailar, según su estado de ánimo. Un recurso visto en otras ocasiones (Belén Maya, Isabel Bayón, La Moneta), pero introducido de tal forma en la obra que es como una prolongación del baile mismo o como el introito necesario para cuajar la escena. Rocío baila hasta cuando no está bailando. No abandona el escenario en ningún momento. No descansa. Su verdad la evidencian los espejos que reflejan su secreto y la ropa ligera que amenazaría sus titubeos.

La bailaora llega a las tablas vestida de cuero con fondo de tanguillos. Viene de la calle de un día cualquiera. Y comienza a reflexionar por tarantos, que dedica a Fernando Romero. Es un baile reflexivo y cargado de influencias. Pero, al mismo tiempo sorprendente y abrasivo. La sorpresa llega en forma de platillos en los dedos de ambas manos, dando un toque de oriental frescura a su propuesta. Poco a poco desaparecen los cueros, la chica de la calle que reflexiona y se enfunda en un vestido de cola, de tonos parduscos, para abordar la trágica y desenfrenada seguiriya ahora es una bailaora de antes que mira hacia delante. Quizá la poca luz, quizá el exceso de percusión, quizá el lejano acople de las guitarras, enturbiaran los delicados movimientos de la protagonista, su preciso zapateo. En uno de los espejos, escrito con carmín, reza la máxima “Se fiel a ti misma”.

Nuevamente se vuelve a desvestir y se encaja unos pantalones, se anuda un pañuelo y baila, de manera casi cómica, lo que da en llamar garrotín feo, que suena en off, con el inconfundible celofán de los discos. Detalles tiene este baile que estremecen. Participaciones del pasado, guiños a un baile ya extinguido. La dinámica continúa. Con un vestido rojo de vuelo y con mantón triunfa por bamberas. La belleza es indiscutible cuando el mantón está en sus manos, pero es sublime cuando lo deja caer. A esto le siguen unas bulerías de sabor jerezano, llamadas Mentiras, que todo cabe en Almario. Para terminar, fiel a sí misma, nos brinda una improvisación, que comienza con un poema al estilo de Manuel Liñán. Se va desvistiendo de nuevo, poco a poco. Se va descalzando y baila con sólo un tacón, después descalza. Sus pies juegan con el mantón extendido en el piso… Vuelve por fin a sus ropas de cuero y, con un gesto de cierre, hace mutis, como diciendo “ya está bien por hoy”.

* FOTO: Revista Acordes de Flamenco (© Eva París).

Graciosos

Graciosos

Todo tiene su momento. No hay nada más patético que alguien que tenga que demostrar en todo momento quién es o su condición.

Al igual que un médico no lleva siempre el fonendo y va diagnosticando a todo el mundo ni un campeón de metros lisos que vaya a todos lados corriendo, el humorista no tiene que hacer reír a toda costa al que se encuentre, ser gracioso allí donde vaya. A veces, le pagan para ello; a veces, parece forzado. Pero, otras veces, hay que guardar la compostura y el chistoso no sabe.

Chiste: © paisdelocos.com

Flamencas en La Zubia

Flamenco tiene nombre de mujer

Por tercer año consecutivo, La Zubia se viste de volantes y celebra su festival “Flamenco tiene nombre de mujer”, haciéndolo coincidir con los “II Cursos Intensivos de Flamenco”, en sus modalidades de cante, baile, guitarra y percusión, con un profesorado de gran prestigio. El sábado, 10 de mayo, tuvo lugar, como digo, este encuentro flamenco que tiene a la mujer de protagonista. Como artistas invitadas, mostraron su buen hacer la jienense, de Jódar, Gema Jiménez, al cante, y la bailaora granadina, de Huétor Tájar, Silvia Lozano. El formato es acertado, el baile abre y cierra la velada y, entre medias, el recital de cante.

Unos martinetes de buena factura en la voz de Sergio Gómez “Coloraíto”, dan paso a las seguiriyas con que Silvia Lozano comienza sus propuestas. El tiempo y la dedicación han hecho de Silvia una bailaora reposada y elegante, con un notorio trabajo a sus espaldas y una recta exigencia. Se nota en su baile la huella de Mario Maya y su impulso definitivo. Destacan su soltura y los detalles. Le acompañan atrás, aparte del cantaor ya citado, Juan Ángel Tirado, también al cante, Alfredo Mesa, un tocaor de evidente progreso, y Miguel “Cheyenne” con la caja, uno de los mejores percusionistas de Granada. Para las alegrías, quizá su baile insignia, se encontraba más relajada. Un baile logrado que acompaña sin aspavientos; con la participación de todo el cuerpo y la sonrisa permanente en los labios, lo cual se agradece.

Gema Jiménez sustituye a Silvia en las tablas. Su bonita y potente voz y sus indiscutibles facultades se imponen de inmediato en el escenario. Su timbre agudo hace que la cejilla de la guitarra de Eduardo Rebollar baile entre el quinto y sexto traste. Su primera entrega va por la ciudad que la acoge. Una agradable granaína llena de melismas sienta las bases de un buen concierto. Sin embargo, su repertorio es conocido, no arriesga demasiado y comienza fría, quizás debido, aunque no es excusa, a la frialdad del público. La hemos escuchado mejor en otras plazas. Los caracoles de Chacón se han convertido en una marca que esta joven cantaora borda. Unas milongas dedicadas al maestro Valderrama continúan su entrega. A la que le siguen unos tangos en los que se acuerda, entre otros, de Fosforito.

Tuvieron que llegar los festivaleros fandangos para que gema se encontrara realmente a gusto. Dos letrillas cantadas con micrófono para cantar otra a boca de escenario. El resultado, la acústica y la reacción del público, le fueron tan favorables que este último fandango se convirtió en tres. La misma fórmula aplicó en sus bulerías finales que, como mandan los cánones, cantó de pie y acompañó con un generoso baile lleno de gracia.

Loles del Cerro reúne lo mejor de Granada

Homenaje a Loles del Cerro

El primer día de marzo de este año, despedimos con gran dolor el cuerpo de Dolores Rodríguez Cortés, más conocida como Loles del Cerro, la última de las bailaoras míticas de la época de esplendor del Sacromonte. A sus 77 años confesados todavía actuaba a diario en la cueva de La Rocío. Bailaba como ninguna los tangos del Cerro. Bailaba y cantaba, y, al decir de quienes la conocían, se inventaba las letras. Tenía todo un arsenal de letrillas de tangos que, en gran parte, se han perdido con ella. Nos queda su recuerdo, su familia, “La Porrona”, que también canta y baila a un tiempo, una de las mayores conocedoras de los tangos del Monte. Y nos queda su nieta, la bailaora Vero “La India”, puro arrebato de raza “sacromontana”, fiel reflejo de su abuela. Desde el día de su desaparición, comenzó a flotar en el ambiente la necesidad de brindarle un sentido homenaje que reuniera a todos sus amigos, admiradores y aficionados. Pues son muchos, por no decir todos, los que se sienten endeudados con esta gitana llena de gracia y de sal.

El día señalado fue el viernes, 9 de mayo, en el Palacio de Congresos. Los sentimientos se mascaban en el ambiente. La sala no se llenó por problemas de promoción, seguramente, pues el cartel, además de ser un lujo, dudo que se vuelva a repetir. Que se diera cita en el mismo escenario lo más granado de la ciudad, que es, le duela a quien le duela, de lo mejor de España, es un regalo exclusivo. Mucha verdad y mucho arte corrieron por las tablas. Todos pusieron lo mejor de sí en un gran homenaje que se extendió casi hasta las dos de la madrugada.

Abren la noche algunos representantes de la Zambra de “La Rocío”. Rafi Heredia canta tangos y alegrías que bailan con sabor a cueva Estela Rubio y Alba Heredia respectivamente. Desde Barcelona llega expresamente Montse Cortés para dejarnos tientos, bulerías, tangos de Camarón y soleares que baila con estilo y precisión el bailaor madrileño Alfonso Losa, que no aparecía en el cartel. La emoción llegó con “La India” bailando soleá por bulerías y acompañada por parte de la familia de Dolores: José Fernández, al cante, reforzado por Juan Ángel Tirado, Emilio Maya y Juan Habichuela nieto a la guitarra, y Juan Fernández a la percusión. La frescura desbocada de esta chica es uno de los valores más auténticos.

Manolete no llegó a bailar, pero dejó su sentir con unas palabras y presentando a Tomatito y a Morenito de Íllora. El guitarrista almeriense comenzó por tarantas, para continuar por bulerías y acabar por los tangos y bulerías que cantó el de Íllora. Tomatito es uno de los grandes guitarristas del momento. Su toque es limpio, gitano y de pellizco. Un momento esperado y reconocido en la velada lo protagonizaron Iván Vargas y Juan Andrés Maya, también de “La Rocío”. Su baile es una mezcla de estilos concatenados. Iván comienza por tangos, que se extienden por seguiriyas y abandolaos. Juan Andrés baila unas alegrías, quizá demasiado largas, donde da rienda suelta a todo su poderío.

Después de un pequeño descanso, Estrella Morente, acompañada a la guitarra por Miguel Ángel Cortés, demostró una vez más la plenitud de sus facultades. Estrella, que llevó a Loles del Cerro en su espectáculo “Pastora 1922”, hizo tangos y bulerías, que también bailó y se acordó de su padre, el cual le sustituyó en el escenario, sin duda el plato fuerte de la noche. Morente, con Paquete a la guitarra y Bandolero a la caja, nos hace bulerías y seguiriyas de fiesta, en las que introdujo alguna letra dedicada a la del Cerro. Juan Habichuela nieto sube al escenario después del maestro y, sin ninguna dificultad, mantiene alto el pabellón., interpretando un zapateado y unas cantiñas. La japonesa Maya le da un excelente contrapunto con su violín.

Para cerrar la noche, la guinda, como dijo Curro Albayzín, presentador del concierto, junto con Juan Pinilla, Marina Heredia mostró su buena forma y sus deliciosas maneras. Con dos guitarristas de bandera, Luis Mariano y Miguel Ángel Cortés, Marina nos sorprende con la bulería “Nuevo día” de Lole y Manuel y continúa con tangos de la penca, que terminan por Morente. Y, con un poema de Ataulfo que ensalza la figura de la artista, se despide un homenaje de leyenda.

Las margaritas

Las margaritas

Al fondo de mi calle hay un jardín que nadie cuida. Es una jardinera elevada donde crecen plantas que alguien plantó. Predominan las palmas, las plantas de agua, silvestres... Plantas meditarráneas, bastante resistentes.

Entre ellas hay un hermoso ramo de margaritas que en bastantes ocasiones luce sus flores blancas. Estas margaritas son cimarronas. Pero, como todo ser vivo, necesitan agua. Cuando el inevitable calor se bebe el campo, agrietea la tierra, estas alegres flores se agostan como pasas. La más mínima humedad la agradecen tensando su tallo (parecen hombres).

La abundante lluvia de estos días las revitalizan, es un soplo de vida para este jardincillo. Pero, con el inevitable sol del estío venidero, que amenaza crudo, con ese astro que usa gafas contra sí mismo, el vegetativo micromundo se marchitará lentamente. Aunque, no sé por qué todos los años resucita como el fénix, como el Dalai Lama.

Estoy por llevar un buchito de agua para espolvorear a diario estas margaritas o una botellita o decirle al vecino más próximo que el agua de cocer las verduras la arroje por la ventana, encima de este parterre, y no la vierta inútil en el fregadero.

Peces

Peces

Ayer, justo el día en que cené boquerones, se presentó mi hijo con dos pececitos. Se los había dado mi hermano, al desmontar un escaparate del Día de la Cruz, que nadaban tristemente en un pilarillo artificial. Juan los ha llevado esta mañana a la pecera que tienen en su clase. Ellos los limpian, les cambian el agua y les dan de comer.

Uno de los peces es el tradicional naranjita (aunque el niño dice que es amarillo), parecido a un salmonete. El otro es negro, una carpa, parece que se llama (mi ignorancia en seres acuáticos que no se comen es supina) (incluso en los comestibles). La carpa (llamemosle así) tiene los ojos saltones, como Luis Buñuel o como si su antigua morada hubiera contenido ginebra en vez de agua.

Para los orientales, tener una pecera en casa es un signo de bienvenida, de hospitalidad, de buena suerte. Llegan hasta a sacar la pecera a la calle o se la llevan de paseo como quien le da una vuelta al perro. Pero a mí no me dicen nada. Siempre mirando y mascuyando algo que nadie entiende.

Me pone nervioso su silencio y su constante ir y venir que se altera cuando te acercas. ¡Oye, amarillo, pedorro, que no os voy a hacer nada!

Pero no me entiende. Como yo no los entiendo a ellos.

De salvapantallas, un tiempo, tuve una pecera, con tiburones y todo. Eso sí que era simpático. No pedían pan y si les cambiabas el agua, el ordenador hacía agua, como un tres plalos bombardeado bajo la línea de flotación.

Crédulos

Crédulos

Mi dueña opina que nuestro vástago no debe ver Los Picapiedra porque va a creer que en los tiempos primitivos tenían troncomóvil e iban a la bolera. Sin embargo, no está vetado un oso con corbata y sombrero que habla en verso.

Cada vez es más fácil vendernos lo improbable. Los adelantos tienden a entorpecer la razón.

Mi hijo desea volar como Supermán, lanzar telas de araña y bolas de fuego; quiere ser invisible y que los reyes le traigan una varita mágica y una alfombra voladora. Le gustaría tener un perro de tres cabezas y subir a una nave espacial. Todas las noches busca la estrella de los deseos y quiere encontrar un tesoro escondido en la arena de la playa. Para comer prefiere los filetes de ballena y para dormir las nubes blandas.

La fantasía roza la mentira. ¿Hasta qué punto la inocencia es candidez?

¿Y si los equivocados somos los demás? En el manicomio piensan que los locos están fuera.

Todos, en nuestro estadio, somos crédulos, cándidos, incautos (más cercanos a la estupidez que a la sabiduría). Einstein decía que todos somos ignorantes pero no todos ignoramos lo mismo.

Por muy listos que nos sintamos, todavía creemos que el hombre subió a la luna, que la belleza se lleva por dentro y que el mundo es redondo.

La eternidad comienza un lunes

La eternidad comienza un lunes

Desde hace no sé cuántos años, en un rinconcito de Granada, llamado Anaïs, se van publicando unos cuadernos mínimos de poesía, Vitolas, que se presentan los lunes alternos.

Los poetas entregan algunos de sus versos, no muchos, una fotografía y una pequeña nota biográfica.

La Asociación del Diente de Oro, dedicada a salvaguardar la memoria de Javier Egea, se encarga de imprimir los poemas en un librito del bolsillo de un libro de bolsillo y de preparar el micrófono el día que ve la luz.

Han hecho Vitolas todos los poetas de Granada, más o menos consagrados, y bastantes vates de fuera.

Hoy, lunes 5 de mayo, presenta La eternidad comienza un lunes Inmaculada Maroto Moles, co-directora de Letra Clara, que compone la Vitola número 74. Un servidor presenta a esta joven protagonista.

A partir de las 22’00 horas, os espero en:

Café-Libros Anaïs

Buensuceso, 13

Granada

En busca del tiempo perdido

En busca del tiempo perdido

Flamenco viene del Sur

Bonito, equilibrado, redondo. Sin aspavientos ni excesos técnicos. Una obra, Tejidos al tiempo, de la Compañía Flamenca “La Choni” con contenido y con continente. Algunos de los recursos utilizados, sin embargo, ya los hemos visto anteriormente, aunque no aparecen de ninguna manera trasnochados. Al contrario, disfrutamos de una puesta en escena fresca, valiente y dinámica, gracias al director Jorge Barroso “Bifu”.

La parquedad de un escenario bicolor, asimétrico, y una bailaora colgada como si fuera un muñeco de hilos, juguete del destino, nos saluda bailando por seguiriyas. Son interesantes los movimientos quebrados, automatizados, de la marioneta que cuelga del techo. Es sobresaliente la música amable, creada por Raúl Cantizano, que sostiene el armazón del espectáculo y actúa como verdadero diapasón de los momentos, compás del paso de un tiempo sin tregua.

En el ángulo izquierdo, a boca de escenario, un reloj de arena nos recuerda que estamos irremisiblemente unidos a la rueda del tiempo. El hombre de negro (con vestido de cola y paraguas abierto), que puede ser el mismo tiempo o su desenlace final, remata la pieza cortando los hilos que apresan a la bailaora brindándole un poco más de libertad, algunas horas regaladas a la inevitable muerte. Ya liberada, la bailaora sevillana, se despereza por Huelva.

Las bulerías, que aborda Alejandro Granados, el artista invitado, siendo lo más reconocible en su conjunto, constituyeron uno de los bailes con más pellizco. Alejandro es de elegante profesionalidad. Maestro de maestros. Reposa el baile, patea el horizonte, baila su propio eco reflejado en el éter. ¡Ole!, sin objeciones. Un ole también a la voz rotunda de Alicia Acuña. En la soleá “Una esperanza encontrada”, “La Choni”, muestra su lado más flamenco. Entre sus silencios, quizá excesivos, destacan su juego de brazos, su refinada estampa, el elegante vaivén de su vestido de cola.

Sin duda, el mejor momento de la función llega en forma de milongas. Vicente Gelo hace un cante entrañable, con muchísimo gusto y frescura. El baile es de una plasticidad exacta. La comunión entre el baile contemporáneo y el flamenco es la más conseguida que he visto en mucho tiempo. En otras ocasiones, ambas manifestaciones de la danza se muestran ajenas o mal calzadas. Es encomiable la aparente sencillez preñada de belleza de Asunción cuando se queda sola y se desdobla para bailar consigo misma, mitad hombre y mitad mujer, mitad negro y mitad rojo, el yin y el yan en una escena para el recuerdo.

Termina la función con una nana musical, interpretada con zanfoña y escobillas de de jazz, en donde los tres protagonistas recorren el escenario, hasta que “La Choni”, frente al reloj, comienza a devolverle arena, intentando recuperar así el tiempo que se pierde.