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La riqueza instrumental de Paxariño

La riqueza instrumental de Paxariño

Qué gran concierto y qué poco aprovechado. El sobresaliente que alcanza Javier Paxariño, uno de los máximos representantes de la World Music de España, y el resto de su banda, no rozó el sobresaliente por las condiciones del concierto.

Me enteré a última hora, pero no podía perderme las propuestas de Paxariño en Granada, su ciudad de origen (después me lo dijo). Venía a ilustrar un congreso sobre inmigración en la facultad de Ciencias Políticas.

Empezó bastante más tarde de lo que estaba anunciado, pues debía supeditarse al ritmo del congreso, que se alargaron sus sesiones y después hubo un catering a manera de recepción. El sitio destinado para el concierto no era el salón de actos sino un aula grande y fría habilitada para tal que ocupamos menos de una treintena de personas y la mitad de ellas ajenas al evento académico.

Una pequeña palestra les servía de constreñido escenario que difícilmente se veía ante la planitud del aula de pupitres terriblemente ordenados. Una luz fluorescente e invariable terminaba por afear el ambiente.

Paxariño y los suyos, sin amilanarse un ápice, dieron un recital de categoría, como si los estuvieran observando tres mil espectadores. Tratándose de unas jornadas migratorias, sabiamente quisieron hacer un viaje por el mundo centrados en el Mediterráneo, aunque con puntas de estrella bien visibles. En cada estación mudaban los vientos, o sea, el instrumento soplado por el titular de la banda.

Comenzaron con una pieza breve chinesca en escala pentatónica, que es la clave que identifica la música oriental. De China pasan a Grecia y de aquí se expandieron por territorio turco, llegando a las montañas de Anatolia, donde se acuerdan del pueblo Kurdo, con un curioso compás por seguiriyas. Desde aquí empezó a tomar protagonismo en la velada un clarinete metálico originario de Turkía.

Pasamos después a oriente medio con un tema extendido por todo el Islam, procedente de Córdoba del siglo noveno, para desembocar en propuestas bereberes con ritmo de bulerías.

Aunque, al no tomar nota, puede que se me olviden temas, altere el orden y pierda detalles, su recorrido por las tres culturas que han denominado la Península Ibérica: la musulmana, la judía y la cristiana, caracterizaban el recital.

Un tema propio de gran riqueza nos fue acercando al final donde saltaron a Argentina, haciendo una pieza de un músico de Astor Piazzolla, que no logro recordar su nombre. Aquí destacaron los solos del pianista, a pesar del órgano tan limitado que se obligó a manejar (después me confesó que el teclado “sonaba poco pero desagradable”); y los del percusionista, David García, grande donde los haya. Demostró el dominio del bombo que, para un baterista es lo principal. Por mucho juego de manos que se tenga si no se controla el compás del pie derecho es difícil destacar en la batería.

Los instrumentos eléctricos que en interacción con los acústicos generaban un espacio mágico

Un tema de percusión, dirigido por este baterista, donde tañían dos medias calabazas en sendos barreños de agua, un par de tambores de distintos tamaños y unas piedras que entrechocaban imprimiéndoles agudeza al conjunto, representaría la personal guinda étnica.

Un rápido bis sefardita (la facultad la cerraban) puso fin a un concierto tan bueno como desaprovechado, repito.

Esas flores azules

Han salido de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.
He sentido tus manos
escribiendo esta carta,
la última que recibo.
Me dices que te deje
que el amor terminó,
que el otoño ha pasado,
que olvide como tú.
He pisado de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.

Primavera Flamenca de Tokio

Primavera Flamenca de Tokio

Por qué me voy tan lejos, os preguntaréis algunos, después de llevar una semana sin poner una nimia letra en esta dirección.

No he actualizado el blog, en primer lugar, porque he tenido una semana de vértigo. Durante los días pasados no he parado entre flamenco, reuniones y poesía y no he tenido lugar para echarle un rato a esta bitácora tan mía como vuestra.

Así se me han acumulado acontecimientos de diferente intensidad que no creo que les dedique demasiado, pues sólo de pensar en recordarlos me entra una tediosa pereza.

No obstante, haré mención de algo de lo pasado a modo de inventario. El sábado 5, actuó el Parrón en La Chumbera y su cante dejó el buen sabor de boca que acostumbra, aunque su aparición fue bien escasa (se rodeó de un nutrido cuadro que lo arropaba). Destaco de esta velada el baile enraizado y preciosista de Angustillas ‘La Mona’.

Esa misma noche tuvimos a Miguel Ochando en La Platería, que también estuvo corto. Es una delicia su toque y su guitarra más canora no puede ser. ¡Agua clara! Su alumno aventajado, Álvaro ‘Martinete’, dio una lección de altura, defendiendo su vuelo. Sonó casi mejor en solitario que a dúo con su maestro.

El domingo 6, subimos a la Romería de San Cecilio, patrón de Granada, al Museo Cuevas Sacromonte. Allí actuaron un grupo de profesores y alumnos de la escuela Carmen de las Cuevas. No lo vi todo, pues me retiré tras unas cervezas para comer en el valle, pero me impresiono la evolución del baile de Raimundo Benítez.

El lunes 7, ya lo anuncié en estas mismas páginas, tuvimos la presentación del “Cartón”, de poesía flamenca, de Juan Carlos Friebe, en el que oficié de maestro de ceremonias. Cantó por soleá, siguiendo los patrones del poeta, David Sorroche, y se despidió por tangos, al cual estamos muy agradecidos. Recitó, como no, el mismo Juan Carlos y leyó un poema introductoria en ‘dialecto’ siciliano el calabrés Daniel Cundari.

Del martes 8, ya os contaré. El miércoles, sin embargo, me asomé al Liberia a ver a Miguel Barroso, defensor del cante serio donde los haya, y a Pepe Agudo, a la guitarra, con muy buena voluntad pero que no está a la altura. Debería ir peldaño a peldaño y no subir las escaleras de tres en tres.

El sábado 12, estuve dando un taller teórico sobre el flamenco y el Sacromonte, paseando por el Camino, a una veintena de monitores de scouts. Y, por la noche, presenté la Semifinal de cante del II Concurso Jóvenes Flamencos de la Diputación de Granada, en la localidad de Monachil. Me perdí a las hermanas Urbano, Judit (con un disco reciente) y Patricia en La Chumbera y a Miguel Lavi en La Platería, lo que estaré lamentando durante mucho tiempo.

Y, el domingo, o sea, ayer, descansé, viendo que todo lo que había hecho era bueno.

Ahora, por qué hablo de Tokio. Resulta que la productora granadina Teatro de la zambra y la productora japonesa Iberia han suscrito un contrato para promover el primer festival flamenco de Tokio durante los días 28, 29 y 30 de abril, y el 1 de mayo en el Teatro Sinjuku Bunka Center de Tokio. Estas productoras, con el apoyo del cantaor Enrique 'El Extremeño' han configurado un cartel con ocho figuras relevantes del baile flamenco actual. La mitad de la programación la ocupan figuras del baile granadino. He aquí la noticia.

Junto a Farruquito, Olga Pericet, María Juncal y Alfonso Losa, estarán Fuensanta La Moneta, Patricia Guerrero, Manuel Liñan y Luis de Luis. En la comitiva irán algunos otros granadinos como el guitarrista Emilio Maya. Son, sin lugar a dudas, nuestros mejores representantes, que elevarán varios enteros el nombre de Granada en la capital nipona. Este programa cuenta con la ayuda de la Agencia Andaluza del Flamenco.

* Tokio de noche.

El soñador del hammam de Granada

El soñador del hammam de Granada

Cuando cierro los ojos con fuerza me sumerjo en el siglo quince. No se lo he contado a nadie y no creo que lo haga. Me tomarían por desequilibrado o bebedor. Pero, desde la primera vez que entré en los baños, sentí esa llamada.

Nunca quise participar de la afición de mi amigo Juan a las aguas salutíferas. Todos los domingos solemos ir a la montaña, para respirar aire puro, hacer ejercicio, descubrir sitios nuevos, disfrutar del paisaje. Es una inyección de vitalidad. Es como recargar unas pilas que se van desgastando durante el resto de la semana. El campo es vida. La naturaleza es el mejor estímulo para continuar avanzando.

Cuando regresamos de la excursión, a eso de media tarde, nos despedimos. Mientras yo me voy a casa a descansar, relajarme y prepararme mentalmente para el fatigoso lunes, Juan se va a los baños árabes para hacer lo mismo. Siempre insiste en que lo acompañe. Yo le digo que no, que no me atrae, que dudo que me relaje tanto como mi casa, mi ducha y mi tele.

No obstante, un día de verano, cuando la luz es duradera y el sol se rezaga para que la luna pueda descansar un poco más, decidí acompañarlo con poca convicción. Me invitaba a entrar y atendería mi súplica cuando deseara marcharme.

Nos desnudamos. Nos dieron un masaje. Juan prefería que fuera un hombre quien amasara su espalda. Gustaba de su fuerza. Recibir una amigable paliza. A mí me tocó una chica que fue un valor añadido. No me preguntéis cómo era porque no me fijé. Sólo puedo decir que tenía unas manos de oro, que entre friegas y olores pude visitar el séptimo cielo.

De cualquier forma prefería haber ido a casa. Bueno, por una vez no iba a protestar. Además, no estaba obligado a repetirlo. Le daría las gracias diciendo que estuvo bien pero eso no era para mí.

Entramos al agua fría con satisfacción, pero seguía pensando en mi ducha y en mi sillón. No duramos mucho. Rápidamente me llevó a otra piscina sensiblemente mayor aunque menos profunda.

El agua estaba caldeada y la sensación de relax se hacia evidente. Tumbado, cerré los ojos hasta quedar ligeramente traspuesto. En mi mente se dibujó la imagen difusa de una dama que pedía socorro.

Desperté acalorado. Tuve que orillarme un rato antes de volver a entrar en el baño. Juan, feliz y ajeno, sonreía. Con los ojos cerrados, volví a contemplar la chica de tez oscura, envuelta en velo blanco. Alzaba las manos hacía mí diciendo que la salvara y repitiendo mi nombre: Jaime, Jaime, Jaime…

Jaime, me zarandeó mi amigo, debemos irnos, dijo. Algo trastornado me vestí, salimos a la calle y nos despedimos. No volví a pensar en ella ni entreverla en mis sueños. Es más, al día siguiente era tan sólo humo.

El próximo domingo, aunque me lo pidió, no quise repetir la aventura. Mi casa es mi casa, por muchos paraísos externos que existan. Hogar dulce hogar. Pero tras la siguiente excursión fue más la insistencia que la resistencia. Así que repetimos masaje, baño y, por mi parte, sueño. Nada más cerrar los ojos descubrí a la cautiva.

Los pocos mechones que se escapaban bajo el pañuelo de su cabeza eran azules de tan negros, los ojos grandes y almendrados, verdosos, con un mirar ligeramente estrábico que reforzaba su profundidad e interés, la nariz helénica y redondeada, los labios carnosos, y en su mano un anillo con una hermosa piedra de jade. Cuanto más fuerte cerraba los párpados más nítida la veía.

Juan me despertó. Era un misterio surrealista. Por muy claro que lo viera no dejaba de ser un sueño que se asomaba a mi subconsciente en aquellos baños y sólo allí.

Tuve que volver el siguiente fin de semana para concretar esta historia, este reflejo de mi mente producido sin ninguna duda por el ambiente donde estaba. No se lo quise contar a Juan ni a nadie. Era una paranoia mía y como tal yo debería encontrar solución.

Mi compañero simplemente pensaba que me estaba aficionando a los baños árabes, que ya sabía que… Lo que no llegaba a entender, sin embargo, es cómo aguantaba tanto en el agua caliente, que a veces me saltaba hasta el masaje.

Es posible que a esas alturas ya se hubiera convertido en una obsesión, en un capricho de soñador. Y la verdad es que cada vez entreveía un poco más. La vaharada de un principio se estaba esfumando y ya veía desde sus manos suplicantes hasta sus pies pequeños.

No sólo me hice fijo los domingos, sino que empecé también a ir los sábados. Y después tres veces por semana. Hasta que al final asistía a diario. Como era un cliente fijo empecé a gozar de algunos privilegios, como el de prolongar la estancia bastantes minutos más.

Juan no llegaba a comprender esta dependencia. Alguien reacio a todo lo que no fuera su poltrona, era imposible que cambiara de parecer de la noche a la mañana. Llegó a pensar que me gustaba alguna chica de entre las masajistas o la recepcionista. Pero éstas iban cambiando de día en día y yo iba a diario. ¿Sería alguna clienta?

Se fijaba cuando iba pero observaba que yo no le hacía caso a nadie y, sin embargo, andaba acertado. O sea, su amigo Jaime se estaba enamorando. Pero no de una trabajadora o de una usuaria de los baños, sino de un sueño, de una fantasma que pedía auxilio encerrada entre cuatro paredes, a quien yo llamaba Ada.

En una de mis inmersiones, con su voz fina y elegante, dijo llamarse Abda, pero me fue más fácil bautizarla como Ada. Un nombre bello para una mujer bella, aunque triste.

Al saber su nombre consulté a un conocido llegado de Tetuán. Me dijo que Abda significaba esclava en árabe. Que lo escogen los padres para sus hijas con el orgullo de que hagan honor a su nombre y que sea humilde y sumisa, la sierva de sus mayores, de su marido y de sus hijos. Me pareció un cruel destino.

La escena se repetía a diario. Ada, sin moverse del sitio, lanzaba sus brazos hacia delante pidiendo socorro, rogándome que la ayudase. Yo le preguntaba cómo, qué podía hacer… Pero ella no respondía. Miraba hacia todos lados y bajaba la cabeza repitiendo mi nombre. Jaime, Jaime, Jaime… Y Jaime sufría de impotencia por no poder hacer nada.

Pasaron bastantes días y su jaula se mostraba más precisa. Curiosamente se parecía enormemente al lugar donde yo me encontraba en ese momento. Yo diría que eran los mismos baños pero con una decoración diferente. Paredes y suelos estaban llenos de tapices y hachones encendidos en las paredes sustituían los focos que nos alumbraban.

Una de las sesiones de baño, predispuesto a la mayor concentración para dilucidar algo más, para aprender a volver a mi enamorada mortal o hacerme yo etéreo y soñarme en mis mismos sueños, observé a un hombre alto entrar en la estancia y cerrar la puerta tras de sí con una gran llave. Venía ricamente vestido con túnica, joyas y turbante. Gastaba perilla picuda y ojos aviesos. Se sentó en un puf de cuero e hizo que la bella se desnudara intimidándola con una fusta. En ese momento abrí los ojos para no ver. Pero de inmediato volví a cerrarlos para sancionar las intenciones del malvado.

Ada, con su piel canela, de pie en el centro de la pileta se lavaba lentamente con las manos abiertas. Su anillo de jade como única vestimenta. El amo, con los ojos encendidos, animaba a la beldad. El agua que ella vertía sobre su cabeza arrastraba sus lágrimas.

Terminado el baño, secó su cuerpo con lienzo blanco de algodón y volvió a cubrirse con sus vestidos gaseosos. Con un cepillo de púas largas atusó su largo cabello durante mucho tiempo ante la mirada atenta de su guardián y del soñador. Cuando llegó el momento de irme estaba llorando y no supe explicar el porqué.

Durante varios días Ada seguía peinándose entre callado llanto. No quiso hablar, aunque estuviera nuevamente sola. Su raptor había desaparecido.

Entre el sueño y la vigilia comencé a gritar Ada, Ada, Ada… Pero Ada no contestaba. Estaría molesta por mi pasividad, por no liberarla, por no hallar el secreto que la encerraba entre los muros de su celda, entre las telas de mis sueños.

Perdí la cuenta de tantos días teniéndola sin tenerla. Descuidé mi vida real para impregnarme del mundo onírico que me seducía a diario. No podía olvidarla. No podía dejar de pensar en ese cuerpo canela, en esos ojos aceituna que me miraban tiernos y glaucos. En esa boca que volvió a repetir con ansiada esperanza: Jaime, Jaime, Jaime…

No sólo apretar los ojos definía a mi amada, sino la duración del tiempo sumergido evidenciaba su figura y su estancia y su voz y su aroma incluso. Así, aguantando bajo agua, estoy seguro que roce sus prendas, que asió mi mano, que muelle escapó.

Emocionado con la experiencia, volví a repetirla un día detrás de otro. El contacto físico cada vez era más real. Mi permanencia debajo del agua se prolongaba hasta límites peligrosos.

Un día tomé aliento, decidido a no emerger hasta abrazar a mi querida Ada, hasta besarle los ojos tantas veces como lágrimas había soltado esperándome, con mi nombre desprendiéndose de sus labios. Cerré los ojos y hundí mi cuerpo. Cuando empecé a notar cierta ingravidez e inconsciencia, egresé y ya no estaba donde creía. Las paredes del hammam estaban cubiertas de tapices y el suelo de alfombra. Las llamas de las antorchas alumbraban la estancia. Ada entró en el baño donde yo me encontraba y cogió mi mano y haló de mí y me llevó junto a su señor que nos miraba callado levantándose de su escaño.

Llevamos mucho tiempo esperándote, me dijo. Ada no me soltaba del brazo mientras el moro hablaba. Falta poco para que rindamos la ciudad, continuó. Nuestro cuerpo desaparecerá pero no nuestro espíritu. Estaremos en el alma de quien nos sueñe…

Desperté al bode del ahogamiento. Estuvieron un rato haciéndome la respiración artificial.

Al tiempo, ya recuperado, volví a los baños pero no volví a contemplar a mi diosa y su captor. Cada vez más en consecuencia pienso que sólo fue un bonito sueño.

Otras veces me asomo a las aguas calientes del antiguo hammam, cierro los ojos con fuerza, me sumerjo infinito, pero no vuelvo a pensar en fantasmas que, por otra parte, nunca he creído. Aunque siempre conservaré un anillo de jade que apareció en mi puño el día que iba a perecer ahogado.

* Presentado, sin ningún éxito, al Primer Premio de Cuentos del Hammam.

** Fijándose bien, se me puede ver sumergido en el el baño, tomando las aguas calientes.

Canciones de la vereda

Canciones de la vereda

Éste es el prólogo que he escrito:

Oficialmente, el flamenco ya es Patrimonio Oral de la Humanidad. La Unesco nos avala. Entre otras cosas, este galardón reconoce la herencia inmaterial de nuestro arte, o sea, su cultura oral.

Ser flamenco es una actitud. Flamenco no es el que canta, baila, toca la guitarra o hace compás, sino el que vive flamenco. Se despierta flamenco y se acuesta flamenco. Así, en este mundillo, también se encuentra el aficionao’, el amante del buen hacer, el que siente la queja, el soniquete y el pellizco, el que alguna vez ha encontrado el duende, aunque no sepa explicar bien lo que es.

Son muchos los intelectuales que se han acercado, como reconoce Friebe, con mucho respeto. Autores que han compilado letrillas, descubriendo en éstas la enormidad de su simpleza. Engarzar en tres versos toda una historia es una tarea enorme y al mismo tiempo sumamente básica.

Algunos se han atrevido a proponer poemas y estrofas para ganar la recompensa de correr anonimamente de boca en boca y no recoger la medalla del prestigio. Pocos han cuajado, la verdad. Pero se canta, sin saber muy bien su autoría, a Lorca, a Ganivet o a Benítez Carrasco. Pero lo más se cantan las ducas de los propios cantaores que, con su cultura popular, divisan el mundo.

Es tan oral el flamenco que cada vez que se canta suena distinto. Una de las características del flamenco es su proceso repetitivo. Desde que hay memoria, siempre se está cantando lo mismo: las mismas letras bajo el mismo esquema musical. Su grandeza estriba en la interpretación del momento, siendo habitual el trueque de palabras, el uso de coletillas, el recorte o ampliación de los tercios, etc.

No todos los que recogen letrillas las plasman fonéticamente, aunque ejemplos hay, como Demófilo, el padre de los Machado. Pero mucho menos, el que se atreve a proponer algunas estrofas, que lo suela escribir en andaluz, pues esta lengua, sin querer polemizar, es más hablada que escrita. Incluso no hay sólo una manera de hablar andaluz, sino hay formas varias, como vario es el terruño sur peninsular.

Juan Carlos Friebe, como buen corredor de fondo, sabe esto y se aventura como niño en casa abandonada. Con una base sorprendente en la canción flamenca, cuadra sus letras para ser cantadas, las escribe como son dichas y elabora convenciones personalísimas a la hora de transliterar el habla andaluza.

Sus textos, de esta manera, son ricos en apóstrofos, síncopas, elipsis o cursivas, haciendo de su lectura, de su medida en concreto, algo arbitrario. Es una forma, como podía haber usado otros códigos, verbigracia, vocales abiertas al final de las palabras o sustitución de la “s” y la “l” por la “r”. Sea como sea, la cuestión es que sus letras cuadran, que se pueden cantar y que tienen el aire deseado, es decir, las alegrías son alegrías, las carceleras carceleras o las soleares soleares.

Ni qué decir tiene, que antes de aventurero, Juan Carlos es poeta. La riqueza argumental a que nos tiene acostumbrados, el ritmo en sus composiciones y la rima interna son marcas de la casa. Y no contento con esto, nos propone de cuando en vez notas a pie de página que enriquecen y justifican el canto aludido, a la vez que expande el paladar del lector solitario. Aunque este cartón huye de la soledad. Como refiere el autor al final de los textos, estos poemas no son para ser leídos, sino para ser cantados, para ser escuchados. No es un libro de encierro, sino una copla común llena de complicidad.

Atendemos en Juan Carlos Friebe, no sólo con este trabajo, sino con buena parte de su producción, un poeta experimental, preocupado por nuevos lenguajes y extensiones, como pudieron ser Juan Ramón Jiménez o Juan Eduardo Cirlot, que se regodea en el sonido y en los arpegios. Tantea el terreno y, como en un vals, da tres pasitos para adelante y tres pasitos hacia atrás, para descubrirse enteramente en los Fandangos, en el Pregonado o en la Coda triste, dedicada a Enrique Morente hace ya algunos años.

Mucho más se podría hablar, mucho nos desvela el poeta en su barroco colofón, pero mucho más hay por descubrir desde el momento que pasemos esta página.

* El "cartón" de Juan Carlos Friebe Canciones de la vereda se presenta esta noche de lunes (7 de febrero),  a las 22,30, en la Venta el Gallo del Sacromonte.

Minutos de gloria

Minutos de gloria

Lo leí, creo que por primera vez, en un artículo de Antonio Gala. Decía que el amor podía llegar a ser eterno en diez minutos. Frase que me he vuelto a encontrar, dicha por unos y por otros, de igual forma o de manera diferente.

La intensidad se convierte así en la máquina del tiempo. El momento puede ser inmenso y su recuerdo infinito. Diez minutos que, como el verso del poeta, pueden darle sentido a toda una vida.

Pero hablamos de amor, arrebato, pasión... Pero, ¿y su opuesto, cualquiera que sea? Dolor, odio, indiferencia (como apunta Punset).

Y también el poder, la fama, la victoria... Diez minutos que pueden voltear nuestra forma de ser, de vivir, de entender nuestra presencia en el mundo y, sobre todo, nuestra interrelacción con los demás.

Ayer, en el autobús en el que marchaba a recoger a mi niño del colegio, se montó una amiga cuando el conductor ya había arrancado. Con la premura de quien le sonríe la suerte por los pelos, no se fija en mí en un principio.

Cuando guarda sus pertenencias y acomoda el latido de su corazón al rum-rum de la carretera, levanta la vista y me ve, y se acerca para saludar. En ese instante el autobús frena bruscamente y ella cae sobre mí dándome un abrazo de película.

Rápidamente me pide perdón por el involuntario tropiezo. Yo le digo que creía que se alegraba mucho de verme.

Todos los parroquianos del coche que habían visto y oído el episodio comenzaron a reír. Incluso, cuando me bajaba en la siguiente parada para hacer trasbordo, seguían celebrando la ocurrencia y rememorándola entre ellos.

Al recoger a Juan y preguntarle por sus cosas, después de haber escondido estratégicamente dos palos que se sacó del bolsillo entre los pinos, le cuento yo las mías, entre ellas el tremendo abrazo y la reacción del público espontáneo.

De pronto me dice: "Papá, me gustaría tener el éxito que tú tienes".

* (Sin duda, al paso que va, él tendrá mucho más "éxito" que yo.)

Alejandrinos para una reina

Cuando Bada amanece sugiere alejandrinos.
Es la reina ejemplar con que sueñan los cuentos.
De destacada altura, en época temprana,
sin llamar la atención por tal característica;
mejor proporcionada, en cambio, su figura;
suaves ojos etruscos; fina ceja elevada,
de melada impresión a fresco mentolado;
largos rizos azules de tanto en tanto negros,
que lucía sin presa, inherente a las damas
de grandeza su cuna y libre condición.

La reina se mostraba tan pura y transparente,
que el Sol palidecía ante el rostro encendido.
Largo velo sedoso, hilvanado con oro,
cae sobre sus hombros, al modo bizantino,
que se impone en la corte, mas no sobre la cara,
como era la costumbre de las damas hispánicas.
En su mano brillaba de oro verde anillo
con dos rubíes pálidos y turbios incrustados.
Su cuello, terso y níveo, expone un medallón
como pavo real y cola desplegada
que rellena su esfera, emblema de princesas.

La señora lucía bajo capa de martas,
corpiño de cendal escotado en redondo
que mece olor sabeo de nardo entre sus pechos.
Los tres o cuatro pasos, que grácil la acercaban
al preso en la palestra, como de terciopelo,
mostraban elegancia sobre sus borceguíes
de colorido hortensia de ojal abotonados
y tacones dorados de trágica estatura
que alientan su esbeltez de por sí generosa.
En la mano portaba un espejito atento
de terciopelo púrpura con torneado puño,
adornado con plumas de reales pavones.

Todo en ella vencía cualquier sueño ideal.
Todo en ella rozaba la sublime elegancia.
Su imagen abrumaba de tanta perfección,
llegando a fulminar a los simples mortales
si acaso desprendía una amable sonrisa
de su rostro nevado de vivos ojos verdes.
Cada una de sus risas se transformaba en flor
en los blancos rosales de sus luengos jardines,
donde tiemblan tal vez cientos de mariposas.

* Del libro inconcluso "Septimio, el descabezado de Ilíberis".

** Bada es la esposa del rey godo Recaredo que reinó a finales del siglo VI hasta principios del VII.

Apostilla al Festival Homenaje a ‘Cobitos’

Apostilla al Festival Homenaje a ‘Cobitos’

Para no alargar innecesariamente con cuestiones paralelas el artículo anterior sobre la clausura del III Circuito Provincial de Peñas Granaínas, dedicada a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’, he guardado estos apuntes para un aparte.

Para empezar quiero compartir las buenas noticias que nos trasmitió Pedro Benzal, Delegado de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada, en buena conexión con la Diputada de Cultura, Mª Asunción Pérez Cotrarelo.

Es posible que un par de reuniones históricas que tuvimos a principio de 2010 estén dando resultado. En definitiva se intentará vestir de largo el flamenco granadino, tomando carta de identidad, siendo heredero de su pasado y responsable de su futuro. Esto quiere decir que retomaremos, en cierta medida, el concurso del 22, reflejando su espíritu y preeminencia en 2012, después de 90 años (nunca es tarde); que habrá otra reunión antológica el 15 de febrero para poner “orden” en este mundo; que en el festival de agosto sobre el Generalife y Lorca, veremos este año, durante más de 30 días, a la compañía de la bailaora granadina Eva Yerbabuena, sacudiéndonos varios años de caspa.

Una cosa que no trascendió en este Festival de Peñas, que ya dije en el artículo anterior, es que ‘Cobitos’ estaba en papeles, pero no trascendió a la escena. Se impone recuperar su figura, recopilando sus cantes en una antología digna y haciendo una publicación sobre su memoria y anécdotas Empecemos por él a cuidar a nuestros mayores, a nuestro pasado.

Como último punto de esta apostilla, me gustaría reflexionar sobre algunas letras que se cantaron durante la velada. Además del acerbo popular, quizá sin saberlo, trascendieron otras letras que se pueden denominar cultas, pero que han pasado a ser de dominio público. Así, José Fernández recordó a Juan de Loxa en sus cantiñas; Rafael Almagro ‘El Rubio’ cantó un poema de Ángel Ganivet por abandolaos; Manuel Palma ‘El Zahoreño’ interpretó a Manuel de Falla en la soleá; José Balao trajo a Lorca por milongas; y Miguel Barroso, al mismo autor, en los tangos morentianos; por último, Curra Andrés, también por milongas, recitó a Manuel Benítez Carrasco.

Un poco de lo bueno

Un poco de lo bueno

Clausura del III Circuito Provincial

“por las peñas de Graná”

Homenaje a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’

El protagonista evidente de la velada fue el resfriado. La mitad de los cantaores estaban tocados por los virus de este invierno alterno. Que, aunque si bien estuvieron a la altura, sus facultades quedaron mermadas.

De cualquier forma, los tres o cuatro puntos deseables para la consecución de un festival estuvieron cubiertos. En primer lugar, los cantaores seleccionados para el Circuito Provincial de peñas tenían un nivel y trayectoria meridianamente reconocible. Del mismo modo, los guitarristas podían ser fácilmente de primera plana. El sonido estaba cuidado y la dinamicidad bien conseguida. A pesar de convocar a tantos artistas y que durara tanto, en ningún momento llegó a cansar. Parte de este éxito se debe a un buen presentador.

Quizá lo más flojo de la noche fuera el baile que rompió el hielo. Con un cuadro más que decente, en el que destacó la voz de Mati y en el que había violín y travesera, Eva Manzano propuso tientos-tangos evidenciando su inmadurez. José Fernández, con su hijo a la guitarra, impuso su buen gusto y mesura en las cantiñas y en fandangos reivindicativos con los que terminó. Rafael Almagro ‘El Rubio’, arropado por Ramón del Paso, comenzó con soleá y se marchó con abandolaos. Su voz estaba afectada.

Tomás García, el más joven de la noche (14 o 15 años), algo nervioso pero bien modulado, cantó malagueñas de Chacón y soleá por bulerías. Manuel Palma ‘El Zahoreño’ acarició la soleá y fue valiente por fandangos en los que se acordó de Morente. Luis Millán lo acompañaba a la guitarra.

Totalmente recuperado, José Balao, quizá de las mayores sorpresas, acompañado por Ramón, dominó en la caña tradicional y en la Baladilla de los tres ríos por milongas. Miguel Barroso, con Milán, se acordó también de Morente recreando El lenguaje de las flores. Terminó con la granaína de Chacón. Estaba en forma.

Por último, Curro Andrés, también afectado pero controlando, tuvo temple en el Carcelero, carcelero caracolero y en unas milongas con letra de Benítez Carrasco: El niño que todo lo quería ser.

Una noche agradable, dedicada con toda justicia al gran cantaor granadino ‘Cobitos’, con su familia presente en el patio de butacas. Sin embargo, ninguno de los presentes se acordó de Manuel Celestino, ni en sus cantes ni en su dedicatoria.

* En la foto: Jose Fernández, padre e hijo.

El choque de dos herencias

El choque de dos herencias

Maravillosa Alba Molina. Ya la vi en directo en el FEX de Granada hace un par de años. Su música era un flamenquito ligero, con mucha rumba, mucha salsa y mucho funky.

Hace una semana fue a Jaén a verla de nuevo, en la Universidad Popular, dentro de la segunda edición del ciclo "Con nombre propio... ELLAS". Alba Molina abría esta serie, el miércoles 19, bajo el epígrafe de Puro Flamenco, lo que me emocionó en un principio, aunque no me lo creí demasiado. Que el fruto mimado de una de las parejas más creativas del panorama flamenco español se dedicara a cantar por derecho era todo una primicia, todo una sorpresa de buen augurio para este año recién estrenado.

Pero no. Alba Molina seguía mezclando las músicas del mundo, incluido el rap, con una voz y un fondo aflamencados. En primer lugar mi desilusión era evidente. Después simplemente no lo consideré flamenco y gocé. Disfrute de la artista, de su puesta en escena, del sonido decente, del guitarrista.

Presentó su último trabajo y algunos otros éxitos de su breve carrera, como la notable versión del Te quiero mucho. Sólo al final, a petición del público, se atrevió por bulerías. Su raíz se impuso. Descubrimos a la gitana que lleva dentro. Se acrisolaron por unos momentos el choque de dos herencias, la intensidad de los Molina, la sal de los Montoya. Sin embargo, el guitarrista, que me había parecido sobresaliente durante toda la actuación, en el fin de fiesta se quedó francamente corto.

De cualquier manera, me alegré de haber asistido. Aunque pienso que, con Alba Molina, el flamenquito no gana mucho, pero en el flamenco perdemos un buen referente, aunque no tenga el carisma de su padre, aunque carezca de la dulzura afinada de Lole Montoya.

* Fotografía in situ de Nono Guirado©.

Síntesis

Síntesis

En el año 2002 se organizó un congreso en Granada llamado Síntesis que intentaba aunar en cierta manera la medicina alterna con la medicina científica. La directora de dicho congreso me pidió que le escribiera unas palabras para pronunciarlas el día de la presentación. Revisando archivos, encuentro este texto, que me place reproducir en su primera mitad:

La medicina consuela con frecuencia, alivia de vez en cuando y cura raras veces
Hipócrates


El fin iniciático de cualquier planteamiento medicinal es sin ninguna duda la consecución de la salud. Un desarrollo médico que abarcaría las ciencias más heterodoxas, desde la medicina oficial hasta las medicinas tradicionales, que evolucionan con métodos más o menos científicos para lograr este objetivo. Todas buscan un modelo único, todas ofrecen una mayor calidad de vida, la prolongación de un estado óptimo de nuestros cuerpos.

De tal manera podemos simplificar la ciencia médica, atendiendo tan sólo a la palabra VIDA. La vida como lo opuesto a la no-vida o a la mala vida, es decir, a la enfermedad (o la muerte, que sería la enfermedad en su grado sumo).

Hasta aquí todos coinciden. Difieren los métodos. Pero quién en su sano juicio puede afirmar que su tratamiento es infalible, que tal o cual medicina es ciencia exacta.
Necesitamos aunar voluntades y experiencias y sistemas e instrumentos para alcanzar ese fin común que perseguimos, para lograr la salud sin fisuras, para llegar a la VIDA, para ofrecerle las menos oportunidades posibles a la inexactitud, a la pregunta que prosigue a un fracaso o a un éxito humilde: ¿Y si yo, en vez de..., hubiera...?

En la palabra Síntesis se resume esta intención. Síntesis es más que la unión el resultado. Vislumbremoslo con este postulado marxista: la enfermedad es la tesis, la medicina la antítesis, la curación la síntesis. Otro ejemplo, quizá más poético e ilustrativo, es una oruga que se encierra en su capullo, en fino hilo tejido con su propio cuerpo, para, después de un tiempo de letargo, reaparecer convertido en una crisálida, en una linda mariposa. Así, la mariposa sería el símbolo de nuestro diálogo. La mariposa sería la síntesis, es decir, la vida.

Al igual que el ejemplo de la mariposa, del gusano que se enrarece, que tiene que pasar de ser a no ser para ser de nuevo, pensamos también en el trillado ejemplo de la espiga de trigo (perdón por la broma). El grano de trigo que cae en la tierra debe pudrirse y morir para nacer nuevamente. Es como el Dalai Lama que nace cuando muere el Dalai Lama. O el ave fénix que nace de sus cenizas. Cada quinientos años, el ave fénix se incinera en un altar en la ciudad de Heliópolis, en Egipto, para revivir de nuevo. Quien cree en el fénix, en la reencarnación o en la primavera, sin ir más lejos, no piensa en la muerte o en el fuego o en el invierno, piensa en la resurrección, en el renacimiento, en la expansión de la vida.

Posiblemente sea tan sólo una concepción budista de nuestro empeño en animar (animar viene de ánima, que en griego viene a significar ‘dar vida’). El budismo es una religión tolerante y permisiva donde todos caben y cada uno a su manera. El budismo no es incompatible con ninguna religión (aunque las demás no toleran ninguna otra). Uno puede ser tan budista como quiera. El budismo así, grosso modo, es progresivo y exige lo que cada uno se exija a sí mismo.

El Zen, el budismo Zen, fue el refinamiento de una religión que había nacido en un mundo hostil. Al principio, la religión debía ser dura como el hombre, dios era un ser temido y colérico. A medida que las tinieblas se fueron retirando de la tierra, el budismo se dulcificó, se culturizó, y nació el Zen. De los monasterios se expandió la poesía, el teatro, la ceremonia del té, el amor por los jardines, el bonsai y el ikebana.

Una de las reglas tácitas del haiku, poema de tradición Zen de sólo tres versos, es que el primero exponga la serenidad, la calma, el silencio... (tesis); el segundo, todo lo contrario, que describa el movimiento, la estridencia, el ruido... (antítesis); y el tercero, resulte del efecto del segundo en el primero (síntesis). Como ejemplo, podemos leer éste haiku de Basho (siglo XVII):

                                           El estanque antiguo.
                                           Salta una rana.
                                           El ruido del agua.

Quién es quién

Quién es quién

Los retratos de Paco Sánchez

Existe una anécdota de Picasso, recreada cien veces, que más o menos cuenta que la escritora estadounidense Gertrude Stein a principios del siglo XX le encargó un retrato al artista malagueño. Éste, después de varios intentos infructuosos, le enseñó el cuadro definitivo. La mujer se quejó diciendo que no se le parecía. Picasso tan sólo le respondió que ya se parecería. Efectivamente, ahora cuando consultamos la biografía o la obra de la autora norteamericana, es precisamente por este retrato que la conocemos.

Salvando las distancias, pues hablamos de fotografía, y sin experimentos arriesgados, Paco Sánchez lleva retratando a los flamencos y a sus allegados desde hace varias decenas de años. En ellos no sólo capta la imagen, sino también la personalidad del retratado.

El fotografiado abandona el marco y se nos presenta para decirnos, sin necesidad de palabras, quién representa, a qué se dedica e, incluso, su estado de ánimo.

La labor de este fotógrafo es milimétrica, concienzuda y metódica. Como un coleccionista de mariposas, no duda en pasar días y días en el campo en busca de su objetivo. Como resultado, tenemos en la obra de Paco Sánchez el mayor catálogo actual de las figuras del flamenco. Es un directorio sentimental. Y, todavía más, al evocar a cualquier cantaor o cantaora, a cualquier personaje, se le recordará no como es o como era, sino como lo fotografió este artista sevillano.

* Paco tiene una web: www.expofoto.com/flamenco, y tiene un blog: cosasenlavidadepaco.blogspot.com

El gusto de Antonio Campos

El gusto de Antonio Campos

Este sábado ha tenido lugar en la Peña La Platería la primera actuación flamenca de este año 2011, con la presencia del cantaor local Antonio Campos, arropado por la guitarra de Rafael Santiago ‘Habichuela’.

Con la voz sensiblemente afectada, el recital fue recortado, pero de un gusto exquisito. Antonio es un cantaor que se ha hecho a sí mismo. Formado en el flamenco de atrás, domina el sentido del ritmo. Su inquietud y constancia le llevan a no poner freno a sus estudios y audiciones. Investiga y ofrece en sus conciertos un repertorio poco convencional tanto en sus formas como en las letras seleccionadas. A su presencia se le añade el doble valor de escuchar a un cantaor de altura, con una buena dosis de conocimiento e investigación.

Rafael Santiago tiene ese toque ancestral y sacromontano imprescindible en nuestra tierra, con esa herencia ‘Habichuela’ en los ligaos, en el rasgueo y en los silencios que lo sitúa en el espacio. Es más acompañante que concertista, aunque sus arpegios son sobresalientes. El tiempo le ha dictado la belleza de la lentitud. Es el guitarrista, que por sus maneras y por su involuntario estudio psicológico, cualquier cantaor quisiera tener a su lado.

Por levante comienza su actuación. Se templa con una minera clásica y culmina con una taranta de igual corte tradicional. Apuesta seguidamente por unas bellas cantiñas cordobesas, alegrías y mirabrás. Destaca su entendimiento y su paladar, que vuelve a demostrarlo con la malagueña de Chacón, rematada con fandangos lucentinos, de Puerto Genil y de Granada. Acaba esta primera parte con el romance a capela Corrido de las monjas, texto antiquísimo, popularizado por El Negro del Puerto, que posiblemente tenga que ver con el origen de la petenera.

En la segunda parte se echó toda la carne en el asador. Antonio cantó hasta que su voz le puso freno. Comenzó por tientos-tangos, desembocando gustosamente en el Camino. La soleá supuso una de las grandes entregas de la noche. Terminó por bulerías, rematadas por la letra hernandiana de los Tres puñales, aunque su malestar sólo le permitió recrear el primer puñal.

* Foto extraída de su álbum Corral del Carbón, 2009.

No me lo creo

No me lo creo

Ayer, 13 enero, se cumplía un mes de la desaparición de Enrique Morente. Hay quien se acordó de esta fecha y lo celebró a su manera. Yo estuve en el Entresuelo, donde se homenajeaba al maestro, con la participación de Juan Pinilla, Alberto Alcalá y Alejandro pedregosa. Los tres llenos de de verdad y auténticos en su exposición. Entre cada una de sus intervenciones, se proyectaban dos o tres temas de Morente en el último Festival de Jazz de Vitoria. En estas imágenes, como en todas las que he visto últimamente, la mayoría recientes, de dos a tres meses vista (o menos), puedo constatar la buena salud de Enrique.

Quizá lo que más me ha destrozado, como a la mayoría de sus amigos, aparte de la inmediatez de su muerte, han sido las formas, ha sido el despedir a un hombre con un hasta luego sin saber siquiera que era un adiós para siempre. La despedida definitiva es como hielo en la espalda. No poder ver nunca más a alguien con el que ayer te tomaste una cerveza es doloroso hasta lo impensable.

Me niego. No me lo creo. Pensar en el hombre, sentir su aura, impregnarse de su arte sin límites, cobijarse bajo su sombra alargada, roza una incredibilidad asombrosa. No me lo creo, repito. Me niego a este punto y final tan injusto.

Y ahora tengo miedo. Mi entendimiento hace agua por las esquinas. Enrique es patrimonio de todos, pero no pertenece a nadie. Su memoria debe ser abierta, popular y exclusiva. No se puede utilizar a Morente como moneda de cambio para medrar aunque sea espiritualmente. Como tampoco se puede utilizar su memoria como arma arrojadiza para ver quién derrama más lágrimas. Esto no es una carrera de dolor, ni de cariño, no se trata de abrazar más fuerte que nadie, sino de demostrar que somos capaces de dar un abrazo común.

* Foto de Josu Izarra© en el Festival de Jazz de Vitoria.

Los Reyes

Los Reyes

Creía que lo sabía. Desde hace más tiempo del que recuerdo sé que los Reyes son los padres. Y después, tu pareja, tus amigos o tú mismo.

Yo, la verdad, ya no espero nada. Hace años que no me encuentro el espíritu navideño por ningún lado. Y esta carencia de fe se vuelve el comienzo de una espiral, en el eslabón de un círculo vicioso que tiene mucho que ver con la negación de la negación.

No suelo regalar, no me suelen regalar. Es un acuerdo tácito, es una carta abierta para nadie, es un mensaje en una botella anclada en el fondo.

Al igual que no me mueven banderas ni tambores ni un balón ni un toro; la fiesta institucionalizada, las convenciones o aniversarios, tampoco me desvelan. La Navidad es un periodo deprimente en el que se ensalzan los valores que el resto del año están escondidos. La farsa y la mentira florecen detrás de forzadas sonrisas.

Hay quién cree en estas fiestas, hay quien siente ese espíritu, hay gloriosos ejemplos (quizá muchos y mi queja sea mas individualizada de lo que pienso). Aleluya por esa gente. Son realmente envidiables.

Y en esas estoy. La depresión no me suelta. Pero tengo un hijo, como sabéis. Y su ilusión me ilusiona y su alegría me alegra y su amor me enamora...

Poco espero. Creía que lo sabía. Pero mi niño pidió a los Reyes para mí, para su madre y sus abuelos y para los pobres.

Lo conté hace unos meses. En una boda gitana me "partieron" la camisa. Negra. Me gustaba. Juan recordaba la anécdota y pensó que los Magos podían traerle a su padre otra igual.

Su padre, que soy yo, se vio obligado a buscar una camisa y autoregalársela en nombre de los Reyes, que venían en nombre de mi hijo.

De rebote también he recibido un libro y un mp4. Lo que me ha llevado a pensar que los Reyes Magos sí que existen, que los padres, los amigos, etc. le echamos una mano, fomentamos su leyenda.

Ahora veo huellas de camello en la entrada de mi casa, cuando Juan razona que si a mí me han traído la camisa negra a cada pobre le han tenido que regalar un cheque de mil euros.

De zambombas, panderetas y villancicos

De zambombas, panderetas y villancicos

La Navidad es un paréntesis de azúcar y almendra. El corazón se encoge para expandirse en la intimidad de la familia y le pasamos el plumero y la fregona para comenzar el nuevo año con el alma lo más inmaculada posible, con el entendimiento repleto de buenas intenciones que, conforme se alejan los reyes, se van diluyendo para volver a la misma rutina de vicios y virtudes.
Como no es menos, el flamenco también se entrecorchetea en la intimidad. Siendo una manifestación endógena y sensitiva, se refleja paralela en el sentir más arraigado de la sociedad.
El flamenco, no descubro nada nuevo, nació en el individuo y en el núcleo del hogar. La fiesta, la faena, la queja y el dolor fueron sus manifestaciones. Que alguien arreaba la mula, entonaba un cante de labor que le aliviara el trabajo y engañara al sudor; que uno andaba preso, cantaba una carcelera para que el viento liberara sus penas; que se empuja un columpio, la bambera reflejaba el amor de la mecida; que dos se casaban, alboreás y tangos y bulerías acompañaban a los recién desposados…
Y esta manifestación cerrada y sincera fue descubierta por contemporáneos, por viajeros, por intelectuales, por señoritos, que quisieron participar del cante (porque el flamenco es un arte de participación) y poco a poco fueron forzando su apertura para bien del pueblo y, según la UNESCO, como patrimonio de la humanidad.
De la intimidad y del patio de vecinos y del cuartito pasó a los cafés cantantes y de aquí a los escenarios de los festivales. El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Nuestra sed crecía cuanto más bebíamos. La punta del iceberg escondía un trasfondo tan vasto y tan rico como fantástico y oscuro.
El origen real flamenco nunca lo sabremos. Se ha avanzado mucho, se ha investigado mucho, se ha escrito mucho. Pero los primeros pasos, el verdadero choque del gitano con el poso folclórico andaluz, los primeros ayeos de sentimiento sólo son conjeturas románticas más o menos afinadas.
Que un jerezano, conocido como Tío Luis el de la Juliana, en pleno siglo XVIII parara a hacer aguada en la fuente de los Albarizones y entonara por ciencia infusa la primera toná considerada como cante en la historia del flamenco, es de una arriesgada legitimación, pero no deja de ser una apuesta posible en la mitología flamencóloga.
Sabemos, no obstante, que el principio, como todos los orígenes, y más si son populares, que no es una chispa puntual lo que prendió la mecha imparable. Fue como un incendio provocado, que delatan sus varios focos abiertos. Que si vinieron los gitanos con sus cantes y su arte, estaban los andaluces con sus fandangos y seguidillas. Y antes estuvieron los moriscos con la zambra y los mozárabes con las jarchas. Y los castellanos nos prestaron sus romances y los aragoneses sus jotas. El flamenco no es un continuo goteo en un ánfora, es un aguacero en una balsa, en un mar en calma o embravecido para bien de todos los que no temen mojarse los pies hasta los tobillos o sumergirse varios metros por debajo de las olas.
El flamenco es un mar abierto. Son los siete mares a merced de las corrientes y de las fases de la luna y el soplo de los vientos bienvenidos de los cuatro puntos cardinales y así se “mancilla”, así se crece, dejándose impregnar por todos los navegantes, propios y ajenos. Porque lo que caracteriza al flamenco es el mestizaje y también la fusión, la confusión y la infusión, como diría Juan de Loxa, para después depurarse, separar el grano de la paja. Y el futuro, como un gran alambique, irá destilando lo auténtico del simple flamenqueo experimental.
Retomando el tema, una de las manifestaciones íntimas de la familia flamenca y, quizá con más propiedad, gitana, son las celebraciones en los días de Navidad. Una fiesta que, como todas, se ha hecho necesaria su apertura.
Surgió por occidente. En Jerez se empezó a llamar “zambomba” (mal llamada “zambombá”) a la exhibición pública de esta reunión pascual. Pronto se extendió por Cádiz y Sevilla. En otras ciudades se cantaba y se bailaba. En Granada era muy típica la celebración con villancicos. Hace algunos años alguien llamó a esta fiesta “pandereta”. Todo es válido.
El villancico ha pasado a ser una forma propia del flamenco, que consiste en aflamencar, de forma alegre (tangos, bulerías, rumbas), cualquier villancico popular o propio, que, entre la nebulosa de los comienzos, puede que se le ocurriera al cantaor jerezano conocido como El Gloria (los campanilleros, otro palo propio, se los debemos a Manuel Torre).
Así, quizá las ciudades con más tradición navideña de villancicos propios sean Jerez y Granada. Aquí tuvimos varias noches dedicadas a esta fiesta en La Chumbera, La Platería, La Casa de los Tiros, el teatro Isabel la Católica… Es una manifestación, como tantas otras, que no se debe perder. Hay que apoyarla y seguirla y, en la medida de lo posible, depurarla y respetarla, porque es muy fácil que se desvirtúe en atracción circense para no iniciados.

* Dibujo firmado bajo el nombre de OPA, publicado el 29 de noviembre de 2009, en el blog Alcalá Flamenca.

Cambio de registro

Cambio de registro

Estoy convencido de quien es aficionado a la lectura vive más. Quizá matemáticamente su vida sea la misma tanto si lee como si no. Pero interiormente esa vida se amplifica y se desdobla, enriqueciéndose con los libros que pasan por nuestros ojos, que es como decir por nuestros sentidos, por nuestra mente, por nuestro corazón.

Como un espía de vida intensa que se crea una leyenda haciéndose pasar por quien no es, cuando estamos enfrascados en una historia escrita, en cierto modo tomamos partido, nos inmiscuimos en otro mundo y, por algunos momentos, vivimos otra identidad, otras realidades tanto en el espacio como en el tiempo.

Una vez estuve en Grecia con un programa cerrado durante una semana. Cada uno de los siete días, mi compañera fue encontrando bajo su almohada una carta que antecedía lo que íbamos a visitar, con numerosos detalles sobre los lugares, la historia y la mitología helénicas.

No hace falta explicar que esas letras las escribí antes de salir de viaje, con ayuda de mis lecturas, pues nunca había visitado esas tierras.

Hasta principios del siglo XX era muy normal encontrar autores que escribían de otros países o de viajes exóticos sin haber abandonado su casa y su estudio.

Aunque hay quien se engancha a un tipo de literatura y no cambia en toda su vida (conocí a uno que había leído un solo libro, eso sí, once veces), lo normal es que los gustos cambien y nos hagamos más "exigentes".

Ya no nos interesa sólo lo que cuenta una obra, sino cómo lo cuenta. Nos fijamos en el autor y sus circunstancias, el contenido y el continente. Incluso, las opiniones externas y el prólogo y epílogo. Todo enriquece nuestra lectura.

Es imposible leerlo todo. Es imposible estar totalmente al día. Hay libros que tenemos pendientes, hay clásicos imprescindibles, hay lecturas que nos pasan desapercibidas, hay autores que no nos dicen nada.

Y, entre tanta lectura, recomiendo el placer de releer, de redescubrir lo que ya has hallado, de bañarte en el mismo mar de todos los veranos. Volver a un libro determinado y determinante es un doble placer, aunque su lectura nos quite el tiempo necesario para gozar con algo nuevo.

Mis lecturas son viscerales. Nunca la moda, la crítica o la obligación han guiado mis ganas. Digamos que una lectura me ha llevado a otra, un autor a sus contemporáneos o a sus admirados o a sí mismo, un tema al mismo tema.

Soy lector atípico. Huyo de los best seller como de las recomendaciones apasionadas. Soy mitómano en autores y doy varias oportunidades a los intragables. No me gustan los "iluminados" ni los libros de autoayuda ni el ensayo popular.

A principios de este año pasado (2010), la demonología, como fantasía plausible, se instaló entre mis libros de cabecera. Algunos ejemplares vinieron seguidos, otros algo más distanciados. Hace pocos días terminé el deliciosa Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y recordé esas lecturas, con el diablo como figura estelar, entre los que se contaban Margarita y los viejos de Bugákov, Merlín y familia de Cunqueiro, Don Juan de Torrente Ballester, Fausto de Goethe o Doktor Faustus de Thomas Mann.

Antes de que acabara el invierno, sin embargo, busqué un libro radicalmente distinto, necesitaba cambiar de registro.

Poliandria

Poliandria

La prefiero compartida antes que vaciar mi vida (Pablo Milanés)

…o entre los tres nos organizamos, si puede ser (Luis Eduardo Aute)

Gustavo Flaubert decía que el harén era el sueño de todos los estudiantes secundarios. Quién no ha soñado cuando es joven (o no tanto) con tener más de una joven odalisca, custodiada por eunucos, siempre a su disposición. Quién no ha pretendido alguna vez ser bígamo o mejor polígamo. Quién no ha envidiado a las sociedades que permiten el casamiento múltiple fomentando de camino el exotismo de primera esposa, segunda esposa… y así hasta las que compongan tus sueños.

A mí, si os soy sincero, me daría cierta pereza… No sólo por la economía (se supone que tendrías tantas mujeres como fueras capaz de mantener), sino también por cuestiones sociales. En caso de tener un serrallo, las obligaciones morales superarían los gastos pecuniarios.

Hoy día todo ha cambiado. La mujer ha logrado una independencia y una integridad que los hombres desearíamos para nosotros. El siglo XXI, con todos los subsiguientes, es de sexo femenino. Llegará el tiempo, si no ha llegado ya, si no ha existido siempre, que los hombres reivindiquen la igualdad.

Un acuerdo, no obstante, se puede lograr y, hablando de relaciones o grupos familiares, todo debería estar permitido. Si es normal a estas alturas la pareja de hecho, por qué no el trío de hecho o el grupo de hecho.

Aunque sigo pensando lo mismo. Si el compromiso entre dos es duro, me imagino el deber entre tres, cuatro o cinco…

Puestos a elegir, sin embargo, me inclinaría por lo contrario, una mujer para varios hombres, o, lo que es lo mismo pero no es igual, varios hombres para una mujer.

Puede que ellas estén más preparadas para afrontar el reto. Asumo mi veinte por ciento, por ejemplo, con resignación, con la alegría de gozar de las maduras, pero también de repartir las duras.

Me divido o me desdoblo, he ahí la cuestión.

Poliandria: unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo.

En un estudio de Emilio Guerrero se explica que las causas principales de poliandria eran la escasez de mujeres, debido al infanticidio de las mismas y a la apropiación de muchas mujeres por parte de muchos jefes polígamos y los poderosos de la tribu, y a la escasez de comida que hacía imposible que cada miembro masculino de una familia mantenga a una esposa.

Esta unión conyugal, aunque menos frecuente que la poligamia, existió entre los antiguos bretones y árabes, los habitantes de las Islas Canarias, los aborígenes de América, los hotentotes, los habitantes de la India, Ceilán, Tíbet, Malabar, y Nueva Zelanda. Incluso hoy en día la podemos encontrar en el Tíbet, en las Islas Aleutianas, entre los hotentotes o entre los cosacos de Zaporogian.

Entre los tre-ba del Tibet, por ejemplo, todos los hijos del mismo padre compartían una única esposa. Así que sólo celebraban una boda por familia en cada generación. Y el padre Feijoo en su impagable Teatro crítico universal comenta que en Malabar, región de la India meridional, pueden las mujeres casarse con cuantos hombres quisieren.

Es un punto de vista. Quien esté conmigo que tire la mano y esconda la piedra.

Querida amiga

Querida amiga,
ya sé lo que es la soledad.
Guardo tu teléfono
en la flor de mis labios
desde hace demasiado tiempo.
Te llamé varias veces,
pero sólo fueron excusas
las que respondieron a mis anhelos,
fueron tus negativas
las que clausuraron mis ganas.
Pero ahora me encuentro solo
con tu recuerdo
ocupando toda mi mente.
Pero ahora estoy solo
con este amor inviable
que se descuelga
de entre las yemas de mis dedos
cada vez que siento tu imagen.
Mi soledad alcanza
todo el dolor que encierran
los nueve dígitos de tu contacto.

Encomio del anonimato

Encomio del anonimato

Ya lo he comentado más de una vez. Antes siquiera de adivinar que mi mayor modo de expresión era la palabra, de que mi precedencia comunicativa era la escritura, probaba a pintar, más bien a dibujar. Mi estilo era metódico y tendente al perfeccionismo de la línea. Cuestión doblemente dificultosa, pues mi mano tiende a ondular lo que mi cabeza concibe recto.

No obstante un poder improvisador y altamente surrealista hacía que las dudas en la ejecución fueran aciertos en el resultado.

Dibujaba desde que tenía razón de uso. La plumilla era mi arma y el onirismo mi destino. El horror vacui caracterizaba mi trabajo y la paciencia árabe era mi máxima virtud.

Con el tiempo, esa parsimonia en dilatar los minutos, se fue perdiendo y de la plumilla pasé al pincel y del relleno al gusto por el espacio en blanco, por el vacío, por el silencio, tanto como lo puede apreciar un concertista de guitarra.

El resultado fueron muchas horas de concentrado trabajo, un gran cultivo interior, la proliferación de dibujos que no sé dónde han ido a parar.

Sin ser consciente de ello, sentía que era un mero instrumento, que materializaba algo superior a mí. Prueba de ello es que ahora veo alguno de mis obras y me pregunto cómo fui capaz de hacerla.

Tanto es así que raramente firmaba bajo el papel. No era ni falsa modestia ni creencia en el anonimato, sino algo más interno que rayaba en la globalidad, en la necesidad de popularizar mis intenciones. No sé.

Incluso estuve expuesto en un espacio de jóvenes artistas y, al vender uno de mis cuadros, lo tuvo que firmar la galerista.

Después se me pasó la afición y las ganas. Dejé de pintar sobre todo por el complejo de conocer a verdaderos pintores, con sus razones, con su técnica, con su lenguaje y habilidad, que limitaban mi visión.

Con la poesía me ha pasado otro tanto. Hay verdaderos poetas que entienden el significado de la palabra, de la metáfora y de la música. Gente con cualidades innatas que se expresan poéticamente con autoridad y sin esfuerzo.

No es mi caso. Sin embargo, con mucho pudor, reúno letras y compongo versos, que me atrevo a publicar y a mostrar al público (aunque, bien mirado, es lo que hacen muchos; Granada está llena de poetas pero falta poesía).

Algunos poemas breves (soy incapaz de escribir prolongado), algunas letrillas sueltas, han aparecido en este mismo blog. Alguien me dijo si no temía que me las quitaran, que las cantasen por ahí. Le respondí que lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte.

Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Grey (1890), dice Estamos en una época en que los hombres creen que el arte debe ser una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

Los que me conocen saben que soy autor de esta página. Tampoco me escondo. Pero en ningún momento he reconocido oficialmente quién se esconde detrás de volandovengo, reivindicando así el anonimato y ese sentido abstracto de la belleza. La vanidad nunca ha sido mi fuerte.

* Dibujo de 1983, una alegoría sobre la muerte de Cristo (disculpad la mala calidad de la foto).