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Descansa en paz

Descansa en paz

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht

Ayer, 25 diciembre, dediqué varias horas a la memoria de Enrique. Me preguntaron dónde iba tan temprano, les respondí que había quedado con un amigo que se iba de viaje. Subí al cementerio entre el frío cortante y el sofoco de la cuesta. No sabía si iba a conocer el camino sin ríos de gente que guiarán mis pasos. Pero como en un trayecto habitual, llegué sin pensar donde descansa el maestro.

Estaba solo. Todo el rato estuve solo. Algunos parroquianos pasaban para visitar a sus familiares. Se detenían a mi lado, se santiguaban, lamentaban el suceso que los hermanaba en cierta forma. En silencio me miraban. En silencio los miraba. Y seguían su camino.

Yo hablé con él. Un monólogo sentido, cargado de sus canciones, que me venían a la cabeza, que se cruzaban en una conversación callada a borbotones.

Su tumba estaba llena de flores. Con claveles rojos, en su centro gravitaba una estrella, la estrella esa que busca, esa que siempre ha tenido, esa que lo acompañará por los siglos de los siglos.

También una cruz de flores blancas descansaba sobre el nicho. Puede que no quisiera ninguna complicidad con el cielo, con los dioses, con la eternidad; pero entre sus seguidores sí habría creyentes que se inclinan por el camino recto de la Cruz y se sienten más confortados de esta manera. A él le parecería bien.

No sé el rato que estuve. Llegué con calor y salí con frío. Pero salí con algo más. Salí con tranquilidad. Salí con paz. Salí con la sensación de que había cumplido con una promesa tácita, una promesa nunca dicha, la promesa de felicitar los 68 años a un ser tan querido como admirado.

Antes de que me fuera, no obstante, una pareja de personas mayores que visitaban la tumba de su hija desaparecida recién, posiblemente en plena juventud, lloraba desconsoladamente y hablándole como si pudiera oírles, dijeron que la echaban de menos, que ya era Navidad, que su vida estaba demediada desde que se fue, que por lo menos tenía la tumba de Enrique Morente bastante cerca.

Navidades de ahora

Navidades de ahora

En la Navidad del año 1991 (ya ha llovido) nos reunimos cuatro amigos (Alfonso Salazar, Jesús Herrera, Santi Rodríguez y un servidor) para felicitar las fiestas de forma poco convencional.

Decidimos hacer, editar y enviar a nuestras amistades unas "Hojas de Navidad" con escritos comunitarios, bien poemas, sentencias, cuentos o lo que se nos ocurriera. Todo esto meridianamente ilustrado.

Las copias se hacían en papel de color (un folio por ambas caras) y puede que enviásemos de diez a veinte cartas cada uno de nosotros, a diferentes puntos del país.

Editamos cuatro de estas hojas. Recuerdo que la última la enviamos bien pasado el Día de Reyes. Aunque aún tuviéramos reservas para una quinta entrega que no vio la luz.

Generalmente, al ser colaboraciones, no iban firmadas, hasta el punto de no saber a ciencia cierta la autoría de cada una de las letras.

De la quinta de las Hojas, esa que no se llegó a publicar, conservo no obstante el contenido. Ya publiqué hace tiempo "Navidad del 91" y más tarde "Cuento a tres voces". Hoy deseo rememorar ese tiempo con lo que he dado en llamar "Navidad de ahora" que reconozco como mío, pero no podría asegurarlo:

Los niños ya no piden caballos de madera,
tragan pilas alcalinas recargables,
máquinas de matar y muñecas que hacen pis.
Los dulces alimentan la gula de señoras
que hacen regímenes eternos entre sus fajas.
Los reyes, caducos, huelen a gobierno
sobre sus motos, camellos no jorobados.
¡Aleluya! Decían los ángeles sin sexo,
que ahora hermafroditas se ponen en huelga.
Y Jesús en el pesebre bebe algún refresco
enlatado alumbrado por estrellas de neón.

Un homenaje a Morente

Un homenaje a Morente

El domingo pasado estuve en el homenaje que se le hizo a Carlos Cano. Disfruté no sólo por su merecimiento, a los diez años de su muerte, sino sobre todo por la dignidad que desprendía el acto desde el principio hasta el fin. No conozco los entresijos, pero en el Isidoro Maíquez se respiraba colaboración y armonía. Nada rayaba en lo provinciano, lo normal en estos casos, lamentablemente.

Fue un acto bien organizado, dinamizado hasta la percepción, con declaraciones preparadas y actuaciones de calidad. No se reparaba en medios y las puertas estuvieron abiertas desde un primer momento. Fue inevitable que algunos se quedaran en la puerta.

Todas las actuaciones, como digo, tuvieron su razón de ser y su coherencia. Todos los que estuvieron tenían que estar. Desde Miguel Ríos hasta Raúl Alcover, desde Marina Heredia hasta Juan Pinilla, pasando por Luis Pastor o por Paco Ibáñez. Todos tuvieron algo que decir, todos estuvieron a la altura, todos salieron por la puerta grande.

En el ambiente flotaba sin discusión la pérdida reciente de otro hijo de Granada, de alguien próximo, al menos en espíritu, al homenajeado. Enrique Morente, junto con Carlos Cano, inauguraron la noche con una colaboración grabada. La emoción fue tan grande como si fuera el hermanamiento definitivo.

Ahora, es de ley merecida, un espaldarazo a la memoria de Morente. No hay duda de que cien cabezas llevan días pensando en este acto; cien voluntades están deseando inclinarse hacia el maestro.

Estos días precipitados de fin de año, sin embargo, juegan en contra. A principios de 2011 se sucederan los sentidos homenajes. Y aquí finca mi escepticismo. Si Enrique Morente era uno e indivisible, si nuestra admiración es única, si nuestra pena es común, deberíamos unirnos todos en ese llanto colectivo. Pero me temo, como en tantas y tantas ocasiones, que cada uno tirará por su lado, que todos barrerán para adentro y, perdonenme la crudeza, todos querrán adjudicarse al muerto, diluyéndose así nuestra fuerza y energía.

Es necesario aunar voluntades. Por una vez, sumando la tragedia como excusa de buena voluntad, se debería abrir un espacio, exponerlo a debate público, recoger todos los granitos de arena y entre todos a hacer una montaña, una playa, un continente, en honor de uno de nuestros más grandes conciudadanos. ¿Quién dará el primer paso? ¿Quién abrirá su puerta y su ventana para que entren todas las corrientes?

No sé si seremos capaces de unirnos todos. No sé si todas las instituciones serán capaces de una vez de darse la mano por un fin común. No sé si podremos dejar un lado colores y banderas, envidias y fotografías, y establecer un punto de encuentro donde el objetivo sea nuestro dolor y muestra verdad.

Hay muchas opciones y un solo objetivo. Hay mucho amor y un solo amado. Seamos serios por una vez y hagamos las cosas como es debido, como cualquier hijo de esta ciudad hubiera querido que se le recordara.

* Foto y montaje de Paco Sánchez©.

Atando cabos

Atando cabos

Enrique Morente se sabía grande, su obra y la demanda de su sensibilidad así lo atestiguaban. Sabiéndose grande, empero, se mostraba humilde, como extensión definitoria de esta grandeza. Esta sencillez no rallaba en simpleza tontera, pues los años enseñan a distinguir a un lobo no más verle las orejas. Sus dientes torcidos le enseñaron a claudicar con el necesitado, a abandonarse a la buena causa, y, sin embargo, ser firme (como la mimbre) ante el engreimiento y el poder, político y económico.

Jorge, me decía, es que me llaman a diario para pedirme colaboraciones y yo no puedo. No es que no quiera. Es que no doy abasto. Pero con esa chica amiga tuya (Celia Mur), terminó diciéndome, sí que me apetece colaborar en su disco. Dile que me llame.

Aparte de esa “chica”, que es la mejor cantante de Granada, quedarían media docena de compromisos, quizá una docena. Además le esperaba la medalla de la Legión de Honor francesa, el pasado 17, que temía socarronamente que le obligaran a desfilar, y varios reconocimientos más. Algunos conciertos, los consabidos del País Vasco y Navarra, y quizá más a medio y largo plazo.

Su cabeza no obstante era un torbellino. Pensaba musicalmente y cada estímulo, una noticia, un compás, la mudanza del tiempo… eran ideas que absorbía y procesaba para crear arte musicado, para sorprender al mundo y rendir escépticos ante la evidencia.

Los dos o tres grandes cabos pendientes los dejó atados y bien atados. Esperamos con ansia los frutos de esta última siembra.

El penúltimo adiós

El penúltimo adiós

¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!
César Vallejo

¡Qué tendrá la tierra que todos volvemos a ella! Un verdadero río de gente baja y sube del cementerio a dejar la última lágrima, a regresarse con lágrimas nuevas. Muchos nombres conocidos, muchos nombres anónimos, todos los corazones en un puño. De Madrid volvió a su casa, aunque su casa fuera el mundo. Granada lo esperaba con un pañuelo, con cien palmas, con mil abrazos ateridos, con los ojos descolgados. El teatro fue su adiós entre el sentir de su gente, el escenario que tantas veces testificó su voz, las tablas que han temblado bajo su genio ahora callan el desconsuelo de su partida. No podía irse de otra forma, dijo Estrella sin saber muy bien a quien abrazaba. Fue su última actuación, repentina, inesperada, irreal, solapada, hiriente. El mundo tembló toda una semana y más, el globo se estremeció sobre su eje. Quería girar hacia el otro lado, al menos por un día, un minuto. Despierta, maestro, le hubiera dicho, que los hombres de altura no tienen horas. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Ella cantó por él, Estrella cantó para él, para cada uno de los granos de su fruta, para cada gota de su aliento estrujado, para el viento que lloraba a su alrededor y se desborda por las calles del Darro embovedado. Granada no tengas pena de que el mundo sea tan grande… Toquemos la caja, besemos la caja, golpeemos la caja. Porque no hay dolor más grande que mi herida. Morente, escucha a tu pueblo, escucha las gotas caer de sus ojos, escucha el llanto de la guitarra. Porque es imposible callarnos.

Enrique Morente

Enrique Morente

Me niego a hablar de muerte. Estos días se saturarán todos los medios de comunicación de opiniones, escritos, recuerdos y alabanzas. No quiero ser original ni aportar nada nuevo. El recuerdo es tan profundo y la pluma tan limitada… Escribo con el corazón y con todo el respeto del mundo. Enrique Morente no ha sido sólo un cantaor flamenco ni el músico más importante que ha dado Granada en todo un siglo. Enrique ha sido un creador, un mito viviente que podías encontrarlo a la vuelta de una esquina, paseando con su chándal, con su sonrisa permanente y con una visión tan simple como preclara del mundo que nos rodea, de los problemas que nos acechan.

Por mi carácter retraído y respetuoso no puedo presumir de su amistad íntima. Simplemente hemos coincidido, hemos hablado, hemos compartido noticias, ha cantado a mi lado. Últimamente, puedo decirlo, estábamos más unidos. Coincidimos en varias ocasiones, hablamos por teléfono, confesamos beber juntos. Yo lo vislumbraba como la edad de los hombres en la época clásica, cuando los humanos miraban a los dioses desde la misma altura. Era un regalo.

Admiro el flamenco de ayer, de hoy y de mañana. El único cantaor que encierra todo el espacio y el tiempo es Enrique Morente. Me declaro morentiano, como tantos otros. Cientos de discos conforman mi discoteca, pero es del único autor que tengo todas sus grabaciones, que oigo y reoigo agotando el tiempo y sin dar tregua al cansancio.

Estos días he llorado y seguiré llorando hasta que no se cierre esta herida tan profunda como inesperada. Siento la pérdida del hombre, siento la muerte del artista, siento todo lo que quedaba por ofrecer. Porque hay personas que al morir se llevan consigo todo un mundo interior, un desván lleno de cofres aún sin abrir rebosantes de primaveras, de amores en pañales prestos a nacer para orgullo del mundo entero. Pues, nada más ver la luz, inmediatamente se convierten en obras de arte, en patrimonio de la humanidad, sin necesidad de etiquetas, de reuniones internacionales, de invertir dinero, de montar el circo.

Un deseo muy afectuoso para su familia, para su hija Estrella, a la que admiro sin condiciones, para su mujer aurora, para su hijo Enrique, para su hija Soleá. Se avecinan para ellos días vértigo, de incomprensible vacío, de besos y abrazos y palmaditas en la espalda, a veces de dudosa procedencia. Deben ser fuertes. No más.

Y un último deseo, para su tierra, para su gente, para Granada. Es necesario reivindicar al maestro como se merece. Pero sin falsas medallas, sin fanfarrias innecesarias, sin bombos ni platillos de los que estamos tan acostumbrados a escuchar. Morente es Morente, su trabajo habla por él, su estela es larga, su escuela reconocible. Debemos dimensionar al hombre, alabar su obra y dignificar al artista.

Enrique Morente y Mario Maya han sido los dos más grandes creadores del flamenco de esta última mitad de siglo, no sólo en el ámbito local, sino a escala nacional y universal. Mario no ha tenido suerte y se ha ninguneado su recuerdo y solapado su altura, hasta declararlo tácitamente foráneo de esta tierra. Esperemos que Enrique ocupe el lugar que le corresponde y no lo enterremos entre tantos mártires granadinos que lamentablemente recuerdo.

* Foto de Manuel Mateo©.

Fantasmas

Fantasmas

No hace mucho tiempo, para descansar un poquito de los seis años de mi incombustible hijo, le dejé el móvil para que se entretuviera en hacer algunas instantáneas, en las que, entre otras cosas podría ver su creatividad.

Poco rato, a mi pesar, le duró el entretenimiento. A los diez minutos a lo sumo me devolvió el teléfono después de haber hecho más de treinta fotos (la mitad de ellas irreconocibles).

Al interrogarle sobre su obra, dijo que eran fantasmas, que los había descubierto moviéndose rápido de un lado a otro con la cámara en la mano.

Me lo demostró in situ, girando a derecha e izquierda y apuntándome con el objetivo.

Parte del resultado lo tenéis aquí encima, en donde me reconozco como fantasma en un par de retratos.

Patrimonio exclusivo

Patrimonio exclusivo

XI Festival de Otoño – Flamenco por derecho

La sorpresa de un primer momento de ver un escenario tan parco como efectivo pasó rápido gracias a unas bulerías interminables. Alrededor de una mesa se reunían todos los artistas haciendo compás sobre el madero, por detrás una foto de una taberna antigua engrandecía el cuadro.

Poco a poco, por derecho, fueron resaltando los músicos. Destacaba el primer lugar el cante de David ‘El Galli’ y Amparo ‘La Repompa’, que se imbricaba bien contrastado. La guitarra Juan Habichuela, quien triunfó el día anterior, parecía algo fuera de lugar. Apoyándolo, como en su misma actuación, Pepe Maya ‘Marote’ afirmaba el soniquete. El violín correcto, aunque fuera de lugar. Un primer baile de Raquel ‘La Repompa’ y un segundo de Vero ‘La India’ se multiplicó en esa pieza festera.

Sin discusión, lo más original y logrado en la noche fueron unos tangos abordados por el titular, Juan Andrés Maya, y su artista invitado, Antonio Canales. Fue la primera vez, y así lo agradecimos, que se escucharon tangos en el Festival de Otoño de este año. Ni con Estrella ni con Juan Habichuela tuvimos la suerte de reconocernos con el tema más típico entre los cantes de Granada.

Estos tangos sacromontanos comenzaron con un repetido ritmo binario. Fue una grata sorpresa. El compás insistente ofrecía una dimensión tan arraigada al pasado como una propuesta contemporánea sin par, afrontada entre los dos bailaores como si fuera un diálogo o un duelo de dos sentimientos.

Lo logrado con estos tangos sin embargo no se volvió a repetir. El espectáculo fue decayendo, con algún acierto, pero con momentos bastante lasos.

Una especie de himno gitano cantado por todos los intérpretes cogidos de las manos vindicaba, a la manera de Mario Maya, la presencia del pueblo calé. A partir de ese momento todo fueron guiños y remedos trasnochados.

Juan Andrés Maya explotó su vena melancólica y su necesidad representativa montando un baile cercano a la seguiriya donde intentaba exponer problemas sociales, apoyado por las dos bailaoras. En esta pieza introdujo el inquietante baile maravilloso de Mario Maya cuando se expresa con los brazos cautivos.

La soleá de Canales, aplaudida increíblemente hasta la saciedad, no aportó nada. Si acaso se reconoce en el bailaor sevillano su sentido del compás y su falta de ahogo que en sus anteriores apariciones era evidente. Destaca en esta pieza sin embargo el cante de El Galli y la guitarra exclusiva de Paco Iglesias.

Juan Andrés de blanco aborda unas alegrías muy de Mario. La foto tanto del gran coreógrafo granadino como la de Juan Andrés, con un afán de protagonismo inapropiado, no van a dejar de presidir la escena.

El fin de fiestas vino en forma de rumbas, donde se justifico por fin la presencia del baterista Alejandro Hitos.

La extensión del concierto y la búsqueda constante de aplauso mermaron la bondad final de la propuesta. De todas formas, el objetivo está logrado. El baile de Juan Andrés Maya se ha convertido en patrimonio exclusivo de nuestra ciudad.

Acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar

Acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar

XI Festival de Otoño – Entre azahares y alelíes

Manuel Molina, como artista invitado, comenzó con una bulería improvisada que, entre otras verdades, terminó aconsejando: Sobrino Juan, acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar. No sólo los ánimos de Manuel estuvieron planeando en el concierto, sino las horas de ensayo, unos acompañantes bien aleccionados y sobre todo el virtuosismo del más joven de los Habichuela.

Relacionar estas facultades está de más, quizá me quedé corto, quizá sea innecesario teóricamente hablando. A Juan Habichuela hay que verlo en directo. Su creatividad, su sentido escénico, su seriedad y el gobierno de su gente es algo encomiable.

Partimos de que es un Habichuela, con su toque sacromontano por encima de todo. Es decir, con su soniquete, sus ligados, sus silencios y esa forma de acompañar que lleva como en volandas a cualquier cantaor. Si eso lo unimos a la frescura de la juventud, a una velocidad inusitada y a una creatividad fuera de lo corriente en un guitarrista de tan sólo 21 años, obtenemos el genio que pudimos contemplar el domingo pasado.

Para una ópera prima, aunque ya ha tenido sus puestas de largo el la Chumbera y en otros escenarios, obtuvo sin discusión las dos orejas y el rabo.

Tras el regalo del demiurgo Manuel Molina, el artista, a solas en el escenario, interpretó una rondeña. Obviamente todos los temas son suyos. Forman parte de la cuarentena de composiciones que tiene almacenadas, a la espera de ver la luz. Las mima y las depura hasta lo indecible. Él es su mayor crítico. Sin embargo ofertas para grabar no le faltan y ya mismo, más pronto que tarde, verá la luz primer trabajo discográfico.

Haciéndole honor a la tierra que lo vio nacer, ofrece una granaína en segundo lugar. La guitarra, o sea, el instrumento como tal suena a gloria, y en las manos prodigiosas de Juan es de una belleza reconocible. Si sus arpegios son bellos, igualmente de hermosos son sus silencios, su punteo y sus juguetillos agudos cerca de la boca de la sonanta.

Para la soleá, uno de sus temas estrella, requiere de su gente. Maya Yoshida y le ofrece un contrapunto interesante al violín; Pepe Maya ‘Marote’ como segundo guitarra es un apoyo rítmico importante; Benjamín Santiago ‘El Moreno’ a la percusión acentúa el compás que enriquecen la pieza. Sin embargo, sin menospreciar a ningún músico, lo prefiero a solas. Juan no necesita a nadie para arañar los corazones.

José Parra y Joni Cortés penetran por uno y otro lado del escenario para ponerle letra a las seguiriyas. Joni es muy flamenco, muy personal en los temas acompasados que domina. Tiene referenciados a varios cantaores de culto y los adapta a su persona, a sus melismas, a sus formas. José Parra es un remedo de Camarón, con menos facultades posiblemente. Borda sus esquemas y alcanza notas imposibles. Pero Camarón ya hubo uno y nada más.

Unos fandangos de Huelva animaron la escena y unas bulerías tremendas, vertiginosas, valientes y creativas, llenas de remembranzas, perfeccionaron el juego. Terminaron por rumbas, con la alegría de haber hecho un concierto redondo, memorable.

Es el bis super preparado que nos regala, cada uno de los músicos empezando por el mismo Habichuela fueron saliendo y sumando sus instrumentos como si de un Bolero de Ravel se tratara. No sólo llegó a emocionar sino que demostró que Juan Habichuela puede ser también un buen director de escena. Se cierra el telón.

Y ahora, para no dejar coja esta crónica, podría decir que fallaron luces. No sólo se castigó como es habitual el flamenco a la penumbra constante, sino que faltaron focos imprescindibles en algunos solos, sin ir más lejos, en la última intervención del artista invitado. También tengo queja en parte por la sonorización, descompensada en más momentos de los deseados. El cante a veces se perdía, la guitarra protagonista quedaba solapada, el timbal de El Moreno se imponía constantemente con un latido inevitable.

A veces, para que algo sea perfecto, debe tener sus sombras.

Tiritan azules los astros a lo lejos

Tiritan azules los astros a lo lejos

XI Festival de Otoño – Estrella de Granada

El Festival de Otoño de Granada se configura sin lugar a dudas en un encuentro eminentemente local, con sus grandezas y sus penumbras. Como bien reza el numeral, se cumplen once años desde que comenzó su andadura. Pero esta cifra es engañosa. Mientras que en un primer momento surgieron estos días con un propósito universal y abierto enfocado a sacar a la ciudad de su letargo orillado desde hace tanto tiempo, en los últimas ediciones el cambio ha sido radical. No sólo volvemos a mirarnos el ombligo, sino que la cortedad de un proyecto de futuro es evidente. Volvemos a desear ser cabeza de ratón.

El Ayuntamiento de Granada, de truncada visión culturalista, se ha subido al carro del todo vale y, por cubrir expediente, intenta hacer brillar más los fuegos de artificio que las mismas estrellas. Total, la cultura viste pero no da votos.

Con todo y con eso, el cartel del Festival se va refinando, haciéndose atractivo y cubriendo expectativas. Punto a favor es que el flamenco, de una forma o de otra, cobra evidente protagonismo estos días. El encendido de las luces navideñas y una recepción en el cabildo sirven para vestir Granada de volantes y comenzar a sentirnos Patrimonio Universal.

El viernes, tratando de buscar otro tipo de público y difuminando una propuesta inexistente, tuvimos la voz de la coplera Joana Jiménez, homenajeando a Marifé de Triana. Como si se llamara copla, el teatro Isabel la Católica, se llenó de jubilados que, al grito de guapa y la madre que te parió, disfrutaron verdaderamente en directo lo que suelen ver en la poltrona. Tiene que haber de todo y para todos. Pero en unos encuentros flamencos…

Buena planta tiene Joana y buena voz, aunque no es el estilo desado teniendo de referencia la canción flamenca (Caracol, Poveda, Molina). Un acierto enorme, no obstante (que le debemos a Juan Andrés Maya, como director del evento), es la presencia de la orquesta en el foso. Nada que ver con el sonido pregrabado que suele acompañar a estas artistas. La banda, junto con un piano, guitarra eléctrica, bajo y batería en la escena, constituyeron un arropamiento musical de lujo.

El Festival, no obstante, para mí empezó el sábado con Estrella Morente. Un titular tan pretencioso como dubitable precedía su concierto. Se presenta como Estrella de Granada, que responde más a un deseo que a una realidad. Sin embargo, el sólo planteamiento merece un agradecido respeto.

Alguna preocupación interna (que no es foro para tratar) la hizo parecer fría y algo distante, sentimiento ajeno sin duda a su voluntad. La diversidad de opiniones es manifiesta y todos tienen su punto de verdad.

Estrella, sin embargo, debe plantearse algunas cuestiones para no ser cuestionada. Montoyita es un buen guitarrista y muy profesional, pero carece del peso de la artista a la que acompaña. Los coros no estaban en general bien coordinados ni sonorizados como se demanda. La percusión correcta.

Comienza con unas alegrías, en las que acompaña su hermano como segunda guitarra. Un homenaje a Picasso es su segunda propuesta. No empieza a despegar. Tiene que llegar la soleá para escuchar los primeros oles, para reconocer a la artista que lleva dentro. Su estilo personal, pasado por el crisol morentiano y sin perder de vista a la de los Peines y su generación, se impone como referencia imprescindible para entender el flamenco de principios de siglo.

Tanto sus granaínas como sus malagueñas son poco ortodoxas. Ricas en matices y juegos tonales, pero trasparentando un ahogo incomprensible.

Un intermedio tácito lleva a sus músicos a plantearnos unas bulerías decentes (bien por la guitarra), pero claramente improvisadas, lo que se manifiesta en un final deslavazado.

Para la segunda parte, Estrella vuelve más leona, con el pelo suelto y un mantón de fantasía. Sus nuevas propuestas, únicas, evidentes, redondas, cobran vida propia, se imponen por derecho. Abre con una genial interpretación de la Habanera imposible que Carlos Cano le dedicó a Granada. Continúa con unas bulerías rematadas generosamente con La noche de mi amor de Chavela Vargas. Termina con su éxito almodovariano Volver, que más que una canción fue una declaración de intenciones, la añoranza de su ciudad, la calidez de su gente…

Echamos de menos unos tangos del Camino.

Como bis, un cante a capela sin megafonía alguna, puso una guinda preciosista a un concierto dispar.

Eternamente Pablo

Eternamente Pablo

El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos. Desde que asistí al concierto de Pablo Milanés en el Pabellón Municipal de Deportes de Albolote, el pasado día 27 de noviembre, no dejo de cantar sus canciones. Te he visto pasando del brazo de un hombre. Fue como una deuda que tenía conmigo mismo. La canción suramericana, esa que se llamó “canción protesta”, me ha acompañado desde siempre, quizá desde que tengo uso de razón o quizá desde que tengo razón de uso, que no es lo mismo pero es igual. La prefiero compartida antes que perder mi vida. Ya ha estado Pablo varias veces en Granada, pero por unas razones u otras nunca he ido a verlo. Incluso, la última vez que pasó por aquí, creía que era la definitiva, por su edad, por su salud. Ya ves y yo sigo pensando en ti. Pero aquí lo tuvimos, mayor, enfermo, cansado, pero con su torrente de voz de toda la vida y con su carisma y su afinación y la sabiduría impagable de un puñado de canas. Un culto pleno a la verdad vale mil años más que claudicar. La penumbra, la pobreza en la iluminación, parece que fue él quien así la pidió. Quien brilla con luz propia nunca se puede apagar. La parquedad en el acompañamiento, tan sólo un órgano y un violín eléctrico, tampoco le restó brillo y redundó en la intimidad del recital, que tuvo algunas canciones nuevas, pero la mayoría pertenecían a la banda sonora de todos los asistentes, de una media de edad de 30 o 35 años. Mírame bien, no creo ser el hombre que a cualquier dama asombre y es que mi mejor tiempo pasó. Fue emotivo, alegre, sosegado, comprometido, bello, amoroso, nostálgico, tremendo. Y ahora tratar de conquistar con vano afán este tiempo perdido que nos deja vencidos sin poder conocer eso que llaman amor para vivir. Cantó lo que fue. Fue lo que cantó. Pero echamos de menos pisar las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada, no pedirte que me bajaras una estrella azul o que te cuidaras de esa delgadez extrema.

* Foto de Pablo Peregrín©.

Curro Lucena, un cantaor con historia

Curro Lucena, un cantaor con historia

50 aniversario de la peña flamenca Curro Lucena

Hace unos días recibí en casa un sobre cerrado proveniente de Ronda. Era un doble CD del cantaor Curro Lucena, afincado desde hace mucho en esta localidad malagueña. El disco es una recopilación exhaustiva de actuaciones en directo y cantes inéditos del maestro de Lucena. La primera constatación que tuve al escuchar este trabajo fue la valentía de Curro al proponer nada menos que 30 grabaciones, que recogen 24 palos distintos con un total de 27 guitarristas, entre los que están Juan ‘Habichuela’, Enrique de Melchor, Manolo Franco, Antonio Carrión, Silveria, Pedro Peña, Perico el del Lunar ‘hijo’ o su mismo hijo, Curro Luna. No todos los cortes están técnicamente perfectos, no todos los temas tienen la calidad que el mismo Curro hubiera exigido en una grabación oficial. Pero tienen ese sabor de lo auténtico, la frescura del directo, el calor de la peña, la radio o el festival.

Éste ha sido un regalo para la Peña Flamenca de su pueblo, que cumplió 50 años de existencia (1959-2009), del cual adopta nombre. Ojalá todas las peñas tuvieran un hijo predilecto con esta generosidad, pues el doble giratorio es a todas luces una edición casera. Es un regalo para su Peña Flamenca y para sus amigos y admiradores, que sin más remedio coinciden.

Las grabaciones van desde las saetas que cantaba con 14 años en su mismo pueblo hasta su voz actual, con 59 años por alegrías de Córdoba. Entre estos 45 años de diferencia encontramos de todo, reconociendo en Curro Lucena un cantaor enciclopédico. Interpreta cantes de Cádiz, cantes de levante, malagueñas, soleares, seguiriyas, fandangos, caña, campanilleros... y, sobre todo, a lo que tenemos que estarle completamente agradecidos es a su labor de rescate y salvaguarda en los fandangos de Lucena, las alegrías de Córdoba o los tangos de Ronda, por ejemplo. Se completa esta grabación con unas frases de homenaje de José Menese, José Mercé y José la Tomasa; y con algunas rarezas aportaciones personales como el himno de Andalucía por tientos o una versión en japonés de “Alguien cantó”, un tema de Matt Monro.

Curro Lucena, como ya dije en algún otro momento, es un corredor de fondo, un luchador que, con su voz grave y recurrente, no deja de trabajar y de aportar su granito de arena, más independiente de lo deseado, a este mundo del flamenco.

José Manuel Cano

José Manuel Cano

La guitarra en Granada

Me descuido. Otras obligaciones, u otras pasiones, hacen que dilate algunas propuestas. Hace ya una semana que tuvo lugar el encuentro de José Manuel Cano en la sede de la Asociación de la Prensa para hablarnos de su vida como guitarrista y darnos unas pinceladas de su arte, haciendo un recorrido por los años de su recuerdo.

Lo que más se ha destacado durante toda la charla fue el nexo imborrable de ser hijo del guitarrista y catedrático Manuel Cano Tamayo. Tampoco se pudo pasar por alto su formación clásica y su continua actividad investigadora.

En Granada existen quizá dos escuelas bien definidas de guitarristas. En un primer lugar está la escuela sacromontana, cuyos máximos exponentes son la familia habichuela, los hermanos Cortés, los Marote, Emilio Maya, Luis Mariano, etc. La segunda escuela, más reducida, la encabeza precisamente, hoy por hoy, José Manuel Cano. En la que también están, con un reconocido prestigio, Miguel Ochando y gran parte de sus seguidores, y Ramón del Paso, por ejemplo. A estas dos escuelas se le puede añadir otra última, posiblemente más experimental y abierta. La forman la mayoría de los guitarristas jóvenes que quieren abrirse camino en la ciudad de la guitarra. Decir nombres es olvidar muchos otros, pero a favor de la difusión y referencia, es necesario acordarse por ejemplo de Rubén Campos, Marcos García ‘Palometas’ o Jorge Sánchez ‘El Pisao’.

Camino independiente, para afinar en esta relación, podíamos hablar de David Carmona. Su labor creativa, tras los pasos de Manolo Sanlúcar, hace de su carrera una raya transversal y en el mundo que planteamos.

José Manuel Cano, de profesión médico, lleva tocando la guitarra de forma autodidacta desde los cinco años, dando su primer concierto en Madrid a los nueve años. Aprendió, como es natural, de su padre y sus contactos. Cuenta que a su casa del niño pasaban todos los guitarristas y cantaores de la época. Siendo algo habitual la representación espontánea.

A los 13 años, después de haber actuado en Peñas diversas y haber realizado primera gira en solitario por Japón, acompañó al maestro Mairena. Es un recuerdo imborrable. Más sabiendo que Mairena era difícil de arropar.

Como su padre, sus interpretaciones se centran en el mundo granadino, sus temas pasan por granadinas, soleares, zapateados o tangos, además de multitud de temas de composición propia. A parte, también es un gran continuador de la obra que dejó su predecesor, como la adaptación a guitarra de las canciones populares recopiladas por Federico García Lorca. Muestra de ello la tuvimos en directo con Anda jaleo con ritmo de bulerías. Su influencia clásica pasa también por compositores locales como Ángel Barrios. Con su obra Zacatín comenzó su muestra en la velada.

El amor por el clasicismo y por estos autores le llevaron a grabar un disco llamado Canciones para voz y guitarra, donde la voz lírica de la soprano Carmen García está arropada con temas básicos del acompañamiento flamenco.

Otras interpretaciones de la noche para tener en cuenta fueron unas granadinas rematadas con alboreá, tarantas o, sobre todo, las rondeñas de Ramón Montoya, las que, según el intérprete, nadie ha llegado a superar. Una tarde inolvidable por la sensibilidad y, sobre todo, por el ambiente familiar creado.

Han derribado la casa

Han derribado la casa

El hombre es un animal de costumbres. No tanto por el hábito como por su percepción. El hombre, por ejemplo, está familiarizado, más que por frecuentar siempre el mismo camino para llegar al lugar de siempre, porque este camino siga donde está y que sea el mismo sendero de siempre, con las mismas piedras, los mismos árboles, las mismas farolas y las mismas curvas. Que el paisaje a su alrededor sea exactamente el que siempre ha estado allí. De igual forma, pretendemos que el lugar al que vamos sea reconocible. Vamos a ver exactamente lo que pretendemos ver, lo que anhelamos encontrar. Estamos habituados a que la lluvia que caiga nos moje (sin atender a Berkeley), tengamos la costumbre de llevar paraguas o no.

Siempre salgo de mi casa y entro en la calle a la misma hora para subir al mismo autobús de todos los días, menos sábados, domingos y festivos, y que me arroje en la misma parada para caminar los mismos pasos que todos los días para que me lleven al mismo trabajo hasta que me despidan o lo pierda por cualquier otro acontecer, que viene a ser lo mismo. De lunes a viernes esa es mi rutina. Claro que hay excepciones, que se me enreden las sábanas, que me rezague en la mañana por otro motivo, que el autobús retrase su llegada por culpa de un tráfico que aumenta por la lluvia (llevemos paraguas o no), que haya retenciones o desvíos por obras y me vea obligado a apearme en la parada anterior (y no la siguiente, pues mi paradero coincide con el final del trayecto), que vaya al banco, por ejemplo, y no tenga más remedio que ladear mi camino. (Aunque siempre que voy al banco, es a la misma sucursal y consulto el mismo cajero y contemplo un poco mi aspecto, mi entrada, en la misma televisión de circuito cerrado que siempre me vigila y me devuelve insoportablemente en mi misma posición, acostumbrado a que el espejo me refleje simétrico.) O sea, que mi rutina será la habitual, pero no siempre la misma. La realidad, en cambio, lo que me rodea, lo que percibo y, en cierta manera, afirma mis costumbres, hábitos, rutinas (a veces manías), es la misma.

Después de andar unos doscientos metros de casa (vivo en las afueras), llego a la marquesina cubierta, con anuncios cambiantes, que indica que justo allí se detiene el autobús que me llevará a mi destino, a la parada de siempre, y generalmente con los mismos usuarios.

Salgo del número trece de la calle Maimónides, que es la mía (no la calle, sino la casa que se identifica con el número trece) (dicen que el trece es el número de la mala suerte, pero yo no creo en el azar, sólo en el destino, aunque sea un mal destino), y llego a la calle París, donde hay casas bajitas con un poco de terreno que siempre están de reformas y en una de ellas, cuentan, hay fantasmas (está en venta, no sé si a pesar de los espíritus o gracias a ellos). Se fueron (o huyeron) sus inquilinos de la noche a la mañana llevándose a su perro chiquito y mal encarado que me la tenía sentenciada, siempre me ladraba, me hacía cara, acompañaba mis pasos con su bocaza llena de dientes. A veces saltaba agazapado detrás de un coche y llegaba a asustarme, aunque lo esperaba por la costumbre, con un guijarro en el bolsillo o un grito en la garganta, por si acaso.

Tomo la carretera de Armilla a la izquierda, en dirección al pueblo, y, pasado el hotel Los Galanes, a unos veinte metros, me encuentro en la parada mencionada, la marquesina  de siempre, con anuncios rotativos. Allí aprovecho, si no viene el coche de inmediato, un autobús amarillo pálido que llaman tranvía y va a los pueblos, a repasar mentalmente qué ropa llevo, cómo voy vestido (casi siempre inadecuado para la estación, sobre todo si llueve, lleve o no paraguas, o para el día que se avecina), lo que llevo en la cartera, que siempre se me olvida algo, lo que tengo que hacer, que nunca me dará tiempo... Hasta que el autobús llega y me engulle con sus borborigmos y eructos.

Subo los tres escalones que me separan del conductor, saludo y pago con el dinero que ya tengo fraccionado de antemano en la mano (curiosa relación), casi siempre exacto, no soporto las vueltas, la excesiva calderilla que estos trabajadores se empeñan en colocarte. Quizá lo hagan adrede para que la próxima vez pagues el importe exacto. Por eso lo hago, por eso siempre me empeño en conseguir el importe exacto, para que el conductor del autobús no me castigue con lastre en exceso.

Por mi parada pasan hasta tres autobuses válidos, o sea, tres autobuses que paran allí y me llevan a mi destino. Son los de los pueblos cercanos: Armilla, Churriana y Las Gabias, que tienen que atravesar esa carretera de atascos míticos, de retenciones alarmantes.

Pero mi intención, la finalidad de este relato, no es continuar viaje, sino quedarme en la marquesina de propaganda móvil comentando la novedad, como quien espera al número equivocado, como quien ha perdido el tren, como quien llora en el mar.

A escasos metros de la zona de nadie, habilitada como parada del autobús, con un banco utilitario, una cubierta traslúcida y un mapa en la espalda, se encuentra una casa, mejor dicho, había una casa. Una casa cuadrada y grande que, sin llegar a ser caserón, se asomaba a la carretera y tapaba toda la visibilidad, tanto del conductor que llega como del usuario que espera al otro lado. Dicen que era fea. Por eso la han derribado. No porque fuera fea, sino porque quitaba toda perspectiva. Quizá porque estaba muy salida al asfalto.

Su muro era un extraño arcén elevado. Era la única edificación que sobresalía en una calzada con su poquito de acera.

Quizá, lo más seguro, su derribo fuera para ensanchar el pavimento. Quién sabe. El tiempo lo dirá. Si todo fuera tan simple como eso.

Antes, recuerdo, había árboles en esa carretera. Árboles enormes, de copa redonda. Nunca he sabido el nombre de los árboles pero son fáciles de distinguir, al menos su forma. De lo que sí estoy seguro es que eran grandes y de que había bastantes, por toda la carretera, a unos veinte o treinta metros, posiblemente cincuenta, unos de otros, las mediciones nunca han sido mi fuerte. En otoño se doraban y en invierno se desnudaban. Sus troncos, gruesos, serios, contundentes, presentaban una franja blanca a media altura que servía para señalizar el camino, para reflejar el faro de los coches por la noche. Ya no queda casi ninguno, los fueron arrancando todos, desaparecieron como la casa cuadrada que han derribado, como la casa blanca y grande que sería de la misma época y pisaba la calzada.

La curiosidad de esa casa, por lo que me llamaba la atención, por lo que canto su ausencia, es porque tenía un palomar casi derruido en su azotea, un palomar vacío que no contenía aves ni contendría pues estaba abierto. Pobre prisión sin muros ni cadenas.

Las palomas habrían volado hace tiempo. Ahora era el refugio o la vivienda o el aliviadero de un perro negro de raza confusa, pero joven y más grande que pequeño, que todas las mañanas se asomaba para aullar. Sustituía al quiquiriquí del gallo, pero una hora más tarde y sin cresta.

Todas las mañanas, entre mi rutina, buscaba con la mirada al perro negro que aullaba a los coches o a la luna que se fue. Era parte de mi mañana. Sobre las ocho, sin falta, un perro cantaba en la azotea de la casa grande.

Han derribado la casa y ya no hay perro. Han derribado la casa y mis mañanas están más solas. El camino ha cambiado. Las sensaciones son diferentes. Puede que hoy llueva y no me moje.

Día de los gitanos andaluces 2

Día de los gitanos andaluces 2

Concurso de cortos

Continuando con las actividades del Día de los Gitanos Andaluces, el 22 noviembre se concedieron los premios al mejor corto gitano, profundizando en el contenido social y en su cultura. Fue la quinta edición del Concurso Audiovisual Gitano Tikinó (que en caló significa corto).

Los organizadores argumentan: Coincidiendo con la dura realidad que está sufriendo en la actualidad la comunidad rumana en Francia y en otros países europeos, Tikinó se sensibiliza con la difusión de una cultura minoritaria que no quiere aislarse como una “minoría marginal” sino todo lo contrario, pretende dar a conocer a través del cine su modo de vida, de familia y de integridad ante una sociedad de la que se sienten parte como cualquier ser humano.

Se presentaron un total de 21 trabajos de algunas ciudades españolas y de parte del resto del mundo, como Eslovenia, Senegal, Venezuela o Argentina, y que fueron proyectados las durante los días 26,27 y 28 octubre en el Centro Sociocultural Gitano de Granada (que, lamentablemente, no pude asistir). Con temáticas tan variadas y reales como violencia de género, inmigración, paro, discapacidades físicas, exclusión, genocidio…

El cortometraje ganador del certamen titula "Contranatura” del director Isaac Berrokal que nos cuenta el drama de una madre de edad avanzada con un hijo abusador. El premio RTVA recayó en el corto "Quejío" de Óscar Parada, afincado en Maracena. Cuenta la historia de un arquitecto o de etnia gitana y sus dificultades para encontrar trabajo y ser admitido entre los de su profesión. El premio Hecho por Gitanos se le ha concedido a Pablo Vega por su trabajo "Romnia”, que, a través de entrevistas, narra la vida de cuatro mujeres gitanas se han roto moldes en las parcelas sociales.

Tres accésit también concedieron, para otras obras de interés divulgativo. Estas son: Nuevos Tiempos de Jorge Dorado y Eva Marciel, La historia de siempre de José Luis Montesinos Bernabé y La pelota de fútbol de Laura González Fernández.

* Fotograma del corto "Nuevos tiempos" de Senegal.

Soleá del alzheimer

Qué lastimica mi madre
que no conoce a mi padre,
se le perdió en las estrellas.

Qué lastimica mi padre,
el sufrimiento indomable,
que sí la conoce a ella.

Día de los gitanos andaluces

Día de los gitanos andaluces

Festival Flamenco

Durante estos días se celebra el Día Andaluz del Pueblo Gitano, que cumple 548 años en nuestra tierra. Se celebran talleres y juegos gitanos, exposiciones, encuentros, concursos, etc. y, cómo no, un festival de flamenco. El flamenco, como saben, es la simbiosis de Andalucía con el pueblo gitano o la llegada de los gitanos a Andalucía. Posiblemente el mayor punto en común que existe entre gitanos y no gitanos en Andalucía sea la manifestación del cante.

¿Hay un cante propio del pueblo gitano? Podríamos decir que sí, que el gitano tiene unas formas de determinadas dentro de los estilos flamencos. El cantaor gitano se manifiesta por seguiriyas, soleares, tangos, bulerías, tonás... que, en definitiva, son las raíces del cante.

Esto no quiere decir que quien no sea gitano no puede interpretar esos cantes o el gitano no canta otros estilos. Ejemplos tenemos a montones. Tenemos grandes soleareros o seguiriyeros payos, como tenemos cantaores gitanos enciclopédicos, que no hace falta hacer una relación.

El viernes, como digo, tuvo lugar como viene siendo habitual el festival flamenco del Día de los Gitanos, con participaciones considerables. Como es natural, lo que más se escuchó fue el cante gitano al que me refiero aunque también hubo alguna sorpresa.

En la primera parte participaron artistas de Granada y provincia. Abrió la noche Antonio ‘El Salmerón’ con Juan Carmona a la guitarra. Continuó un grupito familiar de Lanjarón llamados “Flor y Nata”, compuestos por Chitu Heredia al cante, Fernando Heredia a la guitarra, Fran Heredia al cajón y Toñi Gómez al baile. De Pinos Puente llegó a Abrahán Campos al cante, arropado por la gran guitarra de José ‘El de los Peines’. De Granada capital, el grupo Zincalé, compuesto por Curro de la Chicuela al cante, Luis de Melchor a la guitarra y Andrés Jiménez y Almudena Romero al baile, demostraron su profesionalidad. “Los del Peñón” son una amplia muestra de chicos y chicas jóvenes de Íllora, que hacen rumbas y tangos, con variedad de instrumentos, gobernados por la cantaora Carmen Carmona.

La segunda parte estuvo protagonizada por cante de Montse Cortés, acompañada por su compañero Francisco Heredia. Terminó la noche con el espectáculo “A voces” de una agrupación flamenca de Utrera: Antonio Moya y Daniel Méndez a la guitarra; Fabiola, Herminia Borja, María Bizarraza y Mari Peña, al cante; y Carmen Ledesma, al baile.

Destacó sobre todo la actuación última, aunque se excedieron en el cante por bulerías. Las guitarras fenomenales. Y el baile de Ledesma un gozo de arte y sal.

También me quedó con la guitarra del ‘de los Peines’ y con la seguiriya de Montse Cortés, que tenía la voz tomada y al guitarrista enfrentado en el resto de los palos. Zincalé estuvo correcto, destacando la guitarra de Luis el cante de curro (que recuerda al de billar) y momentos en el baile.

* Montse Cortés en la foto.

Fiesta del Diente de Oro

Fiesta del Diente de Oro

Llevamos unos días de vértigo. Las actividades se acumulan y las ganas de ser ubicuo nunca han sido tan fuertes.

El jueves 18, en especial, la jornada estuvo cargadita. Tenía invitación para asistir al teatro, a inauguración de exposiciones, a presentaciones de libros, a conferencias o a recitales de flamenco y otras músicas (entre ellas la grabación de un disco para meditar).

Entonces me hice burro, me coloqué mis anteojeras y me obcequé con la Fiesta de inauguración de la temporada del Diente de Oro, entre otras cosas, porque había participado activamente en su organización.

El Diente de Oro es una asociación que trata de salvaguardar la memoria de Javier Egea (poeta granadino autodesaparecido trágicamente en 1999) y que, además de convocar un premio anual con su nombre a escala mundial, realiza varias actividades durante todo el año en torno a la poesía y la creación.

En primer lugar se habló de quienes somos, lo que hemos hecho y lo que haremos. A lo largo del año publicaremos unas plaquettes de poesía en papel reciclado y encuadernados con cartones de la calle (totalmente artesanos). El curso pasado ya empezamos con esta iniciativa underground, que sustituyó a las “Vitolas” (libritos de poesía que llegaron al número 100).

También tenemos presencia en la Feria del Libro, en el FEX, en la red y en otras manifestaciones populares. Y, llevamos dos años, celebrando un arriesgado partido de fútbito entre narradores y poetas.

Durante la fiesta sorteamos un lote de libros (la mayoría escritos o publicados por los mismos miembros de la asociación) y un viaje de relax para dos personas que, curiosamente, le tocó a los mismos.

Cómo no, tuvo lugar la lectura pública de poemas y otros textos y un poquito de flamenco.

Alicia Morales, al cante, y Josele de la Rosa, a la guitarra, quisieron contribuir desinteresadamente a la consecución de ese día festivo en el Entresuelo. Para entonces, los invitados estaban desperdigados por el local y la mayoría tomó el concierto como sonido de fondo pues se oía por los altavoces como si fuese un disco.

La voz clara de Alicia propuso unas granaínas en primer lugar. Canastera donde las haya, dominó este palo dificultoso, arropada por el toque limpio y flamenco de Josele. El tocaor, con una guitarra con salida directa por clavija y mandos individuales, estuvo en su salsa y fue creciendo en su toque.

Tras esto llegó la fiesta con sabrosas alegrías, una rumba muy profesional y unas bulerías cargadas de una improvisación y frescura que no nos queda más que agradecer.

Somos Patrimonio

Somos Patrimonio

Desde el martes, 16 de noviembre de 2010, el flamenco es considerado por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Es una gran noticia que nos afecta a todos: artistas, promotores, aficionados… y también a los teóricos del género.

Las palabras que más se oyen son de ilusión, de orgullo, de merecimiento. La felicidad se ha instalado en el corazón de los flamencos y ha alimentado el batir de alas de sus esperanzas. En toda Andalucía y adyacentes (Extremadura, Murcia, Barcelona, Madrid…) se suceden las declaraciones y los programas destinados a celebrar este acontecimiento.

Ya lo probamos en 2005 y casi nos alegramos de no haberlo conseguido, nos alegramos de que el flamenco no sea una manifestación extinta, sino algo vivo y es efervescente. Nuevamente, con otras premisas, acudimos a la Unesco este año para que considerara el flamenco patrimonio de la humanidad. Y ahora sí. Ya estamos titulados.

Yo, por mi parte, tengo ideas encontradas. Por supuesto que me alegro de este reconocimiento mundial y merecido; pero por otro lado siento que va a alimentar a ciertas personas y al flamenco de base no le va a cubrir sus expectativas. Pienso, como decía Paco de Lucía, este espaldarazo le hubiera venido bien al flamenco hace 20 o 30 años pero ahora quizá lo necesite menos que nunca. O pienso como Enrique Morente que la humanidad es patrimonio del flamenco y no al revés.

Hoy por hoy, el flamenco está en la mejor situación de toda su historia. El flamenco recorre el mundo y es admirado por todos. Hay academias de flamenco por todos los rincones del globo, en los cinco continentes. Nuestros flamencos se ganan la vida, a veces de mejor forma, cruzando nuestras fronteras. Ya sea en una gira mundial, ya sea en festivales internacionales, ya sea estableciéndose en cualquier punto y difundir sus enseñanzas.

El flamenco así ha crecido como nunca. Tenemos "imitadores" tan alejados, no sólo espacialmente, sino culturalmente. Como pueden ser los tradicionales japoneses, pero también americanos o norte europeos. Nunca el flamenco había sido tan patrimonial, de todas las naciones. Nunca el flamenco había sido tan respetado y reconocido. Nunca el flamenco había gozado de tan buena salud.

¿Qué le pediría a este galardón para que fuera realmente eficaz?, ¿qué le pediría para convencerme de su utilidad universal?

Está claro que el flamenco ha traspasado un umbral necesario para ser admitido por todos, para ser respetado y no pensar que es una música de segunda fila, que no tienen nada que ver con el lenguaje culto de otras manifestaciones con partitura.

Ahora bien. Este título debe tener ventajas, pero también obligaciones. Viajaremos por el mundo con un marchamo de calidad, se nos abrirán muchas puertas, se nos tratará mejor, como algo para salvaguardar.

Necesitaría el flamenco, siendo patrimonio de la Unesco, que afectará a todos por igual, a todos lo artistas en especial, a los que antes y a los de ahora, a los grandes y a los chicos, vivan donde vivan, estén donde estén. Y, por ejemplo, si hay algún dinero, que lo habrá, alguna subvención, que la habrá, que llegue a todos.

Pero la necesidad no es sólo económica, es necesario aglutinar voluntades. Necesitamos dar un paso cualitativo hacia delante y unificar el flamenco en las ciudades, que haya una asociación sería, que cuide del flamenco y de los flamencos, que mire por sus intereses, que luche por sus derechos, que, como dijo Curro Albayzín, cuide de la jubilación de sus mayores, que esté protegido social y sanitariamente…

Debemos de comprometernos en darle dignidad a este galardón, en unirnos como nunca e ir todos a una, en responder con el fisco, el seguro y los impuestos, en no dar gato por liebre, en huir del ’todo vale’, en ser consecuentes con lo que hemos sido, con lo que somos y con lo que deberemos llegar a ser.

Que dejen de ser gitanos

Que dejen de ser gitanos

Este cuento fue presentado al concurso "Sacudiendo letras", que el incansable bloguero Jesús Lens promueve mensualmente en su variada página.

La resolución de dicho premio ha sido abierta, se ha votado por aclamación popular. Por desgracia mi propuesta no ha cubiertos las espectativas.

Os dejo con él para que no se pierda demasiado:

Es como guerra civil, dijo Miguel de Cervantes (Félix Grande)

Desorejados los galeotes halaban en las naves de la armada pensando que algún día fueron libres como las gaviotas.

Los Reyes Católicos, llevados por un celo unificador, negaron a los moriscos ser moriscos, a los judíos ser judíos y a los gitanos ser gitanos.

Expulsados los musulmanes y los hebreos (y los jesuitas, pero esa es otra historia), a los gitanos sólo se les vetaba el ejercicio de la vida errante, de sus costumbres y de su modo de vestir. Sólo se les toleraba, apartados de la sociedad, si tenían un oficio digno y serio y prolongado. Y si juraban obediencia y adaptaban su manera de pensar y de vivir.

Nacido Bennasar, para evitar el exilio, quiso conocerse Montoya y, con un grupo de morenos islámicos, se trasladó a Jerez donde se confundió con el calé, igual de retinto.

Pero la ley se agudiza y las tuercas se constriñen. La norma, en principio permisiva, pasa por la esclavitud y, pasado el tiempo, por el genocidio. Así, las Cortes de Castilla de 1594 emitieron un mandato tendente a separar a los “gitanos de las gitanas, a fin de obtener la extinción de la raza”.

Pero esto Bennasar/Montoya no llegó a saberlo. Al abrazar al gitano, le cortaron las orejas y lo condenaron al remo perpetuo, donde dejó la vida y los sueños en la batalla de Lepanto, al mando del capitán Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, después de haberle contado a un tal Miguel la historia de una dama noble que pasó por gitanilla.

Vale.