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La dimensión contemporánea de La Moneta

La dimensión contemporánea de La Moneta

Festival Internacional de Música y Danza de Granada

El único espectáculo propio de flamenco en el 59 Festival de Música y Danza de Granada, aparte de su excelencia, produjo la general insatisfacción de un arte discriminado. El esfuerzo de vestir a nuestros artistas con las mejores galas y asemejarlos con las grandes orquestas, ballets y compañías de danza parece que en esta ciudad no sirve. Volvemos a condenar a lo jondo al escenario menor de la cultura en penumbra. Cómo se puede entender que justo el año en que pedimos para el flamenco la categoría de patrimonio de la UNESCO lo ninguneemos como calderilla. Cómo se puede permitir un Festival Internacional granadino orillar de esa forma nuestra manifestación por antonomasia, una propuesta que desborda teatros y corazones en todo el mundo. Cómo no somos capaces de establecer un tácito “sistema de cuotas”, como hace el cine, por ejemplo, y obligarnos a programar un tanto por ciento de producción autóctona. Cómo es capaz Enrique Gámez, director del Festival, de fotografiarse con la nueva directora de la Agencia para el Desarrollo del Flamenco, María de los Ángeles Carrasco, con el consejero de Cultura, Paulino Plata, y con el compositor Daniel Barenboim firmando la candidatura del flamenco, después del flaco favor que le está haciendo.

Esperemos que en 2011, para la 60 edición de este evento, en el que ya se está trabajando, bajo el lema “Hacemos Festival”, se rectifique esta afrenta y al menos tengamos tres espectáculos flamencos de primer orden. Tanto como “Extremo jondo”, la nueva apuesta de ‘La Moneta’.

Granada, siempre a la sombra de sí misma, ha enriquecido el mundo del flamenco con personajes alternos. Cuando en el resto de Andalucía se destaca por la ortodoxia y los cánones (“este es bueno porque se parece a…”), desde la ciudad de la Alhambra se proponen particularismos intachables. Hablando del baile, que es lo que nos ocupa, sólo mencionaré tres nombres que ocupan un lugar específico: Eva ‘La Yerbabuena’, Manuel Liñán y, ahora, Fuensanta ‘La Moneta’.

Esta joven bailaora granadina sigue atesorando en su interior la fuerza y la savia de sus raíces sacromontanas, la capacidad de sorpresa enraizada y la frescura, pero paso a paso va limando sus formas para lograr un baile más universal, como un buen arqueólogo va incorporando en su haber todo lo útil que va hallando en el camino hasta lograr una identidad propia con la que seguir venciendo, con la que seguir convenciendo.

De dos partes consta un espectáculo que se nos quedó corto. Intentamos comprender cómo esa hora completa tenía sus imprescindibles sesenta minutos, con todos sus segundos, sin faltar ni uno. Los temas se entrelazan sabiamente a través de la guitarra de Miguel Iglesias y el baile fluye como si esa fuera su dinámica natural. Nueve sillas de anea presiden la escena. Dos para los músicos, siete como parco decorado. El sonido es una garantía en las manos de Benson.

Enrique ‘El Extremeño’, con su voz poderosa, añeja y templada, entona un romance que tiene mucho que ver con la toná (o una toná que tiene mucho que ver con el romance). Cuando esta capela se hace caña, aparece la bailaora con vestido de vuelo y color tierra para escuchar la música, para dejarse seducir por la copla, para mostrarnos sus nuevos hallazgos. Aparte del compás, aparte de la fuerza, aparte de la flamencura y aparte de sus ojos, aparece en ella una vena contemporánea, fruto posiblemente de sus contactos con Rafael Estévez (aunque quizá más redonda, menos minimalista), que unen sin dudar la plástica y el espíritu, la escena y lo invisible, lo inmediato y la ilación interna entre movimiento y música, sentándole como anillo al dedo y descubriendo un horizonte infinito para explorar.

Al poco las cantiñas estimulan las tablas y ‘La Moneta’ se hace grande en las escobillas sin apenas sonido, con su solo taconeo o con el respetuoso cajón de Miguel ‘El Cheyenne’, para volver al sentimiento de la minera, un magnífico solo de guitarra del sevillano Iglesias.

El ecuador aparece en forma de vidalita que interpreta Enrique, con la misma tónica que el resto, lo que limita su sentimiento e incide en planitud, para dar paso a Fuensanta nuevamente, vestida de fiesta, con una impagable flor en lo alto del moño que nos recuerda a las gitanas de la tierra. Unas ricas bulerías abren esta segunda entrega, que pasan suavemente a ser liviana y serranas (creo que uno de los mejores momentos del cantaor), y desembocan en tientos-tangos, donde la granadina demuestra que se puede ser diferente haciendo lo de siempre, acordándose de los mayores y sus contemporáneos.

El fin de fiestas es generoso, iluminado, agradecido. Enrique se quita la chaqueta, se remanga, se saca la camisa, sacando a su vez lo que lleva dentro, que es mucho. ‘El Cheyenne’ se lanza a dar una pataíta y ‘La Moneta’ remata el bis entre varios minutos de aplausos a compás.

* Foto de archivo, fragmento (© Nono Guirado).

El camino de los poetas

El camino de los poetas

FEX

Lo que me extraña es que no todos los poetas de la época estuvieran influenciados de alguna forma por el flamenco, como Lorca, como Alberti; más si era un poeta del pueblo, al que rápidamente se le tiñó de rojo, como Hernández.

El miércoles 7 de julio, San Fermín y semifinal de la Copa del Mundo de fútbol (tanto que se tuvo que cantar el gol en el escenario), como segunda y última actuación flamenca en el FEX, pudimos disfrutar de una velada diferente, que se vino en llamar Miguel Hernández: cantes flamencos, que consistía en una conferencia sobre la inclinación flamenca del poeta alicantino, a cargo del periodista Eladio Mateos, ilustrado al cante por Juan Pinilla y a la guitarra por Antonia Jiménez.

Hernández se rodea en Orihuela de otros poetas y aficionados al cante, con los que acude al Café España, a todas luces uno de los locales más flamencos del pueblo, regentado por Luis Pérez ‘Españita’ que, animado por su entusiasmo, pide a Miguel “unas letras para cantar”. De esta anécdota resultan siete cantes flamencos, que son la base del recital que nos corresponde.

Una conferencia dinámica y libre nos presenta a un poeta interesado por la música (tocaba la armónica e imitaba el canto de los pájaros), comprometido con las coplas del momento y el devenir del día a día. Toda su poesía está llena de ritmo. Parece que la música la llevara intrínseca. Así lo han musicado para el flamenco Enrique Morente, Manuel Gerena o Calixto Sánchez.

No sólo los siete poemas del Café España fueron flamencos. Si se desmenuza, la vena jonda atraviesa toda su obra. Una savia que culmina en su Cancionero y romancero de ausencias, donde expone seguiriyas, soleares o cuartetas.

Juan musica alguno de estos poemas antes de llegar a los específicos. El cantaor hueteño canta desde un chotis a una evidente carcelera, pasando por alboreas o peteneras.

Un solo de guitarra, que propone un tácito ecuador en el programa, nos acerca una finísima farruca, trenzada con el hilo fino de los dedos de Antonia. Después la conferencia gozará de algunos recitados por parte de Pinilla (algo exagerados, demasiado histriónicos, forzados) y de algún dialogo en el que se coliga fantasiosamente la intención musical del poeta. Para lo cual se escogen cantes libres como cartagenera, la liviana, la serrana.

El camino de la poesía le viene como anillo al dedo a Juan Pinilla. Hace tiempo se acercó a Ángel González o a José Hierro y a otros poetas menores con gran sentimiento, con gran eficacia, con respetuoso convencimiento. Sus facultades así encauzadas le llevan a un necesario cultismo, que se diluirían en el popularismo si a la vez no fuera un preciso cantaor.

* Foto de archivo (© Nono Guirado).

Potaje en el Potaje

Potaje en el Potaje

LIV Potaje Gitano de Utrera

Calculo como cubero (aunque no de los buenos) que alrededor de dos mil almas estábamos presentes la noche del sábado en el patio del Colegio Salesiano de Utrera para participar del legendario Potaje Gitano, que cumplía la friolera de cincuenta y cuatro años, el festival flamenco más antiguo de España. A la entrada, que tuve que pagar, como cualquier hijo de vecino, sin que valieran para nada mis credenciales y el compromiso de escribir sobre el evento, nos dieron una cuchara de madera (para degustar el tradicional Potaje de Frijones con muchos ajos, pan y vino tinto) y un programa de mano que no servía para nada.

Con puntualidad flamenca (unos tres cuartos de hora más tarde) dio comienzo curiosamente con la única propuesta de baile. Antonio ‘El Pipa’ tiene un baile muy personal, gitano y redondo. Con generoso braceo, lo suyo son arrebatos de puro placer cuando escucha a su madre, Juana la del Pipa, cantarle por fiesta (sabroso). Aunque la verdad no lo pude apreciar mucho, pues estaba bastante lejos (véase la precaria foto).

Con más suerte por mi parte, pues cuando el cante está bien sonorizado la distancia es relativa, me dispuse a atender a Esperanza Fernández, que, sin olvidar su grandeza por seguiriyas, también destacó por fiesta, reivindicando su origen trianero y acompañándose con pataíllas, sobresalientes para ser cantaora. Esperanza cuenta con un eco flamenco insuperable. Para ese momento de la noche, la organización ya había habilitado una pantalla para acercarnos a los actuantes por el mismo precio, que antes el viento había tumbado.

Y llegó el intermedio con palabras múltiples de reconocido agradecimiento a las ‘Niñas de Utrera’, Fernanda y Bernarda, a las que se les dedicaba el festival. Entre los presentes se encontraba Matilde Coral que, con todo su encanto (última representante de su generación), dedicó unas sentidas palabras, mirando al cielo y acordándose de Chano; la también bailaora Pepa Pontes, que después se echaría un bailecito con Matilde; y la sobrina de las homenajeadas, Inés de Utrera, que resultó ser una gran cantaora, con un bello timbre que atesora para su pueblo.

Entre el público, ya que estamos, se encontraba Antonio Resignes, María Barranco, Paz Padilla y no sé si alguno más. Se está poniendo de moda que nuestras estrellas se acerquen al flamenco.

En ese in pass nos trajeron el potaje, unos platitos y el vino tinto. Sacamos las cucharas y compartimos la olla con una pareja de nipones que no dejaban de hacer fotos (al final el japonés se quedó dormido y por poco se cae de la silla).

Un grupo de gitanos de Utrera en el escenario (incluída Inés) hicieron una rueda de bulerías en la que se iban pasando el testigo. En general bien, con algunos altibajos. Merece la pena escuchar bulerías de Utrera en su lugar de origen.

Para mí, el plato fuerte fue Estrella Morente, aunque no es santa de devoción en esas tierras sevillanas. Abrió por Cádiz y terminó con un popurrí muy bien ensamblado, en el que se acordó de su padre, de las de Utrera, de Bambino… que, por muy agitanado y occidentalista que seas, hay que reconocer que rozó la perfección. En todo el acto se fue acompañando de amagos de baile y poses bien estudiadas, con rico juego de un maravilloso mantón turquesa. Como bis bien programado (Estrella no deja nada al azar) entonó el Volver que entusiasmó a Pedro Almodóvar.

Cerró la noche un Pitingo descafeinado, que no se quitó las gafas de sol en toda la noche. Le acompañaba a la guitarra Juan Carmona ‘El Camborio’, que destacó por encima del cantaor, sobre todo en unas granaínas que se atrevió a hacer en las que evidentemente se quedó corto. Sin embargo, no estuvo mal en las bulerías, que en los postres fueron soulerías. Fue muy aplaudido.

Andando por la calle

A veces
andando por la calle
los pies no me obedecen.

El trance de Jara Heredia

El trance de Jara Heredia

FEX

Remedando las bulerías de Morente, Pa’ mi Manuela, incluidas en el disco Sacromonte (1982), Jara Heredia intitula su espectáculo Pa’ mi Gabriela, dedicándoselo a su hija, que la mira desde la grada, al tiempo que hace un guiño a la tradición más innovadora del espectro sacromontano. Con un cuadro eminentemente gitano del terruño, capitaneado sabiamente por el toque de guitarra de Emilio Maya y Rafael Fajardo, Jara se lanza al ruedo con dominio pero con respeto. Una mala caída, con la afección de una pierna, la mantuvo apartada de los escenarios durante bastantes meses.

Su gran formación y la necesidad vital de separarse de convencionalismos le hacen reflexionar, reposar el baile, sentir la música. Es como si entrara en trance durante los primeros minutos de cada pieza. Llega en silencio y pasea sobria, para despegar como un ave y llegar a ser huracán, despertando el genio de su raza. El terciopelo de su vestido y la chaquetilla corta, que realza aún más su esbeltez, ya nos presenta a una bailaora distinta.

Comienza por levante. El dolor del recuerdo se hace metáfora en el taranto y los tacones dimensionan ese pesar que se torna esperanza cuando los tangos aparecen. Tanto sabe ser introspectiva y contrita como suelta, roneando sin par con los sonidos del Camino.

El sonido es perfecto. Qué descanso cuando se advierte tras la mesa a Benavides o a sus chicos. Con todo y con eso el escenario del Centro Cívico del Zaidín es duro y los pies no sonaron todo lo óptimamente esperado. Igualmente advertí las tablas algo escurridizas, dificultando la distensión del zapateado.

La bailaora hace mutis para preparar su segunda entrega. Mientras deja en el escenario a Sergio Gómez ‘El Colorao’ cantando una milonga cargada de sentimiento con su bello timbre y su voz templada, arropado por la guitarra de Rafael Fajardo.

Por Cádiz, el baile es una fiesta, aunque vuelva a vestir de oscuro y la concentración le impida sonreír. Bien llevado desde en comienzo, destaca en las escobillas, donde vuelve a demostrar su capacidad y su sentido del compás. Juega con su cuerpo a voluntad e impone el tacón-punta, sin embargo no abusa del braceo.

El segundo intermedio es de Jony Cortés, que se expande por seguiriyas, con un tremendo Emilio Maya a la guitarra, que roza lo sobresaliente apenas sin esfuerzo, casi sin querer. El eco de Jony es gitano y sentido. Trasmite en cada tercio la profundidad y amargura que ese cante lleva intrínseco.

El último baile es la notable soleá que atesora todo el saber y el instinto de la sacromontana. Pone toda la carne en el asador y el público entregado se lo agradece. Ella vislumbra el triunfo y un ápice de felicidad resalta sus ojos.

El fin de fiestas también es por bulerías, donde se incorporan para dar sendas pataíllas sus dos hermanas, que han actuado de palmeras hasta el momento, manifestando que el arte viene de familia, nietas de ‘La Gallina’ e hijas de Juanillo, el de la casa, cada una a su estilo. Antonia con su sabor desenfadado, Encarna se descalza atesorando en sus vueltas el acervo indomable. Tres gitanas necesarias para entender el baile de Valparaiso.

* Lamento la foto tan deficiente hecha con el móvil a pie de escenario.

El niño de niño sueña

El niño de niño sueña
su acontecer de mañana,
pero la vida prepara
un equipaje distinto.
El niño de grande sueña
cómo es su sueño de niño
y contempla su equipaje
poniendo cinco sentidos.
El hombre siente el momento
que desaparece el niño
pero si sueña despierto
ahora vuelve a sentirlo.

Virtuosa clausura de La Chumbera

Virtuosa clausura de La Chumbera

Patrimonio Flamenco

Destaca en el concierto de Juan Habichuela ‘Nieto’ su coherencia y esfericidad. Un recital sin fisuras donde la guardia no se puede bajar. De principio a fin, el virtuosismo del joven guitarrista cercena cualquier objeción. Y es que ya lo he dicho en algún otro momento, Juan Habichuela está llamado a ser uno de los grandes. Por las venas de Juan corre inevitablemente la savia de sus mayores, desde que ‘Habichuela el Viejo’ improvisara su primer soniquete por tangos. El rasgueo y la limpieza familiar son sus señas de identidad. Más la ligereza ejecutiva, la constancia creadora y una cabeza muy bien puesta sobre los hombros.

Sin embargo, circunstancias adversas, dentro de la notabilidad, crean esas pequeñas aristas que hacen que la redondez aludida en un principio no aparezca totalmente pulida. La Chumbera es una sala difícil. Su vacío incontrolado y su gran cristalera (con hermosas vistas a la Alhambra) la hacen difícil de sonorizar y de iluminar. Los técnicos, con muchas horas de prácticas, palian estas carencias como mejor pueden. Pero me temo que La Chumbera es sólo una gran habitación con vistas.

Por otro lado, el músico diez hace agua cuando no se rodea de un cuadro que sobresalga igualmente, que le vaya a la zaga y que al menos no le haga sombra. No es así, sin embargo, Juan se arropa de una segunda guitarra de base (Pepe Maya ‘Martote’), de unas voces descoordinadas (Alicia Morales y Santisteban), de la percusión de José Antonio Carmona (sorprendentemente más integrada que de costumbre), con el violín cartesiano de Maya Yoshida y del protagonismo inexplicable de Juan Andrés Maya e Iván Vargas en el baile.

Como buen director, en cambio, sabe dosificar el trabajo de su equipo. Potencia algunos momentos y acalla otros. Quiere crear un diálogo continuo con el baile (lo que vemos en la seguiriya primera), con el violín (farruca), con las voces (alegrías).

Es un acierto comenzar con el baile rotundo de los Maya. Un baile cerrado y medido al servicio de la guitarra. Una discusión sin discusión entre los imposibles arpegios del protagonista y los bastones de los bailaores.

Continúa en solitario por rondeñas y por fiesta. Son los momentos más conseguidos. “El pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta”, decía San Agustín. Las desnudeces, en este caso, son las mejores galas. Las farrucas son bellas y fantasiosas. Se dimensionan emotivas con la grave cadencia del violín.

Otro poquito de baile, que empieza en Cádiz y desemboca por bulerías, arropado por todo su grupo, vuelve a dimensionar la sala. De aquí, las alegrías vienen cantadas. Un poquito por rumbas distensiona los artistas, para acabar por las vertiginosas bulerías a que Juan nos tiene acostumbrados.

De este Centro de Estudios Gitanos marchamos a La Platería, donde se le impuso la Insignia de Oro de la peña a Manuel Santiago Maya ‘Manolete’. Después de unos dudosos preliminares en los que hablaron Enrique Seijas, como presentador del acto; Miguel Clavero, presidente de la peña; José Torres Hurtado, alcalde de Granada; y el mismo Manolete; tuvo lugar un espectáculo más entrañable que eficaz, desarrollado por la familia del bailaor, encabezada por su hija Judea Maya.

No estuvo mal a pesar de que el sonido no tuviera la finura deseada (aunque el equipo estaba sobrado) y el escenario fuera una ofensa para el baile.

* (FOTO: © Antonia Ortega Urbano)

Escala evolutiva

Escala evolutiva

Os expondré mi teoría, dijo el conferenciante una vez que los micrófonos dejaron de hacer ruiditos. Os expondré mi teoría, repitió como si fuera su mismo eco empujado por lo desacostumbrado de su voz amplificada. Carraspeó para aclarar la voz y se acomodó en el asiento encajándose los lentes para lejos. Después de echar un rápido vistazo a sus notas, alzó la voz diciendo, más bien advirtiendo, que no pensaba hablar de la evolución como tal ni defender ninguna de las teorías impuestas y largamente aceptadas o discutidas sobre el origen de las especies, sus transformaciones y su adaptabilidad al medio. Mi intención, continuó después de algunas toses del respetable, es comentar el alejamiento impuesto siglo tras siglo entre el hombre y la mujer. Siendo de una misma especie, estamos alejados más de lo que se podría llegar a pensar. Si el hombre como especie genérica proviene del mono, no cabe duda de que en toda la familia simiesca, si se me permite el término, existe una gradación evidente. Hablaremos tan sólo de las familias más cercanas a los homínidos: orangután, gorila y chimpancé, para finalmente desembocar en el hombre. No cabe duda que todos estamos emparentados. Después de largas transformaciones, de largas mutaciones que parten de los lemures, los primates se dividieron en monos con cola y sin ella, de los que provienen los tres simios referidos y evidentemente el hombre. Mientras el orangután sigue siendo un ser primitivo, hermanado con los macacos inferiores, en proporción, a años luz del gorila que, aunque igualmente primitivo, se acerca al chimpancé y éste al hombre, la distancia existente entre el gorila y el chimpancé es más larga que la del chimpancé al hombre. No quiero detenerme en datos concretos ni en detalles que tan sólo enturbiarían el objeto de esta disertación. Sólo quiero que se queden con ese dato. En este momento el conferenciante instintivamente tomó un sorbo de agua pidiendo perdón y continuó con su argumento. Así el hombre se encuentra evolutivamente más cercano al chimpancé que éste al gorila. Pues allá, sin más circunloquios, expondré directamente lo que vengo a decir. Mientras en otras especies el macho y la hembra están totalmente relacionados como si fueran uno, evolutivamente hablando, en la especie humana existe una diferencia sutil, que puede llegar a ser abismal. Podría decir, sin temor a equivocarme, que el hombre está más cercano al chimpancé que a la mujer. Otro incómodo murmullo se extendió por la sala. Era inaudito que un señor bajo con bigote y pelo tieso, que no se había dignado a quitarse el sombrero, arremetiera de ese modo contra sus congéneres. Dónde vamos a llegar. El mundo está lleno de esquiroles. Si somos los hombres los que atacamos a los hombres mejor que rompamos la baraja. Esto es el fin. Es indignante, decían. El ponente guardaba silencio, sin inmutarse. Esperaba a que el murmullo cesase. No tenía prisa. Observaba impasible como algunos hombres se levantaban de sus asientos y abandonaban la sala elevando las manos indignados. Cuando el silencio volvió a reinar y la sala, algo más vacía, retornaba a prestarle atención, retomó la palabra. La mujer está un punto por encima en la escala evolutiva que el hombre. Por educación, continuó el del sombrero, desde que el ser humano hizo acto de presencia en la tierra, el hombre se ha anquilosado, se ha acomodado en una vida “regalada”. Como ser dominante, como macho alfa, se ha impuesto tradicionalmente desde el principio de los tiempos a la hembra, a la que ha relegado a un estado de semiesclavitud, a una servidumbre incondicional. Y lo que tiene más gracia... ¡por gracia divina! Nuevamente algunas palabras de indignación se elevaron en el habitáculo junto a algunas risas solapadas. El conferenciante seguía esperando el silencio, impasible, sin alterarse, sin apenas moverse de su escaño. La mujer se ha visto obligada a defenderse, a luchar por fuera y por dentro para protegerse. Se ha visto obligada a desarrollar unos mecanismos de defensa a todas luces fuera de la condición humana. Con esto quiero decir que el hombre no ha tenido necesidad de “defenderse” contra el otro sexo, que como todos sabemos siempre ha figurado por debajo, en un segundo plano, discriminado y ampliamente abusado. La mujer como tal, en el día de hoy, en que las cosas teóricamente están más fáciles, en que se supone que la igualdad real es más nítida, aunque todos sabemos la verdad respecto a todo esto, tiene muchas más posibilidades de adaptación al medio, de superación de escollos. Mientras el hombre, acostumbrado a la sopa boba y a las zapatillas bajo la butaca mientras lee el periódico o ve el televisor, se relaja en su status, la mujer se ha hecho a una vida de lucha continúa y de adaptación al varón que por suerte o por desgracia le ha tocado a su lado, aunque posiblemente no seamos conscientes de tal desajuste. La hembra humana conlleva en sus genes una capacidad de adaptabilidad muy superior al macho de su especie. A veces, no nos engañemos, no ha sido siempre así; el varón ha sido compañero real y la pareja ha caminado al unísono. Casos ha habido, pero son los menos. Lo que almacenamos todos en nuestras cabezas son ejemplos de abusos, de compra-venta de mujeres casaderas o de niñas sin madurar, de discriminación, de desamparo... Poco a poco la sala se iba quedando más vacía, algunas mujeres seguían con expectación el resultado de aquella conferencia, que para muchos hombres era solamente un ataque directo a su condición masculina. Desde luego algunas mujeres también se había marchado por su cuenta (sabemos que el machismo más radical se encuentra en la cabeza de algunas hembras) y otras, sin más remedio, habían abandonado intimidadas por sus maridos o acompañantes. El ponente prosiguió, tenía que acabar su alegato, aunque fuera la última conferencia que dictara en aquel círculo varonil, en aquel club al que invitaron como antropólogo y sociólogo progresista, pero sobre todo por ser un hombre íntegro con ideas claras sobre la posición de cada género. Los organizadores esperaban que hablara de la evolución de las especies, de las nuevas corrientes darwinistas, que tan de moda se estaban poniendo, en las que el doctor invitado era una completa eminencia y en las que intervenía con tanta determinación el factor suerte. Pero trasponer la conferencia a un problema de género estaba de más. Este señor no sólo dejaría de hablar en aquel recinto sino que probablemente se le sancionaría, quizá se le abriera un expediente. Ésa es la razón de tanta violencia, de tanto desencuentro, de tanta inoperancia, prosiguió como si nada. El hombre tradicionalmente depende de una mujer, ya sea su madre, su mujer o su hija. El hombre, que se cree autosuficiente, el centro del universo, en realidad está desprotegido, desnudo ante el devenir de los días. “No es bueno que el hombre esté solo”, comentan. Porque no puede, porque no sabe, porque se pierde. La mujer es distinta. El hombre necesita compañía. Pero una compañía sumisa, una compañera completa y total, que le saque las castañas del fuego, que se las pele, sin preguntar si se quema los dedos, e incluso que se las mastique. Hay sociedades donde esta violencia no es tan evidente, simplemente porque la mujer continúa observando el rol primitivo. La mujer pertenece al varón. Camina unos pasos por detrás u oculta su rostro y su cuerpo hacia otras miradas. Es mía y como tal dispongo de ti, de tu vida y de tu tiempo. Soy el elegido, el favorito de Dios. Tú sólo eres mi costilla, mi camarera, mi enfermera y mi puta. Hasta los organizadores habían abandonado el salón. Hablarían con él. Digo que si hablarían. Le leerían las cuarenta. Eso pasa por traer a un conferenciante desconocido. Eso ocurre por fiarse de las referencias. En diez minutos tendría que acabar no obstante. Pedirían perdón públicamente. Era intolerable. El problema actual no es de la mujer, dijo elevando sensiblemente la voz, sino del hombre que no ha sabido adaptarse a la nueva realidad. La mujer empieza a ser independiente, asume un papel preponderante, siempre reservado al género masculino, lo que el hombre no llega a encajar de ninguna las maneras, no lo entiende, no lo traga. Ya no está en un segundo plano sino que comparte (o arrebata) el primero, con todos los derechos. Ella tiene su vida, su mundo, su trabajo. Piensa por ella misma, sin filtros ni clichés. Tiene sus argumentos, su manera de ver el paso de los años. Se siente responsable, protagonista de su vida, de su historia y del mundo que le rodea. El hombre lo único que mantiene es su fuerza bruta, su alma concupiscente, su instinto atávico y una educación hegemónica. Una mujer a su lado que piense por sí misma, que reivindique sus derechos, que se sienta igual, aún sabiéndose superior, es algo que escapa a sus entendederas (a algunos no les cabe entre cuerno y cuerno). El varón llega a cegarse, a cerrar el puño contra ella, a llegar incluso a la sangre de la que fue su compañera, madre de sus hijos e incondicional enamorada. Alguna chica en la tercera fila estaba a punto de aplaudir cuando el conferenciante se puso en pie, se quitó la chaqueta y el sombrero, dobló sus gafas encima del cartapacio y se desprendió del bigote, desenfundó su cabeza y se soltó el pelo, un pelo rojizo y ondulado que le caía ambos lados de los hombros y se detenía en los pechos alzados. El, ella. Quien hablaba era mujer. No se sabe de dónde salió, si era profesora o no, socióloga, antropóloga o entendida en la materia. Lo que sí era cierto es que dio una lección tan temida como necesaria. Hundió tanto el dedo en la llaga de muchos varones que llegó a escocer. La chica de la tercera fila, con aspecto perfectamente desaliñado, fue la primera que se levantó y comenzó a aplaudir. Pronto le hicieron eco algunas más y también algunos hombres, más de los que cabría esperar. La ponente cogió sus papeles, dio las gracias a los presentes y esperó tranquilamente la segura sanción de los organizadores que, como convencidos varones, andaban más cerca del animal.

Verano flamenco

Verano flamenco

Tenemos un verano cargadito. Nada más tenemos que echar un vistazo al calendario que se derrama por la derecha de este blog.

En primer lugar, me gustaría reseñar algunos actos que han tenido lugar estos días, de los que me haya enterado, porque siempre hay algo que se me escapa. Es uno de los problemas que tiene Granada. En esta ciudad hay mucho flamenco, bueno y variado, pero le falta un hilo conductor, ese mínimo de coherencia que le dé solidez, continuidad y solvencia.

Ya que desde arriba, por más vueltas que se le dé, por más intentos que se hagan, por más energías que se desperdicien, no hay nada que hacer; propongo que la revolución sea endógena, que parta desde la base, desde los mismos artistas. Si fueran capaces estos de "sindicarse", o sea, de estar por una labor globalizadora dentro del flamenco granadino, otro gallo nos cantaría (con perdón).

En el pub Liberia, todos los miércoles está habiendo algo de cante. Ya han pasado por allí  Esther Crisol y  Sergio Gómez ‘Coloraíto’; pero queda todavía Antonio Gómez ‘El Colorao. 

En la peña Luis Habichuela del Sacromonte se están realizando unos ciclos de flamenco los jueves y los domingos. La semana pasada estuvo Emilio Maya, con la violinista Maya, y Estela ’La Canastera’. Y esta semana actuarán Jaime ’El Parrón’ y ’El Centenillo’, respectivamente.

El barrio de Cervantes está en fiestas y hoy tiene una "Velada Flamenca" con ’El Zahoreño’, José Fernández y Marta ’La Niña’; pero el martes vimos a Lucía Guarnido, con su baile preciosista y la esfericidad de sus propuestas.

La Universidad también propone su semana flamenca para que perdure en los años. Ayer estuvimos disfrutando del baile reposado e inteligente de Eva Esquivel. Hoy habrá flamenco joven con Ana Mochón y Tomás García. Y el sábado tendremos a Segundo Falcón con la guitarra de Paco Jarana.

El sábado también se cierra la temporada de La Chumbera con la guitarra imparable de Juan Habichuela, nieto. E, igualmente, termina la actividad en la peña flamenca La Parra de Huétor Vega con la actuación de Joselete de Linares y Ramón del Paso a la guitarra.

Y, también el sábado, La Platería le impondrá la Insignia de Oro de la Peña a ‘Manolete’. Bailará su hija Judea Maya. En esta misma sede, los días 18 y 19 de este mes, tuvo lugar la Semifinal del Festival Internacional del Cante de Las Minas, con gran representación de flamencos de nuestra provincia. El primer día excusé mi presencia, pero dicen que destacó el cante de Sergio ’Colorao’, el baile de Alba Heredia y la guitarra de José Luis Campos. El sábado, de primera mano, puedo decir que sobresalió únicamente la guitarra de Alfredo Mesa y el cante de Cristian Delgado (Manolo Caracol también desafinaba).

En estos días también comienza el Festival Internacional de Música y Danza, con una sola actuación de flamenco: ‘La Moneta’ en Teatro Isabel La Católica; y su extensión (FEX) en el que actuarán Jara Heredia y Juan Pinilla.

Podía hablar también del programa del Museo-Cuevas del Sacromonte o de los Veranos del Corral o de las fiestas provinciales, pero lo dejaremos para más adelante. Y si no ir consultando el calendario que para eso lo he puesto.

* Eva Esquivel (la foto la hizo mi niño con el móvil).

Hoy he llorado

Hoy he llorado,
y cómo quisiera decir
que me he hartado de llorar,
pero yo nunca lloro.

Envidio a quienes pueden
liberar una pena
mostrando ríos de amargura
y no inundarse
con enjambres de abejas
en la garganta,
que mueren causando dolor.

No me conozco.
Pero salto al vacío,
cruzo el umbral
que puede ser el último.

Puedes pensar
que tiro la toalla.
Quieres sentir que volveré.

El tiempo juzgará,
mientras yo lucho
con este corazón
que muere y se devora.

Pienso estar en silencio.
No creo que sonría por ahora,
pero mis ojos
sentirán tu mirada
y yo caminaré
los senderos que nos conocen.

La memoria de Juan

La memoria de Juan

Creo que son 323 las páginas que tiene el libro que se está leyendo mi niño. Es un libro simple, basado en unos dibujos animados que están de moda en la televisión llamados Código Lyoko. Salvando las distancias, me parecen basados en la trilogía Matrix.

La mayoría de los niños están enganchados a estos dibujos y a Bob Esponja y a los superehéroes (Spiderman, Thor, El increíble Hulk o el Hombre de Hierro) que, por desgracia, han pasado de las tradicionales manos de Marvel a las edulcoradas de Disney.

Así, no me extraña que se encaprichara del libro, con esa portada tan colorida que retrata a sus personajes favoritos. Lo que me extraña es que se lo esté leyendo y que se entere de lo que lee.

(Tengo que advertir para los que no conocen a mi niño Juan, que tiene seis años y medio y aún lee como Tarzán.)

También me resultó curioso o alarmante que lee en voz alta, no más de tres páginas al día (o sea, que le queda lectura para un tiempo) y que abandona el libro cuando se cansa, ya puede ser en un punto, una coma o en mitad de una frase, en pleno adjetivo por ejemplo.

Para rizar el rizo, añadiré que no usa marcador de páginas o punto de lectura, se acuerda perfectamente por donde va leyendo y es capaz de proseguir la historia.

Premios de la Cátedra de Flamencología

Premios de la Cátedra de Flamencología

Granada sigue sin existir.

A veces parece que salimos a flote, que vemos la luz, pero son terrones de azúcar dentro del profundo amargor de la ignorancia.

El flamenco granadino, a pesar de ser rico en calidad y cantidad, como nunca, como pocos, está en peligro de extinción.

Cómo se asimila eso. Te contradices, Jorge. Es casi más antagónico tu pensamiento que un país con monarquía parlamentaria.

Me explico. Somos muchos y gozamos de salud. Pero ninguneados hasta atravesar las paredes.

Sé, sin embargo, que no sirve de nada mi queja.

En el ciclo Flamenco Viene del Sur (ya lo denuncié en su día) ningún artista granadino tuvo cabida, ni en Granada ni en el resto de Andalucía. A excepción de Miguel Ángel Cortés, que viene desde Sevilla.

Ahora, en el Festival Internacional de Música y Danza sólo tenemos una representación flamenca (La Moneta), que tiene un papel casi testimonial. En su extensión (FEX), tendremos dos pinceladas: el baile de Jara Heredia y el acompañamiento de Juan Pinilla a una conferencia sobre los devaneos flamencos de Miguel Hernández [mirar calendario a la derecha].

Se acaban de dar los Premios Nacionales de la Cátedra de Flamencología y nadie nadie es de Granada. Os dejo la relación:

PREMIO DE HONOR A LA MAESTRÍA.- Al cantaor Diego Clavel, de La Puebla de Cazalla (Sevilla).

PREMIO DE CANTE. A Alonso Núñez  “Rancapino”, de Chiclana (Cádiz).

PREMIO DE BAILE.- A la pareja compuesta por Toni el Pelao y La Uchi, de Madrid.

PREMIO DE GUITARRA.- A “Tomatito”, de Almería.

ENSEÑANZA.- Al maestro de baile flamenco, Manolo Marín, de Sevilla.

INVESTIGACIÓN Y CRITICA.- A Manuel Bohórquez, por la totalidad de su obra literaria de investigación, su blog “La Gazapera” y sus trabajos de crítico en el diario “El Correo de Andalucía”, de Sevilla.

ARTES PLÁSTICAS.- Al artista de la fotografía, Paco Sánchez, de Sevilla.

MEDIOS DE COMUNICACIUÓN.- Al programa “FlamencoRadio.com”, de Canal Sur Radio Andalucía.

MEJOR DISCO.- A la cantaora gaditana Carmen de la Jara por su obra “Tesoros de los Cantes Antiguos de Cádiz”.

PROMOCIÓN. Al Festival Internacional del Cante de las Minas, de La Unión (Murcia), en sus Bodas de Oro.

Para todos los paladares

Para todos los paladares

Madrid. Suma Flamenca. Ruido. José Mercé

Sin lugar a dudas, uno de los cantaores con más popularidad en la escena nacional es el jerezano José Mercé. Tanto es así que en el año 2007 lanzó al mercado sus Grandes éxitos, después de más de 15 años de carrera. Como razón principal nos podemos quedar con su carisma, sus grandes facultades o con una de las mejores voces de la actualidad. Pero no, la causa suprema estriba en su apuesta por aflamencar algunos temas populares que, en su voz canastera, suenan como himnos contemporáneos, lo que se le dio en llamar ‘Flamenco 2000’ (Al alba, Te recuerdo Amanda o Mammy Blue…).

Por esta inclinación ha sido criticado largamente. Pero, como él dice, en un momento de su carrera decidió arriesgar y popularizar el flamenco, relajando lo jondo, desvirtuando lo puro, pero sin salirse de la esencia. Aunque entre líneas leemos que el mercado está mal, que hay que sacar nuevas formas y justificar los desvaríos.

En esa línea graba Ruido, que presentó en Jerez el pasado septiembre y ahora expone en Madrid, en la SUMA Flamenca. Es un trabajo de buena factura que el de la Mercé lo borda, con un excelente equipo a sus espaldas. Apto para todos los paladares, que, a los que lo buscan por derecho, deja un poco fríos.

José bastante más delgado que en otras ocasiones se enfrenta a un público ya conocido. “Yo siempre he dicho que Madrid es la capital del flamenco”, llegó a decir.

Comienza el recital con el acompasado Contigo, el tercer corte del cedé, para dar paso a temas de raíz, “del flamenco de toda la vida”. Corto a mi entender. Las malagueñas fueron de Manuel Torre y del Mellizo, a las que le siguen soleá y seguiriyas. Su voz poderosa suena más apagada que de costumbre.

Perfectamente arropado con dos guitarras, Manuel Moreno ‘Morao’ y Dani de Morón, que se armonizan con precisión, un bajo eléctrico (Manolo Nieto); la percusión de Cesareo Moreno ‘Güito’, que le dan el contrapunto; y el grato compás y coros, verdadera seña de identidad de esta nueva era, de Marcelino Fernández y los hermanos de los Reyes, el jerezano va dibujando coherentemente un trabajo cargado de fiesta.

Después de las alegrías, Si me llamaras, deja solo a ‘Morao’ que dicta su magisterio guitarrístico con bulerías de su tierra, para entrar de lleno en Ruido. De los tangos Amanecer, que abren el disco, continúa por Ruido, las bulerías que le da nombre y que compendian toda su filosofía.

Para interactuar con su público, algo flojo en realidad, cantó Al alba por bulerías, ese tema de Aute dedicado a los últimos fusilados del franquismo.

Retoma el trabajo con los tangos arrumbaos De rima en rama, las bulerías La llave y con un tema de salsa, al que misteriosamente llama colombiana, llamado Compai no más.

Un fin de fiestas por bulerías de Jerez, en el que canta sin megafonía y se da una graciosa pataílla (y otra ‘Morao’), pone el punto y final a un concierto siempre acertado, apto para cualquier tipo de paladar.

No hay dios…

No hay dios…

Suma Flamenca. Israel Galván

El final de este estado de cosas, redux

La muerte es algo personal. No le podemos encargar a alguien que muera por nosotros, ni siquiera pagando. El fin del mundo posiblemente nos llegue con esta muerte. Así, el Apocalipsis también es personal; es una cadena llena de interrogantes; es un balance de inutilidades.

El bailaor borgiano Israel Galván, se enfrenta a la oscuridad y a este fin íntimo, se pregunta y se responde con otra pregunta para redondear su existencialismo. Se enfrenta solo al escenario, solo en la noche, solo en el mundo. Una máscara borra su identidad. Medio desnudo, como en una tragedia griega, si no fuera por el pantalón atemporal. Baila descalzo sobre la arena. Improvisa. Nadie sabe el resultado de las piedras al caer, su impresión en los micrófonos.

Con silencio y compás nos trasmite la angustia anónima de movimientos quebrados, antes que el vídeo se imponga. Sobre un lienzo negro se escribe una carta ilustrada. Es de una alumna libanesa, Yalda Younes, que le habla de la guerra en su país. La carta comience con un ambiguo “Hola Israel”. Ella baila los mismos pasos de su maestro Galván, quizá más hieráticos, menos maduros, sobre el sonido real de las balas en el cielo de Beirut en la reciente guerra entre Israel y Líbano. Es la imagen del Apocalipsis, también como lo concibió Coppola (Apocalypse now). Puede ser la justificación de toda la obra. Es el fin de la humanidad. Para qué la religión. No hay dios…

Sobre una tarima móvil de objetos en desequilibrio, después de la reflexión videográfica, Israel baila por seguiriyas, se rompe por seguiriyas, se impone por seguiriyas. El ruido tiene mucho que decir. Es una pieza apoteósica. Para mí lo mejor del espectáculo, junto el colofón. Es la rabia a flor de piel. Es el flamenco arrojado por necesidad y por despecho. Es el momento sublime, en el que interactúa tabla y bailaor y muelles y bisagras, para remover las entrañas del respetable. Después de esta entrega todo parece diferido y truncado.
El baile avanza concatenado con saeta y con los extremos metálicos del grupo de heavy Orthodox, vestidos de nazarenos, encapuchados, anónimos. La Semana Santa sobrevuela censurada. Después arremete contra la Navidad y después contra el Rocío y con la falsa beatitud, para terminar cuestionando la muerte. Pero no es la religión lo que está de más; es la hipocresía lo que sobra.

Los villancicos y los verdiales, cantados por Juan José Amador, con la guitarra sabia de Alfredo Lagos, y un violín (Elisa Cantón) casi inexplicable, acompañan un baile cómico, con tambor rociero que termina derrotando literalmente al bailaor. Es la fatiga de una fiesta interminable. Incluso en el suelo, cuando se reanuda la música, el romero exhausto es capaz de seguir danzando. Oiremos la salve y otros himnos rocieros.

También veremos a Israel con pechos y compungida, antes del baile de Bobote vestido de corto, descalzo y sin camisa. Es un sosias de Galván que, como en un espejo deforme, devuelve sus mismos pasos al compás de la percusión y el saxo de Proyecto Lorca.

Acaba la función con un decorado de cajas de muerto en distintas posiciones. Sobre un ataúd suspendido entre caballetes, José Carrasco, percusiona un solo rotundo, antes que Galván aparezca danzando sobre las cajas, a su alrededor y en su interior. Es la muerte por bulerías, la fiesta final. Interminable.

Para terminar, sobre un ataúd levantado observamos el taconeo, los movimientos, el agobio, los estertores de los últimos momentos. Como en La cabina de Mercero, donde José Luis López Vázquez expresa la angustia del destino, la inutilidad de la muerte, Israel remata su lectura del Apocalipsis.

* Foto: en la Bienal de Sevilla, 2008 (© Luis Castilla).

Los desnarigados

Los desnarigados

Estábamos de enhorabuena. Esa noche llegarían para cenar a casa los miembros de una de las familias más influyentes en nuestro módulo, incluso en toda el área occidental. Eran de los pocos autorizados a llevar lanzaderas y recorrer los kilómetros a voluntad, atravesando cientos de túneles e incluso las autopistas exteriores. La mayoría de los habitantes de este planeta, nos veíamos obligados a teletransportarnos sin más, de un punto a otro, sin posibilidad alguna de entrever el recorrido, a no ser a través de nuestros monitores espacio-temporales. Hace tiempo, según me cuentan, las autoridades se vieron obligadas a reducir el tráfico rodado, pero sobre todo el volandero, por las continuas disputas, atascos y colisiones que se producían. Tan sólo algunos gremios, como el de los moteros que os comento, consiguieron la licencia para viajar de la forma primitiva.

Los moteros, como digo, fueron unos de estos afortunados comekilómetros. Por suerte (y envidia de algunos vecinos) una de estas familias venía a vernos y a cenar con nosotros la noche a que me refiero. El motivo era que uno de sus hijos iba a unirse con mi hermana y a proyectar descendencia seguramente, que nunca se sabe la conclusión del ayuntamiento. No era normal que un viajante se mezclara con otro grupo, en este caso el nuestro, que nos dedicábamos a la imagen y no teníamos nariz.

Salvador Dalí, un artista de tiempos de Maricastaña, escribió en cierta ocasión que la mujer elegante no tenía nariz. Pero su intención no era literal. Él se refería a las narices menudas, respingonas, casi inexistentes, de las chicas de los años 20 y 30 del siglo XX, y no a la completa ausencia de apéndice nasal, que es lo que orgullosamente caracteriza a nuestra familia. Esas chicas de charlestón carecían de nariz, pero también de pechos y de caderas. Esas chicas además gozaban de una delgadez y una androginia severas, que las vi en el museo holográfico.

Que por qué no tenemos nariz. Esa pregunta se la hice yo también a mi padre hace tiempo y él a mi abuelo y éste a su padre y así durante muchas y muchas generaciones de desnarigados. La respuesta se halla en el primer desnarigado, nacido en el siglo XX, como Dalí, el pintor al que me referí antes.

Este primer antepasado tenía una nariz normal, como cualquier persona de otro gremio. Quizá un poco casi más larga y puntiaguda. Era fotógrafo. Su profesión era la fotografía y usaba gafas, lo que supo trasmitir a todos sus descendientes. O sea, nos legó su inclinación a la imagen, no lo de las gafas. Somos el gremio de los imagineros, aunque también, por razones evidentes, nos llaman los desnarigados.

Entre la montura de las gafas y la distancia que imponían las lentes entre el ojo y la mirilla de la cámara de fotos, en otra persona naturalmente llevadero, para un fotógrafo significaba un engorro, un escollo a vencer. Necesitaba acercar la cámara a su ojo hasta hacer masa, hasta que máquina y mirador fueran uno, hasta que la pupila y la lente fueran uno. La cámara era un apéndice más del fotógrafo, que se empalmaba en su rostro cuan largo y grueso fuera el objetivo que usara.

Un día tomó la resolución de usar lentillas. Era una fase a la que tenía que llegar impepinablemente. Al principio cuesta, pero cuando te haces a ellas, se adaptan con tanta naturalidad como una crema facial o un bigotito, quien lo llevara. Poco tiempo después el problema estaba resuelto, el escollo superado.

Pasó el tiempo sin contratiempo.

Pero, en cierta ocasión caminando por la calle para cumplir su cometido de eficaz imaginero, encontró una amiga de antaño y se saludaron como si fuera ayer. No has cambiado, se mintieron uno al otro, estás igual.

Él comentó sin embargo que algo nuevo se imponía en su rostro, pensando calladamente a la ausencia de quevedos. Ella, mira que te mira, no acertaba a adivinar qué podía ser aquel cambio del que se sentía tan orgulloso.

¡Ya lo sé! Tienes la nariz más larga que antes, disparó a bocajarro, y más torcida hacia la derecha, terminó de clavar la puntilla. Él cargaba hacia la izquierda, pero era otra cosa, y eso en ese momento no tenía nada que ver. Con gran pesadumbre, con ganas de enmendar el entuerto, le dijo que se había quitado las gafas, que ahora usaba lentillas, que era mejor para disparar con la réflex.

Se despidieron emplazándose ambiguamente para un próximo encuentro, besándose ambas mejillas con cuidado de no chocar las narices, sin conseguirlo, como cuando no quieres morderte donde antes te has mordido.

El primer desnarigado, que aún no lo era, llegó a su casa con la moral a rastras, como si formara parte de su sombra. Entró en la sala oscura y comenzó a revelar el carrete de esa jornada. Ninguna instantánea merecía la pena. Todas estaban movidas, borrosas o perceptiblemente ladeadas.

No se trataba de un mal día. Durante varias mañanas de trabajo la merma era evidente. Las fotos ya no eran buenas como antes.

Se miró al espejo. Miró sus mismos ojos que le miraban a través de las lentillas. Miró su nariz. Vio su gran nariz de pisa, inclinada a la derecha, aunque él cargara a la izquierda (instintivamente, sus ojos se desplazaron a la bragueta, mientras se abría levemente de piernas).

Estaba claro, su nariz, su napia, su hocico, su enorme trompa, le impedía hacer buenas fotografías. Le estorbaba como antes le sobraban sus gafas. Lo primero era lo primero. Había que amputar o dejar el mundo de la imagen.

La fotografía, sin embargo, no era sólo su profesión, su medio de vida, sino su pasión, una manera de vivir y de enfrentarse al mundo. La cámara, el objetivo, era una extensión de su propio ser, era un vínculo con algo más que la realidad. Las dos dimensiones de una fotografía se convertían en cuatro, en seis, en cien. Una foto era un mundo. La fotografía era una vida, una filosofía, una ventana al infinito.

¿Prefería perder la nariz o el mundo? No había vuelta de hoja. Perder la fotografía significaba hundirse, vaciarse, inutilizarse. Más tarado quedaría si perdía la cámara que si perdía la torre entre los ojos. Al fin y al cabo el apéndice nasal tan sólo cumplía una función estética. Hay quien pierde el pelo o un brazo, la vista o el oído... Él perdería la nariz pero no el olfato.

Al principio se vería raro. Le costaría mirarse al espejo y reconocerse. Pero lo mismo le pasó al quitarse las gafas definitivamente, cuando se puso las lentillas. Después se acostumbró, como se acostumbraron todos los demás.

Decidido de esta forma, acudió a los doctores y a un gabinete de ética. Estuvo un tiempo en espera. Un tiempo mortal. Un tiempo que se contaba con cientos de retratos fallidos, con miles de instantáneas retorcidas, con fracaso tras fracaso, que se traducía en pérdida de encargos, en ausencia de trabajo, en Titanic sin solución.

El comité de expertos, asesorado por grandes psicólogos, finalmente le dio el visto bueno, accedieron a una petición que tenía tanto que ver con la vida y la muerte, o sea, con la muerte en vida, que es más muerte que la muerte misma si cabe.

El cirujano hizo un trabajo impecable, que vio la luz en una publicación especializada de alcance internacional. No fue tan terrible. Su rostro desfigurado a la larga resultaba amable. Era como mirar a esas personas chatas, con la nariz hacia arriba y las fosas nasales a la vista, pero exagerado. Era como contemplar a esos graciosos marcianos que nos legó la industria del celuloide.

El desnarigado comenzó a retomar su confianza al fin. Su fotografía se fue enderezando. Como una amazona que se amputa el seno derecho para disparar el arco, para poder tensar bien la cuerda sin que ningún obstáculo le estorbe, él prescinde de una nariz que le impide mantener derecha su arma e igualmente abatir su presa.

Y, con la confianza, el enfoque y la exactitud, volvieron los contratos y los aplausos, los premios y los reconocimientos, el amor hacia sí mismo y hacia los demás. El éxito…

Incluso tuvo un hijo que, cuando llegó a la edad de merecer, también se amputó el miembro, aunque no cargara ni a derecha ni a izquierda.

Dos, tres, cuatro generaciones tuvieron que acudir a la cirugía, pero la quinta o la sexta o alguna camada posterior vino al mundo ya sin nariz haciendo un guiño darwinista al destino.

Los desnarigados crecieron y se expandieron, y hasta fueron bellos con sus caras chatas y sus cámaras en ristre. Quien no se dedicaba directamente a la fotografía, por osmosis genética, también nacía sin nariz, aunque con muy buen olfato.

Rápidamente monopolizaron el mundo de la fotografía. No había nadie que pudiera competir con ellos. Era todo un gremio cerrado y endogámico. El gremio de los imagineros. Nuestro gremio. Nuestra familia.

Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, nos íbamos a mezclar. Íbamos a compartir nuestros genes desnarigados con quienes caminaban detrás de sus narices, con normales trompeteros. Pues, como ya he dicho, venía a cenar una de las familias del prestigioso gremio de los moteros.

Al descender de sus monoplazas, se les veía no muy altos, pero sí estilizados y elegantes, enfundados en unos trajes de goma antiadherente, para evitar el rozamiento. Unos cascos aerodinámicos cubrían sus cabezas. Aplastados hasta lo indecible. Unos cascos que parecían de puro viento, afilados por detrás en forma de dientes de sierra descendente.

Los moteros se acercaron y nos saludaron dándonos la mano. Ya en la casa, se quitaron los cascos. Debajo de los cuales no tenían orejas.

“Todo discípulo es continuador del legado de su maestro”

“Todo discípulo es continuador del legado de su maestro”

  ¡Pobre del discípulo que no deja atrás a su maestro!
(‘Aforismos’, Leonardo da Vinci)

David Carmona, pertenece a una familia granadina de etnia gitana, en la que el flamenco constituye su natural medio de expresión, manifestándose en situaciones cotidianas y en los acontecimientos más importantes e íntimos de la vida familiar.

Se trata de la dinastía de los Fernández de Íllora, a la que pertenecen el guitarrista Guillermo Fernández y los cantaores Evangelino Fernández ‘El Rubio’, José de Íllora, Isabel Fernández, Carmela Fernández o, ya en un ámbito más profesional ‘Morenito de Íllora, ‘El Moreno’ (padre de Diego ‘El Cigala’) y el más antiguo de todos Ramón de Loja.

David comenzó con siete años a tocar la guitarra; con doce grabó su primer disco, Tratante (Hispamusic, 1997), como resultado de un premio en el programa de Canal Sur “Veo-Veo”, presentado por Teresa Rabal, en el que estuvo acompañado por cantaores de primera línea (Juana la del Revuelo, Potito, Nene de Santa Fe…).

Su presencia musical en peñas, festivales y concursos ha sido siempre destacada. En 2002 actuó en el ciclo “Los veranos del Corral” y en 2003 en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Después de una densa trayectoria, en 2009 gana el XXIII Certamen Internacional de Guitarra Flamenca en Concierto de Jerez, en el Teatro Villamarta, organizado por la Peña Flamenca Los Cernícalos y el Premio Música Original para Danza en el XVIII Certamen de Coreografía de Danza Española y Flamenco de Madrid.

En estos años ha prestado su guitarra para el cante de Esperanza Fernández, Diego ‘El Cigala’, Antonio Campos o ‘Morenito de Íllora’ y a bailaores como Antonio Canales, Fuensanta ‘La Moneta’ o Patricia Guerrero.

Desde 2005 forma parte del grupo de Manolo Sanlúcar como segundo guitarrista, quien dice de él que es mi hijo adoptivo, mi único heredero, es el referente del futuro en la guitarra.

A raíz de su participación en la próxima Bienal de Flamenco de Sevilla, con 25 años cumplidos, nos concede esta larga entrevista.

Llevas tocando la guitarra desde los siete años. Es como si hubieras nacido con ella. ¿Crees que es necesaria tal precocidad para ser un buen instrumentista? Es favorable, desde luego, pues a lo largo de los años te vas haciendo con el instrumento, tu técnica va creciendo. Pero ha habido guitarristas y compositores que sin embargo  han comenzado a una edad más avanzada y han logrado alcanzar lo máximo. Pero por lo general la precocidad ayuda.

Desde el premio “Veo-veo” y la grabación del disco, con sólo 12 años, tanto la crítica como el público te han tratado de niño prodigio. ¿Qué tiene de verdad esta afirmación? No soy consciente de que me llamaran niño prodigio. De cualquier forma no creo que lo haya sido. He sido siempre responsable. Desde que era chico le he dedicado muchas horas. Más que prodigio lo mío ha sido trabajo y constancia.

¿Cuántas horas le dedicas al día a la guitarra? Ahora mismo, desde hace unos cinco años, le dedico muchísimas horas diarias. Antes, como es lógico, con los estudios y todo eso, empleaba menos tiempo.

¿Prefieres la peña y el cuartito o el gran formato del festival o del teatro? Nunca me lo he planteado. Me gusta tocar en cualquier sitio donde haya silencio y respeto. En realidad me da igual cualquier tipo de escenario. Si el público responde como es debido.

¿A simple vista pareces tímido? ¿Te trasformas en el escenario? Bueno, la guitarra es el medio por el que me manifiesto, es mi lenguaje. Con ella me siento seguro.

En una entrevista que te hizo Miguel Ángel González, cuando tenías 13 años, reconociste que lo que te gustaba era acompañar al cante. ¿Sigues con la misma idea o te sientes más cómodo tocando como concertista? A mí en realidad me gustan las tres cosas. Últimamente me he dedicado bastante al baile. También me encanta acompañar al cante. La guitarra de concierto es donde uno puede desarrollar más ampliamente sus ideas. Creo que las tres cosas son complementarias.

Dices que últimamente acompañas a bailaoras y bailaores. ¿Qué valores encuentras formando parte de un cuadro de baile? Con el baile se fomenta el sentido del ritmo. La capacidad rítmica del individuo como mejor se desarrolla es acompañando a una bailaora o a un bailaor, en el tablao o en el escenario. Acompañando al cante lo que se perfecciona es el concepto armónico. Lo importante es saber recoger el espíritu de cada género. Porque es en el cante donde está todo. Donde todo se concentra. El carácter de cada uno de nuestros géneros se desarrolla en el cante.

Has acompañado a grandes cantaores: Esperanza Fernández, Diego El Cigala, Antonio Campos, Morenito de Íllora… ¿Hay diferencia en la manera de tocar? ¿Te sientes mejor con unos que con otros? No es lo mismo acompañar a un cantaor más tradicional, como Agujetas por ejemplo, que acompañar a otro contemporáneo, con el que puedes proponer un concepto armónico más desarrollado. Incluso él lo agradece. Me gusta acompañar a todo tipo de cantaores. Me siento igual arropando al más viejo y añejo que al más joven y vanguardista.

En el año 2000, con 15 años, representas a la Federación de Peñas Granadinas en la Feria Mundial del Flamenco; en 2002 presentas Suenan los Bordones en el “Corral del Carbón”; en 2003 participas en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, desde 2005 acompañas a Manolo Sanlúcar, en 2009 ganas el Certamen de Jerez… ¿Te da vértigo esta carrera? No, al contrario. Todos los logros me han dado ánimos para seguir trabajando, para seguir tomándome la guitarra en serio y no dejarla en un segundo plano. He ido consiguiendo cosas importantes, lo que me ha motivado, pero a la vez me ha impuesto una gran responsabilidad.

¿Cómo fue la historia con Manolo Sanlúcar? La relación con Manolo no es de ahora. Fui por primera vez a uno de sus cursos a los 13 años, cogido de la mano de mi padre, que fue quien me llevó. Después fui otros dos años más y después hice otro curso intensivo en Sanlúcar. Hasta el año 2005, que ya me quedé solo con él, como en otro tiempo se quedó Vicente Amigo, Juan Carlos Romero o Riqueni. Ya no era en plan de curso, sino que me quedaba allí en su casa, con otra disciplina donde trabajábamos todo lo relacionado con la guitarra flamenca, la composición, etc.

¿Te ha corregido muchos vicios? Me corrigió y continúa haciéndolo desde el punto de vista técnico hasta el musical, el concepto de ver la música, analizarla, diferenciar los diferentes caracteres de los géneros… (cada género tiene un carácter, un espíritu). En general, me ha enseñado y sigue enseñándome todo lo relacionado con la composición y las cuestiones que debe tener en cuenta un compositor. De esta labor podríamos hablar días (risas). Todo lo que aprendo con Manolo intento plasmarlo en los temas que compongo y, como es lógico, él me ayuda en su elaboración.

¿Te sientes sucesor de Manolo, como él ha dicho? Todo discípulo de un maestro, al recoger sus enseñanzas y su herencia, de alguna manera es continuador de su legado. Y, si pudiera ser, tendría que dar un paso más. Uno va desarrollándose y después vienen las generaciones de atrás y avanzan un poco más de donde su maestro lo había dejado. De todas formas, me siento muy honrado. Es al mismo tiempo un honor y una responsabilidad.

¿Qué admiras en él? Pues su genialidad, su música, talento, su creatividad y conocimientos musicales y además su manera de enseñar, ayudarte y de explicarte las cosas para que no te lleves a casa ninguna duda. Manolo, junto con Paco de Lucía, ha revolucionado la guitarra flamenca llevándola a lo más alto.

Manolo no sólo te apadrina en la guitarra, sino que insiste en una formación cultural completa (arte, literatura, pintura…). ¿Cómo entiendes este aprendizaje? Manolo es el artista, el compositor, el filósofo, el intelectual del flamenco en sí. Él siempre habla de que la música es una disciplina que interactúa, porque en realidad sólo existe un arte, el Arte con mayúsculas, donde la música se entrelaza con la poesía, con la pintura, con la filosofía… sólo que el artista suele desarrollar una de ellas, pero en realidad todo es un Arte único, una sola expresión artística.

El pasado año, en El País, le preguntaron a Manolo Sanlúcar qué opinaba sobre la fusión en el flamenco, él se reía diciendo que eso no era nada nuevo, que el flamenco es mestizo desde su nacimiento, es un crisol de culturas. ¿Tú qué opinas de esto? ¿Te ha sabido trasmitir el maestro esta idea de universalidad en la música flamenca? Esta idea es palpable. Podemos decir que armónicamente somos de Occidente y melódicamente venimos de Oriente. Por lo tanto ahí ya hay dos mundos que se entrelazan. De hecho, músicos de todas las corrientes han valorado el flamenco como una de las músicas más ricas. En esto podemos apreciar la magnitud de la cultura que tenemos.

Este verano participas en la Bienal de Sevilla, ¿las composiciones serán tuyas? Todos los títulos están compuestos por mí, aunque Manolo, como ya he dicho, me ha ayudado en la elaboración de los temas y ha supervisado continuamente todo el trabajo. Quisiera llevar siete temas a la Bienal, de los cuales tengo cinco cerrados. Son cuatro temas más tradicionales donde hago taranta, solea, bulerías, alegrías, pero bajo una mirada más actual, y tres más vanguardistas, sobre todo un tema con ritmo de tangos que he compuesto, y que se desarrolla en el sistema “mixolidio” (así lo llama Manolo, refiriéndose a la escala mixolidia griega, reflejado en su disco Locura de brisa y trino), que abre muchas puertas a la guitarra flamenca. Yo he partido de este sistema para componer este tema. Dos de estos temas llevarán cante, para lo cual estoy leyendo poesía en general, de la Generación del 27, (Lorca, Alberti, Cernuda...), Machado, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, San Juan de la Cruz, Bécquer...

¿Cuáles son tus referentes aparte de Sanlúcar? Cuando tengo dudas sobre si estoy recogiendo el espíritu, el carácter del género flamenco que estoy tratando, sobre todo acudo a los antiguos, a los primeros maestros: Ramón Montoya, Sabicas, Ricardo, Miguel Borrull, Mechor de Marchena... En el cante me pongo a escuchar a Manuel Torre, Chacón, ‘La Niña de los Peines’, Tomás, Vallejo, Marchena, Mairena, Caracol...

¿Tradición o vanguardia? Me acojo a esa frase que utiliza Manolo muy significativa: “mitad tallo, mitad paloma”. Debemos recoger los cimientos de la tradición para así poder volar. Manolo también me dice unos versos de Machado: “No te puedes deshacer de aquello que no posees”. Un poquito es eso. Debes de conocer la tradición para poder salirte de ella.

Ahora te llueven las actuaciones tanto en solitario, como con Manolo, o para acompañar al cante y al baile. ¿Tu vida está enfocada definitivamente al mundo de la guitarra? Se me presentan dudas, porque es un mundo muy difícil y muy complejo, sobre todo si escoges el camino de la composición. Es un camino que tiene bastante de renuncia.

También hay mucha competencia… Yo no considero la competencia de los demás, sino la competencia de uno mismo. Si compites con los demás nunca vas a llegar a nada. Debes ser tú el mejor  juez, el mayor crítico contigo mismo.

¿Cómo te definirías con la guitarra? No sabría definir mi música, ya que la música es difícil de explicar con palabras. Lo que si puedo decirte es que trato de encontrar gestos o comportamientos que sean de interés. Alguna vez los hallo y otras veces no. Por lo tanto debo de seguir buscando.

¿Te has planteado un próximo disco? De momento no. A ver si acabo con estos siete temas y si surge… Manolo siempre me ha dicho de meternos en su estudio y grabar, pero ahora mismo no. Paso a paso.

¿Qué más proyectos tienes a la vista aparte de la Bienal? Con Manolo Sanlúcar tenemos galas este verano. También acompañaré a Esperanza Fernández en la misma Bienal y, si va bien lo de la composición, podría plantearme grabar… También me gustaría meterme en la composición para orquesta, un camino que desarrolló Manolo en Aljibe, Medea u Ocho monumentos, que pude estrenar con él.

¿Cómo es David sin su guitarra, con su familia, con sus amigos…? Me considero un joven normal, que se ha marcado objetivos a largo plazo y con grandes ilusiones en el futuro. Con mi familia muy bien, puesto que ellos me ayudan en todo momento. Con mis amigos trato de pasarlo bien cuando estoy con ellos.

* David Carmona en El Tesorillo, Almúñecar (© Nono Guirado).

Tangos de Graná

Cantando en la cueva solo
unos tangos de graná
con este dejillo moro.

Yo no salgo de mi casa
que estamos en primavera
y la sangre no descansa.

No te asomes la ventana
sin sombrero ni paraguas
vaya a darte la solana.

La botella está vacía
encimita de la mesa,
ya no queda ni una gota,
puedo cumplir mi promesa.

Vengo de ver a la Jara;
vengo de ver a Marina;
que vengo del albaycín;
no quiero pasar fatigas.

Victorias pírricas

Victorias pírricas

Cuándo nos vamos a dar cuenta de que el mundo es uno y que nuestro enemigo no es el hombre sino su conciencia, el sistema, la explotación descontrolada, el progreso insostenible. Cuándo nos vamos a dar cuenta que la humanidad debe caminar al unísono, que navegamos todos en el mismo barco y que la mierda no la podemos esconder bajo la alfombra porque nos salpica a todos.

Pirro II, un poderoso general de Epiro (región al oeste de Grecia) libró la primera batalla (Asculum) contra las legiones romanas en Heraklea (o Siris), en el año 279 de nuestra era. Como tenía por costumbre venció. Entre otras cosas por el uso de elefantes en sus filas que intimidaron al enemigo, pero el arrostramiento fue tan cruel y sanguinario que, sufriendo infinitas bajas, llegó a exclamar si dénuo sic vincendin sunt romani, períbimus (si otra vez han de ser vencidos los romanos de esa manera, pereceremos).

Desde ese momento se conoce por "victoria pírrica" aquella que no merece la pena haber sido ganada, pues las pérdidas son tan incontables que el sabor del triunfo no podría ser más amargo.

Ahora sabemos que cualquier batalla es una debacle, que cualquier victoria es pírrica. Ahora sabemos que todos somos víctimas, que todos pagamos la derrota y los laureles están marchitos, contaminados, radiactivos.

"Paren el mundo que yo me bajo". Cómo si fuera tan fácil. Ya no hay náufragos, ya no hay independientes, apartidistas, apátridas. Nuestra patria es el mundo. Un mundo que hoy por hoy es una bomba con cientos de chispas. Nuestros días están contados a no ser que todos a una apaguemos la mecha.

Un proverbio masai, que no me cansaré de repetir: "La tierra no es un regalo de nuestros padres sino un préstamo de nuestros hijos".

Hacia dónde vamos

Hacia dónde vamos

Reflexiones sobre la universalidad del flamenco

El flamenco, por derecho, está a punto de ser proclamado Patrimonio Oral de la Humanidad por la UNESCO. Debemos estar orgullosos por lo que nos toca. Es un derecho innegable que esta música de Andalucía, España y la Humanidad, como dice nuestro himno, sea reconocida como un monumento a la creación popular y a un estilo de vida muy particular. Porque el flamenco es un mundo que se extiende por el mundo. Al decir de muchos entendidos (¿de todos?), es una de las músicas más ricas que existen.

Puedo excusar a la Junta de Andalucía cuando en sus Estatutos reflejó el flamenco como materia exclusiva de su competencia con la idea de salvaguardar sus raíces, pero no perdono el intento interlineal de querer encasillar una música que es de por sí universal y mestiza, como dijo Sanlúcar. Puede que naciera en Andalucía y que echara los dientes en los rincones de nuestra tierra y que el folklore tradicional confluyera con la llegada de los gitanos y que germinara en una expresión tan categórica, pero, por suerte, el flamenco no cerró los ojos ni atrofió sus alas y, con el mismo arte, fue creciendo en Extremadura y en Levante y en Galicia y otros puntos. Para escuchar flamenco y tener oportunidades, para conocer todas las sensibilidades hay que ir a Madrid o aterrizar en Barcelona. Hay grandes flamencos en toda la geografía, en Toledo y en Pamplona y en Alicante y en Oviedo… Así, quitadme la etiqueta de “sólo andaluz”.

La península se impregna de sonios negros que traspasan nuestras fronteras enriqueciendo los rincones del mundo. Que le pregunten a los artistas, es un bautizo de fuego pasar por Japón, por Nueva York, por París, por Londres. Existen festivales prestigiosos en muchos países. Hay miles de academias de flamenco por todo el globo. Hay intérpretes, de la guitarra y del baile, que no tienen nada que envidiar. El cantaor David Sorroche, me escribía no hace mucho del norte de Europa, diciendo que había que ponerse las pilas, pues por allí se estudiaba flamenco con rigor y entusiasmo, y que una guitarra sonaba como si fuera del Camino. El padre de Dorantes, comentaba en una entrevista en Radio 3, que descubrió en Japón a un guitarrista apodado con su mismo nombre, ‘Pedro Peña’, que era capaz de reproducir a la perfección todos sus discos, incluso milimétricamente los fallos que se pudieran haber deslizado en la grabación.

Así, cuando el flamenco se ningunea, se margina, se aparta como una manifestación anquilosada de segundo nivel, cuando a propósito se oscurece su mundo, me revuelvo y me digo que llegará el día que echemos de menos no haber mimado a nuestro arte por antonomasia, que no hayamos respetado a sus intérpretes, que no hayamos cuidado su cantera. Y cuando tengamos que ir a ver buen flamenco a Luxemburgo, a Nueva York o a Milán, nos daremos cuenta que el universo es nuestro, pero la carrera espacial la hemos perdido.

 

Persigo huellas de antaño

Persigo huellas de antaño
desesperadamente,
hasta encontrar
los momentos felices,
desmenuzarlos parte a parte,
preguntar cómo fueron,
si en realidad son recuerdos
si de verdad me pertenecen.