Un debate sin objeto
Fue más el ruido que las nueces. Mi ausencia y la de muchos (¿la de todos?) respondió a un "olvido involuntario" (léase "olvido inexplicable"). La mesa redonda El flamenco en Granada a debate, al ser en la sede de la Asociación de la Prensa, convocó a la gente de la prensa, no a la gente del flamenco. Suerte que entre los periodistas se encuentran aficionados; suerte que algunos fuimos atraídos por tambores lejanos.
La mesa no sorprendió. El moderador, Juan Antonio Ibáñez, anquilosado y faraónico, estaba más interesado en la forma que en los resultados. A Tito Ortiz, igualmente trasnochado, arremetió contra el irreparable carácter granadino y (todos) los "trenes" que dejamos pasar. Su discurso se sostiene con la falsa sentencia de que "cualquier tiempo pasado fue mejor".
Paco Espínola, con su autoridad exclusiva, no sólo difería de los demás, sino que se contradecía a sí mismo. Juan Pinilla abrió el debate tras la pregunta absurda del capitán de a bordo. A saber: qué época ha sido la mejor de la historia del flamenco. Si dos y dos son cuatro, Pinilla respondió que la época dorada de Pastora, Chacón, Torre, Vallejo, Tomás... pero sabiamente se remontó al momento actual, diciendo que si desnudamos al flamenco de toda la mentira que le rodea hoy día y lo despolitizamos, podemos estar en su mejor momento.
Yo, ante esa pregunta, no me habría desvinculado mucho de la opinión de Juan. Aunque simplemente diría que el mejor momento es el que viene, la segunda "edad de oro" está por llegar, que es lo que nos mueve a seguir reinventando el flamenco, dentro de la autenticidad y la honestidad.
Raúl Comba, posiblemente el más realista de la mesa, concretó algunos proyectos truncados y algunos "trenes", no perdidos, sino estrellados o de los que nos hemos bajado en marcha o, cuando han alcanzado la velocidad de crucero, los hemos malvendido. Vinculó el flamenco con el turismo, con la economía, con el trabajo... El flamenco es industria.
Nacho García sabe que la batalla está perdida de antemano. Nacho, al que se le dejó hablar poco, piensa que pasará un nuevo "tren" en el que todos cabemos o en el que no cabe ni Dios.
También se habló de la necesidad de dignificar el flamenco y sus trabajadores, que da la casualidad que también son artistas, para lo bueno y para lo malo. La necesidad de sindicar de alguna forma ese colectivo. De tapar sus vías de agua y evitar las recaídas.
Como temía, sin embargo, faltó conclusión y proyecto. Faltó latido y evidencia.
Todas las acciones que ronden en torno al flamenco son positivas. Cualquier iniciativa que lo reivindique desde el respeto es bienvenida. Seré el primero que aplauda cualquier apuesta que valore este arte como una de nuestras indiscutibles señas de identidad.
Pero la única solución (no una solución, sino la única) estriba en vertebrar el flamenco a través del mismo hilo, que todos vayamos a una, que las acciones no se propongan aisladas sin base ni continuidad (verbigracia: este debate), que haya una evolución (¿revolución?) global, que se encaucen las energías.
Estamos sobrados de iniciativas y de buenas voluntades. Como estamos cansados de partidismos, palos de ciego, autocastigos y autogalardones.
No me vale que el Ayuntamiento, al que se le criticó a base de bien, tenga una visión sesgada del flamenco, que tenga a "su gente" y que esté tan mal asesorado. No me basta que la Diputación haga la guerra por su lado y empiece de cero en cada legislatura. No me basta la independencia engreída de la Universidad que proclama el voluntariado por encima de la profesionalidad. No me basta una Junta que mira para occidente y nos da palmadas en la espalda. No me bastan las iniciativas privadas que sólo cubren expediente. No me bastan los celos y el secretismo de los artistas. No me bastan las sardinas que se arriman a las mejores ascuas cuando el resto están frías y escuálidas. No me bastan los "desfacedores de tuertos" que después son molinos de viento, y si no son sus aspas es la brisa que las mueve...