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El peso de los apellidos

El peso de los apellidos

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Es difícil evaluar a la gente cercana. Es difícil encontrar las palabras precisas cuando el resultado es mediocre. Y es que fue más la emoción que la eficacia.

Enrique Morente, hijo (Kiki), y Juan Habichuela, nieto, comparten nuevamente escenario para dejar entrever su herencia. Las venas son transparentes y decenas de seguidores rellenan el patio de un Corral que está más efervescente que nunca. La expectación superlativa contrasta con la tranquilidad de los artistas. Con sólo 20 y 21 años respectivamente están más que acostumbrados a subirse a las tablas, a dirigirse al micrófono, a enfrentarse a cientos de personas.

A su favor, un espacio exclusivo, un sonido sin fisuras y el reconocimiento de sus incondicionales. En contra, un ciclo carismático donde el nivel de exigencia es notable, donde el listón ha subido bastantes centímetros al cabo de estos doce años de rodaje.

Así, afilamos los oídos y los lápices predispuestos a poner buena nota. Pero la realidad se impone y lo que debería fluir como en vaselina, se atranca desde un primer momento.

Kiki, con una bonita voz, remeda a sus mayores sin alcanzar sus mínimos. Juan es una de las mejores apuestas del momento. Kiki mejora con los años, lo que nos ofrece un ápice de tranquilidad. Juan es un valor en alza, un rey Midas para el flamenco.

Una toná a la manera de Enrique padre da el pistoletazo de salida. Su mediocre ejecución se desmorona definitivamente con el intento de polifonía con que culmina. La caña sin embargo siembra la esperanza. Su acertada medida y resolución hace que resalte como lo mejor del programa. El resto es un quiero y no puedo con altibajos notables. Conseguida también es la acelerada culminación de la seguiriya.

Los tangos son claramente morentianos, conmovedores por el guiño; y las bulerías a capela vuelven a vejar el recuerdo.

* Foto de archivo: Juan Habichuela (Antonia Ortega©).

Fijo como el reloj

Fijo como el reloj

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Escuchamos a Miguel Lavi quejarse por tonás como los de antes: “no hay un hombre que sea fijo como el reloj”; y pensamos para nuestros adentros que fijo no, pero su cante es exacto, medido, dominante.

El martes este cantaor sube al escenario del Corral del Carbón con la humildad y el respeto que le caracterizan. En sus primeras palabras planea la duda y “la flor que amaba” de Manuel Torre no termina de encajar, pero la segunda letra por malagueñas de Enrique el Mellizo la borda sin fisuras. Una minuciosa labor de aguja y dedal que le acompañará el resto de la actuación, hasta hacerlo grande, inmenso para los oídos que buscan el gusto y el bronce.

Su estilo es tradicional. Su cante muy gitano, que redondea la guitarra cargada de pellizco de Manuel Parrilla. Se entienden a la perfección y van creciendo a la par.

Miguel sigue por lo jondo con una soleá por bulerías, en la que se hace acompañar por el compás preciso de Carlos Grilo y Luis Cantarote, creando un cuarteto jerezano consonante y de arte mayor; y después se queda solo entonando el martinete aludido al principio de estas líneas. Sus letras son las de siempre, su sonido es el de siempre, el fraseo vehemente. Hacía tiempo que no pasábamos tan buenos ratos escuchando a un cantaor tan joven y tan añejo. Nuestros oles se multiplican y el reconocimiento es merecido.

Unas seguiriyas de lujo preceden a las generosas bulerías, con los cuatro nuevamente, con las que acaba el recital. En pie despedimos a este cuadro sin desperdicio.

Luisa Palicio rellena la segunda parte. Aunque reconocemos una bailaora con peso, su baile viene a ser simple y repetido. El simple hecho de sacar dos vestidos de cola, que mueve con gran estilo, y repetir los mismos esquemas en la soleá y las alegrías, disminuyen su eficacia. Para redondear esta reiteración, propone guajiras entre medias, lo que encierra un paralelismo rítmico con las cantiñas finales que empobrece la obra. Además, para esta pieza cubana se hace acopio de un catálogo de accesorios a toda vista innecesario.

Rizando el rizo, la bailaora malagueña, estuvo pobremente arropada. Tan sólo por un cantaor, Moi de Morón, que se iba apagando por momentos, y un guitarrista, Rafael Rodríguez, que vino a ser el verdadero artista de la función.

* Foto: Miguel Lavi (flamenco-world.com©).

El duende escondido

El duende escondido

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

No se ofenderá David Sánchez ‘El Galli’ cuando le digamos que ha tenido momentos más conseguidos ni creo que se moleste Ana Morales si le digo que me han dicho, porque yo nunca la había visto, que el lunes no fue su mejor día. Fría en general. El Galli, desde que lo conozco, ha ido ascendiendo progresivamente en su carrera. Hace unos días llegué a opinar de él que es uno de los artistas más en forma para el cante de atrás. Incluso, cuando se ha quedado solo, sus glorias son reconocidas. Ana Morales destila una buena técnica que sabiamente emplea en la búsqueda de nuevos universos. No en vano se alzó con el Desplante en el pasado Festival de Las Minas.

El duende sin embargo estaba revoltoso, buscó escondite y se negó a asomar las orejas si quiera, a pesar de que por primera vez empezaba a hacer fresquito, a pesar de lo bien rodeado que estaba el cantaor de Morón.

Por tonás empezó a reivindicar un sitio que no creo que le viniera grande. El intento emocionado de “conquistar” una plaza tan querida para él, no jugó a su favor. En la malagueña, que comenzó bordando la del Canario, adoptó un tempo inusualmente despacioso en un hombre que tuvo prisa durante toda la noche. Incluso, el preciosismo de Miguel Iglesias con la guitarra quedaba truncado con los anhelos del sevillano.

En soleá se mostró largo y con acierto. Fue el tema más redondo, en el que reconocimos al cantaor esperado. Echamos de menos unas seguiriyas. Las cantiñas sin embargo no llegaron a cuajar, aplaudiéndose más a la guitarra o a los palmeros, Torombo y Bobote, que fueron todo un espectáculo de eficacia y sal. Si acaso el carisma de cada uno chocaba con el del otro.

Por levante fue valiente, sobre todo en el dificultoso remate con la taranta de Pedro el Morato, si no se llega a levantar antes de tiempo, si hubiera redondeado los ayes finales desde su puesto.

El final por bulerías, que es uno de sus platos fuertes, tampoco estuvo muy conseguido. De todas formas reconocemos el poderío de este cantaor y esperamos que el duende se asome en su próxima aparición.

Ana Morales presenta su obra “De sandalia a tacón”. Sorprende primeramente con una danza (sonido en off) en zapatillas y vestido sedoso volandero, dejando clara su búsqueda orientalista. Su segunda entrega pasa por una introducción de guitarras y una generosa muestra de percusión con udu chileno, para pasar a un tremendo zapateado, que Ana bellamente hilvana sin abandonar lo asiático.

Sus músicos proponen una caña muy rítmica con el ayeo a dos voces. Ni Moi de Morón ni Antonio Campos se sienten a gusto en este cante. ¿Será por las guitarras tan turbias? ¿Será porque el duende seguía escondido?

Para las alegrías, llega la bailaora con vestido blanquísimo de cola con ribetes rojos. Es donde se le ve más acertada y con pellizco.

Nuevamente su cuadro se acelera en una seguiriya. Sin novedad.

Terminan por bulerías. Como si fuera un fin de fiestas, todos en pie a boca de escenario proponen una fiesta que la bailaora catalana tan sólo apunta.

* El Galli en la foto (extraída de su facebook).

La bolsa o la vida

La bolsa o la vida

Hacía círculos concéntricos y excéntricos con el vaso de cerveza sobre el aluminio antiguo del mostrador de aquel café-bar cerca de donde nos habíamos encontrado. Fue casi fortuito. Digo casi, porque en realidad buscaba a alguien con quien ahogar las penas (el dolor cuando es compartido se hace más llevadero), (la soledad desacostumbrada es más grande si cabe). Había salido de una visita al abogado, para ver si por fin se aclaraba el régimen de visitas del pequeño. Pero las cosas de palacio... Mi ex me había puesto varias denuncias y el leguleyo que contraté parece que no hace todo lo que debe (o no debe todo lo que hace, que no es lo mismo pero es igual). A veces pienso que está a su favor. Son tres contra uno, si contamos al querubín armado como ofensiva involuntaria. ¿Le habrá pagado mi mujer más que yo para que desfile bajo su bandera acusadora?

Bueno, a lo que iba. Estaba yo algo cabizbajo, alicaído, errático, como holandés o judío al uso, sin saber muy bien qué hacer o dónde ir. O sea, sin querer hacer nada en particular, queriendo que algo ocurriese, topar con alguien para desahogarme, como ya he dicho unas líneas más arriba. Y pasó. El cielo a veces escucha mis solapadas súplicas y casi me di de bruces con Félix, que gastaba un aspecto desastroso, como si hubiera sido el único superviviente de la Guerra de los Cien Años. Qué casualidad. Tienes prisa, me dijo, pareciendo que quisiera también contarme algo. Miré el reloj, por costumbre o para disimular mi ansia, y entramos en el bar de la esquina (en las esquinas siempre hay bares).

Mi historia se diluyó en seguida. Mi pataleo duró tan sólo una cerveza. Las tres o cuatro subsiguientes fue él quien monopolizó nuestro encuentro, acaparando mi atención, contándome su altercado en la boda de Fali. Me lo temía. Siempre pasa. Voy buscando un pañuelo y termino en cambio siendo muro-de-las-lamentaciones.

Fali, o sea, Rafael, era un amigo común de los últimos años de instituto. Hace ya… Éramos inseparables. Los tres mosqueteros, nos decían. Todos para uno… Al final yo no pude ir a la boda. El problema de siempre, mi hijo, su madre, la madre de su madre, el abogado de su madre, la madre que los parió.

Bueno, la boda, como todas, aclaró Félix. Al final se casaron. Hubo empate. A veces el cura debería preguntar: ¿contra quién te casas? La verdad que una vez que has visto una boda, has visto el resto. Lo único excepcional es que yo estaba jodido, se lamentaba, bien jodido. Sin Clara, la vida es una mierda. Estoy desesperado, terminó confesando con la desazón tendida en los balcones de sus ojos.

Clara es una chica, mayor que él, divorciada de mala manera, que tuvo problemas de agresión. Malas compañías, drogas, alcohol, qué sé yo. Menos mal que no había hijos. Su ex marido, al escuchar que se quería separar, tan sólo se reía y le increpaba diciéndole “tú eres tonta, dónde vas a ir si no tienes a nadie, si no tienes trabajo, si nadie te quiere…” y cosas por el estilo. Eso fue al principio, después vinieron las machadas y los empujones, las patadas y los puñetazos. Un infierno de ojos amoratados y feos cardenales constelando todo el cuerpo que duró otros tres años. Era mayor el pánico a dejarlo que el miedo de quedarse a su lado (como siempre). Hasta que en un vídeo club conoció a mi amigo.

Asieron los dos la misma película y se enamoraron a simple vista. Así lo contó con la cerveza en la mano. Nos enamoramos como atravesados por la flecha de Cupido, al primer vistazo (empalagoso, muy empalagoso).

La cinta de vídeo se la llevó ella con la condición de que se la devolviera al día siguiente mientras tomaban café. No sé si puedo, se excusó. Estaré en la cafetería de la esquina a las cinco en punto, ultimó él. A las cinco menos diez se vieron en la puerta.

Mientras Félix tomaba un café (solo, con dos azucarillos) y ella una infusión (cortada con leche), relatando episodios inanes de sus vidas, Clara, con valentía y confianza, comenzó a referir sus problemas. Su marido, su verdugo, su martirio. Félix le prestó hombro y casa y la animó a denunciar al 016.

Ahora, el bruto, tiene orden de alejamiento y Clara se instaló definitivamente con Félix. Hasta que este mismo desequilibrio emocional hizo que también lo abandonara al poco y regresara con sus padres.

 

Yo estaba fatal, cuenta Félix. Todavía lo estoy. Pero en la boda, todo lleno de parejas, que se aman más que nunca. Arrastrado por los acontecimientos, la ausencia del ser querido duele hasta morir. Por eso no quise bailar después de la cena. Con lo bailón que yo soy. Pues no di ni un paso. No me moví. Tan sólo para ir a la barra y pedirme una copa tras otra de jotabé. Bebía para olvidar. La he querido como nunca podré amar a nadie.

Al terminar la ceremonia, todos salieron a la puerta para repartir el tradicional arroz, mientras los recién casados firmaban y se hacían las fotos pertinentes frente al altar. Pero, ante la iglesia, advirtieron que nadie había traído arroz. ¡Pepa es la que se encargaba de traerlo!, se alzaron algunas voces. Pero, como siempre, Pepa llegó tarde y sin arroz. Cuando se le censuró, pero al final hubo que pedirle disculpas. Que si la peluquera lloraba porque su compañera de piso se había ido con otra, que si el vestido no le abrochaba, que si el coche no arrancaba, que el cabrón del taxista… Total, que los demás quedaron como desagradecidos por no comprender las razones que puede haber por encima del olvido de un puñado de puñados de arroz.

No pasa nada, dijo alguien, viniendo he visto una tenducha, abierta las veinticuatro horas, donde se podrá comprar arroz o lo que sea. Dicho y hecho. Al rato, regresó el voluntario, pero no con arroz, que no había, sino con tres paquetes de macarrones. Qué vamos a hacerle. ¡Preparaos, que ya salen!, gritó una de rosa. Todos llenaron sus puños de pasta y hasta sus bolsillos, para no dejar de llover sobre la pareja. No fue el habitual arroz cayendo entre risas violentas, pero tuvo su gracia. Fue una anécdota para recordar.

 

Me gustó, dijo Félix. Hasta me olvidé por un momento de mi soledad. Tenía macarrones por todos lados. Yo fui de los primeros en felicitar a los novios y me llovieron canutillos de pasta casi tanto como a los recién casados. Pero la alegría duró poco. Subí hasta el restaurante, donde se iba a celebrar el banquete en un coche donde ya había cuatro. Dos parejas y yo. Fíjate el panorama. Ellos tan contentos, tan guapos y amorosos, y yo más solo que la una. Porque la soledad es más grande cuando alguien debiera estar a tu lado, cuando la separación es reciente, cuando te han abandonado. Además, todos sin excepción preguntaban por Clara. Por qué no había venido. ¡Ay, pobre! Encima se compadecían de mí. No lo podía aguantar.

En la cena me pusieron en la mesa con otros solteros y solteras por convicción o sin remedio. Fue lo peor. Yo no soy soltero, por ninguna de las dos circunstancias, soy abandonado. Mi estado ideal es la pareja. Soy media naranja por naturaleza.

De todas formas, no estuvo mal. Mucha comida. Tú sabes que yo soy de comer, así que por otro momento olvidé mi cruz. Pero bebí. Bebí como siempre. Bebí como nunca.

 

Cuando acabó la fiesta. O cuando Félix decidió que se marchaba (el fin del mundo comienza con el fin de uno mismo, continúe la vida o no), no quiso que nadie le acompañase. Que se iría solo, dando un paseo. Que le venía muy bien tomar el aire y despejarse un poco antes de llegar a casa. Así que buscó su chaqueta, se malmetió la camisa y, sin despedirse, apenas con los que chocaba camino a la puerta, emprendió el camino a casa.

Caminando por la calle, se dio cuenta que estaba más borracho de lo que pensaba. Cuando la realidad cae de golpe los excesos vindican su existencia. Al rato, se puso a orinar entre los coches (cosas de borracho) y se mojó los zapatos y el bajo de los pantalones, un poco más adelante vomitó con ganas y se le saltaron las lágrimas. Un sabor acre, de comida revuelta le produjo escalofríos, pero ya estaba mejor. La cabeza seguía en su sitio aunque le dolía como una prensa. Se abotonó la chaqueta, se subió el cuello y aligeró el paso abrazado a su costado.

De pronto, ya cerca de su casa, con las llaves en la mano, salieron dos hombres de lo oscuro. No podría reconocerlos, lo único que advirtió es que eran grandes y malencarados (de noche todos los gatos son pardos). No te sabría decir. Uno de ellos, con una navaja en la mano izquierda, amenazó diciendo, danos la pasta que lleves. Félix buscó en sus bolsillos e instintivamente, sin más, con una sonrisa estúpida, les ofreció los macarrones que le quedaban del casamiento. No pensó en las consecuencias. No era responsable de sus actos. Me reí sin remedio mientras lo contaba entre sorbos de cerveza.

Sin mediar palabra, el matón le asestó un navajazo en el vientre y, ya en el suelo, le registraron rápido. Le quitaron el móvil y el reloj y le dieron varias patadas de propina, quizá por la broma, por la risa, por no tener dinero o simplemente por descubrir su miedo.

 

El reloj atrasaba desde hace tiempo, se excusaba quitándole importancia, y el móvil no tenía batería ni saldo. Ya lo he dado de baja. Fue lo primero que hice desde el hospital. Eso y llamar al cerrajero, porque las llaves las había perdido. Las llevaba en la mano y salieron despedidas con el pinchazo o las patadas o quién sabe.

Cuando regresé a casa, estuve buscándolas por toda la calle pero no las encontré. Lo único que había, como testigo de la agresión, era una mancha de sangre diluida que se extendía intermitentemente unos metros en dirección a mi portal, que por suerte estaba abierto aquella noche. No cierra bien desde hace algún tiempo que intentaron forzarlo. Un cartel recomienda que nos aseguremos de que la puerta no se quede abierta. El olvido del último vecino probablemente me salvó la vida. ¡Benditos inconvenientes!

Subí al tercero y caí sobre mi puerta, ya sin fuerzas. Clara, soltando más lágrimas que yo sangre, me llevó al hospital. Pidió ayuda al vecino de al lado que, al oír su llanto, salió al pasillo. Fue quien me vendó y prestó su coche para llevarme a urgencias. Tuve mucha suerte de que el tajo no afectara a ningún órgano vital. Tuve mucha suerte de que Clara decidiera ese mismo día volver a mi lado.

Un camino fiel

Un camino fiel

Sacromonte cuna de flamencos

El Museo-Cuevas del Sacromonte continúa con su apuesta mestiza, entendiendo que el flamenco es tal por haber bebido y seguir bebiendo de todas las fuentes. El tiempo, la sensibilidad, los públicos todos, terminarán por dilucidar el camino apropiado y salvaguardar lo más coherente a la tradición, la evolución más lógica. Y, al igual que Chacón reinventó los cantes para enriquecerlos y que Marchena sacó de la manga la colombiana y Camarón introdujo el sitar, no nos podemos cerrar al nuevo viento que sopla, a veces caprichosamente, pero a veces con toda intención de henchir nuestras velas y alcanzar el norte.

En “Camino Bojaira” han desembocado una serie de músicos con inquietudes. El pianista Jesús Hernández lleva algún tiempo investigando sobre el flamenco con distintas agrupaciones. Paco Peña, con experiencia flamenca demostrada, siempre le ha acompañado con su bajo eléctrico, introduciendo unos solos plenos de sabrosura. Una batería (Álvaro Maldonado) siempre es importante para dimensionar la pieza. El cante llegó después (Antonio Fernández). Igualmente necesario. Establece las señas de identidad del flamenco en sí. Por último, una bailaora (Ana Calí), le da coherencia plástica al conjunto.

La soleá presenta al grupo. El piano lleva el peso específico en todo el recital. Echamos de menos otro instrumento armónico que alterne, ya que el bajo y la batería, en general, son “accesorios” rítmicos de fondo, y la voz no tiene el carisma necesario. La bailaora puntualiza el tema en su mitad y se convierte en instrumento útil con sus tacones.

Los esquemas del flamenco se bordan en el piano, que se convierte casi en una guitarra, casi en una segunda voz, en la media granaína que se propone a continuación y que acaba en una difícil coda cercana a la samba, enorme en su compás de diez periódico puro.

En las alegrías se manifiesta sin lugar a dudas la necesidad de una guitarra que centre al cantaor, falto de compás. El baile de Ana, sin embargo, no deja dudas. Con derecho se lleva un gran homenaje del respetable.

La segunda parte viene en forma de tientos tangos donde empiezan a abundar los solos (bien por Paco). Una parada en seco en medio de la pieza ofrece un contrapunto interesante. El baile tiene el valor añadido de marcarse el compás por sí mismo. Es como si los pies respondieran a una invisible partitura.

La colombiana está hecha, como otros ritmos latinos, para ser fusionada. El piano es exacto y el resultado redondo.

Incomprensiblemente el cantaor a pie de escenario se lanza a capela con La Salvaora, mientras Ana improvisa un baile a su lado. Antonio Fernández ha empezado muy alto. Tiende a no llegar y desafina por momentos.

Un agradable comienzo de piano y platos introducen las seguiriyas con las que acaba la función, donde, seguidamente, el bajo tiene mucho que decir. El baterista tiene también su momento. Remata la bailaora acertadamente.

Como bis, el fiel Camino de Bojaira cierra la noche con un poquito por bulerías.

Belén es una fiesta

Belén es una fiesta

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

En primer lugar he de advertir que soy incondicional de Belén Maya, por si algún elogio se queda corto que se lea superlativo.

Hasta que no se recibe un baño continuo de sensaciones placenteras y una mueca de felicidad no abandona la cara agradecida, no se adivina discernir con nitidez lo sobresaliente de lo resultón e incluso de lo mediocre maquillado de triunfo.

Belén es una fiesta en el escenario donde se divierte y hace gozar a su público. Demuestra segundo tras segundo que el arte va unido a la distensión y a la felicidad y que el camino hacia el cenit está cubierto de flores. Nadie ha de saber lo que sufre un artista. Nadie debe leer en el rostro de una bailaora las horas de ensayo, el paso complicado, la arruga del desasosiego. Que la sonrisa no sea tan sólo una mueca. Que las ganas se desborden por los ojos. Que el escollo tenga la gracia de la dignidad.

Belén, cabeza espiritual de toda una pléyade de paladines que conforman la punta de flecha del baile flamenco actual, prodiga sus formas como la hierbabuena regala su olor.

Nunca estoy tan agradecido a una primera fila que cuando alguien habla con todo el cuerpo, trasmite por todos los poros, sugiere con esa fuerza tan descomunal como humilde.

Fue Belén Maya la que gritó, como Alberti, que nunca volvería a Granada. Fue Belén Maya quien recibió dos duros golpes en nuestra ciudad encabezados por el consistorio y respaldados por quien se supone que es su familia. Fue Belén Maya la que tuvo que guardar sus papeles y sus sueños e irse con un portazo en las narices ante la inutilidad de reivindicar el nombre de su padre en La Chumbera. Fue Belén Maya la que recibió la llamada para que no se molestase en aparecer en un Festival de Otoño donde estaba anunciada a bombo y platillo. ¿Sería para que no hiciera sombra? ¿Sería por la ineficacia de los organizadores de dicho certamen? ¿Sería para embolsarse su caché tras una malísima gestión?

Pero con una profesionalidad impermeable, Belén Maya vuelve a Granada, como Alberti. Y lo hace por la puerta grande. Actúa para su público y sus seguidores que, posiblemente, son los que entienden. Y nos deja un ramillete de su arte que se le escapa a raudales en cada paso.

Puede que este sentimiento, este recorrido de la euforia al abandono, se reflejara en su primer baile que comienza por tangos, aclamando la luz y la fiesta, para pasar a tientos y terminar por levante reventando su pena y con ella la tristeza de todo el orbe, de quien ve pasar la vida sin resultados, del hijo sin expectativas, de la madre dolorida.

La guitarra de Rafael Rodríguez es también una fiesta. Tocaor versátil donde los haya. Mercenario de escena. Lleno de particularismos y particularidades. Disfruta con su genio y aplomo y trasmite esa energía y creatividad.

Una malagueña entona de manera añeja Jesús Corbacho. Se ajusta a los límites, quizá con demasiada queja y babeo.

La segunda entrega de Belén es una soleá por bulerías. En la misma escena remata el ensayo. Se hace niña por momentos, aprendiza de sí misma, y desde un comienzo propone el juego del ensayo y error. Como si se tratara de varios comienzos, la bailaora se deconstruye para reaparecer dominando. Sus manos, tanto paloma como pala, enmarcan su cuerpo quebrado o redondo, etéreo y rotundo. Termina en silencio, haciendo molino con los brazos, suspensivando una función que muy bien podría ser como fue pero que también podría haber sido de otra manera.

José Valencia impone sus facultades por bulerías, que incompresiblemente es lo que acabamos de escuchar. El escenario es suyo, el patio es suyo, el mundo es suyo. Y lo satura.

Una fiesta en la fiesta son las alegrías. Con un contundente vestido de cola rojo y mantón negro remata una faena que siempre se nos hará corta. Hacemos borrón y cuenta nueva. El vestido de cola raramente ha bailado antes de este momento.

Belén es señora de la sal de la Bahía, pero también es dueña del reposo, de la tradición y la vanguardia. Lo dice todo, pero todo le queda por decir. Y, si hay suerte, lo veremos y lo seguiremos contando.

* Foto: Antonio Robles©.

Noche gachona

Noche gachona

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

La apuesta del Carbón de este año pasa por Granada. Al menos una docena de intérpretes de la tierra han pasado o pasarán por su escenario, con todo lo bueno y limitado que tiene ese propósito. Se le da cuartel y cobijo a nuestra cantera, rica en los tiempos que corren, a la vez que se le muestra al público que los flamencos granadinos también pueden estar a la altura. Por otra parte, no nos descubren nada nuevo y las mermas son más evidentes.

Resultado: altibajos que, aunque anunciados, son incomprensibles.

El Corral se ha convertido en un escenario de categoría, en una prueba de fuego, en un jalón imprescindible en la carrera del artista. Actuar en este patio, que ofrece confianza y demanda calidad, es un orgullo y a la vez un compromiso. Los nervios de la responsabilidad a veces traicionan, pero a veces tranquiliza el saberse en casa.

Juan Pinilla, artista curtido en bastantes frentes, a sabiendas de esto propone un recital sensiblemente distinto a lo que viene ofreciendo últimamente. Sin embargo suena a duplicado. Su interacción con el público es tan agradecida como beneficiosa. Su voz es rotunda y segura, y su conocimiento dilatado. Se conoce a sí mismo, conoce a su público y conoce sus posibilidades. Por eso se decanta por las formas fandangueriles, por el cante libre y no el de compás, aunque de todo hay en su repertorio.

En plena búsqueda, su recital se convierte en un homenaje. Considera en primer lugar a Manolo Caracol con un romance que tiene mucho que ver con la zambra, que tiene mucho que ver con el fandango. Le sigue una petenera al estilo de la Niña de los Peines. En su comienzo ensalza a Pastora. Su segunda mitad es clásica.

La vidalita de Marchena, a la manera de Enrique Morente con el maestro Sabicas (1990) se convierte en su tercer obsequio. La caña, asegura, fue escrita por el simbolista francés Verlaine (1844-1896), sin llegar a saberlo; rematada por una soleá al estilo de Diego Clavel.

Se acuerda de Chano, de Calixto, de Morente, de Chabela, de Alberti… en las cantiñas, aunque trueca las letras. Paco Cortés, a su lado desde el principio es un dechado de exactitud y sabrosuras, más cuando se siente libre de trabazón con un cantaor versátil.

Por fandangos naturales acaba una actuación sin demasiados riesgos ni sorpresas.

Lucía Guarnido toma el relevo con su baile de hadas. Su inclinación al perfeccionismo hace que no se despeine, que un mechón no se le vaya a la cara, que una horquilla no le salte. Un respeto inicial la hace tensa por tarantos, que va relajando hasta convertirse en tonás, y de aquí a seguiriyas. Su baile es convencional, simbólicamente hablando. La parquedad de su elegante vestido negro cuadra a la perfección con la gravedad de la pieza.

El cuadro que lleva atrás no admite queja. Luis Mariano, más tocaor que nunca, más flamenco y sacromontano, demuestra su poderío por bulerías en el primer descanso de la bailaora, con una generosa introducción sentimental que comienza con los primeros acordes de Negra Sombra, un tema popular gallego con letra de Rosalía de Castro y música de Juan Montes.

Juan Ángel Tirado nació cantaor. Tiene una caja de música en la garganta y pulmones envidiables. Antonio Campos se viene haciendo ya hace mucho. Es un corredor de fondo, comprometido con el cante. Investiga, se auto exige y propone letras olvidadas y desconocidas. Imprescindibles en el flamenco granadino de esta última década.

Por caracoles, con un vestido de cola al uso, de color perla, aborda Lucía su segunda entrega. El abanico y el mantón refuerzan su pose demasiado estudiada y la flor sobre el moño la identifica del terruño.

El soniquete por tangos del Camino promete nueva tregua que Antonio, más formal, entona en los límites. Juan Ángel en cambio enriquece el cante desde otras costas. Mati Gómez les hace compás, quizá muy alejada del micrófono, quizá solapada con las palmas de los dos hombres.

La última entrega de la bailaora son unas bulerías, presumiblemente más libres. La técnica se impone a la intuición, el formalismo a las corruptelas del ambiente.

* Foto extraída del blog de Lucía Guarnido©.

Empieza el baile

Empieza el baile

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Después de la renuncia voluntaria al triestreno de Cristina Hoyos en el Generalife y su Poema del cante jondo, me alegré de forma indecible al disfrutar el programa del Corral del Carbón y de su larga y coherente trayectoria.

Lo he dicho más de una vez, creo que es el mejor espacio de pequeño formato que conozco en toda España. Esto, unido al marco, a la familiaridad y a un sonido impecable, que mejora día a día, lo convierte en un ciclo tan necesario como presencial.

No recuerdo la última vez que vimos a La Nitra en el escenario. Quizá, no hace mucho, acompañó a su tío El Polaco por bulerías; y otra vez en La Chumbera acompañó a no sé quien (mi memoria es flaca y no creo necesario buscar el dato). Pero para encontrar un recital propio, quizá haya que remontarse a principios del milenio.

Por eso se le pensaba menos en forma y atrevida. Pero al contrario, arropada por la guitarra exclusiva y respetuosa de Paco Cortés (estupendos sus solos) que amortigua como pocos cualquier desliz, la cantaora estuvo suelta y en su sitio, aunque su cante sea sota, caballo y rey.

Encarni La Nitra tiene una voz gitana de peso y un bello timbre que necesita cuidar. Abrió por alegrías. Muy correctas. Al igual que impuso su dominio en la soleá que, junto a la fiesta, es su palo por antonomasia.

Los tarantos fueron una sorpresa. Un doble homenaje: a Miguel Hernández en su año y a Enrique Morente interpretando Compañero, el tercer corte de su disco Despegando (1977). Fue un quiero y no puedo. No estuvo a la altura deseada y el texto quedó truncado.

Para acabar con esta entrega excesivamente breve, propuso bulerías, cantando alguna letra a pie de escenario, poniendo en evidencia la poca familiaridad que tiene con el micrófono.

La segunda parte no sólo subió el nivel de la velada, sino que identificó al Corral con su refinada propuesta de baile. La bailaora sevillana Adela Campallo se ha tenido que reinventar a sí misma tras un grave accidente ocurrido hace unos cuatro o cinco años que a punto estuvo de acabar con su carrera. Así ha tenido un antes y un después que le ha sentado de maravilla. Antes se distinguía (o no se distinguía, como quieran) por un baile “más salvaje”. Ahora reposa el baile, escucha el cante, baila el silencio. Hace del vacío, de la parada, un complemento necesario en su conjunto, convirtiéndola en una bailaora muy original, tanto en sugerencias como en la elección músical.

De esta manera comienza por galeras, un cante llamado Mi condena que se inserta en el disco Persecución (1976) de El Lebrijano, con letras de Félix Grande. Con vestido corto, de volantes circunstanciales, Adela rompe moldes. Se quiebra o redondea su cuerpo a voluntad, haciéndonos llegar un aire fresco y avasallador. El sonido, como ya hemos dicho, es rotundo. Aunque, me temo, que las voces no están a la altura de unas guitarras que tampoco son definitivas.

Mientras se prepara para la segunda entrega, José Carrasco hace un vertiginoso solo de percusión. Para las alegrías, la sevillana luce vestido de cola azul que se degrada hasta el celeste en los volantes de sus bajeras. Sigue convenciendo con rotundidad, pero su luz es menos intensa que al principio.

Una taranta de Linares y unos abandolaos interpretados por sus músicos, amortiguan la guinda final que llega en forma de seguiriyas precedidas por un pregón con metido en el mismo compás.

Adela vuelve a su origen e impone su nombre y su figura para tener en cuenta en el ramillete de nuevos bailaores que van a más, que dicen algo con un lenguaje distinto, con un lenguaje propio.

* Foto: Paco Sánchez©.

Una guitarra brillante

Una guitarra brillante

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Después de una semana de promesas que no llegan a cuajar, el Corral del Carbón retoma las riendas para mostrar lo que siempre ha sido. Aunque recordamos que en otros años pasó lo mismo y el carbón no comenzó a prender hasta los tres, cuatro o cinco días de rodaje (obviando el primer día con un estreno de excepción), hasta que acaba en una combustión difícil de apagar por mucho tiempo.

El lunes abrió la velada un introspectivo Miguel Ochando con su guitarra precisa. Puede que, junto a José Manuel Cano, encabece el concertismo en Granada. Su forma de tocar es limpia y exacta, equilibrada y redonda. Más lírico que otras veces, Miguel se impone sin aspavientos en uno de los primeros puestos del panorama nacional, buscado por todos los cantaores que quieran añadirle un nuevo valor a su entrega.

Ochando comienza homenajeando la tierra con una granaína. Es rico en arpegios, pura agua. Continúa, apoyándose en la segunda guitarra de Alfredo Mesa, interpretando un zapateado de Esteban Sanlúcar, conocido en su repertorio, que se incluye en su trabajo discográfico Memoria (2007), dedicado a los maestros clásicos de la guitarra flamenca.

Otra vez en solitario borda una rondeña, para pasar rápidamente a la fiesta, en compañía nuevamente del aventajado Alfredo, que ya no se bajará del escenario. Así proponen bulería clásica; la rumba llamada El inclusero de Juanito Valderrama, musicado por Niño Ricardo; una bella guajira, que principia con los acordes de Ojos verdes; y acaban por bulerías. Todo un derroche de sensibilidad y arte.

El baile de Eva Esquivel ocupa la segunda parte arropada por un cuadro de excepción eminentemente granadino. A saber: Sergio Colorao y Antonio Campos al cante; a la guitarra Luis Mariano; y Miguel ‘El Cheyenne’ con el cajón. Eva es correcta y estilosa, nada recargada. Aunque le falta la picardía necesaria para dar sabor a la escena. Comienza su entrega, visiblemente nerviosa, con un taranto. El mantón negro se convierte en un obstáculo más que en un añadido. Se le enreda en el pelo y en la silla y no vuela como debe. Al pasar a tangos, no obstante, la bailaora se relaja y convence roneando.

La malagueña de Chacón Del convento las campanas sirve de interludio para volver a ver de nuevo aparecer a Eva, con cola blanca y palillos, para dejarnos una pincelada por fandangos albaycineros, bella por su brevedad.

Otra vez, sólo los músicos, nos proponen una vidalita que, en la voz de Sergio y la guitarra de Luis Mariano, es todo un regalo. Acaba la bailaora granadina por alegrías, que encierran unas bulerías muy de tablao, y se rematan con aires de Arcos, muy al gusto de Antonio Campos.

* Imagen: © deflamenco.com.

No quiero el cielo despejado

No quiero el cielo despejado,
ni la mar sosegada.
 
Borrad la luna entera
que hermosea lo eterno,
y las puestas de sol
cómplices del silencio.
 
No quiero pájaros
revoloteando a lo lejos
ni flores irisadas
en los jardines y los templos.
 
No miraré la llama
que danza y adormece
ni escucharé los cantos,
la lluvia que enaltece,
el silencio y mi suerte.
 
No oleré la tierra mojada
ni el llanto de la rosa
ni la piel de un niño encarnada.
 
Quiero romper todas las cartas,
tus llamadas y tu recuerdo.
No compondré poemas
ni siquiera el que estás leyendo.
 
Rechazo la belleza.
Me tenderé en el lodo
y golpearé mi cabeza
hasta la sangre, hasta el olvido.
 
Y renegaré de mí mismo,
por hoy que tampoco has venido.

Son flamenco

Son flamenco

Sacromonte cuna de flamencos

Segundo viernes de fusión en el Museo-Cuevas del Sacromonte. La nueva agrupación de Rubem Dantas, demostrando su buena forma, refrescaron con su música un viernes especialmente caluroso.

Un sexteto compenetrado tanto en la forma como en el seguimiento de su líder indiscutible. Su falta de ensayo y su inmadurez como banda queda paliada ampliamente por su formación y la capacidad improvisadora.

Siendo fusión con el flamenco, sus temas más acertados son los que se alejan de este espíritu.

La cantaora Ana Sola, bien temperada y con un timbre elogioso, queda supeditada al mandato rítmico del conjunto.

Es en el jazz, en el son o en la bossa, donde la voz participa como un instrumento más y donde se logran los más bellos laureles. La dimensión jonda, como digo, queda renqueante por amor al ambiente y por una guitarra que no alcanza el sonsonete flamenco. Siendo José Fernández ‘Petete’ un excelente guitarrista de otras melodías, no alcanza en la soleá o los tangos el contrapunto esperado.

Pero la buena madera siempre arde bien y dispensa su aroma. Así, lo cogido con alfileres si acaso, aparece cosido y bien cosido.

Se presenta el grupo con una soleá que, sin llegar a la bulería, es bastante rítmica y ligada. Rubem, verdadero director de orquesta, dirige con su preciso cajón toda la muestra.

Continúan con Carinhoso, que es un chorinho de principios del siglo XX del genial compositor brasileño Pixinguinha (1897-1973). Destaca claramente en este tema y hasta el final del concierto Joaquín Sánchez con los clarinetes y otros vientos. También tendremos en cuenta al guitarrista israelí Dan Ben Lior, aunque por momentos rellena demasiado; y al contrabajo preciso de Juan Manzano.

En los fandangos de Huelva, con una introducción originalísima con armónica (Joaquín Sánchez), se le reconoce el dominio a la cantaora, sobre todo cuando se tornan valientes por Alonso.

Un tema en hebreo, Jerusalem de Oro (ירושלים של זהב - Yerushalayim shel zahav), que es una canción popular israelí escrita por Naomi Shemer en 1967, demuestra la versatilidad y facultades de Ana.
Después de un breve descanso, la segunda parte se inicia con Só Louco de Dorival Caymmi (1914-2008), uno de los más influyentes cantautores de la música popular brasileña.

El salto al jazz viene como con vaselina al abordar Nardis, un tema de Miles Davis, aunque hay quien se lo atribuye a Bill Evans.

Una composición clásica de Dantas El árbol de Granada marca el ecuador de este segundo pase, que continúa por unos deslavazados tientos-tangos por las razones aludidas, interpretados tan sólo con guitarra y voz.

Ahora el escenario es ocupado por Rubem, con un instrumento llamado sanza o piano de pulgar y la guitarra eléctrica de Dan, rico en escalas, también interpretando un clásico de su repertorio, con el que dan por finalizado el concierto. Aunque, haciéndose rogar más de lo deseado, proponen un bis por bulerías.

* Foto de Raquel Rodríguez©, tomada del facebook.

A través del Estrecho

A través del Estrecho

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

El Estrecho es más estrecho con la Checara Flamenca. El Corral del Carbón se reserva un día para asomarse a la ventana y contemplar el flamenco menos ortodoxo, que no más nuevo porque, desde “Macama Jonda” (1981) de José Heredia Maya, esta orquesta andalusí de Tetuán ha ido absorbiendo el flamenco en recitales y grabaciones, colaborando con Enrique Morente, Carmen Linares, Segundo Falcón o Arcángel. Quizá fueron los pioneros, junto a Lole y Manuel, en esto de fusionar música árabe y flamenco, pero a lo largo de estos años tenemos ejemplos tan reconocibles como El Lebrijano con la Orquesta Andalusí de Tánger, Ketama o Radio Tarifa.

Aunque es una apuesta necesaria que hizo vibrar al público, resultó un tanto simplista. En otros foros han estado más acertados. El contraste, la novedad, se acogió con expectativas. Pero puede que desde el segundo tema acabara la sorpresa. No sé, algo cansados, algo repetidos, faltos de luz…

El aire de fiesta impera en el primer tema. Fue la presentación novedosa de Jallal Chekara al violín, Youssef El Hossaieni con el laúd, Mouhssine Kuraichi percusionando la darbouka y su interacción con Alfredo Mesa a la guitarra y el compás de palmas.

Pronto aparece Mari Ángeles Gabaldón bailando unos tangos de Málaga algo acelerados. Las voces árabes se alternan con el cante flamenco de Vicente Gelo y de Alicia Acuña. La bailaora no se muestra muy fina. Tal vez más espesa que de costumbre. Límite que se suavizará en las siguientes entregas.

Habib el Kamar es la tercera pieza que se muestra, un éxito en su discografía, que se canta en su dimensión flamenca por rondeñas y abandolaos.

Mª Ángeles vuelve a aparecer con bello vestido irisado y manila para bailar soleá por bulerías. Buen intento de aunar el baile oriental y el flamenco. Notable vuelo del mantón. Exclusivo.

Los músicos quedan solos nuevamente para plantear una farruca clásica que se hace cuplé a los postres con La bien pagá por bulerías (bien por Vicente).

En los tanguillos llamados Amulati, Alicia se hace fuerte con el tradicional Ábreme la puerta verde, interpretando su segunda mitad a boca de escenario, a pulmón descubierto.

El recital termina con una seguiriya notable en la voz dulce de Vicente, que baila Ángeles con cola negra y palillos. Como bis, aunque más que programado, interpretaron La Tarara, un que los identifican desde sus primeros flirteos con el flamenco y la canción popular andaluza, haciendo participar el público.

La Chekara-flamenco volverá a actuar el 25 de agosto, miércoles, en el Museo Cuevas del Sacromonte, dentro de su programa estival Entre Moriscos y Gitanos.

Fuerza y temple en el Corral

Fuerza y temple en el Corral

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Con una levita extemporal el ’Nene de Santa Fe’ propone una toná. No hace falta decir que es un cantaor profundo y con temple. Pero el estremecimiento, la tensión habitual, el dominio ancestral, que lo convierten en uno de nuestros mejores intérpretes del cante jondo, no relució hasta los postres, hasta la soleá y seguiriya finales, que fueron verdaderamente sobresalientes.

Hasta llegar a ellas tuvimos que escuchar una larguísima soleá apolá, cercana al romance, cercana a la bulería, de José Fernández de Pinos; un mirabrás de nuestro insigne poeta romaní Pepe Heredia, recientemente fallecido (aunque el cantaor lo hacía todavía muy enfermo), con una generosa introducción del maestro Marchena; y una farruca preñada de campanilleros acelerados, tan sorprendente como innecesaria.

El que cuente con su hijo, Manuel Carmona, habitualmente para que le acompañe a la guitarra tiene sus cosas buenas, pero este cantaor necesita un guitarrista casi tan añejo como él, más flexible y preciso.

La segunda parte la protagonizó la fuerza exclusiva. Alba Heredia se deja querer y destila un poderío que hace pensar en condicional. Demasiado mediatizada, se parece a los suyos. Pero a quién se va a parecer si no. Tan sólo que los “suyos” son bailaores y ella bailaora. Tan sólo que buscas delicadeza y encuentras rozamiento. Tan sólo que vislumbras alas pero están enmohecidas.

Quizá desde Matilde Coral no vemos unas manos con esa gracia, con ese vuelo. Su presencia es radical y su estampa definitiva; sus caídas auténticas y su taconeo preciso. Entre sus aciertos está el de arroparse de El Galli, uno de los flamencos más en forma para el cante de atrás. Y contar también con el disciplinado Cheyenne en la caja. Al compás, emocionados, su madre, Rafi Heredia, y su tío, Juan Andrés Maya.

El cantaor de Morón abre con unos martinetes que Alba aborda desde una silla en medio de las tablas. Recuerda un poco demasiado a Iván Vargas. Las seguiriyas son híbridas y relucen de vez en vez bulerías y aires de Cádiz. Hay momentos conseguidos en el compás innegable, en el reposo exiguo, en el paseo severo. Pero es necesario dulcificar una entrega que coacciona desde un principio (radicalizada en la expresión del rostro).

La soleá se alarga reconocida en la voz del sevillano, mientras Basilio Jiménez y Pepe Maya ‘Marote’ lo inspiran con la guitarra. Nuevamente aparece la bailaora granadina con las fuerzas recuperadas para ofrecerle a su público lo que esperan de ella, que borda su camino, que de pura emoción es capaz de saltar por encima de las cabezas de sus músicos. Sus incondicionales y muchos foráneos convencidos vitorean su entrega, aplauden hasta el límite. Su familia presente se enorgullece de sus nuevos logros. Si no se desvía su futuro Maya está garantizado.

Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

‘El Farru’. Es más la expectación que levanta que el resultado final. No obstante hay seguidores de sus formas y de su dinastía, a los que les conforma con razón este baile tan efectista y masculino. No obstante, acumula cierta herencia y se hace notar, pero la estampa y el poderío de Farruco no la tiene y la precisión y el salero de Farruquito también quedan alejados. Sin embargo, un intento de renovación se vislumbraba en los primeros tangos. Unas ganas de recrearse en silencios acompasados, se apuntan como verdades que a la larga demuestran ser fachada. Un baile que como los fuegos de artificio sube y estalla para caer en picado y desfallecer en la soleá final, un baile donde se abusa de fuerza injustificada, paseos, poses y búsqueda del aplauso.

Bien por el cantaor ’Rubio de Pruna’ y su pureza conmovedora. Es una pena que no estuviera bien sonorizado. Traer técnico propio donde no hace falta es una merma que se acaba pagando. Así se amplificaron la percusión y las guitarras, restándole protagonismo a las palmas y la voz.

Entre medias, Antonio Rey, a solas, con su guitarra interpreta una precisa taranta, con formas sobresalientes. La modernidad que entremete por otra parte, resta quejío.

La soleá aludida comienza con la voz en off del bailaor sevillano haciendo una semblanza de dicha pieza. Es como una declaración de intenciones. El alcance pleno de su sentimiento. En primer lugar, el bailaor ’Polito’, que hace de palmero la aborda sin mucho fondo. Pronto será sustituido por El Farru que prosigue su incomunicación.

La pieza se extiende por bulerías y se convierte en fin de fiestas, en el que bailan, como artistas invitados, ’Barullo’ y el niño Manuel ’El Carpetilla’, llamado a ser el mejor bailaor de la saga familiar.

Foto: Antonia Ortega©.

La tranquilidad de jugar en casa

La tranquilidad de jugar en casa

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Los Veranos del Corral, uno de los festivales flamencos más añejos y perseguidos de la península, tuvo el lunes pasado un comienzo de altura. La primera edición del Corral, a finales de los 90, acogió a varios artistas jóvenes (Marina, Estrella, Segundo Falcón…) cuya proyección se ha avalado con creces. Ahora Marina Heredia vuelve a este escenario, después de once años, más moderada que nunca, hilvanando un concierto a medida, con un guitarrista de su elección, Rafael Riqueni, al que admira. Se ha dado un capricho y nos ha invitado a mirar por la cerradura. Ha sido como el descanso del guerrero, el hogar dulce hogar del que lleva una vida de vértigo.

Rafael, como acostumbra, hace encaje con su guitarra, hace que cada nota tenga su espacio, que suene clara, que sea distinta. Es un concertista que se admira con el encanto de su guitarra y trasmite ampliamente esa querencia. Opina que está junto a una gran cantaora, se deja llevar y almohada con precisión sus propuestas. Aunque se nota la distancia entre dos sensibilidades muy distintas que ha unido el azar o la suerte, que no es lo mismo pero es igual.

La mesura inicial fue un arma filosa por ambas caras. Así se buscaban más a menudo de la cuenta, así se entrecortaba lo que debía ser fluido, así la delicadeza llegaba a ser laxitud claramente manifiesta en las palmeras, Reyes Heredia y Jara Heredia, que resultaron desabridas de tanto en tanto. Pero también esa estructura dejó momentos memorables. La admiración del uno por el otro fue manifiesta, convocando un duende lleno de sugerencias e inspiración. Esta fascinación cuajó en reverenciados silencios, en solapados matices y en un delicioso abuso de falsetas que interpolaban la visual.

La albaycinera, de maravilloso blanco (abanico incluido) y peineta dorada, comienza con las mismas seguiriyas que contienen su último disco (Marina, 2010). Quizá la emoción le hizo parecer un poco fría, aunque con un Cádiz de letras populares alcanza calidez. Riqueni pone la cejilla al seis anunciando una soleá antológica que Marina interpreta a media voz, que es como duele. Es un gran momento, como el levante que viene a continuación donde sigue la estela de su padre, Jaime Heredia ‘El Parrón’. Y se hace grande en la minera y más grande si cabe en la cartagenera (¡Ay mi Gabriela!).

Rafael se queda solo en un pactado intermedio demostrando su faceta de concertista y dejando claro el camino armónico y conceptual que emprendió en su momento y ha dejado clara huella en sus contemporáneos. Magnífica bulería, donde se acordó del maestro de Algeciras, que sirvió para que la cantaora se cambiase y él cogiera la confianza de rellenar con guiños el resto del concierto.

Con vestido negro volandero con lunares blancos y peina de brillantes, a juego con los zarcillos (también ha cambiado el abano por uno negro), Marina aborda una granaína preciosista, donde la variedad de tonos dulcifican la pieza. También mantiene su elegante copa de blanco y no el antiestético botellín de agua, por muy sano y correcto que sea.

Los tangos no pueden faltar, enseña de una cantaora que se pasea por el Monte con más soltura que nadie y a los postres se acuerda de Enrique. El tempo se ralentiza y el tocaor trianero se encuentra distante del soniquete del Camino. Lo mismo le pasará con los fandangos del Albaycín que regalan al fin del concierto, donde Riqueni propone genérico abandolao.

Termina la velada, antes de este bis, con unas bulerías, con la cantaora en pie, como mandan los cánones, y descalza, como ella acostumbra, que se convierten en un sabroso mano a mano entre guitarra y voz y terminan haciéndose cuplé con la copla de Madrina a pie de escenario.

* Foto de promoción.

España

España

* Tras la "peligrosa" fiebre nacionalista que vivimos en estos momentos, recuerdo que hace mucho (cuando yo pintaba) simplifiqué la imagen de un toro y no hace tanto (12 años) lo reproduje en un papel de acuarela. Ahora lo encuentro y me apetece subirlo como descanso a tanta letra y aguja.

** Técnica: tinta y agua y plumilla (debe medir unos 12 cm el lado más ancho).

Fresco por fuera y fresco por dentro

Fresco por fuera y fresco por dentro

Sacromonte cuna de flamencos

Tremenda la banda. El viernes dio comienzo el ciclo más fresco del verano. En lo alto de Valparaíso, subiendo el Barranco de los Negros, se encuentra el Museo-Cuevas del Sacromonte, donde todos los años por estas fechas, hasta principios de septiembre, avalados por la Diputación de Granada, se oferta un flamenco de raíz, acompañado por la luna y por los grillos y por las ranas (que no siempre croan a compás). Las mejoras año tras año son evidentes pero arrastradas hasta este momento. La buena salud de una buena propuesta viene a refrescar doblemente a los parroquianos. El flamenco da un paso más y se hace mestizo, como en su origen. El flamenco es pura fusión y descansa con las ventanas abiertas. Es un acierto empatar el flamenco y el jazz en un mismo escenario; con un mismo octeto; con un sentimiento común.

El flamenco tiene sus fieles, que están abastecidos con creces de ofertas paralelas. Era necesario buscarle un hueco a otros anhelos que alternasen la demanda. Así se renueva Sacromonte cuna de flamencos. Así el público, diverso y disperso, responde alegremente a estos nuevos reclamos.

Como logros puntuales del espacio que nos ocupa, como decimos,  en primer lugar destaca la apuesta alternativa en el programa, seguido de una ajustada sonorización más que notable (sorprendentemente con el mismo equipo que el pasado año).

Sergio Pamies es un pianista inspirado, a medio camino entre el flamenco y el jazz, que compone la mayoría de sus temas, tanto la música como la letra (aunque el verso a veces forzado y algo simplista desmerece la ejecución). Se rodea de un equipo de jazzistas y flamencos por igual que aportan su saber. Pero el flamenco es flamenco y el jazz es jazz. Nada de híbridos sin cabeza que más que funden confunden. El piano es el nexo de unión entre estas dos músicas. Es más, Pamies lleva todo el peso armónico de la sesión, concediendo protagonismos virtuosos al resto de sus componentes.

La primera prueba de ello lo tenemos en Borrachito, un habanero por bulerías, donde el piano lleva todo el peso armónico y tan sólo se deja arropar por el contrabajo de Marco Lohikari, la batería de Gonzalo del Val, la percusión de Miguel ‘El Cheyenne’ y Benjamín Santiago ‘El Moreno’ y las voces de Sergio Gómez ‘El Colorao’ y José Cortés ‘El Pirata’, que pulen el brillo que destila.

Para el segundo tema, Ask Me Now, del pianista estadounidense Thelonious Monk, Sergio se deja impregnar por el aire de tangos y se hace acompañar de excelentes vientos: el saxo de Víctor de Diego y la trompeta del granadino Julián Sánchez, que plantean alternancia de solos con gran acierto, que será tónica general de la velada.

1312 Kendolpm Drive es el domicilio de Pamies en Nueva York, que le da título a una soleá bien hilvanada donde las voces de los cantaores alcanzan breve protagonismo ligando los tercios a favor del desarrollo musical.

Por tanguillos (Isfahan) se da paso al intermedio. Como su maestro Diego Amador, nuestro teclista convierte el piano también en un instrumento de cuerda y se introduce por Cádiz rasgando las tripas de la cola descubierta.

Comienza el segundo pase con las Alegrías de la Paquita, una deuda con su madre, una propuesta sentida y redonda que, según dicen, humedeció los ojos de su progenitora, allí presente. Del buen conseguido Fandango in Boskovice se da paso al tema más libre de la noche, Yes or No, del saxofonista Wayne Shorter, por bulerías, donde cada interprete, empezando por los dos percusionistas, desarrolla un espontáneo solo. Es donde nos damos cuenta que la improvisación jazzística ha planeado durante todo el concierto, que ha servido de ensayo general para la grabación de un disco inminente.

Como no podía ser menos, un regalo en forma de bolero, Cuando dos personas bailan, con la magistral interpretación de Sergio Gómez, puso la guinda a una noche tan sorprendente como esperada. Un buen comienzo para este ciclo cargado de promesas.

* FOTO: Lucía Rivas ©.

Pasajes Simbólicos

Pasajes Simbólicos

Siempre he admirado de mi hermano Álvaro una desmedida inquietud por hacer cosas. No considera el reposo y rellena sus minutos con mil y una cosas que despuntan como una multidisciplinar Rosa de los Vientos.

De siempre ha coleccionado objetos encontrados, objetos curiosos, que ha diseccionado para verle las tripas y experimentar con ellos a corazón abierto.

Todo tiene arreglo o alguna otra utilidad. El primer tocadiscos que entró en mi casa lo hizo él con piezas de otros que iban desechando conocidos.

Manitas y habilidoso. Sirve tanto para un roto que para un descosido, para una mancha que para un parche.

Aún recuerdo el tiempo en que se hizo un horno para fundir metales y compró un libro al uso. Empezó a confeccionar figurillas de bronce con caracteres muy particulares. A saber: las manos y los pies eran excesivamente grandes. Constante que le ha perseguido hasta el día de hoy y despuntará en una nueva exposición.

Pues de lo que quiero hablar es de una muestra plástica que está exponiendo ahora mismo en la Sala Cartel de Granada (hasta final de mes), realizada con metales y material de desecho.

Sin formación específica, especifica su formación.

Todo tiene su sentido simbólico y artístico. Todo, en un contexto apropiado, tiene una segunda vida, una “segunda oportunidad” para seguir siendo con la misma esencia pero con distinta existencia.

En Canal Sur: http://www.facebook.com/video/video.php?v=134679626566048&ref=mf

* Estrella, 2009. 50 x 50 cm. Hierro, porcelana, pan de oro y plata y acrílico sobre lienzo.

Flamenco en La Tertulia

Flamenco en La Tertulia

Todos se suben al carro del flamenco. Todos los que tienen una visión meridianamente clara y son capaces de adivinar la dimensión intrínseca de nuestro arte. Aunque parece ser que quienes debían conservarlo, protegerlo y difundirlo, se olvidan de él a favor, en el mejor de los casos, de manifestaciones foráneas. Así se recortan los presupuestos, se minimiza la representación, se ningunea en los mass media.

Desde hace tiempo (quizá desde sus comienzos, hace ya 30 años) La Tertulia, local de copas y de letras, emporio librepensante y catalizador de la cultura granadina, ha apostado por el flamenco, junto con el tango y la canción de autor, la poesía y el jazz…

Este caluroso mes de julio, su escenario se sensibiliza para guitarra y voz gemebunda o festera, para el viento endógeno que vibra para la humanidad (si la UNESCO ayuda).

El jueves 8, Elisa ‘la del Horno’, una entrañable cantaora que rondará los 80 años, matriarca de las artistas granadinas, abrió este ciclo. A la guitarra le acompañaba en contraste un jovencísimo Jonathan Morillas. Elisa cantó. Domina las saetas, las cantiñas, los fandangos, los cantes de ida y vuelta… Pero son sus palabras las que llenan el ambiente. Como los cantaores de antes, va desgranando su vida con innumerables anécdotas, mezclando un asombroso pasado con un presente esperanzador.

Lamentablemente, pocos presenciamos su entrega sin desperdicio. Lamentablemente la sala estaba más vacía que de costumbre. ¿Sería el calor? ¿Sería esa afección febril llamada fútbol? El caso es que hay momentos irrepetibles donde se aplaude tanto el arte como la humanidad, en los que es necesario dar calor y aplauso a partes iguales.

El miércoles 14 (o sea, hoy a las 22,00), el guitarrista imparable Josele de la Rosa acompañará al cantautor Fran Rodríguez haciendo “versiones de Triana y otros”.

Este mismo tocaor, el miércoles 21, estará acompañado de Iván ‘El centenillo’, cantaor inquieto donde los haya, en continua búsqueda.

Al día siguiente, jueves 22, para terminar la oferta flamenca de la temporada, el cantaor capaz Miguel Barroso, estará arropado por Pepe Agudo ‘El Agüita’, verdadero Lord Byron de la guitarra granadina, aunque más alto y con buena salud.

Podría ser noche aquella mañana

Podría ser noche aquella mañana,
se apagaron voces en la almohada,
el agua silvestre va desbocada,
callan los gritos, suena tu alma.

Voces de tierra, de tierra mojada,
inútiles ecos por la mañana,
la sangre caliente moja tu espalda,
caminan mis manos desesperadas.

La aurora resbala por tus entrañas,
campanas de gloria no dicen nada,
un niño gime en la baranda

muerto de frío, temblando se abraza.
Caminos de luto que se acercaban
puñales de olvido, blancas tus alas.