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Algunas cosas y demás verdades

Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

Acabo de terminar de leer la primera parte de Sueño en el pabellón rojo de Cao Xueqin (siglo XVIII), publicado, este primer tomo, por la Universidad de Granada en 1988. En realidad me lo he releído, pues lo leí en su tiempo, poco después de su aparición.

Años después salió el segundo tomo y el tercero no ha llegado a ver la luz (ni sé si se llegará a editar).

Sueño en el pabellón rojo es una obra maestra de la literatura china y una de las cuatro novelas clásicas chinas, que trata de las costumbres y la vida regalada de algunas familias emparentadas con el Emperador.

Son asombrosas las relaciones entre las personas, la diferencia de clases, las ceremonias, el paso de la vida…

Pensé en releerme la obra completa, las tres partes (de casi 1.000 páginas cada una), cuando la tuviera en mi poder, aunque, por no saber si el último tomo llegará a mis manos, he querido retomar los dos primeros (el segundo lo abordaré en unos días).

Mis impresiones (en su primera lectura) fueron y son abundantísimas. Tan sólo vislumbrar el ambiente de aquella época, su filosofía, su religiosidad y paisanaje, me seduce sobremanera.

Un factor, no obstante me preocupa. La obra tiene más de cuatrocientos personajes y, al estar la mayoría emparentados, sus nombres son muy parecidos. Confieso que a estas alturas confundo los actores y la relación entre ellos, salvo los más evidentes, los protagonistas, aunque, al ser genéricamente una obra coral, todos tienen su voz.

Atended si no a este párrafo extraído de la página 347, casi al azar: “Algún tiempo después Jia Zhen, acompañado de sus asistentes, anunció a Jia Zheng la culminación de los trabajos del nuevo jardín, y le informó de la inspección que ya había realizado Jia She”. Todo un trabalenguas que impone el uso de papel y lápiz para ir haciendo un índice onomástico o un árbol genealógico de los que el libro asombrosamente carece.

Así, con meridiana comprensión de quién es quién (Who’s who) me lanzaré de cabeza hacia el segundo tomo conociendo de antemano que me quedará aún una nueva relectura.

45 am

45 am

La televisión que tenemos en casa es antigua y de pantalla cuadrada, de forma que las películas panorámicas se ven recortadas por los extremos. No soy muy asiduo a la tele, casi nunca, pero en estos meses oscuros gusta arrellanarse en la camilla y visualizar una película (la prefiero con intermedios para estirar las piernas, ir al lavabo, comer algo o echarle un vistazo al periódico).

Mi padre se engancha con poco interés a lo que estoy viendo y normalmente, ya sea por su sordera senil, ya por falta de interés, ya por lo enrevesado del argumento, se queda en blanco.

Me interroga sobre lo que aparece en la pantalla, manifestando sus dotes surrealistas; otras se pone a interpretar el filme en cuestión (con las noticias también lo hace), rizando el rizo de la incomprensión o su mundo particular.

El otro día, viendo un largo sobre la guerra fría en la que entraban las prisiones en Camboya como enriquecimiento de la trama, mi padre se incorporó y, en las letras a pie de imagen, leyó “cel de Kampot”. Lo dejé con la intriga.

Después, como solían aparecer las horas en una cuenta atrás decisiva, donde rezaba: 45 am, debería haber puesto: 7,45 am.

Siguiendo el argumento, para mí no era difícil colegir la letra oculta, pero para el padre de mi hermano constituía todo un enigma. Así que lo interpretó a su manera diciendo: “cuarenta y cinco años más tarde”.

No dudaría

El martes vino mi niño con una nueva canción que le habían enseñado en el cole. Era el antiguo éxito de Antonio Flores, No dudaría. Me alegré de que no fuera una de las canciones ñoñas a las que suelen acudir las maestras para incidir en su apuesta de modernidad.

Con todo y con eso, con la gracia de los ensayos camino a casa, le sacamos punta y, con la misma música, compusimos una letra que tiene mucho que ver con el rollo carnavalero de estos días.

Si pudiera volar

como un colibrí

si pudiera aguantar

estas ganas de pis,

no dudaría,

no dudaría en comer perejil.

Si pudiera comprar

esas gafas de ver,

si pudiera sembrar

siete flores de té,

no dudaría,

no dudaría en comer perejil.

Quisiera ver a María

achicharrarse con tu ausencia,

pero nunca,

nunca más viajar a Valencia.

 

Argumentos

Ha pasado ya algún tiempo desde que cerré este blog y por una u otra vía he recibido comentarios, en gran medida para que me lo repiense, pues se me leía con agrado. Soy consciente de este seguimiento alrededor de todo el mundo y la expectación que creaban mis entradas, tanto de flamenco como de otra cualquiera intención literaria, poética o fabuladora. Pero mi decisión es irreversible, hoy más que nunca.

Cuando a los indios de Norteamérica les afectaba algún gran dolor espiritual se infringían un fuerte dolor físico que paliara en cierta manera el desasosiego de su alma.

Así, quise amputar parte de mi voz y de mi visión para contrarrestar un revés que no viene al caso su descripción.

No pienso, en principio, retomar esta actividad por ningún lado, como muchos de vosotros apuntáis esperanzados.

Quería responder una por una cada palabra de ánimo, pero no he tenido fuerzas. Valga esta nota ‘póstuma’ para agradeceros a todos vuestra atención.

He preferido escribir un artículo nuevo que expresarme en unos comentarios que sin duda después de tanto tiempo pasarían desapercibidos.

Para los que quieran seguir las noticias, críticas o novedades del flamenco en Granada, les dejo esta dirección: http://www.granadaesflamenco.com/ (en la cual empiezo a colaborar, pues ha sido más fuerte la insistencia que la resistencia).

Para los que quisieran cualesquiera otros pensamientos, tendrán que esperar a que de nuevo las cartas me caigan boca arriba, aunque me temo que la suerte nunca me mira a la cara. 

Hasta siempre, como ya dije en el post de despedida.

Hasta aquí he llegado

Hasta aquí he llegado

Ayer hubo una hermosa luna. La primera luna llena de julio. Hoy, 4 de julio de 2012, a dos días de que se cumplieran veinte años de la desaparición en vida del gran Camarón de la Isla, después de seis años y medio de artículo casi diario, doy por finalizado este blog que tantas satisfacciones me ha dado.

Gracias a las miles y miles de personas de los cinco continentes que me han seguido en este periplo. Me enorgullezco de unos lectores que sin duda he creído siempre de calidad.

Hasta siempre.

El infierno y yo

El infierno y yo

El otro día, por razones que no vienen al caso, estaba obcecado y, cuanto más obcecado estaba, más me obcecaba, simplemente por el hecho de estarlo.

Es un martirio. La depresión se alimenta de sí misma. El pecado es la condena.

Llegué a pensar que no necesitaba enemigos, pues conmigo tenía bastante. Yo solo. Yo frente al espejo. Yo reflexivo. Yo y mi cabeza (y mis circunstancias).

Para Sartre el infierno son los demás. Yo pienso como Torrente Ballester, que lógicamente era hispano (gallego para mayor abundamiento), quijote anónimo, quien insinúa en el prólogo de su Don Juan que el infierno somos nosotros mismos.

Algunos llevan la gloria consigo, otros un purgatorio continuo, incluso un limbo, muchos portamos un infierno por nuestro sentir, por nuestro carácter, por nuestro genio. (Clemenceau decía que quien tiene genio, tiene mal genio. No es el caso.)

Ya que tiene el infierno más de una boca, sabe tragarse a cada cual según corresponde a su dignidad dice Goethe en su Fausto.

El erebo se hace a medida, es como el budismo, no como el cielo que está perfectamente delimitado, perfectamente ordenado. El perfil que se necesita para entrar en la gloria es semejante en todos los mortales, pues hay que morir para ‘ascender’, porque el cielo, sin discusión, está arriba.

¿Y el averno está abajo? Posiblemente coincidan en un mismo lugar o en ninguno o en la cabeza del que lo piensa. Thomas Mann en Doktor Faustus escribe quien cree en el demonio le pertenece ya. Y posiblemente sea eso. El creyente va al cielo o se precipita en el orco, pero quien no cree tan sólo es comido por los gusanos que él mismo genera.

Esta duplicidad de Coelo et Inferno, como un mismo lugar, las dos caras de una misma moneda, el yin y el yang en un mismo espíritu, en un mismo pensamiento, es la misma dualidad (bien/mal, bueno/malo) que a todos nos atrapa.

Salvador Dalí lo expresa muy bien cuando afirma: no sabes que no existe el diablo, es dios cuando está borracho.

Verde

Verde

A pesar del calor que ya hace, ayer cogí el autobús para ir al centro y, aparte de una mariposa amarilla que se había colado imprimiendo vida a tantos rostros ajenos, pude comprobar a través de los cristales lo verde que está lo verde.

Puede que no duré mucho, pues estas temperaturas, como digo, lo secaran, lo pardearán y lo amarillearán todo más pronto que tarde.

Pero ahora, ayer, estos días, después de la generosa primavera, los árboles ya crecidos de la avenida están frondosos y verdosos y alegres por las mañanas.

Pues el verde es el color de las plantas y de la vida (de la ecología); de la juventud en su fuerza y su vigor. El verde representa la esperanza y la alegría, pero también la decadencia, suele simbolizar los celos, la ingenuidad e indiferencia (“estar verde”).

Es el color sagrado del Islam, posiblemente porque la túnica de Mahoma era verde o porque el verde es el color de la vida nueva. En el cristianismo simboliza la Trinidad. En el pasado, la Iglesia lo adoptó como símbolo pascual y la resurrección de Cristo. Osiris, dios egipcio de la vegetación (y de los difuntos), solía pintarse de verde.

El “hombre o duendecillo verde” aparece en muchas culturas simbolizando un dios de la Naturaleza o de la fertilidad en general.

La luz verde es un signo de paso libre. Originalmente, y en combinación con el rojo y el ámbar, se utilizaba para la señalización de las vías del ferrocarril; después se adoptó para los semáforos.

Cuando el verano disuelva este verde, creo que hablaré de otros colores.

50 años

50 años

Fernando Savater, en Tirar de la cuerda, un libro de ‘aforismos’ que Andrés Neuman se dedicó a compilar entresacando los subrayados, según cuenta, de una decena de libros del filósofo, que hace poco publicó la editorial Cuadernos del Vigía, nos dice que La estricta cronología no es menos arbitraria que el orden alfabético.

Hoy cumplo 50 años (me he resistido a ponerlo en letra, pero creo que una cifra tan redonda es más evidente poniéndola en número). Es decir, nací tal día como hoy de 1962. La hora no la sé, aunque quise averiguarlo en más de una ocasión. Mi madre dice que nací de noche. Todos mis hermanos nacieron de noche. Pero la noche en mi madre era bien relativa; se asociaba con la oscuridad, con la cama o con el sueño.

Medio siglo, que se dice pronto. Medio siglo sobreviviendo entre amores, desamores, amigos y detractores. Aunque, como dice Savater, la edad es un convencionalismo, es una forma (otra más) de estructurar las cosas. Los animales no saben la edad que tienen (no le temen a la muerte, según el filósofo vasco, porque no son conscientes de ella).

Después existen otros tópicos, que suelen rayar en bobería, como decir que la edad se lleva por dentro o que tienes la edad que sientes. Tenemos la edad que tenemos, mejor llevada o peor llevada, que traducido quiere decir, habiendo tenido mejor o peor suerte. Porque el albur, según los neodarwinistas, es un elemento imprescindible en la sobrevivencia de las especies, o sea, en la consecución de la vida.

Como tal convencionalismo, no tiene importancia (aunque menos la tiene el día de nuestro santo: casualmente nos llamamos de una forma que casualmente coincide con un señor que nació o murió ese día que casualmente la ‘Iglesia’ ha dado por subirlo al calendario…). Aunque la verdad llevo un año cumpliendo cincuenta. Los que no tuve, nunca los he tenido, los cuarenta y nueve (posiblemente ni los treinta y nueve, ni los veintinueve). Llevo un año diciendo que cumplo cincuenta y que no me lo creo. Entendedme, me lo creo porque los tengo, pero no soy consciente de mi edad, nunca lo he sido.

Quizá mi año natural ocupe unos meses de añadidura. Me debe costar más ir creciendo. Cada cual debería llevar su ritmo (recuerdo ahora que Silvia nació un veintinueve de febrero que, si se atañe a la letra, es decir, al número, cumpliría cada cuatro años).

Le pregunté a mi niño qué me iba a regalar. Me dijo que me compraría un libro. Pero sus ocho años (le llevo 41) no le permiten esa voluntad. Así que le dije que fuera a la biblioteca y eligiera uno de mis libros para regalarme (debo tener unos dos mil libros), a ver si acertaba. Decía que era muy difícil, que no sabía mis gustos. Sin embargo, si tengo unas obras determinadas fue porque me interesaron, que revolviera los anaqueles, etcétera.

Estoy deseando que salga del colegio para ver lo que me tiene preparado.

Lenguaje, pero no palabras

Lenguaje, pero no palabras

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no                                             [lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.

Juan Carlos Friebe me propone este texto de Tranströmer (Estocolmo, 1931, Nobel de Literatura 2011) según la traducción de Roberto Mascaró, haciéndome entender que la verdadera poesía es lo cotidiano, el eslabonamiento de situaciones, lo natural, y no lo premeditado que a veces carece de espíritu y desborda técnica e intención.

Dejar las cosas intactas

Dejar las cosas intactas

Keeping Things Whole

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in   
to fill the spaces
where my body’s been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.

Reconozco, como Monterroso, que tengo una cultura lacustre, o sea, llena de lagunas. No conocí al poeta estadounidense Mark Strand, nacido en 1934, hasta que lo leí en el autobús con motivo del FIP (Festival Internacional de Poesía de Granada).

Este Festival cuelga algunos poemas contemporáneos seleccionados en los cristales del transporte público para acercar el verso y el pensamiento del poeta en cuestión al publico.

Poco a poco, todos los textos los he ido leyendo con más o menos agrado o aplauso. Pero sobre todo éste de Strand me conmovió hasta la médula. Tanto que casi lo aprendí de memoria. Sin embargo, en su traducción algo había que no me encajaba.

A continuación copio mi propuesta que, aunque no sé idiomas ni mucho menos soy traductor, con ayuda del diccionario y otras versiones, me atrevo a plantearla así:

Dejar las cosas intactas

En un campo
yo soy la ausencia
de campo.
Esto es
siempre así.
Donde quiera que esté
yo soy lo que falta.

Cuando camino
parto el aire
y siempre
vuelve el aire
a llenar los espacios
donde mi cuerpo estuvo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para dejar las cosas intactas.

Los libros son caros

Los libros son caros

Los libros son caros. Es la frase que pronunció José Saramago al principiar su pregón en la XVI edición de la Feria del Libro de Granada (1999). Es una frase que me ronda la cabeza desde aquel entonces por su sencilla verdad, por su profundo dolor y por su cruda inmutabilidad.

El libro es caro entre otras cosas porque se grava con una gabela, como si fuera un objeto de lujo, de la que por ejemplo el material deportivo carece.

Cualquier lector que quiera estar al día, cualquier investigador, cualquier aficionado a la lectura debe hacer un desembolso importante en materia escrita. Quien tenga una biblioteca de más de cien libros o de quinientos o de mil posee un tesoro, pero más en inversión que en valor intrínseco. Digo que si se venden no recuperamos ni el veinte por ciento de su valor (y al peso, mucho menos).

Recuerdo que Saramago decía que España era uno de los países en que más se editaba y en la que menos libros se leían (no contrasté la verdad ni sé si sigue siendo cierta tal aseveración). Sea como sea, no creo que el precio de los libros determine el hábito lector de nuestras generaciones. La lectura comienza siendo quizás una obligación (o autodeterminismo) y termina siendo un placer rayano en el vicio.

(Natasha afirma que, junto al yoga y al amor, la lectura es la actividad que más le satisface.)

De todas formas, para leer no es imprescindible acumular libros (Monterroso advertía sobre los necios que basaban la sabiduría en esta posesión de libros, como si el intelecto tuviera mucho que ver con la osmosis). Basta visitar las bibliotecas y las casas de los amigos para pedir libros en préstamo o, si nos entra la fiebre materialista, siempre hay librerías de viejo que por un módico precio se pueden adquirir obras decisivas.

Hará un año que en una de estas librerías virtuales (o sea, por Internet) completé mi colección de Cunqueiro y algunos ejemplares más, posiblemente ya descatalogados.

También existe el boockcrossing que consiste en abandonar libros por las calles y quien los encuentre los lee o no y después los devuelve a ese mismo lugar o quizá en otro punto para que los encuentre otro fortuito lector. Hay ciudades, como Madrid, o localidades, como Maracena, donde han hecho la experiencia y ha funcionado.

Como aficionado no obstante tanto a la lectura como a la escritura pienso incluso que el libro no está pagado con su importe. Machado escribía que “Todo necio confunde valor y precio”. El trabajo de escribir una obra no está pagado. Entendedme. Le doy la razón al premio Nobel portugués de que los libros son caros, pero más caro es su parto.

Leo estos días la correspondencia que mantuvo Gustave Flaubert, con su amante, un amigo y su hermano durante los cuatro años largos que tardó en escribir Madame Bovary y, en esos tiempos (mitad del siglo XIX) no había más remedio que escribir y corregir a mano, con tinta y pluma y a la luz de las velas.

Concretamente, la carta enviada a Louise Colet, fechada el 25-26 de marzo de 1854, dice: Me da vueltas la cabeza y me arde la garganta de haber buscado, bregado, cavado, contorneado, tartamudeado y gritado, de cien mil maneras diferentes, una frase que por fin acaba de terminarse. Es buena, respondo de ello, ¡pero no ha salido sin esfuerzo!

Una interpretación diferente

Una interpretación diferente

Tuvimos que ir a una misa de difuntos. Llevé a mi hijo Juan, que ya acumula ocho años en su haber y, por devenires oportunos, asiste a clase de catequesis, pues el año que viene hará la Primera Comunión, como un buen marinero.

Era una misa cantada pero las canciones eran antiguas, por eso mi niño cantó sólo el Santo, que parece que no cambia a través de los años. Igualmente, otras partes de la ceremonia las respondía. Otras me preguntaba.

Al llegar la Comunión, se asombró que yo no me pusiera en cola puesto que, después de la Primera, podías recibir todas las que le secundaran. Directamente le comenté que yo no comulgaba.

Juan casi extrañado me preguntó si es que estaba a régimen.

Se me saltaron los puntos

Se me saltaron los puntos

Hace tiempo intenté leer por dos veces El mismo mar de todos los veranos de Esther Tusquets y no pude conseguirlo y eso que me agradaba el título, la crítica, el comienzo… (volveré a intentarlo). Es un libro sin puntos y aparte. La prosa es densa y continua, como quien piensa a borbotones.

No es que me dé miedo ese tipo de literatura, pues me interesa como manera exclusiva de expresión. De hecho me leí, con bastante agrado, Madera de boj, de nuestro ilustre Cela. Me gustó hasta el punto de desear volver a leerla en cuanto pudiera.

Es una forma de narrar como cualquier otra, aunque no deja de ser un ‘experimento’ puntual pues no siempre se escribe así.

La escritora estadounidense Gertrude Stein tenía verdadera aversión a los signos de puntuación, a excepción del punto y aparte, al que le consideraba ‘vida propia’.

Pensaba que las comas eran ‘serviles’, que los signos de interrogación y admiración ‘realmente repug­nantes’ y lo demás ‘artificios innecesarios de la escritura’. En general le parecían despreciables y, por tanto, no los utilizaba.

Su estilo se basaba en la repetición, como bien queda representado en su famosa frase: una rosa es una rosa es una rosa es una rosa...

Víctor Hugo, hallándose de viaje y deseando conocer la marcha de la venta de su obra Los Miserables, en 1862, envió una carta a sus editores, Hurst & Blackett, que simplemente ponía: ‘?’. Días más tarde, recibió la respuesta: ‘!’.

* Me escribe Carmen diciendo que mi entrada le ha recordado a un post que escribió este diciembre pasado en su blog (Memorable), advirtiéndome de antemano que "nada que ver con lo que dices, pero sí algo que ver jajajaja".

El rojo está devaluado

El rojo está devaluado

Cuando Europa se escora hacia la derecha nosotros nos teñimos de cárdeno. Ahora, que nuestros vecinos se entintan colorados, España cierra filas con la gaviota azul hasta conseguir que el rojo sea lo que fue, un subproducto del segundo mundo, propio de desarraigados y de gentes de mal vivir.

Sin embargo, el rojo es vivo y estimulante. Es el más cálido de los colores cálidos. El color de la sangre palpitante y del fuego bailón. Es el color de los sentidos vivos y ardientes, del corazón y la pasión, del amor y de la guerra.

Las novias indias, chinas y japonesas se visten de rojo como símbolo de amor puro, de buena suerte y fertilidad. Los calendarios cristianos marcan los días de fiesta en rojo.

El rojo se asocia con la matriz, con la fruta madura y el mito del fénix, que se destruye en el fuego pero renace de sus cenizas. También denota peligro.

La bandera roja es el símbolo de la revolución comunista, se izó por primera vez durante la Revolución francesa. Era la bandera de la Comuna de París en 1871. Más tarde fue adoptada por los comunistas rusos.

 

Lo que sé de los coches de caballos

Lo que sé de los coches de caballos

Hace unos días le comentaba a Natasha que había encontrando un término susceptible de ser incluido en mi archivo de coches de caballos.

¿Tienes un archivo de coches de caballos?, preguntó asombrada.

Sí, le respondí, tengo un archivo de todo lo que me llama la atención.

Así tengo un archivo para los asuntos de piratas y otro para las sirenas, uno para las islas flotantes y otro para los antropófagos, uno para los santos y otro para la caléndula…

Los archivos no son exhaustivos ni metódicos, al contrario, son lacustres, es decir, llenos de lagunas, como decía Monterroso, arbitrarios y contingentes, enriquecidos con citas, más o menos citables, y reflexiones personales, a veces tan sólo a modo de apunte marginal o de anotación, si de un cuaderno se tratara, orillado al margen.

De esta manera, puedo contar que las calesas eran coches de dos ruedas y un caballo; que las berlinas eran coches cerrados, de cuatro ruedas, dos asientos y vidrios; que a esta berlina también se le llamaba cupé, aunque cupé también era el compartimiento que estaba situado delante de la baca, que era el sitio en la parte superior de las diligencias y demás coches, donde podían ir pasajeros y se colocaban equipajes y otros efectos resguardados con una cubierta; que esta cobertura o tejadillo se conocía con el nombre de imperial, que también era el sitio con asientos que algunos carruajes tenían encima de la cubierta.

Puedo decir también que las estufas eran carrozas acristaladas; que el charabán era el coche de caballos descubierto, con dos o más filas de asientos; y la carretela, de la que habla Tolstoi, tenía cuatro asientos, con caja poco profunda y cubierta plegadiza.

Los franceses usan el término fiacre para referirse al carruaje pequeño tirado por caballos; y los rusos llaman troica o troika al trineo tirado por tres caballos.

Incluso diré que la barriguera es la correa que se pone en la barriga a las caballerías de tiro, siendo el tiro el conjunto de caballerías que tiran de un carruaje; que el tronco es el conjunto de estas mulas o caballos, que suelen ser dos o más; que la lanza es la vara de madera que, unida por uno de sus extremos al juego delantero de un carruaje, sirve para darle dirección, enganchando a sus lados las caballerías del tronco, que han de hacer el tiro.

Y ya puestos, el pescante es el asiento exterior desde donde el cochero gobierna las mulas o caballos; la caja es la parte donde van sentadas las personas; y el estribo es el escalón que sirve para subir o bajar de los carruajes.

Ahora dejadme que cuente la expresión de tiros largos que viene al pelo. Se usa tal modismo refiriéndose al que va elegantemente vestido o muy arreglado. Insinúa que, cuando el tiro del coche era corto, con uno o dos caballos o mulas, su dueño iba de calle; si era largo se iba de fiesta, o sea, de gala, lo que se podían permitir casi tan sólo el rey y la grandeza.

La unión de los Estados

La unión de los Estados

Hace tiempo, no sé a raíz de qué (puede ser el episodio del presidente Clinton y la becaria Monica Lewinsky en el Despacho Oval), concebí el sinónimo de Estados Empalmados, en vez de Estados Unidos, pues, bien mirado, ’unir’ y ’empalmar’ significan lo mismo, aunque en apariencia, y en intención, interpreten algo totalmente distinto.

Ahora (hace días), leyendo un libro del genial autor gallego Julio Camba, Un año en el otro mundo, de 1947, veo agradecido que uno de los capítulos se llama Los Estados Engomados. Lo cual, en apariencia, lo asemejaba con mi juego de palabras: unir/empalmar/engomar.

O sea, pudiendo ser el verbo engomar un sinónimo de unir, tal como lo es empalmar, llegué a pensar en un paralelismo en nuestros pensamientos (o sea, entre el señor Camba y yo), que ya había advertido en cualquier otro escrito.

Pero, el autor de La casa de Lúculo, con engomados se refiere a la afición desmedida de los americanos de mascar goma (lo que después se llamaría chicle, esa aberración dulce que nos hace rumiantes permanentes, que algunos se inclinan a hinchar una y otra vez frente a sus narices o marranamente juegan a estirar con sus manos).

[En Singapur, el país más limpio del mundo, está prohibido comer chicle, traficar con él. Incluso, registran las maletas de los visitantes y confiscan estas golosinas como si de goma dos se tratara o no de goma de mascar.]

Yo, sin embargo, con doble intención, quise hacer alusión a un plano erótico, quizá denunciando una doble moral, una inusitada inclinación al sexo reprimido y por otro lado a la violencia permisiva, donde está peor visto un exhibicionista que un asesino en serie.

Lamentablemente cada vez somos más americanos y los empalmados, o engomados, somos los europeos de doble mirar.

Alexander Search

Alexander Search

Alguien dijo que no se lee hasta que no se relee. En verdad, un placer personal de los amantes de los libros es retomar lo que ya se ha leído. Hay quien se lee un mismo libro, o unos mismos libros, continuamente (una vez al año, quizá).

Manolo sólo se leyó un libro, pero cuando me lo confesó, llevaba once lecturas (puede que ya haya duplicado ese record).

Los libros se clasifican, según un tácito acuerdo personal, grosso modo, en los que debería volver a leer, los susceptibles de volverlos a leer y en los que no merecen la pena volver a ser leídos (la mayoría).

Toda la producción de Pessoa, incluyendo a sus heterónimos, por supuesto, ocupan el primer grupo, tanto en verso como en prosa.

Ayer, eligiendo un libro para pasar una hora de espera mientras mi hijo desfogaba con alguno de sus pares en el tatami de judo, mi vista alcanzó El banquero anarquista y otros cuentos de raciocinio de Fernando Pessoa, unos cuentecitos (casi todos inacabados) de corte policial del autor lisboeta que admiraba este género, cuya lectura es “una de las pocas diversiones intelectuales que aún le queda a lo que aún queda de intelectual en la humanidad”. (Borges también reverenciaba la novela negra. Incluso, junto con Bioy Casares, creó el detective Honorio Bustos Domecq.)

Uno de los relatos del portugués, Una cena muy original, fue escrito en inglés en 1907 bajo el seudónimo de Alexander Search que, en el epílogo de Miguel Ángel Viqueira, se afirma que es “uno de los más antiguos heterónimos del autor”.

Efectivamente, busco el nombre de Alexander Search y encuentro que es uno de sus varios heterónimos, establecido en 1899, cuando Pessoa todavía era un estudiante y vivía en el sur de África (1896-1905) en compañía de su madre y su padrastro, que era diplomático. Con este nombre, el propio poeta escribió cartas y poemas escritos en inglés y portugués en 1903.

Alexander Search, continúa Viqueira es el eslabón entre Pessoa y lo angloamericano.

Hasta la fecha, estaba familiarizado con Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, el gran Ricardo Reis, Coelho Pacheco e incluso un tal barón de Teive. No recordaba este heterónimo anglosajón que, cuando leí el libro por primera vez (comprado en 1986), me pasó desapercibido o no atendí a la nota explicativa.

Sorprende con el comienzo de este poema de juventud, firmado por Search y traducido por Luísa Freire (estela existencialista que quizá recogiera Reis):

Another day is past, and while it past,
What have I pondered or conceived or read?
Nothing! Another day has gone to waste.
Nothing! Each hour as it is born is dead.

(Otro día pasa, y mientras pasa, / ¿Qué he sopesado, concebido, leído? / ¡Nada! Otro día se ha ido a la basura. / ¡Nada! Cada hora ha muerto al nacer.)

El café

El café

-El hecho es -repuso el doctor- que Joe, amen de mil virtudes, tiene un talento especialísimo para preparar esta bebida deliciosa...(Cinco semanas en globo, que se desarrolla en 1862, Julio Verne)

Debería ser de obligado cumplimiento en el hogar familiar poner al fuego una cafetera después de las comidas, se tome o no café. El aroma que impregna la casa no sólo sirve para paliar otros olores (del almuerzo recién, por ejemplo), sino que crea un ambiente como de acogedor intimismo.

Esta bebida, como sabemos, es excitante y está contraindicada en bastantes situaciones para determinados pacientes no necesariamente enfermos. Por tal motivo se imponen otros sucedáneos como el descafeinado. (Se cuenta que el sultán otomano Selim I (1467-1520), hizo colgar a dos médicos por aconsejarle que dejara de tomar café.)

Ahora lo sabemos, pero desde que Soliman Aga, hace más de 450 años, introdujo el café en su palacio Otomano y de ahí al resto de Europa, su consumo era socialmente adictivo y refinado. No había comida, reunión o negocio que se preciara que no tuviera una taza humeante de por medio.

Yo he sido gran cafetero. Hogaño no me sienta muy bien aunque sigo tomándolo azucarado, con mucha leche por la mañana y solo al mediodía.

Me asombra Voltaire (1694-1778), que bebió unas cincuenta tazas de café al día durante toda su vida de adulto. No por eso tuvo problemas, al contrario, vivió sano hasta los 83 años de edad.

Las moscas

Las moscas

Recientemente cayó en mis manos un librito llamado Movimiento perpetuo, tercer trabajo editorial del guatemalteco Augusto Monterroso.

La excusa de esta obra y quizá su contenido último está dedicado a las moscas. En el comienzo del libro, a modo de presentación, el micro escritor reconoce que hay tres temas el amor la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe ese sentimiento ese temor esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros Yo me ocupo de las moscas.

Cada capítulo lo introduce una cita o un parrafo de un autor que hace referencia a estos seres alados.

Más adelante reconoce que no hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema una página un párrafo una línea y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo.

No tuve que esforzarme mucho para recordar al menos a media docena de escritores que han incluido a las familiares en sus textos e incluso reconocí en mí mismo un cuentecito, Un hombre bueno, publicado es este mismo blog, dedicado a estos bichitos.

Más de treinta mil visitas

Más de treinta mil visitas

No sé desde cuándo tengo este contador que se ve a la derecha en forma de bola del mundo que da vueltas, donde se ilumina el punto en que alguien consulta este blog, pero no deben ser más de tres o cuatro años, a lo sumo cinco, y ya supera las treinta mil visitas, lo que me llena de real orgullo y satisfacción.

A veces entro en la página simplemente para saber desde dónde me están leyendo y cuántas personas me visitan a la vez. Es apasionante, aunque nunca me ha importado si llego demasiado lejos con mis palabras. De hecho, no me lo creo mucho. A esas treinta mil visitas he de restarle las veces que yo entro, el que entra por casualidad o equivocación o los amigos que reintentan su consulta.

No tengo muchos comentarios, si nos fijamos bien. Tampoco me preocupa, aunque la interacción con los lectores siempre es interesante.

Tengo otro contadorcillo abajo (un cuadrito azul), en el que se puede pinchar y nos orienta sobre bastantes cosas. Está puesto desde principios de 2008. Supera las 170.500 visitas. Se me escapa del entendimiento.

Visitas tan exóticas como Suriname, Palestina, Trinidad Tobago, Mongolia o las islas Feroe, lo que me dice que tiene que haber mucho hispanohablante por el mundo o mucho masoquista suelto.

Pensando que inauguré volandovengo en marzo de 2006, hace justamente media docena de años, creo que me convierto sin querer en una persona muy leída.

Seguiré así de cualquier manera sin hacerle mucho caso a las estadísticas, siempre engañosas (si entre tu y yo nos comemos un pollo, resulta que estadísticamente nos hemos comido medio pollo cada uno, aunque en realidad yo me haya comido el pollo entero).