Blogia
volandovengo

Algunas cosas y demás verdades

Ese delicioso objeto de deseo

Ese delicioso objeto de deseo

Aunque la belleza sea efímera, me siguen gustando las estrellas fugaces y las inquietas mariposas y la llama que muere bajo otra llama. Aunque la belleza no sea completa, su propia imperfección la redondea. ¿Quién no se ha quedado prendado de una cicatriz o de un aparato dental o de una sugestiva mirada estrábica? Gustave Flaubert opinaba que la mujer bella debía tener una leve sombra de bello sobre el labio superior y Dalí escribió que la mujer elegante no tenía nariz.

El Reino de Saba era un antiguo país supuestamente localizado entre los actuales territorios de Etiopía y Yemen. Su reina, la famosa reina de Saba, llamada Makeda en la tradición etíope (Kebra Nagast) y en la islámica Bilqis o Balkis (Balkhis), aunque no en el Corán, que, como en la Biblia, no recibe nombre alguno, acudió a Israel, entre los años 1000 y 950 a.C., atraída por la gran sabiduría del rey Salomón, a quien regaló 4,5 toneladas de oro, especias y piedras preciosas. La reina quedó tan impresionada por la sabiduría de aquel rey, según el Corán y el Cantar de los cantares, que se convirtió al monoteísmo, entonando una alabanza al Dios Yahvé; el rey entonces la recompensó con la promesa de otorgarle cualquier cosa que desease.

Estando en el palacio del rey-profeta, llamado "El Templo de Salomón" en la literatura judía (hoy día solamente está en pie la "Pared Occidental", a la que los judíos denominan "El Muro de las Lamentaciones"), Salomón condujo a la reina sabana a una estancia con el suelo de cristal. Al verse tan bien reflejada, creyó que era agua y alzó su vaporosa túnica drapeada sobre sus plateados borceguíes temiendo mojarla. El rey, sin pretenderlo, no pudo evitar fijarse en los perfectos tobillos de ébano torneado recubiertos de una cantidad de bello impropio en una dama.

Posiblemente, el terciopelo tobillo sabano, fue lo que enamoró a Salomón por los siglos al igual que la nariz de Cleopatra sedujo a César o a Marco Antonio, aunque Juan Eslava Galán sostiene que fue la succión entre sus piernas, nominándola como presa de Cleopatra, la misma presa, sugiere, con la que atrapó Camila Parker a Carlos de Inglaterra.

La muerte doble

La muerte doble

El enfermo de alzheimer, la enfermedad más cruel, empieza a recorrer un pasillo largo, aunque finito, y oscuro, cada vez más oscuro, donde una mano invisible lo va borrando por dentro mientras el cuerpo no sufre, si acaso se deteriora por dejadez, no por erosión. Es como sufrir el ataque con una de esas bombas químicas que matan a las personas pero las casas las deja nuevas.

El enfermo de alzheimer, la enfermedad del olvido, se entre-corchetea para la vida y comienza ese descenso particular y sin retorno hacia el vacío más absoluto, traspasando nuestra dimensión y convirtiéndose en ese fantasma, en ese muerto viviente, que espera la muerte definitiva para por fin descansar.

El enfermo de alzheimer, la vida ausente, muere dos veces. La primera es la muerte sensitiva donde el cerebro cierra la persiana y cuelga el cartel de que se ha ido (o que se está yendo), sin especificar el cómo ni el cuándo.

Ayer y hoy, hoy y ayer, cinco y seis de marzo de dos mil doce, mi segundo apellido, en tinieblas desde hacía tiempo, se ha tintado definitivamente de negro.

El amante lesbiano

El amante lesbiano

Hace ya algún tiempo leí esta obra de José Luis Sampedro, de la que saqué la conclusión que, a la vejez, este barcelonés gozaba con devaneos sexuales prohibidos. Podías pensar varias cosas, o la abogacía por una apuesta del amor libre en sus diferentes estadios o el canto del cisne de un erotómano posiblemente más teórico que empírico. Ahora estoy leyendo La vieja sirena, de este mismo autor, una novela entre histórica y fantástica, mitológica incluso, desarrollada en la Alejandría del siglo III, donde ya apuntaba la idea del amante lesbiano, centrada en un hombre que se hace mujer empitonado por una mujer (¿una tríbada?) a la que le gustan las de su mismo sexo.

Entre poético y cargante, con una fina concesión a la vulgaridad, este libro consta de más de 700 páginas posiblemente prescindibles, pero necesarias para contemplar la arboleda del pensamiento sampedriano, si se me acepta el término. Cuando acabe (voy por la mitad del volumen) podré opinar con perspectiva.

El otro día, departiendo con Jesús Ortega y otros amigos, sobre las ideas de este catedrático de estructura económica y, sin embargo, pensador, recordé lo más interesante de El amante lesbiano, al menos para mí, que es la teoría antedicha sobre las relaciones en el amor (en el sentido más espiritual y visceral, al mismo tiempo, que se puede tener). He querido citar de primera mano, pero, por más vueltas que le he dado a la novela, no he encontrado donde relacione las ocho formas propuestas de comportamientos amatorios.

Sampedro hace la clasificación desde lo heterodoxo, por abundante y tradicionalmente admitido, hasta lo más ladeado, por su combinación extrema. Así tenemos al hombre que siente como hombre y ama a una mujer y a la mujer que siente como mujer y ama a un hombre, que son los heterodoxos; al hombre que siente como mujer y ama a un hombre y a la mujer que siente como hombre y ama a una mujer, que son los homosexuales; al hombre que siente como un hombre y ama a otro hombre y la mujer que siente como mujer y ama a otra mujer; al hombre que siente como mujer y ama a una mujer (el amante lesbiano) y a la mujer que siente como un hombre y ama a un hombre.

Aparte de estas combinaciones, el catalán se interna por las infinitas bifurcaciones del sexo, sin llegar a Sade, y habla sin pudor tanto de formas y juegos, como la sumisión o el sadismo, hasta las prácticas entre dos o más actuantes (menages), pasando por la acumulación de las varias formas de sentir antedichas en una misma persona, admitiendo la bisexualidad y la androginia, e incluso el hermafroditismo.

Los ángeles, para ser ángeles, siempre lo he pensado, no pueden ser asexuados sino hermafroditas.

Llamadme Diciembre

Llamadme Diciembre

El otro día le dije a mi hijo que había quedado con Mateo, músico y artista variado, para tratar un tema que en principio desconocía. ¿Quién es Mateo?, me preguntó. ¿Recuerdas que estuvimos en su casa y que te enseñó su colección de instrumentos y que tenía una niña pequeña que se llamaba Abril?, le refresqué la memoria. Pues yo quiero llamarme Diciembre, respondió. ¿Por qué?, me extrañé. Porque así se celebra mi santo durante todo el mes, concluyó.
Y, es verdad, cuando le presentamos a Abril, le hice la bromo de que durante todo el mes florido sería su día, al igual que quien se llama Julio, continué ilustrando, y no digamos el que se llama Domingo.

El frío en Granada

El frío en Granada

Recuerdo los días ateridos de mi infancia. Recuerdo que en casa de mis abuelos, lindando con el río Darro, se recogían las sábanas como cartones helados mientras se secaban en el patio. Recuerdo las paredes de nieve subiendo a la Sierra. Recuerdo los sabañones en los dedos de las manos y de los pies y en los lóbulos de las orejas, incluso. Recuerdo las continuas vaharadas en las conversaciones con tus amigos. Recuerdo los guantes, el pasamontañas, la bufanda y los leotardos para ir al cole. Recuerdo el hielo en los charcos, la nariz goteando y los pies como témpanos. Recuerdo la escarcha en los coches, los tejados blancos y los chupones en los aleros. Recuerdo cuando no había escuela por tiempo extremo. Recuerdo hogueras en las calles y castañas asadas y también las patatas, que aquí llamamos perdices. Recuerdo que se salaban las calles para paliar la helada, llena de resbalones y accidentes. Recuerdo la cama fría y la bolsa de agua caliente y los ramones crepitando en la chimenea, que le prestaba ascuas al brasero. Recuerdo cuando Granada alcanzaba las mínimas.

Estos últimos días, sin ser tan extremos, me han recordado esos tiempos de tiritones y me ha venido al pensamiento un poema que escribió en 1123 el poeta Ben Sara de Santaren cuando llegó a Granada un invierno procedente de la taifa aftasí de Badajoz y quedó tan impresionado por las gélidas temperaturas al pie de Sierra Nevada (Shulayr), que compuso El frío en Granada:

     En esta tierra se puede dejar de hacer la
oración y hasta beber vino, aunque sea cosa
prohibida,
     para poder ganar el fuego del infierno,
que siempre será más dulce y agradable que
el frío de Sierra Nevada.
     Cuando sopla el viento del norte, ¡qué
felicidad para el creyente hacerse acreedor
al infierno!
     Y añadiré, sin poner exageración en mis
palabras, lo que ya ha dicho antes que yo
otro poeta:
     Si mi Señor me arroja al infierno,
en un día como hoy, me parecerá
delicioso.

Corredores

Corredores

Todos los martes y jueves, desde hace tres años, recojo a mi hijo de la escuela y lo acompaño a otro colegio, donde tres palmeras calvas presiden su fachada, para asistir a clases de judo, porque en el suyo no ofertan esta actividad. Ya está a punto de pasar a cinturón naranja.

Mientras se desfoga en el tatami, tengo una hora para pasear, tomar café o leer (o todo junto). Me suelo sentar, cuando el tiempo lo permite, en un banco de los jardines del Salón, junto al río. Despliego mi libro y viajo sin moverme a otro mundo, a otra época, a otras vidas. En medio de la lectura, entre párrafo y párrafo, pasan ante mí otros paseantes, con o sin perro, y bastantes corredores, con o sin perro, jóvenes atléticos (o no tanto) de ambos sexos que castigan su cuerpo para mantenerse en forma, sobre todo estos días, después de la Navidad (pasado el verano ocurre lo mismo).

A la mayoría, según una visual de superficie, no le hace falta correr. Ya son esbeltos y apretados. A otros en cambio, me temo, que por mucho que corran la grasa los alcanza.

Hay quien está habituado a este ejercicio y lo realiza de forma natural. Pero normalmente el corredor se autoimpone la carrera como autogastigo por el “abuso” que se comete en estos días pasados, o el que se piensa cometer. También es muy corriente que, en llegando el verano, se haga todo tipo de ejercicio para disfrazarnos de Tarzán.

Así, sentado, oculto bajo mi libro, veo al corredor que, como un toro, no para de dar vueltas, con su trote acompasado y respiración a juego; veo la chica que anda más que corre, sin estar muy convencida de esta actividad; veo a quien combina el footing con otros ejercicios, flexiones o estiramientos; veo quien corre en pareja o en grupo, como si fuera un divertimento, y hablan y ríen a la par; veo quien lleva cascos con su música diseñada y corre a compás; veo quien va a exhibirse con su nuevo equipamiento; veo quien corre porque a su chico o a su chica les gusta correr; veo quien corre para que su perro, entrado en carnes, haga ejercicio; veo quien se pica con otros corredores y necesita adelantar a todos, ponerse el primero, aunque en un circuito cerrado eso es relativo; veo quien jadea más que corre; veo quien salta más que corre; veo quien corre que te corre…

Todos tienen algo en común: no huyen de nadie. O, más bien sí: huyen de esos kilos de más que acumula todo el que vive bien. Las dos empresas más necesarias y quizá más lucrativas de nuestra sociedad tienen que ver o con la manera de engordar o con la manera de adelgazar.

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov. El cuento no acaba con un the end definitivo, sino con un pensamiento suave, como con un punto y aparte que deja abierto todo el texto, como si el relato pudiera extenderse por cualquiera de sus esquinas. De hecho alguno de sus cuentos continúa en otro distinto, que funciona con autonomía plena, pues son narraciones impares, pero es como si fueran dos capítulos consecutivos de la misma novela, que vuelven a acabar de forma intrascendente para no cerrar el libro; dejarlo en cambio abierto entre las manos y atender el inmenso horizonte de ese final.

Ocurrencias olvidadas

Ocurrencias olvidadas

Cuando se juntan dos antiguos amigos se habla más del pasado que del presente. La otra tarde, tomando una cerveza con CS y rememorando momentos de antaño, me habló de M. Por muchos datos que me dio, no lograba recordarlo. Es de las personas conocidas que han pasado por mi vida sin dejar huella de ninguna clase. Que si no llega a ser por un nuevo encuentro o mención (como en este caso), es como si no hubieran existido.

Una de las referencias que me dio CS del amigo común, me revolvió la memoria, sin llegar a reconocerlo apenas como una nebulosa en las entretelas del olvido. Según yo, me comentó, M. era el hombre más puntual del mundo, siempre llegaba exactamente media hora tarde.

Reconocí la ocurrencia como mía, con toda probabilidad, pero si la hubiera leído dudaría de ella como autor. Así, no me extraña que cite algo que yo dijera, pensara o escribiera, diciendo que “alguien dijo…” o que “leí en no sé dónde…”.

A raíz de esto, recuerdo otra anécdota. IV me dijo que nunca olvidaría cuando en la evaluación de un curso que yo dirigía saqué un papelito menudo, la octava parte de una octavilla, escrito por una cara. Todos pensaban que mi reflexión iba a ser breve e incompleta. Después de llevar media hora hablando, el director general me preguntó si todo lo que estaba diciendo lo tenía apuntado en el papelito. Le dije que no, pero que sabía leer entre líneas.

Hasta que mi amiga no me contó este episodio era inexistente. No me acordaba de él para nada. Incluso, después de haberlo escuchado, tardé en asimilarlo como mío.

A veces saben de ti las personas que te rodean cosas que desconoces. Haremos caso al comentario ese de que una cosa es cómo crees que eres y otra cómo los demás creen que eres. Y, para ser más exactos (o enrevesar más la cosa), cómo crees que los demás creen que eres o como los demás piensan que tú te crees o cómo eres en realidad…

Buenos propósitos

Buenos propósitos

Poco después de salir de mi casa esta mañana, mi hijo me dijo que tenía hambre. No puede ser, le dije, pues había desayunado hacía un momento. Un vaso de leche y ocho galletas, me confesó. Me comería un caballo, dijo recordando alguna película o vete a saber qué. Bueno, un caballo no, reflexionó, porque es mi segundo animal favorito. El primero es, me dijo sin yo preguntarle, el guepardo. ¿El guepardo? Porque corre más que ninguno y es carnívoro, añadió como manifestando su preferencia por la carne. ¿Ya no te gusta el basilisco?, pregunté recordando un trabajo de clase donde dibujó a este animal mitológico ante la extrañeza de la maestra y los compañeros. El basilisco no existe, me respondió como decepcionado, quizá por la espeluznante clarividencia de algún “enteradillo”. Tampoco existe la felicidad completa y no dejamos de buscarla, fue mi respuesta encendida en una mañana de víspera de Reyes, mientras entramos en una panadería para comprarle tres rosquillos de anís, donde se nos colaron dos señoras pintarrajeadas con abrigos de piel.

A mi hijo sé que puedo darle esas repuestas y hablarle de lo divino y lo humano, de lo que se ve y de lo que se sueña. Por eso, cuando lo llevé a la tienda de música de un amigo y le preguntaron qué instrumento tocaba, dijo la batería y la guitarra y el órgano y todos los que veía e identificaba, y es que para él todo estaba a su alcance, con ocho años recién cumplidos el mundo es maleable, se ajusta perfectamente a la medida de nuestros deseos y así debe ser.

La Navidad es la Navidad, tiempo de vacaciones y regalos, aunque también de renovación, como la primavera, como el comienzo del curso, como el veraneo…

Los kioscos, las editoriales, lanzan colecciones en estos tiempos de cambio en los que nos proponemos adelgazar o dejar el tabaco o leernos por fin ese libro gordo o retomar nuestras clases de ikebana o pintar la fachada o hacerle más caso a nuestros padres o viajar a Florencia o mil cosas.

El Año Nuevo, con uvas o sin uvas, con ropa interior roja o sin ropa interior, con el pie derecho o el contrario… siempre conlleva un cambio, siempre admite un deseo que no siempre hace falta desear porque es lo que siempre estamos deseando. Un trabajo, un amor, un techo o la salud.

Son tiempos difíciles y nuestros deseos se han simplificado. Recuerdo un anuncio, aunque no recuerdo lo que anunciaba, que recomendaba: “¡vaya alegre por la vida!”. Y quizá ahí se encuentre la felicidad completa, el basilisco, en sonreír, en regalar sonrisas y alegría y en trasmitir esos buenos propósitos de trazar en el mundo una nueva franja de color.

Feliz 2012 a todos los lectores de este blog.

Puente de barcas sobre el Guadalquivir

Puente de barcas sobre el Guadalquivir

Las maneras lógicas de atravesar un río sin mojarse son cruzando un puente o en una embarcación. Lógicamente, al hombre se le ha ocurrido a lo largo del tiempo un híbrido entre estas dos soluciones: un puente de barcos, o sea, una pasarela flotante, bien anclada al fondo, bien afianzada entre las dos orillas.

Mi amiga Mayte de Sevilla me manda información sobre un puente de barcas que se practicó sobre el Guadalquivir en tiempos almohades, construido por orden del califa Abu Yucub Yusuf en 1171, a su paso por la capital, justo donde se encuentra el actual puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. Esta pasarela flotante unía Sevilla y Triana. Por él cruzaban los presos al castillo de San Jorge, sede de la Inquisición, con destino al quemadero de San Diego.

Estaba realizado, me escribe, con barcazas de madera ancladas al fondo y sujetas por garfios de hierro. Para paliar el efecto de las mareas en los extremos del puente se colocaron muelles flotantes sobre pieles de cabra hinchadas de aire. El puente estaba sujeto con dos grandes malecones. En ocasiones en las que había riadas, se llegaba a soltar aislando a Sevilla de Triana y de su entorno. (En realidad, se documentan varios puentes de esta guisa en aquellos tiempos a través del Betis.)

Con la construcción del puente actual, el de barcas se desplazó río abajo hasta el Muelle de la Sal, y sobrevivió hasta 1852, año en el que fue desmantelado.

Aunque esta idea viene de antiguo.

Ya Jerjes I, en el siglo V antes de Cristo, mandó construir un puente de balsas sobre el estrecho de los Dardanelos, que separa las partes europea y asiática de Turquía, por el que cruzó con su ejército de dos millones de hombres, cuentan. Este puente fue construido junto a la antigua ciudad de Abidos, en un punto en el que el mar se restringía a siete estadios (cerca de 1.200 metros). El puente fue destruido por la violencia del mar precisamente cuando los trabajos estaban casi concluidos. La ira de Jerjes se abatió entonces con dureza sobre los responsables de la construcción que fueron condenados a ser decapitados. Al mar, sin embargo, se le conmutó la pena de muerte por la de la flagelación..

Los ingenieros de Julio César, durante la guerra de los Galias, levantaron un puente sobre el Rin (500 metros de largo) en el tiempo récord de diez días, incluida la obtención de la madera necesaria para su construcción. Cuentan que las tribus germanas de la otra parte del río quedaron tan impresionadas por esta obra que se sometieron a Roma.

En tiempos de Calígula (año 38 o 39), el Imperio sufrió una grave crisis económica, y su consecuente hambruna, debida, según Suetonio, a que Calígula confiscó la mayoría de carruajes públicos, y, según Séneca, a que el Emperador impidió el uso de barcos para el transporte de cereales para utilizarlos como puente flotante.

Este puente flotante, que rivalizaba con el que levantó Jerjes I en el Helesponto, consiste en dos enormes embarcaciones, que figuran entre las más grandes del mundo antiguo (las cuales han sido encontradas en las profundidades del Lago de Nemi), a través de las cuales el Emperador hizo calzadas, plantó árboles y jardines, erigió un templo consagrado a Diana y edificó un palacio flotante con suelos de mármol y su propio sistema de cañerías.

Estos puentes existen hoy en día, como puede ser el Puente de Alfonso XIII, en Larache sobre el río Lukus, que fue abierto al tráfico el 23 de enero 1929; o el puente flotante de pontones sobre el río Kabul, en Pakistán, que se sostiene sobre barcas de quilla plana en lugar de utilizar pilares fijos.

* Puente de Barcas en 1851, en el emplazamiento que tuvo desde el inicio de las obras del puente de Isabel II, hasta su desmontaje en 1852.

La unión y la fuerza

La unión y la fuerza

La primera noticia que tuve de los dholes o perros salvajes asiáticos (Cuon alpinus) fue en El Libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling. Era impresionante cómo este grupo de animales, de pequeño tamaño lo arrasaban todo, por su número y por su perseverancia. El escritor británico los describe así:

“¡Los dholes, los dholes del Dekkan, los perros de rojiza pelambre, los asesinos! Vinieron al norte desde el sur diciendo que en el Dekkan no había nada y exterminando todo a su paso”.

Todos en la selva, hasta el animal más fiero, el tigre, le tenían verdadero pánico a esta marabunta, a la que venció Mowgli, el niño que convivía con los lobos, con su astucia y con la inapreciable ayuda de los consejos de Kaa, la independiente pitón de nueve metros, y el pueblo diminuto, "las laboriosas, feroces, salvajes y negras abejas de la India".

Dentro del rechazo que puede producir una manada de asesinos de este calibre, mi admiración era mayor cuanto más conocía a esta especie, su organización y disciplina, obediencia a los alfa y método destructivo. Me recordaban a las hordas salvajes de los hunos de Atila que, al pasar, no dejaban en pie ni una brizna de hierba.

Estos animales, los encontré más tarde en Creación, de Gore Vidal. El escritor estadounidense comenta: “El más peligroso de todos los animales de la India es el perro salvaje. Se mueven en manadas. Son mudos. Son irresistibles. Aun los animales más rápidos caen finalmente, porque la manada no cesa de perseguir día tras día al ciervo, al tigre, incluso al león, hasta que se fatiga y vacila. Y entonces, en absoluto silencio, los perros atacan”.

El hombre, o sea, nosotros, en el amanecer de los tiempos, salvando las distancias, deberíamos ser así, “asesinos” y carroñeros, que basábamos nuestra supervivencia en el número y en la constancia.

El dhole, leo en alguna página de Internet, está en peligro de extinción ya que se calcula que quedan menos de 2.500 adultos en estado salvaje y, si se sigue así, seguirán disminuyendo.

Las posibles amenazas a la especie, consulto en otra página, son la pérdida de hábitat, el agotamiento de sus presas más importantes, la competencia interespecífica, la persecución por parte del hombre y las enfermedades que les transfieren los perros domésticos o asalvajados.

Perros salvajes también hay en Australia, es el dingo (Canis lupus dingo), descendiente del lobo asiático, aunque, curiosamente, este cánido es solitario y también en peligro de extinción.

Y, en África, quizá los más conocidos, encontramos el perro salvaje africano (Lycaon pictus), como los otros andan escasos de población, de los que habla Julio Verne en su libro Cinco semanas en globo:

“-… ¡Mirad qué bandadas de animales que marchan en columna cerrada! No bajan de doscientos; son lobos.

-No, Joe, son perros salvajes, pertenecientes a una famosa raza que no teme luchar con el león. Su encuentro es para los viajeros el peligro más terrible. El que tropieza con ellos es inmediatamente hecho pedazos”.

Pequeños placeres de la carne

Pequeños placeres de la carne

Un antiguo chiste decía que los caníbales en realidad son vegetarianos, pues lo que más aprecian son las palmas, las plantas, el coco y el nabo.

Para mi hijo, la otra noche, quise hacerle chuletillas de cordero para cenar. Cuando se lo dije para ver qué quería de acompañamiento, tomate picado, arroz cocido o patatas fritas, me dijo que lo sentía, que no podía comer cordero.

Interpretando un consejo médico o alergológico, no quise insistir. Llamé a su madre por si acaso, pero como no respondió, le preparé un sandwiche de jamón y queso.

Al rato, me llamó su madre para ver qué quería, y se lo cuento. Ella se extraña y le paso el teléfono al niño que dice que, como el cordero es hijo del cerdo y no puede comer cerdo, con toda la lógica del mundo, no puede comer cordero.

La explicación de que son dos animales diferentes y de que la cría del cerdo es el cochinillo ya llegó tarde. Así que las chuletas se las comió a la siguiente cena.

Sin tener nada que ver, hace unas semanas durmiendo, Juan se despertó temprano. Ante mi extrañeza me dijo que es que había tenido un sueño y se había mordido en el brazo.

Resulta que, en un merendero, le habían puesto un pollo sabrosísimo. Su tío, que siempre le está chichando, se lo quitó del plato. Cuando se lo devolvió, una vez que hubo pataleado, antes de que cayera en el tajador, pegó un bocado con ganas, asiendo, en vez del pollo ficticio, su muñeca real.

Mi unicornio azul ayer se me perdió

Mi unicornio azul ayer se me perdió

La pesadilla comenzó el miércoles por la tarde. Ayer, jueves, era un sinvivir. Esta noche ha sido imsomne y larga, y el despertar arriesgado. A media mañana, sin embargo, recibí una llamada de esperanza.

El ordenador (mi archivo, mi memoria, mi confidente) llevaba un tiempo relentizándose, dando problemas de conexión, etc. Por eso fatigaba programas antivirus, limpiadores y desfragmentadores para intentar, si no solucionar el problema, evitar que fuese a mayores.

En la última limpieza, sin embargo, la pantalla, como un gran monóculo, cerró su ojo y el disco duro decidió echarse a dormir. Ante mi insistencia por recuperar su latido, me respondía la indiferencia. Sus constantes vitales estaban bajo mínimos.

Llamé entonces a una empresa de rescatadores, a ver si el boca a boca profesional era más eficaz que el aliento amistoso. Se llevaron el cuerpo al taller con los pies por delante temiendo lo peor.

La primera llamada fue para hacerme el cuerpo a su pérdida definitiva. El disco duro no respondía ni con oxígeno. No obstante lo mantendrían entubado en la sala de cuidados intensivos.

Mi pobre memoria, el contenido de toda una vida a la basura. Letras, canciones, poemas, artículos, pensamiento, una novela casi acabada, cientos de fotos, correos, cartas, trabajo... y sin copia de seguridad desde hace muchos meses.

Ahora me llaman y parece que respira, que hay una ligera esperanza. Me alegro como si fuera un ser humano. Me alegro por recuperar mi mundo, mis recuerdos, mi intimidad.

Si lo recupero haré varias copias de seguridad. Si lo recupero me volverá la sonrisa. Si lo recupero puede que no me afeite la cabeza ni me vaya de ermitaño a un monte perdido, más cerca del cielo que de la tierra, donde no haya electricidad ni cobertura y la única conversación posible la tenga que mantener con una cabra encima de una peña.

El pilla pilla escondido

El pilla pilla escondido

No sé dónde leí la cuestión, si todos los niños son sobresalientes por qué al llegar a adultos son tan mediocres.

El hijo es estupendo para sus padres, es un ser único y particular. Todos tienen reacciones y salidas extraordinarias que, por otra parte, no dejan de ser cosas de niños.

El niño que no destaca en un terreno, sorprende en el otro. Los valores físicos e intelectuales se acrecientan en nuestros retoños. Es, guardando las distancias, el viejo refrán de que el ojo del amo engorda al caballo.

Cuando escribo de mi hijo Juan soy consciente de esta doble vara. El pudor me impide elogiarlo en demasía. La razón me dicta que mis ojos posiblemente alejen un poco más el horizonte que se ve.

Lo que es verdad que Juan, quien lo conoció lo puede corroborar, con año y medio ya hablaba, que parecía que llevábamos a un enano en el carrito; y con dos, además de defenderse don el teléfono, contaba un chiste, que dudo que entendiera...

A los tres años fue con su madre a Estambul por ocho o diez días (creo que ya lo he contado en estas mismas páginas) y cuando vino me dijo: "tenía ganas de verte, por que no me acordaba".

Ahora tiene siete años y medio (el medio es muy importante en estas edades) y sigue a mis ojos tan aventajado. Aunque sus logros no son tan dignos de compartir que cuando su razón era tierna.

Entramos el otro día al baño para que se lavara las manos y lee la etiqueta del jabón líquido, "Gotas de oro", y dice, "eso es mentira".

Ayer me dijo que era el mejor de su clase jugando al pilla pilla escondido, porque hace como que tiene miedo, se le encogen los huesos y corre más rápido (¿?).

Canturreos

Canturreos

Nietzsche afirma que los que cantan son felices y, acto seguido, se pregunta por qué cantan los rusos. Ignoro si el pueblo soviético de principios de siglo, cuando el pensador alemán podía haber escrito esta sentencia, eran felices o no, con la revolución del diecisiete al caer o en pleno conflicto civil o quizá en la posguerra. Lo que sí puedo asegurar, después de haber tratado algún ruso, es que son cantarines.

También, no me cabe duda, que el cante (individual) o el canto (coral) es motivo de dicha. Se canta cuando se está alegre y cuando se está bebido, es una manifestación del ánimo y, aunque Nietzsche se refiriera al canto en grupo, existe un exquisito acercamiento al canturreo o al cante individual, muchas veces entre dientes o simplemente naneando, en las labores cotidianas, bajo la ducha o durante la limpieza.

La televisión, entre otras cosas, ha mermado nuestra inclinación al canturreo. Antaño nuestras madres, abuelas y trabajadoras del hogar, por poner un caso, entonaban las cancioncillas de moda o acompañaban los sones de la radio.

Es un cante individual, aunque no tiene por qué ser solitario. Así, no es difícil que al entrar a un taller, verbigracia, algún operario, o más de uno, por su cuenta esté canturreando.

Ferrer Lerín, el que me anima a colgar esta entrada, comenta en su blog que esos cantantes “son inconscientes de su ejercicio de canto” y que el canturreo es “esa cancioncilla indefinida que susurra cuando [se] es feliz, una costumbre que sólo grandes personalidades –José Luis Sampedro, Belita, Nardo Vuelco- son capaces de mantener durante toda una vida...”. Se asombra, por otro lado, que dos de estos cantantes, del que él hace mención, Sampedro y Belita (dentista local), coincidieron recientemente, después de que hubiera hablado de ellos.

Hay algo más que se acerca al canturreo que mi mente empareja, aunque es completamente distinto. Se trata de la cancioncilla nemotécnica que antes teníamos en las escuelas (los mayores se acordaran) para aprendernos las lecciones. La oración de la mañana era prácticamente musical y la tabla de multiplicar o los límites del estado español (España limita al norte por el mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separan de Francia) los aprendimos cantando.

Ahora me encuentro, en la panadería que acudo a diario, que la dependienta me despide con un “hasta luego” musical que, suavizando la ge y alargando la o final, me alegra la mañana.

* José Luis Sampedro en la foto.

El duelista

El duelista

Los hombres que no se baten en duelo creen que los que
se baten en duelo a muerte son valerosos (Lautréamont).

Borges dice que todas las criaturas son inmortales, menos el hombre, pues ignoran la muerte. Puede que la esencia del héroe estribe en eso, en sentir la eternidad, aunque sea momentánea. Por eso, el héroe permanente es irreal. Lo que realmente existe son las heroicidades, el puntual superhombre. Que una persona sin pensar en más se lance a las llamas para salvar a un niño o que salte a las vías para librar a un semejante de una muerte segura, pues el metro lo arrollará en unos segundos, son momentos impensables de gloria. Ese momento nos ciega. El fulgor nos llama. La muerte no existe, sin embargo. Por eso desafiamos las aguas bravas o el edificio que se desmorona. Como el niño, que ve la muerte tan tan lejana que lo hace temerario, inconsciente si queremos. Qué va a pasar, se pregunta, quitándole importancia a su atrevimiento. En el fondo, empero, nadie es consciente de su propia muerte, tal vez el suicida. La muerte, por experiencia, siempre les llega a los demás. Somos inmortales hasta que no se demuestre lo contrario. Soy el novio de la muerte, cantan las legiones españolas. ¿Arrojo? ¿Valentía? ¿Deber a la patria? ¿Soledad? ¿Hastío?

Dios ha muerto, firmó Nietzsche. Haciendo un ingenioso juego de palabras, alguien dijo Nietzsche ha muerto, y lo firmó como Dios. Qué sentencia será más real. Para los millones de personas que creen en Dios, la segunda, desde luego, pues Dios es inmortal, no tiene principio ni tiene fin. Para los creyentes Dios es el único ser cuya esencia es su existencia. Para el resto quizá, tanto el pensador alemán como el supremo hacedor han muerto o no existen, que no es lo mismo pero es igual.

El condenado a muerte, pensaba yo con cierto romanticismo perverso, tiene la suerte de pedir su última voluntad, un pensamiento, un cigarrillo, una carta, un beso. Quizá también, siguiendo con el macabro pensamiento, el enfermo terminal, no el moribundo postrado en el lecho, sino el que conoce, por un virus o una dolencia degenerativa que sus días están contados, que su vida tiene límite, que su colear caduca, puede conformar el resto de su vida, entonar en esos meses, semanas o días, un canto de cisne a medida. (También podríamos falazmente vivir cada día como si fuera el último.)

Se cuenta que Nerva, consejero del emperador Tiberio, antes de quitarse la vida dijo que quien se suicida dispone así de su propia muerte. Hay suicidados voluntarios (permítaseme la redundancia); suicidados que planean su muerte, a cambio de los suicidados por puro arrebato. Los primeros pueden preparar el terreno, escribir despedidas, dilapidar sus bienes o pedir un préstamo, pongamos por caso. En definitiva poder hacer una “locura” (¿otra?).

Pero, al igual que Krahe abogaba por la hoguera, yo me inclino, entre las muertes anunciadas (recordando a García Márquez), por el duelo a pistola. (A espada, tiene también su entelequia pero se necesita una formación previa, una destreza momentánea y una fatiga postrera, que no sé hasta que extremo estaría dispuesto a asumir, aunque Jules Barbey D’Aurevilly dijera: …una bala, la única arma que mata sin apasionarse, en tanto que la espada, por el contrario, comparte la pasión de la mano.)

El duelista puede perecer o salir invicto, terminar herido o moribundo. El duelista puede hacer testamento y ordenar lo que deja, si acaso lo deja. Aunque lo más importante, llegado el caso, además de lavar su honor, demostrar su elegancia y caballerosidad, etc., es el discurso caído, las últimas palabras de su vida entre difíciles respiraciones o estertores, toses definitivas, mientras por la boca se le escapa la vida. Unas palabras que habrá estado rumiando toda la noche hasta la amanecida, hasta despuntar el alba y entre vaharadas, antes de que el sol sonría, elegir arma (o coger la sobrante), jurar dignidad a los jueces, presentar testigos, que son los padrinos (no de boda, sino de muerte), dar la espalda a su fiel enemigo, avanzar los números que se cuentan para alejar la distancia, encomendarse al cielo o a las sombras, rogar para tener el temple suficiente de no disparar antes de que termine la cuenta y, a ser posible, no antes que su adversario, darse la vuelta, apuntar sin flaqueza, disparar hábilmente, recibir el impacto con gallardía, caer con entereza y, en lo brazos de alguien que difícilmente tapona la herida con un pañuelo, quizá de encaje, quizá de seda, repetir las palabras repetidas durante toda la velada ante el espejo acaso, despedirse del mundo sin rencor, perdonar a su oponente y, sobre todo, declarar el verdadero amor a la dama de sus sueños.

Podemos ir en paz.

La noche de la sinrazón

La noche de la sinrazón

La cabeza es un instrumento delicado. Posiblemente es el elemento definitivo que determina nuestro paso por el mundo y la relación con nuestros semejantes. El equilibrio, más o menos estable, de las neuronas que contiene nuestro cerebro nos hace superar el día a día con la esperanza de un mañana que nunca llega.

Es nuestro leit motiv, es el motor de la humanidad, el principio y fin de las religiones. Un porvenir clarividente, un posible más allá, un paraíso a medida.

Pues la vida existe porque está en la cabeza. El pensamiento abarca cuanto ocurre, lo que ha pasado y lo que llegará a suceder.

¿Pero qué pasa cuando nuestro mecanismo falla, cuando ya no coordinamos esas neuronas, cuando nuestra mente descansa o se muere por las mismas causas que el olvido, es decir, por desuso, interferencia o desinterés?

La noche de la sinrazón, como no dudo en llamarlo, es el estado final. La noche profunda no es tan cruenta como la anochecida, como el avance de esas tinieblas que hacen aún percibir un poquito de luz, unos celajes, un punto cada vez más desvaído, hasta que la opacidad es completa.

Quizá no muere el que muere, porque hace falta morir dos veces para morir definitivo. Quizá el que muere deja un recuerdo anímico y constante. La estela bondadosa del amor de primera mano.

Es el que pierde la razón el que muere definitivamente cuando muere. Es el demente el que se encarga con su ausencia de ir borrando esos recuerdos que le hacían un igual. Tal vez sea el loco el que va difuminando su relación con el mundo pasando paulatinamente del ser al no ser, quemando su memoria en una combustión lenta, pero determinante.

Aquejado de alzheimer, lo realmente duro es el proceso inevitable de esa primera muerte callada, cuando se es consciente de que cada vez menos hilos nos unen a la realidad, cuando somos conscientes de los recuerdos que se nos escapan, cuando sin remedio vemos estrecharse nuestro entendimiento. Lo malo es sentir poco a poco apagarse las bombillas, como al final de una feria, y entrever la ciega escoba arrastrar las barreduras para no devolverlas jamás.

Y, cuando el último hilo se rompe, ¡ay!, la noche inevitable se cierne a la espera de la segunda visita de la señora de la guadaña.

El monstruo de Bodegones

El monstruo de Bodegones

El otro día, y sin venir a cuento, me hice una herida sangrante como matanza de gorrino. Digo “sin venir a cuento” porque no fue provocada por nadie ni por nada. Me disponía a subir un escalón elevado en local conocido y, al apoyar la mano en la pared, para secundar al equilibrio, una boca roja cruzó el dedo corazón de mi derecha, que empezó a llorar a borbotones y tardé un buen rato en controlar, dejando un rastro incuestionable a mi paso.

Al observar la pared para descubrir la púa, cristal o astilla capaz de producir abertura tan limpia, no la hallé. Por el contrario, el murete brillaba liso e indiferente. No tenía explicación.

Necesité hasta tres curas esa noche para controlar los leucocitos y hematíes que se habían revelado y deseaban abandonar mi cuerpo sin permiso alguno.

Al día siguiente, al recoger a mi hijo del colegio, le enseñé la raja, que, aunque cegada con apósito al uso, evidenciaba la sangre en estampida. Aún sigue latiendo.

La única razón que pude darle es que había sido víctima fugaz del monstruo de Bodegones. Haciendo memoria recordé que esta figura abominable portaba sendas cuchillas en las manos, a modo de cizallas, permanentemente en tensión; que gusta de frecuentar caserones antiguos, así como sus bibliotecas y bodegas (llegué a pensar que por este gusto le venía el nombre, pero después descubrimos que no era así); por último, no sé por qué lo suponía con más querencia por damas, y jóvenes, que por cualquier otro ser humano.

No pude enriquecer esta descripción con detalles más específicos y fidedignos por mucho que quise rememorar algunas lecturas hagiográficas que se difuminaban en mi mente. No obstante, prometí que al llegar a casa íbamos a investigar sobre ese endriago de corte tan exquisito.

Efectivamente, tanto en Internet como en los anaqueles que conforman mi breve librería desde que me mudé, indagamos para darle marchamo de autenticidad a la historia de mi accidente. Tan sólo encontramos, sin embargo, una referencia en la Minuta de monstruos de Joan Perucho. En su primer ítem, donde cuenta algunas de las aventuras del conde Potocki (1761-1915), y hallándose éste con unos amigos en la ciudad turca de Capadocia, advirtió en un cuadro donde reproducía la escena de san Jorge con el dragón “una extraña figura de hombre-escarabajo que, erecto, transitaba utilizando las patas traseras, avanzando espeluznante los brazos hacia delante y agitando dos poderosas cizallas a guisa de mandíbulas”.

Esta misma imagen la describió Menéndez Pelayo en el Madrid de su época, casi un siglo después, dándole el nombre de “monstruo de Bodegones”, por haber aparecido por primera vez en la calle Bodegones, precisamente en la carbonera del ministro O’Farill.

Más tarde, siguiendo el relato de Perucho, el conde Potocki visitó la ciudad subterránea de Kaymakli y “en el preciso instante en que con las antorchas visitaban las bóvedas del piso octavo, les salió un ruido preocupante de las cavidades inferiores, muy parecido al que producen unas cizallas accionando furiosamente. Tan pronto vieron aparecer el horrible hombre-escarabajo, continúa el autor catalán, en la desembocadura del túnel, huyeron sin dilación escaleras arriba sin oponer ninguna clase de resistencia”.

Uno de los compañeros del conde polaco, Von Worden, a su paso por España, donde escribió El manuscrito encontrado en Zaragoza (“falseando, no obstante, fechas y algunos personajes”) murió años más tarde bajo las cuchillas del hombre-escarabajo. “Fue una muerte horrorosa”, termina espantado Perucho.

No cabía duda, el monstruo de Bodegones nos visitaba en estos días, quizá nunca abandonó la península, después de haber seguido a los personajes del relato.

Al punto, leyendo la descripción del engendro antropomorfo, recordé a Gregorio Samsa, pero el metamorfoseado de Kafka tendría que ser muy diferente. No así un personaje aparecido en la película 300 a las órdenes del rey persa, Jerjes, que cortaba cabezas por encargo. Este mismo personaje, creo revivir, también apareció en un film pseudo erótico sobre Calígula y su colección de adefesios.

Otra referencia se agolpa en mi cerebro sin llegar a iluminarse del todo. Creo haber leído sobre la presencia del monstruo de Bodegones en una antigua biblioteca del oriente próximo, ya sea en Babilonia, ya sea en Nínive o en Pérgamo, creando escenas de esperpéntico terror.

Lo cierto es que habrá que tener cuidado de ahora en adelante en dónde nos metemos y por dónde caminamos y, ante cualquier ruido metálico de cuchillas que se abren y se cierran, tomar las de Villadiego, que siempre es más castizo que poner los pies en Polvorosa.

* La ira de Jerjes antes de darle orden al hombre-escarabajo de cortar una cabeza.

Los pájaros y la ciencia

Los pájaros y la ciencia

A veces las casualidades superan los programas. Este domingo fui al Parque de las Ciencias con mi hijo Juan, el único que tengo (que sepamos). Tenemos la tarjeta de ’Amigos’ con la que acudimos a menudo a ese lugar de recreo.

Él quería ver los aviones, subir a la torre, ver los animales disecados, jugar con el agua, interactuar con el robot de la entrada... Yo pensaba ver la exposición de Escher.

Pero, al atravesar el primer pabellón, tras la cristalera vimos un pajarillo multicolor atrofiado en el suelo. Parecía tener un ala descompuesta.

Lo cogimos y lo llevamos al puesto de las aves rapaces para que le dieran aliento. Cuando lo cogió uno de los encargados, abrió la mano para mirarle la supuesta herida y, el pajarillo (un verderón, nos dijeron), salió volando, con una salud y libertad envidiables.

Parece que tan sólo se había dado un trompazo contra el vidrio. Tendría ganas de ver también alguna exposición.

Acto seguido (o un poquito antes) vimos a un gato negro congelado. Estaba quieto quieto, con la pata delantera alzada y la mirada fija en una tertulia de gorriones que holgaban ajenos a unos ocho o diez metros.

Nos paramos a observar en silencio. En décimas de segundo, el gato salió disparado interceptando a uno de los pájaros antes de alzar el vuelo en su misma dirección, tuvo la astucia de cogerlo de frente.

Esos dos episodios que presenciamos (no había mucha gente), superaron nuestras expectativas. Fueron, sin lugar a dudas, las mejores actividades científicas que, sin proponérselo, nos brindó el Parque.

Caprichos etimológicos

Caprichos etimológicos

Falazmente se podría pensar que si el que roba no es robón y el que ladra no es ladrón, como el podólogo no es el que todo lo puede y dios es omnipotente y no el más robusto en la acción de Venus, el caracol no es el que mira una col, como el girasol, que sigue al sol comiendo pipas (con camisa nueva o no).

Esta polémica del origen de la palabra 'caracol' (centrada más bien en el témino 'carajo'), se la plantearon ciertos eruditos a finales del siglo XIX, que tuvieron todos la precaución de firmar con seudónimo.

Intuyendo dichos intelectuales derivaciones etimológicas, les dio por pensar que si el caracol miraba una col, el carajo miraba un ajo.

De resultas de esta lógica, surgieron los siguientes versos:

Preguntó san Pedro a Cristo
por qué llamó al caracol
’cara-col’; y dijo Cristo:
porque cuando lo he criado
miraba para una col,
que si mirara hacia un ajo
le llamaría ’car-ajo’

No conformes, los estudiosos con tal resultado, continuaron expeculando que ’carajo’ podría venir de Karaxos, que era el hermano de Safo de Mitelene, y designa también en esta lengua a taladro o punzón.

Juan Perucho aporta la siguiente anécdota. Estando en campaña Jaime I el Conquistador, antojósele incluir el ajo en su dieta, mas, no habiéndolos sino en el campo enemigo, sus capitanes arriesgaron el pellejo para hacer la recolecta. Al enterarse el monarca de que sus oficiales habían muerto por dar gusto a sus caprichos, "hubo de exclamar en catalán: Cars alls!, lo que, vertido al castellano, es ¡Caros ajos!".

Asímismo, añade Perucho, para probar lo castizo de la palabra, se exhumó el pasquín que en 1808 apareció en Madrid a propósito de Pepe Botella:

En la plaza hay un cartel
que nos dice en castellano
que José, rey italiano,
roba a España su dosel;
y al leer este papel
dijo una maja a su majo:
Manolo: pon ahí debajo
que me cago en esa ley,
porque aquí queremos rey
que sepa decir ’carajo’.

Salvando las distancias, la conclusión de esta coplilla, me ha llevado a recordar el "Por qué no te callas" de nuestro rey, en un acto de libertad sin efluvios espirituosos, el 10 de noviembre de 2007, dirigida al lenguaraz presidente de Venezuela, en la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, celebrada en Chile.

* Matas de ajos esperando a un caracol que las mire.