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Algunas cosas y demás verdades

14 de abril

14 de abril

¡Oh, corte, quién te desea! 

(Juan de Mairena, Antonio Machado).

Las tres menos medio minuto

Las tres menos medio minuto

El pasado sábado, 2 de abril, me invitaron a formar parte del jurado del Festival de la Canción Scout de Andalucía, en su edición número veinte, a celebrar en la localidad de Ogíjares, en Granada.

En tratándose de una actividad de niños y jóvenes, con un horario moderado, se lo comenté a mi hijo, con la intención de que me acompañara y me ayudara en la votación.

La propuesta le pareció fantástica y se interesó por las cuestiones a tomar en cuenta (letra, música, interpretación, etc.).

Dio la casualidad de que ese sábado ya estaba comprometido con su madre y otras actividades familiares. Así, ante la imposibilidad de acompañarme, me pidió que al final del concurso lo llamara por teléfono y le leyera las canciones para que me pudiera dar su opinión.

El domingo bien temprano me llamó por teléfono regañándome por no haber cumplido nuestro acuerdo. Lo pensaba llamar esa misma mañana, el día anterior, entre unas cosas y otras, llegué a casa cerca de las dos de la mañana.

De cualquier manera hizo que le leyera la canción ganadora y las finalistas. Me reí por su ‘supuesta’ concentración. Después tuve que confiarle otras dos letras y después otra más, seguro que no se estaba enterando de mucho.

Sin embargo me dio su veredicto sin titubear. “A mí me gusta ésta” y me refirió parte de la letra que le había leído con gran acierto. No fue la que ganó, pero quedó en un destacado lugar, y su texto para mí fue de los más destacados.

Felicité al instante su madurez y buen ojo, disculpándome de nuevo por no haber contado con él, repitiendo que me recogí al filo de las dos de la noche. Él dijo que también se acostó tarde, aunque no tanto, pero que un día se durmió casi a las tres, que, cuando faltaba un minuto para las tres, su madre se dio cuenta y le apagó la luz.

Quiso aguantar pero no pudo nada más que medio minuto. De forma que un día se durmió a las tres menos medio minuto.

La vida breve

La vida breve

El hombre es el único animal que quiere salvarse, sin confiar para ello en el curso de la Naturaleza (Juan de Mairena, Antonio Machado)

(...) Non deixes que o vento te leve / morrer é mui doado (Herba aqui ou acolá, Álvaro Cunqueiro)*

Leo en Juan de Mairena de Antonio Machado que su maestro decía a sus alumnos que había pasado hasta tres días sin comer —y no por prescripción facultativa, al cabo de los cuales se dijo: "Esto de morirse de hambre es más fácil de lo que yo creía".

Hace tiempo publiqué un poema que me lo recordó:

Hasta cuando dejamos de ser somos;
todo está bien o no está bien
mientras nos saludemos por la calle.
Porque cada día es una victoria.
Vivir, convivir, es un juego
y morir es tan fácil.

Anteriormente ya había apuntado en algún papel que si morir es tan fácil por qué nos empeñamos en matarnos.

Vemos con increíble asombro e impotencia el desastre de Japón. Lo inevitable del terremoto y del tsunami. Pero también el terror a amenazante del reactor nuclear.

No aprendemos. Cada una de estas centrales, lo sabemos desde hace bastante tiempo, es una bomba de relojería. Su estallido y aniquilación es cuestión de tiempo.

No nos queda más que llorar por ese pueblo, que admirar su abnegada postura, que aplaudir su orden, su eficacia, su control ante lo incontrolable.

Somos vulnerables. Somos juguetes de la naturaleza, del destino y del hombre, que sigue siendo un lobo para el hombre.

* (...) No permitas que el viento te lleve / morir es muy fácil [escribí mi poema sin conocer el verso del poeta de Mondoñedo].

** La vida breve es una ópera (drama lírico) en dos actos de Manuel de Falla; es también, posiblemente, la novela más importante y conocida del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, de 1950, que se desarrolla, básicamente, entre Buenos Aires y la mítica Santa María — ciudad ficticia y cuasi onírica en la que transcurren, también, "El astillero" (1961) y "Juntacadáveres" (1964).

(Álvaro Cunqueiro,

¡Eureka!

¡Eureka!

A veces creo que soy demasiado mayor para alcanzar a mi hijo, pues le llevo más de cuarenta años. Otras, siento que me basta para satisfacer sus inquietudes y pienso que el problema no son los años sino la perspectiva. Entreveo la ventaja budista de pensar que aunque los bueyes sean lentos, la tierra es paciente.

Desde el 25 de diciembre, Juan cuenta con siete años y se “enfrenta” a un segundo de primaria con la totalidad de sus compañeros mayores que él (alguno ha cumplido ocho años este enero pasado).

En su clase, me cuenta, tiene cada uno su orden, sus logros y sus limitaciones. “Soy el tercero en matemáticas”, “Fulano es el que mejor dibuja”, “Zutano es el más malo de la clase”, “Mengano corre más que nadie”…

El otro día me dijo que era el segundo que mejor leía, pero que el primero (Felipe, Miguel Ángel o Eduardo) no se enteraba de lo que acababa de leer.

Juntos reflexionamos sobre la cantidad y de la calidad. En resumidas cuentas, sobre la relatividad de las cosas.

Al rato, sin venir a cuento (o viniendo a un cuento que se me ha olvidado), me preguntó por qué flotan los barcos. Le enuncié el principio de Arquímedes, que lo aprendí como antes entraban las cosas, y le expliqué su significado, incluyendo el metafísico eureka.

Al día siguiente, me acompañó a la presentación del disco de Álvaro Rodríguez (que reseñé en estas mismas páginas) y coincidimos con mi amiga Victoria, que alabó la agudeza del niño que hasta sabía por qué flotan los barcos.

Sí, se sorprendió. ¿A ver por qué flotan?

Juan, muy serio le dijo: ¡Eureka!

* Arquímedes en la tinaja.

El día que fui Alfonso Salazar

El día que fui Alfonso Salazar

Corría el año 1999 y yo acababa de ganar el premio García Lorca de la Universidad de Granada en la modalidad de cuentos con La Batalla de Hanstings.

José María Pérez Zúñiga, incorporado recién a las páginas de Ideal, llevaba una columna de Jóvenes creadores, donde entrevistaba a todo granadino y adoptado que hiciera cosas (más tarde, el diario Granada Hoy, hizo algo parecido bajo el nombre genérico de Perfil).

José María mandaba sus textos y en la redacción los componían. Los maquetadotes se limitaban a machacar la entrevista de la semana anterior con la nueva batería de preguntas y respuestas con cierta desgana. Pues, la semana anterior a la mía, el protagonista fue Alfonso Salazar, poeta y escritor local, y su nombre quedó bajo mi foto (una que mandé de cuando visité el museo de Mérida, que se la apropió el periódico).

Así, que por ese día fui Alfonso Salazar. No me importó, no obstante. Incluso, estábamos tan unidos, que uno podía pasar por el otro tranquilamente.

(Sin ir más lejos, ayer me llamaron al móvil preguntando por Alfonso. Era un viejo amigo común, que nos tenía a los dos seguidos en su antiguo listín, y se saltó una línea al marcar.)

Sea como sea, la entrevista, con mi foto y el nombre de Salazar, quedó como anécdota tan simpática como intrascendente. Es mi deseo, en cambio, reproducirla a continuación:

“La única participación divina que tenemos es la posibilidad de crear”

 Al tratar de Jorge Fernández Bustos, la palabra ‘creador’ se me anto­ja corta y el apelativo ‘joven’ se cubre de connotaciones, incluso heroicas. Las inquietudes de este granadino (1962) han tomado la forma de poe­sía (Tus mismos ojos), narrativa (Cuentos de Navidad), ensayo (El arriesgado juego de las canicas), la ilustración, guiones de publicidad, artículos en diversos medios de comunicación y el diseño gráfico. Pertenece a los grupos literarios Grama y Taller de Escritores. También es co-fundador del sello independiente Edi­ciones del Vértigo y el último ganador de los Premios García Lorca en la modalidad de cuentos con La Batalla de Hanstings.

—Tú es que no paras. ¿Tratándose de expresar vale cualquier medio?

La vended, me gustaría parar menos. No todo está a mi alcance. Los ordena­dores están ofreciendo muchas posibilidades que van sustituyendo a la mano alzada. El pincel, por ejemplo, ya casi no lo toco. Por no hablar de los programas de reconocimiento de voz. El disco duro es como una ampliación de la propia memoria, lo cual es una gran ventaja. Con el tiempo vas ganando en técnica, pero vas perdiendo flexibilidad creadora. Vas viviendo de las rentas.

¿Por qué los escritores granadinos tienen que irse fuera para que los lea alguien más que sus amigos?

Aquí, más que en ningún sitio, se impone el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”. Aquí es profeta el que primeramente ha tenido repercusión fuera. Un buen ejemplo es la directora de cine Chus Gutiérrez; hasta que no ha tenido un nombre fuera, no se le ha reconocido en su tierra. Pero es que somos demasiados. Esta ciudad exporta escritores como Cuba puede exportar músicos. Es lógico que no todos sobresalgan. De todos modos pienso que, ‘achuchándonos’, cabe todo el mundo. Lo cierto es que hay pocas oportunidades. Esa fue una de las razones por las que fundamos Ediciones del Vértigo, centrándonos en la obra breve. Nada más que en poesía, hasta la fecha, tenemos 37 títulos en la calle. De todas maneras, lo de joven creador, debería ir entre comillas, porque joven es una señora de 87 años que empieza a publicar ahora con nosotros.

¿Y qué le dirías a los que empiezan?

Pero si yo también estoy empezando. Siempre se está empezando. Lo que cuenta al final es el trabajo, no parar de hacer cosas; es lo que queda ahí; la única participación divina que tenemos es la posibilidad de crear. Cuando la descubrí, me sentí verdaderamente bien.

¿El próximo paso?

Ya lo soñaré… Pero proyectos nunca faltan. Lo que falta realmente es tiempo y dinero para embarcarse. Mi pecado, como el de muchos otros, es el altruismo. Casi me gusta más colaborar con la gente y ayudar a los demás, que es lo que me hubiera gustado que hicieran conmigo. Normalmente me siento como un corredor de fondo de la “cultura granadina independiente”. Nunca he destacado, pero siempre he estado ahí.

Minutos de gloria

Minutos de gloria

Lo leí, creo que por primera vez, en un artículo de Antonio Gala. Decía que el amor podía llegar a ser eterno en diez minutos. Frase que me he vuelto a encontrar, dicha por unos y por otros, de igual forma o de manera diferente.

La intensidad se convierte así en la máquina del tiempo. El momento puede ser inmenso y su recuerdo infinito. Diez minutos que, como el verso del poeta, pueden darle sentido a toda una vida.

Pero hablamos de amor, arrebato, pasión... Pero, ¿y su opuesto, cualquiera que sea? Dolor, odio, indiferencia (como apunta Punset).

Y también el poder, la fama, la victoria... Diez minutos que pueden voltear nuestra forma de ser, de vivir, de entender nuestra presencia en el mundo y, sobre todo, nuestra interrelacción con los demás.

Ayer, en el autobús en el que marchaba a recoger a mi niño del colegio, se montó una amiga cuando el conductor ya había arrancado. Con la premura de quien le sonríe la suerte por los pelos, no se fija en mí en un principio.

Cuando guarda sus pertenencias y acomoda el latido de su corazón al rum-rum de la carretera, levanta la vista y me ve, y se acerca para saludar. En ese instante el autobús frena bruscamente y ella cae sobre mí dándome un abrazo de película.

Rápidamente me pide perdón por el involuntario tropiezo. Yo le digo que creía que se alegraba mucho de verme.

Todos los parroquianos del coche que habían visto y oído el episodio comenzaron a reír. Incluso, cuando me bajaba en la siguiente parada para hacer trasbordo, seguían celebrando la ocurrencia y rememorándola entre ellos.

Al recoger a Juan y preguntarle por sus cosas, después de haber escondido estratégicamente dos palos que se sacó del bolsillo entre los pinos, le cuento yo las mías, entre ellas el tremendo abrazo y la reacción del público espontáneo.

De pronto me dice: "Papá, me gustaría tener el éxito que tú tienes".

* (Sin duda, al paso que va, él tendrá mucho más "éxito" que yo.)

Síntesis

Síntesis

En el año 2002 se organizó un congreso en Granada llamado Síntesis que intentaba aunar en cierta manera la medicina alterna con la medicina científica. La directora de dicho congreso me pidió que le escribiera unas palabras para pronunciarlas el día de la presentación. Revisando archivos, encuentro este texto, que me place reproducir en su primera mitad:

La medicina consuela con frecuencia, alivia de vez en cuando y cura raras veces
Hipócrates


El fin iniciático de cualquier planteamiento medicinal es sin ninguna duda la consecución de la salud. Un desarrollo médico que abarcaría las ciencias más heterodoxas, desde la medicina oficial hasta las medicinas tradicionales, que evolucionan con métodos más o menos científicos para lograr este objetivo. Todas buscan un modelo único, todas ofrecen una mayor calidad de vida, la prolongación de un estado óptimo de nuestros cuerpos.

De tal manera podemos simplificar la ciencia médica, atendiendo tan sólo a la palabra VIDA. La vida como lo opuesto a la no-vida o a la mala vida, es decir, a la enfermedad (o la muerte, que sería la enfermedad en su grado sumo).

Hasta aquí todos coinciden. Difieren los métodos. Pero quién en su sano juicio puede afirmar que su tratamiento es infalible, que tal o cual medicina es ciencia exacta.
Necesitamos aunar voluntades y experiencias y sistemas e instrumentos para alcanzar ese fin común que perseguimos, para lograr la salud sin fisuras, para llegar a la VIDA, para ofrecerle las menos oportunidades posibles a la inexactitud, a la pregunta que prosigue a un fracaso o a un éxito humilde: ¿Y si yo, en vez de..., hubiera...?

En la palabra Síntesis se resume esta intención. Síntesis es más que la unión el resultado. Vislumbremoslo con este postulado marxista: la enfermedad es la tesis, la medicina la antítesis, la curación la síntesis. Otro ejemplo, quizá más poético e ilustrativo, es una oruga que se encierra en su capullo, en fino hilo tejido con su propio cuerpo, para, después de un tiempo de letargo, reaparecer convertido en una crisálida, en una linda mariposa. Así, la mariposa sería el símbolo de nuestro diálogo. La mariposa sería la síntesis, es decir, la vida.

Al igual que el ejemplo de la mariposa, del gusano que se enrarece, que tiene que pasar de ser a no ser para ser de nuevo, pensamos también en el trillado ejemplo de la espiga de trigo (perdón por la broma). El grano de trigo que cae en la tierra debe pudrirse y morir para nacer nuevamente. Es como el Dalai Lama que nace cuando muere el Dalai Lama. O el ave fénix que nace de sus cenizas. Cada quinientos años, el ave fénix se incinera en un altar en la ciudad de Heliópolis, en Egipto, para revivir de nuevo. Quien cree en el fénix, en la reencarnación o en la primavera, sin ir más lejos, no piensa en la muerte o en el fuego o en el invierno, piensa en la resurrección, en el renacimiento, en la expansión de la vida.

Posiblemente sea tan sólo una concepción budista de nuestro empeño en animar (animar viene de ánima, que en griego viene a significar ‘dar vida’). El budismo es una religión tolerante y permisiva donde todos caben y cada uno a su manera. El budismo no es incompatible con ninguna religión (aunque las demás no toleran ninguna otra). Uno puede ser tan budista como quiera. El budismo así, grosso modo, es progresivo y exige lo que cada uno se exija a sí mismo.

El Zen, el budismo Zen, fue el refinamiento de una religión que había nacido en un mundo hostil. Al principio, la religión debía ser dura como el hombre, dios era un ser temido y colérico. A medida que las tinieblas se fueron retirando de la tierra, el budismo se dulcificó, se culturizó, y nació el Zen. De los monasterios se expandió la poesía, el teatro, la ceremonia del té, el amor por los jardines, el bonsai y el ikebana.

Una de las reglas tácitas del haiku, poema de tradición Zen de sólo tres versos, es que el primero exponga la serenidad, la calma, el silencio... (tesis); el segundo, todo lo contrario, que describa el movimiento, la estridencia, el ruido... (antítesis); y el tercero, resulte del efecto del segundo en el primero (síntesis). Como ejemplo, podemos leer éste haiku de Basho (siglo XVII):

                                           El estanque antiguo.
                                           Salta una rana.
                                           El ruido del agua.

Los Reyes

Los Reyes

Creía que lo sabía. Desde hace más tiempo del que recuerdo sé que los Reyes son los padres. Y después, tu pareja, tus amigos o tú mismo.

Yo, la verdad, ya no espero nada. Hace años que no me encuentro el espíritu navideño por ningún lado. Y esta carencia de fe se vuelve el comienzo de una espiral, en el eslabón de un círculo vicioso que tiene mucho que ver con la negación de la negación.

No suelo regalar, no me suelen regalar. Es un acuerdo tácito, es una carta abierta para nadie, es un mensaje en una botella anclada en el fondo.

Al igual que no me mueven banderas ni tambores ni un balón ni un toro; la fiesta institucionalizada, las convenciones o aniversarios, tampoco me desvelan. La Navidad es un periodo deprimente en el que se ensalzan los valores que el resto del año están escondidos. La farsa y la mentira florecen detrás de forzadas sonrisas.

Hay quién cree en estas fiestas, hay quien siente ese espíritu, hay gloriosos ejemplos (quizá muchos y mi queja sea mas individualizada de lo que pienso). Aleluya por esa gente. Son realmente envidiables.

Y en esas estoy. La depresión no me suelta. Pero tengo un hijo, como sabéis. Y su ilusión me ilusiona y su alegría me alegra y su amor me enamora...

Poco espero. Creía que lo sabía. Pero mi niño pidió a los Reyes para mí, para su madre y sus abuelos y para los pobres.

Lo conté hace unos meses. En una boda gitana me "partieron" la camisa. Negra. Me gustaba. Juan recordaba la anécdota y pensó que los Magos podían traerle a su padre otra igual.

Su padre, que soy yo, se vio obligado a buscar una camisa y autoregalársela en nombre de los Reyes, que venían en nombre de mi hijo.

De rebote también he recibido un libro y un mp4. Lo que me ha llevado a pensar que los Reyes Magos sí que existen, que los padres, los amigos, etc. le echamos una mano, fomentamos su leyenda.

Ahora veo huellas de camello en la entrada de mi casa, cuando Juan razona que si a mí me han traído la camisa negra a cada pobre le han tenido que regalar un cheque de mil euros.

Cambio de registro

Cambio de registro

Estoy convencido de quien es aficionado a la lectura vive más. Quizá matemáticamente su vida sea la misma tanto si lee como si no. Pero interiormente esa vida se amplifica y se desdobla, enriqueciéndose con los libros que pasan por nuestros ojos, que es como decir por nuestros sentidos, por nuestra mente, por nuestro corazón.

Como un espía de vida intensa que se crea una leyenda haciéndose pasar por quien no es, cuando estamos enfrascados en una historia escrita, en cierto modo tomamos partido, nos inmiscuimos en otro mundo y, por algunos momentos, vivimos otra identidad, otras realidades tanto en el espacio como en el tiempo.

Una vez estuve en Grecia con un programa cerrado durante una semana. Cada uno de los siete días, mi compañera fue encontrando bajo su almohada una carta que antecedía lo que íbamos a visitar, con numerosos detalles sobre los lugares, la historia y la mitología helénicas.

No hace falta explicar que esas letras las escribí antes de salir de viaje, con ayuda de mis lecturas, pues nunca había visitado esas tierras.

Hasta principios del siglo XX era muy normal encontrar autores que escribían de otros países o de viajes exóticos sin haber abandonado su casa y su estudio.

Aunque hay quien se engancha a un tipo de literatura y no cambia en toda su vida (conocí a uno que había leído un solo libro, eso sí, once veces), lo normal es que los gustos cambien y nos hagamos más "exigentes".

Ya no nos interesa sólo lo que cuenta una obra, sino cómo lo cuenta. Nos fijamos en el autor y sus circunstancias, el contenido y el continente. Incluso, las opiniones externas y el prólogo y epílogo. Todo enriquece nuestra lectura.

Es imposible leerlo todo. Es imposible estar totalmente al día. Hay libros que tenemos pendientes, hay clásicos imprescindibles, hay lecturas que nos pasan desapercibidas, hay autores que no nos dicen nada.

Y, entre tanta lectura, recomiendo el placer de releer, de redescubrir lo que ya has hallado, de bañarte en el mismo mar de todos los veranos. Volver a un libro determinado y determinante es un doble placer, aunque su lectura nos quite el tiempo necesario para gozar con algo nuevo.

Mis lecturas son viscerales. Nunca la moda, la crítica o la obligación han guiado mis ganas. Digamos que una lectura me ha llevado a otra, un autor a sus contemporáneos o a sus admirados o a sí mismo, un tema al mismo tema.

Soy lector atípico. Huyo de los best seller como de las recomendaciones apasionadas. Soy mitómano en autores y doy varias oportunidades a los intragables. No me gustan los "iluminados" ni los libros de autoayuda ni el ensayo popular.

A principios de este año pasado (2010), la demonología, como fantasía plausible, se instaló entre mis libros de cabecera. Algunos ejemplares vinieron seguidos, otros algo más distanciados. Hace pocos días terminé el deliciosa Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y recordé esas lecturas, con el diablo como figura estelar, entre los que se contaban Margarita y los viejos de Bugákov, Merlín y familia de Cunqueiro, Don Juan de Torrente Ballester, Fausto de Goethe o Doktor Faustus de Thomas Mann.

Antes de que acabara el invierno, sin embargo, busqué un libro radicalmente distinto, necesitaba cambiar de registro.

Poliandria

Poliandria

La prefiero compartida antes que vaciar mi vida (Pablo Milanés)

…o entre los tres nos organizamos, si puede ser (Luis Eduardo Aute)

Gustavo Flaubert decía que el harén era el sueño de todos los estudiantes secundarios. Quién no ha soñado cuando es joven (o no tanto) con tener más de una joven odalisca, custodiada por eunucos, siempre a su disposición. Quién no ha pretendido alguna vez ser bígamo o mejor polígamo. Quién no ha envidiado a las sociedades que permiten el casamiento múltiple fomentando de camino el exotismo de primera esposa, segunda esposa… y así hasta las que compongan tus sueños.

A mí, si os soy sincero, me daría cierta pereza… No sólo por la economía (se supone que tendrías tantas mujeres como fueras capaz de mantener), sino también por cuestiones sociales. En caso de tener un serrallo, las obligaciones morales superarían los gastos pecuniarios.

Hoy día todo ha cambiado. La mujer ha logrado una independencia y una integridad que los hombres desearíamos para nosotros. El siglo XXI, con todos los subsiguientes, es de sexo femenino. Llegará el tiempo, si no ha llegado ya, si no ha existido siempre, que los hombres reivindiquen la igualdad.

Un acuerdo, no obstante, se puede lograr y, hablando de relaciones o grupos familiares, todo debería estar permitido. Si es normal a estas alturas la pareja de hecho, por qué no el trío de hecho o el grupo de hecho.

Aunque sigo pensando lo mismo. Si el compromiso entre dos es duro, me imagino el deber entre tres, cuatro o cinco…

Puestos a elegir, sin embargo, me inclinaría por lo contrario, una mujer para varios hombres, o, lo que es lo mismo pero no es igual, varios hombres para una mujer.

Puede que ellas estén más preparadas para afrontar el reto. Asumo mi veinte por ciento, por ejemplo, con resignación, con la alegría de gozar de las maduras, pero también de repartir las duras.

Me divido o me desdoblo, he ahí la cuestión.

Poliandria: unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo.

En un estudio de Emilio Guerrero se explica que las causas principales de poliandria eran la escasez de mujeres, debido al infanticidio de las mismas y a la apropiación de muchas mujeres por parte de muchos jefes polígamos y los poderosos de la tribu, y a la escasez de comida que hacía imposible que cada miembro masculino de una familia mantenga a una esposa.

Esta unión conyugal, aunque menos frecuente que la poligamia, existió entre los antiguos bretones y árabes, los habitantes de las Islas Canarias, los aborígenes de América, los hotentotes, los habitantes de la India, Ceilán, Tíbet, Malabar, y Nueva Zelanda. Incluso hoy en día la podemos encontrar en el Tíbet, en las Islas Aleutianas, entre los hotentotes o entre los cosacos de Zaporogian.

Entre los tre-ba del Tibet, por ejemplo, todos los hijos del mismo padre compartían una única esposa. Así que sólo celebraban una boda por familia en cada generación. Y el padre Feijoo en su impagable Teatro crítico universal comenta que en Malabar, región de la India meridional, pueden las mujeres casarse con cuantos hombres quisieren.

Es un punto de vista. Quien esté conmigo que tire la mano y esconda la piedra.

Encomio del anonimato

Encomio del anonimato

Ya lo he comentado más de una vez. Antes siquiera de adivinar que mi mayor modo de expresión era la palabra, de que mi precedencia comunicativa era la escritura, probaba a pintar, más bien a dibujar. Mi estilo era metódico y tendente al perfeccionismo de la línea. Cuestión doblemente dificultosa, pues mi mano tiende a ondular lo que mi cabeza concibe recto.

No obstante un poder improvisador y altamente surrealista hacía que las dudas en la ejecución fueran aciertos en el resultado.

Dibujaba desde que tenía razón de uso. La plumilla era mi arma y el onirismo mi destino. El horror vacui caracterizaba mi trabajo y la paciencia árabe era mi máxima virtud.

Con el tiempo, esa parsimonia en dilatar los minutos, se fue perdiendo y de la plumilla pasé al pincel y del relleno al gusto por el espacio en blanco, por el vacío, por el silencio, tanto como lo puede apreciar un concertista de guitarra.

El resultado fueron muchas horas de concentrado trabajo, un gran cultivo interior, la proliferación de dibujos que no sé dónde han ido a parar.

Sin ser consciente de ello, sentía que era un mero instrumento, que materializaba algo superior a mí. Prueba de ello es que ahora veo alguno de mis obras y me pregunto cómo fui capaz de hacerla.

Tanto es así que raramente firmaba bajo el papel. No era ni falsa modestia ni creencia en el anonimato, sino algo más interno que rayaba en la globalidad, en la necesidad de popularizar mis intenciones. No sé.

Incluso estuve expuesto en un espacio de jóvenes artistas y, al vender uno de mis cuadros, lo tuvo que firmar la galerista.

Después se me pasó la afición y las ganas. Dejé de pintar sobre todo por el complejo de conocer a verdaderos pintores, con sus razones, con su técnica, con su lenguaje y habilidad, que limitaban mi visión.

Con la poesía me ha pasado otro tanto. Hay verdaderos poetas que entienden el significado de la palabra, de la metáfora y de la música. Gente con cualidades innatas que se expresan poéticamente con autoridad y sin esfuerzo.

No es mi caso. Sin embargo, con mucho pudor, reúno letras y compongo versos, que me atrevo a publicar y a mostrar al público (aunque, bien mirado, es lo que hacen muchos; Granada está llena de poetas pero falta poesía).

Algunos poemas breves (soy incapaz de escribir prolongado), algunas letrillas sueltas, han aparecido en este mismo blog. Alguien me dijo si no temía que me las quitaran, que las cantasen por ahí. Le respondí que lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte.

Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Grey (1890), dice Estamos en una época en que los hombres creen que el arte debe ser una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

Los que me conocen saben que soy autor de esta página. Tampoco me escondo. Pero en ningún momento he reconocido oficialmente quién se esconde detrás de volandovengo, reivindicando así el anonimato y ese sentido abstracto de la belleza. La vanidad nunca ha sido mi fuerte.

* Dibujo de 1983, una alegoría sobre la muerte de Cristo (disculpad la mala calidad de la foto).

Fantasmas

Fantasmas

No hace mucho tiempo, para descansar un poquito de los seis años de mi incombustible hijo, le dejé el móvil para que se entretuviera en hacer algunas instantáneas, en las que, entre otras cosas podría ver su creatividad.

Poco rato, a mi pesar, le duró el entretenimiento. A los diez minutos a lo sumo me devolvió el teléfono después de haber hecho más de treinta fotos (la mitad de ellas irreconocibles).

Al interrogarle sobre su obra, dijo que eran fantasmas, que los había descubierto moviéndose rápido de un lado a otro con la cámara en la mano.

Me lo demostró in situ, girando a derecha e izquierda y apuntándome con el objetivo.

Parte del resultado lo tenéis aquí encima, en donde me reconozco como fantasma en un par de retratos.

El arma secreta

El arma secreta

“¿Sabes qué?”, es la pregunta continua de mi hijo Juan para contarme sus cosas. La mayoría son geniales de una frescura y un cándido surrealismo encomiable. Debería apuntarlas más a menudo, pero no daría abasto.

Hoy me ha contado un episodio vivido en la hora del recreo. No sé si sabré contarlo con la soltura y la gracia que tiene mi niño, pero la anécdota merece ser reflejada.

“¿Sabes qué?”. Juan paseaba con un amiguillo de su clase, cuando llegaron dos niños (niño y niña) de tercero, de unos 8 años, que buscaban pelea.

El compañero de Juan, también de 6 o 7 años, le dijo a éste que empleara su “arma secreta”. Entonces ambos acosadores salieron a correr temiendo lo indecible.

Juan salió tras ellos y alcanzó a la niña. Sin piedad atacó con su “arma secreta”, que es nada menos que el “super abrazo”, a veces hasta con beso.

La chica, viéndose presa del mortal abrazo, se rindió incondicionalmente.

Los dos pequeños rieron; habían ganado la batalla.

11 N

11 N

En noviembre 11, caiga en martes o en jueves (aparte de que es el cumpleaños de mi sobrina), ni te cases ni te embarques. En cuanto al casamiento opino, como Sócrates, que hagas lo que hagas te arepentirás.

Pero, en lo referente a embarcarse sí puedo dar unos datos curiosos. Leo con asombro en El libro de los hechos insólitos de Gregorio Dobal, publicado en 1994, que el 11 de noviembre de 1913 una tempestad hundió doce barcos en el Lago Superior de Norteamérica, con el resultado de 254 personas muertas.

Diecisiete años después, también el 11 de noviembre, otra tempestad hundió en el mismo lago a cinco embarcaciones, muriendo 67 personas.

En 1975, otro 11 de noviembre, un carguero repleto de mineral, el Edmund Fitzgerald, se rompió en dos en su travesía de ese lago, muriendo sus 29 tripulantes.

Siguiendo las estadísticas ya mismo tiene que tocar otra catástrofe. Así que, por si acaso, si nos casamos no vayamos de crucero por el Lago Superior.

Después dicen que nadie advierte.

Helena Modjeska

Helena Modjeska

Hablando con alguien en cierta ocasión sobre los grandes personajes de la historia y contemplando su origen, nos atrancamos en la nación polaca. Pocos polacos habían pasado individualmente a la historia. Eran los años en que ocupaba el trono papal Juan Pablo II, natural de Polonia. También nos venía a la mente el Premio Nobel de Lech Walesa y algún premiado más de nombre impronunciable. Quizás Isaac Singer o Marie Curie. También evocamos nebulosamente la revolución de los mineros polacos en los albores del comunismo.

Aparte de este puñado de nombres contemporáneos, poco sabíamos de ciudadanos polacos que hayan dejado huella. No sé quién mencionó a Copérnico, un buen candidato. Y después descubrimos al gran viajero y escritor Kapuściński, imprescindible en la biblioteca.

Ahora me encuentro con el caso de la actriz polaca Helena Modjeska (1844-1909) que era enormemente popular en su país gracias a la calidad interpretativa y al realismo con que actuaba, sobre todo, interpretando protagonistas femeninos de obras de Shakespeare.

En cierta ocasión, en un banquete oficial al que había sido invitada fuera de su tierra, se le pidió que dirigirse unas palabras a los comensales. La actriz comenzó a hablar en su lengua natal y, dicen, fue tan grande la emotividad del discurso que todos aplaudieron fervorosamente, aunque nadie llegó a comprender una sola palabra.

Lo más extraordinario sin embargo fue, según confesó la propia Helena, que no había hecho más que recitar una y otra vez el alfabeto polaco.

Últimamente me han presentado a varias chicas polacas (a las que le dedico este artículo) y, cuando conozco su nacionalidad, me acuerdo de la conversación con mi amigo, de los nombres que fueron surgiendo y de esta hipnótica actriz.

* Helena Modjeska en el papel de Ofelia.

Mi primer cuento

Mi primer cuento

Mi hijo Juan, de 6 años, tuvo una invitada en casa este sábado, Mariana de 10 años. Por la bondad de la chica, entre otras cosas, hacen buenas migas, a pesar de la diferencia de tamaño.

Toda la tarde estuvieron jugando, merendando, jaleando y pateando la casa como sólo dos niños saben hacer, como sólo un padre permisivo tolera.

Cuando empezaba a oscurecer, hice que se arreglaran un poco y me los llevé a cenar a la calle, justo cuando habían decidido escribir un cuento a medias.

Durante el camino, la comida, el regreso y el helado estuvieron elucubrando sobre el tema, el título y la repartición de la escritura. Quedaron en que Juan proponía la primera parte y Mariana llegaba hasta el final.

Cuando se despidieron (la madre de Mariana vino a buscarla) ya tenían un argumento cerrado. La historia era de Gormiti, basada en los muñequitos multicolores que invaden la casa y los dibujos animados del mismo título a los que están todos los niños enganchados.

Al día siguiente, domingo, el niño se levantó antes de que dieran las nueve con el único propósito de encender el ordenador y comenzar el relato.

Todo a su orden, impuso la autoridad paterna. Así que, después de lavarse vestirse y desayunar, le abrí el procesador de textos y, al rato, me pidió que le imprimiera lo siguiente (después de corregir por mi cuenta algunos errores ortográficos):

Luminor sale de su escondite

Todo empezó en casa de Nick y Toby y también estaban Lucas y Jessica y se fueron al parque donde Rasel los asustó y se fueron al templo de los elementos y se metieron por el agujero que conduce a Gorm y se tiraron por el agujero mientras Lord Magmion espera a que salga Oscurio y hace un hechizo y dejó a Jessica y Nik congelados.

Continuará…

Hoy nuevamente lo recojo del cole y, al hablar por teléfono, me ha dicho que tiene ganas de llegar a casa para escribir otro cuento.

Pensando si debía o no preocuparme por la precocidad de un niño de seis años, me cantó una canción que se había inventado. Todos los chicos se inventan letrillas, pensé. Pero ésta la canta en inglés.

Silicona

Silicona

Las conversaciones se repiten. No es que seamos poco originales, sino que nuestras preocupaciones siguen siendo las mismas. Según la vida avanza, se van incorporando nuevos argumentos a nuestro mundo, mientras otros caen en desuso. Me refiero sobre todo a nuestra existencia superficial, porque la profunda no cambia. Nuestra necesidad de alimento, salud, techo, amor, seguridad... están latentes en nosotros como seres humanos desde el principio de los tiempos.
El otro día, hablando con unos amigos, salió a la conversación el tema de los pechos postizos. Si gustan o no gustan, si se notan o no se notan, si merecen la pena, si su tacto es igual, si dejan secuelas, etc.
recordé entonces que está conversación, más o menos de igual manera, llevo años y años manteniendo. Fechada en 1992, hace casi veinte años, escribí un texto breve para una revista en prácticas que nunca se llegó a publicar. Lo reproduzco a continuación.
« Hay quien prefiere un sabroso gato de grandes dimensiones que una ligera y modesta liebre de campo, como hay quien no le hace ascos a las redondeces de unos pechos siliconados. Hay personas que, sin ninguna objeción, alimentan su concentrado onanismo con la imagen siempre seductora de Bibi Anderssen, pretéritamente Manolo; gente prodopaje, que no les importaron los estímulos artificiales de Ben Johnson, y sólo afirman haber visto al hombre más veloz sobre una pista. Puede que estas mismas razones se escondan en el éxtasis santoteresiano o del resto de nuestros místicos, y los resultados están latentes... Lo que quiero decir es que a veces lo sucedáneo supera lo real».

Sobre la fugacidad de la vida

Sobre la fugacidad de la vida

Comencemos con una paradoja de Perogrullo: “lo único seguro en esta vida es la muerte”. Y rematemos con ese dicho horaciano, aunque castizo: “a vivir que son dos días”.

El tiempo pasa inexorablemente. Sin descanso. Sin esperas. El tiempo no se detiene hasta su fin que en realidad es el tuyo.

Los días, los meses, los años… se acumulan para desaparecer todos de golpe. La vida es una carrera de obstáculos. Es un viaje a Ítaca más o menos llevadero. Hay quien no lo soporta y se queda en el camino. Existen trampas y hachas filosas que truncan una vida.

Los máximos especialistas en la muerte son los vivos. Quizá Lázaro, quizá algún cataléptico que saliera ileso de los sueños de Poe nos podría decir… Pero la muerte profunda es tan insondable como la profundidad de la vida.

Todos tenemos nuestro destino, nuestro norte, al que vamos llegando según nuestra elección. Es el jardín borgiano de caminos que se bifurcan. Cada uno, sin embargo, posee su abanico, tiene su “jardín”, sin remedio.

Y, como decía no sé quién (el otro día lo encontré y se me ha vuelto a extraviar), a los cuarenta cada uno tiene la cara que se merece, al final de los días cada uno ha tenido la vida que le ha sido posible.

Woody Allen lo viene a dar a entender así en La Rosa Púrpura de El Cairo cuando su protagonista asegura que aunque se empeñe él no puede aprender a ser enano.

El otro día, después de diez años sin vernos, estuve con unos amigos. A todos, sin remedio, se nos notaba las vueltas de reloj. Alguien me decía que tal con los años se había vuelto cascarrabias y bastante maniático. Acto seguido, para quitarle yerro acaso, dijo: “como todos”.

Quedé pensando y comparando. Y una metáfora floreció en mi mente.

Tú estás hecha de otra pasta, le dije, todos somos madera en la fogata que tendemos a quemarnos y a desaparecer; a ser ascua y ceniza y pavesas que vuelan caprichosamente su canto efímero. Todos ardemos, pero no todas las maderas arden lo mismo…

Las hay más rápido en consumirse y las de combustión lenta. Las que desprenden más calor y las que calientan menos. Las que dan mucha luz y las que apenas tienen llama. Las que chisporrotean y las que mueren en silencio. Las que contienen resina, que adquieren una nueva dimensión, y las que son palo sin remedio. Las que están más verdes, que sueltan mucho humo, y las secas, las resecas, que arden nada más. Las que regalan su aroma y las que no expande ningún olor e incluso hieden...

Bis a bis

Bis a bis

El otro día una niña, con aroma en su nombre a bosque mediterráneo. Me inspiró un pensamiento. Andaba disfrazada con pañuelo en la cabeza y bolsa de basura a modo de saya con tres agujeros para la cabeza y ambos brazos. Un parche negro de papel pinocho difícilmente le tapaba el ojo derecho. Con el izquierdo, muy abierto, se declaraba pirata. No sé si de los más fieros, pero seguramente de los más auténticos que atraviesan las cálidas aguas caribeñas.

La bolsa se anudaba a la cintura con pita o bramante y simple nudo bosquimano. La “faldita” volaba como tul que danza.

Comprendí entonces que el niño egoísta siempre piensa en el yoyó, mientras la delicada y dadivosa bailarina utiliza el tutú.

Sobre la relatividad de la sabiduría

Sobre la relatividad de la sabiduría

Somos sabios hasta que encontramos a alguien más sabio que nosotros. El sabio debe ser humilde y, al igual que conoce su extensión, debe ser consciente de sus límites. Sólo sé que no se nada, decía Sócrates, aunque hay quien se remonta a Confucio. Cuando más sabemos, más aprendemos que más nos queda por saber. El camino es muy largo, largo y ancho. Porque hay que aprender que el norte no es un punto sino una dirección. A medida que avanzamos introducimos nuestra mente inevitablemente en el jardín borgiano de senderos que se bifurcan. Quizá todas las ramificaciones nos lleven a una suerte distinta de conocimiento (a una nueva experiencia, seguramente). Así, la sabiduría plena es inabarcable. Así, el saber no ocupa lugar. Así, el olvido constituye a veces el chaleco salvavidas necesario para que no nos saturemos, para destilar nuestra mente, muchas veces de forma involuntaria, para expurgar nuestros recuerdos.

Reírse de un tonto es fácil e inofensivo, pues posiblemente no llegue a enterarse. Reírse de un sabio no es tan fácil pero inofensivo igualmente, puesto que una condición de la sabiduría es la prudencia, como tildaron los griegos a los filósofos, es decir, al ideal del dirigente. Puede, sin embargo, que el sabio asimile tu risa, analice sus flaquezas y al tiempo la devuelva duplicada. Porque la “venganza” es un plato que se sirve frío.

Es muy fácil pasar por sabio ante la ignorancia, como en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Cuando se desconoce su alcance, cualquier conocimiento nuevo ocupa un abismo. Del mismo modo que un problema desconocido provoca una grieta insondable. Hasta que se supera. Hasta que se mira con cierta distancia y el escollo maldito pasa a ser un grano que alguna vez tuvimos en la suela.

Somos sabios en potencia. Somos auténticos ignorantes. Sin embargo, no todos ignoramos lo mismo.

Los locos no reconocen nunca su locura. El sentirse necio, posiblemente, es el primer paso para dejar de serlo.

Sócrates tenía nariz chata y acostumbraba a andar descalzo.