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Algunas cosas y demás verdades

Jaque mate

Jaque mate

En los duelos de siglos pasados, en los que un guante hacía de Rubicón, los contrincantes, que se batirían a pistola o espada, además de acudir al Campo del Honor con sus dos padrinos, portaban una carta en el bolsillo de su chaleco o en la faltriquera por, si resultaban muertos en el arrostramiento, les sirviera como despedida postrera a un mundo adverso que sin él, ¡ay!, seguiría girando impasible.

La noche anterior, como el que vela armas, se habría pasado el duelista componiendo esta triste despedida, en la que, en primer lugar, perdonaba al ejecutante que le había dado muerte y humildemente le concedía el beneplácito de la razón (el destino había hablado); en segundo lugar, daba las gracias a los oficiantes y firmaba, en su caso, nota rubricada para la Justicia diciendo que habían sido forzados a desempeñar tal padrinaje, y los eximía de toda responsabilidad; en último extremo se despedía de sus seres queridos, de su buen amada que, en bastantes de los casos, era el motivo de aquel encuentro.

Hace poco comenté, en un post llamado Elegancias e inconvenientes (1 de mayo), la anécdota de aquel noble francés que andaba leyendo, cuando los guardias irrumpieron en su celda para acompañarlo a la guillotina, y antes de incorporarse para emprender el último de sus paseos, graciosamente dobló la esquina de la hoja en que había abandonado la lectura.

Se cuenta del humorista Muñoz Seca que, acusado de albergar ideas ‘monárquicas y católicas’ iniciada la Guerra Civil Española, fue condenado a muerte. Al pelotón de fusilamiento le dirigió estas palabras: “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”. Dicen que los soldados que lo habían de fusilar le pidieron perdón, él los consoló diciendo que estaban perdonados, que no se molestaran, “aunque me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”, añadió.

También es popular el cuño de la frase de origen incierto: Dentro de cien años, todos calvos. La historia más estandarizada se remonta al 11 de abril de 1888, en el ajusticiamiento en Madrid de los autores del crimen conocido como del Barrio de la Guindalera. Uno de los reos, dirigiéndose al público, pronunció dicha sentencia convidando indirectamente a todos los presentes a acompañarlos, tarde o temprano.

Otros investigadores y curiosos le adjudican variados manantiales. Covarrubias, en Tesoro de la lengua castellana o española, atribuye la frase a Jerjes, rey de los persas (siglo IV a.C.), que la pronunció al contemplar su imponente ejército dispuesto a invadir Grecia, sin sospechar lo más mínimo el resultado opuesto a dichos pronósticos. Con este dicho, continúa el erudito, el rey quiso aludir a que, después de su presencia, ya no quedaría nada.

Otro condenado al paredón, que lamentablemente no puedo especificar, a un caro amigo que fue a acompañarlo durante sus últimos pasos en este mundo, quizás por los impedimentos para caminar después de la tortura, vino a decirle que lo abrigara porque hacía fresco esa mañana, vaya a ser que advirtiesen su temblor y creyesen que era miedo.

El sueño de la reina de Saba

El sueño de la reina de Saba

En un sueño, según Bertrand Russell en Pesadillas de personas eminentes y otras historias, la reina de Saba fue seducida por Belcebú. Para ello, el demonio tuvo que eliminar de su alma y su cabeza las bondades sin número del rey Salomón.

Belcebú, como ’Príncipe de los demonios’ (Collin de Plancy, Diccionario infernal), tuvo que demostrar a la reina negra que era más poderoso, rico y sabio que el rey de Israel y llevarla a su magnífico reino de ultratumba. Un palacio con toda exquisitez, pero sin retorno posible. Un reino con dos tronos para compartir “hasta que seáis reemplazada por una reina aún más divina: la última reina de Egipto”.

Todo fue una pesadilla, culmina Russell. Pero la gran sabea, de vello en las pantorrillas, según se fijara Salomón cuando frágil se espejaba en el suelo pulido de una de las salas de su palacio, puede que aprendiera a ladear las argucias del diablo, puede que simplemente se dejara aconsejar por los primeros hermosos compases de su corazón.

Ilustración original de Charles W. Stewart para el libro de Bertrand Russell.

En la parada del bus

En la parada del bus

Cuando recojo a mi niño, casi siempre dependemos del autobús, por tener el tiempo ajustado. En la parada, para no aburrirnos, jugamos a los chinos (o porras) y contamos algunos acontecimientos del día. Hoy, o cuando fuera (así lo digo porque no sé cuándo voy a publicar este post y mucho menos cuándo lo van a leer ustedes). Hoy, repito, Juan me preguntó el día de mi cumpleaños, que está por llegar. Al decírselo concluimos que que cumplo 51 años. ¡Qué barbaridad!, exclamamos o pensamos o las dos cosas. ¡Pero no se nota!, exclamé o deseé.

Tanto es así, improvisé, que en cierta ocasión me senté en un asiento vacío y me dijeron que era para mayores de cincuenta.

—Yo soy mayor de cincuenta —dije.

—A ver. El carnet de identidad —imperó.

En vez del DNI le mostré el bonobús. [Mi niño reía.]

—Tiene cara de transporte público —observó.

Juan preguntó entonces si en el bonobús había que poner la fecha de nacimiento.

—No. Hay que poner la fecha de defunción. [Más risas y embeleso por mi parte porque no tuve que explicar la palabra ‘defunción’ ni la concesión surrealista.]

—El mío pone: año 3.227…

Vino el autobús y nos engulló antes de proseguir con la aventura.

Al rato, ya viniendo, aparte de pensar en escribir esta pequeña conversación, recordé otro diálogo de marquesina (entre los muchos que hemos tenido):

—Papá para qué son esos coches de bomberos tan pequeños —preguntó viendo pasar delante nuestra un jeep de color rojo y con sirena.

—Esos son para los cumpleaños —dije sin dudar—. Cuando alguien cumple más de cien años y le es imposible apagar las velas, llama a los bomberos, que no van a mandar un camión con todas las mangueras y todo el destacamento… Para esos menesteres, mandan el coche pequeño como ese.

Otro día en que había mucho viento, estuvimos oyendo basiliscos en el Camino de Ronda, averiguando dónde estarían escondidos y lamentando la ausencia de un gallo cantor que los alejara con la simple tonalidad de su grito.

* Basilisco en la ilustración.

Apuntes sobre mi nombre

Apuntes sobre mi nombre

San Jorge no existió, aunque sabemos que, de haberlo hecho, nacería en Capadocia en el año 303. Por otra parte, es un santo bastante aclamado, por el caballo, por la lanza y el escudo, por el dragón o por la princesa. Cada cual escoja su fetiche. El dragón simboliza el mal y la joven, la virtud cautiva; tanto que las armas son voluntades y el caballero en sí, el convencido converso que se revela al paganismo.

La Iglesia, en un expurgo que hizo en su momento, quiso despedir a este personaje del santoral por pagano y hagiográfico, pero se topó con la enseña de mil naciones y entidades que anidaban bajo su ala. Así, san Jorge, es patrón de Inglaterra y de Dinamarca; de Aragón y de Cataluña; de la marinería y del cuerpo de a caballo; del movimiento Scout y del libro, por hacer coincidir este día, como sabemos, con la muerte de Cervantes, de Shakespeare y del inca Gracilaso de la Vega. ¡Nunca una muerte hizo correr tanta tonta tinta! (perdón, me he dejado llevar por la cacofonía).

Los niños de mi generación leíamos una serie de libros conocidos como Los Cinco, de la escritora inglesa Enid Blyton, en donde una de sus protagonistas se llamaba Jorge. Era una chica, en realidad Jorgina, pero prefería su nombre en masculino. Y hacía bien porque jorguina (con ‘u’ intercalada) es el femenino de jorguín que, según el Diccionario de la Real Academia, es la persona que hace hechicerías. Jorguín proviene de sorgin, que en vasco significa bruja.

En Tratado de las supersticiones y hechicerías, fray Martín de Castañega troca la ‘n’ por una ‘ñ’ (quizá por inclinaciones galaico-portuguesas populares en la época), haciendo equiparar claramente este término con otras féminas* de su condición. El misógino eclesiástico escribe: “Las mujeres, como no tienen excusa por alguna arte o ciencia, nunca las llaman nigrománticas (…) salvo magas, brujas, hechiceras, jorguiñas o adevinas”.

Corominas, en su Diccionario etimológico, no recoge la palabra como tal, pero habla de jorfe como un ‘muro de piedra seca’, del que hace derivar jorguín y jorguinería, remitiéndonos a su vez a la palabra hollín.

* Francisco J. Flores Arroyuelo comenta en El diablo en España una curiosa derivación de fémina que, según A. Institoris y S. Sprenger (Malleus maleficarum), la hacen proceder de fe y minus, “dado que ella es siempre más débil para sostener y conservar la fe”.

** En la imagen: La bruja, grabado de Hans Thoma (1870).

Los ojos verdes de madame Edwarda

Los ojos verdes de madame Edwarda

La encontré en un cuento de Perucho que me remitió a su original de Georges Bataille en un breve relato escrito en 1937, publicado clandestinamente en 1941 con el seudónimo Pierre Angélique.

En 1956, después de reconocer su autoría, Bataille agregó en el prefacio que hablaba de sí mismo.

Madame Edwarda —fuente de aguas vivas— es más que una prostituta. Goza y hace gozar hasta límites extremos. Inevitablemente aúna el placer hasta el éxtasis supremo y el dolor hasta la muerte.

Cuenta Bataille en su prefacio: “el placer (que en el juego de los sexos alcanza su mayor intensidad) y el dolor (que ciertamente la muerte apacigua, pero que primero lleva al punto álgido)”;  y añade: “porque el ser ya no está en nosotros más que como exceso, cuando coinciden la plenitud del horror y la del gozo”; y aún más: “el placer es la misma cosa que el dolor, lo mismo que la muerte”.

Alguien escribió que madame Edwarda es la imagen misma de la mujer transgresora, de esa mujer que, proveniendo de lo que concebimos como el Mal, pasa a ser Dios por su omnipotente poder de disponer de su vida, de su sexo y de su muerte. El hombre que la sigue, cautivado, presa de un miedo atávico, encuentra en ella la total realización del Deseo.

Esa es la idea. La idea de Dios. “Este es el sentido, la enormidad de este librito insensato: este relato pone en juego, en la plenitud de sus atributos, al mismo Dios: y este Dios, no obstante, es una mujer pública, en todos los aspectos igual a cualquier otra”.

El filósofo, ensayista, crítico, novelista y poeta francés, la describe cuando la seguía en el burdel para gozar con ella (este rito burdo de “la que va para arriba”): los talones de Madame Edwarda sobre el piso enlosado, el contoneo de este largo cuerpo obsceno, el acre olor de mujer que goza, husmeado por mí, de este cuerpo blanco... Madame Edwarda iba delante de mí, como envuelta en nubes. La indiferencia tumultuosa de la sala a su dicha, a la mesurada gravedad de su andar, era una consagración regia y una fiesta florida: la muerte misma participaba en la fiesta, ya que la desnudez en el burdel invoca siempre la idea del cuchillo del carnicero”.

Perucho especifica que Edwarda es madame que regentaba casa con reflejos de oro, en la rue des Saints Pères, en el París de la Restauración, “siendo su fachada blanca y su puerta amplia y silenciosa, guardada por un pajecillo negro que alumbraba la calle con un farol”.

Un refugiado español llamado Fabián Tuño, relata el juez catalán, fue amante de esta señora durante cuatro años consecutivos, lo que le desveló las más altas “simas, profundas y misteriosas, de las voluptuosidades y lascivias infernales”.

A raíz de estas abominaciones, Tuño escribió un libro (aún inédito) al que tituló Floresta varia de gracias y desgracias, atribuyéndoselo a un tal Braulio de Sigüenza.

Más adelante, continua Perucho, redacta la obra De Sodomía Tractatus. In que expositor doctrina nova de Sodomia feminarium a Tribadismo distincta, que “escribió en latín imitando a Ovidio”.

El fabulador barcelonés termina con las cuitas del “escritor desconocido”, dejando constancia de la influencia que ejerció sobre él madame Edwarda y sus adorados ojos verdes.

El granadino impasible

El granadino impasible

El invierno es incómodo por la cantidad de ropa que llevamos encima, que nos tenemos que quitar y poner cada vez que entramos y salimos de algún sitio. No obstante, lo prefiero al verano. En pudiéndose combatir, me inclino por el invierno que por la infernal canícula. Por otra parte, el verano también es incómodo, aunque sea simplemente por la ausencia de bolsillos.

Después está el calor, que es la forma que tienen los dioses de ser amarillos. Pero aquí, en Granada, por la noche refresca y se agradece.

Hay quien siente más el calor y el frío que otros. No es mi caso. Mi participación reptiliana me mantiene una tensión por debajo de la media. Los primeros bochornos me aplatanan y las bajas temperaturas me blanquean las manos y los pies, regalándome sabañones varios, a veces hasta en las orejas (hace años que no).

Hay gente isoterma, como digo, que no acusa ni la quemazón del estío ni la frialdad de los meses extremos. Así, podemos ver jerséis inexplicables en agosto o mangas cortas inhabituales en febrero o llevar más o menos inexplicablemente el mismo vestuario todo el año.

Más en estas fechas, cuando la temperatura es sahariana y el calor del mediodía contrasta antípodamente con el frío de la nocturnidad o amanecida.

Esta gente impasible al cambio de estación es de una madera especial; semejante a un marine. Para mí de dudosa sensibilidad. No puedo eludir la sospecha de alguien que entra en un local caldeado y no se quita el abrigo o que sale a la calle, en un día gélido, y no se pone aunque sea un echarpe.

Caléndulas

Caléndulas

Varios amigos están colgando en facebook la receta de una ensalada de caléndula y capuchina (otra planta) con mostaza, miel y limón. La primera vez que vi comer caléndulas con cierto placer fue en una película India titulada La boda del monzón, aunque, para mí, era una de las humoradas de la historia.

El recinto donde se iba a celebrar la boda se llenaba de cientos de guirnaldas de esta flor amarilla, ligeramente anaranjada, que es muestra de veneración en toda la India. El encargado de tal muestra decorativa las iba devorando, transido de amor, hasta el the end.

Algunos de sus efectos medicinales sí que los conocía. Por ejemplo J. J. Benítez, en Caballo de Troya 4, nos habla de que, además de ser un buen antiinflamatorio, la caléndula es muy apropiada para golpes y contusiones. Ian McDonald en Camino de desolación habla de un “Ungüento de Caléndulas para Almorranas”. Noah Gordon en Chamán dice que en infusión ayuda a mantener la laringe abierta y así aliviar la tos. Y Mary Stewart, en su Trilogía de Merlín, las emplea para combatir el dolor de muelas.

En Portugal, según Cunqueiro, era llamada a herba da música, la hierba de la música, y que su venta fue prohibida por el Santo Oficio en 1662, pues “esta hierba, puesta en secreto en la cama de una dama, cuando esta se iba adormilando, comen­zaba a sonar como guitarra que diese serenata, y se le enten­día como el nombre de un galán entre las suaves notas, y la dama se enamoraba de éste”.

“Un criado del conde de Povoa do Varzim, continúa don Álvaro, fue ajusticiado por haber usado de esa hierba para ena­morar a una sobrina de su señor, e irse con ella a escondidas a un desván, en una quinta cercana a Porto”.

“Todavía hoy, concluye el genio gallego, los curanderos lusitanos dan a sus clientes que pretenden amores difíciles, o recobrar los perdidos, y que no deja vivir la saudade que se tiene de ellos, unos polvos negros a los que llaman caléndula moura das noites de amor, caléndula oscura de las noches de amor”.

* Ensalada de capuchina y caléndula.

Medusa

Medusa

Hasta dos veces, cuando visité Estambul, me asomé a la cisterna basílica de Constantino bajo la bóveda de Kere-batas Seraí en el semisótano de una supuesta casa musulmana.

La impresión es bestial, el ambiente tenebroso y los arcos infinitos. El paisanaje de la ciudad turca dice que sus aguas verdosas y sus paredes goteantes no conocen límites. La luz tamizada parece que nos adentra en un tupido bosque de columnas pareadas.

Edmundo de Amicis, en su libro Constantinopla, narra la terrorífica historia que le contó un dragomán sobre "el que se aventuró en una barca en aquel subterráneo para descubrir sus confines y volvió muchas horas después, bogando desesperadamente, con el rostro descompuesto y el cabello erizado, mientras las bóvedas lejanas repercutían fragorosas carcajadas y silbidos agudos; y de otro, que no volverá jamás y que acabó, quién sabe cómo, tal vez helado de terror, tal vez arrastrado por corriente misteriosa a un abismo desconocido, muy lejos de Stambul, Dios sabe dónde”.

Yo me adentré hasta el fondo, como decenas de visitantes lo hicieron, sin temor a la penumbra y a las turquesas aguas falsamente transparentes.

Al final del final, objeto de múltiples instantáneas, en la basa de una columna semejante a las demás, se hallaba esculpida la cabeza de una Gorgona semihundida en posición supina para contrarrestar sus efectos (en la foto).

(Cuenta Frobenius, en Historie de la Civilisation Africaine que “la Gorgona es un símbolo de fusión entre contrarios: león y águila, pájaro y serpiente, movilidad e inmovilidad, belleza y horror”. A lo que añade Cirlot: “por ello excede las condiciones soportables por la conciencia y mata al que la contempla”.)

Era la Gorgona llamada Medusa, a la que Perseo degolló con la hoz de oro que le proporcionó Hermes, que inmediatamente llamó mi atención y la cisterna, de por sí impresionante, cobró un doble valor: la belleza del espacio y el detalle arbitrario en el pie de un arco.

Enseguida pregunté en mi interior cómo acabó la cabeza de la Medusa en el subsuelo de la basílica constantinopolitana.

Las Gorgonas se llamaban Esteno, Euríale y Medusa, todas ellas bellas en un tiempo. Pero una noche Medusa se acostó con Poseidón, y Atenea, furiosa porque lo habían hecho en uno de sus templos, la transformó en un monstruo alado con ojos deslumbrantes, grandes dientes, lengua saliente, garras afiladas y cabellos de serpientes, cuya mirada convertía a los hombres en piedra.

Perseo acabó con ella e hizo estragos con su cabeza inmovilizadora, que acabó en la égida de Atenea, pero en ningún sitio dice que llegara a formar parte de la columna de una cisterna de la única ciudad del mundo entre dos continentes.

Por otra parte, cuenta Pausanías, Atenea le dio a Asclepio, fundador de la medicina, dos redomas con sangre de la gorgona Medusa; con la extraída de las venas de su lado izquierdo podía resucitar a los muertos, con la extraída de su lado derecho podía matar instantáneamente (así que no era tan mala como decían).

Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba (Lord Dunsany).

Para Sartre el infierno son los demás; para Torrente Ballester, más hispano, o sea, más quijote, advierte en el prólogo de su Don Juan que el infierno somos nosotros mismos; pero para mí el infierno es el amor no correspondido, el abandono, el engaño…

En el tratado De Coelo et Inferno, de Swedenborg (1758), se puede leer que “el infierno no es un establecimiento penal sino un estado que los pecadores muertos eligen, por razones de íntima afinidad, como los bienaventurados el Cielo”.

Aunque si le hacemos caso a santa Brígida de Suecia, el mismo Hacedor le confesó que “el infierno estaba vacío”. ¿Quién va a elegir un lugar de tinieblas y continuos padecimientos pudiendo abrazar la gloria? A no ser Luigi Pirandello cuando, después de calibrar todos los personajes que presumiblemente ascendían al Paraíso, llegaba a preferir un “infierno climatizado”.

Goethe, en Fausto, tiene clara la existencia justa del erebo. El padre de la literatura germánica nos dice: “ya que tiene el infierno más de una boca, sabe tragarse a cada cual según corresponde a su dignidad”.

Que exista el infierno, fuera de nuestra realidad, no estamos seguros. Que exista el cielo, tampoco. (Quizá ocupen a fin de cuentas el mismo estadio.)

No obstante es necesario el establecimiento de esos dos lugares para la antagónica discriminación del bien y del mal en las mentes temerosas que se hayan acogido al regazo de alguna creencia relativa. Porque, como escribía John Stuart Mill en 1854: “es instructivo observar cómo pueden decirse exactamente las mismas cosas en defensa de todas las religiones”.

El cielo, con variaciones, siempre es la gloria; la risa ríe; el dolor duele; y el infierno, ay, cada vez es más profundo.

* Una temporada en el infierno es el título de un poema de Arthur Rimbaud.

Caracol

Caracol

En japonés caracol suena katatsumuri. Es bonito no más y me impulsa a crear esta entrada.

Aunque este molusco bisexual no es animal de bestiario, Claudio Eliano lo menciona como alimento de algunas aves, que lo elevan a gran altura para dejarlo caer sobre las rocas y así quebrarles el caparazón para comérselo.

Un águila procedió de igual guisa con una tortuga y, al estrellarla contra una piedra lisa y bruñida, resultó ser la calva del dramaturgo griego Esquilo en el 456 a.C., cumpliéndose la predicción de que moriría aplastado por una casa. Por eso vivía solo en el campo.

Corominas, en su diccionario etimológico propone, después de hartas teorías, que la palabra ‘caracol’ puede ser concebible como un ‘catalanismo gastronómico’. Y argumenta que “uno de los ejs. más antiguos está en el Arte de Cisoria de Villena (1423), obra llena de costumbres y vocabularios imitados de la corte barcelonesa: en este libro se nos describe la forma de comer urbanamente caracoles (…) con la advertencia de que muchos no gustan de esta comida”.

Jules Renard en sus Historias naturales dice que el caracol tiene el cuello de jirafa encogido y que hierve como una nariz llena. Y Juan Eduardo Cirlot (Diccionario de símbolos) lo asocia al sistema jeroglífico egipcio y la espiral microcósmica de su caparazón.

Por esta misma razón de infinitud, el caracol (o la caracola) es fuente de inspiración. Nono Guirado los utiliza como leitmotiv en sus cuadros.

Para mí el caracol se muestra en plural. Los caracoles es un cante flamenco de la familia de las cantiñas de Cádiz, que provienen del pregón de un mercader por las calles de Madrid.

* Ilustración de Tolouse-Lautrec para el libro de Jules Renard.

La vida desordenada

La vida desordenada

Retomo y maleo un poema-pregunta que escribí hace mucho, inserto en el cuaderno impublicable Poemas para cantar en el agua, y pienso que necesito un respiro.

¿Has visto, amor, los rápidos
que torpemente
se precipitan en cascadas
componiendo un escándalo
de blanquísima espuma,
de agua y de luz,
de violencia estancada en kilómetros de río,
para calmarse
y dejarse morir un poco
en la tranquilidad
siempre inmensa de un lago?

Mis días se acumulan en estridencia y no encuentro el viento que me empuje hacia buena travesía.

La noche, el amor, las ganas, la costumbre, la luna, los amigos y de nuevo el amor en su extensión, que no es otra cosa que el desamor.

Recuerdo un poema de Cavafis que responde a mi estado:

Por las tabernas y burdeles
de Beirut malvivo. No quería quedarme
en Alejandría. Me abandonó Tamidis
y se fue con el hijo de Eparcos para tener
una villa en el Nilo, un palacio en la ciudad.
No podía quedarme en Alejandría.
Por las tabernas y burdeles
de Beirut malvivo. En disipación abyecta
paso vilmente la vida. Lo único que me salva
como belleza duradera, como aroma que sobre
mi cuerpo ha quedado, es que tuve por dos años
como mío a Tamidis, el joven más maravilloso,
como mío no por una casa o una villa en el Nilo.

Carpe diem

Carpe diem

En el muro del patio del colegio de mi niño hay un mural abundoso de colores, con personajes y palomas, y una gran frese que lo atraviesa y le da sentido. La he vuelto a ver y creo que la retengo. Dice textualmente: “No hay camino para la paz / la paz es el camino”.

No obstante, en mi memoria, no sé, trocaba ‘paz’ por ‘libertad’. Ambiciosas las dos palabras. Utópicas en su ideal.

La paz más verdadera que conozco es una amiga que se llama Mª Paz.

La libertad sigue siendo un camino de difícil aplicación al compartir una sociedad llena de fronteras. Las leyes, las reglas, las normas de convivencia restringen esa libertad. La ética, la moral, la educación, también acortan nuestras alas.

Quizá deberíamos revisar los conceptos desde un principio. Quizá la libertad no tenga techo, aunque sí paredes (¿un pozo chico?). Quizá nuestros límites entronquen con nuestra voluntad, haciendo de la libertad un sistema metódico. Somos libres de autoimponernos los vetos que queramos; somos libres de elegir el camino en el jardín de Borges. (El norte no es un punto, sino una dirección.) Nuestro propio determinismo es nuestra libertad.

O, como dijo Julio Verne en Cinco semanas en globo: “yo no sigo mi camino; el camino me sigue a mí”; o Chesterton en El difunto Matias Pascal: “la aventura puede ser loca, el aventurero no”; o el remedo que hice al tropezar con la frase: “el piano puede ser de cola, el pianista no”.

La libertad ha de ser global o no ha de ser. Mi libertad termina donde empieza tu libertad. No debemos hacer lo que queramos, sino querer lo que hagamos.

Ser sublime, como dictaba Baudelaire. Sin interrupción, terminaba apuntando. Una fiesta cada día. Y el futuro no existe. Carpe diem, escribía Horacio (siglo I a.C.), haciendo una invitación a gozar el momento presente, ya que el día de mañana es incierto.

…Aprovecha este día, escribe el vate latino en su oda XI, y cuenta lo menos que puedas con el mañana (…carpe diem, quam minimum credula postero).

En la Edad Media, esta sentencia, animaba a aprovechar el presente porque el final estaba cerca; en el Renacimiento, incitaba a disfrutar la belleza y la juventud; durante el Barroco, pesimista y religioso, se volvió a imponer como  revulsivo al temor por la proximidad de la muerte.

La censura de posguerra prohibía toda serie de manifestaciones que vinieran a decir que hoy por hoy es lo único importante. Recuerdo un tema de Bonet de San Pedro (cantado después por Fangoria) que decía Rascayú cuándo mueras qué harás tú. Tú serás un cadáver nada más. Rascayú cuándo mueras qué harás tú.

También recuerdo una obra basada en el Anfitrión de Plauto y Molier, donde actuaban Jesús Herrera y Santi Rodríguez, que repetía: Vivid, vivid como dioses, gozad, os lo rogamos.

Detengamos la búsqueda. No hay camino para la paz, recuerden, la paz es el camino.

* Horacio en la ilustración.

La ciudad de Ys

La ciudad de Ys

Llevo unos días oyendo las composiciones del bardo bretón Allan Styvell, pues su música me vino de inmediato a la cabeza mientras mantenía una conversación con mi hijo sobre lenguas muertas. No sólo el griego clásico y el latín, sino también el bactriano y el ulfiano. A él le interesó especialmente el indoeuropeo, decir primerizo del que provienen gran parte de las hablas desaparecidas que a la vez han desembocado en las lenguas actuales.

Recordé entonces que el músico celta, ayudado por el arpa, cantaba en inglés y francés, pero también en sanscrito.

Acudimos a él y comenzamos a recorrer sus composiciones y conciertos. Uno de sus temas, harto melancólico, está inspirado en una isla sumergida en el siglo V, en la armoricana ciudad de Ys, lo que me dio pie para compartir con Juan esta leyenda.

El anciano y viudo Gradlon, rey de Cornualles, hizo construir para su mimada hija Dahut la maravillosa ciudad de Ys, “donde reinaban la riqueza, la libertad y la alegría”. Ys (o Yss) era una isla situada por debajo del nivel del mar, cerca de la punta de Luguéné, en la que un dique protegía su puerto.

Hay varias versiones sobre su hundimiento pero todas coinciden que, como una Sodoma y Gomorra, fue porque creció el desenfreno y el descontrol. Una historia de piratería confabulada por dragones y los caprichos extremos de la princesa es la leyenda compartida con ni hijo, pero la copla más extendida fue que el castigo recibido aconteció por el habitual pecado de incesto (sobre todo entre padre e hija).

Yss, según nos recuerda Cunqueiro, desde que las aguas la cubrieron (asolagaron dice él), nunca fue vista, ni nadie pudo descender a ella, aunque sí fueron oídas alguna vez las campanas de sus iglesias, “lo que puede probarse con Debussy”  (La Catedral Sumergida, 1910).

Se oyen sus campanas, pero también se adivina sobre las aguas un breve reflejo de blanco y oro de la torre sumergida de alguno de sus siete castillos, y los ladridos difusos del alano del rey cuando las barcas pasan cerca de la puerta del palacio.

Umberto Eco, en La isla del día de antes, cuenta que tanto el rey de Yss como sus dignatarios vagaban por entre las torres y el gran puente de Crogh convertidos en peces, el monarca de mayor tamaño, observando de vez en vez, según Yves Le Bronder, “un reloj de sol, en el cual esperan ver la hora de la desecación, el castigo cumplido, en la que su ciudad y su reino, volviera al aire y la luz”.

Aprovechando esta leyenda, otro día hablaremos de otras ciudades sumergidas como la Atlántida platónica, la gallega Antioquia, la irlandesa Hy Brasil, la francesa Ile Verte y la portuguesa Ilha Verde; todas variantes de esta misma hagiografía.

 

Antropofagia

Antropofagia

Se está rodando en Granada durante estos días una película de Manuel Martín Cuenca llamada Caníbal, que, según propaga, “narra la historia de Carlos, el sastre más prestigioso de Granada. Un hombre respetable. Su vida es el trabajo y comer. Pero no cualquier cosa. Carlos es Caníbal. Se alimenta de mujeres. Turistas, forasteras, desconocidas con las que no tiene ningún vínculo emocional...”.

Leyendo esto, no tenemos más remedio que acordarnos de ese otro caníbal cinematográfico, Hannibal Lecter, de El silencio de los corderos. Pero este sastre es más cercano, mucho más cercano.

Recuerdo que Perucho nos hablaba de Don Faustino de la Peña y su enigmático Tratado de Carnes, cocinero de su majestad, que, en su florilegio de sabores, refería la carne humana como de algo salobre, aunque la de tierno infante se asemejaba a la del cochino. “Esta clase de carne en estado joven, cuenta literalmente, no tiene mal olor ni sabor; es más delicada que la del cerdo, a la que se asemeja; es de fácil digestión”.

La antropofagia no es una afición que comparta. Muy al contrario, considero una aberración que, como tal, merece un estudio o al menos algunas líneas.

A veces se practica por necesidad (por necesidad hasta los musulmanes comen carne de marrano o los judíos de animal con las uñas retorcidas). Recordamos también, a este respecto, historias de naufragios, como La balsa de la Medusa, esa episodio que retrató maravillosamente Théodore Géricault a principios del XIX; o la aventura de ese equipo uruguayo de Rugby, que se estrelló en los Andes cuando viajaba en avión de vuelta de un encuentro y se vieron obligados, al cabo de equis días, a comer carne humana. Una película del suceso, Viven, nos lo cuenta con todo detalle.

Julio Verne ya lo decía en su obra Cinco semanas en globo: “en caso necesario, se come lo que se encuentra, aunque sea a un semejante, lo que, sin embargo, constituye una comida que debe dejar no sé qué en el corazón”.

Aunque quizás, no sé por qué, llegues a acostumbrarte, como los que comemos caracoles, como los que comen caballo, aún sin saberlo. Y, algunos otros, piensan que es un extremo que se podría considerar. Francisco Ayala, nuestro Francisco Ayala, reconoce en su Historia de macacos: "lo que pasa es que a todos nos gustaría probar la carne humana".

Caníbal, según Ambrose Bierce en su renombrado El diccionario del diablo, es un “gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época preporcina”. Sin embargo Fernando Savater apuntó que el canibalismo no era gastronomía, haciendo una comparación sobre los límites que se traspasan en no recuerdo qué argumento. Así como el incesto lo podemos considerar como el último pecado, la antropofagia determina el más horrísono de los crímenes alevosos.

Manuel Vicent, siguiendo el mismo argumento, la comparaba a la tauromaquia diciendo: “admito que el toreo sea un arte si a cambio me concede que el canibalismo sea gastronomía”. Ahí está el debate.

Julio Camba, en uno de sus libros, no recuerdo cuál (falta este dato en mis archivos), dice: “los hombres más leales, más sinceros, más nobles, más candorosos y más buenos del mundo se los encontró el capitán Cook en Oceanía; pero estos hombres tenían un pequeño defecto: eran antropófagos”.

Aunque, para terminar, yo me quedo con el enunciado, tan actual como verídico, de Alfred Jarry en sus Escritos breves, cuando advierte que “hay, como se sabe, dos formas de practicar la antropofagia: comer seres humanos o ser comido por ellos”.

*La balsa de la Medusa.

Algunos demonios por orden alfabético

Algunos demonios por orden alfabético

El diablo no juega a los dados. Me encantan los libros donde los demonios andan sueltos, ya sea para hacer de las suyas ya para comprar ánimas desesperadas. Las obras de Cunqueiro y de Perucho siempre están salpicadas de estos seres infernales. Los leo y los releo con renovado deleite.

Otras obras, quizá sorprendentes, me vienen a la cabeza. A vuelapluma podría acordarme de Mefistófeles en la obra de Goethe o en ese otro remedo llamado Doktor Faustus, quien gracias al Maligno inventó la imprenta de tipos móviles antes que Gutenberg, aunque esto Mann no lo reflejara en su obra. Otro diablo compañero, como si se tratara de una novela septentrional (según Cervantes), vemos en el Don Juan de Torrente Ballester, que nos recuerda al mismo diablo que compartió remo de galeote con el virtuoso Paganini.

Cómo no traer también a colación El Retrato de Dorian Gray de Wilde o el divertidísimo El maestro y Margarita de Bulgakov.

Mi intención es más bien investigadora, pues, desde hace un tiempo, deseo averiguar cómo se canjea el alma por una vida algo más anchurosa, pues la mía anda bien flaca. Pero hasta ahora no lo he averiguado, pues dice Eduardo Mendoza en La ballena, cuento incluido en Tres vidas de santos, que “el hombre no es nada si no le empuja el diablo”.

Demonios hay a cientos. (“Uno de los lamentables errores del creador”, comenta Ambrose Bierce en su imprescindible El diccionario del diablo.)

Minutas de estos seres azufrados podemos encontrar en El bestiario de Ferrer Lerín o en el Diccionario infernal de Collin de Plancy, cada uno con sus funciones y sus aficiones, sus debilidades y sus características.

Tomo algunos de ellos, como siempre al azar y sin ningún ánimo exhaustivo, y los reflejo siguiendo su abecé (hago notar, por otra parte, la cantidad de endemoniados que comienzan por la letra ‘a’):

Algabat es demonio imberbe y asaz delicado, de formas redondeadas y bondadosas, que toma aspecto de mujer para ir precisamente al baño de las mujeres (los baños de mar, se sobreentiende).

Ammon (también llamado Aamon) es diablo principal en la jerarquía de los Infiernos. Pasa por ser fuerte, grande y poderoso. Se representa con figura de lobo con dientes muy afilados. Sabe de lo pasado y de lo venidero; de la amistad y del antagonismo.

Andrialfo es demonio reconocido por lo común. Acostumbraba a tomar figura de búho. En su apariencia de hombre se empeña en dar lecciones de geometría por ser harto versado en esta disciplina. También es dado a la astronomía, al derecho, al comercio y al lenguaje de las aves.

Arnulfo es demonio de grado intermedio, perfumista de oficio y en posesión de una notable dialéctica teológica. Es tartamudo. Defecto que le ha perjudicado, privándole de pasar a esferas o grados superiores en la jerarquía infernal. Arnulfo decíase autor de un tratado intitulado De las Pelucas.

Asmodeo es maligno destructor; enamoradizo y aficionado al juego. Trasformado en serpiente, fue el satán que sedujo a Eva.

Astarot, aunque con figura de ángel, es bien feo demonio. Cabalga humeante dragón y porta ponzoñosa víbora en la mano derecha. Procura la amistad con los grandes señores y políticos corruptos. Se le invoca los miércoles, previendo que no se acerque en demasía pues su hedor es enojoso, sólo combatible con un anillo de plata en la nariz.

Belcebú es el dios de las moscas, que son engendradas por los rayos solares en el agua estancada. Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española) lo llama Belzebub que proviene del hebreo Bahal-zebub. El premio Nobel (1983) William Holding se acordó de este demonio en su novela El Señor de las Moscas.

Cobillón es demonio perfumista y perfumado, bello, resultó y discretamente elegante. Es el antagonista del feo Astarot.

Croizás, natural de Pamplona. Don Merlín, según el vate de Mondoñedo, lo convirtió en haz de paja ardiendo. Era de la tenencia de los fornicadores. Se hizo pasar en Miranda por don Silvestre, alcalde constitucional de Burdeos en Gironda.

Shemnazai se introdujo en el Arca por un respiradero, convertido en humo y yació con la mujer de Cam cuando estaba dormida con las damas, pues Noé mantenía separados los machos de las hembras, dispersando su simiente.

Otros demonios o sobrenombres de ellos son: Abaddon, Agarés, Andras, Bitro, Caacrinolas, Lucifer, Satanás o Simón el Mago y sus sucesores: Basilides, Caprocato, Marco, Menandro y Saturnino…

Brígida

Brígida

Esta mañana me he encontrado con Brígida, que asegura que su nombre es sueco, aunque en realidad proviene del gaélico Brighid o Bridgid, de la raíz celta brigh (fuerza). Brighid era el nombre de una diosa céltica (antiguamente la Diosa Blanca, la Triple Musa vivificadora), cuyo fuego sagrado perpetuo se mantuvo encendido en un monasterio de Kildare hasta la época de Enrique VII.

Brigit, Brighid o Bridgid era patrona de todas las artes y Apolo siguió su ejemplo. Era la diosa pagana protectora, según Graves, de los bardos kelticogaleses. Su padre era un rey de Leinster y su madre una esclava. Después de su conversión al cristianismo pasó a ser Santa Brígida de Irlanda.

Mario Polia escribe, en El misterio imperial del Grial (título con cacofonía preocupante): “Cuenta la leyenda de Santa Brígida que los grandes cisnes silvestres de las regiones del norte volaban hacia ella y bajaban al estanque congelado de Kildare para que la santa los acariciara”.

Sin embargo, su nombre, según la breve historia que me contó mi amiga, sí proviene de Suecia. De hecho, en este país frío, también hubo una santa Brígida, que fundó la orden católica que lleva su nombre y fue nombrada patrona de Europa; aquella que escuchara la Voz irrefutable diciendo: “el Infierno está vacío”.

Brígida tiene dos ies en su nombre. Cunqueiro, en su Balada de las damas del tiempo pasado, interpretando un bello poema de Rimbaud sobre las vocales, comenta que la i es necesaria; todo nombre de mujer ha de tener una i…

En el santoral irlandés, Brígida reza tanto hembra como varón. Se habla en algunas sagas de un santo monje llamado Brighid que recorría las colinas de su país advirtiendo a los pequeños ríos sobre el océano donde habrían de morir.

Cioran, en Breviario de podredumbre, dice que “hubo un tiempo en el que solamente pronunciar el nombre de una santa me llenaba de delicias, en el que envidiaba a los cronistas de los conventos, los íntimos de tantas histerias inefables, de tantas iluminaciones y de tantas palideces. Estimaba yo que ser secretario de una santa constituía la más alta carrera reservada a un mortal. E imaginar el papel de confesor junto a bienaventuradas ardientes y todos los detalles, todos los secretos que un Pedro de Alvastra nos ocultó sobre santa Brígida (...). Me daban el gusto sensual de otro mundo”.

Chispas

Chispas

Me acaba de suceder. He llamado por teléfono a una entidad bancaria en la que supuestamente tengo un fondo de pensiones para hablar con mi agente para ver la posibilidad de hacer uso de ese dinero en breve por si, al paso que voy, no llego a pensionista.

Me responde una voz femenina con aire familiar y me dice: “hola, guapo” y, acto seguido, para mi disgusto, se disculpa diciendo: “perdone, creía que era mi marido, que me iba a llamar inmediatamente”. Le comento que no pasa nada, que me acaba de alegrar la mañana. Ella misma se alegra por haberme alegrado el día. Insisto en que ojalá todo el mundo, conocido y desconocido, saludara así. Abunda aún más, por el cuartelillo que le doy, apuntando que lo de “guapo” sigue en pie (más alegre, si cabe).

Mi asesora no estaba, así que toma nota de mi nombre y mi teléfono. Me despido devolviéndole el “adiós, guapa”, pero ya no hay contrapartida.

Cuelgo el inalámbrico con la sonrisa puesta y con ganas de compartir este episodio.

Argucias legales

Argucias legales

Ignoro lo que vale una entrada de fútbol, pero me quedé con la anécdota de la reventa prohibida. Entonces vendían un bolígrafo por trescientos euros (pongamos por caso) y regalaban una entrada para ver el partido de ese día.

Es curiosa la noticia sobre todo por conocer el ingenio para saltarse las normas.

Con mis hermanos, cuando era pequeño, colocábamos un libro encima de la televisión y, cuando iba a salir la clasificación de la película vedada, alguien se levantaba a consultar algo y se retiraba cuando los dos rombos habían desaparecido de la pantalla. Así mis padres no atendían a que fuese un film para mayores.

Contaba mi padre, en broma, que se había comprado una pipa larga porque el médico le recomendó que se apartara del tabaco.

También leí en cierta ocasión que durante la Ley Seca que se impuso en los Estados Unidos en los años veinte, se vendían unos envoltorios de zumo de frutas en los que se podía leer la siguiente advertencia: “Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclado con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación esta prohi­bida”. 

El bozo femenino

El bozo femenino

A pesar de la belleza somática de Frida Kahlo, siempre me ha llamado la atención el incipiente bozo sobre su labio superior que nunca trató de ocultar.

La mujer, por natura, es imberbe, aunque la depilación y los afeites tengan mucho que decir al respecto. Los indios también eran barbilampiños salvo los hotentotes que, quizá por la rima, ostentaban bigotes.

No hace tanto que en los circos se mostraba como atracción a la mujer barbuda que, si no era una rareza, sí gozaba de los mismos extremos que el hombre forzudo o las hermanas siamesas.

Genéricamente, en nuestra civilización, el bello en la mujer roza lo antiestético, pero no siempre ha sido así o no para todos.

Rescato, para su defensa, un par de textos de Gustave Flaubert, donde exalta la indudable ‘belleza’ de la mujer tildada de bello bajo su nariz.

El primero de estos párrafos, que pertenece a Memorias de un loco (1838), dice así: “Era grande, morena, con magníficos cabellos negros que le caían en trenzas sobre los hombros; tenía nariz griega, ojos abrasadores, cejas altas y admirablemente arqueadas, su piel era ardiente y como aterciopelada con oro; era delgada y fina, se veían venas de azur serpenteando sobre aquella garganta morena y púrpura. Y como añadido una pelusilla masculina y enérgica capaz de hacer palidecer las bellezas rubias”.

En 1857, con Madame Bovary, el novelista francés vuelve a insistir: “Nunca Madame Bovary estuvo tan bella como en esta épo­ca: tenía esa indefinible belleza que resulta de la alegría, del en­tusiasmo, del éxito, y que no es más que la armonía del tempe­ramento con las circunstancias. Sus ansias, sus penas, la expe­riencia del placer y sus ilusiones todavía jóvenes, igual que les ocurre a las flores, con el abono, la lluvia, los vientos y el sol, la habían ido desarrollando gradualmente y ella se mostraba, por fin, en la plenitud de su naturaleza. Sus párpados parecían recortados expresamente para sus largas miradas amorosas en las que se perdía la pupila, mientras que un aliento fuerte sepa­raba las finas aletas de su nariz y elevaba la carnosa comisura de sus labios, sombreados a la luz por un leve bozo negro”.

Para no quedarme en un autor y un momento, cito a continuación un pequeño poema de Al-Mutamid de Sevilla, traducido primorosamente por Miguel Hagerty:

El bello de la cara perfeccionó su belleza

casando la noche con el día.

Negro sobre blanco, narciso, y mirto

la tertulia sería perfecta si su saliva fuera mi vino.

Aproximación al nombre de Granada

Aproximación al nombre de Granada

Granada, desde el siglo tercero antes de nuestra era, o posiblemente antes, constituía un oppidum. Es decir, una célula básica de organización urbana que se daba tanto en Hispania como en Galia, Britania y el norte de África. Era un núcleo de población fortificado situado en altura, o sea, una habitación con vistas.

Los íberos lo llamaron Iliberri hasta la conquista de los romanos entre los años 208 y 206 a. C., que, conservando su nombre, le añaden el calificativo de Florentia, o sea, florida, quedando como Iliberri Florentia. (En la Provenza francesa hubo un núcleo ciudadano con el mismo nombre: Iliberis.)

Plínio, en sus escritos geográficos, llama a la ciudad Iliberri; mientras que Ptolomeo la denomina Illiberis.

Ili, en íbero, significa ‘ciudad’, como llevan muchos otros nombres (Ilipa, Iliturgi, Singili o Sacili). Berri proviene del vasco, del copto o del hebreo, con el significado de ‘nuevo’.

En el año 45 a. C. Julio César, para “premiar su fidelidad”, le concede a la ciudad estatuto jurídico de municipio latino, llamándola Municipium Florentinum Iliberritanum.

Con los visigodos, retomó la primera denominación de Iliberri o Iliberis, hasta que, al trasladarse la capitalidad tras la conquista musulmana, fue llamada Garnata al-yahud, “la villa de los judíos” (los hebreos llamaban a su barrio Granata, que corresponde con la zona de la Antequeruela –judíos de Antequera-, actualmente Realejo), suplantando definitivamente la nominación íbera.

De ahí derivó el actual nombre de Granada, ‘la granate’, ‘la de color grana’.