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Algunas cosas y demás verdades

Diabolus est Deus

Diabolus est Deus

Dios es amor, pero en la espalda guarda un látigo. Dios es permisivo y benevolente, pero también es justiciero y cruel. Es nuestro padre bondadoso. Es nuestro padre severo.

Todo cabe en su persona. Es el bien y es el mal (quizá más allá de los conceptos). Brilla en el paraíso y desborda las tinieblas con su sombra, que, como la del ciprés, es alargada.

Dios es inteligente en su unicidad, que astutamente se torna en multitud.

Dios es géminis. Tiene dos caras como la luna. Nos mira con su luz, pero se precipita con el ángel caído con su faz de negrura.

Dios necesita nuestra bondad, pero necesita también nuestro pecado, pues necesita a su vez perdonar, al igual que sonreírnos con promesas y albricias. Bataille decía que es blasfemando como el hombre se convierte en Dios. ¿Dios somos todos? ¿Dios está en nuestro interior como está el diablo? ¿O el demonio es Dios?

En Los monederos falsos, André Gide escribía: “El diablo y Dios son uno solo; se entienden. Nos empeñamos en creer que todo lo malo que hay en la Tierra viene del diablo; pero es porque, de otra forma, jamás encontraríamos en nosotros mismos la fuerza necesaria para perdonar a Dios. Se divierte con nosotros como un gato con el ratón que atormenta... Y, encima, nos exige que le estemos agradecidos”.

Y Saramago, en Caín, explica que “Lo más seguro es que Satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre”.

Ya hablé en otro momento del infierno. Creo que apuntaba la frase de Georges Bataille entresacada del prefacio a Madame Edwarda a este respecto: “El infierno es la idea amortiguada que Dios nos da involuntariamente de sí mismo”.

O quizá no sea más que lo que pensaba Salvador Dalí: “No sabes que no existe el diablo, es dios cuando está borracho”.

Tranca, la tranca

Tranca, la tranca

Dice la cancioncilla popular: Tranca, la tranca rompió un jarro; / tranca, la tranca lo rompió; / adivina quién te dio / y quién te pegó. Es un juego infantil del año de Maricastaña que consiste en que uno se la queda y amaga en las rodillas de la madre (director del juego), con los ojos ciegos, y los demás niños se sientan enfrente de ellos(1).

Previamente se ha puesto cada uno un nombre secreto de fruta, de color, de animal o de lo que toque. Al final de la estrofa, que cantan todos juntos, la madre designa uno de estos nombres y sigiloso el aludido se levanta para darle un cachete al arrodillado en las haldas, que, dándose la vuelta debe adivinar quién le dio y quién le pegó, mientras los demás miembros del juego, girando el índice levantado, pueden ir cantando: lío, lío / que yo no he sido. Si acierta, el señalado ocupa su puesto; si no, se vuelve a quedar.

El otro día salió a colación este entretenimiento pueril. Recordé a Juan que de pequeño jugaba yo con él, con la salvedad de que yo hacía de madre y demás jugadores, mientras él siempre amagaba.

En vez de nombres de hortalizas o razas de perro, rememoraba con cierta comicidad, ponía nombres de guerreros de la antigüedad o de estrellas. Decía, por ejemplo: qué venga jenízaro, o mirmidón, o lacedemonio… o, por otra parte: Betelgeuse, o Aldebarán.

Lamentablemente mi hijo no recordaba nada de eso.

(1) Ya, en el siglo XIX, Guy de Maupassant habla de este juego de niños. Lo menciona en el cuento Chali, incluido en Les soeurs Rondoli (1884): “Nos lo pasábamos en grande jugando al escondite, al pilladilla y al adivina quién te dio…”.

El abrelatas

El abrelatas

Por las tardes, para atravesar las horas de más calor, mi hijo y yo buscamos una película online y la vemos cómplices en nuestra pantalla de mediano formato. No tenemos preferencia, aunque nuestros intereses se decantan por la historia y el mito o directamente por el humor en sus múltiples épocas y facetas.

El otro día estuvimos viendo Amor en conserva (1949), de los Hermanos Marx, con una jovencísima Marilyn Monroe, que no parece ni ella, luciendo piernas y talento. Una apuesta segura, aunque los números musicales nos aburren un poco. Somos incondicionales de Groucho y las payasadas de Harpo tienen su punto, para mí asaz trasnochado.

No es mi intención desvelar la trama u opinar de la película y su desarrollo; ni siquiera mostrar nuestra interacción con ella o sus diferentes gags. Tan sólo comentaré que todo el filme gira en torno a una lata de sardinas, marcada con la cruz de malta, que contiene un collar de diamantes.

Son varias las conservas de pescado las que se abren en directo. Pero (y aquí radica lo extraordinario) no se destapan con la actual anilla de abrefácil y tampoco con los abrelatas conocidos, por muy primitivos que sean. Nos remontamos posiblemente al primer abridor de la historia que consiste el una llave de alambre rígido con una ranura en medio de su fuste que se introduce en una pestañita de un lateral de la lata, preparado para el efecto, y, dando vueltas sobre sí, dicha tapa se va enrollando destapando consecuentemente el producto. (Creo que se entiende el mecanismo y, los mayores reconocerán conmigo haberlo usado.)

Durante mucho tiempo, entre mis objetos guardados, atesoraba yo una llavecita de este tipo. No con una actitud melancólica o de coleccionista, sino porque alguien, que conocí cuando niño y no recuerdo, tenía una aplanada en los raíles del tranvía y la empleaba como fiel ganzúa para abrir cualquier tipo de cerradura. Mi intención era, cuando pudiera, encaminarme a la estación del ferrocarril y tender mi llave en una de las paralelas a la espera de que un tren la aplanara para hacerla maestra y acceder a cualquier aposento encadenado. Pero la pereza, la falta de ocasión o la poca necesidad de descubrir lo que otros han ocultado, mantuvieron mi alambre tal cual. Mi llave continuó siendo abridor, aunque ya sin lata preparada para abrirse con tal mecanismo, hasta que se perdió definitivamente, sin dejar hueco su ausencia.

Sobre la existencia de Dios

Sobre la existencia de Dios

El mundo está lleno de agnósticos y escépticos, incluso de ateos. No es una moda, como quien piensa que la homosexualidad es eco del momento. Todos los pensadores, en el amplio sentido del término y en todas las épocas, se han pronunciado sobre la existencia divina y sobre si su esencia en realidad es su existencia o viceversa, lo que me hace indicar que cuando el río suena, agua y piedras lleva.

A mediados del pasado siglo, Bertolt Brecht, en las Historias de almanaque, escribía: “Alguien preguntó al señor K. si existía un dios. El señor K. respondió:

—Te aconsejo que medites si tu comportamiento variaría según la respuesta que se diese a esa pregunta. Si permaneciese inalterable, la pregunta sería ociosa. Si, por el contrario, tu conducta variase, en tal caso puedo ayudarte diciendo que tú mismo habrías zanjado la cuestión: Efectivamente, necesitarías ese dios.”

Anteriormente Alfred Jarry, en sus Escritos breves se preguntaba: “—¿Acaso ha visto a Dios? —Si lo hubiera visto desconfiaría”.

“Si Dios no existiese habría que inventarlo”, pensaba Bakunin. Y daba su explicación: “Porque, comprenderéis, es precisa una religión para el pueblo. Es la válvula de seguridad”.

El grupo británico de rock progresivo Jethro Tull, en su álbum Aqualung  (cuarto de su discografía), cantaba: In the beginning Man created Gog; and in the image of Man created he him (Al principio el Hombre creó a Dios a su imagen y semejanza). Ya lo decía Sebastián Rajo: “Si no existe hombre que conciba a Dios, Dios no existe”. Incluso Voltaire, en pleno siglo XVIII, escribía (Le sottissier): Si Dieu nous a fair à son image, nous le lui avons bien rendu (Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda).

Por su parte, Jordi Virallonga, en Ensayo de conversación con mi hija fregando los platos, afirmaba que “Ha de irte muy bien o muy mal para creer en Dios en esta vida, desde luego”.

* Voltaire en la imagen.

La chicha

La chicha

Un chiste antiguo cuenta que en la sopa de la casa del pobre el pollo estaba pintado en el fondo del plato.

Hace tiempo publiqué en este mismo blog Una anécdota sobre la sopa que, conducido por las enseñanzas de Amin Maalouf en León el africano, inserté en Herencia de la cocina andalusí (Fundación Al Ándalus, publicado en el año 2000).

La historieta dice que “el sultán de Granada, el depravado Abu-l-Hasan, reunió una mañana a su séquito en el patio de los Arrayanes para que asistieran al baño de Soraya, Isabel de Solis, a quien eligió a cambio de su esposa Fátima. Una vez acabado el baño, el príncipe invitó a cada uno a beber un tazón pequeño del agua de la que acababa de salir su amada y todos comenzaron a extasiarse y a encumbrar, en prosa y en verso, el maravilloso gusto que había adquirido el líquido que albergaba a la hembra divina. Todos excepto el visir Abu-l-Kasem Venegas que, lejos de inclinarse sobre la piscina permaneció dignamente en su sitio. Actitud que no escapó al sultán que le preguntó la razón. Majestad, contestó Abu-l-Kasem, temo que al probar la salsa me apetezca de pronto la perdiz”.

Hace poco leí, para mi asombro, que redunda en el sentido apócrifo de estos relatos, en La mesa moderna del Doctor Thebussen, un artículo de un cocinero de S.M. Alfonso XII, que refiere: “Cuéntase de Ana Bolena, cuya hermosura á pasado a la historia revuelta con sus desdichas, que un día tuvo el capricho de bañarse en presencia de los caballeros de su córte. Eran cosas del tiempo. Uno de los que la rodeaban, admirado de su sin par belleza, cogió una copa, y llenándola del agua del baño, comenzó á beberla, ofreciéndole un toast a sus amigos por la salud de la linda soberana. Hubo entre los circunstantes quien se negó a beber, é interpelado por los otros sobre su extraña conducta, dijo: Yo quisiera reservarme el tostón”.

El paralelismo de estos modelos, me hace pensar que la anécdota en cuestión es comicidad antigua y que cada cual la arrima a su cuento según propia voluntad para destacar el ingenio de un personaje particular y por ende en la belleza exclusiva de la dama del momento.

* Saliendo del baño, de la Fundación Juan de Avalos.

Víctimas y verdugos

Víctimas y verdugos

No sé si se lo dije o lo pensé únicamente. A raíz de una noticia televisiva sobre algún incidente de acoso escolar, eso que ahora se ha dado en llamar bullying, quise que mi hijo en tal extremo fuera más bien el acosado que el hostigador.

Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Ojalá exista una manera de detectar y detener esos abusos antes de que se produzcan. Pero el conato, me temo, está dentro de cada cual. Ya lo popularizó Hobbes en el Leviatán: Homo homini lupus ("el hombre es un lobo para el hombre"). Y no creo que los niños sean especialmente crueles, quizá tengan menos conciencia del alcance de sus acciones, quizá se encuentren protegidos por la nebulosa nietzscheana del más allá del bien y del mal, superlativizado en todo caso con el devenir de la vida y la violencia gratuita de sus mayores servida en bandeja argentina a diario por los más elementales mass media.

Creo que fue el iluminado Coelho quien recogió algunos de los cuentos de los Padres del Desierto del monasterio de Sceta, cuando las gentes, después de renunciar a los bienes materiales y de una ascética temporada en el desierto, expandía en el templo alguna de sus enseñanzas, tanto de su experiencia inmediata como de su vida anterior.

Conocida como El hecho, he aquí uno de esos cuentecitos morales:
“Mattheu Henry es un conocido especialista en estudios bíblicos. Una vez, al volver de la universidad donde daba clases, fue asaltado. Esa noche, escribió la siguiente oración: Quiero agradecer, en primer lugar, porque nunca había sido asaltado antes. En segundo lugar porque se llevaron mi billetera, pero me dejaron la vida. En tercer lugar, porque aunque se hayan llevado todo, no era mucho. Finalmente quiero agradecer porque yo fui el asaltado y no el que asaltó".

* Monasterio de Sceta, se supone.

Ricardo Reis y Dios

Ricardo Reis y Dios

Fernando Pessoa hace nacer al doctor Ricardo Reis en Oporto, el 19 de noviembre de 1887 (aunque ignora la fecha de su muerte). Hablan de él Álvaro Campos y Alberto Caeiro, del que se dice buen amigo. No conoció personalmente a Pessoa.

José Antonio Llardent, en la revista Poesía de Ediciones Siruela (1995) nos describe a Ricardo Reis como “un poeta muy significativo del neopaganismo moderno”. Aunque Pessoa matiza esta definición alejándolo “de la basura cristiana con pretensiones paganas de los Matthew Arnold, Oscar Wilde y Walter Pater”.

“Reis era en realidad, continúa Llardent, un pagano inocente de la decadencia, que quiso ser a la vez, según dijo de sí mismo, epicúreo y estoico”.

Según su ortónimo, Ricardo es el poeta de la disciplina mental revestida con musicalidad propia, pero recurre a un purismo lingüístico exagerado. Y así como Caeiro quiso ayudarnos a morir sin espanto, escribe María Teresa Rita Lopes, Reis nos propone el medio de morir musicalmente, como cisnes.

Algunos textos en prosa salpican las cuantiosas odas que constituyen la obra poética del heterónimo existencialista. Textos que, como en parte de sus versos, arañan el neopaganismo portugués.

En el primer verso de una de sus odas, Reis propone “Quiero de los dioses sólo que no me recuerden”. Y en otra “Los dioses son dioses / porque no se piensan”.

Leyendo esto, más que pagano, incluso en la tradición nietzscheana, común en la época, que Pessoa se encargó de criticar (calificaba al filósofo como Baco alemán), pienso que era escéptico, como si pensase, como me dijo Alfonso Salazar hace tiempo, mucho tiempo, “Dios aprieta pero no existe”, o, como esa otra frase que leí hace poco en un muro de facebook, cuyo nombre no recuerdo: “Dios existe pero poco”.

Apunta igualmente, y no necesita explicación:

Sólo esta libertad nos conceden
     los dioses: someternos
a su dominio por voluntad nuestra.

O esta otra:

Si a cada cosa que hay un dios compete,
¿no ha de haber en mí un dios?
¿Por qué no he de ser yo?
Pues que siento, en mí un dios anima.
Y el mundo externo claramente veo:
las cosas y los hombres, sin alma.

La duda divina

La duda divina

Hay un proverbio español que dice: “De las cosas más seguras, la más segura es dudar” y sobre todo tratándose de cuestiones intangibles. Cuando una percepción se nos escapa de los sentidos, la fe, la intuición si queremos, es la que manda, la que nos ofrece su ‘corazonada’ con un marchamo inexistente de credibilidad.

Porque creer supone un sobreesfuerzo. Creer en el mundo de las ideas, que diría Platón, se supone. Porque es fácil firmar sobre una casa, por ejemplo, si esa casa la estamos viendo y tocando y viviendo. Es más fácil abrazar lo humano que lo divino.

Chesterton, en El hombre que fue jueves, decía que "el budismo no es una religión, sino una duda". Y quizá sea lo más acertado, la búsqueda continua, la duda cartesiana.

"El escepticismo es el principio de la fe", dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, y Unamuno, en Mi religión, explica: "Porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado".

Además, según Cunqueiro (Un hombre que se parecía a Orestes): "Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas".

Como contrapartida, sin embargo, en las Memorias de un loco de Flaubert, se nos dictará que "la duda es la muerte para las almas; es una lepra que afecta a las razas desgastadas, una enfermedad que proviene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; ¿quizá sea la razón misma?".

El punto diez

El punto diez

Baudelaire escribió el 15 de abril de 1846, en Consejo a los Jóvenes Literatos (en una traducción de Alfonso Salazar en Celeste Ediciones, del año 2000): “todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía”. Cita que me da pie para hablar, ya no de la poesía ni de la escritura en sí ni de los jóvenes, sino de los ‘consejos’ a estos.

Han sido muchos consagrados los que se han decidido a escribir sobre su oficio, dando recomendaciones o advirtiendo de los escollos que nos podemos encontrar, que vayamos preparados, como Odiseo y sus compañeros, para cruzar incólumes el arrecife de las sirenas.

Algunas observaciones las encontramos sueltas en alguna obra de difusión general o incluso de ficción.

Por ejemplo, en Gramática de la fantasía (una obra que pretende convertir al lector en un hacedor de cuentos), Gianni Rodari argumenta que “los cuentos sirven a la matemática, como la matemática sirve a los cuentos. Sirven a la poesía, a la música, a la utopía, al compromiso político..., en una palabra: al hombre. Sirven porque, justamente, en apariencia no sirven para nada: como la poesía y la música, como el teatro y el deporte (excepto cuando se convierten en un negocio).

“Joven, si quiere ser artista, escribía Hermann Hesse creo que en El último verano de Klingsor (cito de memoria) son imprescindibles tres cosas: comer bien, evacuar adecuadamente y estar siempre cerca de una chica bonita”.

Ruiz Zafón nos dirá (la cita no me consta dónde la recogí): “Un relato es una carta que el autor se escribe a sí mismo para contarse cosas que de otro modo no podría averiguar”.

Pero son los autores sudamericanos los que son dados a mostrarnos un decálogo, a veces algo extenso, reuniendo estas advertencias para quien esté tentado de empuñar la pluma.

No voy a reproducir todos los listados que he ido recogiendo de los diferentes autores, pero sí su conclusión vertida, en la mayoría de los casos, en su punto diez.

El uruguayo Horacio Quiroga puede que comenzara la tradición con su Decálogo del perfecto cuentista. En su punto diez, nos dice: “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento”.

Desde Lima, Julio Ramón Ribeyro, concluye: “El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado”.

Juan Carlos Onetti, de Montevideo, escribe un Decálogo para cuentistas, en el que nos invita a la fábula, diciendo: “Mentir siempre”.

Esto me recuerda a una opinión sobre Antonio de Guevara vertida por Nestror Luján en el prologo a Fábulas y leyendas de la mar de Álvaro Cunqueiro tildándolo de “alegre y soberano mentiroso, del mentir por el placer de mentir bello”. ¡Ay!

Roberto Bolaño, a sus 44 años, nos dicta  esta vez una docena de Consejos sobre el arte de escribir cuentos. Su décimo aviso reza: “Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”. Lo que nos obliga a copiar el ítem anterior: “La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”, que a su vez deriva de la sugerencia octava que dice: “Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges”.

(A Poe también lo mencionó Quiroga en su primer consejo: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”.)

Por último, el peruano Vargas Llosa, Mario, que, al ser más ancho en su prosa en vez de diez esculpe quince recomendaciones en sus Cartas a un joven novelista, escribe en décimo lugar: “La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético”.

Leyendo a todos (incluso a más) diría que los únicos consejos son, como los Diez Mandamientos que se encierran den dos, el estudio, o sea, la lectura de todos los cuentistas que se nos acerquen y nos preceden, y la constancia. "La constancia es una virtud", escribe Raymond Carver en Escribir un cuento. (Como decía Picasso, “siempre procuro que la inspiración me coja trabajando”).

* Horacio Quiroga en 1900.

El potlatch

El potlatch

Antes de que se le fuera la cabeza, el padre de un amigo que nos encontramos, quiso tomarse con nosotros unas copas. A la hora de pagar, sacó la billetera y, quien iba conmigo, le dio un manotazo diciendo que guardara el dinero para su hijo, que siempre andaba escaso.

El invitado se ofendió al punto y, sacando un fajo de billetes, quiso prenderles fuego. Se lo impedimos, pero la discusión y los argumentos de gallo alcanzaron la madrugada.

Aun teniendo, el despilfarro es obsceno. La presunción, ya no del desapego a las cosas materiales, sino de la relativa riqueza comparativa, debería estar especificada como delito. Es una búsqueda de reconocimiento, de status, que en cierta forma esconde inseguridad y pavoneo.

La vanidad, el narcisismo, la concepción egocéntrica es moneda habitual en nuestros círculos sociales. Nunca hubo tanto ombligo ni tanta firma ni tanta foto con la sonrisa forzada del ‘famoso’ a nuestro lado.

Mario Maya decía que la fama es el prestigio en calderilla. Y Einstein alabó a Chaplín por su altura y porque lo conocía todo el mundo. A lo que el cómico respondió: dichoso tú que todo el mundo te alaba y nadie te conoce.

A esta fiebre de figurantismo ya podemos ponerle nombre. Leo en Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris: “El caso más extraño de búsqueda de status se descubrió entre los amerindios que en tiempos pasados habitaban las regiones costeras del sur de Alaska, la Columbia Británica y el estado de Washington. Aquí los buscadores de status practicaban lo que parece ser una forma maniaca de consumo y despilfarro conspicuos conocida como potlatch. El objeto del potlatch era donar o destruir más riqueza que el rival. Si el donante del potlatch era un jefe poderoso, podía intentar avergonzar a sus rivales y alcanzar admiración eterna entre sus seguidores destruyendo alimentos, ropas y dinero. A veces llegaba incluso a buscar prestigio quemando su propia casa”.

Líneas más abajo, el antropólogo concluye: “el potlatch ha sido un monumento a la creencia de que las culturas son las creaciones de fuerzas inescrutables y personalidades perturbadas”.

* Indios kwakiutl, entre los que se practica el potlatch.

Una tierra sin pájaros

Una tierra sin pájaros

Hoy, por razones que no vienen al caso, he pasado a las dos y media de la madrugada por la Plaza de la Trinidad y me ha emocionado el sonido, aún tímido, del gorjeo de los pájaros.

La algarabía de estorninos o gorriones en los árboles de este recinto era considerable, incluso estridente. Miles de alados mantenían una tertulia feroz y desordenada que hasta al más duro de oído le llamaba la atención.

Desde hace unos meses, sin embargo, la plaza quedó en silencio y los árboles desiertos. Las aves habían emigrado en masa. (Los periódicos dieron alguna explicación que, aún interesándome, pasó desapercibida.)

Llevábamos tiempo sufriendo el silencio de este y otros rincones. Hay quien le echó cuentas y a quien le pasó desapercibido.

Lo mismo es un fenómeno natural que, un neófito como yo, no comprende. Lo mismo estoy denunciando que el sol se oculta por el oeste.

El caso es que me alegré de oír los pájaros esta noche.

Los antiguos llamaban averno a una tierra sin pájaros. O sea, una de las tácitas condenas añadidas en el infierno es la ausencia de plumíferos cantores.

Los antiguos reyes godos, estaban seguros de volver a encontrar también a sus perros en el paraíso, de no ser así no hubiera sido el paraíso.

…porque creo, humildemente, que en el Paraíso hay espacio para cuantos hacen más llevaderas las melancolías del mundo, exclama Ginés de Silva, supuesto narrador de El Laberinto de Mujica Láinez, con motivo de la muerte de un mico llorado por la virreina del Perú. 

La soledad como refugio

La soledad como refugio

Ayer, en una obra de teatro que nos propusieron en el salón particular de una casa, de la compañía Bajo tierra, una de las actrices apuntaba la necesidad de subirse a un monte para ordenar el mundo. Gritaba, desde la ventana, en el patio, insultando al prójimo, para que la dejaran en paz.

Txemi, después, tomando una cerveza, comentó que haría ocho o diez años estuvo mirando islas y atolones que se vendieran perdidos y solitarios. Pedía un precio sensato y unas condiciones razonables de habitabilidad. Cuando se interesó por un cayo a medida, resultó que hacía unos años entraba dentro de una ruta frecuentada por piratas. (No era cuestión de rodear la isla de radares y de misiles de corto alcance.)

Porque, visto lo visto, es preferible estar solo que acompañado (mal o bien, pero por si acaso). Es como quien dispara y después pregunta. O como decía Cunqueiro de los gallegos, que no han inventado nada en materia de cocinar, porque, antes de peguntarse si algo, animal o cosa, era bueno para comer, ya se lo habían comido.

No hay que irse a un monte, a una isla o a una cueva, como los eremitas (san Simeón pasó los últimos treinta años de su vida encaramado en la cima de una columna), basta con seguir el método, que podemos llamar ‘del avestruz’, y aislarse en sí mismo.

En El turista accidental de Anne Tyler se propone que, para que no molesten con conversaciones o preguntas intrascendentes, los compañeros de asiento en un viaje, lo mejor es sacar un libro de grandes dimensiones y hacer que leemos (o leer en realidad) desde el principio.

También tengo recogida otra experiencia en este sentido, que, aunque no está localizada ni firmada, estoy casi seguro que pertenece a La casa de Lúculo de Julio Camba, titulada Un método original para comer tranquilamente en un banquete:

“Generalmente te colocan entre dos damas y te encuentras enfrente con otra. El método del gran gastrónomo Kaben -lo cita Curnonsky, y me parece que es un alias suyo- es el siguiente.

Se dirige a la señora de su derecha.

—¿Está usted casada, señora?

—Sí.

—¿Tiene hijos?

—Sí.

—¿De quién?

La señora, enfadada, no le dirige más la palabra.

Se inclina Kaben hacia su izquierda.

—¿Está usted casada, señora?

—Sí.

—¿Tiene hijos?

—No.

—¿Cómo lo hace?

Ofendida, la señora, no le habla más.

Kaben habla con la señora de enfrente.

—¿Está usted casada, señora?

—No.

—¿Tiene hijos?

Otra mujer ofendida que no le habla durante toda la comida.

Y así Kaben-Curnonsky puede saborear el menú sin ser molestado.”

* Portada de El turista accidental de Anne Tyler.

Estrellita secreta

Estrellita secreta

Le dije si podía escribir sobre ella. Casi emocionada me dijo que sí. Entonces, por deferencia, le propuse que adoptase un sobrenombre, aunque podría poner directamente el suyo. Le gustó lo del alias. Así, como minutos antes me había insinuado que se parecía en lo físico a Estrella Morente (¿?), propuso, con una risita contagiosa, llamarse ‘Estrellita secreta’.

Conozco su excentricidad solitaria desde hace tiempo y siempre me sorprende. Un día me comentó que tenía el aura blanca. Le pregunté si eso era bueno o malo. Respondió que cuanto más clara mejor. Después entendí que el aura mejor es posiblemente la dorada, pero con la albina me conformo.

(Quien caminaba a mi lado, al punto se interesó por el color de su halo. Ella lo tenía violeta, en parte anaranjado, en parte rosáceo. Tampoco estaba mal.)

En cierta ocasión, nos contó, que fue al súper a realizar unas compras y, en llegando, se la acercó un chico que dijo de acompañarla. Estrellita no vio motivos para negarse y, cuando salieron de comprar, le dijo a su acompañante que tenía el aura amarilla. Él se alejó argumentando que pensaba robarle pero como era bruja no se atrevía, que buscaría otra víctima.

Una carcajada en íes culminó la anécdota. Una risa que se cortó en seco, con la mirada perdida de sus ojos saltones como los de Buñuel. Parece que alguien hubiera pasado invisible unos metros detrás de mí.

Un tiempo antes ya me había relatado una historia que me dejó al menos asombrado. Resulta que salía con un chico que una tarde, como acostumbraba, la vino a recoger. Ella, antes del beso, le acusó de haberle puesto los cuernos. Ante la negativa o la confesión del compañero, que le preguntó cómo lo sabía, ella tranquilamente aludió a que tenía el aura negra. No lo volvió a ver.

Nuevamente la risa estalló seca y ratonil entre nosotros.

Estrellita secreta fuma; pinta con alegres colores, como un cuadro naif o el arte hindú; y le gusta a rabiar Paco de Lucía.

Solución crucigrama

Solución crucigrama

(Por si alguien se ha entretenido en hacero, que me parece a mí...).

Redundando en la teoría de los contrarios

Redundando en la teoría de los contrarios

Hace varios años, en este mismo blog, publiqué Una aproximación a la teoría de los contrarios donde quería justificar los extremos comparándolos con su antagónico.

Nada existe, pienso, sino lo opuesto. Nada es verdad si algo no fuera mentira.

Durante milenios los budistas simbolizaban con la dualidad del yin-yang el principio pasivo o femenino frente al activo o masculino, el negro y el blanco, la noche y el día...

Platón, y en los diálogos socráticos, afirmaba que cada ser desea a su contrario, su complemento, y no aquello que es igual él. Así, lo que es seco necesita la humedad, lo que es frío, necesita el calor, lo que es amargo, necesita la dulzura, lo que es agudo, lo embotado, lo que es vacío, la plenitud, lo que está lleno, necesita el vacío y lo mismo ocurre con todo lo demás. Porque el contrario se alimenta del contrario, mientras el parecido no gana nada con el parecido.

Según los Upanishads (libros sagrados hinduistas), el espacio y el tiempo son emanaciones de Brahmán cuyo ser es un más allá del espacio y del tiempo. ¿Por qué? Por la alegría de creación. ¿Por qué hay el mal? Por la alegría de superarlo con el bien. ¿Por qué hay la oscuridad? Para que la luz pueda brillar más intensa. ¿Por qué hay el dolor? Para hacer posible la alegría de superarlo, la alegría del sacrificio por amor. ¿Por qué la creación e infinita evolución del universo? Porque en el fondo todo es amor, y amor puro es pura alegría.

Borges, cuando concibe en Ficciones el universo de Tlön y comenta sus caracteres identitarios, al hablar de los usos literarios, afirma que Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.

En Los orígenes del Pensamiento en el Niño, Henry Wallon escribe que el pensamiento se forma en parejas. La idea de «blando» no se forma primero ni después que la idea de «duro», sino que ambas se forman contemporáneamente, en un encuentro generador: El elemento fundamental del pensamiento es esta estructura binaria y no cada uno de los elementos que la componen. La pareja, el par son elementos anteriores al concepto aislado.

Entre sus Máximas, François de La Rochefoucault, sentencia que Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.

Ahora leo que, en Gramática de la fantasía, Gianni Rodari propone el «Principio de oposición», que fundamenta en la «Teoría de la forma y de la figuración» de Paul Klee cuando escribe que el concepto es imposible sin su oponente. No existen conceptos aislados, sino que por regla son «binomios de conceptos».

René Magritte, Al Gravitar Rodando.

Crucigrama numérico

Crucigrama numérico

Os propongo resolver este crucigrama numérico, donde todas las respuestas son cifras. Por diversas circunstancias, he compuesto de forma muy esporádica algunos pasatiempos, casi siempre por gusto. Es el metaocio, o sea, el ocio para el ocio, como la metafísica es pensar el pensamiento y la metalimpieza es limpiar la escoba.

Tenía que haber hecho un formulario para rellenar estos cuadritos in situ, pero requeriría de un saber y de un tiempo de los que carezco.

Aquí dejo las cartesianas preguntas:

Horizontales.-

a) Colinas de Roma (y también de Estambul). Media docena. Grupo granadino de rock ya desaparecido.

b) El año en que murió Marilyn y yo vine al mundo. Primer año del siglo VIII.

c) Primer primo. Pares descendentes. Talla de cintura de Marilyn.

d) Los Reyes Magos. Ven aquí. Cortázar publica Rayuela (también ese año muere Édith Piaf y Cernuda).

e) Intérpretes de un aria. Dálmatas.

f) Lunas de Júpiter. Nació san Jorge (otros piensan que murió ese año). Ladrones de Alí Babá.

g) Prefijo internacional telefónico de China. Número bíblico. Pareja. Días creando (y al siguiente descansó).

h) Evangelistas. Número erótico. Tenedor de pescado.

i) Noches de Scherezade. Los nombres de Alá.

Verticales.-

a) Llegan los árabes a la Península. Novela de George Orwell.

b) Película de animación. Los cerditos. Con ‘jer’, lo que se ponen los niños cuando las madres tienen frío (Gila). Solo.

c) El número de la Bestia. Produce la triscadecafobia. Minutos de una hora.

d) Aunque sea políticamente incorrecto, y sin que sirva de precedente, mi DNI.

e) El redondo. MMXIII. Rima con ‘oportuno’.

f) Octanos de la gasolina súper. Siete por tres.

g) Año de la batalla de Hanstings. Fases de la luna. Un año más a la mayoría de edad.

h) Número de información telefónica. Los persas ocupan Egipto (con un cero delante).

El coco

El coco

Tengo un amigo que responde al nombre de Coco (lo vi el otro día). Tengo una amiga que responde al nombre de Coco (hace tiempo que no nos vemos). Ambigüedad andrógina que suele pasar con algunos sobrenombres o diminutivos. Lo mismo ocurre con Chus o con el catalán Pau.

Coco también es uno de mis muñecos favoritos de Bario Sésamo; el fruto tropical de las palmeras; una bacteria; la cabeza pensante del ser humano; o el personaje imaginario con el que se le mete miedo a los niños, como el hombre del saco o el mantequero.

Curiosamente, leyendo entre otros a Corominas, nos enteramos de que el cocotero, árbol procedente de las tierras ribereñas del Océano Índico, aunque se extendió por el Pacífico, en Europa, antes del Descubrimiento, no se conocía.

Fueron los compañeros portugueses de Vasco de Gama en 1498 los que bautizaron su fruto navegando por la costa Malabar.

Cuenta el filólogo que tal nombre le fue dado por comparación de la cáscara y sus tres agujeros, con una cabeza con ojos y boca, como la del coco o fantasma infantil; personaje documentado ya en 1518 en una comedia del portugués Gil Vicente.

Sin embargo, continúa Corominas, ya en el año 1330, el árabe Abenbatuta insistía en la notable semejanza de la cabeza esférica del coco, groseramente figurada, con el de estos frutos

El primer poeta surrealista

El primer poeta surrealista

durmen sus un chivau. 

Guillermo, IX duque de Aquitania y conde de Poitou, "supo trovar y cantar bien". Fue abuelo de Leonor de Aquitania, la gran heroína del siglo XII, esposa de Luis VII de Francia y de Enrique II de Inglaterra y madre de Ricardo Corazón de León.

La mayoría de las composiciones de Guillermo son obscenas y antirreligiosas, aunque también sabía ser galante con las damas y sinceramente místico.

Era un libertino. Jean Markale en La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania dama de los trovadores y bardos bretones (José de Olañeta, editor, 1992) cuenta la anécdota de que el duque fue excomulgado por la Iglesia por sus continuos desmanes (en Niort, después de haber fundado varios monumentos religiosos, hizo construir un burdel donde las jóvenes habían de ir vestidas de monjas). El obispo de Poitiers fue a comunicarle el anatema. En un acceso de cólera, Guillermo sacó su espada, a lo que el religioso respondió que no temía morir, pues se encontraba en estado de gracia. El conde-duque, enfundando, dijo entonces: “No os estimo tanto para enviaros al paraíso”.

Sus poemas, eróticos en extremo, los recitaba o cantaba al frente de sus soldados para darle ánimos en la batalla. Sin embargo, entre sus versos, se encuentra una balada que no es tal. Me atrevería a decir que es el primer poema surrealista de la historia. Comienza de esta manera:

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
no celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.

Luis Alberto de Cuenca, en el prólogo a la Poesía completa de Guillermo de Aquitania (Siruela, 1983), cuenta: “Probablemente sea esa canción una de las más hermosas y actuales de toda la lírica trovadoresca. Y ello por la maravillosa atmósfera de irrealidad y de misterio que envuelve todo el vers, haciendo de la pura negación un tema literario. Si en sus ocho estrofas comienza la poesía occidental, en ellas está también el fin de la misma. Guillermo —como Samuel Beckett— inauguraba y clausuraba al mismo tiempo”.

¡No hemos inventado nada!

Las Pléyades

Las Pléyades

Un grupo de siete estrellas pertenecientes a la constelación del Toro, cuya estrella más brillante es Aldebarán, a la que no debemos mirar muy seguido porque hace violento, eran hijas del titán Atlas, quien, con sus hombros como pilares, mantenía la Tierra separada del cielo, y, con Diana, compartían la afición a la caza.

Los griegos pensaban que las Pléyades eran palomas (de ahí su nombre), los latinos que una gallina con su pollada, para los árabes fueron un pezón de Turayya y, en mi historia inédita de Septimio de Ilíberis, no eran más que "un racimo de uvas bien lustroso para alegrar los cielos y mantener la copa de Júpiter, el amontonador de nubes".

Aunque las llaman 'virginales', las Pléyades fueron amantes de los dioses. Zeus amó a Maya, con la que concibió a Hermes; a Taigete; y a Electra. Poseidón estuvo con Alcione, abuela de Orión; y con Celano. Ares sedujo a Estérope. Y la séptima, Mérope se enamoró de Sísifo, el único mortal, hijo de Eolo, quien terminó arrastrando perpetuamente una piedra en el Tártaro cuesta arriba y, cuando llegaba a la cima, volvía a caer, como castigo de haber promulgado los amores de Zeus con una ninfa.

Tras la persecución libidinosa de Orión, que no respetaba ni a su abuela, Zeus las convirtió en las estrellas que son, en brillantes 'palomitas' en el firmamento. Sólo una brilla menos, Mérope, avergonzada, según cuentan, de su amor humano. Por eso, a simple vista parece que son seis en vez de siete.

Las Pléyades se ocultan durante cuarenta días y cuarenta noches, indicando a los labriegos de antaño el tiempo de labranza.

“Tanto el arado, como la siembra y la cosecha hay que realizarlas desnudo, como dictó Deméter, de hermosas trenzas, para agradar a la tierra y obtener buenos frutos”, aconseja el padre de Septimio en la novela indicada.

Las Pléyades, por el pintor simbolista Elihu Vedder (1885).

Sobre la inexistencia del infierno

Sobre la inexistencia del infierno

Creo que fue Bierce quien contó que, cuando la versión jacobina del Nuevo Testamento estaba en proceso de evolución, la mayoría de los piadosos sabios ocupados en la obra, insistieron en traducir la palabra griega Aidns como “Infierno”; pero un concienzudo miembro de la minoría se apoderó secretamente de las actas y tachó la objetable palabra donde quiera la encontró. En la próxima reunión, el obispo de Salisbury, revisando la obra, se paró de un salto y exclamó, muy excitado: “¡Señores, alguien ha abolido el infierno!”

Y es que los crédulos son multitud, pero los incrédulos suelen ser más pesados.

Manuel Vicent, en un artículo antiguo para El País decía que “lo peor del infierno es que está pasado de moda. El infierno ya no se lleva”, terminaba asegurando como si las tinieblas fueran una ventolera.

A santa Brígida de Suecia, ya lo he contado más de una vez, el mismo Dios le confesó que “el infierno estaba vacío”.

Quizá el infierno sea un invento para mantener a raya a los creyentes, como el cuarto de las ratas para un niño o la idea de apretarnos un poco más el cinturón para salir de una crisis que sólo está en la cabeza de los temerosos y en el bolsillo de quien maneja mi barca.