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Algunas cosas y demás verdades

El ladrillito

El ladrillito

No hace mucho, le comenté a una amiga que con diecisiete o dieciocho años tenía un amuleto de mala suerte. No tenía nada en especial, ni poderes mágicos ni ciencia alguna. Se trataba tan sólo de un ladrillo de barro cocido de pequeñas dimensiones, no más de tres centímetros, con tres filas de orificios; atravesado por un cordón de cuero que me anudaba al cuello.

Viendo a gente coger amuletos o talismanes y encomendarse a ellos para que la fortuna les acompañara o, en su caso, no les abandonara; yo pensé lo contrario. Tendría permanentemente un objeto que atraería la mala suerte y, cuando me desprendiera de él, en contraposición, las oportunidades se me brindarían por defecto.

Llegaba un examen, una aventura en el campo, una noche displicente o cualquier otra prueba, y sólo me planteaba desprenderme del ladrillito, meterlo en el bolsillo o dejarlo directamente en casa para llamar a la ventura.

Y es posible que sea eso. Las efigies, las estampas, las medallas, las patas de conejo… tienen el valor que nosotros le concedemos. Nuestro talante cambia cuando abrazamos determinada piedra o colgamos en nuestro pecho tal escapulario. Es nuestra actitud la que influye en el destino y no el amuleto. No es la herradura la que atrae la suerte, sino nuestra creencia en ese talismán.

En un cuento inacabado de hace tiempo, describía a una señora que, lo primero al levantarse, antes del café si quiera, era consultar su horóscopo para ver cómo debía comportarse el resto de la jornada.

Ayer, a este respecto, leí en Sartoris, una de las primeras novelas de William Faulkner (que murió en el mismo año de mi nacimiento), que una de sus protagonistas (Miss Jenny) “era una verdadera optimista, es decir, una persona que espera siempre lo peor y por lo tanto recibe una agradable sorpresa al comprobar que ha pasado otro día sin que se produzca la catástrofe”.

Las vueltas de una palabra

Las vueltas de una palabra

Me encuentro en el libro Sartoris (1929) de William Faulkner la palabra ‘esteva’ asociada a un arado. Busco en el Diccionario de la Real Academia su definición. Es la pieza corva y trasera del arado, sobre la cual lleva la mano quien ara, para dirigir la reja y apretarla contra la tierra. Bien.

Pero me intereso por su segunda acepción. ‘Esteva o palo de esteva’ es el madero curvo que en los carruajes antiguos sostenía en sus extremos las varas y se apoyaba por el medio sobre la tijera.

¿Y la vara qué es? ¿Y la tijera? Bueno, pues la ‘vara’ es cada una de las dos piezas de madera que se afirman en los largueros de la escalera del carro y entre las cuales se engancha la caballería. La ‘tijera’ es cada uno de los dos correones cruzados por debajo de la caja o los largueros que a uno y otro lado del pértigo quedan enlazados con las teleras para formar la escalera del carro.

‘Larguero’ no lo he encontrado específicamente referido al carro, pero la ‘lanza’ es la vara de madera que, unida por uno de sus extremos al juego delantero de un carruaje, sirve para darle dirección; a sus lados se colocan, enganchándolas, las caballerías del tronco, que han de hacer el tiro.

La ‘escalera’ es la pieza del carro, compuesta por los listones, las teleras y la lanza, y que en la forma se parece a una escalera de mano. La ‘telera’ es el travesaño de madera con que se enlaza cada lado del pértigo con las tijeras o largueros de la escalera del carro. El ‘listón’ tampoco aparece como tal; pero la ‘caja’ es la parte del coche de caballos destinada para las personas que se sirven de él, y en la cual van sentadas; el ‘tronco’ es el conjunto de dos o más mulas o caballos que tiran de un carruaje; el ‘pértigo’ es la lanza del carro.

Podía estar así dando vueltas toda la mañana sin enterarme concretamente de lo que es qué y confundiendo una cosa con la otra. La próxima vez que vaya al campo me fijaré en un carro y le preguntaré a un lugareño para que mis dudas posiblemente queden aumentadas.

La desnudez como prueba

La desnudez como prueba

Uno

El escultor griego Praxíteles (siglo IV a.C.) tenía como musa a Friné, una hermosa hetera (una cortesana, como lo fuera Aspasia, amante de Pericles, quien le dio un hijo), a la que, como otros artistas, no dudaba en utilizarla como modelo para representar a la diosa del amor (la Venus de Cnido se supone que es la imagen de Friné, una de las más bellas esculturas que conozco).

Friné fue juzgada en el areópago (tribunal superior de Atenas) por el delito de impiedad (por el mismo ‘crimen’ que se sentenció a muerte a Sócrates).

Hipérides, su defensor, fue incapaz de convencer a los magistrados con su discurso. Entonces hizo desnudarse a Friné ante los jueces, quienes la absolvieron convencidos de que no se podía privar al mundo de tal belleza, la cual era un monumento vivo a Afrodita.

Dos

En la Inglaterra del siglo XI, sir Leofric, conde de Chester y de Mercia y señor de Coventry, cegado por su ambición quiso subir los impuestos a un pueblo ya estrujado. Lady Godiva, su bella y bondadosa esposa, le pidió que no diera curso a sus deseos de explotación, para lo cual, pensando que quizá no se atrevería, el conde dijo de bajar los tributos si recorría las calles de Coventry a caballo, sin más vestidura que sus largos cabellos.

La dama pidió a sus vecinos que se encerraran en sus casas para no perturbar su desnudez. El día señalado, Lady Godiva paseó por su pueblo desnuda, montada a caballo, a la vista de todos pero sin que nadie la viera.

Tres

En El Escarabajo de Mujica Lainez se cuenta que una americana de alta condición, esbelta y elegante, fue falsamente acusada de esconder alguna enfermedad cutánea, incluso lepra, bajo sus permanentes guantes de caña alta. En una reunión, delante de los asiduos amigos de la alta sociedad que frecuentaba, se desnudó por completo para mostrar una piel inmaculada y un cuerpo más que deseable a pesar de la edad que ya acumulaba..

El escritor bonaerense describe: “Mrs. Vanbruck empezaba a desprenderse las tiras que le sostenían el vestido en los hombros; nadie más lo notó, porque la norteamericana había retrocedido hacia la media luz que circundaba la claridad redonda de la gran lámpara, bajo la cual resplandecían las calvas, los gemelos, las sortijas, las pulidas uñas y las brasas de los cigarros de los señores. Mrs. Vanbruck deslizó con habilidad el forro de seda de Cheruit, descubriendo sus pechos, quirúrgicamente impecables. Lo vio Maggie y lanzó un grito. Volviéronse todas las cabezas, y los presentes comprobaron, atónitos, como ante una alucinación, que Mrs. Dolly continuaba bajando el vestido celeste, y que exhibía la mimada pulcritud de su vientre, de su ombligo, para terminar arqueando sobre la cabeza sus brazos de encaje negro (…). Y giró el cuerpo muy acariciado, aproximándolo a la lámpara (…). Mrs. Vanbruck medía los pausados ademanes, y revestía una vez más la obra maestra de cirujanos conspicuos que un minuto antes exhibiera, tornaba a cerrar los broches de diamantes que en los hombros sujetaban sus tirillas, se inclinó y, prolongada su figura por la breve cola celeste, se alejó como un ave majestuosa”. 

* Friné ante el Areópago, Jean-Léon Gérôme (1861).

Estoy en la luna

Estoy en la luna

Cuando estuve en Úbeda por primera vez, tendría 13 o 14 años, con algunos amigos de la misma edad, referíamos humorísticamente a nuestras anfitrionas la expresión de andar ‘por los Cerros de Úbeda’. Ellas, niñas también de nuestra quinta, nos decían con sarcasmo que en su pueblo no había cerros. Durante mucho tiempo pensé que su inexistencia incidía en el dicho. Estar en los Cerros de Úbeda venía a ser como pensar en las musarañas o estar en Babia o estar en la inopia o estar en la luna o no esterarse de nada.

Inopia significa ‘Indigencia, pobreza, escasez’ y estar en ella, según el Diccionario de la Real Academia, sería ‘ignorar algo que otros conocen, no haberse enterado de ello’. Por similitud, estar en Babia es ‘estar distraído y como ajeno a aquello de que se trata’. Babia viene de ‘baba’ o de babieca, que es la ‘persona floja y boba’, o también puede provenir de una comarca montañosa de León, formada por los concejos de Babia de Arriba y Babia de Abajo. Así, estar en Babia, es vivir en el país de los ‘tontos’ o, según Gregorio Doval (Del hecho al dicho, 1995) puede referirse a la evasión de los primeros reyes leoneses cuando se iban a dicha región a cazar y ausentarse a sabiendas de los problemas que les aquejaban.

Al tiempo me enteré de que, aunque no muy altos, en Úbeda sí hay Cerros. Están entre el río Guadalquivir y Gualdalómar. Hacen referencia, siguiendo nuevamente a Doval, a un antiguo alcalde (no especifica ni la fecha ni su nombre) que tenía una amante por tales Cerros. En un pleno municipal en que divagaba especialmente y se alejaba del asunto, un concejal con sorna le atajó diciendo que no se fuera por los Cerros de Úbeda.

Hay otras teorías, pero creo que me voy a quedar con esta picarona historieta para explicar cuando se dice alguna incongruencia o se divaga por el extrarradio del discurso principal, o sea, irse por las ramas o salirse por la tangente que en realidad significa ‘valerse de un subterfugio o evasiva para salir hábilmente de un apuro’ (DRAE).

En este punto, no seguiré divagando pues y hablaré de la luna, que es lo que pretendía. Estar en la luna es ‘estar fuera de la realidad, no darse cuenta de lo que está ocurriendo’.

Acabo de leer los Relatos verídicos de Luciano de Samosata (¿Otra vez, Jorge? Sí, otra vez) en los que se narra un fantástico viaje a la luna. Este autor griego (siglo II d. C.), según reconoce, estuvo influido por Antonio Diógenes (casi contemporáneo suyo).

Desde esta aventura, no tengo otra referencia de huída a la luna hasta el siglo XVII, donde el espadachín y poeta (o viceversa) Cyrano de Bergerac escribió Historia cómica de los Estados e imperios de la luna (1662). Conocemos a Cyrano por el drama del mismo título de Edmond Rostand y por películas de ficción.

La siguiente noticia, la más conocida de ascensión selenita, es de Julio Verne cuando escribe De la Tierra a la Luna, en 1865, llevada al cine en 1902 por Georges Méliès (la célebre luna con el cohete en el ojo) y en 1958 por Byron Haskin.

El primer alunizaje real de la historia lo pude ver el 20 de julio de 1969 en una pantalla de televisión en blanco y negro de la mano de mi abuelo subiendo de la playa hasta Granada por la Carretera de la Cabra. A mis siete años la nebulosa del recuerdo se vuelve irreal y romántica. No sólo veía en blanco y negro el monitor elevado, sino que recuerdo en tonos de gris toda la escena, el bosque que rodeaba el local con sus encinas y sus pinos, la estancia con su mostrador de madera y sus muebles añosos, los parroquianos con sus ropas de verano asistiendo absortos y escépticos a un logro sin precedentes cuando un Neil Armstrong ingrávido plantaba una bandera made in USA en la cara visible del astro. Quizá los únicos que alucinábamos en colores éramos mi abuelo y yo.

El padre de mi madre, entonces, apretándome la mano suavemente, con su cigarro consumido entre los labios, sin dejar de mirar el baile de los astronautas bicolores, me dijo: ‘eso es mentira’.

Chicote

Chicote

Conozco a más de un chicote. De apellido Chicote o de sobrenombre Chicote.

Chicote, o chicota, viene de chico, que coloquialmente es la persona de poca edad, pero robusta y bien formada.

Pero también puede provenir del francés chicot, que viene a ser el cabo o la punta de un cigarro puro ya fumado y, por extensión, el mismo puro.

Para los marineros, el chicote es el extremo, remate o punta de cuerda. Hay un nudo naviero que se conoce como vuelta de chicote, que no recuerdo muy bien cómo es (tendría que buscar en mis apuntes).

En algún lugar de Sudamérica, chicote es la trabilla o tira de tela que sujeta el cinturón y, por Vargas Llosa, en El sueño del celta, me entero de que también es un látigo o azote, “emblema de la colonización africana”, que denunció su héroe Roger Casement.

Los invasores en África iban colonizando, cuenta Mario, “quemando y saqueando aldeas, fusilando nativos, desollándoles las espaldas a sus cargadores con esos chicotes de jirones de piel de hipopótamo que habían dejado miles de cicatrices en los cuerpos de ébano de toda la geografía africana”.

Más adelante, el novelista peruano-español, intenta explicar: “¿Quién inventó ese delicado, manejable y eficaz instrumento para azuzar, asustar y castigar la indolencia, la torpeza o la estupidez de esos bípedos color ébano que nunca acababan de hacer las cosas como los colonos esperaban de ellos, fuera el trabajo en el campo, la entrega de la mandioca (kwango), la carne de antílope o de cerdo salvaje y demás alimentos asignados a cada aldea o familia, o fueran los impuestos para sufragar las obras públicas que construía el Gobierno? Se decía que el inventor había sido un capitán de la Forcé Publique llamado monsieur Chicot, un belga de la primera oleada, hombre a todas luces práctico e imaginativo, dotado de un agudo poder de observación, pues advirtió antes que nadie que de la durísima piel del hipopótamo podía fabricarse un látigo más resistente y dañino que los de las tripas de equinos y felinos, una cuerda sarmentosa capaz de producir más ardor, sangre, cicatrices y dolor que cualquier otro azote y, al mismo tiempo, ligero y funcional, pues, engarzado en un pequeño mango de madera, capataces, cuarteleros, guardias, carceleros, jefes de grupo, lo podían enrollar en su cintura o colgarlo del hombro, casi sin darse cuenta que lo llevaban encima por lo poco que pesaba. Su sola presencia entre los miembros de la Fuerza Pública tenía un efecto intimidatorio: se agrandaban los ojos de los negros, las negras y los negritos cuando lo reconocían, las pupilas blancas de sus caras retintas o azuladas brillaban asustadas imaginando que, ante cualquier error, traspié o falta, el chicote rasgaría el aire con su inconfundible silbido y caería sobre sus piernas, nalgas y espaldas, haciéndolos chillar”.

Contra el deporte

Contra el deporte

Ayer, en el facebook, encontré una cita falaz por lo demagógica que podía llegar a ser. Venía a decir que si entendías esa frase era porque un maestro te había enseñado a leer y no un futbolista. No hay que tener muchas luces para saber que tal enunciado es un sofisma placentero para culturetas y sesudos antideportistas. Tampoco es difícil entender lo que exageradamente se quiere decir.

Es miel, como digo, para los que renegamos de alguna forma del deporte de masas, del monopolio del fútbol, del dinero interno y externo que maneja, del tráfico consentido de personas, de la deshumanización incontrolada, del circo sin pan de nuestros días.

Siempre he pensado que entender de fútbol es un poco de derechas, que en mi imaginario viene a decir una mente estrecha y un abecé limitado. Quizá admiré a los deportistas, pero su trascendencia me cohíbe. Nunca me verán desfilar entre las filas de sus practicantes y mucho menos de sus seguidores.

Declaraciones estas, políticamente incorrectas, que hasta para los íntimos había que confesarlas con reservas. (Sin embargo, algún deporte he practicado, como el montañismo, o he jugado, como todo hijo de vecino, en peloteos de todo tipo con los chicuelos de mi escuela.)

Fue un 19 de febrero de 2011, cuando acudí a los Encuentros en la Biblioteca, que dirigía tan sabiamente Juan Carlos Friebe, para conocer y escuchar a la narradora Herminia Luque, cuando leyó unas palabras contra el deporte, tranquilizándome de que yo no era el único que nadaba a contracorriente.

En uno de sus escritos, llamado No sport, la escritora granadina, afincada en Málaga, decía: “El deporte no permite, más que de una forma excesivamente tosca, la expresión de la personalidad. Los deportistas no son más que figurantes de la sociedad del espectáculo. Imágenes en movimiento, emotivas como mucho, nunca denotativas. En absoluto capaces de expresar lo propio, lo característico del sujeto (si lo hubiere) y no sólo lo tópico, lo representado según lo conveniente y lo esperable en la ficción deportiva que corresponda”.

Y termina diciendo: “La utilización económica y mediática, pública en suma, del deporte no es un hecho ajeno al mismo sino que es la instancia indecidible de un conjunto de actividades en sí mismas irrelevantes y carentes de significado”.

Antonio Machado, en Juan de Mairena, decía que “La gimnástica, como espectáculo, tiene entontecido a medio mundo, y acabará por entontecer al otro medio”. Y seguidamente, a pesar de que su protagonista era profesor de gimnasia, expone un texto Contra la educación física: “Para crear hábitos saludables, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y de los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido abstractos, desintegrados, tanto en la vida animal como en la ciudadana. Aún suponiendo que estos ejercicios sean saludables -y es mucho suponer-, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia”.

 “Se diría que Juan de Mairena –continúa Machado- había conocido a nuestro gran Miguel de Unamuno, tan antideportivo, como nosotros lo conocemos”.

Álvaro Cunqueiro, en Fábulas y leyendas de la mar, en el artículo La natación y adivinanzas incide diciendo: “Servidor, como lector del padre Feijóo, creía que natación e inteligencia andaban más bien reñidas (…). La capacidad de bucear durante un largo rato parece ir acompañada de un cierto grado de cretinismo. Yo he conocido en mi vecino mar de Fox a un buceador, realmente sorprendente, que era un robusto idiota”.

En Colombia, otro Álvaro, Álvaro Mutis, nos habla de La miseria del deporte: “El deporte es una actividad humillada y miseranda, El deportista nada arriesga, cultiva sus músculos y adiestra sus reflejos para exhibirse ante una multitud enclenque, de ideas usadas y agrias. El público hace del atleta su ídolo, le atribuye virtudes que quisiera poseer, y, detrás de la opulenta trabazón de músculos, supone atributos heroicos que no existen, aún más, que el atleta niega. Es éste un eunuco que la multitud cubre con deseos imposibles y antiguos, ya perdidos hace tiempo. De allí que el deporte, como la prostitución y el alcohol, se convierta en una pingüe industria en manos de mercaderes inescrupulosos. Mercaderes de atletas”.

Por último, mi admirado Ambrose Bierce, en su famoso diccionario, en la entrada ‘Alba’ nos define: “Momento en que los hombres razonables se van a la cama. Algunos ancianos prefieren levantarse a esa hora, darse una ducha fría, realizar una larga caminata con el estómago vacío y mortificar su carne de otros modos parecidos. Después orgullosamente atribuyen a esas prácticas su robusta salud y su longevidad; cuando lo cierto es que son viejos y vigorosos no a causa de sus costumbres sino a pesar de ellas. Si las personas robustas son las únicas que siguen esta norma es porque las demás murieron al ensayarla”.

Pawel Kuczynski es un ilustrador polaco.

Walt Whitman, el profeta de Long Island (y 3)

Walt Whitman, el profeta de Long Island (y 3)

Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas,
Cada momento y todo lo que ocurre me llena de alegría,
No sé cómo se doblan mis tobillos, ni la causa del más leve de mis deseos,
Ni de la amistad que suscito, ni de las amistades que me devuelven.

Fue el máximo cantor del yo, del cuerpo humano, del sexo, de la fraternidad universal, de la igualdad democrática.

Walt Whitman fue poeta de la libertad y la homosexualidad. Fetiche de los gays de su tiempo y del venidero, como en Grecia lo fue Kavafis, en Francia Rimbaud o, posteriormente, en España García Lorca. Su libro «Calamus» está dedicado casi íntegramente a este tema. Leamos, por ejemplo «A un desconocido».

Se llama a sí mismo "el poeta del Cuerpo, el poeta del Alma", queriendo decir que le canta a lo opuesto pero complementario, al ying y al yang, canta a la tierra y sus antípodas, al mar, a la noche tierna... Esto lo contemplamos en el poema 21 de «Canto a mí mismo»:

Soy el poeta del Cuerpo y Soy el poeta del Alma,
Los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo,
Los primeros los injerto y los multiplico en mi ser, los últimos los traduzco a un nuevo idioma.

Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre,
Y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre,
Y digo que nada es mayor que ser la madre de hombres.

Entono el canto de la exaltación o de la soberbia,
Ya estamos hartos de palabras y zalamerías,
Muestro que el tamaño no es más que el crecimiento.

¿Has dejado atrás a los otros? ¿Eres el Presidente?
Es una bagatela, cada uno de los otros te alcanzará y seguirá adelante.

Soy el que camina con la tierna y creciente noche,
llamo a la tierra y al mar que abraza la noche.
Abrázame, noche de senos desnudos, abrázame, noche magnética y fecunda,
Noche de los vientos del sur, noche de las estrellas grandes y escasas,
Noche serena que me llama, loca y serena noche de estío.

¡Sonríe, tierra voluptuosa de fresco aliento,
Tierra de los árboles dormidos y húmedos,
Tierra del sol que ya se ha ido, tierra de las montañas de cumbre nebulosa,
Tierra del cristalino fluir de la luna llena, apenas tocada de azul,
Tierra del brillo y de la sombra machacando la corriente del río,
Tierra del gris límpido de las nubes que resplandecen y se aclaran para que yo las vea,
Tierra yacente y extendida, rica tierra de azahares!
Sonríe, porque llega tu amante.

Pródiga me has dado tu amor, te doy pues mi amor,
Mi apasionado amor indecible.

¡Mar!, a ti me abandono también, adivino lo que  quieres decirme,
Miro desde la playa tus encorvados dedos que me invitan,
Creo que no quieres volver sin haberme tocado,
Salgamos juntos de paseo, me desnudo, perdamos de vista la tierra,
Acúname con suavidad, méceme en tu sueño ondulante,
Salpícame de amorosa humedad, yo puedo retribuirte.

Mar que henchido te embraveces,
Mar que respiras, hondo y revuelto,
Mar en que está la sal de la vida, mar de cerradas sepulturas aún no cavadas,
Rugiente mar que engendras tempestades, mar delicado y caprichoso,
Soy universal como tú, soy también de una faz y de muchas faces.

Participo de flujos y de reflujos, exalto reconciliaciones y odios,
Exalto a los amantes y a los que duermen abrazados.

Soy el que testimonia simpatía,
(¿Haré la lista de las cosas que hay en la casa y omitiré la casa que las contiene?).

Henry Miller decía de él que no tenía pelos en la lengua y llamaba a los "ángeles ángeles y al estiércol estiércol".  Pero sobre todo bohemio. Condujo el tranvía de Nueva York durante un año en lugar de un amigo suyo enfermo para que no perdiera su empleo; durante este periodo le entregaba mensualmente el sueldo («A ti» pg. 25/T2). Estereotipo de bohemio. Según un frenólogo de Manhattan, "este hombre tiene una gran constitución física (...). Sin duda desciende de la más fuerte y sólida estirpe. Cabeza de gran tamaño. Sus principales características: amistad, compasión, sublimidad y autoestima". Borges nos recuerda: "cuentan que Walt Whitman tenía una sorprendente estructura animal, buena y erguida cabeza; era huesudo, de paso atlético,  costumbres frugales y comprometido con las más altas aspiraciones humanas; se decía de él que era un ciudadano ejemplar". Lorca lo describe de este modo en su «Oda a Walt Whitman» en "Poeta en Nueva York".

Henry Miller, en Trópico de Cáncer, cuenta del profeta de Long Island: "... esa figura única y solitaria que América ha producido en su breve vida. En Whitman cobra vida todo el escenario americano, su pasado y su futuro, su nacimiento y su muerte. Todo lo que hay de valor en América, Whitman lo ha expresado, y no hay nada más que decir. El futuro es de la máquina, los robots. Fue el poeta del Cuerpo y del Alma, Whitman. El primer poeta y el último. Es casi indescifrable hoy, un monumento cubierto de jeroglíficos primitivos para los que no hay explicación. Parece casi extraño mencionar su nombre aquí [París]. No hay equivalente en las lenguas de Europa del espíritu que él inmortalizó. Europa está saturada de arte y su suelo está lleno de huesos muertos y sus museos rebosan de tesoros saqueados, pero lo que Europa no ha tenido nunca es un espíritu libre, sano, lo que podríamos llamar un HOMBRE."

Caducidad del matrimonio

Caducidad del matrimonio

En un post antiguo comenté que había una diputada alemana que propuso que el matrimonio durara siete años, que fuese un contrato por tiempo definido y que al mediar ese tiempo, los contratantes o contrayentes, renovaran dicha relación contractual o disolvieran ese vínculo como ya caduco.

Qué decir tiene que toda Alemania, toda Europa y, por extensión, todo el mundo, sobre todo entre los sectores más conservadores, se le echaron encima y la tacharon de excéntrica o de algo más fuerte, incidiendo en su locura.

Visto así, igual de orate era Víctor Hugo, cuando en la Corte de los Milagros, de la que trata en Nuestra Señora de París (1831), argumenta un modelo de matrimonio, sellado con la ruptura de un búcaro de barro, que dura precisamente cuatro años, después de los cuales, si te he visto no me acuerdo (Javier Egea completaría la frase diciendo: “si te desvisto no me olvido”).

Creo recordar otra versión de esta suerte de ritual donde el casamiento dura tantos años como pedazos se fragmenta el cántaro al caer al suelo. Si por azar no se rompiera, me figuro, el matrimonio no se consolidaba (no confundir con ‘consumaba’).

Ni en un caso ni en el otro se habla de sus posibles frutos. Es decir, de los hijos de esa unión. Tema que hay que considerar ante todo. Aunque con las separaciones y los divorcios estamos en las mismas y la solución radica querámoslo o no en la práctica del día a día (cada casa sin embargo, es un mundo).

A este respecto, me viene a la memoria la idea de la familia nayar, que se estudia en antropología y en sociología, donde los niños pertenecen a la comunidad o al Estado. Se ve en algunas tribus orientales, en algunos regímenes comunistas o en las comunas de los hippies. También, lo podemos ver en algunas películas, entre los espartanos de la antigua Grecia, los hijos pertenecían a la madre hasta los siete años. Después pasaban a depender de la estructura del pueblo entero

Huxley en uno de los prólogos a Un mundo feliz comentaba que “dentro de pocos años, sin duda alguna, las licencias de matrimonio se expenderán como las licencias para perros, con validez sólo para un periodo de doce meses, y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o tener más de un animal a la vez”.

El samurai

El samurai

Las cosas no son como son, sino como se recuerdan.

No me preguntéis cómo tengo una catana y cómo le hablé a mi hijo de ella, prometiendo que un día…

La semana pasada fui a casa de su madre a recoger unos libros (siempre muchos menos de los deseados) y me acordé de la espada japonesa.

Era una catana simple, con vaina de madera y bien afilada en su momento. Quiero pensar que es la misma arma que usara Yukio Mishima para ritualmente quitarse la vida.

En un principio me defraudó el mejor autor nipón contemporáneo, hasta que apareció Murakami, pues creía que se había suicidado por amor, y fue por razones políticas. Ahora, mi simpatía le ha sido devuelta, pues su acto más que político fue social.

El autor de Confesiones de una máscara, con el dinero que le proporcionaban sus obras, reunió un ejército de 70 hombres, “todos ellos devotos observadores de las leyes del bushidoo”, recordará Mutis, y con ellos tomó el despacho del jefe de Estado Mayor. Allí, delante del titular, se hizo el harakiri, “se abrió el vientre de acuerdo con reglas varias veces seculares”.

Protestaba por un mundo totalmente deshumanizado e incomprensible, falto de valores, capitalista y acomodado hasta el extremo.

Tardó, en Nieve de primavera, bastantes líneas en describir cómo un pañuelo de seda caía al suelo, y tardó poco en clavarse la catana, mientras uno de sus incondicionales ritualmente le cortaba la cabeza, y a éste otro, y a éste otro más hasta que llegaron las autoridades con la ley bajo el brazo y algunas fregonas para empapar la sangre.

Buscando algo de Cela recordé mi filosa arma blanca. La cogí de su supuesto ‘escondite’ y se la mostré a Juan. Estaba enmohecida por la humedad y oxidada su hoja. Pedí un lienzo y productos adecuados y la limpie bien limpia por fuera.

Pero fue desenvainarla y raspar su plata, que dos labios de sangre amanecieron en mi pulgar por encima de la uña. Se olvidó la catana entonces, volviendo a su rincón de orín y olvido, y mi herida pasó a primer plano. Con papel secante corté la hemorragia y al día siguiente fui a que me pincharan.

Sólo me hizo falta un recordatorio del tétanos, pues hubo época que me vacunaba casi anualmente. La enfermera, que no me hizo ni daño, me dijo que me duraría hasta los cincuenta. Le dije que en ese caso me pusiera otra, pues los cincuenta ya los había pasado. Entonces me concedió graciosamente diez años más.

* Yukio Mishima en la foto caracterizado de samurai.

Incitatus

Incitatus

Basta hacer alusión a algo para que su interés colme mi pensamiento. Como decíamos ayer, el caballo de Calígula se llamaba Incitatus (‘Impetuoso’ en latín). Tuvo otro corcel, conocido por Velocissimus, pero no alcanzó la importancia que octuvo el trotón de origen hispano (Roma importaba cada año de Hispania alrededor de 10.000 caballos).

Calígula se jactaba de haber hecho construir para su caballo una cuadra de diente de elefante. Quizá una caballeriza de mármol y un pesebre de marfil, que más tarde fue una casa-palacio con servidores y mobiliario de lujo para que recibiese a las personas que le mandaba como invitados y no eran pocas las veces que el emperador comía y dormía junto al caballo. También, según Joann Xifilinus (1551), convidaba a comer a su mesa a su otro caballo, Velocissimus, “y le hacía ministrar vino en vasos de oro”.

Los días de las carreras, en las que siempre salía vencedor, aunque no ganara, para que nada ni nadie turbase el descanso del equino, desde la víspera era decretado el “silencio general” de toda la ciudad bajo pena de muerte a quien no lo respetase.

Con todo y con eso, Incitatus, por una vez en la vida, perdió una carrera. Calígula mandó matar al auriga, diciéndole al verdugo: “Mátalo lentamente para que se sienta morir”.

Incitatus dormía a pata suelta, con mantas de color púrpura (el tinte más caro de la antigüedad, reservado a la familia imperial y la nobleza) y llevaba collares de piedras preciosas.

Calígula llegó a otorgarle a su caballo el título de cónsul y corregente de Roma y como tal era dignificado.

Claudio, sucesor de Calígula, aunque destituyo a Incitatus de todos sus cargos, ordenó que siguiera siendo tratado a cuerpo de rey en su establo de marfil, aunque se acabaron las invitaciones a compartir mesa.

El caballo del Rey Arturo

El caballo del Rey Arturo

Después de comer quisimos ver una película. Hurgamos entre los vídeos que había en la casa y, entre lo conocido (que a veces vale más que lo por conocer), escogimos una del rey Arturo, propicia para ver con niños.

Cuando veo un film de este tipo suele llenárseme la cabeza de lecturas, de palabras y de mitos y, de vez en vez, hacer un comentario, soltar una explicación o una exclamación de asombro, de incredulidad o de satisfacción.

En esas estamos, cuando alguien me preguntó cómo se llamaba el caballo del rey Arturo. Rebusqué en el ajado disco duro de mi mente y en los anaqueles empolvados de antiguas lecturas que descansan en mi cabeza.

Sabía que la mayoría de las pertenencias de este rey legendario habían conseguido un nombre, como la lanza ‘Ron’, su casco ‘Goosewhite’ o su escudo ‘Pridwen’, que representaba a la Virgen María.

También conocía de memoria el nombre de algunos caballos, tanto hagiográficos como reales.

Del primero que me acordé fue de Incitatus, el caballo de Calígula, al que nombró cónsul y mandó construir para él una caballeriza de mármol y un pesebre de marfil.

También recordé, cómo no, a Rocinante, del Quijote, un corcel flaco, al que tardó cuatro días en darle el nombre y del que proviene la palabra ‘rocín’ que, según la RAE, es el “caballo de mala traza, basto y de poca alzada”.

La manada en mi cabeza fue creciendo y frente a mis mientes avanzaron Babieca, del Cid campeador, que nunca más fue montado desde la muerte de su amo; Bucéfalo, de Alejandro Magno, con una estrella blanca en la frente con forma de cabeza de buey, donde proviene su nombre; Strategos, el caballo de Aníbal, que quiso ser un remedo del de su ídolo Alejandro de Macedonia.

Pensé también en el Caballo de Troya, caballo de madera que llevó en su vientre a Ulises y sus soldados para tomar la ciudad; Pegaso, el caballo alado de Zeus, que nació del chorro de sangre que brotó cuando Perseo cortó la cabeza de Medusa; Janto, el caballo de Aquiles, de pura sangre persa; o Genitor, el que llevó Julio César en sus campañas de la Galia e Hipania.

Rebuscando encontré a Marengo, el tordillo de raza árabe de Napoleón, que se exhibe (su esqueleto) en el National Army Museum de Sandhurt; a Othar, el caballo de Atila, que por donde pisaba no volvía a crecer hierba alguna; a Palomo, el caballo de Simón Bolivar, con su larga cola que llegaba hasta el suelo; al As de Oros, de Emiliano Zapata (sin referencias); y al caballo de Mahoma llamado Lazlos (‘caballo del desierto’), con el que hizo su primera peregrinación a La Meca.

Pensando en Mahoma, recordé que hace poco había leído un tratado árabe sobre el tema: Gala de caballeros, blasón de paladines, de Ibn Hudayl (Granada, siglo XIV) donde se dice que “el caballo lo creó Ala del viento. El caballo es riqueza. El árabe está tan obligado a cuidar de su montura como a dar limosna”.

Por último divisé algunos animales de cómic, como Tornado, el caballo de ‘El Zorro’, Silver, el del ‘Llanero Solitario’ o Jolly Jumper, el de ‘Lucky Luke’.

Pero de la montura del rey Arturo no lo he sabido hasta que lo he buscado. El primer caballero de la Mesa Redonda tuvo una yegua llamada Llamrei (o Llamrai) y otro caballo de nombre Engorren. La huella de sus pezuñas parece advertirse en bastantes piedras de la isla de Gran Bretaña.

* Fotograma de la película El rey Arturo, de Antoine Fuqua, 2004, con Clive Owen a la cabeza (en la foto).

Walt Whitman, el profeta de Long Island (2)

Walt Whitman, el profeta de Long Island (2)

La obra de Whitman es eterna (Infinita como dice Borges); la hizo y la rehízo toda su vida: ocho ediciones de Hojas de hierba estando vivo, y una más después de su muerte (que supongo él no intervino.

La primera edición, de 800 ejemplares, fue retirada del mercado por inmoral, por sus escandalosos ’himnos homosexuales’. La segunda, lleva una carta de Emerson y es necesario tenerla en consideración.

Unió en su poesía la ciencia (que llamó ’Ciencia positiva’, la política (Democracia) y, por encima de todo, la religión. (La ciencia era imprescindible para depurar la religión, para desterrar todos los mitos y abusos de los temerarios.)

¡Viva la ciencia positiva! ¡Vivan las demostraciones precisas!
Traed uvas y cedro y ramas de lilas,
Éste es el lexicógrafo, éste es el químico, éste el que compuso una gramática de los antiguos jeroglíficos,
Estos navegantes hicieron que la nave atravesara mares desconocidos y peligrosos,
Éste es el geólogo, éste trabaja con el escalpelo y éste es un matemático.

Como político, fue el poeta de América, el cantor de la democracia, el testigo irrefutable de esa Nación ejemplar, del país de la libertad, que pasaba de su infancia a una madurez ejemplar durante el siglo XIX.

Es el patriota estadounidense por antonomasia. Pero no el limitado chovinista enamorado de su tierra y sus leyes, no el falso patrioterista que desprecia todo lo que no se asemeje a su país o sus gentes.

Alabó a la América del XIX como sociedad de naciones, como conjunto de personas independientes (pg. 30/T1 «A los Estados Unidos»).

Cantó la integridad de los ciudadanos comunes y la belleza en sus vidas cotidianas. Elogió al nuevo granjero colonizador y al nuevo obrero industrial urbano. Se amó él mismo y a los demás por medio de sí mismo.

Expuso su idea de democracia panhumana y pansexual. La denominaba "democracia atlética", de la gente corriente. Los proponía como individuos prototipos para la construcción de la "Unión": un experimento sin precedentes en materia de libertad humana.

Amó a los débiles, a los perseguidos, a los que sufren:

Vosotros, malvados, que comparecéis ante la justicia Vosotros, convictos, que estáis en celdas; vosotros, asesinos juzgados, que lleváis cadenas y ataduras de hierro
¿Quién soy yo, que no me encuentro, como vosotros, ante el juez o el encarcelado?
Soy despiadado y demoníaco como el que más. ¿Por qué no están mis muñecas y mis tobillos encadenados de hierro?

Y criticó a los dirigentes de oficina:

Vosotros, mentirosos a sueldo para mancillar al pueblo,
Anotad ahora:
Por las innumerables agonías, asesinatos, lascivias,
Por robar en los tribunales en sus múltiples formas despreciables,
Despojando de su sencillez los salarios del hombre pobre;
Por muchas de las promesas juradas por labios reales
Y rotas, y ridiculizadas en su ruptura;
Luego, en su poder, por todo esto,
No recibisteis un sólo golpe en venganza personal,
Ni se os manchó de sangre un sólo cabello:
El pueblo desdeñaba la ferocidad de los Reyes.

Pero la dulzura de la misericordia fue el fermento de una amarga destrucción
Y retornan los gobernantes atemorizados
Todos viven en el lujo, con su séquito,
Verdugo, sacerdote, y recaudador de contribuciones,
Soldado, jurista y sicofante;
Una horrible procesión de cigarras,
Y se pavonea de nuevo grandiosamente.

En cuanto a la religión, fue profeta, promulgó una nueva creencia: el amor a uno mismo. Como lo demuestra en todo el «Canto a mí mismo». Veamos el poema 24:

Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,
Turbulento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo, engendrando,
Ni sentimental, ni sintiéndose superior a otros
hombres y mujeres, ni alejado de ellos,
No menos modesto que inmodesto.

¡Arrancad los cerrojos de las puertas!
¡Arrancad las puertas de los goznes!

El que degrada a otro me degrada,
Y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin.

A través de mí surge la voluntad creadora, a través de mí, el torrente y el índice.

Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la dedocracia,
¡Por Dios! No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.

Muchas voces largo tiempo calladas brotan de mí,
Voces de las interminables generaciones de prisioneros y de esclavos,
Voces de los enfermos y de los inconsolables, de los ladrones y de los enanos,
Voces de ciclos de preparación y de crecimiento,
De los hilos que unen a las estrellas, y de los vientres, y de la simiente paterna,
Y del derecho de aquellos a quienes oprimen los otros,
De los deformes, triviales, simples, tontos y despreciados,
De neblina en el aire, de escarabajos arrastrando bolas de estiércol.

Brotan de mí voces prohibidas,
Voces del sexo y del apetito, voces veladas y yo aparto el velo,
Voces indecentes clarificadas y trasfiguradas por mí.

Yo me cubro la boca con la mano,
Me conservo tan puro en las entrañas como en la cabeza y en el corazón,
La cópula no es para mí más vergonzosa que la muerte.
Creo en la carne y en los apetitos,
Ver, oír, tocar, son milagros y cada parte de mí es un milagro.

Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco y me toca,
El aroma de estas axilas es más fino que las plegarias,
Esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y todos los credos.

La muerte enamorada

La muerte enamorada

Nunca he comprendido el amor a la muerte si no es por el odio a la vida, y eso tiene fácil solución. Aunque metafóricamente, que es como decir poéticamente, tiene un sentido paliativo. La muerte, el infierno incluso, es dolor breve comparado con la tristeza de la pérdida o del abandono. A veces, figuradamente, la vida atormentada se nos supone más acibarada que la muerte.

Cuando nuestra legión canta Soy el novio de la muerte, en cambio, están diciendo que no les importa morir por su bandera, por su patria, por un deber que no sé hasta que punto entienden y comparten.

El otro día, revisando libros, me topo con unas obras seleccionadas de Khalil Gibran. Repaso sus títulos y brujeleo al azar por las páginas de El loco, de El profeta, de Arena y espuma… y me detengo en Lázaro y su amada (1925). Lázaro encontró su amor en la muerte. El Paraíso es tan (así, sin comparación posible, como propone Cortázar), que no comprende haber sido arrebatado de sus brazos. Es un drama breve donde se ensalza el más allá como un anhelo, como amante enamorado (para el creyente, se supone).

De aquí los famosos versos de santa Teresa de Jesús: Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero. Porque sabemos lo que sabemos, y aún así, pues todo indica que la mística abulense atesoraba un ‘amor’ más mundano que todo eso, como el otro monje que, como loa al Altísimo, escribió aquello de Si tu me dices ven lo dejo todo, que hogaño se prefigura como un entrañable bolero de amor y renuncia (¿sinónimos?).

Para Miguel Hernández, en Elegía a Ramón Sijé (esos maravillosos tercetos encadenados), el enamorado no es el que muere sino la muerte caprichosa (y la apatía de una vida despegada): No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.

El amor, el dolor de amor, abre sus puertas en Tirante el Blanco, de Joanot Martorell, cuando exclama: ¡O muerte cruel! ¿Por qué a quien te quiere no quieres, e huyes a quien te desea?

La vida se paga con la muerte, escribe José Luis Sanpedro en La vieja sirena. O sea, la muerte llega, queramos o no. Nuestro ‘amor’ está asegurado. El suicidio es un atajo deseado. La muerte por accidente o voluntad (de otro, se supone) es también un camino recto. La dureza en gran parte es directamente proporcional a nuestra participación de la vida, regida por nuestra edad.

Los que mueren jóvenes son los amados de los dioses, dice una sentencia clásica. Bien mirado tiene la misma lectura que la muerte enamorada del poeta de Orihuela.

Cunqueiro propone una ideal oportunidad en unos versos de Abriendo las puertas. En este bello poema nos dice el soñador: La tierra que va a cubrirte, se detiene / porque quizá no terminaste de soñar.

Hay quien no teme a la muerte, como los legionarios, o incluso la anhelan, como los fanáticos en continua guerra santa. Epicuro, irremediable idealista, en Carta a Meneceo escribe: La muerte no es nada para nosotros… No importa ni a vivos ni a muertos, porque para aquellos no es, y estos ya no son. Antonio Machado retoma la idea (no sé si fijándose o remedando al maestro de Samos) y, en Juan de Mairena, lo explica diciendo que a la muerte no debemos temer porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos

Walt Whitman, el profeta de Long Island (1)

Walt Whitman, el profeta de Long Island (1)

En el frutal año de 1992 y armado con un ramito de hierbabuena, impartí en La Tertulia, para quienes quisieron oírlo, y un grupito de incondicionales, unas palabras sobre el ’hermoso’ neoyorquino Walt Whitman.

Aún no había mediado el mes de octubre y, con más ganas que acierto, fui desgranando parte de sus versos.

’El profeta de Long Island’ rezaba el subtítulo y unas palabras del prólogo de la segunda edición de Hojas de hierba encabezaban a manera de cita dicho escrito: Camarada, esto no es un libro. / Quien lo toca, toca un hombre.

Los tópicos, no por ser tópicos dejan de ser verdad. ¡El mejor homenaje que se le puede hacer a un poeta es leerlo!

El mismo Whitman escribía en Yo y lo mío: Exijo que no haya teoría o escuela fundadas sobre mi persona; / os exijo que dejéis todo libre, como yo he dejado todo libre.

Se negaba a que lo analizaran, a que lo estudiaran, a que lo endiosaran. (Flaco deseo, pues lo analizan, estudian y endiosan continuamente.)

Su poesía es gruesa y difícil, de versos largos y proféticos, poemas muy largos o excesivamente cortos llenos de preguntas sin respuesta (nos recuerda a Cavafis), como en ¡Oh, himen! ¡Oh, himeneo! (traducido por Borges):

¡Oh, himen! ¡Oh, himeneo! ¿Por qué me tantalizas así?
¿Por que me punzas un instante y me dejas?
¿Por qué no puedes proseguir? ¿Por qué cesas ahora?
¿Será porque si duraras un solo instante más me matarías?

Hay quien dice de sus versos que pueden formar un todo independiente, que cada uno de ellos tiene una fuerza y un sentido únicos.

Traducciones al castellano hay varias: León Felipe, Borges, Concha Zardoya, Pablo Mañé, José Valverde...

Influencias en Rubén Darío (bello como un patriarca sereno y santo), L.A. de Villena (poeta de la libertad, del versículo y de la homosexualidad viril), Lorca (viejo hermoso Walt Whitman), Borges (poeta de vastedades cósmicas u hombre plural e infinito)...

Comenzó a escribir en 1855, a los 37 años, seguro de lo que hacía. Y no que decidiera hacer poesía, sino que la Poesía en forma de musa inspiradora se apoderó de él. Fue una necesidad vital, no sólo para él sino para todo el pueblo de Norteamérica. Era un pueblo joven que ya contaba con Emerson como filósofo, con Melville como narrador, con Thoreau como insurgente y con Mark Twain como humorista. Le faltaba el poeta.

Él mismo se nos presenta en el primer poema de Canto de mí mismo:

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Indolente y ocioso convido a mi alma,
Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.

Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía.

El Marqués de Villena

El Marqués de Villena

Los favores del demonio no se pagan solamente con el alma, con la sombra también es posible, ese otro yo que se evidencia con la luz.

En Salamanca existe una cueva donde dicen que Hércules impartió lecciones a sus discípulos. Esta labor docente, pasado el tiempo, la asumió Asmodeo (identificado con Samael, la serpiente que sedujo a Eva) o algún otro demonio, que, bajo la apariencia de sacristán, en oscuridad de la noche, daba clase de ciencias ocultas, adivinación, astrología y magia a siete alumnos universitarios, durante siete años. Terminada la carrera, se echaba a sorteo y uno de ellos quedaba en manos del Demonio.

Enrique de Aragón, tercer marqués de Villena (1384-1434), según se cuenta, deseoso de introducirse en las artes ocultas, fue uno de los estudiantes aventajados del Maligno. Después de quedarse en la cueva en pago por los servicios prestados, pues a él le tocó en suerte, consiguió escapar con vida aunque dejó en manos de Satanás su sombra, quedando así marcado de por vida como uno de sus adeptos.

Parece que, para librarse de esta servidumbre, el discípulo se metió en una gran tinaja de vino escapando cuando Asmodeo, creyéndolo huido, dejó abierta la puerta de la Cueva para ir a buscarlo. (Otras leyendas dicen que el Marqués de Villena llegó a un pacto por el que el recuperaba la libertad a cambio de ceder su sombra, o incluso su alma, al diablo.)

Cuenta Manuel Mujica Láinez en El laberinto que el Marqués de Villena “tenía sellada amistad con el Demonio. Se encerró en el palacio de Leví, con su marquesa, con su biblioteca, con sus manuscritos nefandos, arábigos y hebreos, y con cuanto brujo, nigromante, alquimista y astrólogo halló en la ciudad mágica [Toledo]. En aquel aislamiento peligroso, pues las paredes hedían a azufre, se consagró a la hechicería. Anhelaba fabricar un elixir que lo redujera a un tamaño mínimo, para que lo introdujesen en una botella, de la cual saldría vivo y completo al cabo de centurias”.

En otra parte leo que el origen de esta leyenda se encuentra en las clases de astrología, geomancia, hidromancia, piromancia, quiromancia y otras técnicas adivinatorias que, en esa época impartía el párroco en la sacristía de la iglesia. Se llamaba Clemente Potosí, y llegó a ser identificado con el diablo. Los alumnos que acudían a las clases no revelaban que era lo que aprendían y este hermetismo fomentó la leyenda.

Según la leyenda el número de alumnos era siempre siete (número con implicaciones místicas). Uno de los alumnos, por sorteo, debía pagar por todos las clases recibidas, aunque si no podía pagar debía permanecer encerrado en la cueva.

La reina Isabel, aterrada del culto que se le profesaba al diablo, ordenó tapiar el acceso a la Cueva, pero el Marqués continuó celebrando estos ritos de iniciación en una torre cercana conocida popularmente como Torre de Villena, a la que se accedía por las ruinas de una carbonería.

* Entrada a la Cueva de Salamanca.

Entrevista para “Hola, vecinos”

Entrevista para “Hola, vecinos”

En los años 80 (tendría yo veinti pocos) me entrevistaron en un programa de radio en Almanjáyar. Una emisora independiente que dedicaba uno de sus espacios a la poesía, llamado Hola, vecinos, dirigido por Pepe Gilabert y Antonio Megías, poetas al mismo tiempo. (Aunque también podría ser una revista o todo lo contrario, mi memoria se diluye. Podría ser otra emisora y otro programa y otro entrevistador…) El caso es que, entre mis archivos, ha aparecido este cuestionario:

PREGUNTA: Háblame sobre el comienzo de tu dedicación a la literatura.

RESPUESTA: Nunca fui un niño precoz y comencé a leer, a leer de verdad a los quince o dieciséis años. Se puede decir que pasé directamente de los comics de Spiderman y del Sargento Furia a la literatura existencial de Camus, Sartre o Kafka. En esa misma época comencé a escribir, garabatear frases en una pequeña agenda, que, si bien comenzaron siendo mutilaciones y desvirtuaciones de refranes y dichos populares (“No por mucho madrugar amanece más temprano, pero desayunas antes”, “Hoy te quiero más que ayer y mañana, ya veremos”...), acabaron en verdaderos relatos y poemas al modo de Gibran, Tagore o Gómez de la Serna. Este escribir fue fomentado por nuevas lecturas y consejos de los consagrados (Platón dijo algo como El hombre que lee, es incompleto si no escribe). Así, a los 18 años ya estaba haciendo verdaderos libritos encuadernados e ilustrados por mí mismo que reservaba a la crítica de un reducido grupo de amigos incondicionales (¿verdad Guillermo?). Actualmente, esos libritos, exceden de los 20 y son conocidos por mucha más gente, por algún recital o la radio. Me he presentado a algunos concursos, sin suerte y por ahora me encanta mi virginidad, el ser un escritor inédito hasta que no encuentre el momento y la forma oportunos.

P.: ¿Qué opinas sobre el momento actual de la poesía?

R.: Nunca ha habido un “momento actual de la poesía”, al igual que nunca hubo un momento actual de la prosa. Han aparecido corrientes, estilos o grupos por vínculos comunes o generaciones, por parentesco temporal, pero estos fueron reconocidos o designados a posteriori por académicos empeñados en encasillar el librepensamiento. Ahora se escribe poesía, como se ha escrito siempre, y se lee lo que siempre se ha leído. Los escribientes de poesía leen a poetas y los lectores poéticos escriben poemas. Es un círculo vicioso. La poesía es siempre marginal, quizá por su deseo de ser minimalista. Para concluir podemos decir como anunciaba en una poética José Luis Jover después de citar a cientos de poetas actuales publicados en los años 70: “... la verdad es que somos demasiados”.

P.: Granada como ciudad de cultura, ¿qué opinión te merece?

R.: Parece que fue en Granada donde se inventó el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”. No sólo las letras sino también la pintura, el ballet, la música... ha sido necesario triunfar fuera para ser reconocido en esta ciudad. En vez de potenciar jóvenes noveles, “Granada ciudad de cultura” ofrece al pueblo un Festival Internacional de Música y Danza, un Festival Internacional de Teatro, un Festival Internacional de Jazz... y lo Local ¿dónde lo dejamos? Además estos actos son de elite, de una minoría pudiente económica y culturalmente, espectáculos para el pueblo pero sin el pueblo. La Ilma. Diputación publica un folleto mensual (que lo recibo cuando ya ha pasado medio mes) con una lista interminable de representaciones de todo tipo en diferentes puntos de la provincia y puedo constatar que todo lo anunciado no es cierto. Así que Granada cultural es como las migajas de pan de Garbancito que cuando deseas volver a casa, mirar atrás, cuando necesitas seguridad y apoyo, se las han comido los pájaros.

P.: ¿Crees que en Granada hay más poetas de los que caben?

R.: Si Jesús hubiera estado aquí, la multiplicación no sería solo de panes y peces sino también de poetas. En Granada no hay muchos poetas sino escribidores de versos y lo mismo que Suramérica “es una tierra negra que late”, en la que renace el germen de la revolución de su propio exterminio, como el ave fénix que renace de sus cenizas o el Dalai Lama que nace cuando muere el Dalai Lama; Granada es una tierra blancaverde que canta, Granada es poesía y sus hombres hacen poemas por la pena o la ventaja de ser ciegos.

P.: Háblame de tu poesía, forma, temática, motivaciones...

R.: El menos indicado para hablar de uno mismo es uno mismo, pero te puedo decir algo que te acerque a mi forma de hacer. En primer lugar te diré que para mí escribir es un deber para conmigo, es una necesidad impuesta desde el momento que supe que escribiendo puedo unir mis sentimientos con el mundo que me rodea, puedo soñar en voz alta, puedo volar... No sólo hago poemas sino de todo (caligramas, relatos, máximas, escenas teatrales...), según lo que me apetezca, para eso soy muy visceral, incluso poesía ahora mismo es a lo que menos me dedico, por eso al pedirme dos poemas, no más te entrego uno y alguna otra cosa.

La forma siempre ha sido libre, excesivamente libre, buscando el ritmo más que la rima, la sorpresa más que el estilo. Me motiva lo que veo, lo que leo, lo que escucho, lo que digo y pienso, todo. Me sorprendo a mí mismo. Incluida esta encuesta, que no podía imaginar como está desembocando (léase desbocando).

P.: Granada de noche, La Tertulia, Arcadia, Liberia. Háblame de tu parecer sobre el ambiente nocturno de la intelectualidad granadina.

R.: Aunque no se lleve, me considero diámbulo y la noche la considero apta para dormir o para amar. De todas formas me gusta el ambiente nocturno, aguanto bien el trasnochar y reconozco encantadoras, lúcidas y lucidas noches mágicas que no las cambiaría por el mejor de los días. En cuanto al ambiente nocturno de la intelectualidad, me parece demasiado enrevesado para opinar. Al hombre lobo le favorecía la luna llena y “las estrellas le dan gracias a la noche, porque encima de otro coche no pueden lucir tan bellas”, pero los artistas, intelectuales y demás fauna sensible cada vez son más urbanos y necesitan del neón y de estimulantes de todo tipo para crear, me recuerda al Dirty Realism norteamericano. Tampoco creo que se concentren en lugares como Liberia, Arcadia o La Tertulia, sino que todo tipo de local es apropiado, es apto para parir y conversar, vagabundean por toda Granada y toda la noche. Con luna y estrellas, el hombre de a pie se vuelve artista, filósofo o profeta.

P.: La amistad, los grupos. ¿Qué opinas de esto?

R.: Son imprescindibles para superarte, corregirte y autoexigirte. Aunque nunca he compartido los formalismos ni las agrupaciones de este tipo, estoy feliz de pertenecer a Grama, un grupo poético que en realidad no existe, que está pero no es.

Infidelidad

Infidelidad

Desde que me enteré que la infidelidad es hereditaria miro a mi padre con otra cara.

Después del crudo artículo de ayer dedicado a la bestial práctica del empalamiento, se imponía en este día escribir algo ligero o amoroso o humorístico. Descarto el poema por no encontrar verso que me seduzca en este momento. Desecho el cuento por no atinar a la redondez que me exijo. Descubro mis anotaciones y me doy cuenta que todas las frases de este artículo comienzan por la sílaba ‘des’.

Despierto, destemplado, descerrajado, descendiendo, descalificado, deshollinar, desemplumo, desbravado, descarriar, descarrilar (¡uy!), desear, desfondar, desairado, deshilachar, desgañitado, desidia, desternillar, desleír, desvaído, destino, déspota, despotricar, despilfarrar, despachurrar, despojar, despejar, despedir, descreer, desván, destellar, destartalado…

Desecho este juguete, que comenzó siendo del azar, y me detengo en la ‘i’. Me salto incesto (el último pecado) para futuras entradas y me instalo en infidelidad.

Sé infiel y no mires con quién es una película de Trueba, basada en una obra de teatro del mismo nombre, que no recuerdo haber visto pero su título viene pintado para este post.

Hablar de infidelidad es hablar de celos. Siempre he considerado los celos una tara equiparable a la envidia o el egoísmo. A veces los celos están en la cabeza del celoso. Isak Dinesen, en Cena en Elsinore (Siete cuentos góticos), dice: "Al hablar de Eva y del Paraíso, todos los hombres están todavía celosos de la serpiente". Los celos son los fantasmas en los que uno cree por miedo a peder su acomodadizo statu quo.

La infidelidad es una lacra en la cabeza de las personas temerosas. Cuanto más grande sea la conciencia del pecado, así más grande será la infidelidad soportada (o infligida).

Cela escribe “La castidad enmohece” y Oscar Wilde, que no para de hablar del amor en todas sus facetas (y esta es una de ellas) decía que “Los que son fieles conocen nada más que el lado trivial del amor: el infiel es el que conoce las tragedias del amor”.

Uno no es infiel si no se considera infiel. “Lo bueno de comerte un bocadillo de jamón en Marruecos, escribía yo en un viaje al país alauita, es que nadie te pide”. Aunque hay musulmanes que lo comen. Como mi amigo Duharris, que recita la prohibición de comerse el marrano de pezuñas hacia arriba. Pero aquí en España, concluye, colgamos al cerdo cabeza abajo.

El Corán observa dos excepciones respecto a la comida tabú. Puedes comer cerdo si no sabes que estás comiendo cerdo o tienes apremiante necesidad de llevarte algo a la boca. Con la fidelidad o la infidelidad puede que pase lo mismo.

Oscar Wilde, en otro de sus escritos, reflexiona: “Los jóvenes quisieran ser fieles, y no pueden, los viejos quisieran ser infieles, y tampoco pueden”. Quizá la infidelidad sea ley de pensamiento, de palabra o acto, incluso de omisión como el pecado.

La Maga, en Rayuela de Cortázar, le pregunta a Oliveira: “¿Por qué te acostaste con Pola?”, y Horacio, “sentándose en el riel al borde del agua”, responde: “Una cuestión de perfumes. Me pareció que olía a cantar de los cantares, a cinamomo, a mirra, esas cosas. Era cierto, además”. Y Groucho Marx confiesa: “¿Qué por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú”.

Empalamiento

Empalamiento

Quiero advertir antes de empezar, nunca ha pasado, que por la crudeza del texto que a continuación refiero, se abstengan de leerlo personas sensibles, empáticas o propensas a las lágrimas por el sufrir ajeno. Si el hombre se aleja rotundamente de los otros seres animados es por su capacidad de infligir daño gratuito a sus semejantes, desproporcionando la pena al delito, a no ser que el delito se pague con el ‘deleite’ de ser contemplado mientras se entrega el alma.

Leo en los Diálogos de Pietro de Aretino: Y clavándose encima, se agitaban como reos en los palos turdescos. Cita que viene acompañada con su llamada a pie de página, donde el traductor Joaquín López Barbadillo ofrece extensa explicación, en un facsímil de su edición de 1914, en la que expresa que “pocos suplicios pueden concebirse que igualen en horror a éste de la pena del palo. Tiéndese a la víctima en el suelo boca abajo y, para que no pueda valerse y resistir, se la aprisiona adaptándole al tronco la albarda de un burro. Luego, a golpes de mazo, le va el verdugo metiendo lentamente por el ano un palo que tiene la punta embotada, de modo que comprima y separe los órganos sin desgarrarlos; cuando ya ha entrado en el cuerpo cosa de media vara, se alza la roma lanza de madera, y se clava en tierra”.

“Así queda el reo, prosigue Barbadillo, abandonado en el campo, bajo el sol. Su propio peso le va ahondando la fuerte vara en las entrañas, y al fin muere. Casos se han dado de resistir tres días un hombre el atroz sufrimiento, mientras el organismo, terriblemente sacudido por el dolor, se va espetando, espetando en la pértiga, hasta que al cabo le sale ella por la espalda o por el vientre o por lo alto del pecho”.

Me viene a la memoria, como no, Vlad Draculea o Vlad Tepes, conocido como ‘el Empalador’, príncipe de Valaquia (hoy, sur de Rumanía), en el que se inspiró el irlandés Bram Stoker para escribir Drácula (1897). Se supone que Vlad III condenó de 40.000 a 100.000 personas, a veces tan sólo por el pecado de ser pobre o gitano, a morir por empalamiento o a través de otros métodos de tortura de semejante exquisitez (la amputación de miembros, nariz y orejas, la extracción de ojos con ganchos, el estrangulamiento, la hoguera, la castración, el desollamiento, la exposición a los elementos o a fieras salvajes, la parrilla y la lenta destrucción de pechos y genitales), durante los siete años que duró su reinado. De hecho, nos recuerda Stephen King en El umbral de la noche que, La novela (Drácula) también narra el empalamiento —la penetración ritual, se podría decir— de una joven y bella vampira, y el asesinato de un bebé y su madre. Puesto que la penetración de la estaca puede realizarse por un costado, por el recto, la boca o por la vagina, siendo a veces el empalamiento doble.

Su origen puede remontarse a la antigua Asiria. Aunque no se documenta hasta que el rey persa Darío I lo utilizara como método de ejecución entre los siglos VI y V antes de nuestra era. Así llegó a matar a 3.000 habitantes de Babilonia. Robert Graves, en El conde Belisario, cuenta que este emperador le preguntó a Aigan cuál era la muerte más ignominiosa que podía infligirse a un huno, y Aigan repuso «la muerte por empalamiento».  

Cervantes, se hace eco de esta práctica en la primera parte del Quijote (“cada día ahorcaba al suyo, empalaba a este, desorejaba a aquel”) y en Los Baños de Argel (“a empalar le sentenció”). 

El Diccionario de la Real Academia hace una gracieta comparativa, quizá fuera de tono. Define el verbo ‘empalar’ como "espetar a alguien en un palo como se espeta un ave en el asador".

Así que acudo al Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, siempre más fiable en estas cuestiones, y nos dice largamente que "empalar es, propiamente, dar muerte introduciendo en el cuerpo de la víctima, que está sentada, una estaca recta y puntiaguda. Era una forma común de castigo en muchas naciones de la antigüedad, y sigue estando en boga en China y otras partes de Asia. Hasta comienzos del siglo XV fue extensamente empleada para catequizar a herejes y cismáticos. Wolecraft la llama el “banquillo del arrepentimiento”, y entre el vulgo se decía jocosamente que el empalado “cabalgaba el caballo de una sola pata”. Ludwig Salzmann nos informa que en el Tibet el empalamiento se considera el castigo más apropiado de los crímenes contra la religión; y aunque en China se usa a veces para penar delitos seculares, casi siempre se reserva para casos de sacrificio. Pero al que en la práctica sufre el empalamiento le importa poco establecer qué clase de disidencia, civil o religiosa, le vale semejante incomodidad; aunque indudablemente experimentaría cierta satisfacción si pudiera contemplarse transfigurado en gallo de veleta sobre la cúpula de la Verdadera Iglesia".

El psicoanalista argentino Ariel Arango, en Las malas palabras, virtudes de la obscenidad (2000), narra: “El caudillo araucano Caupolicán (s. XVI), que luchó bravamente contra los españoles a los que derrotó en varias batallas, al ser capturado fue condenado a la pena de empalamiento. La misma consistía, en espetar al prisionero en un palo. O dicho de otro modo, le atravesaban el cuerpo con un instrumento puntiagudo que... ¡le introducían por el culo!”.

Por último, recojo la noticia del investigador alemán Karlheinz Deschner, en Historia sexual del cristianismo: “La Constitutio Criminalis Carolina del devoto Carlos V —legislación penal que siguió vigente hasta el siglo XVIII, y en algunos estados alemanes ¡hasta 1871!— [dictaba]: «ítem, si una mujer mata con premeditación, nocturnidad y alevosía a un hijo suyo vivo y ya formado, generalmente será enterrada viva y empalada. No obstante, para evitar complicaciones en estos casos, dichas malhechoras pueden ser ahogadas cuando en el lugar del juicio la disponibilidad de agua lo haga posible. Mas si tales crímenes suceden a menudo, con el objeto de atemorizar a las tales malas mujeres, queremos autorizar el recurso al mencionado enterramiento y empalamiento, o que se desgarre a la malhechora con tenazas ardientes antes de ser ahogada, todo ello según el consejo de los expertos en derecho»”. Todo una delicia.

* He preferido escoger esta pequeña ilustración a contraluz para no zaherir más sensibilidades, pues algunas fotos son tan evidentes de esta cruel tortura que dan ganas de renunciar a la especie humana para los restos (sin siquiera hablar de política).

Mosquitos

Mosquitos

Tengo una condición insolidaria que no me importa confesar y es que no me pican habitualmente los mosquitos hembras que dicen son las que pican sobre todo si hay alguien a mi lado a quien picar puede ser que mi sangre no le agrade puede que me corra más acre por las venas de la que a ellos gusta rellenar sus estómagos para dar pie a algunas fantasías futuristas si es que le gustase la sangre ‘dulce’ o de cualquier otra tipología puede quizá que tenga la piel dura y desistan de horadar un terruño que se les resiste prefiriendo en su caso a mi vecino de epidermis más transparente en cambio sí hurgan en los cueros de las bestias por comparación o deducción harto más recias que la mía aunque en mi defensa si acaso se puede considerar que a los cuadrúpedos se les adhieren a las mataduras sobre todo quiero pensar en fin que me pican como a todo cristiano pero que no suele empozoñárseme el arete de su tino ni hay espacio para la rojez ni para rascar la roncha aunque alguna vez sí he notado la hinchazón la moradura más extensa cuanto más le aplicaba las uñas o quizá la mordedura de una mosca con saña o el aguijón de una avispa que he corrido a untarlo con tierra y vinagre para cuando se secara el barrillo estar como nuevo o sea primero paz y después gloria como en mi comunión que toda la chiquillería corrimos a lapidar avisperos y todos se retiraron raudos cuando alguno acertó en la diana menos yo con mi traje de marinero recuerdo aún el calor de la tirantez de su tejido blancoyazul con su cruz dorada colgando de un cordón como de leontina en vez de un silbato de viejo lobo que llame a la niebla y hable con gaviotas estilizadas y parlanchinas y me picaron antes de decir amen y volví creo que no llorando pero prometiendo que en la próxima vida al menos en mi segunda comunión correría como el que más o en otra ocasión cuando a solas emprendía caminatas dominicales que me compré una sandía pequeña que pesaba como la más grande en el pueblo donde paró el autobús con mi moreno de sierra y mis vaqueros excesivamente cortos más pronto que tarde se me hincó una avispa a la que perdoné de inmediato como el de Asis y corrí a embarrarme el punto del brazo infecto y al rato nada pensando en mi inmunidad y en la flaca defensa del insecto rayado que si fuera una abeja habría dado su vida por nada como los suicidas cegados por la promesa de un paraíso incierto mucho más veneno en mis carnes no recuerdo aunque sí en mi corazón bastantes sin embargo en mi partenaire o en mis circunstantes como por ejemplo caminando el Cabo de Gata con ocho o diez y el anuncio de plaga de mosquitos del que tomamos precauciones con pomadas y repelentes varios que acribillaron a todos unos más que a otros menos a mí que vergonzosamente acabé ileso y comiendo erizos con precaución no más recordando algunas lecturas de Lampedusa o una escapada a las Cícladas donde descubrí en sus mares el color azul que creía conocerlo de siempre y me vino a la memoria todo el Homero y el Durrel de Corfú donde cuando con Henry Miller tomaban el sol desnudos en sus orillas

* Mar Egeo.

Sobre la responsabilidad de los sueños

Sobre la responsabilidad de los sueños

Nunca me han interesado sobremanera los sueños, ese producto del subconsciente alimentado con nuestros más recientes fantasmas, aconteceres y circunstantes. Llama la atención, no obstante, y, supongo, que en el momento que tuve que elegir intereses, éste no fue señalado.

Reconozco, sin embargo que estoy en débito con los sueños. A veces me han dado argumentos para escribir o para fantasear. A veces he distinguido entre sus entretelas el amor perdido, la solución a mis problemas, la luz en la penumbra que me envuelve.

También podíamos hablar de uno de mis deportes favoritos que se concreta en soñar despierto, pero eso es otra historia.

Silvio Rodríguez cantaba en una famosa composición que soñaba con serpientes. Alguien dijo, o leí en no sé dónde, que soñar con reptiles es símbolo de homosexualidad. No supe qué pensar.

Hay quien le da gran importancia a este mundo onírico e incluso lo concibe como premonitorio. Hay muchos psicoanalistas, filósofos y pensadores en general que han escrito sobre la interpretación de los sueños. Pero, repito, su entendimiento escapa a mis inquietudes.

Sé, sabía desde hace tiempo, que los vuduistas se consideraban responsables de sus sueños, viviendo así ‘conscientemente’ las veinticuatro horas del día. Y en algún momento supe sobre la comunión de los sueños. Gemelos que sueñan lo mismo, destinos que se encuentran soñando, etcétera.

Pero lo más fuerte quizá sea la creencia en tiempos de Torquemada y compañía de la acusación por ‘delinquir’ en los sueños ajenos.

En el siglo XV y siguientes, como material inquisitorial, se usaba el Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas), de Heinrich Institor y Jakob Sprenger, publicado en Alemania en 1486. este libro, además de dar un informe detallado de cómo se podían identificar, acusar, procesar, torturar, declarar culpables y sentenciar a las brujas, nos advertía de que “¡sois responsables de lo que hacéis en los sueños de otros!”.

Cuenta Marvin Harris, en Vacas, cerdos, guerras y brujas, que por esta ‘responsabilidad’ tuvieron que morir 500.000 personas: “por crímenes cometidos en los sueños de otras personas”. Lo que le da pie para arremeter contra los alienados defensores de la contracultura:

“Sostengo, concluye Harris, que es totalmente imposible subvertir el conocimiento objetivo sin subvertir la base de los juicios morales. Si no podemos saber con certeza razonable quién hizo qué cosa, cuándo y dónde, no podemos esperar proporcionar una descripción moral de nosotros mismos. Si no somos capaces de distinguir entre el criminal y la víctima, el rico y el pobre, el explotador y el explotado debemos defender la suspensión total de los juicios morales, o adoptar la posición inquisitorial y considerar responsable a la gente de lo que hace en los sueños de los demás”.

El sueño de la razón produce monstruos, grabado de la serie Los Caprichos de Goya.