Blogia
volandovengo

Flamenco

Un festival de masas

Un festival de masas

32 Festival Flamenco de Ogíjares

Al final, como todos los años, acudí a esta cita multitudinaria en la población de Ogíjares. Es un Festival con solera, que, a lo largo de 32 años, ha visto desfilar por su escenario lo más granado del panorama nacional. Y, aunque ha tenido unos años de bajón, por cuestiones políticas, su llamada es imprescindible, entre otras cosas porque es uno de los encuentros más flamencos que se dan en nuestras tierras.

No sé si por su fama, por su cercanía o por su fecha, a principios de septiembre, que allí nos vemos gran parte de los flamencos y aficionados de toda la provincia de Granada, y aun de otras ciudades.

No obstante, su duración extrema, el cansancio acumulado y el frío imperioso, que distingue a este festival a partir de media noche, me impulsaron a abandonar el recinto en su mitad, perdiéndome a mi pesar el baile de Susana Lupiañez ‘La Lupi’, la actuación emblemática de Miguel Flores ‘Capullo de Jerez’ y, ¡ay!, el magisterio puro del marginado Manuel Carmona ‘Nene De Santa Fe’, aunque viniera acompañado de su hijo a la guitarra.

Organizado, desde sus comienzos, por la peña local ‘Eva Yerbabuena’ y apoyados por el Ayuntamiento de Ogíjares, el Parque de San Sebastián, donde se celebra dicho evento, acogió cerca de 3.000 espectadores atraídos por el cartel, en el que destacan ‘El Capullo’, mencionado más arriba, que con su cante particular tiene verdaderos adeptos, y con el compromiso independiente de ‘El Cabrero’, que mueve conciencias.

El primero en subir al escenario fue el cordobés, de Villa del Río, Antonio Haya ‘El Jaro’, ganador del III Concurso de Cante para Artistas Jóvenes de Ogíjares, que comenzó con soleá por bulerías y con granaínas, acompañadas de un ineficaz toque de piano y de una forzada percusión, para terminar, algo descafeinado, acordándose de Enrique Morente en los tangos e interpretando La Estrella, que ahora más que nunca haría falta que nos guiara.

Desde este primer comienzo nos dimos cuenta de las limitaciones del sonido. Algo que, en general, ocurre todos los años, a pesar del buen equipo, me consta, con que cuenta este festival.

María Toledo, en segundo lugar, contó con la guitarra exclusiva de Paco Cortés, uno de los mejores guitarristas de acompañamiento de la actualidad. María, con un deje demasiado castellano, se templa por seguiriyas, acordándose en primer lugar del Reniego de mi sino de Antonio Cagancho. Continúa por cantiñas con su presencia aplomada, para pasar a una soleá, acompañada por ella misma al piano, que supuso quizá lo mejor de su entrega. Continuó por tangos, con un excelente soniquete del mayor de los Cortés a su lado, y acabó por bulerías, recogiendo alguna letrilla de Carlos Cano a los postres.

José Domínguez ‘El Cabrero’, que llegó en tren desde Sevilla, arrasó con su presencia, cantando con valentía y gracia letras que le preocupan y que sus seguidores, verdadera legión, agradecen.

El Cabrero se ha constituido en poeta del pueblo y, pese a sus limitaciones, es un artista único y reverenciado. El mérito, sin embargo, lo tiene su guitarrista, Rafael Rodríguez, que tiene que seguirle en sus particularidades.

El cantaor sevillano, que venía de ordeñar cabras, fue generoso hasta el límite. Estuvo en escena casi una hora y, si no es porque aún quedaba la segunda parte, habría cantado un poco más (yo no tengo prisa, decía).

Comenzó por serranas, un bello cante telúrico que por desgracia se canta poco, y continuó con Pastor de nubes, tema que abre su último disco, con aires de sevillanas a la manera de Calixto, y rematados por fiesta. Continúa con una soleá y una seguiriya, para exponer su primer ramillete de fandangos comprometidos y declarando que: voy a ser niño hasta que me muera, como diciendo que los niños dicen la verdad, al menos su verdad.

Voy a cantarles una mariana, sin trololó, dijo seguidamente; para continuar con Si se calla el cantor calla la vida, un popular tema del argentino Horacio Guarany, versionado por bulerías; y acabar su parte oficial por fandangos, con algún lapsus de memoria.

Y, a partir de ahora comienzan los bises, que casi doblaron su concierto. Empieza (reempieza) con el imprescindible Luz de luna, peticionado repetidamente por el público. Continúa con fandangos, que introduce por Huelva y acaba con más fandangos, que arroja como verdades, en las que no deja títere con cabeza.

* Foto: Antonia Ortega©.

Salud docente

Salud docente

I Festival de las Cuevas

Visto lo visto, me quedo con el espíritu de los maestros de Granada. El primer día de septiembre, el equipo docente del Carmen de las Cuevas (escuela internacional de flamenco) nos ofreció en el Museo Cuevas del Sacromonte una muestra de su buen hacer para inaugurar el curso, a la que denominaron I Festival de las Cuevas.

Otros años hemos tenido una exposición parecida contando también con algunos alumnos aventajados, pero es la primera vez que se oferta en modo de festival de maestros con intención de perdurar. Dicho programa continuará el martes 6, con Ana Calí presentando De cobre y lunares; y el jueves 8, con Javier Martos que estrenará su Amalgama.

Es un concepto genérico de espectáculo en el que se pretende abarcar someramente el compendio de los conocimientos de sus actuantes para sus alumnos, pasados, presentes y futuros, para sus seguidores y para ellos mismos, hallando en estos días la posibilidad de interactuar juntos y sacar de ellos parte de sus conocimientos y futuras enseñanzas. Pero sobre todo es una fiesta, un motivo para quedar y verse con los amigos, una excusa para disfrutar desenfadados y compartir su sentido artístico.

El recinto del Museo estaba lleno hasta la bandera. Hubo incluso gente que se tuvo que dar la vuelta después de haber subido al lugar (un paseo verdaderamente cansado). En todo el verano no ha habido día con tal asistencia, aunque algunas veladas lo merecían.

Es digno de aplauso, entre los bailaores, la grata expresión del rostro. Ya he denunciado, en varios escritos, la tendencia generalizada de bailar con la boca o la falta de expresividad que le resta valor al conjunto. El baile es un compendio de todo el ser. A un individuo le tienen que bailar desde la punta de los pies hasta el cabello, pasando por los hombros, la cintura o las muñecas. Pero sobremanera le tiene que acompañar la faz, estar alegre en las alegrías y circunspecto en las seguiriyas, elegante en las farrucas y seductor en los tangos. Una cara distendida, no solo es el reflejo del alma, sino también la enseña de la identidad bailaora.

La riqueza, por otro lado, del cuadro de atrás, que arropa taxativamente al cuerpo de baile, es digno de admiración. Por un lado, las voces tan especiales y distintas de la armonía de Sergio Gómez ‘El Colorao’ y de la potencia de Manuel Heredia; y, por otro, las guitarras precisas de Jorge ‘El Pisao’, Rubén Campos y Luis de Melchor. Haciendo compás estuvo Javier Martos que, me imagino, no quiso bailar, pues tiene un día para él sólo.

Un taconeo al principio, de suave y agradecida coreografía, sirvió para presentar a los actuantes de la velada, en la que los bailaores iban abandonando escalonadamente el escenario hasta dejar sola a Estefanía Martínez (la única que no iba vestida de negro) para ofrecernos una seguiriya, precedida de toná, con un especial gracejo y entrega.

Judith Cabrera, vestida en crudo, con abanico vivificador, sedujo con sus paseos por guajiras, antes de dejar a los guitarristas solos para interpretar, correcta y atrevidamente, la rumba Entre dos aguas del maestro Lucía.

La farruca fue una dedicación especial a un gran hombre, Juanillo Heredia, tristemente recién desaparecido. Manuel Heredia estuvo sembrado en una voz rebosante de sentimiento y Raimundo Benítez mostró una vez más su personalidad y elegancia.

Pilar Fajardo reivindicó su tierra haciendo alegrías, con concesiones a las cantiñas y aires de Arcos. Es un palo que la algecireña domina y entiende de modo ancestral, en el que trasmite sabor y complicidad. Y Mari Carmen guerrero impuso su presencia y su clasicismo en los tientos-tangos, mientras su hija le hacía compás. Es raro ver este cambio de papeles, tan eficaz por otro lado, de Patricia Guerrero acompañando a las palmas a su madre y no al revés. Además de acordarse de Morente, fue memorable el remate de los tangos a dos voces.

Para terminar, precediendo la pataílla final por bulerías de todos los participantes, Estefanía, Judith y Pilar, nos regalaron una pinceladita por malagueñas y abandolaos.

* Algunos profesores del Carmen de las Cuevas con Cristina Hoyos.

Llave de Oro del cante

Llave de Oro del cante

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. Entre amigos

El miércoles, 30 de agosto, penúltimo día que el Museo Cuevas del Sacromonte le dedicaba a Enrique Morente, consistió en una especie de mesa redonda en la que algunos de sus amigos, capitaneados por Francisco Manuel Díaz, compartieron varias de sus experiencias con el maestro desaparecido. Completaba la escena, aparte del mencionado tocaor y guitarrero, Juan Mesas, promotor musical, Juan Antonio Ibáñez, periodista y directivo de la Asociación de la Prensa de Granada y los cantaores y grandes aficionados Curro Andrés y Antonio Gallegos. La charla estuvo moderada por el cantaor e investigador flamenco Juan Pinilla.

Destaco de esa velada el sentimiento de respeto hacia el artista y el amor hacia la persona, que para alguno de los presentes estaba por encima del creador. Cada uno, con más o menos acierto, comentó el día en que conoció a Enrique, su visión personal sobre el amigo y alguna anécdota compartida, entre las ciento que tendrían en la memoria.

Una aproximación interesante, pero limitada en todo caso. Los ponentes dejaron el acto en manos del azar y el sentimiento. Una improvisación que tan sólo mojó los labios, aparte del interés de los participantes y del esfuerzo dinamizador del moderador.

Relució en definitiva lo que todos sabemos: la genialidad creativa de uno de los flamencos más grandes que han existido, su humildad, su bondad, su grandeza como persona, su socarronería y su humor desmedido rayano en la ocurrencia filosa.

La noche se completó, como no podía ser de otra forma, con flamenco, recordando los cantes de Morente (los que no lo hicieron así, seguramente se equivocaron). Para tal manifestación se contó con un grupo de jóvenes flamencos de la tierra que, en gran medida, ni habían tratado a Enrique.

Al baile, abriendo la primera y la segunda parte, tuvimos a Ana Calí, con Sergio Gómez, al cante, y Alfredo Mesa, a la guitarra. Después intervinieron los más jóvenes (15 años), Tomás García, al cante, y Álvaro Pérez, a la guitarra, el cual terminó tocando una rondeña en solitario. A continuación, Sonia Leiva subió al escenario, acompañada por la guitarra de Francisco Manuel Díaz. Y, cerró la noche, Ana Mochón con la guitarra de Antonio la Luz.

El periodista Ibáñez, después de su intervención, para cerrar la actuación de la mesa, leyó un escrito sobre la persona de Morente y su calidad artística y terminó pidiendo para este eterno granadino la Llave de Oro del cante.

Hasta ahora existen cinco llaves (casi todas ellas con polémica): ‘El Nitri’, Vallejo, Mairena, Camarón y Fosforito. Es un tema delicado, entre otras cosas porque no depende exclusivamente de nadie y por su relatividad. Opiniones hay y las habrá, a favor o en contra. La propuesta, no obstante, fue hecha, de la cual, como cronista oficioso, doy fe.

Quiero acabar, sin embargo, reproduciendo la opinión de Juanito Valderrama, gran cantaor y enciclopedista del flamenco, que creo interesante: El cante no tiene llaves, como tampoco las tiene el campo. La primera llave se la dieron seis amigos en Málaga a Tomás el Nitri, gaditano, nacido en Arcos y criado en El Puerto. La otra llave, la última se le dieron a Antonio Mairena, en Córdoba, por mediación de Ricardo Molina. Si le han dado la Llave del Cante a Camarón después de muerto hay que dársela también a don Antonio Chacón, a Manuel Torre, a Manolo Caracol, a la Niña de los Peines y a Marchena. Pero yo no creo en la Llave, ni le he dado nunca gran importancia. La Llave la dan una docena de hombres y eso para mí tienen poca importancia, la Llave tenía que darla el pueblo, que es soberano y no se equivoca. Además, el cante no tiene llaves y el libro del gusto está en blanco

El público, pienso que de todo el mundo, tiene la palabra.

* Foto de Juan Güeto©.

Como los cantos rodados

Como los cantos rodados

Lorca y el Generalife

Federico según Lorca

Ya comenté el día del estreno (12 de julio) este espectáculo con detalle. Ahora tan sólo me anima, como comenté en aquella ocasión, vislumbrar el resultado evolutivo de dicho montaje en el día de su clausura (27 de agosto).

El balance es positivo y, como llegué a prever, no me defraudo. Aunque debo decir que una segunda lectura siempre es más asequible que la primera. En general Federico según Lorca ganó en dinamicidad, aunque venía durando lo mismo (cerca de dos horas). Algunas aristas se limaron y, como los cantos rodados de un río, se fueron redondeando algunas cuestiones que resultaban estridentes.

Hay que aplaudir, por otro lado, el baile del cuerpo, tanto masculino (Eduardo Guerrero, Fernando Jiménez y Alejandro Rodríguez) como femenino (Mercedes de Córdoba, Lorena Franco, María Moreno). Un baile más maduro y asentado que la simple repetición le llegó como la vaselina. Los músicos, Paco Jarana y Manuel de la Luz, a la guitarra, Enrique 'el Extremeño', José Valencia y Pepe de Pura y Manuel José Muñoz 'Pájaro' y Raúl Domínguez a la percusión, en plena forma, como en un principio. Debo repetir, en este sentido, que el tratamiento musical de la obra puede considerarse exquisito.

El simbolismo críptico, la visión tan personal de Eva Yerbabuena se va aclarando y las claves ocultas en gran medida se dilucidan. El escenario ya no es un laberinto sin una Ariadna que nos indique el camino.

El muro central, sin embargo, sigue pesando mucho. Se come cualquier otro motivo, entre otras cosas la proyección de vídeo de fondo que a veces resulta inútil (maravilloso cuando las imágenes se proyectan sobre dicho paredón). Este muro cobra una vida que al principio no la tuvo (o no fue tan evidente) y comienza a interactuar con la escena y a cobrar una vida propia que le sienta muy bien.

El baile de Eva, como siempre, tan eficaz como esperado, se deja sentir en el garrotín, en la vidalita y sobre todo en la soleá, llamada Del negro al negro, (no se puede bailar mejor). Sus coreografías también son dignas de admiración. El horror vacui, la ausencia de silencios, son inexplicables. Siempre hay movimiento, que no es unísono sino complementario.

El universo lorquiano sigue estando reflejado perfectamente: la marginalidad, el miedo a la otredad, el oscurantismo, el canto, sin embargo, de esperanza… No obstante, hay algo que re-mata el conjunto, que al principio no supe como tomar. Ahora ya estoy seguro de que el gigantón sobra.  El muñecote con el que Eva danza El pequeño vals, como homenaje a Morente, y que después recoge a todos los bailaores en un abrazo final, mientras Pepe de Pura entona una bella serrana, me parece definitivamente ridículo, además de antiestético.

Esperemos que estas reflexiones no caigan en saco roto y que la inteligencia de esta bailaora, si es que las lee, las tome en consideración, aunque sean, ya os digo, apreciaciones muy personales.

* Cartel del espectáculo.

Un Bordón para Enrique

Un Bordón para Enrique

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. La guitarra toca a Morente

Como estuve invitado en el Festival de Almería no pude asistir el día 23 al Museo Cuevas del Sacromonte, donde actuaron Pepe  Habichuela y Josemi Carmona que, según dicen, fue un gran recital. No lo dudo. Lo que sí presencié con satisfacción, dos días más tarde, fue el torbellino de Juan Habichuela Jr. en ese mismo escenario. El nieto del patriarca Juan Habichuela, uno de los mejores guitarras de acompañamiento que han existido, recién galardonado con el ‘Bordón minero’ en el festival de La Unión, quiso hilvanar un recital de homenaje a Enrique Morente, no sólo interpretando sus temas, sino cantando literalmente con su guitarra como lo hubiera hecho el maestro.

La primera parte fue más íntima. Juan, solo, con la sonanta, expuso algunas de sus nuevas composiciones. Empezó por rondeñas, en las que se acordó de los grandes, como el imprescindible Ramón Montoya. El toque del joven Habichuela siempre ha gozado de una velocidad de vértigo, del rasgueo y de los silencios propios de su familia, de una limpieza admirable, de una creatividad versátil, de una frescura manifiesta y de una flamencura indiscutible. No obstante, si es que esto es posible, Juan se va refinando con el tiempo.

Una taranta, de las que duelen, y una soleá, con profusión de tonalidades bajas y uso del bordón, culminaron esta apuesta solista, para terminar la primera parte con su grupo interpretando una de las últimas bulerías de Morente, si no la última, la preciosista Adiós Málaga, cercana al jaleo.

El segundo pase, dedicado en exclusiva a Enrique, contó con todos sus compañeros, Diego ‘el Coty’ como segunda guitarra, Benjamín Santiago ‘El Moreno’ a la percusión y Alberto Raya al piano, que si bien restaban atención, contribuían notablemente en la base melódica de las piezas. Quizás el yembe (tambor de origen africano) se imponía demasiado.

Comenzó esta última parte por la zambra Aunque es de noche, grabado por Enrique en su disco Cruz y Luna en 1983. Le siguieron unos tangos que nos hacían rememorar un popurrí de letras morentianas, desde el disco Sacromonte hasta los sueños de La Alhambra. El soniquete por tangos en una guitarra de Granada es único e impresionante. Juan continuó por alegrías, haciendo los semitonos y los mismos requiebros de la voz, para terminar con la balada De mi rosa, dedicada al Ronco del Albaicín con concesiones a la fiesta.

Como bis programado, abordaron La Estrella, que lejos de ser un tema recurrente para la ocasión, puedo afirmar que Juan Habichuela lo tenía montado hace más de un año.

* Foto de Juan Güeto©.

Noche gitana en Almería

Noche gitana en Almería

45 Festival Flamenco Ciudad de Almería

Si en la primera jornada del Festival de Almería, con Estrella Morente, tuvimos un flamenco más melódico y castellano, el segundo día primó la raíz y el aguardiente. Todos los actuantes eran gitanos y de la zona de Cádiz, menos Toñi Fernández, que fue la encargada de abrir la noche como artista local.

Toñi, bastante segura a pesar de cantar en su tierra frente a unos dos mil espectadores y compartiendo escenario con varios pesos pesados, se templó por soleá con su voz canastera y sugerente, a la que le siguieron unos generosos tangos, en los que precisó el compás de Jesús Fernández y Tito (que no se oyeron apenas), y en los que se acordó de Morente a los postres. Como guitarra tuvo al preciso Diego del Morao que, sin embargo, no se entendieron a la perfección.

Lo que le sienta mejor a esta cantaora son las formas más sentidas del flamenco, aunque siempre la hemos recordado por los temas festeros, donde puede tener una cierta semejanza con Aurora Vargas. Así, las arriesgadas seguiriyas cautivaron de puro dramatismo. Toñi terminó por bulerías, en las que tuvo que indicarle al Morao que bajara la cejilla después de haberle dado la salía, y que remató a boca de escenario, con una guitarra más acoplada y unos palmeros eficaces.

Pansequito, en segundo lugar, estuvo mejor tratado por la megafonía que la anterior. A la guitarra Parilla, que puede que sea el mejor representante actual del toque jerezano. Los dos tocaores apoteósicos por fiesta.

Comenzaron acordándose de su tierra por alegrías. Panseco está en plena forma, con unas facultades extraordinarias que no defraudaron a su público, aunque su repertorio es añejo y consabido. El mejor de la noche indiscutiblemente.

Continuó por soleá y después unos tarantos, para terminar por bulerías, asomándose sin vértigo al cuplé. Como regalo, unos fandangos valientes, fuera del micrófono, hicieron las delicias de sus incondicionales, que a esas alturas éramos todos.

El último en actuar fue José Mercé, arropado también por Diego del Morao, los dos jerezanos. Como el artista anterior manifestó su alegría de visitar esa plaza y los amigos que acumulaba en la tierra almeriense. A pesar de su dominio y del abrazo seguro de la guitarra, Mercé no estuvo a la altura. No sólo tenía la voz algo perjudicada, sino que no se esforzó. Con todo y con eso, sus seguidores son multitud y alabaron en alta voz hasta su melena desordenada. Las seguiriyas comenzaron por Manuel Molina y terminaron siendo su mejor entrega, a pesar de un imperceptible ahogo en el macho final.

Continuó por malagueñas, correctas pero sin enjundia, y remató por bulerías con un bailecito final, donde sacó sus letrillas del “flamenco 2000” y se acordó del gran Luis de la Pica. Como bis ofreció un poquito más por bulerías, repitiéndose en las letras.

* Toñi Fernández en un momento de la actuación (foto extraida de la edición digital del Diario de Almería©).

Despedida urgente a Juan Heredia

Despedida urgente a Juan Heredia

La muerte, aunque anunciada, es un desgarro vitalicio en el transcurso de nuestros días. Vengo del cementerio, de decir el último adiós callado a Juan Heredia, conocido popularmente como Juanillo.

No lo conocía mucho, pero sabía que era un hombre bueno. Todo el mundo lo quería. Era muy flamenco y una institución en el Sacromonte.

Cuando pasaba por la puerta de su restaurante, Casa Juanillo, camino del Museo o de la Chumbera, solía estar sentado en la puerta controlando hasta el aire que soplaba ese atardecer. Dependiendo de la prisa que llevara, me tomaba una cerveza, me sentaba un poco con él o simplemente nos saludábamos.

No hablábamos de nada en particular, de flamenco, del Monte o del tiempo socorrido, pero sentía una especie de orgullo de estar en su presencia y compartir su tiempo.

Astuto y rígido, era amante de sus amigos, de sus hijas (Encarna, Jara y Antonia, las tres bailaoras, a las que admiro) y de sus nietos.

Ayer murió un gran hombre, en las garras ciegas del cáncer, y el mundo incomprensiblemente sigue dando vueltas y los pájaros cantando y la brisa de Valparaíso alegrando un Camino eternamente marcado por las huellas de un buen gitano llamado Juanillo.

* Foto sacada de Granada Hoy, edición digital©.

Más Estrella, más Morente

Más Estrella, más Morente

45 Festival Flamenco Ciudad de Almería

Semejante al concierto que ofreció en Granada, en el Festival de Música y Danza, y el que dio en La Unión y, posiblemente, los que queden hasta terminar la temporada fue el que ofreció Estrella Morente en Almería, aunque siempre con alguna sorpresa que singulariza la noche, si cabe. La sombra de su padre planea desde las primeras notas al quejío final. Es normal esta emoción, este permanente recuerdo… Tan normal como necesario que de aquí a medio año Estrella se renueve por completo, se reinvente a sí misma, y, como ave fénix, se vuelva a colocar en los primeros puestos de la creación y el estremecimiento.

El primer hervor de la noche suena por tonás, la misma ronda de voces a capela y juego polifónico que le gustaba a Enrique, con una nota que se mantiene en el aire y palillos y palmas finales, para pasar a esa belleza de San Juan de la Cruz (Tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance) hecha canción doblemente sentida.

El soniquete por tangos sacromontanos, morunos y exclusivos, nos muestran a la mejor Estrella, que retoma las letras del Ronco del Albaycín para hacerlas suyas como buena representante de su tierra. Hay que destacar por otro lado la eficacia de los coros de José Enrique Morente, Antonio Carbonell, Ángel Gabarre que a la vez llevan el compás. Las guitarras puede que más limitadas de lo que se merece esta voz.

Con la sola guitarra de su tío Montoyita, la cantaora entona una petenera muy personal, que comienza por soleá y termina con dolor. La seguiriya es también morentiana que, sin llegar a ser bailables, gozan de una aceleración festera y gozosa, aunque Estrella la hace más liviana y falta de riesgo.

Personalmente Montoyita homenajea al desaparecido maestro con su guitarra, acordándose de su repertorio y haciendo hincapié en de la Estrella, tocada en un tempo lento y ofrecida respetuosamente a su autor.

La caña era un tema inexcusable del artista granadino, donde Estrella, con vestido nuevo, se mira y refleja esos semitonos imposibles que son música celestial rematada por bulerías, donde la artista, rica en braceo desde un comienzo, apunta una agradecida pataílla.

Para las granaínas, que se asoman a levante y a la fiesta, un gran abanico ilustra la imagen arrebatadora. Granaínas heterogéneas, cantadas a su modo, haciéndolas suyas, con su rúbrica y sello. No busquemos en Estrella la pureza de lo añejo, aunque sí la fidelidad de su herencia.

Es la hora de la presentación de sus músicos, que también son su familia y eran, la mayoría, acompañantes habituales de su padre. La Estrella en sus labios es un regalo, es como rizar el rizo, Estrella canta Estrella.

La sorpresa de la noche vino en forma de sevillanas, muy creativas, muy flamencas, a la manera de Pastora, donde hace un popurrí de letras de coplas y boleros y termina con el No dudaría de Antonio Flores.

El fin viene con La noche de mi amor, una canción estremecedora de Chavela Vargas, a ritmo de bulerías, que formó parte de su disco Mujeres (2006), con alguna estratégica alusión a la ciudad de Almería. Una toná, a boca de escenario, que acaba con pregón a capela, es el regalo final con que se despide la artista granadina.

*  Foto de Jesús Montoya©.

En la peña de Gorafe

En la peña de Gorafe

Fue el viernes o el sábado (repito que mi memoria es flaca). Alicia Morales me había invitado a una actuación que tendría en La Lumbre, la peña flamenca de Gorafe. Iba también en el coche el guitarrista, Josele de la Rosa, y otros dos amigos.

A altas horas (por incompatibilidades horarias) nos presentamos los cinco en la sala de fiestas que, con un pequeño escenario y un telón verde de fondo donde ponía el nombre, hacía las veces de peña.

Aparte de un par de entendidos, alguno más y los dueños del local, todos eran personas mayores, sobre todo mujeres; en un número no superior a veinte.

Sin muchos preámbulos, por lo avanzado de la hora, comenzó la primera parte por mirabrás. Palo que Alicia domina y sirvió para templar su voz. 

Los dos flamencos, cantaora y guitarrista, se conocen desde antiguo y alcanzan un grado de complicidad muy interesante. Quizá los temas jondos tuvieran más eficacia que los festeros. Así, cautivaron con la soleá y la malagueña, con un auténtico remate por fandangos de Frasquito. Terminó ese primer pase por tangos.

Con gran empeño y resultado, después del descanso abrieron por granaína y media. La entrega fue total a pesar de la poca asistencia. Aunque quizás con lo que me quedo del recital es con la seguiriya.

Seguidamente hicieron colombianas, muy resultonas, pero sin enjundia. Acabó la noche por bulerías, pidiendo compás al público satisfecho.

Como bis, un solo fandango huérfano a pie de escenario, alimentó las ganas.

* Foto sacada del muro de Josele.

Las gafas negras de Enrique

Las gafas negras de Enrique

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente. Incursiones en el Rock

Morente se consideraba roquero. Sentía admiración por esta música, por sus intérpretes y por su modo de vida. En varias ocasiones había colaborado con el conjunto neoyorquino Sonic Youth; en 1996 contó con el grupo granadino Lagartija Nick para grabar Omega (después les devolvió el favor en Val del Omar); con Los Planetas, también de Granada, ha participado en sus últimos trabajos, muy cercanos al flamenco: una caña en La leyenda del espacio (2007) y una toná en Una opera egipcia (2010).

Con el nombre de Los Evangelistas se han juntado cuatro miembros de estas dos agrupaciones (Jota y Florent Muñoz, de Los Planetas, y Antonio Arias y Eric Jiménez, de los Lagartija), en homenaje a Enrique Morente, con la que debutaron en la pasada ‘Noche Blanca’ de Córdoba. Supongo que la experiencia fue tan satisfactoria y su repercusión tan positiva que han decidido seguir con este cuarteto de ‘discípulos’ (uno de los nombres que barajaron como posible identificación del grupo), con el que incluso están grabando.

Recientemente también actuaron en Poesía en el Laurel, ciclo de poesía y música celebrado en La Zubia; y ahora en el Museo Cuevas del Sacromonte. Siempre en memoria de Enrique, siempre con Enrique por bandera, siempre con el mayor respeto y haciendo justo lo que a él le hubiera gustado que se hiciera.

El resultado sigue la estela del mítico Omega, pero sobre todo retoma el camino “flamenco” que emprendió Jota, al frente de su banda.

No soy roquero como Morente, pero sí cocinero antes que fraile y puedo decir, sin temor a equivocarme, que testificamos un concierto memorable. Cualquiera de los presentes así lo puede afirmar. Sobresaliente y generoso donde, después de un largo repertorio, se plantearon los bises dobles, como las ducas de los gitanos.

Vibramos con las guitarras, articuladas y broncas; gozamos con el trasfondo sonido de Los Planetas (Florent); alucinamos con el nervio baterista (Eric), de precisa ejecución, del que Enrique no podía dejar de acordarse. Y las voces de Arias y Jota que nos acercaban al flamenco y nos tendían el puente claro entre el rock y Morente.

Porque era rock, puro rock, a veces heavy y corrosivo, pero evidente en su estructura. Sentimos el flamenco tan sólo si queremos verlo; si desnudamos el tema y nos quedamos en la cadencia y en el eco de la serrana, de los tangos, de las alegrías o de los fandangos.

Los Evangelistas, como Morente, no tuvieron sueño en la ciudad, fueron poetas decadentes o amantes amantes o buscaron la estrella que les guiara.

* Foto de Juan Güeto©.

El peluquero de Morente

El peluquero de Morente

Sacromonte Cuna de Flamencos

El barbero de Picasso

Nunca vi el documental de Barrachina. Nunca me atreví a ver El barbero de Picasso, hasta ayer que la proyectaron en el Sacromonte en el ciclo dedicado a Morente, donde lloré y reí a partes iguales.

No soy experto en cine y no puedo juzgar la película. Pienso que como documento es impagable, que todo aficionado al flamenco en general, y al cante de Enrique en particular, tiene que conocer.

Hubo quien a la salida criticó el resultado de la cinta por considerarla localista y en zapatillas, que se quedaba con los momentos musicales. Pensé, y a alguien se lo dije, que a mí no se me ocurría meterme en un congreso de dentistas.

Pero por qué el barbero. Cuando Picasso llegó a París buscó un español que le cortara el pelo. Eugenio Arias, quien terminó por considerar al artista malagueño como a un padre, no quiso cobrarle, tan sólo en obra, convirtiéndose así en uno de los máximos coleccionistas picasianos.

A Morente le sedujo la historia. Ya había grabado en 2008 Pablo de Málaga con textos del pintor. Con ganas de seguir profundizando en su obra, quiso descubrir el Guernica, y tumbarse a sus pies, y entender su simbolismo genocida, y cantarle en su mismo lenguaje.

No sé si fue antes el huevo o la gallina. Se proyectó un documental que acabó poco antes de su muerte. En él participan: su compañera, Aurora Carbonell; sus hijos, Estrella, Soleá y José Enrique; el barbero Arias; otros acompañantes; y sus músicos.

El filme está grabado en Granada, Madrid, Buitrago del Lozoya, Barcelona y Londres. Resulta que el grueso de la grabación iba a ser en Buitrago, a 75 km. de Madrid, pero empezó a llover a mares (en la cinta se ve) y Enrique ofreció su casa y su ambiente, su ciudad y sus rincones para seguir grabando. En el Bañuelo descubrimos a Soleá cantando Palabras para Julia y a Estrella cantando Señorita por bulerías y a Kiki templado por soleares. Y en Barcelona escuchamos cortes apoteósicos de su último concierto, como las alegrías o Adiós Málaga, que compuso el mismo Enrique acordándose de la tierra de Picasso y de sus grandes hombres (canción que la ciudad de Málaga ha hecho patrimonio).

También se nos escapan las manos en los tangos y los oles en la malagueña de Chacón. Y nos estremece hasta la médula El ángel caído de Antonio Vega, junto al pianista de jazz Federico Lechner, que, cuentan, estuvo meses buscando un piano con el que, sin apenas ensayar, hilvanaron esa obra de arte.

El barbero es sólo una excusa para hablar de Morente con Morente, para dar gracias a la vida por este granadino inmenso y visionario (no en el sentido esotérico del término, sino en el aspecto vanguardista del que hace ir por delante de su tiempo, aunque Enrique decía que lo que estaba haciendo es lo que quería haber hecho hacía diez años).

Eugenio Arias, ofrece sus testimonios y vivifica el documental con un nexo latente. Pero son su familia, que lo admira, quien habla de él; y es Morente mismo el que expone sus cartas paseando por el Albaicín; o tomándose una cerveza en lo de la Porrona, en Plaza Larga; o diciendo verdades como puños con esas ocurrencias tan rápidas como magistrales…

Aprendemos cosas tan trascendentales como cotidianas. Nos descubre tanto su forma de crear, como que es su mujer quien le corta el pelo.

* Aspecto del cine del Museo-Cuevas del Sacromonte (Juan Güeto©).

Chekara en el imaginario de Morente (o viceversa)

Chekara en el imaginario de Morente (o viceversa)

Sacromonte Cuna de Flamencos

Los Universos de Morente

Se impone antes de narrar los acontecimientos de este primer día del ciclo Los Universos de Morente, que tuvo lugar en el Museo Cuevas del Sacromonte dentro de la IX edición de ‘Sacromonte Cuna de Flamencos’ con la colaboración de ‘Granada Universo Flamenco’ de la Diputación de Granada, comentar el programa de dicho festival que, por otra parte, el organizador, Miguel Berbel, presentó en sus paalabras preliminares, donde con gran respeto dedicó estos días al desaparecido Enrique Morente.

El ciclo en cuestión se divide en tres bloques, que corresponden a las tres próximas semanas, ocupando los días de martes y jueves a recitales de música (12 €), y los miércoles a una muestra de cine (3€).

La primera de estas secciones, llamada Explorando caminos, consta de Entre dos orillas, de la Orquesta Chekara (martes, 16), de la que nos ocuparemos a continuación; del documental de E.R. Barachina Morente, El Barbero de Picasso el miércoles, 17; y de Incursiones en el Rock, con Antonio Arias, Jota, Florent y Eric (jueves, 18).

La guitarra toca a Morente es el segundo bloque, que contendrá el concierto Habichuela en rama de Pepe Habichuela, el martes, 23; el miércoles, 24, se proyectará el documental de José Sánchez Montes Morente Sueña la Alhambra; y la noche del jueves Juan Habichuela (Jr.), recién ganador del Bordón minero nos presentará La voz de mis adentros.

La tercera y última semana estará dedicada al Morente íntimo, con una charla Entre amigos, coordinada por Francisco Manuel Díaz y contará con varios amigos del maestro y algunos otros añadidos (martes, 30); el documental de ese miércoles será Recordando a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’ (nº 2 de la Colección Flamenco y Patrimonio de Diputación de Granada). Todos los espectáculos comenzarán a las 22´00 horas.

La inauguración de este ciclo, como ya hemos dicho, corrió a cargo de la orquesta Chekara, como colaboradores en el pasado de Enrique Morente, que ya desde los años 80 participaron en comunión con el espectáculo Macama jonda de José Heredia Maya.

Unos tangos, de claro corte morentiano, sirven de presentación para unos músicos que no están alejados para nada del mundo flamenco. Vicente Gelo, al cante, hace cositas de Enrique dignas de aplauso. Tras esta entradilla, de la boca del cantaor se descuelgan unas palabras de agradecimiento, en las que reconoce al granadino un espejo en que mirarse. Sorprendentemente por tangos viene a ser también su segunda entrega, ilustrada con el baile de la sevillana afincada en Almería Maribel Ramos ‘La Zambra’. Puede que sus apariciones, junto al cante de Vicente y la guitarra de Emilio Maya, sean lo mejor de la noche. Maribel ha sabido entrecruzar el baile flamenco con la sinuosa danza oriental. Su zapateado, con el movimiento de caderas y de hombros y el juego de manos le confieren una estampa tan conseguida como original.

A continuación interpretan una versión de sus cantes abandolaos, que en su disco llaman Habib el Kamar, naturalmente acordándose el maestro que precede con un gran cartel el escenario, sobre todo en las rondeñas. En realidad todo el concierto estuvo constelado de letras del granadino en la voz respetuosa de Vicente.

Por farrucas comienza el siguiente tema, que encierra la copla La bien pagá con aires de tangos, e incluso tanguillos, para pasar rápidamente a los fandangos de Huelva, con una generosa introducción de flauta árabe (llamada nay) y algunas notas mantenidas en el órgano, con remate por bulerías, también coloreados por la sevillana, aunque vistiera de negro.

El piano coge protagonismo para exponer guajiras y garrotín alternos con agradables resultados. Las seguiriyas, conocidas como Mawal, con las que termina el recital, también estuvieron bien, a pesar de algunos gallos y desafines por parte de Jallal Chekara, voz y violín, y alma del grupo. El baile notable, como antes.

Como bis, completamente asumido, La Tarara, himno indiscutible de la orquesta, sonó muy malamente. Tan asumida tienen esta pieza que no se le presta la atención adecuada.

Jallal en baja forma, voces encontradas, aceleraciones sin justificar, ausencia de laúd, instrumento básico de la música andalusí, y, en cambio, un órgano estridente e incomprensible, etc. hacen de esta agrupación quizá la vez que menos me ha convencido. Espero que sea algo puntual. Por mi parte me quedo con lo bueno y seguiré subiendo como la cabra al Monte.

* Foto de Juan Güeto©.

La Moneta, un valor seguro

La Moneta, un valor seguro

Los Veranos del Corral

Extremo Jondo

Varios días hace ya que vimos a La Moneta clausurar Los Veranos del Corral. Varios días hace ya que no me quito de la cabeza sus ojos de fuego; esa mirada de desafió, donde la dureza se trueca cómplice picardía, consciente de lo que ha hecho, expectante de lo que va a hacer; esa mirada que compromete al espectador y lo hace cómplice de su fuerza, como si todos, en algún momento, estuviéramos en lo alto de las tablas y vibráramos con ella.

En broma, a la salida, pregunté a sus músicos que si para trabajar con Fuensanta había que llamarse Miguel. Una feliz coincidencia ha reunido en el entorno de la bailaora granadina a tres fenómenos del cante (Miguel Lavi), del toque (Miguel Iglesias) y de la percusión (Miguel ‘El Cheyenne’).

Extremo Jondo fue la obra que estrenó La Moneta en la edición de 2010 del Festival Internacional de Música y Danza en el Teatro Isabel la Católica, con el mismo esquema y tratamiento. Sólo cambia el cantaor que, para aquella ocasión era Enrique ‘El Extremeño’, pero no se llamaba Miguel (es broma). Cambiamos una voz poderosa, añeja y templada, por otra llena de sabor, de queja y de aguardiente, de regusto antiguo y dolor solapado.

El armazón musical del sevillano Iglesias es encomiable. Teniendo un concepto vanguardista, su guitarra suena flamenca, con un eco arraigado en la tradición, que no teme en pasar de un trémolo enraizado en mitad de siglo veinte a un rasgueo novedoso, en pasar de un acompañamiento ortodoxo a unir ritmos en un todo contemporáneo, los temas se entrelazan sabiamente, escribía en la ocasión anterior; como igualmente apunté que el sonido es una garantía en las manos de Benson, el mismo técnico que le acompaña, el mismo Juan Benavides que dimensiona el Corral con su acústica precisa.

La Moneta presenta este espectáculo como un homenaje a la música, como una sumisión al flamenco. Escucha como nadie el cante, al que se debe, y cada giro, cada zapateado, el germen de su fuerza lo justifica el cuadro de atrás. Es un baile pensado y repensado, ensayado mil veces, pero que parece nuevo sobre las tablas, que es nuevo, como el concepto heracliteano del “todo pasa”.

El primer bloque (pues de racimos de cantes se trata y no de piezas sueltas) comienza por una toná, que en realidad es un romance, que Fuensanta baila con vestido de campana, mantón naranja y vuelo en sus ojos. El compás se hace agua en sus pies y sus manos, de cuando en cuando, adoptan esa contemporaneidad que un día aprendió y que le sienta tan bien en su danza de esbelta raigambre. Al poco, esta capela, se hace caña, para terminar acordándose alegremente de La Bahía. De las cantiñas, de ricas escobillas, donde el silencio tiene mucho que decir y la guitarra canta en solitario, asomándose a la tierra, se pasa al sentimiento de los cantes de las minas, donde Lavi canta por derecho.

El segundo bloque, donde los músicos se cambian de izquierda a derecha (con cierta comicidad), comienza por bulerías que pasan a ser liviana y serranas, que el cantaor aborda poniéndose en pie, con letra novedosa (su repertorio no es convencional), desembocando en un impagable macho por seguirillas. La Moneta, de negro, con chaqueta corta, acomete el baile como si fuera la última vez que va a bailar. Sus movimientos son quebrados y redondos a voluntad y contienen cien años de aprendizaje y otros cien de intuición. ‘El Cheyenne’ se muestra respetuoso y seguro, como siempre, y en su solo es un complemento, como un tercer tacón de la bailaora.

Esta segunda parte desemboca en tientos-tangos, con los que acaba la función, terminando la hipnosis colectiva con su roneo, lleno de flamencura y de sabor sacromontano, que desarma a la misma belleza del ambiente que nos rodea y que aquí se acaba hasta el próximo año.

Vini, vidi, vinci

Vini, vidi, vinci

Los Veranos del Corral

Marco Flores, a pesar de cumplir los requisitos generacionales y artísticos requeridos para el Carbón, es la primera vez que pisa este escenario, cuando compañeros suyos (Manuel Liñán u Olga Pericet) ya han actuado al menos un par de veces. Es más, si mal no recuerdo, es la segunda vez que viene a Granada. Estuvo en La Platería hace poco más de un año, creo.

A pesar de esto, puede que sea de los pocos participantes en esta edición que haya acudido comprendiendo la filosofía de la Muestra. Su baile desinhibido y parnasiano, el baile por el baile, ha caracterizado su intervención.

Una minuta de aciertos corona su triunfo, aparte de su inusitado sentido del compás, fruto de un oído privilegiado, aparte del estilismo de una danza redonda, aparte de su amor al flamenco y la supeditación al cante...

En primer lugar, tuvo el buen gusto de no traer percusiones. Con dos impecables palmeras, Ana Romero y ’La Tacha’, el tema del compás se soluciona con creces. Sus números no son excesivamente largos, infiriendo en los anhelos de los espectadores. Sus músicos de atrás, exclusivamente mujeres, gozan de originalidad, a la vez que dimensiona la belleza somática del cuadro.

Raúl Comba, director del Festival, extraordinariamente sube al escenario para dedicarle el día, por parte de la organización, a Moraíto Chico, imprescindible tocaor jerezano de acompañamiento, sobre todo, arrebatado esa misma mañana, a la edad de 55 años, por un cáncer que le aquejaba.

Unas seguiriyas y cabales, rematadas por generosas tonás a compás, de la mano de las dos cantaoras, Mercedes Cortés e Inma Romero, sirve de carta de presentación. Un preámbulo que nos sirve para apreciar la esbeltez rítmica de este bailaor gaditano, que constantemente sugiere diálogo con su tacón-punta. Marco es un bailaor completo que expresa desde sus pies limpios hasta la punta de sus dedos salados. Su braceo tiene la feminidad suficiente para hablar por sí mismo. Lo que no convence, desde un primer momento, es su implicación bucal. Bastantes flamencos del momento bailan con la boca, marcan con muecas (y a veces onomatopéyicos sonidos) la evolución de su baile, afeando inconscientemente su entrega, que, además, enturbia la atención del espectador.

Malagueñas y granaínas chaconianas, muy mal cantadas por cierto, es la entrega que hacen sus músicos para la próxima entrega de Marco Flores por cantiñas. La gloria de esta transición, que pasa suavemente por los tres palos, como si fuera una sola pieza, se la lleva la guitarrista Antonia Jiménez. Antonia es precisa y pasional, clara y con un paladar exclusivo.

Las alegrías de Flores ya son antológicas. Se mueve en los aires de Cádiz como pez en el agua y no teme recrearse en las escobillas (tan solo a compás) que machadianamente se componen con el paso anterior. Sus desplantes son de pellizco. Si al comienzo, en la seguiriya, titubeaba, ahora está seguro. Domina como pocos y hace vibrar al tiempo que él disfruta cada momento (¿Será por eso?).

El siguiente interludio lo protagoniza el brillo de la guitarra. Aunque el tratamiento es distinto, sorprende que haga nuevamente seguiriya y cabal, como al principio. Su remate, huyendo de los finales efectistas, goza de la originalidad de morir en el aire, como con puntos suspensivos, inesperado en todo caso.

Marco termina por soleá. Son unas soleares lentas, pastosas, bien marcadas, para ser saboreadas en cada momento; con silencios y solos reconocidos. Con muchos cambios, como los bailes de hoy en día. La dimensión artística de las cantaoras ya no deja dudas, están en su salsa, con espléndidos remates a dos voces. La cadencia de la fiesta es lo suyo.

No me equivoco si afirmo, que en dieciséis días de Corral, Marco Flores ha sido el artista más aplaudido, al que no dejaban irse, el que tuvo que salir a saludar hasta cuatro veces, el que se dio tres pataíllas de fin de fiesta (la primera generosa, con el baile añadido de la cantaora Inma Romero y de las dos bailaoras). Una noche sin desperdicio.

* Marco Flores en la foto (Antonio Conde©).

El día más largo

El día más largo

Los Veranos del Corral

Ya he denunciado un par de veces el tratamiento de la luz en el Corral del Carbón de este año y vuelvo a incidir en ello porque posiblemente ayer tocara techo. Los apagones radicales (uno de ellos antes de haber acabado la pieza), el desenfoque al artista indicado o su iluminación parcial, la penumbra improcedente o el color inadecuado, es algo que un festival de esta categoría no se puede permitir.

Aprovecho también este primer toque de atención para advertir otra carencia. El que no haya un programa de mano diario, advirtiendo más o menos lo que vamos a ver o al menos el nombre de los músicos, viene siendo una inconveniencia, al menos para los espectadores que a la salida intentan recopilar la identificación de los actuantes.

Por otro lugar, como digo en el título, fue una velada larga. No sólo porque el programa fuera doble, sino porque parece que en la segunda parte había por parte de la bailaora un compromiso para rellenar un tiempo determinado, lo que restó espontaneidad y soltura.

Lidón Patiño es una bailaora castellonense, joven y llena de brío. Una fuerza que traslada a las tablas y trasmite como seña de identidad, aparte de su gracia en el baile (sus quiebros y desplantes son reconocidos). Aunque quizás deba limar su tendencia a la dramatización. Los momentos de excesivo vértigo se alternan con otros demasiado histriónicos que perjudican la dinámica del baile.

Comienza su entrega con una bulería que en principio es tan sólo de compás, para pasar en su segunda parte a incorporar las guitarras por soleares y jaleos. Puede que el percusionista, Amador Losada, sea el más limitado que hemos visto hasta el momento. Correcta la cantaora Angélica Leyva, con un eco muy flamenco.

Unos tangos, donde se alternan exclusivamente las guitarras ('El Tomate de Córdoba' y Carlos Orgaz), dan paso a las alegrías. Preciosa estampa es la que nos brinda Lidón con un vestido rojo de cola, con lunares negros en sus volantes y pañuelo a juego. Bella estampa que sin embargo requería doble esfuerzo, pues la cola no tenía vuelo, se ancoraba a sus espaldas y se negaba a bailar con la protagonista que, llena de sal y sonrisa, parecía vecina de la Caleta.

Para la segunda parte, Asunción Pérez ‘La Choni’ sale enfundada en un vestido rojo con mucho vuelo, de corte oriental. Va descalza y con chichines en los dedos, danzando de forma exclusiva la zambra caracolera La niña de fuego, interpretada con un gusto añejo por su cantaor, Salvador Cruz.

Fue un romper el hielo con las cartas de presentación en la mano, como diciendo que su baile es una apuesta poco convencional. El descanso llega con una soleá que sigue teniendo sabor de antaño con tercios cortados como antes. Salvador Cruz anuncia lo que va a cantar.

A la guitarra Raúl Cantizano y Antonio Montiel en la caja.

Tras saltársele una cuerda a la guitarra. Los cantaores se vieron obligados a improvisar por toná y martinete, para dar paso a la malagueña abandolá con fandangos de Lucena y del Albaicín. El tropiezo de la bailaora enredada en su cola, incidió en un baile cauteloso y algo tenso que sin embargo la bailaora supo controlar.

Con chaqueta corta y pantalón, lo que pintaba farruca, fueron unas seguiriyas tan correctas como faltas de dramatismo. Destacan sus manos.

Dedicados al maestro Chano Lobato, Alicia Acuña hizo unos tanguillos con toda intención. La guitarra le hacía constantes guiños a las guajiras (bastante cercanas, por otra parte).

Como última entrega, La Chone nos propone la caña, que baila con mantón de dulce vuelo. Momentos de clara comicidad salpican su baile, evidenciando otra de sus facetas. Esta caña se remata por una soleá apolá muy de nuestra tierra.

* ‘La Choni’ en la foto, tomada de su web.

Hasta qué punto vienen empujando

Hasta qué punto vienen empujando

Los Veranos del Corral

Ganadores del Certamen IAJ

Hay una hornada de flamencos jóvenes, muy jóvenes, en Andalucía que vienen empujando en el orbe del flamenco. Este mundo, para bien o para mal, ha ido cambiando. Por exigencias de la vida, se ha adaptado a los tiempos como cualquier otro arte. Ya es casi imposible improvisar, cantar con un guitarrista que te toque en suerte, actuar sin megafonía o salir al escenario con la copa de fino o el poquito de güisqui.

El flamenco se transforma por medio de sus actuantes. La pureza cada vez está más diluida (si no entendemos que el flamenco es mestizaje y diversidad). En veinte o treinta años se ha “avanzado” más que en siglo y medio. De un tiempo a esta parte el flamenco es aprendido.

Los jóvenes, en su mayoría, estudian (que es la única forma de avanzar, pues se innova desde el conocimiento). La mayoría se parecen a… hasta que encuentran su camino personal, un lenguaje propio con que expresarse, con el que trasmitir el flamenco que se siente. Y es lo más difícil. Y es la piedra angular con la que todos sueñan. Y es por donde deben ir los tiros de cualquier artista, de cualquiera que se quiera abrir camino en el flamenco: encontrar un lenguaje personal.

Pero cuando se deja uno llevar, cuando se tienen sus modelos fijos, cuando se cogen vicios o se confía demasiado en su propia persona, puede pasar como el vino, que los hay equilibrados, estudiados y medidos y hay “los que da la tierra”, que suelen ser peleones e indigestos.

Entre los nuevos flamencos hay de todo, aunque en general la seriedad es lo que impera. Todos son conscientes de que hay mucha competencia y no todos pueden estar en primera fila.

Lo más importante sin embargo es la humildad. Todos los grandes no lo han dejado dicho. Aprender de todo, dejarse aconsejar, analizarse continuamente…

Fue evidente, el lunes en el Corral, que los actuantes que había estaban empezando. Los ganadores del Certamen del Instituto Andaluz de la Juventud, toque, cante y baile, tuvieron doble premio: el que les concede el IAJ y el de participar en uno de los mejores escenarios de pequeño formato de este país.

En guitarra, el almeriense David Caro, con más acompañantes de los deseados, comenzó por granaínas. Su cantaor, Bernardo, se acordó de Manuel Ávila. Continuó por tangos. Breves para la voz de Isabel Jurado, transportando la prima en si. Al percusionista, aunque discreto, le sobraba el tambor (un redobles seguramente). Sin embargo, su apuesta e intenciones, llegaron por bulerías en solitario, en las que siguió la estela de Diego del Morao y de Vicente Amigo. Aunque quizá más apresurado de la cuenta y con el bordón un poco bronco. Termina por cantiñas. No es buena señal, por último, que los guitarristas de ahora no puedan pasar sin el afinador.

En segundo lugar intervino Carlos Cruz, hijo del buen cantaor jienense del mismo nombre. Comienza, como el anterior, por granaína y media, que son de Chacón, aunque las hace a su manera. Tiene facultades y perspectivas, que demuestra con creces en la soleá (al 6). Las bulerías finales también tienen su punto. El principal problema de este cantaor es el guitarrista con que se acompaña. Muy ajustado y fuera de tiempo, Rubén Campos (de Láchar), espera que el cantaor lo siga y no al contrario. Mirado desde una perspectiva profesional, Carlos necesita un guitarrista que lo almohade en condiciones y que lo haga crecer.

Hugo López es el premiado en la modalidad de baile. Es original en un primer momento, proponiendo zorongo, aunque vaya por fiesta. Es bastante impetuoso y desgarbado, pero tiene buenos pies. Sus cambios son radicales. En su descanso, Delia Membribe nos ofrece malagueñas de la Trini. Su voz es canastera y recuerda por momentos a Carmen Linares. Los abandolaos los mezcla y ya no sabes si son fandangos o jabegotes. También les acompaña David Caro. Un segundo músico, Luis Medina aporrea la guitarra. El bailaor cordobés termina por farrucas. Sus ganas se imponen a la lógica y zapatea cuando le están cantando y marca cuando el compás le deja espacio.

La madera existe, lo que falta es que arda bien (y si calienta y desprende olor, mucho mejor).

* David Caro (foto: Antonio Conde©).

El baile incombustible

El baile incombustible

Los Veranos del Corral

Tenemos en Ray Benítez y Agustín Barajas dos de los mayores representantes del baile joven masculino en Granada, que ayer hicieron su debut en el Corral del Carbón. Era un estreno lleno de estrenos, pues parte del vestuario, puede que la totalidad, desacertado en todo caso, fue adquirido para la ocasión. Menciono este detalle porque determina su imagen, que en un bailaor es su primera carta de presentación.

Son dos jóvenes que se les asocia por su trayectoria y su contemporaneidad. También coinciden en sus fuerzas y sus ganas. Son bailaores de oficio, que llevan en las tablas bastante tiempo, acumulan algunos festivales a las espaldas y algún que otro concurso les ha sonreído. También formaron parte del cuerpo de baile del espectáculo que presentó ‘La Moneta’ en la pasada Bienal.

Su fuerte es su zapateado, aunque Ray también goza de un bello braceo y movimiento de manos. Y su formación es notable, rezumando pasos y creaciones tanto propias como de otros artistas locales (Mario Maya, Manolete). Sus bailes, sin embargo, son excesivos, incombustibles, demasiado largos. Su concepto de eficacia es antiguo y se basa en la resistencia, recayendo en la repetición y el abatimiento.

La noche del cuatro de agosto comparten escenario y cuadro musical de excepción. Luis Mariano, pleno de facultades y sentimiento, puede que sea el tocaor más en forma para acompañar al baile del momento en nuestra ciudad. Juan Ángel Tirado y Manuel Heredia al cante, rebosan eficacia y buen gusto. ‘El Moreno’, respetuoso y preciso, nace para la percusión (tuvo el acierto de prescindir de la megafonía para su cajón).

Agustín, con un respeto desmedido, aborda una farruca, bien armada musicalmente. Su conocimiento es tan evidente como su nerviosismo (debería aprender a relajar la expresión de la cara). Faltan silencios en su baile y el desplante necesarios para saborear los momentos. No sólo se alarga en demasía, como decimos, sino que le sobra el remate final, de una teatralidad angustiosa.

Toma el relevo Ray Benítez por levante y acaba por tangos. Más suelto y relajado, redondea su propuesta, que tampoco conoce el reposo. Para los tangos es muy canastero y no puede negar su formación sacromontana. Le sobran unos diez minutos.

A capela, con sólo compás, los dos cantaores se marcan unos jaleos antológicos, a cada cual mejor. Juan Ángel, con la cajita de música que tiene en la garganta, es puro quejío y sabor; Manuel, más moderado que nunca, borda sus entregas.

Barajas vuelve por soleá y bulerías con la tónica de antes, aunque quizá esté más distendido. Redondea el baile y recoge oles merecidos. Le sobran unos cinco minutos.

Por seguiriyas, Ray pone el punto final. Es un baile lleno de buenas ideas pero totalmente enrevesado, que necesita más marcaje y dramatismo, aunque el aporte personal es considerable. El recuerdo de Mario se manifiesta continuamente. Una coda con solo tacón se hace insistente e innecesaria. Le sobran unos doce minutos.

Un poquito por bulerías, en las que también patea ‘El Moreno’, sirve de fin de fiestas. (Y se olvidaron las flores que unas admiradoras le habían entregado.)

* Agustín Barajas en la foto (Antonio Conde©).

El vértigo de Nacho Blanco

El vértigo de Nacho Blanco

Los Veranos del Corral

Desde el comienzo del espectáculo me sobró la percusión y, cuantas más intervenciones hacía mucho peor. Llegué a pensar que es un problema personal, pues siempre veo innecesarios los tambores. Pero, a la salida, con cualquiera que lo comentara, me daba la razón. La caja de José de Mode más que reforzar el ritmo, lo enturbiaba y le imponía un resultado pueril.

El baile de Nacho Blanco se basa en la fuerza y en el juego de pies, a veces vertiginoso, tan del gusto del público en general. Es un baile macho, a la manera de Farruquito y los suyos, con una tendencia mayor a la redondez, seguramente (recuerda a Juan Ramírez). Su clasicismo le lleva a castigar las manos más de lo debido. Hombrea y cuando alza los brazos carece de naturalidad.

Sin embargo su sentido del compás y la eficacia de su entrega son encomiables. Escucha la música elegida y saborea desde su oído hasta los pies el ritmo seleccionado. A veces habla directamente con su tacón-punta.

Hasta los postres, por fiesta, no lo vimos sonreír. Quizá el respeto a un festival que ha cogido renombre, quizá los bailes seleccionados, de franqueza dramática, quizá la misma concentración, le impulsan a mantener un rostro poco expresivo.

Por farrucas, baile varonil donde los haya, comienza su entrega. Sus pasos largos, el paseo por el escenario y, sobre todo, su taconeo evidencian su condición. La guitarra de Eduardo Cortés es óptima. Entre clásica y jazzística, destila frescura, quizá demasiado rumbera. Las voces (El Zambullo y Fabiola) son mediocres, aunque a veces tengan momentos dignos de aplauso. Es la primera vez en este ciclo, en doce días que lleva, que escuchamos la voz de una mujer al cante. Supongo que es casualidad.

Fabiola, con un protagonismo ilícito, salta a boca de escenario para cantar unos jaleos extremeños y acompañarlos con un poquito de baile. Ni esa fue su noche ni tiene voz como para prescindir del micrófono durante las cuatro o cinco letras que abordó.

Con una carcelera, El Zambullo inicia una ronda de tonás que dan paso a la seguiriya bailable, que Nacho domina sin discusión. Puede que sea la pieza donde se sienta más a gusto, donde expone abiertamente las credenciales de sus propuestas. Hacia la mitad, un quiebro a compás (no sé hasta qué punto voluntario), me mostró el bailaor que lleva dentro.

La guitarra en solitario entona bulerías. Eduardo comienza a recordarnos a Paco, para pasar a ‘Tomatito’ e instalarse definitivamente en Vicente Amigo, pero con concesiones directas al jazz y a la rumbita catalana, sobre todo en el rasgueo. El cajón, por si no me han oído, lo habría quitado de en medio.

Acaba la noche con soleá por bulerías, en la que Blanco tiene varios momentos para bailar el silencio, marcado por los palillos de sus dedos. Son momentos de genérica improvisación que se agradecen. Sin embargo, nunca entenderé la ‘metralleta’, la demostración del zapateado espasmódico.

Como bis agradecido, nos ofrecen un poco más por fiesta, en la que se adelanta al baile (ahora sí) una Fabiola estilosa. Ante los prolongados aplausos, este reconocimiento bulearero volvió a repetirse.

* Foto de Antonio Conde©.

Jinete sin reposo

Jinete sin reposo

Los Veranos del Corral

Con cascabeles en muñecas y tobillos comienza David Coria su entrega, bailando el silencio, cortando el aire con su porte pastoril y una margarita en las manos. Son unos originales cantes de labor, la danza de la cosecha, lo mejor de la noche. La guitarra se incorpora a los postres, que pasan a ser boleros y bellos verdiales, que se van apagando en las voces de Antonio Campos y Juan José Amador.

David conoce su cuerpo y sabe sacar partido a su esbeltez. Ha pertenecido a grandes compañías (Rocío Molina, Eva Yerbabuena, Aída Gómez…) y empieza, desde 2010, una carrera prometedora con espectáculos propios.

Las guitarras se quedan solas (Juan Jiménez y Víctor ’El Tomate’) para abandolarse por rondeñas, muy cerquita a la fiesta. Su casamiento es perfecto, que contrapuntea la percusión respetuosa de Kike Terrón.

Por cantiñas, que empiezan y acaban por Córdoba, vuelve el bailaor sevillano. Mientras el armazón musical no tiene fisuras (si acaso un cajón innecesario), David exagera sus movimientos, no conoce el reposo ni concede la mínima escucha sin que meta los pies.

Desde un tiempo a esta parte, todos los bailaores sienten que necesitan reforzar su taconeo o marcar el compás con ayuda de una caja o un pandero y, a veces, lo que hacen realmente es enturbiar su entrega. Con las clásicas palmas, no sólo sería suficiente, sino que se agradece esta tradicional forma de percutir el flamenco.

Para más inri, Coria, se hace acompañar además de un palmero (Jonatan Miró), que vuelve a incidir en el ritmo que ya sugieren los cantaores (que también hacen palmas) y el percusionista, cayendo así en un exceso de orquestación, bien dirigida, eso sí, con gran resultado, obtenido en parte por el buen sonido que Benson aporta.

Amador, en este segundo interludio entre bailes, ofrece una canción aflamencada por fiesta, que se asoma al abandolao.

¿Es posible que la velada vaya decayendo? El último pase de David Coria son unas tonás con seguiriyas, quizás demasiado largas, en las que comienza bailando el silencio, chasqueando los dedos. Su baile de arrebato se impone poco a poco y el árbol no deja contemplar el bosque. Su gesticulación con la boca, que desde el principio ha sido moderada y un complemento a su figura, llega a ser aparatosa.

Un bis en forma de tanguillo, que canta Antonio Campos, a la vez que apunta el baile, endereza cualquier objeción. Es una pataílla desenfadada, para la que el David se ha cambiado la camisa, que extrema la particularidad buscada en este bailaor.

* Foto de Antonio Conde©.

Madera de bailaora

Madera de bailaora

Los Veranos del Corral

Por seguiriyas empieza la segundad mitad de Los Veranos del Corral. La joven onubense, María Canea, es una bailaora que promete, que trasmite y no defrauda. Cuando en el escenario alguien tiene que decir y sabe cómo decirlo, estamos ante algo importante.

Puede que empezara con lo mejor de su repertorio y después se fuera relajando. Sus pies, a petición de ella, sonaban demasiado fuerte. No obstante es una de sus bazas, donde concentra el nexo de su baile. Juan Campallo, a la guitarra, no tuvo su mejor día. Su participación quedaba escasa y a veces rasgueaba de forma desmedida, a veces armonizaba sin sentido. Quizá una segunda guitarra no hubiera estado de más.

En los tangos se ve la capacidad de los dos cantaores, Jeromo Segura y Javier Rivera (puede que ya preparados para cantar alante). Son unos tangos lentos y con mucho paladar, en los que se acuerdan del maestro Morente (Jeromo), aunque su propuesta sea limitada y la guitarra algo pobre.

Con un vestido blanco de media cola, María aborda unos abandolaos que principian con rondeñas, en las que se hace acompañar de complementos, a saber, mantón negro con flecos níveos y, más tarde, abanico con pañuelo de seda color turquesa, posiblemente innecesarios. Definitivamente esta pieza, aunque resultona, hace agua.

Otro momento de soledad entre los músicos son unas sabrosas cantiñas, que encierran gilianas (Rivera), un cante que habitualmente no se escucha. El final a dos voces solapadas es digno de aplauso. Una coda que se repite, con igual eficacia, alguna vez a lo largo de la noche.

Acaban por soleá y bulerías. Es un encaje de metal, al que quizá le falten brazos. La bailaora, por otra parte, se repite en un prolongado taconeo que le hemos visto en las seguiriyas. Los remates tienen cierto pellizco. El momento más reconocido de la noche se encuentra en la clara improvisación, cuando María da nuevas instrucciones a los músicos y la guitarra suena sorda. El instinto de bailaora sale a flote.

Jeromo Segura se ha apartado de Arcángel y persigue en cierta forma la estela de Morente. Acaban nuevamente a dos voces con Fernanda y Bernarda soñando la Alhambra.

* Foto de Antonio Conde©.