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Flamenco

El sauce y la espada

El sauce y la espada

Los Veranos del Corral

Algunas sorpresas nos depara el Corral del Carbón este año, algunas luces que brillan sin previo aviso. Como fue la actuación de Saori, que aparece como “actuación extraordinaria”, fuera del programa oficial.

Ya sabemos la querencia de la nación japonesa por nuestro flamenco. Multitud de cantaores, tocaores y sobre todo bailaores de buen nivel se concentran en el país del Sol Naciente. Son un pueblo disciplinado y sensible, metódico en sus convicciones y francamente respetuoso. No es de extrañar que el flamenco constituya un rito, como sagrado es el arreglo floral (ikebana), la ceremonia del té o el teatro No y el kabuki.

Así, Saori, quiso empezar su actuación con un acto solemne, donde, vestida de samurai, realizaba movimientos lentos y esquemáticos, ofreciéndole sumo protagonismo a una catana, símbolo tácito de su país y de su intención, mientras los cantaores, Manuel Tañé y Rubio de Pruna, ofrecían toná y carcelera respectivamente (la carcelera con esa letra tan desgarradora de Diego Corrientes, bandolero del siglo XVIII, que dice: Veinticinco calabozos / tiene la cárcel de Utrera, / veinticuatro llevo andaos, el más oscuro me queda). Tras el cante, Emilio Maya, arpegia algunas notas sentidas de Madama Butterfly.

Unas bulerías sirven de interludio para la nueva aparición de la bailaora por levante, rematado en tangos. Su baile es clásico y muy medido. Quizás, para esta primera pieza, esté algo inquieta. No es fácil el estreno, sobre todo teniendo en cuenta todas las bailaoras que la han precedido. Destaca su flexible juego de manos y la expresión del rostro (más de una bailaora desearía poseer esa alegría y ese control facial). Los tangos, no obstante, son más agradecidos.

Emilio se queda solo en el escenario y nos ofrece una bella granaína, en la que se acuerda de Manuel Cano. Siendo el primer guitarra, es la única vez que se ve mandando. Antonio Santiago ’El Ñoño’ se impone más de lo deseado y, en vez de almohadillar el camino, lo dificulta. Su confusa guitarra se impone y desdibuja el brillo canoro de la del granadino.

El mejor corte de la noche, sin embargo fueron las guajiras, que acaban con colombianas festeras. A Saori, con vestido rojo y complementos crema, le sientan muy bien este tipo de bailes tan sugerentes y seductores. El abanico extiende su cuerpo y su gracia sin par. Es una pieza redonda, que empieza y acaba sentada en una silla.

Otro poquito (más bien extenso) por bulerías precede el último baile de la velada. ’El Ñoño’, en solitario, acompaña a los cantaores, siguiendo su tónica excesiva, que le hace, por ejemplo, meter falseta después de cada una de las letras.

Por seguiriyas termina la función. La correcta danza, quizá con falta del dramatismo que este cante necesita, está paliada con la belleza somática de una flamenca ataviada con vestido violeta y pañuelo, zarcillos y peina verdes.

Acaba la noche ceremoniosa como empezó, con catana y Emilio remedando a Madama Butterfly, pero la bailaora sigue flamenca y no vuelve al traje de samurai, como diciendo que nuestros mundos en realidad no están tan alejados.

* Foto de Antonio Conde©.

Sangre castellana

Sangre castellana

Los Veranos del Corral

Hecho a mano

Uno de los logros del Corral del Carbón es su tácita exigencia. En sus trece años de existencia, esta Muestra de flamenco se ha ido haciendo un nombre, se ha ido abriendo un hueco de prestigio entre las ofertas flamencas de nuestro país, con unas características únicas de formato, temporalidad y tratamiento. Esto no sólo redunda en el hecho de que todo bailaor joven (o no tan joven) que se precie quiera pasar por este escenario, sino que cualquiera que acuda a Los Veranos del Corral llega con un compromiso personal de entrega importante.

No obstante hay días y días. Las cosas salen como salen y no como uno quiere. El duende se esconde y aparece cuando menos se lo espere. Hay quien trae lo mejor de su repertorio, el baile consabido de su hacer cotidiano; hay quien hace un popurrí de su obra o adapta para la ocasión su último espectáculo; hay quien prepara algo exclusivo para la ocasión, quien estrena con orgullo sus nuevas propuestas; hay quien experimenta, quien se entrega al Corral como exclusivo local de ensayo, donde crea e improvisa sobre la marcha, y germina así su futuro próximo.

Todo tiene cabida en un ciclo de baile (aunque durante estos años pasados también se dedicó al cante y a la guitarra). Todo es válido y destacado que, más pronto que tarde, encumbra o pasa factura.

Concha Jareño es una bailaora de oficio, fruto de una formación clásica, que se entrega en el escenario. Nacida en Madrid, tiene una gran técnica, unos pies limpios y unos brazos seductores. Sus propuestas son redondas y elaboradas, demasiado elaboradas y académicas, que nos sorprenden no obstante cuando se salen del margen, cuando se despeina un poco.

Concha compone una obra para presentar en Granada. Hecho a mano no pretende cargarse de barroquismo ni asomarse a los márgenes del flamenco. Son cuatro piezas que se han ido hilvanando poco a poco, “un espectáculo hecho a poquito, a puntaítas, de viaje de viaje”, nos cuenta, mostrando simplemente el baile por el baile, puro sentimiento.

Por tonás empieza la noche que, en su mitad se acompasan con ritmo de seguiriyas. Rematadas en sincronía a dos voces (Antonio Núñez ‘El Pulga’ y Emilio Florido). El baile es correcto. Es la presentación de una bailaora que posiblemente es la primera vez que actúa en Granada en solitario.

Seguidamente la guitarra hace su entrada por granaínas. Solo en las tablas, Román Vicenti desgrana una pieza breve, sin florituras, pero con mucho sabor.

Los aires de málaga encierran malagueñas, jaberas, rondeñas y verdiales, que la bailaora aborda con frescura marina, vestida de azul y celeste, con castañuelas. Es la primera vez este año que aparecen palillos en el Carbón. Su dominio es manifiesto y rico en acciones.

La dimensión cantaora de ‘El Pulga’ la comprobamos en un cuplé, una canción por bulerías, que, con su modalidad vocal y el acompañamiento con todo su cuerpo lo hace único (a veces recuerda a Rafael ‘El Falo’).

Pero no descubrimos la capacidad bailaora de Jareño hasta su entrega por levante, que culmina por tangos. Se regodea en el cante, lo que es de agradecer. Ella misma se vuelve y ofrece oles a sus músicos. Su técnica y su compás son admirables. Los cantaores rematan a dos voces con Los saeteros de Morente.

Nunca he entendido los solos de percusión en un concierto flamenco, si no justifican nada más que la habilidad y la capacidad rítmica del percusionista, sin otra justificación. Sin embargo, aquí los tenemos y, por el público en general, son apreciados.

Después, como digo, del solo percutido de Luis Amador, Emilio Florido hace seguiriyas, antes del canto del cisne de la bailaora madrileña. Con bata de cola blanca calada, con largos flecos naranja, a juego con sus bajos, Concha propone unas bellas alegrías, medidas hasta el límite, justificadas al milímetro, que enardecen pero que no llegan a pellizcar.

* Foto de Antonio Conde©.

El reconocimiento de la lentitud

El reconocimiento de la lentitud

Los Veranos del Corral

Piel de Bata

Se agradece dentro del vértigo de la juventud y la vanguardia, el cambio de ritmo de Milagros Mengíbar, el tradicional baile de mujer donde los brazos mandan, la apostura define, la expresión convence.

Es de agradecer un silencio en el trino, el reconocimiento de la lentitud que hace saborear cada vuelta, el exclusivo vestuario y unas manos que han nacido para volar suavemente.

Piel de Bata es una obra parca y delicada, un muestrario de trajes de cola y el magisterio de su tratamiento. Todas las piezas, como es de prever, se bailaron con bata de cola. Milagros Mengíbar se hace acompañar de Luisa Palicio, una joven bailaora malagueña, que sigue sus pasos y almohada sus entregas, pero, por lástima, no está a su altura (aunque son evidentes los progresos que percibimos desde el anterior año que estuvo en el Corral en solitario).

Se podría decir que es el año de los pregones. En tres noches, de las siete entregas que llevamos, se han escuchado estos cantes tan bellos como olvidados, lo que hace pensar en lo contrario. Pues con pregones se hizo la presentación de este espectáculo. Con batas de lunares y pañuelos a juego sendas bailaoras se pasan el relevo o bailan al alimón mascando el ambiente, regodeándose en su propia figura y en la de su partenaire. Destaca como un viento fresco lleno de luz el braceo de Milagros y su dominio en el vuelo del vestido.

El guitarrista Rafael Rodríguez, canoro y reposado, como una señora merece, acompaña de lujo. Pero echamos de menos, de cuando en vez, una segunda guitarra que rellene la tendencia al vacío. Por otro lado, los cantaores, Manuel Sevilla y Juan Reina, añejos y comprometidos, de compás extraordinarios (y el jaleo que se precisa para acompañar al baile), pero a menudo desafinan y van fuera de tono y remedan un poco demasiado a Chano Lobato, en sus letras, en su deje e incluso en su voz.

De blanco impoluto, Luisa, baila unas guajiras lentas y caribeñas, con mantón también blanco, evidentemente con poco peso. La sensación de un principio acaba pronto y termina en una especie de sopor sólo superado por las interminables peteneras que le siguen, abordadas por Milagros con bata negra, rosácea en sus bajos y pañolón. No sólo se repiten las formas y el protagonismo de los cantaores que saltan alternativamente al escenario, cantando sin micrófono e interactuando con la bailaora, sino que también ésta, con un exceso de teatralidad, introduce una coreografía un tanto casposa.

Por soleares es cuando Luisa Palicio convence realmente y arranca algún que otro ole sentido. Una soleá que comienza con un recitado, a la manera de Pinto o Marchena, y que acaba en bulerías.

La velada termina, dentro de lo que cabe, dejando buen sabor de boca por alegrías. Los cantaores, fuera de tono, siguen abordando las tablas y el guitarrista se aparta del micro (a estas alturas, el técnico de sonido tendría que estar echando chispas). Lo que antes era una intuición, ahora es una realidad, Chano Lobato, al igual que Camarón, vive en sus seguidores. Incluso introducen en un poquito por fiesta Noche de Ronda, uno de sus temas característicos. Nos quedamos, no obstante, con la figura de Milagros Mengíbar, con sus desplantes antológicos y con ese juego de manos que justifica cualquier objeción.

* Foto de Antonio Conde©.

Con olor a Granada

Con olor a Granada

Los Veranos del Corral

A la salida del concierto, estuve hablando con Luis Mariano sobre algunos aspectos del recital de Patricia Guerrero y, entre otras cosas, coincidimos es en que los tangos, tanto el toque como el baile, destilan un especial olor a Granada. Huele su tierra, huele su agua, huele su noche y el pensar de su gente. No todos los tangos son iguales. La riqueza de los tangos de Granada es legendaria. Mientras la baja Andalucía mira a occidente, nuestra tierra tiene el perfume oriental; mientras los demás descansan en una planitud festera, el tango del Sacromonte goza de un estudiado cromatismo, mientras otros son una plazoleta, los de aquí son una encrucijada, la confluencia de multitud de caminos que a la vez pueden ramificarse cual jardín borgiano. El tango, huelga es decirlo, es el cante identificativo de nuestra tierra.

Patricia, como gran parte de los flamencos de Granada, sabe esto y, como tal, se ha preocupado de ocupar un puesto destacado en el decir de este palo tan identitario. Un quejido de violín, casi independiente, de Esther Crisol (también cantaora) colma el patio del Corral, que da paso a la generosa entradilla de guitarra de Luis Mariano, que empieza a sonar a surtidor y a arena mojada, hasta que comienza el verdadero soniquete, el inconfundible soniquete por tangos, que las palmas, en un compás binario lo determinan.

La bailaora granadina, vestida de bailaora granadina, con pañuelo rojo y flor en lo alto de la cabeza, empieza a ronear desde el principio, se acuerda de la tradición, del Camino, del Monte, del Petaco… y aporta de su persona algunos paseos, quiebros y desplantes singulares. Propone novedades en las letras que la arropan y en el eco que la envuelve. Patricia por tangos huele a Granada.

Pero antes de llegar a este pellizquito local, varias entregas abren camino. Una malagueña de Manuel Torre (Mariano y Lavi) abre una noche expectante. Patricia tiene en su tierra un nutrido grupo de seguidores, empezando por su familia, que, aunque incondicionales, están (o estamos) pendientes de cada uno de sus movimientos, de sus propuestas y de su evolución. Quizá por eso, su salida pareció insegura, con el nervio de quien realiza un examen importante.

Pronto sin embargo las malagueñas se abandolan, uniéndose el resto de los músicos, hasta terminar con los fandangos del Albaicín. La bailaora se relaja y justifica su belleza, con vestido rojo con abertura frontal y sombrero a juego de bandolera sobre el moño trabajado. Todo posiblemente demasiado puesto, demasiado repensado, sin margen creativo, sin fisura para improvisar. A veces también sería necesario que relajara el rostro.

Rayando en el detalle de la originalidad, los exclusivos cantaores, Miguel Lavi y David ‘El Galli’, hacen unos pregones, en lugar de las socorridas tonás o los martinetes (aunque el Londro, la noche de Mercedes Ruiz, también cantó pregón). Comienza ‘El Galli’ acordándose de El tío de la Alhucema de ‘El Lebrijano’ y termina el jerezano remedando a Pepe Pinto.

Vestida casi de novia, de perla blanca, con Manila, baila Guerrero una granaína nada convencional, interpretada tan sólo por Mariano a la guitarra. El mantón toma vida en los largos brazos de Patricia, que no descansa arañando sus mil posibilidades de vuelo y estampa. Choca sin embargo, aunque el tratamiento es completamente distinto, que dance unas granaínas justo después de unas malagueñas.

Tras los tangos comentados en un principio, interrumpidos cien veces por los aplausos, que incluso el bello remate final de sonanta y cajón (‘El Cheyenne’) se perdió totalmente, los músicos hilvanan una soleá con enjundia y sabor añejo en las voces de nuestros amigos. La segunda guitarra de Oscar Gallardo dimensiona la primera, aunque a veces estaba de más.

Termina el recital por bulerías. De azabache con motivos vegetales (el vestuario es delicioso), Patricia se desborda en un concierto que ha ido a más. Sin discusión domina sobre las tablas, asegura su seguridad y lo da todo. Sabe que es el último baile y derrocha energía. Se siente arropada por los músicos de primera fila que le acompañan y por un sonido impecable. Lástima que el juego de luces, como denuncié el primer día, no está a la altura. Pies, brazos, cintura, hombros… todo su cuerpo está en función de una fiesta que no descansa, una fiesta para todos, la fiesta que nos propone.

* Foto de Antonio Conde©.

Otra dimensión

Otra dimensión

Los Veranos del Corral

Manuel Liñán, Manolillo para muchos, es algo nuestro, aunque hace ya una década que emigró a revolucionar la capital de España. Por eso nos agrada ir a verlo, por eso aplaudimos sus logros, por eso nos emocionamos con su baile. Lejos de chovinismos, en los que es muy fácil caer, estamos ante un bailaor tan personal como eficiente. Su concepto de la escena y la esfericidad del espacio, que lo elevan a la categoría de coreógrafo, traspasa todo lodo lo conocido. Quien no lo haya visto bailar no puede concebir esa otra dimensión de la que el baile flamenco hace gala.

Manuel lo sabe, y no duda hacer guiños a los que le precedieron en esas capacidades. Así recuerda a Mario Maya, a Vicente Escudero, a Gades o a Antonio el bailarín; pero también, perdonadme ortodoxos, le podemos ver remedos de Fred Astaire o de artistas del claqué.

Con unos graciosos tanguillos, si se me admite la redundancia, comienza la función. Las dos palmeras (Ana Romero y Vanesa Coloma), desde la balconada, cotillean a capela como en un patio de vecinos gaditano, mientras con los abanicos se hacen compás. Antonio Campos coge el relevo desde escena y se acuerda de los ‘anticuarios’ de Chano Lobato; las guitarras sordas de Antonia Jiménez y Luis Mariano le siguen por detrás. Y, de nuevo, toman la voz cantante las palmeras, alternándose en un continuo hasta el fin. Liñán baila este tanguillo con desparpajo; marcando cada una de sus cadencias y sin repetirse (lo que extraña tras un cante cíclico).

Llama la atención, como siempre, la esbeltez de este bailaor, su precisión y verticalidad; el vértigo de su zapateo y su fuerza controlada. Aunque, a veces, ese arrebato tape las guitarras, aunque ese sin reposo castigue el cante, por otro lado, a su servicio.

Después de este regalo de originalidad y frescura. Luis Mariano aborda a solas con su guitarra, limpia y amarga, una soleá por bulerías, con ese punto de queja que hace al instrumento tomar vida y cantar y llorar y clamar. Los cantaores, Campos e Ismael de La Rosa, le hacen compás y a los postres ilustran el toque con algunas letrillas.

El sonsonete continúa para el baile con brilloso bastón. Son bulerías de Lebrija, arremansás (como dicen ellos) y con mucho sabor, que el bailaor granadino aborda con gracia y desenfreno, extrayendo mil posibilidades de su partenaire de madera. Cuando suelta el bastón, se relaja y los cantaores de pie le cantan a su paso.

Las tonás de Chacón No te reveles serrana, tan morentienas, sirven de preámbulo al apoteosis final por levante, rematado por tangos de Granada. Manuel hace uso de esa elegancia circunspecta que rellena el ambiente de oles y de palmas, para estallar dando una lección magistral por los tangos de su tierra, acordándose de todos, en los desplantes y en los amagos de roneo, de los que no abusa, sino que marca con una pincelada y a otra cosa mariposa.

Una noche redonda. Posiblemente la más autentica de las que llevamos en el Corral, pues se hizo exclusiva y no de retazos de otras obras, como es el caso de las que le precedieron. Sin embargo, dos preguntas me rondan por la cabeza, que en honor de la objetividad debo de formularlas: ¿es necesario bailar con la boca, siendo un recurso que ayuda a llevar el ritmo, pero afea la imagen del bailaor?, ¿es posible, que después de un tiempo por encima del mal y del bien, el bailaor se relaje y le dé más protagonismo a la pierna derecha que a la izquierda?

* Foto de Antonio Conde©.

Lo bueno si breve

Lo bueno si breve

Los Veranos del Corral

Me alegro particularmente estos días por el reconocimiento que todas las bailaoras participantes en Los Veranos del Corral le están brindando al maestro Mario Maya, desaparecido ya hace casi tres años. Cada cual, desde su perspectiva y vivencias, se destoca ante uno de los grandes de la danza española, al cual, me temía, se estaba olvidando más rápido de lo que nadie merece. No obstante, en Granada, todavía tenemos una deuda pendiente.

Como digo, el primer tema que se abordó en la noche del jueves en el escenario del Carbón, fue una coplilla, compuesta e interpretada por Antonio Campos (incluso con la guitarra), dedicada al coreógrafo granadino-cordobés-sevillano. El cantaor, también de la tierra, salió solo y se le fueron incorporando el resto del equipo: Juan Antonio Suárez “Cano", con su guitarra, Luis Amador, con las escobillas de jazz, Jesús Torres, recuperando la guitarra que tañía Campos, y Rafaela Carrasco, brindando una pincelada de baile.

Y, ahí está el problema, Rafaela Carrasco ofrecía durante toda la noche “pinceladas” de baile, muy ajustado y preciso, con esbeltez y gracia en el taconeo, pero que dejaban poco sabor por lo escaso. Cuando empezaba a marcar, a vencer y a convencer, se acercaba a su anea y se sentaba.

Con todo y con eso, el espectáculo fue delicado y redondo, íntimo, como de cuartito. Amigos que se reúnen en torno a un espacio y cada uno da lo mejor de sí y, cuando encarta, la bailaora, con holgados pantalones y chaqueta larga informal (durante toda la velada), se levanta y ofrece su desenfadada pataílla sonriente, con la complicidad exclusiva de sus acompañantes.

Así, un solo de guitarra en las manos de Canito, cercano a la fiesta, es ilustrado a los postres por Rafaela; los fandangos de Huelva, valientes y modulados, acompañados con pandero, también reciben la gracia seductora de la bailaora: y las serranas, donde Antonio se acuerda de Enrique Morente, son recompensadas también por esa “pincelada”.

Momento hermoso sin discusión fueron los tanguillos a dos guitarras ('Cano' y Torres), donde se imbrican, se alternan o se aúnan, creando una verdadera obra de taracea. Aunque quizá lo más redondo, novedoso y participativo, fue un paso doble que encerraba caracoleros unos fandangos naturales 8aquí, la bailaora se complementa con una falda de volantes).

Termina la noche con una jota pura y dura. Sí, con una jotica de folclor norteño ligeramente aflamencado, que encaja de maravilla. Si no, ¿de dónde creemos que beben las alegrías de Cádiz? Un cante acompañado con profusión de pandereta, de Luis Amador, y panderos, el resto de los músicos, donde la bailaora sevillana se entrega en su totalidad.

Y, como bis, la pandereta sigue con la fiesta y una nueva entrega de baile nos es regalada, con un estratégico apagón final.  

* Foto de Antonio Conde©.

Jerez por derecho

Jerez por derecho

Los Veranos del Corral

Es una pena que un ciclo como éste en el Corral del Carbón lo tengamos tan sólo una vez al año. También está Flamenco Viene del Sur y algún festival o actuación más o menos aislada. Pero un escenario donde veamos lo mejor del baile actual del mundo flamenco, aparte de esta Muestra, en Granada no lo tenemos.

El baile, lo he repetido varias veces, conlleva la evolución más interesante dentro del flamenco. Aparte de que es la manifestación más completa, pues hace participar de forma activa a la guitarra, al cante y otros elementos percutores, ya sean palmas, cajón o pandero.

En 17 días tenemos un amplio muestrario de todas las tendencias del baile actual, primando la vanguardia. ¿Qué no están todos? Normal, todos los “número uno” (o dos) no pueden estar, por diferentes motivos. Y, por otra parte, menos mal que “todos” no se reducen a ese número de diecisiete, si no estaríamos apañados.

Hasta ahora hemos tenido la visión universal de Belén Maya, la estela sevillana con Isabel Bayón y, ayer mismo, el sabor acompasado de Jerez.

Mercedes Ruiz baila por bailar, no se plantea nada, no nos cuenta nada, aunque su baile esté lleno de sugerencias. Basado en su último montaje, Mi último secreto, la bailaora jerezana nos trae unas pinceladas de su manera de sentir el flamenco.

Con traje corto, de pantalones, completamente blanco, a la manera de Carmen Amaya, propone en primer lugar una farruca de pasos largos y profuso zapateado en los postres, donde se entrevé la mano sabia de Javier Latorre. Una farruca interrumpida en bastantes ocasiones por los aplausos de un público entusiasta que, sin querer, interrumpió para su buena conclusión un ritmo necesario y alargó la pieza en demasía.

El hielo, no obstante, estaba roto. Y la guitarra de Santiago Lara (director musical de la obra) y la exclusiva voz de Miguel Soto ‘Londro’ ofrecen una seguridad evidente cuando comienzan con la granaína de Chacón, que en vez de abandonarse, como si fuera un todo, pasa a ser caracoles, que pasea Mercedes con vestido rojo de cola y natural donaire. Presa de su estudio, sin embargo, no son tan eficaces como acostumbra.

Un momento reconocido, de gran contenido emocional, son los pregones que canta Londro en solitario y a palo seco, demostrando que es un cantaor todo terreno, más bien para cantar alante que atrás. recuerda a Marchena o a Tomás.

Un solo de cajón hace que atendamos al percusionista Perico Navarro que, posiblemente, esté de más en el conjunto. Normalmente, en realidad, todos los percusionistas me sobran en unas funciones que no necesitan reforzar el taconeo, y menos cuando la bailaora canta con los pies, cuando el compás de su tacón punta es tan exacto y musical.

Ese solo de percusión, de buena factura sin embargo, introduce lo que para mí fue lo mejor de la noche: el remate de soleá por bulerías tan frescas, tan sabrosas, tan jerezanas. Con un margen importante a la improvisación y a la magia de la noche. Mercedes baila con todo su cuerpo y marca como pocas la cadencia de este cante tan de su tierra, con unos desplantes a los que no hay más remedio que decir ole.

* Foto de Antonio Conde©.

Belleza asustera

Belleza asustera

Los Veranos del Corral

Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a no abandonar el escenario durante sus recitales, a transformarse en la penumbra y a descansar en pie. Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a la parquedad de su presencia, a un baile sereno y a su técnica precisa. Nos tiene acostumbrados Isabel Bayón a su mirada intensa, a sus manos palomas y a ese dominio del escenario que, sin necesidad de recorrerlo de parte a parte, siempre lo rellena.

La riqueza musical que acompaña a esta bailaora es una excusa para mostrar un baile desnudo, lleno de sugerencias y acomodaticio en ese muelle cantaor que le impulsa.

Después de escuchar las declaraciones en off de tres grandes del flamenco de la segunda mitad del siglo pasado y albores de éste, como son Matilde Coral, Mario Maya y Chano Lobato (a los que en cierta forma está en deuda), los músicos se van agrupando sobre las tablas, poco a poco, imbricando sus guitarras y sus voces. Primero Jesús Torres, manteniendo un soniquete con su guitarra, al que se le suma la guitarra de Canito, para incorporar las voces de David Lagos y Miguel Ortega, a los que José Carrasco les ayuda a hacer compás.

Isabel Bayón sube también al escenario y se abre un hueco por tangos, desplazando a sus compañeros a un segundo plano a la izquierda. A la derecha, en una silla de anea se ordenan los complementos necesarios para que la bailaora cambie de registro.

Sin apenas detenerse, en un continuo latido, el tango se aguajira y pasa a ser garrotín, donde Isabel muestra claramente la influencia de la escuela sevillana, tal cual fueron sus orígenes, y la evolución a un lenguaje propio que a su vez ha creado escuela y que tiene mucho de teatralidad (incluso interactua con un sombrero que no tiene).

Con una salía próxima a la bambera, David Lagos se adelanta proponiéndonos unas soleares trianeras, que son apolás en los postres, mostrando la valentía de una voz dulce y redonda, llena de facultades y melismas.

Entretanto, Isabel se ha caracterizado de bandolera para abordar una serrana, con su tónica habitual de parca redondez y neutra elegancia. Domina la escena y flexibiliza el hieratismo con la alegría del abandolao, que pretende ser de Frasquito, pero desemboca en moderado verdial.

Un solo de guitarra, cercano a levante, protagonizado por Canito (quizá algo oscuro), permite el descanso de la bailaora, que aprovecha para despojarse de sombrero y pañuelo y volver a ser silueta para ofrecer una farruca antológica en la que vindica la presencia femenina y seductora en un baile tradicionalmente de hombres.

De nuevo, las voces de Matilde, Chano y Mario Maya, cierran una obra que bebe directamente de En la horma de sus zapatos, presentada en el festival de Jerez de este año. Y, como sincero homenaje, remata con unas cantiñas, con guiños a Mario Maya, que en su mitad pasan a ser una grabación de Chano Lobato, con su gracia y su son, cantando por alegrías. Isabel baila con falda de cola y al estilo de Matilde, a quien le dedica los caracoles finales, que despuntan de agradecida forma coral a dos voces.

Una pataílla por bulerías toma la forma de improvisada despedida fuera de programa.

* Foto de Antonio Conde©.

La sonrisa que vence

La sonrisa que vence

Los Veranos del Corral

Tr3s

Sorprende siempre en Belén Maya la manera de saltar a las tablas, con la sonrisa puesta y la firme decisión de pasar un buen rato. Su baile, redondo, orientalizante, lleno de los matices que conforman su legado, más que un esfuerzo es un paseo, más que una obligada entrega, por muy satisfactoria que sea, es el deseo de departir con un público anhelante la verdad de su estado.

Porque Belén, desde hace tiempo, quizá desde el principio, se ha ido creando su propio mundo, personal y, por ahora, intransferible, que la hace nadar como pez en el agua, como sirena en sus aguas, que pueden ser calmas o revueltas a voluntad. Incluso se rodea de un cuadro exclusivo. Breve pero eficacísimo en letra y número. En la guitarra, Rafael Rodríguez, le ha acompañado en bastantes ocasiones, con su lenguaje particular, con su alzapúa tan determinante, con sus arpegios y su rasgueo tan precisos, con esa forma de arropar tan agradecida. Jesús Méndez, al cante, es la primera vez que visita esta plaza. Lleno de facultades y sabiendo estar, envuelve el espacio con su voz de terciopelo, alterna el dejillo jerezano con un buen gusto a media voz que, según Manolo Caracol, es como duele. Y, dimensionando el resultado, Chloé Brûlé, haciendo compás, aunque su presencia fue limitada e incluso innecesaria en algunos momentos.

Con un resumen, por limitaciones de escenario, de su obra Tr3s, estrenada en la 21ª edición del Festival de Flamenco de la localidad francesa de Nimes, Belén Maya inaugura la XIII Muestra de Flamenco en el Corral del Carbón de Granada. Tr3s responde al decir de Manuel Machado cuando afirma que “una fiesta se hace con tres personas: una canta, otra baila y otra toca”.

Por Cádiz comienza la velada, tras unas palabras de Raúl Comba, como organizador del ciclo, dedicándole humildemente la edición de Los Veranos del Corral de este año al desaparecido Enrique Morente. Estas cantiñas comienzan y terminan sin baile, para arrancarse nuevamente cuando Belén sube a escena, como si fuera un regalo de última hora, como si fuera una larga escobilla al margen del cante oficial. Una larga coda por alegrías, donde la bailaora, más repuesta que en las últimas ocasiones que nos visitó, muestra sus cartas, la precisión en sus movimientos y ese recuerdo permanente de su padre, cada vez con más cositas (un repetido molinillo con los brazos o alguna parada táctica) y con más naturalidad, como si fuera su prolongación lógica.

La soleá, que antecede los tangos, nos muestra sin discusión la capacidad del cantaor y la frescura de melismas, mientras Rafael, a la guitarra, apunta originalidad a los postres con un rasgueo acompasado, manteniendo una nota. En los tangos, cercanos a Granada, Belén muestra el desparpajo de una buena herencia, el roneo ancestral que precisa este baile y las formas clásicas de los tangos del Petaco, ya casi olvidados. La guitarra hace un generoso punteo de bordón, mientras la bailaora muestra su característica apuesta exótica, que va creciendo y enriqueciendo la pieza cuando interactúa con el cantaor puesto en pie, neutral partenaire, y baila el silencio y ralentiza sus movimientos, a la manera de Yerbabuena, e interpreta el latido de la guitarra. Los tangos, estos ricos tangos, acaban, según costumbre inversa, con cantes mineros, exactamente con tarantos y cartagenera clásica. Es el baile que convence y que sitúa definitivamente en el universo Maya.

Un poquito por bulerías por parte de los músicos, vindicando el origen del cantaor, que rezuma detalles de La Paquera, como fiel descendiente, para pasar a una generosa entrada musical por seguiriyas, donde Belén le baila a la guitarra como anteriormente le danzó al cante. En su mitad, calla la guitarra y se proponen tonás. Es cuando la hija de Mario más se reconoce en sus formas, en su lenguaje y en el deseo de expandir su cuerpo más allá de su persona, eternizando sus movimientos, señalando a lo lejos, fijando sus ojos en el infinito, al tiempo que hunde esa misma mirada. Y, al final, congela sus movimientos como de porcelana, como esa diosa asiática que en realidad tiene mucho que ver con las propuestas de Israel Galván, retroalimentándose de su semilla.

Para terminar, con otra dilatada entrada de guitarra, Belén aborda unas cañas con vestido blanco de cola y mantón verde, demostrando el dominio de ambas prendas. Sin embargo (si se puede poner un pero a función tan excepcional), resultó un poco demasiado técnica. El rotundo efecto de su presencia, tuvo su punto de frialdad en el remate. Quizá los tangos hubieran sido la guinda perfecta de este sabroso menú.

Antes de despedir esta crónica, empero, quisiera dejar constancia de algunos elementos técnicos que, por suerte o por desgracia, influyen de forma determinante en toda actuación. Por una parte, hay que aplaudir el formidable sonido de Valeriano, que incide en la conformidad del recinto; y, por otra, hay que lamentar el desacertado tratamiento de las luces, más evidente cuando en ciclos pasados ha estado bien definido.

* Foto de Antonio Conde©.

Corral, dulce Corral

Corral, dulce Corral

Mañana, lunes, 18 de julio, comienza la XIII Muestra de Flamenco, en el Corral del Carbón de Granada. Desde hace muchos años se ha convertido en cita inexcusable, no sólo para disfrutar de buen flamenco, el mejor que se asoma a nuestras plazas (salvando concreciones del Festival de Música y danza, de Flamenco viene del Sur y de algún acierto más puntual), sino para tomar el pulso al estado del flamenco actual, al menos en la modalidad de baile.

Trascendió hace algunos años la frase de aquel político que decía: “quién se mueve no sale en la foto”, refiriéndose a que hay que estar en el sitio, en su momento (más o menos). En este caso, podemos decir lo mismo. Los Veranos del Corral no son nada más un escaparate para ver el mejor paño que se vende por nuestras tierras andaluzas, es una de los balcones, la tribuna necesaria, para que el artista reivindique su posición en el flamenco. Me atrevería a decir que es el festival de pequeño formato más importante de España.

Todos, o casi todos, los flamencos jóvenes, y no tan jóvenes, que han dicho, dicen o dirán algo importante en este género han pasado por su escenario. La prueba está que, entre alguna figura ya consagrada, siempre aparece una cara nueva, un nombre que está llamado a ocupar un lugar de destacada altura. Nombres hay y otros se me olvidan. Baste decir el solo ejemplo de Rocío Molina, que se presentó al Corral, siendo todavía una niña, no con todo a su favor, y ahora es Premio Nacional de Danza.

No digo que la Muestra del Carbón sea un trampolín que encumbre a sus participantes, pero si que constituye algunos peldaños interesantes para continuar subiendo, escalones que cualquier flamenco no quiere dejar de pisar.

Prácticamente son los propios artistas los que se ofrecen para participar en este ciclo, atraídos por un prestigio que se refuerza día a día por un marco escogido, por un tratamiento técnico (luces y sonido) de lujo y un público fiel, respetuoso y entendido. Si a esto le sumamos la ubicación del Corral del Carbón, en pleno centro de Granada, y la perfecta temperatura en las noches veraniegas, únicas en toda la Península, gozamos posiblemente de una de las temporadas más gloriosas de nuestro flamenco.

Aunque esto, si no se rodea de especificaciones, es pura teoría (sentimental, si quieren). Así que, siendo pragmáticos, haré unas preguntas concretas.

¿Qué les parece comenzar con Belén Maya este lunes, 18 de julio, y acabar con Fuensanta La Moneta el jueves, 11 de agosto? ¿Qué les parece continuar con Isabel Bayón, Mercedes Ruiz y Rafaela Carrasco, el martes, miércoles y jueves respectivamente de la semana que viene? ¿Y a la siguiente, del 25 al 28 de julio, a Manuel Liñán, Patricia Guerrero, Milagros Menjibar y Concha Jareño?

¿Y, después, los cuatro primeros días del mes de agosto, a María Canea, David Coria, Nacho Blanco y Raimundo Benítez y Agustín Barajas? ¿Y para terminar el mes, o sea, del 8 al 11 en que actúa La Moneta, la Gala de los Ganadores del Certamen IAJ, La Choni Cía. Flamenca y Marco Flores? Casi nada.

Además, si nos hemos fijado, en la Muestra (exclusivamente de baile para este año), tenemos cuatro días dedicados al baile granadino que más despunta (Liñán, Moneta, Patricia, Agustín y Ray), acercando el evento a nuestra tierra.

Entre los huecos de este ciclo, para los que quieran subir nota, tenemos otro poquito de flamenco en los festivales de Huétor Vega (29 de julio), el de Maracena (5 de agosto) o el de Montefrío (10 de agosto). La 21 edición del PARAPANDAFOLK de Íllora, con presencia de Mayte Martín y Juan Pinilla, o el montaje Federico según Lorca del Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena en los Jardines del Generalife, del 20 de julio al 27 de agosto.

Y después, por si alguien se ha quedado con falta, el Museo-cuevas del Sacromonte propone un ciclo de cine y flamenco, que ocupa toda la segunda quincena del mes de agosto, en el que destacan Pepe  Habichuela (23), Antonio Arias y J. Florent (18), Juan Habichuela Jr. (25) o la Orquesta Chekara de Tetuán (16), para abrir las noches de esta terraza sin igual.

Los símbolos del arte

Los símbolos del arte

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Federico según Lorca

El universo alegórico de Federico se combina con el mundo simbólico de Eva Yerbabuena en casi dos horas de espectáculo. Como resultado, Federico según Lorca, es una obra tan críptica que crea anhelos. Deseos de aprehender todas las claves o necesidad de un libro de instrucciones que las universalice.

Eva lleva tiempo evolucionando hacia un intimismo existencial y contemporáneo, que despuntó abiertamente con Lluvia (2009) y más tarde con Cuando yo era (2010). Ese avance es fruto de sus vivencias, pero también de su herencia, su reflexión y sus lecturas.

Si le hacemos caso, los versos de Federico, el corpus lorquiano, lo llevaba en su regazo desde siempre (como, quizás todo granadino), con ganas de abordarlo, de explicarlo, de representarlo más con sentimientos que con palabras. Y llegó a él. Se topó con Federico de frente a frente, en su ciudad natal y entre sus paisanos, de los que ella también forma parte.

Un día, de principios de julio de 2011, cuando se cumplen 75 años de la muerte del poeta, Eva propone once momentos que se desdoblan a su vez para fundirse en el crudo Romancero, en el surrealista Poeta en Nueva York o en los personajes negros y reprimidos de las páginas de nuestro autor.

En el centro del escenario, un muro móvil constituye prácticamente todo atrezo. No sólo simboliza el de las lamentaciones, acercando un Jerusalén multiconfesional a la mente, sino también el de la represión, el de la intolerancia y la ceguera pacata del provincianismo convencido. El canto gregoriano pasa a ser llamado del almuédano, a la oración y a la lectura sinagogal o a todo junto, confirmando su presencia. Eva es un reloj que marca el tiempo, el que queda, el que se fue, que no volverá, mientras suenan unas seguiriyas.

El tratamiento musical de la obra en primer lugar puede que sea su mayor acierto. Paco Jarana, como nos tiene acostumbrados, ha vuelto a dar una vuelta de tuerca y construye un armazón sin abandonar la esencia digno de ensalzar. Los temas suenan como tales, pero el tempo que le imprime es desigual, casi siempre acelerado, que redunda en la belleza de la vanguardia.

Juan Diego en off recita un texto donde el poeta se cuestiona sus dobleces, cuando comienzan a sonar unos arpegios por cañas. El cuerpo de baile masculino (Eduardo Guerrero, Fernando Jiménez y Alejandro Rodríguez) interactúa con el muro en una interrogante continua.

La caña desemboca en una de las partes más conseguidas del espectáculo. Unos andamios de caña sitúan la escena en un lugar de la costa, que puede ir desde Cádiz a las Antillas, y todas las bailaoras (Mercedes de Córdoba, Lorena Franco, María Moreno), incluso Eva, acuden a danzar un popurrí desenfadado que recorre desde la guajira a las bulerías, pasando por el fandango, el garrotín, los caracoles, los tangos del Piyayo y hasta las sevillanas corraleras. Cada joven se hace su baile particular, con más acierto o con menos, posiblemente por debajo de los varones. Algunos pasos se repiten y las diferencias con la capitana, que baila en último lugar, son evidentes.

Nuevamente los bailaores salen a escena con sendas sillas de alto respaldo. En su coreografía trasciende una de las características de la creación Yerbabuena, que es el distanciamiento de la simetría y la búsqueda del equilibrio en el permanente movimiento. Los músicos han conformado una hilera a la izquierda, dando a conocer la excelencia de su implicación. Paco Jarana y Manuel de la Luz, a la guitarra, mantienen la perfecta tensión, acentuada por la percusión (Manuel José Muñoz ’Pájaro’ y Raúl Domínguez), necesaria para que los cantaores (Enrique ’el Extremeño’, José Valencia y Pepe de Pura), en plena forma, nos hagan sentir tan buenos momentos. Son sus colabores habituales. Se entienden y se implican como si fuese un todo. Y, al final de las bulerías, tanto Valencia como ‘El Extremeño’ se dan una graciosa pataílla.

La campanilla y los almireces en manos de las bailaoras dan motivo para introducir éstos en los preliminares de la vidalita con charles de batería de fondo. Las mujeres nuevamente de negro, que son Yerma y son Bernarda, rematan este cante de Valderrama.

Del negro al negro es sin duda lo mejor del programa, donde Federico no sabemos si llega a ser Lorca, pero Eva sí es Eva. La soleá es reconocible y abrumadora. Contiene la esencia de esta bailaora que más convence de flamenca que de experimental.

Una coreografía con manzanas, fruto de lo prohibido, desemboca en el Castigo del deseo por no vestir de negro (Adela vestida de verde), por no adaptarte a las normas.

Y de nuevo la voz de Juan Diego nos dice que no ha nacido, mientras un gigante/cabezudo atraviesa el muro y suena El pequeño vals de Morente, como homenaje a otro de los grandes que nos dejó temprano.

Acaba la obra con un baile coral, Esperando turno, con el muñecón recogiendo a todos los bailaores vestidos de rojo y Pepe entonando una serrana.

En mi parecer, una obra cíclica, quizá demasiado larga y enigmática, a la que posiblemente le falte rodaje. Cuando la volvamos a ver dentro de unas semanas, pues es la obra que ocupará los Jardines del Generalife durante este verano, encuadrado en el XI programa cultural Lorca y Granada, seguro que mejorará. Será completamente esférica o caerá en su propio abismo.

`Foto promocional del espectáculo.

Al compás de la poesía III

Al compás de la poesía III

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Tercer y último día del encuentro entre flamencos y poetas. El viernes, 8 de julio, en el maravilloso escenario de la Placeta de la Ninfa (primera vez en la historia que se usa tal localización para cualquier tipo de evento), auspiciados por el FEX, la Asociación del Diente de Oro termina de quemar sus cartuchos en ésta, que representa su última actividad del curso.

El día fue diferente a los anteriores. El tablao, más pequeño, no brindaba la oportunidad de ofrecer baile. El formato era más recortado. Por otra parte, el recinto abierto, como el primer día, hacía el acto más popular si cabe.

El lujo de esa noche estribaba en que cada participante llevaba un músico distinto. Así, Sara ‘La Samarona’, que abrió el rectal, estaba acompañada con la guitarra veterana de Miguel Ángel Corral. Destacó de su actuación unas seguiriyas, arriesgadas y valientes, con texto de Juan de Loxa.

Álvaro ‘El Martinete’, en segundo lugar, bordó a solas la rondeña de Ramón Montoya, antes de juntarse con el poeta Alfonso Salazar que leyó las Bulerías a Catwoman de Ramón Repiso y Puente Verde de los franceses, de su propia autoría, con fondo de bulerías y malagueñas respectivamente.

Casi llegando al ecuador de la velada, Mati Gómez, nos sorprendió con De la luna de abril de Ángeles Mora, en forma de trilla y toná (a capela, como debe ser) y después con un dulce y brillante garrotín, con la guitarra sabia de Rafa Soler y textos de un servidor.

Aquí tengo que aclarar la abundancia de cantaores que musicaron mis textos y a otros autores ni los nombraron. Repartimos todos los poemas a todos los flamencos, con idea de que fuera variado y rico. Pero a algunos músicos se les hicieron arduas algunas letras, por lo desacostumbrado en su repertorio, sobre todo. Hubo quien directamente cantó lo que le vino bien (Lorca, Machado, Benítez Carrasco…), otros se excusaron, a los cuales les pasé algunos versos míos, tan cuadrados, medidos y rimados, como mi conocimiento alcanza, pues aporté letras flamencas y no poemas genéricos.

La guitarra de Pepe Agudo almohadó los versos de un entusiasta José Carlos Rosales. Y Fernando Barros se hizo acompañar por el piano, casi espontáneo, de Antonio Castilla.

Cerró la velada Sergio Cuesta con sus propios textos, mientras Josele de la Rosa lo arropaba. Hicieron soleá y malagueñas rematadas con fandangos albaicineros. Una gran entrega, con conocimiento y buena dosis. Un buen fin de fiestas para una actividad deliciosa para el público en general, para los artistas (flamencos y poetas) en particular y para mí como responsable. A todos, gracias.

* Sara ’La Samarona’, colaboradora en el proyecto (foto extraída de su myspace©).

Al compás de la poesía II

Al compás de la poesía II

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Pensaba que la segunda jornada de Al compás de la poesía (7 de julio) iba a ser más relajada, al menos para mí. Pero nuevos contratiempos hicieron que fuera como la primera vez. De todas formas, el Corral del Carbón tiene algo mágico que incide en la esfericidad de la muestra artística allí representada. ¿Será por su espacio, será por su fisonomía, será por tanto arte que nos precedió?

Como el primer día, y como el último, un servidor hizo la presentación. Esta vez dije casi todo lo que quería decir (aunque siempre quedan cosas en el tintero).

En primer lugar dije, y repetiré hasta que el sol salga por el oeste, que lamento profundamente las decenas de personas que no pudieron entrar. El Corral es un recinto relativamente pequeño y, por diferentes cuestiones, no es recomendable que se acumule la gente en su interior, aparte de las localidades existentes. Después presenté a los participantes, recordando que cada cual presentaría a su vez su trabajo.

Iván Vílchez ‘El Centenillo’, con Álvaro ‘El Martinete’ a la guitarra y Antonio al violonchelo, rescató un texto de Lorca, de su Romancero gitano, en forma de milonga. Un poema por soleares cantadas y recitadas de Manuel Benítez Carrasco, al más puro estilo Curro Albayzín, remató su entrega. Juan Pinilla, con la guitarra certera de Josele de la Rosa, repitió los tientos con los que había musicado a Álvaro Salvador el primer día (pues el poeta estaba presente) y se marchó por fandangos, con letras de Miguel Ángel Arcas, después de que éste los recitara.

Álvaro ‘El Martinete’, que tan buenos momentos nos está dando y nos seguirá ofreciendo con su guitarra cristalina, acompañó a Juan de Loxa por levante y granaínas, para los dos poemas que propuso. De Loxa tuvo unas agradecidas palabras para el proyecto y para su coordinador (éste que os habla) y, comentó, que una iniciativa de ese tipo, de unir el flamenco y la poesía jóvenes, no se daba en Granada desde 1975. Casi nada.

Álvaro Rodríguez, con poderío y sin papeles, comenzó cantando la soleá dedicada a Morente, escrita por Sergio Cuesta y grabada en su disco Venero, mientras un inspirado Josele de la Rosa lo arropaba con su guitarra. Terminó su entrega con unos fandangos naturales de mi autoría. El relevo lo cogió David Sorroche, que también eligió mis textos para entregarse por malagueñas y abandolaos, con el acompañamiento de ‘El Martinete’.

Termina la noche con su poquito de baile, con la pincelada plástica que tridimensiona el flamenco. Juan Carlos Friebe ha escrito para la ocasión el Romance de Narciso y Eco a pares iguales para bailaor y bailaora. El recitado tiene su eco en la voz melodiosa de Carmen Huete, mientras interpretan la danza, original y sugerente, Victoria López y Andrés Giménez. En su final, quedan solos, con las palmas de Rosa Zárate y Sensi de Carlos, y el diálogo se superpone para morir Eco en soledad bajo la luna, con el clamor suave que con su cante Sensi acuna.

* Victoria y Andrés, cerrando la noche del Corral (J.C.Friebe©).

El maridaje continúa

El maridaje continúa

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Las idas y vueltas: músicas mestizas del Barroco colonial con el flamenco

El 13 de diciembre pasado, Enrique Morente venció a la muerte, ahora es inmortal. Desde hacía tiempo venía intuyendo esta certeza. El miércoles, viendo a Arcángel con la Accademia del Piacere, se confirmó. Morente vive en los que siguen su estela, en los que piensan que el flamenco no acaba en el flamenco, los que con respeto y conocimiento se acercan a otros mundos para su riqueza.

Pero no sólo el flamenco y la música barroca se dan la mano y crean ese punto de unión que las hace perfectamente complementarias, sino que se asoman a la América conquistada e interactúan con los llegados y los autóctonos para crear unos sonidos nuevos con ecos inconfundiblemente ancestrales.

Un concierto que, dividido en tres partes tenuemente diferenciadas, no defraudó ni a aficionados ni a foráneos, a pesar de la experimentación.

Las tierras & las raíces, como carta de presentación, comenzó con una Improvisación sobre La Espagna, que el grupo barroco supo hacer mágico, con abundante protagonismo de la viola da gamba tañida por su director, Fahmi Alqhai, y por otros dos músicos, Johanna Rose y Rami Alqhai. En sus notas finales, aún suspendidas en el aire, se levanta la toná de un Arcángel en plena forma de afinación y cualidades.

Fue como la petición, el permiso para fundirse en dos romances de nuestro cancionero anónimo: el del Rey Moro y las Morillas de Jaén. Miguel Ángel Cortés, a la guitarra, nada como pez en agua clara. Su manera de concebir el toque y la visión orbital de su instrumento hacen que pareciera haber nacido para esta combinación. Agustín Diassera con el percusionista clásico, Pedro Esteban, forman un estupendo tándem que demuestran con un solo rítmico (quizá demasiado largo) hacia el final del programa. El cantaor onubense con la soprano Marivi Blasco encajan en un amistoso duelo de moderado grito y gorjeo sereno.

La segunda parte, dedicada a las Músicas mestizas, se abre con Miguel Ángel apuntando levante y farruca que sirve de introducción a unas folias (de las músicas más antiguas de nuestra tradición musical que cruzaron el charco) y terminan dejando solos a los flamencos para remedar al maestro ronco con su vidalita, comenzada con milonga y rematada por seguiriyas valientes, al más puro estilo morentiano.

Las danzas, como última entrega, comienza con unas marionas que Enrique Solinis, con su guitarra barroca llena de virtuosismo, introduce generosamente, al que se unen el resto de sus compañeros, finalizando esta danza antigua con unos canarios (otro baile, procedente de las islas, en compás ternario).

El flamenco puro vuelve a hacer su aparición en forma de alegrías. Fueron las mismas cantiñas que propusieron cantaor y guitarrista en su reciente visita a la peña de La Platería. Unos aires de Cádiz que dan paso a ese romance alegre conocido como jácara, que se asoma a la tierra, haciéndose bulería en los postres. Las voces magistrales. Su unión celestial.

Termina el concierto con una guaracha, que se hace guajira en la voz de Arcángel, para volver al son afroantillano y fundirse el algo nuevo o en lo de siempre.

¡Larga vida al flamenco mestizo y a la sabia fusión!

* Foto de Alfredo Aguilar para IDEAL©.

 

La copla en el flamenco

La copla en el flamenco

Las obras poéticas realmente bellas rara vez tienen un solo autor.
Juan de Mairena, Antonio Machado

El flamenco siempre fue mestizo. Nació sin vocación de nada. No quiso ser arte ni folklore ni manifestación popular, tan sólo una forma de expresión personal que, si alcanzó a la comunidad, fue simplemente por esa suma de individualidades.

Como cualquier sentimiento, el flamenco se ha ido conformando a lo largo de los tiempos hasta lo que ahora es. Sus orígenes los podemos encontrar desde el siglo dieciséis, diecisiete o quizá antes, pues fue necesario un poso creativo y una estructura musical asentada para que este arte tuviera lugar. Así, nos podemos remontar, sin ningún temor, a las jarchas, casidas y otras cancioncillas mozárabes, a los cantos sinagogales judíos o a la transmisión castellana en forma de romances, tonadas o seguidillas, para levantar los cimientos de lo que conocemos como preflamenco. También tenemos que tener en cuenta los cantes espontáneos de nuestros pueblos. No hay localidad andaluza, e incluso española, que no tuviera en su acervo esas estrofas de cinco verso, bien en pentasílabos u octosílabos, que se llaman fandangos.

Pero no es hasta el choque del gitano y el paisanaje de Andalucía que el flamenco alcanzara carta de identidad, pudiendo hablar de él como un cante gitano andaluz, nacido en la intimidad, de la queja y la fatiga, del trabajo y del descanso, del pueblo llano, de la necesidad íntima de explicar un estado de ánimo, un sentimiento.

Así, los primeros cantes, que surgen sin acompañamiento musical alguno, adoptan esos romances y tonadas y se reconvierten en carceleras, martinetes, pregones o cantes de labor (de ara, de trilla o temporeras).

Cuando un cantaor dice que vende caramelos es porque vende caramelos y cuando dice que veinticinco calabozos tiene la cárcel de Utrera, es porque la prisión de ese pueblo sevillano consta de esos tantos penales. Verdades que se dicen al pie del arado, en la boca de la mina, detrás de las rejas o martilleando en la fragua. Y estas coplas pasan de generación en generación y son adaptadas a la realidad de cada uno, perdiendo su autoría.

¿Quién fue el primero que canto tal o cuál cosa? No se sabe. O, si se sabe no importa. Es una letra flamenca que pertenece al pueblo, conformando ese corpus oral que la UNESCO ha dado bien en calificar de patrimonio.

No hay música que beba tanto del pasado. O, dicho de otra manera, el futuro del flamenco estriba en mirar hacia delante, pero sin perder de vista nuestras raíces.

Un cante se crea y se recrea hasta la saciedad. Todo cante es igual y es distinto, depende de quien lo cante y en las circunstancias que se encuentre. No es difícil escuchar una seguiriya del siglo dieciocho junto a una letra contemporánea o simplemente con un arreglo musical del momento. Aunque la queja ha cambiado, el sentimiento es el mismo.

Decía Caballero Bonald que el cantaor no inventa: recuerda. Y es así. El flamenco revisa su historia y la de sus mayores y la expone, en principio para sí y sus mulas, después para sus compañeros de fatigas, después en familia, más tarde para la comunidad y, terminando, para el aficionado.

He hablado del descanso. La reunión familiar, el amor y la fiesta también son motivos para cantar. Así contamos con los tangos, las alegrías o las bulerías, las nanas o las bamberas, que son canciones de columpio.

Las letras van creciendo y, con esta colección de cantes populares, más o menos anónimos, se van imbricando otras letrillas, otros sentires, de nuestros poetas, bien porque estos literatos se han acercado al flamenco, bien porque los flamencos se han acercado a la poesía. De esta manera se cantan textos de los Machado, de García Lorca, de Rubén Darío, de Alberti, Ángel Ganivet, Benítez Carrasco o de Juan de Loxa, muchas veces sin saber de quién es qué.

Siempre lo he dicho, lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte, que comulgue con la realidad de otras personas y que al fin cumpla su cometido universal de concienciación genérica.

Hay autores que específicamente han escrito para el flamenco, para ser cantado, otros han sido adaptados, con más o menos acierto, de forma menos literal o al pie de la letra. Granada es una tierra cantaora. Es una ciudad con gran tradición poética y una luenga historia flamenca. Es normal que en cierta forma estas dos corrientes se entrecrucen y fluyan juntas.

Ahora, para estos recitales de Extensión del Festival granadino, le hemos pedido a un nutrido grupo de poetas que presten sus letras para el flamenco (o que compongan directamente letrillas) y le hemos pedido a los flamencos que interpreten esas letras.

En principio, el cantaor iba a meter esas estrofas por soleares, por malagueñas o por tarantas, pero el flamenco es algo más, la poesía es algo más. Así veremos el cante aludido, pero también tendremos el recitado con un fondo de guitarra o de baile; o las dos modalidades a un tiempo; o a un cantaor que interpreta sus propios poemas; o un poeta que musica sus propias letras.

Los encuentros que vamos a tener ocasión de presenciar son tan novedosos y originales como añejos y manidos en su concepto. Volvemos, como en un principio, a manifestar la queja, las duquelas o las alegrías de un grupo de personas del pueblo que, con su pluma y su quehacer cotidiano, posiblemente lo representa.

* Texto de presentación del libro Al compás de la poesía.

Verted oro viejo en moldes nuevos

Verted oro viejo en moldes nuevos

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Oro viejo. Rocío Molina

Comienzo parafraseando a Lope de Vega en el título de este artículo porque es un poco difícil calibrar cómo una ‘niña’ de veintisiete años se pone a divagar o a afinar (el resultado es el mismo) sobre el paso del tiempo, sobre la juventud y la vejez, sobre la tierra que volveremos a ser, sobre todo sabiendo que la obra tiene cerca de tres años de rodaje (XV Bienal de Sevilla, 2008). Pero, tratándose de Rocío Molina, la propuesta está más que justificada. Ella que se ha acercado y ha desmenuzado la obra de Nietzsche, por ejemplo.

Somos el tiempo que nos queda, escribía Caballero Bonald, y eso parece que nos dice la joven malagueña, el tiempo que nos queda y el vértigo de los días que se detienen en una vejez reposada y contemplativa, que nos la va recordando a modo de flashes en una pantalla lateral, en la tela que ofrece al tiempo un sugerente juego de sombras de los danzantes en escena (¿recordará la caverna platónica?).

Junto al lienzo, como único decorado, aparece un banco del parque, testigo inmutable de ese devenir, representante fidedigno y simbólico del otoño de la vida. Un banco de madera que dará todo el juego a una función sin fisuras, si acaso la escasez de luz en algunos momentos.

Sobre una escalera de doble vertiente, Rocío parece contemplar el futuro (también el pasado), y se lanza al vacío, mientras sus bailarines amortiguan la caída. La arena dorada, que aparecerá varias veces, cae inexorablemente como los minutos se acumulan.

Rocío baila el silencio, baila las palabras de un anciano, baila la sabiduría de los años. Las proyecciones se suceden en primerísimos planos llenos de arrugas y verdades. Una guitarra comienza a tañer acompañada por el baterista Sergio Martínez. Esa batería que no abandonará la función en ningún momento, que funciona como latido, como metrónomo irreductiblemente ejecutor. Es el pasodoble Manuela, que se enriquece con tango y bolero, que bailan de dos en dos, y cambio de parejas, como hermoseados por un tiempo anterior.

Vestida de cenachero –antiguo vendedor de pescado malacitano– (aclaración de mi compañero malagueño José Manuel Rojas), Molina cuadra una malagueña, que pasa a ser bulerías, llena de sal y juventud. Su cuerpo de baile (Eduardo Guerrero, David Coria y Adrián Santana) se van implicando en cada una de las coreografías, tomando protagonismo, con su buen hacer, en las piezas más cómicas que suenan en off, como Limeña, la Falsa moneda de Imperio Argentina o el tratamiento clásico de María de la O.

Un momento brillante es la guajira, donde la bailaora, vestida de rosa colonial, con abanico estrecho, se hace habanera hasta prolongar su trasero. Interpretada por Manuel Valencia a la guitarra, tiene un aire sensual y soñador, donde el abanico hace de minutero y ella delicadamente, sin taconeo siquiera, recorre el escenario.

Cambiamos de guitarrista. Ahora es Paco Cruz quien aborda una milonga, cantada por Rosario Guerrero ‘La Tremendita’, aceleradas por momentos, para pasar a los tangos guasones de Ponme la mano aquí Catalina, que contienen un roneo especial (tangos que entraban en el primer repertorio del cantaor granadino David Sorroche).

Enlatada también suenan los martinetes, directamente desde la fragua. Son las voces añejas de Tía Anica la Piriñaca o de ‘El Culata’, que bailan dos de los bailaores, redondos, exactos en su paso, fieles en su entrega.

La guitarra de Valencia de nuevo canta malagueñas de Chacón que son granaínas a su vez, danzadas por rocío con bata de cola negra, descalza, como descalzos van sus partenaires, también de negro.

La caña tiene un tratamiento especial, original. Pasa de un guitarrista a otro, uno es más clásico, lo acompaña ‘La Tremendita’; al otro, más novedoso, la batería le da el contrapunto. La bailaora se incorpora a este último. Es como un diálogo, un peloteo que acaba juntándose en perspectiva de fiesta, animada por las dos palmeras (Vanesa Colomo y Guadalupe Torres). Es la evidente dicotomía de ayer y hoy, despacio o rápido, tú o yo.

Un magnífico fandango a ritmo de bulerías pone fin a una obra cargada de simbolismo y sugerencias, donde Rocío, vestida de rojo, intensifica el momento, se desborda, dice más de lo que quiere o quiere más de lo que dice, cuando risueña sonríe unos segundos en la pantalla y una lluvia de arena dorada se le viene encima, como el tiempo que se precipita, como los pasos que han quedado atrás.

Al compás de la poesía I

Al compás de la poesía I

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Ver un recital desde dentro es distinto. Aunque ya he presentado varios festivales, he saltado a los escenarios y he andado entre bambalinas, coordinar estas actuaciones es otra cosa.

Por los que no están familiarizados con las muestras de flamenco y poesía que tenemos entre manos, lo mejor es empezar desde el principio, aunque me alargue un poco (siempre está el spam).

Desde el FEX, que es la extensión gratuita y popular del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, nos propusieron hacer algo nuevo a la Asociación del Diente de Oro, ya que llevábamos varios años aportando la visión poética en nuestras plazas.

No sé de quién partió la idea de mezclar la poesía con el flamenco. La cuestión es que me tocó a mí, como navegante en ambos mares, organizar los encuentros. Los poetas, acostumbrados a estas lides, vinieron solos. Los flamencos hubo que buscarlos y convencerlos, aunque rápidamente hicieron el proyecto suyo.

La dicotomía de poeta-flamenco, o sea, poema-cante, no llegó a convencerme, pues el flamenco es tan ancho que caben muchas más opciones y sus afluentes. Así que planteamos varias posibilidades: el poema cantado sin más, el poema recitado y después cantado, el poema recitado con un fondo de guitarra o de baile…

Recogí los versos y los fui sembrando en la acostumbrada tierra de los flamencos. Había de todo. Estaba quien mandó directamente letras flamencas en forma de soleá o fandangos, estaba quien mandó canción rimada, pero hubo también el que envió verso libre. Todo se distribuyó de la mejor manera posible y se les dio plena libertad para elegir los cantes, fragmentar el poema, combinar poetas, añadirle letras populares, etc. Los artistas supieron ver el fruto maduro de antemano, y así lo demostraron ayer, y así nos sorprendieron a todos.

Al estar pendiente de veinte cosas, yo que pierdo neuronas a puñados, hubo cosas que se me escaparon. Pero es de ley hacer un repaso por lo que aconteció el lunes en la Huerta de San Vicente (con el espíritu de García Lorca girando en la anochecida), agradeciendo a todos los participantes su entrega y profesionalidad. Siento no recordar todos los palos, así que no mencionaré ninguno (quizá lo haga más adelante).

Después de unas palabras, breves, inseguras y a vuelapluma, de un servidor, abrió la noche Fernando Barros cantando poemas de Pedro Enríquez, con la guitarra de Jonathan Morillas. Después cantó Sara ‘La Samarona’, arropada por Miguel Ángel Corral y Cecilio recitando sus propios textos que después fueron cantados. Pedro Enríquez recitó con un fondo de guitarra (Rafa Hoces) y de violín (Ana María Gorbe), venidos de Valencia casi para la ocasión.

Juan Pinilla, con Josele de la Rosa a la guitarra, musicaron poemas de Miguel Ángel Arcas y de Álvaro Salvador, antes de que fuera invitado Javier Bozalongo para recitar su poema para después ser cantado. Juan, a petición del público (y para esperar a la próxima cantaora, que llegaba tarde), hizo una media granaína. Alicia Morales, como digo, por motivos de trabajo, llegó como Julio César (vini, vidi, vinci). Corriendo se cambió y subió al escenario. Acompañada por el mismo Josele a la guitarra, interpretó poemas de José Carlos Rosales y de Jorge Fernández Bustos, o sea, yo mismo.

Para finalizar, como broche de lujo, Victoria López bailó mientras recitaba Juan Carlos Friebe su propio texto, cargado de silencios y sugerencias. En los momentos oportunos Rosa Zárate, Sensi de Carlos y Sara ‘La Samarona’ hicieron palmas, jaleos y un remate por seguiriyas a dos voces.

La próxima entrega de Al compás de la poesía será el jueves 7 (san Fermín) en el Corral del Carbón. Lamentablemente con el aforo reducido. No tendrán cabida los cientos de personas que asistieron a la Huerta.

* Victoria López en la Foto (Nono Guirado©).

Dulce en palacio

Dulce en palacio

FEX. Extensión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

El palacio lo puso Quinta Alegre, el dulce Rocío Márquez. A veces se echa de menos el aguardiente en la voz, el dolor en la garganta, la entrega hecha añicos. Pero el flamenco es tan amplio como visiones tiene, y si hay quien se rompe en una seguiriya, también hay quien aroma con flores el aire de una guajira. La misma Mayte Martín causa estupor por la perfección en su belleza.

Rocío Márquez, con una voz limpia y melódica, más cercana a la canción que al quejío, rellena una noche que promete frescor después de un día de brasas. Las condiciones son propicias y el público entregado. Alfredo Lagos la arropa con una guitarra de lujo (echamos de menos un solo) y Juan Benavides aporta un sonido agradecido, inmenso, inmejorable.

Un poquito de viento en sus comienzos amenaza con enturbiar la actuación. Un viento que, como programado, solo alerta para la instantánea del comienzo de las malagueñas, aportando la brisa marina y la cabellera intonsa, como de atrezzo. Se abandolan pronto estos aires de Málaga, acordándose de ‘El Canario’ y de ‘Yerbabuena’, de nuestro Frasquito a los postres.

“Con mucho respeto” a continuación propone tangos muy cercanos a Granada, que son del Camino y del Monte y de Morente para mayor riqueza. Su voz es limpia, afinada, con modulación. El cante se acomoda a la onubense y no es la artista la que se amolda al cante, logrando una apuesta tan personal como determinada.

En tercer lugar, agradeciendo su paso por la Unión, donde se le reconoció como Lámpara Minera en 2008, Rocío nos transporta a levante con unas tarantas y uno fandangos mineros.

Sus melismas se acomodan como guante a los sones de ida y vuelta. En su salsa entona unas guajiras precedidas de bella canción habanera. Se siente larga y segura. Con un evidente eco marchenero que la delata (y, si no, de Valderrama).

Tres morillas me enamoran en Jaén, Axa y Fátima y Marién. El romance (¿villancico?) anónimo del siglo XV, introduce la soleá, que goza del mismo azúcar, para volver a sus dominios con unas farrucas preñadas de milonga, y después con un pregón muy caracolero que acaba como acaban las seguiriyas, directamente con el cambio. Quizá lo mejor de la velada. La guitarra de Alfredo se ve más suelta, haciendo uso del aporte rítmico que acostumbra (y seguimos echando de menos un solo).

Para terminar, unas ricas cantiñas ponen guinda a un pastel más grande de lo deseado, aliñadas con unos fandangos de su tierra, donde se acuerda también de Vallejo o el Carbonerillo, que funcionan como bises obligados.

* Foto © de LUIS SEVILLANO para elpaís.com: Rocío Márquez, durante su actuación ayer en el Teatro de la Zarzuela (09-03-2010).

Morente continúa dándonos sombra

Morente continúa dándonos sombra

Libro de Morente

Llevo tiempo, bastante tiempo, paseando en el jardín de Borges, el de los caminos que se bifurcan. Mis días se complican y las actividades se solapan. No tengo más remedio que elegir, rezando para que no me haya perdido nada demasiado especial, rogando para sea fructífero allá donde acuda.

Ayer, miércoles 29, tenía en el FEX a las Migas, unas jóvenes, llegadas de Cataluña, que hacen una fusión fresquísima y trabajada de flamenco, que tenía ganas de ver. Pero se me cruzó, a la misma hora, en la Peña de La Platería, la presentación de un libro sobre Morente, que la revista cordobesa Boronía había editado a raíz de su admiración y respeto.

Conocí la existencia de Boronía no hace mucho tiempo, cuando J de los Planetas, me comentó que se había entrevistado con Fosforito para las páginas de dicha revista.

Después, por medio de la Diputación, llegó a mis manos un ejemplar, donde venía la charla del planeta y el flamenco cordobés, pero también una interesantísima entrevista con Morente, que ocupaba toda la portada en una pose alo Humphery Bogart.

Me entusiasmó la publicación por su tratamiento, por su rigor, por su diseño, por su cuidado… y así le escribí al director y se lo dije (tienen una página donde se pueden descargar sus trabajos en pdf).

La presentación comenzó con la proyección del programa Bis a vis, de una cadena local, dedicado al maestro granadino, que conversa con Paco Espínola y Juan Pinilla. A pesar de haberlo visto en su momento y haber leído la entrevista, que salió en el periódico, me volví a reír y a entusiasmar con las declaraciones y las salidas de ese hombre sabio.

Después actuó el Ensemble3, un trío de cuerdas (dos violines y un violonchelo) y un percusionista, que interpretaron versiones del cantaor granadino, en concreto el Pequeño Vals Vienés, La Estrella, Chiquilín de Bacín y La Aurora de Nueva York, que nos dejó un gran sabor de boca por su dulzura y presición.

El Libro de Morente, de carácter gratuito (puede pedirse a la dirección de correo electrónico, sólo hay que pagar los costes de envío) es un recorrido a través de los recuerdos y testimonios de 67 amigos, entre músicos, críticos, cineastas y periodistas que lo conocieron.

Estrella entre las estrellas

Estrella entre las estrellas

60 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

… He querido empezar este artículo por puntos suspensivos porque hablar de Estrella es continuar, porque tratar de Morente es un etcétera que se me antoja largo, si cabe.

Al comienzo del programa de mano, unas palabras de Estrella Morente nos advierten de su intención de homenajear a Granada, pero más bien a quien homenajeó fue a su padre o a la Granada de Enrique Morente.

La palabra que brota de mis labios desde que salí del concierto, desde que me senté en la butaca número 41 de la fila 8, es emoción. Un rimero de emociones que se agolpan en mi corazón y pretenden reorganizarse en mi cabeza. Una artista que tiembla la ausencia a la vez que se entrega, entera y quebradiza, a un público incondicional, a un pueblo que la quiere.

La estela de Enrique está presente de la primera nota que se mantiene en el aire, esa nota en off que al maestro gustaba para entonar su latido polifónico. Y es su voz la que canta. Y en su ronco suspiro el que abre la magia de la noche, cuando aparece Estrella en el balcón, vestida de diosa helena, con velo blanco, arañando el sonido de sus adentros, proponiéndonos una toná (el Pregón del Niño de las Moras), defendiendo, como pensaba Enrique, que el mejor instrumento es la voz.

… de darle caza al alcance. Así terminan las palabras de la artista granadina en el folleto que abrazamos. Así comienza y termina un poema de San Juan de la Cruz (Tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance), que Estrella hace pasional canción, bella, delicada, morentiana.

El recuerdo continúa con el comienzo de esta granaína en tono de malagueñas o esta malagueña con toque por granaínas. Se trata de Montes de Málaga del trabajo Pablo de Málaga que grabara Enrique en 2008, que Estrella la hace tan suya, rompiendo moldes, quebrando sonidos, paseando arriba y abajo en una escalera tonal que parece no tener fin. Es la única vez en el concierto que la guitarra precisa de José Carbonell ‘Montoyita’ la vemos flaquear.

Con sus formas continúa, abordando uno cante de minas perfectamente asimilado, aprendido y aprehendidos desde que tenía seis años y el maestro Sabicas la animaba con su guitarra.

Y el llanto cubre al llanto, como llover sobre mojado, una soleá por perteneras se queda por la mitad, que no puedo seguir, que tengo un nudo en la garganta, que basta de meter el dedo en la llaga, parece que piensa.

Pero el dedo se hunde un poco más en forma de seguiriyas. Es la forma dramática por excelencia, es el grito de dolor, el cante que posiblemente indujera a la Piriñaca decir que cuando cantaba a gusto le sabía la boca a sangre.

El intermedio respira con la sola guitarra de ‘Montoyita’ interpretando una rondeña, que debe mucho a Ramón Montoya, alimentando la memoria, que se empreña en su mitad con los conocidos tangos de la Estrella, tocados con un tempo lento y doloroso, preces a quien se fue temprano.

El dolor se viste de fiesta en la segunda parte, con la artista vestida de negro con notas coloradas (autoría de su madre), al igual que sus músicos, su familia, que se cubren con chaleco en el que se evidencia brilloso el nombre de MORENTE. Son unas bulerías que se inician con la caña y culminan con la letrilla del gaditano Paquirri ‘El Guanté’ (los pájaros son clarines…). Desde aquí su cante se acompaña con grácil braceo y pataílla cómplice hasta el final del espectáculo.

En la percusión Pedro Gabarre Carbonell y en los coros y palmas, su hermano, José Enrique Morente y Antonio Carbonell y Ángel Gabarre. Todo queda en casa.

El laúd, tañido por José Carbonell Serrano ‘Monti’, hace aparición para rememorar los Tangos de la plaza, grabados por el ronco del Albaicín en Negra, si tu supieras (1992).

La Habanera imposible, de Carlos Cano, trae reminiscencias indelebles al llanto desgarrado de Estrella sobre los restos de su padre. Una habanera rematada con la famosa copla Calle Elvira (Granada, calle de Elvira, donde habitan las manolas), reivindicando su origen y su fin, su amor y su deseo.

Cuando el dolor duele y la pérdida es el norte, es normal que el sentimiento se imponga a la entereza. Estrella, en la primera estrofa de la canción que lleva su nombre (si yo encontrara), ante los aplausos del público reconocido, se derrumba y llora abiertamente. Termina la primera letra entre lágrimas y gemidos y, a su final, pide perdón por su duelo, por su amor, por nada.

Termina el recital con La noche de mi amor, una canción estremecedora de Chavela Vargas, a ritmo de bulerías, que formó parte de su disco Mujeres (2006), con bastantes guiños a Granada y a la Alhambra. Esta guinda deriva a boca de escenario, cantando a palo seco con el corazón terminado de estrujar. Aunque todavía al recital le queda una carta que redondea la apuesta. Es una toná, en forma de saeta, al gusto del padre, con los postreros palillos y palmas a compás.

* Me parece de ley poner esta foto, tomada de hola.com, en el Liceo de Barcelona, en julio de 2007.