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Flamenco

Seis gotas de agua

Seis gotas de agua

Mirando tan sólo sus manos podemos entrever su dimensión artística. Su presencia nos advierte de su carisma. Su manera de tocar nos asegura que Juan Habichuela nieto está llamado a ser uno de los grandes de la guitarra. Lo afirmamos con toda seguridad. Pocos guitarristas hay tan completos. La savia de los Habichuela corre por sus venas y se desprende por las yemas de sus dedos, que se enriquece con la frescura y agilidad de sus veinte años. Porque nos sorprende su juventud, tanto como su coherencia. ¿Veteranía? Quizá, pues lleva frecuentando los escenarios desde los trece. Aunque, por suerte, aún le queda que madurar. El florecimiento como artista está por llegar.

Su virtuosismo –porque no se puede llamar de otra manera- ha llamado la atención de Universal Music, que ha comprado los derechos de sus primeras grabaciones. Juan dice que es pronto, que necesita seguir rodando un poco sus composiciones, airearlas y crear nuevas historias. Para el verano de 2010 seguramente veremos su primer trabajo, que pretende ser, según nos cuenta, una recreación de los lugares por donde pasa. O sea, que la labor aún queda por hacer. Aunque ya cuenta con bastante material.

El miércoles cerró la temporada de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte, donde propuso el estreno de “El alma de mis seis cuerdas”, un espectáculo ya cerrado y exportable. “Porque me hacía ilusión presentarlo en Granada y en mi barrio”. De aquí lo llevará a Praga y después a Barcelona, Valladolid, Madrid y algunos otros puntos que, a fecha de hoy, no están confirmados.

La función tiene una primera parte más intimista, con la rondeña y la soleá, interpretadas en solitario, que se va expandiendo, rodeándose de colaboradores, con el zapateado, las seguiriyas rítmicas y las alegrías. La segunda parte es más festera. Comienza con un tango argentino y continúa con una creación por tangos, muy cercana a la rumba, para terminar por unas generosas bulerías, que en origen duran doce minutos, donde el joven Habichuela desarrolla todo su saber y energía.

Para el zapateado le acompaña Maya, una violinista japonesa que llena sus composiciones de brotes de dulzura. Quizá sea la pieza que ha mantenido a su lado durante más tiempo, sin modificaciones apenas. En las seguiriyas se hace acompañar de dos cantaores, intentando juegos polifónicos morentianos. En esta ocasión, las voces las ponen Rudy de la Vega y Enrique Morente hijo, como artista invitado. Juan, sin embargo, nos cuenta que el cuadro aún no está cerrado, que los músicos que lo rodean no son los definitivos. Las veloces alegrías se acotan con los coros y las palmas de Macarena Habichuela, Encarni Heredia. Los percusionistas Rafa Luky y Juan Fernández ‘el de la Porrona’ se van alternando. En principio, y viendo los resultados, nos parece un innecesario exceso de orquestación, que, en más ocasiones de las deseadas difuminan el protagonismo de la guitarra.

La incorporación del tango argentino en el repertorio puede responder a una moda. Bastantes flamencos actuales, desde Morente hasta Marina, por hablar sólo de artistas de la tierra, acercan los sones bonaerenses a sus grabaciones. El guitarrista granadino nos asegura que no es así, que el tango le ha gustado y lo ha perseguido desde su infancia.

La carrera de Juan Habichuela está empezando, como quien dice. Sus ocho horas de ensayo diario no se las quita nadie. En su haber lleva bastantes recitales en solitario y como acompañante. Además de girar con su familia, como es lógico, a la que le debe los ligaos y a prescindir de la cejilla “para aprovechar toda la riqueza del mástil”, lleva un año arropando al maestro Enrique, lo que para él es una responsabilidad muy grande. Morente cuenta, sin embargo, que es un gusto trabajar con él, que le recuerda a su abuelo. Juan suena como el agua.

El mejor cartel en Ogíjares

XXX Festival Flamenco de Ogíjares

Debido al caché –a veces desmedido-, algunos artistas se pueden permitir el lujo de contar con un técnico de sonido en su equipo. Debido a la precariedad de los escenarios –a veces demasiados-, algunos artistas se ven obligados a contar con un técnico de sonido en su equipo. Prueba de ello lo tuvimos en el Festival de Ogíjares, que este sábado se vistió de fiesta para celebrar su trigésimo aniversario, con un cartel de primera (aunque todos sabemos que el flamenco multitudinario hace agua siempre por las mismas grietas). Los dos primeros actuantes, José Cervera ’El Cuchillas’ y Diego Clavel, respectivamente, ya por modestia ya ortodoxia, llegaron desnudos. Quiero decir, sin técnico al uso y sin guitarrista propio. Pagaron las consecuencias de un sonido plano y mal ajustado, con alguna que otra estridencia. Cervera, con su presencia pastoril y su voz escobarera, no arriesgó demasiado, haciendo un polo, una farruca, “Carcelero”, como homenaje a Caracol, y terminó con la milonga de Juanito Maravilla, dedicada a todas las madres. Carlos Zárate le acompañó a la guitarra. Clavel, en menos forma que de costumbre, arropado por Ramón del Paso, se templó por granaínas, continuando con su repertorio habitual. De la caña entre soleares pasó a las alegrías, seguiriyas y malagueñas.

Con Mayte Martín comenzó en realidad el Festival. A su lado brillaba la guitarra de Juan Ramón Caro. Mayte, siempre afinada, siempre perfecta –demasiado, para el decir de algunos-, comenzó con peteneras, a las que le siguen unas malagueñas tradicionales y unas seguiriyas con cabales –dulces donde las haya. El garrotín no se suele escuchar en estos foros y la guajira mantiene altos los niveles de belleza. Su éxito “Ten cuidao”, del disco “Querencia” (2000), abre paso a las bulerías que generosamente añade a su entrega. Con la catalana, la presencia de especialista propio en la mesa es una rutina. Patricia Guerrero, bailando soleá por bulerías, remata esta primera parte. Las tablas, como siempre, no la merecen y la luz, pobre desde un principio, no le hace justicia.

Marina Heredia, con su voz desgarrada, flamenquísima, despereza después del descanso. Marina ha convertido su presencia y su hacer en símbolo granadino, que, junto a Luis Mariano a la guitarra, no podía haber pareja más enraizada. Sus primeras alegrías demuestran su poderío. Duele su soleá tanto como estremecen sus fandangos albaicineros. Redondea las granaínas; los tangos son imprescindibles; y el soniquete moruno de Mariano goza de un marchamo de autenticidad, de agua y luz sacromontano. En las bulerías, quizá bastante largas, se acuerda de Bambino. Un poquito por fandangos, a los postres, rematan su presencia. Arcángel, último artista en el cartel, calma y agita con su martinete. Su cadencia y su asomo morentiano lo elevan a los primeros puestos del flamenco actual. Los tangos, sin embargo, se diluyen en parte con la guitarra impulsiva de Miguel Ángel Cortés. Las seguiriyas son correctas y las alegrías personalísimas, con un continuo alzapúa en el bodón. Y, después de un pataleo público, que no viene a cuento, borda un recorrido por fandangos, imponiendo su reinado.

Como nota final, aplaudimos la presencia de Manuel Curao. Siempre se agradece, gobernando la dinámica en un encuentro flamenco, la presencia de quien sabe lo que dice.

El Niño de las Almendras, imprevisible

El Niño de las Almendras, imprevisible

Museo Cuevas del Sacromonte. Historia viva

Tiene el Niño de las Almendras un estilo muy personal y un permanente estado nervioso que le hace parecer inseguro. Y es que el jaleo y el ritmo, la guitarra y la expectación, no atienden a razones y a este Niño, de casi 80 años, se le van los pies y la sal. Tanto es así que baila en su asiento o se levanta continuamente para regalarnos su pataílla de Chiquitistán o para cantar sin amplificación. Tanto es así que, al final de unas bulerías, le da un manotazo al micro o se le va la silla, dando un culazo para atrás.

José Ferrer, el Niño de las Almendras es imprevisible. Tiene un humor acompasado que vence al público desde el primer instante. Al principio se ajusta (¿se adapta?) al programa. Para, en el segundo pase, no sólo improvisar sus entregas, sino imaginar sus letras conforme las va cantando.

A su lado, Carlos Zárate, tocaor de oficio, pendiente y seguro, le allana el camino y destaca tanto en un segundo plano tanto como cuando toma el timón. El azar, uniéndose al fortuito recital, quiso hacerle saltar la prima a la guitarra en mitad de los tarantos y la cartagenera. Carlos salió airoso, continuando su acompañamiento como si nada, cuando otro tocaor se hubiera detenido al ver que su buque hacía agua.

Antes de estos cantes de levante, el cantaor granadino abrió con soleá y malagueñas, que se abandolaron a su final. Cuando el episodio de la cuerda, Juan Fernández subió al escenario e hizo compás por bulerías con su caja. El Niño lo siguió y pronto cogió el protagonismo hasta el regresó de la guitarra reparada. Con fandangos continuó su concierto y terminó con tientos-tangos, en los que recordó a Caracol.

La segunda parte la abrió Zárate por tangos. La voz desafinada fue de Sensi. José entró por granaínas, unos tangos del Piyayo, semi garrotín, creados sobre la marcha, unos fandangos y, de nuevo, cerró por bulerías.

Rosa Zárate, con su baile maduro y elegante, salpimentó un poco más la actuación, por seguiriyas en un principio y por alegrías al final del segundo pase. Con resistencia a abandonar, el Niño de las Almendras todavía nos dejó un fandango a capela antes que se apagaran las luces.

* Niño de las Almendras (© M. Avilés).

Cuarenta años no son nada

Cuarenta años no son nada

40 edición de ‘El Lucero del Alba’ Salobreña

“El Lucero del Alba”, con sus cuarenta años de existencia, es el festival más antiguo de la provincia y seguramente de Andalucía. La peña flamenca ‘La Trilla’, apoyada por el Ayuntamiento de Salobreña y la Diputación de Granada, acoge todos los veranos a cientos de personas para ofrecerles el mejor flamenco a su alcance. Muchos de sus miembros son cantaores aficionados que participan en este evento, dándole así un toque personal del que pocos festivales pueden presumir.

Desde su Presidente, Eliseo Alabarte, que abrió el festival, hasta casi la mitad del cartel eran de Salobreña. Con el guitarrista local, José Fajardo, Eliseo fue puro cantando por mineras, soleá, granaínas y fandangos. ‘El Canario’, también de esta peña, con el mismo tocaor, comenzó por cantiñas, siguió por soleares, seguiriyas y fandangos, y, como bis, quizá perturbara su entrega cantando “La Estrella’ morentiana.

Lucía Guarnido, casualmente también salobreñera, encargada del baile, nos dejó unos tientos-tangos muy personales y, más tarde, unas elegantes alegrías. En este momento se evidenciaron ciertas deficiencias, sobre todo en la sonoridad de las tablas y en la pobreza de la luz. También, un zumbido de fondo, del equipo electrógeno posiblemente, alteraba la escena.

Desde Cádiz, ‘El Niño del Gastor’, arropado por Fajardo, como los anteriores, nos brinda soleá apolá, dedicada a fosforito, malagueñas, caracoles, “esas alegrías que Chacón regaló a Madrid”, seguiriyas y fandangos. Destacan en este cantaor la adaptación personal de sus letras.

Después de la segunda entrega de Guarnido, el almuñequero Rafael Muñoz ‘El Niño del Cerval’, con Ricardo de la Juana a la guitarra, comenzó con malagueñas de El Mellizo y de Aurelio. En las alegrías se acordó dos o tres veces de su patria chica, cantándole a Almuñécar. Continuó por marianas, tanguillos de Chano Lobato, seguiriyas y fandangos.

Como estrella exclusiva, Luis Heredia, eminentemente festero, abrió con un romance por bulerías y por tangos. Inhabitualmente, para un gitano y para un festival, continuó por peteneras. Y, cómo no, al igual que el resto de los participantes, hizo fandangos festivaleros. El Polaco terminó por bulerías. Después otras bulerías. Y, para terminar, más bulerías. Las primeras, unas granaínas por fiesta, bien ajustadas por ser un cantaor con ritmo y tener al lado a Paco Cortés, un número uno en la guitarra. ¿Una manera de enriquecer la fiesta o de desbaratar la creación chaconiana? Las últimas acompañadas de una pataílla efectiva.

* Castillo de Salobreña.

 

La estela escarlata

La estela escarlata

Museo Cuevas del Sacromonte

Familias flamencas: ‘Los Coloraos’

El Museo Cuevas del Sacromonte nos recibe con mejoras considerables. Asignaturas pendientes imprescindibles, como la luz y el sonido, empobrecían la muestra. La sonoridad está ajustada y, aunque no suena por igual en todo el recinto, generalmente es notable. En cuanto a la luz, se ha optado por una iluminación fija y definitiva. Los focos de color inciden sobre el blanco sin perturbar una escena diáfana. Son buenas nuevas que nos predisponen a disfrutar de una velada que promete: la familia de ‘Los Coloraos’. Su estela escarlata.

El anhelo no se hace esperar. Llega en forma de cante primitivo, sin acompañamiento. Comienza con gusto Sergio Gómez ‘El Coloraito’ entonando unos martinetes que, a continuación, son contestados por la voz templada del padre, Antonio Gómez ‘El Colorao’, cantando por tonás. A esto le sigue una debla a dos voces bien compenetrada.

Sergio, después de esta entrada, ocupara la primera parte. Su cante es melodioso y bien modulado, creativo y agradable. Es importante cómo ha sabido adaptar el cante a sus facultades y no al contrario. La guitarra de Rubén Campos se adapta a sus melismas. Hará vidalita y alegrías, será personalísimo en la farruca y acabará por bulerías. El aire de la velada lo pone Raquel Heredia ‘La Repompa’, con unos pies limpios y acompasados, bailando bulerías. Conociendo el poder de sus tacones, los brazos ocupan un segundo lugar.

Tras el breve descanso, Antonio Gómez toma la palabra, abriendo por marianas, como ya habitúa. Es de admirar la buena forma de su voz, por la que no pasa el tiempo. Sus palos fuertes, donde es sabio, son las soleares y las seguiriyas, que las interpreta con generosidad, separadas por tangos de por medio. En su rumba exitosa “Mi mama”, Sergio hace la segunda voz. Cierra por bulerías, antes de dar paso de nuevo a la impecable Raquel bailando por alegrías.

A un regalo final por fiesta, con todos los artistas, se une Ana Gómez, otra de las hijas, ofreciéndonos una saludable pataílla.

Con restos o sin restos

Con restos o sin restos

Ya han arreglado el camino, pero, desde 1974, un grupo de gitanos de Granada, capitaneados por Curro Albayzín, se desplazan todos los 18 de agosto, por pedregales, barranco abajo, a la tumba de Federico para rendirle homenaje. Son decenas de flamencos, políticos y ciudadanos los que se suman a esta iniciativa. Entre todos se recuerda al poeta, como mejor saben hacerlo, cantando, bailando y recitando sus poemas. Es una noche con principio pero sin fin. Y, con la aurora, se recoge la manta para el próximo año. Y, con el día, queda el recuerdo. La hondonada, la fosa donde se cree que esta Lorca, con cien más, con mil más, se llena de nardos, que compiten con la pobre floresta, y se llena de velas, que se reflejan en un cielo especialmente cargado de estrellas. (Algunas fugaces parece que aplaude una letra o un aleteo de brazos.)

Es una romería tan específica como anónima donde se brinda por la palabra, por la libertad, por la república. Y se llora por dentro con un  ruego común, que no vuelva a pasar. No volvamos la espalda a nuestros hijos, a los que hablan diferente, a los de otro color.

Parte de los artistas que intervinieron en el festival de Víznar siguieron aportando su verdad en el barranco. Muchos otros unieron sus voces a la velada que se estruja. Una velada que tiene horizonte. Por el viento aparecen los huesos del poeta, las excavadoras que removerán la tierra y la memoria, para bien o para mal. La ceremonia puede acabar. Las preces mueren a falta de ara. Pero ¿hace falta una tumba o una idea? ¿Hace falta una imagen o una fe? Con restos o sin restos, a Federico le cortaron las alas, le apagaron la luz, el 18 de agosto de 1936.

* Curro Albayzín (foto de archivo. © Jesús Montoya).

Firmemos por el festival de Víznar

Firmemos por el festival de Víznar

Llevamos tiempo cuestionándonos la validez de los festivales hoy en día, esos maratones de artistas de público y de horas. La gran muestra de flamenco a granel, grosso modo, debería cambiar. Sin embargo, ni es el momento adecuado ni es un servidor el encargado de colgarlo en el cartel de anuncios. Así, que en otro foro nos veremos. Lo que sí es de ley comentar es que existen festivales recogidos y muy cuidados, en poblaciones pequeñas generalmente, que no sólo hay que apoyar, sino que cumplen una misión imprescindible. Tal es el caso del encuentro flamenco de Víznar, enmarcado en su Semana Cultural, que este año celebra su 25 edición. El festival flamenco coincide con la noche que mataron a Federico (el 18 de agosto), con lo que se dobla su intención. Cientos de personas se asoman a este pueblo serrano por amor al flamenco, pero también por solidaridad con el poeta y el deseo de libertad. Hay que destacar, por otro lado, a diferencia con bastantes festivales de la provincia, su exclusiva gratuidad.

La noche se abre con el “Imaginario musical lorquiano”, un compendio de la música que rodeó al poeta a lo largo de su vida, desde el clásico de Falla, hasta la música caribeña, desde el jazz hasta el cante jondo. Esta composición se inauguró en Fuentevaqueros, con motivo de la entrega de la insignia "Pozo de oro" a Enrique Morente el 4 de junio de este año. Su compositor, el pianista José María Pedraza, vino acompañado de Sergio Albacete, con el saxo, Alfonso Alcalá al contrabajo y, como baterista, Pancho Brañas. A ellos, se les une el cantaor Sergio Gómez ‘El Colorao’ y Alfredo Mesa a la guitarra.

El grupo de Curro Albayzín, a continuación, rellena el escenario. Curro es único recitando a Lorca, arropado con la guitarra sacromontana de Antonio ‘El Chonico’. A la voz le acompaña Sara Heredia, con soleá, tangos y, sobre todo, esas “Nanas del Caballo Grande” cantadas a capela. Al baile, la maestría, la elegancia y el carisma de Angustias ‘La Mona’.

Ya que estamos en primera, seguiremos subiendo. La segunda parte la ocupa un cantaor especialmente sembrado. Juan Pinilla es un artista con gran dominio y conocimiento, que no se limita a frasear como sus mayores, sino que ilustra sus intervenciones. Así logra ser puro como Ávila, dulce como Cobitos, creativo como Morente, comprometido como Moyano y didáctico como Calixto. Con Josele de la Rosa a la guitarra (bastante Mariano, por cierto), hacen zambra rematada en tangos, malagueña y generosos abandolaos, cantiñas y bulerías.

Como cabeza protagonista, un imponente Diego Clavel, cierra la noche. Sus registros, calidad y dominio son dignos de admiración. Su modulación, largura y melismas lo sitúan en la primera fila de los verdaderos aficionados. Hace granaína, la caña, peteneras (por petición personal), seguiriyas y cantiñas. A su lado, ejemplo de preciosismo y hondura, tañe la guitarra Antonio Carrión. A veces, demasiado impulsivo para el cante mecido del de la Puebla de Cazalla.

* Juan Pinilla (foto de archivo. © Nono Guirado).

Yo estuve allí

Yo estuve allí

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Hay momentos decisivos, especiales, únicos. Hay “días señalaítos” que, de tan redondos, gustaría guardar en un fanal de cristal para que el olvido no le haga mella. El viernes se cerró el ciclo de “Los veranos del Corral”. Como esa serpiente que se muerde la cola representando el infinito, esta muestra trazó un círculo, tan ambicioso como bien resuelto, al abrir y cerrar con la crema del baile granadino. Para empezar, ya hablamos de los encantos de ‘La Moneta’. Para cerrar, nos falta periódico en el que describir la sabiduría del baile de Manuel Liñán; nos faltan estrellas para valorar su actuación.

Manuel entra en Granada por la puerta grande, entra como vencedor, pero con humildad. El patio está lleno de flamencos, de admiradores, de familiares, o todo junto. Todos le debemos a Manuel su trabajo y maestría. Con conocimiento, se hace arropar de un buen cuadro Antonio Campos y José Anillo al cante, que romperán el hielo con granaínas, con un beso a su tierra; Arcadio Marín y Antonia Jiménez, dos guitarras de precisión; Teresa González ‘La Tacha’ y Vanesa Coloma al compás. Nunca, como con Liñán y su estela, las palmas han tomado categoría instrumental.

Desde su aparición, desde su primera pose en el centro del escenario para abordar el taranto, nos convencimos que esa noche se escribiría con letras grandes e inicio capital. Su verticalidad suprema, el sentido del equilibrio, la medida exacta, la creatividad continua, el milímetro detalle. ¿Quién recuerda a Antonio Gades, quién a Vicente Escudero, quién a Mario Maya? Manuel es una escuela andante que demuestra a cada paso que nada está inventado, que el taranto excepcional se remata con tangos, que son los de siempre, que son los de nunca.

Unos martinetes bien engarzados dan paso a una pieza tan rotunda como delicada. La escena está preparada. Antonia, con un pie en la silla, tañe los tanguillos, ya conocidos de otros días. José, también de pie, los ilustrará con su cante que, a los postres, se hará habanera, la que Carlos Cano dedicó a Cádiz. Manuel, con traje corto de tonos sepias y tocado con cordobés, baila con una silla, que la mueve como pluma, como de Manila. Juega con el ala de su sombrero y recorre el escenario con elegancia. Termina sentado en la silla, entre los dos músicos, formando una estampa añeja y conseguida. Un dulce. No creo que la perfección exista, pero sí creo que se puede rozar. Los aires gaditanos de este bailaor granadino, le dieron un gran arañazo.

“Cuentas de marfil” es la sensible composición que Arcadio nos brinda, haciendo tiempo para el remate definitivo. La soleá supera lo insuperable. El compás es una anécdota. La técnica es una anécdota. El mismo baile es una anécdota en un bailaor que lo hace todo tan sencillo como imposible, tan asequible como inalcanzable.

La merecida ovación final del público en pie, entregado sin condiciones, es la mayor que hemos visto en mucho mucho tiempo. Un servidor, tiene el orgullo de poder clamar: “Yo estuve allí”.

* Manuel Liñán (© flamenco-world.com).

De las manos de Alfredo a los pies de Ana

De las manos de Alfredo a los pies de Ana

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

De las manos de Alfredo Lagos a los pies de Ana Calí puedo hacer un largo viaje que se resume en el término virtuosismo. De la guitarra a los tacones, un círculo se cierra, dejando sus excelencias. Pero qué poquito faltó para tener la noche redonda, la velada sin fisuras, las cinco estrellas. El duende asomaba, pero tímidamente. Salía y se volvía a esconder.

No entiendo cómo teniendo una sonoridad impecable en el Corral del Carbón, con Juan Benavides en el pescante, que viene a ser uno de los mejores técnicos del país, hay artistas exclusivos que traen a su propio especialista para “reajustar” lo que está perfectamente ajustado. El resultado era de prever. Acoples, suciedad, guitarrazos, estridencias. Las manos privilegiadas y sensibles de Alfredo Lagos perdieron brillo y, la rondeña sonó caótica. Para las alegrías se hizo acompañar de la percusión exclusiva de José Carrasco, que más tarde se haría un solo bastante aplaudido. El dominio y la técnica, la cadencia y la velocidad, el conocimiento y la largura se unen en este guitarrista jerezano cuajado de seguridad. Continúa por fandangos y después tangos rumberos (más rumba que tangos). Y, para terminar, una generosa entrega por bulerías, donde nos descubrimos ante uno de los grandes.

El viaje prosigue en el baile y se derrite en los pies, extremadamente limpios, de Ana Calí. Esta granadina es una bailaora de oficio que se entrega al cien por cien. Como diría el poeta “como si no hubiera otro día para bailar”. Desde sus salidas hasta sus desplantes y escobillas vemos la totalidad de esta artista, a la que le bailan hasta los ojos. Su actuación comienza sensible por tarantos y termina roneando por tangos. Se evidencian en seguida la grandeza de los cantaores, Antonio Campos y Juan Ángel Tirado, que esta noche están especialmente sembrados; como también se patentiza la insuficiencia de las guitarras de Rubén Campos y Alfredo Mesa. Siendo buenos tocaores, como han demostrado en bastantes ocasiones, resultaron inmerecidamente tímidos e inseguros. Pobreza musical que repercute en la finalidad de la protagonista.

Unos martinetes anuncian unas tremendas seguiriyas. El control, el ritmo y la belleza estética de esta bailaora hacen incomprensible su casi inexistencia fuera de nuestras fronteras. Con altibajos, los tangos preparatorios anuncian el plato fuerte de la velada, que llega en forma de alegrías. Ana ha simplificado su apariencia, quizá involuntariamente, pero con grandes resultados. De una perfecta gitana del Sacromonte, con sus caracoles y su flor en lo alto de la cabeza, termina con chaqueta corta y pantalón y un recogido informal que prescinde de añadidos. Ante un público rendido, Ana, remata con un poquito por bulerías.

* Ana Calí.

Málaga recupera el pulso en el Corral

Málaga recupera el pulso en el Corral

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Después de unos días de altibajos, dentro de la excelencia, el miércoles se recuperó el pulso en el Corral del Carbón, de la mano de dos artistas malagueños. Cancanilla de Marbella fue el encargado de abrir la noche con su compás y gracia. Estuvo acompañado de Chaparro y Salaíto, dos guitarras escuetas, aunque de gran sonoridad, y de un palmero, El Kiko. Este cantaor, con personalidad estética y amplios conocimientos, comenzó con soleá por bulerías. Cancanilla, alejado de nuestros escenarios, nos viene a mostrar su cante en plena madurez artística, cuando su dominio de la escena es absoluto. Continúa por tientos-tangos y por seguiriyas, descubriendo su escuela mairenera. En las bulerías finales hace un despliegue irrefutable de poderío y sal. Se acuerda de Caracol, con el que trabajó un tiempo, y alarga su “pataílla” como un valor propio de gran tonelaje.

Ramón Martínez tuvo un comienzo frío, quizá soso. El público tampoco supo reaccionar al cambio de registro del De Marbella a este bailaor. Los abandolaos no llegaron a convencer. Su baile por seguiriyas supuso un salto. Con una técnica impecable y una estética que se vislumbra claramente, falta o sobra algo. La expresión del rostro incluso no le acompañaba. Pero con las alegrías se abrió la caja de las sorpresas. Estamos ante un bailaor de prestigio, que rellena el escenario con un lenguaje personalísimo. Ante el despertar del patio de butacas, Ramón también se crece y ronea como nadie y vacila como él solo, porque puede (porque yo lo valgo). Su cuadro también disfruta, se anima y se muestra a la altura. Dentro de los momentos gloriosos de esta Muestra de baile flamenco, las alegrías de Ramón Martínez ocupan, desde que las vimos, un puesto destacado.

Sus músicos, como digo, van a la zaga. El incuestionable Juan Requena, con una sensibilidad especial a la guitarra; los cantaores José Carmona y José Valencia, manteniendo óptimos los niveles y mostrando su buen hacer en solitario con una soleá por bulerías y unas malagueñas, respectivamente; y la precisa percusión de Israel Catumba.

En definitiva, una noche redonda como pocas, donde disfrutamos como nunca.

* Ramón Martínez (©  Paco Sánchez).

El eslabón perdido

El eslabón perdido

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Ya no hay cantaores como Canela de San Roque. En el Campo de Gibraltar se encuentra el eslabón perdido del cante flamenco. Ése que nos recuerda los más añejos estilos y nos asoma al mismo tiempo a los tiempos venideros, convenciéndonos con su cante de que todo es posible. A su lado, un imponente Antonio Carrión, un tocaor de fuerza y precisión, completa su redondez. Una espléndida soleá abre la noche. Su dominio en los altibajos, su conocimiento y entrega son excepcionales. Por momentos nos recuerda a Marchena. La seguiriya puede que sea la mejor que hayamos oído en mucho tiempo. Con sabiduría y propiedad cantó por fandangos, de un “compadre” suyo y de Antonio el de la Calzá, donde demostró su excelente registro. Su compás y su eco gitano los derrochó en las bulerías por soleá y en las bulerías de Alcalá. Terminó su entrega, menos ajustada, con los tarantos “Se pelean en mi mente”, que grabó Camarón en “Soy caminante”, un trabajo de 1974.

La segunda parte la ocupa un bailaor de formas encontradas. Un supuesto arranque de originalidad, resultó una innecesaria puesta en escena. “Semana Santa en Sevilla” quiere ser un homenaje al ambiente procesional en las calles hispalenses. Destaca su firme taconeo rememorando el latido del tambor. Sobran, sin lugar a dudas, los conos de incienso, que duraron hasta el final del espectáculo; sobra su aparición bajo un ridículo trono, que cae atronadoramente hacia atrás; sobra el nazareno que contempla la pieza impasible y recorre es escenario con su arrastrar de cadenas; sobran sus miméticos movimientos de penitente, costalero o tamborilero… Un martinete (bien por David ‘El Galli’ y Javier Rivera) introduce las seguiriyas, donde el bailaor de Alcalá de Guadaira centra sus pasos en reconocidos contemporáneos. Paco Iglesias, de sensible guitarra, interpreta una soleá que se alarga con el cante y se hace por bulerías cuando el bailaor entra en escena. Siendo un bailaor elegante, con coraje y sentido del ritmo, dejó bastantes interrogantes abiertos.

* Canela de San Roque (©  Paco Sánchez).

Excelencias en Maracena

X Festival Flamenco de Maracena

Con un cartel más que decente regresa el Festival de Maracena a su espacio tradicional en el Anfiteatro, después de unos años de reforma. Esto, unido a los diez años que cumple, ha contribuido a la calidad del mismo. De primeras sorprende que sea el baile el que abra la velada, al igual que la segunda parte, cuando siempre tiende a cerrar. Se agradece este detalle rompedor que ambienta desde el comienzo. Patricia Guerrero y su grupo son los encargados de romper el hielo, bailando unas alegrías. Patricia se mueve como pez en el agua, rellena el escenario y cautiva con sus desplantes, a pesar de estar mal iluminada, a pesar del penoso sonido, a pesar de las tablas movedizas.

El Polaco es El Polaco. También tiene problemas de sonido, pero es El Polaco. Además, le acompaña a la guitarra nada menos que Paco Cortés, que suena ronco, pero es Paco Cortés. Soleares, tangos, granaínas, fandangos y bulerías conforman su repertorio festivalero. A pesar de todo, Luis Heredia es un cantaor largo, que puede con todo, que todo lo hace, y así lo demuestra.

Juan Pinilla despliega sus armas. Canta y habla por igual y demuestra su conocimiento, escuela y compromiso. Alfredo Mesa, como Paco, suena demasiado grave, como si la guitarra tuviera seis bordones. Pero, una mirada atenta, advierte los quilates que puede llegar a derrochar. Juan hace cartagenera y levantica para empezar. Sigue con la caña y, después, con un recorrido de abandolaos por toda Andalucía oriental. Por Cádiz, sin remedio, es muy Calixto Sánchez. Y, en los fandangos, se acuerda de Vallejo.

Posiblemente la mejor entrega de José Cervera ‘El Cuchillas’, antes de que comenzara el descanso, sean los tientos-tangos, que abordó con sentido y modulación..

Otro mérito de este Festival ha sido la puntualidad. A las 22,30, como se anunció, estaba dando comienzo, y, de una parte a otra, se cumplieron los veinte minutos prometidos. Patricia vuelve a abrir por levante y tangos. Miguel Barroso, de los ‘Tarantanes’ del Sacromonte, nos deja con la zambra caracolera “La Salvaora”. Estremece con la soleá de Granada, esa pieza apolá que cogimos prestada de Triana. Es chaconiano en la granaína y vuelve a relucir Vallejo en los fandangos.

Julián Estrada pone el punto final a una buena velada. Con el fenómeno de Manuel Silverio a la guitarra, se arranca por malagueñas, que remata con unos correctos fandangos del Albaycín (no todos lo consiguen). De Málaga pasa a Cádiz y de Cádiz a Huelva. Es original en el comienzo de sus temas. Termina con tientos-tangos. Julián tiene su público, que no le dejan marchar sin antes cantarles un poquito por fandangos.

Noche de clasicismo e ímpetu

Noche de clasicismo e ímpetu

Los veranos del Corral

XI Muestra Andaluza de Flamenco

Desde la estética hasta las formas, Gabriel Moreno es un artista clásico. De estilo añejo y respetuoso con el público, mantiene la compostura, si no fuera por una dudosa infección de nariz y la golosina en la boca. Anuncia los cantes, como antaño, y espera un guitarrista que se le adapte. Rafael Santiago ‘Habichuela’ es el tocaor elegido para seguirle los pasos, a veces con dificultad, y amortiguar su trayectoria.

¿Cómo es posible ir a peor? El cantaor linarense comenzó con unas malagueñas muy ajustadas y sensibles, seguidas de “un cante por seguiriyas” igualmente profundo y coherente. Pero continuó por los tangos “Las tejas de tu tejado”, perteneciente a una de sus grabaciones. Como quien se sabe la lección de memoria, recitó los tangos sin gracia y sin atender al acompañamiento, creando una situación surrealista, en la que cada cual iba por su lado. Esto lo remató con unas tarantas fuera de tono, que subsano, salvando completamente su recital con una nueva y extraordinaria taranta, dedicada a su madre.

Rafael de Carmen es un bailaor impetuoso. Su gran fuerza viene justificada por su sentido del ritmo, por su compás y sentimiento. Sus propuestas parece que no están cerradas. Escucha la música, y de sus compases, saca la inspiración momentánea. Improvisa, como el camino de Machado. Tiene elegancia y temple. El bailaor sevillano comienza con tanguillos y tangos. Está de vuelta, su sonrisa lo delata. Un buen cuadro a sus espaldas aplaude sus incursiones. Manuel Tañe y José Valencia al cante (éste último abordará una seguiriya poderosa en uno de los interludios); Juan Requena a la guitarra, que, con su sensibilidad extrema, nos regala en solitario un bombón en forma de granaínas; y José Carrasco en la percusión, como muestra de su época con Manuela.

La soleá es uno de sus platos fuertes que le reconocemos como bailaor, maestro y coreógrafo. Y, en las alegrías, para terminar, hace lo que quiere. Se mete al público en el bolsillo y se lo lleva de fiesta. Tan fresco como entró hace mutis al final. Después nos enteramos que, por una lipotimia reciente, padece varias dolencias físicas en piernas y brazos. ¡Quién lo diría!

* Rafael de Carmen en la foto.

De aquí al cielo con Mariana Cornejo

De aquí al cielo con Mariana Cornejo

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

La gracia y la sal de la Bahía no se pierden mientras queden artistas como Mariana Cornejo. Siguiendo la estela de los grandes de su tierra, como El Beni o Chano Lobato, primero tiene que hacer una composición de lugar y ganarse al público. Después, cuando las risas son tan grandes como la admiración, es incombustible. El resultado fue que estuvo cantando placenteramente durante más de una hora (la programación doble impidió proseguir). Ella estaba a gusto, el espacio, el público, el sonido… Y los espectadores estaban pasando un buen rato de arte y simpatía.

Su primer tema, reivindicando su tierra, fueron unas cantiñas, que fueron rosas y alegrías. Continuó por bulerías de Cádiz, esas que allí llaman chuflillas, “pero no son chuflas, que son castañeras”, aclaró. Y remató estos aires de fiesta con una jota aragonesa. Bien traída porque Zaragoza junto a Cádiz fueron las únicas ciudades que resistieron el acoso francés del XIX y decidieron fundir de alguna forma sus folklores. El momento más grave de su actuación fueron unas seguiriyas, en las que se acordó de Sellés y de El Mellizo. El guitarrista, Pascual de Lorca, sin grandes ostentaciones, fue bastante correcto. Es un acompañamiento de batalla, todo terreno y respetuoso. Diego Montoya, padre reciente, se hace imprescindible en las palmas y los jaleos. Un largo recorrido por tangos, Triana, Cádiz, Granada…, con letras populares terminan de encumbrar a esta artista, que, para las bulerías, se pone en pie, como es debido, para acompañarlas con una simpática pataílla. Unas bulerías que terminan con el conocidísimo bolero “Si tú me dices ven” y la copla “Ojos verdes” hechos cuplé. Como bis, resistiéndose a escapar, el auténtico tanguillo salió a relucir.

La segunda parte la ocupó el baile tradicional de Antonio Molina ‘El Chorro’. Con una gran técnica y pasión, no termina de trasmitir. Fuerza. Eso sí, mucha fuerza. Tanta que en algún momento le hace perder el equilibrio. Su primera entrega es un taranto completamente plano. Su baile es determinadamente macho, como el de Farruquito, y bastante precipitado. Juan Campallo, a la guitarra, estuvo mejor que el día anterior. ¿Será porque la propuesta del cuadro fue más coral y moderada? Bien por los cantaores José Amador y Javier Rivera, que, con sus voces bien distintas, contribuyeron a redondear la dinámica. En las seguiriyas vimos al bailaor onubense más seguro, y rescatamos algunos momentos, aunque su rostro hierático seguía sin expresión. Para la soleá por bulerías encontramos a un artista más completo, sobre todo en los silencios. Aún es joven y puede llegar a sorprendernos, porque madera no le falta.

* Mariana Cornejo (© Paco Sánchez).

El sueño de La Susi y las alas de Pastora

El sueño de La Susi y las alas de Pastora

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

La estela cantaora de La Susi no hay quien se la borre. Su buena voz, flamenca, desgarrada, es para reconocerla. Pero, me temo, que fueron más el ruido que las nueces. Es más la expectación que causa su nombre, sus grabaciones y su trayectoria, que el recital que nos brindó. Quien compartió escenario repetidas veces con Camarón, a pesar de asegurar que se encontraba a gusto, no estuvo a la altura. Sus olvidos e invenciones no tenían razón de ser. La autoridad de su voz por encima de sus compañeros empobreció su actuación. El guitarrista, Manuel de la Luz, iba a remolque. No sé si llegaron a entenderse. Los palmeros, Bobote y Mercedes Amador, sonaron desiguales.

Unos acordes de guitarra introducen la toná. Las seguiriyas son aceleradas, como de baile. En cambio, las malagueñas son pausadas. Se abandolan e intentan acabar con fandangos de Granada. En los tangos demuestra su eminencia festera. Su mejor entrega, sin embargo, es una vidalita, que termina siendo marchenera, la misma que grabara Morente con Sabicas. El punto final lo ponen las bulerías y sus cuplés, que acabaron al pie de escenario con La Susi, en su papel de diva, dando graciosas pataíllas.

Pastora Galván concentra en su persona toda la esencia del baile flamenco quizá desde sus comienzos. Su oficio y entrega son tan exactos que se permite licencias impensables. Lo más llamativo es el vértigo, la velocidad que le imprime a sus composiciones sin perder la compostura, sin perder el compás, sin perder la belleza estética, sin perder ni una horquilla. Aunque lo mismo se para, escucha el cante o baila el silencio como en un apagón. Los momentos radicales, los desplantes de vanguardia extrema, se los debe a su hermano o a la nueva tendencia en que él se mueve.

Las seguiriyas son un compendio, una muestra completa de su fuerza, de su estilo. Esta pieza encierra tonás, fandangos y un apunte por sevillanas. Las alegrías las aborda con tradicional bata de cola blanco y manila floreada. A pesar del ritmo trepidante, que recorta los tiempos, mueve el vestido de forma envidiable. Y el mantón, del que parece despreocuparse, realiza el vuelo más auténtico que he visto últimamente.

Entre sus propuestas, sus músicos abordan un par de temas sobresalientes. Comienza David Lagos, a quien no conocíamos, cantando unas malagueñas. La voz hueca y profunda de José Valencia, con exceso de grito, ahora más moderado, interpreta una taranta bien modulada. A la buena guitarra de concierto de Juan Campallo (de apellido sugerente) le falta la fuerza necesaria para tocar atrás. A las palmas, repite Bobote, sin anunciar.

Los tangos finales, igualmente son una delicia. Son tres bailes tan diferentes en su aproximación y resultados que parecen tres bailaoras distintas. Tres bailaoras que podrían seguir multiplicándose como ya vimos hace unos años en su montaje “La Francesa”, donde exponía todos sus registros.

El poquito de alborea y bulerías finales fueron otro regalo.

* La Susi en la foto (© Muriel Mairet).

Duelo de pianos en el Corral

Duelo de pianos en el Corral

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Es necesario, a estas alturas, se mire por donde se mire, refrescar el flamenco con  otros aires. Siendo el flamenco una cultura viva que evoluciona con los tiempos, que se embadurna con los pólenes de cada primavera, que se expande en los sentimientos de todos los aficionados, es dable que se preste a la experimentación.

Hace bastante tiempo que el flamenco tuvo un tácito hermanamiento con el jazz. Una fusión tan natural como legítima, que vemos manifestarse sobre todo en el mundo de la guitarra. Desde el maestro de Algeciras hasta los jóvenes concertistas, pasando por los almerienses Tomatito y Niño Josele, es inconcebible separar estas dos corrientes.

Paralelamente, las incursiones pianísticas de Chano Domínguez o David Peña ‘Dorantes’, entre otros, no dejan ninguna duda a esta realidad: el flamenco y el jazz (o el blues) son dos caras de una misma moneda. Su nacimiento, más o menos es el mismo, la queja y la manifestación popular.

Dentro de la programación de “Los veranos del Corral”, aunque fuera del ciclo, tuvimos la presencia este lunes de una banda de fusión, capitaneada por el pianista Sergio Pamies, brindándonos un concierto extraordinario. El tema “Borrachito”, principia la noche. Los dedos sensibles de Sergio Pamies nos transportan a una dimensión difícil de abandonar. Llaman la atención la sincronización de los dos percusionistas, ‘El Moreno’ y ‘El Cheyenne’, que pronto, con Diego, serán tres. El contrabajo de Guillermo Morente, poco habituado a la corriente flamenca, se convierte en un instrumento de precisión, con destacados solos. El cante de Sergio Gómez ‘El Colorao’, bracea a la perfección  en estas aguas. Voz que estremece sin par el la farruca lenta, tratada como balada, que a continuación se muestra. Para la versión de “Sólo quiero caminar” de Paco de Lucía, se requiere la trompeta del cubano Eric Sánchez, que hace un particular remedo de la sonanta. Hasta aquí se aprecian algunos titubeos y una improvisación que cada vez estará más programada (una de las señas de identidad del jazz).

Diego Amador, como artista invitado, presta también algunas piezas de sus grabaciones y aporta su voz, su piano y a su hijo, del mismo nombre, que se une a la percusión. La “Soleá del Churri” pertenece a “Piano jondo”, el trabajo discográfico de Amador en 2003. El duelo de pianos es impresionante y puede que irrepetible por la recreación del momento.

Diego Amador, acompañado exclusivamente del piano de Sergio, se pasa al micrófono para cantarnos una taranta muy gitana, muy camarona, mostrándonos el artista completo que lleva dentro (también toca la guitarra y el bajo). “Entre Amigos” viene a ser una soleá que le da nombre al disco de Pamies, a lo que le siguen las bulerías de Diego “¡Vivan los gitanos!”, donde baquetea con arte las cuerdas del piano, como ya le hemos visto hacer otras veces, y cierra la noche, próximo a los tangos, “Callados pensamientos”, que ocupa el tercer corte en el disco del pianista granadino.

* En la foto (de derecha a izquierda y de arriba abajo): Sergio Pamies y Diego Amador.

Verano flamenco (2)

Verano flamenco (2)

Como anunciamos en su día, propongo la segunda entrega de actividades flamencas de este verano, correspondientes al mes de agosto. No, no nos aburriremos.

4, martes - Grandes voces del flamenco  LA SUSI. Muestra de baile PASTORA GALVAN (22,30)

5, miércoles - Grandes voces del flamenco  MARIANA CORNEJO. Muestra de baile EL CHORO (22,30)

5, miércoles - Sacromonte puro, Angustias “La Mona” - Museo Cuevas del Sacromonte (22,00)

6, jueves - Grandes voces del flamenco  GABRIEL MORENO. Muestra de baile RAFAEL DEL CARMEN (22,30)

7, viernes - X Festival Flamenco de Maracena

8, sábado - Flamenco Joven Monachil

11, martes - Grandes voces del flamenco  CANELA DE SAN ROQUE. Muestra de baile JESUS AGUILERA (22,30)

12, miércoles - Grandes voces del flamenco  CANCANILLAS. Muestra de baile RAMON MARTINEZ (22,30)

12, miércoles - Flamenco de Granada, Rafaela Gómez - Museo Cuevas del Sacromonte (22,00)

13, jueves - Guitarras en el Corral ALFREDO LAGOS. Muestra de baile ANA CALI (22,30)

13, jueves - XXX Festival Flamenco Manuel Ávila de Montefrío

13, jueves - Festival flamenco Deifontes

14. viernes - Muestra de baile MANUEL LIÑAN (22,30)

14, viernes - Velada flamenca Caniles

15, sábado - Certamen Flamenco de Escúzar

19, miércoles -  Familias flamencas, “Los Coloraos” - Museo Cuevas del Sacromonte (22,00)

19, miércoles - Velada Flamenca La Peza

22, sábado - 40 edición del Lucero del Alba de Salobreña

22, sábado - Final 38 edición del Concurso Volaera Flamenca, Loja

24, lunes - Velada Flamenca Beas de Granada

26, miércoles - Historia Viva, Niño de las Almendras - Museo Cuevas del Sacromonte (22,00)

Estamos saturados. Muchos días coinciden. Intentaré cubrir lo más posible y rascar algunos días para la playita.

El Nene de Santa Fe y las manos de Alba Heredia

El Nene de Santa Fe y las manos de Alba Heredia

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Desempolvado. Adolece el Nene de Santa Fe de ahogos y afinaciones precisas, posiblemente por llevar algunos años en dique seco. Pero la profundidad y, sobre todo, el eco flamenco de este cantaor son excepcionales. Un agradable romance por soleá comienza su entrega. A su lado, a la guitarra, su hijo Manuel Carmona, le da pie adecuadamente. Continúa con cartagenera, y rondeña, a los postres. Sus letras no son comunes. Sensibles y bien elegidas. Nos recuerda a Marchena. La solea, larga y generosa, es su mejor apuesta que, quizá, la supere con la seguiriya, donde se lamenta como los de antes. La planitud de algunos momentos se palia con esta precisa queja.

¿Puede ser el jueves, 30 de julio, la puesta de largo de Alba Heredia? Puede que sí, pero puede que no. Una bailaora, con 14 años, que lleva bailando desde que se tiene en pie, siguiendo la estela de su familia bailaora y con muchos momentos únicos en el escenario, no es novedosa. Lo nuevo, si me lo permiten, es que se ha subido a unas tablas de categoría internacional, que ha personalizado un baile que hasta ahora era impostado, que se ha entregado como si fuera el mayor examen de su vida, que ha roto esquemas trasnochados y ha puesto, con conocimiento, sus cartas boca arriba.

Algunos ases indiscutibles guardan estas cartas, aunque también se emborronan con otros naipes del montón. Su primera carta, tal vez un comodín, es su juego de manos, una fiel paloma que vuela a voluntad, herencia sin duda de familia. Otro as, justo es hacer mención de ello, es su bella elegancia. Sus desplantes y apostura también contribuyen. El sentido del ritmo, su seguridad en el terreno, la complicidad con el público, su sencillez en los interludios… conforman un cúmulo de facultades sin par en una bailaora que llegará a tener nombre. Los músicos la conocen, la han criado, y la arropan a la perfección. Un aplauso aparte se merece la guitarra de Emilio Maya. Y un tirón de orejas, el cantaor Juáñares, que toma un protagonismo imperdonable en mitad del espectáculo haciendo su fiesta particular por bulerías mientras esperaba la auténtica princesa.

Todavía, sin embargo, le queda mucho que aprender a Alba. Tiene tiempo. Debería estudiar y luchar por ese lenguaje propio y femenino que empieza a despuntar. Aunque lo más difícil no es adquirir lo que falta, sino desprenderse de lo que sobra. Como un poco de demasiada fuerza bruta, la idea de rellenar toda la música o el intento de teatralizar el baile. Ah, por si quieren saberlo, interpretó tarantos y alegrías.

Miguel Ángel y Patricia. Por Granada y la humanidad

Miguel Ángel y Patricia. Por Granada y la humanidad

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Estos días se está tratando de relanzar la propuesta para que el flamenco sea declarado por la UNESCO Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, que en su día no tuvo éxito por varias razones, entre ellas porque partía de las instituciones y los poderes. Ahora se pretende que sea una cuestión endógena, o sea, que parta de los mismos flamencos, su visión y su día a día con el arte. Nosotros, desde Granada, tenemos mucho que decir. El flamenco que aportamos es de primerísima calidad. El miércoles así se demostró en el Corral del Carbón, con un programa eminentemente granadino y universal. Miguel Ángel Cortés, afincado en Sevilla, viene para brindarnos, como el maestro Paco, cositas buenas. Una seguiriya, principiada con acordes de zorongo, ya nos cuenta el poder de la guitarra de este Cortés, familia emblemática, aunque breve, de la sonanta granadina. Continúa en solitario con una soleá y, a partir de las alegrías, requiere el compás respetuoso del percusionista Agustín Diasera. Su toque es preciso, rico en tecnicismos y en sensibilidad. Sus finales son genéricos y efectistas. ¿Puede que parezcan clónicas las conclusiones de sus temas? Si las alegrías han sido bellas, los aires caribeños de la guajira son redondos y delicados. Los tangos no son convencionales. Se agradece ese nuevo planteamiento, que deja abierta la ventana a la experimentación. Para terminar, un poco de percusión, nos mete de lleno en unas bulerías que son un alarde de virtuosismo, de gracia y velocidad.

Patricia Guerrero se ha convertido en una de nuestras grandes esperanzas en el baile. No sólo es agraciada y domina los secretos del flamenco, sino que no deja de aprender. Cada una de sus propuestas es definitiva. Sale para comerse el escenario y se crece ante las dificultades. Aun llevando un cuadro de excepción, Juan Ángel Tirado y Miguel Lavi al cante, Luis Mariano y David Carmona a la guitarra y Miguel ‘El Cheyenne’ a la percusión, no se entendieron totalmente y se lo pusieron difícil a la bailaora, sobre todo en la soleá final. Fue un juego de gato y ratón. Sin embargo, donde hay arte, los escollos son alicientes. La entrega de Patricia fue entusiasta. Si nos gustan bastantes bailaoras, si le echamos flores a más de una, con Patricia además disfrutamos, vivimos el baile. Y es que trasmite. Rellena el escenario y pinta a sus mayores como pocas. Comienza por alegrías, paseando su palmito por el escenario, envuelto en cola de oro. Los martinetes de Tirado y Lavi son palabras mayores. ¿Quizá por no depender de nadie más? Las bulerías son una pincelada de buen gusto, sin trampa ni cartón, con traje de chaqueta corta (que “me lo ha hecho mi abuela”). Un solo de percusión termina esta bulería o comienza la inmensa soleá, con la que se cierra la noche. El pelo de Patricia es indomable. Las horquillas saltan como proyectiles. El público tiene las manos flojas y aplaude en cada desplante. Será por los concursos televisivos. La pieza es muy marcada y lucida, que cobra vértigo cuando alcanza niveles de fiesta. Patricia Guerrero vuelve a demostrar, solamente con esta soleá, que se encuentra entre las mejores, que, con 19 años, a ver con quién comparte el futuro.

* Patricia Guerrero. Guitarras: Luis Mariano y David Carmona, escondido tras el escorzo de la bailaora (© Nono Guirado).

Manolo Osuna y Leonor Leal. Solera y vanguardia

Manolo Osuna y Leonor Leal. Solera y vanguardia

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Manuel Torres, ‘El Niño de Osuna’, ronda los 80 años, poquitos más o poquitos menos, camufla el whisky en una botella de agua y dice los cantes como si estuviera en una reunión y no en un escenario frente a unas trescientas personas. Manolo Osuna se acomoda, saluda sin mirar a nadie y presenta el cante. Comienza por martinetes. Aunque mermado de facultades (habría que verlo hace treinta años o quince o tan sólo cinco años), tiene ese poso de flamencura concentrada que le hace auténtico. Sin reposo pasa a las seguiriyas, que son de Tomás el Nitri, de Curro Durse y de un puñado más de creadores tradicionales. ¿Contemporáneos suyos? Luis Mariano, con su guitarra sigue al maestro. Éste no le echa muchas cuentas al tocaor que tiene al lado, siempre afinado, siempre preciso. El recital continúa con soleares y termina con fandangos. Son sota, caballo y rey. Son sus temas, los que esperamos. No pidamos mucho más. Quizá una caña, una petenera, alguna otra toná. Riesgo ninguno. Pero, a media voz, llena el patio de pureza.

Leonor Leal es la vanguardia. El principal reto de un flamenco, de una bailaora, es encontrar un lenguaje propio. Leonor no sólo lo consigue sino que lo complementa con una estética despejada. Con el pelo corto, muy corto, y sus vestidos poco ortodoxos, su baile está lleno de verdad. Pertenece a esa nueva hornada de bailaores, cada vez más amplia, que dosifican su fuerza, que escuchan el cante, que reposan sus movimientos, que son capaces de danzar el silencio, que tienen la mente despejada y la mirada amplia. También sabe, como saben sus hermanos, que para tener éxito en la propuesta hay que estar bien arropado. Para ello, Antonio Campos dulcifica el cante, Tino Van Dersman compromete su guitarra y Raúl Botella suaviza la percusión.

La vasija, de origen nigeriano, comienza un latido, que introduce la caña. Leonor se muestra elegante en su vestido negro. Huye de toda convención y marca un compás estremecido. Antonio Campos enriquece la pieza con su fraseo y la novedosa soleá apolá que encaja por fiesta. El guitarrista holandés se queda solo con su guitarra para interpretar una marcha de Semana Santa. Es creativo y preciso. Limpio y reposado. Antonio sigue su estela y, desde la balconada, nos canta unos martinetes cercanos a la saeta, que cantaba Chocolate de Granada. Para las seguiriyas, la bailaora jerezana, viste un vestido negro de vuelo con asimétricas líneas blancas, que redunda en la escena, sacando partido a sus vueltas y su emoción. En las alegrías, Leonor desnuda su espalda. Una vez más muestra su esencia. El baile es un paseo. Cuando un bailaor se divierte, es muy posible que el público lo pase igualmente bien. La improvisación también está presente. El pellizco y el duende, no se pueden buscar, tienen que surgir. El cantaor granadino se explaya igualmente. En la fiesta introduce aires de Arcos y, para la coda final, abandona su escaño y canta a capela junto a la bailaora. Terminan haciendo mutis los dos juntos. Un generoso bis por bulerías pone fin a una noche realmente completa.

* Leonor Leal (© Daniel Muñoz).