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Flamenco

Made in Sacromonte

Made in Sacromonte

 

Museo Cuevas del Sacromonte

Desde principios de julio hasta principios de septiembre, todos los miércoles y viernes hay una muestra de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte, en lo alto del Barranco de los Negros. Allí, entre vegetaciones y estrellas, además de hallar una brisa que en Granada no se encuentra, podemos saborear el arte más autóctono del que tengamos noticia. El Museo tiene la doble virtud de juntar un flamenco de gran interés con artistas casi exclusivamente de la tierra. Por su escenario pasarán, entre otros, los cantaores Juan Pinilla, Pepe Luís Carmona, Sergio Gomez “Coloraito” o David Sorroche; los guitarristas Paco Cortés, Miguel Ochando, Luis Mariano, Emilio Maya, o Antonia Jiménez; y los bailaores Angustias la Mona, Ana Calí, Jara Heredia o Luís de Luís. Varios veranos lleva programándose flamenco en este rincón sacromontano. Por sus tablas han pasado prácticamente la totalidad de los cantaores, músicos y bailaores de nuestra provincia. Cada año hay mejoras. Pero es en 2008 cuando se profesionaliza el pequeño teatro al aire libre. El escenario crece en amplitud, las luces están más conseguidas, pero sobre todo se preocupan de cuidar el sonido, de manera que haya las menos fisuras posibles y, por ejemplo, los pies del zapateado, que es la asignatura pendiente en estos eventos, se oye con bastante nitidez.

La noche del viernes tuvimos un buen cuadro que, sin embargo tardó en calentarse. Jaime el Parrón y Manuel Heredia al cante, con las guitarras de César Cubero y Rafael Fajardo, dedicaron su buen hacer al baile de Encarni Heredia, Raimundo Benítez  y Yolanda Cortés. Una presentación en forma de tangos sirvió para conocer a todos los actuantes. La única incursión de cante fue un cuplé de la mano de Manuel Heredia, en concreto una adaptación por bulerías de la “Baladilla de los tres puñales” de Rafael de León, esa copla que bordaba Marifé de Triana. Para terminar la primera parte Yolanda Cortés baila unas alegrías con toda la fuerza y la raíz que imprime la cueva. La segunda parte, mejor que la primera, la abre un espontáneo. Es decir, sin estar programado, Antonio Gallegos, que hace las veces de presentador e ilustra con su conocimiento la entrada de la función, canta una soleá por bulerías, con la guitarra precisa de César Cubero. Acto seguido, Encarni Heredia baila unos tarantos bien llevados por las sonantas y por el cante, que le hace un guiño a Remedios Amaya. Encarni es la esencia, es el Camino, su baile se ve fresco a la vez que recoge varias décadas de bailaoras del lugar, especialmente de su madre “La Gallina”. Raimundo Benítez, que repetirá el sábado en el Festival de Huétor Vega, aborda unas seguiriyas con fuerza y compás. Lo tiene todo medido y bien medido. Sus pies limpios adquieren una velocidad de vértigo sin perder ni por un momento la compostura y la redondez del cuerpo en sus movimientos. Unas bulerías, pasada la media noche, marcan el final de esta velada que tuvo a la luna llena de testigo.

* FOTO: Venta El Gallo, en el Barranco de los Negrtos, camino del Museo

Lorca regresa de la Gran Manzana

Lorca regresa de la Gran Manzana

Poeta en Nueva York de Blanca Li

Por razones quizá políticas, quizá económicas o por simple falta de previsión el actual estreno de Lorca en el Generalife no es tal, sino una repetición. Gran reconocimiento y aplauso tuvieron en los inmediatos años pasados las anteriores propuestas de Blanca Li y Cristina Hoyos, que sustituirá a la primera durante el mes de agosto. No hay que restarle ningún mérito a estas dos reconocidas compañías. Pero la ciudad de Granada, sus habitantes y la memoria del poeta se merecen una constante renovación. Es como decir: "nos faltan ideas" o "faltan creadores que puedan ofrecer un espectáculo de altura". Yo me temo que la primera opción sea la que cuajara en el cerebro escurrido de los promotores de este evento, por la cortedad de miras de la Junta de Andalucía, que prefiere el éxito conocido que el riesgo por conocer. El pueblo, sin embargo, se inclina por la sorpresa de una novedad que por la quemazón, por muy bien que estén, repito, de dos obras ya vistas. Porque artistas de gran altura, que apuesten por una obra de igual calidad, no nos faltan en el panorama andaluz. Hay multitud de creadores, coreógrafos, músicos, bailarines… que están esperando una oportunidad como ésta para exponer su arte.

Esto, como es lógico, es ajeno a la obra y sus actuantes, que gozan de una extraordinaria salud. "Poeta en Nueva York" no despierta la sorpresa y admiración de cuando la descubrimos hace exactamente un año, pero ha ganado en consistencia y redondez. A lo largo de este tiempo, se han limado algunas aristas; se ha cuidado la dinamicidad en la sucesión de escenas, que no dan tregua; pero, sobre todo, se le ha dado un impulso definitivo a la música. La sonoridad está ajustada, milimetrada, sin fisuras. El zapateado de Andrés Marín, por ejemplo, que al principio era un apunte que se difuminaba, hoy cobra todo el protagonismo que, se supone, debe tener. El poeta de Fuentevaqueros habla a través de los tacones de Andrés tanto como con el recitado preciso de Javier Viana.

De todas las versiones de Lorca en Nueva York, es la más fidedigna. Quiero decir, que si nuestro ilustre paisano pudiera evaluar estaría encantado con esta representación cosmopolita y multidisciplinar, como él mismo. No se puede encasillar al poeta. Su mente estaba abierta, al igual que sus ojos. Así, Federico se convierte en un observador privilegiado que con su mirada crítica va descubriendo las bondades, pero también la crueldad de un mundo deshumanizado. Las encomiables voces de Carmen Linares y de Rob-Li sacuden el ambiente con sus tersuras acercándonos aquí y al infinito.

Tras un trabajo minucioso, Tao Gutiérrez compone y dirige el corpus musical que nos sumerge en otra dimensión. Sin ser flamenco, todo está lleno de flamencura. Sin ser un poema, todo se cuaja de poesía. Como resultado, más de una veintena de bailarines, de distintas disciplinas, y una docena de músicos, también de variado son, nos hacen disfrutar un espectáculo trepidante. Si quien lee estas notas, no formaba parte de los cincuenta y cinco mil espectadores, según las estadísticas, que vimos esta obra el año pasado, no duden ni un minuto en reservar su asiento. Si, en cambio, lo han visto ya y quieren ver la evolución y la natural frescura del mejor espectáculo que ha visto este escenario en el ciclo lorquiano, no duden ni un minuto en reservar su asiento.

* Fotografías y montaje ©: Nono Guirado.

Viernes flamenco

Viernes flamenco

El sábado me iba a la Sierra, a una especie de curso de astronomía, así que no quise concordar con el periódico ningún tipo de colaboración para ese día, que llegaría a enturbiar mis planes, además no deseaba enfrentarme de nuevo a una insegura publicación (ya llevo este mes un par de artículos que no han salido en prensa, con el engorro que supone subir al concierto, estar lógicamente atento, analizarlo, volver a casa, escribirlo al día siguiente y enviarlo). Así que pensé tan sólo disfrutar de la velada.

Tenía varias alternativas, pasarme por el Museo Cuevas del Sacromonte, para escuchar a Jaime Heredia y ver bailar a Ana Calí, que me apetecía mucho (al final fue lo que hice); podía ir a Huétor Vega donde presentaban la semana flamenca de esta localidad, con recital flamenco incluido; o podía pasarme por Churriana para ver a la agrupación “Atroz”, de mi amigo Manuel Mateo, que se sumergen en la música berebér que, aunque no es flamenco, quiero disfrutar de su música en directo.

El flamenco en lo alto del Barranco de los Negros, con el agradable fresquito sacromontano y una birra en las manos, es un placer asequible. Depués, si el flamenco es bueno, agradable o sorprendente, mucho mejor. César Cubero, con su guitarra, faltó a la cita. Lo sustituyó el toque sabio y limpio de Emilio Maya, que interpretó unas mineras para abrir boca. Son ocho o diez las grandes sonantas de Granada en la actualidad, y Emilio ocupa un puesto destacado. El cantaor Manuel Heredia continúa por levante haciendo unos tarantos. Su voz no está en la mejor forma y se le va de de la queja al gallinero. Su segunda entrega, un cuplé por bulerías, sigue por la misma línea de juzgado de guardia. Pero su voz gitana y sus continuos guiños a Manuel Molina y a Fernanda de Utrera encumbran su apuesta hasta engrandecerla. Para terminar esa primera parte, Ana Calí nos baila por cantiñas. Refuerza la voz Jaime Heredia, que se incorpora al cuadro.

Ana Calí es posiblemente la bailaora de Granada con mejor compás, con unos pies muy limpios y un gran sentimiento en el rostro. Aunque se prodiga poco sabe estar, domina el escenario y busca el lugar donde las tablas le son más propicias. Hecho de menos, como en otras ocasiones, la abundancia de luz, que realce el palmito de esta bailaora y eleve su estampa, flamenca donde las haya.

El protagonista de la segunda parte es Jaime, el Parrón. Con una voz recuperada, hace la soleá que le ha dado fama. Heredia es un cantaor de oficio, afillao y con temple. En sus días buenos es capaz de darle pellizcos a los mejores aficionados. En segundo lugar, hizo unos fandangos con grandísimas verdades del poemario popular. De este cantaor, podemos repetir, que está en buena forma.

De nuevo Ana Calí cerró esta segunda parte con una soleá. Si su primer baile fue bueno, su propuesta por soleares fue exquisita. Ana hace música con sus pies. Es de las bailaoras que no necesitan percusión. Si acaso un poquito de compás con las palmas. A veces nos recuerda a Belén Maya, sobre todo el movimiento de sus brazos, y a veces se remonta a Carmen Amaya, pero su sello personal es evidente y así lo impone.

El público respetuoso sabe aplaudir un concierto que recordaremos, un concierto presentado por Antonio Gallegos, conocedor como pocos que, además canta con mucho gusto y enjundia. Los merecidos aplausos que se prolongan, son agradecidos a su vez con un mandaíco por bulerías.

* El Parrón ©. Acuarela de Nono Guirado para "Acordes de Flamenco".

Andalucía crece

Andalucía crece

Estamos de enhorabuena los amantes del flamenco de raíz, aún se siguen grabando discos de la más estricta ortodoxia. El cantaor Curro Lucena, parcamente acompañado de una guitarra (Manolo Franco, Ángel mata o Román Carmona) y, en los cantes donde se precisa, el compás de unas palmas desnudas, hace un recorrido por cada una de las provincias andaluzas, cantando, con todo academicismo, el cante (o uno de los cantes) que la identifica.

Así, por orden alfabético, de Almería nos propone tarantos, de Cádiz alegrías, de Córdoba también alegrías, locales en este caso, (palo que se agradece por lo poco que se escucha y lo menos que se graba), de Granada granaína y media, de Huelva varios fandangos personales, de Jaén tarantos, de Málaga malagueñas del Canario y jabera y de Sevilla soleares de Alcalá.

Este recorrido se completa con dos nuevos aportes locales, un ramillete de fandangos personales provenientes de Lucena, la tierra que vio nacer a este añejo cantaor, y la caña de Ronda, que es la ciudad en donde vive actualmente. Con estos aportes, que, junto a los cantes mineros, es lo mejor del disco, Andalucía crece con dos nuevas provincias. Todo esto convierte a Ocho más 2. Andalucía, Lucena & Ronda en un documento de estudio, imprescindible en cualquier discografía.

* Título: Ocho más 2. Andalucía, Lucena & Ronda.Autor: Curro Lucena.Guitarras: Manolo Franco, Ángel Mata, Román Carmona.Edición: 2007

** Publicado en Acordes de Flamenco, nº 14.

Deconstruyendo el flamenco

Deconstruyendo el flamenco
57 Festival Internacional de Música y Danza de Granada
Siempre lo he dicho, la forma más coherente y respetuosa de innovar en el flamenco es avanzar mirando hacia atrás, no perder el norte, abonar nuestras raíces. Flamenco XXI: Ópera, café y puro supone una vuelta de tuerca en nuestro arte, un salto cualitativo hacia la modernidad y la vanguardia, sin olvidar ni por un momento a quienes sembraron las semillas. Tanto es así, que el sonido, lógicamente pregrabado, el cuerpo de músicos y cantaores, lo componen Manuel Vallejo, La Niña de los Peines, Juan Varea, Antonio Mairena, Niño Ricardo o Sabicas, entre otras muchas joyas de este arte.

También cuentan con el zapateado y a veces el mimetismo coreográfico de Antonio el Bailarín, Vicente Escudero o Carmen Amaya. Son muchos los que han querido desmontar el flamenco en escena, muchos los que han querido partir de lo añejo para exponer su revolución, léase Belén Maya, Israel Galván o Rocío Molina, pero nadie hasta ahora ha fusionado la pizarra con la fibra de vidrio en una misma composición, nadie comienza con la danza española para, acto seguido, ponerse en la órbita del transmetal. Algunas propuestas ya venían dadas, como las colaboraciones de Sabicas con Joe Beck en Nueva York o hill o’ the wisp de Miles Davis sobre Manuel de Falla y el Ensayo sobre el fuego. Sólo había que interpretarlas, con una mente abierta, con un minucioso conocimiento, con una técnica desbordada. Resultado, Flamenco XXI, una obra coral, fresca y distendida; muy trabajada y con mucho talento; donde, los veinticuatro artistas en escena son excelentes. Nadie se queda descolgado, no hay peros que valgan. Y, como prolongación del título, Ópera, café y puro, hace referencia a la época dorada del flamenco, a los cafés cantantes, de donde proceden todos los número uno para prestar su voz y sus dotes a este espectáculo.

Una gran labor de rescate. Inmejorable la forma de destilar el baile, de liberarlo de sus corsés clásicos, y, sin abandonar la raíz, como digo, llevarlo a un definido extremo de vanguardia. Se copian los guiños de entonces, se remedan sus actos, sus bailes, sus intenciones. Una gran labor el diseño del vestuario de Dospormedio y la caracterización de los personajes Rescatamos la escuela bolera, el baile español, la escuela sevillana, y la fundimos con el jazz, con la danza contemporánea, de la cual se abusa en varias ocasiones. Creo que es una manera de acceder a todos los paladares. Pienso que es la forma de acercar, el baile sobre todo, a quien lo encasilla en la queja y el volante.

Son dos partes bien definidas. En la primera se muestra la tradición y el deseo de traspasarla, de romper. Los moldes se van deshaciendo por sus costuras. Unas tonás sirven para presentarnos los personajes y ponernos en conocimiento de su buen hacer. Las producciones corales, conseguidas, no pretenden ser simétricas, sino equilibradas. Los movimientos de uno se imbrican en la pose del otro, lográndose un continuo agradable. En Café para piano apreciamos algunas individualidades, reflejo de nuestros mayores, dignas de elogio. Desde este momento, la ironía y la comicidad se añaden al conjunto, siempre bienvenidas en la manifestación de un arte de por sí serio y umbrío. La luz, aunque cierta, sigue siendo tan escasa como el recuerdo. Nos persigue la penumbra del flamenco. Siguen, en la misma tónica, las propuestas de Soleá, ópera y cine, con pasajes muy aplaudidos. Las milongas se presentan con cigarro, y La gran seguiriya es delicada y sabrosa. Después del intermedio, la obra se desboca, ya no hay paso atrás, el pasado está aprendido y demostrado. La electrónica impera.

Se impone un continuo ritmo de seguiriyas machacón, infernal, contagioso. El flamenco es pura esencia. Sus propuestas se estiran, sin llegar a partirse, hasta sus límites. Pasaje 2 es la farruca definitiva. Tres bailaores y una bailaora con bata de cola ponen toda la carne en el asador. De ahí al cielo. El espectáculo va creciendo en intensidad. El flamenco parte del día y de la hora que se estrenó esta obra, en Málaga en Flamenco 2007. La danza del fuego de Davis es espectacular, recuerda cuando Zappa interpretó el Bolero de Ravel. Un toque oriental tiene la zambra. El romance y el final mantienen el este buen nivel.

Flamenco al fresco

Flamenco al fresco

Museo Cuevas del Sacromonte

Con una actuación casera, familiar, comienza la temporada de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte. Hay que dar un pequeño paseo para llegar a este escenario al aire libre, pero merece la pena. Entre las permanentes vistas a la Alhambra y el fresquito que se impone a esas horas, la visita resulta de lo más agradable. También hay un autobús, inexplicablemente tan sólo uno cada hora, el 34, que nos deja al principio de la cuesta del Barranco de los Negros. Pero la subida no nos la quita nadie.

Arriba, con un precio asequible y durante todos los miércoles y viernes hasta septiembre, podemos saborear el mejor flamenco local, un flamenco autóctono que, en general, se suscribe a Valparaíso y sus alrededores. El Museo es como un oasis donde nos podemos entrecorchetear tomando algún refrigerio mientras saboreamos el arte sacromontano.

Abren el ciclo, como digo, una agrupación de flamencos emparentados con la saga de los Habichuela. Es un flamenco fresco, de consumo inmediato, en el que predomina el cante festero. Sus propuestas no son trascendentes. Parece más como un entrenamiento, como una fiesta privada, que no un conjunto de raíz con perspectiva. Su mejor baza es el entendimiento y el filing que destilan en el escenario. Aunque jóvenes, es reconocible su veteranía entre las tablas y el micrófono. Destaquemos el baile de “La Repompa” por alegrías y por fiesta; destaquemos la voz de Irene Molina que, cuando es más pausada, rezuma gusto y pureza; destaquemos al fin las percusiones de José Antonio Carmona Habichuela y “El Moreno”, sobre todo haciendo un mano a mano al final del primer pase, con el acompañamiento del bajo de Juan Masana.

Como puntos más oscuros podíamos citar una segunda guitarra que, tañida por el cantaor Raúl Molina “Mikel” o por José Antonio Carmona, actuaba como una chicharra enturbiando el toque limpio habichuela de Rafael Santiago; o la verbena formada cuando los coros se arrimaban a la voz principal; o los gallos en el cante descontrolado de Raúl. De cualquier modo, superando el aprobado, supone un buen comienzo para el rosario de noches con sabor que nos esperan en este escenario bajo las estrellas, que cuenta con el sonido cuidado de quien conoce las necesidades del flamenco.

Por este foro pasarán, entre otros, los cantaores Jaime el Parrón, Pepe Luís Carmona, Sergio Gomez “Coloraito” o David Sorroche; los guitarristas Paco Cortés, Miguel Ochando, Luis Mariano, Emilio Maya, Rafael Fajardo o Antonia Jiménez; y los bailaores Angustias la Mona, Juan Ramírez, Ana Cali, Encarni Heredia, Luís de Luís o Jara Heredia.

* Una anécdota no publicada fue cuando, en medio del baile, le hice un comentario técnico a mi padre, que me acompañaba, y una chica detrás nuestra, disfrutando como si fuera su primera vez, me llamó la atención preguntándome si me interesaba el flamenco. Estuve a punto de decirle que sí pero que no entendía mucho.

** FOTO: Rafael Santiago en La Platería.

*** Este artículo no fue publicado en prensa.

Jalonando el camino

Jalonando el camino

FEX

Poquito a poco, Patricia Guerrero se va abriendo un hueco en el mundo flamenco. Es muy joven, tiene tiempo, pero no hay que dormirse. Procura estar presente siempre que puede, sabiendo que esto es una carrera de fondo. El caminar se demuestra andando. Ha comprendido que un tanto por ciento muy elevado en el desarrollo para la buena consecución de un espectáculo de baile es sentirse arropada, bien arropada. Así, no ha escatimado esfuerzos y se ha rodeado de un gran cuadro a sus espaldas. Con la guitarra, el toque amable y certero de Luis Mariano y el incondicional David Carmona. Se entienden bien e imponen el tempo preciso para que la bailaora se sienta a gusto. Antonio Campos pasa a ser uno de nuestros mejores representantes del cante atrás que, junto con el jerezano Miguel Lavis y su voz rajada y agradable, ligeramente camarona, forman un tándem de excepción. El Cheyenne sazona este buen caldo con su respetuosa percusión.

Patricia apuesta fuerte desde un principio y elige alegrías para abrir la noche. Moviendo con gracia y estilo su bata de cola rosa, da la impresión que se le queda pequeño el escenario. Está todo ensayado y bien ensayado. Sorprende la naturalidad de unos movimientos imposibles. La escobilla es un regalo. Pero hasta que no termina y escucha la reacción del público no se relaja. Para la siguiente pieza estará más distendida. Sin apenas descanso, comienzan los acordes de ese homenaje que le hicieron Juan Pinilla y Patricia, a principios de este año, en la Chumbera a Víctor Quero “Charico”, posiblemente, si su vida no se hubiera truncado, estaría llamado a ser el mejor cantaor de nuestro tiempo. Juan, como artista invitado, sienta su magisterio en este preámbulo a la seguiriya. La bailaora, de riguroso negro, borda la trágica pieza. Sus vueltas son precisas. Violentas hasta disparar peligrosamente sus horquillas o lentas como un paso o valientes como torero. Son inútiles, en cambio, sus zapateados. El piso es sordo y está insuficientemente sonorizado. Cuando se retira, entre multitud de aplausos, ha pasado media hora bailando sin parar.

Una soleá interpretada por sus músicos, donde se puede apreciar la talla de estos, le dan el respiro suficiente para arrostrar el último baile. Con media cola verde, abanico y una buena pose, nos ofrece para terminar una fresca guajira, que canta Juan Pinilla con traje blanco. Los dos artistas se entienden perfectamente. El tiempo se pasa sin pensar. A la hora escasa, la totalidad del respetable en pie vitorea a la artista. ¿Ya ha acabado? Se nos ha hecho corto y ni una leve pataílla de fin de fiestas.

FOTO: Archivo de Granada Hoy.

Y que cumplas muchos más

Y que cumplas muchos más

57 Festival Internacional de Música y Danza

Eva Yerbabuena Ballet Flamenco

El Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena ha cumplido diez de los más saludables años que puede cumplirr una compañía. Son diez años coronados de éxitos y reconocimientos. Pero también de trabajo y colaboración. Son diez años que, merecidamente, han encumbrado a Eva al olimpo de las bailaoras. Hoy por hoy es una de las más grandes, de las más completas, de las más personales. Eva no se parece a nadie, se parece a ella y a lo que ha sido. Eva bebe de sí misma, del recuerdo y sostiene la sombra de sus mayores, llámense Carmen Amaya o Manuela Carrasco. Un tanto por ciento elevado del buen hacer de este Ballet recae en el guitarrista Paco Jarana, compañero de la bailaora y director musical de todas sus obras, cobertor imprescindible para las tiriteras de una creadora.

Paco y Eva, Eva y Paco, han querido celebrar este “Décimo aniversario” por todo lo alto. Dando lo mejor de sí, invitando a sus amigos, tanto dentro como fuera del escenario, como si la onomástica fuera en realidad de todos nosotros. Como entregados miniaturistas, cuidan hasta el mínimo detalle. No queda nada al azar. Como agradecidos a su memoria, recogen piezas de sus espectáculos anteriores y las hilvanan en una nueva obra tan delicada como rotunda.

Eva ha convertido en una seña de identidad la presencia en el escenario de algunos de sus bailarines, que ensayan movimientos ensayados, mientras el público se acomoda, impregnando el ambiente desde un primer momento de esa complicidad necesaria entre “los de dentro” y “los de fuera”. Parece que bailaran el murmullo de la gente. Parece que recrearan las advertencias en off de los minutos que faltan, la prohibición de las cámaras, la advertencia para los móviles.

Miguel Poveda calma la noche, rompe el silencio, con una preciosa nana (“Alba del hijo”) con la que se implica en el baile de Eva. Miguel le canta a Eva, la acuna con esa canción de cuna rescatada de “El huso de la memoria” (2006). Todos nos relajamos con la hermosa voz del catalán. Todos nos embelesamos con los sinuosos movimientos de la granadina. El cuerpo de baile al completo la sustituye en la serrana “Tórtola”, que es como un latido. Suena como el batir de las olas en un mar epicontinental. La “Torre de la Vela” es una granaína de la obra ya aludida. Arcángel la aborda con sedas y amores. Y las termina con abandolaos, que no llegan a ser de Granada. Y las remata con un fandango a capela, ya en el umbral, que es un regalo exclusivo a la bailaora que mueve la bata de cola blanca como si hubiera nacido con ella puesta.

Si en la serrana los bailarines eran caballos, en la farruca son cuatro toros que vindican su bravura. Un largo silencia precede a esta pieza. Los bailaores precisos danzan ese vacío, mecidos por el silencio de la noche, bajo los compases de las ranas y los grillos que requieren su espacio. Patrick De Banna, presta su cuerpo elástico en la seguiriya “Uña y carne”. Es un paso a dos que proviene de “La voz del silencio” (2002). Es una danza seductora, es una concesión a la danza contemporánea, que no le va tanto a la bailaora porque el flamenco le va todo. “Filigrana” es la guajira que canta Jeromo con mucho gusto y bailan las cuatro chicas del cuerpo de baile. La caña cadente y tierna de Segundo Falcón se mira en el espejo de Pilar López (bailaora no reconocida como se merece). “Quiero y no puedo” son los tientos-tangos de “Santo y Seña” (2007), que canta Miguel Poveda y Marina Heredia, donde Eva nos desarma, ronea como nadie, levanta pasiones.

Muy aplaudida, por la técnica y la originalidad, es “A galera” una coreografía montada e interpretada por Eduardo Lozano, basada en la percusión y ambientada por todo el cuerpo de baile. Y, para terminar, la guinda indiscutible, “Cadencia”, una soleá y bulería, procedente también de este último trabajo, que canta la voz sabia de Enrique el Extremeño sin apenas música (quien recogió más oles en la noche). Es un baile ralentizado, en el que Eva alcanza su matrícula de honor y es reverenciada entre todos los flamencos. Culmina con una rueda de bulerías, como fin de fiestas, que cantan todos los artistas invitados y la Yerbabuena, rodeada de arte y compás, da rienda suelta a su improvisada alegría.

Nuestro deseo, después de estos diez años gloriosos, es simplemente que cumpla muchos más.

El pequeño naufragio de un gran proyecto

El pequeño naufragio de un gran proyecto

57 Festival Internacional de Música y Danza

Con-vivencias

Un buen intento. La unión de dos voces privilegiadas, reconocidas en sus modalidades, ha sido todo un acierto. Decente en las individualidades, pero insuficiente en su complicidad. La expectación creada en un principio, el estreno de una obra arriesgada, el bautizo de Marina en el Festival, era toda una promesa, que se fue desinflando, como la voz poderosa de la granadina. Quizás en otro foro hubiera funcionado (o se hubiera perdonado la falta de sincronía), pero en el Patio de los Aljibes de la Alhambra y enmarcado en un evento de tal prestigio, todo el concierto se deshacía por sus costuras.

Con un sonido impecable da comienzo un recital con saetas, una andalusí, otra flamenca. La emoción nos embarga. Cómo dos músicas pueden ser tan iguales. El recinto de llena de sentimiento, de buenos espíritus. Pero comienza la música después de un breve silencio que parece un abismo. Es una suma de individualidades que no se coordinan. Marina está cortada, Amina esta ajena. En los ayes de la caña hay un intento de acercamiento, de comunión. El vaso lo ponen los espectadores, el hielo los protagonistas. Un cante clásico andalusí, en la voz de Amina Alaoui, es una buena propuesta, pero que termina por desconcertar al respetable. Las alegrías de Marina Heredia suenan como un viento fresco (incluso una brisa nazarí comenzaba a soplar en ese momento), sin embargo la voz languidece, se rompe sin necesidad.

Es el poema de Santa Teresa de Ávila “Nada te turbe” cantado en castellano por la parte árabe el que comienza a levantar el espectáculo. José Quevedo “El Bola” aporta en este cante un logrado toque por levante. Después de este somero éxito, el recitado de un poema de Ibn Jafaya (siglo XII) da paso a una seguiriya (o seguirilla) instrumental. Las dos partes, la musulmana y la flamenca, exponen su visión de este cante común y de su común encuentro. Es el tema en que más se podía apreciar el sentimiento mestizo, fue en cambio donde salio a flote la inmadurez de un concierto cogido con pinzas. Un aplauso especial al percusionista Idriss Agnel, hijo de Amina.

La granaína y su terminación con fandangos de Granada tampoco cruzaron el listón. Reconocemos la entradilla de Luis Mariano con su guitarra y las aportaciones del resto de los músicos, aunque continúan su tónica de desconcierto en los tangos, después de otra canción andalusí de Alaoui. La alternancia de tangos reafirman las raíces morunas de nuestro soniquete.

Después de estos desajustes, de estas promesas incumplidas, de este quiero y no puedo, la canción final, “Caminante” tomando los consabidos versos machadianos, fue un buen punto y final, con reminiscencias morentianas, quizá lo más conseguido, quizá lo más trabajado. ¿O fueron las ganas?

Como hermanos

Como hermanos

FEX - Orchesta Chekara de Tetuán

El encuentro no es nuevo. La fusión o la colaboración de la música andalusí y el flamenco llevamos viéndolo en estas tierras hace más de 20 años con “Macamajonda”, una obra, ya clásica, del poeta José Heredia Maya, con la colaboración de Addesdsadak Chekara (fundador de esta Orchesta). Después, se han asomado a este mundo desde el Lebrijano hasta Arcángel, pasando por Enrique Morente, Lole Montoya, Segundo Falcón, Ketama o Radio Tarifa. Son dos músicas hermanas, paralelas. Parece una la evolución de la otra. Incluso, los tangos de Granada provienen, a diferencia de otras ciudades andaluzas, de nuestro pasado andalusí y no de los vientos americanos que originan este cante. La Orchesta Chekara de Tetuán, en sus más de cincuenta años de existencia salvaguardando la música andalusí, lleva tiempo incorporando a sus espectáculos a artistas flamencos, y grabando con ellos.

El miércoles, en el Palacio de los Córdova, dentro de las actividades del FEX, estos músicos presentaron su obra “Tetuán-Granada-Sevilla, siglos de entendimiento y música”, que más que un concierto es una declaración de intenciones: “por encima de las nacionalidades y las religiones está el ser humano y nuestra madre tierra”, dijo Aziz Samsoui en la presentación. Por otra parte, este concierto es un doble homenaje de los 50 años de su existencia y los 10 años de la muerte de su fundador.

Curiosamente muchos de los palos del flamenco tienen su paralelismo en la música andalusí, el mismo nombre, la misma estructura, los mismos sonidos (seguiriya, farruca, soleá…). Así, este concierto no es una búsqueda ni una adaptación, sino un encuentro. Con un buen sonido, el aire de bulería impera en la pieza de presentación. La segunda entrega es una farruca que culmina por tangos. Los músicos se alternan, se imbrican. Los ayes musulmanes de Jallal Chekara o de Yuossef El Hossaini encuentran su eco en las voces de Vicente Gelo y Alicia Cuña. Con todo y con eso, una delgada línea separa aún las dos manifestaciones. Es la bailaora Mari Ángeles Gabaldón quién ensambla por completo los temas que aborda y los redondea con admirable sentido. Los aires abandolaos dan paso a otra farruca acelerada, y ésta a una soleá por bulerías, también bailada. El baile es ancestral y de ahora. Recoge el testigo de las bailarinas magrebíes y de las bailaoras flamencas.

La tradicional copla "Ábreme la puerta verde" por rumbas en la voz de Alicia es muy aplaudida. El recital termina con una seguiriya notable en la voz dulce de Vicente, que baila Ángeles con cola negra y palillos, lo que sorprende en un tema trágico. Ante la insistencia de los incondicionales asistentes, fuera de programa, interpretaron La Tarara, en la que participó el público.

* FOTO: Orchesta Chekara, sin flamencos (© Paco Sánchez)

Pinceladas flamencas en el FEX

Pinceladas flamencas en el FEX

FEX. 57 Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Una pincelada flamenca nos trae el Festival Alternativo este año. Una muestra eminentemente granadina de la mano de dos de grandes representantes de entre los jóvenes. Se trata de Juan Pinilla y de Patricia Guerrero, ganadores de la Lámpara Minera y el Desplante, respectivamente, en el Festival Internacional de Cante de las Minas en su última edición. El día 28 de junio, actuará en el Teatro Municipal José Tamayo Patricia Guerrero.

Nacida en el Albaycín, esta bailaora expone en sus espectáculos su gracia y empuje, gracias a sus múltiples horas de ensayo (lleva bailando desde los tres años) y sobre todo, su capacidad de mimetismo y aprendizaje, que actúa como una esponja o el azogue pulido que refleja el detalle de cada uno de sus maestros. Su baile está lleno de guiños del pasado, pero en él se destila un leguaje actual e íntimo, propio de quien tiene mucho que decir.

El sábado 5 de julio, le tocará el turno a Juan Pinilla. Este cantaor de Huétor Tájar, respetuoso con el cante y de una extremada ortodoxia, se va decantando como el sucesor de los flamencos comprometidos, que toman a nuestros poetas como verdaderos letristas de los anhelos y de la voluntad popular. Y no duda en traer a Ángel González por alegrías o a José Hierro por fandangos. Es un cantaor versátil, atrevido, pedagógico. Siguiendo la estela de su admirado Calixto Sánchez, ilustra su entrega con una pequeña semblanza de lo que va a cantar.

Hasta aquí el flamenco de raíz, por llamarlo de alguna forma. Pero la participación, la fusión, el mestizaje, se asoma en alguna otra ocasión a los escenarios del FEX. Tal es el caso de Alba Molina, artista tocada por la gracia sin igual de ser la hija de Lole Montoya y Manuel Molina, los míticos Lole y Manuel. El viernes 20 de junio, en la Huerta de San Vicente, Alba, acompañada por la voz jazzística de Vicky Luna y el guitarrista lebrijano Ricardo Moreno, realizarán un repertorio acústico de tradicionales boleros versionados entre el flamenco y el jazz.

Al día siguiente, en el mismo escenario, veremos lo que podemos denominar neo-flamenco. Detrás del nombre de Almasäla se esconde la artista Paloma Povedano, que fue cantante del grupo Ojos de Brujo, que, en su nueva aventura, hace una propuesta electrónica/ flamenco donde tienen cabida con toda naturalidad rumbas, bulerías o tangos.

Para terminar, el miércoles 25 de junio en el Palacio de los Córdova, tendremos la actuación de la Orquesta Chekara de Tetuán, que cumple 50 años. Su continua labor de conservación de la música andalusí y su acecamiento al flamenco, le han llevado a grabar con Enrique Morente o Segundo Falcón. Su presencia no sólo es sorprendente sino imprescindible para conocer el pasado y el futuro del flamenco.

* Juan Pinilla, en la foto (© Manuel M. Mateo).

Una Carmen deslavazada

Una Carmen deslavazada

Comenzando por el programa y pasando por el sonido, las luces y el montaje, la función “Carmen” de Bizet, interpretada por el Ballet Flamenco de Madrid, hacía agua conforme avanzaba. El folleto de mano, más que facilitar la aproximación a la obra, en general servía para desorientar al espectador. El argumento no se relacionaba con lo que estábamos viendo, los cantes estaban confundidos y los nombres de los actuantes brillaban por su ausencia. El sonido, aunque preciso en los directos, en la música grabada y en los efectos especiales entraba a destiempo y con una estridencia fuera de lugar.

Y la luz. ¿Por qué condenar a los bailaores a la penumbra permanente y a los músicos a la oscuridad absoluta? ¿Tendrán que ver las reminiscencias oscuras de un arte considerado menor y de cuartito o de pena o de queja? Por otra parte, la coreografía rayaba en la simpleza, salvo momentos puntuales de algunos bailaores, siempre en solitario, como la seguiriya que taconeara el bailaor que hacía de Don José. El argumento inconexo, lleno de tópicos, se salva porque Carmen ha llegado a ser un mito popular, representado cien veces, conocido grosso modo por todo el mundo. Por lo tanto, la lectura entre líneas no sólo era importante, sino imprescindible en esta obra.

Aunque no todo eran grietas. La veintena de bailarines coordinados en el escenario era un acierto. También la música en directo, aunque no se vieran sus intérpretes, hasta el punto de pensar que todo era sonido en off. En este apartado, sin lugar a dudas, destaco la soleá y, sobre todo, el martinete que interpretó el cantaor (anónimo, según parece), con verdadera queja, en el mismo escenario. También la rueda de tangos, acompañados tan sólo de palmas, “en la tabacalera” supuso un respiro de color entre esa apuesta gris.

Como resultado, una enésima versión de Carmen, con más pena que gloria. Agradable de ver, pero con evidentes lagunas. Propio para de un público poca exigente o para exportar donde el concepto del flamenco (o el folklore) es más amplio.

La siembra constante

La siembra constante

Festival de Baile a beneficio de UNICEF

La totalidad de los bailaores que pueblan nuestros escenarios actualmente han dado sus primeros pasos en una gran academia de baile con alguna bailaora de más o menos prestigio. A cualquiera que se le pregunte, ha subido a un escenario por primera vez con tres, cuatro, cinco o seis años, de la mano de alguna de estas maestras locales, antes de dar el salto, antes de buscar al próximo guía que le seguirá impulsando hacia delante, que irá limando sus formas para capacitarlo o capacitarla para actuar delante del público en un tablao, en una cueva, en una compañía. Así, cuando encontramos a una joven bailaora de 20 años, es más que probable que ya acumule un bagaje de al menos quince años pateando las tablas.

Eva Esquivel es una de estas maestras, que consigue despertar la afición y desentumecer el cuerpo a casi un centenar de jóvenes y niños de Granada y provincia, reunidos en dos agrupaciones: Grupo Zaidín y Grupo Ogíjares. A los cuales, anualmente, los empuja a un escenario para participar en un Festival de baile a beneficio de UNICEF. Éste es el octavo año que, con una asombrosa calidad, se presentan estos chicos ante un público expectante. Con un cuadro albaycinero (Sara Heredia y Antonio al cante, Antonio Heredia “El Chonico” a la guitarra, Julián Heredia a la percusión y Julio Muñoz al violín), Eva presenta el espectáculo bailando unos compases de Vicente Amigo, y, cerrará la noche con unos tientos dedicados a su madre. Eva es una bailaora completa, precisa y reposada, en la que todos sus alumnos se reflejan. Entre medias, todos los niños, por edades, y en grupos desde tres hasta veinte bailaores, dan lo mejor de sí.

Como es natural, hay altibajos. Se sabe quien tiene madera y quien abandonará muy pronto, aunque siempre hay sorpresas. Prueba de ello es que, conforme avanzamos en edad, el número de participantes es menor. Entre los mayores, en los que se encuentran los únicos dos varones de todo el Festival, puedo asegurar que una media docena o tal vez más encuentren un hueco en este mundo. A las más pequeñas, de tres a cinco años, que bailan rumbas; le siguen las de cinco a diez, que hacen alegrías o tangos; las medianas, de diez a trece, que interpretan bamberas, garrotín o bulerías; y las mayores, como ya he dicho, con alguna que apunta maneras, que bailan seguiriyas, martinetes y jaleos.

Esquivel y su cuadro de músicos, realizan de esta manera una doble función social. Por un lado, dan la oportunidad a todos estos chicos para que expongan sin tapujos su aprendizaje ante el público, en un verdadero teatro; y, por otro, colaboran con UNICEF, la agencia de Naciones Unidas que garantiza los derechos de la infancia.

* Eva Esquivel, en la foto.

Un encuentro antológico

Un encuentro antológico

El ’5 a las 5’ en Fuente Vaqueros

Lo mejor que nos llevamos de la noche del 5 de junio en Fuente Vaqueros fue la colaboración del maestro Manolo Sanlúcar y la granadina Marina Heredia. No sólo por la simbiosis, que pudo ser perfecta si no planeara una nube de frialdad en el escenario, sino por el feliz encuentro de dos sensibilidades reconocidas. Por un lado, un guitarrista que, a sus 64 años, después de algunos pasos francamente duros, se encuentra en un momento de reposada belleza en su forma de concebir el arte y trasmitirlo. Por otro, una cantaora que está llamada a formar parte de las grandes, una cantaora que ha ido creciendo desde la base, sin prisa, con los pies en la tierra, sabiendo que si la subida es lenta la cima es estable.

Tratándose de Fuente Vaqueros, del pueblo de su admirado García Lorca, con quien, asegura, hablar de tú a tú en su estudio, que visitó en el proceso creativo de Locura de brisa y trino, el trabajo que grabó en el año 2000 con Carmen Linares, tomando prestados los versos del poeta, Manolo escoge este trabajo como regalo de los 110 años que hubiera cumplido Federico.

Para abrir boca, antes de que saliera Marina al escenario, el guitarrista comenzó a caldear el ambiente con Maestranza, una de las piezas de su disco Tauromagia (1988), y las bulerías Tercio de varas, del mismo trabajo. El granadino David Carmona, que le acompañaba como segundo guitarrista, hizo en solitario una taranta de dulce. Es un tocaor de futuro, un referente, que llegará muy alto, según el maestro.

Para la segunda parte, si se puede llamar así en un concierto que no tuvo intermedios, salió una Marina respetuosa y agradecida para acompañar al genio de las seis cuerdas en sus creaciones lorquianas. En primer lugar, las guitarras abordaron esa inmensa carta de amor, con tempo de garrotín, llamada Carta a Doña Rosita, una verdadera obra de arte. A continuación interpretaron El poeta pide a su amor que le escriba. La joven Heredia reinventa la copla. Entre las tres, cuatro, cantaoras que he escuchado acompañar a Sanlúcar en este trabajo, me quedo con la albaycinera. Su tesitura, su aporte personal, el grito controlado, los altibajos imposibles, el sentimiento desbordante, vienen como anillo al dedo poético de nuestro compatriota. A esto le sigue Gacela del amor desesperado, un hermoso toque por levante, para terminar con alegre rumba Son de negros en Cuba.

Un concierto memorable con algunos interrogantes. ¿Por qué el maestro achacó su desconcentración y su falta de finura acostumbradas a los periodistas y, en concreto, a los fotógrafos que realizaban su trabajo al pie del escenario? ¿Por qué se mascaba la tensión en las tablas, limitando la alegría de una onomástica, no concediendo siquiera la gracia de un bis, como demandaba el público?

* Marina Heredia, en la foto, como una flor primaveral.

Una tesis de flamenco contemporáneo

Una tesis de flamenco contemporáneo

Flamenco viene del Sur

Entretenida. Sólo entretenida. Ni flamenco ni espectáculo fue lo que vimos el lunes para terminar el ciclo “Flamenco viene del Sur”. Así el broche de un festival quedó desajustado. Aleccionador, sin embargo, lo que se pudo leer entre líneas, que el flamenco se va haciendo, como el camino de Machado o la revolución de Carpentier, y la teoría es inútil sin este armazón que constituye el día a día de los flamencos. También es interesante asomarnos a las interioridades de la creación, tanto pragmática como intelectual, a sus tesoros y miserias, sobre todo miserias, que no es sino una forma de airear los trapos sucios.

Un escenario dividido en dos nos muestra esta dicotomía. Es una casa de vecinos en la que viven, en un lado un escritor (Luis Lara) que realiza una tesis sobre el flamenco contemporáneo, en el otro el bailaor Javier Barón que trata de montar un espectáculo. A partir de ahí, todo queda a medias, ni el teórico aporta argumentos interesantes al flamenco, aparte de desmontar lo añejo, ni el bailaor baila. Javier se da unas “pataíllas”, eso sí, muy bien puestas, pero que no dejan de ser una pincelada para abrir boca sin dejar satisfecho en ningún momento.

Que el duende no existe, nos lo dejó claro el escritor jerezano. Sin embargo, el pellizco, ajeno a esta obra, sí lo hemos sentido en más de una ocasión. Este espectáculo es para no iniciados, para pasar un buen rato con la excusa del flamenco, para reírse de unos chistes, al estilo de Florentino Fernández imitando a Chiquito, más o menos acertados, pero su abundancia llega a saturar.

De ocho partes diferenciadas consta la obra, donde se hace un recorrido incompleto del cante flamenco. Comienza por bulerías y acaba por bulerías. Es en este palo, y en la soleá, su hermana mayor, donde el cantaor José Valencia domina. Sin embargo, en las seguiriyas y, sobre todo, en las malagueñas, deja claro su desvarío.

Sin duda, lo mejor de la velada, aparte de los apuntes ya aludidos de Javier, ha sido la guitarra de Dani Méndez, el de Morón, que, con sus granaínas en solitario o con sus aportaciones por seguiriyas, se quejaba más que la voz.

Por último, un reconocimiento a una idea original. Simulando una videoconsola, se proyecta un videojuego en la pared, “Combate flamenco”, que es una lucha entre dos bailaores, en distintos escenarios, el barrio de Santiago en Jerez o las 3.000 viviendas en Sevilla, a ver quién no pierde el compás.

Foto: Málaga en Flamenco (© Carlos Díaz Martín)

Rocío Molina, fiel a sí misma

Rocío Molina, fiel a sí misma

Flamenco viene del Sur

Almario: dícese del contenedor, de variado tamaño, que se utiliza para dar cobijo al alma y a otros adminículos del propio espíritu.

Rocío Molina, pese a su juventud, encuentra el tiempo de recopilar, de echar la vista atrás y contemplar toda la herencia que le han donado sus mayores. Pero es consciente del momento en que vive y, lo más importante, hacia dónde camina. Así, el espectáculo Almario se convierte en una rendija donde podemos mirar los anhelos de esta bailaora malagueña. Rocío nos abre las puertas de su alma, nos lleva de la mano hasta su vestidor y allí, en el mismo escenario, se va cambiando de atuendo, según la pieza que va a bailar, según su estado de ánimo. Un recurso visto en otras ocasiones (Belén Maya, Isabel Bayón, La Moneta), pero introducido de tal forma en la obra que es como una prolongación del baile mismo o como el introito necesario para cuajar la escena. Rocío baila hasta cuando no está bailando. No abandona el escenario en ningún momento. No descansa. Su verdad la evidencian los espejos que reflejan su secreto y la ropa ligera que amenazaría sus titubeos.

La bailaora llega a las tablas vestida de cuero con fondo de tanguillos. Viene de la calle de un día cualquiera. Y comienza a reflexionar por tarantos, que dedica a Fernando Romero. Es un baile reflexivo y cargado de influencias. Pero, al mismo tiempo sorprendente y abrasivo. La sorpresa llega en forma de platillos en los dedos de ambas manos, dando un toque de oriental frescura a su propuesta. Poco a poco desaparecen los cueros, la chica de la calle que reflexiona y se enfunda en un vestido de cola, de tonos parduscos, para abordar la trágica y desenfrenada seguiriya ahora es una bailaora de antes que mira hacia delante. Quizá la poca luz, quizá el exceso de percusión, quizá el lejano acople de las guitarras, enturbiaran los delicados movimientos de la protagonista, su preciso zapateo. En uno de los espejos, escrito con carmín, reza la máxima “Se fiel a ti misma”.

Nuevamente se vuelve a desvestir y se encaja unos pantalones, se anuda un pañuelo y baila, de manera casi cómica, lo que da en llamar garrotín feo, que suena en off, con el inconfundible celofán de los discos. Detalles tiene este baile que estremecen. Participaciones del pasado, guiños a un baile ya extinguido. La dinámica continúa. Con un vestido rojo de vuelo y con mantón triunfa por bamberas. La belleza es indiscutible cuando el mantón está en sus manos, pero es sublime cuando lo deja caer. A esto le siguen unas bulerías de sabor jerezano, llamadas Mentiras, que todo cabe en Almario. Para terminar, fiel a sí misma, nos brinda una improvisación, que comienza con un poema al estilo de Manuel Liñán. Se va desvistiendo de nuevo, poco a poco. Se va descalzando y baila con sólo un tacón, después descalza. Sus pies juegan con el mantón extendido en el piso… Vuelve por fin a sus ropas de cuero y, con un gesto de cierre, hace mutis, como diciendo “ya está bien por hoy”.

* FOTO: Revista Acordes de Flamenco (© Eva París).

Flamencas en La Zubia

Flamenco tiene nombre de mujer

Por tercer año consecutivo, La Zubia se viste de volantes y celebra su festival “Flamenco tiene nombre de mujer”, haciéndolo coincidir con los “II Cursos Intensivos de Flamenco”, en sus modalidades de cante, baile, guitarra y percusión, con un profesorado de gran prestigio. El sábado, 10 de mayo, tuvo lugar, como digo, este encuentro flamenco que tiene a la mujer de protagonista. Como artistas invitadas, mostraron su buen hacer la jienense, de Jódar, Gema Jiménez, al cante, y la bailaora granadina, de Huétor Tájar, Silvia Lozano. El formato es acertado, el baile abre y cierra la velada y, entre medias, el recital de cante.

Unos martinetes de buena factura en la voz de Sergio Gómez “Coloraíto”, dan paso a las seguiriyas con que Silvia Lozano comienza sus propuestas. El tiempo y la dedicación han hecho de Silvia una bailaora reposada y elegante, con un notorio trabajo a sus espaldas y una recta exigencia. Se nota en su baile la huella de Mario Maya y su impulso definitivo. Destacan su soltura y los detalles. Le acompañan atrás, aparte del cantaor ya citado, Juan Ángel Tirado, también al cante, Alfredo Mesa, un tocaor de evidente progreso, y Miguel “Cheyenne” con la caja, uno de los mejores percusionistas de Granada. Para las alegrías, quizá su baile insignia, se encontraba más relajada. Un baile logrado que acompaña sin aspavientos; con la participación de todo el cuerpo y la sonrisa permanente en los labios, lo cual se agradece.

Gema Jiménez sustituye a Silvia en las tablas. Su bonita y potente voz y sus indiscutibles facultades se imponen de inmediato en el escenario. Su timbre agudo hace que la cejilla de la guitarra de Eduardo Rebollar baile entre el quinto y sexto traste. Su primera entrega va por la ciudad que la acoge. Una agradable granaína llena de melismas sienta las bases de un buen concierto. Sin embargo, su repertorio es conocido, no arriesga demasiado y comienza fría, quizás debido, aunque no es excusa, a la frialdad del público. La hemos escuchado mejor en otras plazas. Los caracoles de Chacón se han convertido en una marca que esta joven cantaora borda. Unas milongas dedicadas al maestro Valderrama continúan su entrega. A la que le siguen unos tangos en los que se acuerda, entre otros, de Fosforito.

Tuvieron que llegar los festivaleros fandangos para que gema se encontrara realmente a gusto. Dos letrillas cantadas con micrófono para cantar otra a boca de escenario. El resultado, la acústica y la reacción del público, le fueron tan favorables que este último fandango se convirtió en tres. La misma fórmula aplicó en sus bulerías finales que, como mandan los cánones, cantó de pie y acompañó con un generoso baile lleno de gracia.

Loles del Cerro reúne lo mejor de Granada

Homenaje a Loles del Cerro

El primer día de marzo de este año, despedimos con gran dolor el cuerpo de Dolores Rodríguez Cortés, más conocida como Loles del Cerro, la última de las bailaoras míticas de la época de esplendor del Sacromonte. A sus 77 años confesados todavía actuaba a diario en la cueva de La Rocío. Bailaba como ninguna los tangos del Cerro. Bailaba y cantaba, y, al decir de quienes la conocían, se inventaba las letras. Tenía todo un arsenal de letrillas de tangos que, en gran parte, se han perdido con ella. Nos queda su recuerdo, su familia, “La Porrona”, que también canta y baila a un tiempo, una de las mayores conocedoras de los tangos del Monte. Y nos queda su nieta, la bailaora Vero “La India”, puro arrebato de raza “sacromontana”, fiel reflejo de su abuela. Desde el día de su desaparición, comenzó a flotar en el ambiente la necesidad de brindarle un sentido homenaje que reuniera a todos sus amigos, admiradores y aficionados. Pues son muchos, por no decir todos, los que se sienten endeudados con esta gitana llena de gracia y de sal.

El día señalado fue el viernes, 9 de mayo, en el Palacio de Congresos. Los sentimientos se mascaban en el ambiente. La sala no se llenó por problemas de promoción, seguramente, pues el cartel, además de ser un lujo, dudo que se vuelva a repetir. Que se diera cita en el mismo escenario lo más granado de la ciudad, que es, le duela a quien le duela, de lo mejor de España, es un regalo exclusivo. Mucha verdad y mucho arte corrieron por las tablas. Todos pusieron lo mejor de sí en un gran homenaje que se extendió casi hasta las dos de la madrugada.

Abren la noche algunos representantes de la Zambra de “La Rocío”. Rafi Heredia canta tangos y alegrías que bailan con sabor a cueva Estela Rubio y Alba Heredia respectivamente. Desde Barcelona llega expresamente Montse Cortés para dejarnos tientos, bulerías, tangos de Camarón y soleares que baila con estilo y precisión el bailaor madrileño Alfonso Losa, que no aparecía en el cartel. La emoción llegó con “La India” bailando soleá por bulerías y acompañada por parte de la familia de Dolores: José Fernández, al cante, reforzado por Juan Ángel Tirado, Emilio Maya y Juan Habichuela nieto a la guitarra, y Juan Fernández a la percusión. La frescura desbocada de esta chica es uno de los valores más auténticos.

Manolete no llegó a bailar, pero dejó su sentir con unas palabras y presentando a Tomatito y a Morenito de Íllora. El guitarrista almeriense comenzó por tarantas, para continuar por bulerías y acabar por los tangos y bulerías que cantó el de Íllora. Tomatito es uno de los grandes guitarristas del momento. Su toque es limpio, gitano y de pellizco. Un momento esperado y reconocido en la velada lo protagonizaron Iván Vargas y Juan Andrés Maya, también de “La Rocío”. Su baile es una mezcla de estilos concatenados. Iván comienza por tangos, que se extienden por seguiriyas y abandolaos. Juan Andrés baila unas alegrías, quizá demasiado largas, donde da rienda suelta a todo su poderío.

Después de un pequeño descanso, Estrella Morente, acompañada a la guitarra por Miguel Ángel Cortés, demostró una vez más la plenitud de sus facultades. Estrella, que llevó a Loles del Cerro en su espectáculo “Pastora 1922”, hizo tangos y bulerías, que también bailó y se acordó de su padre, el cual le sustituyó en el escenario, sin duda el plato fuerte de la noche. Morente, con Paquete a la guitarra y Bandolero a la caja, nos hace bulerías y seguiriyas de fiesta, en las que introdujo alguna letra dedicada a la del Cerro. Juan Habichuela nieto sube al escenario después del maestro y, sin ninguna dificultad, mantiene alto el pabellón., interpretando un zapateado y unas cantiñas. La japonesa Maya le da un excelente contrapunto con su violín.

Para cerrar la noche, la guinda, como dijo Curro Albayzín, presentador del concierto, junto con Juan Pinilla, Marina Heredia mostró su buena forma y sus deliciosas maneras. Con dos guitarristas de bandera, Luis Mariano y Miguel Ángel Cortés, Marina nos sorprende con la bulería “Nuevo día” de Lole y Manuel y continúa con tangos de la penca, que terminan por Morente. Y, con un poema de Ataulfo que ensalza la figura de la artista, se despide un homenaje de leyenda.

En busca del tiempo perdido

En busca del tiempo perdido

Flamenco viene del Sur

Bonito, equilibrado, redondo. Sin aspavientos ni excesos técnicos. Una obra, Tejidos al tiempo, de la Compañía Flamenca “La Choni” con contenido y con continente. Algunos de los recursos utilizados, sin embargo, ya los hemos visto anteriormente, aunque no aparecen de ninguna manera trasnochados. Al contrario, disfrutamos de una puesta en escena fresca, valiente y dinámica, gracias al director Jorge Barroso “Bifu”.

La parquedad de un escenario bicolor, asimétrico, y una bailaora colgada como si fuera un muñeco de hilos, juguete del destino, nos saluda bailando por seguiriyas. Son interesantes los movimientos quebrados, automatizados, de la marioneta que cuelga del techo. Es sobresaliente la música amable, creada por Raúl Cantizano, que sostiene el armazón del espectáculo y actúa como verdadero diapasón de los momentos, compás del paso de un tiempo sin tregua.

En el ángulo izquierdo, a boca de escenario, un reloj de arena nos recuerda que estamos irremisiblemente unidos a la rueda del tiempo. El hombre de negro (con vestido de cola y paraguas abierto), que puede ser el mismo tiempo o su desenlace final, remata la pieza cortando los hilos que apresan a la bailaora brindándole un poco más de libertad, algunas horas regaladas a la inevitable muerte. Ya liberada, la bailaora sevillana, se despereza por Huelva.

Las bulerías, que aborda Alejandro Granados, el artista invitado, siendo lo más reconocible en su conjunto, constituyeron uno de los bailes con más pellizco. Alejandro es de elegante profesionalidad. Maestro de maestros. Reposa el baile, patea el horizonte, baila su propio eco reflejado en el éter. ¡Ole!, sin objeciones. Un ole también a la voz rotunda de Alicia Acuña. En la soleá “Una esperanza encontrada”, “La Choni”, muestra su lado más flamenco. Entre sus silencios, quizá excesivos, destacan su juego de brazos, su refinada estampa, el elegante vaivén de su vestido de cola.

Sin duda, el mejor momento de la función llega en forma de milongas. Vicente Gelo hace un cante entrañable, con muchísimo gusto y frescura. El baile es de una plasticidad exacta. La comunión entre el baile contemporáneo y el flamenco es la más conseguida que he visto en mucho tiempo. En otras ocasiones, ambas manifestaciones de la danza se muestran ajenas o mal calzadas. Es encomiable la aparente sencillez preñada de belleza de Asunción cuando se queda sola y se desdobla para bailar consigo misma, mitad hombre y mitad mujer, mitad negro y mitad rojo, el yin y el yan en una escena para el recuerdo.

Termina la función con una nana musical, interpretada con zanfoña y escobillas de de jazz, en donde los tres protagonistas recorren el escenario, hasta que “La Choni”, frente al reloj, comienza a devolverle arena, intentando recuperar así el tiempo que se pierde.

Quién baila hoy

Quién baila hoy

Posiblemente Granada sea la única ciudad andaluza donde se puede ver flamenco a diario. Y no un flamenco de relleno para contentar a extranjeros conformistas, sino un flamenco, en la mayoría de los casos, de una calidad considerable. Aunque durante todo el año esta muestra es abundante, en llegando el buen tiempo, los meses de primavera y verano, la oferta se multiplica. Así, cuevas, tablaos, bares y otros locales alternativos, sabiendo el poder de reclamo que tiene este arte, no dudan en llevar a sus escenarios –a veces asaz reducidos- a lo más granado del flamenco local e incluso de fuera de Granada. Hay flamencos de todo tipo, de segunda y de tercera fila, pero también primeras figuras que, si no están actuando fuera o tienen alguna grabación, se desperdigan por estos rincones para ofrecer su cante, toque o baile sin ambages de ningún tipo. Es fácil ver una noche a alguien de renombre o el flamante ganador de algún premio de prestigio. De esta forma, se cumple un doble objetivo. En primer lugar, estos pequeños escenarios se abastecen de los actuantes necesarios para cubrir una creciente demanda de propios y foráneos. Y, por otra parte, sirven de local de ensayo permanente para los flamencos que allí actúan, manteniéndolos en forma y en continuo crecimiento.

Desde las sagas sacromontanas, que se ocupan de su zambra o su cueva (como los Maya, los Heredia o los Canasteros), hasta los demás artistas de todos los puntos de nuestra geografía, mantienen viva esa llama del flamenco cotidiano.

Los aficionados al flamenco muchas veces somos reacios a deglutir de cualquier forma el flamenco a granel, popular y populoso, que nos venden sin ningún respaldo institucional o autorizado (festival, ciclo o concierto). Estamos equivocados, el iluminado momento del baile, ese pellizco exclusivo de un cantaor, el guitarrista que ha logrado redondear su falseta, a veces sólo se aprecia en una peña o en el lugar oficioso e informal a que nos referimos.

Cuando tienen la oportunidad, como digo, estos locales hacen un esfuerzo extra e invitan a una figura de fuera de nuestras fronteras. Tal es el caso del tablao Albayzín que durante todo el mes de abril ha tenido bailando a Juan Ramírez. Todo un lujo. Juan Ramírez (Mérida, 1959) es un artista polifacético que se ha decantado por el baile. En 2005 salió su primera grabación, Más flamenco que el tacón, un CD y DVD en el que no sólo baila, sino que compone música y letra e incluso canta en la mayor parte de los temas. También la Venta del Gallo anuncia de vez en cuando la presencia de algún flamenco de fuera. Juan Moneo “El Torta”, es uno de los cantaores jerezanos que ha repetido su presencia en esta cueva.

No deseo acabar estas líneas sin hacer mención a las peñas y su labor de salvaguarda del flamenco en su pureza. En Granada y provincia habrá una docena de peñas, abiertas al público en general, salvo determinados casos, que todos los fines de semana ofrecen algo de flamenco. La Chumbera es otro punto de referencia que, con un precio más que asequible, presenta todos los sábados una muestra completa y variada de flamenco local.