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Flamenco

Ogíjares, donde le corresponde

Ogíjares, donde le corresponde

 XXIX Festival Flamenco de Los Ogíjares

Definitivamente, el Festival Flamenco de Los Ogíjares recupera el lugar que le corresponde y, con un cartel antológico, vuelve a ser posiblemente la cita más importante en la provincia y, sin mucho equivocarnos, en un referente indiscutible en el resto de Andalucía. Zapatero a tus zapatos. No hay como dejar a la gente que entiende, en este caso la Peña Yerbabuena, que organice este tipo de encuentros. Respaldados incondicionalmente, como debe ser, por el Ayuntamiento de la localidad y por ende por la Diputación de Granada. El lugar, el Ferial de San Sebastián, es un recinto bien ordenado, con capacidad suficiente, con el ambigú bastante alejado las localidades, para que su inevitable murmullo no interfiera en el cante, con un escenario amplio (¿demasiado?) y decorado para la ocasión, que todos los años se llena con aficionados de todos los puntos.

Es el primer año, después de muchos, que la totalidad casi de las dos mil personas que nos reunimos allí aguantamos hasta el final (las cuatro y media de la madrugada), a pesar del frío sorpresivo que acosaba. Tal es la categoría del cartel. No sólo los cantaores ocupan las primeras filas del panorama flamenco actual, sino también los tocaores y la bailaora.

Juan Pinilla rompe la noche, arropado por el guitarrista local Jorge Gómez, con una serie de abandolaos, tradicional en su entrega. Continúa con la caña, la granaína y media, en la que se acuerda de Federico, unos fandangos festivaleros y acaba por levante, con un fandango minero y una levantica. El nivel comienza en donde acaba en otros festivales. La noche promete y nadie defrauda. Al cantaor de Huétor Tájar, lo sustituye Juan Antonio Camino, ganador este año del Concurso de Cante de Los Ogíjares. Posee este cantaor una voz potente y llena de facultades. Su primer decir llega en forma de malagueñas, que remata con fandangos de Granada. Después pasa a la soleá, a las alegrías, donde se echa en falta un poquito de compás, borda la granaína y media y termina con fandangos a boca de escenario, sin micro.

Calixto Sánchez, con su inseparable Manolo Franco, el guitarrista más aplaudido, principia su recital académico, poético, entrañable, con un par de malagueñas. “El romance de la pena negra”, de García Lorca, lo canta por soleares y la “Diligencia de Carmona”, del poeta sevillano Fernando Villalón, también del 27, por tientos-tangos. Su clara dicción y su fraseo suave embellecen estos textos. Las alegrías se convierten en el cante señero de la velada. Calixto acaba por las graciosas bulerías “La Manolita” incluidas en su último cedé “Andando el camino”.

Sin intermedios avanza un festival con la colorida bisagra del baile de La Moneta, que propone, en primer lugar, una soleá por bulerías y termina con unas magistrales seguiriyas. Aunque las tablas sonaran a bombo, aunque el espacio desangela, La Moneta rellena el escenario, impone sus pisadas sin complejos; destaca su figura y su fraseo sin igual; reúne fuerza y finura en cada paso, orden y frescura, delicadeza y valentía. Su cuadro le va a la zaga. De excepción son los cantaores Miguel Lavi y el Galli y los tocaores Miguel Iglesias y David Carmona.

Sin igual, perfecta, sin fisuras (acaso algún acople del sonido, pitidos imperdonables), Carmen Linares hace su aparición por alegrías, con la sonanta de Paco Cortés. Carmen suena limpia, tremendamente familiar. Sus letras son tarareadas por lo bajini por todos los asistentes. Los tangos son una delicia y su taranta y cartagenera estremecedoras. Termina por bulerías, pero, ante la insistencia del público, añade unos tangos de Granada como propina.

Vicente Soto “Sordera” trae el sabor jerezano de su familia. Se templa por soleá. Propone unos tangos con aires de Cádiz, para acabar siendo grande con las seguiriyas de Tío José de Paula y, sobre todo, con las generosas bulerías de su tierra con que se despidió. Culmina la prolongada fiesta el cordobés Julián Estrada acompañado de su exacto paisano Silverio a la guitarra. Su potencia y sus formas tan especiales son del agrado del público en las malagueñas, las alegrías, los fandangos, los tangos y especialmente en “La Salvaora” caracolera.

 * Juan Pinilla, en la foto.

Al alcance de todos los bolsillos

Al alcance de todos los bolsillos

Festival Flamenco del Zaidín

Con más problemas de sonido de los habituales se presenta el Festival Flamenco del Zaidín. Como es habitual en este barrio, la gratuidad de este evento, lo eleva varios enteros. Es la forma de popularizar la cultura. Es la manera de acercar el flamenco a todos los estratos. Sin embargo, las pretensiones de un festival, eminentemente granadino, son más grandes que los resultados.

De maestra de ceremonias actúa, Mariquilla que tiene mucho que ver con la dinámica del encuentro. Abren el festival los jóvenes Curro Vega, que canta abandolaos y peteneras, y Antonio Fernández, que comienza por seguiriyas, continúa por unos conseguidos fandangos y se va por fiesta.

Seguidamente, suben al escenario Antonio Gómez "El Colorao y Sergio Gómez "El Coloraito", padre e hijo, que dan una pincelada de su interesante montaje flamenco “Dos generaciones al cante”. Ole por el martinete a dos voces con el que introducen su presencia. Sergio hará unas milongas muy aplaudidas y unas sabrosas bulerías con remate camaroniano. Antonio, por su parte, abre con marianas, para demostrar después su largura y eficacia en la soleá y en la seguiriya.

María la Coneja impone su presencia en el escenario con el toque de castañuelas por bulerías que ha triunfado en todo el mundo. Le acompañan, Luis Mariano, Premio Nacional de Guitarra, Cañizares a la percusión, Alfredo Tejada al cante y las hermanas Heredia a las palmas y jaleos. Reivindicando su escuela sacromontana, La Coneja aborda los tangos de la penca. Acaba esta gitana, con gracia y poderío, haciendo unos tanguillos recitados llenos de sal y pimienta.

El baile por alegrías de Agustín Barajas pudo ser lo mejor de la noche si los micros no se hubieran acoplado, si los pies se hubieran escuchado y si Juan Pinilla no hubiera impuesto su magisterio en la clausura.

El cantaor de Huétor Tájar tiene algo de pedagogo, algo de showman y mucho de cantaor. Siempre es agradable su presencia y su animosidad. Una caña, que introduce por Chavela Vargas y culmina por bulerías, comienza su propuesta, que continúa por granaína y media bien moduladas. Hace un recorrido con fandangos abandolaos de Andalucía oriental. Y se despide con un cuplé bulerías mezclando un poema de José Hierro con letras de boleros. Fue el único que puso al público en pie.

*María La Coneja, en la foto.

Acaba el verano en el Sacromonte

Acaba el verano en el Sacromonte

 La crisis, se mire por donde se mire, también afecta a las esquinas del flamenco.

El miércoles pasado terminó la temporada en el Museo Cuevas del Sacromonte con la actuación memorable de El Niño de Elche. Han sido diecinueve noches intensas de recitales de cante, guitarra y baile, de las más grandes ofertas en duración de toda Granada. Desde primeros de julio hasta principios de septiembre ha pasado por el escenario de este rincón de Valparaíso lo más granado del flamenco joven local. Y no tan joven, recordemos la presencia de Angustillas “La Mona” o de Jaime Heredia. Y no tan local, pues pudimos ver al Niño de Elche, ya mencionado, o una agrupación notable de jóvenes motrileños. También ha habido sorpresas, como cuando bailó Eva Esquivel sustituyendo a “La Repompa” o los encuentros de Juan Pinilla con “El Parrón” o la levantica que le cantó a Jara Heredia.

Casi todo el grueso de los actuantes, sin embargo, han sido sacromontanos, o albaicineros, que en este caso es casi igual. Destaquemos las guitarras supremas de Luis Mariano, Miguel Ochando, Emilio Maya o Rafalín Habichuela; aplaudamos el baile individual y determinante de las hermanas Heredia, de Ana Calí, de Raimundo Benítez, y, sobre todo, de Luis de Luis, a solas o con su pareja Esther Marín; distingamos los cantes de Sergio Gómez, de Álvaro Rodríguez, de Pepe Luis Carmona, de Aroa Palomo y de tantos otros; hagámosle un guiño final a las percusiones de “El Cheyenne” o de “El Moreno”. En definitiva, un nutrido grupo de artistas que nos han hecho sobrellevar con alegría las noches estivales. Los conciertos (al aire libre, por supuesto) han tenido lugar los miércoles, avalados por la Diputación de Granada, y los viernes, organizados por ellos mismos, con no pocos esfuerzos.

Aparte del lugar privilegiado enfrente de la Alhambra, este Centro, que funciona todo el año como museo, cuenta con un ambientado ambigú que complementa nuestra estancia.

Con respecto a pasados años, han aumentado las noches de flamenco (los días alternos se proyecta cine también a la intemperie), ha mejorado el escenario natural y, por encima de todo, se ha cuidado el sonido, aunque no siempre estabo ajustado. Fallan todavía el juego de luces o los monitores, por ejemplo. Son asignaturas pendientes que seguramente se aprobarán en el curso próximo.

* Juan Pinilla le canta una levantica a Jara Heredia (© Nono Guirado).

La Moneta, una bailaora con carisma

La Moneta, una bailaora con carisma

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Por segundo año consecutivo, La Moneta cierra Los veranos del Corral. Y no es un tópico decir que pone el broche de oro a estos Encuentros flamencos. A esta bailaora granadina la vamos siguiendo desde hará unos seis años, desde que ganó el “Desplante”, el primer premio de baile en el Festival Internacional de las Minas de La Unión. Es asombroso ver como evoluciona. Como canaliza una fuerza que siempre la ha acompañado. Como va trasladando un baile de pasión al raciocinio de quien sabe lo que hace y por qué lo hace, sin olvidarse del ánima y del arrebato improvisado. Sus ojos bailan a la vez que su cuerpo. Sus manos son dos fuegos fatuos que siempre anuncian buenas nuevas. Es una bailaora que se para y que escucha, que sabe sacarle partido al silencio.

A veces nos regala su sonrisa, pero el viernes, de tan concentrada, era pura tensión. Parecía que arrojaba el baile, que le salía a borbotones, que había abierto la caja de Pandora y se habían liberado todos los truenos. Una tormenta que electrificaba a todo el público, que lo hipnotizaba. Su taconeo preciso, siempre argumentado y coherente, es pura música, doblemente agradecida por haber tenido el buen gusto de no incluir un percusionista en su cuadro. Un cuadro de lujo, donde El Galli y Miguel Lavi son grandes por seguiriyas y por malagueñas y por soleares. Las guitarras de Miguel Iglesias y de David Carmona cobran vida propia, aunque a veces no se acaban de entender.

Y, como artista invitado, rellenando el escenario con su sola presencia, Manolo Osuna, cantaor octogenario con una voz privilegiada (potencia, timbre, afinación), que abre la noche con unos fandangos de regusto antiguo y le canta a La Moneta una soleá de antología. Si este cantaor hubiera nacido en otra parte, compartiría la gloria con Caracol o Chacón. De terciopelo negro aborda Fuensanta esta soleá llena de fuerza y fineza, de rabia y dulzura. Le duele cada paso que da, cada uno de los veinte minutos que dura su entrega. Hace guiños al pasado y, me atrevo a decir, también al futuro que hoy comienza con sus vueltas y sus paseos, con sus escobillas y ese “echarse pa’ tras”, esa “caída” tan de la tierra, que volverá a repetir en su baile final.

La guitarra de David se queda sola e interpreta esa taranta que tuvo el beneplácito de Sanlúcar y ya forma parte del patrimonio flamenco granadino. Miguel Iglesias toma el relevo, tocando por farrucas. La Moneta, con camisa y pantalón, se impone. Solo suenan las guitarras y el zapateado, y a menudo el silencio. El silencio absoluto. Ni una mosca. Si no miras para atrás te crees solo en el patio. Respeto, tensión y mucha feminidad. Gloriosa farruca.

Termina por seguiriyas, su palo estrella. Tanto se adapta a la seguiriya, como la seguiriya se adapta a ella. Son palabras mayores. Fuensanta mastica el compás. No busca el duende, sino que el duende la busca a ella. Y, cuando se encuentran, lo exprime, lo retuerce y sigue esperando. Y, cuando termina, abandona el escenario con el mismo ímpetu y carácter con que subió sus peldaños, como diciéndonos que podría seguir bailando un par de horas más sin ningún problema. Al final, es la artista más ovacionada de este ciclo estival.

* La Moneta. Foto de archivo (© Nono Guirado)

El paladar de Edu Lozano

El paladar de Edu Lozano

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Flamenquísima la actuación de Edu Lozano el penúltimo día de Los veranos del Corral. Edu Lozano, evidencia su paso por las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, y despega en solitario afianzando su carisma de bailaor imprescindible en el joven panorama andaluz. Con una técnica fuera de lo común y un compás preciso, Edu va deshilvanando su baile como quien no quiere la cosa. Quiero decir, que su presencia en el escenario, la primera impresión, no es la de un bailaor al uso (pasa igual con Fran Espinosa), pero su baile sencillamente arrebata.La música es una anécdota al servicio del baile, que el joven cordobés sabe utilizar. Su baile es reposado, lleno de silencios sugerentes y graciosos guiños de complicidad. Zapatea en su primera entrega dando lecciones de dominio, creatividad y alegría, como si fuera una fiesta. No se repite. Nunca se repite. El bailaor se renueva a cada paso, mientras su particular camino machadiano se va componiendo y llenando de color.

La segunda propuesta de la noche son unos tarantos, en extremo ralentizados, que baila su invitada, y presumiblemente su pupila, Estefanía Cuevas. Algunos momentos inmaduros los va paliando con buenas formas y un baile racional que seduce. Antes de convertir el levante a tangos, Estefanía los va anunciando con la danza más pesada y sensual. Para las seguiriyas, Edu Lozano aguanta el tipo. Congelado en la boca del escenario espera a que la sensible guitarra de Manuel de la Luz introduzca su falseta y que el cante de Pepe de Pura haga su entradilla. Después, el silencio se rompe con el latido a compás de la percusión atenta Juanfra González. Edu baila con todo el cuerpo, zapatea, mueve la cintura y los hombros, se palmea en las piernas y en el pecho… ¡Ay, si más de un bailaor de la tierra lo hubiera visto y tomara buena nota!

Para terminar, sin necesidad de quedar exhaustos, un soniquete moruno anuncia tangos cercanos a Granada. Otra vez tangos. El compás de cuatro tiempos impera. A Manuel de la luz lo apoya, como segunda guitarra Jesús Majuelo. Bien por el cante modulado de Jeromo Segura. Estefanía los aborda como en su anterior entrega, a cámara lenta. Es tan difícil como sabroso. Lozano, con traje blanco, salta a la escena y comienza un paso a dos pleno y satisfecho, lo que nos recuerda que este bailaor es también un buen coreógrafo (recordemos sus aportes al espectáculo de la Yerbabuena). Una propina por bulerías rematan una noche con mucho paladar. De las dos o tres mejores vividas este año en el Corral del Carbón.

* Edu Lozano en la foto (© Paco Sánchez)

Apostar sobre seguro

Apostar sobre seguro

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Finura, limpieza y rapidez de ejecución son algunas de las características que distinguen al joven de los Habichuela. En la velada del miércoles vivimos un momento histórico para el flamenco granadino. El patriarca Juan Habichuela le pasó el testigo a su nieto, del mismo nombre, entregándole simbólicamente una guitarra, salida de los talleres de José López Bellido. Hasta aquí, un acto emotivo, nada más. Pero si consideramos que Juan está entre los mejores guitarristas de la actualidad, y en cuanto acompañamiento es sin duda el mejor; si tenemos en cuenta que Juan es el cabeza de una de las sagas flamencas más importantes de Granada y del resto de Andalucía; si comprendemos que Juan ha acompañado a los más grandes cantaores durante varias generaciones sin fisura ninguna; si añadimos que Juan tiene plena confianza en su sucesor, que apuesta sobre seguro, reconociendo a su nieto como el bastión necesario en su familia, digno de llevar su mismo nombre y su confiado espaldarazo; amigos, estamos viviendo, como digo más arriba, un momento histórico. Sería palabrería, no obstante, lo que cuento, si el delfín no demostrara con creces esta tácita distinción. El abuelo Juan le regala la guitarra, como todos hemos visto, pero con ella le traspasa también un corazón que late por tangos y un río de sangre donde flotan a la vez la sensibilidad y el carisma.

El joven demuestra la importancia de un nombre y viste una vez más de largo un apellido que tiene el futuro garantizado. Juan comienza por granaínas. La tierra lo impone. El toque es difícil y generoso, lleno de matices y aromas. Puro almíbar. Continúa por guajiras, igualmente en solitario. Sus propuestas nos pueden remontar bastantes años hacia el pasado, pero con la frescura de unas manos de diecinueve años, puestas entre las cuerdas y las estrellas. Para el zapateado, ya clásico en el repertorio de este tocaor, se hace acompañar del violín de Maya. Todo instrumento emborrona la guitarra del Habichuela, incluso la voz de María Toledo en las alegrías, pero sobre todo la caja galopante de Luky Vega. Termina el mismo cuarteto difuso mostrando unas bulerías de vértigo, cogiendo de base “Lo bueno y lo malo”, un hermoso tema de Duquende, que grabó en 1993, con la guitarra de Tomatito. Aunque esté bien acompañado, hoy por hoy, Juan Habichuela Nieto suena mejor en solitario.

Después de esto, cualquier propuesta puede resultar pobre. Al bailaor granadino Luis de Luis le hemos visto días mejores. ¿Dónde está el reposo intencionado de otros tiempos? ¿Donde están los amagos inacabados, llenos de pellizco, con los que nos conquistó este bailaor? Puede que sea la responsabilidad del escenario o la compañía de un cuadro deslavazado y estridente. El caso es que Luis no estuvo a la altura. Fue un bailaor de arrebato, como tantos otros, llenos de sombras y ahogados en su propia necesidad de contar. Sin embargo, su planta no se la quita nadie. Es elegante y tiene algo no pulido que brilla sobremanera. Los martinetes con los que principia su entrega quizá fueran lo mejor (los cantaores sin la batalla de los micros), que continúan por abandolaos (ritmo del que abusa) y los remata por levante. Con la misma tónica, baila también seguiriyas y bulerías. Sus músicos, cuando Luis se prepara para la próxima danza, nos brindan farrucas y tangos. Nuevamente destaco la percusión justa y respetuosa de El Cheyenne.

* Luis de Luis (© Gabi Pape)

El lenguaje de Belén Maya

El lenguaje de Belén Maya

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Hay bailaores más o menos creativos, Belén Maya va abriendo camino. Si quieren contemplar la evolución del baile sin estridencias, con varios años de antelación, vengan a ver a esta bailaora. Hacía tiempo que no veíamos a Belén Maya en formato reducido, en un recinto pequeño, casi al alcance de la mano, fuera de una obra, bailando por bailar, sin necesidad de ajustarse a un argumento (aunque sus historias pasan por ser las más bellas que este arte posee). Hay quien tacha a Belén de heterodoxa, de un vanguardismo ajeno. Pero lo que baila esta granadina de sangre es flamenco, puro flamenco, y algo más. Ver a Belén siempre es una fiesta distinta de la anterior. Sus actuaciones acaban con un punto y seguido, para seguir avanzando con algo nuevo en el próximo encuentro.

Un gran cuadro la arropa. Unos músicos compactados, a los que conoce bien y les deja hacer. Y, con su vuelo, ella vindica los cielos. Todos son protagonistas, desde José Luis Rodríguez a la guitarra, que compone los temas, hasta Ana Calí, buena bailaora y flamenca humilde, que aprende desde atrás, aportando el lujo de sus palmas, pasando por Jesús Corbacho, de la gran hornada de cantaores onubenses, y La Tremendita, cantaora jerezana rebosante de almíbar. Ella escucha la guitarra y retoza en sus acordes. Ella escucha el cante y se empapa con la voz.

Belén nos dejó tres muestras de su baile tan original como imitado. Fueron tres delicadezas, a cada cual mejor, en las que trasmite paz y seguridad. La paz de quien desnuda un sentimiento, con sus palabras, con sus caricias. La seguridad de quien conoce su cuerpo y lo domina.

Comienza el recital con una lucida rondeña de José Luis. Son sus señas de identidad. Estamos ante una guitarra de las grandes. Belén Maya, a continuación, aborda unos tangos de Granada. Su nerviosismo dura apenas unos minutos. Rápidamente controla e impone su magisterio. Desarma con sus manos, derrota con la cintura, seduce con sus ojos. Mueve la bata de cola como pocas y enseña sus cartas de movimientos orientales, de posturas imposibles. Jesús Corbacho se decanta por guajiras, bellas en su timbre, mientras Belén se prepara para lanzarnos las flores de su baile descalzo con bata roja de volantes azules. Es una canción de sabor asturiano, es un trémolo con el que Rodríguez rinde personal homenaje al Niño Miguel. Belén demuestra que el tacón punta no es imprescindible. Muñequea en el aire, baila con el suelo, se silencia para volver a la vida. Es el nacimiento de la primavera. Y, a su final, todos respiramos.

Rosario Guerrero “La Tremendita” nos obsequia con una soleá llena de matices que merece continuos oles. Puede que estuviera mejor que cuando estuvo en este mismo escenario el pasado 6 de agosto. Para terminar (o para poner suspensivos), el sentimiento de unaa seguiriya invade el espacio. Belén, de riguroso negro, aunque informal (viuda de sí misma), rompe con este baile. Es arriesgado, valiente y dispar. Con su baile, la hija de Mario Maya, cuenta lo de siempre, pero con un evolucionado lenguaje personal.

* Belén Maya bailando por seguiriyas (© Nono Guirado).

Un poco de arena

Un poco de arena

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Ya le comenté a Juan Ángel a la salida del concierto, “si hubiera durado dos horas más lo mismo triunfas”. El caso es que cada vez estaba más templado y seguro. Cada vez conectaba más con el público, curiosamente por olvidarse de ellos.

El cantaor granadino Juan Ángel Tirado, con un eco muy gitano y un carraspeo heredado, comienza la noche por martinetes. Entra inseguro. El respeto impide mirar a los ojos de los asistentes. Con todo y con esto, arranca algún ole que afianza su entrega. Continua por levante. Muy sabrosa la cartagenera clásica. Emilio Maya a la guitarra suena limpio, creativo y granadino.

En la soleá por bulerías, arropado ya por todo el cuadro, El Cheyenne a la percusión y Primo Rana y el Niño de la Luisa a las palmas, se siente más seguro, pero no acaba de cuajar. Las seguiriyas aceleradas son para baile, demostrando que es un buen cantaor de atrás, que no está preparado para saltar al escenario en solitario. ¿Le falta ensayo? ¿Le faltan estudios? ¿Necesita estímulos? Su mejor aportación son las bulerías finales, aunque el mérito, me temo, es de todos los músicos.

El Galli o Moi de Morón, dos de los cantaores que salieron con el bailaor Pepe Torres en la segunda parte, puede que hubieran hecho mejor papel que Juan Ángel. El sentimiento y la jondura de uno y otro son encomiables. El Canastero, el tercer cantaor, fuerza la voz innecesariamente, afeando su cante. Un falso mito impele a los cantaores a la ronquera voluntaria, pensando que una voz rota es más apreciada. Rafael Rodríguez a la guitarra es preciso y certero, de sabor añejo y toque moruno. Parece que a veces tañera un laúd.

En cuanto al bailaor sevillano le sobraba algo o le faltaba algo, que no termina de redondear. En sus propuestas se espera un remate, un estallido que no llega. Pepe Torres es un bailaor de la antigua escuela sevillana, con profusión de brazos y zapateado ajustado. A veces cercano a la ortodoxia de El Güito, pero con menos peso, a veces cercano al baile de Marco Flores, pero con menos gracia. Pepe bailó alegrías y terminó con una soleá. No sorprendió en ningún momento. Lo mejor fueron sus músicos que, entre los dos bailes, interpretaron unas seguiriyas muy apreciadas.

Para mí, el pasado jueves, dentro de un nivel, fue el día más flojo de la Muestra. Después de tanta cal, ya se sabe, un poco de arena.

* En la foto: El Galli, fragmento (© Paco Sánchez).

Un cierto sabor antiguo

Un cierto sabor antiguo

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Encontramos un nexo en común en las dos artistas programadas el miércoles en los Encuentros de Los veranos del Carbón: su mirada hacia atrás. Aunque, mientras la cantaora trianera, “La Tremendita”, no abandona las aguas poco profundas de sus mayores; la bailaora jerezana afincada en Sevilla, Leonor Leal, abandona la orilla, sin preocuparse de que la ropa esté a buen resguardo, y se abandona en el piélago profundo, descubriendo nuevas aguas.

Rosario Guerrero “La Tremendita”, acompañada a la guitarra por la segura apuesta de Salvador Gutiérrez, al que todos buscan, tiene un cante agradable, pero contenido. Parece que se frena en su falsete e imposta una voz que no termina de estallar. Aunque su potencia es limitada, su modulación y el buen uso del micrófono palian su carencia. Con un homenaje a La Paquera por tientos comienza su actuación. El público está frío y la cantaora no es capaz de despertarlo. Al contrario, es Rosario Guerrero la que termina contagiándose de ese letargo. Su recital continúa por Cádiz. Es agradable escuchar un cante con altibajos extremos sin necesidad de gritar.

La Tremendita es caracolera y chaconera en las granaínas. Un aplauso continuo merece la guitarra sensible, rápida y limpia del sevillano. Los tangos de Granada no alcanzan la altura deseada, sin embargo, puede que sean los más correctos escuchados hasta ahora de artistas foráneos. La primera parte termina por bulerías y, de regalo, un buen fandango de El Gloria a palo seco a pie de escenario.

Leonor Leal, después de un breve intermedio, es generosa en su entrega. Las guitarras sordas de Tino van der Sman y David Vargas anuncian tangos, que la bailaora aborda con un lenguaje personal, delicado y elegante. Su misma imagen, con el pelo corto y un vestido poco flamenco, acentúa esta diferencia. Ronea en los tangos y se hace querer. Tino, el guitarrista holandés, nos deja una gran taranta, mientras la bailaora se prepara para la farruca. Tradicionalmente, éste es un baile de hombres, hasta que lo engrandeció Carmen Amaya, como ella, muchas lo han bailado con pantalón y traje corto. Leonor, vestida de hombre, pero tremendamente femenina, borda una farruca rebosante de arte y de matices, con un zapateado casi imposible, que parece tan sencillo…

A la manera de Arcángel, los dos cantaores, Javier Rivera y Jeromo Segura, entonan unas bulerías muy conseguidas, donde su comienzo y su remate lo interpretan a dos voces, mientras Leonor, con vestido claro, se prepara para las alegrías. Una nueva sorpresa, una nueva alegría (valga la redundancia), que una bailaora de Jerez no tenga el marchamo de su tierra bailando por Cádiz. Su delicadeza y gracia se imponen. Se queda sola en las escobillas y parece que nos roba el aire. La noche es suya y lo sabe. Tiene un buen cuadro que la arropa, el sonido es inmejorable, la iluminación correcta, la plaza es un lujo. Y ella, sin más, triunfa.

* (FOTO © Nono Guirado) (le he quitado rojos a la foto original, que se imponían demasiado, enturbiando las alegrías, espero que Nono lo entienda).

El baile desenfadado de Rafael Campallo

El baile desenfadado de Rafael Campallo

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Otra noche agradable nos trae los Encuentros Flamencos del Corral del Carbón. Aunque el programa doble de la mayoría de los días no acaba de encajar, una actuación notable palia a la anterior con deficiencias. No digo que haya espectáculos de segunda, de ninguna manera. El simple hecho de estar programado en este ciclo, ya es garantía de calidad y de grandes expectativas. Pero hay quien no cuaja en algunos detalles, en alguna propuesta, en su resultado final.

Así, la velada del martes contó, en primer lugar, con el guitarrista cordobés Niño Seve. Con buenas dotes interpretativas y una técnica reconocida, comienza por levante, para proseguir por las alegrías, que fueron lo mejor de su recital, y por bulerías, antes de hacerse acompañar por sus músicos. El piano de Juan Antonio Sánchez y la percusión de Miguel Ángel Santiago, del todo prescindibles, más que reforzar al guitarrista, enturbiaban su entrega. El piano tapa la guitarra y la percusión oculta al piano. Con ellos continua su recital con un bello bolero, que quizá sonara trasnochado, unas bulerías y unas rumbas efectistas para terminar. Haría bien este tocaor de acompañarse exclusivamente de dos palmeros y ralentizar un poco sus temas, que la prisa no nos lleva más rápido al buen final.

Rafael Campallo, a continuación, fue un ejemplo de carácter y templanza. Con dos guitarras, sus hermanos, Juan y Mariano Campallo, y tres voces, Jeromo Segura, Juan José Amador, padre e hijo (tal vez demasiados), Rafael nos propone en primer lugar unas seguiriyas que arrancan con tonás (ole por Jeromo). Su baile es parco y seguro, desenfadado; lleno de guiños y amagos de toreador. Su comicidad e implicación con el público es de agradecer. Sus mules y sus paseos inacabados dan realce a un bailaor tan asequible como profundo.

Si en la seguiriya se apunta la esencia de su lenguaje corporal, es en las alegrías finales, después de un aporte por bulerías de su cuadro, donde encuentra su más clara manifestación. Rafael Campallo ha asistido en varias ocasiones a Los veranos del Corral y es satisfactorio contemplar su evolución, soltura y definida personalidad. Para acabar, de propina, un fin de fiestas por bulerías en el que hace bailar a sus hermanos.

* Foto in situ: Rafael Campallo (© Gabi Pape).

El Festival de Órgiva duplica su asistencia

El Festival de Órgiva duplica su asistencia

XV Festival Flamenco Ciudad de Órgiva

El décimo quinto Festival Flamenco Ciudad de Órgiva ha dado un salto cualitativo respecto a ediciones anteriores. Ha multiplicado el número de espectadores, sin necesidad de elaborar un cartel de primera clase. Sin embargo, la autenticidad y el sabor flamenco brilló como en cualquier evento de bandera. Este crecimiento se debe simplemente a la apuesta del Ayuntamiento local por esta oferta, por su acertada promoción, por el cambio de escenario y por el cuidado de los detalles, actuantes, decoración y medios.

Como cabeza de cartel, el sevillano, de Osuna, Manuel Cuevas, acompañado por Isidoro Pérez a la guitarra, dio un recital de altura. Se templó por malagueñas y abandonaos, que dieron prueba inmediata de su capacidad torácica y el dominio del cante de sabor añejo. Una bella farruca prosiguió en su entrega. Ante la respuesta de un público incondicionalmente volcado, abandonó el micrófono y, a pie de escenario, interpretó “La Salvaora” caracolera. Últimamente, las zambras y el estilo de Manolo Caracol se han puesto de moda, y no hay festival o encuentro flamenco donde un toque de este insigne cantaor esté presente. Su torrente de voz rellena el ambiente, posiblemente mejor que con amplificación, innecesariamente elevada. Tal es el efecto, que su última propuesta por fandangos festivaleros la continua a pie de escenario de esta misma guisa.

Anteriormente del que ganara la Lámpara Minera en 2002, actuó la malagueña Isabel Rico, con Fernando Rodríguez, de Sevilla, a la guitarra. Con un registro afinado y de buena modulación, la cantaora nos ofrece alegrías, granaína y media, tientos tangos, en los que se alargó demasiado, y destacó en las bulerías, donde el virtuosismo del guitarrista fue evidente.

Abrió la noche el cantaor local Álvaro Rodríguez, que en su tierra estuvo más suelto y relajado que nunca. Pese a su juventud, es un cantaor clásico, lleno de jondura. Álvaro hizo una soleá, una granaína y la milonga dedicada a las madres de Juanito Maravillas. Entre estos dos últimos temas, cómo no, su aporte caracolero, lleno de melismas, un estremecedor “Carcelero”.

La nota de color la pusieron “Los de Juan”, una completa formación surgida de la simiente del Taller de Compás de Almanjayar, que, al principio de cada una de las partes del recital, ofrecieron el baile fresco y desinhibido de unas alegrías y unos tangos morentianos, respectivamente.

Fiesta en el Monte

Fiesta en el Monte

Museo Cuevas del Sacromonte

Hay citas ineludibles. Hay flamencos en Granada subrayados en rojo en la agenda. No sólo hay que verlos por su estilo, sino también, y casi más importante, por su evolución. Son artistas que estudian, que se preocupan, que no se han puesto techo, que dan un paso más cuando suben a un escenario. Pepe Luis Carmona, de la familia Habichuela, es un cantaor inquieto que siempre tiene algo nuevo que contar. El cante sereno, afinado y melismático de este Carmona no hay que perderlo de vista. Y más si viene acompañado de Jara y de Luis Mariano, y de Manuel y de “El Cheyenne” con la caja. José Luis fue uno de los fundadores de “La Barbería del Sur”, el más flamenco de ellos. Agrupación que quiere relanzar con un acento más granadino.

El primer viernes de agosto, sin aspavientos, una sensible fiesta nos esperaba en el Sacromonte. Pepe Luis se arranca con unos martinetes antes de llegar al escenario. Toma la alternativa Manuel Heredia, que le acompaña como segunda voz. Martinetes que baila emotiva y estilosa Jara Heredia. Aunque desentrenada esta bailaora, por pasar un tiempo prolongado en dique seco, sorprende su visión del flamenco. Es de las pocas bailaoras del terreno que se detiene a escuchar el cante y a la guitarra que la arropan. No es un baile espectacular, de ciego arrebato, donde mandan las vísceras. Es un baile sumamente elegante, sentido y racional. Es de admirar la musicalidad de sus de pies.

Luis Mariano coge todo protagonismo. Su guitarra, bien sonorizada, es almíbar en “La Salvaora” caracolera hecha balada. Los fandanguitos tienen su ole y, para levante, requieren la presencia de Juan Pinilla para cantarnos una levantica. En realidad se la canta a Jara y Jara le baila a él. Buena estampa ahora y en los tarantos, que encierran tangos del Camino. Un breve intermedio da paso a unas voces más templadas. Manuel es muy aplaudido en su cuplé por bulerías, donde se acuerda de Fernanda. Con bulerías sigue Pepe Luis, para terminar con una soleá, una buena soleá, donde el cantaor es grande y la bailaora arrebatadora.

Como fin de fiestas, suben al escenario algunos de los artistas allí presentes, Jaime Heredia, Curro Albayzín, Judea Maya, Juan Pinilla, Marina Heredia, Johny Cortés, para manifestar su apoyo por bulerías.

* En la foto: Jara Heredia (baile); Luis Mariano (guitarra); José Luis Carmona y Manuel Heredia (cante) (© Nono Guirado).

Grandes sorpresas desde Sevilla

Grandes sorpresas desde Sevilla

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

En bastantes momentos hemos podido apreciar el toque flamenco y creativo de los hermanos Iglesias por separado, prestando su guitarra al cuadro de una bailaora o acompañando a algún cantaor. Hasta ahora, sin embargo, no hemos tenido la oportunidad de ver a los tres juntos compartiendo escenario, tocando alante, en un puesto que cada vez por derecho más se merecen.

Con un sonido impecable, sin fisuras, comienzan un tema libre para tres guitarras y percusión. Cuando han recibido la incondicional aprobación del público se van alternando en solitario o de dos en dos, para acabar de nuevo todos juntos. En la caja, un preciso José Carrasco añade belleza a cada una de las entregas si cabe. Comienza Paco por seguiriyas, para pasarle el relevo a Miguel con una soleá por bulerías. Eugenio propone aires de Cádiz, y se mantiene en el escenario para, con Paco, brindarnos bulerías que saben a levante en sus proemios. Miguel, quizá el más suelto de los hermanos sevillanos, realiza un delicioso toque por granaínas. Un solo de percusión da entrada a las guajiras de Paco, para terminar, como he dicho, las tres guitarras solapándose por bulerías.

Toda una sorpresa que casi se diluye con el baile tan arrojado y personal de Amador Rojas. A este bailaor sevillano ya lo pudimos ver metiéndose en el pellejo de Frida Kahlo este invierno en “Flamenco viene del sur”, pero era un baile, como su protagonista, encorsetado y oscuro. Nada que ver con este lenguaje nuevo, con esta propuesta tan arriesgada como sabrosa, uniéndose así a la estela que supo dejar Vicente Escudero y que han sabido vislumbrar bailaores como Israel Galván, Joaquín Grilo o Andrés Marín. El baile de Amador Rojas es una continua búsqueda, es un ejercicio de introspección donde el bailaor se mira dentro de sí y mira al universo, destilando palabras nuevas para decirnos que el flamenco es lo de siempre pero los prismas para verlo pueden ser muy diferentes. Amador disecciona los palos y los vuelve a unir. Huye del tópico. Entra en trance y no duda en improvisar si el cuerpo, si el nuevo idioma, se lo va pidiendo. Es elegante y femenino.

Su tremendo zapateado va marcando la seguiriya, preñada de tonás, que se desarrolla a palo seco. Un apunte por levante en las voces de Antonio Ingueta “El Rubio” y “El Pulga”, sirven para que el bailaor vuelva con nuevos bríos para, después de una entradilla por farrucas nada tradicional, hacerse grande por tangos. Unos tangos cargados de sensibilidad, frescura y esfericidad, que quedarán bastante tiempo en el recuerdo de los aficionados. Jesús del Rosario engrandece el espectáculo con su guitarra. Terminan, como es habitual, con una soleá que ralentizan o aceleran a voluntad, profundizando en la llaga que eleva a este bailaor al olimpo de los únicos.

El profundo Albaycín

El profundo Albaycín

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Jaime Heredia tiene días y días. Cuando lo vimos en el Corral del Carbón el pasado miércoles definitivamente no era de sus mejores días. Hay cantaores, sin embargo, que su sola presencia es suficiente, de los que no se espera el notable, ni siquiera la sorpresa. En “El Parrón” se acumulan años de sabiduría. Su presencia en el escenario recuerda lo grande que ha sido por soleares o por levante. Hoy sólo una sombra, pero bien larga. A su lado, un Emilio Maya muy calmado, que lo entiende, que rellena el vacío con su guitarra, que arranca la queja. El cantaor albaycinero se templa por levante, para pasar a la soleá que le ha dado fama. Al tocaor se le rompe una cuerda, la prima, dándole más gravedad si cabe a este cante. Jaime se queja por seguiriyas. Su mejor momento. Y termina por bulerías.

La revolución. Como una yegua desbocada, como un bello animal salvaje, entra Vero “La India”. Lleva un cuadro excesivo detrás. Demasiada orquestación para la que le basta un simple palmeo para convocar a los duendes. Vero tiene un metrónomo en su interior que le recorre la espina dorsal y sale a borbotones por el martillo de sus pies, por su cuerpo indomable, por su corazón. Va marcando este compás con los gestos, con su boca, con su cara gitana que, más que convencer, desarma al espectador, lo arrincona y lo hace preso de su baile de tierra y fuego. Es la más gitana, arrebatadora. Parece que vino al mundo ya con su fuerza y sus volantes. De hecho es la nieta de Loles la del Cerro, la última gitana de su rancia generación. De hecho aprendió a bailar antes que andar en el duro piso de una cueva.

En su primera entrega, que comienza por levante para pasar a tangos en su ecuador, ya demuestra su sangre y su temple. Pronto su pelo se libera, lanzando como verdaderos proyectiles horquillas y peinetas. Ronea en los tangos y a todos nos atrapa en una tela de araña que tiene más de visto que de aprendido. Es toda intuición. Para cambiarse de vestido, que no para descansar (Vero parece incombustible), los músicos se van por fiesta. Excelentes las guitarras de Juan Habichuela nieto y Emilio Maya, que se compenetran perfectamente, que pugnan por la rapidez y la limpieza. El violín de Maya, agradable pero prescindible. La percusión de El Cheyenne, como siempre, respetuosa. La voz de Juan Ángel Tirado tan necesaria como superflua la de José de la Loles (fuera de lugar en el cuplé por bulerías que remeda a Falete remedando a Mayte Martín). A veces, las familias deberían dejar respirar a sus flamencos, que volaran sin lastre.

Vero remata su entrega con una soleá por bulerías. No hay disparidad de opinión, lo que esta bailaora encierra dentro y nos puede seguir dando se puede tasar en quilates. Como remate, algunos compañeros bailaores, “mi gente”, saltaron a las tablas para coronar estas bulerías que han marcado Los veranos del Corral de este año.

* Foto in situ: Vero "La India" (© Gabi Pape).

Juana Amaya, purasangre

Juana Amaya, purasangre

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Vuelvo a repetir, que en gran medida, la calidad de un concierto, de unos artistas, se puede deducir por la cantidad de flamencos que acuden a su encuentro como espectadores. El martes, como nunca en lo que llevamos de ciclo, se dieron cita para ver el baile de Juana Amaya más de una veintena de artistas granadinos, que, considerando la época, que quien no está de vacaciones está de gira, es una buena estadística. Siempre me alegra que los flamencos vayan a ver a otros flamencos. Es la manera de estar al día, de conocer lo que hacen los demás, del continuo reciclaje.

El sonido se fue ajustando hasta rozar la brillantez a los postres en un concierto que tuvo mucho de improvisado. Los tres cantaores, Miguel Lavi, El Galli y El Extremeño, abren con una rueda de tonás antes de abordar las seguiriyas con las que comienza su entrega Juana Amaya. La que fuera pareja artística de Mario Maya, Joaquín Cortés o Antonio Canales, viene a ser una de las bailaoras más importantes del momento y sin duda la más pura, la más gitana. Sin salirse de la estricta ortodoxia, tiene un lenguaje propio que cautiva. Es tan reposada como frenética. Destacan sus limpios pies, siempre precisos, el muelle abanico de sus manos y la expresión de su rostro. Un rictus de quien está de vuelta, de quien domina sin aspavientos, de quien conoce las entretelas del flamenco. La bailaora de Morón de la Frontera hace la seguiriya menos dramática que de costumbre, aunque al final acaba con un triste abandono. Excelente.

La mayoría de los espectadores son extranjeros, turistas de la ciudad que incorporan el flamenco en su lote de visitas. Se llevan calidad en un escenario exclusivo, por la belleza y por la cercanía. Puede que se vayan sabiendo algo más de este arte. Aunque yo les diría que esto no es un circo para aplaudir cada pirueta. Las palmas continuas incordian más que favorecen, desconcentran más que animan. Habría que plantearse la figura del regidor con su cartel de “aplaudir”. Al igual que esto, me sobró la flauta de Eloy Heredia, por muy bien que toque, y, si me apuran, la percusión de Tete Montoya.

Los hermanos Campallo sólo estuvieron correctos y dejaron bastante que desear en los tangos, en los que los cantaores tampoco estuvieron a la altura. Sin duda la mejor aportación de todos fueron las bulerías, jaleos y soleá que se imbricaron para cerrar la noche, donde Juana impuso su magisterio incuestionable, demostrando que es una bailaora completa, una bailaora de raíz, una purasangre.

Maracena, un Festival con mayúsculas

Maracena, un Festival con mayúsculas

IX Festival Flamenco de Maracena

La calidad de un festival no sólo radica en el cartel propuesto. Gran parte del peso específico de un evento de este tipo lo pone el público que acude a presenciarlo, su complicidad y su respetuoso silencio. El viernes en Maracena, impulsado por el Ayuntamiento de la localidad, la peña “Solera y Caña” presentó su noveno festival. Un encuentro del más alto nivel, diseñado para satisfacer a todos los paladares. Para abrir la noche, un elenco de artistas, bajo la batuta (y la guitarra) de Miguel Ochando, se presentan con el nombre genérico de “Oriente Andaluz”. Su propuesta viene a ser la representación de “Memoria”, disco de este notable tocaor granadino. María José Pérez y Juan Ángel Tirado cantan al alimón unos martinetes, para retirarse y dejar al resto del grupo interpretar una guajira, que baila con gran estilo Anabel Moreno. Mueve con gracia la bata de cola y tiene un bonito juego de brazos, porque del taconeo, tan mal sonorizado en un tablero que retumbaba, mejor no comentar nada.

El sonido en general era mediocre. A veces se confunden decibelios con calidad sonora. “Oriente Andaluz”, con una actuación un poco larga, en un escenario que no es el apropiado (en un teatro cerrado habría lucido), también hicieron, soleá por bulerías (Tirado); granaína y media, con la voz espléndida de María José; que también cantó alegrías; tangos del Sacromonte; un excelente zapateado de Ochando, con la segunda guitarra de Alfredo Mesa; y se marchan con algún cante minero rematado por tangos, que también baila con claro acento oriental, a la manera de Belén Maya, Anabel. Curro Andrés, a continuación, pone de manifiesto su sobriedad y academicismo. En cierto sentido recuerda a Calixto Sánchez. Nos deja cantiñas, milongas y fandangos. Le acompaña a la guitarra Antonio de la Luz.

Después del descanso llegan los platos fuertes. (A propósito, en el ambigú no había nada para comer, tan solo bebida). Luis el Zambo desespereza esta segunda parte con bulerías por soleá. El aire de Jerez marca una entrega de gran pureza. Sigue con seguiriyas y fandangos, con el mismo desgarro agitanado que crea adicción. Y vuelve a ser grande por bulerías. A su lado, el joven sevillano Manuel Herrera le da el pie preciso con un soniquete ajustado. Continúa la pureza con José de la Tomasa, que impone el dominio de sus registros en la soleá. No se esfuerza demasiado y expone un repertorio puramente festivalero, en el que hace alegrías, fandangos y bulerías. Se echaron de menos las granaínas, con su estilo ejemplar.

Cierra la noche un cantaor en buena forma y muy requerido. El extremeño Manuel de Tena es el más ovacionado de la velada. Desde la farruca, con su voz laína, conquista al respetable, para hacerlos incondicionales definitivamente con la granaína. Para la zambra caracolera “La Salvaora” abandona definitivamente el micrófono. Arrasa finalmente con su generosidad por fandangos, también a boca de escenario. Acompañó a estos dos últimos artistas la guitarra sabia y limpia del sevillano Antonio Carrión.

Jerez sin tacones

Jerez sin tacones

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Después del torbellino jerezano cualquier cosa nos parecería poco. Por eso, entre otras cosas, a María José León se le notó desabrida. Melchora Ortega, una de las voces más solicitadas del momento, vino a conquistar la plaza. Muy de tarde en tarde tenemos oportunidad de contemplar una fiesta con el compás y el soniquete de una de las cunas del flamenco.

Melchora se arrancó a palo seco, con unos martinetes repletos de ecos y melismas. Continuó por tangos, en los que se descalzó, para seguir así el resto del concierto. Es muy comprometido exponer tangos en Granada. Estuvo suelta y graciosa, sin embargo. Airosa, se acompañó con su propio baile, muy propio de las artistas de aquella zona de Andalucía, y remató con un guiño morentiano. Pero serían las bulerías finales donde impondrá su magisterio, fue rotunda, sin objeciones. La seguiriya nace de las entrañas mismas, es desgarradora, impregnada con el aguardiente y empaque propio de los artistas de Jerez. Nos recordó en momentos, salvando las distancias, a Aurora Vargas. También hizo fandangos.

Es necesario ahora presentar a los músicos, un guitarrista, Juan de la Isla, inmejorable, con bastante protagonismo; y tres palmeros, David Lagos, Manuel Macano y Carlos Grilo, que dieron dimensión a la fiesta.

María José León y los suyos comienzan por un popurrí de zambra y copla caracolera (“Carcelero”, “Salvaora”, “Malvaloca”…) con aires festivos. En realidad, todo su recital fue bastante buleaero. La joven sevillana baila con mantón y cola. Deja mucho que desear. Tiene buenas formas, estilo y presencia. Ganaría puntos si el cuadro que la arropa fuera más fino y reciclado. Los músicos hacen fandangos, mientras María José se prepara para la que será sin duda su mejor entrega. Conoce la soleá y la domina por los cuatro costados, y así lo demuestra. Terminan por bulerías. Unas bulerías en la voz de El Ecijano, que comienzan, por increíble que parezca, musicando canciones infantiles. Ella cierra la noche incorporándose a este palo.

* En la foto, Melcxhora Ortega (© Paco Sánchez).

El baile varonil de David Pérez

El baile varonil de David Pérez

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Será por el calor abrasador de aquella noche, será por el letargo del público, poco más de medio aforo, que comenzó a reaccionar a los postres, será porque David Pérez y los suyos comenzaron ajenos sus propuestas. El caso es que la comunión entre artistas y espectadores tardó en llegar más de lo deseado. La farruca, varonil, estilizada y elegante, con pasos reconocibles (¿Antonio?, ¿Manolete?, ¿Canales?), resultó de una inexplicable frialdad. No se puede responder a la pasividad del oyente con visos de apatía.

David tiene un cuerpo estilizado, flexible, que sabe aprovechar. Su zapateado es preciso. Pero hay algo en su expresión, en los movimientos aprendidos de este bailaor sevillano que no termina de encajar.

El cuadro, con más voluntad que eficacia, propone unas malagueñas con abandolaos mientras el bailaor se prepara para la siguiente pieza. La guitarra de Mariano Campallo, bastante correcta, no tiene el sabor del toque de la tierra. No destaca ni por arriba ni por abajo. Nada sobresaliente. El valor seguro del cante de Miguel Ortega queda eclipsado por la entrega sin condiciones de Juan Ángel Carmona.

Para acompañar al baile, mejor que dos cantaores y una guitarra, apostaría por dos guitarras y un cantaor o mejor por dos y dos, ya que es la guitarra la piedra angular del baile la que le imprime el ritmo y le marca el compás.

Los cantes de Levante comienzan por una agradable levantica que aborda Ortega y termina por tangos. Pero no es en la minera o el taranto donde un David Pérez más relajado y seguro empieza a conquistar al respetable.

Ya, con un público entregado, el recital termina por bulerías. David se siente seguro, respaldado, y da lo mejor de sí mismo. Ante la generosa reacción final, con el patio aplaudiendo en pie, los flamencos volvieron a subir al escenario y alargar sus bulerías con otra pataíllla.

* Foto extraida de la web de David Pérez.

Patricia salvó el estreno

Patricia salvó el estreno

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

No puedo precisar el tanto por ciento que influye un buen cuadro en el éxito de una bailaora. Lo que puedo afirmar sin ninguna duda es que unos músicos que dejen desprotegida a una bailaora, que no la arropen como es debido, seguramente precipiten su entrega al fracaso. El grupo que acompañaba a Patricia Guerrero el martes por la noche en la inauguración del ciclo “Los veranos del Corral” era inmejorable. Cuando hay entendimiento, complicidad en el escenario, los duendes planean en el recinto.

Patricia comienza por alegrías. Desde un primer momento rellena el escenario, impone su mandato. Tal vez, su preocupación por el paso siguiente hace que comience tensa y con movimientos bruscos, que se dulcifican a manera que las cantiñas avanzan. De todas maneras, se echa en falta un poquito más de distensión, en el rostro, sobre todo. Un rictus algo forzado que le abandona sólo en determinados momentos afea su pose. Debería explotar más su sonrisa. Los músicos, como digo, están a gusto y disfrutan oyéndose entre ellos. Antonio Campos tiene uno de los mejores días que lo hemos podido escuchar últimamente. De Miguel Lavi soy incondicional. Su voz es tan flamenca que destila a partes iguales almíbar y aguardiente. David Carmona y Luis Mariano llevan tocando juntos poco tiempo, pero se entienden a la perfección. Acolchan el cante, creando ese soniquete tan especial del que los guitarristas granadinos hacen gala. Tocarán techo en los tangos de la penca.

Mientras Patricia se prepara para la siguiente pieza, los músicos nos regalan una soleá por bulerías. Con tonás comienzan las seguiriyas que vencen y convencen definitivamente. La bailaora granadina, con pantalón y chaquetilla, sorprende al respetable. No es habitual. Pero el resultado lo merece, el pantalón no esconde nada, la verdad está desnuda Patricia termina con unos tangos de Granada exclusivos, que aquí se escuchan y se bailan como en ningún sitio (si es que existen fuera de nuestras fronteras).

Y fueron estos momentos con Patricia Guerrero los que salvaron la noche de estreno. Juan José Amador, el cantaor sevillano que abrió la velada, confundido de foro completamente, no estuvo a la altura. Tanto él como sus acompañantes, excepto la honrosa guitarra de Juan Requena, dejaron mucho que desear. La percusión sobraba desde las malagueñas con las que empezó su recital, a pesar del solo que hizo, bastante correcto, pero injustificado. Los palmeros eran aprendices. La soleá fue demasiado larga y monótona. Por salvar algo, las seguiriyas obtuvieron mejores resultados. En general, un cantaor poco esforzado y con límites evidentes. Para colmo, subió al escenario a una compañera, Triana Heredia, que, insegura, interpretó unos tangos sin pasión. Amador terminó por bulerías, evidenciando que se equivocó de plaza.

* Cartel de Los veranos del Corral (© Nono Guirado)

Huétor Vega, una cita necesaria

Huétor Vega, una cita necesaria

XXI Festival Flamenco de Huétor Vega

Innecesariamente se alargan los tiempos de un Festival que en un par de horas tenía que estar resuelto. Fueron cuatro momentos, cada cual más sabroso. Pero también fueron cuatro horas de duración. Huétor Vega, proclamada “Ciudad del Flamenco”, cumplió la noche del sábado veintiún años de su Festival. Veintiuna citas imprescindibles para los aficionados, para los que quieran tomarle el pulso a nuestro arte. Este año la velada se ha abierto nuevamente a los ecos foráneos. Del año pasado, eminentemente localista, se ha pasado a la alternancia de artistas de la tierra con flamencos de fuera. No se ha echado de menos un cabeza de cartel con nombre de peso. Álvaro Rodríguez abre la noche con su torrente de voz bien modulada. Aunque muy joven, este cantaor, natural de Órgiva, tiene tablas, sabe estar encima de un escenario. Su repertorio, nada convencional, comienza con peteneras y termina por milongas. Esa milonga que Calixto Sánchez musicó con un precioso poema de Machado dedicado a la muerte de su amada esposa Leonor. Álvaro se destaca por su jondura, por la elección de cantes de raíz, los cuales domina. Aunque quizá estuviera un poco denso en sus propuestas. “Carcelero”, la zambra de Caracol, y la soleá fueron sin duda sus mejor entregas. Asombrosamente no hizo seguiriyas, cante que lo identifica y con el que lleva ganando primeros premios desde hace dos o tres años. Le acompañaba, con bastante gusto y limpieza, la guitarra de Ramón del Paso. María Toledo lo sustituye en el escenario, arropada por Paco Cortés. La excesiva parsimonia es sustituida igualmente por la fiesta. Entre cantiñas, tangos y bulerías, también propone soleares y cantes de levante. Una actuación tan aplaudida como artificiosa. Sus estallidos y su queja saben a academia. El calor se lo imprime la magistral guitarra de Paco Cortés, que demuestra su sabiduría en cada rasgueo, su humildad y su primer puesto como acompañante. Destacan los tangos, que se almibaran cuando son de Graná. Para los cantes festeros, María se hace acompañar por la caja de Miguel, El Nene de Málaga. Tras un descanso demasiado largo, una rifa, la entrega de reconocimientos y demás protocolo, hacen que la segunda parte comience bastante tarde. Su rotundidez, sin embargo, hizo que mereciera la pena esperar. Raimundo Benítez, bailaor local, con un cuadro sacromontano, aborda una soleá con sus pies de vértigo. Soleá preñada de seguiriyas y rematada con jaleos. Lástima que el tablao no se escuchara bien. La oquedad y las vibraciones del entarimado añadían un extraño eco a una actuación generosa y personal. Flamenquísima, por otro lado. En último lugar, el extremeño Miguel de Tena, llena la noche con su prodigiosa voz y con su timbre colorido. El valor asegurado de la guitarra de Paco Cortés le acompaña. El frasco de esencias se destapa con malagueñas y abandolaos, para pasar a unos caracoles y, a petición del público, una granaína y media. Como si fuera un tácito homenaje, la cuarta entrega de Miguel fue “La Salvaora”, otra zambra de Manolo Caracol. Para terminar, el extremeño nos ofrece un ramillete de fandangos naturales, en los que abandona el micrófono y, a boca de escenario, rellena el silencio. Los fandangos toman aires de bulerías, a la manera de Vallejo y, sin abandonar su puesto, culmina un festival bastante aplaudido por menos público que de costumbre.

* Autor del cartel: David Zaafra