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Fandango
Por si acaso me das paso,
suelo pasar a tu lado,
y ahora que me haces caso
yo me hago el disimulado;
en eso está mi fracaso.
Nunca tuve prisa
No, nunca tuve prisa.
Quise esperarte
entre los pliegues de mi otoño.
Que si la belleza es efímera,
a mí me gustan
las estrellas fugaces.
Los siete cabritillos

Mi niño Juan me pide de vez en vez algún cuento que ya conoce para afianzar sus datos, para enriquecer sus imágenes o para tirarme de la lengua y que le comente lo que se escribe entre líneas.
Muchas veces, lo que pretende es que recree los cuentos, que les de otra vuelta de tuerca o que incluya en mi relato circunstancias colaterales, inapreciables a símple vista.
Con el cuento de Los siete cabritillos tiene un seguimiento especial, pues, desde muy pequeño (él, no yo, por supuesto), le estoy contando las aventuras de esta familia de rumiantes desobedientes de dos formas diferentes.
Hace unos días, me pidió que le contara una versión diferente de Los siete cabritillos (yo me lo he buscado).
Así queda:
El lobo feroz se escondía detrás de un árbol, vigilando el camino, por el que pasó inocente un pequeño cabritillo. La fiera le saltó al encuentro, con la boca hecha agua, y gritó, con las zarpas levantadas: "Hoy me comería un cabritillo". El animalito, sin inmutarse, le respondió: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y así, cacareando siguió su camino. Si acaso, advirtió al lobo, detrás suya sí que venía un cabritillo.
No le quedó más remedio que regresar al acecho, tras el árbol. Por el camino, se acercaba entonces el hermano inmediatamente mayor. El lobo se le puso delante y, relamiéndose, le comunicó: "Hoy me comería un cabritillo". El segundo de los cabritillos se quedó pensando y, como el anterior, exclamó: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co... Detrás mía viene un cabritillo hermoso".
Volvió feroz el lobo a su escondite, cuando vio llegar distraído a un cabritillo más grande que el anterior. Le salió al encuentro entonces y, con un rugido tremebundo, le dijo: "Hoy me comería un cabritillo". El cabrito, acariciando sus cuernos, que ya despuntaban, le comunicó al hambriento: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y, cacareando, cacareando, gritó mientras se iba que un cabritillo de gran tamaño le seguía los pasos.
Al resignado lobo se le iban acumulando tanto las ganas como las contrariedades. Con el cuarto, el quinto y el sexto cabritillo se repitió la misma operación. Sus dientes, su estómago y su pensamiento, estaban decididos a comer cabritillo, pero sus ojos le engañaban. Así que se lavó la cara y limpió sus anteojos para que no se le escapara nada.
El séptimo cabritillo era casi adulto, de cuerno grueso y afilado y barbita descuidada. El lobo, antes de que algo sucediera, le dijo a su posible víctima: "No me digas nada. Tú eres una gallina". El animal le aclaró, empezando a correr tras el hambriento: "No. Yo soy un cabritillo y te voy a aplastar".
Mientras iba huyendo del cabritillo feroz, el lobo se lamentaba: "Si lo sé, se me habría antojado una gallina".
Juan se ríe mucho y yo lo apunto para que no se me olvide, como las otras versiones.
Más vale pájaro en mano

Cuando, en torno a la mesa, alguien aludió a la belleza intemporal de Judith Mascó, todos los presentes estuvimos de acuerdo con el aserto, si bien, las preferencias entre las top models y las estrellas del celuloide fueron variando. Había quien dejaría todo por Eva Herzigova, quien mataría por Claudia Schiffer, quien se inclinaba por el exotismo de Naomi Campbell, quien no tenía ojos más que para Angelina Jolie, quien, ya puestos, se quedaba con la belleza hispana de Penélope Cruz y quien, para eso, corría al país vecino para gozar con Laetitia Casta o con los encantos aristocráticos de Carla Bruni. Yo, en silencio hasta ahora, dije que, ante todas ellas, prefería la hermosura de la Alberta, de cuerpo presente. La Alberta era una chica de carnes prietas, coleta neutra y deliciosamente estrábica, que, desde algún tiempo salía con nuestro grupo. Me miró entonces, apenas sonrojada, y ahogó una exclamación, antes de que el novio, también callado desde un principio, la cogiera de la mano, vindicando su posesión, ahora más cara, desde mi declarado interés. Yo sólo pensaba, pensé, cuando Degas expresó la idea de que “Las reinas están hechas de distancia y cosmética”. Pero, ante las miradas varias de mis amigos, no dije nada. Cogí la cerveza y pegué un largo trago, antes de abandonarme al partido de la Eurocopa que ya empezaba en un televisor elevado.
Las entretelas de Ferrer Lerín

Hace tiempo, mucho tiempo, casi recién salido, leí este libro, que su autor me envió gentilmente desde su tierra aragonesa.
Casi inmediatamente lo anoté e hice una pequeña reseña con intención de publicarla en alguna plataforma al uso.
La oportunidad, en contra, me fue adversa y, como tantos escritos, quedaron amontonados en mi archivo virtual.
El libro, llamado Papur, de Ferrer Lerín, queda solapado por una nueva obra poética de este mismo autor, Fámulo.
Antes de que caduque totalmente, quiero participar mis impresiones en esta página.
Sumergirse en las páginas de Papur es como abrir un cajoncito en la memoria de su autor. Es como levantar la tapa de esa caja que tienen los coleccionistas indefinidos particionada en pequeños habitáculos que con mimo conservan algunos de sus hallazgos y recuerdos más queridos. De esta manera, Ferrer Lerín nos muestra destacados de sus lecturas, apuntes sobre sus vivencias u otros aconteceres apócrifos en primera persona, en los que él bien podría ser el protagonista, cuestiones filológicas, pequeños cuentos documentales y retazos de ese apasionante mundo de ornitología, que bien conoce. Son breves entradas donde se dan cita el conocimiento, la erudición, la poesía, la investigación… Viene dividido en cuatro apartados, donde se imbrican estos pensamientos compartidos: Bibliofilias, Facsímiles, Series y Varios. Adjunto la primera entrada que tiene mucho de imaginativo biográfico, llamado Bibliofilia 1:
«Ambos fallecieron el día de San Ignacio y a la misma hora de la madrugada. Mi abuela paterna en la casa familiar de Ix en 1959 y mi padre Francisco, veintisiete años después, en su vivienda-consultorio de la ciudad de Barcelona. Como primogénito me cupo el honor de entrar primero, una semana después de su muerte, en la secreta biblioteca contigua a su despacho. Los libros del armario central, todos encuadernados por Brugalla, se disponían por tamaños.
»Extraje uno, el que quedaba exactamente a la altura de mi brazo, un ejemplar en octavo -el tomo V de las Obras Escogidas de Metastasio, impreso en Aviñón en 1808- y, al abrirlo, cayó planeando hasta el suelo una hojita de papel casi transparente escrita a mano con una elegante letra en tinta ahora rosada y que decía así: "Se que en el mes de agosto del año de 1986 alguien leerá por fin esta breve nota y que en esos días una dolorosa pérdida anegará su alma.»
Si dividimos el libro en tres, la tercera parte, hacia el final del libro, pertenece a otra pequeña obra llamada Die rabe y dos breves guiones. La tintada de las páginas varía, incidiendo un poco más en la elegancia formal de un libro bellamente editado. De un papel ligeramente ahuesado, éste se argentina, para internarse en el mundo cinematográfico con tres tipos de guión. El primero de estos filmes, Die rabe, nos sumerge completamente en un mundo onírico donde se dan cita tres constantes obsesivas que se han venido desarrollando a manera de apunte en Papur, o sea, en la obra principal. Estas son: la imagen del padre (que a veces se confunde con la del hijo y su obra) que actúa como alter ego del mismo Ferrer Lerín. El segundo lugar lo ocupa, con toda legitimidad, las aportaciones ornitológicas y faunísticas en general, con abundante presencia de animales y sobre todo de aves, que se acompañan con su nombre científico (golondrinas –hirundo rustica-, sapos corredores –bufo calamita-, jilguero –carduelis carduelis-, alondra –alauda arvensis-…). No en vano, el autor, como ya he apuntado, es un afamado ornitólogo. Por último, una idea macabra, como un sueño obsesivo, se verifica en varios momentos de este texto, hasta que al final se impone como la razón de ser de la historia. El posible recurso, accidental o provocado, de alimentar a los córvidos y otros carroñeros con carne humana, aunque sea la propia.
El segundo de estos textos es el esbozo de un guión para una película de serie b, incompleto e interrumpido por el propio autor advirtiendo el tópico de su planteamiento y posible desarrollo. Ferrer Lerín, de todas formas, habrá visto algo en él, que nosotros descubriremos, para incluirlo en este compendio y no mandarlo directamente a la papelera.
Por último, en Se describe una extraña historia, rescata un relato publicado en La hora oval (1971) y en Ciudad prohibida. Poesía autorizada (2006) y lo hace guión, donde, remedando a Thomas de Quincey, considera el asesinato como una de las bellas artes.
* Ferrer Lerín, Francisco: Papur. Zaragoza: Eclipsados, 2008.
Nunca dejamos que se nos notase
Nunca dejamos que se nos notase.
Nuestros caminos iban paralelos,
las sombras se alejaban, sin embargo.
Paso firme sin siquiera mirarnos,
unidos en el fondo y en la forma,
con las manos metidas en el saco.
Renegamos tres veces uno de otro;
olvidamos a fuerza de no ser.
Nuevo haiku
Me dan la vida,
cuando tropiezo y caigo,
tus cinco otoños.
La bruja Edelvira
No era la primera vez que Edelvira torcía senderos y enturbiaba la fraternidad vecinal. Hacía pocos años en que la vino a consultar la viuda de un boyero por un asunto delicado. Su prima de ella, también de origen bastetano, cuando dormía fantaseaba con su marido, fallecido de una mala digestión, al que Edelvira conocía bien. Lo supo a su vez por un sueño que ella tuvo en el que yacían juntos y se ayuntaban sin pudor en cualquier cruce de caminos, y unidos de la mano, sin ropa alguna, con los puros cueros, se reían de ella. Musitaban los secretos maritales del boyero en vida y de su legítima y hacían chanzas de ello y, sin vergüenza, volvían a mofarse.
A cambio de un buey joven, buen trabajador, con la nariz anillada de hierro pulido, a ver si alguna justicia de hechicería pudiera ordenar las cosas en su sitio. Que no quiero mal a ella, decía la boyera, y mucho menos a mi marido, que en paz descanse. Que quiero sólo una advertencia, una señal breve pero rotunda para que mi prima, por temor o reflexión, reniegue del difunto.
Edelvira decidió, tras aceptar la mansedumbre del cornudo, que una reprimenda indolora, que una llamada de atención puntual, podría ser el aojamiento de sus gallinas, pues la prima se dedicaba a la venta de huevos frescos que recogía a diario de dos docenas de ponedoras que cacareaban comiendo gusanos en su montaña de estiércol.
Firmado con guiño y palmada, y unas cuantas plumas de las susodichas aves para realizar el embrujo, la curandera no tardó en proferir humeante sortilegio por un tiempo definido de siete amaneceres.
Al día siguiente, la prima de la mujer del boyero, acudió a la vieja quejándose de que sus gallinas habían dejado de poner. Que sospechaba de su prima y de un mal encantamiento hacia su persona, a través de las aves de corral, pues siempre le había tenido celos. El boyero, su marido de ella, a quien la bruja atendió en sus últimos suspiros, aunque un poco giboso por unos flujos de aire interno que le llegaron al corazón, era hombre muy macho que la deseaba, sin que ella empeñara su virtud. Pero las miradas lascivas, el acoso constante y los descuidos en soledad, dieron pie a pensar en que había trato carnal entre ellos sin ninguna duda, porque, cuando el río suena, agua lleva, y piedras, incluso.
Por más que ella renegara de él delante de su prima, por más que jurara su inocencia, la obtusa condena estaba dictada. Para la mujer del boyero, ella era la hetaira que no dejaba en paz a su marido, que se subía la saya en su presencia, aleteándole la entrepierna, y se le ofrecía como quien tiende plato jamonero a su invitado. El boyero, como hombre, carne débil de la creación, no se podía resistir a tan floreciente manjar. Ella, su prima se veía encornada y verde de achares, que hasta después de muerto, seguía sospechando de ella, quien por fin había respirado con la muerte, no porque hubiera fallecido, pobre hombre tan hombre, sino porque ella quedaba libre de la persecución del jorobado y de la brutal pelusa de una prima insegura, que si no le hubiera negado beso y cama cuando él volvía solícito de arrear a los bueyes por esos caminos, esos surcos y esas eras, otro gallo le hubiera cantado, porque él no tendría que ir persiguiendo a ninguna hembra para cometer el pecado del mundo.
La vieja herbolaría oía esto sin llegar a comprender el entuerto y lo que hubo o no con el hombre tan hombre que arreaba bueyes por las cañadas y que se murió de un empacho sin saber que después de muerto se iban a tirar de los pelos su mujer y la prima de ésta por cuestiones de celos en vida y devaneos necrófilos una vez enterrado, que ni morirse lo pudo hacer en paz. Que en paz descanse en el otro mundo, porque, lo que es en éste, continúa en guerra.
Edelvira, primero sin querer y luego conscientemente, decidió sacar partido de esta historia. A la prima de la mujer del boyero le comentó que ella, la hechicera con sus hechicerías, podía hacer que sus gallinas volvieran a poner en seis días, que era el plazo que le quedaba para que pasara el aojamiento, si a cambio recibía dos ejemplares lustrosos de su corraliza y un gallo de buena simiente y exacto en su madrugar, que encrestados se conocían que cacareaban antes de amanecer o cuando el sol ya andaba subido.
La prima de la mujer del boyero se apresuró a decir que añadiría un par de palomos si ella, la vieja Edelvira, además aojaba a una vaca que su prima mantenía en un establo que ordeñaba dos veces al día. La bruja aseguró los dos pichones con una visita de cortesía a la mujer del boyero en la que en un descuido miró mal a la becerra para que se le agriase la leche una temporada.
Así siguieron prima y prima maldiciéndose la una a la otra por mediación de Edelvira, que iba aumentando sus beneficios en esta lucha sin sentido. Hasta que una tercera prima, carbonera por parte de padre, para más señas, enterada en confidencias de los tejemanejes de la vieja adivina, decidió reunir a sus parientes, la prima de los huevos y la mujer del boyero, y contar abiertamente, apoyada por el asentimiento de cada una de ellas, el engaño que sufrían y el provecho que a su costa beneficiaba a la oscura mujer.
Las infelices, rojas de rabia, decidieron denunciar a la malvada y sus oscuras inclinaciones ante las autoridades de la ciudad para que la condenaran después de escarmentarla con los refinados suplicios de la justicia.
Edelvira, a través de un gato negro, o de ella misma transformada en pardo felino, adivinó las aviesas intenciones de sus víctimas, voluntarias por otra parte, y, adelantándose a sus propósitos, un encantamiento les salió al encuentro.
Poco después de atravesar el puente de doble ojo, las dos primas tuvieron que tomar asiento al borde del camino, en el mismo suelo, aquejadas de grandes pesares. A la mujer del boyero se le comenzaron a inflamar los pechos, hiviéndoles de dolor. A su prima, un apretón en el vientre la revolcaba por el suelo. Ésta puso dos huevos, de los que salieron sendas serpientes, que empezaron a succionar de los pezones desabotonados de aquella.
Enseguida, con las lágrimas saltadas, fueron concientes de la responsable de estos tormentos e, intimamente, pidieron perdón y se arrepintieron de haber pensado si quiera en la denuncia. Al momento, los reptiles desaparecieron y las penas cesaron y allí, como estaban, medio desnudas y tendidas en el suelo, entre aulagas, confesaron mutuamente sus sospechas y envidias, al igual que la participación de la bruja entre ellas. Lloraron, se consolaron y prometieron reanudar su confianza y olvidar sus injustificados celos.
Nada dijeron a nadie y menos a Edelvira, que prendió velas con olor a romero, pues había conseguido que las dos primas se hermanaran, como le prometió en el lecho de muerte al difunto boyero.
* de Septimio, el descabezado de Iliberis.
Cuando el roce continuo
Cuando el roce continuo
se produce entre dos,
la bondad dulcifica
las violentas aristas
que la naturaleza
se olvidó de ocultar.
* de Pequeños poemas para salir de casa.
Una letrilla por tangos
Navegando en internet.
Mi vida se va secando,
que me falta tu querer.
Nunca he sabido
Nunca he sabido
el nombre exacto de los árboles,
nunca el vuelo ensayado
de algunos pájaros.
Nunca he sentido
tus lágrimas en mi pañuelo.
Nunca volvimos
por el mismo camino.
* de Pequeños poemas para salir de casa.
Ligero de equipaje

Baúl de Prodigios de Miguel Ángel Zapata
Escribir un microrrelato notable no es tarea fácil. Llegar a la docena o a las dos docenas con un mínimo de calidad e interés ya es un prodigio. Pero publicar ciento treinta minicuentos, algunos de sólo dos líneas, de excelentes resultados, está en manos de unos pocos. Miguel Ángel Zapata (1974) ha conseguido eso, y algo más, en su libro Baúl de prodigios. Como digo, esta obra no sólo reúne una gran compilación de textos, algunos de ellos sobresalientes, sino que todos y cada uno de ellos participa de un todo, se hilvanan dentro del libro como si de escenas de una misma novela se tratara. Así, el baúl de Miguel Ángel, se convierte en un baúl de sastre donde todo entra, pero con un cierto orden, con un camino claro que nos conduce a un mundo íntimo y extraordinario, una brújula loca que nos guía al universo de su autor. Nos seduce, nos deslumbra, nos sorprende.
Dividido en cinco partes: Manual de seres impares, Dialéctica de lo inerte, Frutos celestiales, Necronología y Sueños de un loco dormido dentro de un baúl, Zapata nos va desgranando esa cosmogonía personal, alterándonos a cada instante con posibles prodigios asombrosos o con la cotidianidad más absurda, colocándose en la esfera del barcelonés Joan Perucho. Limpiando, como éste, su prosa de adjetivos superfluos y eligiendo palabras en un lenguaje culto, que le da valor por sí sólo al texto.
Cada cuento tiene diversas lecturas, diferentes interpretaciones, logrando así una interminable historia de múltiples visiones, donde se dan cita lo cruel y lo tierno, el amor y el desprecio, la vida y, sobre todo, la muerte, que siempre está presente, como una obsesión o la meta inexcusable a la que todos llegan.
No diré más, pues de brevedad trato. Sí deseo dejar un cuentecito cogido al azar que puede resumir lo que de este libro cuento. (O todo lo contrario.)
Su título: Precaución. Y el relato dice así: “Siempre llevo mi cadáver dentro del maletero del coche. Nunca se sabe cuándo te puede sorprender la muerte”.
* Miguel Ángel Zapata. Baúl de prodigios. Granada. Traspiés, 2007
** Publicado en el nº 21 de Letra Clara, abril 2008
Alegrías de tierra adentro
En mi casa a mí me llaman
marino de tierra adentro;
siempre que voy a la playa
sólo me mojo por dentro.
Con la cerveza en la mano
me siento en el chiringuito
con el pelo humedecido
comiéndome un pescaíto.
Como no tengo mar
nunca me baño;
que un poquito de sal
me va sobrando.
Otro haiku
Amaina el viento.
Palabras en la cara,
ahora son besos.
Haiku
Blancas ardillas
hacen del tronco herido
su madriguera.
Haiku
Todo el mar cabe
en la esquina salobre
de aquella lágrima.
Hay mujeres que son maltratadas
Hay mujeres que son maltratadas,
y que no denuncian.
Pero al final mueren.
Hay mujeres que son maltratadas,
y denuncian.
Pero al final mueren.
Hay mujeres que son maltratadas,
denuncian, aunque perdonan.
Pero al final también mueren.
Porque si el hombre es el único animal
que tropieza
doblemente con la misma piedra,
la mujer es el único ser
que tropieza dos veces con el mismo hombre.
* Nos acercamos a la trreintena de mujeres asesinadas este año por violencia del hombre.
La cansada infiel
Estando de borrachera,
quise llevármela al río,
aunque no fuera soltera.
Fue la noche de Santiago,
que compramos unos litros,
se apagaron las farolas,
se escucharon unos gritos.
Bebimos en las esquinas,
toqué sus pechos dormidos,
y abrimos otra botella
de sabores amarillos.
* Con mis respetos a Federico y a su poema "La casada infiel" (como la Torre).
El beso robado (y 4)

Mario
Vaya noche más completa. Salía yo con un mosqueo de mi casa. Había vuelto a suspender todo. O sea, todo lo que tenía entre manos. La Estadística, que me presentaba ya a la tercera convocatoria, y no hay forma de sacarla. Si es que no la entiendo. Por más vueltas que le doy, es imposible. El carnet de conducir tampoco lo he aprobado. El teórico, porque cuando me examine del práctico, no voy a tener ningún problema, llevo cogiendo el coche de mi padre desde los dieciséis años. Y, para colmo, suspendí también con una chica. Una cita a ciegas que nos organizaron los compañeros. Mira que les dije que no iba a funcionar. Quedamos para tomar café. No estaba mal. Sus ojos eran sobresalientes. Pero empezamos a hablar y no encajamos. No teníamos casi nada en común. Intercambiamos los teléfonos. Que nos llamaríamos en otra ocasión. Yo sabía que no me llamaría nunca más. Yo, tampoco la llamaré. Cuando coincidamos, le propondré empezar del principio, como si no nos conociéramos de antes. Que, en el café, yo no era yo. Bueno, sí que era yo, pero no me comportaba como yo habitualmente. También sé que ella quiso impresionarme. Se maquilló más de la cuenta para mi gusto, y se puso un vestido palabra de honor, creo que le dicen, con los hombros fuera, que parecía sacada de una película de adolescentes norteamericanos el día de su graduación. No creo ni que fuera cómoda con él. ¡Lo que hacen las mujeres! No pegábamos ni con cola. Además, en vez de hablar de todo un poco, y, sobre todo de ella, que es lo que les gusta, comencé a largarle todos mis problemas y mis fracasos recientes. Se agobió. Y yo me agobié por su agobio y por mi estupidez. Quise arreglarlo comprándole una rosa de esas que venden por los bares. Que a mí no me compres eso, me dijo, delante del indio y todo. Que yo estoy en contra de la explotación y la doble moral de los gobiernos. Que no entendemos el problema real de la inmigración. Que si tal, que si cual. ¡Qué espectáculo! Vestida de merengue y con ese discurso. No sabía qué era mejor, si comprarle la flor o no, si comprarle todo el ramo o salir corriendo. ¡Pies, para qué os quiero! Además, no tenía nada que ver con ella. Esa estampa no me pertenecía. Lo mejor fue despedirnos en la puerta de la cafetería sin ponernos excusas si quiera. Los dos estábamos deseando que se acabase todo. Me fui destrozado. Por todo y por lo absurdo de la vida, de las cosas que pasan. Debería ser tan sencillo en cambio. Busqué a algún amigo y no encontré ninguno. Después de más de una hora de dar vueltas entré en un bar y me tomé dos cervezas para recuperarme. Después visité a un amigo en su garito. Allí siempre me tomo dos más y él me invita a otras tantas. Con el pico caliente, seguí cerveceando un rato más, hasta que cogí mi bolsa y decidí retirarme. En ese momento todo me parecía anecdótico, todo había tenido su gracia. Lo del suspenso de Empresariales, lo del carnet y hasta lo de la cita a ciegas con el merengue comprometido. Al pasar por una esquina camino a casa, veo a dos discutiendo y a otra más allá. Tenían una cara de cabreo que me daba risa. Que sí, que no. Que no, que sí. Y, cuando llego a su altura, ella dice que le daría un beso al primero que pasara. Miré hacia el lado, hacia atrás y yo, no sólo era el primero en pasar, sino que era el único. Sin pensarlo dos veces (después del día que llevaba no me iba a poner a pensar en las consecuencias), solté mi bolsa, cogí a la chica por la cintura y junté mis labios con los suyos. Ella también me devolvió el beso. Me cogió la cabeza y su beso me supo a gloria. Acto seguido, la mano recia del chico se estrelló en mi cara con tal contundencia que me tiró al suelo. Sin embargo, no perdí la sonrisa.
Soleá
Tengo una pena muy mala
me río durante el día
y lloro solo en mi cama.
Pretendes mi dinero;
mira que las tuercas se aflojan,
quiéreme a mí primero.
* Sin querer profundizar mucho más en el flamenco, apunto este par de soleares.
El beso robado (3)

Lidia
Joder, qué lío tengo. La otra noche me planteó Ángel ir al cine. No es mi plan favorito de una tarde de sábado, pero, como no teníamos otros planes, me pareció bien. Entonces se lo dije a Mónica, que me la encontré en la escalera. Ella, al principio no quería venir para no interferir en nuestra relación. Que conoce a Ángel, me dijo. Si ella tuviera pareja sería otra cosa. Yo podía haberle tomado la palabra y que no viniera. Pero me dio cierta pena en parte. Y también por mí. No voy a renunciar a mis amigas porque tenga novio. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Fuimos a una de esas películas que le gustan a Ángel. De esas del espacio y de cohetes. Yo me puse en medio, como es lógico. Así que me tocó aguantar el paquete de rosetas. Yo, la verdad, como pocas o no como. ¡Me dan una tos, que no puedo! Los dos cogían alternativamente, creo. Pero, casi al final de la película, se me ocurre mirar para abajo y Ángel da un respingo. Estaban cogidos de la mano. Así, tan campantes. Delante de mis narices. Es que soy tonta. Encima que la invito, me ponen los cuernos. Mi vecina, mi amiga. Mi intención era levantarme e irme, pero, cómo los voy a dejar a los dos solos. Para colmo la noche continuó en una pizzería y después en un bar del centro. Cuando Mónica fue al baño, le pregunté a Ángel qué había entre ellos. Y, el cara dura, me dice que nada, que no lo ha habido ni lo habrá. Y que lo del cine fue un malentendido, un accidente. Así se llama ahora: accidente. Que te pongan los cuernos delante de tus narices es un accidente. Mi cabreo crecía por momentos. Ángel también se enfadó o hizo como si se enfadara. Cuando volvió Mónica, que se había pintado un poco, él le hizo una mueca. ¡Lo que faltaba! Encima sonrisitas. No lo podía aguantar. ¡Tendrá cara dura! Encima, propuso tomarnos un cubata allí, donde la conocen. Eso ya es un golpe bajo. Ángel, para disimular, dijo que él no iba. Hubiera sido un buen momento para pedirle explicaciones a esa putilla de tres al cuarto. Pero no. Al final fuimos los tres a ese sitio cutre, cutre, cutre. Me tomé un zumo que me sentó hasta mal. Ángel dijo que nos acompañaba. ¡Qué pesadilla! No podía haberse ido ya a tomar por el culo. No, tenía que acompañarnos hasta la mismísima puerta. Intentó cogerme de la mano. Intentó hablarme. Me dijo que me quería con las lágrimas asomando. Pero yo ni caso. Aunque, al llegar a casa me ablandé y él se puso otra vez rígido. Que me besara, si quería, al final le dije. Que subiera al piso. Que podíamos darnos otra oportunidad. Como no reaccionaba, el beso se lo intenté dar yo. Y entonces me quitó la cara. El muy cerdo me despreció. Así que, en un arrebato, dije que necesitaba un beso y se lo daría al primero que pasara. Lo dije en broma, claro está. Pero un chico alto, con pelo largo, buenísimo, que me había oído, me tomó la palabra. ¡Qué bien me sentó ese beso! Ángel, se volvió entonces, y le dio una hostia que lo tumbó antes de irse. Se llama Mario.
* Fragmento del beso de Rodín.
El beso robado (2)

Ángel
No sé cómo empezar. Me gusta Lidia. La quiero. Pero a veces me pone las cosas muy difíciles. La otra tarde quería que estuviéramos solos como una pareja normal. Que fuéramos al cine, tomar algo y todo eso. Y hablar. O no hablar. Simplemente estar juntos, mirarnos, cogernos de las manos, darnos un beso (o cien) y, quizá, fuese la noche apropiada para que me invitase a subir a su casa… Pero no. Se tuvo que presentar con Mónica. Siempre Mónica. Parece su sombra. Estoy harto. Con ella no podemos hacer nada. Ir como amigos, como a los diecisiete años. Y no es que me caiga mal. Mónica es divertida. Y, bien mirado, está hasta buena. Que tiene un culo… No me importaría en un momento dado quedar con ella. Pero hay días y días. Y ese día era especial. Se podía haber quedado en su casa o salir con María del Mar y Daniel, que hacen un buen trío. Daniel dice, sin embargo, que tengo suerte. Que por el precio de una tengo dos. Que me aproveche. Que no sea tonto. Cómo si fuera tan fácil… Lo dicho, estábamos en el cine. Un peliculón de los que me gustan. Futurista. Aunque a las niñas no les gustó mucho. Yo creo que no se enteraron ni de la mitad. Están en Babia. ¡Así son ellas! Mientras no haya amores y lágrimas, las películas no son buenas. Lidia tenía las palomitas sobre su falda. Yo me demoraba en coger, así estaba más cerca de sus piernas. Su mano libre agarraba la mía y yo, la suelta, la llevaba del paquete a la boca. En un momento, Mónica me cogió de la mano. No sé por qué. El corazón se me aceleró pensando si fue adrede o sin querer. Lidia se dio cuenta de todo menos de mi sonrojo, por la oscuridad del cine. Menos mal que estaba oscuro. Por instinto retiré la mano rápidamente. Cuando salimos fuimos a una pizzería a comer alguna cosa. Lo propuso Mónica. A mí me pareció bien. Siempre tengo hambre. Además, necesitaba tiempo para reflexionar, para aclarar que yo no tenía nada que ver con esa provocación, con ese manoseo. Después de comernos un par de pizzas entre los tres (no quisieron ensalada ni ninguna otra entrada), Mónica se fue al baño y Lidia aprovechó para echarme en cara lo de las “manitas” que hicimos delante de sus narices. Que se nos vio el plumero, dijo ella. Fue una casualidad, dije yo. Metimos las manos al mismo tiempo y se rozaron sin querer, proseguí. Parece que cada cosa que decía empeoraba la situación. Esto es como lo de los abogados: cualquier cosa que digas puede ser utilizada en contra tuya. Además, le dije ya ofendido, si no te fías de tu amiga no haberla traído, que nos ha jodido la noche encima. Ella dijo que era un cabrón y dejó de hablarme. Cuando se enfada sin razón me pone atacado. Se calla y que yo le adivine el pensamiento. Quien tenía que estar enfadado era yo. Así que también le hice el vacío. Me quedé como un muerto. Cuando llegó Mónica intenté sonreír pero no me salía. Propuso ir a tomarnos una copa. Yo dije que mejor me iba. Lidia apoyó mi decisión. Así que, al final, no me fui. Y Lidia tampoco. No hablamos nada en aquel pub incómodo y caro que le gusta a Mónica. Ella sí habló. Tonterías. Cosas de mujeres. Cuando acabamos, dije de acompañarlas, aunque sin ganas. ¡Maldita suerte! Las guié hasta la puerta de su casa y les dije adiós. Mi paciencia había acabado. Lidia me pidió un beso. Después de la noche que me dio va y me pide un beso. No, que va. Volví la cara y no le hice caso. Yo también quería besarla, pero no podía. Sería el estúpido orgullo que me lo impidió. Era necesario detenernos un poco y recapacitar. Necesitaba tiempo. Entonces me amenazó. ¡Eso sí que no! Así si que no se consigue nada. Dijo que necesitaba un beso, que si no era el mío sería el de cualquiera. Me volví con cara de quien dice “eres patética”. Y, en ese momento, un peluo soltó su mochila y le endiñó un beso en los morros a mi Lidia, que me dio un asco. Que me volví y, con el impulso y la rabia, le di un puñetazo con la mano abierta en toda la cara que se cayó al suelo, con su sonrisa de estúpido todavía puesta. Miré a Lidia con desprecio. Como con ganas de llamarla puta, de no sabes lo que haces. Me di la vuelta y me fui rápido.
* Ilustración de Nuria Quevedo para el libro "Casandra" de Christa Wolf, Círculo de Lectores, 1987.
El beso robado (1)

Mónica
Qué fuerte lo que le pasó a Lidia el otro día. Bueno, a Lidia y a su novio. Iba yo con ellos. No es que me guste. Pero siendo una de las mejores amigas de Lidia, me suele llamar para salir con ella. A mí no me gusta salir con parejas. Prefiero cuando salimos las chicas solas. No sólo es más divertido, sino que cada una va a su bola. Hacemos lo que queremos sin ningún novio o marido al lado que te corte el rollo. Como cuando nos metimos en el bar gay. Todos creían que éramos lesbianas. Nos besamos y todo para seguir con el rollo. Fue superdivertido. Pero con parejas es distinto. Además, llega un momento de la noche que se enrollan, aguándote la fiesta. Y yo qué. A mirar para arriba, a limarme las uñas hasta que acaben, a hacer cola en el lavabo… Aunque hay otras parejas peores. Manolo y Susi, que no se sueltan de la mano ni a la de tres, y se llaman ratoncito. Qué cursi. Es superempalagoso. Así no dan ganas ni de tener novio. Aunque si lo tengo, puede que hagamos lo mismo. Otra vez, el novio de María del Mar no hacía nada más que tirarme los tejos. ¡Qué fuerte! Y yo, qué me dejes. Hazle caso a tú novia. Yo, la verdad, aspiro a otra cosa. Se lo tuve que decir, aunque no me importaría tener un rollito con Daniel. Pero eso a una amiga no se le hace. Sería supercutre. Me fui a mi casa y ellos cabreados. Daniel le tira los tejos a cualquiera. Si no está a gusto con María del Mar que la deje y punto. Ahora parece que se van a casar. Se han comprado un piso. Yo creo que no van a durar mucho tiempo. Lo malo es si tienen niños… Esto es un lío. Bueno, lo que estaba diciendo. Como insistió tanto Lidia, le tuve que decir que sí, que me iba al cine con ellos. Después de la película, de esas de marcianos, que no se las cree ni dios, nos fuimos a la pizzería. Algo había que comer. En el cine se portaron. Creo que no se dieron ni un beso. Se limitaron a estar cogidos de la mano y comentarse cosas al oído mientras compartían un paquete de palomitas. Bueno, mientras compartíamos un paquete de palomitas. Lo sostenía Lidia, y yo a la izquierda y Ángel a la derecha, cogíamos indistintamente de la bolsa. Nuestras manos, las de Ángel y las mías, se juntaron en una ocasión. Yo di un brinco y me puse roja, creo. ¡Superfuerte, oye! Seguro que me puse roja. Por eso casi no comí más palomitas. Que estaba un poco harta, le dije a Lidia. Abrí mi lata de cola y me la bebí en silencio. La película tampoco me gustaba mucho. La eligió Ángel. Qué vamos a hacer. En la pizzería también compartimos pizza. Bueno, pero allí con más orden, había luz y no estabas pendiente de la pantalla. Además, a cada uno correspondían dos trozos de pizza. Así que sin problemas. Pedimos dos, pues cuatro trozos para cada uno. Pedimos postre y todo. Yo fui al baño. Deje mi parte y me fui al baño. Dos latas, tengo que soltarlas como sea. Cuando volví, no se qué había pasado. Tenían caras largas. Se habían enfadado por algo. ¡Joder qué rollo! De todas formas, propuse tomarnos una copa al pub de siempre, ése de madera vista. Para ver si se animaban, para ver si Lidia me contaba algo. Estuvimos solas un tiempo, mientras Ángel iba a pedir, pero Lidia no dijo ni mu. Al rato, con los ánimos por los suelos, decidimos retirarnos. ¡Vaya sábado! Ya en casa le sonsacaría algo, porque, además, somos vecinas. Ángel nos acompañó hasta la puerta del portal y Lidia le pidió de subir. Él, que no. Que estaba muy cansado, que trabajaba al día siguiente. Lidia vio que era inútil seguir insistiendo, así que le dio las buenas noches y, cuando inclinó la cara para besarlo, Ángel se apartó como si le hubieran puesto un cubito de hielo en la espalda. “¿No quieres besarme?”, preguntó Lidia ante la evidencia. Él dijo que mejor dejarlo así, que mañana hablarían. Ella dijo que sólo un beso. “Por favor”, parece que añadió. Anda que yo voy a pedir un beso por favor. Es superhumillante. Ángel con la boca apretada y gesto de desafío, como de quien tiene la sartén por el mango, pronunció un rotundo adiós y se dio la vuelta. Lidia casi le gritó que si no era con él, sería con el primero que pasara por la calle. En ese momento pasaba un chico por nuestra acera, moreno y alto, que oyó el comentario y, sin pensarlo dos veces, dejó la mochila en el suelo y le dio un beso a Lidia en toda la boca. No me lo podía creer. Y Lidia se lo devolvió. Vaya que si se lo devolvió. Le cogió la cabeza y todo. Fue un segundo, pero parecieron horas. ¡Qué fuerte! Un segundo fue lo que tardó Ángel en darse la vuelta y soltarle un tortazo al chico de la mochila y tirarlo al suelo. Y, sin decir nada más, se fue a su casa.
* El beso robado es un cuento en cuatro partes.
** Con un fragmento del beso de Klimt.
Fandango
Al no tener yo fortuna
no me quedé ni con doce,
ahora tengo la luna,
todo el mundo me conoce,
y ya no les paso ni una.
* Con mucho respeto, he ensayado escribir algunas letrillas de flamenco.
Seminuevo
Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta
y añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero,
acaso,
si no era conforme su adquisición.
Que me quedara como estaba,
al fin,
con una triste mano atrás
y delante un cartel
para cubrir mi vergüenza.
Poética
By this, and this only, we have existed
T.S. Eliot
Escribe y calla.
Mancha el ambiente.
Mécete cuerno a cuerno de la luna.
Haz que tu estómago haga gárgaras
con todo el semen de tu hastío.
Enjuga el paso de la vida
con la luenga esponja del verso.
* A modo de Jesús Munarriz, en el año 86, escribí esta poética, que reviso breve para publicarla en este blog.
El descabezado
Cortaron mi cabeza,
y el corazón quiso gritar
tu nombre con amor
pero le faltaba la voz,
y mi boca quiso cantar
tu nombre con amor
pero faltaba corazón.
*Poema que introduce el cuento El descabezado (de un servidor), publicado en el bestiario colectivo "¡Qué bestias!". (Granada, junio de 1999).
La estrella, esa que buscas
La estrella, esa que buscas,
se oculta apenas en la niebla.
Un intenso suspiro al menos,
una mirada para adentro,
tan sólo un roce de tu piel
para adivinar su blancura.
Deja que los muertos entierren
sus muertos.
Deja que el sol renazca
cada mañana.
Deja tu alma vagar eterna
entre la niebla.
Pues hay más cielo que el que vemos.
Cada vez que miramos hacia atrás
castigamos el porvenir,
impedimos al incierto mañana
seguir construyendo el futuro.
* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.
Por qué maté a mi marido

Me cuenta María que estaba harta de un marido tan perfecto. No es que ella fuera boba, retrasada o algo por el estilo. Él podía pasar por un superhombre. No era excesivamente guapo, pero tenía ese irresistible atractivo que atraía a todos los que estuvieran a su alrededor. Era elegante y educado, simpático y gracioso, cuando lo requería el momento. Su humor era fino y discreto, oportuno y con gusto. Sonreía con los ojos y con una perfecta caja de dientes que parecía brillar, sino resplandeciera por entero. No era buen atleta, pero sí deportista. Salía al campo todos los domingos y recorría no sé cuántos kilómetros. Después volvía como nuevo. Las mujeres lo adoraban y los hombres le tenían una solapada envidia que, sin remedio, se convertía en una amistad incondicional. Tenía amigos. Eso sí. Si algo le sobraba eran amigos. No paraba de saludar por la calle, de ver a gente y dialogar con ellos. Sabía hablar a las personas. Sabía lo que decirle a cada uno, en cada momento. Por eso lo buscaban. Por eso también lo buscaban, mejor dicho. Tenía don de gentes.
Y me quería. Podías pensar que el problema es que no me quería. Que tenía una amante, una doble vida o celos compulsivos o razonables. Pero no. Yo no tenía queja de él ni él de mí. Era atento y fiel. Recordaba todas las fechas y advertía mis cambios de peinado. Sus detalles no se limitaban a días señalados, a veces me sorprendía con flores o una cena.
Nunca le pude dar hijos. Al principio, él se echó la culpa. Puso todo lo que estaba en su mano. Consultó a médicos, a psicólogos y se estuvo tomando fármacos. Cuando estuvo claro que la estéril era yo, lloró conmigo y me consoló; le quitó importancia y posibilitó la adopción. Pero yo no quise. Nos acomodamos a la soledad de la pareja. Colaboramos con un grupo socioeducativo para niños y jóvenes y teníamos suficiente. Más tarde nos hicimos con un perro. Le dieron un perro. Un setter irlandés que se llamaba Floro y que lo quería a él más que a mí, aunque fuera yo quien le preparaba la comida y lo sacaba entre semana. Él se lo llevaba de excursión los fines de semana y jugaba con él a la vuelta de su trabajo. Poquito, porque llegaba bien tarde. Lo teníamos en la terraza y ladraba a la calle. Un día perdió el equilibrio y se calló sobre un coche blanco. No le pasó nada, pero al del coche le tuvimos que pagar el taller para que le arreglaran la chapa del techo.
Con mi familia bien. A mi padre le ayudaba con el huerto y con sus manualidades. Lo llamaba muy a menudo con cualquier problema y él acudía raudo. Mi madre presumía de yerno y preparaba la comida pensando en él, cuando íbamos a comer. A ella también le llevaba flores, aunque no la llevara al cine. Mi hermana tenía más confianza con él que conmigo.
En la cama, casi me da vergüenza contártelo, me gusta hacerme la niña (a veces hasta me vestía de colegiala) y que él fuera mi profesor. Me porto mal, le digo. Me he portado mal. Y él me levantaba la falda y me azotaba suavemente y me hacía el amor, mientras yo gritaba como si me hiciera daño. No siempre era así, sin embargo. La mayoría de las veces era un misionero o yo lo cabalgaba hasta quedar exhaustos. Ya nos conocemos. Teníamos nuestro ritmo. Conseguimos alcanzar un punto y mantener el goce durante bastantes momentos antes de estallar. Después hablábamos. No fumamos. No somos fumadores. Sólo hablábamos a media voz, con la luz apagada. Nos quedábamos dormidos en mitad de una frase. Ni siquiera roncaba. Normalmente no ronca. Aunque si bebe o está resfriado… pide perdón y por la mañana nos prepara un zumo de vitamina ce.
Era un buen confidente. Un buen pañuelo para llorar y consolarse. No sólo mío. La gente lo llamaba y lo buscaba, como te digo. Sobre todo las mujeres. Si hubiera puesto un consultorio en vez de una clínica le habrían ido mejor las cosas. No es que le fuera mal la consulta, a ver si me entiendes, es que le absorbía demasiado. Le llevaba mucho tiempo. Hacía más de lo que debía. Además tenía su grupo. Sí, ese al que no le cobra. Los llamaba sus “huerfanitos”. Estaba compuesto por inmigrantes, pedigüeños y personas sin techo. Decía que era su pequeño grano de arena. Unas horas al día, al final del día, lo dedicaba a eso. Todos tienen derecho, me decía. Pues que se ocupe el gobierno, las instituciones públicas. Pero él, que no. Que hay gente sin papeles, que quiere decir sin derechos. O tienen problemas inconfesables. O hay quien necesita otro tipo de atención… Por eso a veces llegaba tan tarde. Yo me enfado, pero en realidad me parecía bien lo que hace. Es una buena labor. Admirable.
No le costaba madrugar. Esa es otra. Nada más oír el despertador, a veces antes, saltaba a la ducha. Se vestía y preparaba el desayuno para los dos. Cogía su bata y su cartera y se iba de casa dándome un amoroso beso mañanero que me duraba algunas horas. Yo me asomaba a la ventana para verlo subir al coche, arrancar e irse. Siempre tan puntual. Siempre tan perfectamente formal.
Yo me asomaba a la ventana para ver si ese día el coche no arrancaba o tenía algún problema con el vecino que siempre tapa la entrada del parking o le habían roto el cristal para llevarse la radio o cualquier otra cosa extraordinaria que mancillara su exactitud, que ensombreciera su puntual rutina.
Porque no aguanto, no aguantaba, tanta perfección, que me relegaba a mí a un segundo plano, aunque ficticio. En mi familia lo prefieren. Nuestro perro, Floro, lo prefiere. Nuestros amigos son suyos. Yo sólo soy consorte. “Con suerte”, pensarás. Yo también lo pensaba. La vida me sonríe. Tenía al marido diez, una casa a medida, una vida de ensueño. Todas mis ilusiones se hicieron realidad. Mis sueños se han cumplido. Mis amigas me felicitan y envidian mi suerte. Pero yo me veo a rastras. Sabes lo que te digo. Por muy buena que sea, siempre seré la mujer de Alfredo. Siempre creceré a su sombra.
Lo denuncié. A eso que protegen a las mujeres, le puse una denuncia. No me había agredido ni me pegaría en la vida, pero llorando dije que me acosaba, que tenía miedo.
Estuvo alejado de mí mucho tiempo. Por ley no podía acercarse a más de doscientos metros. Me mandaba mensajes por amigos comunes, por mi familia. Hasta me escribió una carta. Que no lo entendía, que qué había hecho. Qué había pasado para tener que abandonar su casa, su perro y a su mujer. Yo no le hacía caso. Aunque lo quería con todas mis fuerzas, no le hacía caso. Y seguía empeñada en mis denuncias. Me acosaba su perfección sin fisuras, su sonrisa sincera, su don de gentes, su éxito en la vida… Incluso me molestaba que estuviera enamorado de mí y yo de él. Ni una mancha en su expediente. Ni una cana al aire, como quien dice. Y yo, la chica más popular del instituto, la superrubia de las animadoras, que podía haberme ido con cualquiera, acabé con él. Para mí el mejor. Pero esta sumisión sin condiciones, esta adoración… Llegó a dolerme quererle tanto. Sus besos me quemaban de puro amor. Había veces que no dormía, viéndolo dormir a mi lado.
Un día me abordó por la calle y lo detuvieron con lágrimas en los ojos. ¿Por qué me querría tanto? Su vida también era perfecta sin mí. Podía rehacer sus pasos cuando quisiera. Podía estar con cualquiera. Sólo tenía que desearlo. Se había alquilado un apartamento cerca de la clínica y se le ensombreció la cara. Me gustaba. Su dolor era para mí una liberación. El resquicio de aire fresco en un lugar poco ventilado.
Me interesé por su vida. Preguntaba a sus pacientes y vecinos. No era el de antes. Cojeaba. Le faltaba algo, que simplemente era yo. Estaba ganando la partida. Mi venganza se estaba cumpliendo.
En el bolso guardé un cuchillo de cocina. No muy grande, pero sí ancho y puntiagudo por si se acercaba otro día. No quería matarlo al principio, pero un arma blanca afianzaba mi condición de mujer acosada. El miedo hizo lo demás. La inseguridad se tornó en tragedia. Tuve miedo de que todo volviera a su sitio, de mi debilidad, de volver a ser la mujer de Alfredo, la que viene con Alfredo, la que va después de Alfredo, del hombre perfecto. Estaba insegura. Era débil. Una palabra suya bastaría para que cayera a sus pies arrepentida, que le pidiera perdón llorando.
Se me acercó y cerré los ojos. Me cogió de los hombros y abrí el bolso. Me dijo te quiero y le clavé el cuchillo en el pecho.
* El viernes escribí este cuento.
Llovía sin querer
Llovía sin querer.
Poquito, casi nada.
Abrimos el paraguas
para justificar
al menos nuestro abrazo.
Me hablaste de él,
de su sabor,
de tu querer...
Comenzó el aguacero.
Te fuiste descubierta.
* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.
Poco me importa
Poco me importa, ¿qué? No sé: Poco me importa.
Alberto Caeiro
* En contra del uso, publico algo ajeno. A raíz del poema de la pasada semana, encuentro este otro alejandrino del más empírico de los heterónimos de Pessoa.
Poema visual
Al final de este verso no pondré ningún punto
* Este alejandrino conforma una de los poemas álgidos de mi producción creativa. Es toda una declaración. Fue publicado en el sobre "Albúm de poesía visual", adjunto en el número 7 de Letra Clara (revista de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada), fechado en mayo de 1999.
Si
Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.
Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.
Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.
Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.
* Si fuel el número 13 de Escritos de la mala lengua de Ediciones del Vértigo, publicado en febrero de 1996.
Noviembre
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincon más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!
F.García Lorca
El amor de noviembre
se ha impuesto en mi anhelo
como una campana que vence
el silencio de la tarde plomiza
de pálidas nubes eléctricas
y un vendaval de sentidos que afloran.
Extiende sus alas y se incorpora,
rompe los deseos del viento,
malea el horizonte como un haiku,
yergue las espinas ocultas
bajo el ventanal de gotas podridas.
Suavemente llega y desploma
el eco que entorna los libros.
Las bocas separan con ansia
el momento escapado
que cómplice retiene
lo que ahora es ayer.
* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.
Nocturno en re mayor
Hoy te he sentido junto a mí.
Te he saludado al pasar por tu puerta.
Tú me respondes, me interrogas.
Aclaro que estaba soñando en ti.
Será pensando, me corriges.
El soñar es involuntario,
sin apenas quererlo.
Es etéreo y es platónico.
Si alguna vez quise a alguien,
si alguna vez he amado
siempre, siempre, ha sido contigo.
* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.
Quisiera morir para ser de nuevo
Quisiera morir para ser de nuevo,
volver a mirarme en tus mismos ojos,
y saltar en la arena
o flotar en la espuma
que entrelazas cada mañana,
cuando amanezco.
Sé que el sol despierta con tu mirada,
los pájaros entonan con tu risa
y yo, que no soy sol ni canto, espero
una palabra tuya
que bastará para salvarme.
* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.
Iahve
iahve puso el disco de prohibido al manzano tal vez
fuera el único frutal de esta especie y posiblemente
tuviera sólo esa manzana el fruto es más tentador por
estar vedado ese edén no era tal paraíso dios y la
serpiente montaron la escena iahve fue el sádico ella
quiso un imposible a él le faltaba una costilla por la
tierra pasaba un río y al torrente le faltaba un poco de
barro y el amo perdió un soplido fue la negación de
la negación eva antojada de caín cansada de yerbas y
raíces amó la manzana pero estaba muy alta satanás
quiso aparecer en el mundo y nació caín con su estigma
la señal de la minoría la huella del superhombre símbolo
del poder del señor de las tinieblas el primogénito venció
a abel sufrió al hacerlo pero su ejecución era imprescindible
era parte del juego no tenía opción era su sino estaría
profetizado con su estigma que era el de eva belcebú y dios
y sería el de calígula y judas y amén pudo ser un juego
donde el que gana pierde y el que pierde arrostra su suerte
y alguien lo escribió sobre las gradas del templo ella
inmaculada pisará la cabeza de la sierpe pero el ángel
caído siempre está cayendo y el poderoso sigue condenando
árboles y sombras el cieno y el barro auparán otra costilla
sedienta de un nuevo estigma y el juego se repite
baja a la tierra la segunda persona engendrada y no creada
hija del padre que pasó cuarenta días desérticos y sus
gélidas noches y empuñó un látigo levantó a lázaro de los
brazos de su amada y no yació con la magdalena
murió por costillas y por limo soplos y estigmas prosiguió
su lúdico devenir por la calzada de emahú la semana
siguiente fue peregrino y salvó a sus amigos judas no quiso
entregarlo pero así dictaba el juego luego ahorco a su
estampa no lo fotografiaron y tomás que era joven
no se lo creía tocó el pecho de su hermano y se llenó
de llaga y el séptimo día descansó partió pan que era él
sirvió vino que fue su sangre y lo dio a los demás
iahve vio que todo lo que había hecho era bueno
* Poema muy muy antiguo de una recopilación que di en llamar "Autorretrato sin vértigo".
El filo de la navaja
Bien mirado, sabemos,
que la felicidad
depende de muy poco
y es ese poco
lo que siempre, siempre, nos falta.
* De "El que come en medio pasa la sal"
Cosas que tenía que hacer
Cosas que tenía que hacer
las dejé en el semáforo
aquel día en que no llovía.
Ese martes de asueto
se me impusieron unos jeans
pintando una silueta,
denunciando unas curvas.
No vi su pelo oscuro
ni su camisa blanca,
sólo su desnudez
a través de sus pliegues
y el sensual movimiento
que le impuso la luna.
* De "El que come en medio pasa la sal"
Son demasiados
Hitler, Francisco Franco,
Mussolini, Eddine Bokassa,
Honeker, Fidel Castro,
Amín, Jorge Videla,
Bush, Hassan, Pinochet,
Duvalier, Milosevic, Marcos,
Stroessner, Ceausescu...
Sólo una cosa es cierta,
son demasiados.
* De "El que come en medio pasa la sal"
Se ofrece secretaria
Se ofrece secretaria
de tarde y de mañana;
conocimiento de informática,
contrastada experiencia,
eficaz relaciones.
Contestará el teléfono,
es hábil con el fax,
domina tres idiomas.
Tiene buena presencia,
y un récord con la máquina:
quinientas pulsaciones
por minuto que pase
sin encontrar trabajo,
mientras le estalla el alma.
* De "El que come en medio pasa la sal"
A la democracia
Bebí en la boca abierta
de tus proposiciones,
sin atender siquiera
a cubrirme la espalda.
Cerré entonces los ojos
y me confié sumiso
aunque sin conocerte
sólo de aquella noche
o de una solapada
lectura en el deseo.
Caminé sin pensarlo
a través de tu sombra alegre
anhelando con esperanza
las luces del mañana.
Acaso, pienso, y creo,
que, sin embargo, ahora
no eres más cierta
que aquella inquieta pesadilla.
* De "El que come en medio pasa la sal"
Acontecen mañanas
Acontecen mañanas,
cuando acaso amanece,
que no sirve de nada
que retires las sábanas.
Más te vale volver
al sueño inacabado,
a la almohada cómplice,
a la callada lágrima,
porque todos han muerto,
porque todo desaparece
con sólo un parpadeo
y el invierno es tan largo.
* De "El que come en medio pasa la sal"
Déjale que crezca
Se ha quebrado el espejo
donde pones tus manos
sucias de regaliz,
donde aplastas la cara
sin bozo alguno,
donde ensayas tu nombre
en el aliento de tus besos.
Se han perdido las brujas,
bucaneros y duendes
que desbordan las páginas
de cuentos ilustrados
con que dormías cada noche.
Ya no pinchas tu dedo
en la rueca durmiente,
en la rueca que espera
el beso azul,
príncipe enamorado.
El caballito de madera,
ese de brida roja,
mira con amargura
su reflejo en tu espalda,
cuando en la bamba olvidas
que tienes un padre violento.
Y en el aire secas tus lágrimas.
Y en el viento borras tu infancia.
* Escrito en 2006 con motivo de la exposición sobre los Derechos del Niño (revisado).
Cuento a tres voces

Hace unos días hice referencia a las Hojas de Navidad. En una de ellas, motivado por los acontecimientos recientes e influido por el hablar de los Martes y 13, publiqué este cuentecito.
Quizá todos sepan, excepto los pocos románticos que quedamos en el mundo (un sudamericano, otro que se ha muerto y yo), que los Reyes Magos trabajan tan sólo una vez al año y se hacen un viajazo de envidia. Es francamente (suizamente) difícil comentar todas las vicisitudes de estos soberanos, que aparecieron en la historia junto con la Era. Así que contaremos sólo los episodios que todos conocemos (por eso los contamos, si no los conociéramos no los podríamos contar).
Pues bien, nuestro relato comienza precisamente en ese primer año (1 d.C.), en el cual nuestros tres personajes se tuvieron que esmerar de verdad como para sentar un precedente que durará toda la vida.
Ellos, oportunistas como reyes y con visión de futuro (*) como magos, se dirigieron a ayudar al parto a María, madre del Rey de los Judíos, de nombre Jesús y de apellido Herrera, aunque más tarde fue carpintero (obligado por su padre, pues con los milagros y todo eso no daba ni chapa). En aquel entonces siguieron a una estrelia de la suerte que los llevó a su destino (algunos dicen que fue un cometa y que, de camino inventaron el pararrayios unos siglos antes que Franklin), actualmente se guían por un conejilio del Play-boy montado en un misil tierra-aire. Y se dirigieron a Belén (**) montados en unos camelios de segunda mano que les vendieron en un taller de chapa y pintura.
Los Reyes, en un Santi-amen, improvisaron unos regalilios en el mercado negro. Entraron con lintennas y buscaron el puesto más cercano. Al bajarse de los camelios tuvieron que adquirir unos pañulilios de papel que les vendió un chiquilio moreno. De presente llevaron al portal, como todos sabéis, oro, incienso, petróleo y mirra (***). El portal estaba cerrado y el portero automático no funcionaba y le metían todos los goles. Así que aprovecharon para echar una meadilia mientras Balta-sal gorda vigilaba.
Rápido y veloces, como magos que eran, convirtieron a unos pastores que por allí había en laúdes, flautilias, zambombas y panderetilias y al perro en un bocadillo de escabeche porque Melchós tenía hambre (¡contra, Melchós, ya tendrás tiempo de comer!). Y más rápidos y más veloces, como reyes que eran, se los dieron a los pajecilios para que improvisaran una rondalia. Cantaron aquello de: "Asómate, asómate al balcón..." Se asomó José y dijo que cantaran más flojilio que su mujer estaba de parto. ¿Departo de quién? Se aventuró a preguntar Gaspal (****). ¿De parto de quién va a ser, no querrás que sea de una paloma?, ¡no te fastidia! [risas ahogadas]
Pidieron permiso para entrar, le abrieron la puerta, entregaron los regalilios y se abrieron, no sin antes haberse tomado un vaso de pura leche de vaquilia (aunque algunos historiadores dicen que era un buey). Bueyno, aquí acaba la historilia. Así que, fueron felices y comieron cormoranes y persicolas en el Golfo Pérsico, que se los dio Sadam. Y lo que sa-dam no se quita porque sale una Pepita Rodríguez y eso ya es otra historia.
(*) Es de saber popular que todos los magos usan abrigos de visión.
(**) Recomendamos con ahínco que se recuerden las encantadoras campanilias de Belén.
(***) Saboreen la famosa cancioncilia del aquel entonces: "Mirra que erres linda...".
(****) Este rey, inventaría años más tarde un explosivo con gas napalm (¡GASPAL, mata suave! De venta en farmacias).
Navidad del 91
Siempre me gustaron los juegos de palabras, la complicidad y la sorpresa. Lunes en verso, jueves poéticos, recital de los martes... Infinidad de días poblaron mi juventud soñadora, cuando unía palabras a los versos de otro y jugábamos a hacer trascendente el encuentro.
En la Navidad del año 91, un lazo ataba los sentimientos de cuatro amigos. Alfonso Salazar (poeta), Jesús Herrera (actor), Santi Rodríguez (humorista) y un servidor, nos reuníamos para elaborar unas "Hojas de Navidad", que venían a ser unas cartas, editadas en casa, de carácter cómico para felicitar las fiestas, de modo original a nuestras amistades.
Cuatro de estas Hojas vieron la luz y una quinta se quedó tan sólo en el intento, más por la final despreocupación de una Navidad ya consumida, que por falta de material.
Acabo de repasar impresionado esa documentación, de la cual rescato un poema compuesto a alimón (o sea, un verso tú y otro yo), el cual paso a transcribir.
Llega la Navidad con su olor a pavo destrozado.
Pues no es agradable el papel de cerillera.
Para diciembre te escribo, para este diciembre
en que Belén va, como todos los años,
ignorando que el frío sacude a los que no tienen pan,
aún llevando mitones de oro
en el azul de invierno, para esta ciudad nuestra.
Pobre ronzal, pobre burra.
Reyes cartón-piedra adoran un niño ya incierto,
cobijados con el solitario calor
que vamos recorriendo. Para un diciembre escribo,
desgarrado, viejo y sin sentido
de panderos a granel sacudiendo las penas de todo un año
de hogueras alimentadas con ébano.
Un poema y seis versos que serán un silencio:
rin, rin, remendado.
Doce uvas y el reloj engañan al pasado,
este final de años, tantos años juntos,
recordándome que no todos tienen una estrella
que indique dónde nacer a tu lado.
Todos olvidan su camino si se resume en diciembre,
pero el mundo brinda en traje de fiesta sabiéndose acabado.
* "Cuaversos de Bitácora" de los miércoles.
Se esconde en mi mente
Se esconde en mi mente
un sueño de ayer.
Me encuentro en un barco
en aguas dormidas
buscando a mi dama,
rogando a las nubes,
soñando sirenas
que tienten mi errar.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".
Aquel día tuve los ojos azules
Aquel día tuve los ojos azules y el corazón claro.
Aquel día fui vino añejo y tú me sonreías.
Aquel día todas mis vocales tenían acento.
Aquel día, recuerdo, fui ángel para una diosa.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".
Como no me conoces
Como no me conoces,
como no te conozco,
quisiera pedirte un momento,
que compartamos un café
y que nos miremos de cerca.
Pasear entre flores y árboles,
acaso.
Sentir el sol de la mañana
o la brisa fresca en la cara,
la lluvia en un paraguas compartido.
Caminar en silencio
y no querer saber
cuál es tu nombre.
Y contarte este sueño
donde encuentro a una desconocida.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".
El mañana se aleja si descalzo madrugas
El mañana se aleja si descalzo madrugas.
Lo que nos viene fresco más tarde habrá pasado.
Me gustaría viajar ligero de equipaje,
caminaré tan sólo mirando hacia adelante
nunca amaré demasiado el lastre de las cosas,
que mi sombra me siga con los sueños de ayer.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".
Hay quien no sabe sonreír
Hay quien no sabe sonreír,
como quien no llora con lágrimas,
como quien no quiere mirar.
Hay quien sólo te ofrece
media sonrisa,
como la brumosa mañana,
como los libros por entregas.
Hay quien no sabe
mantener la mirada
como la hoguera que fallece,
como la sombra de una duda.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.
Ando inseguro
Ando inseguro,
como aquel lazarillo
perdido en tierra extraña,
que conduce en voz alta
a su invidente compañero,
evidenciando
que el que no ve es el otro.
* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.
Cuaversos de Bitácora
Desde algunos blogs cercanos me animan a dedicar un día a la poesía, en concreto los miércoles, dando forma a una iniciativa global llamada "Cuaversos de Bitácora".
Me parece buena iniciativa, para exponer los versos propios y ajenos y llenar el ciberespacio de sensibilidad. Lo que pasa, me excuso, es que yo publico poesía de vez en cuando y mis días y este blog están un poco condicionados por el flamenco.
Pero la carne es débil y el arsenal de poemas esbozados es mucho. Así, que creo que lo voy a intentar.
Tengo una serie de versos que hago y rehago continuamente, amplío y modifico sin ningún rigor, con sólo pasión. Son la mayoría antiguos y apenas han visto la luz. Son cortos y sencillos. Intitulados "Pequeños poemas para salir de casa".
A veces me sorprendo
hablando solo;
no creo que sea locura
ni juvenil demencia.
Pienso en voz alta,
como el sordo que grita,
como el mudo que escucha,
como un barco sin rumbo,
leva áncoras,
a la deriva.
Alea iacta est.
Género negro-criminal

La tonta

La tonta sonríe, se encuentra hermosa.
Se ha coronado en el espejo
con una diadema de flores
que ella mismo ha confeccionado.
Ha enrollado una sábana
alrededor de su cuerpo desnudo
dejando un brazo fuera
como las diosas en las fotos.
Nadie perturbe un mundo
que sin duda le pertenece.
Bien sabe Erato que de la poesía me estoy quitando, como anteriormente me quité del dibujo, por puro complejo. Pero, a veces, a las situaciones, imágenes, sueños, que se cruzan ante nosotros, no hay más que dedicarle unos versos.
Así, con todo el respeto y lleno de una extraña admiración, escrbí este poema.
* No grites, tonta. Aguafuerte de Francisco de Goya (Los Caprichos, 1799).
Los almendros del abuelo Juan

El abuelo Juan había muerto hacía dos años, pero un día sí y otro no, cuando subía por las tardes la cuesta hasta los almendrales, cojeaba en silencio a mi lado.
Era un terreno casi baldío que, a mediados del pasado siglo, el abuelo compró por cuatro gordas y hoy se ha revalorizado con cifras indecentes, pues el monte se encuentra en la dirección justa donde el pueblo ha decidido crecer y aparecen por birlibirloque nuevas urbanizaciones de esas con cocheras individuales y antenas colectivas, pero el abuelo dice que no, o sea, nosotros, la familia, ahora decimos que no, que no se puede vender un terruño que encierra la memoria y los caprichos de mi abuela María, y también el empeño y el amor del abuelo Juan, que siempre me acompaña cuando emprendo la vereda.
Nuestra abuela María no era nuestra abuela María. El abuelo se casó con la abuela, que se llamaba Consuelo, pero el amor de toda su vida fue María, un amor tan callado como imposible. Amigos desde la niñez, Juan y María compartieron todo menos el matrimonio. El abuelo no quiso comprometer su amistad y nunca le declaró su amor incondicional. Los tiempos de estúpida represión y recato le impidieron a ella forzar el destino y deslizar sus ganas entre los labios de mi abuelo.
Al tiempo, sin remedio, ella se casó con el farmacéutico del pueblo, un inmejorable partido, que le proporcionó estabilidad. Aunque nada más que seguridad. No le pudo dar un solo hijo, que culminara sus sueños, ni la pudo hacer realmente feliz. Sus problemas de esterilidad hicieron del boticario un hombre sombrío y de trato difícil. Se pasaba largas horas en la apoteca después del trabajo por no enfrentarse a un encuentro, que él creía comprometido, con una mujer comprensiva, que él confundía por compasiva, lo que hería su orgullo de primogénito de familia numerosa.
Juan se alegró por ella, es decir, por su boda y por las perspectivas tan halagüeñas que se le abrían, de descansado porvenir. De hecho vivirían en la casa más costeada de las que rodean la iglesia. Juan, con el tiempo, también se casó con la abuela Consuelo, como ya dije, a la que dio muchos hijos y estos muchos nietos, entre los cuales me encuentro.
Con el tiempo, imposible de evitar, el destino es así, Juan y María, los inseparables amigos de la niñez, se hicieron amantes. El farmacéutico los descubrió una anochecida durmiendo juntos en el granero. No dijo nada. Era prudente. Se dio la vuelta y se encerró entre sus pócimas y elixires. Ella lo llamó inútilmente. Se disculpó, se lamentó, quiso explicarle...
Lo de la operación en la pierna y su consecuente cojera no fue porque él le golpeara, como insinuaban algunos vecinos con malicia. Fue ella misma la que resbaló y cayo cuando quiso encaramarse al tejado para entrar por la buhardilla abierta. A María la hospitalizaron en seguida y a él lo sacaron con los pies por delante de su refugio entre drogas y jeringas. Nunca hubo superado su impotencia. Siempre se había sentido un “medio hombre” fracasado.
María, con su incipiente cojera, volvió a casa y la encontró más grande. Lloró bastantes días la muerte de un hombre al que a pesar de todo había aprendido a querer. Nunca abandonó su vestido negro. Lo quiso a su modo, distinto de su otro amor. Juan y Consuelo también lloraron la muerte del marido de María, aunque dudaban, a pesar de la explicación de la viuda. Era difícil no pensar, que fue esposo quien la arrojo desde el tejado, por despecho, y que después se quitó la vida con sus píldoras.
A la larga, como a todos nos llega nuestra hora, murió también Consuelo, más resignada que ignorante, y los dos amantes, pasado un tiempo prudencial, que en los pueblos nunca es bastante, se fueron a vivir juntos los días más felices de su vida. Cuando nacimos la mayoría de los nietos, la pareja convivía como un matrimonio. Con los años nos fuimos enterando poco a poco de la historia, aunque nunca sabremos fielmente la verdad.
Juan, el abuelo Juan, le regaló a ella un monte, que sembró de almendros, que era el árbol que más le gustaba, aunque lo mantuvo en secreto hasta que ya fueron grandes y estuvieran floridos. También había estado allanando un camino que recorría toda la plantación, empeñado en que los constantes paseos afectaran lo menos posible a su renqueante compañera.
De tanto subir al monte, de tanto andar uno al lado del otro, cogidos del brazo, el abuelo comenzó a torcer sus pasos, adquirió una cojera por osmosis, por simpatía, por puro amor a quien padecía a su lado.
Cuando murió María, de unas malas fiebres invernales, el abuelo Juan, continuó dando sus paseos, ocupándose del escaso riego que demandan los almendros y confeccionando ramitos rosados en febrero, con su dolor inconsolable, con su pierna falsamente atrofiada.
Hace dos años, en noviembre, el abuelo falleció en cama por voluntad propia. El día anterior se despidió de todos, de toda su familia, de todos sus amigos y de todos los almendros que poblaban el bosque de sus recuerdos. Se fue a la cama, después de un vaso de leche, y decidió morir a los dos años justos de que María lo hubiera abandonado. No lo lloramos demasiado. Conocíamos su voluntad y envidiamos la suerte de quien puede decidir su destino.
Ahora, sin embargo, siempre me espera en el camino de los almendros y vigila conmigo la limpieza del monte y la recogida de los frutos. Al principio, el miedo me robó el habla, lo confieso. Era un poco espeluznante que después de muerto decidiera no abandonar su paseo. Ya me he acostumbrado a su presencia y, aunque no habla, lo saludo y le cuento algunos chismes que se cuentan en el pueblo y otras cosas de la familia. Él sonríe y sigue hacia adelante contemplando con satisfacción los frutales, mientras yo empiezo a notar una leve dolencia al andar.
Nada nuevo bajo el sol

No sé si ya le he dado salida a este cuentecito que tiene que ver con algo muy similar a lo contrario del amor propio:
Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.
Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!
· Autorretrato en espejo esférico de M.C. Escher, 1935.
La noche de San Juan

Para la Noche de San Juan de no sé cuándo nos pidieron escribir un poema efímero, que sirviera tan sólo una vez, como los paracaidistas en el pueblo de Gila, que los estaban tirando sin paracaidas (para ahorrar).
Dicho poema debía ser escrito una vez, para ser quemqado en una hoguera anónima después de haber sido leído. Las pavesas se llevarían el texto escrito como el viento normalmente se lleva las palabras.
Yo hice trampa. No sé si fui el único, pero yo quería, a pesar de todo, conservar mis versos para otra ocasión. Mal o bien, ahora reproduzco esas estrofas sanjuaneras salvadas (¿injustamente?) de las llamas.
No siempre tengo la oportunidad
de quemar un poema,
pero en esta noche de San Juan
en que brillan las hogueras
buscaré palabras inflamables
que espero que prendan.
Quemaré la palabra amor
y la inventaré otro día,
quemaré las emociones,
la melancolía,
el compañerismo
y, ahora que esta de moda,
quemaré la ecología.
La belleza a la hoguera
y también los sentimientos,
que ardan las buenas intenciones
con la mecha del recuerdo,
que quemen a los poetas
y comencemos de nuevo.
Cambiemos la piel de serpiente
y gritemos al mundo entero
"nos quemamos a lo bonzo,
los poetas los primeros,
aunque vayamos al infierno
y renunciemos a este cielo".
Y para terminar,
permitidme que repita
las palabras de un cantor,
unos versos de Krahe,
la muerte de su elección:
Pero dejadme
¡ay!
que yo prefiera
la hoguera,
la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene, qué sé yo,
que sólo lo tiene la hoguera.
* La foto pertenece a un blog llamado "Certeza de mi" (sic).
Un hombre bueno

Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.
Un verano, cuando las moscas revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba los insectos que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.
Pasó el tiempo y el hombre reconoció que su pasividad no era suficiente: las golosas hijas del diablo seguían molestando a sus vecinos. De esta forma, aquel hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), untó miel por todo su cuerpo, para, no sólo soportar a las familiares que ciertamente le correspondían por derecho porculizador, sino también atraer a todas sus golosas congéneres que pululaban por los alrededores, liberando, de este modo, a las personas que le hacían compañía en aquel momento.
Al tiempo, aquel hombre inconmensurablemente bueno, murió mosqueado, creo.
* Éste es un cuentecito que escribí a principio de los 80.
Un haiku

Algunos estudiosos de la poesía japonesa, y mi amigo Eduardo, sostienen que en Occidente no sabemos escribir haiku porque empleamos verbos. Los tres versos del poema no requieren acción y el uso del verbo implica ese hacer que no está permitido.
Yo, por más que intento razonar sobre el diferente planteamiento intelectual y espiritual del oriental, no tengo nada que hacer contra esta convicción. Le explico que todos los haihuístas que conozco emplean verbos. Es más, las traducciones de los versos japoneses son frases completas, con uno, dos e incluso tres verbos.
Posiblemente, la escritura japonesa no necesite esta necesaria partícula. Aunque, seguramente, la lleve implícita.
Siguiendo, no obstante, este dictado, el otro día compuse el siguiente haiku:
En el café,
desesperadamente,
tu rostro inútil.
Detrás

Hace poco una antigua amiga me recordó un poema de juventud.
Decir que tiene veinticinco años es quedarme tal vez corto.
Es uno de los textos comprometidos de aquel entonces.
(No creo que sea un buen poema, pero era serio y verdadero.)
Se lo dediqué a la madre de una amiga que, además de madre, esposa y ama de casa, era algo más.
Detrás de cada hombre que triunfa
hay una persona, o dos, o cien que se esconden;
cien compañeros que trabajan bajo tierra,
en el lodo.
Una mujer que día a día, con sucias y callosas manos,
oculta su cuerpo tras un mandil o un barrigón;
una mujer que limpia el camino para que "él" pase,
que limpia su nariz y espolvorea sus mejillas para su jactancia;
una mujer "anuncio comercial";
hombres y mujeres con las caras manchadas
que se conforman con una sonrisa o con un beso;
mujeres y hombres que se tragan sus lágrimas,
que se comen las migas,
que sufren la indiferencia más atroz;
una mujer asomada al abismo de un fregadero
con el horizonte borrascoso y... cantando.
Detrás de cada número uno
existe el dos y está el tres y un ciento
que le dan validez al primero.
Si no hubiera dos y tres y más,
el uno no sería el "uno", sería el único.
Detrás de cada protagonista hay unas gentes,
quizá no tan blancas, quizá no tan grandes,
que son las que lo admiran,
las que lo aplauden, las que lo ayudan.
Él existe porque ellas existen, él es porque ellas son;
él es grande porque ellas son pequeñas, o se agachan
para no ocultar el fulgor de las estrellas.
Detrás de cada hombre, detrás de una mujer,
de cada niño, del mayor, del jefe, del héroe,
hay una madre que muere mil veces
acuchillada por su hijo;
una madre que llora sangre a cambio de amor,
unos pechos que dieron color a la vida
en su celda de espantapájaros;
una madre que al fin y al cabo es sólo una madre.
Pero por eso y por mucho más
el topo sale de su mina de invierno,
los ríos se desbordan;
por eso se unen las manos de todos los niños
de nariz húmeda y con las manos largas
y con el buche vacío;
por eso todos los ciegos abren sus ojos
y los mil ángeles que tejen el cielo
elevan su puño y vitorean el trabajo anónimo,
el trabajo y los años de esa mujer inclinada,
cargada de niños y de inanes ilusiones anticuadas.
Por respuesta,
ella en sus trapos, seca sus mejillas.
Sesión de cama

—Estoy desecho. Soy un fracasado.
—¿Un fracasado usted? Si es toda una eminencia. Le llaman para inaugurar museos, para leer conferencias, para dar pregones... Y hasta ha escrito seis libros.
—Siete.
—Pues eso.
—Me refiero a que soy un fracaso en mis relaciones sexuales.
—¿Quiere decir que no le van bien las relaciones sexuales?
—Como lo oyes. Por más empeño que pongo, no logro alcanzar el cenit.
—¿Con tu mujer?
—No, eso es aparte. Con mi mujer no me quejo. Nos entendemos perfectamente. A ver, después de doce años de casados y otros tantos de noviazgo, ya culminamos casi sin querer. Incluso a la carta: hoy queremos hacerlo rápido, pues lo hacemos; mañana intermitente, pasado del revés, el otro día de fantasía... No hay más que proponérselo. El problema es con las demás personas.
—Pero, no lo entiendo, si se emboban con su elocuencia, con su retórica. Si con su sabiduría las atonta. Es capaz de confundirlas hasta dejarlas rendidas a sus deseos más primitivos.
—Pienso que sé hablar mejor que hacer el amor. Creo que la chica que se acuesta conmigo espera eso, oírme disertar sobre algún tema. Lo mismo da tratar de cuestiones teologales que de la dieta básica de las pirañas en agua revuelta. El caso es la novedad del discurso. Es como quien entra al circo atraído por "lo nunca visto". Quizá cobre la entrada algún día o reciba a más de una persona, y más que un menage a trois, será un espectáculo múltiple. ¡Pasen y vean! ¡La impotencia de un erudito! Mujeres, hombres, niños mocosos, abuelos, travestis... se meterán en mi cama y algún que otro soldado de infantería para oírme hablar.
—Bueno, ya me voy. ¿Qué le debo?
—Son quince euros. Dígale al próximo que entre.
* Teatrillo en un acto compuesto en enero de 1993 (traspapelado ente los archivos de mi ordenador).
Poemas para cantar en el agua (y 5)
X
Navegábamos en las mismas sábanas
con las velas henchidas del amor,
llegábamos a bahías inexploradas
en las que sólo cantaban las aves blancas.
Me descubriste, te descubrí,
y entonamos salmos con las gaviotas.
X
Nous naviguions dans les mêmes draps,
les voiles de l'amour gonflées,
nous abordions des baies inexplorées
où ne chantaient que les oiseaux
blancs.
Tu m'as découvert, je t'ai découverte,
et nous avons entonné des psaumes avec les mouettes.
XI
Ya era tarde para empezar de nuevo,
demasiado evidente para olvidarlo,
muchas aristas que ocultar...
Entonces soltaste algunas lágrimas
para poner agua en el poema.
XI
Il était déjà tard pour recommencer,
trop évident pour l'oublier,
beaucoup de griefs à cacher...
Alors tu as versé quelques larmes
pour ajouter de l'eau sur le poème.
XII
Cansado de estímulos sin respuesta,
me ahogué sin querer.
Y en mi agonía encontré un buzo de desagüe
que me enseño que todo gira y vuelve.
Y, a los tres días, en tu pecho
comencé a vivir de nuevo.
XII
Las de te stimuler en vain,
je me suis noyé sans le vouloir.
Et dans mon agonie j'ai trouvé un plongeur
dans la tuyauterie
qui m'a appris que tout tourne et revient.
Et, trois jours après, sur ton sein
j'ai recommencé à vivre.
* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.
* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.
Poemas para cantar en el agua (4)
VII
Los hipocampos chapotean
en los charcos secos del fondo del mar,
el océano se maquilla de pecas
bajo la lluvia de un cielo pesado,
los barcos de periódico de otros días
no dejan sus puertos,
nosotros muy juntos en la chimenea
con el impermeable puesto todavía.
VII
Les hippocampes pataugent
dans les flaques sèches du fond de la mer.
l'océan se farde de rousseur
sous la pluie d'un ciel lourd,
les petits bateaux en papier d'hier
ne quittent pas le port,
nous deux, blottis au coin du feu
portant toujours l'imperméable.
VIII
Me acercaba a tu pecho
y llovías en tu interior,
mojabas tu alma y sacudías tu corazón.
Espero que no se resfríen tus sentimientos.
VIII
Je m'approchais de ton sein
et tu pleuvais à l'intérieur,
tu mouillais ton âme et secouais ton coeur.
J'espère bien qu'ils ne se refroidiront pas
tes sentiments.
IX
Empapado estaba aquel día que no era feliz,
chorreando de amor bajo los árboles,
jurando el otoño entre los pliegues
de la almohada.
Saliste Sol y solté el paraguas.
IX
Trempé, ce jour qui n'était pas
heureux,
ruisselant d'amour sous les arbres,
jurant l'automne parmi les plis
de l'oreiller.
Tu es sorti, Soleil, et j'ai lâché mon parapluie.
* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.
* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.
Poemas para cantar en el agua (3)
IV
¡Atención, marea en la bañera!
Enjabono tu espalda sin rumbo
y echo el ancla en tu vientre
cuando por fin veo el faro de tus ojos.
IV
Attention, tempête dans la baignoire!
je savonne ton dos au hasard
et mouille l'ancre dans ton corps
lorsque je vois enfin le phare de tes yeux.
V
No sé de dónde salieron tantos barcos
buscando todos buen puerto
entre los corales de tu cintura
bajo el aguacero del grifo caliente
que sal-pica todo el mar.
No sé a qué tantos marineros
en tus mejillas de nácar
chocando con los diques de mi amor.
V
Je ne sais pas d'où viennent tant de bateaux
cherchant tous bon port
parmi les corails de ta taille
sous l'averse du robinet chaud
qui éclat-bousse toute la mer.
A quoi bon tant de marins
sur tes joues de nacre
heurtant les digues de mon amour.
VI
¿Has visto los rápidos
que torpemente se precipitan en cataratas
formando un gran escándalo
de blanco y espuma,
de agua y luz,
de violencia estancada en kilómetros de río,
para calmarse y dejarse morir un poco
en la tranquilidad
siempre inmensa de un lago?
VI
As-tu vu les rapides
qui, maladroits, se précipitent en cascades
dans un grand fracas
de blanc et d'écume,
d'eau et de lumière,
de violence stagnante sur des kilomètres de
rivière,
pour s'assoupir et se laisser mourir un peu
dans la tranquillité
toujours immense d'un lac?
* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.
* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.
14 de febrero

El viejo Walt llamó con tiempo al restaurante para encontrar mesa. Menos mal, porque ya estaba casi todo reservado para la noche de ese día tan señalado y después de una oferta tan suculenta del establecimiento. A saber, un menú de lujo, con "vino a elegir y/o una botellita de champagne, un regalo sorpresa, música en vivo y baile final", a un precio más que razonable. Con el aliciente de que la pareja acompañante pagaba nada más que el cincuenta por ciento.
No se podía resistir. Era una oferta suculenta. Cómo dejarla pasar en este día tan señalado.
Los enamorados más avispados llamaron en cuanto oyeron la noticia. A los dos días de la oferta, se colgó el cartel de completo, no hay plazas, el año que viene tendrán una nueva oportunidad, póngase las pilas, vaya a otro sitio.
Llegado el día, Walt no se entretuvo en el trabajo ni en la taberna de la esquina, como siempre. Con los compañeros se invitó al mediodía, para, después no entretenerse si alguien sugería una frecuencia líquida.
Tampoco ese día fue al gimnasio, al que acudía martes y jueves para mantenerse, para quitarse el estrés, para ampliar su círculo de amistades.
Al llegar a su casa, se pegó una ducha bien larga, recibiendo el agua caliente sobre la cabeza, en reposo. Era un placer. Se afeitó alrededor de la gran barba, que ya caneaba, y se la llenó de margaritas. De esas margaritas blancas, muy pequeñitas. La ocasión lo merecía.
Se lavó los dientes. Se vistió con un traje nuevo, aunque informal, crudo, con el ojal preparado para engarzar una flor, no sé, un ramito de violetas.
Se perfumó moderadamente con agua fresca de Adolfo Domínguez y se peinó a su manera, como que parecía que no. O sea, quedó perfectamente despeinado, como acostumbraba, impelido por su pelo rebelde. Hizo un guiño al espejo y salió de casa con la sonrisa puesta. Bajo su sombrero, sus ojos claros también sonreían.
Andaba despacio, pues tenía tiempo. Llegó al restaurante con veinte minutos de antelación.
Buenas tardes, se presentó, una mesa reservada a mi nombre, a las nueve treinta. Era el principio de su noche gloriosa.
Sí, ahora mismo, contestó un camarero a quien le quedaba pequeño el traje negro y grande la corbata. Lo guió a una mesa en un rinconcito no muy privilegiado, pero con cierto sabor íntimo y se ausentó mientras se acomodaba y cogía la carta.
Volvió.
Voy sirviendo los entrantes o esperamos a la señora, preguntó mecánicamente el mesero.
No, empiece a servir, decidió Walt, no espero a nadie.
¿No espera a nadie?
No.
¿Y ha cogido una de nuestras ofertas para enamorados?
Sí, ¿que problema hay?
Ninguno, señor Whitman*.
* Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas (Walt Whitman).
Poemas para cantar en el agua (2)
I
Temía ofrecer amor
por amor a que me quedase menos que ofrecer.
Pero el amor se alimenta a sí mismo,
como el saber de su misma ansia.
No te di la estrella que me pediste
para no desequilibrar el mar,
te ofrecí un caballito
para saborear el calor de las olas
en tu bañera.
I
J'avais peur d'offrir de l'amour
par amour d'avoir moins
à offrir.
Mais l'amour se nourrit de lui-même
comme le savoir de sa propre faim.
Je ne t'ai pas donné l'étoile que tu demandais
pour ne pas agiter la mer,
je t'ai offert un petit cheval
pour savourer la douceur des vagues
dans ta baignoire.
II
Paraguas en el cuarto de baño, para qué.
Te bronceas para ir al lavabo
y no olvidas las gafas de sol.
Un libro banal nunca falta
en tus pequeñas vacaciones de cada día.
Y, después de la ducha,
una ducha para quitar la sal.
II
Des parapluies dans la salle de bains, pour quoi faire.
Tu bronzes pour aller aux toilettes
et tu n'oublies pas tes lunettes de soleil.
Un livre quelconque ne manque jamais
dans tes petites vacances de tous les jours.
Et, après la douche,
une douche pour enlever le sel.
III
El cuarto de baño no tenía techo
y te duchabas con la lluvia,
te secabas con la brisa
y esperabas la luna para cantar
III
La salle de bains n'avait pas de plafond
et tu te douchais sous la pluie,
te séchais sous la brise
et attendais la lune pour chanter.
Poemas para cantar en el agua (1)

Lo vi muy claro. Era yo joven y estudiaba Geografía e Historia. Era en segundo curso, lo recuerdo. ¿Puede ser el año 1995?, en eso dudo, aunque se puede comprobar. Subía a la facultad con mis libros fotocopiados y mi libreta de apuntes. En medio de la cuesta que separa la ciudad del templo del saber, me asaltaron unas imágenes, un simbiosis entre el inabarcable amor y el mar infinito y con él toda el agua, toda la espuma, toda la sal.
Arriba, en clase de Medieval, mientras el profesor contaba no sé qué batallas e intrigas de los visigodos, yo comencé a elucubrar unos poemas (más bien imágenes poéticas) que asentaban mis ensoñaciones del momento.
Dos horas duró la clase. Dos horas que tardé en hilvanar una docena de poemas (o arrebatos líricos) que di en llamar Poemas para cantar en el agua y se los dedique con gran sentimiento a la que ahora es mi mujer.
Más tarde, ese mismo trabajo me lo tradujeron al francés (Des poèmes à chanter dans l'eau). Nunca averigüé si con mayor o menor acierto, pues la vecina lengua que tanto admiro la desconozco y la versión gala nunca salió de mis archivos.
Sería cansino reflejar aquí los doce poemas de un golpe. Pero me apetece hacer entrega de ellos y sus traducciones para que dejen ser un poco míos y pasen a ser algo más del viento (del ciberespacio) que nos facilita esta ventana de internet.
Así, en varias entregas, lanzo mis palabras de amor y agua, para mis lectores potenciales.
Comienzo por la dedicatoria y el poema introductorio, alternando los dos idiomas:
Estas olas,
que acaricien
o rompan
en los arrecifes
de Ana.
Ces vagues,
qu'elles caressent
ou elles se brisent
contre les récifs
d'Ana.
No sólo la lluvia que cae te moja,
aguantar bajo el temporal sin nubes
te empapa y te tirita,
pero no de frío ni de miedo,
sino de ese vértigo
que te mece en el vacío
sin el barandal o el seguro beso
que te evita el golpe final.
Non seulement la pluie qui tombe te mouille,
tenir sous la tempête sans nuages
te trempe et te fait frémir,
non pas de froid ni de peur,
mais de ce vertige
qui te berce dans le vide
sans un appui ou sans le baiser sûr
qui évite la chute ultime.
* Portada que hice para la ocasión (cuando yo pintaba algo)
** Los poemas los tradujo Karmele, una chica del norte.
Noticias del inframundo

Después de treinta años guardado en un cajón y rechazado por no pocos editores, este catálogo de animales, demonios y de seres extraordinarios del barcelonés Francisco Ferrer Lerin (1942), ve la luz para goce y esparcimiento de los amantes de esas añejas creencias populares.
Este Bestiario, inquietante por donde se mire, surgió a través de un proyecto de tesis del autor sobre los ornitónimos del Diccionario de Autoridades (el autor es filólogo, poeta y ornitólogo).
La muerte por arma blanca del director de dicha tesis por un subalterno fue una señal definitiva para abandonar el proyecto. Ferrer entonces retoma la idea antigua de elaborar un bestiario, que el mismo vaciado del Diccionario de Autoridades le ayuda a madurar.
El resultado es un pequeño diccionario de raras especies animales, seres antropomórficos, un amplio surtido de demonios y otras especies. Las entradas están ordenadas por familias. En un total de trece categorías taxonómicas en donde podemos encontrar una fantástica interpretación de la realidad y su interacción con las ciencias naturales. Constituyendo así un verdadero animalario de bondades y perversiones que se han fraguado en torno a estos seres.
Cada uno de estos capítulos, a su vez, va precedido de una pequeña introducción en la que combina ciencia y realidad con hagiografia filosófica, con un amplio margen de comicidad.
Algunas de estas referencias son encontradas en diccionarios (como el “Diccionario de Autoridades”, el de Covarrubias, el “Ideológico” de Julio Casares y el “Diccionario Infernal” de Collin de Plancy), guías de campo e historias naturales (como la “Historia Natural, General y Particular” del Conde de Buffon o “La Edad Media fantástica” de Jurgis Baltrusaitis) y otros papeles extraordinarios (como las “Inmensas maravillas contadas por un ciego nocturno”)...
Realidades, leyendas y mitos locales tan dispares como el origen portugués de la palabra almeja, la muerte de Esquilo, el dragón de Santa Margarita o los remedios médicos para la picadura del alacrán, que se entretejen con toda clase de insectos, aves, cuadrúpedos, solípedos o monstruos.
El autor, en el Introito, nos dice que este libro es un bestiario construido sobre la realidad de otros libros. Es una recopilación, como digo. Es un minucioso estudio filológoco, etimológico, zoológico y sociológico. Es poético, en cierto sentido, y realmente mágico.
"Esta obra ha sido calificada, según Raquel de Larua, prologuista de la misma, con adjetivos como extrema, fronteriza, rompedora, radical, iconoclasta, apocalíptica, resulta tan difícil de definir como vibrante en cuanto a la libertad y aguda ironía que emana".
La presente edición, de tamaño bolsillo, está encuadernada en tela, con tapa dura e incluye en su interior una interesante serie de ilustraciones de animales fantásticos y otros curiosos grabados.
* Ferrer Lerin, Francisco. El Bestiario de Ferrer Lerin. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Madrid, 2007
** Reseña publicada en el número 20 de la revista Letra Clara.
Hay rincones

Hay rincones en mi casa donde las plantas no crecen; hay rincones en mi calle donde sólo caben charcos; hay rincones en Granada donde no funcionan los comercios; hay rincones en el mundo donde abandonar mi cuerpo; hay rincones en mi corazón donde saltan las arañas; hay rincones en mi mente donde tú retozas.
*FOTO: "Encina, reflejo y estrella" (fragmento), © Maurizio Lanzillotta
La puta

Por los avatares del destino, un amigo bieloruso de la ciudad de Minks, se empeñó en publicarme algunos escritos en el periódico donde trabajaba, que creo que, traducido, venía a denominarse "Juventud". Corría el año 92, y le envié sobre todo poemas de un librito, inédito por aquel entonces (aún sigue virgen), intitulado "Entrega urgente de amores inconfesados".
También le hice llegar un puñado, cuatro o cinco, de cuentos breves, que jugaran con el formato de un diario y fueran fáciles de traducir.
(Después, cuando me vinieron en su idioma, realicé la operación inversa: invité a una chica, recién conocida (muy hermosa, por cierto), de Bielorusia, a que me tradujese al español aquellas páginas de periódico. El resultado fue espectacular, pues los versos se parecían más o menos, pero, por lo general, habían ganado en belleza. De todo ello, escribí unas notas, que di en llamar "Palabras de ida y vuelta", que, si siguen insistiendo en mi memoria, puede que pronto vean la luz.)
Uno de los textos rápidos que le propuse, crudamente lo encabezaba el título de "La puta", sin ninguna morbosidad, que, con alguna actualización, reproduzco segidamente:
"Le preguntó, por fin, cuánto le daría por acostarse con ella. Inocentemente, él interrogó, "¿eres una puta?".
No, dijo ella, sólo que me hace falta dinero y no me cogen en ningún sitio.
Yo nunca he conocido a una puta, continuó él emocionado, y, no sé por qué, me hubiera gustado que fueras una de las de verdad.
Ante la impaciencia y, más bien, intuyendo el cabreo de ella por la gratuita charla que la retenía algunos minutos más de los deseados, escapándosele posibles clientes efectivos, él asintió en pagarle una noche de amor en su apartamento.
La noche, en verdad, no fue muy aprovechada (nunca la primera noche es lúcida). Pero sí las continuas tardes y madrugadas que se sucedieron en la misma cama de ese duplex donde se acostaron por primera vez. Una relación casi criminal: duró seis meses y un día.
A los tres años de haberlo dejado, se encontraron cerca de lo que fuera su nidito de amor (ahora era un estudio de pintores y rotulistas jóvenes). Él le preguntó que cómo le iba. Ella dijo que bien, que trabajaba como dependienta en "Cortefiel" y que no salía con nadie. También él estaba solo y la invitó a tomar un café con leche (con dos azucarillos, como siempre). Y allí, en aquel café, se prometieron.
Ahora él trabaja haciendo fotocopias y sale con una chica a la que le lleva trece años y ella hace la calle cerca de El Corte Inglés".
* Traducido al bielorruso, publicado en Minks, el 16 de febrero de 92.
Nada nuevo bajo el sol

Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.
Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!
* ILUSTRACIÓN: Rene Magritte ©Caer

El vértigo es la insoportable necesidad de seguir cayendo
Milan Kundera
Ya no estoy seguro de nada. No sé si lo que voy a relatar sucedió como lo cuento o difiere mucho de lo que aconteció. Aun no sé si ocurrió realmente. No comprendo siquiera si estoy escribiendo o se trata del último sueño de un moribundo aferrado a la vida, las fantasías de un reciente cadáver, de un fallecido asomado al alféizar de la vida, a la que le une el filamento de una conciencia poco tranquila e insatisfecha.
Creo que todo ocurrió esta misma mañana. Como todas las madrugadas desde que recuerdo, me levanté a estudiar con más inercia que vocación. Como si fuera un ritual, abandono el cálido abrazo de la cama y, sin llegar a vestirla de nuevo hasta más tarde, me dispongo a desayunar (¿o es al revés, salgo del ayuno nocturno y de camino compongo la cama?), me lavo un poco para enfriar el sueño y preparo los apuntes. Estudio toda la mañana e imagino cosas. Mis pensamientos se evaden de los folios garrapateados, resaltados de multicolores. Escucho la radio y pienso cómo sería mi vida en otras circunstancias, con un trabajo estable, con otros estudios; si fuera un virtuoso del violín, o si me dedicara a vagabundear pidiendo un par de euros a todo el que se cruzara en mi camino...
Pues bien, no llegué a sentarme a desayunar esa mañana, cuando oigo un jaleo en la calle, bajo mi ventana abierta que el calor precisa. Y comienzan a acercarse sirenas indefinidas (nunca he distinguido el sonido exacto de los coches de emergencia). Me asomo al exterior, perdiendo el interés del examen inmediato. Los vanos de mi alrededor están del mismo modo llenos de observadores que miran alternativamente a la calle y hacia donde yo oteo. ¿Estaré mal vestido, me habré puesto el saco del revés o no me he puesto ropa alguna?, pienso.
A mi ventana llega mi madre y mi hermano, algo menor que yo, que la abraza fuerte, que la agarra (no parecen verme). ¡Hola madre! (ni escucharme). Parece que alguien se había arrojado de madrugada. Ella llora y repite: “¿por qué lo has hecho?”. Llaman a la puerta, es la policía y un señor con bata blanca y un bombero y una comitiva de mil vecinos, que dicen si podemos bajar a identificar a la víctima. Mi madre parece una Magdalena y mi hermano llora también, golpea las paredes y traga saliva. Yo bajo tras ellos.
En la calle, bajo la ventana de mi habitación, el de la bata blanca levanta la sábana que oculta un bulto amorfo. El hombro de mi hermano se ha convertido en pañuelo, papel secante, muro de las lamentaciones, confesionario de mi madre que se está cayendo.
Yo me alzo en las puntas para ver el cadáver. Me asomo y descubro con asombro que el suicidado soy yo.
* Otro cuentecito existencialista de juventud, fechado en junio de 1990.
Un hombre bueno

Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.
Un verano, cuando los bichos revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba las moscas que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.
* Más de veinte años tiene este cuentecito.
Cuéntame un cuento

Puede que la actividad preferida de mi hijo sean los cuentos. Cuando digo de contarle un cuento, es capaz de abandonar cualquier otra actividad por muy "importante" que sea. En su mente infantil, la fantasía ocupa su mayor parte.
Juan está familiarizado con los cuentos tradicionales, los relatos de películas y un gran grupo de inclasificables que yo mismo me invento. Con estos últimos él colabora. Colabora en el recuerdo, cuando a una mente cansada como la mía le invade la niebla.
Entre los cuentos tradicionales también se encuentran las escenas mitológicas y los héroes de papel. Así, mi chico, está familiarizado con Ali Babá, con el rey Arturo, con los viajes de Ulises o con Cyrano de Bergerag.
Un cuentecito de tradición irlandesa que últimamente recordamos, se resume de esta manera:
"Algunos marineros del condado de Galway decidieron embarcarse en un tres palos en busca de la legendaria Vinland, una tierra próspera, a muchas millas al oeste donde corren ríos de vino y de miel.
Llevaban tres días y tres noches navegando cuando se desató una gran tormenta de olas que levantaban peligrosamente el barco.
Una bruja del mar los seguía con su cabello azul, su piel sedosa y sus ojos melancólicos; en busca de un hombre para, con la boca llena de algas, llevárselo al fondo del mar.
Los marineros, asustados, decidieron jugarse a los dados la suerte de uno de ellos, que se entregara a la bruja voluntariamente y así dejaría en paz al resto.
El destino apuntó a Tahgd (creo que así se escribe), el marinero más querido, el más valiente y necesario. Éste, sin pensarlo, quiso arrojarse por la borda, pero sus compañeros se lo impidieron.
La suerte le volvió a tocar a él una segunda vez. Y después una tercera. Estaba predestinado. La bruja lo había elegido a él.
Pero antes de saltar al embravecido océano, propuso a la bruja cantar una canción que decía:
Si me dijeras
cuántos ojos de peces hay en el mar,
me casaría contigo.
Si me dijeras
de qué color es el mar cuando se enamora,
me casaría contigo.
Con el arrullo de esta dulce melodía irlandesa y el vaivén de las olas, la bruja se quedó dormida y, con ella, amaino la tormenta.
Los marineros pudieron continuar su camino. Pero, se cuenta, que es la primera y la última vez que se duerme una bruja del mar."
* EN LA FOTO: La nave británica "Alcinous" de casco de hierro con aparejo de fragata de tres palos, construido en el año 1882.
Un bicho de Connecticut

Estoy leyendo Cuentos completos de Truman Capote (la última entrega de Círculo de Lectores) y, aunque no tenga nada que ver, su alusión a algunos de los Estados de los Estados Empalmados (que es otra forma de decir Unidos), me ha traído a la memoria una de las comedias en un acto que escribí en mi juventud (1991).
Os dejo con ella:
Un bicho de Connecticut
Señora - ¡Aaaaah!
Camarero - ¿Qué le ocurre, madame?
La señora que grita - ¡He encontrado un bicho en mi sopa!
Camarero - ¡No puede ser!
Ella - ¡Como lo oye!
Asombrado, el camarero - ¿Qué clase de bicho?
Agitada - Un bicho de Connecticut.
Él - ¿No me diga usted que conoce a los famosos bichos de Connecticut?
Interesada - Pues claro. ¿Quién no conoce los bichos de ese Estado?
Sentándose a la mesa - Son los más pequeños y negros que he visto.
Asqueada - ¡Repugnante!
Se levanta de un salto - ¡Señora!
Ella (entre disculpa y mofa) - Usted no, el bicho.
El camarero, que se pasa la servilleta de la señora por la frente - ¡Uf, creía! ¿Le cambio la sopa?
Señora - No sé... Le he tomado cariño.
Camarero - ...Al bicho.
Señora - No, a usted. Y no quiero que se marche.
Él - ¡Pero tengo que trabajar!
Amorosa - ¿A qué hora acaba?
Camarero - A las 10 p.m. Pero no creo que pueda ir a su piso a tomar una copa y a lo que salga.
Ofendida - Yo no he querido decir eso.
El hombre - ¿Qué ha querido decir entonces?
La dama - Que podíamos ir a su piso y tomar una copa y... ya usted sabe.
Anonadado - ¡Señora, que estoy casado!
Ella - Yo también. Mi marido es camarero.
Camarero - ¡Qué coincidencia!
Sin creérselo - ¿Tiene usted también un marido camarero?
Sin explicárselo - No. ¡Yo soy camarero!
Sin pensárselo - Y mi marido también.
Exasperado - Señora, me voy. La dejo. No aguanto más.
Histérica - ¿Cómo se atreve? Daré parte. ¿Su nombre?
Cabizbajo y flojito - Luisss
Dispuesta a comerse el mundo - Luis, ¿qué más?
Con un nudo en la garganta - Luis Heredia Martínez.
Dejando caer el lápiz y la agenda - ¡No puede ser! ¡Mi marido! (y abre la boca y no sé si se le cae la baba).
Con lágrimas en los ojos - ¡María Luisa! ¿Eres tú? No te había conocido. ¡María Luisa!, ¡María Luisa! (etc.).
María Luisa (con lágrimas en los ojos, pero otras), alternando con las exclamaciones del marido - ¡Luis! ¡Luis!... ¿Luis?
Luis - ¿Qué haces tú aquí?
TELÓN
* Foto: Truman Capote en 1947 (© Washington Post Magazine)
Si

Ayer encontré a mi amigo, el cantautor granadino Juan Trova, de clara influencia cubana (en concreto de Silvio Rodríguez). Me comentó que se había reabierto El Harem de Arquímedes, más que un bar de copas, un centro neuralgico de la cultura alternativa de la ciudad, como en la actalidad el Anäis. Ya hablaré del Harem en otro momento.
Recordamos, entre otras cosas, que en una de sus mil y una noches, Juan dio un recital musicando los versos de los poetas habituales del local. Poemas que, por lo general, no han sido muy difundidos, ni siquiera grabados.
De los míos elegimos uno que tenía cierta asonancia y bondad para ser cantado, de contenido claramente erótico, llamado simplemente "Si" (condicional), que, como digo, nunca llegó a grabar.
El poema, que prometió enviármelo en mp3 cuando pudiera, dice:
Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.
Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.
Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.
Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.
* ILUSTRACIÓN: Símbolo japonés que significa 'armonía'.
No desprecies a la culebra por no tener piernas

Quién lo ha visto y quién lo ve. Era, como si dijéramos, el tonto del barrio. Un día llegó con la mandíbula abierta y la lengua gorda que se derramaba fuera de la boca, ofreciéndonos pesetas y comiéndose los papeles de los anuncios publicitarios que arrancábamos de paredes leprosas. Era grandote y grueso, torpe y sin entendederas. Bien lo echábamos de nuestro lado bien lo llamábamos para reírnos al punto de sus desvaríos. Si no llevaba la baba colgando, se le caían los mocos, que mal limpiaba con el mismo pañuelo sucio con que enjugaba su boca. Lo mandábamos a comprar tabaco, a tocar el culo de las niñas u otro sinfín de pruebas a superar para entrar en un supuesto club al que nunca tendría acceso. Detrás de las cristaleras de su portal, se asomaba sobándose los genitales al paso de alguna chica. La Rosa, fresca y hermosa, se preguntaba por qué el pene más grande pertenecía siempre a necios y a tarados. Divulgó, como si fuese una broma, que era su novio y, de esta manera, se lo llevó a la cama. A lo primero reconoció que era tonto sin remedio, que no se quitaba la gorra ni para follar; pero después no pudo pasar de unos encantos tan inocentes como descomunales. Llegó el día que su fama corrió y lo tuvieron por montura todas las mozas del barrio y de los alrededores. Los chicos casaderos del lugar, un buen día, le dieron una paliza que casi lo revientan de pura envidia. A raíz de esto, sus padres se lo llevaron lejos. Al tiempo volvió hecho un notario de prestigio, con el coche más lujoso que hayamos visto y una elegante morena por mujer. Cuentan que fue idiota por un golpe de pequeño o por un letargo voluntario al contemplar la violación de su madre. Un desajuste en el cerebro que se reajustó, probablemente, después de la magna paliza de sus cornudos vecinos.
* Un cuentecillo de juventud
Haiku
* Foto de Nono GuiradoLos tres deseos

Subió al desván, cumpliendo por fin su más ferviente deseo. Al igual que Eva anhelaba la manzana inalcanzable en el Paraíso, él soñaba con escrudiñar el piso alto, cuyo acceso su padre siempre había vetado. Ahora, muerto ya su progenitor, podría, sin ningún impedimento físico ni prohibición patriarcal, ascender los veinticuatro peldaños de escalera que lo separaban de Eldorado.
Antes de abrir la ansiada puerta, e igualmente emocionado, deseó con idéntica vehemencia que la estancia estuviera llena de cacharros y objetos antiguos de incalculable valor, vestidos de época y libros raros, de hojas amarillentas y cubiertos de polvo, postales de antaño y cartas de países lejanos, reliquias del pasado, secretos inconfesables.
Tras la puerta se desveló efectivamente lo esperado, y aun más. Su imaginación había quedado asaz estrecha. Era increíble. Tan sólo faltaba una lámpara con genio en su interior, como las de cuento.
Nada más pensarlo, la lámpara apareció ante sus ojos. Era un panzudo candil de cobre, con boca para la llama y asa para aprehenderlo. Tenía tapa dorada y algunas telarañas lo hilaban a una pared casi blanca.
Corrió en su busca y la aferró con una mano, mientras la frotaba con la manga del brazo opuesto. De su oquedad, por la boquilla, no tardó en salir un genio traslúcido y gaseoso, ataviado como personaje de Las mil y una noches. Quien se apresuró a informar a su nuevo dueño que los tres deseos que pretendía formular ya se habían cumplido. A saber: entrar al desván, que estuviera repleto de apasionantes tesoros y encontrar entre estos una lámpara maravillosa con genio en su vientre. “Así que déjame descansar otros quinientos años”, concluyó la aparición, antes de regresar aspirado dentro de su cobrizo habitáculo.
* ILUSTRACIÓN: Joan Miró, La lampara de aceite, 1924. Dibujo
El Otoño

Como reconocimiento a estos tres meses nebulosos que nos aguardan, rescato del barbecho un par de poemas cortos e inocentes como el sabor del sueño otoñal.
Uno
Me gusta pisar el otoño
cuando el suelo se tiñe de árbol,
cuando los charcos atrapan el cielo,
arreboles rojos en tu cara
y regueros de viento
donde la hojarasca deja paso
a las lágrimas del sueño.
Y dos
Me gusta cuando llueve
para poder gozar
la dulce confusión
que ofrece la capucha.
Aunque prefiero el sol
con los ojos cerrados
y la brisa temprana
que tu pelo alborota.
Feliz otoño.
Huellas de amor eterno

Ayer, como ya anuncié, estuve en la presentación del cuaderno de "Movilidad y ecología ciudadana". Un acto entrañable lleno de lecturas, música y cine, dando a entender que la ecología debe partir de la cultura. Me recuerda a Mao Zedong (ese exterminador tan visionario como orate) cuando entendía como mérito en la defensa nacional en que sus oficiales fueran músicos, bailarines, artistas circenses... pues decía: "Un ejército sin cultura es un ejército estúpido y un ejército estúpido no puede ganar guerras".
En este cuaderno, incluyo un cuentecito ecológico (of course) que, con el título de "Huellas de amor eterno" reproduzco a continuación:
Un joven abeto y una bella encina pasean por la Gran Vía en hora punta cogiditos muy juntos de las ramas. Huelga decir que están rematadamente enamorados.
Al tiempo, con un calor intermedio, se tumban bajo la tersa pierna de una chica de pelo alborotado.
El joven e impulsivo abeto, en un arrebato de salvaje amor, extrae de las oquedades de su corteza una navaja suiza, enviada directamente desde los Alpes por sus frondosos paisanos, y deja constancia de su inmutable amor en la pantorrilla anónima del insensible bosque humano.
Me estoy quitando de la poesía
La vida da muchas vueltas. Lo malo es que siempre las realiza sobre el mismo eje (quien tiene suerte, como la tierra, goza, además de la vulgar rotación, movimiento de traslación).Mi inclinación, para q uien me conoce desde antiguo, era el dibujo. Más tarde fue la poesía y después el cuento. El humor (o el amor), como ingrediente indispensable para no deshacerme por las costuras, lo salpicaba todo. Pero siempre he tenido prisa para terminar perdiendo todos los trenes. Y allí me veo, en el andén, con un puñado más de rezagados, que se ofrecen el hombro y piden en la oficina el libro de quejas (mal de muchos, ya se sabe). Mis escritos siempre han sido breves.
Allá por los 80, leí a Octavio (primero más Paz que Octavio, después tan sólo Octavio) y descubrí, gracias a él, la poesía japonesa, el arte de decir todo en una imagen, toda una filosofía en tres línes, diecisiete versos de intensidad, el yin y el yang frente al espejo. Descubrí entonces mi vocación orientalista, mi participación en el zen y en el tao. Adapté el universo a mis maneras y comencé una carrera de fondo donde el silencio, la quietud, la soledad, eran la bandera.
Ahora, como siempre, escribo escaso. De la pintura me he borrado y la poesía se me está quitando. Aunque, a veces, alguna idea, algún verso, me salta al cuello. Uno de mis poemas, el último, es granadino y marinero, enigmático y clarividente. Dice así:
Las velas recogidas
se tienden a la mar,
más allá San Antón.
Ahora todo el mundo se ha montado al carro del haiku, y parece como si hubieran descubierto la pólvora o se hayan aventurado por la ruta de la seda (que Kitaro dulcificó enormemente). En respuesta, escribo directamente estos versos:
Desconcertado,
el haiku es la moda;
Basho ha muerto.
Galatea y Pigmalión
Cuando más le gustaba su Pigmalión era después del ejercicio, cuando se acercaba a ella, se despojaba de la camiseta y, con el torso bañado en plata, la besaba suave.
Pidió al cielo que ese momento fuera eterno. Rogó a la diosa que congelara el instante sublime de aquel beso.
Ahora Pigmalión es una bella figura de mármol blanco que se asoma a la alberca del jardín donde Galatea eterna sueña el amor.

