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La historia interminable

La historia interminable

Aún no hemos mediado el año y ya se cuentan en nuestro país treinta y cinco (35) mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas. Algunos tenían denuncias, otros orden de alejamiento, otros nada.

Una infidelidad, un abandono, un ninguneo, una contrariedad, una desobediencia, una discusión, una mirada atravesada, una palabra mal dicha (o bien dicha), un palo al agua, la comida fría, el niño que llora, la vecina que llama al timbre, el teléfono que no para de sonar, el mando a distancia, que no hay cerveza, maldito gato, otra vez tu madre, por qué llama el cartero dos veces...

Cualquier excusa es buena para el uso y el abuso (o el uso del abuso).

Dónde dice que somos dueños de las personas, de nuestra pareja, de nuestros hijos. La esclavitud en nuestro siglo, en nuestra geografía, está erradicada. El servilismo tampoco tiene razón de ser. El servicio es voluntario. El servicio remunerado, sea cual sea la paga, no es servicio, que es comercio.

Quién nos autoriza a disponer de la vida de los demás. Somos lobos hambrientos, somos aves de rapiña, somos sanguijuelas para con nuestros semejantes (¿semejantes?).

Por mucho que lo denunciemos sigue sucediendo. Por mucho que nos avergoncemos lo tenemos muy cerca: detrás de la esquina, en el piso de al lado, en nuestra casa.

¿Qué podemos hacer? ¿Qué defensa tenemos? ¿Qué solución hay? ¿Qué ejemplo? ¿Qué castigo? Yo no sé. Quizá la educación, la igualdad real (no el sistema de cuotas), la tolerancia, la unión de todos...

Os dejo un poema de César Vallejo que acabo de recordar:

 

MASA

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: «¡Quédate hermano!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar .

Que sueñes con los angelitos

Que sueñes con los angelitos

Que sueñes con los angelitos viene a ser una frase hecha que significa 'que tengas dulces sueños', 'que duermas bien', en definitiva.

Anoche, cuando arropé a mi hijo y, después de un beso, le deseé buenas noches, de esta manera: Que sueñes con los angelitos, el niño me respondió: Sí, papá, como si fuera una orden, un ruego o un consejo; imperativo, en todo caso. O, lo más desconcertante, como si el pequeño tuviera voluntad sobre sus sueños.

Después de mucho, parece de birlibirloque, ésta es una de las mejores noches que le he conocido: ha dormido de un tirón y ha tenido un buen despertar a las 7'30 de la mañana que lo he llamado para ir al cole.

FOTO: ninguno es hijo mío, que yo sepa, la foto la saqué de internet (© Cristina García Rodero)

Un problema de fechas

Un problema de fechas

Hasta hace poco diseñaba y maquetaba una revista de una asociación de abogados. La imprenta, que no quería intermediarios y comerse ellos el pastel, y el rastacuero del presidente de dicha asociación que quiso soplar las velas sin apenas sombras, me liberaron de esa tarea.

La cuestión que deseo anunciar no es ésa. Sino el escrito de los juristas, allegados y otros gremios. Durante cuatro o cinco años llegaban a mis manos artículos y textos, sentencias y doctrinas con errores históricos, imposibles de erradicar, simplemente porque así estaba establecido y quién era quien para cambiar la costumbre y menos un asalariado por obras y servicios (por llamarlo de alguna forma).

Uno de estos problemas asumidos e inamovibles era el formato de fecha. Los años siempre aparecían con un punto y los meses en mayúscula (y los días de la semana y las estaciones del año).

Bien sabido es que los nombres propios se escriben con mayúscula. En su contra, lo común, lo genérico, lo vulgar, si quieren, utiliza la minúscula. Por tanto, los meses del año son comunes, son minúculos (permítaseme el término) (y los días de la semana y las estaciones del año). No hay razón para tal encumbramiento. Es un anglicismo sin más el empleo de la mayúscula en estos nombres que no son propios.

Sólo irán en mayúscula si se refieren a un mes concreto de una fecha exacta. O sea, aparte de las reglas generales de ortografía, un mes aparece mayúsculo si es claro y distinto de los demás. Así los "Idus de Marzo" o las "Madres de Mayo" o la "Feria de Abril".

Sin embargo, la Real Academia en su Ortografía, complace a los agresores con su manga ancha, diciendo: "Se recomienda escribir con minúscula inicial los nombres de los días de la semana, de los meses y de las estaciones del año".

Igualmente los años no llevan punto. Es una forma de distinguirlos de las cifras. De esta forma, 2007 es el año en que estamos y 2.007 es un símbolo contable, que pueden ser euros (que no vienen mal) o peras o años que faltan para el 4014.

Me imagino que hasta el año 999 no tenían este problema, pero al acercarse al supuesto fin del mundo del año 1000, se planteó la duda.

Te seguiré queriendo verde

Te seguiré queriendo verde

Cristina Hoyos y el Ballet Flamenco de Andalucía, como en un efecto bumerang, vuelven a Granada para traernos nuevamente su “Romancero Gitano” de Lorca, que habitó los jardines del Generalife durante más de un mes en este pasado verano. El tiempo suele currar las heridas o termina por matar. Lo que sí es cierto es que el tiempo lo pone todo en su sitio. Y esta obra ha madurado con dignidad; su formato se ha reducido, de un gran espacio escénico a las tablas de un teatro, y ha cambiado alguno de los actores pero la esencia sigue siendo la misma.

El papel de Antonio el Camborio que hacía El Junco, como primer bailaor, en esta ocasión lo retoma Daniel Navarro, un artista del momento, con propuestas más arriesgadas y más creíble en su interpretación. De hecho, destacamos sus alegrías como uno de los mejores momentos del espectáculo, junto con los palillos de Cristina Hoyos en el “Romance de la Pena Negra”, el momento inmaculado del “Romance de la luna luna” o el erotismo manifiesto de los tanguillos de “La monja gitana”.

La obra se desarrolla en un recodo de la carretera, posiblemente hacia Alfacar y Víznar, donde se reúne un grupo de gitanos para contarse historias, propias y ajenas, recogidas en una decena de poemas del Romancero. A través del canto de esperanza del “Verde que te quiero verde”, se van hilvanando estas diez piezas cobrando entidad y dramatismo hasta crear una obra coherente, una lectura posible de los versos de Federico.

Lo mejor, la creación musical de Pedro Sierra y los intérpretes de esta música, entre los que destaca el eco flamenco de Reyes Martín. Destacamos igualmente las guitarras y casi la totalidad del baile individualizado. Las coreografías, también muy conseguidas, pecan en general de estar supeditadas a un guión escénico, que le resta autenticidad al resultado. Nunca me ha llegado el flamenco que pretende ser actor; aprecio un regusto de falsedad en su entrega. Junto con esta mediocridad dramática, el conjunto también hace agua con el recitado de los poemas. Ninguno es rapsoda, no sé si se pretende, pero la eficacia llegaría con voces menos lainas, más flamencas, más gitanas. Una honrosa dispensa a Cristina, que demuestra ampliamente su naturalidad y su bagaje interpretativo.

Suenan abandolaos, suenan tangos, que nunca son de Granada, suenan bulerías… Todo se integra en una función de hora y media, sobrada de recursos: vídeo de fondo, sonido en off, argumentos conceptuales, cuando se proyectan el título y algunos versos de los poemas, luces, el recurso del humo al principio… Una obra que sin ser redonda, brilla en sus aristas, pero en la que irremediablemente resplandecen también sus tópicos.

* FOTO: "Preciosa y el aire", la bailaora Rosa Belmonte en el Romancero gitano, este verano en el Generalife (© Nono Guirado).

Sobre la Alhambra

Sobre la Alhambra

Lo confieso, yo no he votado a favor de la Alhambra como séptima maravilla del mundo. Puedo ser tachado de esquirol y antipatriota. Incluso habrá quién me retire el saludo. Pero no pienso caer en ese juego mediático.

La Alhambra es una maravilla por sí sola. Y no porque lo digan los entendidos o una supuesta votación universal. Sino porque yo la he visto, he paseado por ella, me da sombra cuando subo por el Paseo de los Tristes, me mira cuando camino por el Albaicín o recorro el Sacromonte.

Es una maravilla tan mía como yo de ella. De todos los granadinos, de todos los españoles, de todos los habitantes de la tierra.

Que ahora hay que votar. Por qué. ¿Porque lo diga un millonario inglés? ¿Porque lo respalden nuestras autoridades? ¿Porque es el pan y circo del momento?

Y porque vamos a votar por ella, ¿acaso conocemos a sus competidoras?, ¿acaso entran en el ranking todas las maravillas existentes en el planeta construidas por el hombre?

Y maravilla para quién. ¿Para quien ha votado?, ¿para quien emita más votos?, ¿para quien mejor se promocione?...

Las siete Maravillas del Mundo Antiguo eran las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. De ellas sólo quedan en pie las pirámides, que se pueden considerar lo que eran, Maravillas del Mundo Antiguo. Pero nadie las votó. No hubo ninguna reunión. Ninguna decisión de hombres sesudos (u oportunistas).

Fue fruto de los años. Las siete se impusieron por derecho. Los viajeros, todos los viajeros, de la antigüedad así lo atestiguaban. No había duda. No hay duda que las siete maravillas eran esas y punto.

Con estas nuevas siete maravillas quién se beneficia ¿la ciudad?, ¿el monumento?, ¿el notas que ha tenido la idea?, ¿las compañías de teléfonos?, ¿la política social?, ¿las casas de apuestas?, ¿el orgullo patrio?, ¿el ego de cada votante?, ¿los dispersores de la historia?...

Está bien colgarle medallas a nuestro monumento. Está bien que cuidemos nuestro patrimonio. Está bien que mimemos el turismo, querámoslo o no, primera industria granadina. Pero no así. Que no cuenten conmigo.

MAYUUUSCULAS

MAYUUUSCULAS

Gutenberg inventó la imprenta. Pregunta regalo en un examen de cultura general. A principios del siglo XVI. Aunque existen sus detractores. Aparte de los precedentes habituales a cada invento y de los chinos, que utilizaban algo parecido, la imprenta de tipos móviles de hierro la inventó el doctor Faustus.

La imprenta era considerada como un invento diabólico, propio de la creación mefistotélica de este personaje alemán (del que da buena cuenta Goethe). Gutenberg sólo se quedó con la patente, con no muy buenas artes, todo hay que decirlo: robo, extorsión, compra fraudulenta, intercambio con su alma (por eso el infierno está lleno de propaganda panfletaria)...

En estas primeras imprentas cada letra, con sus variantes, necesitaba un tipo diferente, una matriz individualizada. Así una vocal podía tener cinco o seis piezas diiferentes: con acento, diéresis, circunflejo, tres puntitos, etc. Las mayúsculas, al ocupar toda esta pieza entera, dificultaban tal variedad.

Después, ya en época moderna, apareció la máquina de escribir que, igualmente, impedía colocar el acento en las letras capitales. Con lo cual nos otorgamos una tácita dispensa a la hora de acentuar las mayúsculas en escritos mecánicos. La comodidad e incultura popular, trasladó esta bula a los textos manuales.

Así, se ha creído, desde hace bastantes años que las mayúsculas no se acentúan. Craso error. La Real Academia en su Ortografía dice: el uso de mayúscula no quita la obligatoriedad de la tilde exigida por las normas.

Señores, nunca ha existido esa oficial vista gorda, nadie ha decidido tal barbaridad, que atenta contra las buenas formas. Las máquinas de hoy día, los ordenadores y demás artilugios de la palabra escrita, no tienen problemas para tildar las letras, sean del tamaño que sean. No acentuar una mayúscula, por tanto, es una falta de ortografía inexcusable.

Corrientes subterráneas

Corrientes subterráneas

El sábado estuvimos en el cortijo de Juan Pérez, celebrando la mayoría de edad de Isabel Maynés, su familia, sus amigos y nuestros hijos. Un día agradable que se prolongo hasta el anochecer. Comimos, bebimos, reímos y disfrutamos (huelga decirlo).

Pero, quienes mejor saborean esos acontecimientos, para mí que son los niños. El niño se olvida de la realidad y entra en el paréntesis de una fantasía, en el sueño irreal de ser lo que se imagina. Mi hijo, con una espada o un pedazo de palo, vigilaba un castillo que se alzaba a sus espaldas donde todos no vemos nada más que aire (los demás niños también, de una forma u otra, palpaban las torres y las almenas).

La vuelta a casa fue dura. La realidad siempre duele. Con el niño en brazos, puro churrete medio dormido, lo aseé en el lavabo, pues un baño no aguantaría. Comió poco y se quedó dormido.

Y, como a mí me pasa, cuando está muy cansado no descansa bien. Así que a media noche, lo rescaté de sus incubos y lo acosté en mi cama, con su madre. Yo me tendí en la suya, que es donde mejor se duerme de la casa.

Nos lo dijo un brujo, un hombre de campo, un zahorí, que hace unos seis o siete años nos cobró diez mil pesetas, a instancias de mi dueña, por pasearse por toda la casa con unas varillas, comentando algo sobre los “muros geodésicos” y las “corrientes subterráneas”, que la casa, en plena vega, padecía.

Su conclusión fue tajante: la casa estaba mal orientada, debíamos mudarnos. Si acabamos de llegar, nos quejamos. Sólo era un consejo.

Mi mujer se quedó preocupada. Yo era una pizca más feliz antes de saber todo eso.

También nos dijo las zonas de la casa donde la energía era más positiva. Y una de ellas es donde duerme ahora mismo Juan Fernández.

* FOTO: Juan Fernández en el cortijo de Juan Pérez el año pasado (© Manuel Mateo)

Proporción de la pena

Proporción de la pena

Algunos presos que están en la cárcel son inocentes. Mucha gente que pasea por la calle es culpable, sinvergüenzas, delincuentes. No desvelo nada. El ladrón de guante blanco queda impune, en muchas ocasiones. El ladrón a mano desnuda siempre paga.

¿La condena está proporcionada con la culpa? Se supone que sí, se espera que sí. Salvo excepciones, quien la hace la paga en proporción.

Pero, lamentablemente no es así. A mis oídos llegan las noticias de presos que delinquieron en su juventud, por su mala cabeza, por sus malas compañías, y siguen pagando una pena de varios años, que se agravan tontamente. Y el preso ya es maduro y se ha rehabilitado y se ha casado y tiene un hijo y debe seguir pagando...

Un estafador, con dinero y padrinos, ve la cárcel sólo para la foto y poco más. Hay excepciones, como digo, y desconozco el mundo presidiario.

Una de las funciones de la justicia a lo largo de los siglos ha sido buscar esa proporción delito-pena. Al principio de los tiempos era tremendo (a veces, es tremendo en nuestros días). Si robas te cortan la mano, si miras mal te sacan los ojos.

Después llegó Hammurabi con su código: la Ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente. Hoy día una salvajada. En su momento, una exquisitez. Si me empujan, yo empujo, y no le parto las piernas.

Todo esto viene a cuento de que, alternado con Capote, entre otros, estoy leyendo a Voltaire, ese genio de la Ilustración en Francia. En un cuento largo llamado "El hombre de los cuarenta escudos", de alto contenido social, habla de esto mismo: de la proporción de la pena.

Voltaire pone multitud de ejemplos dando por conclusión que en su época (principios del XVIII) los castigos no se acomodaban al delito cometido. Deplora y condena, en su condición de librepensador, estas prácticas. Con multitud de ejemplos nos va demostrando las excelencias de una sentencia justa.

Cuenta este pensador de un prior que ahorca a dos de sus jornaleros por robar un puñado de trigo; o de molinero, que resultó ser inocente, al que le impusieron el tormento "ordinario y extraordinario". La tortura ordinaria de la rueda trataba de ser roto en vivo por un sistema de poleas que tiraban de los cuatro miembros; el tormento extraordinario consistía en ingerir gran cantidad de agua a través de un embudo.

Imaginaros al inocente molinero, Jean Calas (ha trascendido hasta su nombre). Y a su mujer, que lo contemplaba y a sus hijas y a sus amigos...

Voltaire relata "la espantosa aventura de una virtuosa madre encarcelada (que también fue presa), unas hijas desconsoladas y fugitivas, su casa entregada al pillaje, un respetable padre de familia quebrantado por la tortura, agonizando en la rueda y expirando e medio de las llamas" (porque después quemaron sus despojos).

Es preferible que cien culpables salgan impunes a que un solo inocente pague.

Luigi Pirandello decía: "Si el errar es propio de humanos, ¿no es la justicia una crueldad".

Ayer tomé un vino

Ayer tomé un vino

Adán, nuestro padre primigenio, espermático, cuya supuesta tumba está en Hebrón, por si le interesa a alguien además del que suscribe, ya conocía el vino. Pero se encontraba sobrio, completamente sereno, cuando tuvo la delicadeza de rechazar esa oferta sin precedentes, de paraíso terrenal más vida eterna, que un dios de estreno en su oficio (llevaba tan sólo unos días trabajando) le ofreció libremente, a pesar de conocer la respuesta.

Se vieron desnudos por primera vez. Sintieron vergüenza de su cuerpo. Nació el erotismo, la atracción, la belleza del cuerpo (hasta ahora sólo era bella una puesta de sol, una mariposa, un manzano, que terminó por complicarles la vida). Y, con su negativa, Adán y Eva firmaron su sentencia de muerte, pero también sembraron el amor a la vida (sólo se ama lo que se puede perder o lo que se ha perdido) y esparcieron una esperanza.

Eva y Adán dijeron "no, gracias", renunciando al azúcar de la fácil salvación, pero abrazando la sal del pecado, de las desviaciones, de los vicios... No a la rosa sin más. Sí a la rosa con espinas. Por un momento simpatizaron con la tentación en forma de sierpe. En un instante, darían casi sin saberlo, cuartel a los cientos de miles de personas que viven de la industria del vestir.

Y, como me estoy desviando de lo que quería contar, retomo el hilo espirituoso y lanzo una pequeña denuncia.

Soy vinícola. Buen bebedor de vino. De ninguna manera un experto. Suelo beber vino con todas las comidas. Una bebida sana, buena para el corazón y no sé qué más cosas, sin abusar, se entiende (todo abuso es malo). Se me antoja que es nuestra bebida, el licor del sur, el caldo mediterráneo, más refinado, más elegante; frente al sabor bárbaro de la cerveza, propia de pueblos del norte, con pieles y con cuernos, que, además, te suelta la vejiga.

Mi amiga Búha, que sí que sabe de vinos, dice que un vino es bueno cuando te tomas una copa y después otra y después otra y después la botella y no pasa nada, no te pega el castañazo, el subidón. Quizá maree, pero al día siguiente la resaca es sólo el buen recuerdo.

Para beber hay que comer. La cultura de la tapa es imprescindible para ingerir estas maceraciones. Incluso, hay determinados caldos que se saborean mejor con algún picoteo, llámese queso, ahumados o frutos secos.

Lo malo (o lo bueno) del vino es que te acostumbras (a veces, hasta crea dependencia). Digo, te acostumbras a su sabor, su olor, su color, su textura, su densidad... Y ya no tomas otra cosa normalmente. Y esperas calidad o al menos decencia.

Aunque no en todos los lados se pueden tomar este néctar. Puede estar pasado, picado, astringente, caliente, frío, manoláctico...

Ayer, mientras esperaba a mi dueña con el niño dormido en su carrito, me senté en una terracita y me pedí un vino. Al primer sorbo advertí el doble dolor de estómago que sacaría de ese momento relajado. A saber, el vino no estaba muy en condiciones y me cobrarían para pagar la botella, casi.

* ILUSTRACIÓN: El vino a las 3 (© Germán Caporale)

Aproximación a la teoría de los contrarios

Aproximación a la teoría de los contrarios

Lo más fácil para introducirnos en esta teoría es, con perdón, pensar en las mal llamadas desviaciones sexuales (mejor conocerlas como erotomanías) (grandes erotómanos conozco) (mujeres y hombres muy respetables).

Atendamos pues algunas inclinaciones como el boyeurismo (el mirón, en un español más castizo) o el sadismo. Sus contrarios serían, el exhibicionista y el masoquista, respectivamente. En sí "aberraciones" todas ellas, si las víctimas, o sea, el observado y el apaleado son inconscientes. Pero si comulgan con su contrario, estos pecados se trasforman en actos la mar de saludables e incluso virtuosos.

Ahora, menos extremo, pienso que hay gente que le gusta leer el periódico de los demás, visualizarlo por encima del hombro. Prefieren ojear el diario de la mañana y no hojearlo. Ver y no pasar sus hojas. Hay quien le molesta y se cubre con el brazo, con el hombro, como en los exámenes de la escuela o se dan la vuelta o cierran el periódico directamente, si se enteran.

Por mi parte, no me importa en modo alguno hacer de atril, compartir mi lectura, marcar el ritmo con mi hojeo, con el interés que le presto a cada noticia. El ojeador o mirón o voyeur en definitiva, va apañado si lo que desea otear son los deportes.

En casa, salvando las distancias, más que contrarios debe haber complementarios. Si te gusta (o te disgusta menos la plancha) a mí me gusta la cocina. Y si yo riego las macetas, tú limpias la jaula del búho (es un decir, pues no tenemos búho ni jaula que limpiar ni ganas de mascota que pida pan) (¿quizá un caniche de gomaespuma o un patito de goma azul que habla?) (¿o todo lo contrario?).

Ese puntito

Ese puntito

No sé hasta qué punto me puedo erigir adalid de la lengua. No sé hasta qué punto puedo dar lecciones gramaticales, de ortografía, de léxico. Y digo que no, porque no soy ningún experto, ningún profesor, ningún especialista.

Soy aprendiz de mucho y maestrillo de nada. Lo suficiente para que me calle lo que ignoro y me pronuncie cuando sepa. Que ya es bastante. Gracián, en una cita que no encuentro, denunciaba esta cuestión. Decía más o menos que el sabio calla hasta lo que sabe y el necio dice hasta lo que no sabe.

En España, sin embargo, como en el resto del primer mundo, cada vez se sabe más de menos y, como dijo alguien, hasta que sepamos todo de nada.

O sea, inauguro una sección, un tema nuevo, que lo doy en llamar Cuestión de estilo, donde me propongo sin ninguna intención catedralicia plantear algunas cuestiones de la lengua escrita que rozan el desequilibrio.

Quiero empezar, sin ningún orden ni exhaustividad, por ese puntito redundante que se le pone a la frase interrogativa o exclamativa después de su signo correspondiente.

Estamos cansados de ver en los periódicos, revistas, circulares y demás documentos (incluido internet), que cuando acaba una frase con el signo de interrogación (?) o el de admiración (!), el personaje en cuestión, con toda la soltura que le confiere la autoría de su texto, añade un punto al punto ya existente.

Señores, estos signos ortográficos ya llevan el punto incorporado. Añadirle otro punto es redundante e innecesario, aparte de caer en un error gramatical.

Sí puede llevar, sin embargo, una coma, dos puntos o cualquier otro diacrítico, según la continuidad de dicho escrito. 

Un bicho de Connecticut

Un bicho de Connecticut

Estoy leyendo Cuentos completos de Truman Capote (la última entrega de Círculo de Lectores) y, aunque no tenga nada que ver, su alusión a algunos de los Estados de los Estados Empalmados (que es otra forma de decir Unidos), me ha traído a la memoria una de las comedias en un acto que escribí en mi juventud (1991).

Os dejo con ella:

Un bicho de Connecticut

Señora - ¡Aaaaah!
Camarero - ¿Qué le ocurre, madame?
La señora que grita - ¡He encontrado un bicho en mi sopa!
Camarero - ¡No puede ser!
Ella - ¡Como lo oye!
Asombrado, el camarero - ¿Qué clase de bicho?
Agitada - Un bicho de Connecticut.
Él - ¿No me diga usted que conoce a los famosos bichos de Connecticut?
Interesada - Pues claro. ¿Quién no conoce los bichos de ese Estado?
Sentándose a la mesa - Son los más pequeños y negros que he visto.
Asqueada - ¡Repugnante!
Se levanta de un salto - ¡Señora!
Ella (entre disculpa y mofa) - Usted no, el bicho.
El camarero, que se pasa la servilleta de la señora por la frente - ¡Uf, creía! ¿Le cambio la sopa?
Señora - No sé... Le he tomado cariño.
Camarero - ...Al bicho.
Señora - No, a usted. Y no quiero que se marche.
Él - ¡Pero tengo que trabajar!
Amorosa - ¿A qué hora acaba?
Camarero - A las 10 p.m. Pero no creo que pueda ir a su piso a tomar una copa y a lo que salga.
Ofendida - Yo no he querido decir eso.
El hombre - ¿Qué ha querido decir entonces?
La dama - Que podíamos ir a su piso y tomar una copa y... ya usted sabe.
Anonadado - ¡Señora, que estoy casado!
Ella - Yo también. Mi marido es camarero.
Camarero - ¡Qué coincidencia!
Sin creérselo - ¿Tiene usted también un marido camarero?
Sin explicárselo - No. ¡Yo soy camarero!
Sin pensárselo - Y mi marido también.
Exasperado - Señora, me voy. La dejo. No aguanto más.
Histérica - ¿Cómo se atreve? Daré parte. ¿Su nombre?
Cabizbajo y flojito - Luisss
Dispuesta a comerse el mundo - Luis, ¿qué más?
Con un nudo en la garganta - Luis Heredia Martínez.
Dejando caer el lápiz y la agenda - ¡No puede ser! ¡Mi marido! (y abre la boca y no sé si se le cae la baba).
Con lágrimas en los ojos - ¡María Luisa! ¿Eres tú? No te había conocido. ¡María Luisa!, ¡María Luisa! (etc.).
María Luisa (con lágrimas en los ojos, pero otras), alternando con las exclamaciones del marido - ¡Luis! ¡Luis!... ¿Luis?
Luis - ¿Qué haces tú aquí?

TELÓN

* Foto: Truman Capote en 1947 (© Washington Post Magazine)

Lobos

Lobos

Es un tema del que se podría seguir hablando a lo largo de los años. Los lobos dan mucho de sí.

El lobo, ese salvaje superviviente de los carnívoros europeos, tiene una merecida fama de malo, malo. Es el más malo de los cuentos y fábulas de toda nuestra tradición continental. Y sigue siendo el malo en películas, relatos y dibujos animados. Sin embargo, es un ser admirado, elegante y gremial.

Blancanieves, Los tres cerditos, Los siete cabritillos... todos tienen (temen) al lobo como enemigo 'feroz' que, no obstante, siempre sale mal parado, escaldado, engañado y sin comer otra cosa que no sean piedras.

Aunque, a decir verdad, el niño (y más cuando ve la imagen inofensiva de una ilustración) siente una llamada interior que lo hermana con el lobo. Por el lobo se puede exclamar "ánimalito", lo que nunca diríamos de los cerdos o de las cabras.

Prueba de ello, aunque el lobo fuera un coyote, la tenemos en los dibujos del Correcaminos. La mayoría de los niños-adultos con los que he hablado simpatizaban con el cánido y, por decirlo de algún modo, les hastiaba la perfecta agudeza del pajarraco.

Paco Ibañez cantaba en su mundo alrevés a un lobito bueno, reconociendo que el epíteto lobuno es todo lo contrario. El lobo símplemente sigue su instinto de supervivencia y se acerca a los rebaños, como nos acercamos nosotros al frigorífico, y acaba con una o varias ovejas vivitas y que balan (no confundir con una marca deportiva).

También han atacado al hombre, al pastor, al niño que camina solo, a esa niña con un tarro de miel en la cestita y a su abuela. Era un asesino sin más. Un ser sin escrúpulos que podría muy bien comer lechuga y dejar a los corderos en su silencio. Hobbes decía: Homo lupus homine, que quiere decir que 'el hombre es un lobo para el hombre'. (Sartre, retomando la idea, afirmaba, en su obra A puerta cerrada, que el infierno del hombre son los demás hombres.)

Boris Vian, remedando toda la tradición fantástica europea, concibió al lobo-hombre. Un lobo normal y corriente que, en las noches de plenilunio, se convertía en hombre (una metamorfosis más angustiosa que la de Gregorio Samsa). Más tarde, un grupo español de los 80, llamado La Unión, reprodujo esta historia cantando un lobo-hombre en París (su nombre Denís).

A decir verdad, todos tenemos algo de lobo, nuestro comportamiento social es de manada aulladora (aunque preferiríamos ser familia de elefantes, más civilizada). De hecho, los italos y, por ende, los romanos y todos los europeos descendemos de una loba, de la leche de la Loba Capitolina.

Algunos autores, agudizan la historia, diciendo que en realidad era una zorra. Me explico, era una loba, versus zorra, porque cobraba por sus servicios. En la Roma arcaica, a las meretrices se las denominaba lobas, o sea, lupus, de ahí el término de 'lupanar'.

¿Quizá nuestra atracción por la luna llena tenga reminiscencias de lobo?, ¿o de hombre-lobo?, ¿o de lobo-hombre? Y una última pregunta: ¿por qué a ciertos ejecutivos se les conoce como lobis?

* Foto extraída de la Revista Litoral: texto de Rafael Alberti, escrito en Roma: Peligro para caminantes, en Obras completas. Tomo III. Poesía 1964-1988, Madrid, Aguilar, 1988. Su traducción sería: La vieja loba madre / Ha sido derrotada por los gatos. / Rómulo y Remo bajan por la noche / Para mamar la leche de las gatas / Y jugar con los gatos por los Foros.

Si

Si

Ayer encontré a mi amigo, el cantautor granadino Juan Trova, de clara influencia cubana (en concreto de Silvio Rodríguez). Me comentó que se había reabierto El Harem de Arquímedes, más que un bar de copas, un centro neuralgico de la cultura alternativa de la ciudad, como en la actalidad el Anäis. Ya hablaré del Harem en otro momento.

Recordamos, entre otras cosas, que en una de sus mil y una noches, Juan dio un recital musicando los versos de los poetas habituales del local. Poemas que, por lo general, no han sido muy difundidos, ni siquiera grabados.

De los míos elegimos uno que tenía cierta asonancia y bondad para ser cantado, de contenido claramente erótico, llamado simplemente "Si" (condicional), que, como digo, nunca llegó a grabar.

El poema, que prometió enviármelo en mp3 cuando pudiera, dice:

Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.

Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.

Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.

Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.

* ILUSTRACIÓN: Símbolo japonés que significa 'armonía'.

Por qué se me ocurriría traducir al pato de goma azul

Por qué se me ocurriría traducir al pato de goma azul

Entre los juguetes de mi niño, para hacerle agradable la hora del baño, se cuentan dos patitos (y una ballena y un pingüino y una rana y dos barcos...). Uno verde y el otro azul. Al verde, se le tira de un cordel y mueve las patitas hasta que la cuerda se acaba. En teoría hace unos largos como del comandante Cousteau, pero el perímetro de la bañera no le permite explayarse.

El azul, me complica la vida. Al contacto con el agua se pone a graznar (no confundir con las declaraciones de Gosé M.ª Aznar). El primer día que hizo "cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua", se me ocurrió traducirlo para mi desgracia.

Digo "para mi desgracia" porque ahora estoy obligado a interpretar todas las sandeces que se le ocurren al plumífero, que si está buena el agua, que tienes que ser valiente y dejar que te echen agua por la cabeza, que ya es hora de salir, que el agua se está enfriando, que peinaté, que tienes el pelo de punta, que cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua...

No siempre lo entiendo. Es decir, no siempre tengo cosas que decir, no se me ocurre sencillamente algo coherente, instructivo, gracioso, convincente, etc., y mi niño, Juan Fernández, me acribilla con la misma pregunta repetitiva: "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?"...

Y, si por suerte se calla, que a veces sucede por falta de movimiento, ruido, atención o no sé qué, la pregunta es: "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?"...

Temo que, si escondo el pato, como he llegado a pensar, en el momento menos oportuno delate su escondite: cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua... y volveré a estar perdido.

El triunfo de Eva

El triunfo de Eva

Granada Flamenco

Faltan adjetivos merecidamente halagadores para tildar a Eva Yerbabuena y a su espectáculo “Santo y seña”. Parece que me quedo corto diciendo simplemente que fue tremendo, espectacular, grandioso… Merecería la pena, sin embargo, insertar aquí un enlace de vídeo, como en las páginas web, en el que podamos ver tan sólo los minutos de aplausos y zapateados que les brindó en pie todo el público al final de la función. Eva y los suyos, con lágrimas en los ojos, tuvieron que saludar al menos siete veces. Y es que, aunque sea un tópico, Eva es profeta en su tierra. Un éxito tan grande no se había visto en el mundo flamenco por estos lares. Tenemos suerte de tener a la mejor bailaora del momento en España, que lo lleva siendo durante mucho tiempo y lo seguirá siendo, porque lo que sembró el viernes en Granada no se marchitará así como así en nuestro recuerdo. Nada volverá a ser ya igual.

La parquedad del escenario, con tan sólo una silla y una bombilla que iluminaría la primera pieza, se muestra suficiente para una bailaora que, con su presencia, rellena cualquier espacio. Detrás de ella, diez músicos de primera fila. Tanto es así, que la hipnosis de la danza a veces se difumina por escuchar esas voces cautivadoras, esas guitarras tan precisas, siempre afinadas, rozando lo imposible.

Ningún hilo argumental conduce la trama, solamente el baile por el baile, el arte por el arte, Eva por Eva. Es su “Santo y seña”, es su verdad suprema en forma de seguiriyas y de cantiñas y de tangos y de soleá, sobre todo de soleá. Toda la obra es redonda, cada pieza es redonda, cíclica, empiezan como acaban o acaban como empiezan, rozando siempre el infinito. De negro aborda la seguiriya con extrema elegancia. Su baile es completo: pies, brazos, cintura, hombros y cara. Su rostro es puro fuego, jalea real cuando te mira. Sus movimientos son lentos, equilibrados, modélicos. Se tensa y se destensa siguiendo la cadencia natural de la música. Nada esconde.

En las cantiñas (alegrías, mirabrás, caracoles) se aparta de lo convencional, de la escuela sevillana, de la siembra de las bailaoras gaditanas. Usa bata de cola y mantón, eso sí, que mueve espectacularmente en la largura de los aires de Cádiz. Mece sus movimientos, se ondula como la brisa en la Bahía, se explaya en cada vuelta y en la alegría de tu tacón, se regodea en su propia creatividad.

Los tientos-tangos son una delicia. Quizá menos suelta y desinhibida de lo deseado. Con todo y con eso, una lección de gracia y esfericidad. Se le puede poner en falta, sin embargo, que se queda en los tangos de La Repompa, no se acerca a Granada, si acaso en la breve introducción y el epílogo por granaínas que apunta la guitarra de Paco Jarana.

Vestida de oro, por fin, Eva nos premia con su verdadero sello en forma de soleá. Parte de la quietud y va poco a poco desperezándose hasta lograr los momentos más sublimes de su total entrega.

Entre medias, su cuerpo de baile, compuesto por cuatro chicos, mostrarán bellas coreografías en forma de farrucas, jaleos y zapateado, quizá más cercanas a la danza contemporánea que al baile flamenco, quizá demasiado parecidas entre sí, quizá insuficientes para rellenar el hueco imposible que Eva abandona.

* FOTO: Eva Yerbabuena (© Paco Sánchez)

Guantes de fieltro

Guantes de fieltro

Guadix Clásica - Granada Flamenco

Para manipular los grabados originales y otras obras de arte, para que no se deterioren ni sufran ningún tipo de desperfecto, se suelen manipular con guantes de fieltro o de gamuza. El cuadro se coge con sumo cuidado, se eleva a la altura de los ojos, se aleja un poco, la largura de los brazos si acaso, para verlo con cierta perspectiva, se acerca con cuidado para apreciar los detalles y, con el mismo, cariño se devuelve inmarcesible a su lugar de origen. Ese mismo efecto, ese sentimiento es el que nos produjo Arcángel y Miguel Ángel Cortés en el concierto de ayer, 17 de mayo, en su recital accitano.

A pesar de la poca asistencia, medio aforo acaso, el cantaor onubense hiló fino, hizo encaje con su voz, tremendamente modulada, dominando los altibajos como el vaivén de las olas, tuvo un gusto exquisito en su entrega. Morentiano declarado, Arcángel vuela a voluntad por los horizontes sin fronteras en que se está convirtiendo el flamenco, con un pie siempre posado en tierra firme, codeándose con los antiguos, respetando las raíces. Y, a su lado, el guitarrista granadino (¿hay que decirlo?) Miguel Ángel Cortés, un compendio de técnica, estudio y sensibilidad. Una guitarra que parecen tres. Una guitarra respetuosa y atenta que llena los silencios y amortigua el grito moderado de su partenaire.

El banquete comienza con una guinda intitulada “Limón amargo”, una soleá por bulerías con tintes de copla. Desde este primer momento, Arcángel muestra su sello de cantaor solemne y respetuoso, original y completo, que inserta en cada cante todos los cantes de su estilo. Un artista que mece la copla como nadie, que se regodea en el fraseo, que ralentiza las letras para que sean saboreadas a voluntad, que escucha y admira a la guitarra, que aprecia los silencios, que disfruta en el escenario. Morentiano, como digo, pero también caracolero y chaconiano. La caña es otro dulce (en realidad todo el recital es un postre). Pero cuando empieza a dominar de verdad es en las malagueñas de La Trini y de Chacón. Toca techo en su carrera creciente y no caerá, no desfallecerá, porque su entrega y conocimiento hace que su puesto esté entre las estrellas. La soleá es una gozada para los oídos. Es largo y delicado en este cante, en el que realizan una parada antes de terminar para apreciar los ecos del silencio. Los aplausos a cada tema ya se cuentan por minutos. La sonorización es impresionante. Y el juego de luces. Da gusto acudir a teatros tan profesionales.

La cejilla, que se había mantenido en el séptimo traste, imponiendo la agudeza del artista, sube drásticamente hasta el primero y abordan unas seguiriyas tradicionales en re mayor. Miguel Ángel, haciendo gala de su poder creador, interpreta solo con la sonanta una hermosa guajira de su disco “Bordón de trapo”. Vuelve Arcángel con unos tangos de influencia granadina y unas bulerías para ser escuchadas, que las empieza casi a capela, y unas alegrías exquisitas, donde practica el mismo silencio que en la soleá, que realza suculentamente su belleza.

Acaba el concierto, cómo no, con un recorrido por los fandangos de su tierra, que dedica admirado a la bailaora granadina Fuensanta “La Moneta”, presente en la sala.

Alergías

Alergías

Quien esté libre de alergías que tire el primer kleenex.

En estos momentos, cuando el mundo es un nido de agresiones, es difícil escapar de sus consecuencias.

Efectos del maltrato a la tierra hay muchos: escased de agua, efecto invernadero, lluvia ácida, desertización, contaminación atmosferica y acuífera, exceso de basura, comida artificial... Por no hablar de la pérdida de valores, indiferencia y nihilismo, intolerancia, aumento de la violencia, desigualdades...

Uno de los resultados, quizá leves, pero generalizados y preocupantes, de esta evolución (¿involución?) es el crecimiento, desarrollo y mutación de los brotes alérgicos en las personas. Al igual que el nacimiento de intolerancias nuevas, antes casi impensables.

Todos somos alérgicos. En un grado u otro, todos padecemos intolerancias.

Nacen, sin embargo, tratamientos de choque alternativos, medicinas y comidas más "naturales" (o antinaturales), que llenan el mundo de ecepciones, llegando a considerar la normalidad como lo extraño, como lo raro, lo anormal.

Por estas fechas es normal (¿normal?) cruzarse con gente con mascarilla por la calle, esnifando y pegándose chupinazos con aerosoles. Tenemos alergia a las gramíneas, al olivo, al ciprés, al plátano de sombra... pero también al gluten, a la lactosa, a la albúmina (que se encuentra en la clara del huevo), al anisaquis (para fastidiar a los japoneses)...

Mi cuñada es alérgica al Látex y yo le preguntaba ambíguamente, con cierto matiz picante en mi sonrisa: ¿y cómo lo hacéis?. Ella, cogiendo elegantemente el testigo, para crearme una sombra de vergüenza y envidia, contestó: "existen otros métodos".

Yo, sin lugar a dudas, a lo que soy alérgico, y cada vez más, es al abuso y la violencia, verbi gratia.

El día del aguacero

El día del aguacero

No parabamos. Ahora, parece mentira. Hace un mes escaso, la prenda habitual para salir a la calle era el chubasquero y el paraguas. Y es que cuando dice de llover... Abril, aguas mil, ya se sabe. Y hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. O sea, todavía puede haber sorpreses.

Es como si hubieran dicho: os fastidio todos los puentes, el Día del Trabajo, el Día de la Cruz, y ya veremos si el Corpus, pero os relleno los pantanos (que ya están a más del 60% de su capacidad).

Pues un martes, el primer día de los últimos aguaceros, del diluvio pasado, me quedé sin cobertura. En el teléfono, me refiero (otras carencias de cobertura me son habituales). Estuve todo el día fuera de servicio (lo que es depender de un aparatito cancerígeno).

Mi primera explicación fue aquel cielo marengo que se nos venía encima. Llamé al "número de atención al cliente" que atentamente te cobran la llamada y allí me dieron otro "número de atención al cliente" para casos como el mío, o sea, doble llamada, doble coste.

Me dijeron que, les constaba, no debía tener ningún problema. Yo les aseguré que sí que los tenía. Que me buscara la vida, fue el veredicto que pude colegir entre líneas.

Al final del día acudí a un establecimiento de Vodafon (o Vodafone, según se lea) con la persiana a media asta y entré haciendo una involuntaria reverencia. La chica me recibió con el impermeable puesto y la luz apagada (¿sería una señal?). Le comenté mi problema y me pregunto: ¿Es de tarjeta o de contrato?

La pregunta era fácil, así que pude responder: "De contrato". Entonces contestó a bocajarro: "Pues no habrás pagado". "Oiga que lo tengo domiciliado", exclamé sin perder los papeles. "Pues no tendrás dinero en el banco", continuó impertinentemente mientras desarmaba el móvil y lo volvía a rehacer.

"Dime el pin", seguía machacando. Se lo di, lo marcó en el teclado del móvil y el teléfono recuperó todas sus lucecita rojas. Ya está. Qué le pasaba. Que se había movido la tarjeta. Bueno, gracias. Ummm.

Ni una disculpa ni un buenas noches ni un de nada ni nada de nada. No sólo los jueces son arrogantes con los humildes y humildes con los arrogantes.

Antiguo capitán de vino

Antiguo capitán de vino

 

El jueves, 10 de mayo, coincidiendo con los prolegómenos de la Feria del Libro, tuvo lugar en el Centro Artístico y Literario de Granada, la presentación del libro, de grandes proporciones, Antiguo capitán de vino, veinte poemas del poeta costarricense José Néstor Mourelo, ilustrados por otros tantos dibujos de mi gran amigo y admirado David Zaafra (asiduo lector de este blog).

Tanto textos como ilustraciones tienen plena dedicación al amor en su vertiente más sensual y erótica ("algunos bastante subidos de tono", advirtió el presentador).

El acto estuvo presidido por el periodista y escritor Enrique Seijas que, tras introducir el germen de la publicación y glosar someramente la figura de los autores, leyó uno de los poemas. Otros tantos recitaron los componedores del libro allí presentes.

La edición del libro corre de la cuenta de los mismos autores que, confesaron, no es su primera colaboración ni será la última.

Os dejo con los versos que introducen este volúmen:

Veo tu cuerpo, mujer de yerbabuena.

Esmeralda pura y ámbar.

Yo, con tanta selva en tu cintura,

con tanto mar,

juré que sos venada,

caña de azúcar de Cuba,

y yo, antiguo capitán de vino,

ébrio de amor,

estrellé mi velero

en tu fosforecente espuma.