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De esta agua no beberé

De esta agua no beberé

Es una cuestión muy simple. Palabras como agua, águila o acta son radicalmente femeninas. Sin embargo, el artículo determinado que las antecede en su presente de indicativo es masculino, concretamente 'el'. Así: el agua, el águila, el acta.

Podemos dar una razón apócrifa sobre este tema, que sería simplemente que es una forma de evitar la cacofonía. Sin embargo, la razón es menos razonable. La Real Academia nos dice que "Por herencia histórica, los sustantivos femeninos cuyo significante comienza por /á/ acentuada [prosódico u ortográfico], utilizan el significante /el/".

"Se incluyen en este comportamiento, continúa la RAE, los sustantivos que comienzan por /há/ acentuada: el hambre, el hacha, el hada, el habla, etc.". Se exceptúan los nombres de las letras: la a, la hache... y los nombres genéricos con posibilidad de confusión: la ácrata/el ácrata, la árabe/el árabe...

Esta regla no afecta a los plurales, que recuperan su significante femenino: las aguas y no los aguas; ni a adjetivos como esa agua, esta agua, aquella agua. Es incorrecto, por lo tanto, el uso de otras unidades con esos sustantivos (ese agua, aquel área).

También, si entre el artículo y el sustantivo estudiado aparece otra unidad, el artículo recobra su forma femenina. Así: la bella hada o la clara agua.

En 1993, Fernando Lázaro Carreter, denunciaba el abuso de esta confusión entre "diarios, telediarios y radiodiarios". Después de algunos ejemplos, el catedrático de la lengua, comentaba que incluso entre profesores de Filología había oído expresiones como ese aula.

Estamos hartos de escuchar ese dislate por quien se cree con la verdad. Aunque la verdad es que se formula de esta agua no he de beber, y no de este agua no he de beber. Craso error.

Intimidaciones

No sé qué hacer. Por tercera vez (las tres en esta misma temporada) me llega una advertencia (amenaza suena demasiado fuerte) por mi labor como periodista y crítico de flamenco.

La primera fue en diciembre pasado, cuando uno de los encargados me negó el acceso al teatro, pues mi periódico no era bien recibido en su festival otoñal de flamenco.

La segunda fue recientemente en el FEX, cuando Juan Andrés hizo gala de su furia Maya sobre mí por no haber ido a verlo y sacado en los papeles.

La tercera, ha sido esta misma mañana. Recibo un mensaje anónimo en el móvil de tal guisa:

"Me ha llamado la chica que cantó el viernes [Esther Crisol] llorando que habías hablado mal en el periódico. Tampoco lo hizo tan mal para ser una que empieza. Tú haz caso a lo que te dice la gente como el Isidoro ese y demás que yo sé y no seas objetivo y lograrás que se te pierda el respeto." (los acentos son míos).

Como digo, no sé cómo tomármelo. A Esther es la segunda vez que la veo y no le he hecho tan mala crítica (leer el post anterior ). Tan sólo no me llegó, no me sorprendió tan gratamente como cuando la escuché por primera vez. Hay días y días (para ella) (para mí).

Llevo cuatro años haciendo crítica de flamenco y si de algo puedo presumir es de mi imparcialidad y objetividad. No me caso con nadie. A los de mi alrededor les presto la atención precisa, pero nunca dejo que me influyan. Me alegra no obstante contrastar mis apreciaciones.

Cuando me llega un artista lo alabo. Cuando no me dice gran cosa lo paso un poco por alto y destaco lo bueno (que siempre lo hay) (si no no estarían donde están). Pero todos merecen mi respeto y aplauso. Admiro su decisión y su empeño. Nadie puede decir que le he faltado, que no le haya encontrado un brillo, que busque otra oportunidad...

El mundo flamenco es pequeño y como todos hay envidias y zancadillas. Supongo que en cuatro años tres traperas no son tanto. Seguiré, como siempre digo, ejerciendo mi trabajo de la mejor forma que pueda, aun sabiendo que alguien me mira mal, aun sabiendo que puedo tener problemas, aun sabiendo que quien sufre con esas cosas soy yo.

Después me dicen en la redacción que los flamencos no leen los periódicos.

Para abrir boca

Para abrir boca

III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega

Huétor Vega tiene un festival oficial, que este año cumplirá su edición número veinte, y que podremos ver el 11 de agosto. Desde hace ya tres años, se va apostando en la misma población por un flamenco joven, por unos intérpretes que difícilmente conformarían el cartel del macro evento. ¿O sí? Viendo los años pasados esta muestra, sin lugar a dudas cualquiera de sus actuantes podría dar el salto sin ninguna merma para la fiesta grande. Pero, para este año, se ha apostado por un cabeza de cartel de primera, que ha sido Joselete de Linares, aprovechando su participación como profesor de cante en el “IV Curso de Flamenco de Huétor Vega” que organiza la Peña Flamenca La Parra de esa localidad.

Joselete, con la voz algo tomada, estuvo muy ajustado en su entrega. Hizo soleá, malagueña y se alivió en los fandangos. El de Linares, claramente caracolero, terminó por bulerías y con “La Salvaora”, la famosa zambra del maestro sevillano. Echamos de menos, como buen linarense, escuchar tarantas y algunos cantes de levante.

Antes del jienense, para comenzar la noche, Esther Crisol, una joven con perspectivas dio muestras de su buen hacer. Su voz grave, a semejanza de la de Carmen Linares, no abandonó su estela en ningún momento. No sólo los temas seleccionados y letras escogidas eran de Carmen, sino también su cadencia, melismas y un intento del quejío aguardentoso de la que, hoy por hoy, es la mejor cantaora que existe. Esther comenzó por la caña y continuó por cantiñas, granaína y media, tientos-tangos, quizá demasiado largos, y bulerías, sin duda su mejor entrega. Tanto ella como el tocaor, José María Ortiz, estuvieron algo espesos y faltos de emoción. Tampoco el sonido acompañaba.

Un sonido que fue insuficiente en las dos entregas del baile preciso de Raimundo Benítez. Este joven bailaor, que podemos ver noche tras noche en la Venta del Gallo en el Sacromonte, nos sorprendió por su madurez artística y por su agilidad, centralizada en un juego de piernas envidiable. Respaldado por un cuadro de lujo a sus espaldas, con mucho fue lo que más agradó de la velada, a pesar de que el tablao no era el idóneo y le faltaba sonoridad, un micrófono al suelo, vamos.

* FOTO: Joselete de Linares.

Muerte de Esquilo

Muerte de Esquilo

Debía ser por esta fecha, cuando todo se paraliza, cuando no ocurre nada o todo acontece, cuando las noticias parecen bromas o de una realidad, de una veracidad, aplastante, tanto que nos desborda por lo cruel, por lo absurdo, porque sí o porque no.

A Esquilo, gran dramaturgo de la escena griega, junto con Sófocles y Eurípides, del siglo quinto antes de nuestra era (el Siglo de Pericles, para situarnos), le anunciaron los dioses que moriría aplastado al caérsele la casa encima.

El poeta heleno, negándose a su destino, lo deja todo y se abandona errático a vagar por el campo, al puro raso, donde no hubiera construcción alguna que pudiese caerle.

Entonces un águila, un quebrantahuesos según otras versiones (en realidad un Guyapetus barbatus, 'buitre/águila barbuda'), buscando firme roca para romper el caparazón de una tortuga que había asido con sus garras, vio clara y lisa la redonda calva de Esquilo y, creyéndola la piedra idónea, le lanzó con tal puntería la preciada carga que el vagabundo cayó muerto ipso facto.

El azar y la fuerza de gravedad, la casualidad al fin y al cabo de que en el momento en que el autor de Los Persas paseara justo por donde un ave de presa estaba cazando y, por muy aguda que tuviera la vista, confundiera el brillo de la testa con una roca pulida, hicieron que se cumplieran los designios de los dioses, la profecia, el destino.

Dice Ferrer Lerín en su impagable Bestiario "que aunque alimentada normalmente de huesos aprovecharía en aquellos tiempos -en los que los quebrantahuesos y tortugas frecuentaban el arco mediterráneo- otras fuentes alimenticias a las que trataría de igual manera: lanzándolas desde el aire hasta las rocas para quebrantarlas y devorar su interior, aquí no tuétano sino tortoise soup".

Algunas citas flamencas

Algunas citas flamencas

Hace tiempo que no repaso el calendario flamenco para los posibles seguidores (los seguidores de este blog) (los seguidores del flamenco en Granada) (y la verdad, con escaso eco y fortuna) (seguiré informando no obstante) (incluso).

Hemos pasado el Festival de Música y Danza de Granada (del cual he ido dando buena cuenta) y las aportaciones del FEX (Festival Extensión). Para lo que queda de julio, tenemos algunas actividades flamencas que no debemos pasar por alto.

Los jueves, en la peña de La Platería (a las 21’30 horas) (es un decir, pues antes de las 23'00 no empieza), se siguen haciendo las muestras de flamenco joven, actuaciones populares abiertas a todo el público. Hoy, día 12, podremos ver a la bailaora Estela Rubio y su cuadro flamenco.

Mañana, viernes 13 (ideal para supersticiosos anglosajones), tenemos la "III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega" (22'00 h) en los Jardines de Huerta Cercada . Actuarán: al cante Joselete de Linares y Esther Crisol, a la guitarra Jose María Ortiz y al baile Raimundo Benítez, acompañado por: Manuel Heredia y Pepe Luis Carmona (cante), Luis Mariano (Guitarra) y Antonia Heredia y Encarni Heredia (palmas).

El próximo martes 17, comienza la IX Muestra Andaluza de Baile Flamenco en el Corral del Carbón (Los Veranos del Corral). Este año, además del tradicional baile de vanguardia que nos vienen ofreciendo cada temporada, se enriquecerá con cante y guitarra, alternativamente. Este martes se inicia el programa con el cante de Eva Duran y el baile de Juan A. Maya.

El miércoles 18, el programa de Los Veranos del Corral, vendrá con la guitarra de Juan Requena y el baile de Luisa Palicio.

También los miércoles de estos meses de verano tenemos flamenco al fresquito del monte. El Museo Cuevas-Centro de Interpretación del Sacromonte , nos presenta este miércoles (22’00 h) a la “Familia Zárate”: guitarra: Carlos Zárate, cante: Sensi de Carlos y baile: Carmen Rosa Zárate. Con la colaboración de Escuela Superior de Arte Flamenco.

El jueves 19, Los Veranos del Corral, tiene la programación exclusiva de baile con el artista Antonio Arrebola.

También, este jueves 19, hasta el 31 de agosto (todas las noches) (domingos descanso), se presenta en los Jardines del Generalife (22’00 h), "Poeta en Nueva York", una obra de Blanca Li (Centro Andaluz de Danza), con Andrés Marín y Carmen Linares (sustituta Encarnita Anillo).

Este jueves, por si faltan ofertas, La Platería presenta a los Hermanos La Luz y su cuadro flamenco.

El sábado 21, podremos acercarnos al "Festival de las Gabias".

Continuamos con Los Veranos del Corral el martes 24 con el cante de Antonio Campos y el baile de Elena Chávez.

El Miércoles 25 doblete. En el Museo Cuevas del Sacromonte (22’00 h) veremos al grupo “Daquí”, con la guitarra de Luis Millán, el cante de José Fernández, el baile de Carmen Yolanda y la percusión de Manuel Vilchez.

Y en Los Veranos del Corral, el guitarrista Diego del Morao y el baile de Edu Lozano.

El jueves 26, en el Corral, continuará programa de baile con Mª José León.

Y en La Platería, ese mismo jueves, Antonio Heredia y su cuadro flamenco.

Para terminar el mes, el martes 31, toca Veranos del Corral, con José Valencia al cante y Juan Carlos Cardoso como bailaor.

Hasta aquí, parte de lo que se programa (no tengo todos los datos ni creo que deba saturar este post). Iré a lo que pueda y comentaré en lo posible todo lo que mis ojos (cada vez más abiertos) contemplen.

 

Paje, traje, dopaje, equipaje

Paje, traje, dopaje, equipaje

Una de las normas más claras, sencillas y aprendidas del idioma español es que se escribe con jota ('j') toda palabra que termine en 'aje' (y en 'eje'), como coraje (o hereje).

Asombrosamente, como digo esta norma está completamente asumida por los hispano escribientes en los mass media habituales (además, el corrector ortográfico del ordenador no lo pasa por alto). Sin embargo, es habitual encontrarnos por la calle letreros del tipo 'garage' o 'reciclage', por poner un ejemplo. O sea, la norma trasgredida.

El 'age' con ge ('g') es un francaísmo (o galicísmo, si queremos). De hecho 'garage', como tal, es una palabra francesa que ha sido adoptada en nuestro idioma, castellanizándose como 'garaje', según la norma. No escribirlo así es un error lingüístico y, si se pronuncia correctamente, fonético.

Aunque, para que no creamos discriminada esa gangosa letra, podemos apuntar que se escriben con 'g' las palabras que terminan en gia, gio, gía, gión, gional, gionario, gioso, gen, gélico, genario, género, genio, génito, gesiman, gésimo, gético, giénico, gimal, gíneo, ginoso, gismo, ogia, ógico/a, ígeno/a, ígero/a, con sus femeninos y plurales, excepto aguajinoso, espejismo, salvajismo, bujía, herejía y lejía (los ejemplos de cada terminación os los dejo a vosotros).

Un clavo saca otro clavo

Un clavo saca otro clavo

Festival Internacional de Música y Danza de Granada

La francesa

Un clavo saca otro clavo. Es como decir que no hay mejor que el tópico para acabar con los tópicos. La francesa es una obra milimetrada, que pone sus ojos más allá del flamenco, el ortodoxo y el experimental. Con un inteligente andamiaje construye Israel Galván cinco coreografías para su hermana Pastora. Los cinco actos, con sus correspondientes interludios, están basados en el mito de la “mujer fatal” española, tal y como lo concibieron los soñadores franceses. Así, la leyenda destaca a la Carmen de Mérimée a La mujer y el pelele de Pierre Louys o a La maja y el torero de Gautier. Estereotipos tan enraizados que las mismas españolas se lo creyeron y tendían a semejar sus vidas a esas heroínas, como quien lee el horóscopo para saber cómo debe comportarse.

Pero no queda ahí la cosa. En tratándose de Francia y su relación con el país vecino, que somos nosotros, todo son patrones. El viajero galo que recorre la Península exalta el folklore, a los gitanos, a la Semana Santa y a los toros; los músicos de la época ponen sus ojos en España para crear su obra, léase Bizet, Rabel o Debussy. Pinceladas históricas como la resistencia navarra o gaditana frente a las tropas de Napoleón, germen primigenio de las alegrías de Cádiz. Y tantos tópicos…

Todo eso se une a la actualidad, a la sonrisa de medio lado, a la migración, a los franceses españoles y a los españoles franceses, a la vecindad, a la Comunidad Europea, al mercado del fútbol y al trasiego de galácticos, y a José el Francés cantando Fuera de mí ya no quiero tu querer….

Pastora Galván se pone en el papel de La francesa y se empapa de varios siglos de interacción. Nacida flamenca, con una trayectoria flamenca y unos precedentes de los más añejos, Pastora colabora con su hermano, y con ese exquisito compositor catalán de Sevilla llamado Pedro Sierra, para romper moldes y estructuras, para contar algo por medio del baile (y de la música), para divertirse y para divertir al público. ¿Quién dijo que el flamenco debe ser serio?, ¿quién pensaba que en flamenco está todo inventado? Esta comicidad está muy presente en nuestros tiempos. Acordémonos de María Pajes o de Rocío Molina o de Manuel Liñán. Pero, sobre todo de Israel, que se ha empeñado en desmontarlo todo y exponer que si tienes algo que decir, que si tienes arte para contarlo, que si tienes una buena base flamenca y un respeto por tus mayores, es igual como lo digas.

Su hermana coge el testigo y eleva el nivel, si se puede. La francesa es un corpus de sensaciones contradictorias lleno, como digo, de tópicos que romper. Los colores de la bandera francesa predominan entre los músicos. El mismo blasón ilustra el fondo del escenario, hacia la derecha. Pastora baila con pasión y gracia todas las propuestas musicales. Parece fácil, pero son verdaderos ejercicios gimnásticos con trasfondo flamenco. Sólo una mujer con duende y compás, una bailaora de oficio y con una técnica depurada, puede abordar ese reto. Pedro Sierra no para de tañer su guitarra, conduce todos los momentos, los actos, los silencios. Es el alma mater de una obra redonda. Suenan milongas, soleares y bulerías, fandangos, granaínas y zorongo, tangos, rumbas, alegrías, habanera, pasodoble… mezclado con apuntes de la chanson francesa, de sus composiciones clásicas, del cancan…

Es admirable la propuesta, es un lujo la obra, que lleva casi un año rodando desde la pasada Bienal de Sevilla, es grandiosa la música, como grandiosa es la Galván francesa… y el humor. Pastora es la bailaora convencional, la rompecorazones, Salomé, Carmen, Conchita y como Lola se va a los puertos, pero también es la pelona que baila en la verbena, la chica del can que vuela su falda o Zidane (el número 10) que entrena con el balón y da un cabezazo al cantaor.

Pastora termina revolcada con la enseña marsellesa. Por fin acabó con el mito. Ahora empieza otro reto: el de superarse a sí misma, el de cambiar de registro, continuando por este camino, comunicando con este lenguaje nuevo que es el más fresco e interesante que conozco en este momento.

Un recuerdo

Un recuerdo

Mi familia es bien corta. La familia directa. lo que se viene en llamar consanguinidad de primer y de segundo grado.

No sólo corta, sino también distante. Por la distancia, la palabra lo dice. También por el espacio (por el espacio eterno) (aunque suele morboso).

Son familiares que a veces se cruzan en tu mente y te dejan una estela de dulzura o ansiedad o las dos cosas.

Ayer, con mi padre, recordamos una anécdota de mi tío Nico. El hermano mayor de mi predecesor. Grande en todos los aspectos. Ancho de hombros y de casi dos metros de envergadura, con un gran bigote, en mis recuerdos infantiles, un gigante bueno.

Resulta que en un tiempo fue picador. En Motril se organizó una corrida en la que él participaba, con tan mala fortuna, que le metió la pica al toro por el ojo. O sea, que desgració al toro y por ende la corrida y parte del festejo local.

No hay que explicar la reacción del público. Lo iban a linchar. Así que el apoderado, de tapadillo, le puso la capa del torero sobre los hombros, como única vestimenta por encima del traje de luces, y le aconsejó que tomara un taxi y que abandonara el pueblo lo más rápidamente posible, que los motrileños cuando se les provoca... (y cuando no, pensaría mi tío).

Así que, antes de decir amén, cogió ese taxi y salió por patas del olor de la plaza.

Pero, resulta, que ese mismo día, por los mismos motivos patronales, el arzobispo visitaba la ciudad costera.

Al ver a mi tío dentro del taxi con la estola roja y el sombrero dorado en la cabeza, los lugareños empezaron a aplaudirlo y a ovacionarlo como si fuese el prelado.

Mi tío Nico, no pudo más que adoptar el papel y sonreír mientras saludaba quedamente al gentío, hasta que el taxi desapareció del pueblo, dejando a sus habitantes, como poco, algo desconcertados.

Al finalizar nuestro recuerdo, mi padre me dijo que no me lo creyera, que el tío Nico, como los viejos flamencos, era muy mentiroso. Para mí, sin embargo, mi tío fue picador y desgració un toro en la plaza de Motril y lo confundieron con el arzobispo.

Veo, veo

Veo, veo

Mi hijo me sorprendió hace unos días jugando al veo, veo. Lo aprendería en el colegio, supongo. Pero en vez de recitar la cantinela tradicional, entona la versión que Teresa Rabal popularizó para la infancia.

Así no ve una cosa, sino una cosita. Y yo le tengo que preguntar, con el mismo soniquete, ... y qué cosita es. Pero el juego es igual. Aunque algo surrealista con un chiquillo de tres años.

Todas sus palabras empiezan por "u". Y la respuesta es: "una pelota" o "un coche" o "una lámpara".

Mi más sincero agradecimiento

Mi más sincero agradecimiento

Una de las bondades del idioma, al menos del español, es su versatilidad tonal. Digo, que a veces el tono empleado nos evita más de una coletilla superflua. Por ejemplo cuando pedimos un vaso de agua, por poner, con un tono lastimero: me podría poner un vaso de agua, es como si añadiéramos un por favor, sin necesidad de expresarlo.

En este sentido, hay palabras que ya son definitivas, como gracias. Se admite muchas gracias, pero gracias sinceras, es como si existieran agradecimientos falsos, que no fuesen de verdadera intención, lo cual contradice el término, la expresión y sobre todo el sentimiento. Además, dice poco de nuestra persona (si alguien acostumbra a darme las gracias sinceras y en algún momento me manda sólo las gracias, permítanme que sospeche de sus intenciones).

Rizar el rizo sería decir mi más sincero agradecimiento. O sea que tiene agradecimientos pequeños (o en poca cantidad) y agradecimientos enormes y colectivos. Curioso, no obstante.

Admitamos, como he dicho anteriormente, las muchas gracias, como frase hecha (el very thank you anglosajón), pero detengámonos en la soera prudencia. Con gracias basta y sobra, que a buen entendedor...

Este pequeño atentado puede enmarcarse en lo que yo llamo superlativísimo, del que hablaré más adelante, en otra entrada, en otro momento.

Luna azul

Luna azul

“Blue moon of Kentucky keep on shining shine on the one that's gone and left me blue…”. Recuerdo oír esta balada country, un clásico de Hank Locklin, en un disco doble (“Sesión de banyo de París”) que compré a principios de los 80. (Versionada por famosos cantantes como Billie Holiday, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Bob Dylan, Elvis…).

Nunca me he preocupado demasiado de las letras de las canciones (el flamenco es otra cosa), y menos cuando no son en español.

Hasta que una traducción, en forma de poema, llegaba a mis manos. Hasta que una sentencia poderosa saltaba a mi cara. Hasta que su espíritu me conmovía y me llamaba como un extraño paralelismo, como si lo que oyera en realidad lo estuviera pensando, como si cada una de las frases, de los sentimientos fuesen míos.

Hoy, es decir ayer o anteayer, descubrí las lunas azules, gracias a la noticia de una revista de divulgación.

Resulta que una Luna Azul es la segunda luna llena que aparece durante un mes. Normalmente los meses tienen solamente una luna llena, cada 29 días (la mayoría de los meses, salvo febrero, tienen 30 ó 31 días de duración), pero ocasionalmente se cuela una segunda. Así, es posible contemplar dos lunas llenas en un mismo mes. Esto sucede, en promedio, cada dos años y medio.

El sábado, 30 de junio, fue la segunda luna llena del mes. O sea, una luna azul. No es que sea azul literalmente, de hecho muestra un color gris perla, como siempre. Sólo que se conoce de esa manera.

Es lo popularmente admitido. Aunque, más exactamente, es la décimo tercera luna en un año. Me explico, el calendario lunar (que influye en las mareas, en el cuerpo y en las emociones, por ejemplo) es el que determina la ubicación de las fiestas en el calendario católico, así que una luna llena adicional desencajaba estas cuentas.

Cuando la luna aparecía llena trece veces en un año, se consideraba una circunstancia muy desafortunada, en especial por parte de los monjes que tenían a su cargo la elaboración del calendario (de hecho, la luna azul está asociada a algunos fenómenos y acontecimientos extraordinarios).

De esta forma, era necesario la creación de un calendario de trece meses para el año de sendas lunas, y eso distorsionaba la disposición habitual de las fiestas religiosas. Por esta razón el trece pasó a ser considerado un número de mala suerte.

* Kostian Iftica obtuvo una luna azul utilizando un filtro de este color.

 

No todo entra en el saco del flamenco

No todo entra en el saco del flamenco

Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Gala de Flamenco

Una hermosa luna azul aparecía lentamente por encima del escenario, mientras dos, tres, generaciones de bailaores mostraban lo mejor de su cosecha. Un espectáculo para la ocasión. Un puzzle incompleto del panorama flamenco que, sin embargo, por sí sólo tiene sentido. No hay argumento, no hay trama. Tan sólo verdad, tan sólo flamenco, las entrañas del artista. Quizá parezca pastiche, quizá improvisado, cogido con alfileres, pero todos los años que quedan atrás, los miles, millones de zapateados, están presentes. Merche Rodríguez Gomero, “Merche Esmeralda”, con su única presencia puede acariciar el duende y brindárselo a cualquiera que huela sus volantes. Es la que más se prodiga. En la soleá, con un generoso remate por bulerías, con bata de cola blanca y verde, muestra sus nuevos intereses; la fragua de siempre y las concesiones a la danza contemporánea. Escarceos que lleva al límite en el paso a dos, con Nani Paños, en donde el flamenco se diluye y la belleza del baile no oculta los desvaríos. Sabemos que el norte no es un punto sino una dirección, pero este paso a dos se convierte en un paso atrás y la Gala de Flamenco pasa a ser aflamencada simplemente. Máxime con la voz de Diana Navarro, acompañada del piano de Chico Valdivia, que por buenos orígenes flamencos que consten en su haber, su entrega fue coplera y difusa. Al igual que su interludio musical a capela fuera de lugar.

Más en su estilo, pudimos disfrutar de los tientos tangos, bailados al alimón con el maestro Marín. La frescura y la gracia en sus movimientos, en el juego de muñecas y de manos, no han abandonado a esta gran bailaora sevillana, aunque no se mueva como antes.

Manolo Marín es un maestro, como digo, es un veterano del baile de raíz, de sentimiento. Él no deja resquicios. Su baile es sevillano, quizás el más ortodoxo de los que pudimos contemplar la última noche de junio en los Jardines del Generalife. Al contrario que su paisana, es el que bailó menos, posiblemente porque la dirección artística recayó sobre él. No en vano es un gran coreógrafo, con bastantes y variados montajes a sus espaldas. Sus pinceladas tangueras tenían todo el sabor de un arte recuperado.

Joaquín Grilo es quizá el bailaor bisagra entre las generaciones presentadas. No abandona la ortodoxia pero sus ojos siempre buscan nuevos caminos. Es un creador, un innovador con su propio lenguaje. Lleva tantos años experimentando que de él siempre se espera un guiño, la chispa de un nuevo pellizco jerezano. Fue, junto a La Moneta y a los tientos tangos de los maestros ya mencionados, el protagonista de la segunda parte, para mí la verdadera gala flamenca, el sincero espectáculo que esperaba encontrar.

Joaquín puso por alegrías de manifiesto su elegancia, su sentido del compás y su moderada comicidad. Su cuerpo se desencaja, se distorsiona, para volverse a componer, mientras sus pies elaboran un zapateado preciso, que reluce sobremanera en sus escobillas sin acompañamiento musical, si acaso tan sólo con el croar de las ranas nocturnas a lo lejos.

Fuensanta La Moneta fue la encargada de abrir esta lujosa segunda parte, que vino tras un descanso desmesurado, con unas seguiriyas que no dejan indiferente, quizá demasiado largas. Es su sello de presentación, es su plato fuerte, es el origen y el presente de una bailaora que no dudo en llamar nuestra esperanza blanca. Fuensanta está llena de fuerza y de sabor. Es completa y virtuosa, de pies limpios e imagen evocadora. Siendo la más joven del grupo, demostró con creces cómo se puede ser diferente, cómo arder con otro fuego sin renunciar a las mismas ascuas. La Moneta es una de las elegidas para participar el próximo mes de septiembre en la Bienal de Málaga.

Nani Paños se limitó a acompañar a Merche en el paso a dos del principio. Su baile está íntimamente ligado a la danza clásica. Los giros y tirabuzones, infrecuentes en el flamenco, con naturalidad los incorpora a su entrega, no sin algunos desequilibrios en sus peripecias y rodilla al suelo. Su baile es marcial, algo frío y encorsetado. Tiempo tuvo de lucir sus cabriolas, aunque gozara de un impecable zapateado, en el martinete, que sirvió para que cada actuante expusiera sus credenciales y en un programado fin de fiestas por bulerías.

* EN LA FOTO: Merche Esmeralda

Lejana sombra de Antonio Gades

Lejana sombra de Antonio Gades

Festival Internacional de Música y Danza

Carmen

Un espectáculo se valora en su conjunto, en su resultado final, y no en sus aciertos e individualismos. El ballet “Carmen”, inspirado en la obra de Prosper Mérimée, representado la noche del miércoles en el teatro del Generalife por la Compañía de Antonio Gades le faltó dinamismo y profundidad. Los abundantes silencios, las lecturas entre líneas y los momentos sobreentendidos, junto con un esquema de baile asombrosamente repetitivo y algunas escenas demasiado forzadas, imprimieron a la obra una laxitud inesperada. Incluso, los momentos cómicos resultaron deslavazados y algo burdos.

“Carmen” es una obra de sobra conocida. El público asistente, aparte del programa que añade algunas pinceladas, acudía de sobra aleccionado. Alguien, sin embargo, ajeno al texto, o a las innumerables producciones, de este drama francés, dudo que haya entendido el argumento. El concepto de amour fatal de una trabajadora en la Sevilla de principios del siglo XIX, su espíritu liberal y rebelde, su independencia y poder de decisión, quedan diluidos en la muestra. Porque, según Antonio en el estreno de esta obra en París en 1983, “Carmen no es una mujer frívola ni una devoradora de hombres sino una mujer honesta que cuando ama dice que ama y cuando no ama dice que no ama”.

La firma de Antonio Saura, que colaboró con Gades en el argumento y coreografía, no bastó para infundir valor al espectáculo. El prestigio de un espectáculo se lo da la puesta en escena y el reconocimiento del público. Los veinticinco actuantes sobre las tablas sólo ofrecieron un poder numérico. La sombra de Antonio se entreveía muy lejana.

Sin embargo, no cabe duda, que los bailarines o bailaores son espléndidos en su técnica y sincronía, tal vez demasiado parecidos entre sí, remedos del baile de Gades; que la música está conseguida, quizás a falta de riqueza cromática; y que los cantaores y guitarristas son de gran nivel; pero el resultado final, repito, fue monótono y aburrido. Lleno de aciertos, hay que reconocer, pero pobre para la ocasión.

Personalmente, me quedo con algunas coreografías puntuales, como la obertura con toda la compañía; me quedo con la perfecta sincronía del baile en grupo; me quedo con el vuelo de las faldas y el baile individualizado; me quedo con la soleá y las bulerías, con los tangos de Morente y las sevillanas, con el martinete inacabado y el Verde que te quiero verde por rumbas, aquel que popularizaron Manzanita y los Ketama en la película “Flamenco” de Saura.

Hay que reconocer también la parquedad y versatilidad del escenario, la calidad del sonido y el juego de luces; lo bien resueltas que están las coreografías de las dos, tres, peleas, ya sean a cuchillo o con bastón, que siempre han sido una asignatura pendiente en el baile; y, sobre todo, la participación de la protagonista, Stella Arauzo, ya fuera sola o en el baile a dos, en la que recaía el peso de la trama.

Un aplauso también, de ahora y de siempre, para la composición musical de Bizet, que sonaba en off durante algunos pasajes de la obra. Es lo que sirve de andamiaje a cualquier versión de “Carmen” siendo, como dijeron los creadores de esta representación bailable, “inseparables ya las dos versiones”.

Y una alabanza final a la entrega de toda la compañía que incluso, a la hora de marcharse, quisieron regalar unos bises cuasi improvisados al respetable.

 

 

 

La cueva en el centro

La cueva en el centro

FEX

 

Zambra tradicional del Sacromonte

 

Hay granadinos que sólo conocen la Alhambra por fuera. Hay granadinos que sólo han visto la Sierra de lejos. Hay granadinos que sólo saben del Sacromonte, de sus cuevas y de sus bailes de oídas. Un sabio dijo: “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. Remedándolo podemos decir: “si Granada no sube al Monte, el Monte baja a Granada”. Y así fue. Por segundo año consecutivo, enmarcado en las actividades del FEX, un grupo de gitanos, gobernados por Curro Albayzín, pusieron el sabor y el color de las cuevas al alcance de mil doscientos granadinos y visitantes, tal vez más. Llama la atención la expectación que el flamenco despierta, la acogida respetuosa de los artistas y el orden perfecto de los espectadores guardando su turno y ocupando sus localidades (por fin parecemos europeos).

Un servidor, aunque tiene pase de prensa y otros hilos que mover, guardó religiosamente una cola de casi hora y media para entrar al recinto y poderse sentar. Más de la mitad de los espectadores aguantaron de pie hasta el final que los gitanos repartieron “volaeras, volaeras, volaeras”.

El ambiente estaba conseguido. Un derroche de color en los vestidos, las gitanas de Granada con flores como toca, un humillo que sale de poco a poco representando el hogar, una voz anuncia al comienzo, “que hay danza”, “que han venio’ los señores”…, al igual que gritaban las “avisaoras” en un pasado no muy lejano, cuando los “orejas” subían público a las cuevas.

En la zambra se representan los bailes y cantes típicos que los gitanos granadinos efectúan tradicionalmente en el rito de la boda. Es una manifestación alegre, una fiesta, donde suena la alboreá y la cachucha o el perdón de la novia (Angustias "La Mona", Encarna Heredia "La Gallina" Isa Vega y Anabel Moreno); los tangos del Sacromonte, bailados por La Gallina, los tangos de la flor o de falseta, interpretados por Loles del cerro, una gitana de 80 años cargada de gracia y maestría y los tangos de la Penca; los fandangos del albayzín, verdadero estandarte del cante granadino, el petaco, en peligro de extinción, bailado por Curro, que lo aprendió de María La Vizca y de Pataperro y las bulerías (Anabel Moreno); unos poemas de Lorca bordados por Curro, la soleá de Arcas, que bailó estremecida Angustias Ruiz “La Mona” y una muestra por seguiriyas y alegrías presentadas por tres generaciones, el abuelo Raimundo, la madre Rafaela y la nieta Alba que, con doce años, tiene una trayectoria desbordante; y, para terminar, la mosca, un baile tan picante y atrevido como simpático y garboso.

* FOTO: Curro Albayzín, el año pasado en este mismo espectáculo (© Jesús Montoya) 

Cuatro puntos de luz

Cuatro puntos de luz

Festival Internacional de Música y Danza

Cámara Negra

Permítanme comenzar esta crónica con una objeción antes de que se me adelanten y es que el Festival Internacional de Música y Danza de Granada merece un estreno. “Cámara Negra” de Liñán y Pericet ya lleva una larga trayectoria desde su botadura en el Teatro de Madrid el año pasado. Aparte de esto, todo son parabienes en la obra presentada la noche del domingo en el Isabel la Católica.

Sin ningún argumento acordado se desarrolla “Cámara Negra”. Sin ninguna trama, como digo, pero con toda intención. Es el arte por el arte. Todo rigor, todo frescura. Pasado y presente, pero sobre todo futuro. La apuesta es arriesgada, la interpretación perfecta, el resultado impecable. Un escenario vacío, negro. Unos músicos a contraluz. Una obra sin fin ni principio. Sólo el juego de luces; sólo el vestuario; sólo el compás del baile confieren a la escena una profundidad inabarcable.

Comienza la danza con una coreografía de Olga Pericet. “Flash Back Caña” es la caña tradicional comenzada por detrás, por su remate, donde el cuerpo de baile se presenta. Cada uno en su estilo, cada uno con su verdad. Las castañuelas acompañan a una música también para ser escuchada, si el baile no acaparara todos los sentidos. Daniel Doña borda la pieza “Tarriá”, deteniendo el tiempo, mientras Manuel, su creador, y Olga lo arropan ajustadísimo, para dar paso, casi sin respiro a los fandangos que firma Marco Flores con elegancia y valentía. En “Composite”, nuevamente Doña, apunta como un toro la travesía del escenario por naturales. Y de aquí saltamos a uno de los momentos sublimes del espectáculo, sello de identidad creadora de Manuel Liñán, que tanto reconocimiento le ha brindado y tantas deudas artísticas ha contraído. Se trata de “Las carboneras”, un zapateado que realiza en blanco y plata con su compañero Marco Flores, mientras Tacha y Ana Romero realizan un acompañamiento, tan sólo de palmas, que estremece como la aparición de una nueva estrella.

La petenera, un palo relegado a un voluntario olvido, se impone por derecho. El tacón firme de Olga vestida de rojo, con mantón y flecos verdes en las enaguas, nos cuenta con sobriedad la versatilidad y delicias de una dama del baile. Y tras el vuelo reposado de un mantón, Liñán vuelve a tomar la palabra en “Madame Soledad”, una soleá, como su nombre indica, que se ha convertido en todo un clásico. Premiada en el Certamen de Danza Española y Flamenco de Madrid, esta pieza intimista recoge todo el potencial que el bailaor granadino lleva dentro. Es una apuesta introspectiva, en la que Manuel danza sus propias palabras. Dialoga consigo mismo y se sumerge con sencilla desnudez en el azogue del público, de su público, pues en esos momentos todos éramos el alma, el sueño y las alas de Manuel Liñán. El mundo se ha quedado pequeño. El flamenco se desborda. La danza contemporánea alarga sus dedos y se implanta en la “Suite en Cámara Negra”, donde el violín habla por sí mismo. Una declaración de intenciones, una exposición de sentimientos, un baile a dos: Pericet-Flores, un baile lleno de sensibilidad, rebosante de poesía. Para acabar con “Paréntesis”, la concesión íntegra a estos nuevos aires y a una comicidad sin ambages, que Daniel Doña rubrica magistralmente y toda la compañía nos ofrece distendida, al tiempo que nos guiña un ojo. Y en el negro virtual de la escena, relucen cuatro puntos de luz.

Himno nacional (entrega urgente)

Himno nacional (entrega urgente)

Una espina que siempre hemos tenido en España es que nuestro himno carece de letra para poderse corear a voz en grito como La Marsellesa, verbi gratia. Aunque algunos sesudos (a los que generalmente les carga a la derecha) nos intenten ilustrar con algún cartapacio caduco de honrosas (u horrorosas) aproximaciones.

También recordamos la mofa popular del Generalísimo, cuando entre risas entonamos: Franco, Franco / tiene el culo blanco / porque su mujer / lo lava con Ariel...

Ahora me tropiezo con una bella versión, compuesta por Gomaespuma, que no tiene desperdicio. Ideal para salir al extranjero donde la letra no se entiende o no importa. ¿O alguien sabe lo que dice Dios bendiga a África, el himno del continente negro (exquisito, por otro lado)?

Pinchad en el enlace (o copiadlo en vuestro navegador): http://www.youtube.com/watch?v=3mSCOYyoq_g (espero que podáis acceder).

* El humorcito gráfico es de Idígoras y Pachi a raíz del aumento de las tasas de la SGAE por los derechos para escuchar música.

Por mi complejo de sacapuntas

Por mi complejo de sacapuntas

Ayer noche, aún lo recuerdo, en la Peña de la Platería, saboreando un delicioso baile por alegrías de Lidia Pousa, se acercó por mi mesa la chica que dispensa las bebidas y le pregunté escorzadamente, pues se dirigía a otros parroquianos: ¿me podrías traer un Rioja?

Me dijo que sí y se me quedó mirando. Yo le dije, por amor al absurdo: pues tráeme una cerveza.

Así que tuve que tomar zumo de cebada en vez de degustar mi vinito correspondiente.

Recordé entonces otra anécdota que me pasó en un local de Almería estando con un amigo.

Después de la comida y el café, nos dispusimos a tomar una copa. Fui el primero en pedir: me pone un Torres 10 (conocido brandy catalán algo denso y oscuro como la melaza). No, dijo el camarero, tenemos Torres 5 (el mismo brandy catalán pero, como su nombre indica, con menos años reservado).

Entonces, por amor al absurdo anterior, dije: pues me pone dos. Y va el barman y me los pone, a bocajarro y sin anestesia. Menos mal que mi amigo, un poco más lento en decidirse, se tomó el segundo.

De la misma manera, pienso que cuando nos acodamos a una barra y me pregunta quien me acompaña qué quiero y le canta al camarero que se acerca: me pone dos cañas, y yo digo, absurdamente: y a mí otras dos, temo que algún día me las ponga.

Manchas

Manchas

Me acabo de manchar el pantalón desayunando. Una mancha de nada, una gota de café. Lo suficiente para ir manchado. Le he puesto quitamanchas. Ya veremos.

La cuestión es que llevo una semana... Cinco camisetas en tres días. Y es que, cuando digo de mancharme, soy único. Siempre estoy en medio. Siempre salpica o me arrimo o me empujan o se me cae.

Uno se mancha por torpeza, por descuido o por ansia. Yo, modestamente, participo de las tres condiciones en indistinto orden. El manchado, muchas veces, coincide con el bribón. O con el que no se calla, que suele comer para afuera. Y, por su puesto, con Murphy, con la persona torpe de por sí, a esa que le faltan manos y le sobran dedos.

Por otra parte, una mancha es representativa. En España -todos sabemos- hay una región llamada La Mancha (ahora Comunidad compartida con León), de donde era nuestro ilustre hidalgo Don Quijote (aunque esa no es realmente una mancha al uso, un manchurrón, como quien dice).

Cruelmente -recuerdo-, en nuestra juventud, que a un compañero que salía con una chica obesa, lo llamábamos "don Quijote de la más ancha" (pero ésa es otra historia).

Es famosa la mancha de huevo (con la que te dan con el índice en la nariz). También, es auténtico, el borrón y cuenta nueva del paso de los años o las tachaduras que uno se impone cuando decide cambiar de vida, generalmente para mejorar algunas costumbres.

Caín, dicen, tenía una mancha en la frente. Un estigma definitorio que dominaba su conducta. Era malvado por condición. Por la misma razón, algunos lo absuelven. Sobre ese rasgo, sobre ese estigma han hablado Hermann Hesse en su Demian o Manuel Vicent en La balada de Caín (recomendables).

Es la mancha de los elegidos, es el estigma de los dirigentes. Una mancha igual en la frente la tiene Gorbachov.

Carmen Linares canta por bulerías estos versos: Que con la mancha que llevo en la frente / murmura la gente que yo soy pecadora / mientras yo me metía en mi pecho / mientras que en mi pecho / la traición me llora...

Los animales están orgullosos de sus manchas. Los colores manchados enriquecen la gama. La leche me la tomo manchada con el café con que me he manchado los pantalones.

* FOTO: la mancha de Gorbachov.

Algunos monosílabos

Algunos monosílabos

Una de las características de las lenguas del mundo es su viveza, su continua evolución. Las lenguas crecen, se enriquecen, se depuran.

Hace siglos, las lenguas, como las cucarachas, nacían, crecían, se morían y desaparecían, como el cahuarano en América, el elamita o el acadio en Asia o el gálata y el protovasco en Europa.

Sin embargo estamos acostumbrados a otras lenguas llamadas "muertas", que son el latín y el griego arcaico. Son lenguas que se siguen estudiando, se siguen traduciendo y se siguen hablando. Si no en su totalidad, sí en sentencias y decires (así los latines o latinajos con que sembramos los sesudos textos para aumentar las posibles dudas que tengamos).

Hay otra lengua que nació ya muerta (o por lo menos moribunda sin llegar a ser nonata, como las transcripciones de Tolkien). Me refiero al esperanto. Miles de esperantistas que lean esto se me echarán encima. Pues el esperanto existe, hay una liga mundial de esperantistas, se escriben libros y canciones en este idioma y hay congresos donde no se habla otra cosa que esperanto. Yo lo he estudiado.

Bueno, intenté estudiarlo por correspondencia, con altas calificaciones, pero con la frustración de no poder practicarlo con nadie. Como mucho, decirle a los amigos: ¿sabéis que el esperanto cuenta solamente con dieciséis reglas de ortografía? Y acompañar esta sentencia con una parrafada en esa lengua de vocación universal.

Cuando yo era pequeño (y muchos de los libros antiguos que gravitan en los anaqueles de esta habitación así lo corroboran), los monosílabos que conforman el pasado de los verbos en su tercera persona se acentuaban. Es el caso de 'fue' o 'vio', que antes se escribían con acento. Así 'fué' y 'vió'.

Muchos, sobre todo las personas mayores que no están muy acostumbradas a escribir, siguen acentuando estos monosílabos que, repito, desde hace unos cincuenta años estas palabras no llevan tilde que valga.

Lo que no ha estado acentuado en la vida ni estará es el pronombre 'ti'.

Una de las reglas especiales de la lengua castellana dice que los monosílabos se acentúan para distinguirlos de sus homónimos. De esta manera, pondríamos la tilde a 'más' (adverbio) para diferenciarlo de 'mas' (conjunción) o 'dé' (verbo dar), 'de' (preposición) o 'té' (infusión), 'te' (pronombre)...

Pero nunca 'tí', término que no tiene homónimo. Su uso acentuado es de los errores más corrientes. Me parece sencillamente imperdonable.

Una enfermedad hereditaria

Una enfermedad hereditaria

Hoy ya me he enterado definitivamente. El Madrid le ganó al Barcelona en la tarde de ayer. Una noticia trascendente. Lo único capaz de movilizar (o inmovilizar) a la población de un país medianamente civilizado.

Ayer, anoche, se oían berridos por las ventanas. Muchos vecinos se habían reunido con sus amistades, familiares, camaradas, para ver el encuentro definitivo. Los hombres más poderosos de la nación se arrostraban con calzones cortos.

Y, al final, los vencedores (que por mi barrio eran bastantes) se tiran a la calle a festejar lo que han hecho sus ídolos. En mi puerta sonaban petardos, voces de victoria e improperios al contrario. Eran voces infantiles (también en calzón corto).

Yo, a pesar del calor, dormí con la ventana cerrada, pensando que el tinglado futbolero era una enfermedad, como tantas otras (siempre lo he creído así), y que traspasa de padres a hijos, como la soriasis.