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Festival hogareño en Huétor Vega

Festival hogareño en Huétor Vega

XX Festival Flamenco de Huétor Vega

El décimo festival flamenco que se realiza en Huétor Vega, organizado por la Peña La Parra de esta localidad, ha estado enfocado y presidido por una totalidad de artistas locales, lo que ha redundado negativamente en su calidad, pero ha aumentado en su calidez. Un total de diecisiete artistas y aficionados de la provincia de Granada se dieron cita en los Jardines de Huerta Cercada para ofrecer lo mejor de su cosecha, escasa en algunos momentos. Así, se renunció a una figura de prestigio, a un cabeza de cartel, para dar paso a un reparto coral en el que nadie tiene un protagonismo definido, pero todos cumplían el papel asignado. Se echó de menos, ya digo, un nombre que mantuviera el nivel de un festival de prestigio. Se echó de menos esa figura que atrajera sin condiciones a gentes de todos los puntos.

Con todo y con eso, fue un festival correcto, redondo en muchos momentos, pero sin sorpresas de altura. A pesar de la cantidad de actuantes fue ordenado y dinámico, tanto por la organización como por el presentador, Miguel Milena. Dos temas de cada participante, que además no se repitieron entre sí, acentuó este orden referido y no terminó demasiado tarde, tal y como nos tienen acostumbrados. También se observó algún problema en la sonorización que se fue paliando a medida que avanzaba el evento.

En primer lugar intervino José Fernández, el cantaor con más oficio de los presentados, que hizo alegrías y tangos. Su hijo, de igual nombre, lo acompañaba a la guitarra. Miguel Barroso demostró el buen camino que ha tomado, ofreciéndonos serranas y malagueñas, arropado por José Miguel López. El torrente de voz laína de El Cuchillas se fue por tientos y milongas. Francisco Manuel Díaz a la guitarra. “Fosforito de Láchar”, con su hijo Rubén a la guitarra, ofreció taranto y petenera. “El Niño de la Parra”, cantaor local, se hizo acompañar por sus dos hijas, prudencia (caja) y Ángeles (palmas) y de Oscar Válor a las seis cuerdas, para exponernos un ramillete de fandangos de Pepe Pinto y un rítmico garrotín muy aplaudido.

Para cerrar este primer bloque de cantes y abrir el segundo, salió Mari Carmen, una bailaora, que con sólo 17 años, era todo temperamento y armonía. Tal era su fuerza y entrega que Francisco Manuel Díaz, quien bautizara a Eva como “La Yerbabuena”, le puso el sobrenombre allí mismo de “La Pimienta”. Bailó seguiriyas y alegrías, más previsibles que las anteriores. Su grupo se le quedaba pequeño. La segunda parte, después de este respiro de volantes, lo abrió la única cantaora presente en el encuentro, Ángeles Casado, que interpretó una vidalita tradicional y una colombiana de composición propia. José Gálvez “El Rubio”, aficionado de la Peña, cantó granaínas y fandangos. Álvaro Rodríguez, seguramente el mejor cantaor de la velada, con Rubén Campos a la guitarra, nos regaló bamberas y farrucas. Para terminar, José Cortés “Motriles”, con pellizco, a pesar de tener la voz algo tomada, cerró la noche por todo lo jondo, con soleá y seguiriyas. A este último lo acompañó la exacta guitarra de Rafa Hoces. Se echó en falta, no obstante, un final de fiestas de todos los artistas.

* Fragmento del cartel del Festival (© David Zaafra).

Claudia Cruz, una caja de sorpresas

Claudia Cruz, una caja de sorpresas

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Las alegrías con las que empieza esta joven bailaora gaditana su entrega el jueves pasado en el Corral del Carbón no presagiaban de ninguna manera lo que vendría después, lo que daría de sí esta artista en ciernes. Una Claudia Cruz titubeante, nos muestra los aires de su tierra sin ningún riesgo. Sus cantiñas son tan sólo correctas. Bellas, eso sí, pero sin el pellizco necesario que ya acostumbramos a esperar en este foro. Sin embargo, estos primeros pasos fueron la primigenia toma de contacto, un desentumecerse y tomarle el pulso a un escenario que simplemente consagra. Porque, a partir de entonces, sus apariciones van a ser poco menos que sobresalientes. Con un vestuario selecto y un cuerpo que le acompaña, Claudia Cruz será esa pieza de rica orfebrería que cualquier paladar demanda. Es una caja de sorpresas, desde su aparición en los tarantos de Almería, hasta la última patá por fiesta. Claudia es una hilandera que borda con hilo fino. Su baile está lleno de detalles, de guiños aromáticos.

Un cuadro a la medida a sus espaldas, en donde destaca Enrique el Extremeño, daba pie a su lucimiento. De violeta abarca los bailes de levante que acaban por tangos. Su rostro y elegancia es tan sólo superado por el movimiento de sus caderas. La sinuosa espiral de su cintura, semejante a una bailarina del vientre, añade un valor hipnótico a la danza.

Termina esta bailaora, con un original vestido blanco y negro, brindándonos unas bulerías. Ya, totalmente desinhibida, con la complicidad incondicional del público y de su grupo, se permite repetir unos pasos a petición de Enrique, pues los aplausos del respetable ahogaron su entrada en una bulería. Los músicos, dos a dos, rellenaron los descansos de la bailaora. El Extremeño y El Ñoño, a la guitarra, hicieron granaínas, malagueñas (mejor que las granaínas) y fandangos de Lucena. Miguel Rosendo, con su voz afillá, y el guitarrista Ramón Valenti, interpretaron seguiriyas.

Al finalizar, tras la insistencia del público, con sus silbidos y aplausos, tuvieron que volver nuevamente los artistas, que ya se encontraban en el camerino, para contentar a la mayoría con otro poquito de fiesta.

La sensibilidad y el coraje en el Corral del Carbón

La sensibilidad y el coraje en el Corral del Carbón

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Una continua chicharra afeaba la actuación de Dani Méndez. Y algunos acoples. Y algún duendecillo más. Deficiencias que, confesó el guitarrista, desde el escenario no se apreciaban. Desde el patio, sin embargo, enturbiaba las propuestas del que viene a ser uno de los mejores entre los tocaores jóvenes actuales. Por su técnica, por su versatilidad, por su bagaje, pero sobre todo por su sensibilidad creativa e interpretativa. No obstante, como ya digo, el sonido resultaba algo sucio, y la percusión, moderada de José Carrasco, no hizo más que acentuar este revuelto. Con todo y con eso, el guitarrista de Morón, demostró extensamente sus cualidades, tanto en el toque libre con que comenzó su actuación, como con los tangos y las dos propuestas de bulerías con las que remató el concierto. Entre ambos temas de fiesta, propuso unas preciosas seguiriyas. Todo con resultados excelentes. Si acaso, sus finales pueden parecer reiterativos.

El problema del sonido se solucionó en la siguiente parte. Moisés Navarro, un bailaor de raíz, con fuerza y coraje, presentó una soleá con abandolaos para abrir boca. Su taconeo es de vértigo y su porte reconocido. Para terminar, bailó seguiriyas. Una pieza con garra y sabor que misteriosamente conservaba un paralelismo con su baile anterior. El cuadro que lo acompañaba, más deslavazado que nunca, interpretó tientos-tangos. Entre estos dos bailes, para dar margen al protagonista para cambiar su vestuario. Toni Maya, en su estilo de tablao, fue correcto en los tientos que remató, haciendo un homenaje a su tierra, con tangos de Graná, en los que las guitarras de Curro de María y de Carlos Haro no estuvieron a la altura. En realidad supusieron un mediocre acompañamiento, por su descoordinación, en toda la segunda parte. Más le hubiera valido contar tan sólo uno de estos instrumentos. Las palmas de Rocío y Saray, sonaron también algo flojas. Problema ampliamente paliado por Toni Maya que no sólo canta, sino palmea con una fuerza y una velocidad apreciables, y jalea como pocos. Para terminar, un poquito por bulerías, en las que el mismo Toni se dio unas pataíllas.

Palomar y Marta Arias, salero y presencia

Palomar y Marta Arias, salero y presencia

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

No es costumbre, comenzar la semana por el postre. La noche del martes en el Corral del Carbón saboreamos almíbar, fruta para el paladar, dulce y fresca. Tanto el cantaor de la primera parte, como la bailaora de la segunda, dieron muestras de su exquisitez y su trabajo. David Palomar, forjado como tantos otros en el cante de atrás, dio un recital ajustado a cualquier paladar. Su cómplice, Rafael Rodríguez a la guitarra, tiene un toque bastante añejo y a la vez preciosista. David, con una cajita de música en la garganta, nos ofreció seguiriyas y soleá. Su plato fuerte, sin embargo, fueron las alegrías, los cantes de su tierra, y las bulerías, que cantó en su mayor parte en la boca del escenario, sin micrófono. Las remató adaptando “Carcelero”, el éxito de Caracol. Para la fiesta se puso de pie, como mandan los cánones, pues la bulería se presta a echarse un bailecito. Y vaya si se lo echó. Con soltura y gracia acompañó prácticamente todo su cante.

Marta Arias dulcifica su extrema elegancia en los tres bailes que nos ofrece. El baile se comprende como un conjunto, un todo estético que abarca desde la bailaora, sus brazos, sus pies, su cintura, su rostro… hasta la música que la envuelve, las luces o el vestuario, que se presenta de crudo para los cantes de ida y vuelta, negro para las seguiriyas y blanco estampado con lunares sepia para los alegres aires gaditanos. Así, en la milonga, con marfileña bata de cola, que mueve con precisión, pasea su palmito, presenta sus credenciales, hipnotiza con su gracia y su presencia. Después de una sentida rueda de martinetes, rematados al alimón por las dos grandes voces que la acompañan, Miguel Rosendo y Javier Rivera, vuelve la bailaora sevillana para ofrecernos su pieza más sentida. Un afortunado incidente, entre el calor y la premura, hizo que en mitad de la pieza se le corriera el rimel, se le derramara cual lágrimas negras por la mejilla, acentuando así el sentimiento trágico de la seguiriya. Una seguiriya con garra, con ímpetu, decidida a desgarrarlo todo y, cuando todo está hecho jirones, rehacerlo con las alegrías finales, con la sonrisa sincera que salta entre raudales de luz. Antes de este baile de fiesta, quedan solos en el escenario, Rosendo y el guitarrista Patino que nos proponen unas malagueñas y abandolaos antológicos, a la manera de los Agujeta.

A pesar de terminar el espectáculo bien pasada la media noche, varios minutos de aplausos obligaron a los artistas a saludar al menos media docena de veces.

Pirómanos

Pirómanos

Desgraciadamente es el tema de moda, los párrafos más calientes (perdón por la broma) de los articulistas van sobre fuegos fortuitos o provocados. Que si todas las letras que escribimos fueran chorros de agua, contribuiríamos algo en su extinción. Ahora mismo, en el mejor de los casos, tan sólo removemos conciencias.

El incendio fortuito es una desgracia. Ya sea la negligencia culposa de tirar una colilla encendida, que estalle algún artefacto militar o que el cristal de una botella "olvidada" actúe como lupa.

Sin embargo el fuego provocado es imperdonable. No sólo debería recibir el máximo castigo por malhechor, sino también, como apuntaba Jesús Lens hace poco en las páginas de Ideal, por estupidez. Es como quien escupe para arriba.

En el pueblecito de Beas en Granada, relato de memoria, todos los jueves ardía el monte por varios focos, claramente provocados. Al coger al pirómano con las manos en la masa, confesó que era el amante de la mujer de uno de los trabajadores, quizá el responsable, del retén de incendios. Y, cuando estos estaban ocupados en el sofoco de la fumarola, él, con menos sofoco, se beneficiaba a la susodicha.

Conozco, como proverbio masai, aquel que dice "la tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos".

El más fuerte

El más fuerte

Mi padre añadía un nuevo verso al recitado de las bienaventuranzas. Decía: "Bienaventurado el que cree en los pasos de cebra porque pronto verá a dios". El coche lleva las de ganar, es el más grande, es el más fuerte, es el que te puede mandar al otro barrio y no tú a él, que como mucho le bollas el capó, que como mucho le amargas el día, que como poco pierde los seis puntos.

Imaginémonos que fuera al revés, que el peatón quedara ileso y el coche se destrozara. Como el sueño que, sobre los insectos, concibiera Verrill: "Sería terrible que las libélulas del riachuelo tuvieran la envergadura de las águilas, que mantis grandes como lobos infectaran los jardines, que feroces avispas asesinas, corpulentas como osos merodearan por las ciudades, o que las moscas de los cadáveres, con alas de más de dos metros, aguardaran revoloteando la hora del fatal desenlace para abalanzarse sobre nuestros cuerpos aún calientes y depositar sus huevos".

Seguro que todos paraban ante los peatones. Seguro que se respetaba un paso de cebra sin necesidad de semáforos. (Aunque, desde luego, se pide el respeto al conductor, pero también debe respetar el viandante) (a buen entendedor...).

Hoy, viniendo a casa, en un paso difícil para cruzar, para parar... Alertado de tal dificultad, aguardé el momento más propicio para atravesar la calzada. De pronto un coche, un gran coche oscuro (no entiendo de marcas ni cilindradas ni motores...) frenó en seco y me dejó paso.

Entonces comprendí quien era el más fuerte. El más fuerte no es el que arrasa como un abanto. El más fuerte es el que, consciente de su fuerza, protege al más débil. La grandeza va unida irremediablemente a la humildad. La sabiduría es discreta, como la elegancia (la ignorancia es atrevida).

Me recuerda a una de las enseñanzas de Lao Tse (o Laozi, según la nueva grafía) en su Tao Te Ching (o Dao De Jing), cuando advierte: Quien vence a los demás es fuerte, quien se vence a sí mismo es la fuerza (o es poderoso, en otras traducciones).

* EN LA IMAGEN: Ideograma del Tao (Dao)

Las señas de identidad de Iván Vargas

Las señas de  identidad de Iván Vargas

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

 

Hacía tiempo que este joven bailaor granadino, del círculo de la Cueva de La Rocío, demandaba una oportunidad como ésta para expresarse en solitario. Hacía tiempo que sus seguidores esperaban verlo solo en un escenario, apreciarlo como protagonista. Y, con un resultado notable, se puede decir que no ha desperdiciado la confianza que se le ha dado. Ahora, a crecer a partir del 2 de agosto de 2007. Aunque previsible, Iván Vargas es un bailaor de fuerza y raíz. Es puro desde arriba hasta abajo. Pero necesita abandonar el nido y volar ante otros horizontes, que le abran nuevos sentimientos, que le hablen con lenguajes diferentes. Lo más importante, que es la cuna y la capacidad, las reúne. Tiene vista, como sus mayores, lo que necesita es visión. El pan para hoy se acaba. Es mejor saber pescar que tener pescado.

 

Iván comienza su entrega por tarantos. No hay vuelta de hoja. Es su baile. Tiene el sello Maya. Rebosa energía y ganas. Aunque más moderado que de costumbre, sus finales se alargan, sus desplantes sobran. Su baile más redondo fueron las farrucas, que abordó con traje corto y colorado. A semejanza de Manolete, va hilvanando con su zapateado y con los brazos este gran momento. Las alegrías, preñadas de abandolaos, con que termina son igualmente conocidas. El punto de distinción lo marca su traje de chaqueta blanco, tan sólo mancillado por un pañuelo beis con lunares blancos al cuello. A estas alturas ya ha vencido su tensión. Con un público incondicional, con su público, se siente respaldado, a gusto, cómplice. Sonríe sinceramente, gesto que valoro en un bailaor, y se deja llevar por la danza, por el soniquete de la música. Es la pieza que interpreta con más soltura. Pero, repito, necesitaría soltar lastre y conocer las propuestas actuales de flamencos reconocidos. El cuadro que lo arropa, Rafaela Gómez, Johny Cortés y Eli Heredia al cante y Rafalín Habichuela y Emilio Maya a la guitarra, son correctos sin alardes, destacando en momentos puntuales y el cante a dos voces. Para terminar, como en pocas ocasiones ya se ve, se organizó una improvisada fiesta familiar por bulerías, en la que fueron invitados a darse sus “pataíllas” el mismo Manolete, presente en el patio, Juan Andrés Maya, que no dejó de apoyar a Iván desde el principio con sus palmas y con jaleos, y un puñado de niñas entre las que destacaba el valor en alza de Alba Heredia y una chiquilla de apenas cinco años con gracia y arte para regalar.

Alzheimer

Alzheimer

El Alzheimer es la enfermedad del olvido. Es un pozo, cada vez más angosto, iluminado por miles de bombillas que se van apagando poco a poco. El que cae en él no es consciente de que las luces languidecen, y no es que se acostumbre a la penumbra progresiva, sino que no recuerda que las paredes estuvieron un día iluminadas.

El enfermo de alzheimer primero olvida las llaves y las calles y los nombres. Después se olvida de la gente y del mundo. Se olvida de sí mismo. Se olvida amar. Se olvida de comer y de las funciones más vitales. Hasta que se olvida respirar y se le olvida vivir.

El alzheimer es una muerte blanca, feliz, como quien muere de frío. Sin embargo, es la enfermedad más cruel que conozco. Ya no para el enfermo, sino para los seres más cercanos. Los que lo quieren. Los que lo cuidan.

El enfermo sufre los posibles momentos de lucidez que experimenta (más evidentes en sus inicios que a medida que progresa la enfermedad). Esos momentos de racionalidad son tremendos antes de volver a las tinieblas de la mente, al caos de la vida. Saber que algo ocurre, pero no saber qué. Es durísimo. Es una condena sin fin por un crimen que no has cometido.

Una persona empieza a involucionar. Es un niño cada vez más pequeño que necesita cada vez más atención, más cuidados, más amor desinteresado.

Murió el otro día el padre de una amiga. Es un dolor difícil de encajar. Contradictorio. La muerte por alzheimer es una doble muerte. La muerte física llega a los años de una muerte cerebral, de una ausencia, de un vacío.

El dolor se convierte en pregunta, por qué tiene que pasar esto, por qué no vivimos bien hasta que nos toca desaparecer, por qué la vida se reduce a polvo, por qué termina en aplastante decadencia, por qué se pierde el norte... Y más importante, ¿qué nos queda?, ¿vacío?, ¿soledad?, ¿descanso?, ¿impotencia?, ¿rabia?...

Ahora sólo queda pensar en que quizá haya sido lo mejor, que por fin le llega la paz a todos, que el amor perdura y el dolor se apacigua, que recordaremos al desaparecido como fue antes de antes y no en su desvarío.

Debe haber un cielo especial para los que mueren de alzheimer donde recobren sus facultades. Que dure tanto que les dé tiempo a recordar todo todo lo que han olvidado.

La mejor savia local

La mejor savia local

 

 

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Hay quien opina que no hay que moverse de Granada para escuchar buen flamenco, que no hay que convocar a los artistas foráneos para saborear el espectáculo. Y es que gozamos, junto a Jerez, de la mejor cantera de flamenco en la actualidad, la mejor cantera de nuestra historia, en las tres modalidades. De todas maneras, no podemos ser tan pacatos de encerrarnos en lo nuestro y cerrar los ojos a lo que viene del resto de Andalucía, del resto de España. Podemos presumir de calidad, buena y abundante, una juventud que pisa fuerte, que empuja como no ha empujado nunca, pero prescindir de los valores ajenos, sería como cerrar uno de nuestros ojos o pasear por el Callejón del Gato valleincliniano.

Anoche, o sea, anteanoche, cuando ustedes lean esta crónica, se dieron cita en el Corral del Carbón dos de nuestras jóvenes promesas evidentes. A la guitarra, nada menos que el nieto de Juan Habichuela, del mismo nombre, y, en la segunda parte, el torbellino y la moderación, la elegancia y el depurado estilo de Patricia Guerrero. Juan Habichuela comenzó con una granaína. El indiscutible sello de la familia, el toque especial que caracteriza a los guitarristas de esta tierra, se manifestaba en cada acorde, en cada trémolo, en cada escala. Impregnado todo ello de una sensibilidad especial, de un pellizco sincero y de una velocidad sin precedentes, que nos recuerda algún trabajo del De Lucía. A partir de la soleá, se hizo acompañar del bajo eléctrico de Juan Manzano y de la percusión de Juan Antonio Carmona (caja) y de El Moreno (caja y batería) que, aunque geniales cada uno en su modalidad, enturbiaban las propuestas de una guitarra llena de verdad y de trabajo. Las Alegrías, dedicadas a su padre, Antonio Carmona, fueron un alarde de creatividad y frescura. Arropado hasta el extremo por su público, se sintió como pez en el agua con las vertiginosas bulerías y las rumbas con las que terminó su concierto. En estas últimas, con intervenciones memorables de sus acompañantes.

Patricia Guerrero, más madura que nunca, fue un soplo de frescura, supuso el remate perfecto a una noche que empezó por todo lo alto. Su primera intervención fueron unas guajiras, que danzó con vestido de cola, con abanico y peina. Es un baile inusual. Es un baile atrevido, en el que Patricia se vio muy suelta y seductora. Su porte, su fuerza, su reposo y su tensión, acompañados de un estímulo total, hacen que pensemos en un futuro prometedor. Su mejor entrega vino por levante. Los tarantos rematados por tangos fueron bastante reconocidos. Pasea su palmito por el escenario como pocas. Se bambolea, zapatea, se rompe y se compone, sin perder a compostura, sin dejar de sonreír, buscando siempre la complicidad del público. En realidad, el aplauso más fuerte que se ha escuchado en este patio se lo ha llevado esta bailaora. Para terminar, Patricia vestida de luz, nos ofreció un poquito por alegrías. Otro de sus aciertos ha sido saber rodearse del mejor cuadro que puede haber en esta ciudad: a la guitarra David Carmona y al cante Antonio Campos y Juan Ángel Tirado, que nos hicieron en los intermedios una soleá y una deliciosa rueda de martinetes.

El futuro está asegurado.

* En la foto Patricia Guerrero y Juan Habichuela Nieto (© Nono Guirado)

Noche de fuerza en el Corral

Noche de fuerza en el Corral

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

¿Qué tienen en común los dos artistas que actuaron el último día del mes de julio en el Corral del Carbón? Sin duda, su fuerza. José Valencia en el cante y Juan Carlos Cardoso en el baile, se destacaron por la frescura de su tronío, cada uno en su modalidad.

Valencia, un exponente imprescindible en el cante atrás, desde hace un par de años ha dado el salto para manifestar sus cualidades también cantando alante, en donde lleva atesorados varios premios, entre otros el del artista revelación en la Bienal de Sevilla 2004. Por este escenario ha pasado en multitud de ocasiones, siempre acompañando al baile, haciendo notar su torrente de voz y su sentido del ritmo. Es por eso que los cantes a compás, prácticamente la totalidad de su recital, sea lo que borda. Aunque no sé por qué extraño mecanismo, el cantaor lebrijano de Cataluña, venía a pasar un examen, a superar una prueba, que impedía su distensión. Siendo un cantaor festero, sus propuestas jondas cobran un gran sentido. Su entrega fue total, incluso denunció el límite de sus fuerzas. Medio en broma cuando le pidieron seguiriyas dijo: “Vais a acabar conmigo”. Con su voz algo tomada, cantó soleares, malagueñas y fue grande en las seguiriyas, quizá con exceso de grito que, aunque controlado, se mire por donde se mire, es innecesario en la resonancia de este cantaor. Los cantes de Cádiz parecían un acompañamiento bailable y no un cante con entidad propia. Personalmente, me quedo con las bulerías llenas de modismos y control y con el par de martinetes que nos regaló antes de bajarse del escenario. Sin micrófono, sin embargo, hubieran sonado más auténticos. Miguel Iglesias, a su lado, es el guitarrista que todos quieren tener, con su creatividad, soltura y el respeto preciso a quien arropa.

Después del descanso, obligado para cambiar la escena, tuvimos otro terremoto. Juan Carlos Cardoso es un bailaor arrogante, de fuerza y maestría. Es un bailaor de raíz, a quien su cuerpo acompaña. Su fuerte es el zapateado, pero no olvida el resto del cuerpo sobre todo el movimiento de sus brazos que, aunque redondos, no dejan de ser masculinos. Recuerda en gran medida a Mario Maya. Sus compañeros amortiguan de buen grado su baile preciso. Un punto a su favor, es prescindir de percusión, de una caja que camufle o redoble sus posibles carencias. Las propuestas de este bailaor sevillano fueron soleares, tientos-tangos y bulerías. Su cuadro también expuso alegrías y mirabrás en su primer cambio de vestuario. Llama la atención Tino Van Der Sman, un tocaor holandés, que da una prueba fidedigna de la universalización del flamenco. Así como el gusto de las intervenciones del cantaor onubense Jeromo Segura con su voz sensible y melodiosa.

* En la foto José Valencia

Si me necesitas silba

Si me necesitas silba

Hubo una época, a veces nos parece casposo, que un gran número de canciones iban acompañadas por silbidos. Cada vez se oye menos (a excepción del relativamente reciente "Don't Worry, Be Happy " de Boby McFerrin). En el fútbol, sí que se oyen pitadas, y en los conciertos, tanto de aprobación (silbidos y aplausos) como de desaprobación (silbidos y abucheos). Poco más.

Las niñas no silban, decían antes. Silbar era de hombres. Aunque había chicas que silbaban la mar de bien, y que decían tacos bien dichos y que fumaban (a la primera mujer, la hermana mayor de un amigo, que le oí decir coño, me harté de reír, aparte de parecerme una chica especial, libre y sin complejos).

Si me necesitas silba. Cuando estamos en peligro, siguiendo la tradición, silbamos para que nos oigan, si es que el miedo nos permite silbar, a veces ni hablar. En la película de Pinocho (obligatoria en mi papel de padre), Pepito Grillo, haciendo de conciencia, le canta al muñeco de madera, por si lo necesita, "Dame un silbidito".

También silbaba el arpista Harpo Marx, el hermano mudo de Groucho, con su característica peluca naranja y su gabardina con los bolsillos siempre llenos.

Los marineros dicen que silbar al viento atrae las tormentas.

Pero donde el silbido ha alcanzado cotas increibles es en las islas Canarias, donde aparece como un lenguaje empleado por los pastores para comunicarse entre ellos (hay estudios al respecto). Los silbadores de la Isla de la Gomera utilizan diferentes modulaciones del silbido para significar distintas palabras en idioma español.

Se silva también a veces cuando se ronca. Sobre todo si se tiene una llave, de las de antes, de canutillo, en la boca (releer el Lazarillo de Tormes). Sobre todo entre quienes tienen alma.

También los delfines utilizan los silbidos (los gruñidos y chasquidos con la garganta) para comunicarse entre ellos y compartir sus zonas de pesca.

*Escena del Lazarillo de Tormes.

 

María José León, entre la ortodoxia y el riesgo

María José León, entre la ortodoxia y el riesgo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

No es habitual que se baile una seguiriya con bata de cola, como no es normal compartir escena con una segunda bailaora concediéndole casi la misma importancia que la misma protagonista. Desde un comienzo sabíamos que el recital del jueves en el Corral del Carbón era sensiblemente distinto a lo que ya habíamos visto: un trocito del flamenco antiguo arraigado en una familia de Écija, una población alejada del tradicional duende flamenco. Desde un comienzo comprobamos la emoción de Pepe León "El Ecijano", padre de la bailaora, celebrando su participación en estos prestigiosos Encuentros.

Pepe, como flamenco antiguo, iba presentando unos cantes que, por su evidencia, no necesitaban ser aclarados. De todas formas se agradece el detalle. No todo el mundo está familiarizado con los palos del flamenco y, en esta plaza, predominan los foráneos.

María José León abordó las seguiriyas, como digo, con una bata de cola que le imprimió un sabor especial y novedoso. Su baile recuerda a las bailaoras de antes, pero con una gracia y espontaneidad propias. María José aprovecha el escenario y lo llena con el vuelo de su cola y el molinete del mantón, que recoge al final de la pieza. Arriesgada, como digo, aunque con altibajos reconocibles.

Su mejor entrega, sin embargo, será por soleares, donde se ve a una bailaora segura de sí misma, dominadora y cargada de recursos. Una soleá muy lorquiana, en la que Pepe León, el máximo representante del cante en su tierra, interpreta el "Romance de la pena negra", en la que los guitarristas hacen una buena labor de compenetración e incorporan algunos acordes de granaína, rizando un poco más el rizo. La mejor baza de esta bailaora es el braceo, muestra de buena escuela, y su entrega, que demuestra con la tensión del rostro. Sin olvidar el tacón punta donde tiene mucho que decir.

Entre medias de estas dos piezas, el cuadro de atrás hizo tangos, interpretados por Eva Ruiz, y alegrías, de la mano de Pepe León. Tanto una como el otro, escogieron letras demasiado trilladas. Los cantes de Málaga estuvieron a cargo la segunda bailaora, Lucía “La Piñana”, que parece más rígida y estereotipada que su compañera. Para finalizar, un extenso cierre por bulerías, en el que bailaron al alimón las dos artistas, despidió la velada.

Pellizco en la guitarra y precisión en el baile

Pellizco en la guitarra y precisión en el baile

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

El soniquete de Jerez se impuso la noche del miércoles en el Corral del Carbón. Diego del Morao, quien ha sido guitarrista de La Macanita, José Mercé o Diego Carrasco, fue un continuo lleno de pellizco y de frescura. Todo suena flamenco, suena gitano, y con esa facilidad como quien lo hace sin querer, sin pensar que está en un escenario en frente de casi trescientas personas. Para entrar en concierto, para tantear el ambiente, Diego, hijo de Moraíto Chico, se arranca por rondeñas. Es su palo más intimista, su pieza, si cabe, más relajada. A partir de aquí todo es fiesta. Un trocito de occidente se establece en el escenario. Sus apuestas, la solea, las bulerías, los tangos, están sobradas de compás que jalean como pocos Manuel Salado y El Quini. Una concesión importante de la noche fueron un par de temas acompañados por el piano salvaje de Yumitu. Dos temas de fresca rumbita catalana, donde parecía que Del Morao acompañaba a la pureza de las teclas y no al revés. El segundo de estos cortes, “Tres gardenias para mí”, con un aire de son cubano delicioso.

Como un huracán de fuerza controlada entra, en la segunda parte Edu Lozano y su grupo. Participante en las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, es difícil ver a este cordobés en solitario por estas plazas. De hecho, presentó su primer espectáculo propio, “El instante del sentido”, en el Festival de Jerez de este año. Su baile es seguro y quebrado, con una técnica muy depurada y movimientos precisos. La soleá, las seguiriyas, los tangos, fueron suficientes para convencer a un público, entregado por otra parte, en que estamos ante uno de los grandes. Su zapateado es puro, concentrado, de una sabrosa gama de matices. E, imprescindible para un virtuoso de la danza, un buen cuadro atrás le da la precisa alternativa en cada momento. Las guitarras en su sitio (Manuel de la Luz y Jesús Majuelos), las voces melodiosas y flamencas (Pepe de Pura, Rafael de Utrera y Jeromo Segura), la percusión de Manuel El Pájaro no es un refuerzo del baile sino un complemento. Edu Lozano lo baila todo. No hace intermedios musicales para recuperarse, sino el preludio suficiente para cambiar de indumentaria. Tal es su energía.

Un bailaor muy completo que, si acaso, le falta expresividad en el rostro, o es muy hierático o demasiado serio. También, como impresión personal, diré que el vestuario no me parece el más adecuado para quien innova en libertad y baila con paso firme.

* Edu Lozano en la foto. 

Cuando hay complicidad

Cuando hay complicidad

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Un poco larga resultó la velada del martes en el Corral del Carbón. Y es que Antonio Campos estaba a gusto. Dijo que quería pasárselo bien. Los que sabemos leer entre líneas entendimos que iba a entregarse sin condiciones y que iba a ser lo posible para que el respetable saliera encantado. Y así fue. Tanto, que alargó su actuación unos veinte minutos de más, que fueron muy bienvenidos por los aficionados, si no fuera por la segunda parte, que también ocuparía su tiempo. Y es que los programas dobles, no termino de asimilarlos.

Antonio Campos, como digo, estaba sembrado, a pesar de la poca reacción del público en un comienzo. Se hallaba, como confesó, entre “sota, caballo y rey”. Es decir, a la derecha de Dani Méndez, uno de los guitarristas más creativos y sensibles de la nueva hornada del flamenco; y a la izquierda de Carlos Grilo y Luis Cantarote, una pareja de lujo, que lleva el compás jerezano en las venas. Y eso fue, una noche de compás y entrega, de complicidad y de admiración. Los artistas disfrutaban entre ellos en el escenario y trasmitían esa emoción.

Comenzaron por fiesta, demostrando con creces la habilidad de quien ha nacido “atrás” para este tipo de cantes. Las malagueñas de El Mellizo pronto se abandolaron y terminaron con fandangos del Albaicín. Por Cádiz, Antonio se impuso como un nuevo ortodoxo. Las letras y el tratamiento de las alegrías eran las tradicionales, pero con una adaptación especial. Se rompió en las seguiriyas de Manuel Torre. Para animarse de nuevo cuando los tientos se volvieron tangos que desembocaron en el Monte. Y terminó por bulerías, con las mismas ganas con las que empezó.

Desde Málaga, el baile de Elena Chávez ilustró la segunda parte. Comenzó por tientos-tangos. Su baile es reconcentrado, encorsetado y falto de genio a veces. Pero en su conjunto es redondo y eficaz. Habría que esperar a las seguiriyas y sobre todo a las alegrías finales para justificar su acierto. Entre medias sus músicos rellenaron los espacios de silencio con bulerías, donde destaca “La Repompilla”, como buen reflejo de su antepasada, y su contrapunto en la voz grave de Dalía. Una hermosa zambra, compuesta por Dani Méndez para la bailaora malagueña “La Lupi”, interpretada por Curro de María acentuó sensiblemente esta segunda parte.

Un poquito por bulerías, fuera de programa, donde salieron la susodicha “La Lupi” y dos espontáneas más, remataron una noche, que ya rozaba la madrugada del miércoles.

* Antonio Campos en la foto. 

Cuéntame un cuento

Cuéntame un cuento

Puede que la actividad preferida de mi hijo sean los cuentos. Cuando digo de contarle un cuento, es capaz de abandonar cualquier otra actividad por muy "importante" que sea. En su mente infantil, la fantasía ocupa su mayor parte.

Juan está familiarizado con los cuentos tradicionales, los relatos de películas y un gran grupo de inclasificables que yo mismo me invento. Con estos últimos él colabora. Colabora en el recuerdo, cuando a una mente cansada como la mía le invade la niebla.

Entre los cuentos tradicionales también se encuentran las escenas mitológicas y los héroes de papel. Así, mi chico, está familiarizado con Ali Babá, con el rey Arturo, con los viajes de Ulises o con Cyrano de Bergerag.

Un cuentecito de tradición irlandesa que últimamente recordamos, se resume de esta manera:

"Algunos marineros del condado de Galway decidieron embarcarse en un tres palos en busca de la legendaria Vinland, una tierra próspera, a muchas millas al oeste donde corren ríos de vino y de miel.

Llevaban tres días y tres noches navegando cuando se desató una gran tormenta de olas que levantaban peligrosamente el barco.

Una bruja del mar los seguía con su cabello azul, su piel sedosa y sus ojos melancólicos; en busca de un hombre para, con la boca llena de algas, llevárselo al fondo del mar.

Los marineros, asustados, decidieron jugarse a los dados la suerte de uno de ellos, que se entregara a la bruja voluntariamente y así dejaría en paz al resto.

El destino apuntó a Tahgd (creo que así se escribe), el marinero más querido, el más valiente y necesario. Éste, sin pensarlo, quiso arrojarse por la borda, pero sus compañeros se lo impidieron.

La suerte le volvió a tocar a él una segunda vez. Y después una tercera. Estaba predestinado. La bruja lo había elegido a él.

Pero antes de saltar al embravecido océano, propuso a la bruja cantar una canción que decía:

Si me dijeras

cuántos ojos de peces hay en el mar,

me casaría contigo.

Si me dijeras

de qué color es el mar cuando se enamora,

me casaría contigo.

Con el arrullo de esta dulce melodía irlandesa y el vaivén de las olas, la bruja se quedó dormida y, con ella, amaino la tormenta.

Los marineros pudieron continuar su camino. Pero, se cuenta, que es la primera y la última vez que se duerme una bruja del mar."

* EN LA FOTO: La nave británica "Alcinous" de casco de hierro con aparejo de fragata de tres palos, construido en el año 1882.

Antípodas

Antípodas

Antípodas es una bella palabra casi siempre mal usada. Antípodas, gracias a los medios de comunicación, ha quedado en reconocerse como un sinónimo de Nueva Zelanda o Australia. Y lo peor es que se feminiza el término. Así leemos, por ejemplo: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a las antípodas.

Bonito, ¿verdad? Si no fuera porque antípodas es un sustantivo masculino. O sea: los antípodas. Describen a los habitantes del lado diametralmente opuesto del planeta (y, por extensión, los países donde viven).

"Es voz griega, apunta el Diccionario de Autoridades, que vale tanto como pies contra pies". De lo que se deduce que antípoda es el que apoya sus pies (podos) en el otro extremo (anti) del mismo eje de la tierra.

Quedaría como: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a los antípodas. Siempre en masculino. Podría variarse el género, sin embargo, si se le antepone un sustantivo femenino, tal que así: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a las tierras antípodas.

De forma que nuestros antípodas son los neozelandeses tanto como nosotros somos los antípodas de aquellos.

También, sin ningún problema, se usa en singular (el antípoda).

"Figuradamente, nos dice el Libro de estilo de ABC, significa que se contrapone a la persona o cosa en cuestión". Es dable encontrar que en el PP se encuentran los antípodas del PSOE.

Los perros no saben leer

Los perros no saben leer

Antes de aprender: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..." y bastante antes de conocer: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...", mi joven memoria recordaba este otro comienzo de novela: "Como «Buck» no leía los periódicos, estaba lejos de sospechar la nube amenazadora que se cernía sobre él...". Es el comienzo de La llamada de lo salvaje (o de la naturaleza) de Jack London.

Como sabéis, «Buck» era un pastor alemán que atraparon en su regalado hogar de Santa Clara (California) para que tirara de un trineo en las norteñas tierras de Alaska cuando estaba en efervescencia la febril borrachera del oro.

¿Cómo «Buck» va ha leer el diario y cuidarse de los desaprensivos buscadores de recios animales para venderlos en el inmenso blanco? ¿Cómo un animal va ha conocer lo que el hombre escribe, comenta o piensa de él?

Así cuando leemos: "Cuidado con el perro", habría que preguntarse si el perro lo sabe, si está de acuerdo en ser agresivo y defender la frontera objeto de su destino y de dicho letrero. O en el zoo, cuando contemplamos el cartel: "No le echen de comer a los monos", por ejemplo. ¿Los macacos sabrán eso? ¿Estarán de acuerdo? ¿Se plantearán regímenes los animales? ¿O harán huelga de hambre?

Un día, creo que ya lo he contado, fui a visitar a un amigo que vivaqueaba al pie de la sierra. Al llegar me saludó una suculenta careta de cerdo que se braseaba en la lumbre y los ladridos de su perra canela que estaba atada al parachoques de su coche rojo (es lo más que entiendo de automóviles). No te preocupes, ante mi alarma al ver los colmillos del can mi amigo decía, que perro ladrador, poco mordedor. ¿Pero él lo sabe?, preguntaba yo sin bajar la guardia.

Dijo que ya lo comprobaría yo mismo. Así que soltó al can. Éste se abalanzó sobre mí. Y, ese día, que yo recuerde, batí mi record de velocidad campo a través y entre los árboles. Y de noche, para más inri. Y detrás nuestra el dueño diciendo: "Párate".¿A quien se lo dices, al perro o a mí?, respondía yo sin ninguna intención de comprobar las buenas intenciones.

Agarró por fin al guardián del erebo, y entre jadeos, le rogué que mientras yo estuviera allí se abstuviera de experimentar tales dichos con esa fiera.

Esto viene a cuento porque estuve en San Fernando (Cádiz) en un viaje relámpago este fin de semana siguiendo las difuminadas huellas de Camarón. Dormí, mejor dicho, pasé la noche en casa de buenos amigos. Una granja de pollos próxima se colaba por la ventana, que estaba abierta para recaudar un poco de brisa. Los gallos cantaron la madrugada, como es debido, pero sin parar desde media tarde hasta media mañana.

O sea que el ki-ki-ri-ki que nos despierta de amanecida era continuo. Los gallos, por mucha tradición que haya, no saben que deben cantar sólo a la salida del sol y hacerlo unas pocas de veces (mínimo tres, según la oreja de San Pedro, que se adelantó algunos cientos de años a la de Van Gogh). Pues según una teoría harto científica "el canto del gallo esta sometido a un ritmo circadiano, es decir, un ciclo diario de 24 horas".

¿Habrá que enseñarle a los animales las normas más elementales de su comportamiento? ¿O tendremos que cambiar nuestro refranero? (Aunque mi refranero personal rece: "el gallo lejano es menos peligroso que un perro desconocido") (por muy amigo tuyo que sea su dueño) (añado).

Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca

Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca

Poeta en Nueva York

Por fin vemos a Lorca con ojos precisos. Por fin descubrimos su corazón abierto, cosmopolita, orbital. Blanca Li, después de siete años de intento y pandereta, al frente del Centro Andaluz de Danza, nos acerca al Generalife un espectáculo fresco y grandioso. Con una música muy cuidada y una estética vanguardista, Blanca pone en escena más de veinte bailarines y diez músicos para recrear al poeta de Fuentevaqueros. No su poesía, que también. No su vida, que también. Sino sus sentimientos y emociones. El choque frontal con Nueva York, un salto determinante a cielo abierto de alguien al que le han nacido alas y no tiene espacio donde volar. Sólo Blanca Li podía aceptar este reto, sólo la coreógrafa granadina, con un paralelismo puntual con Federico, podía abordar con la suficiente perspectiva esta obra cumbre del surrealismo español, como es “Poeta en Nueva York”.

Andrés Marín, un bailaor matemático, en constante búsqueda, se ha metido en el pellejo de Lorca y ha bordado el asombro y la comunión que tuvo que sentir al llegar a la gran urbe. Una sensación de amor-odio, de atracción y rechazo, de asimilación y de denuncia, sobre todo denuncia. El jazz, el flamenco, el hip-hop, la danza contemporánea se aúnan para formar un libro que es un corazón desgarrado, que son miles de operaciones aritméticas, que son chorros de sangre, que es el Hudson ahogado en aceite.

Nueva York es un huevo cosmológico, es un mundo lleno de humos y de oscuridad, de sangre y de duelo. Es un mundo en blanco y negro que poco a poco va adquiriendo mil tonalidades. Se hace la luz. Nueva York es la prisa; Federico la pausa. Con el flamenco en el corazón va descubriendo otras músicas, otros estilos, grandes contrastes. La llegada de Lorca a ese planeta llega en forma de granaínas y abandolaos. Con ojos de asombro va descubriendo los sonidos negros, Harlem y el Bronx, el bullicio funcionarial durante el día, las miserias de la noche, la muerte violenta y un saxo que llena las calles.

Parece que la lluvia lo limpia todo. Surge de nuevo la ciudad. Una cortina de agua difumina el escenario. Los bailarines danzan bajo el torrente mientras una voz en off recita un nocturno “Paisaje de la multitud que orina”. Es espectacular. Son impagables las figuras que se forman. Cuerpos desnudos, fibras sensibles. El escenario se llena de escaleras, de gente que sube y baja, de máquinas de escribir, de números, de informes. “Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga.”

Comienza la soleá de Carmen Linares imbricándose con el texto, que bailan con exactitud Blanca y Andrés. Es uno de los cortes más emotivos de la noche. Pero la escena sigue cambiando, el vértigo anula la prisa. Estamos en “Little Paradise”, un cabaret de finales de los años veinte en el centro de la Gran Manzana, donde suena un jazz tradicional (un aplauso sincero a ese cantante llamado Rob-Li), donde se escucha “Oficina y denuncia”, uno de los poemas más estremecedores de “Poeta en Nueva York”. Continúa la admiración de Lorca, pero ya tiene otros ojos. Se integra. Ahora suena una balada que resuelve Blanca de blanco, con los pies descalzos. Es cuando el presente y el pasado se miran a los ojos. Es cuando Blanca besa el reflejo de Lorca, o viceversa, que el tiempo es tan sólo una dimensión. Encarnita Anillo a continuación entona el “Vals en las ramas”, quizá la más bella canción de la noche, compuesta, como el resto de la música, por ese demiurgo granadino llamado Tao Gutiérrez. Y, para terminar, como todos sabemos, el poeta llega a la Habana. El comienzo de una guajira introduce la rumba, el “Son de negros en Cuba”.

Sólo queda tildar este espectáculo, no sólo de apoteósico, sino de necesario para desentumecer a una Granada que se mira demasiado el ombligo. Aún quedan bastantes días para limar algunas asperezas. A final de agosto volveré a verlo, a disfrutarlo y a preguntarme qué se hará el próximo año para superar esta propuesta.

* EN LA FOTO: mano de Blanca Li (© Karl Lagerfeld)

Con un lenguaje nuevo

Con un lenguaje nuevo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Es difícil escuchar una guitarra nueva en solitario. Digamos que el favor del público se reparte entre el cante y, sobre todo, el baile. Así, cuando se programa un recital de sonanta, son pocos los elegidos. Los músicos jóvenes se suelen quedar para el acompañamiento de cantaores y bailaores. Eso sí, cada vez con más espacios de creación, de recreación, de virtuosismo. Conscientes de esta deficiencia, los organizadores de Los Veranos del Corral, han querido dar cuartel a estos nuevos tocaores para que alcen su voz en un escenario como el que nos ocupa, verdadero trampolín de valores en ciernes.

El tocaor malagueño Juan Requena, visto bastantes veces como acompañante, se descubrió en la primera parte de la velada del miércoles en el Corral del Carbón con un lenguaje propio. Todos los tocaores tienden a parecerse a otro, o a imitar directamente, a Paco de Lucía o a Sanlúcar. Requena recorre caminos inexplorados, contempla nuevos horizontes, en una continua búsqueda. Las granaínas que nos dejó para comenzar fueron profundas y delicadas, para tocar con guantes de felpa, como un grabado antiguo. Delicado y verdadero. Para las alegrías precisó el compás de los percusionistas Herrera y García. Un complemento esencial, sin estridencias, dando la medida justa. Continuó por rondeñas, ese palo tan agradecido para la guitarra, que poco tiene que ver con el cante por rondeñas. Otro momento de introspección sirvió para introducir las bulerías, para las que se unió el piano eléctrico de Diego Suárez, concediéndole en buena medida al resto de su actuación participaciones jazzísticas. Juan, con todo su grupo, terminó por rumbas, talvez la pieza más popular del repertorio.

El baile fresco de Luisa Palicio ocupó la segunda parte del espectáculo. Esta malagueña de Estepona, reconocida con el Premio Revelación en la pasada Bienal de Sevilla, comenzó su entrega por levante. Su baile es purista y tradicional. Los recursos de fuerza, velocidad y el interminable juego tacón-punta, que se dejaban anteriormente para los hombres, son también obviados por esta bailaora. Su estilo es un todo reposado, es puro sentimiento, donde priman los brazos y la cintura. Sus vueltas, quizá excesivas, le hacen apuntar algunos desequilibrios. Para las alegrías finales, siguiendo los cánones, Luisa salió luciendo bata de cola y mantón blancos. Bien movida esa cola, bien aireado el mantón, para un resultado que tan sólo fue bello. La chispa, el pellizco, que se anhela en una bailaora, no estuvo presente. Entre medias de estos dos bailes, Vicente Gelo, uno de los cantaores que la arropaban, con voz aguda y grito moderado, se sintió orgulloso de cantar en la tierra que lo acogía, las precisas granaínas de Chacón rematadas por abandolaos.

* EN LA FOTO: Juan Requena (© Ana Palma)

En casa se calienta el primer carbón

En casa se calienta el primer carbón

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Con un repertorio nada convencional, comienza Eva Durán su entrega en Los Veranos del Corral, una muestra joven que hoy por hoy pasa por ser la cita más prestigiosa del flamenco en nuestra provincia. Durante tres días a la semana, hasta el 15 de agosto, tendremos a lo más granado del flamenco incipiente participando en este foro. Eva Durán, como digo, comenzó la noche e inauguró un festival que, a diferencia de los pasados años, incluye cante y guitarra, aparte del baile. Esta novena edición comenzó con alegrías de Córdoba, esas cantiñas más relajadas y melancólicas que las de Cádiz. Eva, así, nos muestra desde el comienzo su tesitura y su cadencia. Su cante es relajado y sin estridencias, maduro, para ser escuchado y saborearlo sorbo a sorbo, como el café caliente, pues va manando a borbotones, con un eco tan flamenco como nostálgico. La cantaora de Estepona continuó por levante, cantando mineras y tarantas. Siguió con su entrega novedosa adornándose con bamberas. En las malagueñas bordó las de la Trini y se rompió en las seguiriyas, para terminar por bulerías. Diremos también que el sonido, aunque correcto, es menos fino que en los pasados veranos. Quizá fuera por ser el primer día.

Claramente sacromontano, carbón casero, comienza la segunda parte de Los Veranos con Juan Andrés Maya y su cuadro flamenco. Para abrir boca, Rafaela Gómez nos canta “La mariposa blanca”, ese poema por bulerías que compuso Manuel para una Lole siempre afinada. Con sentimiento, aunque quizá demasiado histriónica, se entrega la cantaora, nunca, en definitiva, a la altura de la Montoya. Las guitarras bien templadas, la percusión precisa y las voces escogidas para acolchar el baile por alegrías, rotundas, de Juan Andrés. Un baile de raíz, un gran baile, de los mejores que patean nuestras tablas, pero posiblemente haya tocado techo. Son contados los momentos de nueva creación que podemos saborear en este baile impetuoso. La “furia Maya”, los finales interminables, la búsqueda del aplauso continuo, los desplantes, las sobreactuaciones… quizá empieza a rozar el tópico.

De nuevo se queda el cuadro solo para brindarnos un poquito por bulerías con sabor a cueva, para dar paso al segundo pase de Maya. Los compases del Concierto de Aranjuez, del maestro Rodrigo, interpretadas por Emilio Maya a la manera de Paco de Lucía, introducen unas seguiriyas preñadas de fiesta y de algunos cantes de la tierra (como los fandangos de Granada auténticos en la voz de Toni Maya). Juan Andrés comienza bailando poco y sobreactuando en demasía. Son esas luminarias en las que el bailaor se siente tan a gusto como el público perdido y extrañado. El nivel alcanzado en las alegrías, en las seguiriyas es puntual intercalado con desconciertos. Con todo con eso Juan Andrés Maya es el mejor bailaor en su estilo. Atalaya y ejemplo para sus seguidores.

Por último, diré que su afición al micrófono al final de su actuación y el rosario almodovariano de saludas y agradecimientos está de más.

* EN LA FOTO: Eva Durán.