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La flor en la sombra

La flor en la sombra

Los jueves de Sugarpop

Un haiku de Munárriz viene a decir que en el fragor de la contienda vuela una mariposa. Un lugar de copas, una sala oscura, cargada de humo y alcohol, en las entrañas del centro de Granada, es uno de los lugares menos apropiados para convocar el duende. Sin embargo, los responsables de la Sala Sugarpop han decidido dedicar los jueves a la música en directo, empezando nada menos que con flamenco. Pepe Luis Carmona, hombre curtido en el escenario y en la vida, fue el encargado de inaugurar este ciclo.

Pepe Luis es flamenco por los cuatro costados, es gitano como los de antes, que se crece ante las condiciones adversas, que se estimula con el ole bien dicho de un aficionado. No busca el cante, sino que el arte lo busca a él.

Como cantaor de antes, el tiempo le hace mella, cada arruga es una muesca más en las cachas del revolver de la vida, cada copa es una nueva puerta abierta. Y en su cara, la fatiga. Y en su espíritu, la queja.

Comienza por derecho. La soleá, que se asoma a Alcalá, siendo su primera entrega, es el plato fuerte. Con pellizco y enjundia, el cantaor se duele, como nos duele a los espectadores. A su lado, Rafael Santiago, otro Habichuela, arranca fantasías a su guitarra.

Para los tientos tangos requiere compás. Sube a las tablas José Antonio Carmona con su caja. Ya son tres Habichuelas en la escena. El cante es llevadero y el fraseo con gusto.

Después de un breve descanso vuelve con martinetes. Para mí uno de sus palos estrella, donde no depende de nadie, donde el aguardiente de su voz desgarra el silencio e impone un eco que llega a aturdir. José Antonio, casi de improviso, le da el contrapunto con la percusión.

Unos compases de alegrías y un manojo de fandangos, que ganan incondicionalmente cuando el hijo de Luis Habichuela se aparta del micrófono, terminan de caldear el ambuente.

Como fin de fiesta, reivindicando la tierra, nos deja unos tangos, donde se aprecia sin igual el soniquete de la sonanta sacromontana de la estirpe de los número uno.

De regalo, antes de irse, coreado por el público entusiasmado, entonan el Se dejaba llevar de Antonio Vega, ese tema inmenso que el gran músico, lamentablemente desaparecido, grabó con los Ketama, también Habichuela. En esta pieza colaboran dos músicos asociados al local: José Manuel Rojas, en la voz, y Cipri, a la guitarra.

* En la foto, Pepe Luis Habichuela y José Manuel Rojas (© Granada Hoy).

Quien piensa pierde

Quien piensa pierde

Habría o hubiera en cierta ocasión un pueblo alejado de toda influencia, feliz en su auto exilio, orgulloso en su burbuja, en el que sus habitantes, por mandato, sólo comerían patatas fritas y huevos. Los domingos y festivos, las patatas podían ser a lo pobre o los huevos en tortilla, escalfados, duros o pasados por agua. No conocían alternativa. El imperativo, de antiguo, se había hecho tradición, exclusiva costumbre. Y, eran felices en su dieta. Y, eran felices en sus vidas.

Llegó un momento, como es habitual en ciertos ámbitos de exclusiva represión, que un corpúsculo de radicales subversivos comenzaron a traficar con libros de cocina. Tímidamente, los locales que accedían a dichos recetarios, tras un solapado e importante desembolso, que los podría endeudar durante algunos lustros, se animaban, en la más estricta intimidad, a añadirle pimientos a la sartenada de los domingos.

Las fuerzas del orden, alarmadas por un chivatazo y una posterior y delicada operación de infiltrar un topo incorruptible en el mafioso círculo gastronómico, persiguieron con ahínco y tesón estos desmanes y la inclinación popular al libertinaje que, quién podría evitarlo, el día menos pensado se comería carne, pescado o vete tú a saber que otro manjar tantos años y con tanto esfuerzo extirpado.

Las condenas se sucedieron y el castigo último fue evidente. Los rebeldes habían sido apartados de la sociedad, clausurados, eliminados.

De esta forma volvieron a ser felices con su cortedad, en su dieta y en sus vidas, hasta un nuevo conato de creatividad, rebeldía y diferencia, que, de una u otra forma, sería censurado inmediatamente por las eficaces fuerzas del orden, siempre atentas.

* Cuento sin ninguna intención, pero con mil alusiones.

Derechos y deberes

Derechos y deberes

Cuando Hammurabi, en el siglo XVII a.C, enuncia la Ley del Talión, el conocido ojo por ojo y diente por diente, que ahora nos parece una barbaridad, sólo pretendía lograr una proporcionalidad que antes no la había.

Es decir, si yo te saco un ojo o mato a tu suegra (por ejemplo), tú no puedes despellejarme vivo y matar a todos mis descendientes. ¡Cuidado! Si te rompo un diente, según uno de los códigos legales más antiguos que se conocen, tú tendrás "derecho" a quebrarme igualmente uno de mis dientes, a ser posible el mismo.

El Talión, de esta manera, se convierte en una exquisitez histórica, en un gran paso para la justicia.

Las leyes, desde este primer despertar, fueron evolucionando y "civilizándose".

Ahora, es difícil que un código de un país civilizado, no tenga una compensación de las penas (Voltaire tiene unos textos memorables sobre el delito y la pena, que comenté tiempo ha en este mismo blog).

La mayoría de las Constituciones comienzan con una serie de derechos y deberes del ciudadano o de la sociedad, que no son más que normas de comportamiento para evitar "penas" mayores. Normas sociales que responden a la lógica.

Pero hay unas leyes no escritas, que caben en cualquier cabeza y responden a la educación.

Por mucho que viajemos más allá del bien y del mal, la conciencia, el deber, la libertad bien asumida, nos dicta lo que hay que hacer.

Me refiero es que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad del otro y viceversa.

Es decir, si tienes derecho a sentarte en un asiento del autobús que ves vacío, porque has pagado tu billete y eres un usuario como otro cualquiera, también tienes el deber de cedérselo a ese viejo que entra con su bastón y evidente desequilibrio.

Y no te levantas. ¡Sinvergüenza!, que eres un sinvergüenza.

El envase no cuenta

El envase no cuenta, dicen,
lo que importa es la esencia.
Pero la vida se presenta efímera
y llegamos rozando el alma
cuando el tren ya pasó.

Palo

Palo

Juan me dice un día: "Papá, yo sé más de fútbol que tú". Es posible que sea cierto, pues yo de fútbol no tengo ni pajolera idea, ni ganas de aprender. Pero lo dudo, por el simple hecho de que él tiene seis años y yo estoy en cuarentena (más sabe el diablo por los cuernos que por viejo).

Así que le dije que eso no era cierto, que yo sabía lo que era un árbitro, un penalti y fuera de juego.

Me miró extrañado, como si habláramos de deportes distintos.

Entonces me dijo "palo. ¿Sabes lo que es palo?".

Ahí me han dado. No sólo no sabía a qué hacía referencia, sino que dudaba que existiera esa palabra, o expresión parecida, relacionada con el balompié.

Intenté hacerle recapacitar. "¿No habrás querido decir poste, corner o algo de eso?".

"No", seguía mirándome como a un marciano (él diría alienígena).

"A ver, qué es palo", me rendí.

"Palo es cuando, por ejemplo fallas un gol o pierdes la pelota o te caes al suelo. Eso es palo", concluyó como diciendo que parecía tonto.

Flamenco se escribe con ele

Flamenco se escribe con ele

Inauguración de la Peña Cultural de Arte Flamenco de Las Gabias

Lo mejor son las ganas que tienen de hacer cosas nuevas, de mirar por el flamenco, de volver a ser lo que fueron. Un grupo de jóvenes gabinenses o gabirros (que los dos gentilicios son aptos para designar a los habitantes de Las Gabias) han decidido recuperar la antigua peña flamenca de su localidad. Una peña que sabiamente se denomina cultural y artística. Desde los años 70, en que se creó, tuvieron claro que el flamenco no es sólo una diversión ni una manifestación folklórica, sino que es una parte importante de nuestro patrimonio.

Pedro Benzal, Delegado de Cultura, presente en el acto de apertura, prometió apoyar, desde la Junta de Andalucía en Granada, el flamenco en general y a las peñas en particular; y recordó el dato que puso de manifiesto Manuel Pimentel cuando se presentó por primera vez el flamenco como Patrimonio Oral de la Humanidad, que las señas de identidad españolas son en realidad las señas de identidad andaluzas, encabezadas por el flamenco.

Vanesa Polo Gil, alcaldesa de la localidad, hizo un poquito de historia de la peña, en su etapa anterior, contó anécdotas y mencionó algunos de los artistas de prestigio que habían puesto los pies en su escenario, como ‘El Agujetas’, José Menese, Chocolate o José Mercé (también estuvo Fosforito, por ejemplo). La primer edil citó que Flamenco se escribe con ele, parafraseando a ‘El Lebrijano’.

Mario Morente, presidente de la peña, agradeció la presencia y el apoyó y homenajeó a los antiguos presidentes de la institución, entre ellos su padre, allí presente.

Por circunstancias de traslado, me imagino, el plato fuerte se sirvió al principio. Desde Huércal de Almería, entorno a la peña “El Ciego de la Playa”, viene Toñi Fernández arrasando con su viveza y ecos de fragua. Su puesta en escena es intachable para una dama tan joven, y su cante fresquísimo y gitano.

Toñi, apuesta fuerte desde el principio. Unas seguiriyas tan llenas de quejío que recuerdan a la Piriñaca fueron su primera entrega. Continúa por tangos canasteros, que la guitarra de Alfredo Mesa almohada a la perfección. Su soniquete limpio y preciso le hace entrar por derecho en el grupo de élite de los tocaores granadinos. La almeriense se vuelve a romper en la soleá, demostrando que hay palos que duelen (perdón por el chiste involuntario). Como buena gitana, acaba por fiesta, despejando el escenario para darse su pataílla y su agradable braceo. En momentos también recuerda a Aurora Vargas.

Marta ‘La Niña’ es socia de la peña. De la escuela de Antonio ‘El Colorao’, lleva un tiempo buscando su camino. Un camino que sin duda está encontrando. La evolución de Marta es manifiesta. Destaca su voz clara y poderosa. Sus letras se entienden y las lanza al público como si no le quedaran más días para cantar. Con conocimiento se despereza con un martinete, que se vuelve debla y termina por cabales, con la complicidad de Alfredo Mesa. Su soleá es apolá, la que cantaba ‘El Niño de Jun’. Continúa con una bella vidalita y termina con granaína y media. Como regalo final hace un fandango a capela en honor de su madre.

Tras el descanso, también de la escuela de Antonio Gómez, ‘El Gambimbas’, con su entrega y su gracia particular, empieza con seguiriyas y sigue con tientos-tangos, recuerda a su maestro con Mi mama y termina con soleá por bulerías, ilustradas con el baile lozanero (1) de Ana Velázquez. ‘El Melgares’, ha relevado a Alfredo a la guitarra.

Como artista invitado, Rafa hoces borda una granaína con las seis cuerdas. Al final de la velada acompañará a Marta por cantiñas.

Otra de las invitadas de excepción fue María Reyes con su familia, haciéndole un compás gracioso y casero. María tiene todo el sabor del que canta para los suyos, tendiendo la ropa o moviendo el perol. Le acompaña ‘El Melgares’ pero como si no estuviera. La matriarca de los Reyes comienza con una letrilla por levante y en seguida cambia a bulerías por soleá, como arrepentida. Su voz es gitana y eterna, llena de sabiduría, pero indómita. Unos tímidos fandangos demuestran que ella no es artista para escenario. Termina por tangos, en colaboración con sus niños que le hacen compás y coros. Varias de las estrofas son en calé.

Todos los participantes nos dejan con un sabroso fin de fiestas por bulerías.

(1) de Silvia Lozano.

* En la foto Toñi Fernández.

Prueba superada

Prueba superada

Hubo un condenado a muerte en madrugada de invierno. Cuando los guardias lo despertaron para dormirlo para el resto de sus días, es decir, de sus noches, el ajusticiado notó el relente. A uno de sus captores, el más complaciente, bonachón o aburrido, le pidió capa o manta, quejándose del frescor de la mañana, no quería que temblando de frío pensaran que era de miedo.

Yo experimenté el efecto contrario al salir a presentar el viernes el “X Festival Flamenco de Monachil”: el frío camuflaba el miedo. Siempre me pasa que cuando tengo que salir al escenario, la congoja me asalta. Hasta que pasan los primeros minutos y escucho las primeras risas y siento la complicidad del público, me siento como si estuviera atravesando un cable finísimo por encima de una catarata gigante.

Al final, sin embargo, le cojo tal gusto que me da pena que se acabe. Y, sobre todo, cuando me vienen felicitaciones y palmaditas en la espalda.

José Balao abrió la noche, con unas facultades desconocidas. Para una próxima operación ha adelgazado 22 kilos, lo que ha repercutido positivamente en el control de su respiración y en su eco flamenco, últimamente apagado. El presentador, es decir, yo mismo, dije que había perdido barriga, pero había ganado sabiduría. Empezó por malagueñas y abandolaos, que fueron de Granada. Después hizo una milonga, La baladilla de los tres ríos, de García Lorca, que le había pedido entre bambalinas. En los tientos-tangos evidenció su inclinación morentiana. Terminó con unos “fandangazos” de buena factura.

Juan José Garrido es un cantaor joven, que tiene la voz bonita y gusto en el fraseo, aunque su inmadurez aún es manifiesta. Con un repertorio eminentemente granadino, dejó su impronta. La soleá del Niño de Jun, los tangos del Camino y las malagueñas, rematadas con fandangos del Albaicín, fueron su propuesta. Unas alegrías de Córdoba, en las que se fue un par de veces, rompieron el monográfico.

Desde Málaga, José Parra, cantaor camaroniano donde los haya, bordó unos tarantos del maestro. No estuvo tan fino sorprendentemente en los tangos canasteros ni en las bulerías. No se encontraba bien físicamente. Las “almóndigas” de la tapa no le habían sentado bien.

Después del descanso, Isa Vega, bailaora de fuerza incombustible, plantó su palmito para colorear la noche con unas generosas soleá por bulerías. Su cuadro, eminentemente sacromontano, redunda en la justa medida que esta flamenca necesita. Al cante, Sara Heredia, a la guitarra, Antonio ‘El Chonico’, y a la percusión, ‘Luki’, hermano de la bailaora.

Judith Urbano está sentando las bases como cantaora a tener en cuenta. De momento tiene decenas de festivales a sus espaldas y se sigue santiguando para salir al escenario. Su voz es potente y grave y tiene presencia. Abre con granaína y media y cierra con tangos, cercanos a Marina (aunque ella dice que le inspira más Esperanza Fernández). Muy festera, completó su actuación con Alegrías y con fandangos de Granada.

Para terminar, Luis Heredia ‘El Polaco’ hizo gala de su poderío y de sus años. Su conocimiento y buen hacer recogen los mejores aplausos. Sus habituales romances por bulerías templan su entrada. Sigue con alegrías, acordándose también de Morente. A petición del respetable interpreta una vidalita. Después unos fandangos naturales (algunos a boca de escenario). Y se va por bulerías.

Las guitarras excepcionales del Festival fueron la del preciso Manuel Carvajal, de pulsión fuerte, que acompañó a Balao, Juanjo y Judith; y la del sonoro y dulce Ramón del Paso que arropó a José Parra y a Luis.

(El sonido, mejor que otras veces, pero sin llegar a estar fino.)

* Cuando me ponen detrás de un micro...

Festival Flamenco de Monachil

Festival Flamenco de Monachil

No suelo avanzar una actividad flamenca. Soy, como sabéis, un analizador desde la barrera. Con sus pros y con sus contras, he evaluado en caliente casi todo lo que he visto, durante más de seis años.

La inmediatez de la noticia muestra algunos alfileres. Aunque la crítica se publicara a los dos días del evento, un servidor tenía que rumiarla a la mañana siguiente, si no la misma noche.

Lo cual tiene sus ventajas (frescura, primera mano, emoción) y sus inconvenientes (equívocos, escritura casi automática, falta de reflexión). Aunque el hábito era un valor en sí mismo. La praxis jugaba en mi favor. El día a día ayudaba a la fluidez.

Mañana viernes, 5 de febrero, se celebra el "X Festival Flamenco de Monachil" el cual presento.

Es la primera vez que oficialmente hago de maestro de ceremonias en este escenario. Otras veces lo he presentado pero de rebote. Pidieron mi ayuda cuando falló el presentador (y yo soy muy facilón).

El Festival tendrá lugar a las 22,00 horas en la Casa de la Cultura de Monachil e intervendrán, al cante, ’El Polaco’, José Parra, Judith Urbano y José Balao; a la guitarra, Antonio Carvajal y Ramón del Paso; y al baile Isa Vega y su grupo.

La entrada es 5 euros (la salida gratis).

En días posteriores, segurá este décimo aniversario con un Concierto Didáctico (el 19 de febrero), Jerez, cuna del flamenco (13 y 14 de febrero) y un Curso de Introducción al Flamenco (el 20 y 21).

El olor a pan recién horneado

El olor a pan recién horneado
anuncia la mañana
que los gallos de siempre
ya no aletean.

Dicen que nunca llueve
a gusto de cualquiera.
Qué quieres que te cuente
si no tengo paraguas.

Flores por Haití

Flores por Haití

Hace años que el efecto mariposa anidó en nuestras mentes. Lo que ocurre en cualquier punto del globo, gracias a la eficacia de los medios de comunicación, nos estremece. La solidaridad es un deber moral, un deber social, un deber mundial. Si para algo vale la aldea global es para tendernos las manos unos a otros y dar la vuelta a la esfera terrestre sumando nuestros anhelos.

Hace años que los flamencos son conscientes de que una cadena se rompe por su eslabón más débil. Por eso hay que reforzarlo, hay que mimarlo como mejor se pueda. Los flamencos, desde su posición, saben que su granito de arena es necesario, que su altruismo está pagado en sus corazones, que mañana quizá los necesitados seamos nosotros.

El terremoto de Haití, como tantos desastres naturales (y, lamentablemente, artificiales) ha movido actuaciones en todos los países desarrollados (y no tanto) para recaudar fondos, para ofrecerles la ayuda que necesitan. Algunos particulares (asociación de vecinos y otros) del pueblo de Monachil decidieron celebrar un Festival Flamenco el viernes pasado en beneficio de los afectados haitianos, del que se han recaudado uno 3.000 euros, que han sido entregados a la Cruz Roja para hacérselos llegar de la mejor manera posible.

Los artistas granadinos a los que se ha llamado han respondido sin condiciones. Representantes de la Cueva de la Rocío, con Rafi Heredia a la cabeza, abrieron la velada con un apunte de su habitual zambra: alegrías, bulerías y boda incluida. Nada más acabar, marcharon a su lugar de trabajo.

Esther Crisol, con una trayectoria muy particular, comenzó con la caña, siguió con unas granaínas muy aplaudidas y terminó por cantiñas.

Un paréntesis en la velada lo puso Encarnita Martínez, que con gracia y memoria hizo un recitado sobre la “Feria en Granada”, acompañada de un grupo de chicas bailando sevillanas y adornando la escena con sus abanicos.

Antonio Gómez ‘El Colorao’ impuso su dominio cantando por tientos-tangos, unos cuantos fandangos estremecedores y “Mi Mama”, su gran balada flamenca.

Para terminar, con elegancia y color, Silvia Lozano, acompañada de Sergio Gómez al cante y Alfredo Mesa a la guitarra, bailó unas bulerías.

* Antonio 'El Colorao' y 'Tente' (foto de archivo, © Antonia Ortega).

Don de lenguas

Don de lenguas

Estévez y La Moneta

Lo más importante en el flamenco de hoy es encontrar un lenguaje nuevo. Nuevo y coherente. Un habla flamenca, entroncada en la tradición, sin perder de vista a quienes dignamente nos preceden, pero mirando hacia delante, por nuevos caminos, y con las ventanas abiertas para que nos salpiquen los aires de otras corrientes, de otras vanguardias.

La guitarra es la más versátil. Nuestros tocaores, de tan virtuosos y mestizos, se han puesto en órbita. Giros galácticos imposibles envuelven algunos concertistas de guitarra. El cante quizá sea el más anquilosado. Aunque la vanguardia del cante es no salirse de los carriles marcados por Chacón y Manuel Torre y la Niña de los Peines.

El baile, sin embargo, es un terreno propicio. Es la manifestación más plástica y maleable del flamenco. El baile puede crecer y expandirse o concentrarse y explotar en sí mismo, creando un proceso de fisión que afecta consecuentemente a los cinco sentidos.

Ejemplos tenemos muchos, variados y buenos. Desde la observación, la admiración, la creación y el inconformismo, el baile flamenco se ha convertido en la apuesta más importante de nuestro arte. Citar nombres sería un error, por miedo a los olvidos. Pero todos tenemos en nuestras mentes los conceptos de los que hablo en una docena de bailaores, al menos.

Dos lenguajes muy diferentes y carismáticos se dieron cita el jueves pasado, 28 de enero, en la Sala Joaquín Turina, del Centro Cultural Cajasol de Sevilla. Rafael Estévez es un prodigio de compás, minimalismo y control corporal. Fuensanta ‘La Moneta’ es la esencia del baile destilado, es la fuerza domeñada, es la transmisión rendida. Ellos se conocen y se admiran. Ellos se quisieron mimetizar, entablando un diálogo entre dos sensibilidades. Ellos eran los emisores. El público, los destinatarios. La fuente es el flamenco. El canal sus cuerpos. Y nada más. No hay teatro ni conejos en la chistera. No hay paseos de funambulista ni flores a la salida. Tan sólo el flamenco de siempre. Los palos, que se imbrican hasta lograr un todo continuo, donde el tiempo se ralentiza de tal forma que puede dejar de existir.

Un cuadro de gran peso musical los arropan por detrás, comprendiendo que el armazón rítmico, junto con la megafonía, son las armas de un buen espectáculo danzístico. ‘El Galli’ y Miguel Lavi, especialmente motivados, al cante; los hermanos Iglesias a la guitarra; y Patricia Guerrero y Eduardo Leal, dos bailaores cargados de respeto y sabiduría, tomaban nota haciendo compás.

Las alegrías, donde se presentan los bailaores a su forma y compenetración, se solapan con tonás, que continúan por seguiriyas, siguiendo por granaína-malagueña y abandolaos, donde Estévez se queda sólo bailando hasta los silencios, impregnando el aire con su saber y su sabor orientalizante.

Fuensanta vuelve a escena y aborda una granaína con bata de cola negra y volantes rosados en su envés. Reivindica su tierra y su poderío, mientras Miguel Iglesias borda con sus acordes ese fandango preciosista chaconero. Un interludio musical, en forma de rumba, preludia tácitamente un segundo pase.

Un triunfo, orillado en el total, fue el roneo por tangos del Camino en plena capital hispalense. La soltura de un paso a dos, tan cómplice como espontáneo, hace poner la sala en ebullición. La pieza se calma por tientos. Y, en la colombiana, es Paco Iglesias quien impone la rotundidez de su guitarra.

La noche termina con soleares y corridos. Soleares de artistas únicos y diferentes. Corridos de lágrimas de emoción y aplauso satisfecho. Cada uno habla a su modo. Fuensanta y Rafael se entienden a la perfección, aprenden entre ellos y se comunican con el público anhelante. Eso se llama “don de lenguas”.

* Rafael Estévez y Fuensanta la Moneta en el Corral del Carbón (© MAYO)

Tenía que haberle pedido el vídeo al japonés

Tenía que haberle pedido el vídeo al japonés

Tres alicientes tenía esa playa perdida a la que sólo se podía llegar en barco. Un pequeño bote a motor acercaba a los pasajeros, a través del canal, hasta el último puerto de aguas turquesas. Todos viajábamos con nuestros mapas, guías de mano y mochilas con algo de comida y sobre todo con agua.

Hasta el día siguiente no emprenderíamos la vuelta en el mismo trasporte. Así que la mayoría, si no queríamos que la aventura nos fagocitase de alguna forma, habíamos asegurado la pensión en aquella remota cala.

Los tres objetivos que nos atraían a todos eran la recogida visita a la ermita de la patrona del lugar, a la que se llegaba en media hora o tres cuartos caminando hacia el este; la subida al lugar más elevado de la península, donde se hallaba semiderruida una torre vigía de tiempos medievales y en la que se había levantado un mirador desde donde se oteaba, en días despejados, los rompientes en la otra orilla; por último, en el mismo centro de la población, se elevaba una mansión señorial, de estilo renacentista, preciosamente conservada. En el palacio había que pagar, aunque su entrada normalmente era adquirida a la vez que el pasaje y la estancia.

Lo aconsejable era subir en primer lugar a la montaña y deleitarse con las vistas antes de que el sol impusiera su dictadura. Así, aprovechando el frescor de la mañana, junto con otros peregrinos, que viajaban en grupo o en solitario, como yo, me encaminé al monte de la torreta, que al final resulto ser todo una fortaleza, en la que difícilmente seguían en pie un par de torres muy deterioradas y un pasador almenado entre éstas. Las vistas hacían que hubiera merecido la pena la ascensión.

Mientras intentaba vislumbrar el otro lado del estrecho, una iguana me miraba sin interés.

Al retornar al valle, donde se asentaba la aldea, una chica me mostró un papelito que, por un precio módico, me resolvería de un plumazo la cena y el divertimento de esa noche. El paquete consistía, como he dicho, en un ligero menú, mientras contemplábamos la actuación de una agrupación local y el derecho a una copa. Tenía buena pinta. Lo rechace, no obstante, y me encaminé a la ermita.

Era pequeña y cuadrada, de piedra, rodeada de flores mustias y una imagen descolorida de la virgen, presidiéndolo todo allá en lo alto. En la guía podíamos leer que la santa se le apareció a unos pescadores que habían perdido el rumbo en mitad de una tormenta y que, sanos y salvos, aunque maltrechos y con la barca destrozada, habían naufragado en aquella orilla. El patrón, con ayuda de las familias marineras de toda la zona, erigió el templo.

A la vuelta, con un calor imperativo, busqué un bar donde tomar una cerveza y picar algo antes de sacar el bocadillo de jamón con tomate que me había preparado esa mañana con pan blando del día,

Mientras saboreaba la pinta, a través de la ventana abierta para renovar el aire cargado del local, volví a ver a la chica de las octavillas. Era muy morena de piel, con el pelo castaño recogido en dos trenzas por detrás de las orejas y una raya derechísima en el centro de la cabeza. Se le veía cansada y, al parecer no había vendido muchas o ninguna de las ofertas que proclamaba, pues sujetaba en las manos el mismo fajo de papeles que tenía en un principio.

En la plaza me senté bajo un roble que dispensaba frescor y penumbra. Sin dejar de observar a la vendedora de actividades nocturnas, di buena cuenta de mi almuerzo. Un pequeño descanso, con cabezada incluida, y un café amargo, me pusieron las pilas para emprender la visita al palacio.

Atravesé la plaza hasta la calle principal y la chica de ojos almendrados seguía allí, ofreciendo lo que nadie quería.

¿Para qué se harían las puertas tan grandes? ¿Esperarían a un gigante? Todos los edificios señoriales están cortados por el mismo patrón. No basta con ser poderoso, hay que aparentarlo. La ostentación de unos pocos repercute directamente en la sensación de miseria del resto.

Cuando volví sobre mis pasos, con idea de pegarme un baño en el hostal y leer hasta la cena, busqué instintivamente a la joven morena. Allí estaba, plantada, con su baraja de papeles de color en el regazo, intentando vender su propuesta a una pareja. Me acerqué a ellos. El hombre había seguido caminando, la mujer negaba con la cabeza.

Cuándo ésta alcanzó a su pareja, la chica dijo mierda y se le saltaron las lágrimas. Comenzó a sollozar en silencio. Agachándome un poco la miré a los ojos y le pedí que me contara nuevamente en qué consistía aquella cena. Sin palabras, me mostró un folleto, que no leí. Le pregunté, cogiéndole el brazo si había vendido muchas. Sorbiendo los mocos, se repuso y me dijo que sólo cinco. ¡Vaya! Que con diez que hubiera vendido, añadió, le hubiera sido rentable el trabajo de ese día. Pues dame cinco, pedí. ¿Con quién irás, si estás solo?, repuso ella, que evidentemente también se había fijado en mí. No creo ni que vaya yo, confesé. En ese momento se alzó y, estampándome un beso en la boca, corrió, sin venderme nada, hacia un joven alto y fuerte, que la cogió de la mano y se la llevó consigo.

Con las yemas en los labios, intentando retener su beso, los vi irse y empequeñecerse calle arriba.

Un japonés, en el que no había reparado, estaba rodando con su digital, quizá desde el principio. Cuando reaccioné ya era tarde. El improvisado cámara y testigo de ese instante fugaz se había perdido entre el gentío.

* Una iguana me miraba sin interés.

La crisis

La crisis

Había pensado llamar a este artículo “El fantasma de la crisis”. Pero de fantasma nada, nuestra crisis es sólida, tiene un gran peso específico, una buena masa que va creciendo y creciendo hasta quitarnos todo el espacio, hasta dejarnos sin respiración, hasta aplastarnos como se despachurra una mosca molesta.

La crisis también es un escudo, una excusa para apretar un cinturón que ya estaba demasiado ceñido. Quienes tienen poder, o sea, los poderosos, son celosos de su estatus, de sus ganancias, de su poderío. La crisis. What Crisis? Ellos no están en crisis, mientras se puedan cortar cabezas que amortigüen su posible balanceo, que no caída.

Hace unos meses (parece que fue ayer) desapareció un periódico en Granada, “La Opinión”. Quedaron cincuenta trabajadores en la calle y algunos colaboradores. Fue un golpe a las libertades y a la pluralidad. Y qué ha pasado. No ha pasado nada.

La caída de “La Opinión”, arrastra la palabra escrita, limita el horizonte, cercena la alternativa. Tanto es así, que otro periódico de la ciudad, “Granada Hoy”, puede estar temblando. Si no, por qué la reducción de plantilla, por qué la disminución de páginas, por qué los silencios en los pasillos, por que los cuchicheos anhelantes… por qué han suprimido a los críticos, a mí con ellos.

¿Cuestiones de espacio? ¿Cuestiones económicas? ¿Cuestiones de interés? Tendremos un  periódico aséptico. No puede haber flamenco de tensión, ni teatro que evalúe, ni clásica que sentencie…

¿Es obligado, en cambio que haya cine y fútbol, sobre todo fútbol? Hasta el equipo más insignificante tiene cabida en las páginas del diario. No tengo nada en contra del opio nacional, pero también estoy a favor de otras drogas. Como dijo Mario Moreno, “no estoy en contra de que haya ricos, estoy en contra de que haya pobres”.

Dicen, “Si los flamencos no leen los periódicos”, “Si el flamenco no le interesa a nadie”, “Si ocupa un espacio en el que puede estar un anuncio de detergente".

Es la vieja sátira de Juvenal, panem et circenses. ¿No hemos avanzado nada? No hemos avanzado nada.

En Granada sólo queda un crítico -¡larga vida!-, que es como decir que queda sólo un periódico. Al menos un periódico que se moja. Los medios de información cada vez son más medios y menos informativos. La poesía murió en Vietnam, decía Sciacia. El romanticismo ha muerto. La vocación ha muerto. Esto es un negocio. Se trata de rentabilizar sus actos. Cuando algo no dé frutos, se elimina o se sustituye.

Mientras las hormigas trabajan, ahorran y cuentan su dinero, las cigarras que cantamos en el verano, en el invierno nos morimos de pena (sic).

Como decíamos ayer

Como decíamos ayer

Unamuno retomó sus clases después de un largo exilio pronunciando esta frase: Como decíamos ayer. Ahora retomo mi blog después de dos o tres meses sin tocarlo por cambios radicales en mi vida.

El mundo ha seguido girando y los pájaros en libertad. Nadie es imprescindible. Todos somos contingentes. En este espacio de tiempo se han muerto no sé cuántos. Y si le sumamos el terremoto de Haití se nos escapan las cuentas. Demasiados cuentos para que nos salgan las cuentas, decía Savater.

No somos nada ante la naturaleza, ante el desastre. Bueno si, somos lobos o somos gallinas o somos pañuelos o somos hermanos solidarios. No bastan los rezos, no bastan las lágrimas.

Hoy he escuchado a un reportero local, de la única radio que ha sobrevivido en el país, que se quejaba de que todo estaba destruido, que se alegraba de que puede ser muy bonito empezar de cero.

No hay mal que por bien no venga. El borrón y cuenta nueva ya no existe. Debemos ser valientes y romper la baraja y saltar al vacío y quemar las naves.

Las sombras del pasado se convierten en oscuridades patológicas, en agujeros negros insondables donde el parche no aguanta, donde el cemento no funciona. Debemos tomar otro camino, otra galaxia.

No sé donde voy a parar con este pequeño sermón. ¡Menuda vuelta! Lo único que quisiera, empezando por mí, es poner buena cara a las adversidades, levantarme ante los tropiezos y preferir la muerte en pie que la vida de rodillas.

Mañana será otro día.

* Radio Lumiere de Haití (creo que no es está la que sigue radiando).

El Gallo valiente

El Gallo valiente

Durante estas dos últimas semanas, en la Venta el Gallo le han echado valor y han programado algunas veladas de excepción. Durante los días jueves, viernes y sábado, poco antes de la media noche, destacadas figuras del mundo flamenco han pasado por su escenario. Estos Trasnoches comenzaron con el baile limpio y profundo de Ana Calí, complementado con la sangre y elegancia de ‘La Pitita’; continuaron, el día 11, con el carisma de ‘El Extremeño’; para pasar, durante los dos sábados, a ‘Los nietos de la rumba’ y su propuesta de frescura y fiesta; el baile coherente de Raimundo Benítez, y Yolanda Cortés de compañera, alumbró el comienzo de esta semana; y, como plato fuerte, el viernes 18, tuvo lugar, venido desde Extremadura, al cantaor Guadiana.

En la poca asistencia de público, salvo en este último cantaor, estuvo el riesgo de “El Gallo”. Sea como sea, hay que aplaudir la valentía de esta cueva y sus gestores. Hay que seguir apostando por el flamenco de primera fila e intentar crear adicción.

Guadiana estuvo acompañado a la guitarra por un impecable Juan Habichuela y del percusionista, siempre exacto, Benjamín Santiago ‘El Moreno’. Fue como viajar en primera. El mismo cantaor, profundo, cadencioso, morentiano, aplaudía las falsetas del tocaor. Se encontraba a gusto y así lo demostró, en un concierto que fue creciendo desde la entrada hasta los postres. Se abrió el recital con una soleá, larga y templada. Por levante, mirando a Cartagena, continuó el extremeño, con toques de guitarra exclusivos. ¡No se puede tocar mejor! Los tientos fueron ligeros y acabaron por tangos, donde ‘El Moreno’ impuso su compás. No obstante, donde  convenció definitivamente Guadiana, fue en los jaleos extremeños, el guiño a su tierra.

Un intento de retomar el concierto, después del descanso, dejo solo a Juan Habichuela, luciendo guitarra, y a ‘El Moreno’, que lo acompaño en las bulerías. Unos minutos después, entrarían los tres músicos con nuevos bríos, para dejarnos malagueña y abandolao; tangos; seguiriyas, bastante rítmicas, como para baile; y redondear la noche por bulerías.

Fandangos del 'Albisín'

Lo pongo en la enciclopedia,

no tengo más horizonte

que escuchar Marina Heredia

cantando en el Sacromonte.

El hábito no hace al monje

El hábito no hace al monje

Mi amigo Jesús Lens tiene en su incansable blog, “Pateando el mundo” (http://www.granadablogs.com/pateandoelmundo), una sección en la que reproduce y comenta las frases que aparecen en los sobres de azúcar. A mí me da rabia (no la iniciativa de mi amigo Jesús, sino las sentencias azucaradas), pues se repiten demasiado, son algo bobas o excesivamente moralinas.

De todas formas, no puedo evitarlo, las leo todas, hasta las de mis compañeros de café y las rasgo con cuidado. Algunas de ellas, incluso, las guardo y las apunto.

Uno de estos paquetitos, de color amarillo con letras negras, era una frase de un tal Michael Levine (ni idea de quien es ni ganas de buscarlo) que dice: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista”.

Difícil cuestión entre ética, responsabilidad y fisiología. Una cosa es ser padre y otra es ser buen padre.

¿Tener padre, aunque sea malo, lo convierte a uno en hijo?

En estos días, cuando el asunto del padre y el hijo lo tenía un poco orillado, me encuentro el texto de “El elogio del Caballero” en El Victorial o Crónica de Don Pero Niño de Gutierre Díez de Games (s. XV), en el que dice:

"No todos son caballeros cuando cabalgan caballos; ni cuantos arman caballeros los reyes, no son todos caballeros. Tienen el nombre, mas no hacen ejercicio de la guerra. Porque la noble caballería es el más honrado oficio de todos, todos desean subir en aquella honra. Traen el hábito y el nombre, mas no guardan la regla. No son caballeros, mas son fantasmas y apóstatas. No hace el monje al hábito, mas el hábito al monje. Muchos son llamados y pocos los escogidos".

* Michael Levine (Nueva York, 1954).

Flamenco jondo

Flamenco jondo

Perdonen el chiste fácil en el título de este artículo. El escenario en la Cueva de las Ventanas de Píñar está a 22 metros debajo de tierra.

Este impresionante asiento paleolítico se habilitó el verano pasado para ofrecer espectáculos musicales sin megafonía y con un aforo limitado. Aparte de algunos conciertos clásicos de cuerda o con pocos instrumentos, que no distorsionen ni retumben en las paredes de la cueva, el sábado tuvo lugar el primer recital de flamenco.

Ana Mochón, la joven promesa de 15 años, acompañada de Álvaro Pérez ‘El Martinete’, de 14 recién cumplidos, a la guitarra, ofrecieron un concierto liviano y agradable. La alcaldesa de Píñar, María Inmaculada Oria, fue la encargada de presentar el evento y los actuantes.

La cantaora granadina, como viene siendo habitual, se presenta con unas alegrías: “…me sale del corazón. Que todo el mundo se entere, me llamo Ana Mochón”. El recital continúa con la balada flamenca La Mama, de Antonio Gómez ‘El Colorao’, homenajeando así a uno de sus maestros.

La malagueña, en realidad, es el mayor acercamiento a lo jondo de la velada, que se remata con un surtido de abandolaos, donde no faltaron los de Paco ’El del Gas’ y los de Frasquito. Una bella farruca y la Baladilla de los tres ríos, de García Lorca, cantada por milongas, nos acercan a un final que se engrandece con tangos de Granada, uno de los platos fuertes de la cantaora, que aborda de pie con apuntes de braceo y otros gracejos. Antes de irse, nos regala un par de fandangos.

Una gran experiencia. El flamenco a viva voz, con la acústica de la cueva, con el buen gusto de sus intérpretes, el timbre melodioso de la joven Mochón y la madera de ‘El Martinete’ supuso un pequeño lujo, el anticipo adecuado a las bondades navideñas.

La noche continuó en La Platería, donde vimos a Curro Lucena, un cantaor tan ortodoxo como particular. Se agradecieron sus incursiones en cantes inhabituales, como las bamberas y las alegrías de Córdoba. También se le reconoció que se acordase de Cobitos (sus nietos estaban presentes) y de su soleá apolá. Lo que costó un poco más en asimilar es que estuviera desafinado, más en la primera parte que en la segunda, y que no cuadrara los cantes.

Su guitarrista, Ángel Mata, aunque preciso, fue autónomo. Entre la necesidad de lucimiento y la pelea constante con el sonido (siempre deslavazado en esta peña), emprendió una guerra santa, en parte ajena al cantaor cordobés, afincado en Ronda.

* Bajada al escenario en la Cueva de las Ventanas.

El Extremeño, un animal de escena

El Extremeño, un animal de escena

Trasnoches flamencos en la Venta el Gallo

¿Dónde se mete el público de Granada? ¿Dónde se mete el público de flamenco? Es difícil movilizar a todos los aficionados. Es complicado concentrarlos en un objetivo concreto. Pero, cuando se trata de un cantaor de primera fila, de un artista que por su sólo nombre es capaz de llenar teatros, puede resultar algo sintomático. Enrique ‘El Extremeño’ actuó el viernes en la Venta el Gallo del Sacromonte con una mínima e injusta expectación. Fue un recital más que notable, de complicidad, entrega y buen hacer. No por falta de público, el artista se achantó, sino que le sirvió de acicate para echar toda la carne en el asador y comerse la escena, ofreciendo el cien por cien de sus posibilidades.

Esta ausencia de público, ¿podría ser por falta de difusión del evento?, ¿por multiplicidad de espectáculos de ese día?, ¿por el precio, quizá, excesivo de la entrada?, ¿por la dificultad de acceso a la cueva?, ¿por el frío?, ¿por apatía general?... Posiblemente, el participante potencial del flamenco en nuestra ciudad, esté un poco quemado. Se encuentra castigado por una oferta demasiado dispar, por la suspensión de conciertos (El Cigala, José Mercé, Belén Maya) o porque se le dé gato por liebre, jugando con su capacidad cognitiva.

El Extremeño, curtido en el cante de atrás, esta sobrado de compás. Para el cante festero no tiene parangón. Las primeras figuras del baile se rifan su presencia en sus cuadros. Por tonás comienza su actuación, poniendo de manifiesto su voz poderosa y bien templada. Se mostró rico por Cádiz, para pasar, siguiendo los consejos de Valderrama, con todo cariño, por una vidalita a media voz. Emilio Maya lo supo arropar bien con la guitarra, mientras Eloy Heredia improvisaba, como pez en el agua, con su travesera. Unos tientos-tangos dan paso a un breve descanso.

Emilio y El Moreno, a la percusión, convocan a la segunda parte con un poquito por bulerías. El Extremeño, acompañado de un espontáneo recitador “venido de Argentina”, llamado Antonio, se resta grandeza en la soleá. Unas seguiriyas anhelantes y los bellos tarantos de ‘El Gallina’ y José Salazar, dan paso a la gran fiesta. Hay que descubrirse cuando Enrique canta por bulerías y remata por cuplés. Con micrófono o sin micrófono, sentado o de pie, con su amago de pataílla, se convierte en un animal de escena.

* El Extremeño (© Paco Sánchez).

El baile limpio de Ana Calí

El baile limpio de Ana Calí

Trasnoches flamencos en la Venta el Gallo

El Gallo se despereza a media noche en estos días de finales de otoño para regalarnos un poquito del mejor flamenco antes de que acabe el año. Seis días ocuparán los “Trasnoches flamencos” en la Venta el Gallo del Sacromonte. Seis noches de duende en los que intervendrá ‘El Extremeño’, ‘Guadiana’ o Raymundo Benítez.

La poca asistencia del jueves pasado, no fue una excusa, sin embargo, para restar entrega y autenticidad a los flamencos programados. Un cuadro de la casa, podíamos decir, compuesto por Jaime Heredia ‘El Parrón’ y Manuel Heredia al cante y Rafael Fajardo a la guitarra; y, en los temas que lo precisaran, Eloy Heredia a la flauta y ‘El Moreno’ al cajón, dieron color a una velada agradecida en el corazón de Valparaiso.

En la primera parte, donde Manuel Heredia hizo una entrada por levante, se acordó de las de Utrera con unos cuplés por bulerías y ofreció un anticipo navideño con los Campanilleros de Manuel Torre, todos los artistas se volcaron en unas seguiriyas y martinete para el baile enraizado y elegante de ‘La Pitita’.

La segunda parte, sin esperar demasiado, Jaime tomó la alternativa, demostrando su capacidad solearera y su aguardiente en los fandangos. Remató por tangos, antes de saborear, con el resto del cuadro, las alegrías que bailó Ana Calí, con su imagen añeja, con sus pies limpios, con su pose flamenquísima, con su compás sin parangón.

Un pequeño apunte por bulerías, con todos los artistas, sirvió de fin de fiestas para rematar la actuación.