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La risa

La risa

Dice Thomas Mann que Cam, hijo de Noe y padre del mago Zoroastro, fue el único hombre que se rió al nacer, y añade, cosa que por otra parte sólo pudo ocurrir con la ayuda del diablo.

Repasando De civitate Dei de San Agustín, por recomendación de no sé quién, corrijo que no fue Cam, sino su hijo. El santo dice: Sólo Zoroastro, rey de los Bactrianos, dicen que nació riendo, aunque tampoco aquella risa, por no ser natural, sino monstruosa, le anunció felicidad alguna.

La trama de El nombre de la Rosa, el móvil de los crímenes, parece ser un antiguo tratado sobre la licitud de la risa, que escribiera Aristóteles, supuestamente desaparecido, pero algún ejemplar se encontraba en la biblioteca de la abadía benedictina.

Hace tiempo, no recuerdo la fecha, pero puede ser muy bien hace treinta años, fuimos al Arco de Elvira para ver un espectáculo de luz y sonido de Els Comediants, donde se lió una buena. No recuerdo su título, sí el mensaje. Bajo la Puerta estaba el infierno, colorado, fogoso y divertido. Sobre ella discurrían los cielos, celestiales, recatados, represivos.

Mientras en el erebo había una marcha de percusión tremebunda, en el firmamento se respiraba paz, violines y, por qué no decirlo, aburrimiento. El mensaje estaba claro.

Los beatos entonaban himnos, que se perdían cundo el infierno hablaba; y los derechones, que antes eran de Fuerza Nueva y de Falange, estaban indignados y se hicieron notar con palos y cadenas. Era habitual, en la Granada intransigente de aquellos años, el enfrentamiento entre azules y rojos o azules y rojinegros o azules y verdes.

(También recuerdo cuando se proyectó, en la Facultad de Ciencias, la película Dios te salve, María.)

Nosotros, mi padre y dos o tres hermanos, creo, estábamos a buen refugio, algo alejados, encima de una tapia.

Yo era joven, pero tenía muy claro para qué lado inclinarme. Quizá no supiera muy bien lo que quería, pero era consciente de lo que no quería, de ninguna manera.

Respecto a la obra de Elvira, creo que llegué a pensar como Pirandello, cuando decía que viendo a todos los que van a ir al cielo, era preferible la condena a un infierno climatizado.

* Els Comediants, Dimonis, 1981. (© Cuadernos El Publico, nº 27).

Sin espejo desde la desaparición de Mario Maya

Sin espejo desde la desaparición de Mario Maya

Curso de Flamenco en honor a Morente

Quizás, la jornada más redonda de este Curso Universitario en honor a Morente fuera la que se dedicó a Mario Maya el martes pasado en el teatro Isidoro Máiquez de CajaGRANADA. Una sesión completa y coherente, que comenzó con la ponencia “En la esencia del baile: Mario Maya”, de la experta en danza contemporánea y periodista Marta Carrasco; y terminó con una muestra de baile.

Desde una perspectiva personal y directa, la conferenciante partió desde los últimos días del maestro. Se remontó a septiembre de 2008, en plena Bienal de Sevilla, cuando cubría el evento para el diario ABC de esta ciudad. En el frenético desarrollo del, posiblemente, encuentro flamenco más importante de nuestro país, cuajado de estrenos, en el que Mario, no sólo era un espectador privilegiado, sino que presentaba su montaje postrero “Mujeres”, dejaba notar su ausencia. Las noticias de su paso hospitalario se sucedían y, una gastroenteritis se complicó de tal modo que el 27 de ese mes desaparecía el bailaor y coreógrafo más completo que hemos tenido, seis meses después de su maestra Pilar López, a la que profesaba un gran respeto y admiración.

Tras estos datos, la ponencia fue desgranando recuerdos biográficos destinados a reafirmar la dimensión artística de Maya. Comenzando por la anécdota de las botas con dos agujeros que de niño le compró a un trapero y rellenaba con cartones para poder bailar, fuimos entreviendo algunos de los momentos más significativos de su vida: su nacimiento en Córdoba (1937), su casi inmediato traslado al Sacromonte y sus cuevas, la pintora inglesa que lo retrató y le hizo llegar las doscientas mil pesetas del premio que le dieron por él, su marcha a Madrid con esa donación, su paso por los tablaos de la capital (Villarosa y Zambra), su descubrimiento por Pilar López que le enseñó “la estética de la danza”, su afición a la poesía (Lorca, Hernández), sus primeras compañías, su marcha a Nueva York y su visión contemporánea, su comunión con Juan de Loxa, sus montajes revolucionarios, dignificantes del flamenco y del pueblo gitano, su internacionalización, la creación de la Compañía Andaluza de Danza… Así, hasta terminar con sus proyectos, entre otros, su vuelta a Federico con “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, y reconocer que Mario Maya era un precursor del flamenco y que, tras su desaparición, “la danza española se va quedando sin espejos donde mirarse”.

Para terminar, se proyectó la obra “¡Ay jondo!” de Mario Maya, con textos de Juan de Loxa, estrenada en 1977, una función tan sencilla como eficaz, tan auténtica como rompedora, que fue aplaudida con la sinceridad con que se reconoce a un creador y a un maestro.

El baile varonil, creativo y distendido de Víctor Castro fue un buen colofón a la velada. Estas tres características entre otras definían el baile de Mario. A su lado, el preciso tocaor Jorge ‘El Pisao’ y el cantaor David Sorroche, con su entrega personalísima, dieron un recital de excepción. Hicieron tangos y alegrías, con el bailaor. En solitario se aproximaron al fandango, cantando la malagueña de la Peñaranda, abandolándose con el fandango lucentino y los fandangos que cantaban en Granada Frasquito Yerbagüena y Paco ‘el del Gas’.

Marichu, la primera maestra de Víctor Castro, algo desangelada y falta de norte, aportó también su grano de arena (hizo lo que pudo) con tientos-tangos y caña. Su cuadro también sonó flojo. La única que se salvó, aunque cohibida y todavçia verde, fue la cantaora novel Mamen Ruiz.

Los dos bailaores, en algún momento, pasaron por las manos de Mario Maya.

Nunca tuve prisa

No, nunca tuve prisa.
Quise esperarte
entre los pliegues de mi otoño.
Que si la belleza es efímera,
a mí me gustan
las estrellas fugaces.

Los siete cabritillos

Los siete cabritillos

Mi niño Juan me pide de vez en vez algún cuento que ya conoce para afianzar sus datos, para enriquecer sus imágenes o para tirarme de la lengua y que le comente lo que se escribe entre líneas.

Muchas veces, lo que pretende es que recree los cuentos, que les de otra vuelta de tuerca o que incluya en mi relato circunstancias colaterales, inapreciables a símple vista.

Con el cuento de Los siete cabritillos tiene un seguimiento especial, pues, desde muy pequeño (él, no yo, por supuesto), le estoy contando las aventuras de esta familia de rumiantes desobedientes de dos formas diferentes.

Hace unos días, me pidió que le contara una versión diferente de Los siete cabritillos (yo me lo he buscado).

Así queda:

El lobo feroz se escondía detrás de un árbol, vigilando el camino, por el que pasó inocente un pequeño cabritillo. La fiera le saltó al encuentro, con la boca hecha agua, y gritó, con las zarpas levantadas: "Hoy me comería un cabritillo". El animalito, sin inmutarse, le respondió: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y así, cacareando siguió su camino. Si acaso, advirtió al lobo, detrás suya sí que venía un cabritillo.

No le quedó más remedio que regresar al acecho, tras el árbol. Por el camino, se acercaba entonces el hermano inmediatamente mayor. El lobo se le puso delante y, relamiéndose, le comunicó: "Hoy me comería un cabritillo". El segundo de los cabritillos se quedó pensando y, como el anterior, exclamó: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co... Detrás mía viene un cabritillo hermoso".

Volvió feroz el lobo a su escondite, cuando vio llegar distraído a un cabritillo más grande que el anterior. Le salió al encuentro entonces y, con un rugido tremebundo, le dijo: "Hoy me comería un cabritillo". El cabrito, acariciando sus cuernos, que ya despuntaban, le comunicó al hambriento: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y, cacareando, cacareando, gritó mientras se iba que un cabritillo de gran tamaño le seguía los pasos.

Al resignado lobo se le iban acumulando tanto las ganas como las contrariedades. Con el cuarto, el quinto y el sexto cabritillo se repitió la misma operación. Sus dientes, su estómago y su pensamiento, estaban decididos a comer cabritillo, pero sus ojos le engañaban. Así que se lavó la cara y limpió sus anteojos para que no se le escapara nada.

El séptimo cabritillo era casi adulto, de cuerno grueso y afilado y barbita descuidada. El lobo, antes de que algo sucediera, le dijo a su posible víctima: "No me digas nada. Tú eres una gallina". El animal le aclaró, empezando a correr tras el hambriento: "No. Yo soy un cabritillo y te voy a aplastar".

Mientras iba huyendo del cabritillo feroz, el lobo se lamentaba: "Si lo sé, se me habría antojado una gallina".

Juan se ríe mucho y yo lo apunto para que no se me olvide, como las otras versiones.

Manolo Caracol con alfileres

Manolo Caracol con alfileres

Curso de Flamenco en honor a Morente

El programa “Flamenco y Universidad” se hizo menos popular y más académico. Desde la jornada del martes, el Curso pasó del teatro Isidoro Máiquez al Taller de María Zambrano, también en el centro cultural “Memoria de Andalucía” de CajaGRANADA, con un aforo de poco más de cincuenta plazas, lo que limitó su asistencia exclusivamente a los alumnos.

Bajo el título “Dedicado a Manolo Caracol, en el centenario de su nacimiento”, se impartió una charla que poco tenía que ver con el cantaor sevillano. El profesor Miguel Ángel Berlanga Fernández fue el encargado de glosar someramente la vida de Manuel Ortega Juárez, al que Chacón llamaría “El cantaor del siglo XX”. El ponente reafirma este calificativo, y se remonta al concurso de 1922 en Granada, cuando, junto con ‘El Tenazas’, se alza con el primer premio, con cantes de Silverio. Desde ahí, se da una relación de fechas y acontecimientos (43, creación de la Zambra; 58, grabación de su “Antología; 72, último trabajo discográfico) hasta su muerte en Madrid (1973), para sugerir que estos datos se pueden encontrar fácilmente.

“La musicología del flamenco” fue en realidad la ponencia central de ese día, en lo que Berlanga es especialista. También esta lección fue breve. Acuciado por el tiempo, y por el recital que a continuación ilustraría el tema, el profesor se limitó a dar unas directrices, las líneas de investigación por las que él opera y se destinan sus trabajos. Como buen ponente universitario, las citas bibliográficas no podían faltar. Así, salpicó sus veinte minutos de exposición con estudiosos del folklore y las esencias musicales, como pueden ser Hipólito Rossy, Manuel García Matos, García Gómez, los hermanos Hurtado, Vicente Marrero, Lola Fernández o los músicos Faustino Núñez y Norberto Torres, desde Almería. Estos autores lo acompañan en sus clases y trabajos. Un dato significativo fue al afirmar que entre los cursos que imparte de esta misma materia (“cada vez menos folklore y más flamenco, por la demanda”) más del cincuenta por ciento del alumnado son extranjeros.

Para terminar (o como punto de partida) propuso tomar los palos flamencos desde su creación y emparentarlos con los de igual compás, las estructuras flamencas de los cantes e ilustrándolo con grabaciones sonoras. Comenzando por los fandangos y su familia (granaínas, malagueñas, cantes de levante), pasamos a los tanguillos (tangos, tientos, habaneras) o a las zambras granadinas, como el mejor ejemplo de continuidad histórica y folklórica, quizá igualado con el barrio de Santiago en Jerez.

El profesor terminó apostando por la renovación del flamenco y su mestizaje con el jazz o con el rock que lo enriquece y le abre fronteras.

Como remate de la noche, tuvo lugar un recital los cantaores más veteranos de Granada: el Niño de las Almendras y Elisa la del Horno, natural de Aldeira, que se impuso como otro homenaje. De forma que, un curso en honor de Morente, que se dedica a Caracol, se homenajean a dos flamencos. Como guitarrista, Carlos Zárate, hizo verdaderos malabarismos para adaptarse a las formas de estos cantaores. Elisa andaba perdida, desafinaba y no encontraba el tono. Destacó sin embargo en la granaína y media. El niño de las Almendras está más en forma. Domina las seguiriyas y la soleá. Hace agradable su entrega, aunque entra y sale cuando quiere.

* Ignoro de quien es la ilustración.

Más vale pájaro en mano

Más vale pájaro en mano

Cuando, en torno a la mesa, alguien aludió a la belleza intemporal de Judith Mascó, todos los presentes estuvimos de acuerdo con el aserto, si bien, las preferencias entre las top models y las estrellas del celuloide fueron variando. Había quien dejaría todo por Eva Herzigova, quien mataría por Claudia Schiffer, quien se inclinaba por el exotismo de Naomi Campbell, quien no tenía ojos más que para Angelina Jolie, quien, ya puestos, se quedaba con la belleza hispana de Penélope Cruz y quien, para eso, corría al país vecino para gozar con Laetitia Casta o con los encantos aristocráticos de Carla Bruni. Yo, en silencio hasta ahora, dije que, ante todas ellas, prefería la hermosura de la Alberta, de cuerpo presente. La Alberta era una chica de carnes prietas, coleta neutra y deliciosamente estrábica, que, desde algún tiempo salía con nuestro grupo. Me miró entonces, apenas sonrojada, y ahogó una exclamación, antes de que el novio, también callado desde un principio, la cogiera de la mano, vindicando su posesión, ahora más cara, desde mi declarado interés. Yo sólo pensaba, pensé, cuando Degas expresó la idea de que “Las reinas están hechas de distancia y cosmética”. Pero, ante las miradas varias de mis amigos, no dije nada. Cogí la cerveza y pegué un largo trago, antes de abandonarme al partido de la Eurocopa que ya empezaba en un televisor elevado.

Las entretelas de Ferrer Lerín

Las entretelas de Ferrer Lerín

Hace tiempo, mucho tiempo, casi recién salido, leí este libro, que su autor me envió gentilmente desde su tierra aragonesa.

Casi inmediatamente lo anoté e hice una pequeña reseña con intención de publicarla en alguna plataforma al uso.

La oportunidad, en contra, me fue adversa y, como tantos escritos, quedaron amontonados en mi archivo virtual.

El libro, llamado Papur, de Ferrer Lerín, queda solapado por una nueva obra poética de este mismo autor, Fámulo.

Antes de que caduque totalmente, quiero participar mis impresiones en esta página.

Sumergirse en las páginas de Papur es como abrir un cajoncito en la memoria de su autor. Es como levantar la tapa de esa caja que tienen los coleccionistas indefinidos particionada en pequeños habitáculos que con mimo conservan algunos de sus hallazgos y recuerdos más queridos. De esta manera, Ferrer Lerín nos muestra destacados de sus lecturas, apuntes sobre sus vivencias u otros aconteceres apócrifos en primera persona, en los que él bien podría ser el protagonista, cuestiones filológicas, pequeños cuentos documentales y retazos de ese apasionante mundo de ornitología, que bien conoce. Son breves entradas donde se dan cita el conocimiento, la erudición, la poesía, la investigación… Viene dividido en cuatro apartados, donde se imbrican estos pensamientos compartidos: Bibliofilias, Facsímiles, Series y Varios. Adjunto la primera entrada que tiene mucho de imaginativo biográfico, llamado Bibliofilia 1:
«Ambos fallecieron el día de San Ignacio y a la misma hora de la madrugada. Mi abuela paterna en la casa familiar de Ix en 1959 y mi padre Francisco, veintisiete años después, en su vivienda-consultorio de la ciudad de Barcelona. Como primogénito me cupo el honor de entrar primero, una semana después de su muerte, en la secreta biblioteca contigua a su despacho. Los libros del armario central, todos encuadernados por Brugalla, se disponían por tamaños.
»Extraje uno, el que quedaba exactamente a la altura de mi brazo, un ejemplar en octavo -el tomo V de las Obras Escogidas de Metastasio, impreso en Aviñón en 1808- y, al abrirlo, cayó planeando hasta el suelo una hojita de papel casi transparente escrita a mano con una elegante letra en tinta ahora rosada y que decía así: "Se que en el mes de agosto del año de 1986 alguien leerá por fin esta breve nota y que en esos días una dolorosa pérdida anegará su alma.»

Si dividimos el libro en tres, la tercera parte, hacia el final del libro, pertenece a otra pequeña obra llamada Die rabe y dos breves guiones. La tintada de las páginas varía, incidiendo un poco más en la elegancia formal de un libro bellamente editado. De un papel ligeramente ahuesado, éste se argentina, para internarse en el mundo cinematográfico con tres tipos de guión. El primero de estos filmes, Die rabe, nos sumerge completamente en un mundo onírico donde se dan cita tres constantes obsesivas que se han venido desarrollando a manera de apunte en Papur, o sea, en la obra principal. Estas son: la imagen del padre (que a veces se confunde con la del hijo y su obra) que actúa como alter ego del mismo Ferrer Lerín. El segundo lugar lo ocupa, con toda legitimidad, las aportaciones ornitológicas y faunísticas en general, con abundante presencia de animales y sobre todo de aves, que se acompañan con su nombre científico (golondrinas –hirundo rustica-, sapos corredores –bufo calamita-, jilguero –carduelis carduelis-, alondra –alauda arvensis-…). No en vano, el autor, como ya he apuntado, es un afamado ornitólogo. Por último, una idea macabra, como un sueño obsesivo, se verifica en varios momentos de este texto, hasta que al final se impone como la razón de ser de la historia. El posible recurso, accidental o provocado, de alimentar a los córvidos y otros carroñeros con carne humana, aunque sea la propia.

El segundo de estos textos es el esbozo de un guión para una película de serie b, incompleto e interrumpido por el propio autor advirtiendo el tópico de su planteamiento y posible desarrollo. Ferrer Lerín, de todas formas, habrá visto algo en él, que nosotros descubriremos, para incluirlo en este compendio y no mandarlo directamente a la papelera.

Por último, en Se describe una extraña historia, rescata un relato publicado en La hora oval (1971) y en Ciudad prohibida. Poesía autorizada (2006) y lo hace guión, donde, remedando a Thomas de Quincey, considera el asesinato como una de las bellas artes.

* Ferrer Lerín, Francisco: Papur. Zaragoza: Eclipsados, 2008.

Las intimidades de Eva

Las intimidades de Eva

Lluvia. Ballet Flamenco Eva Yerbabuena 

Lluvia es un trabajo íntimo, a veces desgarrado. Eva lo cuenta así: “Quiero sumergirme en un profundo y silencioso viaje, donde el miedo no impida que cierre los ojos, huela los recuerdos hasta calarme la vida y amasar el placer que, ausente de emoción, puedo degustar en este presente que vivo”. Es una obra gris, como el bajo estado de ánimo, pero lleno de luz, de explosiones de color, que dan lugar a la esperanza. Es una obra lenta, sin prisas, que se masca desde el principio y se saborea hasta el final. El mundo se detiene en una pose, en una falseta, en cada minuto de espectáculo.

Eva pone de manifiesto la soledad y el amor, y el desamor, que no es más que su extensión. Se sumerge en un mundo de ciegos y de sordos para experimentar sus sentimientos, para gozar con la grandiosidad de los demás sentidos. Así, con el tacto, con el oído atento o con la vista aguda, se va desmenuzando una función que tiene mucho de recuerdo y de ausencia, que no es nada más que la melancolía. “Porque a veces he tenido que callar y no lo he hecho. Porque a veces no me hubiera importado ser no oyente y poder comprobar aquello en lo que nunca he creído. Porque a veces existe una invitación que me arrastra con fuerza hacia esa puerta donde la imaginación habita”.

Veinte personas se alinean en el escenario, en filas imperfectas, inmóviles, con el latido monótono y sentido de la guitarra. Es un trémolo llamado El sin fin de la vida. Extraordinaria la música de Paco Jarana. Eva atraviesa descalza el patio de butacas y danza en la escena. De parternaire el suelo, el aire, el silencio. Por turnos, el cuerpo de baile, se va desperezando. Sus movimientos son pausados, esquemáticos, asimétricos. La huella contemporánea se adivina en esta coreografía. Una puerta ancha, el número 2 de una calle cualquiera, como único decorado de la función, se erige en el centro del escenario, algo desplazada a la izquierda. La rodea un muro ajado, que descubre sus ladrillos. Un lienzo traslúcido que esconde a los músicos como si fueran algo más del sueño. La puerta puede que esconda el flamenco más personal. Eva atraviesa el umbral y se sienta en los escalones, en las gradas que acercan la calle a la casa. Toda la fuerza, la intención de esta obra, se dibuja en esta escena, en la fotografía de la bailaora en el peldaño, triste, descalza, con las manos enmarcando su cara. Es la víctima del desamor, de la soledad y de esa introspección melancolía que los portugueses llaman Saudade. Es un momento de transición que en la obra se llama precisamente Peldaño.

La percusión crece. Las guitarras también estallan apuntando un ligero compás de seguiriyas, con una constante nota de fondo. Eva quiere bailar. Taconea en solitario, con movimientos laterales. Atraviesa el escenario, pero su imagen, nos la oculta otro bailaor, Alejandro Rodríguez, que se interpone delante, simbolizando la impotencia, “porque a veces he tenido que callar”.

Barro es una taranta que interpreta un impresionante Enrique el Extremeño y se baila con movimientos quebrados. Jeromo entona Soledades, una milonga que verá a Eva esconderse bajo la mesa y arrastrarse para no perder su refugio. Una de las sorpresas de la noche la encontramos con la mesa entre Eva y Alejandro, que bailan, pero no se pueden ver. Sus manos se tocan atravesando el tablero. Se abrazan, se evaden, juegan con la mesa como si fuera un bailarín más, inerte, impasible.

El baile se intensifica y se quiebra. Las dos bailaoras de la compañía, Mercedes de Córdoba e Irene Lozano nos hablan con signos. Un lenguaje de sordos que se repetirá más tarde. El escenario nunca está vacío. Es una de las constantes de Eva, un horror vacui, una constante imbricación de sonido, movimiento, imagen, que no deja resquicio ni para el aplauso.

A continuación se baila el silencio. Sin música y sin voz. Otro signo de impotencia. Son las Palabras rotas, frecuencias que se rompen definitivamente con la voz en off de Alejandro Peña e Isabel Lozano recitando El silencio hace daño cuando es puro, un poema de Horacio García escrito expresamente para este espectáculo. Vuelve el lenguaje de signos. Eva, en sus coreografías, huye de la simetría y busca el equilibrio, sin olvidar los movimientos paralelos de una buena composición.

En este momento la obra se dulcifica, el color se desborda. Eva aparece con otro estado de ánimo. De un baúl, del que saldrá un bailaor, Fernando Jiménez, extrae un vestido que se pone detrás de un biombo. El resto del cuerpo hace lo propio y comienzan los tanguillos La Querendona, dedicados a sus abuelos, Concha Ríos y José Garrido. La alegría se apodera de las tablas. El baile es también jocoso. En su solo, Eva ronea como en Carnaval. Los tanguillos terminan con aires de chirigota. Bien por la percusión de Manuel José Muñoz ‘El Pájaro’. Y, sin romper el ritmo, sin apenas respirar, las alegrías Lluvia de sal, que cantan todos los cantaores por turnos, y acaban a capela, terminan de construir la esperanza.

Como fin, o como principio, de esta historia interminable, la pena vuelve a reinar. Enrique el Extremeño aborda Llanto, una soleá que baila La Yerbabuena en solitario con vestido de cola negro, roto a los postres con un intenso mantón rojo de maravilloso movimiento. Por qué te vistes de negro, comienza Enrique su soleá, preguntando al tiempo que afirma. Es el momento definitivo. Estremece la pasional entrega de Enrique y la rotundidez extrema de Eva bailando por soleares, enrollada en la pena, protegida con grana. Pero la esperanza vuelve a asomar sus níveos dedos por una rendija entreabierta. Los sueños verdes vuelven en forma de bulerías, que son cuplés, un guiño al Compromiso de Antonio Machín (Pepe de Pura) o al Se nos rompió el amor de Rocío Jurado (José Valencia).

Se cierra el espectáculo, como empezó, con inmóviles figurantes en el escenario, mientras Eva hace mutis por el patio entre aplausos.

* Foto: © Patri Díez (Granada Hoy).

Dinero

Dinero

¿Has visto las tortugas, de esas que venden para cuidar en casa, que crecen conforme aumenta el recipiente que las mantiene?

Las tortugas son seres inadaptados. El tortugario siempre les viene pequeño.

Igualmente, le doy vueltas, el capital nunca llega. El hombre se adapta al dinero que posee para llegar a la conclusión de que siempre es poco. Las necesidades del ser humano siempre superan a las posibilidades de conseguirlas.

Desde luego es más fácil adaptarse a nuevos ingresos que a la disminución de recursos. Quien ha tenido, su carencia puede ser mortal (suicidante). Quien no ha tenido, el éxito se le puede subir a la cabeza (derrochante).

Dinero y felicidad. ¿Dicotomía? ¿Antagonismo? ¿Compenetración?

Aristóteles, filosofó de mal carácter pero con ideas económicas, declara que no puede confundirse la moneda con la riqueza, porque, si bien el dinero es riqueza, no toda la riqueza es dinero.

El dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho.

Quien tiene dinero -digo dinero- lo puede relegar a un segundo plano. Su búsqueda y oportunidad ya no es económica. Piensa en poder, en honor, en amores, en reconocimiento social, en prestigio.

La salud es importante. Quizá lo más importante. ("La salud y la libertad", que dirían los flamencos.) Pero el dinero ayuda mucho. La sanidad pública está bien. La gratuidad de la S.S. (Seguridad Social y no el corpúsculo tudesco del miedo). Pero, cuando hay dinero, "qué descansada vida".

Ahora, con la crisis, el dinero es un fetiche que brilla por su ausencia.

Cuando la miseria entra por la puerta, el amor, la salud, la libertad y la vida, saltan por la ventana.

El dinero sustituyó al trueque. Y, ahora, el único trueque posible es la bolsa o la vida, el dinero o la dignidad, el amor o la miseria.

Repito las palabras de Mario Moreno: "Yo no estoy en contra de que haya ricos, yo estoy en contra de que haya pobres".

Ayer, hoy y siempre, poderoso caballero...

En la peña empieza todo

En la peña empieza todo

Curso de Flamenco en honor a Morente

Como se trata de un curso, la finalidad de la mesa redonda sobre “Las peñas como dinamizadoras del flamenco”, estriba sobre todo en informar y en crear inquietudes. La segunda jornada expositiva del flamenco, organizada por la Universidad de Granada, dentro del programa “Flamenco y Universidad” y CajaGRANADA, en el teatro Isidoro Máiquez del centro cultural “Memoria de Andalucía”, quiso descender a los estamentos básicos del aprendizaje, desarrollo y difusión de este arte, como son las peñas flamencas. El formato elegido para participar estas cuestiones fue un breve coloquio, moderado por Carlos Orte, coordinador de actividades del “Grupo de Estudios Flamencos de la Universidad”, en el que participaron Isidoro Pérez, Presidente de la Federación de Peñas, quien se encargó de introducir el tema; Rafael Valenzuela, Secretario de la Federación y Tesorero de La Parra Flamenca; Sergio Cuesta, coordinador de actividades de la Federación; Miguel Clavero Vicepresidente de la Federación y Presidente de la Platería; y un servidor en nombre de la prensa.

Sólo unas pinceladas y un pequeño debate, por parte de los ponentes, y algunas cuestiones expresadas por los oyentes, pusieron de manifiesto la necesidad y la labor permanente de estas asociaciones. En la provincia de Granada hay unas diecisiete peñas federadas y alguna más en trámite, que, con su carácter privado, trabajan para acercar, semana tras semana, el mejor flamenco posible a sus socios y allegados. Sus puertas no están cerradas, aunque quien paga, tiene preferencia. La Platería en concreto, decana de todas las peñas, programa un flamenco joven y abierto todos los jueves, de enero a julio, con un total de 25 actuaciones. Como piedra angular de las ofertas y contrataciones, está la financiación de las peñas. La cual se solventa con la cuota de sus asociados y con alguna subvención esporádica y puntual, tanto pública como privada (en las peñas provinciales es más dable el apoyo de los ayuntamientos). Chocamos aquí con el caché del artista (porque el flamenco es un arte con mayúsculas). Una peña no puede invertir todo su presupuesto en traer a uno o dos flamencos de renombre. Para esto, lo ideal sería la colaboración. El prestigio, la intimidad y cercanía de actuar en una peña cómplice podría estar por encima de algunos otros valores.

La peña salvaguarda la raíz del flamenco. Se instituye en el instrumento más crítico y autocrítico con la ortodoxia y las vanguardias. Aunque el tiempo es el que da realmente la razón, la peña vela por las formas, vela por la tradición, vive el presente y contempla el futuro. La peña viene a ser como el consejo. De ancianos, en este caso, porque la media de edad de los peñistas ronda los cincuenta años. Así deviene el segundo gran problema. ¿Por qué los jóvenes no se acercan a las peñas si el flamenco les interesa? Está probado que en festivales y teatros donde el flamenco es protagonista, la juventud ocupa un tanto por ciento importante en las gradas. ¿Puede ser que sea árida la entrada en la peña?, ¿exigente?, ¿cerrada? Por el futuro, hay que rejuvenecer las peñas y sus juntas directivas. Quizá una incorporación de nuevas tecnologías contribuya a ello.

Lo verdaderamente importante es “hacer peña”. Una peña flamenca no es el edificio ni el escenario, ni siquiera quién actúe, sino sus asociados y su espíritu, la afición y la búsqueda. Cuatro, cinco, trescientos se reúnen para hablar de cante, de estilos, de formas y de fraseo. Y entre medias se canta a media voz y alguien saca una guitarra y surgen fandangos y soleares. Cantan los viejos y cantan los jóvenes, creando peña, creando esa cantera tan necesaria para retroalimentarse, para lograr que el flamenco siga siendo nuestra seña de identidad, para lograr que el flamenco sea patrimonio del mundo. La Universidad, conciente de todo esto, decide llevar el flamenco a sus aulas, a miles de estudiantes que, algunos de ellos, seguramente harán peña.

Para terminar el acto, la juventud y la madurez se dieron cita en escena. Un recital de flamenco cerró la velada. Desde arriba, el cante de Paco Moyano, arañó la sensibilidad y la conciencia. Desde abajo, Tomás García, de sólo 12 años, cantó la esperanza. A la guitarra Isidoro Pérez.

* De derecha a izquierda: Miguel Clavero, Rafael Valenzuela, Carlos Orte, Jorge Fernández Bustos (o sea, yo) y Sergio Cuesta en un momento del debate.

Nunca dejamos que se nos notase

Nunca dejamos que se nos notase.
Nuestros caminos iban paralelos,
las sombras se alejaban, sin embargo.
Paso firme sin siquiera mirarnos,
unidos en el fondo y en la forma,
con las manos metidas en el saco.
Renegamos tres veces uno de otro;
olvidamos a fuerza de no ser.

La Chumbera expone sus cartas

La Chumbera expone sus cartas

Patrimonio Flamenco

El sábado 24 dio comienzo la temporada de otoño en el Centro Internacional de Estudios Gitanos La Chumbera. A partir de entonces, todos los sábados, a las nueve, tendremos una cita con el flamenco local más joven y asequible. Su precio, de siete euros, junto con su ubicación, convierten a este local en el apropiado para acercarse a este arte en nuestra tierra. El baile, como siempre, imperará en este escenario. Siendo la aportación más plástica y colorida de las ramas del flamenco, es lo ideal para nutrir las expectativas de un público medio, compuesto, casi en su totalidad, de visitantes extranjeros y de estudiantes. Algunos nombres, los menos, son desconocidos. La mayoría, habituales de esta sala. Otros, no hay que perderse. De esta manera, destacan las bailaoras Ana Calí, el 5 de diciembre; Vero ‘la India’, el 14 de noviembre, o Eva Esquivel, el próximo sábado, 31 del corriente. Quizá, en este primer cartel, echemos en falta la presencia varonil. La propuesta acaba el 12 de diciembre con una “pandereta flamenca”, que es una forma gitana y flamenca de celebrar la Navidad. El grupo “Flamenco Alhucema” propondrán bailes y villancicos con sabor a mazapán.

En este primer día, Ángela Mendoza no cubrió las expectativas. Aunque su entrega fue completa, su baile carecía de propuestas. Un buen intento, al comienzo, quedó en un quiero y no puedo. El “Tango de las madres locas” de Carlos Cano, que lo recuperara para el flamenco Marina Heredia, bien interpretado por la voz dulce de Alberto Funes, no llegó a romper. La ausencia de pies y dinamismo empobreció la pieza. Los músicos, en solitario, hicieron tangos, esperando que la bailaora de Maracena entrara por levante. Sus pies no llegan, pero sus manos tampoco son exactas. Remata por tangos estos cantes mineros que despuntan unas gotas de frescura.

Otro intermedio, donde los músicos interpretan una canción por bulerías (Alberto Funes), por un lado, y unas malagueñas con excelentes fandangos de Granada (Gilberto la Luz), por otro, dan paso a la última y entrega de Ángela por soleá, lo mejor de su función. Marcando con precisión y sacando punta a las tablas, esta soleá, con sus bulerías, marca lo que debía haber sido el punto de partida.

* En la foto, Alberto Funes con Susana Guerrero, los dos representantes granadinos en "Enamorados Anónimos", un homenaje a la copla que se representó en Madrid durante todo un año.

A buen paso

A buen paso

Inauguración temporada de ‘Solera y Caña’ de Maracena

La peña ‘Solera y Caña’ de Maracena comienza a buen paso su andadura con Rubito de Pará y Antonio el de Patrocinio, la segunda generación de flamencos con el mismo nombre. Con un lleno hasta los topes y un ambiente tan respetuoso como comprometido, dio lugar a un recital de total entrega que fue ganando en energía y eficacia conforme pasaba la noche.

El torrente de voz, dubitativo y desafinado en un principio, se fue imponiendo con poderosa nitidez en los postres. Si bien, al principio cabe destacar el polo, pocas veces usado, y sobre todo la riqueza por tangos, desde las alegrías comienza una carrera ascendente, aunque sin llegar a convencer, hasta los fandangos, con que remató la velada, pasando por seguiriyas y bulerías, ricas en cuplé y guiños a nuestra copla y bolero.

Antonio el de Patrocinio a su lado, enriquecía cada propuesta con su guitarra limpia y creativa. No en vano, fue el ganador en 2008 del Concurso Nacional de Arte Flamenco Córdoba, dejando fuera a competidores de la talla de Manolo Franco o Niño de Pura, por ejemplo.

* Antonio de Patrocinio.

La verticalidad de Adrián Sánchez

La verticalidad de Adrián Sánchez

Un paseo flamenco

La falta de promoción o la multiplicación de eventos, impiden que se llenen los teatros. Llevamos varias jornadas en las que se acumulan al menos tres o cuatro ofertas de flamenco. Aunque podamos estar agradecidos por el público, numeroso y dispar, la afición no puede desdoblarse. Así, el viernes pasado, nos pudimos ver, en el teatro José Tamayo de La Chana, poco más de un centenar de personas viendo un espectáculo tan rico como novedoso.

Adrián Sánchez, bailaor granadino afincado en Madrid, quiso mostrar un íntimo “paseo flamenco” en la ciudad donde dos veces por semana acude a impartir clases en su academia. Al tocar multitud de palos, alguna de sus propuestas quedó escasa. Lo peor fue el sonido. En un espectáculo de baile, lo que hay que potenciar es el suelo, aparte del arropamiento musical. Ni lo uno ni lo otro. Adrián parecía bailar con zapatillas de andar por casa y los músicos sufrieron desagradables acoples, silencios inoportunos y desentendimiento general. Con todo y con eso, un cuadro avezado, está por encima de los contratiempos, y, el aparato musical, diseñado por el guitarrista Rubén Campos, se regenera por peso específico. A su lado, César Cubero, como segunda guitarra, ofrece una dimensión flamenca agradecida. Aplaudamos también las voces de Sergio ‘El Colorao’ e Irene Molina, con bastantes protagonismos. Eloy Heredia, con la travesera, y Miguel ‘El Cheyene’, en la caja, completan una escena redonda.

Desde la rondeña (un solo de guitarra de Rubén) podemos comprobar en Adrián un bailaor completo de pies, brazos, cuerpo y expresión. En el que destacan su verticalidad y equilibrio, su técnica y compás. Logrando, con estas cualidades, una discreta elegancia y un buen hacer tan descansado como el paseo que nos propone. La rondeña pronto se convierte en tientos, en la voz gitana de Irene, donde el bailaor expone su fuerza. Las bulerías son un paso a dos con su artista invitada, Cristina Gracia. Es una danza cerrada, breve y de salón. Muy llevadera. En el primer “paseo flamenco”, Adrián se muestra como pez en el agua, tocando todas las piezas y, como en un menú de degustación, ofrece lo mejor de cada plato. Así se hilvanan, de forma natural, granaínas, abandolaos y farrucas, una caña acelerada y un remate por peteneras. En estos cambios rápidos, sobre todo, es donde percibimos la falta de atención de los técnicos.

Unos tangos sin baile alguno sirven de ecuador a un programa sin descanso. “Aire” es una pieza, compuesta de romera y fandangos de Graná, que aborda Cristina con bata de cola y Manila. Su falta de sal y la pesadez en sus movimientos, unido a una cierta cojera en su pie izquierdo, restan varios enteros al resultado final. Un final que enmienda la plana con su segundo “paseo flamenco”. Adrián, vestido de blanco, con desparpajo y soltura, a veces improvisada, vuelve a entretejer tarantos y soleares, tangos y alegrías, para rematar, generoso y cautivo, por fiesta.

Lo que te hace cantar es la vida

Lo que te hace cantar es la vida

Curso de Flamenco en honor a Morente

Con presencia del cantaor homenajeado, ayer comenzó un curso de flamenco en el teatro Isidoro Máiquez de CajaGRANADA organizado por el mismo centro cultural “Memoria de Andalucía” y la Universidad de Granada, dentro del programa “Flamenco y Universidad”. Como no podía ser menos, la primera jornada del ciclo estaba destinada a Enrique Morente. Bajo el epígrafe “Flamenco de ayer y hoy: siempre flamenco”, el catedrático y director de dicho programa, Rafael Infante Macías, glosó la figura y trayectoria del granadino en forma de entrevista con insertos de grabaciones sonoras y de vídeo.

Para introducir su conferencia y meternos en ambiente, pudimos oír “Plaza de los Herradores” unos cantes de Frasquito Yerbagüena, pertenecientes a su primer trabajo discográfico, “Cante flamenco”. La primera pregunta se remontó hacia la infancia del cantaor. Nacido en el Albaicín, en 1942, sus primeros contactos con el flamenco fueron en las “tiendecillas y tabernillas” donde alguien echaba un cantecito, y la música radiada que salía por las ventanas. Enrique, pronto fue a Madrid. Al no tener padrinos ni ser de familia flamenca tuvo grandes dificultades profesionales. Pero dio con un grupo de aficionados “capitaneados” por Pepe el de la Matrona, que significó una influencia decisiva, no sólo en el cante, sino también en la poesía. Este grupo se reunía y actuaba en el tablao Zambra. Allí coincidió con Pericón de Cádiz, Rafael Romero, Juanito Varea, Perico el del Lunar, las hermanas de Utrera… De casi todos ellos destaca su grandeza artística, pero también su dimensión intelectual. De aquella época, vemos un vídeo donde le canta por peteneras a la bailaora Rosa Durán.

Reconoce, seguidamente, Enrique al venerable Chacón, clasificándolo como un clásico, comparable a Bach en la música clásica. Además era un creador de cante jondo. Tras escuchar su malagueña grande, damos un salto y nos situamos en el colegio mayor San Juan Evangelista y su influencia en el flamenco y la cultura de la época. Actuó por primera vez en el curso 68-69, junto a Gloria Fuertes, y en 1973 hizo que lo detuvieran y multaran al colegio por su cante comprometido. Dispuesto a remover las conciencias, grabó un disco homenaje a Miguel Hernández, cuando éste estaba perseguido. Así, inconscientemente, asegura, se convirtió en un verdadero ídolo para la juventud.

Un vídeo por tientos, grabado en 1972, con Manolo Sanlúcar, da pie a mostrar algunas citas. El mismo guitarrista gaditano elogia la naturalidad de Morente (“habla como canta y canta como habla”); Mairena destaca su honestidad; Juan de la Plata, su creatividad; y Agustín Gómez añade que es un lenguaje nuevo. Enrique dice al respecto que lo más importante es la intención y la profundidad, que el flamenco tiene un solo camino. No sólo innova en la música, sino que también innova en las letras: canta a los poetas, Hernández, Machado, Fray Luis de León, Al-Mutamid, Bergamín…, lo que lleva Rafael infante a dividir su creación discográfica en tres grandes periodos. El primero, que comprende sus seis primeros discos, sería la etapa ortodoxa. El segundo, desde “Despegando” hasta “Misa flamenca”, pertenecería también a la etapa ortodoxa, aunque bastante arriesgada. Por último, de su etapa innovadora destacarían “Negra, si tu supieras”, “Alegro, soleá y fantasía”, con la Orquesta Sinfónica de Europa, y, sobre todo, “Omega”, con Lagartija Nick. Oímos de este último trabajo las bulerías “El pastor bobo”.

Termina la charla aludiendo a “El pequeño reloj”, una obra basada en el tiempo, con mayúsculas, que rompe el concepto de disco flamenco y se aproxima al de libro de poesía. Así, nos encontramos con “un cantaor de ayer, de hoy y de mañana. Es decir, un cantaor de siempre”.

Para cerrar el acto, Segundo Falcón, cantaor morentiano, y el tocaor Miguel Ochando, ofrecieron un pequeño recital en honor del maestro.


NOTA: Al ser un artículo informativo, de un día para otro en el diario Granada Hoy, no admite ningún tipo de valoración. He intentado rescatar el espíritu de la noche, que, en general, era pasar un rato con Enrique Morente, oír anhelos desde sus mismos labios y reconocer en gran medida la labor que hace por el arte en general y por el flamenco en particular.

Hay impresiones, en cambio, que no quiero dejar pasar en esta página. En primer lugar no entiendo la poca difusión que se le dio a un evento de primera magnitud, que, aunque correspondiente a un curso (con su alumnado y profesores), la entrada era abierta y gratuita, hasta completar aforo. El teatro, siendo benévolos, rellenó su tercera parte.

En segundo lugar, que no en segundo orden, el enfoque de la entrevista me pareció trasnochado y falto de interés. Un recorrido por la vida del artista es tópico y redundante. Aunque aciertos y revelaciones, los menos, sí que los hubo y, supongo, se desprenden del texto precedente.

Tercero. Tanto el entrevistado como el entrevistador me parecieron obtusos, faltos de dinámica y comunicación. Más por deficiencias de este último, que es en realidad quien debe llevar las riendas, que por incapacidad del primero, que todos sabemos como es Morente de corto, aunque también de profundo cuando se le lleva por los caminos apropiados.

Parecían dos caracoles esperando a que escampara.

Y cuarto (por poner un límite), Segundo Falcón me pareció igual de espeso en todas sus entregas, con algún pellizco que otro. El mejor de la noche fue el guitarrista Miguel Ochando, que, no sólo estuvo en su sitio, sino que amortiguó en más de una ocasión los tropiezos y cabezadas del cantaor.

* Un momento con ojos en la entrevista (© Miguel Rodríguez, Granada Hoy).

Nuevo haiku

Me dan la vida,
cuando tropiezo y caigo,
tus cinco otoños.

El depósito

El depósito

A pesar de haber estudiado Biblioteconomía, a pesar de ser un lector permanente, a pesar de dedicarme al mundo de las letras, nunca he sido socio de una biblioteca (sin contar la universitaria).

Los libros suelo adquirirlos. Cuando puedo más y cuando no menos. Como poco, aumento mis existencias (en toda la extensión de la palabra) en un volumen mensual.

Así, unos dos mil libros -tal vez más- se empolvan en mis estantes, de los cuales, habré leído o releído la mitad -tal vez más. Con lo cual, aún me quedan varios cientos de libros para escoger.

Ayer mismo, esperando a que mi hijo saliera de judo (dos veces por semana tengo que recogerlo a las cinco de inglés y brujulear durante una hora hasta que se quita el kimono).

Como estamos pegando al río y la biblioteca del Salón queda tan cerca, he decidido invertir mi tiempo entre libros, sentado bajo techo.

Ayer, como digo, me dieron el carné ("que vale para todas las bibliotecas de Andalucía", se apresuró a decir orgullosa la chica). Y, cuando yo le pregunté (muy profesional) si podía retirar algún ejemplar a modo de préstamo, se dispuso a atender mi súplica de memoria.

Entonces, solicité un título que me rondaba por la cabeza. Le dije: "Un hombre que se parecía a Orestes" de Álvaro Cunqueiro. Confundida en su ego de bibliotecaria, se puso delante del ordenador para que le repitiera el nombre y casi le deletreara el autor.

"Sí, aquí está (qué me creía). Tengo que bajar al depósito", me dijo.

En España se escribe mucho y se edita mucho más que se lee. Siempre hay superávits o restos de serie o series casi enteras, que van a parar a los mercados de ocasión, a los depósitos o a la hoguera (La hoguera, la hoguera).

Cuando aparece con el libro, me lo da para que se  lo pase a la auxiliar y que tome nota. Con extrañeza, la ayudante rellena la ficha (Estantería 7. Tabla 10. Número 23), le pone un sello con la fecha detrás y advierto que el dígito anterior corresponde al 15 de febrero de 1977 (es una edición de 1969). No me lo puedo creer, en treinta años nadie se había interesado por ese libro.

Ahora me lo leo con doble interés.

Filologías

Filologías

Ya sé cómo ladra un perro enfermo en icolodógico, el idioma de mi niño. Si mi grafía es la correcta, cosa que dudo, un perro enfermo en icolodógico ladraría algo así: ¡zapf, zapf, zapf!

La cosa fue de esta manera. Volvíamos Juan y yo del colegio hablando de mil cosas, con las que aprendo continuamente, cuando me recuerda su idioma (ya hace bastante meses que se inventa palabras y expresiones bajo el nominativo icolodógico). Suelta alguna palabra esporádica o se pone a contar: uno, dos y tres (que no recuerdo cómo pronuncia).

En esto, pasamos por casas que apresan, entre rejas, a canes envalentonados de diferente aspecto, tamaño y color. Él le pregunta su nombre en inglés (Which is your name?), (las actividades extraescolares están dando sus frutos), (ya mismo les hace una llave de judo, que también aprende, de cinco a seis).

Le digo que los perros no entienden idiomas. Acto seguido, para cambiar o seguir con el mismo tema, le pregunto cómo ladra un perro en icolodógico.

Zapf, me dice sin pensar, como si lo tuviera estudiado o fuera una traslación simultánea.

¿Zapf?, interrogo extrañado.

Pero me saca de dudas diciendo que así ladra un ’perro enfermo en icolodógico’. Ignoro cómo ladrán los sanos. (Tampoco se lo pregunté, para evitar el ruido informativo.)

Juan empezó con el icolodógico sin saber leer ni escribir. De aquí a Navidad sabrá leer perfectamente y escribir medio en condiciones (me seguirá sorprendiendo, nos seguirá sorprendiendo). Para entonces, puede que su idioma sufra un retroceso o un principio de olvido, por imposición de la lengua natal.

No importa. Los días son así. Nada se pierde, todo se trasforma, se sustituye o evoluciona.

Empero, adelantándome a un futuro, que llega con botas de siete leguas, grabo algunas de sus cosas. Además, quiero hacerle una entrevista sobre su idioma. Que me hable, que me diga, que improvise.

De momento, apunto algunas palabras en un archivo específico para tener alguna referencia dentro de los años. Por ejemplo, Muzi galagari significa ’muchas gracias’; saraca baratatá, ’libros bonitos’; o subiraca, ’cataratas del oeste’.

¡Casi nada! Es bonito y sonoro, aunque mañana, esas mismas frases, se digan de otra forma.

Como en su casa

Como en su casa

Inauguración temporada de La Platería

La Platería quiso comenzar sus actividades para el curso 2009-2010 de una forma muy especial: llamando a alguien que se considera hija de la peña. No es para menos. Marina Heredia ha vivido siempre en el Albaicín, La Platería ha sido su segunda casa. Aquí empezó; aquí se formó; y aquí vio a los grandes, empezando por su padre, el cantaor de bronce. La peña ha querido que la presencia de Marina no sólo suponga la apertura de puertas a un año de entrega a su labor de salvaguarda y difusión del flamenco, sino que sirviera de colofón a sus sesenta años de existencia, proclamándose, con el aval del año 1949, en la decana de todas las peñas flamencas.

Marina, perfectamente arropada por la guitarra pulcra de Luis Mariano, se sintió como en casa y nos hizo sentir a los presentes como si también compartiéramos camilla y enaguas, a pesar de la multitud, a pesar de las sillas aglomeradas. Guapa en presencia y en entrega, la cantaora granadina anuncia sus cantes. Comienza por alegrías donde se trae la sal de la bahía a las murallas rojas de la Alhambra. Por soleá estuvo mayúscula y se rompe, aunque ya va siendo hora que incorpore en su repertorio los sones del ‘Niño de Jun’ y las cadencias de Cobitos. Por malagueñas domina, y se crece con los fandangos del Albaicín, con los que remata. En los tangos del Camino, de la pita, de la penca, como le gusta especificar, Marina se sabe grande. Es uno de nuestros mejores exponentes. Tiene además un colchón a su izquierda que suena a fuente, que suena moruno y envuelve el cante para darle más belleza si cabe.

La seguiriya, con las que comienza la segunda parte, no es de sus palos habituales. Las hace bonitas, como todo lo que toca. No obstante se espera el quejío, que a veces queda diluido en su conjunto. Campea a voluntad por los altos, olvidando las bondades del mediotono. Por levante tiene buen ejemplo, a quien imita, en la figura de su padre. Y en las bulerías se acuerda de Lole y Manuel y de ese himno generacional llamado “Nuevo día” con el que abrieron su producción discográfica, allá por el 75. Un bello poema cantado con tanto respeto como flamencura. Con tres fandangos termina el recital sin antes hacernos gozar de un fin de fiestas carismático. Acompañan a los protagonistas en el escenario algunos de los artistas presentes. Y echan su pataílla Antonio Canales, ‘La Moneta’, Jara Heredia y la misma Marina, mientras Jaime Heredia se hecha un cantecito y hacen compás Curro Albayzín y Ana Heredia, hermana de la cantaora.

* Foto de archivo (© Nono Guirado).

Nono García tiene las ventanas abiertas

Nono García tiene las ventanas abiertas

La Guitarra en Otoño 

Nono García vive en una casa sin ventanas en la que entran todos los vientos a voluntad, y se sube a componer a la azotea donde domina todo el mar y las cinco tierras, impregnándose de los aromas y de las corrientes. Su música es rica en matices. Es un caballo que no conoce fronteras y va dejando una estela, como de arcoiris, que desprende flamenco y jazz, bossa nova y evos africanos, copla, boleros y baiaos. No es flamenco, lo sé. Mejor dicho: no es sólo flamenco. La raíz ortodoxa, aunque libre y creativa, la debería haber puesto, el jueves pasado en la Casa de los Tiros, la guitarra limpia de Miguel Ochando, pero por problemas de última hora no pudo acudir a la cita.

Así que el curtido Nono García tuvo que rellenar todo el espectáculo. Y vaya si lo rellenó. Como ciudadano del mundo, nos embarcó en un viaje cosmopolita en el que convocó a sus amigos. Abrió la velada con una libre versión de los campanilleros que, con un toque orientalista de los que usa Rubial, se mezcló con La Ruta de la Seda, un tema de su primer disco, Las quimeras del momento. En Cádiz comenzó su periplo con los Tanguillos del abanico, perteneciente a su grabación Atún y chocolate, que inspiraría la película, del mismo nombre, de Pablo Carbonell. De su tierra, nos lleva a través del Atlántico, haciendo Sombra y blues, de ese mismo trabajo. Aterrizamos en Brasil con Meditación, un tema de Antonio Carlos Jobim. De Suramérica nos asomamos a Francia, donde el guitarrista de Barbate remeda a Django Reinhardt, para volver de nuevo a Estados Unidos y hacer el primer tema de Atún y chocolate, llamado Mojama blues.

Rescatado de la banda sonora de la película, a continuación Nono hizo Los quereles, un homenaje a la copla, una recreación muy fresca. Volvemos a Cádiz, en ese viaje pendular, y escuchamos las Alegrías del Estrecho, también del trabajo aludido. Para terminar, aterrizamos nada menos que en la India con Improvisación en RE. Cercano a las bulerías, con una afinación (o desafinación) especial, nos recuerda al sonido del sitar, instrumento que también domina. En un momento, incluso, juega con el clavijero, tensando y aflojando las cuerdas en mitad de la pieza. Ante la avalancha de aplausos sentidos, García vuelve a afinar la sonanta para regalarnos otra Improvisación, con aires festeros, que le persigue desde la adolescencia y ahora retoma. El segundo bis es Verde que te quiero verde, una rumba de Manzanita (ese gran músico, no lo suficientemente reconocido), inspirado por el poema de Lorca, que, según Nono García es una letanía, como un mantra budista, que refleja la identidad andaluza. Este tema está incluido en su último disco, de 2008, Al filo de la medianoche.

Como digo, un concierto rico y variado. El guitarrista normalmente termina imitándose a sí mismo. Nono tiene muchas esquinas, no es monótono, y, si bien nada en todas las aguas, sobre todo destila flamenco.

* © Migue de Granada Hoy.