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Estética en las tablas

Estética en las tablas

El mes pasado, sin comérmelo ni bebérmelo, me vi presentando el Festival de Flamenco Joven de Armilla. No es la primera vez que me lían para algo así. Además, sin previo aviso. Aquí te pillo, aquí te mato. O, lo que es lo mismo, ya que has venido, te suelto el micrófono y entiéndetelas como puedas.

No soy locutor ni soy de los que dan muchos datos. Mis presentaciones se reducen a conectar con el público e interactuar con los artistas, intentando pasarlo bien a todos los niveles. Lo hago así, porque no sé hacerlo de otra manera. Además, me cuesta mucho empezar.

Después me gusta que me feliciten y que me recompensen, con una cerveza al menos. En Armilla sólo hubo un choque de manos y un "muchas gracias". El próximo año, no sé...

Bueno, lo que quiero contar es otra cosa. En este festival ayudaba el ambiente. Y así lo dije. Buen sonido, buen teatro, buen público, artistas entregados y sillas de anea. Porque, no es lo mismo hacer flamenco con sillas de anea que con sillas de escay.

La estética es importante. La decoración puede colaborar casi tanto como el silencio, como el sonido, como la presencia. Hay formas y formas. El respeto, por ejemplo, es imprescindible. No se puede salir al escenario de cualquier manera, aunque el aspecto no contribuye a la hora de cantar. Que se lleven zapatillas playeras o zapatos no determina que se cante mejor o peor, pero contribuye al resultado final ir vestido de domingo.

Hay quien va con chaqueta o con traje de flamenco o con sombrero. Ole por las formas añejas. No digo tanto, pero un respeto... Al igual que, si al llevar chaqueta y agobia el calor, a nadie molesta que se la quite y la cuelgue en la silla y se remangue. Pero, si se pide con gracia permiso al respetable, no está de más (y no cuesta nada).

Respeta y te respetan. Tampoco se puede uno ensañar con el público por un mal día, por un abucheo o por problemas con la organización (cosas que hemos visto recientemente).

El otro día, viendo a Paco Moyano y Paco Cortés en Huétor Vega, sacaron una botella y dos catavinos y se sirvieron en una pequeña mesa de palo. El sabor de lo auténtico (además de su actuación tan personal y enraizada) terminó de redondear el goce.

Hogaño, es normal, salir al escenario con la botellita de agua. Es lo más sano. Dice bastante de la seriedad del artista, que se cuida. Pero, perdonadme, me parece un poco antiestético y artificioso (tampoco el vaso de cubata me parecía bien).

Rizando el rizo. Hay quien lleva un poco de güisqui en la botella de agua. Lo notamos por el color amarillento, cuando el color de los focos no es ambarino.

* Paco Moyano y Paco Cortés (© Pepe Morillas).

La manita en la cara

La manita en la cara

No puedo más. Es necesario que me pronuncie. Hay una degeneración entre los articulistas, columnistas y demás colaboradores en revistas y periódicos que les inclina a retratarse con la manita en la cara. Se sujetan el mentón, se la acercan a la nariz, se amasan la oreja o se tocan la mejilla.

Reconozco que a algunos les da una dimensión interesantísima y otros, los menos, aparecen con una naturalidad pasmosa, como si fuesen El Pensador de Rodin. Los primeros que aparecieron con la manita en la cara daban cierta envidia, como si estuvieran por encima de todo, como si en la sobremesa sólo hablaran de metafísica.

Pero uno se cansa y los intelectuales que veía en un principio, ahora sólo veo intelectualoides, pamplinas que esconden su cortedad en una foto con aspiraciones.

No soy gran lector de periódicos, lo reconozco, pero sí de artículos y columnas de opinión. Tengo mis favoritos y mis odiados, como todo el que lee. También me gusta descubrir nuevos opinadores en periódicos inhabituales o en revistas de consultorio o navegando por la red.

Pero no soporto que el personaje tenga la manita en la cara, que adquiera la típica (tópica) pose de "dueño de la verdad absoluta", de "fiaros de lo que digo porque le he dado muchas vueltas y, además, tengo gracia".

No. A mí no me engañan. Cuando veo a alguien con la manita en la cara, paso la página y ya encontraré a otro con la frente más despejada.

Cincuenta años en el escenario

Cincuenta años en el escenario

Homenaje a Curro Albayzín en Huétor Tajar

Una mentira piadosa llevó inocente a Curro Albayzín hasta el pueblo de Huétor Tajar donde se le preparaba un homenaje. Que iba a ver a Miguel Poveda, le dijeron. Y, cuando salió al escenario, su sorpresa fue tremenda y sus ojos de agua mostraban su agradecimiento. La excusa: sus más de cincuenta años “flamenqueando”. La verdad, aparte de estas asombrosas bodas de oro, fue su profesionalidad, su entrega, su aleccionamiento, su ejemplo y, en resumidas cuentas, por ser memoria viva del barrio del Sacromonte y por ser el mejor embajador de su tierra en el mundo.

Curro es un artista con letras mayúsculas. Canta, baila, recita, anima… Es un ser completo. Es una combinación de arte y de saber hacer. Rellena las tablas como nadie y arranca la sonrisa desde el primer momento. Cuando se destapó la sorpresa y cogió el micrófono dijo que prefería el reconocimiento como investigador y salvaguarda de la historia del Camino del Monte que como artista, ya que esto era su medio de vida y que así lo hacía y lo seguirá haciendo. En un video, que precedió el homenaje, donde se glosó su figura, bastantes amigos se aunaron en espíritu a esta velada: Manuel Liñán, Mariquilla, Curro Andrés, Anabel Moreno, Rafael Amargo, Francisco Manuel Díaz, María ‘La Coneja’, Angustillas…También se le nombró primer Socio de Honor de la peña local Juan Pinilla.

Unas palabras de las autoridades, que apoyan esta ofrenda, dieron paso a las actuaciones. La mayoría de los participantes eran jóvenes seguidores, que siguen su memoria, que pasan por su tamiz. Iván ‘El Centenillo’ recordó que Curro tiene siempre su casa abierta para ofrecer cualquier consejo y enseñanza. Josele de la Rosa, notable y fiel, actuó como guitarrista durante toda la velada, apoyado por el jovencísimo Álvaro ‘El Martinete’. El escenario, con cobres y foto de las Angustias en su centro, recreaba el rinconcito de una cueva. Juan Pinilla, con clara emoción, condujo la función y las gracias. Unos tangos de Granada, verdadero himno “sacromontano”, comenzaron la noche. Fernando Rey propuso a continuación unos fandangos de Huelva, que terminó valiente al pie del escenario. Un momento entrañable lo protagonizaron dos hermanos, profundos hueteños, con sus fandangos y Zurrapa con sus trovos. Juanillo ‘El Maero’ cantó algunas letras alusivas al homenajeado. Manuel ‘El Maero’ hizo unos fandangos bestiales para tomar nota y recordar. Zurrapa improvisó tres letrillas rimando en octosílabos. El “albaicinero” Paco Olit aportó su grano de arena cantando “Carcelero” de Caracol y recitando un poema, donde Benítez Carrasco recuerda a Ramón Montoya, remedando una de las mejores facetas de Curro. Juan Pinilla, como no podía ser menos, impuso su presencia y respeto, con una malagueña chaconiana rematada con nuestros abandolaos. Para el fin de fiestas, Curro se subió al escenario y recitó, también de Manuel Benítez, los “Cinco toritos Negros”, que terminó por tangos. Los ilustró al baile su hermana, Teresa Guardia, quién, de una manera u otra, también recibió la ofrenda. Todos los actuantes, pusieron la guinda por bulerías, en las que destacaron el cante modulado de Ana Mochón, que ya había participado en los tangos del principio, y el cierre, cada vez más bailongo, de Juan Pinilla.

*Curro Albayzín (© José Luis Pérez Martínez).

Sangre y razón en la Casa de los Tiros

Sangre y razón en la Casa de los Tiros

La Guitarra en Otoño 

La Casa de los Tiros se ha convertido en un escaparate donde contemplar la buena salud de las guitarras granadinas. Es un ciclo corto, de tan sólo cinco sesiones, pero equilibrado y exacto. Como es lógico no están todos los que son, pero esta muestra ayuda a acercar el público a la guitarra y, casi más interesante, la guitarra al público.

El jueves pasado cruzamos el meridiano de los conciertos, con un recital tan creativo como sorprendente. La juventud vino marcada por Rubén Campos, la veteranía por Rafael Santiago ‘Habichuela’. En un principio, intérpretes bastante distintos. En la realidad, bastante compenetrados. No en vano, Rafael le dio clases a Rubén. Éste dijo que en su maestro advierte “la poca savia que queda en el flamenco puro”.

Rubén, más académico y sofisticado, comenzó con una granaína, la misma que grabó recientemente en un disco homenaje a Diego del Gastor, avalado por las peñas de Andalucía. Continuó con un zapateado y con una rondeña, que se hizo zambra a los postres. Una afinación personal, en la que destensó la tercera y el bordón, propuso para unas seguiriyas que estrenaba ese mismo día. Acordándose de su tierra, terminó su actuación por tangos.

Rafael, especialmente inspirado y sensible, abrió la segunda parte con una farruca bastante particular, dedicada a su madre, desaparecida hacía unos días. Para la soleá, bien construida, no tuvo sombra alguna. Redonda y gitana. Su toque es pausado y rotundo. Sus silencios grandiosos y elegantes. El taranto, al compás de un bolero, rezuma belleza y melodía. Y, para terminar, se fue por Huelva, que, según sus palabras era un “rebujao” entre jaleos y fandangos. Con todo esto, se le empieza a advertir a este guitarrista un toque propio y distinto.

José Antonio Carmona, en la percusión, se entendió mejor con su tío Rafael que con Rubén. De todas maneras, para mí, sobran los tambores, los platos y las cajas en conciertos tan íntimos como estos. Quizá un poquito de compás con las palmas…

Como fin de fiestas, los dos guitarristas terminaron de endulzar la noche con un vals, creado por el maestro, a la manera de Niño Miguel.

* Rafael ’Habichuela’ en la foto.

La bruja Edelvira

No era la primera vez que Edelvira torcía senderos y enturbiaba la fraternidad vecinal. Hacía pocos años en que la vino a consultar la viuda de un boyero por un asunto delicado. Su prima de ella, también de origen bastetano, cuando dormía fantaseaba con su marido, fallecido de una mala digestión, al que Edelvira conocía bien. Lo supo a su vez por un sueño que ella tuvo en el que yacían juntos y se ayuntaban sin pudor en cualquier cruce de caminos, y unidos de la mano, sin ropa alguna, con los puros cueros, se reían de ella. Musitaban los secretos maritales del boyero en vida y de su legítima y hacían chanzas de ello y, sin vergüenza, volvían a mofarse.

A cambio de un buey joven, buen trabajador, con la nariz anillada de hierro pulido, a ver si alguna justicia de hechicería pudiera ordenar las cosas en su sitio. Que no quiero mal a ella, decía la boyera, y mucho menos a mi marido, que en paz descanse. Que quiero sólo una advertencia, una señal breve pero rotunda para que mi prima, por temor o reflexión, reniegue del difunto.

Edelvira decidió, tras aceptar la mansedumbre del cornudo, que una reprimenda indolora, que una llamada de atención puntual, podría ser el aojamiento de sus gallinas, pues la prima se dedicaba a la venta de huevos frescos que recogía a diario de dos docenas de ponedoras que cacareaban comiendo gusanos en su montaña de estiércol.

Firmado con guiño y palmada, y unas cuantas plumas de las susodichas aves para realizar el embrujo, la curandera no tardó en proferir humeante sortilegio por un tiempo definido de siete amaneceres.

Al día siguiente, la prima de la mujer del boyero, acudió a la vieja quejándose de que sus gallinas habían dejado de poner. Que sospechaba de su prima y de un mal encantamiento hacia su persona, a través de las aves de corral, pues siempre le había tenido celos. El boyero, su marido de ella, a quien la bruja atendió en sus últimos suspiros, aunque un poco giboso por unos flujos de aire interno que le llegaron al corazón, era hombre muy macho que la deseaba, sin que ella empeñara su virtud. Pero las miradas lascivas, el acoso constante y los descuidos en soledad, dieron pie a pensar en que había trato carnal entre ellos sin ninguna duda, porque, cuando el río suena, agua lleva, y piedras, incluso.

Por más que ella renegara de él delante de su prima, por más que jurara su inocencia, la obtusa condena estaba dictada. Para la mujer del boyero, ella era la hetaira que no dejaba en paz a su marido, que se subía la saya en su presencia, aleteándole la entrepierna, y se le ofrecía como quien tiende plato jamonero a su invitado. El boyero, como hombre, carne débil de la creación, no se podía resistir a tan floreciente manjar. Ella, su prima se veía encornada y verde de achares, que hasta después de muerto, seguía sospechando de ella, quien por fin había respirado con la muerte, no porque hubiera fallecido, pobre hombre tan hombre, sino porque ella quedaba libre de la persecución del jorobado y de la brutal pelusa de una prima insegura, que si no le hubiera negado beso y cama cuando él volvía solícito de arrear a los bueyes por esos caminos, esos surcos y esas eras, otro gallo le hubiera cantado, porque él no tendría que ir persiguiendo a ninguna hembra para cometer el pecado del mundo.

La vieja herbolaría oía esto sin llegar a comprender el entuerto y lo que hubo o no con el hombre tan hombre que arreaba bueyes por las cañadas y que se murió de un empacho sin saber que después de muerto se iban a tirar de los pelos su mujer y la prima de ésta por cuestiones de celos en vida y devaneos necrófilos una vez enterrado, que ni morirse lo pudo hacer en paz. Que en paz descanse en el otro mundo, porque, lo que es en éste, continúa en guerra.

Edelvira, primero sin querer y luego conscientemente, decidió sacar partido de esta historia. A la prima de la mujer del boyero le comentó que ella, la hechicera con sus hechicerías, podía hacer que sus gallinas volvieran a poner en seis días, que era el plazo que le quedaba para que pasara el aojamiento, si a cambio recibía dos ejemplares lustrosos de su corraliza y un gallo de buena simiente y exacto en su madrugar, que encrestados se conocían que cacareaban antes de amanecer o cuando el sol ya andaba subido.

La prima de la mujer del boyero se apresuró a decir que añadiría un par de palomos si ella, la vieja Edelvira, además aojaba a una vaca que su prima mantenía en un establo que ordeñaba dos veces al día. La bruja aseguró los dos pichones con una visita de cortesía a la mujer del boyero en la que en un descuido miró mal a la becerra para que se le agriase la leche una temporada.

Así siguieron prima y prima maldiciéndose la una a la otra por mediación de Edelvira, que iba aumentando sus beneficios en esta lucha sin sentido. Hasta que una tercera prima, carbonera por parte de padre, para más señas, enterada en confidencias de los tejemanejes de la vieja adivina, decidió reunir a sus parientes, la prima de los huevos y la mujer del boyero, y contar abiertamente, apoyada por el asentimiento de cada una de ellas, el engaño que sufrían y el provecho que a su costa beneficiaba a la oscura mujer.

Las infelices, rojas de rabia, decidieron denunciar a la malvada y sus oscuras inclinaciones ante las autoridades de la ciudad para que la condenaran después de escarmentarla con los refinados suplicios de la justicia.

Edelvira, a través de un gato negro, o de ella misma transformada en pardo felino, adivinó las aviesas intenciones de sus víctimas, voluntarias por otra parte, y, adelantándose a sus propósitos, un encantamiento les salió al encuentro.

Poco después de atravesar el puente de doble ojo, las dos primas tuvieron que tomar asiento al borde del camino, en el mismo suelo, aquejadas de grandes pesares. A la mujer del boyero se le comenzaron a inflamar los pechos, hiviéndoles de dolor. A su prima, un apretón en el vientre la revolcaba por el suelo. Ésta puso dos huevos, de los que salieron sendas serpientes, que empezaron a succionar de los pezones desabotonados de aquella.

Enseguida, con las lágrimas saltadas, fueron concientes de la responsable de estos tormentos e, intimamente, pidieron perdón y se arrepintieron de haber pensado si quiera en la denuncia. Al momento, los reptiles desaparecieron y las penas cesaron y allí, como estaban, medio desnudas y tendidas en el suelo, entre aulagas, confesaron mutuamente sus sospechas y envidias, al igual que la participación de la bruja entre ellas. Lloraron, se consolaron y prometieron reanudar su confianza y olvidar sus injustificados celos.

Nada dijeron a nadie y menos a Edelvira, que prendió velas con olor a romero, pues había conseguido que las dos primas se hermanaran, como le prometió en el lecho de muerte al difunto boyero.

* de Septimio, el descabezado de Iliberis.

Siempre que bailo intento cantar con el cuerpo

Siempre que bailo intento cantar con el cuerpo

Entrevista a Eva Yerbabuena

Con motivo de la presentación en Granada del último espectáculo de Eva Yerbabuena, Lluvia, el próximo 31 de octubre en el Palacio de Congresos (no faltéis), publico esta entrevista que le hice a la bailaora hace algún tiempo y, por circunstancias adversas quedó inédita.

***

La agenda de Eva siempre está apretada. Tanto, que en persona es difícil hablar con ella. Nos dedica unos minutos, pero siempre da la impresión de que su cabeza se encuentra en otro sitio. Así que tuvimos que contactar con ella por teléfono. Eva se desplazaba en el Ave de Sevilla a Madrid, así que no podría ir muy lejos dentro del vagón. Pero el tren es rápido y, cuando nos dimos cuenta, ya estaba en Atocha. De manera que, de mil preguntas que corrían por nuestra cabeza, tuvimos que limitar la entrevista.

Naciste en Frankfur, aunque te criaste en Granada, entre los Ogíjares y Armilla. Ahora vives en Sevilla. Todo el año estás viajando. ¿Qué te queda de granadina?

Yo estuve hasta los ocho años en los Ogíjares. Después me trasladé a Armilla. Mi padre es de Armilla y mis abuelos vivían allí. De granadina me queda el alma. Eso es algo que siempre va contigo. Aunque no puedas vivir día a día, hay cosas que llevas contigo y no olvidas. A veces necesitas coger el cochecito e irte directamente para Granada y, aunque sean unas pocas de horas, ya con eso basta.

¿Vienes muy a menudo?

Sí, voy muy a menudo. Cada vez que puedo. Aparte, mi espíritu está lleno de Granada.

Llevas 7 espectáculos con tu compañía. ¿Por qué no todos han pasado por Granada?

Hay veces que me gustaría estar ahí. Que vieseis toda la evolución desde que uno empieza hasta que uno termina, pero unas veces no depende de mí y otras no depende de los que quieren que esté. A veces el espacio al que te han invitado es un espacio al aire libre y hay espectáculos que no se pueden realizar al aire libre, y otras veces te piden un espectáculo concreto, el que estés trabajando en ese momento. Pero mi intención es llevarlo todo a Granada.

¿Traerás Lluvia? [Cuando evidentemente no se sabía nada]

A mí me encantaría.

¿Por qué prefieres trabajar con hombres?

Bueno. Pues no lo sé. Quizá, como yo siempre digo, haya una parte de mí que también forme parte de lo masculino. Otras veces, puede que te sientas más femenina, que necesites estar más protegida. No lo sé. A mí me encanta trabajar con hombres.

¿Por qué son más fáciles de manejar?

[Risas] No, no creo. Tampoco se trata de eso. Tú sabes que mujeres guitarristas hay pocas y, además, tengo a mi marido, a Paco Jarana. Y me gustan las voces de hombres. No es que no me gusten las de mujeres, que me encantan

Te gustaría haber sido cantaora, por eso cuidas tanto el cante. ¿Es necesario sentir el cante para bailar?

A mí me gustaría ser cantaora. Siempre que bailo intento cantar con el cuerpo. Es algo que me gusta y realmente es lo que uno refleja.

El armazón musical también es imprescindible. ¿Qué le debes a Paco Jarana? ¿Qué tanto por ciento de Eva Yerbabuena es Paco Jarana?

Hay un porcentaje que es difícil de medirlo artísticamente. Cuando miramos un espectáculo, y no pensamos que el compositor es pareja de la coreógrafa, sabemos que la música es un cincuenta por ciento de un espectáculo. La música, la coreografía, la luz… todo es importante. Lo que pasa es que, al ser pareja, hay como más inquietud, en saber cómo, de qué manera… e incluso a la hora de medir el porcentaje, que es algo que nosotros nunca hacemos. Simplemente yo tengo una idea, una inquietud, y se la cuento a Paco. Y él me ayuda a ponerla en escena a través de la música.

¿Qué le debes a la improvisación, a la casualidad?

Las casualidades casi no existen. Las cosas que tienen que pasar, tienen que pasar. Yo le debo a todo aquello que hace que pueda compartir en un escenario. Y, además, es mi vida.  Es todo aquello que me inquieta, que me preocupa, que me divierte. Todo aquello que hace sentirme viva. Hay momentos que te dejas llevar. Y que te gusta hacerlo. Dejarme llevar por la música, el cante, el momento, la situación. Habrá días que me gusta lo que ha surgido y días que no. Ése es el riesgo.

El otro día, hablando con Paco Moyano sobre Lluvia, me dio una definición enigmática. Me dijo que no había sufrido con la obra, que no era nada angustiosa.

[Interrumpiéndome antes de lanzar la pregunta] Como dijo Einstein: “de la angustia nace la creación”.

¿Crees que has entrado a otra fase? ¿Crees que has madurado artísticamente?

Indiscutiblemente. Diez años de trayectoria te hace madurar por narices. Bueno, hay gente que llevan toda la vida y no madura. Yo creo que sí. Lo dije en su momento, cuando cumplimos diez años, que había una etapa que se cerraba y otra que empezaba. Y en Lluvia, está reflejado.

Has conquistado el mundo con la soleá. Siempre te la piden. En una ocasión intentaste dejar de hacerla (El huso de la memoria) para que no te encasillaran. En este último montaje has vuelto a ella. Aunque no lo quieras ¿Eva es soleá?

Yo le tengo mucho que agradecer a la soleá. Sí siempre la he hecho. Lo que pasa es que en El huso de la memoria y en Santo y seña hago una soleá diferente, una forma diferente de trasmitir, de moverme a través de la soleá. Es un baile al que le debo mucho. Te identifica. Dices soleá y la gente tiene a Eva en la cabeza. Es una forma de definirte, de que la gente te relacione con ella. Yo me siento agustísimo. Pero luego piensas que el flamenco no es solamente una soleá. Hay tarantas, hay alegrías, hay tangos… Entonces no me molesta. Cuando haces un espectáculo no solamente hay una soleá. Hay muchísimas cosas, a nivel coreográfico, a nivel de luces… lo que es el concepto de un espectáculo. Así, de alguna manera, te da pena de que al final la gente se haya quedado nada más con eso. Aunque, a lo mejor, es lo que más les llena y acaban hablando de eso. Pero no es que me moleste. Al contrario.

Eres empresaria, productora, guionista, coreógrafa, bailaora. ¿No te fías de los demás?

Como fiarme sí. No de todo el mundo. Pero sí que me fío. Aunque más me fijo. No de mucha gente me fío, pero fijarme, de todo el mundo. Nadie mejor que uno sabe lo que quiere y lo que necesita. Creo que es la mejor manera de encontrar. A veces te cuesta mucho contarle a los demás…E incluso es imposible que lleguen a imaginarse… O que se confundan… O que tú misma los confundas a la hora de explicar que es lo que quieres y lo que necesitas. Aparte que es algo que por mi situación y mis vivencias he tenido que hacer antes casi inconscientemente. Así que forma parte casi de la costumbre.

Para ser la mejor… Bueno, una de las mejores bailaoras de flamenco [para no ser categórico], que de ti han salido muchas chicas y chicos, no tienes seguidores-imitadores como el resto de los flamencos, quizá con menos nombre. El estilo de Eva no lo tiene nadie. ¿A que es debido?

Yo procuro a la hora de enseñar, que es lo que más me importa, precisamente hacerles ver que no se debe imitar a nadie. Y eso es algo, que si es así, me alegra, que se lo hayan tomado tan en serio. Lo peor es imitar. Cada uno tiene que ser uno mismo.

Te voy a referir algunos nombres para que me digas qué te sugieren. Si yo te digo Francisco Manuel Díaz.

Uff. Compañero. Padrino de nombre artístico. Compañero de comienzo. Un gran amigo. Conoce mi carrera de pe a pa. Forma parte de mi vida, de mi trayectoria y mi carrera.

Paco Moyano.

Bueno, pues Paco y Lola (su mujer) han sido como mis padres artísticos, de alguna manera, a través de FMD, que nos presentó en Granada. Con ellos partí por primera vez a Sevilla donde después me quedé. Los quiero muchísimo, les tengo mucho cariño y me han enseñado artísticamente y a nivel personal.

Mariquilla.

María Guardia formó, en su momento, durante dos años y pico parte de mi enseñanza, como maestra. Con la que tuve la oportunidad, aparte de dar clase con ella, de impartir clases, que eso también es muy importante.

Estuvimos en la inauguración de la Peña Yerbabuena de los Ogíjares. ¿Qué relación mantienes con ella?

Muy buena. La tengo al lado de casa. Cada vez que puedo voy a visitarla. Muy bien. Yo creo que me conocen todos desde pequeña. Hay un cariño muy grande. Y la labor, que siempre agradeceré, y el empeño que han puesto.

¿Te sientes querida en tu tierra?

Sí. Como dice mi amigo Paco Moyano, yo sólo sé que hay gente que me quiere y gente que no me quiere. Eso nos pasa a todos.

¿Percibes que eres embajadora de Granada?

Nunca me planteo si soy embajadora o no. Simplemente, fuera de Granada, me encanta cuando voy a cualquier sitio a trabajar y a comunicarme con la gente y compartir este arte nuestro, la verdad, me halaga muchísimo cuando dicen “eres de Granada”, pues sí soy de Granada. Y lo dices con ese orgullo… Eso es lo que yo me siento. Yo me siento, más que embajadora, granaína.

Cuando el roce continuo

Cuando el roce continuo
se produce entre dos,
la bondad dulcifica
las violentas aristas
que la naturaleza
se olvidó de ocultar.

* de Pequeños poemas para salir de casa.

Miedo al miedo

Miedo al miedo

Hace poco publiqué un pequeño diálogo, en un post, llamado "Gripe A", que venía a decir que el miedo nos corta las alas. El miedo al miedo, me refiero. O sea, el miedo al por si acaso.

Refería la anécdota de una amiga que no salía sola porque le robaron en la calle. Entre líneas leemos que pasó miedo, quizá durante años, y no desea volver a pasarlo.

Mi madre decía que el dolor más grande es el que le afecta a uno. Podían hablarte de los oídos, de las muelas o del estómago. Pero si a ella le dolía una uña, el dolor más grande del mundo es la uña que le dolía a ella.

No sé dónde leí, con referencia a las tribus urbanas y a la supervivencia callejera, que el "uniforme" en lo que consistía es en hacerte fiero. Como los animales que se erizan o elevan sus plumas para aparentar, los sectarios pretenden dar más miedo que el contrario, mostrarse más feroz y matón para intimidar al contrario.

El "disfraz" nos da seguridad, además de identidad dentro de un grupo. Nos sentimos seguros con nuestras prendas callejeras, que, a veces, no es nada más que un peinado, unas gafas de sol o una camiseta. Nos da confianza en nosotros mismos y en los que caminan como nosotros. Evitamos el miedo.

Hacemos las cosas casi siempre, no por convicción, por creencia o porque entra en nuestro código ético, en nuestra escala de valores, sino por miedo. No faltamos a clase para que no se lo digan a nuestros padres, no cometemos infracciones para que no nos quiten puntos, no delinquimos para que no nos apresen, no...

Ha nacido una estrella

Ha nacido una estrella

Primer aniversario Peña Juan Pinilla de Huétor Tájar

Nunca en el flamenco se ha visto un grupo de seguidores tan extenso y compacto como los que tiene Juan Pinilla. Desde que este chico alzó la voz en su pueblo, numerosos vecinos le brindaron su apoyo. Tanto es así que se fletan autobuses para sus actuaciones. Tanto es así que la peña flamenca de Huétor Tájar lleva su nombre, y el sábado, 3 de octubre, cumplió su primer aniversario, nombrándolo Presidente de Honor. Un cumpleaños feliz, al que acudieron numerosos artistas, amigos, autoridades y representantes de otras peñas (‘La Platería’ de Granada, ‘La Parra’ de Huétor Vega, ‘Manuel Ávila de Montefrío’, ‘Sonsonete’ de Ogijares). En el emotivo “acto sorpresa” se le reconoció su valía como cantaor, como persona y como embajador de Huétor Tájar en el mundo.

Para ilustrar la velada, como no podía ser menos, se programó un poquito de cante. Nada mejor en esta ocasión que una de sus alumnas aventajadas, una niña que sigue sus pasos. Ana Mochón tiene tan sólo catorce años y ya es capaz de erizar los pelos de los espectadores. En el último concurso de La Unión, se alzó con el premio de granaínas. Su edad, me consta, ha afectado a la concesión de otros galardones, “es joven, todavía tiene tiempo”. Pero, al César lo que es del César, la brillantez no tiene edad, los escollos están en el camino, no demos más cornadas de las que de por sí da la vida.

Aunque hayamos visto a Ana en más ocasiones, y haya preparado el vestido desde su papel en las Minas, este recital puede suponer su puesta de largo. Nunca la habíamos visto tan segura y contundente. Una afección de la voz, sin embargo, la llevó a estar poco afinada en el cante más ligero, pero, cuando la jondura nos visitaba, su control era perfecto.

Comenzó a templarse por alegrías. Pasó a levante, donde se acodó de Manuel Ávila. Fue grande en la soleá de la tierra y realmente notable en los tangos del Sacromonte. Hay que destacar en esta cantaora su dominio en la modulación. Se pasea en los bajos con holgura y estalla con sabiduría cuando hay que subir. También hay que reconocer la elección de sus letras, variadas y poco convencionales.

A su lado, la guitarra emocionada y certera del joven lojeño Kiki Corpas, que la arropaba con precisión. Para los tangos entró Álvaro Pérez ‘El Martinete’, de trece años, como segundo guitarrista, que sumó sus esfuerzos durante toda la segunda parte. Es más, abrió ésta con una rumba de Cepero muy aplaudida. Ana entró con unas tonás de buena factura, para pasar después a la granaína y media que ganó en La Unión, aunque allí estuviera más afinada y precisa. Para la amable guajira, siempre agradecida, estaba fuera de tono. Pero, si hay que quedarse con un palo, aparte de la soleá, elegiría la seguiriya, que bordó primorosamente, a pesar de su juventud. Terminó por bulerías. Correctas y bien acompasadas.

Seguidamente, lo que pasa en las peñas, el escenario queda abierto para que cualquiera aporte su granito de arena. Cristian Delgado, con la voz de sus doce años, todavía no hecha, aunque potente, nos cantó por malagueñas rematadas por Frasquito y unos fandangos. La velada concluyó con el protagonismo de Juan Pinilla, con otro par de fandanguitos.

* En la foto: Ana Mochón, Juan Pinilla y José Fernández.

El carisma de Paco Moyano

El carisma de Paco Moyano

XXII Festival Flamenco de Huétor Vega

El temor de un tiempo inestable en este principio otoñal ha obligado que el Festival Flamenco de Huétor Vega se haga sobre cubierto. La misma sede de la Peña ha servido de escenario para este evento. Al ser un sitio tan recogido, por otra parte, y no habilitado para albergar todo un festival en uso, se ha dividido en tres jornadas. Perentoriamente, es un poco chocante, y da pie a pensar que este festival se ha perdido, por la propuesta tan descafeinada. A toro pasado (escribo este artículo cuando sólo ha pasado el primer día del ciclo), ha propiciado otro enfoque para estas manifestaciones. Quizá sea una fórmula.

Pero ni las sesiones maratonianas y multitudinarias del habitual aire libre, donde, en muchos casos, consumimos flamenco a granel, ni el flamenco fragmentado y modesto, que da la sensación de todo menos de festival. ¿El término medio? Dejadme que piense…

Paco Moyano es particular, como el patio de mi casa. El primer aplauso es para la peña ‘La Parra’ y su intención de rescatarlo del olvido. Para Paco, el cante es su segunda actividad. Su vida no depende del flamenco. Quizá esto haya precipitado su paso a la retaguardia. Pero hubo un tiempo en que su voz se alzaba contra la injusticia. Paco Moyano es un cantaor comprometido, que ha cantado a poetas sociales, como Miguel Hernández, y ha cantado sus propias letras y ha aprendido de los grandes y ha creado escuela (Juan Pinilla grabó una mariana suya en su disco “Lámpara Minera”).

No esperemos de Paco una tremenda exactitud ni un pellizco gitano. No esperemos un cante arraigado y de reconocida altura. Encontraremos, sin embargo, conocimiento, entrega, gusto y emoción. Su recital no es nada convencional. Parece guiado por impulsos. El ambiente, las horas, conforme pasan, le dan los tonos. Se despereza con abandolaos y sigue con el polo. Por levante se acuerda de Manuel Ávila y acaba como él abandolándolo. Remata su primer pase con tangos del Piyayo. Tras el intermedio, nos sorprendió la vidalita, a la que siguieron cantiñas, seguiriyas y serranas. Y, para acabar su escueta actuación, hizo un romance mairenero por bulerías.

A su lado, la guitarra de Paco Cortés es un dulce salvavidas, que envuelve y recoge el cante como pocas. Si alguien quiere escuchar el toque granaíno por antonomasia que pregunte a Paco Cortés. Y entre Pacos se encuentra el juego. Dos seres carismáticos, que, junto a un cuidado sonido, hicieron pasar una velada entrañable.

Este festival continuó el sábado con la presencia de Luis Heredia ‘El Polaco’ y la guitarra sevillana de Manuel Herrera; y se cerrará el próximo día 17, también sábado, con el recital del bastetano Alberto López.

* Un momento de la actuación (© Pepe Morillas).

 

Calendario flamenco

Calendario flamenco

Al igual que en la web de la Federación de Peñas y animado por un lector, inauguro este mes un calendario flamenco, inserto a la derecha.

Hoy por hoy no es muy estético, se sale de la pantalla y hay que utilizar las barras de desplazamiento para consultarlo. Pero intentaré mejorarlo e incluso hacerlo interactivo.

Es decir, yo colgaré, con tiempo suficiente, a ser posible, los eventos de flamenco que consten en mi conocimiento, pero si algún visitante sabe de alguno que aquí no esté puesto, que pueda añadirlo con un solo clic de ratón*.

Espero que os sea útil.

* Ya se pueden añadir eventos, corregir o especificar los que existen. Tan sólo hay que pinchar en el botón de Google que aparece en el ángulo inferior derecho del calendario.

Una letrilla por tangos

Navegando en internet.

Mi vida se va secando,

que me falta tu querer.

En la fábrica de ruido

En la fábrica de ruido

XVI Festival Flamenco “Frasquito Yerbagüena” de Cúllar Vega 

No tenemos perspectiva suficiente para evaluar a nadie en un festival, por las condiciones adversas. Sería injusto clasificar a cualquier flamenco por una actuación multitudinaria y mariatoniana. No siempre ha sido así. El festival, aparte de la peña, era el único sitio donde se podía escuchar en directo a un cantaor. Las cartas estaban echadas y las circunstancias eran tan intrínsecas a la función como puede ser el acompañamiento de la guitarra. Hoy, por suerte, podemos disfrutar de una voz, de un sonido, de una imagen en foros reducidos y acondicionados. El flamenco desde que entra en el teatro, en la intimidad de las doscientas o trescientas personas es otra cosa. Quizá pierda espontaneidad y pellizco. Pero gana fuerza y genera verdad.

Hay festivales, sin embargo, muy cuidados, que almohadan y engrandecen a los artistas. Hay otros que parecen carreras de obstáculos, que piden un sobreesfuerzo a los actuantes, para salvar los escollos, y piden un sobreesfuerzo al público asistente para comprender y desmenuzar lo que están viendo.

No sé por qué regla de tres el Festival Flamenco de Cúllar Vega se tuvo que celebrar en plena feria, cuando el chichimpún de la caseta de al lado vencía cualquier deseo de concentración y el vocerío amplificado de los columpios, de la tómbola o de la churrería era más fuerte que el sonido en el escenario. Para colmo, se sumaba a esto, el continuo murmullo, subido de tono para entenderse, de la gente en la barra, que flanqueaba toda la carpa. El técnico del festival, quizá con buena voluntad, saturó el sonido, queriendo que se impusiera en aquella torre de Babel. La distorsión, los acoples, los excesivos agudos… llegaban a hacer daño. Incomprensible todo esto en una localidad que tiene un excelente teatro, con una acústica envidiable. Incomprensible entre unos lugareños que pretenden dignificar el flamenco y recuperar el nombre que Cúllar llegó a moldear. Me gustaría ser uno de esos marcianos con muchas orejas para dedicar cada una a un sonido y tapar con cera las estridencias.

Dicho esto, los comentarios serán marginales. Sí podemos destacar la actuación de ‘El Polaco’, cantaor curtido en los festivales más adversos, aunque su previsible entrega y su remedo morentiano le restan interés. Más en su sitio estuvo Antonio Gómez ‘El Colorao’, prudente, largo, dominador, en buena forma. A Montse Pérez le venció el ambiente, aunque brillara por fandangos. José Fernández, que le tocó abrir el festival, también está por encima de los contratiempos, pero su buen gusto lo tuvimos que buscar buceando entre los ruidos, leyendo en los labios.

Reconocimiento merecen también los tocaores José Fernández ‘hijo’, tan flamenco, tan exacto, apoyando a su padre; pero, sobre todo, Ramón del Paso, acompañando a Luis Heredia y a Montse. Él solo es el espectáculo, limpio, certero, impasible.

El baile de Silvia Lozano, como siempre, flamenco y elegante, muy medido. A veces falto de pellizco. El dúo “La Sabica”, por su parte, se sujeta con alfileres. Tienen trasfondo, pero los descuidos y vicios de un baile demasiado académico pasan factura sin contemplaciones.

* Antonio Gómez 'El Colorao' en La Platería.

El flamenco empieza en Armilla

El flamenco empieza en Armilla

Festival de Flamenco Joven 

Un poco de miedo guiaba mis pasos al Festival Flamenco de Armilla, pues los cambios no siempre dan buenos resultados. De seguir la línea y, casi siempre, el mismo cartel de otros eventos veraniegos en la provincia, pasa a ser un encuentro de flamenco joven y además gratuito. Las papeletas para la decadencia estaban garantizadas. Pero la sorpresa fue doble al constatar que no se pierde una muestra flamenca, sino que se gana con el cambio. El artista joven, que aquí en Granada, por suerte, abunda con apuestas notables, tiene los dientes de leche, si me permiten la expresión a cambio de dientes retorcidos; es más claro y maleable y casi siempre más entusiasta. Un festival gratuito se populariza. A él acude quien quiere y no quien puede, que, en el caso del flamenco, es quien tiene interés realmente de asistir, pues no pierde nada, no se juega nada, y fuera hay otras alternativas.

Las edades de los actuantes irían desde los trece o catorce años hasta los veintipocos. Todos muy flamencos, todos muy entregados. Y con esa dosis de seriedad necesaria que la da el conocimiento y el estudio. Iván ‘El Centenillo’ abre la noche nada menos que con una granaína de buena factura, es generoso en los tangos de Granada y termina con fandangos, el último, sin micrófono, a pie de escenario, que se convertirá en una constante entre todos los cantaores de la noche. ‘El Gambimbas’ entra por seguiriyas. La mano de ‘El Colorao’, su maestro, es evidente. La prueba está en su segunda entrega. Canta la rumba “Mi mama” de Antonio Gómez. Unos fandangos rematan su actuación. Mª Ángeles Pérez ‘La Niña la Plata’ se atreve con una toná, para continuar con milongas y acabar con los fandangos habituales. Por último, Judith Urbano, con la voz más hecha que en pasadas ocasiones, festera y potente, se despereza con soleá por bulerías, alegrías y termina por tangos, interpretados de pie porque son acompañados por unas pataíllas, como en otros lugares las bulerías.

Los dos guitarristas de la velada, Enrique de Melgárez y Jonatan Morillas, se alternan entre los cantaores, aportando la buena madera que comienzan a destilar. Josué Heredia ‘El Cheíto’, con su caja, acompaña los temas festeros a discreción. Entre la actuación de cada cantaor, para enriquecer el festival y colorearlo un poquito más, David Córdoba y su grupo (María Sánchez, Victoria Macías y María Isabel Cortés) ilustran las tablas con su baile creativo.

Para el prolongado y bien recibido fin de fiestas por bulerías, asombrosamente, participaron todos los artistas, y algunos más presentes entre el público, demostrando el buen hacer y la sana complicidad de nuestros jóvenes flamencos.

* Como dato marginal os diré que un servidor presentó este festival con mucho gusto (aunque no hubo ni frutos secos).

Mario Maya en el recuerdo

Mario Maya en el recuerdo

Se cumple un año de la desaparición del maestro sacromontano

Hoy domingo, 27 de septiembre, hace un año justo que las complicaciones hospitalarias se llevaron al artista multidisciplinar Mario Maya. Aunque nació en Córdoba y murió en Sevilla, donde estableció su residencia, todos sabemos que fue granadino, amamantado en el Sacromonte, su fuente constante de inspiración. Mario fue un artista orgulloso (perdonen la redundancia) y, por tanto, un artista callado e introspectivo. Una de sus enseñanzas hacía preferible el prestigio a la fama. Él decía que “la fama es el prestigio en calderilla”. Como García Lorca, la inspiración siempre le llegaba trabajando. Mario era bailaor y bailarín, músico y compositor, profesor y coreógrafo. Pero, sobre todo, era un ser creativo, un espíritu inquieto e inconformista, que basaba su vida en la experiencia y en la búsqueda. El tiempo se le quedó pequeño. El hoy no existe, sólo el pasado, como punto de referencia, y el porvenir, que nunca llega, que se solapa con un nuevo futuro.

Hablo de Mario y creo que todo está dicho, que me repito, que nos repetimos. Ha pasado, sin embargo, un año sin su presencia y el hueco que nos ha dejado en Granada sigue siendo hueco. Algunas iniciativas particulares han surgido y el reconocimiento profesional lo tiene de forma permanente. Haciendo memoria (algo flaca en mi caso, lo reconozco), aplaudo a Juan Andrés Maya cuando dedicó el pasado Festival de Otoño y parte de su montaje a la figura de Mario; aplaudo a sus alumnos y amigos Anabel Moreno, Iván Vargas y Raimundo Benítez, cuando en la Platería hicieron un homenaje al maestro con su última creación contemporánea; aplaudo al Festival Internacional de Música y Danza cuando trajo el montaje de Belén Maya dedicado a su padre, donde se hacía un resumen de todas sus obras; aplaudo a Silvia Lozano, a Patricia Guerrero y a tantos bailaores que le han dedicado sus actuaciones y lo mantienen vivo en su recuerdo.

Pero su hueco, repito, no tiene flores institucionales. Granada dio la espalda a la Fundación Mario Maya. Su sede estará en Sevilla y en Córdoba. Aunque su universalidad está por encima de las ciudades y las fronteras, los puntos de referencia siempre son imprescindibles. No podemos quedarnos al margen de su memoria. No podemos permitirnos cerrarle las puertas a otro de nuestros hijos.

En este triste primer aniversario tendríamos que reflexionar y arrimar nuestro hombro a los esfuerzos e iniciativas de la Fundación. Es hora de sentarse y tender nuestras manos para que el flamenco no tenga espinas, para que Granada levante la cabeza.

La Casa de los Tiros hace agua

La Casa de los Tiros hace agua

La Guitarra en Otoño

El flamenco es un arte participativo. Aparte de los músicos habituales, en el ritual de la manifestación flamenca intervienen los oyentes con sus oles y jaleos, según el caso. Así, se crea toda una atmósfera rica en expresiones y en complicidad, inigualable en otras musicas. Siendo un patrimonio vivo, estos vítores van cambiando, se enriquecen o caen en desuso. Se dice, sobre todo de una guitarra, que es agua, cuando suena con determinada limpieza, con pulcritud tan cristalina que se asemeja a un manantial.

El jueves, en Casa de los Tiros, durante la segunda entrega del ciclo “La Guitarra en Otoño”, pudimos ver y escuchar tres guitarras que son agua. Los flamencos Alfredo Mesa y Ramón del Paso, cada uno a su estilo, y el clásico Karim dieron un recital de gran altura. El maracenero Alfredo Mesa, alumno de Miguel Ochando, apostó por la interpretación, remedando el toque, a veces circense, de Rafael Riqueni. Del maestro sevillano escogió una rondeña, una seguiriya y un garrotín. Karim es un concertista motrileño de 23 años. Su manejo de la guitarra y su sensibilidad son asombrosos. Para su debut entre flamencos, glosó “Asturias” de Isaac Albéniz y el “Adagio del Concierto de Aranjuez” de Joaquín Rodrigo, dos piezas interpretadas en su momento por Paco de Lucía. Karim terminó acercándose al compositor contemporáneo Roland Dyens. De este maestro tunecino, seleccionó los allegros “Tango en Skay” y “Fuoco”, dos temas para los que se requiere dominio y habilidad. El público, acostumbrado al flamenco, lanzó más de un ole a una música tan refinada.

Ramón del Paso, último intérprete de la velada, fue más tradicional en su elección. Su toque, limpio como el de los demás, está impregnado de notable mesura y sentido del ritmo. Natural de Huétor Vega, Ramón se recreó en una soleá, una granaína y unos tangos de Granada. Todo de factura propia. Para los tangos, realmente personales, confesó que “son un poquillo raros, le he metido unas cosillas…”.

Para terminar, los tres guitarristas en común, hicieron unas bulerías que levantaron al público en su totalidad.

Como anécdota, podemos decir que, entre los comentarios guitarrísticos en bastidores, surgió la coincidencia de que las tres guitarras estaban hechas en los talleres de los hermanos Marín.

* Ramón del Paso, en la foto, acompañando a María José Pérez (de la web de esta última).

Un festival modesto

Un festival modesto

XVIII Festival de Flamenco del Barrio Fígares-Río Tenerías

Va a resultar que sí hay clases entre los festivales de barrio. Quizá el problema no sea genérico sino particular de cada zona. Puede que el presupuesto y el interés se enfoquen hacia otros servicios y prestaciones. La realidad es que los festivales flamencos que se organizan en los barrios más céntricos de Granada dejan mucho que desear. Un escenario mediocre, falta de iluminación, un sonido pésimo… es lo que caracteriza a estos recitales. A veces, se complica aún más, con una barra próxima, que impone el ruido de fondo, o con un cartel pobre.

El jueves 24, el Barrio Fígares-Río Tenerías celebró la edición dieciocho de su Festival de Flamenco, en memoria de Francisco González “Paquillo”. Es una historia que se repite. Es una muestra mediocre que, año tras año, salvo excepciones, trae el mismo cartel, en el mismo marco. La belleza del Palacete del marqués de Mondéjar, ahora remodelado, es un verdadero lujo.

En este foro hemos visto crecer a Johnatan Vallejo, cantaor local, que empezaría con doce o trece años, y a su guitarrista Enrique de Melgarez. Ellos abrieron la noche con una soleá, y terminaron por fiesta con tangos y bulerías. Son jóvenes. Aún tienen mucho que aprender.

Manuel Palma El Zahoreño’ es la estrella continua de esta fiesta. Con su guitarrista, José María Ortiz, están como en casa. Complacen al público y son reposados y certeros. Comienzan con una milonga que principia con vidalita. Siguen por alegrías, tientos y granaínas, el plato fuerte de Manuel. Termina, como es habitual, con fandangos naturales. El último a pie de escenario, sin micrófono, y, se vuelve a repetir, la calidad se multiplica al no estar sonorizado. El daño de un mal técnico o un mal equipo suele abocar al fracaso cualquier actuación.

Tampoco estaría mal, para futuras muestras, plantearse la posibilidad de traer un poquito de baile.

* Fachada del Palacete del marqués de Mondéjar.

Peñas Flamencas

Peñas Flamencas

En Granada está La Platería, que es la primera peña flamenca del mundo, con sesenta años recién cumplidos. En nuestra provincia hay una docena de peñas federadas y otras cuantas "clandestinas".

Desde el mes de octubre, desde sus comienzos, las peñas programan un día por semana recitales de flamenco, generalmente los viernes o los sábados, a veces difícil de seguir.

Ayer me llegó una buena noticia: comienza a funcionar una web de la Federación de Peñas Granadinas (http://www.federacionflamencagranada.com), donde podremos ver sus actividades, memoria, fotos, vídeos....

Es una gran noticia que deseo compartir con todos los lectores de este blog.

Otoño

Otoño

El otoño ha llegado precipitado y con fuerza. Convenciéndonos desde un principio que es otoño. Es una estación solapada y gris, que, sin embargo, sirve de preámbulo a todo un curso. Es la verdadera puerta del año y no enero, si es que de convenciones se trata.

El otoño está lleno de melancolía, de nostalgia y de lágrimas a punto, que rivalizan con la lluvia. El otoño es frío por dentro y por fuera, pero qué agustito al sol. El astro rey se aprecia más que en verano, digo yo, que pica, nos molesta, nos quema y reseca nuestra piel.

El otoño es la primavera de los solos. Y por eso me gusta. Tengo vocación de solitario, pero por suerte no estoy solo.

Solo en la medida que san Agustín decía: "el pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta". Nunca el solitario en el desierto y, mucho menos, en la vorágine de la multitud. Nunca el solitario que resulta tras el picado ascendente en una película, cuando el protagonista se hace pequeño en la inmensidad.

Pero todos tenemos nuestro apego al valle de lágrimas. Todos tenemos nuestro otoño particular. Y por eso también me gusta. Por ese punto de masoquista que nos ocupa, por ese corazón borrascoso, por esa amplitud de miras en nuestra jaula de siempre, por todo el pasado vivido, por el futuro incierto, por los que se han ido, por los que llegan y lo que les espera, por lo que hemos visto, por lo que nunca veremos, por lo que nos cuentan y por lo que contamos.

Hoy me vestiré de otoño, informal pero con manguita, e iré a ver a mi madre, en permanente otoño desde que la memoria se le fue a descansar. E iré con mi padre, en permanente otoño desde que recuerda por los dos.

Nunca he sabido

Nunca he sabido
el nombre exacto de los árboles,
nunca el vuelo ensayado
de algunos pájaros.
Nunca he sentido
tus lágrimas en mi pañuelo.
Nunca volvimos
por el mismo camino.

* de Pequeños poemas para salir de casa.