Blogia

volandovengo

Ligero de equipaje

Ligero de equipaje

Baúl de Prodigios de Miguel Ángel Zapata

Escribir un microrrelato notable no es tarea fácil. Llegar a la docena o a las dos docenas con un mínimo de calidad e interés ya es un prodigio. Pero publicar ciento treinta minicuentos, algunos de sólo dos líneas, de excelentes resultados, está en manos de unos pocos. Miguel Ángel Zapata (1974) ha conseguido eso, y algo más, en su libro Baúl de prodigios. Como digo, esta obra no sólo reúne una gran compilación de textos, algunos de ellos sobresalientes, sino que todos y cada uno de ellos participa de un todo, se hilvanan dentro del libro como si de escenas de una misma novela se tratara. Así, el baúl de Miguel Ángel, se convierte en un baúl de sastre donde todo entra, pero con un cierto orden, con un camino claro que nos conduce a un mundo íntimo y extraordinario, una brújula loca que nos guía al universo de su autor. Nos seduce, nos deslumbra, nos sorprende.

Dividido en cinco partes: Manual de seres impares, Dialéctica de lo inerte, Frutos celestiales, Necronología y Sueños de un loco dormido dentro de un baúl, Zapata nos va desgranando esa cosmogonía personal, alterándonos a cada instante con posibles prodigios asombrosos o con la cotidianidad más absurda, colocándose en la esfera del barcelonés Joan Perucho. Limpiando, como éste, su prosa de adjetivos superfluos y eligiendo palabras en un lenguaje culto, que le da valor por sí sólo al texto.

Cada cuento tiene diversas lecturas, diferentes interpretaciones, logrando así una interminable historia de múltiples visiones, donde se dan cita lo cruel y lo tierno, el amor y el desprecio, la vida y, sobre todo, la muerte, que siempre está presente, como una obsesión o la meta inexcusable a la que todos llegan.

No diré más, pues de brevedad trato. Sí deseo dejar un cuentecito cogido al azar que puede resumir lo que de este libro cuento. (O todo lo contrario.)

Su título: Precaución. Y el relato dice así: “Siempre llevo mi cadáver dentro del maletero del coche. Nunca se sabe cuándo te puede sorprender la muerte”.

* Miguel Ángel Zapata. Baúl de prodigios. Granada. Traspiés, 2007

** Publicado en el nº 21 de Letra Clara, abril 2008

Gripe A

Gripe A

Mucho se escribe sobre la gripe A. Mucho se oye sobre la gripe A. Mucho se sospecha sobre la gripe A. Como en todo, hay algunos entendidos, pero muchos enterados.

¿Quién tiene la culpa? ¿La culpa primera o la culpa última? ¿Las culpas intermedias o las culpas colaterales?

Es una locura. Sobre todo la alarma social. Debemos aprender a convivir con todas las enfermedades, con el avance de la vida sea malo o bueno. Conozco a quien no sale sola de su casa cuando oscurece porque la atracaron en los años ochenta.

Entre mis papeles, encuentro un pequeño apunte de cuando apareció el sida:

"Tras la última copa en el último bar, donde intimaron hasta lo indecible, la chica cogió al chico de la mano y lo metió en el lavabo con ella.

Se subió la falda y bajó su braga humedecida.

Él quería tanto como ella, pero antes de desabrocharse los jeans, se vio obligado a decir que estaba limpio. La época requería esas confesiones.

-Muy bien -respondió ella con premura.

-Quiero decir que no soy portador ni tengo hongos ni gonorrea ni nada de eso -continuó aclarando.

-Me da igual -respondió ella con indiferencia.

-¿No te da miedo el sida? -disparó él a bocajarro.

-No -zanjó la chica-. Me da miedo el miedo."

El Albayzín recupera su noche flamenca

El Albayzín recupera su noche flamenca

Festival Flamenco del Albayzín

No llego a comprender como en un festival popular, en un campo comunitario, se ha acotado el terreno. Juan Andrés Maya, como director del Festival, no ha necesitado arrimar el ascua a su pescado, pues todas las sardinas de la parrilla eran suyas. Puede que responda, sin embargo, al esquema parcelario de nuestro Ayuntamiento.

Pero, dejando aparte las cuestiones políticas para foros más apropiados, hablemos del Festival en sí, que es lo que nos ocupa. En primer lugar, una serie de aciertos han precedido este evento. Su recuperación, después de dos años de olvido, es motivo de aplauso (aunque el anuncio de dicho Festival no tiene número, como si fuera el primero, como si la tradición no contara). Su ubicación en el Palacio de los Córdova, más que un punto positivo, es un verdadero lujo. El escenario puede ser la envidia de muchos otros barrios de la ciudad (¿más pobres?, ¿de menos categoría?). Pero las tablas no sonaban todo lo deseado, pero las luces no estaban bien reguladas y deslumbraban a los espectadores, pero un farol encendido castigaba a los músicos a la penumbra… El sonido, a pesar de los acoples, ha mejorado considerablemente. El ambigú estaba lo bastante retirado del escenario como para no interferir.

En cuanto a la función viene a ser más de lo mismo. La Cueva de la Rocío, vestida de fiesta, que baja al río. Una obra cerrada, llamada “Canastera”, creada por Juan Andrés Maya y dedicada a Loles del Cerro, ocupa la primera parte del espectáculo. Siendo repetitivo, el espejo en el espejo, puede que sea de los montajes más maduros de Juan Andrés, que se ha limitado ha dirigir. Lleno de individualidades, el espectáculo es vistoso, idóneo para contentar al visitante, a la medida de sus incondicionales.

En cuatro bailaoras del clan, o asociadas a éste, se sustenta la exhibición. Tras una presentación por tangos, un apunte por seguiriyas y un poquito por bulerías, por parte de los músicos, Rocío Vargas baila por alegrías, Vero ‘La India’ soleá por bulerías, Alba tarantos (los que llevó al Corral del Carbón este verano) y Raquel Heredia soleares. Son cuatro firmas del Camino. Son cuatro formas de destilar “lo que da la tierra”. Si nos quedamos con las manos de Alba, con los pies de Raquel, con las formas de Rocío, con la intuición de Vero, tendríamos el modelo de la bailaora gitana del Sacromonte, sin reposo alguno, con sus caracoles y sus flores en lo alto del moño.

Rafaela Reyes ‘La Repompa’ de Málaga, una de las artistas invitadas, hace copla por tangos y después bulerías, enriquecidos con cuplé. Es una artista como las de antes. Iván Vargas, otro supuesto invitado, baila unas alegrías, apoyado en una silla. Quizá no sea su mejor día, pero destila fuerza y belleza. Ha ganado en seguridad y control. Ya ríe en sus pasos. Unos pasos que tienen mucho de Mario, de Manolete, de Juan Andrés.

Antonio Cortés ‘Chiquetete’, auténtica estrella calé, imitado y venerado, con la voz más en forma que en otras ocasiones, hizo un recorrido por soleares, tientos-tangos y alegrías, antes de retomar algunas de sus exitosas canciones y terminar con sus sevillanas “Puerta de Toledo”.

Con un fin de fiestas por bulerías terminó un ¿primer Festival? que empieza a necesitar una revisión.

* Vero 'La India' (© Miguel Bervel).

Flamenco en la calle

Flamenco en la calle

XX Noche Flamenca  Plaza de Toros, Doctores, San Lázaro

Esta Noche flamenca se tenía que haber celebrado el miércoles, 16 de septiembre, pero, debido al continuo aguacero del precipitado otoño que nos envuelve, se pasó a la noche del jueves. De ahí la escasez de público. Una asistencia bastante reducida, que se fue incrementando a lo largo de la velada. Esto, sin contar los transeúntes que por allí pasaban y se quedaban un poco escuchando el cante. Tiene su encanto, tiene su sabor. Pero este flamenco en la calle, que no callejero, tiene el peligro de convertirse en flamenco tirao. Parece mentira que un festival de barrio, con el patrocinio del Ayuntamiento, cumpla veinte años en condiciones tan precarias. Va siendo hora de vindicar para el flamenco más medios y más apoyo, lo que simplemente quiere decir más dignidad. El escenario es cutre, con ese telón de fondo de tela verde arrugada; las tablas se mueven y se levantan, además, no suenan bien (que se lo pregunten a Silvia); la sonorización deja mucho que desear, no está compensada; la iluminación es pésima; y no sigo, para no aburrir. No echo culpas, sólo denuncio y que cada cual se mire por dentro. Menos mal que la calidad de los artistas es meridiana. Su entrega y sobre todo su voluntad, esconden los desperfectos bajo la alfombra (por si viene la suegra).

Abrió la noche la principiante Mamen Ruiz, natural de Iznájar. Su tímida intervención estuvo paliada por la belleza de su voz. Su cante, lógicamente festero, consistió en colombianas, una farruca muy libre y unos tangos a los que les faltó decisión. A la cordobesa le acompañó José María Ortiz a la guitarra, su maestro y mentor. El dominio de Ana Mochón, elevó varios enteros la calidez de una noche especialmente fresca. Comenzó por alegrías y fue realmente grande en las granaínas, con las que fue premiada recientemente en La Unión. Su voz, un poco tomada, quizá sirviera para añadirle un poco de aguardiente y pellizco a su entrega llena de altibajos y mecidos fraseos. La belleza de una guajira puso fin a su intervención, que estuvo acompañada por Vicente Márquez. Tanto cantaora como guitarrista se quedaron en el escenario para arropar por seguiriyas a la bailaora Silvia Lozano, ya habitual en este escenario. Con su baile bien medido, con elegancia y flamencura, fue sufriendo como nadie las deficiencias del festival, uniéndose, por si fuera poco, la ausencia de su cuadro oficial.

Tras el baile, el orgiveño Álvaro Rodríguez, con Vicente Márquez a su lado, evidenció su potencia de voz y el dominio de los cantes más añejos. Comenzó por soleá, a la que le siguieron tientos-tangos. Su última entrega fueron fandangos naturales, acabando sin micrófono, a boca de escenario. Sonó mejor que cuando estaba sonorizado. Con Antonio Fernández volvió Ortiz a la guitarra. Antonio tiene el regusto granadino y la sabiduría del aficionado cuando canta por seguiriyas, por malagueñas y, sobre todo, con esos tangos morentianos de sombra y luz. Luces por su buen decir y su afinación, sombras por el grito continuo y el paseo exclusivo por los altos.

* Ana Mochón en la foto (© Granada Hoy).

Granada reclama su protagonismo en la guitarra

Granada reclama su protagonismo en la guitarra

Emilio Maya y Eduardo López inauguran la segunda edición de “La Guitarra en Otoño”

Nadie puede negar que Granada es una tierra de guitarristas y de guitarreros. De los talleres granadinos han surgido algunas de las mejores guitarras que hay actualmente en el mundo. El soniquete de las cuerdas de los tocaores de la tierra es legendario. A vuelapluma, y sin irnos demasiado lejos en el tiempo, podemos acordarnos de Manuel Cano, de Juan y Pepe y Luis Habichuela, de Vicente ‘El Granaíno’, de los hermanos Cortés, de Miguel Ochando, de Luis Mariano y de toda una pléyade de guitarristas jóvenes y no tan jóvenes que compiten con el sonido del agua. Sin embargo, la guitarra en Granada, ha estado incomprensiblemente relegada a un segundo plano. Este instrumento en sí mismo puede parecer árido si lo comparamos con la transmisión del cante o, más claramente, con las bondades del baile. Los músicos lo saben. Saben que un disco de guitarra es difícil venderlo. Sabiamente, la mayoría de los tocaores, se rodean de algunos otros músicos y cantistas para acolchar la salida de su producto.

En el Festival de Música y Danza, alguna vez, recuerdo, la guitarra ha tomado protagonismo. En Flamenco Viene del Sur se programa a veces, las menos, a un destacado guitarrista. En Los Veranos del Corral, últimamente, algún tocaor joven comparte el escenario con el cante o el baile. También está cogiendo cierta solidez el Festival de la Guitarra de Huétor Vega. Ahora, por segundo año consecutivo, tenemos en la capital un festival dedicado exclusivamente al arte de las seis cuerdas. “La Guitarra en Otoño” es el primer encuentro flamenco con que se inicia el curso, después del verano. Pretende, además de exponer el estado actual de la guitarra en Granada, englobar en un mismo escenario a figuras consagradas y a jóvenes noveles de la guitarra, tanto flamenca como clásica.

El lugar elegido para la representación del ciclo es el patio del Museo Casa de los Tiros, uniendo así, si me lo permiten, el virtuosismo de la sonanta, sus sensibles trinos, eternos, frescos, extemporáneos, con la monumentalidad de un palacio del siglo XVI. Esto hace que la vida se detenga, que nuestro mundo se entrecorchetee y que sintamos, como Stendhal, un vahído de pura belleza.

La entrada es gratuita y el aforo limitado. Ciento cincuenta plazas, algunas de ellas sin posibilidad de sentarse, lo que explica las colas en la puerta durante una hora o más antes del comienzo del espectáculo. Alguno de estos aficionados, sin remedio, se quedarán en la puerta, sin poder participar en la velada. Otro día será. El ciclo se mostrará todos los jueves hasta el 22 de octubre, que lo clausura el flamencólogo sevillano José Luis Ortiz Nuevo y el guitarrista barcelonés Pedro Barragán.

El jueves 17, se inauguraron estos encuentros con Emilio Maya, una de las referencias guitarrísticas de Granada, y Eduardo López. Emilio, siendo flamenco, es un tocaor muy versátil, que retoza habitualmente con otras músicas, sobre todo con el jazz, aunque también ha colaborado en proyectos con músicos de clásica. Emilio siempre ha mantenido las ventanas bien abiertas y, no sólo se ha impregnado de los aromas que traen los aires de todos los puntos cardinales, sino que no ha rechazado ninguna propuesta de colaboración. Con un disco en la calle, llamado “Temple”, que próximamente lo presentará en Japón, está trabajando en un nuevo trabajo, del que nos participó en solitario unas sugerentes granaínas, con el nombre de “Tres piropos para Granada”. Su recital, acompañado de la violinista japonesa Maya, continuó con zapateado, taranto y seguiriya.

Antes que Emilio, la guitarra limpia y canora del guitarrista y profesor Eduardo López, nos hizo entrega de un repertorio clásico, muy cercano al flamenco. Fueron la rondeña, la petenera y el zapateado de Regino Sainz de la Maza. Para terminar, ambos guitarristas se encontraron en Manuel de Falla, donde coincidieron la sensible sonoridad de López con el ardor espontáneo y la flamencura de Maya. Ante la pregunta por su complicidad, Eduardo nos dijo que había sido muy fácil, mientras Emilio confesó que sólo habían ensayado dos minutos.

* Portada de Temple de Emilio Maya.

Cantista

Cantista

Creo que no hay nada peor para un idioma que el abuso de las palabras. Los políticos son expertos en rebuscar términos y expresiones y después emplearlas discriminadamente (aunque también los comentaristas de radio y televisión).

No es el caso, pero un día, oyendo Radio 3, oí el nombre baterista en vez de batería, que es lo habitual en nuestro popular almacenaje de palabras. Lo ví bien, incluso más acertado. Lo mismo que quien toca la guitarra es un guitarrista y el que toca el piano es pianista, lo normal es que quien toque la batería sea baterista.

Esto choca con cuestiones culinarias. Paellera, por ejemplo, que es lo que conocemos por el recipiente donde se echa el arroz, resulta que en realidad es la cocinera que lo guisa y la sartén es la paella, que también denomina a este menú valenciano tan extendido. Aunque todo esto contradice en gran medida a la Real Academia.

Ahora, en Radio Clásica, oigo la palabra cantista, refiriéndose al cantor o cantante (el que canta, especifica el diccionario). Baterista ya es una buena concesión, pero cantista...

Hoy mismo, sin embargo, incluyo la palabreja en el artículo que he mandado al periódico, que saldrá mañana o pasado. ¡La carne es débil!

* Qué hambre me ha entrado al poner esta foto.

Si el tiempo lo permite

Si el tiempo lo permite

XX Noche Flamenca  Plaza de Toros, Doctores, San Lázaro

El otoño, al menos aquí en el sureste, se ha precipitado. Cuando otros años el verano se prolongaba hasta entrado octubre, incluso. Este loco 2009 ha mandado con urgencia unas lluvias y unas tormentas que, últimamente, tardaban en aparecer.

Pero, ya lo dice el refrán: "a mal tiempo, buena cara" (aunque habría que discutir lo que se concibe por mal tiempo). Y, lo que sí es cierto: "nunca llueve a gusto de todos" (véanse las inundaciones, por ejemplo.

En este caso, y para lo que nos ocupa, hoy podemos decir: "nunca llueve a gusto de toros", pues es este Festival, el de la Asociación de Vecinos de la Plaza de Toros, Doctores y San Lázaro, que cumple su vigésima edición, el que no se pudo celebrar anoche por las lluvias.

Encomendándose a los cielos y a los traviesos dioses, han decidido probar suerte hoy jueves, día 17 de septiembre, por si el cielo puede esperar. (Aunque, ya puestos, que espere un poco más, porque mañana viernes es la Noche Flamenca del Albayzín en el Palacio de los Córdova.)

En veinte años, como es lógico, han pasado por este encuentro flamenco la práctica totalidad de los flamencos de Granada. Organizado por los vecinos y respaldado por el Ayuntamiento, el Festival comenzará a las 22’00 horas, a espaldas de la Plaza (Calle Doctor Mesa Moles). La entrada, como siempre es gratuita.

Actuarán, para ir abriendo boca: al cante: Álvaro Rodríguez, Ana Mochón y Mamen Ruiz; a la guitarra: José María Ortiz y Vicente Márquez "Tente"; y al baile: Silvia Lozano y su grupo.

Alegrías de tierra adentro

En mi casa a mí me llaman

marino de tierra adentro;

siempre que voy a la playa

sólo me mojo por dentro.

 

Con la cerveza en la mano

me siento en el chiringuito

con el pelo humedecido

comiéndome un pescaíto.

 

Como no tengo mar

nunca me baño;

que un poquito de sal

me va sobrando.

Retazos de verano

Retazos de verano

El verano, como la Navidad, seguramente, es para los niños. Cuando somos niños lo sabemos, aunque no seamos del todo coscientes de ello. Poco a poco se nos va olvidando, hasta que tenemos niños, que más que recordárnoslo, se nos impone como una realidad innegable.

Como los cinco veranos que ya llevo con Juan, estoy supeditado a él, cada vez más, cada vez menos. Ahora soy su extensión o su sombra, o él la mía. Pienso, algunas veces, que tengo un niño faldero.

Todo está enfocado a Juan y los demás nos adaptamos. Un veraneo intermitente ha llenado sus días. Mucha piscina, algunas playas, una aventura científica en el Parque de las Ciencias, donde, entre mucho, dibujaron como los primitivos (véase ilustración), cursillo cultural en el Museo de CajaGranada, visitas a la Alhambra, guiadas e inventadas, trasnoches flamencos con su padre (ya canta y hace compás)...

Lo cual ha hecho que madurara bastante, por si no teníamos bastante. Ha aprendido a nadar y ha refinado sus razonamientos y sus preguntas.

El otro día me dijo: "Papá, ¿cuántos pájaros crees que hay en España?". Le dije que al menos tres, para dulcificar la estadística.

La finura de esta pregunta, sin embargo queda superada por esta otra: "Papá, ¿cuántos maridos andaluces crees que darían la vida por sus mujeres?"

Debido a la complejidad interrogativa y, sobre todo, a lo comprometido de la posible respuesta, le pregunté acto seguido: "¿Dónde te has sacado esa pregunta?"

"De mi cabeza", respondió sin titubeos. Y, ante el asombro y la carcajada de su padre, decidió facilitarme algunas respuestas alternativas: "Treinta mil, cuarenta mil o el ochenta y tres por ciento".

Seis gotas de agua

Seis gotas de agua

Mirando tan sólo sus manos podemos entrever su dimensión artística. Su presencia nos advierte de su carisma. Su manera de tocar nos asegura que Juan Habichuela nieto está llamado a ser uno de los grandes de la guitarra. Lo afirmamos con toda seguridad. Pocos guitarristas hay tan completos. La savia de los Habichuela corre por sus venas y se desprende por las yemas de sus dedos, que se enriquece con la frescura y agilidad de sus veinte años. Porque nos sorprende su juventud, tanto como su coherencia. ¿Veteranía? Quizá, pues lleva frecuentando los escenarios desde los trece. Aunque, por suerte, aún le queda que madurar. El florecimiento como artista está por llegar.

Su virtuosismo –porque no se puede llamar de otra manera- ha llamado la atención de Universal Music, que ha comprado los derechos de sus primeras grabaciones. Juan dice que es pronto, que necesita seguir rodando un poco sus composiciones, airearlas y crear nuevas historias. Para el verano de 2010 seguramente veremos su primer trabajo, que pretende ser, según nos cuenta, una recreación de los lugares por donde pasa. O sea, que la labor aún queda por hacer. Aunque ya cuenta con bastante material.

El miércoles cerró la temporada de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte, donde propuso el estreno de “El alma de mis seis cuerdas”, un espectáculo ya cerrado y exportable. “Porque me hacía ilusión presentarlo en Granada y en mi barrio”. De aquí lo llevará a Praga y después a Barcelona, Valladolid, Madrid y algunos otros puntos que, a fecha de hoy, no están confirmados.

La función tiene una primera parte más intimista, con la rondeña y la soleá, interpretadas en solitario, que se va expandiendo, rodeándose de colaboradores, con el zapateado, las seguiriyas rítmicas y las alegrías. La segunda parte es más festera. Comienza con un tango argentino y continúa con una creación por tangos, muy cercana a la rumba, para terminar por unas generosas bulerías, que en origen duran doce minutos, donde el joven Habichuela desarrolla todo su saber y energía.

Para el zapateado le acompaña Maya, una violinista japonesa que llena sus composiciones de brotes de dulzura. Quizá sea la pieza que ha mantenido a su lado durante más tiempo, sin modificaciones apenas. En las seguiriyas se hace acompañar de dos cantaores, intentando juegos polifónicos morentianos. En esta ocasión, las voces las ponen Rudy de la Vega y Enrique Morente hijo, como artista invitado. Juan, sin embargo, nos cuenta que el cuadro aún no está cerrado, que los músicos que lo rodean no son los definitivos. Las veloces alegrías se acotan con los coros y las palmas de Macarena Habichuela, Encarni Heredia. Los percusionistas Rafa Luky y Juan Fernández ‘el de la Porrona’ se van alternando. En principio, y viendo los resultados, nos parece un innecesario exceso de orquestación, que, en más ocasiones de las deseadas difuminan el protagonismo de la guitarra.

La incorporación del tango argentino en el repertorio puede responder a una moda. Bastantes flamencos actuales, desde Morente hasta Marina, por hablar sólo de artistas de la tierra, acercan los sones bonaerenses a sus grabaciones. El guitarrista granadino nos asegura que no es así, que el tango le ha gustado y lo ha perseguido desde su infancia.

La carrera de Juan Habichuela está empezando, como quien dice. Sus ocho horas de ensayo diario no se las quita nadie. En su haber lleva bastantes recitales en solitario y como acompañante. Además de girar con su familia, como es lógico, a la que le debe los ligaos y a prescindir de la cejilla “para aprovechar toda la riqueza del mástil”, lleva un año arropando al maestro Enrique, lo que para él es una responsabilidad muy grande. Morente cuenta, sin embargo, que es un gusto trabajar con él, que le recuerda a su abuelo. Juan suena como el agua.

El mejor cartel en Ogíjares

XXX Festival Flamenco de Ogíjares

Debido al caché –a veces desmedido-, algunos artistas se pueden permitir el lujo de contar con un técnico de sonido en su equipo. Debido a la precariedad de los escenarios –a veces demasiados-, algunos artistas se ven obligados a contar con un técnico de sonido en su equipo. Prueba de ello lo tuvimos en el Festival de Ogíjares, que este sábado se vistió de fiesta para celebrar su trigésimo aniversario, con un cartel de primera (aunque todos sabemos que el flamenco multitudinario hace agua siempre por las mismas grietas). Los dos primeros actuantes, José Cervera ’El Cuchillas’ y Diego Clavel, respectivamente, ya por modestia ya ortodoxia, llegaron desnudos. Quiero decir, sin técnico al uso y sin guitarrista propio. Pagaron las consecuencias de un sonido plano y mal ajustado, con alguna que otra estridencia. Cervera, con su presencia pastoril y su voz escobarera, no arriesgó demasiado, haciendo un polo, una farruca, “Carcelero”, como homenaje a Caracol, y terminó con la milonga de Juanito Maravilla, dedicada a todas las madres. Carlos Zárate le acompañó a la guitarra. Clavel, en menos forma que de costumbre, arropado por Ramón del Paso, se templó por granaínas, continuando con su repertorio habitual. De la caña entre soleares pasó a las alegrías, seguiriyas y malagueñas.

Con Mayte Martín comenzó en realidad el Festival. A su lado brillaba la guitarra de Juan Ramón Caro. Mayte, siempre afinada, siempre perfecta –demasiado, para el decir de algunos-, comenzó con peteneras, a las que le siguen unas malagueñas tradicionales y unas seguiriyas con cabales –dulces donde las haya. El garrotín no se suele escuchar en estos foros y la guajira mantiene altos los niveles de belleza. Su éxito “Ten cuidao”, del disco “Querencia” (2000), abre paso a las bulerías que generosamente añade a su entrega. Con la catalana, la presencia de especialista propio en la mesa es una rutina. Patricia Guerrero, bailando soleá por bulerías, remata esta primera parte. Las tablas, como siempre, no la merecen y la luz, pobre desde un principio, no le hace justicia.

Marina Heredia, con su voz desgarrada, flamenquísima, despereza después del descanso. Marina ha convertido su presencia y su hacer en símbolo granadino, que, junto a Luis Mariano a la guitarra, no podía haber pareja más enraizada. Sus primeras alegrías demuestran su poderío. Duele su soleá tanto como estremecen sus fandangos albaicineros. Redondea las granaínas; los tangos son imprescindibles; y el soniquete moruno de Mariano goza de un marchamo de autenticidad, de agua y luz sacromontano. En las bulerías, quizá bastante largas, se acuerda de Bambino. Un poquito por fandangos, a los postres, rematan su presencia. Arcángel, último artista en el cartel, calma y agita con su martinete. Su cadencia y su asomo morentiano lo elevan a los primeros puestos del flamenco actual. Los tangos, sin embargo, se diluyen en parte con la guitarra impulsiva de Miguel Ángel Cortés. Las seguiriyas son correctas y las alegrías personalísimas, con un continuo alzapúa en el bodón. Y, después de un pataleo público, que no viene a cuento, borda un recorrido por fandangos, imponiendo su reinado.

Como nota final, aplaudimos la presencia de Manuel Curao. Siempre se agradece, gobernando la dinámica en un encuentro flamenco, la presencia de quien sabe lo que dice.

El Niño de las Almendras, imprevisible

El Niño de las Almendras, imprevisible

Museo Cuevas del Sacromonte. Historia viva

Tiene el Niño de las Almendras un estilo muy personal y un permanente estado nervioso que le hace parecer inseguro. Y es que el jaleo y el ritmo, la guitarra y la expectación, no atienden a razones y a este Niño, de casi 80 años, se le van los pies y la sal. Tanto es así que baila en su asiento o se levanta continuamente para regalarnos su pataílla de Chiquitistán o para cantar sin amplificación. Tanto es así que, al final de unas bulerías, le da un manotazo al micro o se le va la silla, dando un culazo para atrás.

José Ferrer, el Niño de las Almendras es imprevisible. Tiene un humor acompasado que vence al público desde el primer instante. Al principio se ajusta (¿se adapta?) al programa. Para, en el segundo pase, no sólo improvisar sus entregas, sino imaginar sus letras conforme las va cantando.

A su lado, Carlos Zárate, tocaor de oficio, pendiente y seguro, le allana el camino y destaca tanto en un segundo plano tanto como cuando toma el timón. El azar, uniéndose al fortuito recital, quiso hacerle saltar la prima a la guitarra en mitad de los tarantos y la cartagenera. Carlos salió airoso, continuando su acompañamiento como si nada, cuando otro tocaor se hubiera detenido al ver que su buque hacía agua.

Antes de estos cantes de levante, el cantaor granadino abrió con soleá y malagueñas, que se abandolaron a su final. Cuando el episodio de la cuerda, Juan Fernández subió al escenario e hizo compás por bulerías con su caja. El Niño lo siguió y pronto cogió el protagonismo hasta el regresó de la guitarra reparada. Con fandangos continuó su concierto y terminó con tientos-tangos, en los que recordó a Caracol.

La segunda parte la abrió Zárate por tangos. La voz desafinada fue de Sensi. José entró por granaínas, unos tangos del Piyayo, semi garrotín, creados sobre la marcha, unos fandangos y, de nuevo, cerró por bulerías.

Rosa Zárate, con su baile maduro y elegante, salpimentó un poco más la actuación, por seguiriyas en un principio y por alegrías al final del segundo pase. Con resistencia a abandonar, el Niño de las Almendras todavía nos dejó un fandango a capela antes que se apagaran las luces.

* Niño de las Almendras (© M. Avilés).

Cuarenta años no son nada

Cuarenta años no son nada

40 edición de ‘El Lucero del Alba’ Salobreña

“El Lucero del Alba”, con sus cuarenta años de existencia, es el festival más antiguo de la provincia y seguramente de Andalucía. La peña flamenca ‘La Trilla’, apoyada por el Ayuntamiento de Salobreña y la Diputación de Granada, acoge todos los veranos a cientos de personas para ofrecerles el mejor flamenco a su alcance. Muchos de sus miembros son cantaores aficionados que participan en este evento, dándole así un toque personal del que pocos festivales pueden presumir.

Desde su Presidente, Eliseo Alabarte, que abrió el festival, hasta casi la mitad del cartel eran de Salobreña. Con el guitarrista local, José Fajardo, Eliseo fue puro cantando por mineras, soleá, granaínas y fandangos. ‘El Canario’, también de esta peña, con el mismo tocaor, comenzó por cantiñas, siguió por soleares, seguiriyas y fandangos, y, como bis, quizá perturbara su entrega cantando “La Estrella’ morentiana.

Lucía Guarnido, casualmente también salobreñera, encargada del baile, nos dejó unos tientos-tangos muy personales y, más tarde, unas elegantes alegrías. En este momento se evidenciaron ciertas deficiencias, sobre todo en la sonoridad de las tablas y en la pobreza de la luz. También, un zumbido de fondo, del equipo electrógeno posiblemente, alteraba la escena.

Desde Cádiz, ‘El Niño del Gastor’, arropado por Fajardo, como los anteriores, nos brinda soleá apolá, dedicada a fosforito, malagueñas, caracoles, “esas alegrías que Chacón regaló a Madrid”, seguiriyas y fandangos. Destacan en este cantaor la adaptación personal de sus letras.

Después de la segunda entrega de Guarnido, el almuñequero Rafael Muñoz ‘El Niño del Cerval’, con Ricardo de la Juana a la guitarra, comenzó con malagueñas de El Mellizo y de Aurelio. En las alegrías se acordó dos o tres veces de su patria chica, cantándole a Almuñécar. Continuó por marianas, tanguillos de Chano Lobato, seguiriyas y fandangos.

Como estrella exclusiva, Luis Heredia, eminentemente festero, abrió con un romance por bulerías y por tangos. Inhabitualmente, para un gitano y para un festival, continuó por peteneras. Y, cómo no, al igual que el resto de los participantes, hizo fandangos festivaleros. El Polaco terminó por bulerías. Después otras bulerías. Y, para terminar, más bulerías. Las primeras, unas granaínas por fiesta, bien ajustadas por ser un cantaor con ritmo y tener al lado a Paco Cortés, un número uno en la guitarra. ¿Una manera de enriquecer la fiesta o de desbaratar la creación chaconiana? Las últimas acompañadas de una pataílla efectiva.

* Castillo de Salobreña.

 

La estela escarlata

La estela escarlata

Museo Cuevas del Sacromonte

Familias flamencas: ‘Los Coloraos’

El Museo Cuevas del Sacromonte nos recibe con mejoras considerables. Asignaturas pendientes imprescindibles, como la luz y el sonido, empobrecían la muestra. La sonoridad está ajustada y, aunque no suena por igual en todo el recinto, generalmente es notable. En cuanto a la luz, se ha optado por una iluminación fija y definitiva. Los focos de color inciden sobre el blanco sin perturbar una escena diáfana. Son buenas nuevas que nos predisponen a disfrutar de una velada que promete: la familia de ‘Los Coloraos’. Su estela escarlata.

El anhelo no se hace esperar. Llega en forma de cante primitivo, sin acompañamiento. Comienza con gusto Sergio Gómez ‘El Coloraito’ entonando unos martinetes que, a continuación, son contestados por la voz templada del padre, Antonio Gómez ‘El Colorao’, cantando por tonás. A esto le sigue una debla a dos voces bien compenetrada.

Sergio, después de esta entrada, ocupara la primera parte. Su cante es melodioso y bien modulado, creativo y agradable. Es importante cómo ha sabido adaptar el cante a sus facultades y no al contrario. La guitarra de Rubén Campos se adapta a sus melismas. Hará vidalita y alegrías, será personalísimo en la farruca y acabará por bulerías. El aire de la velada lo pone Raquel Heredia ‘La Repompa’, con unos pies limpios y acompasados, bailando bulerías. Conociendo el poder de sus tacones, los brazos ocupan un segundo lugar.

Tras el breve descanso, Antonio Gómez toma la palabra, abriendo por marianas, como ya habitúa. Es de admirar la buena forma de su voz, por la que no pasa el tiempo. Sus palos fuertes, donde es sabio, son las soleares y las seguiriyas, que las interpreta con generosidad, separadas por tangos de por medio. En su rumba exitosa “Mi mama”, Sergio hace la segunda voz. Cierra por bulerías, antes de dar paso de nuevo a la impecable Raquel bailando por alegrías.

A un regalo final por fiesta, con todos los artistas, se une Ana Gómez, otra de las hijas, ofreciéndonos una saludable pataílla.

Con restos o sin restos

Con restos o sin restos

Ya han arreglado el camino, pero, desde 1974, un grupo de gitanos de Granada, capitaneados por Curro Albayzín, se desplazan todos los 18 de agosto, por pedregales, barranco abajo, a la tumba de Federico para rendirle homenaje. Son decenas de flamencos, políticos y ciudadanos los que se suman a esta iniciativa. Entre todos se recuerda al poeta, como mejor saben hacerlo, cantando, bailando y recitando sus poemas. Es una noche con principio pero sin fin. Y, con la aurora, se recoge la manta para el próximo año. Y, con el día, queda el recuerdo. La hondonada, la fosa donde se cree que esta Lorca, con cien más, con mil más, se llena de nardos, que compiten con la pobre floresta, y se llena de velas, que se reflejan en un cielo especialmente cargado de estrellas. (Algunas fugaces parece que aplaude una letra o un aleteo de brazos.)

Es una romería tan específica como anónima donde se brinda por la palabra, por la libertad, por la república. Y se llora por dentro con un  ruego común, que no vuelva a pasar. No volvamos la espalda a nuestros hijos, a los que hablan diferente, a los de otro color.

Parte de los artistas que intervinieron en el festival de Víznar siguieron aportando su verdad en el barranco. Muchos otros unieron sus voces a la velada que se estruja. Una velada que tiene horizonte. Por el viento aparecen los huesos del poeta, las excavadoras que removerán la tierra y la memoria, para bien o para mal. La ceremonia puede acabar. Las preces mueren a falta de ara. Pero ¿hace falta una tumba o una idea? ¿Hace falta una imagen o una fe? Con restos o sin restos, a Federico le cortaron las alas, le apagaron la luz, el 18 de agosto de 1936.

* Curro Albayzín (foto de archivo. © Jesús Montoya).

Firmemos por el festival de Víznar

Firmemos por el festival de Víznar

Llevamos tiempo cuestionándonos la validez de los festivales hoy en día, esos maratones de artistas de público y de horas. La gran muestra de flamenco a granel, grosso modo, debería cambiar. Sin embargo, ni es el momento adecuado ni es un servidor el encargado de colgarlo en el cartel de anuncios. Así, que en otro foro nos veremos. Lo que sí es de ley comentar es que existen festivales recogidos y muy cuidados, en poblaciones pequeñas generalmente, que no sólo hay que apoyar, sino que cumplen una misión imprescindible. Tal es el caso del encuentro flamenco de Víznar, enmarcado en su Semana Cultural, que este año celebra su 25 edición. El festival flamenco coincide con la noche que mataron a Federico (el 18 de agosto), con lo que se dobla su intención. Cientos de personas se asoman a este pueblo serrano por amor al flamenco, pero también por solidaridad con el poeta y el deseo de libertad. Hay que destacar, por otro lado, a diferencia con bastantes festivales de la provincia, su exclusiva gratuidad.

La noche se abre con el “Imaginario musical lorquiano”, un compendio de la música que rodeó al poeta a lo largo de su vida, desde el clásico de Falla, hasta la música caribeña, desde el jazz hasta el cante jondo. Esta composición se inauguró en Fuentevaqueros, con motivo de la entrega de la insignia "Pozo de oro" a Enrique Morente el 4 de junio de este año. Su compositor, el pianista José María Pedraza, vino acompañado de Sergio Albacete, con el saxo, Alfonso Alcalá al contrabajo y, como baterista, Pancho Brañas. A ellos, se les une el cantaor Sergio Gómez ‘El Colorao’ y Alfredo Mesa a la guitarra.

El grupo de Curro Albayzín, a continuación, rellena el escenario. Curro es único recitando a Lorca, arropado con la guitarra sacromontana de Antonio ‘El Chonico’. A la voz le acompaña Sara Heredia, con soleá, tangos y, sobre todo, esas “Nanas del Caballo Grande” cantadas a capela. Al baile, la maestría, la elegancia y el carisma de Angustias ‘La Mona’.

Ya que estamos en primera, seguiremos subiendo. La segunda parte la ocupa un cantaor especialmente sembrado. Juan Pinilla es un artista con gran dominio y conocimiento, que no se limita a frasear como sus mayores, sino que ilustra sus intervenciones. Así logra ser puro como Ávila, dulce como Cobitos, creativo como Morente, comprometido como Moyano y didáctico como Calixto. Con Josele de la Rosa a la guitarra (bastante Mariano, por cierto), hacen zambra rematada en tangos, malagueña y generosos abandolaos, cantiñas y bulerías.

Como cabeza protagonista, un imponente Diego Clavel, cierra la noche. Sus registros, calidad y dominio son dignos de admiración. Su modulación, largura y melismas lo sitúan en la primera fila de los verdaderos aficionados. Hace granaína, la caña, peteneras (por petición personal), seguiriyas y cantiñas. A su lado, ejemplo de preciosismo y hondura, tañe la guitarra Antonio Carrión. A veces, demasiado impulsivo para el cante mecido del de la Puebla de Cazalla.

* Juan Pinilla (foto de archivo. © Nono Guirado).

Yo estuve allí

Yo estuve allí

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Hay momentos decisivos, especiales, únicos. Hay “días señalaítos” que, de tan redondos, gustaría guardar en un fanal de cristal para que el olvido no le haga mella. El viernes se cerró el ciclo de “Los veranos del Corral”. Como esa serpiente que se muerde la cola representando el infinito, esta muestra trazó un círculo, tan ambicioso como bien resuelto, al abrir y cerrar con la crema del baile granadino. Para empezar, ya hablamos de los encantos de ‘La Moneta’. Para cerrar, nos falta periódico en el que describir la sabiduría del baile de Manuel Liñán; nos faltan estrellas para valorar su actuación.

Manuel entra en Granada por la puerta grande, entra como vencedor, pero con humildad. El patio está lleno de flamencos, de admiradores, de familiares, o todo junto. Todos le debemos a Manuel su trabajo y maestría. Con conocimiento, se hace arropar de un buen cuadro Antonio Campos y José Anillo al cante, que romperán el hielo con granaínas, con un beso a su tierra; Arcadio Marín y Antonia Jiménez, dos guitarras de precisión; Teresa González ‘La Tacha’ y Vanesa Coloma al compás. Nunca, como con Liñán y su estela, las palmas han tomado categoría instrumental.

Desde su aparición, desde su primera pose en el centro del escenario para abordar el taranto, nos convencimos que esa noche se escribiría con letras grandes e inicio capital. Su verticalidad suprema, el sentido del equilibrio, la medida exacta, la creatividad continua, el milímetro detalle. ¿Quién recuerda a Antonio Gades, quién a Vicente Escudero, quién a Mario Maya? Manuel es una escuela andante que demuestra a cada paso que nada está inventado, que el taranto excepcional se remata con tangos, que son los de siempre, que son los de nunca.

Unos martinetes bien engarzados dan paso a una pieza tan rotunda como delicada. La escena está preparada. Antonia, con un pie en la silla, tañe los tanguillos, ya conocidos de otros días. José, también de pie, los ilustrará con su cante que, a los postres, se hará habanera, la que Carlos Cano dedicó a Cádiz. Manuel, con traje corto de tonos sepias y tocado con cordobés, baila con una silla, que la mueve como pluma, como de Manila. Juega con el ala de su sombrero y recorre el escenario con elegancia. Termina sentado en la silla, entre los dos músicos, formando una estampa añeja y conseguida. Un dulce. No creo que la perfección exista, pero sí creo que se puede rozar. Los aires gaditanos de este bailaor granadino, le dieron un gran arañazo.

“Cuentas de marfil” es la sensible composición que Arcadio nos brinda, haciendo tiempo para el remate definitivo. La soleá supera lo insuperable. El compás es una anécdota. La técnica es una anécdota. El mismo baile es una anécdota en un bailaor que lo hace todo tan sencillo como imposible, tan asequible como inalcanzable.

La merecida ovación final del público en pie, entregado sin condiciones, es la mayor que hemos visto en mucho mucho tiempo. Un servidor, tiene el orgullo de poder clamar: “Yo estuve allí”.

* Manuel Liñán (© flamenco-world.com).

De las manos de Alfredo a los pies de Ana

De las manos de Alfredo a los pies de Ana

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

De las manos de Alfredo Lagos a los pies de Ana Calí puedo hacer un largo viaje que se resume en el término virtuosismo. De la guitarra a los tacones, un círculo se cierra, dejando sus excelencias. Pero qué poquito faltó para tener la noche redonda, la velada sin fisuras, las cinco estrellas. El duende asomaba, pero tímidamente. Salía y se volvía a esconder.

No entiendo cómo teniendo una sonoridad impecable en el Corral del Carbón, con Juan Benavides en el pescante, que viene a ser uno de los mejores técnicos del país, hay artistas exclusivos que traen a su propio especialista para “reajustar” lo que está perfectamente ajustado. El resultado era de prever. Acoples, suciedad, guitarrazos, estridencias. Las manos privilegiadas y sensibles de Alfredo Lagos perdieron brillo y, la rondeña sonó caótica. Para las alegrías se hizo acompañar de la percusión exclusiva de José Carrasco, que más tarde se haría un solo bastante aplaudido. El dominio y la técnica, la cadencia y la velocidad, el conocimiento y la largura se unen en este guitarrista jerezano cuajado de seguridad. Continúa por fandangos y después tangos rumberos (más rumba que tangos). Y, para terminar, una generosa entrega por bulerías, donde nos descubrimos ante uno de los grandes.

El viaje prosigue en el baile y se derrite en los pies, extremadamente limpios, de Ana Calí. Esta granadina es una bailaora de oficio que se entrega al cien por cien. Como diría el poeta “como si no hubiera otro día para bailar”. Desde sus salidas hasta sus desplantes y escobillas vemos la totalidad de esta artista, a la que le bailan hasta los ojos. Su actuación comienza sensible por tarantos y termina roneando por tangos. Se evidencian en seguida la grandeza de los cantaores, Antonio Campos y Juan Ángel Tirado, que esta noche están especialmente sembrados; como también se patentiza la insuficiencia de las guitarras de Rubén Campos y Alfredo Mesa. Siendo buenos tocaores, como han demostrado en bastantes ocasiones, resultaron inmerecidamente tímidos e inseguros. Pobreza musical que repercute en la finalidad de la protagonista.

Unos martinetes anuncian unas tremendas seguiriyas. El control, el ritmo y la belleza estética de esta bailaora hacen incomprensible su casi inexistencia fuera de nuestras fronteras. Con altibajos, los tangos preparatorios anuncian el plato fuerte de la velada, que llega en forma de alegrías. Ana ha simplificado su apariencia, quizá involuntariamente, pero con grandes resultados. De una perfecta gitana del Sacromonte, con sus caracoles y su flor en lo alto de la cabeza, termina con chaqueta corta y pantalón y un recogido informal que prescinde de añadidos. Ante un público rendido, Ana, remata con un poquito por bulerías.

* Ana Calí.

Málaga recupera el pulso en el Corral

Málaga recupera el pulso en el Corral

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Después de unos días de altibajos, dentro de la excelencia, el miércoles se recuperó el pulso en el Corral del Carbón, de la mano de dos artistas malagueños. Cancanilla de Marbella fue el encargado de abrir la noche con su compás y gracia. Estuvo acompañado de Chaparro y Salaíto, dos guitarras escuetas, aunque de gran sonoridad, y de un palmero, El Kiko. Este cantaor, con personalidad estética y amplios conocimientos, comenzó con soleá por bulerías. Cancanilla, alejado de nuestros escenarios, nos viene a mostrar su cante en plena madurez artística, cuando su dominio de la escena es absoluto. Continúa por tientos-tangos y por seguiriyas, descubriendo su escuela mairenera. En las bulerías finales hace un despliegue irrefutable de poderío y sal. Se acuerda de Caracol, con el que trabajó un tiempo, y alarga su “pataílla” como un valor propio de gran tonelaje.

Ramón Martínez tuvo un comienzo frío, quizá soso. El público tampoco supo reaccionar al cambio de registro del De Marbella a este bailaor. Los abandolaos no llegaron a convencer. Su baile por seguiriyas supuso un salto. Con una técnica impecable y una estética que se vislumbra claramente, falta o sobra algo. La expresión del rostro incluso no le acompañaba. Pero con las alegrías se abrió la caja de las sorpresas. Estamos ante un bailaor de prestigio, que rellena el escenario con un lenguaje personalísimo. Ante el despertar del patio de butacas, Ramón también se crece y ronea como nadie y vacila como él solo, porque puede (porque yo lo valgo). Su cuadro también disfruta, se anima y se muestra a la altura. Dentro de los momentos gloriosos de esta Muestra de baile flamenco, las alegrías de Ramón Martínez ocupan, desde que las vimos, un puesto destacado.

Sus músicos, como digo, van a la zaga. El incuestionable Juan Requena, con una sensibilidad especial a la guitarra; los cantaores José Carmona y José Valencia, manteniendo óptimos los niveles y mostrando su buen hacer en solitario con una soleá por bulerías y unas malagueñas, respectivamente; y la precisa percusión de Israel Catumba.

En definitiva, una noche redonda como pocas, donde disfrutamos como nunca.

* Ramón Martínez (©  Paco Sánchez).

El eslabón perdido

El eslabón perdido

Los veranos del Corral. XI Muestra Andaluza de Flamenco

Ya no hay cantaores como Canela de San Roque. En el Campo de Gibraltar se encuentra el eslabón perdido del cante flamenco. Ése que nos recuerda los más añejos estilos y nos asoma al mismo tiempo a los tiempos venideros, convenciéndonos con su cante de que todo es posible. A su lado, un imponente Antonio Carrión, un tocaor de fuerza y precisión, completa su redondez. Una espléndida soleá abre la noche. Su dominio en los altibajos, su conocimiento y entrega son excepcionales. Por momentos nos recuerda a Marchena. La seguiriya puede que sea la mejor que hayamos oído en mucho tiempo. Con sabiduría y propiedad cantó por fandangos, de un “compadre” suyo y de Antonio el de la Calzá, donde demostró su excelente registro. Su compás y su eco gitano los derrochó en las bulerías por soleá y en las bulerías de Alcalá. Terminó su entrega, menos ajustada, con los tarantos “Se pelean en mi mente”, que grabó Camarón en “Soy caminante”, un trabajo de 1974.

La segunda parte la ocupa un bailaor de formas encontradas. Un supuesto arranque de originalidad, resultó una innecesaria puesta en escena. “Semana Santa en Sevilla” quiere ser un homenaje al ambiente procesional en las calles hispalenses. Destaca su firme taconeo rememorando el latido del tambor. Sobran, sin lugar a dudas, los conos de incienso, que duraron hasta el final del espectáculo; sobra su aparición bajo un ridículo trono, que cae atronadoramente hacia atrás; sobra el nazareno que contempla la pieza impasible y recorre es escenario con su arrastrar de cadenas; sobran sus miméticos movimientos de penitente, costalero o tamborilero… Un martinete (bien por David ‘El Galli’ y Javier Rivera) introduce las seguiriyas, donde el bailaor de Alcalá de Guadaira centra sus pasos en reconocidos contemporáneos. Paco Iglesias, de sensible guitarra, interpreta una soleá que se alarga con el cante y se hace por bulerías cuando el bailaor entra en escena. Siendo un bailaor elegante, con coraje y sentido del ritmo, dejó bastantes interrogantes abiertos.

* Canela de San Roque (©  Paco Sánchez).