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El perdón de los vencidos

Es cosa sabida que la historia la escriben los vencedores. Y los que la conocemos, en cierto modo, somos también de este mismo bando.
    Nosotros —los que hemos ganado— nos convertimos muchas veces en perdonavidas. A menudo, un ataque de misticismo y buena voluntad se apodera de nuestros corazones y amnistiamos a los pobres vencidos.
    Excarcelamos, de esta manera, en Semana Santa, a un delincuente reducido por la justicia. Un gobierno perdona a sus exiliados por causas políticas. Los países ricos condonan la deuda externa a las naciones que perdieron en el juego del capitalismo. La justicia inglesa liberó a Pinochet por dudosas cuestiones humanitarias...
    Pero el perdón más sentido. El más ejemplar y modélico, es el de la victoria. Muchos ganadores, reconocen sus pecados y piden excusas por ellos. Como la Iglesia, que a final de siglo (en el papado anterior), hizo un examen de conciencia y decidió disculparse con la humanidad, con los sacrificados, con los torturados, con los marginados, por los abusos cometidos —llamémosle así— en nombre de su Dios, para empezar el milenio limpio: una Iglesia inmaculada, como su madre.
    De esta forma, el Papa, en nombre de toda su comunidad pasada y presente, pidió perdón al resto del mundo. Se arrepiente de la inquisición y de las persecuciones religiosas. Pide excusas por su participación, o connivencia, en el holocausto nazi y por su odio ciego en las Cruzadas. Lo que aún queda pendiente, será porque España siempre viaja en el vagón de cola, es pedir clemencia por el partidismo, acaso violento, en la Guerra Civil.
    A veces, los vencidos, sin esperar —ni siquiera— desear las dispensas de sus opresores, los perdonan sinceramente. Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, reza el Padrenuestro, y es punto de unión en todas las doctrinas.
    No es fácil perdonar a los que nos ofenden, a quienes nos roban, a los que incendian nuestra hacienda o matan a los nuestros. No es sencillo exonerar a quien se cruza con nosotros con malas artes, a quien nos apuñala por la espalda, a quien mancilla nuestro honor, a quien pisa nuestra cabeza.
    El checheno no perdona al ruso, ni el servio al albanokosovar. El israelita se la guarda al palestino y los hutus a los tutsis.
    El odio engendra odio y la violencia, violencia. Quien a hierro mata, a hierro muere. Somos humanos, demasiado humanos —como dijera Nietzche— y lobos para nosotros mismos —apostilló Hobbes—. Nos hemos estancado en la Ley del Talión, y si nos sacan un ojo, pedimos ojo, y si nos arrancan los dientes, exigimos dientes.
    Sin embargo, se me ocurre otro perdón. Y éste es el de los ganadores a su mismo equipo. El perdón por agregar a sus filas a seres apartidistas, por abonar el odio en corazones puros, por enrojecer los ojos de ira a los que sólo ven limpio el horizonte, por convencer a gente sencilla de ser los elegidos y obligarles, como poco, a ningunear a los que no son como ellos...
    Por ejemplo, se me ocurre, que al pedir perdón a los perseguidos, habría que pedirle también a los perseguidores. Cuando la Iglesia se disculpa ante los sarracenos por las Cruzadas, tendría que arrepentirse también ante los cruzados por haberles hecho sacrificar su vida en nombre de su ciega religión. Es sacar la paja de los ojos ajenos, pero también extirpar un poquito de viga en los propios.

Estadísticas

No me asaltan deseos, por ahora, de debatir sobre la calidad de la televisión (esa caja alienable que consume nuestro tiempo, presumiblemente libre). Aunque mucho habría que hablar sobre este tema. Lo que me interesa es preguntarme sobre la validez y alcance de las estadísticas, que en ese medio proliferan como el flamenqueo en nuestro país.
Desde que llegó la democracia, las estadísticas se han establecido en nuestras vidas, evolucionan una tras otra empresas encuestadoras, avezadas en realizar estudios de todo tipo para alarmar o, cuando menos, sorprender a la población.
Se clasifica y se barema todo con un relativo acierto o interés. Se estudia el número de fumadores de una determinada edad, la cantidad de votantes en unas elecciones, la cifra de operarios de la madera que montan en bicicleta mientras silban una melodía de moda.
Pero lo que llama la atención —al menos al que suscribe— es el índice de audiencia de cualquier programa televisivo, generalmente hortera, cutre, cursi... basura, al fin y al cabo; o entretenido, informativo, formativo (que también los hay). Un buen día me entero de que varios millones de españoles estábamos viendo en tal cadena, a una hora determinada, un programa chorra (dicen que "sobre gustos no hay nada escrito", yo opino, sin embargo, que desde que apareció la escritura no se deja de hacer apología del gusto).
Inocentemente, pregunto a mi alrededor y nadie coincidió (ni siquiera zapeando) con dicho programa. Y me pregunto con suma curiosidad si esa estadística la harán casa por casa, vidente por vidente o simplemente a boleo. En honor a la verdad, debo decir que tengo una idea bastante aproximada de cómo se hacen estos balances. Pero, también es verdad, que sea como sea, se realicen de una u otra manera, estas estadísticas son sesgadas y harto parciales.
La Estadística no es una ciencia exacta. Porque todos sabemos, Alberto nos lo recordó, que todo es relativo. Las estadísticas no son fiables. Son engañosas. Cuando las encuestas hablan de un partido preferente para aventajar a los demás en las elecciones, es posible que las pierda sin remedio. Cuando anuncian que un programa está arrasando, de repente puede que se vaya a pique por falta de audiencia.
Ni siquiera los hombres del tiempo se ponen de acuerdo (sempiternos soporíferos hieráticos). Valga decir que en Antena 3 siempre llueve más que en Tele 5 y que en Canal Sur el tiempo es sorprendentemente más estable que en Tele Nieve.
Está visto: si entre tu y yo nos fumamos seis paquetes de tabaco al día, las cuentas dicen que cada uno fuma sesenta cigarrillos. Sin embargo, yo no fumo, ¡gracias! Y tú, con una colilla enciendes el siguiente pitillo.
Otro ejemplo. Un ciudadano es atropellado cada cinco minutos en Estados Unidos. ¡Pobre hombre!
Donde sí encuentro que las estadísticas coinciden es cuando se realizan como aproximación o muestreo arbitrario o, sin lugar a dudas, en base a una cifra que ya tenemos. Por ejemplo podemos comprobar el número de días que llovió el mes pasado o la cantidad de niños que se han orinado en la cama una noche en un orfanato. O, como cuentan Les Luthiers en una de sus representaciones, "de cada diez personas que ven la televisión, cinco son la mitad".

La Plaza Humana

La Plaza Humana es, actualmente, una revista literaria en internet (laplazahumana.com) en la cual se pueden ver algunas de mis letras. Pero tal plaza comenzó siendo un programa de radio sobre poesía y otras literaturas que se emitía los jueves por la noche en la emisora municipal del INFE, en el ochenta y ocho punto ocho. No duró mucho, creo que alrededor de medio año, desde finales de 1999. Una de las lecturas que se incluía en el ecuador del programa, con una introducción musical de Luis Pastor y su hijo ("por el mar de mi mano, un barquito de papel te busca en vano"), y un trasfondo de Van Morrison, era una holandesa de opinión que construía sin ningún método o imposición. Mi alias, o sea, mi espacio, era "El que echa de comer a las palomas".
Ahora, me apetece recuperar esos textos que rezuman actualidad (intemporalidad, en todo caso) y exponerlos en este blog, que comenzarán en la proxima entrega.

De Sevilla a Jeréz

De Sevilla a Jeréz

Para cerrar el ciclo Flamenco viene del sur con broche dorado, sus organizadores programaron para el último día la actuación estelar de Merche Esmeralda. Todos los aficionados nos sentimos de enhorabuena por esto, porque sería un buen happy end, donde la ortodoxia, la experiencia y la estética de un referente del baile nacional nos brindaría todo su arte en estado puro.

Y en eso estábamos, cuando se empezaron a escuchar ecos de que la bailaora compartiría escenario con Diego El Cigala. Las predicciones se hicieron realidad y, mientras Merche rellenaba una escasa primera parte, el cantaor jerezano fue generoso en su entrega sobre el escenario.

Merche, posiblemente, sabiéndose cabeza de cartel, no le cuadraba abrir ella la velada, pero lo hizo porque su partenaire se rezagaba. Quizás esto fuera la justificación de su frialdad, aunque también fuera que pesaba su edad y la exigencia de seguir ocupando un primer plano, o más bien la lejanía de su cuadro que se mostraba ajeno y a veces sin sentido.

De cualquier forma, quien tuvo retuvo. La belleza de los movimientos y el juego de manos de la sevillana gozan del sabor y la frescura de siempre. En la soleá por bulerías estuvo algo mejor que en la seguiriya, en la que destacó el aire que levantaba su mantón. Faltó tiempo y faltó cocción. Fue visto y no visto. Incluso, resultó precipitado la vuelta a escena entre pieza y pieza, tan sólo con unos breves compases al violín de Juan Pablo Muñoz, donde se adivinaban algunas notas de Granada de Agustín Lara. El cuadro, totalmente correcto pero algo ausente.

Diego El Cigala, que ocupó la prolongada segunda parte, traía un conejo en la chistera y un par de ases en la manga. Para muchos espectadores su actuación fue una sorpresa continua. El gaditano no hizo puro flamenco, sino que retozó, como acostumbra desde su complicidad con Bebo Valdés y sobre todo con Fernando Trueba y Calle 54, que le introdujo al jazz, la bossa nova o el son cubano.

Sonaron bastantes temas de Lágrimas negras y otras piezas del mismo corte, pero con un aire más flamenco –excelente la versión de Dos gardenias–, y algo de Picasso en mis ojos, como el romance o el fandango La paloma, basado en el poema de Alberti. La última sorpresa fue su bis por bulerías. Cuando ya se habían apagado las luces, cuando ya se había ido parte del público, El Cigala, con un desaprovechado Diego del Morao a la guitarra, sacó brillo a la guinda más flamenca de su noche.

Destacaría, sin discusión, los músicos que acompañaban al maestro El Cigala: Yumitus al piano, Yelsi Heredia al contrabajo y Sabú a la percusión. Un extraordinario concierto sin contrariedades si no estuviera anunciado como flamenco y menos para cerrar un ciclo que debería ser pureza y raíz. Esmeralda y el Cigala pusieron el epílogo de este ciclo que programa el Teatro Alhambra en Granada.

El destino

"¡Oh, Diosa, canta la cólera de Aquiles!". Así empieza La Iliada. Es un comienzo que me ha acompañado siempre y me ha sido más familiar que "En un lugar de la Mancha", desde que leí por primera vez el poema homérico. Hogaño, me acerco a él en una versión de Alessandro Baricco para ser leída en la radio italiana. Es un texto de fácil lectura y particionado en breves diálogos, narrando la obra en primera persona por gran parte de sus personajes. Baricco obvia a los dioses, lo que llevó a Alfonso a emparentarla con la superproducción de Wolfgang Petersen para el cine. Pero nada de eso. Después de leerla, me quedo con un buen sabor de boca por el tratamiento tan respetuoso y ajustado a la historia original (Patroclo no es el primo de Aquiles sino su amante).

Sin embargo, no es de esta lectura de lo que quiero hablar, sino de la impresión que me causó mi primer acercamiento adolescente a la aventura épica más formidable del mundo. Me impresionaron bastantes cosas que sería largo y cansado el enumerar. Pero sí quiero dar una pincelada a vuelapluma sobre lo más sobresaliente que en este momento se me ocurre.

Me encanta el paralelismo, a veces más importante, de los momentos no bélicos, las aventuras de dioses y humanos, los sacrificios y otras ceremonias, los juegos e intrigas... Me entusiasma el protagonismo de las mujeres, verdadero centro realista y sensible de la obra. Me conmueve que se mencione el nombre de todos los muertos y su estirpe. Me satisfacen la repetición de epítetos y otras coletillas que hacen que las naves sean siempre cóncavas y la sangre negra y que la Aurora llegué con sus dedos rosados. Me conmueve la nobleza y el espíritu (la batalla termina cuando anochece).... En general admiro la dimensión poética de una obra eminentemente épica, dura y cruel.

Empero, lo que más me llama la atención es el destino. Todos están aferrados a su destino inmutable. Todos saben cuándo y cómo terminará la guerra. Quien muere, conoce quién le dará muerte y cuándo caerá y qué será de su cuerpo y de sus armas. Todo está escrito y la guerra de Troya es cantada antes de la guerra de Troya y el terrible destino es de hierro y fuego, inalterable.

Trascribo uno de los muchos parlamento acerca del destino que aparecen en La Iliada. Son unas palabras de Aquiles al río que lo engulle. Exactamente el verso 420:

-¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.

¿Nuestro destino estará también escrito? ¿No somos más que personajes de un gran poema épico? ¿Caducamos como una lata de corazones de alcachofas?

Puro humo

He sido un fumador pasivo toda mi vida y no me ha importado mucho. Quiero decir que, en una escala de valores, el sí o el no al tabaco no anda entre mis condiciones más incipientes. Consciente de que la noche es humo, la sobremesa es humo, las reuniones son humo, los amigos son humo... y a veces los besos son nicotinados, asumo la deuda (insalubre?) y me adhiero al tabaco. Sin embargo, cuando el humo es escaso o no existe se agradece como la pedrea. Por eso la supuesta Ley antitabaco, que entró en vigor a principios de año, me alegró infinitamente, aún sabiendo que su ambigüedad, su cumplimiento y la permisividad de los locales iba a ser descafeinado. La prueba la tenemos en la calle. No se fuma donde antes no se fumaba y poco más. Quien puede elegir, se inclina por la droga conocida que por el abandono por conocer. Incluso, bares y comederos que optaron por la limpieza del aire, han echado marcha atrás, pues la contaminación era prosperidad. De todas maneras, espacios sin humo se encuentran en todas las ciudades, que se pueden contar con los dedos de la mano. Pero, ¡qué alegría nos da encontrarlos y hacer uso de ellos a los que no fumamos! Lo peor de todo es lo que huelen las ropas, el pelo; lo que pican los ojos, la garganta; lo que tosen, lo que toses...

Ahora no quieren que fumemos en el coche. Al notas del anuncio se le cae la ceniza en lo alto y se estrella al sacudírsela (la ceniza) (si no se entendería que perdiera el control de la conducción). Propongo conducir con vaqueros que son más difíciles de quemar, a falta de un traje ignífugo (de amianto mismo, como dicen los Gomaespuma). Es difícil pretender que un fumador no encienda un pitillo en su coche. O en su casa. En determinados estados de USA, la comunidad de vecinos es la que decide si fumar o no en el edificio. Que se queme la casa, pero no por el tabaco, que es dañino (perjudica gravemente la salud).

Cuando la zona de no fumadores está completa en un restaurante, pongamos por caso, no te queda más remedio que compartir mesa entre las chimeneas humanas o cambiar de restaurante. Si ya es tarde, si es domingo o fiesta de guardar, si tienes más hambre que un perro chico, no te queda más remedio que tragar (nunca mejor dicho) y consolarte diciendo que la mayoría fuma rubio o bajo en nicotina que contamina menos y rezar para que haya un buen estractor de humos y que el personal tenga poco tabaco.

Somos un caso. Basta que nos prohiban algo para alimentar nuestra ansia. Siempre se pone el ejemplo de la Ley Seca en EEUU, que fue un desastre (mafia, ruina, alcoholicos más anónimos que nunca).  A este paso no creo que legalicen la droga. Se prohibe el tabaco pero no el porro. Te imaginas un fumadero de chocolate, como en Marruecos y otros países orientales. Dónde vamos a parar. Aunque, lo verdaderamente importante no es eso. Qué me importa que no fume quien te atraca por la calle, pongamos por caso. O que no fume la alcaldesa de Marbella. O que no fume George Bush.

Mi padre contaba que a alguien facultativamentre le aconseron que se apartara del tabaco y se compró una pipa larga.

Crónica de guante blanco (¿blanco?)

Crónica de guante blanco (¿blanco?)

Después de las últimas noticias de corrupción inmobiliaria en Marbella, una trama que a nadie sorprende (más anunciada que la cónica de García Márquez), me viene a la mente la reseña que he escrito para Letra Clara (que saldrá para finales de abril) sobre "Paisaje quebrado" la novela de Pepo, que puede verse como una premonición o la evidencia de lo que está pasando. Os adelanto aquí la reseña.

Paisajes y paisanajes

 

La primera novela del Granadino Alejandro Pedregosa “Paisaje quebrado”, ganadora del “II Certamen Internacional de Novela Corta ‘José Saramago’, 2004”, no ha supuesto una sorpresa. Aunque a Alejandro se le conoce y se le reconoce como poeta, por encima de todo es un literato: ama la lengua y la moldea a su gusto, diciendo, con un lenguaje sencillo, directo y elegante, exactamente lo que quiere decir. Más que la suerte –lo sabemos todos-, en un concurso literario, influyen los hados, es decir, el cúmulo de coincidencias necesarias para que una obra triunfe, sobre todo las preferencias, inclinaciones y estado de ánimo del jurado. Pero donde no hay madera, no hay nada que hacer, la hoguera no arde por más llamas que se le acerquen. Y en “Paisaje quebrado” hay madera, y de la buena, arde como la estopa y nos regala, como el sándalo, su buen olor.

“Paisaje quebrado” es, en primer lugar, una novela corta y dinámica, fácil de leer, entretenida e interesante. Como he dicho más arriba, está bien escrita y tiene el toque poético de un vate de oficio. (El profesor Antonio Chicharro en su presentación dijo que un poeta está cercano a la prosa, lo que difícilmente ocurre al contrario.)

En un breve recorrido, a esta obra se la ha encasillado en el género de novela negra, y no digo que no, pero tampoco que sí. Es una novela policíaca, pero algo más, sobre todo algo más. Es una novela de paisajes, de Marbella en concreto, aunque no se mencione en ninguna de sus páginas; y de paisanajes. Es una novela de caracteres, del paso del tiempo en sus personajes y en sus ideas. Es una novela de actualidad política y social, de corrupción política (valga la redundancia), de ambición en definitiva. Sin embargo, sus discursos son demasiado positivos para reafirmarse como novela negra.

El relato se nos presenta en tercera persona, pero en él hay insertos retazos, a veces capítulos enteros, en primera persona que, de primera mano, cuentan lo que acontece. Una literatura epistolar que nos trasmite el pulso de sus protagonistas: Teo, que vuelve a su pueblo trasformado, y Edurne, una antigua novia que, en la clandestinidad, pretende abandonar la banda armada ETA, que en su sentir ha cambiado como el paisaje de Teo. Se quiebra el hábitat y se quiebran sus habitantes.

Mediante las cartas de estos antiguos amantes -unos diálogos bastante creíbles y unos personajes que dan la talla- se va urdiendo y deshaciendo una trama de corrupción y sentimiento, de relaciones humanas, de ideas que se entrelazan dando coherencia a un relato que tiene mucho de los sueños de su autor.

La novela tiene un tono desenfadado, la comicidad se impone en algunos momentos, lo que favorece su lectura. Los extranjerismos son comunes, las expresiones en vasco imprescindibles y las referencias literarias y gastronómicas -lo que caracteriza al cuento policíaco español (léase Montalbán o Eduardo Mendoza)-, bien traídas. Con todo, Alejandro Pedregosa, nos entrega una obra redonda, aunque, quizá, con algunas soluciones simplistas y un final precipitado.

El voto está con él, su pluma aún húmeda; esperemos su próxima entrega.

 

Flamenco, kilómetro cero

Flamenco viene del sur


Si alguien quiere saber lo que es el flamenco, si alguien quiere conocer el principio de las cosas, el kilómetro cero, no tiene nada más que acercarse a José Menese y Diego Clavel (el lunes pasado, por ejemplo) y escucharlos un poquito. Es el flamenco en su esencia, es el cante desnudo, telúrico como las flores silvestres y de una parquedad tan necesaria como estremecedora. Menese y Clavel, Clavel y Menese, dos grandes del flamenco compartiendo escenario, compartiendo público, compartiendo tocaor. Para el buen cante no hace falta más.

Diego Andrade Martagón, Diego Clavel, natural de la Puebla de Cazalla, como Menese, se ajustó al programa. Desde la caña, su primer tema, que introdujo por soleá, ya comprobamos en qué buena forma mantiene sus cuerdas vocales, la finura de su estilo, el paseo sin esfuerzo entre altos y bajos, la proyección de su cante hasta lo indecible. En la misma tónica continúa por tientos. Pero es en la granaína, donde empezamos a vislumbrar la altura de un cantaor lleno de matices, donde nos quitamos el sombrero con veneración. La soleá, que comienza en Alcalá, es igualmente grande, y en la seguiriya, que nos recuerda a Manuel Molina, vuelve a tocar el cielo.

Antonio Carrión, a la guitarra, arropará a la perfección a los dos cantaores. Empero, su conocimiento y su perfecta ejecución hacen desmarcarse de su condición de acompañante, y arpegios y florituras acaban por importunar. Clavel, más prudente, deja que cante con libertad la sonanta que se siente autónoma, pero Menese, celoso de su cante, por momentos, debe frenar al tocaor y el protagonismo que desborda.

José Menese Scott, con más facultades que su paisano, le dio un puntapié a su programa e hizo un concierto más coherente a su estado. Abrió su extraordinaria actuación, que dedicó al cumpleaños de su hijo José, cantando por tonás. A lo que le siguieron farrucas y marianas. Hasta aquí, dentro de su extraordinaria interpretación, estuvo comedido, algo tenso e inseguro. Es a partir de la soleá donde se reconoció al Menese de siempre, uno de los grandes cantaores no gitanos de nuestro país. Con una voz límpida y llena, rotunda y cargada de ecos jondos, supo elevar su entrega hasta los límites más exigentes de una audiencia anhelante. En las seguiriyas, como en la soleá, fue grande, un cantaor de oficio, cada día más fino, cada día más sensible. Acabó el maestro de Cazalla a pleno pulmón cantando por guajiras, rematando así una velada de cinco estrellas.

La suerte

La suerte es una bella señora, más bien entrada en carnes, que casi nunca me mira a la cara. Cuando la suerte está de por medio debería tirar la toalla. Digo debería, pues como humano (demasiado humano) poseo el estúpido convencimiento de que "la esperanza es lo último que se pierde".

La esperanza. Cualquiera que haya profundizado en las intrincadas callejuelas de la cultura clásica, debe saber que la esperanza es el único don que permaneció encerrado en la caja que Hermes regaló a Pandora. Por eso es lo último en desaparecer (cuando Pandora vuelve a abrir la caja, para paliar parte del maleficio). La Caja de Pandora, como sabemos, contenía todos los males. La Curiosidad es la que hizo a la mujer abrir el cofre y todos los males se extendieron por el mundo. Los mitólogos se preguntan: ¿es la esperanza un mal? (por favor, no me respondan).

Cuando era joven llevaba un amuleto de mala suerte. No sólo para llevar la contraria a quien usa estos fetiches para positivar el futuro o para manifestar calladamente que no me creía nada, sino que, al ser cosciente de mi sino anverso, quería representarlo físicamente de alguna manera. (No sé si suena muy convincente, pero en el enigmático mundo del yo adolescente era quizá necesario.) Este amuleto o talismán (los que tienen alguna familiaridad con las ciencias ocultas sabrán dilucidar sus diferencias), consistía en un ladrillo (literal) de barro cocido, reducido a unos tres centímetros, que colgaba con un cordón de cuero de mi cuello. Lo llevaba siempre y así excusaba mi mala suerte.

Cuando necesitaba un día fasto o algo de fortuna en un momento determinado, tan sólo bastaba con olvidarme el ladrillo en casa. Y, ¡oye, funcionaba! Lo mismo que no funcionaba. De igual manera, con el colgante golpeándome el pecho, podía ser afortunado que vivir los momentos más nefastos que poder pudiese.

Le regalé el ladrillo a una chica que le gustaba como tal: como pieza de cerámica atravesada por un cordón de cuero para usarlo como collar. Todavía lo conserva, creo, y le va bien.

Asprogrades vuelve a llenar el Manuel de Falla

El certamen se ha convertido en un buen escaparate para los jóvenes artistas

Sin un hueco en el Auditorio se desarrolló la segunda parte del X Festival Flamenco de Asprogrades, que tuvo su primera entrega el pasado 3 de marzo en el mismo lugar. Como en la ocasión anterior, el concierto no tuvo desperdicio. Como en mi comentario pasado, vuelvo a repetir que festival benéfico no es sinónimo de festival de segunda, de relleno sin sentido, de cumplir sin más. Todos los artistas se entregaron, no sólo por aportar su grano de arena a una noble causa, sino también porque este tipo de eventos vienen siendo un buen escaparate donde cientos de personas observan al artista.

Incluso hay sorpresas que, por no estar en juego todo el prestigio de una figura, se exponen sin vacilación. Es decir, el artista, al no llevar todo el peso del concierto, se puede permitir ciertos ’ensayos’ o ’familiaridades’ que en otro foro donde se le exige el cien por ciento, no se lo tolera. De esta manera pudimos ver como las hermanas Heredia, Antonia y Jara, bailaban juntas unos hermosos tarantos; o como José María Ortiz y Carlos Zárate, dos de nuestros grandes guitarristas, no incluidos en el populoso olimpo del comercio, abordaban juntos una rumba de excepción; o como José Fernández, de los primeros cantaores de nuestra cantera, presentaba a su hijo, del mismo nombre, para que debutara con la guitarra a su lado.

Asprogrades es una asociación cuyo fin principal es buscar soluciones a las necesidades de las personas con retraso mental y a sus familias. Desde 1964 cumple, sin fisura alguna, su labor de integración social plena de este colectivo. En la actualidad se benefician unos cuatrocientos deficientes de sus servicios, que cuentan con más de cien trabajadores y del apoyo y la financiación de la Fundación ONCE, de la Junta de Andalucía y del Ayuntamiento de Granada, aparte de la colaboración anónima de bastantes empresas, colectivos y particulares que son sensibles del esfuerzo.

Para esta velada, que se alargó en demasía, se unieron a los flamencos granadinos, compañeros de Málaga –Irene de Benita y su grupo– o Antonio Díaz, cantaor motrileño que vino arropado de una multitud de vecinos que salpicaban la sala. El sonido de esta segunda entrega estuvo más cuidado y la presentación, que corrió a cargo de Carolina Mur, llena de encanto y poesía.

 

Funcionarios que funcionan

De los primeros deberes de un funcionario, sobre todo si desarrolla su labor atendiendo al público, es la atención (como su palabra indica), el respeto, la deferencia, la amabilidad... Su falta puede ser hasta muy grave y puede costarle el puesto. Sin embargo, por los motivos que sea (estrés, cansancio, un mal día, encabronamiento supino), esta virtud brilla por su ausencia. Me atrevería a decir no obstante, que la mayoría de los funcionarios funcionan, pero pesan más los ’esaborios’, los ’malajes’, los ’malafollá’, que nos tocan de vez en cuando y hacen que su posible eficacia pase desapercibida.

Ayer estuve en Hacienda (el motivo es lo de menos). Llegué a la hora de cerrar. Ya me lo dijeron en la puerta: "Ya es hora de cerrar". "Ya lo sé, dije, acabo de ponerlo más arriba". Dejé sobre la mesa las llaves, el móvil y las gafas y pasé bajo el dintel detector de metales. Recordé ligéramente a Enrique Iglesias y me encaminé a la maquinita expendedora de numeros para ’guardar la vez’, y me salió un papelito diciendo que las mesas se cierran a las dos. Eran las dos y cinco minutos y me dirigí directamente al punto donde debía informarme de mis cosas. El funcionario ya estaba en pie, recogiendo sus cosas y hablando con sus compañeros. Pero me atendió. Aunque no nos sentamos, consultó el ordenador para resolver mis dudas perentorias. Satisfecho de haber apurado hasta el límite su jornada laboral, se volvió, sacó del armario una caja de bombones (sic) y le ofreció un chocolate a sus compañeros y otro a mí. Yo no quise, pero aprovechando su disposición, pregunté varias cosas más que extraje del tintero de mi ignorancia tributaria. Él, no sólo volvió a coger el ordenador, sino que implicó en la búsqueda a su vecina de mesa. Complacieron todas mis dudas y me hicieron sobre la marcha una fotocopia que me habría de servir.

¡Para que luego digamos! Aunque no es la única vez que un funcionario me alegra la vida. También en Correos he encontrado un trato cordial y en el INEM y Servicios Sociales y también en la Diputación... Siempre busco a ese personaje que me trató correctamente y lo miro con complicidad. No siempre lo encuentro o no lo hay o tiene el día tonto o le tocas las narices más de la cuenta... y te amargan el día y el siguiente y el siguiente, hasta que se te olvide o soluciones tus problemas por otros caminos, no siempre oficiales.

La gente

’La gente’, ese concepto tan familiar como ajeno, que nos engloba a todos a la vez que a nadie identifica. Porque, si decimos ’las personas’, o ’los seres humanos’, rápidamente nos sentimos partícipes de tal denominación. Pero ’la gente’ es ambiguo, muchas veces despectivo, siempre los demás. Nos referimos a ’la gente’ cuando queremos denunciar. Así, por ejemplo: "la gente no tiene gusto", "la gente es muy guarra", "la gente no sabe tal o cual cosa"... Nosotros somos ’la gente’ en boca de otros, somos ’la gente’ cuando nos confundimos en la masa o somos pueblo. ’La gente’, al fin y al cabo, somos todos.

Hace unos años que pasamos de los cinco mil millones de habitantes en el Planeta. Y debemos acostumbrarnos. Somos muchos, y muy variados (aunque ése ya es otro discurso), y debemos convivir, respetarnos, que nuestra libertad acabe cuando empiece la del vecino, y eso no sea más que autodeterminismo, que es la extensión suprema de la libertad (un perro no puede hacer huelga de hambre).

Si entramos en un local, queremos que no haya nadie; si entramos a un restaurante, que haya mesas, que nos sirvan pronto; si conducimos, que no haya atascos o no haya colas en el cine. Buscamos la cala desierta. Pedimos que nadie nos moleste. Nos miramos el ombligo y nos quejamos de ’la gente’.

Quiero tu nombre olvidar

Quiero tu nombre olvidar es una de las más bellas bulerías que se han grabado últimamente. Pertenecen al disco Un ramito de locura de Carmen Linares (primus inter pares), editado en 2002. Aunque realmente un nombre no dice nada, es tan convencional como la señal de stop. A un amigo mío que se llama Manolo, siempre le digo Paco, y caigo en el error cuando ya lo he llamado. A mi primo Ignacio lo llamamos Macareno y de Anselmo no recuerdo su nombre verdadero. A mi padre le dio un tiempo por saludarnos con un advervio. Decía: "Hola tú" y el interfecto se daba por aludido. Eso sin contar con los miles de apodos, motes, alias o sobrenombres que existen. En el mundo flamenco es raro el personaje que se conoce con su verdadero nombre. Yo, sin ir más lejos, en el pueblo de mis padres sería ’Garrote’ o ’Cohete’ (nunca han sabido definirme con meridiana exactitud).

Es difícil olvidarnos de las personas que han dejado huella en nuestra vida, aunque su nombre se evada entre las tinieblas del olvido. Hay quien tiene más memoria y recuerda los nombres y hasta los apellidos y el zapato que calza. Está el buen fisonomista, a quien una cara no se le olvida. Mi memoria está muy limitada. Como Cernuda, sólo recuerdo olvidos. Sé lo que he leído y donde, pero pierdo la trama (sin embargo recuerdo párrafos e incluso la página donde se encuentran).

Hay tres formas de olvido, estudiaba en BUP: por interferencia, por desuso o por voluntad. Cuando tienes un número en la cabeza y te proponen, ponemos por caso, que acompañes a unos amigos a un merendero, el número desaparece enterrado por la propuesta inmediata, pensando en el local más propicio para esos expontáneos comensales. Si conocías en tu infancia los ríos de España, sus afluentes, y algún que otro arroyo del Miño; los olvidas grosso modo porque no entran en la conversación habitual de cada día. "A propósito -les dices a tus amigos a los postres en el mesón La Bodeguita- sabéis que el río Tinto, de mil setescientos treinta kilómetros, desemboca en el Guadiana, exactamente en la Ría de Huelva?".

Después hay otro olvido: por voluntad, que casi nunca me da resultado. Lo que deseo olvidar con todas mis fuerzas, se muestra de manera más nítida en mi cerebro. Si pienso que no quiero pensar, ya estoy pensando. Así, quienes nos han hecho daño, los malos tragos, las veces que hacemos el ridículo... no se evaden de ninguna forma de nuesros recuerdos.

Por extensión, hay una suerte de remembranza, que el lenguaje galaico-portugués denomina bellamente saudade, y que la palabra española que más se le acerca es nostalgia, que, según Luis Alberto de Cuenca, "es el dolor muy maquillado", como el desamor, que pretendemos olvidar sin quererlo. Es la vena romántica, es la muerte blanca, son las palabras pensadas por te hieren de muerte en un duelo.

Marina, por la puerta grande

Marina, por la puerta grande

La dinámica establecida en el ciclo Flamenco viene del sur no termina de convencerme. Cuando dos artistas coinciden en el escenario consecutivamente, que nunca se ven, parece que dejan algo a medias. Otra cosa sería que hicieran un dúo en algún momento dado o un fin de fiestas conjunto. Está bien que alguien que empieza acompañe a una figura afamada, pero que dos artistas de renombre rellenen la velada tiene sus objeciones. Concretamente, este lunes, Potito no llegó a calentarse, y por ende tampoco al respetable, y Marina Heredia nos dejó con ganas de seguir escuchándola.

Lo dicho, Antonio Vargas Cortés, Potito, un cantaor camaroniano donde los haya, que tiene el aplauso asegurado, dejo fríos a los espectadores. Su fuerte, que son las bulerías y los tangos, fueron solamente sombras de su buen hacer. Las bulerías, con las que terminó, estuvieron algo deslavazadas. Sacó a un bailaor, El Torombo, que parecía un toro que enviste al salir de un chiquero en el que ha estado encerrado más de la cuenta. Estalló, como fuegos de artificio, y, como tales, se consumió. Fue inexplicable e innecesario. En los tangos, Potito anunció que serían de Granada. Ni de lejos se acercaron a la ciudad del monte sacro. La mejor entrega del cantaor sevillano fueron sus seguiriyas y los fandangos de Huelva en los que estuvo más bien corto. Mi aplauso incondicional se lo lleva Curro Fernández, un tocaor con temperamento, que mantuvo una expectación que Antonio Vargas se encargaba de ir apagando.

Marina fue otra cosa. No porque sea de la tierra y el sentimiento me ciegue, sino que estuvo especialmente tocada por los ángeles y dejaba trasparentar su trayectoria y esfuerzo anteriores. Valiente y flamenca, apareció clamando pregones que remató con tonás. El sonido no le hizo justicia en esta primera entrega. Para el resto del concierto será impecable.

En la soleá, la garganta le hizo malas pasadas, que con un poquito de agua y algunas tablas capeó sin dificultad. Fenomenal en la malagueña y el par de fandangos de Frasquito. En el segundo de ellos se rompió. Era otra persona. Toda entrega y pureza, que hace del grito moderado un elemento estremecedor. El público, vibrando sin remedio, ovacionaba sin cesar sus cambios de tercio. Sus exquisitos tangos fueron puramente sacromontanos y la bulería final, un poema de José Bergamín, musicado con el arte distinguido de Bolita, fue de una musicalidad y sutileza extrema. Tras varios minutos de aplausos, una gran artista granadina hace mutis por bulerías, llevándose, sin discusión, las dos orejas y el rabo.

Me estoy quitando de la poesía

La vida da muchas vueltas. Lo malo es que siempre las realiza sobre el mismo eje (quien tiene suerte, como la tierra, goza, además de la vulgar rotación, movimiento de traslación).Mi inclinación, para q uien me conoce desde antiguo, era el dibujo. Más tarde fue la poesía y después el cuento. El humor (o el amor), como ingrediente indispensable para no deshacerme por las costuras, lo salpicaba todo. Pero siempre he tenido prisa para terminar perdiendo todos los trenes. Y allí me veo, en el andén, con un puñado más de rezagados, que se ofrecen el hombro y piden en la oficina el libro de quejas (mal de muchos, ya se sabe). Mis escritos siempre han sido breves.

Allá por los 80, leí a Octavio (primero más Paz que Octavio, después tan sólo Octavio) y descubrí, gracias a él, la poesía japonesa, el arte de decir todo en una imagen, toda una filosofía en tres línes, diecisiete versos de intensidad, el yin y el yang frente al espejo. Descubrí entonces mi vocación orientalista, mi participación en el zen y en el tao. Adapté el universo a mis maneras y comencé una carrera de fondo donde el silencio, la quietud, la soledad, eran la bandera.

Ahora, como siempre, escribo escaso. De la pintura me he borrado y la poesía se me está quitando. Aunque, a veces, alguna idea, algún verso, me salta al cuello. Uno de mis poemas, el último, es granadino y marinero, enigmático y clarividente. Dice así:

Las velas recogidas

se tienden a la mar,

más allá San Antón.

Ahora todo el mundo se ha montado al carro del haiku, y parece como si hubieran descubierto la pólvora o se hayan aventurado por la ruta de la seda (que Kitaro dulcificó enormemente). En respuesta, escribo directamente estos versos:

Desconcertado,

el haiku es la moda;

Basho ha muerto.

Día del padre

Una de las bondades de ser padre se presenta el 19 de marzo cuando mi familia (pequeña familia) se despierta de otro modo y mi hijo, de poco más de dos años, me regala un papel garrapateado en la guardería entremezclando pintura de dedos. Es un día que, en cierta forma, me pertenece. Se me presenta como la letrilla esa que se canta por bulerías: "Esta noche mando yo, mañana mande cualquiera". Es un día especial que hay que celebrar, al fin y al cabo llevo tan sólo un par de años ejerciendo de San José. Así que, sin miramientos, nos fuimos a comer a San Nicolás (sí, ese restaurante prohibitivo en el corazón del Albaycín para disfrute de visitantes y políticos). La comida muy elaborada ("Stupenda", diría Forges), pero la espera inhumana. Más de media hora para que vinieran los entrantes (con el vino casi habíamos acabado). Hicimos tres veces la digestión de la ensalada de canónigos y marisco rebozado (delicatessen, pero escasa). Cuando llegó la carne, ya no teníamos ganas de celebraciones. Al acabar un digestivo (té de arándanos) para digerir la dolorosa que, después de la dilatada comida, no mereció la pena. Conclusión: local desaconsejado para quien piense en un almuerzo asequible y tenga un hambre inmediato. Ah, tampoco disfrutamos de un gran servicio (¿O seré yo que cada vez aguanto menos que me saquen los ojos con un tenedor?)

El culto de la creación

Francisco Ayala tiene pelo. ¿Es inapropiado contradecir los dichos? Cien años dan para mucho. La vida se dilata y, tratándose de un literato, la tinta se imagina río. Ayala se graduó en Derecho en la Universidad de Madrid en 1929, de la que fue catedrático en 1933, antes de que se autoexiliara a raíz de la Guerra Civil. Así que durante los años bisagra del 20 al 30 se encontraba en el núcleo donde un nutrido grupo de artistas de todas las tendencias se subían al carro del europeismo y las vanguardias, más como medio que como fin. Compartían con el resto de Europa (sobre todo con Francia y Alemania) el culto de la creación por la creación misma y el retorno de la mirada a la realidad circundante. Según Buckey y Crispin, ante los elementos destructivos de la primera guerra mundial, “se empezó a mirar positivamente otros productos de la posguerra: la conquista del tiempo y espacio por el automóvil y el avión, las grandes ciudades o metrópolis, y el nuevo arte que captó su vida y a la vez condicionó su desarrollo: el cinema”. Pintores, cineastas, fotógrafos, literatos, a diferencia de otras corrientes, grupos o escuelas, eran conscientes de lo que estaban creando, de su tarea renovadora. La figura de Góngora fue reivindicada y se fraguó, entre los poetas, la Generación del 27. Los prosistas tomaban ésta y otras referencias que se van reflejando en las revistas de la época, muchas de ellas emanadas a partir de los ismos de esos años. Ayala, colabora desde su primer número en “La Revista de Occidente” (1923-1936) y después en “La Gaceta Literaria de Madrid” (1927-1933). Fruto de esta etapa se encuentran sus cuentos reunidos en “El boxeador y un ángel” (Madrid, Cuadernos Literarios, 1929) y en “Cazador en el alba y Erika ante el invierno” (Madrid, Ulises, 1930). Textos en que el autor granadino recorre el futurismo, el neogongorismo y el expresionismo alemán para desembocar en el surrealismo, con una buena dosis de humor, ironía y sensibilidad lírica. Ayala, como apuntamos, se verá influenciado igualmente por los primeros escarceos del cine mudo y en 1929 aparecerá su “Indagación del cinema” (Madrid, Mundo Latino), que seguirá creciendo hasta convertirse en “El escritor y el cine” (última ed. hasta el momento: Madrid, Cátedra, 1996); y por las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, de capital importancia para las vanguardias españolas. Así, por ejemplo, en “Cazador en el alba” escribirá: “Los pianos tienen un stock de notas reservadas en sus teclas negras”. Con esta obra, según Vázquez Medel, “Ayala completa la aportación de más alta calidad, la más lograda, de la prosa vanguardista hispánica”. La inclinación vanguardista, que un día definió su quehacer literario, también se advierte en su narrativa posterior y el humor, la ironía, el más allá del mundo soñado, se desprende de obras tan actuales como “Historia de macacos (1953)”, Muertes de perro” (1958), “El fondo del vaso” (1962), “El jardín de las delicias” (1971) o “El jardín de las malicias” (1988). Obras que han llevado a Francisco Umbral a comentar en “Las palabras de la tribu” que los libros de Ayala “son directamente ilegibles”. Leamos a Ayala no obstante y persigamos las pisadas de vanguardia que aún siguen dejando huella.

Notas

1.- Texto aparecido en el especial Francisco Ayala. El escritor en su siglo de Granada Hoy, el domingo 12 de marzo de 2006.

2.- El título original era Ayala y las vanguardias.

3.- El párrafo resaltado en rojo, no apareció en la versión impresa. ¿Será P.I. en un aniversario?

Galatea y Pigmalión

Pigmalión jugaba al fútbol en un modesto equipo de provincias. Galatea acudía al estadio para verlo entrenar. Ésta no sabía hasta qué punto estaba enamorada de él. En realidad no sabía a ciencia cierta qué era el amor.
Cuando más le gustaba su Pigmalión era después del ejercicio, cuando se acercaba a ella, se despojaba de la camiseta y, con el torso bañado en plata, la besaba suave.
Pidió al cielo que ese momento fuera eterno. Rogó a la diosa que congelara el instante sublime de aquel beso.
Ahora Pigmalión es una bella figura de mármol blanco que se asoma a la alberca del jardín donde Galatea eterna sueña el amor.

Cabrones

Los conductores de autobús son unos cabrones, los empresarios son unos cabrones, los profesores universitarios son unos cabrones, los abogados son unos cabrones, los comerciantes son unos cabrones, los vigitantes jurado son unos cabrones, los médicos de la Seguridad Social son unos cabrones, los empleados del INEM son unos cabrones, los críticos son unos cabrones, los cazadores furtivos son unos cabrones, los porteros de colegio son unos cabrones, los funcionarios de la Junta son unos cabrones, los regidores de los teatros son unos cabrones, los encargados de lupanar son unos cabrones, los dueños de editoriales son unos cabrones, los taxistas son unos cabrones, los empleados de banca son unos cabrones, los dueños de hipermercados son unos cabrones...

Todos somos unos cabrones, y dejamos de serlo los domingos (entiéndase domingo como momento de inactividad, asueto en nuestra función). Pues se me antoja una posible definición de cabrones, así en plural ca-bro-nes, como las personas que abusan de su poder, sea cual sea la parcela o la extensión de ese poder.

De esta manera manifiesto que los mayores cabrones son los que abusan de su fuerza ante los más débiles, ya sea un niño (¿su hijo?), una mujer (¿su mujer?), un prisionero (¿su víctima?), un novato (¿su compañero?)...

Saltan cada día ejemplos de éstos en los noticiarios (una niña hospitalizada, una mujer muerta, prisioneros torturados fuera de toda convención) y a nosotros se nos saltan las lágrimas de impotencia.

Noche de poesía

Ayer empezamos a celebrar los diez años de Letra Clara, la revista de Filosofía y Letras de la cual soy partícipe. Para tal evento, leyeron una gavilla de poemas seleccionados los fundadores de dicha publicación, Alfonso Salazar y Javier Benítez. No había micrófono pero gritamos entre humo y ruido de platos y cucharillas en el café Central. Por mi parte, conté algunos cuentos, ocho en total, más breves que un poema. Reproduzco uno de ellos:

Una sonrisa en el infierno

Condenado a muerte. Emplazado a formular su último deseo. Sin titubear, como aprendido de antemano y ensayado hasta la saciedad ante el espejo ajado de su celda en el corredor de la muerte, pronunció un contundente solomillo de ternera a la pimienta poco hecho con guarnición de patatas y, añadió a continuación, acompañándolo cual partícula indivisible, y lavarme los dientes.
El juez que lo interrogaba, más legalista que su nombre, denunció ante el ajusticiado que ese no era un solo anhelo, que, seguramente apremiado por la golosina de la gracia postrera, se había recreado en la petición del doble antojo de una sustanciosa comida y el cepillado de la boca a su término.
Al cabo de unos minutos, el reo recibió la inyección letal con el estómago vacío, pero con los dientes limpios.

Esta celebración coincide con los cien años de Ayala [publicaré en este blog algo que escribí para un especial para Granada Hoy] y los trescientos que cumpliría Benjamín Franklin, ese bostoniano que se tuteaba con Luis XVI (monarca francés que concibió las copas de champagne como el molde del seno de su amante), que creó la primera biblioteca pública en el Nuevo Mundo y que inventó la estufa de hierro.

Álvaro Cunqueiro, en Memorias del sochantre, decía de él:

Franklin Americano, Don. Inventor del pararrayos y de "la grande armónica". Era un chinchete opinante, y se mostraba muy jactancioso mandando novedades a las escuelas. (...) Podía hablar nueve horas sin remojar, y todo por la Enciclopedia. Decía que no había tal sexto mandamiento.