Blogia

volandovengo

Despedirse con estilo

Despedirse con estilo

César, mi hermano menor y sin embargo mayor que yo, me contó hace poco una anécdota que puede parecer un chiste. En un funeral, uno que se acerca al círculo de las condolencias y, no se sabe si por la emoción o por ser original, dio el pésame al afectado familiar diciendo "que la fuerza te acompañe". Sobre óbitos hay mucho que contar. Sin ir más lejos, se dice que no hay velorio en que no se ría ni boda en que no se llore. Me lo explico (pero me ahorro los detalles).

De todas maneras, no es de esa despedida de la que quería hablar, sino de la elegancia que algunos moribundos desprenden ante sus estertores últimos. Es famoso el epitafio de Groucho Marx: "Perdone señora que no me levante". Cuentan que José Recuerda, camino del cadalso, confeso a sus guardianes: "Sólo una cosa no me habéis quitado: el miedo que tengo".

Todos conocemos el dicho de: "Después de cien años, todos calvos". Hace poco, sin embargo, dudé de esa aseveración cuando escribí sobre nuestro centenario literato Francisco Ayala, que aún tiene pelo y se le mantiene recio.

También tengo noticia de aquel aristíocrata francés, que refería Rosa Montero en alguno de sus artículos, el cual estaba leyendo un libro cuando, de madrugada, vinieron a por él, porque madame guillotina lo esperaba. Él, con toda calma, se levantó para acudir a su último destino, no sin antes doblar la esquina de la hoja por donde iba leyendo.

En pleno Romanticismo, cuando los duelos a pistola o a florete estaban a la orden del día, y batirse era una una cuestión de honor, los oponentes solían pasarse en vela gran parte de la noche anterior, si no toda, meditando sobre su decisión, buscando a los padrinos adecuados, ensayando su disparo o estoque y —lo que alcanza lo sublime— preparando sus últimas palabras por si, al rayar el alba, era herido de muerte.

Trascurridos unos años, cuando el duelo era algo trasnochado, el suicidio ocupó su lugar y grandes cartas de despedida desplazaron a las postreras palabras del malherido. El autoasesinato (si me permiten la palabra) era casi siempre por amor o por desazón vital. Aunque preferían la muerte lenta de la tuberculosis (peste blanca la llamaban), que se imponía más bohemia y seductora. Siempre los he admirado. Nerva, un senador de tiempos de Nerón, que se vio obligado a darse muerte, dijo (o dicen que dijo): "quien dispone de su vida, se burla así de su propia muerte".

Por último, o para empezar esta elegante despedida, os cuento que me sedujo el valor y el amor del autor japonés Yukio Mishima (no me cansaré de admirar su prosa minuciosa y delicada) que se hizo el harakiri. Según dicen, llegó hasta el final (harakiri significa 'rajarse el estómago'), pues esta ceremonia, propia del bushido, no consiste tan sólo en agujerearse el vientre con una catana, sino en empujarla unos centímetros hacia la derecha, mientras un buen amigo espera con el samurai desenvainado, por si dudas, cortarte la cabeza (eso es un amigo). Pero me defraudó cuando supe que su suicidio ancestral fue por razones políticas y no por una mujer o, mejor dicho, por un hombre, en este caso.

Lagunas y otros continentes acuíferos

Augusto Monterroso, escritor guatemalteco (los gentilicios siempre son bellos), fallecido recientemente (2003), confesaba que tenía una cultura lacustre, o sea, llena de lagunas. Pensé, cuando encontré esa desnudez de espíritu un par de cosas, que yo recuerde. Primero: que no me lo creo, que el paño de un intelectual de la talla del genio del microrrelato no puede tener agujeros. Aunque ya se sebe, sólo sé que no sé nada. En segundo lugar pensé que si él tiene lagunas, yo tengo mares epicontinentales y, en algunas materias, verdaderos océanos. Después llegó Albert Einstein a salvarnos diciendo que todos somos ignorantes, lo que pasa es que no todos ignoramos lo mismo.

Reflexiono entonces: qué son las lagunas del intelecto. Yo no sé física cuántica ni entiendo de mecánica del automóvil ni miles de cosas que ni siquiera conozco de su existencia. Pero creo, hoy por hoy, que no me interesa saberlas. También soy un ignorante respecto al fútbol, a los deportes en general, y al cine. Y ésa si es una verdadera laguna, pués me gustaría saber de cine, de todo lo que concierne al mundo cinematográfico. El cine por dentro y por fuera. Sus técnicas, actores, películas, fechas, directores, fotografía, música, guionistas, productores... El tren del septimo arte no lo cogí, a cambio de otros vagones, y puede que de vez en cuando me arrepienta.

También desconozco por lo general el mundo de las plantas. Me gustaría distinguir las clases de árboles, sus hojas y la corteza. Cuándo dan frutos y si echan flores. El tiempo de su siembra, plantones e injertos. Cómo me gustaría distinguir el canto de los pájaros y hablar bien algún idioma... Pero no saber de fútbol, de deportes en general, para mí no es una laguna (como no conocer el rangos de los soldados). No me molesta más que dediquen quince o veinte minutos al fútbol en los noticiarios, en detrimento de la cultura casi siempre. Nada me estorba más que el mamotreto que ocupan las páginas de los deportes en los periódicos. Me gustan los lunes, cuando el deporte ocupa las páginas centrales del diario en forma de cuadernillo que puedes abandonar en cualquier papelera en el camino.

Quise entrar en una ocasión en un gimnasio, porque mi barriga crecía sin remedio, porque me dolían los huesos, porque me sentía oxidado. Fue entrar por la puerta, oler su aroma de sudor y esfuerzo, oír los jadeos de la superación, ver a la gente concentrada sufriendo o disfrutando, algún recien duchado saliendo por la puerta con el pelo engominado que rezumanba colonia de marca... y se me quitaron las ganas de entrar nunca más en un gimnasio.

Rigoberto

Rigoberto

De vez en cuando, sin que ello me cree un hábito inexcusable, me acerco a la prosa desbordada de Vargas Llosa. Mario, como muchos otros, no me gusta como ser humano: hace agua por demasiadas fisuras. Pero no por eso me voy a abrir una lista de autores malditos. No dejaré de leer a Borges ni a Luis Alberto de Cuenca, por ejemplo. Ni vedaré a mi hijo las creaciones de Disney por ser un agente del nacismo, dicen.

Acabo de terminar Los cuadernos de don Rigoberto (con bastantes ganas de llegar al punto final, pues me esperaban Los mejores cuentos de Sergio Pitol presentados por Vila-Matas, que prometen como pocos). Los cuadernos..., ese canto al amor y a sus aristas, los firmó Vargas Llosa en Londres en 1996 y, sin ser de lo mejor que he leído de este autor, me ha dejado cierto regusto de satisfacción. De este escritor hispano-peruano me quedo con las novelas amazónicas de La casa verde, Lituma en los Andes o, sobre todo, con Pantaleón y las visitadoras, que considero casi una obra maestra, no sólo por su trama argumental, sino por su tratamiento narrativo y esa fusión espacio-temporal que nos impele a estar en varios lugares a la vez y en distintos momentos).

Con esta obra me ha pasado con lo mismo que con El amante lesbiano de José Luis Sampedro, que me parecieó el devaneo anhelante de un abuelo en su delirio. Las dos obras tienen —más la de Llosa— momentos deliciosos de excelente estilo narrativo y de erotismo extremo, pero el hilo principal que le da cuerpo y estructura a la obra, símplemente, chochea.

Siendo una obra sensual en la que ensalza todas las manifestaciones del erotismo, se desinfla por sí sola al entrometer como uno de sus principales personajes a un tal Fonchito, a un niño repelente, hijo de Rigoberto, enterado y nínfulo (cojo la palabra de la Lolita de Nabocov que viene a significar: personita, ente angelical y demoníaca, que no es consciente de su lúbrico poder.)

La parte dedicada a don Rigoberto y a sus minuciosos cuadernos de arte, literatura y erotismo rozan lo sublime. El devenir de su segunda esposa, Lucrecia, es realmente placentero y aleccionador. Pero sus toques de humor, uno de los supuestos ganchos de la novela, es, si no casposo, extremadamente pueril.

Sinceramente, le sobran unas cien páginas a este recorrido por las fantasías de un intelectual maniático, lo cual es una redundancia.

La Zubia vuela alto

La Zubia vuela alto

Un sobresaliente incondicional al pueblo de La Zubia por su programación cultural que, desde hace algunos años, viene siendo motor y ejemplo en la provincia de Granada; y en concreto por su apuesta por el papel de la mujer en el flamenco a lo largo de la historia en el ciclo “El flamenco tiene nombre de mujer”, que se desarrolló la semana pasada, incluyendo cursos intensivos de cante, guitarra y baile, con profesores tan prestigiosos como Antonio “El Colorao” o Paco Cortés; una mesa redonda sobre este tema, de la que probablemente la Diputación de Granada elaborará una publicación; y culminó el sábado, como decimos con un espectáculo flamenco de categoría. Nada más y nada menos que contaron en escena con el buen hacer de Marina Heredia y Fuensanta “La Moneta”, las mejores representantes del flamenco granadino que reside actualmente en nuestra ciudad.

Con una gran expectación y un lleno absoluto dio comienzo la velada con los ecos flamenquísimos de Marina Heredia cantando por soleá. A la guitarra Luis Mariano, en vez de “El Bolita”, su acompañante habitual. Pero la química entre ambos artistas no desmejoró ni un ápice su compenetración y entrega. Quizá perdimos en espontaniedad y vanguardia, pero ganamos en sentimiento y contenida emoción. Los tarantos fueron de buena factura, pero no sería hasta los fandangos de Granada cuando reconocimos a la mejor Marina. La cantaora se siente segura con los palos de la tierra, lo siente y trasmite. Es muy aplaudida. Siguiendo en está línea, bordará unos tangos sacromontanos interpretados con sumo gusto y gran poderío. Terminará la joven Heredia con unas bulerías en la que se acordó a su final de ese gran cantaor llamado Luis de la Pica, al que le hace un homenaje en su primer, y por ahora único, disco.

La segunda artista invitada está arrasando. La fuerza, la valentía y la estética de La Moneta le han valido para escribir su nombre en el libro de los bailaores imprescindibles en nuestro país. Fuensanta ha bebido de muchas fuentes, como Mariquilla, La Yerbabuena o Mario Maya, pero cuando se mira al espejo, cuando bebe de ella misma, es cuando resulta arrebatadora. Su primer pase son unas bulerías poco acostumbradas, a las que le falta algo de reflexión y reposo y le sobra algo de furia y desplante, quizá por culpa de esa influencia Maya que está adquiriendo. Sus músicos: Antonio “El Pulga”, Antonio Campos, Miguel Iglesias y Dani Méndez, se hacen unas extraordinarias malagueñas mientras la bailaora se cambia el vestido y recobra fuerzas, para volver a entrar con la rueda de martinetes para bailar unas seguiriyas, su pieza estrella, con la que reafirma su conquista cada vez que la vemos.

Para cerrar el círculo con broche de oro, un servidor encaminó sus pasos hacia La Platería, donde actuaba el tocaor Jerónimo Maya, que había sido considerado un niño prodigio. Llegué en el ecuador de su concierto, pero me bastó para confirmar la certeza de que es un gran guitarrista, descendiente de grandes flamencos y aprendiz de los mejores. Me alabaron las granaínas que había interpretado en la primera parte, pero si se puede entresacar algo de la perfección, me quedo con la zambra, que estrenó este día, y se lo dedicó a la desaparecida Lola Flores.

Saludos

Tatiana Garrido, la hija de Mariquilla, no me saluda porque no sabe quien soy o porque sabe perfectamente quien soy. El padre de Raquel me da la mano como si estrujara un limón. Hasta su último jugo. Andrés Tarifa parece que tiene el baile de sambito cuando te estrecha entre sus cinco y son varios minutos los que te zarandea el brazo mientras muestra una sonrisa verdadera. Un representante de muebles valenciano, creo, te lanza la mano doblada para que, en un ejercicio circense, se la agarres (la mano) y se la aprietes (otra vez la mano) cómplice. Hay quien te ofrece su diestra flácida como un plumero de trapo y quien atrapa tu mano entre las dos suyas. Hay quien tiende la mano y después te da un abrazo, generalmente acompañado de golpes en la espalda o fricciones de colega, los cuales te ves obligado a imitar. Hay quien prefiere los besos directamente, aunque, si no estás iniciado, no sabes cómo encajarlos, en sentido de que le echas la mano, después pones la cara cuando él acepta chocar su mano, después vuelves a sacar la mano cuando él ya te ha encajado dos besos. Entre chicas o chico y chica esto es más fácil al estar el beso establecido tras generaciones. Woody Allen decía que a él sólo le habían besado los rusos. Él se lo pierde. Deberíamos establecer los besos para todos.

Los franceses se besan tres veces y los rusos cuatro. Los esquimales se besan con la nariz y las mariposas con las pestañas, según mis sobrinos.

A Marcos Flores, un bailaor sevillano que conocí en Madrid de la mano de nuestro gran Manuel Liñán, le lancé la mano del compromiso, la mano tímida de la primera vez. Sin cortarse, con la sonrisa perfecta y su pañuelo al cuello, ignoró mi gesto y, después de poner sus labios en mi cara y poner su cara para recibir mi beso, dijo: "Yo sólo doy besos".

Encuentro a amigos y conocidos que me cogen el pulgar y yo el suyo como miembros de una secta o amigos aventajados. Según las películas, los romanos se cogían el antebrazo e inventaron el movimiento del futbolín. Algunas tribus africanas (asantis, zulues, matabeles, no recuerdo) chocan la mano izquierda porque está más cerca del corazón. En Marruecos, quien te saluda, después de rozar tu palma, acercan la suya al pecho, como diciendo que te saludan de verdad, de corazón.

A veces saludas a alguien sin saber muy bien quién es. Puede pasar que al rato caigas: a) en que es un amigo de tu infancia; b) en que es un amigo de tu hermano o de otro amigo; c) que realmente no lo conozcas de nada y lo hayas saludado porque te suena o no dejaba de mirarte, y él te ha saludado a su vez por pura cortesía y se va diciendo, en el mejor de los casos: "quién era ese" o "me ha confundido" o, lo más preocupante, "será gilipollas, que no me conoce de nada".

Nuestro antiguo alcalde Antonio Jara me saludaba porque no sabía muy bien quien era. Habíamos coincidido en muchos foros y tan distintos que no me retiraba el saludo porque no sabía el peso político o social que podía tener. Mi querido enemigo Gustavo me veía y, a los tres o cuatro metros de cruzarnos, levantaba la vista como diciendo "te he visto pero no te pienso saludar".

En circulos cerrados, generalmente bohemios, los amigos, las amigas, los artistas... se dan un delicioso piquito. García Márquez y Vargas Llosa se dieron unas trompadas en un escenario, según Jaime Bayley, que se dio repetidos morreos con Boris Izaguirre en Crónicas Marcianas...

Lo importante es el roce. Los seres humanos somos gremiales y nos gusta conocernos y reconocernos. Y, si en la prehistoria nos olisqueábamos los cuartos traseros, hoy necesitamos ese contacto físico de la mano, el espaldarazo o el beso, para decir símplemente "hola", "estoy aquí", "me alegro de verte", "somos iguales", "mua, mua".

Noche de flamenco y poesía

Noche de flamenco y poesía

A veces necesitamos que venga alguien de fuera para recordarnos qué bella es nuestra ciudad. El granadino suele pecar de patrioterismo fuera de nuestro paisaje, pero entre las calles de Granada llora y se queja de su suerte. Sin embargo, esa galanura que los foráneos aplauden es manifiesta. Quiero pensar, por otro lado, que la belleza está en el interior, que también nuestra ciudad es guapa por dentro. Así quedó demostrado la noche del martes en La Chumbera donde se inauguró el Tercer Festival Internacional de Poesía Ciudad de Granada con la lectura de poemas de la salvadoreña-nicaragüense Claribel Alegría y un ajustado concierto flamenco para la ocasión.

Granada se ha constituido en un referente de la poesía nacional. De esta forma lo reconoció Juan García Montero, apuntando como puntales imprescindibles, e increíblemente recientes, el Premio Federico García Lorca, el Premio Javier Egea y este encuentro poético. También es un peso pesado en cuanto al flamenco se refiere. Y, si hablamos de flamenco joven, su futuro inmediato romperá moldes.

Son dos sentimientos, son dos manifestaciones endógenas, telúricas, espermáticas, que cuando se juntan saltan chispas. Es una buena simbiosis, la mejor combinación: el flamenco y la poesía. Y Granada.

Claribel, poeta vitalista de 82 años bien llevados, nos desnudó el alma, para después, con los músicos, terminar de estremecernos. Juan Pinilla abre la sesión con “Una noche de verano”, un poema de Antonio Machado musicado por Calixto Sánchez en forma de milongas. Le acompaña la guitarra de Luis Mariano, que no abandonará la escena en todo el espectáculo, y el violín de Julio Muñoz. El sentimiento del cantaor llega con una calidez asombrosa. Se nota su estudio y su trabajo. A continuación, Antonio Campos y Manuel Heredia hacen su entrada por martinetes que se abren a los postres apuntando tonás. La pieza más redonda y trabajada de la noche llega en la tercera entrega. Es un solo de guitarra y violín en el que la farruca le hace un guiño a los tangos y desemboca en un homenaje a Cuba donde la sonanta hace la base mientras el violín perfila el son. Escuchar a Luis Mariano como acaricia la guitarra da un cierto pudor, si no es nuestro tocaor más sensible, seguro que es el más delicado, y su trato con la guitarra es poco menos que un acto amoroso.

El cuerpo del recital se apoya en la entrega de Antonio Campos y Manuel Heredia, dos cantaores imprescindibles atrás que, poco a poco, demuestran también sus virtudes para cantar alante. Mientras Campos canta “Romancillo del niño que todo lo quería ser” de Manuel Benítez Carrasco por bamberas, ese cante tan delicioso y tan poco escuchado, Heredia interpreta una soleá con la “Canción de la madre del Amargo” de García Lorca, para volver a Antonio que hará los tangos morentianos “Sacerdotes”, basados en un texto de Leonard Cohen, en su disco “Omega”, y cerrar de nuevo el círculo con Manuel que, por bulerías, abordará la “Baladilla de los tres puñales” de Rafael de León.

Juan Pinilla, a petición del público, hará unas alegrías muy del estilo de Chano Lobato y, para terminar, Jara Heredia nos bailará unos tarantos con concesiones al tango amable para ser bailado. Jara es completa, pies brazos y faz. Pero si hay que destacarle algo es su estilo elegante y su comedida planta.

Adiós

Ayer murió una amiga mía. Remedando a Miguel Hernández en la elegía más bella de nuestro corpús poético, puedo decir: se me ha muerto como el rayo Angelina Torné. Murió hace días, pero yo me enteré ayer, que es una doble muerte. Un cáncer se la ha llevado y, aunque sea una muerte anunciada, el hueco que deja en mi memoria es estremecedor. Su teléfono sigue aun en mi agenda y su figura se pasea por el álbum de fotos de mi casa. En realidad era una amiga de mi madre que me la traspasó. No como se traspasan las aguas del Tajo-Segura, sino como una conquista de cupido. Era una señora elegante como pocas. Su sonrisa y estilo la precedían por donde fuera. Hacía tiempo que no la veía, pero estoy seguro que su cabeza estuvo erguida hasta el último momento. Me sacaba unos quince años de edad y unos doscientos en madurez e integridad. Aunque su biografía es oscura para mí (nunca me interesa lo que no me cuentan de primera mano), se que era licenciada en Bellas Artes y que se dedicaba a promocionar el arte. Tenía una galería, "Laberinto", y una pléyade de artistas jóvenes a los que apoyaba y daba los primeros empujones. Me da bastante pudor confesarlo, pero ella quería que yo pintara, que depurara mi estilo, que le llevara obra... Llegó a vender, a buen precio, alguna aguatinta que hice ante su insistencia. Y me regañaba porque no firmaba mis láminas. Así que a las que le dio salida las firmo ella con mi nombre. Nunca me cobró comisión.

Ahora la recuerdo preocupada por todos. Ahora la entreveo cuando me cruzaba con ella: "tienes que venir a verme", decía, "tienes que venir a la galería", "cuando organicemos algo en mi casa os vamos a invitar"... Pero nunca nos veíamos, nunca nos invitamos, siempre se difuminaba nuestra intención en las vaharadas imperturbables del paso del tiempo. Cómo lamento no haber acudido a su llamada, cuánto siento no habernos conocido más a fondo. Sé que se ha ido una gran persona. Interesante por todos los lados que la mires. Quizás algo esclava de su tiempo y su familiar condición nacional-catolica.

Nunca la he echado más de menos. Descansa en paz, Angelina.

Juan Fernández

Juan Fernández

Juan Fernández, además de ser un archipiélago chileno en el Pacífico que contiene entre otras las islas de Robinsón Crusoe o Santa Clara, es mi hijo, que tiene algo más de dos años. Toda una vida. Se me parece, dicen, aunque con con los ojos más grandes y la boca más pequeña, sin embargo no se calla nada. Todo lo casca, todo lo canta y tiene sentido del ritmo.

Todos los padres pecan de engordar a su hijo con alabanzas y virtudes únicas. Yo sé de bastantes logros de mi niño, pero no los voy a comentar. Sólo sé que pretendo que me adelante en todo. Estoy seguro de ello. A su edad... ni me acuerdo. Pero los niños hoy día no nacen con un pan bajo el brazo (por lo menos los nuestros, los que shakespirianamente caminamos detrás de nuestras narices); muy al contrario, llegan con un agujero en el bolsillo y una vara de mando para oficiar de capataz en cuanto tienen razón de uso. Y si no, se lo digo a la abuela.

Curiosamente, mi hijo es estacionario. Más bien solsticio invernal y veraniego. Nació el 25 de diciembre, como Jesús, como Enrique Morente, pocos días después del solsticio de invierno. Su día es san Juan, el 24 de junio, la noche más corta del año, unos días después del solsticio de verano. Astronómicamente no podía estar más equilibrado. Además, así celebramos su cumpleaños y sus mediocumpleaños, pues seis meses exactamente separan las dos fechas.

No sé en que influye todo esto, además de que es Capricornio y cabezón como su padre y su madre juntos. Lo que sí he deducido en los dos años y medio que lo conozco es que es algo surrealista. Me llama Jorge y le río la ocurrencia. Pero cuando me dice ¿dónde está papá?, llega a preocuparme.

Un día me dice: "apaga la estufa que en la calle hace mucho frío" (¿?).

Sacromonte

Sacromonte

Estos últimos días he subido varias veces al Sacromonte. La razón es porque he tenido que hacer un artículo para una publicación de flamenco sobre lugares flamencos de Granada. La revista, llamada "Acordes de Flamenco", es de reciente creación. Ya está en los quioscos el nº 1,con el que regalan un vídeo para aprender a tocar algo de flamenco con guitarra y a bailar también (o a poner los dientes largos a quienes queremos y no podemos).

Es increible la cantidad de flamenco que hay en Granada. Aparte de festivales, ciclos, programaciones culturales, etc. existe una programación estable al menos en una media docena de locales o cuevas. No digo que todo sea de calidad, pero para satisfacer deseos y hallar el duende en algún rincón, seguro que sí.

El Sacromonte, que cada es más monte y menos sacro, es un lugar privilegiado (Valparaiso se llama su enclave). Tiene las mejores vistas de la Alhambra, del Generalife, del Carmen de los Rodríguez Acosta... que puede haber.

A pesar de que muchos tablaos y zambras ya no funcionan, en los que quedan puedes perder la noción del tiempo y amanecer escuchando tangos. Además, si tenemos suerte, podemos coincidir con algunos profesionales que se refugian tras una copita después de acabar su faena, que se arrancan a cantar o a tocar o a bailar expontáneamente que, según Antonio Gala, entre muchos, es cuando lo hacen mejor. Es cuando el arte hace uso del artista. Es el hombre un puro instrumento que increíblemente es cuando está más cansado, más cascado, más bebido... es cuando menos se juega.

Llevé a Nono para hacer fotos, pues las mías son de juzgado de guardia, que no sé para que tengo cámara, si no fuera por el Photoshop. Cogimos material de sobra. Visitamos lo que pudimos. Agradable el rato con Curro Albayzín; fantasmal Enrique el Canastero; interesante el Centro de Interpretación; ignorados en la Cueva de la Rocío; literatura Negra la visita a la Venta del Gallo. En esta útima, no me pude contener y le mostré a Nono una de las fotos que cuelgan en sus paredes que, desde el primer momento que la vi me enganchó. Mi compañero, como era de desear, cayó también bajo su embrujo y la fotografió a su vez. Es la metafotografía: fotografiar la foto (como la metalimpieza es limpiar la aspiradora, por ejemplo).

La instantánea es la que precede este artículo, así que omito su descripción. Sólo pienso en que si nos impacta hoy día, qué habría sido en los años 60, a los que seguramente pertenezca este contraste.

¡Que la disfrutéis!

Mercé no llenó el Palacio

Mercé no llenó el Palacio

Sin duda una de las mejores voces del flamenco actual es la de José Mercé cuando hace flamenco. Este jerezano es el cantaor que más discos vende en la actualidad. Acogido a una fórmula de canción aflamencada, en la que se siente realmente cómodo ha sabido conquistar a miles de personas del mundo flamenco y ajenas a él. Cada cual entiende su camino y vislumbra su meta. Mercé ha escogido, se aleja de la ortodoxia, puede que aporte algo nuevo a la fusión (como aflamencar canciones de otros estilos), pero el flamenco ha perdido en él a uno de sus mayores representantes.

Con todo y con eso, el concierto del sábado, 29 de abril, fue impecable. Pudimos ver al mejor Mercé, y a un tremendo Morao a la guitarra, ofreciéndose por entero a un público también entregado. Lástima que apenas ocuparan la cuarta parte de las localidades de la sala. Quizás debido al puente, a otras ofertas primaverales o a la incipiente botellona del Día de la Cruz.

Mi concierto, sin embargo, terminó a los diez minutos de empezar, después de que José Mercé diera unas pinceladas de cante por derecho, demostrando así que si quiere puede. Este preconcierto, lo abrió con unas malagueñas chaconianas, siguió con una magistral soleá y terminó con unos fandangos naturales (echamos de menos unas seguiriyas). A continuación llamó a “Mi gente” para comenzar con la presentación de su disco Lo que no se da, sus últimas simplezas comerciales.

Con unas alegrías comienza la entrega de este trabajo. El público lo sigue como a un cantante popular: canta con él, baila en sus asientos y le sigue con las palmas. Quizás hubo un exceso de orquestación. Dos guitarras, un piano, un violín, una flauta travesera un bajo eléctrico, una generosa percusión y tres personas en los coros y palmas, resulta abrumador para el flamenco. Para rematar, los efectos del humo en el escenario son francamente innecesarios.

Moraíto cobra protagonismo absoluto (lo que después hará el segundo tocaor y el resto del grupo) haciendo un tema en solitario.

El grupo de Mercé vuelve con Fresas un tema muy del estilo de los tangos de sus anteriores trabajos, desde Aire hasta Confí de fuá. Esquema que repetirá en Hojas de limonero y en Te pintaré. Un giro en la velada fueron las sevillanas Como una veleta de Romero Sanjuán, compositor desaparecido hace un año- y dedicadas a él mismo, en las que el cantaor, con un fondo de piano, prescindió de las guitarras, muestra como un tema populoso puede ser elegante. Otro de sus fuertes está en las canciones prestadas de otras músicas. Así, interpretó de su cedé el tema Mammy blue con aires de tangos y Qué bonito es vivir basado en el tema What a wonderful world de Louis Armstrong. Destacaría en este recital las bulerías Tú me roneas por la parquedad y estilo. Mercé despidió la noche con su éxito Aire, perteneciente al disco del mismo nombre grabado en el año 2000, coreado al unísono por todos los presentes. Ante varios minutos de aplausos a compás, el artista a pie de escenario, improvisó un poquito por bulerías que acompañó con algunas pataditas con salero jerezano.

Un hombre justo

Un hombre justo

Lo que son las cosas, mi cuñada se fue a Egipto y yo me fui a Madrid. Ella estuvo una semana yendo y viniendo, viendo cosas, aprendiendo, conviviendo... Yo, apenas pasé un par de horas en la exposición dedicada al antiguo Egipto, llamada "Faraón". Compré el catálogo (20 euros).

Esta muestra estaba dividida en salas muy ilustrativas e interesantes. Me gustó especialmente la dedicada al palacio, a la casa del Faraón, a su vida cotidiana, con su cama y su urinario. Me gustó por lo humano. Me gustó por la cercanía. Me llamó sin embargo, la atención una pieza que descansaba en una de las vitrinas de la sala anterior dedicada a "Faraón, guardián del equilibrio del mundo" (casi nada), (tremendo, si no fuera cierto). El elemento en cuestión era un dibujo del faraón en su carro sobre un trozo de caliza llamada ’ostracón’. Y, aquí es donde voy: la ostraca u ostracón (en plural) era un trozo de vasija, un gijarro, que los antiguos griegos utilizaban para hacer anotaciones rápidas, efímeras, al momento. Como nosotros podemos emplear una libretilla o la servilleta de un bar. Entre sus usos se hallaba la votación. En la primera democracia que existió, todos los ciudadanos libres podían votar.

Curiosamente, una vez al año, si una asamblea ordinaria así lo decidía, se votaba el ostracismo (que viene de ostraca, que viene de ostra), es decir, se condenaba a una persona al destierro preventivo durante un periodo de diez años. El elegido solía ser algún personaje popular suceptible de conjurar o convertirse en tirano, pues el desterrado no había cometido delito alguno. Así, fue desterrado, por ejemplo, Jantipo, el padre de Pericles.

Otro de los expulsados fue Arístides, llamado el justo. Plutarco cuenta que este "insigne magistrado" se dirigía a la Asamblea, cuando se encontró a un campesino analfabeto que seguía su mismo destino. El rústico le pidió un favor a este antiguo general de los enfrentamientos púnicos. Extrajo de su jubón un tejuelo en blanco y dijo que escribiera en él a quien pensaba votar para el exilio. Con mucho gusto, Arístides se dispuso a apuntar. El joven agricultor dictó su mismo nombre. Arístides, sin identificarse, preguntó qué tenía en contra de ese hombre. "Nada en absoluto, contestó, ni siquiera lo conozco, pero estoy harto de escuchar que todo el mundo lo llama el justo". Arístides sin más escribió en la piedra su propionombre y se lo devolvió al campesino.

Cuando acabó la Asamblea, efectivamente, Aristides tuvo diez días para despedirse de sus seres queridos, para pasar después diez años fuera de su patria. Antes de irse, cuenta Plutarco, alzó sus manos y rogó a los dioses que los atenienses no sufrieran ningún peligro que les hiciera recordar el nombre de Arístides.

¿Cuántos de nuestros políticos o personajes públicos serían capaces de dirigirse así?, ¿Zapatero?, ¿Rajoy?, ¿tal vez los ínclitos Alcaldes de Marbella?

 

* En la ilustración, más o menos dice: Varios ostracones con los que se votó el destierro de Temistocles.

Acoso

Primero.- Una mirada insistente y descarada de un joven, en un asiento cercano, recorre el cuerpo de esa chica nerviosa en el autobús. La chica no lleva la falda excesivamente corta ni un escote pronunciado. El hombre viste de vaquero y sonríe satisfecho. Ella junta sus piernas y cruza los brazos sobre sus libros en un intento de proteger su intimidad. Disimula, mira la hora y voltea la cabeza asomada a la ventanilla sin ver nada. El muchacho, consciente de su triunfo, se relame, se alisa el pelo, abre sus piernas para contrarrestar el recogimiento de su víctima. Ella ve que se están quedando solos. Uno tras uno, todos los pasajeros, van abandonando el autobús en los sucesivos estacionamientos. Él confunde el nerviosismo de la niña con el deseo irresistible de complacerle. Ella tiembla y no hace frío. Él arde por fuera y por dentro. Finalmente, aliviada, baja del autobús con el penúltimo viajero, dos paradas antes de su destino.

Segundo.- Esa jefa de personal, no muy mayor, le ha echado el ojo al chico nuevo en la oficina. Lo llama repetidamente a su despacho con las escusas más peregrinas. El muchacho está un poco harto por la esterilidad de ese ir y venir sin sentido, por la poca aplicación de sus conocimientos en el puesto que ha sido seleccionado. Ella piensa que hizo bien en fijarse más en la anchura de sus hombros y en la estrechez de sus jeans que en su currículum. Ya irá aprendiendo con el tiempo. Además se deja mirar. Él se planta un día y no cede ante sus proposiciones cuando la señora se coloca entre su persona y la salida. La jefa, tan segura de su poder, le dice que ya no es apto, que no le puede renovar el contrato.

Tercero.- La esposa sumisa siempre se dejó hacer. Su marido, fiel a la tradición, está convencido que adquirió una mujer en propiedad: esposa, amante, madre y puta a la vez. Su libertad acaba donde empiezan los ilimitados derechos del hombre. La mujer tiene bastante con las tres “k” alemanas: Küche, Kinder, Kirche (cocina, niños, iglesia). El varón tiene derecho a beber cuando ella lo espera, a descansar cuando ella se ocupa de la cocina, de los hijos, a pegarle y abusar de ella cuando no cumple con sus deberes maritales, sólo porque no le apetece, porque está de mes. Ella termina por abandonar el hogar, con un ojo morado y las costillas rojas. Él espera sus escusas.

Cuarto.- Érase una madre que no podía alimentar a todos sus hijos y los enviaba a mamar de las ubres de las vacas gordas europeas. Pero aquí se les trata como a patitos feos por muy cisnes que sean. Y había también una pequeña isla acosada por un continente, estrangulada en su aislamiento. Había también un país que pedía su libertad, pero su papá grande, el rostro pálido, lo arrasaba por sus ocurrencias y sus guerras preventivas. Había pueblos irreconciliables, había odios profundos, había ansias de poder, había sonrisas que escondían los trapos sucios, lobos con piel de cordero...

Decidme ahora ¿qué no es acoso?

Regalos

Acaba de venir mi cuñada de Egipto y me ha traído dos pares de calcetines y un paquete de calzoncillos, argumentando que allí es muy bueno el algodón (sic). ¿Y si va a China me traerá una ristra de ajos? Es de buen vecino ser agradecido y a caballo regalado... Pero, para esos detalles, mejor que no se hubiera molestado y que me hubiera contado a qué huele el templo de Karnak o qué se siente ante la esfinge de Gizeh o si sigue vivo el sueño de Alejandría. Pero no, un poco de ropa interior cien por cien algodón y, ya se sabe, el algodón no engaña. No digo yo que me hubiera traido un gato embalsamado de la reina Nefertari ni los planos de las pirámides que trazara Imhotep ni un pedacito de la esfinge de Kefrén, pero unas instantáneas del Valle de los Reyes, una figurita de oxidiana (o imitación escayolada), un botecito con arena del Desierto de Nubia, un falso papiro parco y elegante...

Los regalos deben cautivar tanto o más a quien los hace que a quien los recibe. El regalo no necesita escusas. Olvidemos santos, cumpleaños, reyes, viajes, visitas, aniversarios, amigos invisibles, dias (del padre, de los enamorados, del libro, de los inocentes, del orgullo gay), y regalemos cuando tengamos algo qué regalar, algo por qué regalar... El regalo te salta a los ojos. El regalo, como el amor, no se busca, se encuentra.

No hay nada más odioso que el regalo por compromiso, regalar por regalar. No hay nada más aberrante que las tiendas de regalo y el sucedáneo cutre de los "todo a cién".

Quien porta un regalo inútil, le debería quemar en las manos. A quien se le agasaja con una chorrada, no debería elegantemente tragárselo, sino devolverlo al dadivoso en cuestión y decirle "no gracias". Cuántos regalos que no queremos, cuántos regalos que tiramos, escondemos y sacamos a la luz cuando vienen los que con ellos nos obsequiaron. Cuántos regalos indecentemente volvemos a regalar. Cuántos regalos se han roto "sin querer".

Manifestémonos contra el regalo. El convencionalismo de regalar a determinada gente y determinados días es como poco una crueldad obscena. Yo no quiero que nadie me regale nada que no le salga del corazón (siento haber sido algo cursi en esta última frase) y dejenmé con el placer de dar que es mucho más intenso que el de recibir.

Huétor Tájar, un festival redondo

¿Qué se le pide a un festival? ¿Cuáles son las características que debe reunir un encuentro flamenco para que sea satisfactorio? En principio, sin ninguna discusión, la programación debe ser atractiva, con figuras reconocidas y con alguna que otra sorpresa. El evento tiene que ser dinámico y variado, que se alterne cante y toque y que tenga su poquito de baile. Las presentaciones deben ser parcas y meramente ilustrativas. Cuántas veces un presentador a menoscabado un festival por su exceso de palabrería, por su explicaciones gratuitas, por sus comentarios laterales. El sonido debe estar cuidado al máximo para no desmerecer ni un ápice el trabajo de los músicos, muy al contrario, debería amplificar sus dotes y su entrega. Que haya micrófonos individuales, inalámbricos, si se precisan, de ambiente, en su caso, y de suelo, si tenemos baile y zapateado. Que los músicos tengan sus monitores, para que se oigan y no vaya cada uno por su lado. Las luces, el decorado, la puesta en escena, los técnicos y “pipas” que cuidan todo el atrezzo… Huétor Tájar cumplió estas premisas y añadió alguna condición más a su festival. Por ejemplo, como el año pasado, apostaron por los flamencos de Granada y cumplieron su objetivo de crear afición entre los jóvenes del pueblo.

Antonio Campos fue el encargado de abrir la noche. Una de nuestras mejores voces masculinas para el flamenco y, sin duda, el mejor para cantar detrás. Acompañado por Juan Requena a la guitarra, se templó por tarantos y taranta de la Gabriela. Un buen aperitivo, para seguidamente darse por entero con unas bulerías por soleá. Su entrega y perfecta ejecución estremecieron la sala. Continuó con malagueñas y abandolaos y terminó por bulerías. Una gran faena.

David Lagos, el único artista foráneo, con Alfredo Lagos a la guitarra, comenzó con una milonga que concluyó en malagueña de difícil calificación. Cogió las riendas prontamente y, yéndose a su Cádiz natal, bordó unas alegrías, regalándonos la altura de su timbre. A continuación, fue grande por seguiriyas, un palo que, según el mismo confesó, “es el cante más difícil que hay”. David cerró por bulerías.

Miguel Ochando, elegante y preciso hasta el extremo de parecer algo soso, interpretó parte de “Memoria” su primer y único trabajo como solista. En primer lugar hizo las guajiras que le dan nombre al disco. Dejando claro su dominio, clasicismo y rectitud, el tocaor granadino continuó con un zapateado de Esteban Sanlúcar, para después tocar el corazón de los oyentes con unas granaínas e irse con “Ímpetu”, una creación flamenca con aires festeros. Ochando fue muy aplaudido.

Con el terreno ya más que abonado, Fuensanta Fresneda “La Moneta” nos bailó unos tarantos y nos encandiló con sus seguiriyas. Fuensanta vuelve a tomar las riendas de su baile e imponer sin contemplaciones su rabia flamenca y la finura de su estampa. Mejor arropada que la última vez que la vimos en “Flamenco viene del sur”, la bailaora granadina bailó para adentro, más encerrada en su baile y en la pasión que debe destilar, como si en un escenario “menos exigente” se olvidarade la galería y girara para sí. Bienvenida de nuevo Moneta.

Bordón de trapo, prima de oro

Granada fue la cuna, la que descifró todos los secretos, la que le enseñó con grandeza y respeto los entresijos de la guitarra. Granada es la tierra. Sevilla le mostró el ritmo, otro aire, otro sentir. Sevilla es el universo.

Miguel Ángel Cortés, nacido en la ciudad de la Alhambra en 1972 y afincado en la capital hispalense desde hace siete años, eligió su cuna para presentar, acompañado de amigos y colaboradores, “Bordón de trapo”, su segundo disco de guitarra flamenca.

Lo primero que llamó la atención al llegar al teatro fueron las ausencias, localidades vacías, poco más de medio aforo, y la poca asistencia de los flamencos. Algunos extranjeros rellenaban un poco más, pero la acogida que se merece un artista de la talla de Miguel Ángel brilló por su ausencia. ¿Debido al fútbol u otras alternativas? ¿Debido a una escasa difusión? ¿Debido a la apatía generalizada de los granadinos que no dudan en dejar un día que las flores se marchiten y después estar cien años lamentando su muerte? Ellos se lo pierden. Nosotros nos lo perdemos.

Fue un concierto memorable. De los recitales de guitarra mejores que yo recuerdo. Estuvo bien compactado, fino y redondo. La puesta en escena parca y elegante, los músicos en el mejor de sus momentos. La alternancia rítmica y el dinamismo de cada una de las entregas fueron dignas de encomio. Comenzó Cortés en solitario haciendo la granaína que cierra el disco y le da nombre. Es el homenaje a su tierra. Es la gloria con seis cuerdas. El poder de evocación, el riesgo y el pellizco continuo elevan a Miguel Ángel Cortes al cenit de la creación en cuanto a guitarra flamenca se refiere. Para el segundo pase, le arropa una segunda guitarra. Daniel Méndez se acopla a la perfección con el protagonista de la noche. Es verdaderamente su “mano derecha”, como reconoce Cortés. Tras de este “De Graná pa Sevilla”, con aires festeros y sabor de guajira, entran los percusionistas, a veces más estridentes de la cuenta, que dan el compás necesario “Viento del sur”, unas originales alegrías. De Cádiz vuelve a Granada con unos tangos sacromontanos, que Miguel Ángel se hace acompañar de laúd y pandero, impregnándolos de reminiscencias magrebíes. Un nuevo diálogo entre el laúd y la guitarra en forma de tanguillos nos devuelve a occidente, antes de que entre Arcángel, el primer invitado de la noche, que nos brinda un extraordinario homenaje a Juan Valderrama y nos muestra, a continuación, la largura de sus fandangos onubenses.

Un poquito de percusión, posiblemente fuera de lugar en este foro, da paso a unas bulerías abordadas por la primera guitarra, mientras Arcángel y Méndez le hacen compás con las palmas.

Para finalizar la velada, Esperanza Fernández, una de las voces más flamencas del panorama actual, hace acto de presencia para hacernos las seguiriyas, que en el disco canta Carmen Linares, y unas bulerías que cierran el concierto.

Una gran noche, grandes artistas y un gran disco para enriquecer la discoteca de cualquier aficionado que busque la verdad del flamenco de hoy en día.

Déjale que crezca

Ayer se inauguró la exposición "Oye, mira, haz" de pintura infantil y poesía, en la sala de esposiciones de CajaGRANADA, en San Antón. Con el fin de recaudar fondos para Aldeas infantiles, se ponen a la venta cerca de cuarenta pinturas de niños al único precio de cien euros cada uno. "No se paga el cuadro —según Elizaberta López, comisaria de la exposición e ideológica del proyecto—, el cuadro no tiene precio", se paga el trasfondo, la causa, el sentimiento... compramos futuro. A las obras —realmente geniales— las acompañan unos poemas que unos treinta autores han cedido gustosos para la muestra. Algunos, de su obra impresa o guardada, otros —como es mi caso— escrito para la ocasión.

En Granada Hoy (21-04-2006) se hace referencia al tema. Oss dejo el enlace de su edición digital: http://www.diariogranadahoy.com/diariogranadahoy/articulo.asp?idart=2713309&idcat=2922

Y, cómo no, reproduzco el texto que, bajo el título Déjale que crezca cuelga en una de sus paredes bajo los tonos verdes de un cuadro delicioso.

Se ha quebrado el espejo

donde pones tus manos

sucias de regaliz,

donde aplastas la cara

sin bozo siquiera,

donde ensayas tu nombre

en el vaho de tus besos.

Se han perdido las brujas,

bucaneros y duendes

que desbordan las páginas

de cuentos ilustrados

con que dormías cada noche.

Ya no pinchas tu dedo

en la rueca durmiente,

en la rueca que espera

el beso azul,

príncipe enamorado.

El caballito de madera,

ese de brida roja,

mira con amargura

su reflejo en tu espalda,

cuando en la bamba olvidas

que tienes un padre violento,

y el aire seca tus lágrimas,

y el viento borra tu infancia.

Derechos del niño

El jueves, 20 de abril (o sea, mañana) (a las 20’00), participo en una exposición colectiva de pintura y poesía en la sala de exposiciones de La General, en la calle San Antón. La muestra tiene un tema común: "Los derechos del niño". Mi poema (que lo publicaré próximamente en este blog) lleva por título Déjale que crezca.

Ahora que soy padre, desde hace casi dos años y medio, estoy más sensibilizado con un tema que nunca me ha sido indiferente. Me parte el alma cuando me llega la noticia de algún tipo de maltrato infantil, ya sea físico o sicológico. No concibo a los niños en la guerra (que si no nos pertenece a nadie, menos a ellos), me duele que los niños trabajen, es abominable la explotación sexual... pero lo que más me duele —si es que se puede baremar toda esta gama de aberraciones— es el maltrato físico. No creo ser de los que ponen la otra mejilla una y otra vez (entre otras cosas porque sólo tengo dos), pero sí me sumo a los que, en una guerra, se sientan en el suelo con los brazos cruzados esperando a que un tanque nos pase por encima. (Imagináos que hay una guerra y no va nadie, escuché una vez.)

Me pone la carne de gallina cualquier tipo de violencia —incluso el sado—, pero la agresión a un niño, sería, en su caso, la única condena que merecería la pena capital. Y si los violadores son sus progenitores, no necesitaría ni juicio previo. "¡A los cocodrilos!", como diría mi padre.

Hay, sin embargo, otro tipo de abuso, a veces consentido, casi siempre engañado, que lo tenemos increiblemente asimilado en nuestra sociedad. Me refiero al desplazamiento temporal de la edad infantil. A la explotación discriminada de los valores de nuestros hijos. La pretensión de mostrar las super dotes de los infantes. Deberían estar prohibidos determinados programas donde llevan a los niños para hacer que se derrame la baba y se llenen las carteras de sus papás. Debería estar prohibido exhibir a un niño hasta que no tenga uso de razón. (Los padres, generalmente, carecen de razón de uso).

A una niña de cinco años la hacen vestir de mantilla en una procesión y andar toda la tarde, a un niño de meses le compran la equipación del Real Madrid, a los hermanos gemelos los visten ridículamente de igual forma, encierran a unos niños sin motivo, obligan a una pequeña de doce años a cuidar a su abuela o a sus hermanitos... Esto sí que duele y no que Andalucía sea realidad nacional o nación realizada.

Columnas

Hace relativamente poco tiempo acudí a la presentación de un libro que compilaba la labor semanal de un columnista de IDEAL. Mis impresiones —sobre el artículo de opinión— las quise reflejar inmediatamente:

El artículo periodístico de opinión, lo que se ha dado en llamar una columna, precisa una cocción a fuego lento, un constante recalentamiento acompasado en todas sus partes por igual y sin dejar de remover hasta el final, que necesita un cierto tiempo de reposo para lograr un plato fuertemente trabado, con todo el sabor y un aroma exquisito. Es dable, en su factura, llevarlo a ebullición al menos cuatro veces.

Así daremos un hervor de tierra, haciendo el artículo muy nuestro, de este mundo y arraigado en la realidad, pero sin olvidar el pretérito y lo que ha de venir. Deberemos dar un hervor de aire que sea suave y delicado, etéreo, que parezca ambrosía y haya que consumirlo con el cuidado que observamos al desvirgar un disco nuevo, verbigracia. Que vaya de un lugar a otro y entre por cualquier rendija. Que sirva para dar vida y para avivar la llama.

También habrá que darle otro hervor de agua para que fluya por los sentidos del lector, para que se expanda en el tiempo, para que su fecha de caducidad sea una anécdota; para que sea necesario en su proporción y destructivo en su abuso; que mane de la tierra o provenga del cielo; que sea manantial y fuente y río y lago; que te empape y que te limpie y que abone tus semillas.

Por último, habrá que darle un hervor de fuego para que arda y para que queme, que sus palabras sean brasas y sus ideas pavesas al viento; que esté vivo y crepite, que motive respuestas o plantee nuevas cuestiones; que se busque o enfurezca y que se calme con un soplo, con el postrer respiro del punto final.

Salpimentar al gusto. El artículo de opinión que se lee con más agrado, el que consigue adeptos, que es parte de lo que nos interesa, debe tener su dosis de humor, de ironía o sarcasmo, debe tener la ambigüedad justa para rozar el alma sin herir sensibilidades.

 

El olvido

El olvido se me antoja imaginarlo, si fuera una figura alegórica, como un anciano de luenga barba blanca; como el náufrago perdido en una isla perdida y perdido en el tiempo; como el sabio cargado de años y de arrugas, incivilizado y alejado de la civilización; como el loco incomprendido, apartado de un mundo que no le pertenece o que no le acepta (que para el caso es igual).
El olvido es necesario para continuar viviendo, para seguir aprendiendo, para continuar perdonando.
Se puede olvidar por desuso. Un número de teléfono de un antiguo amor, acaba por borrarse de la mente. La tabla periódica, las ecuaciones de segundo grado, la lista de las capitales de Europa... sólo adivinamos haberlas aprendido alguna vez. Como Cernuda, recordamos olvidos.
También podemos olvidar por interferencia. Datos que tenemos en la cabeza, se ocultan o desaparecen con el aprendizaje de nuevos datos. Si leemos una novela, tendemos a olvidar la anterior o, por lo menos sus detalles —no digamos del libro leído hace unos años—, cuando otra obra ocupa nuestra mente.
La tercera forma de olvido, quizá más lenta, quizá más dolorosa, es por voluntad. Nuestro deseo e instinto de conservación nos hace relegar a los rincones más profundos de la mente los episodios desagradables del pasado. Intentamos olvidar los fracasos que hemos tenido, los malos ratos que hemos pasado, los desequilibrios en nuestro devenir...
Pero, aunque el olvido sea vitalmente positivo, nos gusta recordar. Deseamos poseer una memoria de elefante para tener presentes muchos momentos que hemos vivido y comemos zanahoria o rabos de pasas para recordar ese examen excesivamente largo, o ese poema que le cantaremos a nuestra amada o esa receta que vamos cocinar o esas fórmulas que se resisten a establecerse en la mente. Nos encomendamos a santa Rita o le atamos los cojones a san Cucufato cuando algo se nos ha perdido, cuando no recordamos su paradero.
A veces, queremos recordar lo bueno y agradable para continuar saboreándolo por muchos años. Por otra parte, deseamos no olvidar lo borrascoso para no tropezar muy a menudo con la misma piedra, para tener motivos para llorar y así poder apreciar las espinas de una rosa.
Tanto como el olvido, necesitamos el recuerdo. Rememorar lo bueno, lo que se llama melancolía. No olvidar lo malo, lo que entendemos por precaución. O el dolor bien hallado —la sarna con gusto—, la saudade.
Pero ahora, últimamente, veo al olvido rejuvenecido; con traje nuevo y sonrisa perfecta. Nunca me ha sorprendido tanto lo pronto que olvidamos. En un país de la "Unión Prospera" (en contra de los "Estados Empalmados"), que raya en la derecha, aunque se vista de rojo o de rosa palo. La historia se repite. Siiempre la más negra. Vergüenza del ser humano. La humanidad ya no se cree las voces unánimes de ¡¡NUNCA MÁS!! Ya no tiene sentido el desesperado grito de ¡¡BASTA!!

Reciclaje

Reciclaje

La televisión en mi infancia y adolescencia, por suerte, era limitada por voluntad propia, pues nunca llegó a sustituir lo que realmente tenía interés para mí, que eran los libros, los lápices de colores, los amigos y la montaña (no necesariamente en ese orden). La tele era la alternativa para el vacío extremo. De todas formas hubo, hay y habrá dentro de su programación ofertas que copan mis cinco sentidos hasta lo indecible, hasta el punto de enrarecer mi carácter si no televidencio (permítaseme el reflexivo) el programa elegido.

En aquellos años (70) en que teníamos una única televisión en blanco y negro que ni siquiera cubría todas las horas del día (podíamos ver la genial "carta de ajuste", con música clásica de fondo, antes de que se empezara a emitir), un programa de variedades para toda la familia ocupaba una de las noches de la semana (normalmente el viernes o el sábado). No sé si fue en "El hotel de las mil y una estrellas" o fue en "Sumarísimo" donde vi una actuación de Fernando Esteso (espeso, diríamos a la larga).

Esteso era uno de nuestros graciosos, junto con Pajares o los veteranos Tip y Coll, como hoy pueden ser Los Morancos o Cruz y Raya. En su actuación (algunos se acordarán) hacía de pregonero castizo de un pueblo que, con una corneta, iba enunciando los puntos de su pregón. Una de esas cláusulas ("cápsulas" decía él), y es a lo que me vengo a referir, literalmente advertía:

"Por orden del señor alcalde, se hace saber, que se va a poner un buzón nuevo en la plaza del pueblo, pues el que había ya está lleno".

Lo mismo podríamos decir —al menos por mi zona— de los contenedores de reciclaje. El cubo del papel rebosa. Cuando nos acercamos, después de haber recogido durante semanas dos paquetes enormes de celulosa, después de haberlos cargado como acémilas, después de haber recorrido la distancia que nos separa de nuestro destino cívico, resulta que o nos tenemos que volver a casa con nuestra prensa caducada o apiñarla como podemos encima de los montones de papel y cartón que han dejado encima del contenedor. Optamos normalmente por la segunda opción —nuestra voluntad ecológica tiene un límite— y rogamos porque no llueva y que recojan pronto el abarrotado cajón y los daños colaterales que minan su alrededor. Rogamos también, para que a un graciosillo, un desaprensivo, (un genízaro, diría yo) no se le ocurra prenderle graciosamente fuego a la pira que se destina, muy en el fondo, a salvar nuestros árboles.

Lo mismo pasa con la ropa, con el plástico, con el vídrio... ¿Alguién ha visto receptores de aceite doméstico usado?

Es para pensarse si aguantar como hasta ahora lo hemos hecho, si esperar al camión recogedor y darle nuestros desperdicios acumulados, si denunciar el caso o tirar la toalla y abandonar definitivamente nuestro síndrome de Diógenes.