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Algunas cosas y demás verdades

El depósito

El depósito

A pesar de haber estudiado Biblioteconomía, a pesar de ser un lector permanente, a pesar de dedicarme al mundo de las letras, nunca he sido socio de una biblioteca (sin contar la universitaria).

Los libros suelo adquirirlos. Cuando puedo más y cuando no menos. Como poco, aumento mis existencias (en toda la extensión de la palabra) en un volumen mensual.

Así, unos dos mil libros -tal vez más- se empolvan en mis estantes, de los cuales, habré leído o releído la mitad -tal vez más. Con lo cual, aún me quedan varios cientos de libros para escoger.

Ayer mismo, esperando a que mi hijo saliera de judo (dos veces por semana tengo que recogerlo a las cinco de inglés y brujulear durante una hora hasta que se quita el kimono).

Como estamos pegando al río y la biblioteca del Salón queda tan cerca, he decidido invertir mi tiempo entre libros, sentado bajo techo.

Ayer, como digo, me dieron el carné ("que vale para todas las bibliotecas de Andalucía", se apresuró a decir orgullosa la chica). Y, cuando yo le pregunté (muy profesional) si podía retirar algún ejemplar a modo de préstamo, se dispuso a atender mi súplica de memoria.

Entonces, solicité un título que me rondaba por la cabeza. Le dije: "Un hombre que se parecía a Orestes" de Álvaro Cunqueiro. Confundida en su ego de bibliotecaria, se puso delante del ordenador para que le repitiera el nombre y casi le deletreara el autor.

"Sí, aquí está (qué me creía). Tengo que bajar al depósito", me dijo.

En España se escribe mucho y se edita mucho más que se lee. Siempre hay superávits o restos de serie o series casi enteras, que van a parar a los mercados de ocasión, a los depósitos o a la hoguera (La hoguera, la hoguera).

Cuando aparece con el libro, me lo da para que se  lo pase a la auxiliar y que tome nota. Con extrañeza, la ayudante rellena la ficha (Estantería 7. Tabla 10. Número 23), le pone un sello con la fecha detrás y advierto que el dígito anterior corresponde al 15 de febrero de 1977 (es una edición de 1969). No me lo puedo creer, en treinta años nadie se había interesado por ese libro.

Ahora me lo leo con doble interés.

Filologías

Filologías

Ya sé cómo ladra un perro enfermo en icolodógico, el idioma de mi niño. Si mi grafía es la correcta, cosa que dudo, un perro enfermo en icolodógico ladraría algo así: ¡zapf, zapf, zapf!

La cosa fue de esta manera. Volvíamos Juan y yo del colegio hablando de mil cosas, con las que aprendo continuamente, cuando me recuerda su idioma (ya hace bastante meses que se inventa palabras y expresiones bajo el nominativo icolodógico). Suelta alguna palabra esporádica o se pone a contar: uno, dos y tres (que no recuerdo cómo pronuncia).

En esto, pasamos por casas que apresan, entre rejas, a canes envalentonados de diferente aspecto, tamaño y color. Él le pregunta su nombre en inglés (Which is your name?), (las actividades extraescolares están dando sus frutos), (ya mismo les hace una llave de judo, que también aprende, de cinco a seis).

Le digo que los perros no entienden idiomas. Acto seguido, para cambiar o seguir con el mismo tema, le pregunto cómo ladra un perro en icolodógico.

Zapf, me dice sin pensar, como si lo tuviera estudiado o fuera una traslación simultánea.

¿Zapf?, interrogo extrañado.

Pero me saca de dudas diciendo que así ladra un ’perro enfermo en icolodógico’. Ignoro cómo ladrán los sanos. (Tampoco se lo pregunté, para evitar el ruido informativo.)

Juan empezó con el icolodógico sin saber leer ni escribir. De aquí a Navidad sabrá leer perfectamente y escribir medio en condiciones (me seguirá sorprendiendo, nos seguirá sorprendiendo). Para entonces, puede que su idioma sufra un retroceso o un principio de olvido, por imposición de la lengua natal.

No importa. Los días son así. Nada se pierde, todo se trasforma, se sustituye o evoluciona.

Empero, adelantándome a un futuro, que llega con botas de siete leguas, grabo algunas de sus cosas. Además, quiero hacerle una entrevista sobre su idioma. Que me hable, que me diga, que improvise.

De momento, apunto algunas palabras en un archivo específico para tener alguna referencia dentro de los años. Por ejemplo, Muzi galagari significa ’muchas gracias’; saraca baratatá, ’libros bonitos’; o subiraca, ’cataratas del oeste’.

¡Casi nada! Es bonito y sonoro, aunque mañana, esas mismas frases, se digan de otra forma.

Miedo al miedo

Miedo al miedo

Hace poco publiqué un pequeño diálogo, en un post, llamado "Gripe A", que venía a decir que el miedo nos corta las alas. El miedo al miedo, me refiero. O sea, el miedo al por si acaso.

Refería la anécdota de una amiga que no salía sola porque le robaron en la calle. Entre líneas leemos que pasó miedo, quizá durante años, y no desea volver a pasarlo.

Mi madre decía que el dolor más grande es el que le afecta a uno. Podían hablarte de los oídos, de las muelas o del estómago. Pero si a ella le dolía una uña, el dolor más grande del mundo es la uña que le dolía a ella.

No sé dónde leí, con referencia a las tribus urbanas y a la supervivencia callejera, que el "uniforme" en lo que consistía es en hacerte fiero. Como los animales que se erizan o elevan sus plumas para aparentar, los sectarios pretenden dar más miedo que el contrario, mostrarse más feroz y matón para intimidar al contrario.

El "disfraz" nos da seguridad, además de identidad dentro de un grupo. Nos sentimos seguros con nuestras prendas callejeras, que, a veces, no es nada más que un peinado, unas gafas de sol o una camiseta. Nos da confianza en nosotros mismos y en los que caminan como nosotros. Evitamos el miedo.

Hacemos las cosas casi siempre, no por convicción, por creencia o porque entra en nuestro código ético, en nuestra escala de valores, sino por miedo. No faltamos a clase para que no se lo digan a nuestros padres, no cometemos infracciones para que no nos quiten puntos, no delinquimos para que no nos apresen, no...

Otoño

Otoño

El otoño ha llegado precipitado y con fuerza. Convenciéndonos desde un principio que es otoño. Es una estación solapada y gris, que, sin embargo, sirve de preámbulo a todo un curso. Es la verdadera puerta del año y no enero, si es que de convenciones se trata.

El otoño está lleno de melancolía, de nostalgia y de lágrimas a punto, que rivalizan con la lluvia. El otoño es frío por dentro y por fuera, pero qué agustito al sol. El astro rey se aprecia más que en verano, digo yo, que pica, nos molesta, nos quema y reseca nuestra piel.

El otoño es la primavera de los solos. Y por eso me gusta. Tengo vocación de solitario, pero por suerte no estoy solo.

Solo en la medida que san Agustín decía: "el pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta". Nunca el solitario en el desierto y, mucho menos, en la vorágine de la multitud. Nunca el solitario que resulta tras el picado ascendente en una película, cuando el protagonista se hace pequeño en la inmensidad.

Pero todos tenemos nuestro apego al valle de lágrimas. Todos tenemos nuestro otoño particular. Y por eso también me gusta. Por ese punto de masoquista que nos ocupa, por ese corazón borrascoso, por esa amplitud de miras en nuestra jaula de siempre, por todo el pasado vivido, por el futuro incierto, por los que se han ido, por los que llegan y lo que les espera, por lo que hemos visto, por lo que nunca veremos, por lo que nos cuentan y por lo que contamos.

Hoy me vestiré de otoño, informal pero con manguita, e iré a ver a mi madre, en permanente otoño desde que la memoria se le fue a descansar. E iré con mi padre, en permanente otoño desde que recuerda por los dos.

Retazos de verano

Retazos de verano

El verano, como la Navidad, seguramente, es para los niños. Cuando somos niños lo sabemos, aunque no seamos del todo coscientes de ello. Poco a poco se nos va olvidando, hasta que tenemos niños, que más que recordárnoslo, se nos impone como una realidad innegable.

Como los cinco veranos que ya llevo con Juan, estoy supeditado a él, cada vez más, cada vez menos. Ahora soy su extensión o su sombra, o él la mía. Pienso, algunas veces, que tengo un niño faldero.

Todo está enfocado a Juan y los demás nos adaptamos. Un veraneo intermitente ha llenado sus días. Mucha piscina, algunas playas, una aventura científica en el Parque de las Ciencias, donde, entre mucho, dibujaron como los primitivos (véase ilustración), cursillo cultural en el Museo de CajaGranada, visitas a la Alhambra, guiadas e inventadas, trasnoches flamencos con su padre (ya canta y hace compás)...

Lo cual ha hecho que madurara bastante, por si no teníamos bastante. Ha aprendido a nadar y ha refinado sus razonamientos y sus preguntas.

El otro día me dijo: "Papá, ¿cuántos pájaros crees que hay en España?". Le dije que al menos tres, para dulcificar la estadística.

La finura de esta pregunta, sin embargo queda superada por esta otra: "Papá, ¿cuántos maridos andaluces crees que darían la vida por sus mujeres?"

Debido a la complejidad interrogativa y, sobre todo, a lo comprometido de la posible respuesta, le pregunté acto seguido: "¿Dónde te has sacado esa pregunta?"

"De mi cabeza", respondió sin titubeos. Y, ante el asombro y la carcajada de su padre, decidió facilitarme algunas respuestas alternativas: "Treinta mil, cuarenta mil o el ochenta y tres por ciento".

Adaptaciones en la bañera

Adaptaciones en la bañera

A los tres meses llevamos a Juan a aprender a nadar y lo que aprendió fue a evitar el agua. Hasta el año pasado, hasta los cuatro años, no se acercaba a ninguna piscina, orilla, embalse o charca que le cubriera por encima de las rodillas, y ésta debía estar a una temperatura idónea, más bien cálida, sin llegar a ser un caldo de gallina (sin alusiones directas a su miedo).

Este verano, gloria de los cinco años y, sobre todo, por estímulos escolares, no sólo se aventura en cualquier piélago, sino que sin pensar salta del bordillo y, con su padre dentro (aunque sea de secano), se quita los manguitos e intenta nadar al frente, aunque por ahora nada más para abajo. Se mantiene, no obstante.

El otro día, mientras le enjabonaba la cabeza, en la bañera encontró un pelo (a todas luces suyo) y propuso pasarle la redecilla a la bañera, igual que lo hacemos en la piscina para sacar hojas e insectos, algunos vivos todavía, lo que nos da pie a celebrar su resurrección.

También quiere saltar y hacerse ahogaíllos. Yo le he prometido un trampolín  y, por las quejas de la madre, que le tocó limpiar el baño, podríamos pasarle también el limpiafondos.

Poesía popular

Poesía popular

Lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte.

A raíz de la publicación de un fandango en este mismo blog, Juan, Raúl, Enrique, me advirtieron: "ése ya mismo te lo roban y empiezan a cantarlo por ahí". Yo respondí que ojalá. No hay nada mejor que encontrar tus versos en una grabación o un cancionero bajo el epígrafe de ’popular’. No de ’anónimo’, que tiene un regusto intelectualoide un tanto casposo, sino de ’popular’, ese calificativo liberal con que la derecha española, sin mucha enjundia, ha apellidado a su partido.

Creo que ya he contado alguna vez que, estando en la presentación del disco de Juan Pinilla, sentado con Juan de Loxa, después de escuchar unas alegrías, que rezaban: "pan y trabajo, pan y trabajo, siempre se escapa el tiro pa los de abajo", me dijo "mira que gracioso, esa letrilla es mía".

Y, sin darle mayor importancia, me recitó cómo seguía: "Qué mala pata, qué mala pata, no se escapara el tiro por la culata".

Muchos versos, muchas letrillas, las conocemos, las conoce el pueblo sin conocer su autoría. El flamenco está lleno de poesía popular. De pensamientos, que son pura filosofía vital, que son la esencia de la vida. Como alguien canta su pena, su dolor y su amor, a veces, no hay poeta que lo iguale.

Son historias, de una fuerza incomparable, en un puñado de versos.

Por cantiñas se puede escuchar: "Pregúntale al platero que cuánto vale, grabar en tus zarcillos mis iniciales".

O, por soleá (nos lo recordaba hace unos años Félix Grande en La Platería): "En la torre está el reloj, el mochuelo en el olivo y en mi corazón la pena; cada cosa está en su sitio".

Edénico

Edénico

Hace algún tiempo trabajé para un periódico dedicado a los constructores. Mi tarea consistía en recoger noticias tanto de agencia como de otros medios y adaptarlas para dicha publicación. Pasaba las horas hablando de ladrillos, de asfalto y de estructuras.

Era divertido cuando tenía que reconstruir una encuesta a través de un puñado de datos. Yo no tenía acceso a entrevistar a un señor ocupadísimo, pero sí tenía el permiso de inventar una serie de preguntas y respuestas a partir de un guión que, a veces, supervisaba el jefe de redacción o el protagonista en persona.

Así, del dossier de la inauguración de una autovía, donde tenía las fechas, los kilómetros, los materiales, las técnicas, los túneles y los viaductos, apuntaba, por ejemplo, cuánto habían tardado en construir ese tramo que uniera esas dos poblaciones. E, inventaba la contestación a partir de la hoja de respuestas.

A veces me tomaba la licencia de poner en boca del entrevistado cualquier chispa que, además de darle credibilidad, me servía de esparcimiento y diversión. Ponía por ejemplo, me alegra que me hagas esa pregunta o cómo tenéis ese dato o remitirme a una entrevista pasada, dado el caso, diciéndome: ya te comenté en otra ocasión que tal y tal...

En cierta ocasión en la que tuve que hablar de las bondades de un nuevo grupo de viviendas, se me ocurrió darles el título de "edénicas". Me llamaron la atención diciendo que qué era esa palabra, que este periódico era para gente normal, que no fuera tan rebuscado. Yo les aclaré que edénico/a venía de Edén, que era sinónimo de paradisíaco. Pues pon paradisíaco, concluyeron sin estar todavía muy seguros.

"El infinito en la palma de la mano" es el libro que estoy leyendo ahora mismo. Gioconda Belli, autora Nicaragüense, en esta novela recrea, poéticamente y algo feminista, el mito cristiano de Adán y Eva, basado en algunos textos apócrifos [1].

La pérdida del Jardín les ha sumido en una profunda tristeza. Ahora son mortales y necesitan comer para vivir. Tienen frío y tienen miedo. Existe el invierno y existe la noche. Pero han encontrado una afilada felicidad que antes, por definición, era imposible. Han descubierto el bien y el mal, el cromatismo de los sentidos. La vergüenza, pero también el deseo y el amor.

En palabras de Eva: Si no hubiésemos comido la fruta yo jamás habría probado un higo; o una ostra. No habría visto el Fénix resurgir de sus cenizas. No habría conocido la noche. No reconocería que me siento sola cuando te vas, ni habría sentido cómo mi cuerpo tan frío aún en medio del incendio se llenó de calos apenas sentí que me llamabas. Seguiría viéndote desnudo sin que me turbaras. Nunca habría sabido cuánto me gusta cuando te deslizas como pez dentro de mí para inventar el mar.

Ya lo dijo no sé quién (alguno de los lectores que sea más memorioso que yo, podría aportar este dato): Nuestros primeros padres, ante la oferta del Paraíso, tuvieron la delicadeza de decir: no, gracias.

[1] El Libro de Enoch, El Apocalipsis de Baruk, El libro perdido de Noe, Los Evangelios de Nicodemo y Los libros de Adán y Eva.

Necedades en la orilla

Necedades en la orilla

Soy más bien de secano. El agua es funcional. Cuando tengo sed bebo (siempre medio vasito), cuando tengo calor me baño y la ducha diaria, imprescindible.

Más bien soy de secano, pero me encanta la playa. A pesar de tener la tensión baja (tengo normalmente menosfiebre), con la inclinación al aplatanado que la costa me produce, la brisa marina, el ritmo playero, el yodo del agua, la paz estanca... me sientan la mar de bien.

En la playa también, aunque sin quererlo, se puede hacer un estudio sociológico con poca ropa. Lo que el trapo y el maquillaje esconden en el invierno, en verano pasan a ser máscaras de lo que somos realmente. En la playa no hay más leña que la que arde, para lo bueno y para lo malo (a veces para la aberración y para lo extraordinario).

Toda la fuerza que nos da el vestido, nos la quita su ausencia. Nadie es más sincero que en traje de baño (y, ortiagamente, sus circunstancias).

Es extraordinario el comportamiento de cientos de blanquitos (y morenos) vecinos anónimos. Pero lo que realmente sobresale en una jornada en la arena es la estupidez, la necedad y el figurantismo.

Así, este fin de semana, sin ir más lejos, en las orillas granadinas pude ver a alguien en el rompeolas bebiendo una lata de cerveza; pude ver a gente bajo el sol hablando con el móvil a su apartamento, unos metros más arriba; pude ver a dos jugando a las palas entre cientos de personas a las que molestaban y las que se lo impedían; pude ver a la chica del top less tapando sus pechos y mirando desconfiada a todos lados... Son sólo algunos ejemplos. Hay muchas más necedades que todos hemos visto, vemos y veremos. El debate está apuntado.

Supongo que, como en todas las concentraciones humanas, la playa es un buen lugar para ver desnudos (más de alma que de cuerpo) a nuestros coetáneos.

Optimistas

Optimistas

Es de todos conocida la frase de Paulo Coelho, llena de buena voluntad y una luminosidad casposa: Cuando quieres algo, todo el universo conspira para que realices tu deseo.

Calentito quedó el hombre tras este orgasmo mental. Y es que Paulo es un iluminado, como puede ser Sánchez Dragó o Jorge Bukay (salvando todos los escollos y las posibles distancias).

A quien le sonríe la vida, o el que sonríe a la vida (nunca lo he tenido demasiado claro), es optimista. Estos días leo, sin embargo (o abundando) que el optimismo es hereditario, como la infidelidad.

Por pura asociación, pienso que el pesimismo también es congénito, aunque no tengo precedentes. Sin embargo, sí encuentro paralelismo en la anchura de la fidelidad entre consanguíneos.

Acabo de terminar El Palacio de la Luna de Paul Auster, una novela inquietante, aunque no de mis preferidas del autor estadounidense. Como siempre, llena de coincidencias y esfericidades en los espacios y en el tiempo.

Narrada en primera persona, el protagonista cuenta, marcando la contra al brasileño: Si lograba mantener el adecuado equilibrio entre deseo e indiferencia, me parecía que de alguna manera podía conseguir por medio de la voluntad que el universo me respondiera (…) A medida que pasaba el tiempo, empecé a notar que las cosas buenas me sucedían sólo cuando dejaba de desearlas. Si eso era cierto, entonces también lo era lo contrario: desear demasiado las cosas impedía que sucedie­ran.

Primeras impresiones de Estambul

Primeras impresiones de Estambul

Con el grito de "¡Estambul te da alas!" viajamos hacia una de las cunas de la historia.

Han sido ocho días de sensaciones y descubrimiento.

Mi hijo andaba junto a mi mano y con mis sentimientos. En cada momento le contaba historias. Sobre todo mitología.

Viajamos por el Bósforo junto a Jasón. Descubrimos los celos de Hera contra la ninfa Io. Miramos, con prejuicios, a la cara de Medusa. Contemplamos la incursión de los jenízaros por las murallas constantinas. Perdimos la vista en Marmara adivinando las murallas de Troya. Buscamos a los mirmidones de Aquiles en los peces espada del Mar Negro. Sentimos a Alejandro corriendo desnudo por las costas de Asia mientras desayunábamos. Pensamos en la caída de Ícaro, con las alas fundidas, en aguas del Egeo...

Visitamos bastantes monumentos, mezquitas, palacios, bazares... Pero lo que más me enriqueció es saber que estaba donde estaba y el día a día de las gentes y la dinámica diaria y el olor de algunas calles y la comida y el color turquesa de las orillas cuando el Bósforo se abandona en el Mar Negro.

Mi padre y los maquis

Mi padre y los maquis

Me faltan datos. He interrogado a mi padre, pero no recuerda gran cosa.

Hacía el servicio militar. Tenía 17 ó 18 años (nació en el 1929, así que corría el año 46 ó 47). La posguerra aún estaba vigente.

Guerrillas antifranquistas, conocidos por maquis, se echaban al monte a malvivir. Aunque, quién no malvivía en aquella época.

La mili de mi padre (Pepe) fue más o menos placentera.

Sin mucho empeño, Pepe siempre ha caído de pie, ha sabido buscarse su hueco. No era un hombre con demasiados estudios, los básicos, pero sabía escribir a máquina. Asi que frecuentaba a menudo las oficinas, librándose de alguna instrucción. No era enfermero, pero sabía poner inyecciones. Vacunaba a sus compañeros y él se abstenía del pinchazo y de alguna que otra guardia.

Sin saber música, tañía la guitarra. Sin saber ninguna canción (nunca ha llegado a aprenderse una letra completa), cantaba sin vergüenza (estuvo en un coro en su juventud y en la tuna y no sé qué más...).

Pepe era deportista. Por practicar, practicaba desde las carreras de vallas hasta el frontón, pasando por el lanzamiento de peso.

También era un gran tirador (tenía medallas y alguna copa, recuerdo, de tiro al blanco). Con alguno más de los reclutas, era siempre de los primeros en su regimiento.

Sus superiores, conociendo su habilidad con la mirilla lo llamaron un día. Junto a él, dos más.

(En aquel tiempo, los soldados se llevaban el fusil a casa porque los maquis robaban en el cuartel y se los quitaban. Ignoro si los cocineros se pasearan también los huevos y las legumbres hasta sus viviendas. Más tarde, los mreclutas, tan sólo se llevaban el percutor a la anochecida. Pesaba menos y no era tan peligroso.)

Los superiores, el sargento, creo (nunca he sabido de graduaciones ni de estrellas pectorales), les dijo que tenían que coger sus armas y bastante munición, subir al paraje conocido como Las Conejeras, en los altos de Huétor Vega, dónde se escondía una cuadrilla de maquis, aposentarse en algún lugar estratégico y, cuando vieran salir a uno de estos guerrilleros, disparar a matar (después, si acaso, preguntar).

El color blanco hizo presencia en la cara de estos tres jóvenes, quienes, con justeza y buen juicio, dijeron "no, gracias", que ellos no estaban allí para matar a nadie, que, si quería cazar a cualquier rojo, naranja o rosado, que se lo ordenara a los soldados profesionales.

Imagínate tú, me cuenta mi padre, tres chavalillos con 17 ó 18 años, disparando contra la gente, por muy enemigos que sean. Nosotros estábamos allí de paso y ni si quiera esa guerra nos pertenecía, parece que pensaba.

Imagínate, repitió, que, durante toda la vida, hubiéramos tenido sobre nuestras conciencias la muerte de dos o tres de estos maquis.

Pepe mira hacia arriba, mira hacia abajo y mira hacia adentro. Traga saliva y simula el conato de un escalofrío.

* Fotografia d’un graffiti sobre maquis que vaig fer a Sallent, Barcelona (extraída de la Wikipedia).

Gormiti

Gormiti

Si tienen niños pequeños, sabrán de qué hablo. Los Gormiti son unos muñecos de plástico que, creados en Italia, se están extendiendo por el mundo.

Componen toda una cosmogonía de señores de la naturaleza y de héroes con superpoderes. Tenemos el pueblo del aire y el de la tierra y el del volcán y algunos más. Constituyen un micromundo que, con algunos aditamentos (que no son baratos), como la Isla de los Gormiti, el Pico del Águila o el Monte Volcano, los niños dan rienda suelta a un mundo de fantasía teledirigida.

Semejan el mundo natural. Son hibridos de animales, aves o plantas. En general son feos.

A Juan, sin embargo, le encantan y los colecciona (ya ha salido la serie tres). A mí me gustan sus colores fuertes y planos, su colorido en general cuando están juntos, y sobre todo su estabilidad. Gran parte de los muñecos que tiene pierden el equilibrio fácilmente y es complicado mantenerlos en pie.

Se pueden comprar de muchas formas. O en paquetes de cuatro (10 €), siendo uno de ellos sorpresa, o en sobre cerrado, con un solo Gormiti (2,50 €), que no se sabe el que saldrá. Así, es normal enconttrarse con repetidos.

Mi niño los cuenta, los recuenta, los divide por "pueblos", se baña con ellos (algunos cambian de color con el agua), juega con su Isla y sobre todo lucha y los lanza probando (o comprobando) quizá su dureza.

Algunos repetidos, en cambio, los aparta como parias. Pero la mañana del domingo lo sorprendo jugando con ellos.

No dices que los repetidos no los quieres, le digo.

No son repetidos, papá, razona, son clones.

* Empleo Gormiti, usado como plural, sin "s", porque su origen italiano así lo dicta. Es como grafiti, que es el plural de grafito (pintura o pintada en la pared). (Perdonen por este detalle de roedor de biblioteca).

El niño que fue Jueves

El niño que fue Jueves

Cuando mi niño me anunció que ya no se llamaba Juan, que lo llamásemos Jueves, sin remedio, lo primero que me vino a la cabeza fue esa novela surrealista y enigmática, de sectas secretas, misterios y astronomía, de Chesterton llamada "El hombre que fue jueves", de donde me apoderé de la cita de que la aventura puede ser loca, el aventurero no.

También pensé en el indígena, amigo sin remedio de Robinson Crusoe, al cual lo llamó Viernes, pues llegó ese día, para romper su soledad.

Siempre que pienso en el Robinson de Defoe, pienso también en la versión erótica de Michel Gall, "La vida sexual de Robinson Crusoe", donde, cuando llegó Viernes, el protagonista vio el cielo abierto (amen de otras partes más ocultas), cansado de tanto desfogar con plantas y frutas y sodomizar animales caseros.

Eran otros tiempos, otras lecturas, otros intereses...

También recordé la novela de Almudena Grandes, "Te llamaré Viernes", de la cual no puedo hacer ningún comentario, pues no he leído aún (no ha entrado en mis preferencias).

Al preguntarle a mi niño por qué Jueves, me dijo que empezaba por jota, como su nombre, y que el jueves era el día del equipo verde, su grupo en el colegio. Seguidamente agregó dos apellidos: "me llamo Jueves Domingo Sábado". Me reí. Luego pensé en Domingo Sabio, pero no quise liar más la cosa.

Al día siguiente lo llamé Jueves, pero dijo que no, que cada día se llamaba igual que el día de la semana. Así que fue Viernes por un día, cerrando así nuevamente el círculo de mis pensamientos.

* Robinson Crusoe and his man Friday Giclee print by John Charles Dollman.

San Jorge

San Jorge

- Hoy es mi día.

- ¿Te llamas libro?

* Ocurrencia antigua que me viene a la cabeza todos los abriles 23.

** PINTURA: San Jorge y el dragón de Rafael Sanzio (1504).

Juan y el dinero

Juan y el dinero

No hace falta que asegure lo bien que me lo paso con mi hijo, de sus ocurrencias, de su discurrir. Temo, sin embargo, cuando dentro de unos años pierda la inocencia, la naturalidad y esa perspectiva tan coherente de lo que nos rodea.

Este domingo asistimos a la comunión de su prima de nueve años, que parece una princesa.

Lo baño antes de prepararme yo. Mientras, se queda viendo los inteminables dibujos en sesión contínua que ponen en el canal Clan, casi todos japoneses.

Al bajar, ya acicalado (¡porque yo lo valgo!); vestido con traje gris perla, camisa a rayas (verticales, of course) y corbata de seda marrón; recién afeitado y ligeramente perfumado; Juan me dice tan convencido: "Pareces un presidente". (Ni elegante ni nada, un presidente.)

Esta Semana Santa, en Torremolinos (él dice Remolinos), unos músicos tocaban en el paseo. Juan dijo a su madre algo sobre los indios, ella dijo que eran sudamericanos. La expontanea asociación de ideas llevo al niño a indagar: "¿Porque sudan mucho?".

Pero lo que me conmueve realmente es su relación con el dinero. Piensa que lo compramos en el banco. No le he preguntado con qué se compra. Pero, cuando le digo que no tengo dinero, me dice que vaya al banco o a un cajero y compre dinerillo.

Él siempre quiere invitar. Con el dinero de otro. Pero él siempre invita.

El otro día, muy serio, nos dijo que iba a abrirse una cuenta naranja (¿?). Vamos a ver si le va bien y nos echa una mano.

* Zampoña andina en la foto.

Luna

Luna

Tengo noticias de una chica que se llama Luna. La luna siempre es sugerente, bella, inspiradora, caprichosa. Es primitivo, espermático, pagano, llamar a un niño Sol o a una niña Luna u otro elemento o fenómeno natural.

He conocido a Lluvia, Nogal y a Selva. Más común son los nombres de Aurora, Coral, Estrella, Luz o Nieves (más las chicas que los chicos) (¿Será por algo?). Y los apellidos, no digamos: desde Pino hasta Camino, pasando por Campos, Montes o Valle.

Tienen un sabor auténtico. Entran en otra dimensión, que trasciende el calendario tradicional para abandonarse en el pasar de los días, de las estaciones, de las fases lunares. Los equinoccios y los solsticios tienen mucho que ver; y la lluvia y el viento y el renacer de la primavera y el frio de invierno y la soledad del otoño y la lentitud de los días con sol.

Los pueblos, las civilizaciones más naturales y ricas en sueños, como los celtas o indios americanos tenían clara esta comunión con los elementos.
Ahora encuentro una Luna, que, sin conocerla, controla mis mareas.

Cleopatra Séptima llamó a sus hijos Cleopatra Selene, es decir, Luna; y Alejandro Helios, es decir, Sol.

Conozco también a una chica de marruecos que se llama Kamar, que significa Luna. Pero no cualquier luna, sino un cuarto. No sé si menguante o creciente. Se lo volveré a preguntar.

Una tarea para los días de asueto sería descubrir los paises que tienen en su bandera el sol o la luna y averiguar su origen.

* En el año 97 está fechada esta luna que pinté con tinta y agua.

Lo que hay que hacer

Lo que hay que hacer

I Encuentro Fútbol Narradores-Poetas de Granada

I Encuentro Fútbol Narradores-Poetas de Granada

Para el sábado 28 de este mes, se está organizando un partido de fútbol sala entre los narradores y poetas de Granada. En principio, son escritores de un determinado círculo e incluso generación, pero está abierto a todo aque que cuente entre sus vicios la capacidad de narrar o de entretejer endecasílabos.

Los poetas irán con camiseta rosa, los narradores aún por decidir (se les ha propuesto el amarillo, a falta de dramaturgos). (Los periodistas querían hacer otro equipillo.)

Habrá fotógrafo oficial, entrenadores, animadoras y público (uno), que soy yo (y mi vástago) (por ahora).

Para saber más del tema y, lo que es más interesante, para conocer de primera mano el intelectual calentamiento previo de todos los participantes, os dirijo al blog de Ginés, jugador de los narradores: http://nakednoise.net/blog/

La noche

La noche

De golpe, la noche se perfila infinita (Vila-Matas)

Al igual que algunas personas no les gusta comer, que comen por necesidad, e incluso les incomoda esta inclinación, a mí no me gusta dormir. Necesito dormir, recuperarme, pero me parece una pérdida de tiempo descansar más de lo necesario.

Rechazo la cama unitaria, rechazo los brazos de Morfeo cuando empieza a clarear.

Duermo poco. Necesito dormir poco (mi hijo creo que ha heredado esta característica). Y, si "aguanto" en la cama, muchas veces es por frío y, dado el caso, por la compañía. O me obligo a descansar un poco más, sabiendo el día largo que se empieza a derramar bajo mis pies. O me obligo a leer en la cama. O, ya no recuerdo, si alguna vez he estado enfermo, malo de acostarme.

Adoro el día. Me gusta del verano que los días son más largos. Soy diámbulo.

Pero la noche es mágica. La noche no tiene edad. Es como la enredadera, como la selva en las películas de ficción, que crece constantemente, al segundo, implacable.

La noche es otra dimensión, donde el reloj no existe y los amigos son eternos y la ciudad es un parque de atracciones o un safari o un cuento sin fin.

La noche te hace descubrir otros lugares (o los mismos con otra cara), otros vecinos (o los mismos con otra cara), que te sorprende por lo inesperado, por la sustancia maleable que te lleva como un río que, a su vez, arrastra a todos los noctámbulos, a todas las brujas a todos los vampiros y a todas las luciérnagas que se aletargan durante el día.

La noche tiene alcohol y humo y luces y ruido y miedo. La noche tiene sus manos frías y el corazón cálido, que puede latir a mil por hora.

Las lágrimas de la noche no nos dejan ver las estrellas ni las farolas, que ya no enciende ningún farolero, ni las puertas, que ya no abre ningún sereno. Y, si hay suerte, tampoco se escucha ninguna sirena que, por la noche, abre una herida que cauteriza rápidamente.

La noche es cómplice y mentirosa. Puede ser cobarde y lúgubre. La luna no tiene nada que ver, aunque lo vea todo. Lo lleva viendo desde el principio de los tiempos. Y rige las mareas, las cosechas, nuestras mentes y la pulsión sanguínea.

La noche es una buena excusa para abrir nuestros poros y nuestro corazón. A la noche le falta el día siguiente y le sobra el amor que vas dejando en cada vaso, en cada esquina y en cada uno que te mira pensando que viene la aurora.

* El Albaicín de noche, Granada.