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Algunas cosas y demás verdades

Icolodógico

Icolodógico

Ahora resulta que mi niño se ha inventado un idioma. Creo que fue el viernes a última hora. Empezó a enhebrar palabras sin sentido entonando una canción. Como siempre me intereso por sus cosas le pregunté en qué idioma estaba cantando. Como siempre se interesa por mis cosas, me miró a la cara interrogativamente, como diciendo ¿adivínalo?

Le sugerí inglés, francés, alemán, checoslovaco antiguo, valenciano de prisa... A todo me respondía que no. Cuando se me acababan las propuestas, él dijo impasible: es icodológico.

—¿Qué?, pregunté ignorante. ¿Icodo...?

—No. Icolodógico, aclaró orgulloso de enseñarle algo nuevo a su padre, que se la da de listo. —Estaba cantando La Tarara en icodológico, concluye.

Y que no se le olvida la palabreja.

El sábado siguió interrogándome: —¿Sabes como se dice tal (lo que sea) en icolodógico?

—(¿?).

Y me lo dice. Y lo repite para reafirmarse en su nueva palabra inventada. Pero después le preguntas y cambia el término.

—¿Qué pasa?

—Nada, responde con toda naturalidad. En icolodógico cada vez se dice de una forma.

—¿Ah? Voy a escribirlo, para que no se me olvide, le digo.

En el periódico, donde compongo el crucigrama, me dispongo a anotar el nombrecito del idioma. Pero él me quita el boli diciendo que en icolodógico se escribe así (véase foto superior).

Incluso icolodógico en icolodógico se dice de otra forma que aún no he aprendido.

Harry Conejo Angstrom

Harry Conejo Angstrom

José Abad, crítico literario y cinéfilo donde los haya, y un servidor quedamos en el café Fútbol un domingo para tomar café. Él, aprovechaba uno de sus últimos viajes desde Italia para instalarse aquí definitivamente con su familia. Yo acudía a su llamada.

Con el antebrazo cargado de periódicos, nos sentamos en una mesita del interior y, entre sorbos de café, fuimos poniendo al día nuestras cuitas y devenires. Cosas en común: aparte de que estábamos los dos casados y que éramos padres recientes, nuestra aficción literaria.

Así, un libro nos llevó a otro. Hablamos de géneros, de estilos, de países, de títulos, de autores. Recuerdo que nos estancamos en el realismo contemporáneo norteamericano y, después de reconocer las divinidades de Faulkner, comenzamos a extendernos cada cual en uno de sus novelistas preferidos.

Llevábamos un rato hablando. Yo de John Updike, como suena; él de un tal "Apdaik", que se parecían bastante. Hasta que, al término de la tostada, nos dimos cuenta de que estábamos hablando del mismo. Lo único que José lo pronunciaba en exacto inglés y yo, para mi vergüenza, literalmente como sonaba: "yon-up-di-que".

Hace hoy una semana que Jonh Updike ha muerto de un cáncer de pulmón. Tenía nada más que 76 años (joven, para lo que se estila), en los que le dio tiempo a escribir 27 novelas y 45 colecciones de relatos, ensayos, poesías y críticas literarias.

Era irónico y realista, simpaticón. Gozaba de esa habilidad de hacer que sus novelas se leyeran en una sentada y que después perduraran en la memoria durante mucho tiempo, quizás toda la vida.

Fue el espejo de la sociedad media americana. Reflejó como pocos (en eso me recuerda a Carver, Raymond) el sueño del sueño americano. Es decir, las miserias, la doble moral y la mediocridad yankee. Dibujó un hombre en calzoncillos, recién levantado, saliendo de la fábrica, jugando a baloncesto en la calle, emborrachándose en un bar... Elevó el adulterio y los problemas de pareja al grado de alta literatura. Fue tachado de misógino y racista, y algo de verdad tiene esta acusación, lo que es habitual, por otro lado, entre la burguesía blanca estadounidense.

Su saga sobre Conejo (Harry Conejo Angstrom), consistente en cuatro novelas: Corre, Conejo (1960), El regreso de Conejo (1971), Conejo es rico (1981) y Conejo en paz (1991), más un libro de relatos, Conejo en el recuerdo y otras historias (2000), son las que me engancharon y me decidieron a colocarlo en el panteón particular de mis autores de culto.

Tras la trágica noticia, pasé a rebuscar en mi librería, y media docena de sus libros gravitan en mi mesa para volver a ser deglutidos.

Las ocurrencias de Baltasar

Las ocurrencias de Baltasar

Tengo algunas ideas que no prosperan. Por lo irrealizables, por lo surrealistas, por ambas cosas. Como cuando planteé pintar un local con catapulta. Todos se negaron menos, como cantaba Krahe, algún poetastro que alabó la de alabastro o el pelma de don Simón que de un vuelo fue al pilón.

Otra propuesta fue en la víspera de mi casamiento. Le dije a mi contraria (así llama mi padre a nuestras compañeras) que las despedidas, si acaso, las deberíamos realizar ella con sus amigos y yo con mis amigas, que es en realidad de quienes tendríamos que despedir de la añorada soltería. La lógica y la cara de diablillo que se me debió poner disuadieron a mi futura esposa de tal extravagancia.

Hace cinco años, con motivo del primer aniversario de mi hijo, quise quitar del cartelón en su fiesta la "s" de FELIZ CUMPLEAÑOS, puesto que cumplía uno solo. Sería la única vez en su vida que viera (digo, es un decir): FELIZ CUMPLEAÑO. Por descontado se interpretó como otro de mis desvaríos y no se me hizo ni caso.

Porque la unidad es importante y hay que reivindicarla cuando podamos. El pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta (San Agustín). Uno de los grandes inventos cotidianos de la modernidad es el grifo monomando. Etc (o ect, como le escribía Salvador Dalí a Pepín Bello).

Antes de antes había una sola tele, un solo canal, y todos veíamos lo mismo o no veíamos la tele. Así, a la pregunta: ¿Viste ayer la tele? Sólo cabe una respuesta: o no.

Lo mismo pasa con los regalos de Reyes. Un solo regalo solía aparecer la mañana del seis de enero, y si acaso caramelos en los zapatos.

Mi hijo recibe tantos regalos, que todavía está desenvolviendo, como quien dice. No es eso exactamente. Sino que empezamos a disfrutar de ellos durante estos días en que está luchando contra los virus.

Uno de estos juguetes, que procede del saco de Baltasar, es una caja de juegos (al estilo de los "Juegos reunidos"), que atesora varias horas de diversión compartida. Hemos jugado a las damas, a los dados, a la escalera, a la oca, a los palillos chinos.

Yo, le enseño lo que recuerdo. También miramos las instrucciones, ricas en idiomas, pobres en comprensión. Mi hijo dice a qué jugamos, mueve sus fichas y mueve las mías, pone las reglas  y dicta razones. Pero no siempre gana. Sabe perder y nos reímos.

Lo más importante del juego, lo más importante en la vida, es el azar, el devenir de las cosas, la ambigüedad del destino, el triunfo y la derrota... y la sonrisa permanente.

Ataque vírico

Ataque vírico

Vivo unos días virulentos, o sea, cargados de virus, que me impiden dedicarle el tiempo a este blog con la misma regularidad de siempre.
Mi niño (a veces lo presento como mi grande, y me preguntan si tengo más y yo les digo que no, que sólo es éste: mi grande, mi chico y el mediano) lleva una semana aquejado de la garganta, los oídos, la barriga, los mocos... Estoy con él día y noche. Un virus nos lleva a otro y, cuando creemos que se recupera, un nuevo virus se hace fuerte en su recién organismo.
Cuando raspo minutos y corro al ordenador, también tengo que protegerlo, pues los otros virus amenazan con bloquear circuitos y memorias.
Por si acaso, he hecho algunas copias de seguridad (del ordenador, no del niño).

La cuchara de palo

La cuchara de palo

Todo cocinero sabe que no hay nada mejor para un guiso que removerlo con una cuchara de palo.

Uno de los regalos que me llegó esta Navidad fue una modesta cuchara de madera. Ideal para los tiempos de crisis. Aunque los que estamos permanentemente en crisis, no la notamos especialmente. (Un amigo norteño me comentaba que él estaba acostumbrado a disfrutar de unas Navidades blancas. Yo, le respondía, estoy acostumbrado a padecer unas Navidades sin blanca.)

Agradecí la cuchara puesto que me gusta la cocina. Quizá no sea un buen cocinero, pero sí tengo buena mano.

En realidad la cuchara es de bambú que, según el cartoncito donde venía plastificada, tiene un especial interés ecológico. Cito textualmente:

"El bambú es una planta de la familia de las gramíneas, con tallo leñoso que viene a medir más de 20 m de altura y de cuyos nudos superiores nacen ramitos cargados de hojas grandes de color verde claro y con flores en panojas ramosas y extendidas.

Las cañas, aunque ligeras, son muy resistentes y tienen muy diversos usos.

La caña de bambú es gruesa, con un tall0o largo, que crece rápidamente, unos 15 mm al día.

Su uso no supone la tala de bosques. No necesita ser replantado después de su corte debido a su naturaleza de crecimiento rápido. Por esto, produce 4 veces más oxígeno que la mayoría de las plantas y árboles.

El bambú está considerado como un recurso renovable y sostenible, por lo que puede ser un sustituto apropiado de la madera".

Esto sin contar con la belleza de la planta y del bosque de bambú, hábitat del oso panda.

Un consejo de cocinicas para terminar. La cuchara de palo, después de fregada, no colocarla en un cajón, sino que seque al aire libre, para que no conserve olores ni sabores de anteriores usos.

El museo de Orce

El museo de Orce

Lo que más llama la atención en el museo de Orce es el esqueleto de un gran felino rampante, que te recibe a la puerta, con la boca abierta y los dientes de sable, de unos 15 cm, sin sarro alguno.

Sin embargo, la joya de la corona es el fragmento, de apenas unos 5 cm del cráneo de un homínido de hace 1,8 millones de años: "El Hombre de Orce". El más antiguo de Europa. Prueba evidente de que la humanidad entró a nuestro continente por el sur de España, donde habían venido probablemente a pasar el verano.

De todas formas, la historia no es una ciencia exacta, y mucho menos la prehistoria. Pueden aparecer nuevos hallazgos más antiguos en otro lado y hacernos más insignificantes en nuestra acomodada dimensión.

El altiplano granadino fue un lugar de gran actividad "social" hace unos dos millones de años, con mamuts, rinocerontes y jirafas, junto con ese antepasado cuasi antropomorfo.

Hace tiempo hubo una polémica con cierto espíritu demoledor. Se decía con mofa que el fragmento de hueso de este homo no era sino el hueso de un equino. Esta suposición quedó descartada en 2002, creo. Su autenticidad ya es irrefutable. Tenemos en casa, como quien dice, al primer europeo.

Yo me quedo, no obstante, con dos piezas, del tamaño de un puño, que se encerraban en una vitrina, a la derecha del rayado. Estos eran dos coprolitos. Dicho en cristiano, eran dos cacas fosilizadas de algún depredador. O sea, los excrementos más antiguos del continente.

Me recordó en seguida al término refoscachita, que leí alguna vez y logré aprenderlo. Con refoscachita (palabra a todas luces apócrifa) se designa al semen de dinosaurio en estado fósil.

Todo sobre mi niño

Todo sobre mi niño

Mi hijo Juan nació el 25 de diciembre de 2003, en plena Navidad. Fue un regalo esperado, aunque Marili no sabía de la buena esperanza. Tanto es así, que le mandé un mensaje al móvil diciendo que había nacido. Ella, creyendo que era una broma navideña, contestó: "Lo sé. Se llama Jesús. Fun-fun-fun". Al tiempo la contrarié, diciendo que se llamaba Juan, como Obi-Juan Kenobi o el lagarto Juancho, y heredaría mis desvaríos.

Esta Navidad, como Cristo, como Morente, Juan ha cumplido años y lo ha celebrado varias veces. Con la excusa de que su cumple es un día universalmente festivo, lo celebramos con el colegio unos días antes. Pero también sopló velas el mismo 25, con Papa Noel de invitado (¡Jo, jo, joooo!).

He comentado alguna vez dos curiosidades del aniversario de mi hijo, que las repetiré. Juan divide el año en dos partes iguales. Los solsticios le sirven de guía (aproximadamente). Su cumpleaños coincide con el de invierno y su santo coincide con la noche más corta.

La segunda curiosidad es que tras la noche de las uvas en adelante, Juan seguirá teniendo cinco años pero habrá conocido siete. O sea, el 3, que vino al mundo, el 4, el 5, el 6, el 7, el 8 y el 9 que está por llegar.

Nunca me he planteado tener un hijo. Es más, si lo pensaba bien pensado, prefería no tenerlo. El mundo tiene más malo que bueno y no hay necesidad de traer más sufridores. Esos pensamientos tenían también, por qué negarlo, un trasfondo de egoísmo.

Sin embargo, me gustan los niños en pequeñas dosis. Siempre me han gustado y he tenido mano con ellos. He sido cómplice de niños, adolescentes y jóvenes durante bastante tiempo. He aprendido con ellos y ellos conmigo.

Pero he preferido verlos de lejos, desde la barrera. Los niños mejor de los demás.

A veces, más de un niño me ha cautivado y he dicho: "Un niño así no me importaría tener".

Ahora veo a mi hijo, cómo crece, cómo habla, cómo piensa... y digo: "Este es el niño que siempre he querido tener".

 

Palabras inventadas

Palabras inventadas

Hace algunos domingos, tomando el té con Juan de Loxa en su casa, y después de intercambiar algún material y bastantes anécdotas, el poeta empezó a leer uno de mis cuentos.

No lo leas ahora, le dije, no hace falta. Sigamos hablando y después, con tranquilidad lo abordas.

Es un vistazo por encima, repuso, sólo para tomarle el pulso al relato. Después lo leeré tranquilamente.

Así que, sin hacerme caso, continuó paseando la mirada por el texto, bisbiseando y haciendo algún comentario y algunos halagos del todo desmedidos (quizá por mi presencia).

En un momento me recalcó el adverbio “legañosamente”. Esa palabra no existe, dijo con su musical característica, entre interrogando y afirmando.

No, respondí con precavido orgullo, es un a licencia de narrador. Un poco más adelante empleo el verbo “pentagramar” y tengo un poema que habla de “despetalar margaritas”.

Es lícito, exclamó. Y nos acordamos de Matías, ese personaje de La Colmena (de la película de Camus,  no de la novela de Cela) que inventaba palabras y enunciaba su definición.

Recordé entonces ese verso de Enrique Ortiz, que impera “Señora, almohádeme el alma”. También vino a mi mente un poeta, que casi he olvidado (creo que se llamaba Ángel, Ángel no sé qué), que, aparte de omitir las conjunciones, adverbializaba los sustantivos a voluntad. Así decía, sin ningún prejuicio, nochemente o nubemente.

Cuando viene justificada,

qué bien queda la palabra inventada.

 

¿Tiene usted frío?

¿Tiene usted frío?

¿Tiene usted frío? Para qué, no tengo abrigo. Contaba Gila en un chiste que en realidad era una cruel anécdota de la pobreza.

Ahora que hace mucho frío, muchísimo frío, nos acordamos de las rendijas de las puertas, de esa ventana que no cierra bien, de ese edredón que no llegamos a comprar, de la caldera que no hemos revisado con tiempo, de las goteras de nuestros tejados.

El calor no es barato. La calefacción, el gas, el gasoil, el butano, el convector, las bombas de aire, los calentadores, las estufas, acrecientan de modo casi inexplicable los gastos del mes. Y no es cuestión de quedarse helado.

La mesa de camilla es mi aliada. Uso y abuso del brasero o de la chimenea. Para colmo, los problemas de circulación mantienen siempre mis manos ateridas (mi niño teme que le cambie de ropa, que le duche, hasta que no tibie mis dedos).

La climatización, el fresco en verano y, sobre todo, el calor en invierno, son productos de primera necesidad (deberían serlo). Si no se subvencionan, deberían abaratarse (aunque también sube el pan, la leche...).

Se podría crear una comisión que revisara las casas, las instituciones y los aparatos, para que se perdiera el menos calor posible, que se ahorrara energía. Una energía ecológica, alternativa, incluso (eólica, solar, hidráulica).

Cuántos  resfriados, cuántos sabañones me ahorraría si tuviera el secreto de la calidez, si pudiéramos dominar el microclima como presumimos.

Y todo esto para comentar que me cuesta trabajo mantener la casa a una temperatura agradable, que los radiadores no calientan lo bastante, que la caldera no funciona bien, que pagamos demasiado, que hemos cambiado al niño a una habitación interior, más pequeña y más caldeada, que me parece de ciencia ficción haber pasado tanto calor en verano e incomprensibles los aparatos de aire acondicionado.

Abecedario

Abecedario

Tiene mi hijo Juan algo de oriental.

La puerta del frigorífico está cargada de imanes. Su último regalo fue un abecedario, de letras de colores, para pegarlas en esta improvisada pizarra.

El juego ha llegado en un buen momento. Al filo de los cinco años, mi niño escribe su nombre y el de sus amigos de clase, e intenta escribir cualquier otra cosa si la deletreas.

Como es un niño faldero, allá donde esté, Juan viene conmigo. Mientras recojo la cocina, Juan juega con sus imanes. Pone algunos nombres, hasta que se decide a poner el suyo (con apellido y todo).

El apellido se lo voy deletreando. Efe, e, ere, ene, a... Como le faltan letras (sólo es un abecedario), el va alternando las mayúsculas y minúsculas y haciendo letras con otras parecidas, con mucha imaginación. Para otra "a" le da la vuelta a la "v", para la "n" coge la "ñ" y la "e" la hace girando la "m".

Cuando lo miro, a medio escribir ("JUAN FERN"), lo está haciendo de derecha a izquierda. Se lo digo y me responde que pensaba que se podía escribir en los dos sentidos. Recordé esa técnica, llamada bustrofedón, que usaban los persas, que escribían de izquierda a derecha y, cuando se acababa la línea, lo hacían de derecha a izquierda.

Se lo cuento. Le parece bien, pero corrige su trabajo. Cuando lo vuelvo a mirar, ha escrito su nombre entero, pero como no le ha cabido en una línea (pues choca con otros imanes, el coche y el lagarto) se ha pasado a otra línea, quedando "JUAN FERNAN" y después "DEZ", pero en la línea de arriba y no en la siguiente.

Hasta diecinueve

Hasta diecinueve

El diecinueve, o sea, el número que va detrás del dieciocho y precede al veinte, el dígito uno seguido del dígito nueve (19), es un número convencional, hasta que no se demuestre lo contrario. Puede ser un número tan neutral como mítico, o al menos, especial, según el valor que se le dé.

Si hablamos de los años, los diecinueve es la mayoría de edad, pero con cierta experiencia, son los dieciocho con la veteranía de haber votado ya, por ejemplo.

Con diecinueve años, Alejandro Magno, corrió desnudo por las playas de Ilión en honor a su antepasado Aquiles; y Julio César celebró su onomástica en una taberna de Gades tomando pescaíto frito mientras veía bailar a una lúbrica puellae gaditanae.

Eurípides tiene diecinueve tragedias conocidas. O sea, que llegaran completas hasta nuestros días.

El diecinueve es el número más alto que sabe contar mi niño. Siempre le doy cinco minutos de margen para levantarse, para salir del baño, para apagar la tele... y él me pide diecinueve. A veces, cuenta por lo bajini para recordar el número.

Yo siempre le dejo cinco, seis, siete u ocho, y le digo que han pasado diecinueve.

Algunas veces, no obstante, sobrepasa este numeral y, contando, contando, del diecinueve pasa al diecicero (literal).

El otro día, no sé si preocuparme, en el coche estuvo contando seguido (saltándose algún que otro número) hasta el sesenta y nueve. ¿Querrá decir algo?

Catorce en un seíllas

Catorce en un seíllas
Toda precaución es poca. Cada vez se aprietan más las tuercas de los conductores. Que no beban, que se pongan el cinturón (alante y atrás), que no hablen por el móvil, que no regañen a los niños, que no metan mano a su pareja... hasta que no fumen y que no cambién el dial de la radio.
Antes de antes no era así, recordamos. Nos montábamos catorce en un seíllas, sin cinturón, pues no sabíamos que existían, con nuestro padre con dos copas de más y sin luces, por ejemplo.
Mi padre aparcaba en cualquier sitio, se dejaba la puerta abierta, conocía a los demás conductores.
¿Qué pasa ahora? ¿Somos más torpes?
Creo que hay más coches, más conductores, mejores carreteras, más potencia, menos estacionamientos...
No hay mal que por bien no venga.

Evidencias

Evidencias

Ya hablé en este mismo foro de un buzón, que no tiene otra finalidad que la de ser buzón, donde se echan y se recogen las cartas, que, sin embargo, pone bajo su evidente abertura la palabra "Buzón", así, con todas las letras, para que no haya error o para ocultar un vacío tan diáfano.

En una cancela, yendo por el campo, un cartel reza: "Cuidado con el perro", aunque no hace falta la advertencia, pues un enorme can de presa te saluda con cara de hambre detrás de sus colmillos y te ladra si te acercas demasiado y, si te fijas, tiene los ojos rojos y el rabo cortado.

María la Coneja, presentando en un festival a Luis Mariano, que iba con ella de guitarrista, dijo que la había acompañado por todos sitios, "en el extranjero y fuera del extranjero".

Ayer, en el trabajo, un cliente comentó que su negocio estaba abierto las veinticuatro horas y, añadió, para aclarar o darle mayor importancia: "de día y de noche".

En mi tierra se emplea sin ningún pudor la redundancia de bajar para abajo o subir para arriba. Al igual que se exclama: "veremos a ver".

¡Ay, que me pica!

¡Ay, que me pica!

¡Ay, que me pica! Dicho así puede tener una carga erótica que, en este momento, no pretendo.

La picazón se alivia con la rascadura. No hay mayor fatalidad que no poder hacerle frente a un picor. Picaduras, puede haber muchas; picores, sin venir a cuento la mayoría de ellos, hay muchos más.

Que te pique el pie cuando calzas una gruesa bota, que te pique la espalda justo donde no llegas, que te pique un brazo cuando está escayolado, que te pique la nariz o la cabeza o un ojo cuando tienes las dos manos ocupadas, que te piquen los genitales cuando estás hablando con tu suegra...

Un martirio, ya lo he dicho. Enunciamos así una de las leyes fundamentales del oso: "La intensidad del picor es directamente proporcional a la imposibilidad de rascarse".

Comer y rascar, todo es empezar, reza un dicho muy español. Se trata de dos placeres de cualquer ser animado (pueden ser dos placeres) (que se lo pregunten a un perro) (o a las pulgas).

Mi niño se tumba en mis haldas y, levantándose la camiseta, dice: "hazme cosquillitas". Porque sabe que, si rascar es un placer, que te rasquen es un placer doble.

Tres momentos

Tres momentos
Mis días están asegurados. La sonrisilla simplona de felicidad sin pretensiones se apodera de mi rostro cuando veo a mi hijo, cuando lo oigo, cuando pienso en él.
Es una alegría verlo aprender, verlo crecer en sabiduría y estatura. Es una responsabilidad por encima de cualquier cosa. Todo lo ve, todo lo imita. La mejor educación es el ejemplo, la empatía, el control de uno mismo, la observación de valores positivos.
Un niño, cuando es un niño, es un tanto por ciento bastante elevado de sus padres, de su entorno cercano, más que de la herencia, de las condiciones innatas o de la educación impuesta.
Cuesta, pero evito decirle no. Cuesta, pero evito levantar la voz. Cuesta, pero me arrodillo a su par y crecemos juntos como compañeros, cómplices en secretos, conocimientos y trivialidades.
Nos van las canciones, las rimas, los cuentos, la imaginación, el humor...
Pienso en algunos momentos que tienen mucho que ver con la actividad del flamenco.
Primero (en la fotografía superior)
Estuvimos en Chiclana y la casualidad hizo que compartiéramos mesa con algunos flamencos, como Rancapino, Antonio el Pipa o Manuel Molina, el de Lole y Manuel, con todo su carisma e inaccesibilidad. A Juan le habíamos comprado una flauta que le servía para desfogar. A Manuel le cayó en gracia y, a la hora de los aperitivos, se sentó con él e intentó explicarle la forma de tapar los agujeros, y quien sabe si no improvisó un poema por bulerías.
Segundo
Ya lo he referido en alguna otra ocasión. Juan, al ver a su padre que acude a los espectáculos con un boli y una libreta, acude al cine con los mismos instrumentos. Aún no sabe escribir (bueno, escribe su nombre y la "F" de su apellido y distingue las vocales), pero garrapatea dos o tres páginas con todo interés y devoción (y ni siquiera se mancha las manos de tinta como un servidor).
Tercero
Estábamos viendo a Juan Pinilla en el Sacromonte cantando una seguiriya y oyendo el desbarajuste de oles a destiempo y sin gracia de cuatro extranjeros, cuando le digo a Juan que lance su ole cuando suave le apriete la pierna. Una sincronización perfecta hizo que su grito sonara alto y claro, justo en el momento oportuno. Todos rieron y aplaudieron por dentro. Los entendidos felicitaron el sentimiento. El cantaor se animó reconociendo a su joven tocayo.

El intermedio

El intermedio

Así, en singular, el intermedio es como lo recuerdo yo. El espectador se lo merecía. El capitalismo no era tan crudo. Eran tiempos en blanco y negro (y los primeros a color)

Llevo varias películas incompletas. En general los filmes me resultan demasiado largos, y con intermedios no digamos.

Hubo un tiempo, en algunas cadenas, ofertaban películas sin cortes publicitarios. Era un maratón de hora y media o dos horas fijas delante del televisor. Tampoco es eso.

Las películas en casa gusta que tengan algún descanso, para comer algo, para ir al baño, para arropar al niño, etc. Pero una cosa es un paréntesis de diez o quince minutos, y otra son cuatro o cinco cortes de un cuarto de hora, mínimo.

Volvamos a la película en dos partes. Reivindiquemos el intermedio.

 

Tengo una llamada perdida

Tengo una llamada perdida
El móvil puede ser una esclavitud. El teléfono crea dependencia. A veces emotiva. O sea, el aparatito que llevamos en el bolsillo nos ayuda a afrontar nuestros días más grises. (¿Te alegras de verme o llevas el móvil en el bolsillo?, diría una Mae West cointemporánea.)
Una llamada inesperada nos puede dar la vida; nos alegra el día (a veces, al contrario).
Puede que seamos nosotros, sin embargo, los que llamemos, para preguntar por alguien, para alegrar momentos o símplemente para comunicarnos. El móvil es nuestro contacto con los demás. Con móvil nunca se está solo.
Deberíamos controlar por cuánto nos salen unas decenas de llamadas mensuales a los amigos, a los familiares, a conocidos simplemente, para ver cómo están, para ver lo qué se cuentan, e incluirlo en nuestro presupuesto, en nuestros gastos fijos.
Llamamos, nos llaman, sorprendemos, nos sorprenden. Oímos politonos. Hablamos con contestadores. contactamos en mal momento...
Antes, sin móviles, también vivíamos y salíamos y quedábamos y nos localizamos.
Casi lo peor del móvil es la llamada perdida. ¿Conocido? ¿Volverá a llamar? ¿Se han confundido?
Pero lo rematadamente insufribre es quien te da un toque, sin apalabrar previamente, para que tú le llames. Es ridículo, impresentable, miserable.
Hace poco, por casualidad, presenté el Festival de Flamenco de Monachil y, sin apagar el móvil, salía al escenario casi deseando que alguien me llamara, para coger allí mismo, en escena, el celular, y decirle a cualquiera lo que estaba haciendo. No me llamó nadie (ni siquiera fingí una llamada, como llegué a elocubrar).

Catálogo de mosquitos

Catálogo de mosquitos

Un nutrido grupo de mosquitos pululan por mi casa. Supongo que es la época (la época puede que sea cuando abundan). Los tengo clasificados. Están los gordos, llenos de patas, los pequeños y los más pequeños, que son los de la fruta.

A los grandes se les caza con un manotazo en la pared, después de unos momentos de acecho. Los pequeños, que son los trompeteros, se me antojan los más fastidiosos, me despiertan con su vuelo rasante y son difíciles de atrapar. Los de la fruta, los más pequeños, son inofensivos. Raramente se aventuran más allá de la cocina, aunque enrarecen el ambiente y muestran dudosa su conquista.

A mí no me suelen picar los mosquitos. Sobre todo si hay alguien que le piquen. Por eso, los trompeteros son los que me fastidian. Aunque tampoco aguanto a los gordos que le pican a mi niño y a mi contraria y, cuando los aplasto inmisericorde, están llenos de su sangre los muy puñeteros. Y Juan se queda con un agujerito y una roncha que no para de rascar hasta que le echo crema (para él, cremita).

A lo mejor me pican y no me entero. Pienso, sin embargo, que mi sangre no es dulce, que mi piel es dura o que mi olor los disuade. Puede que me falte sex appeal, pues, como sabemos, los que pican son las hembras. Los machos, como en muchas otras especies (¿la nuestra?), se limitan a incordiar.

Alguna vez me han picado las avispas, y quién sabe si no las abejas. Quizá algún arácnido (todas las arañas pican). Pero nunca ha sido grave ni prolongado. Un poco de barro, de tierra y vinagre, ha sido el mejor antídoto.

Una vez en Cabo de Gata, íbamos doce al menos, una plaga de puntos negros nos atacaba sin previo aviso y sin atender a la bandera blanca que ondeamos a su primera incursión. Era una guerra de guerrillas pero a cielo abierto. Su número y sobre todo su diminuto tamaño era una ventaja indudable. Nos acribillaban (menos a mí, confieso con cierta vergüenza). Todos estaban marcados, untados con insecticidas líquidos o en polvo, cubiertos hasta las orejas, a pesar del calor. Raúl, aquejado de una alergia común, parecía un ecce homo.

En esa ruta por el Parque Natural cogimos erizos y comprobamos, siguiendo los consejos de Lampedusa, la sensualidad extrema de este equinodermo al partirlo en dos mitades. Si le añades limón, más o menos continuaba el Duque de Palma di Montechiaro, se retuercen como rozando el sumo placer. No llegamos a probarlos.

Más sobre los vientos

Más sobre los vientos

Si nunca llueve a gusto de todos, mucho menos sopla a gusto de todos. Si no que se lo pregunten a los marineros, a expensas de una vela, o a los molineros, esperando que se agiten las aspas. Si no que se lo pregunten a los habitantes de lugares donde el viento no descansa, en las cimas, en las costas, en las aristas. El viento hace perder la cabeza. El mayor número de suicidios está en Tarifa o Almería, morada permanente.

Los vientos preceden a la Rosa y a la brújula. Su denominación alude de donde proceden, no donde se dirigen o donde duermen. Así, para los griegos, el Siroco, viento del sureste, proviene de Siria (conocido también como Xaloc o Jaloque); y el Lebeche, viento del suroeste, de Libia. Del norte viene el violento Boreas y la Tramontana (tras los montes); el Gregal o Greco del noreste; del este el Levante (dicen que Chano Lobato es capaz de meter por bulerías este viento); el viento Sur es la suave brisa del Céfiro; el Lebeche sopla del suroeste; el Poniente del oeste; y el Mistral o Maestro del noroeste.

En China existen (o existían) «escuelas de viento» para la gracia del andar. Su filosofía persigue poder caminar como se inclina de la tercera caña del bambú. Cuando sopla el viento, la primera caña de bambú se inclina en exceso. La segunda, algo protegida por la primera, se inclina menos. La tercera se inclina poco y se mece con gracia. Este es el movimiento verdaderamente elegante, que deben imitar las mujeres hermosas, las danzarinas y las muchachas cuando van a conocer por vez primera a su futuro marido.

* Fotografía tomada del blog "Lo que ven mis ojos".

Buenos aires

Buenos aires

Ya me gustaría conocer la ciudad bonaerense para escribir de ella. Ya me gustaría visitar la capital Argentina para opinar humedecido por sus recuerdos en primera persona. (En mis primeros estudios, este país se llamaba "La Argentina", con ese pedazo de artículo femenino delante, haciéndola como más familiar.)

Los buenos aires (o los buenos vientos) de los que quiero hablar tienen que ver con el tiempo meteorológico, con los soplos del cielo, con ventiladores astronómicos.

Y es este tiempo que enamora, finalizando el verano y anunciando un otoño que en Granada llega tan angosto como agosto extenso, que da gusto pasear, sentir la brisa, compartir la cuchara y el colchón.

Porque el otoño (su transformación, se entiende, la fina línea entre el calor y el frío) es una primavera más sepia. La primavera de los sueños y la remembranzas, la primavera de los solos.

El viento tiene casa en Turios, Grecia. Sus habitantes, agradecidos al viento del Norte, Bóreas fecundador de yeguas, por haber diseminado la flota extranjera que acosaba su ciudad, le pusieron al dicho viento casa y tierras de labor en su provincia.

Los viquingos sabían apaciguar los vientos cantándoles canciones que tenían mucho que ver con el píar de las aves. Los bizantinos los calmaban llamándolos por su nombre o mentando a sus padres. Y los príncipes de Bagdad dominaban a dichos vientos (algunos dicen que en calidad de esclavos, otros que a cambio de oro) para que les fueran propicios y adversos a sus oponentes.

Los árabes del desierto también han sido amigos de los vientos. Pero, sobre todo, la antigua China. Cuentan que el sabio Hsia Yuming llegó a establecer la familia real de los vientos del Noroeste, que soplaban sobre la montaña de las Dos Fuentes, reuniendo un total de cuarenta y dos vientos (más un muerto, un fantasma de viento nebuloso que acudía dos veces al año). Yuming amaba, entre todos, al viento dieciséis, que era lento y pacífico soplaba en abril, cuando las violetas.