Blogia
volandovengo

Algunas cosas y demás verdades

Otra vez el siete

Otra vez el siete

El siete, número espiritual y mágico, afecta tanto al cielo como al infierno. A las tinieblas y a lo divino. Aunque, me temo, como todo, que sobre todo atañe a lo humano. Recordemos que Jethro Tull en Aqualung (1971) cantaban que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, basada en la polémica frase de Fauerbach que aparece en la cubierta del disco: En el comienzo, el hombre creó a Dios, y le dio poder sobre todas las cosas.

Ya sabemos que los egipcios dividían el cielo en siete partes y que Allah, según la doctrina musulmana, no está en ninguno de ellos, sino sobre los siete. Cuando estamos en la gloria, en un momento de sumo placer, solemos decir que estamos en el séptimo cielo.

Ayer oigo en una película, casi de refilón: Siete piedras necesitas para detener al diablo. Busco alguna información al respecto. No encuentro nada definido. Quizá, en alquimia, para defenderse de las tentaciones del demonio se necesitan, entre otras cosas, un puñado de piedras de azufre o que al diablo se le vence con piedras, a semejanza de David contra Goliat. Nada concreto.

Para terminar, apunto otra verdad espeluznante, que entresaco del Doktor Faustus de Thomas Mann y que tiene más que ver con la imaginación retorcida de los hombres que a las supuestas malas artes del maligno.

Una mujer que ha tenido trato íntimo con un íncubo durante siete años, incluso junto a su marido, mientras éste duerme, y de preferencia en los días santos, está ligada al demonio por la promesa de pertenecerle en cuerpo y alma. En otros tiempos sería detenida, procesada y quemada en la hoguera.


El banquete

El banquete

Los griegos, como deja de manifiesto Platón, llamaban banquete a lo que nosotros entendemos por sobremesa. A veces la comida era un trámite, una excusa para el momento final, después de los postres. Es esa coletilla más o menos extensa que daba categoría real al almuerzo. Aquí se habla, se discute, se expone, se cambia y se intercambia, se canta, se ríe, se besa, se observa...

En el banquete platoniano, el tema es el Amor (argumento eterno). Son interesantes las aportaciones de un siempre acertado Sócrates; pero, sobre todo, las de Aristófanes, que distingue tres tipos de sexos; incluso las de Alcibíades, que se incorpora a la conversación bastante ebrio.

Los romanos, pensando seguramente en esta sobremesa más que en el "¿Quién quiere más sopa?" o "Me pasas la mantequilla", decían que la mesa ideal la componía un mínimo de tres comensales como las Gracias y no más de nueve como las Musas.

La mesa, para el Imperio normalmente era algo más que el simple consumo de viandas y la feliz consecución de un estómago satisfecho. El banquete o el simposio, tanto para el griego como para el romano, como para los árabes, era una excusa para el diálogo, para la discusión y la fraternidad.

Ya lo dejó dicho Plutarco en esta sentencia: La mesa no es para comer, sino para comer juntos.

He aquí la explicación a la "necesidad" de salir de copas o quedar para comer o la hora del café, con lo barato que sería quedarse en casa, y ¡con la crisis que está cayendo!

También la Dama de Hierro

También la Dama de Hierro

Tengo una camiseta con una berenjena dibujada en su pecho, de colores fuertes, planos, algo naif, que hace juego con la toalla que utilizo para la playa, para la piscina, que me regalo mi madre, tan exclusiva, tan elegante ella, hace ya bastante tiempo. Pero no creo que se acuerde. En realidad, no se acuerda de nada. Se ha olvidado del mundo. Y, lo peor, el mundo se ha olvidado de ella.

Estuve viéndola el otro día. Se apaga. Nunca ocupó mucho, pero ahora se cierra como las flores diurnas. "Parece un ángel", dice Juan. Sí, aún parece angelical.

Repiten que el alzheimer ataca a mentes dormidas, a memorias en desuso, a cerebros inactivos. Pero Adolfo Suárez, Pasqual Maragall, Margaret Thatcher...

Es una forma de no-vida, o sea, de no-muerte. Es una manera de estar sin ocupar sitio, sin discutir con el destino, sin esperar nada a cambio. Es el descanso del guerrero, la bondad del vacío, la pureza del blanco.

Dicen que en Estados Unidos se están probando medicamentos con buenos resultados. Medicando a un enfermo de artrosis, controlaron sin querer la demencia. Los grandes descubrimientos se producen sin querer. Ahora están experimentando.

Cuando llegué aquí será tarde. Pero nunca es tarde para las buenas noticias. Nunca es tarde para las esperanzas.

Yo, como Miguel Hernández, digo: que tenemos que hablar de muchas cosas. Mientras tanto, una camiseta con una gran berenjena en su pecho me recordará a quien debo parecerme.

Exceso de madurez

Exceso de madurez

Qué sería del mundo si la última palabra fuera: madurez

(Doktor Faustus, Thomas Mann)

Cuando Torrente Ballester escribió su Don Juan, confiesa en su prologo, lo hizo por un "empacho de realismo". Así, le da una visión gallega, es decir, fantasiosa, al mito del sempiterno seductor y de su inseparable Leporello, que Gonzalo no duda, según la imagen de su tierra en convertirlo en un ser poseído felizmente por un diablo.

De igual manera yo denuncio la excesiva madurez de la gente a mi alrededor, la continua circunspección, el rostro alargado y la mueca de palo. Denuncio a quien levanta por encima de todo una cruz, una bandera, un ideal.

Nunca me ha conmovido el redoble de tambor ni el paso de la oca ni el canto triunfal.

Siempre he perseguido la sonrisa y he apagado el llanto. He preferido el desequilibrio a la seguridad, el desorden al cosmos, el bostezo a la razón.

La vida son cuatro días y si tres estamos de luto y uno en vísperas ya me diréis. Perdonemos por encima de todo, arrojemos flores a las bombas (como en la Revolución de los Claveles portuguesa), besemos la mirada aviesa, propongamos juegos al destino que viene gris, saltemos cuando todos caminan seriamente...

Cuando el mundo vaya en serio con nosotros, nosotros podremos ir en serio por el mundo. Si nos vamos a morir de todos modos (parece una paradoja, pero la muerte es lo único cierto en la vida), por qué nos empeñamos en matarnos.

Cuando el cambio de siglo era inminente, quise elaborar un cartel de propuestas para este milenio. Nunca lo confeccioné ni nunca, como es natural, vio la luz. Pero una de sus propuestas era la de subirse a la mesa de un café y desnudos de cuerpo y alma gritar a los cuatro vientos que queremos a todo el mundo. "Os quiero a todos", "Te quiero a ti y a ti y a ti". Así hasta llegar a todos los parroquianos.

(No es exactamente lo que quería decir, pero así lo he contado y así lo doy por válido, quien quiera que se una a mi huelga de comicidad.)

Chico

Chico

Ahora le ha dado a mi hijo por llamarme chico. Lo habrá visto en algunos dibujos o algo así. La cuestión es que me llama chico, y no hace falta notario para demostrar que yo soy mayor que él, como mi abuelo me superaba en años.

Normalmente me llama papá, como todo hijo de vecino, pero también papi, como su prima llama a su tío, o sea, su padre, o papito, según las películas sudamericanas; también me llama Jorge, como ve que me llaman los demás; y me llama padre, como llamo yo a su abuelo, es decir, a mi padre, o incluso señor padre.

Cuando me llama padre, yo lo llamo vástago (como suena); pero cuando me llama chico no lo voy a llamar Harpo.

No me parece mal que me llame como quiera (con tal de que me llame) (tengo un niño faldero). Pero chico me descoloca, me confunde como la noche.

Hola tú

Hola tú

Mi padre suele saludar diciendo "¡Hola tú!". No sabemos si es guasa, resultado de la amnesia o ganas de ningunearnos. Pero es una buena solución contra esa mala costumbre que me aqueja de no quedarme con ningún nombre de la gente que me presentan.

Tardo en aprenderlo y soy veloz en olvidarlo. La cnemotecnia hace mucho. Asociar un rostro, unos caracteres, a un nominal, por descontado ayuda.

¿Pero si a Almudena no le pega llamarse Almudena (según Paca a nadie le pega llamarse Almudena), a Rubén le pegaría llamarse Manolo, Macareno se llama en realidad Ignacio y Anselmo no sé cómo se llama?

Cabrera Infante me consolaba en este diálogo de Tres tristes tigres:

—¿Cómo me dijo que se llamaba? No oí su nombre.
—Eso pasa siempre.
—Sí, las presentaciones son como los pésames, murmullos sociales.

Así a Paco lo saludé el otro día diciéndole "adiós Alfredo" y a Juan Manuel (o José Manuel) llevo años llamándole Antonio (ya no lo llamo, me acerco y le sonrío estrechándole la diestra).

A este respecto, también es impagable este fragmento de La Orestiada de Esquilo, del cual se hace eco Álvaro Cunqueiro en uno de sus libros:

—Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.
—A Orestes sólo se parece Orestes.
—Luego, ha llegado Orestes.

Intento controlarlo. El tiempo y el contacto son mis mejores recursos. Mientras tanto que nadie me guarde rencor si lo llamo con otro nombre, no lo llamo o le digo: "¡Adiós tú!".

* Sarcófago de mármol con figuras en relieve que representan escenas de La Orestíada. Escultura romana de mediados del siglo II d.C.

La duración de los besos

La duración de los besos

Por orden alfabético: Ana, Beatriz, Belén, Blanca, Carmen, Charo, Cristina, Elena, Eva, Fuensanta, Gloria, Inma, Isabel, Lola, Marías (varias, sola o compuesta), otra que no me acuerdo, Patricia, Pilar, Susana. A todas les pedí un último beso, el último casto beso (que dios me liebre) para que me dure.

El beso es instantáneo, como el descafeinado, que suele durar la extensión de un sueño. Depende, siempre depende. Depende de la intensidad, no tanta de quien lo da, sino de quien lo recibe.

A veces es un beso sin pensar, un beso de compromiso, de amistad o de saludo. A veces van al aire (escribí un cuento con ese argumento: "El coleccionista de besos perdidos"). Quien lo recibe, en cambio, se quema o, por el contrario, como decía Neruda, palia el fuego del amor (¿No es verdad que el amor quema y se para / no es verdad que se apaga con un beso?).

El imprescindible poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán, en su libro "El Loco" escribió un precioso texto llamado "Sobre las gradas del templo": Ayer tarde, en la escalinata de mármol del templo vi a una mujer sentada entre dos hombres. Una de sus mejillas estaba pálida, y la otra, sonrojada.

A veces quien besa es pura pasión y quien es besado lo ve con indiferencia. El beso así dura en el recuerdo, en la mejilla, en los labios, el tiempo que su imagen permanece.

Cuando hay comunión, cuando el deseo es del agente y del paciente. O, mejor aún, los dos son agentes, besar en tus mismos besos o como cantaba Silvio: "Tu boca pequeña dentro de mi beso", puede rozar la perfección.

Pero la duración física de un beso no implica su duración emocional. Ni la cantidad de besos tienen por qué dejar constancia en el recuerdo.

¡Cómo memorizamos el primer beso!  También el último o el que nos costó caro o el robado o el inesperado.

Con Jesús, en Liberia, quisimos hacer un poema expontáneo, con una chica que allí había. Era el tiempo de las Colaboraciones (preguntadle a Alfonso). Así, sin querrer, como si fuera una entrevista extraña, ella nos aportaba algún verso:

    ¡Ay los besos!
    ¿Qué decir?
    Preámbulo
    de un todo.
    Pero qué falso todo,
    todo negro,
    indescriptible.
    Aunque dónde...
    en el vientre.
    Desgarro la luz
    de los domingos,
    vértebras y más vértebras,
    como la jaqueca
    del día que no apetece
    o el vómito que
    amarga cuellos
    y te besa.
    Los besos, ay,
    los imprescindibles besos.

* Eros y Psique (© Cánovas), un  beso eterno.

Último y penúltimo

Último y penúltimo

A los mandos de la nave, nuestra dueña lo corrige. El niño aprende rápido, demasiado rápido. Pero él cree, con una extraña lógica, que penúltimo va después de último. Quizá sea porque es palabra más larga.

Así, parece que se pitorrea, o que es un cínico, cuando has hecho con él veintiocho veces la campana, por ejemplo, y le dices "Juan, ya está bien" y él contesta "la penúltima, por favor".

Es posible que sin pensarlo tenga la misma filosofía de Faemino y Cansado cuando defienden que subcampeón es más que campeón.

No es mi costumbre pero os dejo con este magnífico vídeo: Subcampeón.

* Quería poner una foto reciente de Juan (© Carmen Díaz).

Las rimas de Juan

Las rimas de Juan
Influido por el oso Yogui, mi niño anda rimando como un rapero. Su falta de vocabulario lo limita, pero no duda en inventarse palabras o sonidos para lanzar su pareado.
Así me dice: mira ese coche, qué popoche o me voy con el abuelo, qué calelo. Aunque a veces, como al burro que le sonó la fláuta casualmente, acierta a rimar palabras que existen. Lleva unos días exclamando que el agua está helada, no pasa nada.

El cielo

El cielo
Hace un par de fines de semana estuvimos en la Sierra mi padre y yo. Nos apuntamos a una visita guiada al Observatorio Astronómico de Sierra Nevada. Tuvimos que rellenar la hoja de inscripción donde pedían, entre otras cosas que baremáramos los conocimientos astronómicos que teníamos.
Sin ser un experto, esta ciencia no es nueva para mí. Llevo tiempo (hace tiempo) observando el cielo, leyendo algunos libros, hablando con Eduardo Padial, un amigo astrónomo, ex director de la parte española del observatorio de Calar Alto en Almería, dando alguna charla a grupos de niños... Pero  mi padre estaba pez (creo que sigue estándolo). Así que puse una puntuación conjunta bien baja. (Además, me parece patético ir de enteraíllo a un foro de estas características).
Dicho lo dicho, yo sabía aproximadamente lo que íbamos a ver, lo que nos iban a contar. Pero el señor Fernández llevaba una idea radicalmente romántica del universo y sus astros. Él pensaba que íbamos a mirar por el visor de un telescopio gigantesco para ver hasta la última costelación, para tropezar en los cráteres de la luna, para refrescarnos en el agua de Marte, para sonreirle al Meteossat...
El fracaso estaba asegurado. Los científicos ya no van con cucurucho y capa de estrellas. Lo más que se ven son aparatos y aparatos, ordenadores con multitud de datos, algunas luces y fotos en las paredes (de lo más mundano).
* FOTO: las Lunas de Júpiter

Cortar la manga

Cortar la manga

Entre las esporádicas lecturas de este fin de semana una volvió a llamar mi atención. En verdad no era una lectura de primera mano, sino la relectura de un libro de contenido antropólogo, que me sirvió de base para una charla sobre erotismo que dimos en Ronda hará unos diez años, cuando llevábamos la revista de literatura erótica El erizo abierto (Alfonso tiene que acordarse).

El libro Guerreros, chamanes y travestis, de Alberto Cardín, se editó por Tusquets en su colección exclusiva, siempre interesante, Cuadernos ínfimos.

Muchas costumbres sexuales vuelvo a recordar. Muchas costumbres sexuales vuelven a asombrarme.

Por lo delicado y emocionante, reproduzco un pequeño texto sobre la homosexualidad en la China clásica, tomada del original de Robert van Gulik, La vie sexuelle dans la Chine Ancienne, de 1561.

"El último de los emperadores Han, Ai-ti (siglo I a.C.), tuvo toda una serie de jóvenes amantes, de los que el más conocido fue un tal Tong Hsien. Un día en que el emperador compartía el lecho con Tong Hsien, éste se durmió apoyado en su manga. Cuando el soberano fue avisado para conceder una audiencia, tomó su espada y se cortó la manga, para no despertar a su amado. De ahí el término toan-hsieo, ’cortar la manga’, para designar literalmente la homosexualidad masculina."

Después de leerla recordé otra historia, antagónica en cierta manera. Es sobre el origen de la palabra sibarita. Un rey de la antigua ciudad de Sybaris, una de las más importantes colonias griegas en la Magna Grecia, se hacía confeccionar cada día un lecho de pétalos de rosa para descansar. La leyenda cuenta que detectaba cuando uno de estos aterciopelados labios floridos estaba doblado y mandaba rehacer nuevamente aquel delicado jergón caduco.

De ahí ha trascendido el término ’sibarita’, que designa a la persona en extremo refinada, amante de la buena mesa y de la buena vida en general. Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento, apunta el Diccionario de la Real Academia.

La hiena

La hiena
La hiena, animal que generalmente produce rechazo, a mí me alucina. La hiena es un animal versátil y sociable, que no es can ni felino, sino hiénido (familia independiente).
Es verdad que tiene un aspecto miserable, aunque son esas maneras de despeinada dejadez, el rabo como una brocha rala, la sonrisa de asco permanente, las que le imprimen toda su personalidad. No sólo su boca tiene esa mueca cómica, también su aullido inconfundible se parece a una risa histérica. Tiene una vida nocturna.
Los Árabes decían que quién comía los sesos de una hiena se volvía inmediatamente rabioso.
Las hienas tienen buena boca. Nada les parece poquita cosa. Aprovechan hasta el hueso más duro, hasta el pellejo más seco. Su tremenda mandíbula lo casca todo (que no es lo mismo que "todo lo casca"). Su increíble estómago digiere cualquier cosa. Gracias a su olfato pueden detectar la muerte y descomposición a kilómetros de distancia, que recorren sin pensar.
Son los basureros de la sabana, de los desiertos africanos y asiáticos. Su capacidad de adaptación es encomiable. Parecen cobardes. Se escudan en su número. Son ladrones y carroñeros. Sanguijuelas. Y muy familiares. También cazan, animales pequeños y enfermos. El jefe de la jauría es siempre la hembra más anciana.
La hiena es un animal fabuloso que, por mucho que nos duela, es uno de los seres naturales que más se parece al hombre.
Al principio de los tiempos, los homínidos, más que valientes cazadores, más que la noble especie "elegida", deberían ser ladrones y carroñeros, que, basados en su número (y su incipiente cerebro superior), espantaban a los verdaderos cazadores para robarles sus presas o aprovechaban los restos abandonados de depredadores ahítos.
Salvando las distancias, seguimos siendo hienas (unos más que otros), que nos hemos ido refinando (unos más que otros). Aunque nuestro aspecto sea muy diferente.
Conozco, sin embargo, a una señora que camina cabizbaja y sin culo, con el cuerpo adelantado y una permanente sonrisa amarga.

Isotérmico

Isotérmico
Entre los muchos aspectos admirables de Pepe Fernández (que, para más noticia, se trata de mi padre) es su capacidad de adaptación a las oscilaciones térmicas. Sobrelleva, como si no fuera con él, tanto el calor como el frío. Ni lleva excesiva ropa en invierno ni anda muy ligero en verano. Es capaz de pasarse horas bajo un sol implacable o de salir con chupones y escarcha como si nada.
Claro que suda. También se resfría. Pero no le molesta caminar sin techo que le proteja de los rayos o no tener aire acondicionado en el coche. Conduce con las ventanillas abiertas en julio y en febrero.
Algunos animales tienen también ese poder de climatización.
Esa característica isotérmica (que mantiene la temperatura) es envidiable. Su filosofía recuerda a ese humor corrosivo a veces de Gila: "¿Tiene usted frío?" "Para qué. No tengo abrigo".

Murciélagas

Murciélagas

Entre el canto de los grillos y una uña de luna blanca apenas esbozada en el cielo, que, conforme oscurecía, iba imponiendo su majestad, cenamos en el chalet con los abuelos. Alguien advirtió entonces un bichito de luz. ¡Una luciérnaga!, exclamó dirigiéndose directamente a mi niño. Juan, siempre cómplice, me cogió de la mano y me guió al trozo de jardín donde brillaba el gusano y, como si lo conociera de toda la vida, me dice: "Mira, papá, una murciélaga".

Por tres veces insistí en que se llamaba luciérnaga. Por tres veces él repitió convencido murciélaga. Así que lo dejé estar. Pero no era una, sino dos, tres, cuatro, que fosforecían verdes o amarillas en la noche.

Las luciérnagas hembras son las que se iluminan, para atraer a los machos, más desarrollados, que vuelan por encima.

Su prima Lucía, unos meses más pequeña que Juan, pero más alta y más rubia, dijo: "Yo he visto tres, dos verdes y una rosa". Esta especie rosada, aunque agudicé la mirada, no la vi. La buscaré la próxima noche y, en caso de que reluzca para mí también, haré sin tardanza algunas fotografías para la posterior rueda de prensa y su publicación en "Naturaleza viva" o en "Ciencia popular", por ejemplo.

El calor

El calor

El camino del trabajo a mi casa es más largo pero me asombra, es decir, tiene más sombras donde refugiarse. Atajo (quiero decir, alargo) el camino como un lagarto antagónico. Y voy más despacio. Eso sí, muy despacio, aletargado, como un oso en invierno ("Descubrimiento de la lentitud", recuerdan). Procurando colaborar lo menos con el sol implacable. Voy al sol que menos calienta, alejo el ascua de mi sardina.

Jesús Quintero, en uno de sus programas, decía, que su padre a su vez decía, que lo mejor para el calor era no moverse.

Los animales, los bichos, saben mucho de esto y descansan en la sombra cuando el calor aprieta (que, a veces, ahoga) (no como Dios). Y reducen su respiración al mínimo, que es el secreto de una larga vida.

El calor (o la calor, que suena más grande, como la mar frente al mar). El calor, repito, en Granada llega a bocajarro. Viene a quemarropa. Es una bofetada, un disparo, una celada. No hay intermedio apenas. De los 20º pasamos a los 40º. El entretiempo es ficticio. Del abrigo pasamos a la camiseta.

Menos mal que aquí por la noche refresca. Es un respiro. Sobre todo esta noche pasada, que tuve que cubrirme con la sábana.

El escarabajo

El escarabajo

Mi hijo Juan distingue entre catalejo y catacerca, para mirar desde el horizonte hasta lo más inmediato, respectivamente. Lo comprobamos en los prismáticos, que, mirando por los cristales pequeños, todo se nos acerca, pero que usándolos al contrario, por los lentes grandes, alejamos lo más próximo. Es como cuando en la selva de Gila, los cocodrilos se comieron a alguien por usar los biniculares al revés y creer que eran lagartijas.

Un amigo, hace tiempo, cogió un escarabajo del suelo y lo puso con las patas por alto, como Gregorio Samsa en "La metamorfosis", y dijo (mi amigo, no Gregorio Samsa), mira un escararriba.

Hoy, por primera vez en mi camino, he visto un escarabajo triste. Los escarabajos son tristes y solitarios. Son como esas personas que siempre están afligidas o que siempre tienen calor. El rinoceronte es a los mamíferos lo que el escarabajo es a los insectos.

El escarabajo caminaba sin rumbo entre la zona de los caracoles (ya invisibles) y las afanadas hormigas, que limpiaban el piso de restos orgánicos (o no tan orgánicos).

Me caen bien los escarabajos, siempre a lo suyo, con la pesada urgencia de quien dice ¡uff!

Siempre recuerdo a sus congéneres egipcios y su buen rollo o a los peloteros, felices entre heces, o a la antigua tradición afrodisíaca de ingerir escarabajos, previamente secados y machacados, conocidos curiosamente como "mosca española" o "Cantharida" (Fernando el Católico los tomaba para superar la impotencia).

McCartney

McCartney

Yo he sido siempre más de Paul McCartney que de Lennon, como siempre he sido más de los Beatles que de los Rolling. Aunque ahora, no sé desde cuándo, escucho con más agrado a John y, siempre en la cabecera, a Sus Magestades Satánicas.

McCartney cumplió ayer, 18 de junio, 66 años (felicidades). Nació en mismo día que quien suscribe. Sólo que con 20 años de antelación.

Intrusos

Intrusos

Hace un par de domingos estuvimos en la sierra de la Alfagüara con Juan. Concretamente en el paraje conocido como Puerto Lobo. Fuimos con la intención de visitar el parque cinegético para enseñarle al niño algunas rapaces en cautividad y, con suerte, las cabras montesas que allí, cercadas, a veces visitan a los visitantes.

Al llegar, había desaparecido el hospital de aves y el inmenso cercado en el que se protegían los venados. Dimos algunas vueltas, disfrutando del paisaje, de cualquier modo. Hasta que vimos a una guardesa, o algo parecido, que, ante nuestra pregunta, aclaró que con la gripe aviar de hace unos años habían tenido que desmantelar las jaulas, y que, las cabras, ya totalmente adaptadas y recuperadas, corrían libres por el monte.

Nos alegramos, creo.

Antes de irnos cogimos unas piñas, para adornar las macetas del patio y evitar que los gatos las cojan como arenal para sus deposiciones, las guardamos en el maletero y nos fuimos a comer (estupendamente) a un merendero cercano.

Al volver al coche, las hormigas corrían por los asientos y la guantera. Las piñas traían intrusos.

No tan grave como esa pareja que trajo un tronco del Brasil y, en la bola de su base, se ocultaba un nido de tarántulas. O cuando Mari Carmen se tragó una culebrina de casi un metro bebiendo agua en un manantial de la costa. O esa familia que adoptó un perro bien feo en el Sahara y a su vuelta lo llevaron para determinar su raza y el veterinario, tan aséptico como profesional, dijo impertérrito que no se trataba de can sino de roedor. Una rata del desierto, para ser exactos.

O cuando Rafa estuvo en las selvas americanas (Perú y Bolivia) y, por las noches, ya de vuelta, escuchaba ruiditos en su cabeza. En el hospital, le extrajeron dos larvas del coco.

Por medio de algunas lecturas y documentales de televisión conocía este extraño comportamiento de parasitismo animal. En algunos reportajes he visto como algunos insectos dejan sus huevos en cadáveres de otros animales o incluso en seres vivos para que sus larvas queden amparadas durante el crecimiento, asegurándoles así la subsistencia hasta que llega el momento de escapar, como gusanos o entes alados.

Siempre me ha parecido un poco repugnante. Pero así es la vida: sufrir, morir, para que otros puedan vivir. Entre los seres humanos, estas escenas se dan continuamente, pero lo de los huevos es metafórico (¿o no?).

Las pulgas, que pululan en algunos lugares exóticos, esperan al hombre descalzo y se introducen entre las uñas de los pies y depositan allí sus huevos para reproducirse. Dicen que el dolor es insoportable. Es como el continuo encender de una llama, el latigazo constante de un fósforo en una parte sensible y desprotegida de la piel.

El gusano de Guinea, aunque nadie muere por ello, va creciendo aferrado a su víctima alimentándose de ella hasta alcanzar aproximadamente un metro de largo. Los pies se resienten ─cuenta Graham Greene ─; pero, si se meten en agua, puede verse cómo las larvas se desprenden. Es preciso encontrar el extremo del gusano, que se parece a un hilo de algodón, y enrollarlo alrededor de una cerrilla. Luego, hay que separarlo cuidadosamente de la pierna, sin que llegue a romperse. A veces, se prolonga casi hasta la rodilla.

En el medievo para extraer la tenia se impedía al paciente beber agua durante varios días, al cabo de los cuales se le ataba bocabajo a medio metro del suelo. Bajo su cabeza, en el piso, un cubo lleno de agua esperaba a que la tenia sedienta saliera por la boca del enfermo y se arrojara al recipiente acuoso. Desagradable pero bastante eficaz y no muy doloroso.

Estando en el campo, al cuidado de la cocina para varios acampados, descubrí, bien avanzada la quincena, que el bacon que extraje para laminar y freír aquella noche estaba plagado que milimétricos gusanos blancos que se estaban dando un banquete envidiable. Eran los descendientes de unas grandes moscas que se resistían a abandonarnos. Tiré la carne al fuego, celebrando un holocausto particular, no se lo comenté a nadie y comimos salchichas con tomate.

Yo, por mi parte, ayuné un par de días y me prometí comprar la panceta, desde ese momento, en lonchas y envasada al vacío.

*En la foto he puesto una imagen del Amazonas, porque el retrato de cualquier parásito se me antojaba harto desagradable y, desde luego, posiblemente prescindible.

Zapatero

Zapatero

Aunque no me faltan ganas, no voy a hablar de un presidente con actitudes impermeables y cejas circunflejas, ni del remendón que me ha reparado dos veces sin éxito el mismo zapato de suela deslenguada, ni siquiera del espiritual guerrillero mexicano encapuchado y su modelo bigotudo. Me refiero a los bichitos rojos, planos, con pintas negras que en estos tiempos abundan en nuestros campos (no confundir con las mariquitas).

El camino a mi trabajo se ha convertido en un pequeño cosmos de vida animal. Y, curiosamente, como en las ciudades medievales se separan por gremios. En las callejas del centro comercial se hallaban los especieros y los curtidores, las atarazanas y los plateros, los sastres y los barberos. Caminando a mi jornal diario, encuentro los pacientes caracoles, las caravanas de hormigas y las confiadas palomas, las mariquitas, las inquietas lagartijas y los zapateros.

Cada día, uno de estos micromundos adquiere protagonismo. Después de las lluvias, sin duda, son los caracoles. Y con el sol de plano, las lagartijas retozan.

El jueves y el viernes de esta semana pasada, la actividad desapareció por completo. Pero los primeros días, los zapateros tomaron la calle. Iban de dos en dos, la mayoría. Pegados por sus partes traseras. Era la eclosión primaveral. Se apareaban ajenos a la gente que pasaba, ignorantes de sus pisadas.

El miércoles quedaban tan sólo algunas parejas rezagadas (o lúbricas, que entre los insectos también debe haber buenos amantes) y bastantes fallecidos, caídos en la batalla del amor. (En el mundo animal, reflexiono, hay especies que se la juegan cuando deciden echar un polvo).

No sé si es una buena muerte, no sé si será determinante esta pérdida entre los cientos de insectos que salen bien parados. Lo que sí pienso es en la paradoja de que algunos arrojados zapateros fallecen bajo los zapatos de individuos anónimos.

Parafraseando

Parafraseando

Ando leyendo estos días a Cabrera Infante, Tres tristes tigres, que siempre, en tratándose de literatura, tengo asignaturas pendientes. Y, entre col y col, un Tip.

En el centro superior de las hojas pares (las de la izquierda), el titulito reza G. Cabrera Infante. Mi desmemoria enfermiza se acerca al abismo y pasé casi trescientas páginas intentando recordar a qué nombre correspondía ese "G punto" (que no punto G, aunque podría), sintiéndome seguro de que conocía de sobra este nominativo. Sin embargo, las lagunas se extienden en mi cerebro, y no lograba averiguar... (Quienes de mis lectores lo tengan claro, considerarán medio estúpido este olvido y dirán desde un comienzo: Guillermo, Guillermo).

Varios días, sin embargo, por lo que digo, estuve barajando Gabriel (como su paisano continental García Márquez) o Gonzalo (como tantos) y hasta Gualberto (como el padre y hijo de Guillermo Tell), hasta que el Guillermo se me impuso con total evidencia. Cosas del olvido que, a propósito, Cabrera Infante, lo hermana con el carajo. O sea, cuando alguien desaparece y comienza a irse al olvido es como irse al carajo (lo dice con dolor).

Pues bien, Guillermo me demuestra lo que ya sabía, que es un erotómano delicado y crudo a la vez, que es una eminencia hablando de cine, que juega con el lenguaje como pocos. Pero lo que he descubierto con gran gozo es que realiza malabares con las palabras, que sus juegos de palabras en tres o cuatro idiomas son una obra de arte.

En un pasaje de su libro, cuando juega con los refranes, me recordó a mis comienzos. A principios de los 80, yo hilvanaba: "Dime en qué escaparates te paras y te diré quien eres" o "Tanto va el cántaro a la fuente que al final se conoce el camino" o "A quien buen árbol se arrima se llena de resina".

Cabrera Infante propone A ruidos sordos ganancias de pecadores, A oídos revueltos cuñas de palabras necias, Cría cuervos y te sacarán las astillas, A quien madruga Dios castiga sin palo ni piedra... o el maravilloso Hay quien ve la paja en el ojo del culo ajeno y no ve la verga en el propio.