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volandovengo

Algunas cosas y demás verdades

Carpaccio

Carpaccio

Quien maneja mi barca, se pidió para cenar carpaccio. El sábado, celebrando que era sábado, salimos a cenar fuera. Comimos lo que quisimos a un precio más que razonable (dejamos propina y todo), en un lugar donde no se fuma (doble satisfacción).

Siempre que pedimos carpaccio (esa preparación con nombre italiano y presencia noruega, que consiste en extender sobre el plato finas láminas de ternera cruda —o salmón o atún o avestruz o gamba o potro—, maceradas con aceite de oliva y algunas gotas de limón, y decorado con virutas de parmigiano Reggiano u algún queso añejo), recuerdo una simpática anécdota.

Me dirigía con mi hermano a Motril. Llegaríamos a la hora de comer (la hora de comer siempre es buena hora). Entre los comentarios obligados, relativos al manyar, comenté que me apetecía un carpaccio. Y lo dejamos estar.

En el merendero, en donde desembocamos, aprovechando que fui al baño, mi hermano decidió darme una sorpresa.

Cuando volví a su lado, no pudo resistir y me confesó: "De primero he pedido gazpacho". "Si el gazpacho me sienta mal", me quejé. "¿No era gazpacho lo que te apetecía?", se extrañó. "No", dije entre risas. "Carpaccio, carpaccio" y le aclaré en qué consistía. (¡Qué locos están estos romanos!, parece que pensó).

A tiempo estuvimos, sin embargo, de anular el pedido y sustituirlo por una ensalada de la tierra.

Carpe diem (el origen)

Carpe diem (el origen)

 

Al poeta latino Horacio (s. I aC) le debemos el término de carpe diem, ’aprovecha el día de hoy’, una invitación a vivir el momento.

 

La encontramos en sus Odas  I, 11, que en sus versos 7 y 8 dice:

 

... dum loquimur, fugerit invida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero

 

que se traduce

 

... mientras hablamos, huye el envidioso tiempo. Goza este día, y cuenta lo menos que puedas con el día de mañana.

 

Esta misma idea la encontramos en uno de los epigramas de Catulo:

 

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

rumoresque senum severiorum

omnes unius aestimemus assis.

soles occidere et redire possunt:

nobis, cum semel occidit brevis lux,

nox est perpetua una dormienda.

 

 

Que se traduce:

  

Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,

y las habladurías de los viejos puritanos

nos importen todas un bledo.

Los soles pueden salir y ponerse;

nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz,

tendremos que dormir una noche eterna.

Los locos y los niños

Los locos y los niños

Dicen de los mayores, ante las primeras televisiones, que se adecentaban para ver los noticiarios. Se vestían y guardaban la compostura lógica de quien tiene invitados en casa.

No recuerdo a mi abuelo llegar a tal extremo, pero sí respondía cuando el locutor saludaba.

Ahora veo que mi hijo habla con la tele. Los personajes de Disney, en tres dimensiones, preguntan a los niños en sus historietas, esperan un tiempo y responden Sí, has acertado, o algo parecido, atine o no el chaval.

También juega en alta voz, con sus muñecos, con sus piratas, con sus coches o con sus piezas de armar.

Un profesor de pintura, que era mayor, hablaba solo. Me decía que los que no hablan con nadie son los locos y los niños. ¿Quizá los viejos y los niños? ¿Es que los viejos están locos? ¿O los mayores son niños, cerrando así el círculo de la vida?

Además, se habla de los niños como "esos locos bajitos". O sea, los niños son viejos. No sé.

Después de meditar, Juan dijo ayer: "Abracadabra, que desaparezca mi padre para siempre". Yo, lo oí por el rabillo del ojo y le dije que siempre es mucho tiempo. ¿Cuánto?, preguntó. Todo el tiempo, respondí. Entonces, volviendo a recuperar sus poderes, formuló de nuevo su encantamiento: "Abracadabra, que desaparezca mi padre un día".

Eso es más razonable, alegué, pero estaría bien que me concedieras al menos un par de semanas.

Pequeña fauna silvestre

Pequeña fauna silvestre

Al igual que su padre llevó al coronel Aureliano Buendía a conocer el hielo a las afueras de Macondo, el otro día, en un descanso de la necesaria lluvia, llevé a mi niño a ver los caracoles, cerca de casa.

Emprendimos el camino, que es el mismo que yo recorro todas las mañanas para ir a mi trabajo, y, en un descampado, antes de llegar a la plaza de las palomas, nos detuvimos a contemplar a los parsimoniosos. Eran pequeños. El caparazón de algunos tenía el tamaño de una lenteja. Había muchos encima de la acera, decenas. Sin querer, pisamos alguno y lo lamentamos, aunque iban directos a la carretera con su lenta cadencia, donde los coches no perdonan, dejando un rastro de baba a su paso. Cogimos uno de los más grandes para mirarlo de cerca, después lo devolvimos a su camino.

Unos días antes, por casualidad, descubrimos un inmenso hormiguero lleno de actividad. Observamos las hormigas negras, de diferente tamaño, que salían de vacío de aquel formicario y volvían cargadas con algo que les duplicaba o triplicaba en tamaño y, posiblemente en peso.

Juan preguntó de dónde venían, que para qué querían todo eso. Para comer, supongo. Y empezamos a seguir la caravana que se alejaba bastantes metros de su casa. Era tremenda la actividad. Era inexplicable el tácito orden que seguían. Fuimos lentamente siguiendo este serpeteante rastro en movimiento hasta ver que se perdían precisamente en el campo de los caracoles.

Posiblemente, la vida social de estos pequeños insectos, le ha interesado más que los moluscos gasterópodos, pues repitió su análisis ese mismo día.

Más adelante en el camino, se encuentra un grupo de lagartijas, unas verdes y otras marrones, que salen a tomar el sol con gran nerviosismo. Pero su investigación la reservamos para otro momento.

Ayer descubrí una mariquita de siete puntos en el patio...

Las margaritas

Las margaritas

Al fondo de mi calle hay un jardín que nadie cuida. Es una jardinera elevada donde crecen plantas que alguien plantó. Predominan las palmas, las plantas de agua, silvestres... Plantas meditarráneas, bastante resistentes.

Entre ellas hay un hermoso ramo de margaritas que en bastantes ocasiones luce sus flores blancas. Estas margaritas son cimarronas. Pero, como todo ser vivo, necesitan agua. Cuando el inevitable calor se bebe el campo, agrietea la tierra, estas alegres flores se agostan como pasas. La más mínima humedad la agradecen tensando su tallo (parecen hombres).

La abundante lluvia de estos días las revitalizan, es un soplo de vida para este jardincillo. Pero, con el inevitable sol del estío venidero, que amenaza crudo, con ese astro que usa gafas contra sí mismo, el vegetativo micromundo se marchitará lentamente. Aunque, no sé por qué todos los años resucita como el fénix, como el Dalai Lama.

Estoy por llevar un buchito de agua para espolvorear a diario estas margaritas o una botellita o decirle al vecino más próximo que el agua de cocer las verduras la arroje por la ventana, encima de este parterre, y no la vierta inútil en el fregadero.

Peces

Peces

Ayer, justo el día en que cené boquerones, se presentó mi hijo con dos pececitos. Se los había dado mi hermano, al desmontar un escaparate del Día de la Cruz, que nadaban tristemente en un pilarillo artificial. Juan los ha llevado esta mañana a la pecera que tienen en su clase. Ellos los limpian, les cambian el agua y les dan de comer.

Uno de los peces es el tradicional naranjita (aunque el niño dice que es amarillo), parecido a un salmonete. El otro es negro, una carpa, parece que se llama (mi ignorancia en seres acuáticos que no se comen es supina) (incluso en los comestibles). La carpa (llamemosle así) tiene los ojos saltones, como Luis Buñuel o como si su antigua morada hubiera contenido ginebra en vez de agua.

Para los orientales, tener una pecera en casa es un signo de bienvenida, de hospitalidad, de buena suerte. Llegan hasta a sacar la pecera a la calle o se la llevan de paseo como quien le da una vuelta al perro. Pero a mí no me dicen nada. Siempre mirando y mascuyando algo que nadie entiende.

Me pone nervioso su silencio y su constante ir y venir que se altera cuando te acercas. ¡Oye, amarillo, pedorro, que no os voy a hacer nada!

Pero no me entiende. Como yo no los entiendo a ellos.

De salvapantallas, un tiempo, tuve una pecera, con tiburones y todo. Eso sí que era simpático. No pedían pan y si les cambiabas el agua, el ordenador hacía agua, como un tres plalos bombardeado bajo la línea de flotación.

Crédulos

Crédulos

Mi dueña opina que nuestro vástago no debe ver Los Picapiedra porque va a creer que en los tiempos primitivos tenían troncomóvil e iban a la bolera. Sin embargo, no está vetado un oso con corbata y sombrero que habla en verso.

Cada vez es más fácil vendernos lo improbable. Los adelantos tienden a entorpecer la razón.

Mi hijo desea volar como Supermán, lanzar telas de araña y bolas de fuego; quiere ser invisible y que los reyes le traigan una varita mágica y una alfombra voladora. Le gustaría tener un perro de tres cabezas y subir a una nave espacial. Todas las noches busca la estrella de los deseos y quiere encontrar un tesoro escondido en la arena de la playa. Para comer prefiere los filetes de ballena y para dormir las nubes blandas.

La fantasía roza la mentira. ¿Hasta qué punto la inocencia es candidez?

¿Y si los equivocados somos los demás? En el manicomio piensan que los locos están fuera.

Todos, en nuestro estadio, somos crédulos, cándidos, incautos (más cercanos a la estupidez que a la sabiduría). Einstein decía que todos somos ignorantes pero no todos ignoramos lo mismo.

Por muy listos que nos sintamos, todavía creemos que el hombre subió a la luna, que la belleza se lleva por dentro y que el mundo es redondo.

San Jorge

San Jorge

Hace tiempo, demasiado tiempo, leí que San Jorge nació en Capadocia (Turquía), en el 303 (no he vuelto a encontrar estas minucias). Unos datos demasiado precisos para un personaje legendario.

Porque todos sabemos que venció a un dragón, o sea, al mal, al pecado, las tinieblas. Y liberó a una princesa, como dictan los cánones de la hagiografía. La dama era la virtud, la luz, la pureza. Pero se nos escapan el resto de sus vivencias.

En otro acercamiento a la figura de San Jorge, se apuntaba la idea de que todo estaba escrito, que el héroe estaba predestinado. Era el único que tenía espada y loriga, yelmo y cabalgadura. Era el único caballero, que en esos tiempos, buscaba aventuras por los alrededores de Antioquía.

Ignoramos si el premio a su incondicional arrojo conllevaba algún tipo de recompensa, como el habitual disfrute de la doncella en cuestión y la heredad del reino. Creo que no. Si acaso su austera renuncia por mor a su vida de segundón errabundo.

Hace unos años, la Iglesia, quiso expurgar el santoral de estos varones inexistentes, que rozan el paganismo antes que la beatitud deseada. No sé si alguno fue eliminado completamente. Me imagino que sí, tratándose de una institución tan aficionada tradicionalmente a la hoguera. Pero, en tratándose de San Jorge, no tuvieron más remedio que restablecer su nombre en el calendario, pues chocaron con la alarma popular. ¿Cómo eliminar a un santo que es el patrón de Inglaterra, de Dinamarca, de Cataluña, de Aragón, de la marina, de la Caballería, del libro y de los Scouts?

Hasta ahí podíamos llegar. Era necesario dar un paso atrás, donde digo digo digo Diego, y restablecer a este santo caballero a la casilla "23 de abril" y así remendar el entuerto, el vacío que se creaba, el caos (los griegos decían bostezo).

* Dibujo elaborado por Rafael en 1505 para el San Jorge del Louvre.

Insomnio

Insomnio

— Papá, cuéntame un cuento.

— Siete te voy a contar.

— Siete no, uno solo.

— No que ya es muy tarde. Llevas acostado más de una hora y aún no te has dormido. Me voy a acostar contigo y a dormir. Apago la luz. Una...

— ... dos y tres.

— Papá, quiero agua.

— Vaya.

— La botella está en la mesita.

— Toma. Incorpórate para beber.

— Vale.

— Y ahora a dormir. Una...

— ... dos y tres.

— Papá, quién gana, el Zorro o Tarzán.

— Cállate ya.

— Snif, Snif.

— ¿Qué te pasa? ¿No puedes respirar?

— Ni siquiera puedo respirar.

— A ver, levanta la cabeza que te suba la almohada. ¿Mejor así?

— Sí. Pero tengo la barriga seca.

— ¿?

— Papá, cómo se hacen las lámparas.

— Grrrzzzz... (me hice el dormido y, tras dos insistentes llamadas más, se dio por vencido y se durmió, hasta las seis y cuarto que pidió pipí, pero después siguió durmiendo, no como su padre que esperó a que se deperezara el despertador).

Una respuesta ambigua

Una respuesta ambigua

Un niño, desde los dos años y medio más o menos hasta no sé cuándo, se convierte en un perrillo faldero.

El otro día fui al baño en la tienda de mis padres. Y mi hijo entró conmigo. Mientras operaba, nos fijamos en el suelo, que tenía huellas evidentes de haber sufrido recientemente una inundación.

Mi hijo me lo aclaró: "El otro día se llenó de agua", y, acto seguido, preguntó: "sabes por qué".

Esperando una respuesta seudo científica y medianamente aclaratoria, interrogué a mi vez.

"Porque me lo han dicho", dijo Juan y se quedó tan a gusto.

Palomas

Palomas

Viejos colombófilos se empeñan en acudir a las plazas, solos o con sus nietos, y esparcir migas de pan o grano para alimentar a las palomas, sin atender que su masificación perjudica la urbe.

Las palomas son gregarias y sociables. Viven en las plazas de nuestras ciudades antiguas, en los parques, entre sus estatuas, en los tejados y los aleros. Se han adaptado como pocos al contacto humano. Son bellas, aunque Enrique dice que son 'ratas voladoras'. Son sucias, aunque simbolizan la paz desde que Noe envió una, después del cuervo (que se quedó limpiando el mundo de cadáveres anónimos) para que trajera la buena nueva en forma de ramita de olivo de que las aguas iban remitiendo.

Alegran los lugares donde se establecen, pero, como sabemos, sus excrementos corroen las piedras (no tanto como los estorninos).

Existen ciudades que han decretado su eliminación selectiva. Hay países que las cazan para enriquecer sus cocinas. De antiguo son usadas desde oriente como mensajeras. En la Primera Cruzada, fueron un factor estratégicamente importante de los sarracenos, ante la ignorancia de su uso entre los soldados de cristo.

Jules Renard, en sus Historias Naturales, dice de ellas "... Durante toda su vida son un poco cerriles. Se obstinan en creer que los niños se hacen con el pico. Y, a la larga, esa manía hereditaria de tener siempre en la garganta algo que no acaban de tragar, se vuelve insoportable".

Cerca de mi casa ha nacido una plaza. O sea, toda la zona es de nueva construcción y, entre tanta casa unifamiliar, pareada o adosada (yo digo adobada), se ha creado un gran espacio ajardinado, con árboles, paseos, bancos, pérgolas y columpios (el domingo llevé a mi niño con la bici).

La plaza se llama "Newton" y se ha llenado de palomas en pocos meses. Me alegra verlas, aunque a la larga corrompan las construcciones humanas (también me gustan las bandadas de estorninos jugando entre el viento y los árboles).

Carpe diem (un apunte)

Carpe diem (un apunte)

Resulta que el famoso Gaudeamos igitur que "en todas las universidades de Occidente, alumnos y profesores juntos, suelen cantar desde mitad del siglo XVIII para coronar un acto académico solemne" (nos recordaba hace poco Manuel Vicent, junto con su traducción) es un canto epicúreo y nihilista, un himno propio para entonarlo en los tiempos de Carnestolendas o en la Corte de los Milagros de Víctor Hugo que en la sesuda institución de la sabiduría.

La letra, sin desperdicio, de esta declaración de intenciones, está extraída del tratado Sobre la brevedad de la vida, de Séneca. Y dice así:

"Alegrémonos pues, mientras somos jóvenes, puesto que después de la alegre juventud y de la incómoda vejez nos recibirá el seno de la tierra. ¿Dónde están los que antes de nosotros pasaron por este mundo? Nuestra vida es corta, en breve se acaba, viene la muerte velozmente y no respeta a nadie. Vivan todas las vírgenes fáciles y hermosas, vivan las mujeres tiernas, amables, buenas y laboriosas".

No me queda más que añadir.

Dos años

Dos años

A mediados de este mes de marzo esta bitácora cumplió dos años.

Como todos saben, volandovengo nació por la necesidad de difundir con mayor profusión los artículos del flamenco que iba publicando periódicamente en el diario Granada Hoy de esta ciudad. Sin embargo, desde un comienzo fui consciente de que estas críticas no daban para alimentar un blog con necesidades imperiosas de crecer.

Y, así empecé. Todos los días me sentaba en frente del ordenador y, a vuelapluma, vertía lo que me rondara por la cabeza en ese momento, creando, aparte del flamenco, algunos otros temas de los más variados (siempre desde mi perspectiva y según mis intereses), evitando, eso sí, entrar en polémicas políticas, sexuales o espinosas, por no considerar estas páginas el foro adecuado.

Pronto fui descansando los fines de semana y fiestas varias, simplemente por la poca audiencia que tenía (la mayoría de mis visitantes eran festeros).

He tenido crisis. Algunas más graves que otras. Como el cambio de ordenador o la ausencia de internet, que al final del año pasado duró casi un mes. También cambié de diseño, con lo cual perdí alguna que otra utilidad.

He ido publicando también escritos antiguos de mis graneros que, por su brevedad e interés, han ido enriqueciendo este diario.

He tenido bastantes visitas (en la actualidad llego a veces a las doscientas al día). Aunque he sido pobre en comentarios. La interactividad que se pretende en un blog, brilla por su ausencia. De ahí la emoción que para mí supone encontrar opiniones conocidas o anónimas. De todas formas tengo gente fiel que me lee a diario y me contesta espontáneamente.

Las grandes sorpresas han venido, en definitiva, cuando he escrito sobre alguien, el cual se ha manifestado. Por ejemplo, cuando publiqué una crítica de Belén Maya y la misma bailaora me contestó o cuando publiqué una foto sin conocer su autoría, y el mismo fotógrafo, Toni Blanco, se puso en contacto conmigo para brindarme su colaboración o, recientemente, cuando hice una reseña a El Bestiario de Ferrer Lerín, que el autor aludido se puso en contacto conmigo y aproveché para enlazar su blog con el mío.

Para acabar esta nota, que se está extendiendo más de lo pretendido, me gustaría anunciar mi post estrella, que va por 27 comentarios a lo largo de algún tiempo, que sigue vigente. Me refiero a Un día histórico, donde hablo de Juan Habichuela, nieto, y de Enrique Morente, hijo. Pues han cogido esta plataforma un grupo de chicas, como si se tratara de un chat abierto en el que se expresan a sus anchas. Me encanta.

He cumplido dos años y espero llegar a tres y a cuatro y... ya lo veremos.

Nieve de primavera

Nieve de primavera

Hace unos días vi por televisión un paisaje de cerezos en flor en no sé dónde, creo que en nuestro levante, pero no podría precisar. El caso es que recordé un libro de Yukio Mishima, Nieve de primavera, que siempre pongo como ejemplo para expresar la delicadeza en la escritura. (Describir en varios párrafos cómo un pañuelo de seda cae al suelo es un ejemplo de ese preciocismo.)

Siempre asocio con ese libro la distribución espacial de la calidad de las aguas para calentar el té. Los orientales clasifican el agua en tres estadios según su pureza, en tres niveles diferentes. Contemplan el agua de la tierra, el de los hombres y el de los dioses.

Las primeras aguas son las de los ríos y la de los lagos, las que se arrastran por el piso. Las aguas de los hombres están a media altura. Son las de los manantiales y las fuentes. Las más puras, evidentemente, son las que caen del cielo, que son las de los dioses.

Estas divinas aguas evidentemente llegan con la lluvia y, rozando la perfección, con la nieve. El té por excelencia es el que se hace con la primera nieve de primavera que cae sobre las hojas del cerezo.

Después está la ceremoni del té, que viene a ser una de las exquisiteces que impuso el zen para dulcificar el budismo, junto con la poesía, el teatro no, el ikebana o la composición de los jardines.

No insistiré en esta ceremonia. Lo que sí es relevante es su dimensión social. Y, como curiosidad, se sirve la infusión pegando la boquilla de la tetera a la taza para trasmitir el calor de una porcelana a otra, frente al té árabe que se suele verter desde lo alto para producir espuma, a la vez que oxigenamos la mezcla.

La delgada línea de la razón

La delgada línea de la razón

Por razones que no vienen al caso, me vi ingresado en el hospital militar donde calibraron mi aptitud para emprender el servicio militar, obligatorio en aquel entonces, con resultado positivo. O sea, me declararon inhábil, excluido total, inútil, en definitiva (nunca una limitación me fue tan provechosa).

Por razones que tampoco vienen al caso, estuve encamado en la sección de los desvíos cerebrales (por llamarlo de alguna forma). (Todos juntos íbamos en fila a cenar y, cuando nos preguntaban, decíamos que éramos los chalaos.)

Yo, sin ir más lejos, compartía habitación con alguien que sufría ataques epilépticos. Mi mente lo relacionó rápidamente con famosos epilépticos como Hércules, el semidiós, Julio César, Napoleón, Flaubert, Dostoevsky o Pío IX (inspirador del pionono de Santa Fe). Mientras estuvo allí no sufrió ninguna crisis.

En nuestro grupo había uno que estuvo destinado en la feroz intendencia de la cocina de un cuartel. No lo pudo soportar. Cuando entrechocaban platos, vasos, marmitas, cubiertos y demás cacharrería, el individuo se tapaba los oídos y se ponía a gritar. Lo ingresaron rápidamente. Era un tipo peligroso.

Un conocido mío, estudiando una carrera, supuestamente superior a su capacidad (o superior a su sensibilidad), acabó subido a una silla en medio de la habitación con todos los apuntes, rellenos de colorines, para facilitar el eidetismo, alfombrando el piso. Decía aprendérselos mejor así. Supongo que de esta manera tenía una visión de conjunto. Experimentaba, como si dijéramos, un aprendizaje panorámico.

Conocí a aquel que tiraba monedas desde el balcón de su casa a la calle, argumentando la alegría de quienes se las encontraran. Al menos, él, cuando se hallaba dinero en la calle, se ponía contento.

Supe del que dejó su trabajo para pasear simplemente. Había llegado la primavera. Se buscó un bastón de caña y un sombrero de ala ancha, típico de colono o habanero, para repartir sonrisas a quien se encontrara.

Supe de quien dilapidó una herencia en las tiendas de veinte duros y otros saldos similares.

He tenido relación con varios suicidados, que no es necesario enumerar ni mentar sus nombres, porque el mundo en un momento de sus vidas le venía grande o, todo lo contrario, les faltaba aire en un mundo tan angosto.

La carne es débil, pero mas frágil es la razón, el entendimiento. Depresión, neurastenia, esquizofrenia, alzheimer... 

En nuestro cerebro se representa una circunferencia, más o menos perfecta, que coincide con nuestro grado de raciocinio. Cada estadio de sensatez o cordura va avanzando por esta línea hipotética. De forma que la genialidad más extrema cerrará el supuesto círculo coincidiendo irremediablemente con la locura más radical. El sabio y el orate se dan la mano.

Qué fácil es dar el salto final. Qué fácil es cerrar la mente. Qué delgada es la línea de la razón.

Hormigas

Hormigas

Posiblemente los insectos que mejor me caen son las hormigas (en tratándose de insectos siempre hay que hablar en plural) (ya se dirigía Machado a las moscas como las familiares). Son gregarias, ordenadas, trabajadoras y constantes. Y, sobre todo, millonarias.

Jules Renard, en su hermoso librito "Historias naturales", ilustrado por Toulouse-Lautrec y musicado por Maurice Ravel (en alguno de sus textos), dice que cada una de ellas se parece al número 3.

O'Henry sostiene que la hormiga es el más sabio de los insectos.

Están por todas partes. Son tranquilas y amables. Pequeñas y grandes. Negras, rojas y traslúcidas. Cuando encuentran un rastro lo siguen y avisan rápidamente a todo el formicario. Pronto se forman verdaderas caravanas de hormigas de ida y vuelta. No descansan en ningún caravasar (palabra bonita donde las haya), sino que van directamente al hormiguero, sin entretenerse, cumpliendo fielmente su destino metódico.

En la cocina pueden ser temibles, una verdadera plaga. Pero son un buen sustituto de la sal. Además le dan color al huevo.

A la ida van de vacío. A la vuelta, igual de ligeras, arrastran objetos presumiblemente comestibles que suponen, en peso y espacio, cinco o diez veces su propio cuerpo. Caminan en linea recta, saltando los obstáculos a su paso, nada de franquearlos como el resto de los mortales. A veces trepando sobre ellas mismas para salvar abismos. A veces colaboran entre dos o tres para portar una hoja excesivamente grande. A veces una lleva a otra compañera en volandas que se ha empeñado en ayudarla...

Siempre trabajando. Siempre atareadas. Constantes. En verano, en invierno. Mientras la cigarra canta o se muere de pena. Aunque es sólo un cuento, pues tanto la cigarra como la hormiga hibernan, o sea, en los meses fríos están aletargadas.

La hormiga madruga. Es responsable. Va a lo suyo y no se mete con nadie. No como las moscas que se aprietan (acaban por mosquear) o como el mosquito trompetero, que además amenaza (aunque, dicen, pican nada más que las hembras) (en eso se parecen en parte a los humanos) (sin intención de ofender).

Bueno, también está el hormigón, que suele ir armado, como también está el cigarrón, que eso sí es una cigarra grande, sin nicotina, apenas.

¡Qué bien me caen las hormigas!

* Portada del libro de Jules Renard, "Historias naturales" (Círculo de Lectores, 2007).

Avistamiento de sirenas

Avistamiento de sirenas

Plinio el Viejo cuenta, con toda seguridad, que en tiempos de Augusto se encontraron en una playa de las Galias los cadáveres de varias sirenas allí arrojadas por un temporal.

Jorge Luis Borges, en El Libro de los Seres Imaginarios, cuenta que "En el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada en el Norte de Gales, y figuró como una santa en ciertos almanaques antiguos bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó por una brecha en un dique. y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era pescado porque sabia hilar, y que no era una mujer porque podía vivir en el agua".

En el Diario de Cristóbal Colón (9 de enero de 1493), puede leerse: "El día pasado, cuando el almirante iva al Río del oro, dixo que vido tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara; dix que otra vezes vido algunas en Guinea en la Costa Mengueta".

Carlos Fuentes, en su libro En esto creo, relata que por esa misma época "Gil González, explorador del istmo panameño, se topa allí, en una anchura de mar oscuro, con peces que cantaban con armonía, como cuentan de las sirenas, y que adormecen del mismo modo. Y Diego de Rosales ve una bestia que, descollándose sobre el agua, mostraba por la parte anterior cabeza, rostro y pechos de mujer, bien agestada, con cabellos y crines largas, rubias y sueltas. Traía en los brazos a un niño: Y al tiempo de zambullir notaron que tenía cola y espaldas de pescado...".

El jesuita P. Henriques (1569) afirma haber visto en el Índico, a unas doscientas leguas de Goa, varios tritones y sirenas, mientras que el gran anatomista Paré confirmaba que podían hallarse en gran cantidad en las costas de la India y de Brasil. Un navegante portugués, por las mismas fechas, afirmaba haber visto en las Molucas una sirena de gran tamaño, cuyos dientes poseían propiedades curativas contra una enfermedad tan terrible, a la sazón, como la disentería.

El capitán Henry Hudson, famoso explorador y descubridor inglés, relata también en su diario, el encuentro con una sirena el 13 de junio de 1608: "... la mitad superior del cuerpo, era el de una mujer, incluyendo los senos... Era alta de estatura, de piel muy blanca, y con largos cabellos que le cubrían la espalda... Al zambullirse, los hombres observaron que tenía una, cola como la de un delfín".

Cela, en Madera de boj, afirma que "en la Sisarga Grande todavía se ven sirenas enloqueciendo con sus cantos a los marineros"; que "entre las dos últimas laxes (roca de grandes dimensiones con superficie plana) del norte se suelen bañar las sirenas cuando hace buen tiempo, Vicent dice haberlas visto en más de una ocasión, las sirenas se dejan mirar por los chepas incluso con naturalidad, se conoce que les inspiran confianza"; y que "en la playa de Cala Figuera apareció una vez el cuerpo incorrupto de una sirena jovencita y bellísima que dicen que se llamaba Mafalda, tenía los ojos y los labios pintados y sonreía con un encanto especial, el patrón Camilo de Androve la puso sobre el chinero de su comedor y allí la tuvo hasta que empezó a apolillarse, el patrón quemó el cadáver en la lareira (fogón en la cocina) porque no sabía si enterrarlo o devolverlo a la mar, en el aire y convertida en humo la sirena quedaba más cerca de Nuestro Señor el Apóstol Santiago".

Por último, en 1961, la Oficina de Turismo de una pequeña localidad costera de Gran Bretaña, ofreció un premio a quien consiguiera traerse del mar una sirena.

* "Sirena" (© Montserrat Faura).

El dinosaurio de mi niño

El dinosaurio de mi niño

No es que mi niño sea un dinosaurio (aunque tenga cosas pleistocénicas), es que tiene un dinosaurio. Bueno, tiene varios. Pero hay uno especialmente feo y aparatoso, made in China, que ruge y cierra la boca cuando le accionas una palanca. Es el que prefiere, quizá por su envergadura (nada que ver con una verga dura) (perdón), quizá por sus colores chillones, estridentes, irreales.

Cuando jugamos, me encasqueta a mí cualquier otro saurio y él me come, siempre me come (me apalea, me empuja, me voltea por el suelo, me lanza objetos...) (más que su compañero de juego, soy su juguete).

Ayer me vino con el tiranosaurio, lo puso de puntillas (sobre unas largas uñas negras y afiladas que tiene en sus patas posteriores) y me interrogó diciendo si sabía por qué el dinosaurio iba así. Vi tan absurdo que un monstruo prehistórico caminara de esa guisa, que no tuve más que reírme y decir que no tenía ni idea.

Me aclaró entonces, con su lógica aplastante de cuatro años, que andaba así para coger pajarillos.

Pero su creación iba a más. De pronto puso el lagarto sobre una pata y volvió a preguntarme si sabía cuándo el dinosaurio se ponía así. Ante mi nuevo encogimiento de hombros, Juan, pensando seguramente que no me enteraba de nada (que su madre tenía razón), razonó que: "así se pone cuando quiere hacer equilibrio".

* FOTO: Juan, disfrazado de león en tiempos de carnestolendas.

Despreocupado

Despreocupado

Sin discusión, el pecado capital de los españoles es la envidia, como el orgullo es el de los italianos (o por lo menos de los de Sicilia). Deseamos ser como el otro, anhelamos tener lo de los demás.

Yo, como descendiente directo de mujer embarazada en España, sin ser demasiado original, aparte de la gula, mi pecado por antonomasia es la envidia (en cambio, me gustaría que fuera la lujuria) (qué le vamos a hacer). Tengo celos del éxito, del poder, de la riqueza ajenas; y últimamente envidio a mi ordenador. Su exactitud, sus memorias, su capacidad de olvido...

Pero sobre todo envidio la capacidad de deshacer, el eficaz arrepentimiento, el paso atrás, la retroalimentación. Ciertamente me gustaría, cada vez que meto la pata, cada vez que tropiezo, cada vez que desvarío, combinar el control zeta o pulsar la tecla Deshacer, para volver justo al punto anterior al resbalón. Incluso se puede deshacer varias veces. Es la manera mejor de enmendar los entuertos. (Bien mirado es un paso adelante en el dominio del tiempo) (nuestra asignatura pendiente).

Dios aprieta pero no existe

Dios aprieta pero no existe

Primero

Alberto cogió el camino del río y allí, entre los árboles, aquel día soleado en que los pájaros piaban sin ninguna intención, volvió a pensar para sí: "Dios no juega a los dados" (que es como decir que Dios no pierde el tiempo, que no es de ningún partido definido) (su hijo sí, que es de izquierdas) (y la paloma, de Los Verdes, creo).

Segundo

Se asomó a la ventana. Era un día gris. Olía a pescado. Una sirena sonó al fondo, a tres manzanas de allí, un hombre se había arrojado desde la azotea. Limpiándose los lentes, Federico volvió a pensar: "Dios ha muerto" (que es como decir soy ateo por la gracia de Dios).

Tercero

Después de tomar aliento, miró a su alrededor y vio a muchas gentes que en torno a él estaban reunidas. Se subió a una piedra y, después de otras cinco frases inspiradas, Jesús dijo: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (que es como decir que las buenas personas mueren en paz).

Cuarto

Debatiendo entre el bien y el mal, la vida y la muerte, el cielo y el infierno, Ángel le dijo a sus íntimos: "Vosotros decís que sois ateos, pero no tenéis mérito, yo lo he visto tres veces y no creo en él" (que es como decir que hay mucho lobo con piel de cordero).

Quinto

Baltasar, después de tomar un sorbo de café, escuchó por enésima vez que era un desalmado por negar a Dios siempre que tenía oportunidad, sin dejar la taza sobre el plato, les aclaró: "Yo sólo digo que no creo en Dios, no que no exista" (que es como decir que Dios tiene sus cosas).