Haiku
* Foto de Nono Guirado
* Foto de Nono Guirado
Hace algunos años una universidad madrileña me pidió un artículo de opinión sobre el conflicto Islam-Occidente para una revista de corte histórico político de aparición anual llamada Historia Abierta. Concretamente, en el número 31 de la edición de 2002 de dicha publicación (recién acabada la invasión de Afganistán), aparecía este artículo que saco a colación, puesto que se vuelve a hablar de abusos de derechos en las cárceles norteamericanas (a peser de que pueda resultar obsoleto).
«Obvio algunas apreciaciones, más de las deseadas, y me centro en un episodio que nos venden como un amargo happy end (valga la redundancia) de una guerra casi unilateral. No deseo, como digo, barruntar en otros detalles de la ofensiva y doy paso a un artículo con más preguntas que respuestas. A diferencia de la Guerra del Golfo, que también fue felizmente televisada y que estuvo cargada de mentiras, cortinas y humaredas, ésta hace agua por cualquier lado que la mires. Es una guerra inexistente. ¿La respuesta desmedida a una pantagruélica provocación?, ¿el pataleo de la mayor potencia del mundo al conocer la viga en su propio ojo?, ¿el nacimiento de nuevos miedos, de nuevas fobias o el renacer de la Santa Cruzada? Porque desde el momento que los Estados Unidos declaran que los prisioneros trasladados a la base militar de Guantánamo son “combatientes ilegales que no gozan de ningún derecho en el marco de la convención de Ginebra”, se pone en tela de juicio la existencia de la supuesta guerra.
»Guantánamo, un puesto avanzado de Estados Unidos en el extremo este de Cuba, que para cualquiera de nosotros sería el destino ideal de unas vacaciones caribeñas, para los presos talibanes se convierte en un infierno. Nos faltan datos. El secretismo de esa prisión hace que se siga conjeturando. Sin embargo hay demasiadas organizaciones humanitarias y pacifistas que levantan su voz y denuncian su situación.
»La convención de Ginebra dice textualmente que sus acuerdos tienen vigencia “en caso de guerra declarada o de cualquier otro conflicto armado entres dos o más estados de las Altas Partes Contratantes aunque la situación de guerra no sea admitida por una de ellas”. Lo cual le da la vuelta a la tortilla. El conflicto de Afganistán sí ha sido una guerra y, por ende, los talibanes y los presos de Al-Qaeda son combatientes legales y como tales hay que tratarlos.
»Los prisioneros fueron transportados desde Kandahar (Afganistán) por avión bajo fuertes medidas de seguridad, con monos naranjas, encapuchados, sedados algunos de ellos y atados a sus asientos y entre sí. Según la convención de Ginebra, “el traslado de los prisioneros de guerra se efectuará siempre con humanidad y en condiciones no menos saludables que aquellas de las que gozan las tropas de la potencia que ha efectuado las detenciones, en sus desplazamientos”.
»También dice la convención, y con esto debería bastar, “los prisioneros deben ser tratados en todo momento con humanidad”, y continúa en su artículo 13: “asimismo deben ser protegidos en todo momento, especialmente contra todo acto de violencia o intimidación, contra los insultos y la curiosidad pública”. Hace algún tiempo, en un medio argentino, pudimos leer que “los talibanes presos en Guantánamo son una atracción más para los turistas que visitan la isla”.
»Según la Convención , “los prisioneros tienen derecho a un proceso justo y recto, a una defensa y a la posibilidad de recurso”. Acuerdo que está muy alejado del tribunal militar estadounidense que niega el derecho de los procesados a ser defendidos por abogados civiles.
»El problema radica seguramente en que EE.UU. no ha suscrito aún el protocolo ginebrino.
»Puede que la guerra haya acabado, puede que no (muchas respuestas quedan en el tintero). Guantánamo no es el fin, sino un punto y seguido. Siguen las contradicciones. Ginebra dictó que “los prisioneros de guerra deben ser liberados y repatriados una vez hayan cesado las hostilidades”. Y la guerra ha terminado. ¿O no?».
En cierta ocasión los científicos suizos quisieron refinar el queso de gruyère como una de las señas de identidad más características del país y reclamo indiscutible del turismo internacional. (Incluso la imagen mental de un queso es precisamente el de este agujereado centroeuropeo.) Pues bien, con mascarillas y guantes, estos cirujanos de los alimentos, aislaron, escanearon y limpiaron de impurezas todo lo que pudiera estar en contacto con la elaboración de este cilindro curado. Las vacas eran aseadas a conciencia, higienizadas y desparasitadas. El ordeñador tenía su carnet de manipulador de ubres y redondeces afines religiosamente en regla. Los meses (de cinco a doce) de refinamiento de la leche pasaban con el mayor escrúpulo posible... El queso al fin, libre de todo microorganismo que lo mancillara, quedo listo para empezar una nueva era en el mundo de los lácteos.
Llegaron los mejores gourmets del mundo para la cata. Se descorchó el mejor burdeos. Los manteles, de tan blancos, parecían brillar. Un buen quesero, con un cuchillo de doble mango, se inclinó con ambas manos y parte de su cuerpo sobre el proporcional queso, que gravitaba orgulloso sobre una tabla de ciprés. Cuando comenzó a sacar lonchas, todo el mundo, desde las autoridades más representativas de todos los cantones, hasta los miles de espectadores allí presentes, se echaron las manos a la cabeza clamando al cielo. ¡El nuevo queso de gruyère, de tan puro, no tenía agujeros!
La decepción y una lluvia oportuna mandaron a todos cabizbajos a sus casas, pensando que lo mejor del queso eran sus agujeros provocados por los micróbios o las bacterias. Lo mejor del gruyère eran sus imperfecciones.
De igual manera, fueron las bacterias, los microorganismos que enrarecen el mundo, los que acabaron con la invasión de los marcianos en la novela de H.G. Wells. "La guerra de los mundos" de 1898, fue radiada en Nueva York, años más tarde (1938) por otro joven Welles, en este caso Orson, creando el pánico entre sus habitantes.
Hubo un pueblo que también quiso encontrar en él al hombre perfecto, a la raza pura, la raza ária. Y no sólo se conformó con creerse los elegidos, sino que decidió exterminar a todos los que no fueran como ellos, sembrando el horror y el odio en una Europa que se suponía moderna y cuyas secuelas seguimos pagando. Lamentablemente, la raza de descerebrados sigue teniendo adeptos.
Los animales más puros, los perros con pedigree, son los más enfermizos. Bellos, auténticos, pero enfermizos y caducos.
Vivimos en una sociedad de contrastes, de mezclas, de meztizajes, de fusiones y de impurezas. Reivindiquemos nuestro derecho a pecar y a equivocarnos, a revolvernos y a abrirnos un hueco en la Torre de Babel. Porque el único paso para la tolerancia, para la convivencia, es ser permeable, cantar bajo la lluvia, dejarnos empapar y revolcarnos por el barro. Siendo impuros somos más humanos.
Que seáis malos.
Siento que no sería de buen gusto hacer crítica de un concierto homenaje, por muy bien que haya estado, por muy mal que se resuelva. La reunión de amigos flamencos en torno a la figura de Pepe Agudo se venía considerando en sus últimos meses de vida, sin llegar a creer en ningún momento que eran sus últimos meses. Pero su muerte repentina truncó la idea de su presencia en el festival. El miércoles por la noche, al precio simbólico de diez euros, se reunió en el teatro Isabel la Católica un cartel de excepción.
De manera gratuita y con gran emoción todos los artistas fueron desfilando por el escenario dejando un poquito de su arte y algunas palabras emotivas sobre su relación y encuentro con Pepe. Carmen Linares, como cabeza de Cartel, con Paco Cortés a la guitarra, cerró con llave dorada, en forma de tarantas, soleá o alegrías, el emotivo encuentro. Se cerró la noche, como digo, pero se volvió a abrir la esperanza.
Por su parte, acompañado por Ramón del Paso, Diego Clavel, que visitó últimamente un par de veces la peña de La Parra, que gobernaba con sabiduría y rectitud Pepe Agudo, fue el encargado de inaugurar el cante con la caña y unas granaínas. Cancanilla, acusado de un enfriamiento, denunció ante el público su mal estado físico, pero quiso venir desde Madrid para compartir este día de memorias. Y, a pesar de su enfermedad, hizo un par de letras por bulerías acompañándolas de unas pataíllas desenfadadas. Pitingo, el artista de moda, el único que no conoció en persona a Pepe, nos sorprendió con lo que él llama “soulerías”, un flamenco literalmente preñado de sonidos negros y acompañado de Juan Carmona a la sonanta, miembro de los ex Ketama, un valor seguro. De esta guisa versioneó, por ejemplo, el “Yesterday” de Paul McCartney. María José Pérez, la cantaora más joven del grupo, a quien Agudo llamaba cariñosamente “mi niña”, recordó a alguien que la había ayudado mucho en sus comienzos con unos tientos-tangos y unas seguiriyas. Arropándola a su lado, la guitarra de Luis Mariano.
También hubo algunas sorpresas. Además de las presentaciones de Curro Albaycín y de Juan Pinilla, que también tuvieron palabras de consideración hacia el maestro de Huétor Vega, su hija Cristina, en representación de su madre y de sus hermanos, pronunció unas palabras de agradecimiento y leyó un texto de su padre en el que viene a decir que el flamenco es un arma eficaz contra el dolor. Palabras que corroboró Félix Grande, que saltó al escenario para recordar el abrazo y los besos de su “hermano”. La bailaora Mariquilla también tuvo palabras de semblanza y agradecimiento para Pepe.
Otra sorpresa fueron José Manuel Cano y la soprano Carmen Segura que interpretaron una vidalita y el “Anda Jaleo” de Federico, arregladas para guitarra flamenca y voz.
Y, para acabar, el público todo, desde la familia Agudo hasta el último aficionado que reconocía en Pepe un modelo de conocimiento, bondad y respeto hacia el mundo flamenco.
*RETRATO de Pepe Agudo como cantaor (David Zaafra ©)
Quien espera es porque tiene la esperarza de dejar de esperar. Quien, sentado en la sala de espera, por ejemplo, espera (valga la redundancia) a que el médico (o el homeópata o el abogado o la dietista o el ingeniero o la pitonisa) le atienda, con la esperanza (esperemos que a corto plazo) se solucionen sus problemas.
Hay esperas inútiles. Esperar en vano es la desesperanza más grande que existe. La espera desespera. Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde y si se extravía, qué pronto se encuentra.
Fumando espero..., dice una copla hogaño políticamente incorrecta. Aunque se sigue fumando para esperar o leyendo o ambas cosas o hablando por el móvil o pensando en las musarañas o todo junto o quién sabe.
Prefiero esperar a que me esperen, al igual que prefiero en el negocio perder a un cliente que a un amigo (soy lo contrario de agresivo en los negocios) (así me va) (así me viene) (volando vengo). Creo que todas las personas que valoran el tiempo son como yo. Por ende, pienso que hacer esperar es una falta de consideración.
Tan impuntual es quien llega demasiado pronto como quien llega demasiado tarde. Tácitamente existe un margen de diez minutos. Son los diez minutos de cortesía que debes esperar antes de desesperar o de acusar de desconsiderado a la persona citada. Son los diez minutos también que te puedes adelantar en una visita y no sorprender a tus anfitriones con los rulos puestos y el pipí sin hacer.
Quienes padecemos del estómago, del corazón, de ansiedad, de estres (ya estamos con las enfermedades de yuppies), sentimos en nuestras propias carnes la espera (a los demás) y sobre todo la tardanza involuntaria (de uno mismo).
Cuando uno llega tarde una vez y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Cuando uno llega tarde dos veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Cuando uno llega tarde tres veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Pero cuando uno llega tarde más de cién veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del tardón. Se trata simplemente de un "atasco a mano armada".
Otro de mis santos es San Antonio Abad.
San Antonio (251?-350), fue un ermitaño egipcio, el primer monje de la cristiandad. Siendo un acaudalado joven de 20 años quedó impresionado por la enseñanza cristiana encontrada en el Evangelio: "Anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo" (Mt. 19,21).
Repartió su herencia y marchó a vivir como un asceta. Sus célebres ‘tentaciones’ como solitario ermitaño fueron motivo de inspiración de numerosos artistas. Su vida atrajo a muchos seguidores, y dedicó varios años a la instrucción de estos discípulos en la vida monástica en la abadía (de esto su sobrenombre). Sin embargo, no formalizó la regla que gobernaba la comunidad así formada. Ésta fue escrita tras su muerte por San Atanasio, amigo personal y biógrafo.
Abandonó su retiro en varias ocasiones. Hacia el año 311 ayudó a los cristianos de Alejandría perseguidos por el emperador Maximino, y en el 350 se unió a Atanasio en la lucha contra el arrianismo. El tipo de ascetismo de San Antonio, basado en la vida eremita o solitaria, es una de los dos tendencias que rigen la vida monacal; la otra está tipificada por la regla de vida comunal de San Benito. Su celebración se cumple hoy mismo, el 17 de enero.
Hace tiempo escribí, casi automáticamente y sin criterio, Las tentaciones de San Antonio, un puñado de poemas dedicados a este santo. Reproduzco uno de ellos:
O quizá fuera un ángel
que en su halo me enseñó
que el vacío se completa
y que el ocio que abrasa
desaparece y muere
cuando se ocupan los días
en alguna labor
cuerpo y alma se elevan
y la voluntad vuelve.
A veces con una luz basta,
con el chispazo lírico
del buen amanecer,
con la caricia del viento que pasa.
La solución a veces
se encuentra en lo más inmediato,
en lo más próximo.
Necesito ocupar mis manos
dar sentido a las horas.
El destino me cruza
ramas de mimbre y esparto.
De esta manera, mi labor
así comienza
y confecciono esteras
para dar y vender,
para engañar al ocio,
para saborear de nuevo
la paz de lo pequeño.
Flamenco viene del sur
A Isabel Bayón ya la vimos en este mismo ciclo hace un par de años. En 2005 la bailaora sevillana nos expuso la obra “La mujer y el pelele” del escritor francés Pierre Louÿs. Era una obra valiente, muy cercana al teatro. Ahora nos trae “La puerta abierta”, también dirigida por Pepa Gamboa; una apuesta conceptual y sin duda bastante intimista. Tanto es así que parte de la idea se queda para ellos, no traspasa el escenario. Habría preferido no disponer de programa de mano, que en su difuminada introducción explica exactamente lo que no llegamos a ver.
La obra en sí es estéticamente bella, muy aplaudida en la Bienal de Sevilla, donde se estrenó. Bella, reposada y sensual, donde una Isabel Gilda (a lo Rita Hayworth, me refiero) viste y se desviste en el escenario haciéndonos cómplices de las caras que nos quiso mostrar. Isabel es una gran bailaora de cintura para arriba. Su baile reposado repercute en su ausencia de piernas. Un baile cercano a la danza contemporánea que, fiel reflejo de la estela que deja Belén Maya, sembró frialdad en más de una ocasión. Frigidez paliada satisfactoriamente por la presencia de Miguel Poveda, el cantaor más en forma que hay ahora mismo en España.
Un martinete en off de Tía Anica la Piriñaca abre la velada. Isabel Bayón salta a escena dejando “la puerta abierta” y apuntando el dolor de la jerezana, que prosigue con las “Variaciones Goldberg” en una grabación de piano, única referencia argumental de la obra. En la soleá aparece un Poveda impresionante, un Poveda que cautiva y convence (habrá que volver a verlo el 12 de marzo que retornará a “Flamenco viene del sur” en solitario).
En la milonga es donde apreciamos más el paralelismo Gilda, cuando se despoja del guante. Su baile es tan sereno, seductor, delicado que crea ausencia. Jesús Torres, compositor musical de la obra, junto a Paco Arriaga, interpreta unas redondas tarantas a la guitarra, mientras Bayón se coloca la bata de cola para bailar las alegrías, quizá el baile más completo de la noche. Alegrías que encierran una sorpresa, se congelan literalmente a su mitad para desgarrar el aire y el sentimiento con unos martinetes de Agujetas el Viejo, recordándonos que incluso las alegrías contienen un importante margen del dolor y el quejío del pueblo andaluz.
Un pasodoble bonito, aunque fuera de contexto, en el que la bailaora saca al cantaor para apuntar unos pasitos, nos acercan al final, que se cierra como empezó con el martinete en off de Tía Anica la Piriñaca, a quien sustituye El Agujetas, en el que se oye hasta el celofán del disco, que Isabel baila con la suavidad y gracia acostumbradas. El fin de fiestas, la pataíta por bulerías, sorprendentemente, también viene anunciada en el programa.
Foto: Paco Sánchez ©
Nunca me ha interesado el fútbol ni como fenómeno sociológoco. Nunca lo he entendido ni he pretendido acercarme a él. Aunque, me imagino, es como todo. Las aficiones, los intereses, los gustos... Siempre me ha parecido enfermizo. Los millones que mueve, los amores que crea, las fobias y los odios, los infartos, los triunfos, los fracasos, las celebraciones, la adoración, el crecimiento, la muerte...
Creo, he creido desde hace mucho, que es un movimiento conservador, herencia del nacionalcatolicismo. Pero, en honor a la verdad, es igualitario. El fútbol no entiende de banderas que no sean los colores de su equipo; el fútbol no entiende de letras, a no ser el himno que voceán sus hinchas.
Hoy he tomado un café en un bar de toda la vida, como se suele decir. Desde que llegué hasta que me fui no dejaron de hablar de fútbol. Eran todos del mismo equipo y casi no había polémica. Pero se criticaba al tiempo que se alababa el club de sus pasiones. Había besos y patadas para todos, desde el presidente hasta el masajista, pasando desde luego por los jugadores y el entrenador.
Qué alegría no enteder ese deporte de veinticuatro millonarios en pantalón corto disputándose un balón. Qué preocupaciones me evito y qué tranquilidad. Llevo sin tele un mes y no la echo de menos. No me interesa una pantalla grande ni estoy supeditado a la Champions. No me enchufo a cadenas de pago para comprar partidos ni lloro cuando mi equipo pierde. Mi cabeza, en su caso, no guarda datos inútiiles de alineaciones, pichichis, copas, mundiales o reglamentos.
¿El fútbol era eso de meter balones en la portería del equipo contrario?
El día del cruel aniversario de la matanza indiscriminada de los nacidos en Belén y alrededores dictada por el rey Herodes hace 2.006 años tenía que haber salido este artículo, exáctamente el 28 de diciembre, pero por abandono involuntario (léase febril) de este blog, no apareció ni éste ni ninguno. Así que, retrospectivamente, retomo el Día de los Inocentes y recupero algunos pensamientos sueltos.
¿Quién no ha deseado en más de una ocasión recibir un indoloro golpe, no necesariamente físico, y perder la conciencia por un tiempo determinado? ¿Quién no ha deseado entrar en un coma profundo, en un prolongado letargo, que le inhabilite para realizar las funciones cotidianas más vitales, como por ejemplo levantarse una mañana para ir a trabajar? ¿A quién no le gustaría, en definitiva, desconectar con el mundo y llegar hasta el aburrimiento de tanto relajo?
He estado tentado en más de una ocasión, para el día de hoy, de cambiar las migas de pan que le esparzo a las palomas por pequeñas bolitas de chicle de menta, a modo de pesada broma propia del último 28 de diciembre. Pero he recapacitado (la retirada es una victoria).
¿Qué tienen que ver las inocentes aves blancas con la perversidad -políticamente correcta- de la festividad en que nos encontramos? Pues de eso se trata, dirán algunos lectores, de burlarse de quien no se da cuenta, de reírse del vecino inocente. Y tienen razón -por qué negarlo-, en el Día de los Inocentes lo normal es gastarse bromas.
Pero pienso, y conmigo los emisarios alados de la paz, que el Día de los Inocentes sería más bien para llorar, para lamentarse, para pedir perdón, para arrepentirse. Un día de dolor y no de risas, un día de luto y no de fiesta. Porque inocentes somos todos. Todos somos víctimas de los tiempos, del sistema, del poder, del dinero...
Víctima inocente es el hijo, de apenas unos meses, asesinado por sus padres entre los golpes de una pelea doméstica. Inocente es un níveo bebe foca que muere de un certero palo en la cabeza con el primoroso cuidado de no estropear su piel. Inocentes son las miles de personas arrojadas de sus casas, de su tierra, por tener un color de piel diferente, por rezar a otro dios, que seguramente es el mismo con distintos ropajes. Inocentes son los millones de niños explotados en todos los rincones del planeta. Inocentes son los que ven caer las bombas sobre sus cabezas acusados falsamente de terroristas. Inocentes son los que mueren de hambre mientras otros tiran toneladas de comida a la basura. Inocentes son todos en una guerra, porque todos pierden. Inocentes son los perseguidos y sus hostigadores que sólo cumplen órdenes. Inocentes son las víctimas de la violencia disfrazada de enemigo declarado o de cabeza rapada o de marido fiel o de terrorista ilegítimo.
Quizá, muchos de los problemas que atenazan al mundo sean por esa inocencia. O, mejor dicho, por falta de ella. Si todos fuéramos un poquito más inocentes, con menos prejuicios, más trasparentes... el mundo rodaría con más suavidad. Porque la inocencia es un bien indispensable para la paz y la tolerancia.
El otro día comentaba alguien que en cuanto cogía el sueño, no lo despertaba ni una bomba. "Como mucho, confesaba, acercaría las manos para calentármelas". Mi dueña, algunas mañanas, se despierta diciendo: "La noche que ha pasado el niño; se ha despertado dos veces". Yo le respondo: "Sí ha pasado mala noche, pero se ha despertado siete veces".
Quien sabe de mí, conoce mis desvelos. Cuando pequeño, me hartaba de contar corderos saltando unos setos y llenando un prado inmenso, infinito. Y amanecía con el sol, después de haber escuchado todos los ruidos de la noche, los sonidos del silencio.
El dormir poco me ha hecho (relativamente) vivir mucho. Es decir, estar más tiempo despierto. Quizá, parte de mi afición a la lectura venga de mi insomnio. Qué hacer cuando los minutos pasan observando las sombras que se desplazan por el techo.
Sin embargo, cuando morfeo me visita, tengo que dormir, aunque sea un par de horas, aunque sean diez minutos.
Por eso no me cuesta levantarme (en verano menos que cuando el frío amenaza). Pero llega mi hora... Sobre todo después de una noche movidita (que son bastantes cuando se tiene un peque de cero a tres años).
No sé si envidio al que duerme como un lirón (o una marmota*), al que puede conciliar el sueño con la tele puesta o con la luz encendida, a los que se pueden levantar a la hora de comer sin remordimientos, a los que remolonean en la cama varias horas después de despiertos...
Los vuduístas son conscientes de las veinticuatro horas del día. O sea, cuando duermen (dicen) también viven y son responsables de su sueño.
Hay quien duerme a pierna suelta, quien se tira a la bartola (en el buen sentido de la frase) y mueren, literalmente, un poco a diario. Y después despiertan que, según alguien, que no me acuerdo, es el momento más arriesgado del día.
¡Bendito sueño!
* Imagen de una marmota, a punto de dormirse, of course.
Sobre todo en los pueblos. Pero también las encontramos en las ciudades. Esas tiendas pequeñas, generalmente muy pequeñas, que venden de todo. Siempre me han llamado la atención. Puede ser un estanco, una librería, una tienda de ultramarinos o un rincón sin especificidad ninguna. ¿Dóde compramos seda para pescar? Pues en el estanco, que hay de todo. ¿Fotocopias? En la farmacia. ¿Preservativos? En el kiosco. Todo lo que no encajamos en ningún lugar determinado, seguro que se encuentra en la tienda de la esquina, en el chiringuito de Frasquito o en el rincón de Pepe.
Antes de que se pusieran de moda los horribles e imprescindibles "Todo a cién" (antes "Veinte duros"), donde, si tienes buen estómago y amigos incondicionales, puedes decorar tu casa por completo. Antes, repito, de que aparecieran estos insufribles baratillos en cada barrio, ya existía la tienda-bazar, donde todo se encuentra. Son como esos locales de tapeo o de copas donde sólo entra gente, nadie sale. El aforo ya se rellenó a media tarde, pero la gente sigue entrando.
¡Pasen al fondo! ¿Hay sitio? No, pero pasen al fondo.
En el autobús en hora punta y paso de caracol pero sin baba (creo). No hace falta agarrarse. El personal nos sujeta por los cuatro costados.
¡Pasen al fondo! ¿Hay sitio, oiga? No, pero pasen al fondo.
Lo que es alarmante, sin embargo, es encontrar de todo menos lo que anuncian. Es decir, hallar dulces en una panadería que no tiene pan o libros en un estanco donde no hay tabaco.
El domingo, una visita fugaz a Jaén, me llevó a comer en una cafetería. Había bocadillos, raciones y platos combinados. Todo correcto hasta que pedí el café. Se supone que una cafetería tiene sobre todo café, un buen café, y quizá licores, dulces, bollería... Pues el café que me pusieron era una piscina de agua con color, lo que se suele llamar "aguachhirri" o "pucherete". Sí, había café y sabía a café y estaba decente (en honor a la verdad) (porque otros cafés...) (que se lo pregunten a mi estómago), pero no era un buen café. El que se espera en una cafetería.
El periódico en el que trabajo no me deja escribir sobre todo lo que acontece relativo al flamenco. Es más, no todo lo que escribo lo publica. Y si se publica, a veces, aparece sesgado o modificado para ofrece una mejor "coherencia". En especial me tienen vetado el acontecimiento marginal, de poca entidad o el privado. Se inclinan en el diario (acertadamente, se puede pensar) por el espectáculo público, de gran repercusión y de asistencia multitudinaria.
Valoramos más el ruido que por las nueces, el bosque que el árbol, la cantidad que la calidad. Es mejor el gitanerío de miles de seguidores que el 'duende' en la mesa de camilla.
La Peña de la Platería es privada y por tanto vacía de interés para los medios. A no ser alguna programación puntual y extraordinaria. Comprendemos al periódico no dándole cuartelillo a un puñado de cabales. Comprendemos a la peña, con su manga estrecha, ya que son más de 300 socios que suelen venir con amigos, simpatizantes y allegados. A veces, más de 500 personas nos reunimos en el precioso carmen.
Yo, intento verlo todo e intento escribirlo todo, pero cuando asisto a algún lugar maldito o artista non grato (que también los hay), el medio para el que trabajo no se entera ni que me he movido de casa. Prefiero callar a que me callen. Prefiero disfrutar sin bloc de notas y mirada analítica.
Así, esta Navidad ha estado sembrada de "panderetas flamencas" (en Andalucía Occidental se conocen como "Zambombas"), que son noches de fiesta de villancicos, en algunas cuevas del Camino del Monte, en la Casa de los Tiros, en La Chumbera y en La Platería (¡ay, amigo!). A esta última fui y me quedé con las ganas de hacer alguna anotación.
Fue la noche del 23 de diciembre. Todas las mesas estaban repletas. Llegué solo, pero pronto me junté con un puñado de aficionados para celebrar la fiesta. En el escenario la última mohicana, María "La Coneja", su hija Maite Maya, la gran Nati "La Faraona", la todo terreno Sara Heredia, como la presentó Juan Pinilla, y Luis Mariana, inmejorable a la guitarra.
Sonaron villancicos, por supuesto, pero también cante grande y muy flamenco. Sara Heredia estuvo como nunca, se entregó como sólo una artista sabe hacerlo, se rompía en la soleá y en todo lo que vino después (imprescindibles los tangos del Sacromonte). Nati "La Faraona", una artistaza, con su paseillo y sus desplantes, el folklore hecho mujer, mejor que María Jiménez y muchas de las 'divas' de nuestras pantallas.
Los fandangos del Albaicín no han sonado tan auténticos como aquella noche en la garganta y el compás de Maite Maya, que nos remontó a los tiempos de Frasquito o de Paquillo el del Gas. Y, por último, el verdadero lujo, María La Coneja, su gracia y su poderío, última representante de toda una generación legendaria del Camino del Sacromonte.
Una noche inolvidable. Una verdadera fiesta que celebramos con cava y dulces de Navidad a los que fuímos graciosamente invitados por una peña privada pero no clandestina.
FOTO: fachada de la peña La Platería (Nono Guirado)
Alguna vez he hablado de mis santos favoritos, entre los que se encuentran los anacoretas y los martires y, en general, los que ofrecen alguna radicalidad o excentricidad en sus vidas (quizá santidad, con todos mis respetos). De entre todos destaca San Simeón por su exquisita extravagancia y sus fieles seguidores, entre los que se encuentran Luis Buñuel o Juan Perucho.
Hace tiempo escribí un pequeño estudio sobre este santo olvidado, del cual rescato unos párrrafos:
«El viejo Simeón fue un asceta sirio que vivió en la primera mitad del siglo V de nuestra era. Se supone que nació en Sisan (que quizá pueda situarse en la actual Samandagi, en Turquía) cerca del año 390 y murió en el 459. Después de abandonar un monasterio cerca de Antioquía, en el año 423 o 429 (depende de la fuente), donde vivía como cualquier otro monje de la época, aceptó residir en una pequeña plataforma en lo alto de un pilar de piedra (del latín stilus, ‘estaca’, ‘tallo’ o ‘punzón para escribir’) (de ahí estilográfica), que hizo erigir en Antioquia.
Desde aquí comenzó su camino a la perfección y su humilde ascensión al cielo. Pues, después de abandonar esta estructura, que tenía cerca de 1,8 metros de altura, vivió en una serie de pilares cada vez más altos. El último de ellos constituye otro motivo de polémica, y va desde los que opinan que medía exactamente 18,3 metros de alto, hasta los que elevan esta columna hasta los 25 metros, pasando por los de 21 metros de alto y 1,20 metros de sección. De cualquier manera allí practicó la virtud cristiana y la meditación ascética, la oración mística y la predicación alentadora, la penitencia peregrina y el consuelo espiritual durante el resto de su vida, pues no se bajó de ella en los 30 años que precedieron a su defunción.
Un gran número de peregrinos acudió desde diferentes países para oírle predicar. Convirtió a muchos paganos al cristianismo y tuvo multitud de discípulos que alzaron igualmente columnas y se llamaron también estilitas, aunque ninguno supero la altura y parquedad de San Simeón.
Las columnas de estos virtuosos eran consagradas y mantenidas como verdaderos lugares de culto y peregrinación. Hasta siglos recientes hubo santos pilares en Oriente».
Luis Buñuel filmó en 1965 (con saeta y tambores de Semana Santa como banda sonora) Simón del desierto, una película surrealista basada en la vida de este asceta. Película que ganó en ese mismo año el León de Plata en el Festival Internacional de Cine de Venecia.
Juan Perucho, fabulador catalán de la talla de Borges, nos acerca al personaje de la mano de su caballero bizantino Kosmas.
Hoy, 5 de enero, la víspera de Reyes, se celebra el día de San Simeón (aunque el Zaragozano no lo recoge).
Llevo piedras en los bolsillos, no para que no pueda andar, que es lo que le ocurría a Manuel Liñán cuando niño, sino porque mi hijo aquí las guarda. Las coge sin ningún criterio seleccionador, las limpia someramente y me las enseña antes de cargar mi bolsillo con ellas. Si son demasiado grandes intento razonar con él y las dejamos en su sitio para encontrárnolas otro día (aunque la noción tiempo no la tiene muy clara) (él habla de un momento pasado cuando algo sucedió apenas hará un rato y viceversa, relata acontecimientos de hace unas semanas, por ejemplo, refiriéndose a esta mañana o a ayer). Las piedras que llevo actualmente son todas blancas, aunque también ha cogido negras que ruedan por el piso del coche. Siempre las guarda en el bolsillo derecho de mi chaquetón, pues en el izquierdo tengo caramelos.
Quería en la primera entrada del blog en este año hablar de mi niño, y así lo estoy haciendo. El 25, el mismo día de Navidad, como ya he dicho en otro momento, cumplió tres años. Tres años tremendos de gracia, belleza y sabiduría infantil. Tiene tres años, pero ya ha conocido cinco. Nació en 2003 y estamos en 2007. No creo que sea señal de nada. Al menos es curioso.
Le gusta felicitar el año por teléfono. Cuando ve que hablamos con alguien, como nos ha escuchado desear "Feliz Año Nuevo", él insiste en saludar a quién sea con esta frase.
No sé como verá estas fechas. La Navidad le llega cargada de regalos por todas partes. Para mí estos días están cobrando un sentido que hace mucho desapareció. En la medida de lo posible también deseamos inculcarle que hay algo más que fiesta y luces y regalos. Queremos poquito a poco, en su lenguaje, que se dé cuenta que la felicidad está localizada, que la mayoría no tienen fiesta o que sus Navidades son negras y no blancas.
Ya habrá tiempo, sin embargo.
FOTO: Juan Fernández el pasado día de la Hispanidad (Manuel Mateo)
Termina un año. Comienza 2007. Puede que una nueva vida. Borrón y cuenta nueva, dice la tradición. Una cuenta nueva que pretende olvidar los días marrones que han pasado y recordar los días azules. Una nueva vida llena de buenos propósitos que, por desgracia, se van diluyendo durante el año (a algunos, dentro de tres meses, ya no les queda nada).
Yo deseo hacer público alguno de estos sentires para el año que ahora empiezo. Me propongo acabar el año más enriquecido. Deseo ser más grande y auténtico, un poco más padre para mi hijo, un poco más hijo para mis padres, un poco más esposo para mi mujer y un poco más amigo para mis amigos. Me propongo ser un poco más abierto para quien se acerque a mi casa y un poco más tolerante para lo distinto.
Para este año quiero alargar la primavera y sonreir más a menudo. Que cada día sea distinto e intentar, como decía Baudelaire, ser sublime sin interrupción.
Prometo también no mirar tanto para atrás y buscar el lado bueno de las cosas; hacer sitio en mi mesa para cualquier invitado expontáneo y regalar flores sin ninguna excusa. Recuperar a los amigos perdidos y aumentar mi agenda de incondicionales...
Se me ocurren mil proyectos más, pero valga esta vuelapluma para desearos mis mejores deseos para el 2007 y que el destino os ponga en mi camino.
Los habituales a este blog, con media sonrisa, estarán pensando en las vacaciones tan redondas que me he tomado, pues, desde hace una semana, no me asomo a esta ventanita ni siquiera para decir esta boca es mía. Nada más lejos de la realidad. Ya me gustaría haber estado al menos en Lapónia, pasando estas fiestas blancas, aprovechando que el gordo Nicolás y un puñado de renos estaban ausentes. Lo cierto es que un acceso de fiebre intermitente ha invadido mi razón y ha hecho que pasara unas Navidades un tanto oníricas.
Un resfriado mal curado, como todos los que me asaltan, ha sido la causa. El resultado: trenta y ocho y cuarenta de fiebre, dolor de cabeza, tos perruna, paquetes de pañuelos de papel usados (uno cada vez que me sonaba) (un pañuelo, no un paquete)...
La causa muchas veces es el efecto. Es como si la causa de la causa fuera la causa del mal causado. Es decir, no curo bien las enfermedades porque tengo un estómago delicado y cualquier medicamento me destroza por dentro. O sea, que no me curo del todo pero me hago pedazos por dentro. La enfermedad es mala, el remedio también. Menos mal que no soy enfermizo y no suelo flaquear...
Los primeros síntomas alarmantes me llevaron a urgencias (qué pena y qué suerte que no sea como en las películas). Paracetamol por un tubo (es un decir) fue la respuesta de choque. Mi cuerpo (o el Gelocatil) reaccionó mal y comenzó a dolerme el estómago, la cabeza desde la altura de los ojos, los riñones, las piernas... hasta la piel. Lo que me lleva de nuevo a urgencias y es el Nolotil lo que me devuelve al enfriamiento de hace una semana.
Ahora, estoy tan sólo resfriado pero con ganas de recuperar el tiempo perdido. Nunca mejor dicho: "Al séptimo día descansó".
Subió al desván, cumpliendo por fin su más ferviente deseo. Al igual que Eva anhelaba la manzana inalcanzable en el Paraíso, él soñaba con escrudiñar el piso alto, cuyo acceso su padre siempre había vetado. Ahora, muerto ya su progenitor, podría, sin ningún impedimento físico ni prohibición patriarcal, ascender los veinticuatro peldaños de escalera que lo separaban de Eldorado.
Antes de abrir la ansiada puerta, e igualmente emocionado, deseó con idéntica vehemencia que la estancia estuviera llena de cacharros y objetos antiguos de incalculable valor, vestidos de época y libros raros, de hojas amarillentas y cubiertos de polvo, postales de antaño y cartas de países lejanos, reliquias del pasado, secretos inconfesables.
Tras la puerta se desveló efectivamente lo esperado, y aun más. Su imaginación había quedado asaz estrecha. Era increíble. Tan sólo faltaba una lámpara con genio en su interior, como las de cuento.
Nada más pensarlo, la lámpara apareció ante sus ojos. Era un panzudo candil de cobre, con boca para la llama y asa para aprehenderlo. Tenía tapa dorada y algunas telarañas lo hilaban a una pared casi blanca.
Corrió en su busca y la aferró con una mano, mientras la frotaba con la manga del brazo opuesto. De su oquedad, por la boquilla, no tardó en salir un genio traslúcido y gaseoso, ataviado como personaje de Las mil y una noches. Quien se apresuró a informar a su nuevo dueño que los tres deseos que pretendía formular ya se habían cumplido. A saber: entrar al desván, que estuviera repleto de apasionantes tesoros y encontrar entre estos una lámpara maravillosa con genio en su vientre. “Así que déjame descansar otros quinientos años”, concluyó la aparición, antes de regresar aspirado dentro de su cobrizo habitáculo.
* ILUSTRACIÓN: Joan Miró, La lampara de aceite, 1924. Dibujo
Concierto de Navidad
Las Navidades son unas fiestas que se expanden. Se sabe bien cuando terminan, pero no cuando empiezan realmente. Para algunos comienzan con el Sorteo de Navidad o con el primer polvorón, para otros cuando toman las vacaciones; para mí empezaron el martes con el Concierto Navideño para guitarra y voz que nos brindaron dos artistas granadinos interpretando a otros ilustres granadinos. Además, fue en beneficio de Cruz Roja, organizado por la Asociación de la Prensa y patrocinado por el Área de Cultura de la Diputación de Granada y el Centro de Documentación Musical de Andalucía. Los actuantes fueron, un delicado y preciso José Manuel Cano a la guitarra y Carmen García Segura, una dulce e imponente soprano. El toque fue flamenco cien por cien. La voz lírica. La comunión perfecta. Y es que en el Isabel la Católica no sólo se unieron dos conceptos o prolongaciones artísticas, sino también dos voluntades para un mismo fin y dos espíritus para rozar la magia.
La primera parte la ocupó por entero el virtuosismo de la sonanta de José Manuel con temas propios bajo las sombras del flamenco. De esta forma, bajo sus manos de fuego y espuma, sonaron unas tarantas y unas alegrías, un zapateado y una soleá. Cano fue grande y reconocido en la granadina y sobre todo en una serrana en tono de rondeñas de autoría de su padre, el maestro Manuel Cano.
José Manuel Cano es un artista profundo y sensitivo, que posee una gran técnica ejecutiva y un gran conocimiento. Los finales de sus temas son abiertos, como acabados sin querer, nada del ímpetu final de los guitarristas de ahora. Como es lógico, sigue los pasos de su predecesor, aunque no suena tan limpio y creativo como éste.
La segunda parte fue sorprendente. Es la que en realidad da sentido y consistencia al concierto. La voz amplia y abierta de la joven soprano se sumergió en el sentir de Federico García Lorca, de Manuel de Falla y de Ángel Barrios, se hizo piña con la guitarra, para cantar sus canciones bajo esquemas flamencos. El “Zorongo” sonó zorongo y la “Petenera” sonó petenera. La “Nana” y el “Café de Chinitas” fueron estremecedores, aunque se echara de menos el quejío flamenco, aunque se recordara el trabajo de Carmen Linares. La misma “Vidalita” que canta Mayte Martín en su disco “Querencia” brilló con un tinte especial. “El Paño Moruno” de Falla sonó por bulerías y “Los cuatro muleros” de Lorca con un agradable aire de guajiras acelerado. También se entonó la canción del “Fuego Fatuo” del “Amor Brujo” y la “Canción del Jinete”, un romance de Federico. La guinda final fue “Anda Jaleo” por bulerías que, según los autores, es el tema que más le había costado del disco. De inmejorable resultado.
Tras algunos minutos de aplausos, después de terminado el concierto, los artistas volvieron a salir para regalarnos “Recuerda” una bella canción de amor de Ángel Barrios.
FOTO: Nono Guirado
Atención a esta receta:
"Se hace con azúcar de sémola y almendras que se amasan mezclándolas con las especias que se elijan. Preparas una pasta de harina de flor como para rosquillas y haces con ellas figuras como con las pastas de nuez y de almendras, piñones y otras, grandes y pequeñas que llenas con este relleno. A continuación haces cocer, en un caldero ya dispuesto, aceite en abundancia, y prestas atención, removiendo las piezas con la cuchara para que se doren progresivamente. Las dispones en platos barnizados y haces colar miel sin espuma en la que has echado agua de rosa de buena calidad, con especias, y que la miel haya cocido con el agua de rosas".
Pertenece al libro Fadalat al-Jiwan fi Tayyibat ('Relieves de la mesa, sobre manjares y guisos') de Ibn Razin al-Tuyibi, escrito en el siglo XIII. O sea, que en Granada, desde hace casi un milenio, no sólo existía el mazapán, sino el mazapán de figuritas. También se comía en la ciudad de la Alhambra turrón duro y blando, hojaldrados o cuernos de gacela, productos tan imprescindibles en estas fechas que sin ellos la Navidad no sería lo que es.
Son dulces musulmanes, por supuesto, como tantas cosas que usamos habitualmente, en la cocina, en la arquitectura, en la medicina... y hasta en el lenguaje. Somos parte árabe casi tanto o más como castellana (como somos también parte judía). No sé por qué somos intolerantes, xenófobos, racistas. Dejemos de tirar piedras sobre nuestro propio tejado (Hitler tenía ascendencia judía).
A río revuelto, ganancia de pescadores. O, dicho de otra forma, siempre hay alguien que saca provecho de las calamidades de los demás. (Los palos al burro caido.)
En la escuela, y en otros ámbitos, nos han hablado de los orígenes de la humanidad. Y siempre hemos dado en concederle un pasado honroso al hombre mostrándolo como cazador y recolector, antes de ser productor y ganadero en la revolución agropecuaria que supuso el Neolítico. Como cosechador de bayas, frutos y raíces, no hay ninguna duda. Tampoco se jugaba nada en el intento. Pero sobre su segunda actividad, sí habría algo que especificar. Más que cazador, el hombre primitivo era un carroñero, que se esforzaba más por estar al acecho y espantar a los verdaderos cazadores después de atrapar su presa que de cazar él mismo.
Esta ancestral costumbre es la que ha permanecido en lo más profundo de nuestro cerebelo o de nuestras entrañas. Llevamos la misma estructura genética que las hienas y los buitres. Somos carroñeros más que animales de presa, parásitos, sanguijuelas.
Sólo me basta para sostener esta afirmación algunos sucesos que ocurren a menudo en las costas de todo el mundo, que nos impulsan a repudiar la condición de ser humano. Por ejemplo, me estremece el naufragio de petroleros y el vertido incontrolado de crudo, esterilizando toda probabilidad de supervivencia durante muchos años. Me alarma aún más que el petrolero Erika o el Prestige se hayan partido tan cerca de nuestras costas (que exploten en cualquier lugar del mundo duele como la extracción de todos los dientes superiores de la boca, pero oler -como quien dice- el chapapote en la puerta de nuestra casa, revuelve las tripas casi tanto como las guerras fratricidas). (Los restos del Prestige aún siguen soltando fuel.)
Pero lo que en verdad me hace vomitar es que algunos otros barcos carroñeros aprovechen esta debacle para limpiar sus bajos. Uno de estos petroleros inhumanos, cogido in fraganti en pleno día limpiando sus grasientos despojos, era de nacionalidad española.
Otra de mis repulsas viene de la mano de los desastres naturales. No sólo por la tardanza en reaccionar del resto del mundo, que es verdaderamente grave. Sino porque la primera ayuda viene del cielo, los primeros botes salvavidas son los helicópteros, y, aprovechando esta circunstancia, algunas compañías privadas alquilan sus aparatos entre 330.000 y 580.000 pesetas, al cambio, la hora de vuelo. ¡Es, como poco, asqueroso!
Ante estos ejemplos, sobran las palabras. El hombre ya no es sólo un lobo para el hombre, sino que es un caníbal hambriento para sus vecinos.