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Paté de faisán

Paté de faisán

 Andaba yo asociado al Grupo Al Andalus, cuando su ambición era tan grande como su voluntad, trabajando en su empresa de diseño (Trazo), junto a Nono Guirado, cuando me ofrecieron prologar un libro de recetas de cocina que aportaría el jefe de cocina de La Colina de Almanzora, el restaurante de tradición andalusí que gestionaba dicha agrupación empresarial.

Mi trabajo y mi afán fue creciendo hasta hacer de estos preliminares un estudio en toda regla y extensión, que, trocando la propuesta primigenia, se ilustraría con las recetas exclusivas de este cocinero. Así nació el pequeño libro Herencia de la cocina andalusí, publicado en el año 2000 por la desaparecida Fundación Al Andalus, respaldada igualmente por dicho holding.

Al tiempo, quise colaborar de nuevo con la exquisitez de La Colina, cuando su caída y desaparición se empezaban a vislumbrar (finalmente, sus deudas y mala gestión precipitaron su ocaso). Aporté varias ideas, sobre todo de estilo y ambientación, que redundaban en su elegancia y detalle.

Una de estas sugerencias fueron unas tarjetas que acompañarían los platos más señalados con una pequeña historia, apócrifa, desde luego, sobre dicho guiso o pitanza.

Fui escribiendo los pequeños cuentos, pero cuando los presenté ya era tarde, el restaurante había desaparecido. Hace poco rescaté los apócrifos, no obstante, para presentarlas a un concurso de cocina, bajo el rebuscado título de Anecdotario apócrifo de recetas andalusíes, cuyo premio consistía en una comida para veinte (mi padre opinaba si no sería mejor veinte comidas para uno). Como acostumbro: llegué, vi y no vencí. Es decir, me quedé a dos velas y sin el fiestorro que pensaba pegarme con un puñado de amigos.

Me apetece, sin embargo, poco a poco, compartir algunas de estas "anécdotas" con mis pacientes lectores, bajo la nueva temática (más pretenciosa de lo que supone) de Apócrifos. Así, doy comienzo al

Paté de faisán

Entre las aves de corral, quizá la más apreciada en toda la Península, estaba el faisán.

Aunque no está documentado que los habitantes de al Andalus cebaran con grano e higos a ocas, gansos y faisanes para saborear el delicioso paté de hígado atrofiado, se sabe que esta práctica venía haciendo las delicias desde el antiguo Egipto, Grecia o Roma.

Cuentan algunos historiadores a la sazón que el viajero valenciano Ibn Chovair (S. XIII), portaba, entre sus imprescindibles enseres, un corralón de faisanes como dádiva alimenticia, siempre fresca, de heraldo bien nacido.

Otra vez el siete

Otra vez el siete

El siete, número espiritual y mágico, afecta tanto al cielo como al infierno. A las tinieblas y a lo divino. Aunque, me temo, como todo, que sobre todo atañe a lo humano. Recordemos que Jethro Tull en Aqualung (1971) cantaban que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, basada en la polémica frase de Fauerbach que aparece en la cubierta del disco: En el comienzo, el hombre creó a Dios, y le dio poder sobre todas las cosas.

Ya sabemos que los egipcios dividían el cielo en siete partes y que Allah, según la doctrina musulmana, no está en ninguno de ellos, sino sobre los siete. Cuando estamos en la gloria, en un momento de sumo placer, solemos decir que estamos en el séptimo cielo.

Ayer oigo en una película, casi de refilón: Siete piedras necesitas para detener al diablo. Busco alguna información al respecto. No encuentro nada definido. Quizá, en alquimia, para defenderse de las tentaciones del demonio se necesitan, entre otras cosas, un puñado de piedras de azufre o que al diablo se le vence con piedras, a semejanza de David contra Goliat. Nada concreto.

Para terminar, apunto otra verdad espeluznante, que entresaco del Doktor Faustus de Thomas Mann y que tiene más que ver con la imaginación retorcida de los hombres que a las supuestas malas artes del maligno.

Una mujer que ha tenido trato íntimo con un íncubo durante siete años, incluso junto a su marido, mientras éste duerme, y de preferencia en los días santos, está ligada al demonio por la promesa de pertenecerle en cuerpo y alma. En otros tiempos sería detenida, procesada y quemada en la hoguera.


Ogíjares, donde le corresponde

Ogíjares, donde le corresponde

 XXIX Festival Flamenco de Los Ogíjares

Definitivamente, el Festival Flamenco de Los Ogíjares recupera el lugar que le corresponde y, con un cartel antológico, vuelve a ser posiblemente la cita más importante en la provincia y, sin mucho equivocarnos, en un referente indiscutible en el resto de Andalucía. Zapatero a tus zapatos. No hay como dejar a la gente que entiende, en este caso la Peña Yerbabuena, que organice este tipo de encuentros. Respaldados incondicionalmente, como debe ser, por el Ayuntamiento de la localidad y por ende por la Diputación de Granada. El lugar, el Ferial de San Sebastián, es un recinto bien ordenado, con capacidad suficiente, con el ambigú bastante alejado las localidades, para que su inevitable murmullo no interfiera en el cante, con un escenario amplio (¿demasiado?) y decorado para la ocasión, que todos los años se llena con aficionados de todos los puntos.

Es el primer año, después de muchos, que la totalidad casi de las dos mil personas que nos reunimos allí aguantamos hasta el final (las cuatro y media de la madrugada), a pesar del frío sorpresivo que acosaba. Tal es la categoría del cartel. No sólo los cantaores ocupan las primeras filas del panorama flamenco actual, sino también los tocaores y la bailaora.

Juan Pinilla rompe la noche, arropado por el guitarrista local Jorge Gómez, con una serie de abandolaos, tradicional en su entrega. Continúa con la caña, la granaína y media, en la que se acuerda de Federico, unos fandangos festivaleros y acaba por levante, con un fandango minero y una levantica. El nivel comienza en donde acaba en otros festivales. La noche promete y nadie defrauda. Al cantaor de Huétor Tájar, lo sustituye Juan Antonio Camino, ganador este año del Concurso de Cante de Los Ogíjares. Posee este cantaor una voz potente y llena de facultades. Su primer decir llega en forma de malagueñas, que remata con fandangos de Granada. Después pasa a la soleá, a las alegrías, donde se echa en falta un poquito de compás, borda la granaína y media y termina con fandangos a boca de escenario, sin micro.

Calixto Sánchez, con su inseparable Manolo Franco, el guitarrista más aplaudido, principia su recital académico, poético, entrañable, con un par de malagueñas. “El romance de la pena negra”, de García Lorca, lo canta por soleares y la “Diligencia de Carmona”, del poeta sevillano Fernando Villalón, también del 27, por tientos-tangos. Su clara dicción y su fraseo suave embellecen estos textos. Las alegrías se convierten en el cante señero de la velada. Calixto acaba por las graciosas bulerías “La Manolita” incluidas en su último cedé “Andando el camino”.

Sin intermedios avanza un festival con la colorida bisagra del baile de La Moneta, que propone, en primer lugar, una soleá por bulerías y termina con unas magistrales seguiriyas. Aunque las tablas sonaran a bombo, aunque el espacio desangela, La Moneta rellena el escenario, impone sus pisadas sin complejos; destaca su figura y su fraseo sin igual; reúne fuerza y finura en cada paso, orden y frescura, delicadeza y valentía. Su cuadro le va a la zaga. De excepción son los cantaores Miguel Lavi y el Galli y los tocaores Miguel Iglesias y David Carmona.

Sin igual, perfecta, sin fisuras (acaso algún acople del sonido, pitidos imperdonables), Carmen Linares hace su aparición por alegrías, con la sonanta de Paco Cortés. Carmen suena limpia, tremendamente familiar. Sus letras son tarareadas por lo bajini por todos los asistentes. Los tangos son una delicia y su taranta y cartagenera estremecedoras. Termina por bulerías, pero, ante la insistencia del público, añade unos tangos de Granada como propina.

Vicente Soto “Sordera” trae el sabor jerezano de su familia. Se templa por soleá. Propone unos tangos con aires de Cádiz, para acabar siendo grande con las seguiriyas de Tío José de Paula y, sobre todo, con las generosas bulerías de su tierra con que se despidió. Culmina la prolongada fiesta el cordobés Julián Estrada acompañado de su exacto paisano Silverio a la guitarra. Su potencia y sus formas tan especiales son del agrado del público en las malagueñas, las alegrías, los fandangos, los tangos y especialmente en “La Salvaora” caracolera.

 * Juan Pinilla, en la foto.

Al alcance de todos los bolsillos

Al alcance de todos los bolsillos

Festival Flamenco del Zaidín

Con más problemas de sonido de los habituales se presenta el Festival Flamenco del Zaidín. Como es habitual en este barrio, la gratuidad de este evento, lo eleva varios enteros. Es la forma de popularizar la cultura. Es la manera de acercar el flamenco a todos los estratos. Sin embargo, las pretensiones de un festival, eminentemente granadino, son más grandes que los resultados.

De maestra de ceremonias actúa, Mariquilla que tiene mucho que ver con la dinámica del encuentro. Abren el festival los jóvenes Curro Vega, que canta abandolaos y peteneras, y Antonio Fernández, que comienza por seguiriyas, continúa por unos conseguidos fandangos y se va por fiesta.

Seguidamente, suben al escenario Antonio Gómez "El Colorao y Sergio Gómez "El Coloraito", padre e hijo, que dan una pincelada de su interesante montaje flamenco “Dos generaciones al cante”. Ole por el martinete a dos voces con el que introducen su presencia. Sergio hará unas milongas muy aplaudidas y unas sabrosas bulerías con remate camaroniano. Antonio, por su parte, abre con marianas, para demostrar después su largura y eficacia en la soleá y en la seguiriya.

María la Coneja impone su presencia en el escenario con el toque de castañuelas por bulerías que ha triunfado en todo el mundo. Le acompañan, Luis Mariano, Premio Nacional de Guitarra, Cañizares a la percusión, Alfredo Tejada al cante y las hermanas Heredia a las palmas y jaleos. Reivindicando su escuela sacromontana, La Coneja aborda los tangos de la penca. Acaba esta gitana, con gracia y poderío, haciendo unos tanguillos recitados llenos de sal y pimienta.

El baile por alegrías de Agustín Barajas pudo ser lo mejor de la noche si los micros no se hubieran acoplado, si los pies se hubieran escuchado y si Juan Pinilla no hubiera impuesto su magisterio en la clausura.

El cantaor de Huétor Tájar tiene algo de pedagogo, algo de showman y mucho de cantaor. Siempre es agradable su presencia y su animosidad. Una caña, que introduce por Chavela Vargas y culmina por bulerías, comienza su propuesta, que continúa por granaína y media bien moduladas. Hace un recorrido con fandangos abandolaos de Andalucía oriental. Y se despide con un cuplé bulerías mezclando un poema de José Hierro con letras de boleros. Fue el único que puso al público en pie.

*María La Coneja, en la foto.

El banquete

El banquete

Los griegos, como deja de manifiesto Platón, llamaban banquete a lo que nosotros entendemos por sobremesa. A veces la comida era un trámite, una excusa para el momento final, después de los postres. Es esa coletilla más o menos extensa que daba categoría real al almuerzo. Aquí se habla, se discute, se expone, se cambia y se intercambia, se canta, se ríe, se besa, se observa...

En el banquete platoniano, el tema es el Amor (argumento eterno). Son interesantes las aportaciones de un siempre acertado Sócrates; pero, sobre todo, las de Aristófanes, que distingue tres tipos de sexos; incluso las de Alcibíades, que se incorpora a la conversación bastante ebrio.

Los romanos, pensando seguramente en esta sobremesa más que en el "¿Quién quiere más sopa?" o "Me pasas la mantequilla", decían que la mesa ideal la componía un mínimo de tres comensales como las Gracias y no más de nueve como las Musas.

La mesa, para el Imperio normalmente era algo más que el simple consumo de viandas y la feliz consecución de un estómago satisfecho. El banquete o el simposio, tanto para el griego como para el romano, como para los árabes, era una excusa para el diálogo, para la discusión y la fraternidad.

Ya lo dejó dicho Plutarco en esta sentencia: La mesa no es para comer, sino para comer juntos.

He aquí la explicación a la "necesidad" de salir de copas o quedar para comer o la hora del café, con lo barato que sería quedarse en casa, y ¡con la crisis que está cayendo!

También la Dama de Hierro

También la Dama de Hierro

Tengo una camiseta con una berenjena dibujada en su pecho, de colores fuertes, planos, algo naif, que hace juego con la toalla que utilizo para la playa, para la piscina, que me regalo mi madre, tan exclusiva, tan elegante ella, hace ya bastante tiempo. Pero no creo que se acuerde. En realidad, no se acuerda de nada. Se ha olvidado del mundo. Y, lo peor, el mundo se ha olvidado de ella.

Estuve viéndola el otro día. Se apaga. Nunca ocupó mucho, pero ahora se cierra como las flores diurnas. "Parece un ángel", dice Juan. Sí, aún parece angelical.

Repiten que el alzheimer ataca a mentes dormidas, a memorias en desuso, a cerebros inactivos. Pero Adolfo Suárez, Pasqual Maragall, Margaret Thatcher...

Es una forma de no-vida, o sea, de no-muerte. Es una manera de estar sin ocupar sitio, sin discutir con el destino, sin esperar nada a cambio. Es el descanso del guerrero, la bondad del vacío, la pureza del blanco.

Dicen que en Estados Unidos se están probando medicamentos con buenos resultados. Medicando a un enfermo de artrosis, controlaron sin querer la demencia. Los grandes descubrimientos se producen sin querer. Ahora están experimentando.

Cuando llegué aquí será tarde. Pero nunca es tarde para las buenas noticias. Nunca es tarde para las esperanzas.

Yo, como Miguel Hernández, digo: que tenemos que hablar de muchas cosas. Mientras tanto, una camiseta con una gran berenjena en su pecho me recordará a quien debo parecerme.

Exceso de madurez

Exceso de madurez

Qué sería del mundo si la última palabra fuera: madurez

(Doktor Faustus, Thomas Mann)

Cuando Torrente Ballester escribió su Don Juan, confiesa en su prologo, lo hizo por un "empacho de realismo". Así, le da una visión gallega, es decir, fantasiosa, al mito del sempiterno seductor y de su inseparable Leporello, que Gonzalo no duda, según la imagen de su tierra en convertirlo en un ser poseído felizmente por un diablo.

De igual manera yo denuncio la excesiva madurez de la gente a mi alrededor, la continua circunspección, el rostro alargado y la mueca de palo. Denuncio a quien levanta por encima de todo una cruz, una bandera, un ideal.

Nunca me ha conmovido el redoble de tambor ni el paso de la oca ni el canto triunfal.

Siempre he perseguido la sonrisa y he apagado el llanto. He preferido el desequilibrio a la seguridad, el desorden al cosmos, el bostezo a la razón.

La vida son cuatro días y si tres estamos de luto y uno en vísperas ya me diréis. Perdonemos por encima de todo, arrojemos flores a las bombas (como en la Revolución de los Claveles portuguesa), besemos la mirada aviesa, propongamos juegos al destino que viene gris, saltemos cuando todos caminan seriamente...

Cuando el mundo vaya en serio con nosotros, nosotros podremos ir en serio por el mundo. Si nos vamos a morir de todos modos (parece una paradoja, pero la muerte es lo único cierto en la vida), por qué nos empeñamos en matarnos.

Cuando el cambio de siglo era inminente, quise elaborar un cartel de propuestas para este milenio. Nunca lo confeccioné ni nunca, como es natural, vio la luz. Pero una de sus propuestas era la de subirse a la mesa de un café y desnudos de cuerpo y alma gritar a los cuatro vientos que queremos a todo el mundo. "Os quiero a todos", "Te quiero a ti y a ti y a ti". Así hasta llegar a todos los parroquianos.

(No es exactamente lo que quería decir, pero así lo he contado y así lo doy por válido, quien quiera que se una a mi huelga de comicidad.)

Acaba el verano en el Sacromonte

Acaba el verano en el Sacromonte

 La crisis, se mire por donde se mire, también afecta a las esquinas del flamenco.

El miércoles pasado terminó la temporada en el Museo Cuevas del Sacromonte con la actuación memorable de El Niño de Elche. Han sido diecinueve noches intensas de recitales de cante, guitarra y baile, de las más grandes ofertas en duración de toda Granada. Desde primeros de julio hasta principios de septiembre ha pasado por el escenario de este rincón de Valparaíso lo más granado del flamenco joven local. Y no tan joven, recordemos la presencia de Angustillas “La Mona” o de Jaime Heredia. Y no tan local, pues pudimos ver al Niño de Elche, ya mencionado, o una agrupación notable de jóvenes motrileños. También ha habido sorpresas, como cuando bailó Eva Esquivel sustituyendo a “La Repompa” o los encuentros de Juan Pinilla con “El Parrón” o la levantica que le cantó a Jara Heredia.

Casi todo el grueso de los actuantes, sin embargo, han sido sacromontanos, o albaicineros, que en este caso es casi igual. Destaquemos las guitarras supremas de Luis Mariano, Miguel Ochando, Emilio Maya o Rafalín Habichuela; aplaudamos el baile individual y determinante de las hermanas Heredia, de Ana Calí, de Raimundo Benítez, y, sobre todo, de Luis de Luis, a solas o con su pareja Esther Marín; distingamos los cantes de Sergio Gómez, de Álvaro Rodríguez, de Pepe Luis Carmona, de Aroa Palomo y de tantos otros; hagámosle un guiño final a las percusiones de “El Cheyenne” o de “El Moreno”. En definitiva, un nutrido grupo de artistas que nos han hecho sobrellevar con alegría las noches estivales. Los conciertos (al aire libre, por supuesto) han tenido lugar los miércoles, avalados por la Diputación de Granada, y los viernes, organizados por ellos mismos, con no pocos esfuerzos.

Aparte del lugar privilegiado enfrente de la Alhambra, este Centro, que funciona todo el año como museo, cuenta con un ambientado ambigú que complementa nuestra estancia.

Con respecto a pasados años, han aumentado las noches de flamenco (los días alternos se proyecta cine también a la intemperie), ha mejorado el escenario natural y, por encima de todo, se ha cuidado el sonido, aunque no siempre estabo ajustado. Fallan todavía el juego de luces o los monitores, por ejemplo. Son asignaturas pendientes que seguramente se aprobarán en el curso próximo.

* Juan Pinilla le canta una levantica a Jara Heredia (© Nono Guirado).

Chico

Chico

Ahora le ha dado a mi hijo por llamarme chico. Lo habrá visto en algunos dibujos o algo así. La cuestión es que me llama chico, y no hace falta notario para demostrar que yo soy mayor que él, como mi abuelo me superaba en años.

Normalmente me llama papá, como todo hijo de vecino, pero también papi, como su prima llama a su tío, o sea, su padre, o papito, según las películas sudamericanas; también me llama Jorge, como ve que me llaman los demás; y me llama padre, como llamo yo a su abuelo, es decir, a mi padre, o incluso señor padre.

Cuando me llama padre, yo lo llamo vástago (como suena); pero cuando me llama chico no lo voy a llamar Harpo.

No me parece mal que me llame como quiera (con tal de que me llame) (tengo un niño faldero). Pero chico me descoloca, me confunde como la noche.

Hola tú

Hola tú

Mi padre suele saludar diciendo "¡Hola tú!". No sabemos si es guasa, resultado de la amnesia o ganas de ningunearnos. Pero es una buena solución contra esa mala costumbre que me aqueja de no quedarme con ningún nombre de la gente que me presentan.

Tardo en aprenderlo y soy veloz en olvidarlo. La cnemotecnia hace mucho. Asociar un rostro, unos caracteres, a un nominal, por descontado ayuda.

¿Pero si a Almudena no le pega llamarse Almudena (según Paca a nadie le pega llamarse Almudena), a Rubén le pegaría llamarse Manolo, Macareno se llama en realidad Ignacio y Anselmo no sé cómo se llama?

Cabrera Infante me consolaba en este diálogo de Tres tristes tigres:

—¿Cómo me dijo que se llamaba? No oí su nombre.
—Eso pasa siempre.
—Sí, las presentaciones son como los pésames, murmullos sociales.

Así a Paco lo saludé el otro día diciéndole "adiós Alfredo" y a Juan Manuel (o José Manuel) llevo años llamándole Antonio (ya no lo llamo, me acerco y le sonrío estrechándole la diestra).

A este respecto, también es impagable este fragmento de La Orestiada de Esquilo, del cual se hace eco Álvaro Cunqueiro en uno de sus libros:

—Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.
—A Orestes sólo se parece Orestes.
—Luego, ha llegado Orestes.

Intento controlarlo. El tiempo y el contacto son mis mejores recursos. Mientras tanto que nadie me guarde rencor si lo llamo con otro nombre, no lo llamo o le digo: "¡Adiós tú!".

* Sarcófago de mármol con figuras en relieve que representan escenas de La Orestíada. Escultura romana de mediados del siglo II d.C.

La duración de los besos

La duración de los besos

Por orden alfabético: Ana, Beatriz, Belén, Blanca, Carmen, Charo, Cristina, Elena, Eva, Fuensanta, Gloria, Inma, Isabel, Lola, Marías (varias, sola o compuesta), otra que no me acuerdo, Patricia, Pilar, Susana. A todas les pedí un último beso, el último casto beso (que dios me liebre) para que me dure.

El beso es instantáneo, como el descafeinado, que suele durar la extensión de un sueño. Depende, siempre depende. Depende de la intensidad, no tanta de quien lo da, sino de quien lo recibe.

A veces es un beso sin pensar, un beso de compromiso, de amistad o de saludo. A veces van al aire (escribí un cuento con ese argumento: "El coleccionista de besos perdidos"). Quien lo recibe, en cambio, se quema o, por el contrario, como decía Neruda, palia el fuego del amor (¿No es verdad que el amor quema y se para / no es verdad que se apaga con un beso?).

El imprescindible poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán, en su libro "El Loco" escribió un precioso texto llamado "Sobre las gradas del templo": Ayer tarde, en la escalinata de mármol del templo vi a una mujer sentada entre dos hombres. Una de sus mejillas estaba pálida, y la otra, sonrojada.

A veces quien besa es pura pasión y quien es besado lo ve con indiferencia. El beso así dura en el recuerdo, en la mejilla, en los labios, el tiempo que su imagen permanece.

Cuando hay comunión, cuando el deseo es del agente y del paciente. O, mejor aún, los dos son agentes, besar en tus mismos besos o como cantaba Silvio: "Tu boca pequeña dentro de mi beso", puede rozar la perfección.

Pero la duración física de un beso no implica su duración emocional. Ni la cantidad de besos tienen por qué dejar constancia en el recuerdo.

¡Cómo memorizamos el primer beso!  También el último o el que nos costó caro o el robado o el inesperado.

Con Jesús, en Liberia, quisimos hacer un poema expontáneo, con una chica que allí había. Era el tiempo de las Colaboraciones (preguntadle a Alfonso). Así, sin querrer, como si fuera una entrevista extraña, ella nos aportaba algún verso:

    ¡Ay los besos!
    ¿Qué decir?
    Preámbulo
    de un todo.
    Pero qué falso todo,
    todo negro,
    indescriptible.
    Aunque dónde...
    en el vientre.
    Desgarro la luz
    de los domingos,
    vértebras y más vértebras,
    como la jaqueca
    del día que no apetece
    o el vómito que
    amarga cuellos
    y te besa.
    Los besos, ay,
    los imprescindibles besos.

* Eros y Psique (© Cánovas), un  beso eterno.

Los almendros del abuelo Juan

Los almendros del abuelo Juan

El abuelo Juan había muerto hacía dos años, pero un día sí y otro no, cuando subía por las tardes la cuesta hasta los almendrales, cojeaba en silencio a mi lado.

Era un terreno casi baldío que, a mediados del pasado siglo, el abuelo compró por cuatro gordas y hoy se ha revalorizado con cifras indecentes, pues el monte se encuentra en la dirección justa donde el pueblo ha decidido crecer y aparecen por birlibirloque nuevas urbanizaciones de esas con cocheras individuales y antenas colectivas, pero el abuelo dice que no, o sea, nosotros, la familia, ahora decimos que no, que no se puede vender un terruño que encierra la memoria y los caprichos de mi abuela María, y también el empeño y el amor del abuelo Juan, que siempre me acompaña cuando emprendo la vereda.

Nuestra abuela María no era nuestra abuela María. El abuelo se casó con la abuela, que se llamaba Consuelo, pero el amor de toda su vida fue María, un amor tan callado como imposible. Amigos desde la niñez, Juan y María compartieron todo menos el matrimonio. El abuelo no quiso comprometer su amistad y nunca le declaró su amor incondicional. Los tiempos de estúpida represión y recato le impidieron a ella forzar el destino y deslizar sus ganas entre los labios de mi abuelo.

Al tiempo, sin remedio, ella se casó con el farmacéutico del pueblo, un inmejorable partido, que le proporcionó estabilidad. Aunque nada más que seguridad. No le pudo dar un solo hijo, que culminara sus sueños, ni la pudo hacer realmente feliz. Sus problemas de esterilidad hicieron del boticario un hombre sombrío y de trato difícil. Se pasaba largas horas en la apoteca después del trabajo por no enfrentarse a un encuentro, que él creía comprometido, con una mujer comprensiva, que él confundía por compasiva, lo que hería su orgullo de primogénito de familia numerosa.

Juan se alegró por ella, es decir, por su boda y por las perspectivas tan halagüeñas que se le abrían, de descansado porvenir. De hecho vivirían en la casa más costeada de las que rodean la iglesia. Juan, con el tiempo, también se casó con la abuela Consuelo, como ya dije, a la que dio muchos hijos y estos muchos nietos, entre los cuales me encuentro.

Con el tiempo, imposible de evitar, el destino es así, Juan y María, los inseparables amigos de la niñez, se hicieron amantes. El farmacéutico los descubrió una anochecida durmiendo juntos en el granero. No dijo nada. Era prudente. Se dio la vuelta y se encerró entre sus pócimas y elixires. Ella lo llamó inútilmente. Se disculpó, se lamentó, quiso explicarle...

Lo de la operación en la pierna y su consecuente cojera no fue porque él le golpeara, como insinuaban algunos vecinos con malicia. Fue ella misma la que resbaló y cayo cuando quiso encaramarse al tejado para entrar por la buhardilla abierta. A María la hospitalizaron en seguida y a él lo sacaron con los pies por delante de su refugio entre drogas y jeringas. Nunca hubo superado su impotencia. Siempre se había sentido un “medio hombre” fracasado.

María, con su incipiente cojera, volvió a casa y la encontró más grande. Lloró bastantes días la muerte de un hombre al que a pesar de todo había aprendido a querer. Nunca abandonó su vestido negro. Lo quiso a su modo, distinto de su otro amor. Juan y Consuelo también lloraron la muerte del marido de María, aunque dudaban, a pesar de la explicación de la viuda. Era difícil no pensar, que fue esposo quien la arrojo desde el tejado, por despecho, y que después se quitó la vida con sus píldoras.

A la larga, como a todos nos llega nuestra hora, murió también Consuelo, más resignada que ignorante, y los dos amantes, pasado un tiempo prudencial, que en los pueblos nunca es bastante, se fueron a vivir juntos los días más felices de su vida. Cuando nacimos la mayoría de los nietos, la pareja convivía como un matrimonio. Con los años nos fuimos enterando poco a poco de la historia, aunque nunca sabremos fielmente la verdad.

Juan, el abuelo Juan, le regaló a ella un monte, que sembró de almendros, que era el árbol que más le gustaba, aunque lo mantuvo en secreto hasta que ya fueron grandes y estuvieran floridos. También había estado allanando un camino que recorría toda la plantación, empeñado en que los constantes paseos afectaran lo menos posible a su renqueante compañera.

De tanto subir al monte, de tanto andar uno al lado del otro, cogidos del brazo, el abuelo comenzó a torcer sus pasos, adquirió una cojera por osmosis, por simpatía, por puro amor a quien padecía a su lado.

Cuando murió María, de unas malas fiebres invernales, el abuelo Juan, continuó dando sus paseos, ocupándose del escaso riego que demandan los almendros y confeccionando ramitos rosados en febrero, con su dolor inconsolable, con su pierna falsamente atrofiada.

Hace dos años, en noviembre, el abuelo falleció en cama por voluntad propia. El día anterior se despidió de todos, de toda su familia, de todos sus amigos y de todos los almendros que poblaban el bosque de sus recuerdos. Se fue a la cama, después de un vaso de leche, y decidió morir a los dos años justos de que María lo hubiera abandonado. No lo lloramos demasiado. Conocíamos su voluntad y envidiamos la suerte de quien puede decidir su destino.

Ahora, sin embargo, siempre me espera en el camino de los almendros y vigila conmigo la limpieza del monte y la recogida de los frutos. Al principio, el miedo me robó el habla, lo confieso. Era un poco espeluznante que después de muerto decidiera no abandonar su paseo. Ya me he acostumbrado a su presencia y, aunque no habla, lo saludo y le cuento algunos chismes que se cuentan en el pueblo y otras cosas de la familia. Él sonríe y sigue hacia adelante contemplando con satisfacción los frutales, mientras yo empiezo a notar una leve dolencia al andar.

La Moneta, una bailaora con carisma

La Moneta, una bailaora con carisma

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Por segundo año consecutivo, La Moneta cierra Los veranos del Corral. Y no es un tópico decir que pone el broche de oro a estos Encuentros flamencos. A esta bailaora granadina la vamos siguiendo desde hará unos seis años, desde que ganó el “Desplante”, el primer premio de baile en el Festival Internacional de las Minas de La Unión. Es asombroso ver como evoluciona. Como canaliza una fuerza que siempre la ha acompañado. Como va trasladando un baile de pasión al raciocinio de quien sabe lo que hace y por qué lo hace, sin olvidarse del ánima y del arrebato improvisado. Sus ojos bailan a la vez que su cuerpo. Sus manos son dos fuegos fatuos que siempre anuncian buenas nuevas. Es una bailaora que se para y que escucha, que sabe sacarle partido al silencio.

A veces nos regala su sonrisa, pero el viernes, de tan concentrada, era pura tensión. Parecía que arrojaba el baile, que le salía a borbotones, que había abierto la caja de Pandora y se habían liberado todos los truenos. Una tormenta que electrificaba a todo el público, que lo hipnotizaba. Su taconeo preciso, siempre argumentado y coherente, es pura música, doblemente agradecida por haber tenido el buen gusto de no incluir un percusionista en su cuadro. Un cuadro de lujo, donde El Galli y Miguel Lavi son grandes por seguiriyas y por malagueñas y por soleares. Las guitarras de Miguel Iglesias y de David Carmona cobran vida propia, aunque a veces no se acaban de entender.

Y, como artista invitado, rellenando el escenario con su sola presencia, Manolo Osuna, cantaor octogenario con una voz privilegiada (potencia, timbre, afinación), que abre la noche con unos fandangos de regusto antiguo y le canta a La Moneta una soleá de antología. Si este cantaor hubiera nacido en otra parte, compartiría la gloria con Caracol o Chacón. De terciopelo negro aborda Fuensanta esta soleá llena de fuerza y fineza, de rabia y dulzura. Le duele cada paso que da, cada uno de los veinte minutos que dura su entrega. Hace guiños al pasado y, me atrevo a decir, también al futuro que hoy comienza con sus vueltas y sus paseos, con sus escobillas y ese “echarse pa’ tras”, esa “caída” tan de la tierra, que volverá a repetir en su baile final.

La guitarra de David se queda sola e interpreta esa taranta que tuvo el beneplácito de Sanlúcar y ya forma parte del patrimonio flamenco granadino. Miguel Iglesias toma el relevo, tocando por farrucas. La Moneta, con camisa y pantalón, se impone. Solo suenan las guitarras y el zapateado, y a menudo el silencio. El silencio absoluto. Ni una mosca. Si no miras para atrás te crees solo en el patio. Respeto, tensión y mucha feminidad. Gloriosa farruca.

Termina por seguiriyas, su palo estrella. Tanto se adapta a la seguiriya, como la seguiriya se adapta a ella. Son palabras mayores. Fuensanta mastica el compás. No busca el duende, sino que el duende la busca a ella. Y, cuando se encuentran, lo exprime, lo retuerce y sigue esperando. Y, cuando termina, abandona el escenario con el mismo ímpetu y carácter con que subió sus peldaños, como diciéndonos que podría seguir bailando un par de horas más sin ningún problema. Al final, es la artista más ovacionada de este ciclo estival.

* La Moneta. Foto de archivo (© Nono Guirado)

El paladar de Edu Lozano

El paladar de Edu Lozano

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco

Flamenquísima la actuación de Edu Lozano el penúltimo día de Los veranos del Corral. Edu Lozano, evidencia su paso por las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, y despega en solitario afianzando su carisma de bailaor imprescindible en el joven panorama andaluz. Con una técnica fuera de lo común y un compás preciso, Edu va deshilvanando su baile como quien no quiere la cosa. Quiero decir, que su presencia en el escenario, la primera impresión, no es la de un bailaor al uso (pasa igual con Fran Espinosa), pero su baile sencillamente arrebata.La música es una anécdota al servicio del baile, que el joven cordobés sabe utilizar. Su baile es reposado, lleno de silencios sugerentes y graciosos guiños de complicidad. Zapatea en su primera entrega dando lecciones de dominio, creatividad y alegría, como si fuera una fiesta. No se repite. Nunca se repite. El bailaor se renueva a cada paso, mientras su particular camino machadiano se va componiendo y llenando de color.

La segunda propuesta de la noche son unos tarantos, en extremo ralentizados, que baila su invitada, y presumiblemente su pupila, Estefanía Cuevas. Algunos momentos inmaduros los va paliando con buenas formas y un baile racional que seduce. Antes de convertir el levante a tangos, Estefanía los va anunciando con la danza más pesada y sensual. Para las seguiriyas, Edu Lozano aguanta el tipo. Congelado en la boca del escenario espera a que la sensible guitarra de Manuel de la Luz introduzca su falseta y que el cante de Pepe de Pura haga su entradilla. Después, el silencio se rompe con el latido a compás de la percusión atenta Juanfra González. Edu baila con todo el cuerpo, zapatea, mueve la cintura y los hombros, se palmea en las piernas y en el pecho… ¡Ay, si más de un bailaor de la tierra lo hubiera visto y tomara buena nota!

Para terminar, sin necesidad de quedar exhaustos, un soniquete moruno anuncia tangos cercanos a Granada. Otra vez tangos. El compás de cuatro tiempos impera. A Manuel de la luz lo apoya, como segunda guitarra Jesús Majuelo. Bien por el cante modulado de Jeromo Segura. Estefanía los aborda como en su anterior entrega, a cámara lenta. Es tan difícil como sabroso. Lozano, con traje blanco, salta a la escena y comienza un paso a dos pleno y satisfecho, lo que nos recuerda que este bailaor es también un buen coreógrafo (recordemos sus aportes al espectáculo de la Yerbabuena). Una propina por bulerías rematan una noche con mucho paladar. De las dos o tres mejores vividas este año en el Corral del Carbón.

* Edu Lozano en la foto (© Paco Sánchez)

Apostar sobre seguro

Apostar sobre seguro

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Finura, limpieza y rapidez de ejecución son algunas de las características que distinguen al joven de los Habichuela. En la velada del miércoles vivimos un momento histórico para el flamenco granadino. El patriarca Juan Habichuela le pasó el testigo a su nieto, del mismo nombre, entregándole simbólicamente una guitarra, salida de los talleres de José López Bellido. Hasta aquí, un acto emotivo, nada más. Pero si consideramos que Juan está entre los mejores guitarristas de la actualidad, y en cuanto acompañamiento es sin duda el mejor; si tenemos en cuenta que Juan es el cabeza de una de las sagas flamencas más importantes de Granada y del resto de Andalucía; si comprendemos que Juan ha acompañado a los más grandes cantaores durante varias generaciones sin fisura ninguna; si añadimos que Juan tiene plena confianza en su sucesor, que apuesta sobre seguro, reconociendo a su nieto como el bastión necesario en su familia, digno de llevar su mismo nombre y su confiado espaldarazo; amigos, estamos viviendo, como digo más arriba, un momento histórico. Sería palabrería, no obstante, lo que cuento, si el delfín no demostrara con creces esta tácita distinción. El abuelo Juan le regala la guitarra, como todos hemos visto, pero con ella le traspasa también un corazón que late por tangos y un río de sangre donde flotan a la vez la sensibilidad y el carisma.

El joven demuestra la importancia de un nombre y viste una vez más de largo un apellido que tiene el futuro garantizado. Juan comienza por granaínas. La tierra lo impone. El toque es difícil y generoso, lleno de matices y aromas. Puro almíbar. Continúa por guajiras, igualmente en solitario. Sus propuestas nos pueden remontar bastantes años hacia el pasado, pero con la frescura de unas manos de diecinueve años, puestas entre las cuerdas y las estrellas. Para el zapateado, ya clásico en el repertorio de este tocaor, se hace acompañar del violín de Maya. Todo instrumento emborrona la guitarra del Habichuela, incluso la voz de María Toledo en las alegrías, pero sobre todo la caja galopante de Luky Vega. Termina el mismo cuarteto difuso mostrando unas bulerías de vértigo, cogiendo de base “Lo bueno y lo malo”, un hermoso tema de Duquende, que grabó en 1993, con la guitarra de Tomatito. Aunque esté bien acompañado, hoy por hoy, Juan Habichuela Nieto suena mejor en solitario.

Después de esto, cualquier propuesta puede resultar pobre. Al bailaor granadino Luis de Luis le hemos visto días mejores. ¿Dónde está el reposo intencionado de otros tiempos? ¿Donde están los amagos inacabados, llenos de pellizco, con los que nos conquistó este bailaor? Puede que sea la responsabilidad del escenario o la compañía de un cuadro deslavazado y estridente. El caso es que Luis no estuvo a la altura. Fue un bailaor de arrebato, como tantos otros, llenos de sombras y ahogados en su propia necesidad de contar. Sin embargo, su planta no se la quita nadie. Es elegante y tiene algo no pulido que brilla sobremanera. Los martinetes con los que principia su entrega quizá fueran lo mejor (los cantaores sin la batalla de los micros), que continúan por abandolaos (ritmo del que abusa) y los remata por levante. Con la misma tónica, baila también seguiriyas y bulerías. Sus músicos, cuando Luis se prepara para la próxima danza, nos brindan farrucas y tangos. Nuevamente destaco la percusión justa y respetuosa de El Cheyenne.

* Luis de Luis (© Gabi Pape)

El lenguaje de Belén Maya

El lenguaje de Belén Maya

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Hay bailaores más o menos creativos, Belén Maya va abriendo camino. Si quieren contemplar la evolución del baile sin estridencias, con varios años de antelación, vengan a ver a esta bailaora. Hacía tiempo que no veíamos a Belén Maya en formato reducido, en un recinto pequeño, casi al alcance de la mano, fuera de una obra, bailando por bailar, sin necesidad de ajustarse a un argumento (aunque sus historias pasan por ser las más bellas que este arte posee). Hay quien tacha a Belén de heterodoxa, de un vanguardismo ajeno. Pero lo que baila esta granadina de sangre es flamenco, puro flamenco, y algo más. Ver a Belén siempre es una fiesta distinta de la anterior. Sus actuaciones acaban con un punto y seguido, para seguir avanzando con algo nuevo en el próximo encuentro.

Un gran cuadro la arropa. Unos músicos compactados, a los que conoce bien y les deja hacer. Y, con su vuelo, ella vindica los cielos. Todos son protagonistas, desde José Luis Rodríguez a la guitarra, que compone los temas, hasta Ana Calí, buena bailaora y flamenca humilde, que aprende desde atrás, aportando el lujo de sus palmas, pasando por Jesús Corbacho, de la gran hornada de cantaores onubenses, y La Tremendita, cantaora jerezana rebosante de almíbar. Ella escucha la guitarra y retoza en sus acordes. Ella escucha el cante y se empapa con la voz.

Belén nos dejó tres muestras de su baile tan original como imitado. Fueron tres delicadezas, a cada cual mejor, en las que trasmite paz y seguridad. La paz de quien desnuda un sentimiento, con sus palabras, con sus caricias. La seguridad de quien conoce su cuerpo y lo domina.

Comienza el recital con una lucida rondeña de José Luis. Son sus señas de identidad. Estamos ante una guitarra de las grandes. Belén Maya, a continuación, aborda unos tangos de Granada. Su nerviosismo dura apenas unos minutos. Rápidamente controla e impone su magisterio. Desarma con sus manos, derrota con la cintura, seduce con sus ojos. Mueve la bata de cola como pocas y enseña sus cartas de movimientos orientales, de posturas imposibles. Jesús Corbacho se decanta por guajiras, bellas en su timbre, mientras Belén se prepara para lanzarnos las flores de su baile descalzo con bata roja de volantes azules. Es una canción de sabor asturiano, es un trémolo con el que Rodríguez rinde personal homenaje al Niño Miguel. Belén demuestra que el tacón punta no es imprescindible. Muñequea en el aire, baila con el suelo, se silencia para volver a la vida. Es el nacimiento de la primavera. Y, a su final, todos respiramos.

Rosario Guerrero “La Tremendita” nos obsequia con una soleá llena de matices que merece continuos oles. Puede que estuviera mejor que cuando estuvo en este mismo escenario el pasado 6 de agosto. Para terminar (o para poner suspensivos), el sentimiento de unaa seguiriya invade el espacio. Belén, de riguroso negro, aunque informal (viuda de sí misma), rompe con este baile. Es arriesgado, valiente y dispar. Con su baile, la hija de Mario Maya, cuenta lo de siempre, pero con un evolucionado lenguaje personal.

* Belén Maya bailando por seguiriyas (© Nono Guirado).

Contenedores llenos

Contenedores llenos

Todos somos culpables de la finitud de la tierra. Desde antiguo se sabe que la tierra no es eterna. Que llegará el día que desaparezca, y con ella nuestras hipotecas. Pero tendrán que pasar miles de años, para que suceda. Tan sólo estamos precipitando la caída, el punto y final de nuestro Planeta Azul.

La tierra, como tal, desaparecerá. El hombre seguramente no. Bicho malo nunca muere, podíamos pensar. ¿El futuro del hombre estará en las estrellas? ¿Estaremos destinados a vivir con escafandra, como si todos fuéramos motoristas?

Más de una vez me habéis oído ese proverbio masai que dice: La tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Ahora leo en las Églogas de Virgilio: Que tus nietos disfruten de los frutos de tus árboles o Cárpeant tua poma nepotes, en latín, que es como más enigmático.

Y qué hacemos nosotros. Poco. La mayoría nada. ¿Cómo vamos a cuidar la tierra, si hay cosas más importantes que hacer, como sobrevivir lo mejor posible cada día? ¿Cómo no vamos a contaminar si la limpieza acarrea demasiadas pérdidas? ¿Cómo vamos a cuidar un medio ambiente que agoniza irremediablemente, pero que su fin no lo veremos, ni nuestros hijos, ni los hijos de nuestros hijos? ¿Cómo preocuparnos de la bomba que cayó, cantaba Silvio, a mil kilómetros del ropero y del refrigerador?

Mi casa acumula desperdicios (un extraño síndrome de Diógenes), hasta que hacemos limpieza. Las bolsas de papel, las de vidrio, las de envases, el cajón de las pilas gastadas, la botella con aceite usado... se amontonan en la cochera hasta que las llevo con mi niño al punto de reciclaje más cercano (a unos 60 o 70 metros). Juan, más contento que una pandereta, les va diciendo a todos los vecinos que él lleva el cristal, por ejemplo, que le gusta estrellarlo por el agujero de la bombona verde.

Pero una vez más los contenedores están llenos y la basura se esparce a su alrededor y en su cubierta (cuando el reciclado no está en su continente es sencillamente basura). Así que nos deshacemos de lo que podemos y el resto lo devolvemos a casa. A ver si la próxima vez tenemos suerte. ¿O quizás es que en verano no hace falta reciclar?

* He introducido, a la derecha de este blog, un juguetillo de Google, que es capaz de leernos el texto que le pidamos. Probadlo, es divertido.

Último y penúltimo

Último y penúltimo

A los mandos de la nave, nuestra dueña lo corrige. El niño aprende rápido, demasiado rápido. Pero él cree, con una extraña lógica, que penúltimo va después de último. Quizá sea porque es palabra más larga.

Así, parece que se pitorrea, o que es un cínico, cuando has hecho con él veintiocho veces la campana, por ejemplo, y le dices "Juan, ya está bien" y él contesta "la penúltima, por favor".

Es posible que sin pensarlo tenga la misma filosofía de Faemino y Cansado cuando defienden que subcampeón es más que campeón.

No es mi costumbre pero os dejo con este magnífico vídeo: Subcampeón.

* Quería poner una foto reciente de Juan (© Carmen Díaz).

Un poco de arena

Un poco de arena

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Ya le comenté a Juan Ángel a la salida del concierto, “si hubiera durado dos horas más lo mismo triunfas”. El caso es que cada vez estaba más templado y seguro. Cada vez conectaba más con el público, curiosamente por olvidarse de ellos.

El cantaor granadino Juan Ángel Tirado, con un eco muy gitano y un carraspeo heredado, comienza la noche por martinetes. Entra inseguro. El respeto impide mirar a los ojos de los asistentes. Con todo y con esto, arranca algún ole que afianza su entrega. Continua por levante. Muy sabrosa la cartagenera clásica. Emilio Maya a la guitarra suena limpio, creativo y granadino.

En la soleá por bulerías, arropado ya por todo el cuadro, El Cheyenne a la percusión y Primo Rana y el Niño de la Luisa a las palmas, se siente más seguro, pero no acaba de cuajar. Las seguiriyas aceleradas son para baile, demostrando que es un buen cantaor de atrás, que no está preparado para saltar al escenario en solitario. ¿Le falta ensayo? ¿Le faltan estudios? ¿Necesita estímulos? Su mejor aportación son las bulerías finales, aunque el mérito, me temo, es de todos los músicos.

El Galli o Moi de Morón, dos de los cantaores que salieron con el bailaor Pepe Torres en la segunda parte, puede que hubieran hecho mejor papel que Juan Ángel. El sentimiento y la jondura de uno y otro son encomiables. El Canastero, el tercer cantaor, fuerza la voz innecesariamente, afeando su cante. Un falso mito impele a los cantaores a la ronquera voluntaria, pensando que una voz rota es más apreciada. Rafael Rodríguez a la guitarra es preciso y certero, de sabor añejo y toque moruno. Parece que a veces tañera un laúd.

En cuanto al bailaor sevillano le sobraba algo o le faltaba algo, que no termina de redondear. En sus propuestas se espera un remate, un estallido que no llega. Pepe Torres es un bailaor de la antigua escuela sevillana, con profusión de brazos y zapateado ajustado. A veces cercano a la ortodoxia de El Güito, pero con menos peso, a veces cercano al baile de Marco Flores, pero con menos gracia. Pepe bailó alegrías y terminó con una soleá. No sorprendió en ningún momento. Lo mejor fueron sus músicos que, entre los dos bailes, interpretaron unas seguiriyas muy apreciadas.

Para mí, el pasado jueves, dentro de un nivel, fue el día más flojo de la Muestra. Después de tanta cal, ya se sabe, un poco de arena.

* En la foto: El Galli, fragmento (© Paco Sánchez).

Un cierto sabor antiguo

Un cierto sabor antiguo

Los veranos del Corral

X Muestra Andaluza de Flamenco

Encontramos un nexo en común en las dos artistas programadas el miércoles en los Encuentros de Los veranos del Carbón: su mirada hacia atrás. Aunque, mientras la cantaora trianera, “La Tremendita”, no abandona las aguas poco profundas de sus mayores; la bailaora jerezana afincada en Sevilla, Leonor Leal, abandona la orilla, sin preocuparse de que la ropa esté a buen resguardo, y se abandona en el piélago profundo, descubriendo nuevas aguas.

Rosario Guerrero “La Tremendita”, acompañada a la guitarra por la segura apuesta de Salvador Gutiérrez, al que todos buscan, tiene un cante agradable, pero contenido. Parece que se frena en su falsete e imposta una voz que no termina de estallar. Aunque su potencia es limitada, su modulación y el buen uso del micrófono palian su carencia. Con un homenaje a La Paquera por tientos comienza su actuación. El público está frío y la cantaora no es capaz de despertarlo. Al contrario, es Rosario Guerrero la que termina contagiándose de ese letargo. Su recital continúa por Cádiz. Es agradable escuchar un cante con altibajos extremos sin necesidad de gritar.

La Tremendita es caracolera y chaconera en las granaínas. Un aplauso continuo merece la guitarra sensible, rápida y limpia del sevillano. Los tangos de Granada no alcanzan la altura deseada, sin embargo, puede que sean los más correctos escuchados hasta ahora de artistas foráneos. La primera parte termina por bulerías y, de regalo, un buen fandango de El Gloria a palo seco a pie de escenario.

Leonor Leal, después de un breve intermedio, es generosa en su entrega. Las guitarras sordas de Tino van der Sman y David Vargas anuncian tangos, que la bailaora aborda con un lenguaje personal, delicado y elegante. Su misma imagen, con el pelo corto y un vestido poco flamenco, acentúa esta diferencia. Ronea en los tangos y se hace querer. Tino, el guitarrista holandés, nos deja una gran taranta, mientras la bailaora se prepara para la farruca. Tradicionalmente, éste es un baile de hombres, hasta que lo engrandeció Carmen Amaya, como ella, muchas lo han bailado con pantalón y traje corto. Leonor, vestida de hombre, pero tremendamente femenina, borda una farruca rebosante de arte y de matices, con un zapateado casi imposible, que parece tan sencillo…

A la manera de Arcángel, los dos cantaores, Javier Rivera y Jeromo Segura, entonan unas bulerías muy conseguidas, donde su comienzo y su remate lo interpretan a dos voces, mientras Leonor, con vestido claro, se prepara para las alegrías. Una nueva sorpresa, una nueva alegría (valga la redundancia), que una bailaora de Jerez no tenga el marchamo de su tierra bailando por Cádiz. Su delicadeza y gracia se imponen. Se queda sola en las escobillas y parece que nos roba el aire. La noche es suya y lo sabe. Tiene un buen cuadro que la arropa, el sonido es inmejorable, la iluminación correcta, la plaza es un lujo. Y ella, sin más, triunfa.

* (FOTO © Nono Guirado) (le he quitado rojos a la foto original, que se imponían demasiado, enturbiando las alegrías, espero que Nono lo entienda).