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El Cabrero, la integridad de un cantaor

El Cabrero, la integridad de un cantaor

IX Semana de la Oralidad

No existe ninguna duda de que José Domínguez Muñoz, El Cabrero, es un cantaor carismático, comprometido, contestatario. Su integridad ha hecho que estuviera presente en Albolote este sábado en la 9ª Semana de la Oralidad, después de haber sufrido una intoxicación reciente que le provocó úlceras en el estómago y el esófago. Así, íntegro y entero, aunque dolido y manifiestamente afectado, dio un recital de mayor calidad humana que artística. Son muchas las virtudes de este cantaor, su potencia de voz, su personalidad, la exclusividad en sus letras, la mayoría propias. Pero también cuenta con algunas carencias como la falta de afinación, que obliga al guitarrista seguirle a la carrera; o una cierta inclinación al mono tono, que no al monótono. Su presencia, de riguroso negro, con sombrero, pañuelo rojo al cuello y camperas; su sencillez sin igual; y, sin ningún ánimo despectivo, su asilvestramiento, contribuyen a esa autenticidad a la que hemos aludido. El avezado guitarrista sevillano Rafael Rodríguez Hidalgo, con su experiencia y versatilidad, lima como pocos las aristas de este cantaor. De este tocaor, El Cabrero dijo que era un lince, “no como yo, comparó, que soy una máquina oxidada”.

El Cabrero tiene sus seguidores que buscan algo más que la queja, la belleza de la jondura. José Domínguez ofrece además el inconformismo y la denuncia. El Cabrero, lejos de explotar su éxito, ya mítico, sigue siendo cabrero, con sabor a monte y olor de hoguera.

En Albolote nos presentó su último trabajo discográfico, “Por los caminos del viento”, una incursión en el tango porteño, en el que modifica hasta su acento, encajando a la perfección con esta Semana de la Oralidad dedicada a “España y América, un camino de ida y vuelta”. En este cedé rememora de los temas clásicos como “Mi Buenos Aires querido” o “La canción de Buenos Aires”, también canta canciones criollas, milongas que en su voz adquieren algo más que un hermanamiento con los sufrimientos de nuestros hermanos al otro lado del charco, seguiriyas y soleares. Como muestra, en el recital en el recital interpretó los tangos “Guitarra mía” y “Hopa, hopa, hopa”; la rebelde milonga “Como el viento de poniente”; y las seguiriyas aludidas. También, cómo no, sonaron sus personalísimos fandangos y más fandangos, y algunos alosneros, y sus martinetes, donde se evidenciaron jadeos de pura convalecencia. Igualmente dificultosa fue su farruca, con algunos roces en la garganta. Otras canciones muy aplaudidas fueron el clásico “Luz de luna”, con ritmo de bulerías y cadencia de milonga; el “Carcelero” caracolero, poniéndose respetuosamente de pie y subiendo el micro a una silla (“yo no soy mecánico”); “Sone flamenco”, un soneto de Borges, con música de Alberto Cortés; o las bulerías “Semblanza al macho montés”.

* Foto: © deflamenco.com

¡Larga vida a la copla!

¡Larga vida a la copla!

Enamorados anónimos

Los viejos copleros nunca mueren. Todos los españoles (en el amplio sentido de la palabra), querámoslo o no, tenemos en nuestro interior un rinconcito llamado copla. Son las historias de toda la vida, son nuestros versos, nuestras canciones. Por eso ayer, en el estreno de Enamorados anónimos, dirigido por Blanca Li, en el teatro Rialto de Madrid, se oía cantar por lo bajini en el patio de butacas lo que se estaba interpretando en el escenario. Pero, lejos del tópico de una España de peineta y banderilla, este homenaje a la copla, vapulea el pasado, limpia la canción, imprimiéndole nuevos ritmos, lecturas diferentes, más comprensibles a la sensibilidad del momento. El armazón inexpugnable de las letras de estas coplas, cobran toda vigencia a través del tamiz tan sabiamente extendido. De manera, que las canciones de Quintero, Solano, León, Sabina o Carlos Cano, se reescribieron para muchos años más de vida, quizá un siglo, como se dijo en la presentación, quizá para siempre, podemos apuntar.

Llama la atención la música, como digo, responsabilidad de Javier Limón. Mucho piano, mucho viento, mucha percusión (y el soniquete de la guitarra que no falta), para abordar salsa, bolero, son, rumba o bulería. Llama la atención la parquedad del escenario. Un cajón de blanco impoluto que va cobrando nueva vida gracias al vídeo proyectado (Charles Carcopino); a algunos elementos y telones de apoyo de igual simplicidad y belleza (Paco Delgado) y al esforzado juego de luces (Jacques Chatelet), que se complementa con el impecable sonido (Javier Isequilla).

La caja es la clínica de "desentosicación del amor", donde Eva (Mara Barros), la terapeuta, reúne a un grupo de enamorados anónimos que lo quieren dejar. En esto vemos uno de los grandes aciertos de la obra, el elenco de actores-cantantes, después de un minucioso casting, gobernado por Laura Gutiérrez. La apuesta de cantaores que puedan interpretar y no actores que puedan cantar, imprime una dimensión de calidad en el espectáculo fuera de toda duda. La labor interpretativa de estos chicos ha sido encomiable. Haber visto en escena a cantaores inmóviles y verlos ahora actuar de esa manera es todo un logro y una agradable sorpresa. Carlos Vargas, Verónica Rojas, Susana Guerrero, Ondina Maldonado, Alberto Funes, Alejandro Vega, Selina del Río, Sandra Carrasco, Juanma Mora, Alba Flores, Tanía García, Trinidad Montero o Juan Devel, en orden indistinto, defienden sus papeles, haciéndolos evidentemente creíbles y de un enorme peso dramático. Sin embargo, es el caballo de batalla. La interpretación, aunque fresca y natural, espontánea, es algo que aún hay que pulir. Dentro de unos meses (pues la obra reúne todas las papeletas para alcanzar el éxito que su predecesora en este mismo teatro "Hoy no me puedo levantar"), estará paliada esta carencia.

La gran comicidad de los diálogos, de las escenas, del argumento, es igualmente una bondad añadida. El público no sólo disfruta con el nuevo tratamiento de la copla y la calidad sin fisuras de sus intérpretes, sino que la sonrisa a flor de piel y la carcajada floja son permanentes. Un espectáculo de dos horas, con su ambigú y todo, se nos hace corto al ver un planteamiento tan cercano y familiar, del amor que triunfa sobre el desamor enrarecido. Un amor "sin tamaño ni color", como se canta en uno de los temas. Un amor sin ningún signo, a la medida de cada cual, porque "el amor cuando no hiere mata porque amores que matan nunca mueren".

Y, todo este cultivo bien trabado, se sazona con la sorpresa continua, con elementos aparecidos del foso o descendidos desde el cenit, con las sombras, con las trasparencias, con el cuerpo de baile que, como el coro en las tragedias griegas, está siempre presente para subrayar la escena, para cantarnos lo bueno y lo malo o tan sólo para acompañar al viento, engañando al vacío, rellenando el ambiente. Blanca Li es sobre todo bailarina y coreógrafa. Los elementos de baile están muy trabajados, son frescos, contemporáneos y de una complicidad absoluta con la escena, Bailan sobre bolas de pilates o sólo las piernas con media y tacón a través de puertas abiertas o tomando como partenaire muñecas y muñecos hinchables.

Blanca ha vuelto a aceptar el reto y lo ha vuelto a superar. Guardaremos nuestros próximos sobresalientes para el futuro que promete.

* En la  foto Sandra Carrasco.

La peña Solera y caña comienza con buen pie

La peña Solera y caña comienza con buen pie

 

El pasado viernes, en pleno vendaval meteorológico, Solera y Caña de Maracena, quizá la peña más familiar de la provincia, comenzó sus actividades, para el curso 2008-2009, con un recital del cantaor granadino Antonio Trinidad, acompañado a la guitarra por el joven Antonio de la Luz. A la apertura de los diez años de funcionamiento de esta peña se sumó José Luis Bazoco, Concejal de Cultura de la localidad, que le mostró su sincero apoyo a la música de raíz en general y a esta sociedad de flamencos en particular, a la que le deseó una gran temporada y venturosos encuentros.

Antonio Trinidad, arropado de familiares y amigos, se sintió como en casa. Sus entregas fueron muy bien acogidas. Relajado y reivindicando su tierra por encima de todo, Antonio comenzó con la soleá de Granada que estableciera el Niño de Jun. Continuó por farrucas, donde confesó un principio de resfriado que limitaba su cante; tarantas de Almería; y, para terminar, malagueñas, en las que demostró sus conocimientos. Dichas malagueñas fueron de El Canario y de La Peñaranda, culminándolas con fandangos de Frasquito, rondeñas y abandolaos del Niño de Cabra. Sus intenciones son más nobles que su eficacia. El tiempo pasa factura. Antonio ha gozado de una buena voz, de un buen paladar... Incluso el mismo advierte, al comienzo de cada tema, “vamos a intentar hacer…”. Con todo, la primera parte estuvo lograda, cada vez mejor. Todos los indicios anunciaban mejoría en el segundo pase.

En efecto, tras quince minutos flamencos de descanso, la lorquiana “Baladilla de los tres ríos”, por milongas, uno de sus temas predilectos, convenció de quien tuvo retuvo. La guitarra ajustada y limpia del De la Luz no siempre se entendía con el veterano cantaor. Por este motivo, los fandangos que prometían ser de Macandé tuvieron que ser de Fosforito y terminaron por Morente. Los artistas continúan por tientos y, de ahí, pasan a unas peteneras muy conseguidas. Trinidad despide este recital con unos fandangos de El Gloria, no sin antes invitar a su amigo Curro Andrés a que improvisara unas bulerías, que estuvieron sobradas de compás, contribuyendo así al espíritu peñístico.

* Antonio Trinidad en la foto (© Rafael Ramos).

 

Un festival con mucho gusto

Un festival con mucho gusto

I Festival Flamenco a beneficio de Borderline

Varias cosas en común tienen los flamencos que intervinieron en el Festival Flamenco a beneficio de Borderline (asociación de ayuda a los que poseen una inteligencia limitada). En primer lugar, une a este grupo de flamencos su sentido de la solidaridad sin condiciones. Seguidamente, todos los cantaores, excesivamente jóvenes, han sido premiados en La Unión. Manuel Cuevas fue reconocido con la Lámpara Minera el año 2002, Juan Pinilla recibió el mismo galardón en 2007, y recientemente, en este año, Rocío Márquez también goza de esta estatuilla. Por su parte, Sergio Gómez "El Colorao", lleva varias ediciones trayéndose primeros premios (este año ha sido el de Farrucas). Por último, los hermana el buen hacer y el extremado gusto en sus aportaciones. Ninguna estridencia.

Para abrir boca, la Escuela Flamenca Silvia Lozano, hacen honor a quien los instruye bailando por fiesta donde predomina la percusión.

Juan Pinilla es el primer cantaor que sale al escenario. A la guitarra Alfredo Mesa. Con la voz un poco tomada, comienza por esa caña que, poéticamente, introduce por Chavela Vargas. Continúa haciendo un recorrido por abandolaos de la baja Andalucía, que viene a ser común en su repertorio. A petición del público, apunta media granaína. Y termina con bulerías, que cada vez gusta más ilustrar con alguna pataílla.

Manuel Cuevas, desde Osuna, Sevilla, nos trae aires caracoleros, cantando unas zambras a pie de escenario. Ramón del paso redondea esta actuación con su guitarra. Después pasará a los tangos, y de estos a las cantiñas. Acabará por fandangos, también sin micrófono, como empezó, derrochando pulmones.

Silvia Lozano nos deja en el ecuador sus sempiternas alegrías que pule y repule hasta la perfección. Se las dedicará a su maestro, Mario Maya, al que tanto le debemos.

La última Lámpara demuestra claramente lo merecido de este premio. Rocío Márquez se templa con una malagueña de Chacón, que remata con verdiales. A su lado, un delicado Guillermo Guillén, de origen francés, acaricia la sonanta. Con su voz dulce y modulada prosigue con ritmo de bulerías. Los tangos de Granada los remata por Málaga, para terminar dejándonos un poquito por Huelva, su tierra.

Este primer gran festival, por lo moderado, por su sabor, lo culmina un preciso Sergio Gómez. Si en la milonga y en la soleá, con las que comenzó, estuvo grande, en la farruca fue insuperable. Alfredo Mesa se compenetró más con este cantaor que con Pinilla.

* Rocío Márquez, en la foto

Dos granadinos en el último montaje de Blanca Li

Dos granadinos en el último montaje de Blanca Li

Estos días, en el Teatro Rialto de Madrid, en plena Gran Vía, se ajustan los últimos detalles de la nueva obra de Blanca Li, para su gran estreno, que será el próximo jueves, 16 de octubre, relevando al exitoso musical Hoy no me puedo levantar, con las canciones de Mecano.

Enamorados anónimos. El musical de la copla es, como su nombre indica, un homenaje a la copla y al amor, por partes iguales. ¿El amor tiene cura? ¿Para el desamor hay recetas? Como el que confiesa que es alcohólico, dando así el primer paso para su rehabilitación, en esta obra los personajes acuden a la consulta para poco menos que taparse los ojos y decir: "Me llamo tal y estoy enamorado".

La bailarina y coreógrafa granadina Blanca Li (responsable del Poeta en Nueva York del que se ha podido disfrutar durante los dos últimos veranos en el Generalife), junto a Javier Limón (productor de Lágrimas negras de Bebo y Cigala, arreglista de Concha Buika y ganador de 5 Grammys), miran con un prisma contemporáneo la copla española, creando un musical de lujo bajo una nueva visión escénica llena de sorpresas. Javier Limón también produce a Paco de Lucía, quien ha musicado para la introducción del espectáculo el Romance de valentía, uno de los grandes temas del repertorio popular español, cantado por Concha Piquer.

Según declaraciones de la directora, Enamorados anónimos es un intento de modernizar la copla y presentarla a otro tipo de público. "Muchos jóvenes de hoy", explica Li, "no saben qué es este género, y este musical puede ser un punto de encuentro entre los que la conocen y los que no para redescubrirla y para descubrirla, con un traje nuevo".

Enamorados anónimos es una obra coral en la que participan 17 intérpretes, cantaores en su mayoría, pues sabiamente se ha apostado por quienes puedan defender la canción con holgura y trabajar la dramaturgia y no al revés, arriesgándose a que la baza principal del espectáculo haga agua. "Opté por buscar cantantes que defiendan muy bien el momento musical y vamos a trabajar en la parte de actuar", aclara la coreógrafa. A estos artistas los acompañarán 10 músicos y 12 bailarines de la compañía de Blanca.

La obra, producida por Ángel Suárez y José María Cámara, cuenta con los guionistas David Serrano (Al otro lado de la cama, Días de fútbol, Hoy no me puedo levantar), Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro), Fernando Castets (El hijo de la novia) y Olga Iglesias Durán (autora del relato Procuro olvidarte, en el que se inspiró la idea de la obra). Junto a este equipo, Blanca Li ha logrado encajar unas dieciocho o veinte coplas tradicionales de Quintero, León, Quiroga o Solano, pero también de los actuales Joaquín Sabina, Carlos Cano o Serrat (incluyendo nuevas composiciones de Javier Limón), en un argumento tremendamente actual, en el que los personajes, afectados de amor, acuden a una clínica de rehabilitación de enamorados. Así, Eva, Alberto, Luz, Sofía, Carla o Daniel visitan el consultorio compartiendo, a través de la canción, sus historias y sus dolores.

La artista granadina también ha contado con su habitual equipo. Paco Delgado, que ha trabajado con Pedro Almodóvar, Álex de la Iglesia, Miguel Martí o Manuel Gómez Pereira, ha sido el encargado de confeccionar el vestuario y el escenario, que es una gran caja blanca llena de luz. "Es sobrio, moderno y sencillo", explica la directora. Jacques Chatelet (Premio Moliére 2001 al mejor espectáculo musical) colabora en la iluminación, Charles Carcopino aporta el vídeo y Laura Gutiérrez en el casting ha sido minuciosa.

La mayor parte del elenco que participa en el montaje de Enamorados anónimos es de origen andaluz. Dos de los cantantes principales son granadinos. Bastantes candidatos (unos diez de Granada) y una audición bastante larga, desde febrero hasta julio, dan paso al comienzo de los ensayos. El reparto estaba decidido. Susana Guerrero y Alberto Funes, artistas de la tierra, figuran entre ellos.

Susana Guerrero tiene bastante experiencia en televisión, radio y escenario. Desde muy niña se dedica a la copla, que es lo que le gusta. También recibe clases de baile y sabe mover la bata de cola con gracia. Ha ganado varios premios y tiene un incipiente currículum discográfico como solista o en compilación. Para ella es una gran oportunidad estar trabajando en una obra de estas características y con personas tan interesantes. Ahora piensa en el engorro de los castings, uno en Sevilla y tres en Madrid. El rasero de Javier Limón tiene los agujeros muy estrechos. La última palabra, sin embargo, fue de Blanca, que tiene una visión más espacial y, aparte de la calidad musical, se fija en la calidez de la persona, en la soltura, en la presencia, en la dimensión artística.

En Enamorados anónimos, ella hace el papel de María. Según Susana Guerrero, es una mujer muy granadina, "la más ’granaína’ de la obra", aclara. "Han querido conservar mi acento andaluz", prosigue, "y soy una ’maruja’ de las que se pueden encontrar cualquier día en el autobús en Graná". María acude, junto a su marido, a la clínica para desenamorarse, pues se odian pero no pueden pasar el uno sin el otro.

A Alberto Funes le viene de familia la afición a la música. Su padre toca el acordeón como aficionado y su hermano también es músico. A los ocho años, este joven cantaor entró en el Conservatorio; a los nueve eligió el violín; y a los dieciséis se enganchó al flamenco. Actualmente es un cantaor que sabe de música y toca el violín. Después de algunos cursos con artistas de renombre (El Pele, Calixto Sánchez, Marina Heredia), algunos premios y el disfrute de una beca en la fundación Cristina Heeren de Sevilla, su entrega fue profesional, con bastantes experiencias en nuestro país y en el extranjero y colaboraciones en trabajos discográficos. Para Funes también es un privilegio trabajar con ese equipo directivo. "Todo un honor y una gran responsabilidad", resume. Cuando salió elegido para formar parte del elenco de actores, se dio cuenta que todos eran mujeres. "Al parecer lo han tenido más difícil con nosotros", explica. Después entrarían más hombres. Aunque realizó varias pruebas, como Susana Guerrero, en la primera audición en el Carmen de las Cuevas de Granada, aprovechando que Blanca Li se encontraba con su espectáculo en el Generalife, ya fue seleccionado. Acudió casi a ciegas. No sabía que tenía que cantar copla y mucho menos actuar. "Me quise morir cuando me hablaron de interpretar", confiesa entre risas.

Para desplazarse a Madrid, Alberto Funes ha tenido que dejar aparcados los estudios de Educación Musical, que realizaba en Granada, los de cante flamenco en el Conservatorio de Sevilla y su faceta como cantaor de flamenco. En la obra hace el papel de Daniel, "un joven un tanto... especial", dice sin querer especificar nada. Misterio que no desea destripar. Tan sólo dice que acude a la clínica atraído por un amor platónico.

Poco a poco, los dos artistas se van adaptando a sus nuevos retos, a las exigencias del teatro, para lo cual cuentan con profesores de canto y de interpretación, y a la vida en la capital. Para Alberto Funes, Madrid le ha abierto una puerta impensable. "En un momento u otro de esta carrera hay que pasar por Madrid, como hicieron en su día todos los grandes. Como lo han hecho Enrique Morente o la familia Habichuela", comenta casi con pena de tener que alejarse de Granada. Susana Guerrero lo tiene muy claro: el trabajo está en Madrid, aunque le gustaría que estas mismas oportunidades se dieran en su ciudad. Si viera la posibilidad de quedarse, firmaría por la metrópoli.

A estas alturas, sin embargo, tanto una como otro no tienen otra cosa en qué pensar que no sea Enamorados anónimos. Ensayan ocho horas al día, incluido domingos. El cansancio es superlativo. Pero también la satisfacción de estar trabajando con una gran compañía, con el ambiente que se ha creado entre todo el elenco y la diversión continua, según aseguran. La cantaora, acostumbrada a la soledad de sus actuaciones, disfruta del trabajo en equipo. Alberto Funes admira sin condición a los que le rodean. De Blanca opina que es "una mente inagotable de ideas, es extremadamente trabajadora y meticulosa". "Intenta sacar lo mejor de cada uno", apunta Guerrero, que piensa que el personaje se adapta un poco a ella.

Enamorados anónimos tiene la intención de convertirse en un referente dentro del mundo del espectáculo. Paralelamente se grabará el disco de la obra, donde se hará un recorrido por las canciones que ocupan el musical. Y, después de su etapa madrileña, empezará una gira para llevar la obra a otras provincias. Es muy probable que Granada esté entre ellas.

Ensalada de pollo con escarola

Ensalada de pollo con escarola

 

Una de las carnes más populares en las mesas de los hogares de al-Andalus eran las aves de corral, en particular el pollo y la gallina, aderezados con bastantes especies y verdura de guarnición.

Fue el poeta granadino Ben Mutarrif (siglo XIII), quien cantó la virtud de los platos y la exaltación de los sentidos. Decía que el buen alimento no sólo debía excitar el paladar, sino que era preciso que tuviera un buen aroma y que llamara en primer lugar la atención a los ojos.

Éste cantor ponía de ejemplo un gran tajín de pechugas con las frescas verduras de la vega granadina.

* TEXTO perteneciente a: "Anecdotario apócrifo de recetas andalusíes".

** Foto sacada de la web: www.saharayatlas.com/anecdotario.htm

 

Tengo una llamada perdida

Tengo una llamada perdida

El móvil puede ser una esclavitud. El teléfono crea dependencia. A veces emotiva. O sea, el aparatito que llevamos en el bolsillo nos ayuda a afrontar nuestros días más grises. (¿Te alegras de verme o llevas el móvil en el bolsillo?, diría una Mae West cointemporánea.)
Una llamada inesperada nos puede dar la vida; nos alegra el día (a veces, al contrario).
Puede que seamos nosotros, sin embargo, los que llamemos, para preguntar por alguien, para alegrar momentos o símplemente para comunicarnos. El móvil es nuestro contacto con los demás. Con móvil nunca se está solo.
Deberíamos controlar por cuánto nos salen unas decenas de llamadas mensuales a los amigos, a los familiares, a conocidos simplemente, para ver cómo están, para ver lo qué se cuentan, e incluirlo en nuestro presupuesto, en nuestros gastos fijos.
Llamamos, nos llaman, sorprendemos, nos sorprenden. Oímos politonos. Hablamos con contestadores. contactamos en mal momento...
Antes, sin móviles, también vivíamos y salíamos y quedábamos y nos localizamos.
Casi lo peor del móvil es la llamada perdida. ¿Conocido? ¿Volverá a llamar? ¿Se han confundido?
Pero lo rematadamente insufribre es quien te da un toque, sin apalabrar previamente, para que tú le llames. Es ridículo, impresentable, miserable.
Hace poco, por casualidad, presenté el Festival de Flamenco de Monachil y, sin apagar el móvil, salía al escenario casi deseando que alguien me llamara, para coger allí mismo, en escena, el celular, y decirle a cualquiera lo que estaba haciendo. No me llamó nadie (ni siquiera fingí una llamada, como llegué a elocubrar).

Catálogo de mosquitos

Catálogo de mosquitos

Un nutrido grupo de mosquitos pululan por mi casa. Supongo que es la época (la época puede que sea cuando abundan). Los tengo clasificados. Están los gordos, llenos de patas, los pequeños y los más pequeños, que son los de la fruta.

A los grandes se les caza con un manotazo en la pared, después de unos momentos de acecho. Los pequeños, que son los trompeteros, se me antojan los más fastidiosos, me despiertan con su vuelo rasante y son difíciles de atrapar. Los de la fruta, los más pequeños, son inofensivos. Raramente se aventuran más allá de la cocina, aunque enrarecen el ambiente y muestran dudosa su conquista.

A mí no me suelen picar los mosquitos. Sobre todo si hay alguien que le piquen. Por eso, los trompeteros son los que me fastidian. Aunque tampoco aguanto a los gordos que le pican a mi niño y a mi contraria y, cuando los aplasto inmisericorde, están llenos de su sangre los muy puñeteros. Y Juan se queda con un agujerito y una roncha que no para de rascar hasta que le echo crema (para él, cremita).

A lo mejor me pican y no me entero. Pienso, sin embargo, que mi sangre no es dulce, que mi piel es dura o que mi olor los disuade. Puede que me falte sex appeal, pues, como sabemos, los que pican son las hembras. Los machos, como en muchas otras especies (¿la nuestra?), se limitan a incordiar.

Alguna vez me han picado las avispas, y quién sabe si no las abejas. Quizá algún arácnido (todas las arañas pican). Pero nunca ha sido grave ni prolongado. Un poco de barro, de tierra y vinagre, ha sido el mejor antídoto.

Una vez en Cabo de Gata, íbamos doce al menos, una plaga de puntos negros nos atacaba sin previo aviso y sin atender a la bandera blanca que ondeamos a su primera incursión. Era una guerra de guerrillas pero a cielo abierto. Su número y sobre todo su diminuto tamaño era una ventaja indudable. Nos acribillaban (menos a mí, confieso con cierta vergüenza). Todos estaban marcados, untados con insecticidas líquidos o en polvo, cubiertos hasta las orejas, a pesar del calor. Raúl, aquejado de una alergia común, parecía un ecce homo.

En esa ruta por el Parque Natural cogimos erizos y comprobamos, siguiendo los consejos de Lampedusa, la sensualidad extrema de este equinodermo al partirlo en dos mitades. Si le añades limón, más o menos continuaba el Duque de Palma di Montechiaro, se retuercen como rozando el sumo placer. No llegamos a probarlos.

Todos queremos a Juan Pinilla

Todos queremos a Juan Pinilla

Huétor Tájar dedica su peña al cantaor más joven

Me cuentan que Camarón marchó a Barcelona a inaugurar una peña con su nombre cuando tenía treinta años. Ese “record” se superó el viernes, 3 de octubre, cuando algunos aficionados del pueblo de Huétor Tájar, respaldados por el Ayuntamiento, decidieron abrir su peña con el nombre de su hijo más querido, con el cantaor más joven y, a la vez, quien ha llegado más lejos y seguirá subiendo. Porque, apoderándome de unas palabras que pronunció Paco Espínola en su presentación, Juan Pinilla no crece, se agiganta. Juan, con sólo 27 años, gravita en la cresta de las olas desde que fue galardonado con la Lámpara Minera en el Festival Internacional de Cante de las Minas de la Unión. Llevaba años intentándolo y trayéndose algunos primeros premios, pero no fue hasta la edición de 2007 cuando se impuso sin condiciones. Durante esos años, siete o más, ha ido avanzando como cantaor, como artista, como persona. Ha reunido a su alrededor, en su pueblo, un club de seguidores, de los que partió la iniciativa de abrir una peña flamenca en su nombre. Inútilmente, él se queja, refiriendo con humildad el nombre de otros cantaores cercanos, ya desaparecidos. Pero no, no hay más que hablar. La Peña Flamenca Juan Pinilla de Huétor Tájar ya es una realidad.

Es un pequeño local en la calle Teresa de Calcuta, muy cercano a la Casa de la cultura, primorosamente acondicionado, y decorado con fotos, carteles y recortes de periódico alusivos al cantaor y a sus circunstancias. Al lado de la peña, colaborando en su infraestructura, el bar La Trilla, fueron, en cierta manera, anfitriones inmejorables.

Juan, es decir, su peña, su gente, no tuvieron nada más que poner la fecha y la hora, para que acudieran cerca de trescientas personas al evento otoñal. Entre los invitados se contaban personajes de la política (“de los tres partidos”, apuntó Pinilla en su intervención), de la cultura, como el poeta Manuel Ruiz Amescua, y artistas, sobre todo artistas, del flamenco, en cada grupito que te acercaras había un cantaor o un guitarrista o algunos bailaores. También hicieron acto de presencia una representación de las peñas de Granada. La Platería, la decana, apadrinó el bautizo de la recién nacida peña de Huétor. Otras peñas que quisieron respaldar este acontecimiento fueron La Parra de Huétor Vega, Eva la Yerbabuena de los Ogíjares, Manolo Ávila de Montefrío, La Zahareña de Monachil y Frasquito Yerbabuena de Cullar Vega.

El acto fue sencillo y emotivo. Se desarrolló en una carpa a las puertas de la peña, pues la afluencia de público no habría cabido ni por asomo en el local. Los preliminares protocolarios, de tan sentidos, tuvieron una gran acogida. Comenzando por el presidente de la peña, Juan Jaimez, pasando por el alcalde de la localidad, Fernando Delgado, y la diputada de cultura, Asunción Pérez Cotarelo, y terminando por los alcaldes de los pueblos limítrofes y el personal de otras peñas, todos tuvieron palabras de agradecimiento y halago al cantaor hueteño.

Y llegó el momento. Pocas veces un escenario ha estado tan nutrido. Nunca el altruismo artístico ocupó tan pocos metros cuadrados. Temiendo olvidos involuntarios, citaré los flamencos que prestaron su corazón y sus ganas a este generoso fin de fiestas. Al cante estuvieron, aparte del mismo protagonista, Curro Albayzín, Antonio Trinidad, Antonio Colorao, Curro Andrés, Manuel Palma “El Zahoreño”, Aroa Palomo y Judith Urbano; a la guitarra, Luis Mariano, Francisco Manuel Díaz, José Manuel Cano y Carlos Zárate; al baile, Manuel Liñan, Jara Heredia, Anabel Moreno y Silvia Lozano. Además, entre el público se encontraban, sin subirse a las tablas por diversos problemas, Mariquilla, Rebeca, La Sensi, Manuel Carvajal, Tatiana Garrido y muchos, muchos, aficionados. Y es que todos queremos a Juan Pinilla.

* En la foto (a partir de la izquierda): en pie: Juan Pinilla, Francisco Manuel Díaz, Jara Heredia, Curro Albaycín, Curro Andrés, Antonio Gallegos, El Zahoreño, Antonio Trinidad, Anabel Moreno, el niño no sé quies es, Judith Urbano, Antonio colorao y José Manuel Cano; a la guitarra: Carlos Zárate y Luis Mariano; al baile: Manuel Liñán.

 

Berenjenas a la miel de caña

Berenjenas a la miel de caña

La berenjena era uno de los productos más apreciados en la huerta árabe. En al Andalus la tomaban tanto frita, como cocida, rellena o rebozada. El músico y poeta bagdadí Abu l-Hasan Ali ibn Nafi, el conocido Ziryab (Mirlo), debido a su tez oscura y hermosa voz, instalado en al Andalus en 822, que fue el árbitro indiscutible de la elegancia cordobesa, llegó a proponer para la boda de su hija mayor, Ulayya, ofrecer a sus invitados, para excitar el paladar antes del banquete, la degustación de tres mil quinientas berenjenas troceadas y sumergidas en cebada macerada durante todo el día y, después de freírlas en aceite limpio de oliva, bañadas generosamente con miel de caña, costumbre que se extendió rápidamente por toda la ciudad de la Mezquita.

 * TEXTO perteneciente a: "Anecdotario apócrifo de recetas andalusíes".

** GRABADO: Antigua Mezquita de Córdoba.

La tonta

La tonta

La tonta sonríe, se encuentra hermosa.
Se ha coronado en el espejo
con una diadema de flores
que ella mismo ha confeccionado.
Ha enrollado una sábana
alrededor de su cuerpo desnudo
dejando un brazo fuera
como las diosas en las fotos.
Nadie perturbe un mundo
que sin duda le pertenece.

Bien sabe Erato que de la poesía me estoy quitando, como anteriormente me quité del dibujo, por puro complejo. Pero, a veces, a las situaciones, imágenes, sueños, que se cruzan ante nosotros, no hay más que dedicarle unos versos.

Así, con todo el respeto y lleno de una extraña admiración, escrbí este poema.

* No grites, tonta. Aguafuerte de Francisco de Goya (Los Caprichos, 1799).

El último gran Festival

El último gran Festival

Velada Flamenca de Armilla

La Velada Flamenca de Armilla, coincidiendo con las fiestas de San Miguel, a finales de septiembre, pasa a ser el último de los festivales de la temporada. Son los últimos coletazos de un verano que nos deja de la noche a la mañana. Es un gran festival con meridiana calidad y mucha cantidad. La asistencia fue escasa, el sonido tuvo deficiencias y el recinto limitó el desarrollo, es decir, puso hora límite de cierre, lo que redujo las actuaciones a dos cantes nada más en la segunda parte y el baile, lo más vistoso y completo, tuvo presencia tan sólo en una ocasión. Todo esto me da a reflexionar someramente sobre este tipo de encuentros y dejar claros algunos puntos que reflejan el parecer de bastantes aficionados. Primero, los festivales multitudinarios, de más de tres o cuatro artistas deben desaparecer. Segundo, cada artista debería hacer un mínimo de tres cantes, y no más de cinco o seis, para que se saboree el decir del cantaor y para que no se alargue demasiado. Tercero, el sonido es imprescindible; se debería mimar al detalle y darle prioridad ante cualquier otra circunstancia; sobre todo en el baile, esa gran asignatura pendiente. Cuarto, la fecha, el coste y la promoción, deben tener también su protagonismo para garantizar la mayor expectación posible… Dicho esto, a vuelapluma, podemos continuar con su desarrollo.

Tanto este festival, como el del día anterior en Monachil, como, me imagino, los próximos eventos de flamenco, están dedicados a la memoria del gran bailaor y coreógrafo Mario Maya, y así se manifiesta al principio del recital. Principio que abordan dos jovencísimos armilleros, Mª Ángeles Pérez y Jonathan Morillas, a la guitarra, su timidez e inexperiencia no desmerecieron su entrega por caracoles, tientos-tangos y fandangos. José Fernández y José Fernández “Niño”, en segundo lugar, dejaron su impronta y su buen gusto con unas cantiñas, una granaína y media de buena factura y algunas verdades en forma de fandangos. Hasta el cante gitano de Sara Heredia, arropada por Antonio “El Chonico” y sus seis cuerdas, el sonido no se despertó. Sara tiene momentos buenos y muchos del montón. El día a día en la cueva desgasta mucho. Hoy fue grande por levante, y bastante acertada en la soleá por bulerías y, sobre todo, en los tangos de Granada, en los que se erige una gran representante. Antonio Mejías, de Lucena, fue toda una sorpresa. Se templó con una soleá y solicitó compás para las alegrías y las bulerías, que bordó, en las que estuvo largo, incorporando cuplé y “La Salvaora” caracolera fuera de micrófono. Fue cuando nos cercioramos de que sin megafonía sonaba mejor. Terminó, a petición del público, con un par de fandangos. Pero donde el sonido hizo estragos fue en el baile de Patricia Guerrero. Los pies no se oían debidamente y los continuos pitidos afeaban las alegrías. De poco le sirvió el buen cuadro que llevaba atrás: Miguel Lavi y Manuel Heredia al cante y Luis Mariano y David Carmona a la guitarra. Ella, de dulce.

La segunda parte tuvo poco sabor por lo escaso. Un par de temas cada cantaor y pendientes de las manecillas. Comienza Miguel Barroso con su cante ortodoxo y bien modulado haciendo una granaína y después una soleá. El toque preciso y respetuoso de Manuel Carvajal le acompaña. La almeriense Montse Pérez, acompañada de Ramón del Paso, propone los caracoles de Chacón y se queda en Cádiz con unas sabrosas alegrías. Judith Urbano, temperamental y eminentemente festera, apuesta igualmente por aires de la bahía y termina por tangos. Carvajal acolcha su grito. El mismo guitarrista vuelve para formar, junto con Manuel Palma “El Zahoreño”, una de las parejas más conseguidas de la noche. Comienzan por soleares y, aceleran este mismo soniquete, para irse por bulerías.

Es el último gran festival. Con más carencias que verdades. Por su futuro, por su continuidad, debemos replantearnos bastantes cosas.

* En la foto María José Pérez en el XVIII Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en el que ganó el premio Antonio Chacón (© Toni Blanco).

Una apuesta por la raíz

Una apuesta por la raíz

IX Festival Flamenco de Monachil

Con un mes de retraso respecto a ediciones anteriores, la localidad de Monachil, organizado por la peña “La Zahareña”, celebra su noveno Festival de Flamenco. Este año, dicho encuentro se ha multiplicado en dos jornadas. El viernes tuvo lugar un minifestival en el que actuaron los alumnos de la escuela flamenca de Monachil, encabezados por sus profesores. En la velada del sábado, un grupo de artistas, cuyo punto en común es la ortodoxia y el apego a las raíces, hicieron las delicias del, por desgracia, poco público asistente. Apenas doscientas personas, que fueron llegando escalonadamente, aplaudieron sin discusión a todos los actuantes.

José Fernández fue el encargado de abrir la noche. Lo hizo con unas malagueñas de “El Canario”. Desde ese primer momento conquistó con su buen gusto y la redondez de su fraseo. Le acompaña a la guitarra su hijo, del mismo nombre, que, pese a su juventud, tiene un toque limpio y maduro. Sus fabulosos aires de Cádiz, inclinan al público a pedir caracoles, que el cantaor satisface sin condiciones. Termina José Fernández con unos fandangos de corte reivindicativo.

La almeriense Montse Pérez lo sustituye en el escenario. A la guitarra un preciso Ramón del Paso rellena los silencios con depuradas falsetas. Con una voz brillante y vigorosa, rica en matices, Montse comienza con granaínas en las que se entrega sin reservas. Continua por cantiñas; una milonga, que dedica a todas las madres; y termina con unas seguiriyas muy conseguidas para su corta edad. De propina añade a su repertorio un par de fandangos, que acaba cantando sin micrófono, a pie de escenario.

El Zahoreño, con un rosario de premios a sus espaldas, se presenta con una agradable vidalita. Prosigue con alegrías y, su palo estrella, granaína y media, con las que siempre conquista. Termina con fandangos. Zárate, rotundo y vital, lo arropa con su guitarra.

Los alumnos de la escuela de baile de María Granados cierran la primera parte.Elimeri “La Candela” baila por alegrías; Laura Moya y Miguel Jiménez, un paso a dos, con momentos meritorios, lo hacen por bulerías.

La segunda parte se presenta profunda. Antonio Gómez “El Colorao” se templa, como va siendo habitual en su repertorio, con unas marianas. Retomando el mismo soniquete que Ramón del Paso marca a su lado, el tradicional zorongo gitano sirve de estribillo a unos tangos que son bien acogidos. Antonio es grande por seguiriyas y por soleares, que interpreta, imponiendo su magisterio. Entre medias, unos fandangos festivaleros, descargan la tensión.

Diego Clavel, corredor de fondo, maestro indiscutible, cierra el Festival con una serrana que explica, “empiezo con liviana y acabo con la seguiriya de María Borrico”. De esta guisa, va anunciando todos los cantes que aborda y que borda. A los tientos le sigue la soleá de Alcalá y a ésta unas seguiriyas de impecable sabor, con las que remata la noche.

* Diego Clavel, en la imagen (© Daniel Muñoz).

La voz del tiempo

La voz del tiempo

La Guitarra en Otoño

El jueves, dentro del ciclo "La guitarra en otoño", María José Pérez estremeció con su torrente de voz el patio de la Casa de los Tiros. Con un aforo limitado a unas escasas 200 personas (más de la mitad de pie), la flamencura, el rigor y la ortodoxia de esta joven cantaora almeriense se sintió como un verdadero regalo otoñal. Fue un recital lleno de intimismo y complicidad. Cercano y familiar, como el mismo ambiente renacentista impone.

A la guitarra un preciso Miguel Ochando, fino, limpio, más relajado que tocando a solas la semana anterior, en la inauguración de este programa, arropa muellemente a su partenaire haciéndole el camino más liviano. Ambos se admiran. Existe comunión, compromiso. Los solos de Ochando son merecidamente aplaudidos. Destacamos la introducción a las granaínas, el soniquete por tangos, tan de aquí, las bulerías en su conjunto, y tantos momentos...

María José se templa con una soleá. Desde un principio lo da todo. Es austera, clásica, considerada. Sabe donde mirar, donde reflejarse. Es grande en su comienzo. Se gana al respetable cada vez más entregado. Es la voz del tiempo, que en este entorno se hace pasado, se hace futuro. Su segunda entrega, bendiciendo la tierra que la acoge, viene en forma de granaínas, que son de Vallejo, y las medias, de Chacón, que se adapta mejor a su tesitura. De Granada pasa a su tierra, haciendo un taranto de Almería, sentido, lleno de matices. Con extraordinarias facultades anuncia cantiñas, que se quedan tan sólo en alegrías. Domina sin concesiones tanto lo jondo como la fiesta.

La segunda parte puede que supere incluso a la primera. Los tientos, de clara influencia morentiana, pasan a ser tangos que se quedan en Málaga. Quizás, el respeto, le aconseja no arriesgarse aún con los tangos del Sacromonte. Unas guajiras llenas de sal, anuncian lo que será su mejor entrega. Las seguiriyas, que comienza insegura, rompen en su mitad, consiguiendo el sentimiento trágico y brillante de toda una cantaora. Triunfar con seguiriyas es como aprobar con matrícula.

Termina María José con unas bulerías, bien marcadas por el maestro Ochando, en las que hasta se atreve, con poca fortuna, a improvisar una pataílla.

* Foto de esa noche, movidilla (movidilla la foto y movidilla la noche) (© José Manuel Rojas).

Para siempre, maestro

Para siempre, maestro

Parece una paradoja, lo único seguro en la vida es la muerte. Tarde o temprano todos se van. Pero cuando la oscura muerte nos arrebata a un ser tan cercano y tan grande, el dolor se acrecienta por el vacío inconmensurable que deja. Mario Maya desaparece en plenas condiciones creativas. Hace apenas diez días presentó en la Bienal de Sevilla su último montaje, “Mujeres”, que presentó en el Teatro Alhambra esta primavera, un homenaje a la mujer, al flamenco y a su evolución. Porque de él aprendimos que el flamenco no es estático, siempre está creciendo, redescubriéndose a sí mismo; al igual que aprendimos que el baile flamenco no es fuerza bruta; y, lo más importante, para hacer flamenco, para crear en el flamenco, para estar realmente comprometido, se debe tener la cabeza bien amueblada. Mario, lo digo sin tapujos, siempre lo he dicho, quizá junto a Gades, ha sido el mejor coreógrafo de flamenco en España. Individualidades hay muchas, pero con esa visión de conjunto, con ese arte y elegancia, se cuentan con los dedos de una mano. Mario tenía sus manías, era de carácter huraño, pero siempre tenía un buen consejo para el bailaor o bailaora que se lo pidiera, incluso aunque no se lo pidiera. Le dice a una bailaora “no des la espalda al público”, a otra “prolonga esa escobilla”, a otra “debes sonreír cuando bailas por alegrías”…

Hace poco lo vimos en el Corral del Carbón viendo a su hija, Belén Maya, que estuvo radiante. Cuando terminó el espectáculo se acercó a ella y le dijo que le gustaban unos pasos que hacía bailando por tangos, que les debía sacar más provecho repitiéndolos otra vez en la misma pieza. Su visión, en definitiva, era precisa y certera, crítica y apasionada. Todos los que han pasado por él lo tienen en gran estima, le deben gran parte de lo que ellos son. No quiero decir nombres, porque los olvidos a la larga pasan factura. Pero en el verano de “Diálogo del amargo”, llevó a escena un gran número de artistas granadinos y, puedo decir, como aficionado y como crítico, que, en la mayoría de estos chicos y chicas, se aprecia claramente un antes y un después del maestro Maya.

La historia de este bailaor es la historia del flamenco. Ha compartido cartel con los más grandes. Ha recorrido el mundo con sus múltiples montajes, colocando en un lugar de honor tanto el flamenco como la ciudad de Granada, porque, aunque naciera en Córdoba, era granadino.

Ahora se muere como el rayo de Miguel Hernández, cuando todavía tenía que hablarnos de muchas cosas, que tenía proyectos por realizar, que pensaba aterrizar en Granada para cerrar el círculo de su vida…

No ha muerto un bailaor. Ha muerto un intelectual. Ha muerto un creador.

* Le he dado un efecto de Photoshop a la única imagen de Mario riendo que he encontrado (su expresión solía ser de seguiriya), porque su calidad era pésima. Así me gusta recordarlo.

** Puntualmente recibía este blog y esporadicamente me mandaba sus opiniones directamente al correo.

Ajo blanco

Ajo blanco

 Abd al-Rahman III, después de poblar las inmediaciones de Madinat al-Zahira con cientos de almendros para que, cuando estuvieran en flor, recordaran a la bella Zhara las perpetuas nieves de Sierra Nevada, se hizo acompañar desde Granada de uno de los nobles ayudantes de cocina de palacio, para que le hiciese, en las comidas estivales el exclusivo néctar blanco, conocido como ajo-blanco. Su secreto, que pronto empezó a circular por todo el califato, consistía en entremezclar una almendra amarga entre tantas de buen sabor, para que le diera el contrapunto de la delicia. Este cocinero, además, para intensificar el gusto y la textura, hacía nadar en el caldo algunas uvas blancas bien peladas y deshuesadas.

* TEXTO perteneciente a: "Anecdotario apócrifo de recetas andalusíes".

** FOTO: Ruinas de Medina Azahara (© Diputación de Córdoba).

Más sobre los vientos

Más sobre los vientos

Si nunca llueve a gusto de todos, mucho menos sopla a gusto de todos. Si no que se lo pregunten a los marineros, a expensas de una vela, o a los molineros, esperando que se agiten las aspas. Si no que se lo pregunten a los habitantes de lugares donde el viento no descansa, en las cimas, en las costas, en las aristas. El viento hace perder la cabeza. El mayor número de suicidios está en Tarifa o Almería, morada permanente.

Los vientos preceden a la Rosa y a la brújula. Su denominación alude de donde proceden, no donde se dirigen o donde duermen. Así, para los griegos, el Siroco, viento del sureste, proviene de Siria (conocido también como Xaloc o Jaloque); y el Lebeche, viento del suroeste, de Libia. Del norte viene el violento Boreas y la Tramontana (tras los montes); el Gregal o Greco del noreste; del este el Levante (dicen que Chano Lobato es capaz de meter por bulerías este viento); el viento Sur es la suave brisa del Céfiro; el Lebeche sopla del suroeste; el Poniente del oeste; y el Mistral o Maestro del noroeste.

En China existen (o existían) «escuelas de viento» para la gracia del andar. Su filosofía persigue poder caminar como se inclina de la tercera caña del bambú. Cuando sopla el viento, la primera caña de bambú se inclina en exceso. La segunda, algo protegida por la primera, se inclina menos. La tercera se inclina poco y se mece con gracia. Este es el movimiento verdaderamente elegante, que deben imitar las mujeres hermosas, las danzarinas y las muchachas cuando van a conocer por vez primera a su futuro marido.

* Fotografía tomada del blog "Lo que ven mis ojos".

Buenos aires

Buenos aires

Ya me gustaría conocer la ciudad bonaerense para escribir de ella. Ya me gustaría visitar la capital Argentina para opinar humedecido por sus recuerdos en primera persona. (En mis primeros estudios, este país se llamaba "La Argentina", con ese pedazo de artículo femenino delante, haciéndola como más familiar.)

Los buenos aires (o los buenos vientos) de los que quiero hablar tienen que ver con el tiempo meteorológico, con los soplos del cielo, con ventiladores astronómicos.

Y es este tiempo que enamora, finalizando el verano y anunciando un otoño que en Granada llega tan angosto como agosto extenso, que da gusto pasear, sentir la brisa, compartir la cuchara y el colchón.

Porque el otoño (su transformación, se entiende, la fina línea entre el calor y el frío) es una primavera más sepia. La primavera de los sueños y la remembranzas, la primavera de los solos.

El viento tiene casa en Turios, Grecia. Sus habitantes, agradecidos al viento del Norte, Bóreas fecundador de yeguas, por haber diseminado la flota extranjera que acosaba su ciudad, le pusieron al dicho viento casa y tierras de labor en su provincia.

Los viquingos sabían apaciguar los vientos cantándoles canciones que tenían mucho que ver con el píar de las aves. Los bizantinos los calmaban llamándolos por su nombre o mentando a sus padres. Y los príncipes de Bagdad dominaban a dichos vientos (algunos dicen que en calidad de esclavos, otros que a cambio de oro) para que les fueran propicios y adversos a sus oponentes.

Los árabes del desierto también han sido amigos de los vientos. Pero, sobre todo, la antigua China. Cuentan que el sabio Hsia Yuming llegó a establecer la familia real de los vientos del Noroeste, que soplaban sobre la montaña de las Dos Fuentes, reuniendo un total de cuarenta y dos vientos (más un muerto, un fantasma de viento nebuloso que acudía dos veces al año). Yuming amaba, entre todos, al viento dieciséis, que era lento y pacífico soplaba en abril, cuando las violetas.

Una orquesta en las manos

Una orquesta en las manos

La Guitarra en Otoño

Un nuevo formato. Interesante en todo caso. Por lo solemne y lo cercano a un tiempo. Por lo entrañable y universal. El flamenco entra en los monumentos, como hasta ahora han entrado otras músicas. Aunque recuerdo precedentes puntuales, como cuando El Potito cantó en Los Condes de Gabia, es la primera vez que se programa con cierta continuidad y visos de futuro (quitando “Los veranos del Corral” o las representaciones en la Alhambra). Se me antoja pensar en “Música de los monumentos” y no “en los monumentos”. Como si al concebir patios y claustros, conventos y casas señoriales, pensaran en su alma musical.

La mejor forma de disfrutar una tarde. Sentados en un patio principal, acariciados por la guitarra de Miguel Ochando. Un poco tenso al principio, su ciudad le impone respeto, pero su dominio y aceptación hacen que olvide los posibles nervios. Tras un saludo parco y el anuncio pelado del tema que aborda, Miguel se presenta con granaínas. Las falsetas se imponen en el recinto. Es el latir del monumento. Es el sonido del agua de que este espacio carece.

La práctica totalidad de los temas que interpretará pertenecen a su disco “Memoria”, un trabajo, que para ser exclusivamente de guitarra, tiene muy buena aceptación. Para su segundo tema, un alegre y pegadizo zapateado, se hace acompañar de Alfredo Mesa, segundo guitarrista y discípulo. Alterando el programa, Ochando continúa en solitario con unas seguiriyas, en las que parece que la sonanta tiene voz propia. Para terminar esta primera parte, Alfredo, sin la presencia del maestro, nos brinda una farruca del Niño Miguel. ¿La limpieza se aprende? No tiene la soltura y calidad deseadas, pero la madera se deja entrever.

La segunda parte, ya más relajado, Ochando comienza versioneando una rondeña de Ramón Montoya. A su término, un espectador exclama: “Eso no es una guitarra, es una orquesta de ciento veinte músicos”. Con la guajira, rebosante de espuma y sal, retoma de nuevo el orden del programa. Alfredo ya no abandonará el escenario. La única concesión al no-flamenco es el tremendo “Lo que vendrá”, un tango de Astor Piazzolla. Termina el recital con unas originales bulerías en tono de rondeñas y con una propina por tangos, a los que le aporta ese soniquete árabe tan exclusivo de Granada.

* Miguel Ochando, en una foto de su cedé "Memoria".

 

Reivindicando el pequeño formato

Reivindicando el pequeño formato

XIX Noche Flamenca Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro

Reivindiquemos los festivales flamencos en los barrios, aplaudamos a las asociaciones de vecinos que apuestan por nuestro arte. Aparte de las peñas, muchas veces elitistas, y de algunas localidades, es la manera de hablarle de tú al flamenco, como siempre se le ha hablado; es la manera de hacer el flamenco de los ciudadanos y a los ciudadanos del flamenco.

Con menos medios de los deseados, con menos presupuesto del necesario, las calles y las plazas de la ciudad se visten de banderolas y farolillos para celebrar sus fiestas, en las que nunca falta su muestra de flamenco. Casi siempre con el mismo formato, un escenario modesto, un equipo de sonido mediocre, los focos inexistente, un cartel casi de favor… Pero el Zaidín, La Chana, el Realejo, Los Pajaritos, o, como en este caso, la Plaza de Toros, hacen un esfuerzo, que tiene mucho de pasional, y programan su velada.

La XIX Noche Flamenca de la Asociación de Vecinos de la Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro es un festival humilde, como ya digo, pero en el que no falta jondura y buen gusto. Un pequeño formato que, en cambio, reúne diversas corrientes y se muestra completo.

Sara Heredia, con su inseparable Antonio Heredia "Chonico" a la guitarra, nos traen de primera mano el flamenco de raíz sacromontano. Cantaron por levante, una soleá por bulerías y los imprescindibles tangos del Camino.

Sergio Gómez "El Coloraito", toma la alternativa, para hacernos vibrar con una soleá de Triana, las malagueñas del Perro de Paterna y una milonga. Que cada vez Sergio cante mejor, lo avala el rosario de premios que está recogiendo. ¡Muchas sorpresas nos dará este joven cantaor! Vicente Márquez ajusta su guitarra sin quejas.

El color de la noche lo pone Silvia Lozano bailando unas alegrías, redondas, sin fisuras, distendidas e inteligentes. Tanto el cuadro como el sonido, sin embargo, se le quedaron cortos.

Como cabeza de cartel, Mercedes Hidalgo, arropada por un virtuoso José María Ortiz, acordándose en todo momento de Morente, hizo tientos-tangos, granaína y media, cantiñas y remató con naturales.

Para terminar, con una sonrisa emotiva, vino la actuación de Manuel Conde, vecino del barrio, que, con sus ochenta y ocho años, principió con una taranta, para continuar por milongas y terminar con fandangos. Un fin de fiestas por bulerías pone fin a un encuentro que hay que proteger y apoyar.

* En la foto: Mercedes Hidalgo y J.M. Ortiz (© Sergio Cuesta).