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Algunas cosas y demás verdades

Sobre la Alhambra

Sobre la Alhambra

Lo confieso, yo no he votado a favor de la Alhambra como séptima maravilla del mundo. Puedo ser tachado de esquirol y antipatriota. Incluso habrá quién me retire el saludo. Pero no pienso caer en ese juego mediático.

La Alhambra es una maravilla por sí sola. Y no porque lo digan los entendidos o una supuesta votación universal. Sino porque yo la he visto, he paseado por ella, me da sombra cuando subo por el Paseo de los Tristes, me mira cuando camino por el Albaicín o recorro el Sacromonte.

Es una maravilla tan mía como yo de ella. De todos los granadinos, de todos los españoles, de todos los habitantes de la tierra.

Que ahora hay que votar. Por qué. ¿Porque lo diga un millonario inglés? ¿Porque lo respalden nuestras autoridades? ¿Porque es el pan y circo del momento?

Y porque vamos a votar por ella, ¿acaso conocemos a sus competidoras?, ¿acaso entran en el ranking todas las maravillas existentes en el planeta construidas por el hombre?

Y maravilla para quién. ¿Para quien ha votado?, ¿para quien emita más votos?, ¿para quien mejor se promocione?...

Las siete Maravillas del Mundo Antiguo eran las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. De ellas sólo quedan en pie las pirámides, que se pueden considerar lo que eran, Maravillas del Mundo Antiguo. Pero nadie las votó. No hubo ninguna reunión. Ninguna decisión de hombres sesudos (u oportunistas).

Fue fruto de los años. Las siete se impusieron por derecho. Los viajeros, todos los viajeros, de la antigüedad así lo atestiguaban. No había duda. No hay duda que las siete maravillas eran esas y punto.

Con estas nuevas siete maravillas quién se beneficia ¿la ciudad?, ¿el monumento?, ¿el notas que ha tenido la idea?, ¿las compañías de teléfonos?, ¿la política social?, ¿las casas de apuestas?, ¿el orgullo patrio?, ¿el ego de cada votante?, ¿los dispersores de la historia?...

Está bien colgarle medallas a nuestro monumento. Está bien que cuidemos nuestro patrimonio. Está bien que mimemos el turismo, querámoslo o no, primera industria granadina. Pero no así. Que no cuenten conmigo.

Corrientes subterráneas

Corrientes subterráneas

El sábado estuvimos en el cortijo de Juan Pérez, celebrando la mayoría de edad de Isabel Maynés, su familia, sus amigos y nuestros hijos. Un día agradable que se prolongo hasta el anochecer. Comimos, bebimos, reímos y disfrutamos (huelga decirlo).

Pero, quienes mejor saborean esos acontecimientos, para mí que son los niños. El niño se olvida de la realidad y entra en el paréntesis de una fantasía, en el sueño irreal de ser lo que se imagina. Mi hijo, con una espada o un pedazo de palo, vigilaba un castillo que se alzaba a sus espaldas donde todos no vemos nada más que aire (los demás niños también, de una forma u otra, palpaban las torres y las almenas).

La vuelta a casa fue dura. La realidad siempre duele. Con el niño en brazos, puro churrete medio dormido, lo aseé en el lavabo, pues un baño no aguantaría. Comió poco y se quedó dormido.

Y, como a mí me pasa, cuando está muy cansado no descansa bien. Así que a media noche, lo rescaté de sus incubos y lo acosté en mi cama, con su madre. Yo me tendí en la suya, que es donde mejor se duerme de la casa.

Nos lo dijo un brujo, un hombre de campo, un zahorí, que hace unos seis o siete años nos cobró diez mil pesetas, a instancias de mi dueña, por pasearse por toda la casa con unas varillas, comentando algo sobre los “muros geodésicos” y las “corrientes subterráneas”, que la casa, en plena vega, padecía.

Su conclusión fue tajante: la casa estaba mal orientada, debíamos mudarnos. Si acabamos de llegar, nos quejamos. Sólo era un consejo.

Mi mujer se quedó preocupada. Yo era una pizca más feliz antes de saber todo eso.

También nos dijo las zonas de la casa donde la energía era más positiva. Y una de ellas es donde duerme ahora mismo Juan Fernández.

* FOTO: Juan Fernández en el cortijo de Juan Pérez el año pasado (© Manuel Mateo)

Proporción de la pena

Proporción de la pena

Algunos presos que están en la cárcel son inocentes. Mucha gente que pasea por la calle es culpable, sinvergüenzas, delincuentes. No desvelo nada. El ladrón de guante blanco queda impune, en muchas ocasiones. El ladrón a mano desnuda siempre paga.

¿La condena está proporcionada con la culpa? Se supone que sí, se espera que sí. Salvo excepciones, quien la hace la paga en proporción.

Pero, lamentablemente no es así. A mis oídos llegan las noticias de presos que delinquieron en su juventud, por su mala cabeza, por sus malas compañías, y siguen pagando una pena de varios años, que se agravan tontamente. Y el preso ya es maduro y se ha rehabilitado y se ha casado y tiene un hijo y debe seguir pagando...

Un estafador, con dinero y padrinos, ve la cárcel sólo para la foto y poco más. Hay excepciones, como digo, y desconozco el mundo presidiario.

Una de las funciones de la justicia a lo largo de los siglos ha sido buscar esa proporción delito-pena. Al principio de los tiempos era tremendo (a veces, es tremendo en nuestros días). Si robas te cortan la mano, si miras mal te sacan los ojos.

Después llegó Hammurabi con su código: la Ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente. Hoy día una salvajada. En su momento, una exquisitez. Si me empujan, yo empujo, y no le parto las piernas.

Todo esto viene a cuento de que, alternado con Capote, entre otros, estoy leyendo a Voltaire, ese genio de la Ilustración en Francia. En un cuento largo llamado "El hombre de los cuarenta escudos", de alto contenido social, habla de esto mismo: de la proporción de la pena.

Voltaire pone multitud de ejemplos dando por conclusión que en su época (principios del XVIII) los castigos no se acomodaban al delito cometido. Deplora y condena, en su condición de librepensador, estas prácticas. Con multitud de ejemplos nos va demostrando las excelencias de una sentencia justa.

Cuenta este pensador de un prior que ahorca a dos de sus jornaleros por robar un puñado de trigo; o de molinero, que resultó ser inocente, al que le impusieron el tormento "ordinario y extraordinario". La tortura ordinaria de la rueda trataba de ser roto en vivo por un sistema de poleas que tiraban de los cuatro miembros; el tormento extraordinario consistía en ingerir gran cantidad de agua a través de un embudo.

Imaginaros al inocente molinero, Jean Calas (ha trascendido hasta su nombre). Y a su mujer, que lo contemplaba y a sus hijas y a sus amigos...

Voltaire relata "la espantosa aventura de una virtuosa madre encarcelada (que también fue presa), unas hijas desconsoladas y fugitivas, su casa entregada al pillaje, un respetable padre de familia quebrantado por la tortura, agonizando en la rueda y expirando e medio de las llamas" (porque después quemaron sus despojos).

Es preferible que cien culpables salgan impunes a que un solo inocente pague.

Luigi Pirandello decía: "Si el errar es propio de humanos, ¿no es la justicia una crueldad".

Ayer tomé un vino

Ayer tomé un vino

Adán, nuestro padre primigenio, espermático, cuya supuesta tumba está en Hebrón, por si le interesa a alguien además del que suscribe, ya conocía el vino. Pero se encontraba sobrio, completamente sereno, cuando tuvo la delicadeza de rechazar esa oferta sin precedentes, de paraíso terrenal más vida eterna, que un dios de estreno en su oficio (llevaba tan sólo unos días trabajando) le ofreció libremente, a pesar de conocer la respuesta.

Se vieron desnudos por primera vez. Sintieron vergüenza de su cuerpo. Nació el erotismo, la atracción, la belleza del cuerpo (hasta ahora sólo era bella una puesta de sol, una mariposa, un manzano, que terminó por complicarles la vida). Y, con su negativa, Adán y Eva firmaron su sentencia de muerte, pero también sembraron el amor a la vida (sólo se ama lo que se puede perder o lo que se ha perdido) y esparcieron una esperanza.

Eva y Adán dijeron "no, gracias", renunciando al azúcar de la fácil salvación, pero abrazando la sal del pecado, de las desviaciones, de los vicios... No a la rosa sin más. Sí a la rosa con espinas. Por un momento simpatizaron con la tentación en forma de sierpe. En un instante, darían casi sin saberlo, cuartel a los cientos de miles de personas que viven de la industria del vestir.

Y, como me estoy desviando de lo que quería contar, retomo el hilo espirituoso y lanzo una pequeña denuncia.

Soy vinícola. Buen bebedor de vino. De ninguna manera un experto. Suelo beber vino con todas las comidas. Una bebida sana, buena para el corazón y no sé qué más cosas, sin abusar, se entiende (todo abuso es malo). Se me antoja que es nuestra bebida, el licor del sur, el caldo mediterráneo, más refinado, más elegante; frente al sabor bárbaro de la cerveza, propia de pueblos del norte, con pieles y con cuernos, que, además, te suelta la vejiga.

Mi amiga Búha, que sí que sabe de vinos, dice que un vino es bueno cuando te tomas una copa y después otra y después otra y después la botella y no pasa nada, no te pega el castañazo, el subidón. Quizá maree, pero al día siguiente la resaca es sólo el buen recuerdo.

Para beber hay que comer. La cultura de la tapa es imprescindible para ingerir estas maceraciones. Incluso, hay determinados caldos que se saborean mejor con algún picoteo, llámese queso, ahumados o frutos secos.

Lo malo (o lo bueno) del vino es que te acostumbras (a veces, hasta crea dependencia). Digo, te acostumbras a su sabor, su olor, su color, su textura, su densidad... Y ya no tomas otra cosa normalmente. Y esperas calidad o al menos decencia.

Aunque no en todos los lados se pueden tomar este néctar. Puede estar pasado, picado, astringente, caliente, frío, manoláctico...

Ayer, mientras esperaba a mi dueña con el niño dormido en su carrito, me senté en una terracita y me pedí un vino. Al primer sorbo advertí el doble dolor de estómago que sacaría de ese momento relajado. A saber, el vino no estaba muy en condiciones y me cobrarían para pagar la botella, casi.

* ILUSTRACIÓN: El vino a las 3 (© Germán Caporale)

Aproximación a la teoría de los contrarios

Aproximación a la teoría de los contrarios

Lo más fácil para introducirnos en esta teoría es, con perdón, pensar en las mal llamadas desviaciones sexuales (mejor conocerlas como erotomanías) (grandes erotómanos conozco) (mujeres y hombres muy respetables).

Atendamos pues algunas inclinaciones como el boyeurismo (el mirón, en un español más castizo) o el sadismo. Sus contrarios serían, el exhibicionista y el masoquista, respectivamente. En sí "aberraciones" todas ellas, si las víctimas, o sea, el observado y el apaleado son inconscientes. Pero si comulgan con su contrario, estos pecados se trasforman en actos la mar de saludables e incluso virtuosos.

Ahora, menos extremo, pienso que hay gente que le gusta leer el periódico de los demás, visualizarlo por encima del hombro. Prefieren ojear el diario de la mañana y no hojearlo. Ver y no pasar sus hojas. Hay quien le molesta y se cubre con el brazo, con el hombro, como en los exámenes de la escuela o se dan la vuelta o cierran el periódico directamente, si se enteran.

Por mi parte, no me importa en modo alguno hacer de atril, compartir mi lectura, marcar el ritmo con mi hojeo, con el interés que le presto a cada noticia. El ojeador o mirón o voyeur en definitiva, va apañado si lo que desea otear son los deportes.

En casa, salvando las distancias, más que contrarios debe haber complementarios. Si te gusta (o te disgusta menos la plancha) a mí me gusta la cocina. Y si yo riego las macetas, tú limpias la jaula del búho (es un decir, pues no tenemos búho ni jaula que limpiar ni ganas de mascota que pida pan) (¿quizá un caniche de gomaespuma o un patito de goma azul que habla?) (¿o todo lo contrario?).

Lobos

Lobos

Es un tema del que se podría seguir hablando a lo largo de los años. Los lobos dan mucho de sí.

El lobo, ese salvaje superviviente de los carnívoros europeos, tiene una merecida fama de malo, malo. Es el más malo de los cuentos y fábulas de toda nuestra tradición continental. Y sigue siendo el malo en películas, relatos y dibujos animados. Sin embargo, es un ser admirado, elegante y gremial.

Blancanieves, Los tres cerditos, Los siete cabritillos... todos tienen (temen) al lobo como enemigo 'feroz' que, no obstante, siempre sale mal parado, escaldado, engañado y sin comer otra cosa que no sean piedras.

Aunque, a decir verdad, el niño (y más cuando ve la imagen inofensiva de una ilustración) siente una llamada interior que lo hermana con el lobo. Por el lobo se puede exclamar "ánimalito", lo que nunca diríamos de los cerdos o de las cabras.

Prueba de ello, aunque el lobo fuera un coyote, la tenemos en los dibujos del Correcaminos. La mayoría de los niños-adultos con los que he hablado simpatizaban con el cánido y, por decirlo de algún modo, les hastiaba la perfecta agudeza del pajarraco.

Paco Ibañez cantaba en su mundo alrevés a un lobito bueno, reconociendo que el epíteto lobuno es todo lo contrario. El lobo símplemente sigue su instinto de supervivencia y se acerca a los rebaños, como nos acercamos nosotros al frigorífico, y acaba con una o varias ovejas vivitas y que balan (no confundir con una marca deportiva).

También han atacado al hombre, al pastor, al niño que camina solo, a esa niña con un tarro de miel en la cestita y a su abuela. Era un asesino sin más. Un ser sin escrúpulos que podría muy bien comer lechuga y dejar a los corderos en su silencio. Hobbes decía: Homo lupus homine, que quiere decir que 'el hombre es un lobo para el hombre'. (Sartre, retomando la idea, afirmaba, en su obra A puerta cerrada, que el infierno del hombre son los demás hombres.)

Boris Vian, remedando toda la tradición fantástica europea, concibió al lobo-hombre. Un lobo normal y corriente que, en las noches de plenilunio, se convertía en hombre (una metamorfosis más angustiosa que la de Gregorio Samsa). Más tarde, un grupo español de los 80, llamado La Unión, reprodujo esta historia cantando un lobo-hombre en París (su nombre Denís).

A decir verdad, todos tenemos algo de lobo, nuestro comportamiento social es de manada aulladora (aunque preferiríamos ser familia de elefantes, más civilizada). De hecho, los italos y, por ende, los romanos y todos los europeos descendemos de una loba, de la leche de la Loba Capitolina.

Algunos autores, agudizan la historia, diciendo que en realidad era una zorra. Me explico, era una loba, versus zorra, porque cobraba por sus servicios. En la Roma arcaica, a las meretrices se las denominaba lobas, o sea, lupus, de ahí el término de 'lupanar'.

¿Quizá nuestra atracción por la luna llena tenga reminiscencias de lobo?, ¿o de hombre-lobo?, ¿o de lobo-hombre? Y una última pregunta: ¿por qué a ciertos ejecutivos se les conoce como lobis?

* Foto extraída de la Revista Litoral: texto de Rafael Alberti, escrito en Roma: Peligro para caminantes, en Obras completas. Tomo III. Poesía 1964-1988, Madrid, Aguilar, 1988. Su traducción sería: La vieja loba madre / Ha sido derrotada por los gatos. / Rómulo y Remo bajan por la noche / Para mamar la leche de las gatas / Y jugar con los gatos por los Foros.

Por qué se me ocurriría traducir al pato de goma azul

Por qué se me ocurriría traducir al pato de goma azul

Entre los juguetes de mi niño, para hacerle agradable la hora del baño, se cuentan dos patitos (y una ballena y un pingüino y una rana y dos barcos...). Uno verde y el otro azul. Al verde, se le tira de un cordel y mueve las patitas hasta que la cuerda se acaba. En teoría hace unos largos como del comandante Cousteau, pero el perímetro de la bañera no le permite explayarse.

El azul, me complica la vida. Al contacto con el agua se pone a graznar (no confundir con las declaraciones de Gosé M.ª Aznar). El primer día que hizo "cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua", se me ocurrió traducirlo para mi desgracia.

Digo "para mi desgracia" porque ahora estoy obligado a interpretar todas las sandeces que se le ocurren al plumífero, que si está buena el agua, que tienes que ser valiente y dejar que te echen agua por la cabeza, que ya es hora de salir, que el agua se está enfriando, que peinaté, que tienes el pelo de punta, que cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua...

No siempre lo entiendo. Es decir, no siempre tengo cosas que decir, no se me ocurre sencillamente algo coherente, instructivo, gracioso, convincente, etc., y mi niño, Juan Fernández, me acribilla con la misma pregunta repetitiva: "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?"...

Y, si por suerte se calla, que a veces sucede por falta de movimiento, ruido, atención o no sé qué, la pregunta es: "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?"...

Temo que, si escondo el pato, como he llegado a pensar, en el momento menos oportuno delate su escondite: cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua... y volveré a estar perdido.

Alergías

Alergías

Quien esté libre de alergías que tire el primer kleenex.

En estos momentos, cuando el mundo es un nido de agresiones, es difícil escapar de sus consecuencias.

Efectos del maltrato a la tierra hay muchos: escased de agua, efecto invernadero, lluvia ácida, desertización, contaminación atmosferica y acuífera, exceso de basura, comida artificial... Por no hablar de la pérdida de valores, indiferencia y nihilismo, intolerancia, aumento de la violencia, desigualdades...

Uno de los resultados, quizá leves, pero generalizados y preocupantes, de esta evolución (¿involución?) es el crecimiento, desarrollo y mutación de los brotes alérgicos en las personas. Al igual que el nacimiento de intolerancias nuevas, antes casi impensables.

Todos somos alérgicos. En un grado u otro, todos padecemos intolerancias.

Nacen, sin embargo, tratamientos de choque alternativos, medicinas y comidas más "naturales" (o antinaturales), que llenan el mundo de ecepciones, llegando a considerar la normalidad como lo extraño, como lo raro, lo anormal.

Por estas fechas es normal (¿normal?) cruzarse con gente con mascarilla por la calle, esnifando y pegándose chupinazos con aerosoles. Tenemos alergia a las gramíneas, al olivo, al ciprés, al plátano de sombra... pero también al gluten, a la lactosa, a la albúmina (que se encuentra en la clara del huevo), al anisaquis (para fastidiar a los japoneses)...

Mi cuñada es alérgica al Látex y yo le preguntaba ambíguamente, con cierto matiz picante en mi sonrisa: ¿y cómo lo hacéis?. Ella, cogiendo elegantemente el testigo, para crearme una sombra de vergüenza y envidia, contestó: "existen otros métodos".

Yo, sin lugar a dudas, a lo que soy alérgico, y cada vez más, es al abuso y la violencia, verbi gratia.

Pintadas 3

Pintadas 3

Como prometí, hace más tiempo del deseado, hago relación de las pintadas que recibí en su día, debido a un llamamiento que hice a la sazón, con un eco limitado pero de una calidad encomiable. Efectivamente, en un artículo publicado el 19 de abril, llamado “Pintadas”, algunos de los asiduos a este blog me respondieron con algunas pintadas que ellos recordaban.

Esto me dio la idea. Al día siguiente hice un llamamiento a toda persona interesada para que “a vuelapluma apuntaran sus mensajes favoritos vistos en alguna pared”.

Como digo, el resultado, aunque no muy numeroso, fue de lo más sugerente. A continuación paso a relacionarlas:

La foto que antecede estas líneas es de mi amigo Manuel Mateo (elojodemateo ), que es parte de una décima y confiesa que es “una joya, la más bella pintada que jamás vi... lastima que tengan que ensuciar las paredes”. La encontró en la calle de la Colcha, hará como unos tres años o así.

La segunda foto es de Pablo Peregrín. La encontró “sobre un muro de uno de los almacenes del apeadero de tren que hay entre Charches y La Calahorra, y al parecer, toda la estación era un decorado de las peliculas de espagueti western que rodaba Sergio Leone entre Almeria y Granada”.

Mi compañero Bucanero (octubra ) apunta, porque le gusta, esa de “Nietzsche ha muerto. Firmado Dios”. Al día siguiente, este mismo comentarista, deja caer una utopía que encuentra en en una fachada de Pinos Genil: “Sé realista... pide lo imposible”.

Miguel Ángel González, por su parte, comenta: «En la calle San Juan de los Reyes, a poca distancia de la cuestecilla que asciende hasta Placeta de Toqueros, la jamba de una puerta inquietantemente nos interroga con esta memorable pintada: “¿Existe vida antes de la muerte?”».

Una amiga del ciberespacio llamada Marsu comenta: «Yo tengo una de mi pueblo, que me encanta: “Procura que el presente que vives se parezca al futuro que sueñas”».

Con patines, se apuntó también a la rueda y nos manda nada menos una frase que vio en Huesca y según parece le recordaba a mí: “Estos Japonudos son Cojoneses”. Y continúa con “una muy bonita en Barcelona y en castellano”: “Quise ahogar mis penas, pero las muy Jodidas flotaban”. Para terminar, por si no era suficiente, Con patines nos apunta la que su compañero tiene como fondo de pantalla en la oficina: “Campaña de Protección de nidos: no me toques los huevos”.

Mi querida B, lanza esta humorada que encontró en la fachada de una iglesia de Cuenca: “Cerrada por defunción del hijo del dueño” y completa con esta aclaración: “Sólo duró una noche...”. En otro comentario, sigue echando leña al fuego: “Dejemos el pesimismo para tiempos mejores”.

Al día siguiente y excusándose por su tardanza, la señora Cuti recuerda una frase que no recuerda dónde estaba: “La primavera está hasta los cojones del Corte Inglés”.

Como ven, no hay desperdicio. Seguro que hay más pintadas que recordamos y seguro que ahora nos fijaremos más en las que siempre nos han acompañado por las calles por donde pasamos.

Gracias a los que han colaborado. Gracias a los que me leen.

Hormigas

Hormigas

Un par de libros de supervivencia que manejaba en una juventud de explorador solitario y viajero serrano, con más senderos a mis espaldas de los que recuerdo, coincidían en una curiosidad culinaria. Esto es, que las hormigas son un buen sustituto de la sal.

Nunca llegué a probarlo a conciencia, sencillamente porque no me apetecía sazonar la ensalada con bichitos o salar el huevo con algo que enturbiara sus colores papales.

Reconozco, sin embargo, que en la vida de fortuna de cientos de aventuras y acampadas, comiendo a veces con mucha suerte: con frío, sin luz, a ras del suelo... habré compartido mesa (es un decir) con hormigas, mosquitos y otros bichos. Quiero decir que los habré ingerido sin más.

Contaban que los legionarios comían lagartijas y crudas (se podían comer el rabo y como les sale de nuevo, tener comida para una buena temporada) (que no es rabo de toro, pero ante una necesidad...)

No he comido hormigas porque no tengo por qué comer hormigas. Además, me dan cierta pena. Las hormigas tan afanosas, tan ordenadas, siempre en caravana (pero sin atascos), tan cabezonas, tan fuertes y disciplinadas. Pobre hormigas si en vez de sustituir a la sal sustituyeran a la pimienta (que el color es más apropiado) o al azafrán (con lo caro que está) o al tabaco negro, o rubio (también hay hormigas rojas).

Ahora en mi casa hay hormigas. Qué digo hormigas, son hormiguitas de tan pequeñas, negritas, casi transparentes, que, en el suelo del baño, que es amarillo, se ven perfectamente.

Mi mujer se pone de los nervios, que si una plaga, que todos los años por esta fecha, que hay que eliminarlas, que mira por donde van, que mira donde se han subido... Y a mí me da cierta pena su inocencia, su vulnerabilidad, su inocuidad.

No sé si juntarlas y conducirlas como en Hamelín con azúcar a lugares menos alarmantes, llámense la calle, el patio, la casa de un vecino más tolerante, o meterlas en un salero para momentos de escasez.

Remanso de paz

Remanso de paz

El otro día, el miércoles pasado sin ir más lejos (ni más cerca) experimenté un viaje cósmico, una estancia en un agujero negro, sin tiempo, sin espacio, otra dimensión.

Estuve, para vuestro conocimiento y probable envidia, en un convento de clausura. En concreto pasé un par de horas en el convento de las Tomasas en pleno Albaicín.

Un familiar mío, una tía de mi madre, vive allí retirada y, por razones diversas, requiere de vez en cuando mi presencia.

En principio fui para sólo un momento. Pero el tiempo se ralentizó, el reloj se fundió en mi muñeca y la realidad se convirtió de inmediato en la nebulosa de un agradable sueño.

Separados por rejas, como Dios manda, tratamos nuestros asuntos (también los terrenales), mientras saboreaba una infusión de manzanilla de su huerto con un poco de salvia.

Al tiempo, ya relajados, me hizieron pasar al convento, haciendo la vista gorda (Dios perdonará), pues debía solucionarle algún problema informático.

En las Tomasas conviven siete hermanas, tres de ellas muy mayores y enfermas, y el convento es enorme. Cuando visité uno de los patios floridos y cariñosamente cuidados comenté bromeando (y sabiendo la respuesta) si admitían huéspedes. Confesé que me hacía falta un retiro espiritual o un espiritual retiro. Nos reimos. Yo abiertamente, con cierto regusto de envidia. Ellas de forma muy discreta, clausurada, pensando, en el mejor de los casos, que eso era imposible.

Salí del claustro y entré en la ciudad y, puede parecer broma, pero me encontraba más feliz y relajado y sonriente y en paz. Amén.

* FOTO: nucleo urbano del Albaicín.

Gracias

Gracias

Ayer, al bajarme del autobús por la puerta delantera (ventajas del trasporte periférico), inmediatamente detrás mío, se apeó un sudamericano indefinido (se lo noté por el tono de la voz y quizá por la piel aceituna), que, volviendo la cara, exclamó en el último peldaño: "¡Gracias!".

Yo me pregunté gracias por qué. ¿Porque le han llevado de un sitio a otro?, ¿porque el precio ha sido módico?, ¿porque se ha conducido correctamente sin infringir ninguna norma?, ¿porque no hemos chocado ni atropellado a nadie por el camino?, ¿porque ningún pasajero loco ha sacado un arma o se ha inmolado entre los asientos del fondo?, ¿porque no nos hemos quedado sin gasolina en mitad del trayecto?...

Gracias, por qué. Si has pagado religiosamente tu billete y el autobús ha hecho su servicio...

Sin embargo, gracias, por qué no. Si no nos cuesta nada. Si deberíamos ser agradecidos cada minuto del día tan sólo porque respiramos o porque luce el sol o porque está lloviendo o porque hay flores o porque ríe un niño o porque muchos se aman y se besan o porque alguien cumple con su deber.

Lo que más me llamó la atención, empero, es que el conductor respondió con toda naturalidad: de nada.

Limpieza

Limpieza

La limpieza siempre es peligrosa. No me refiero a la limpieza en sí, en su acepción higiénica, sino al expurgo de nuestras posesiones, casi siempre, cuando el desorden oprime. O sea, lo que se dice hacer limpieza, despejar nuestros recuerdos tangibles de lo que creemos que ya no nos sirve o no nos es útil.

Basta con deshacernos de algo que guardábamos por si acaso durante años, para que a la vuelta de la esquina lo necesitemos.

Son pérdidas relativas, en realidad. Cuando tiramos algo lo hacemos con dolor quizá, pero a conciencia. Muchas veces, sin embargo, nos da alegría de deshacernos de algunas pertenencias, algunos recuerdos que no hacen sino anclarnos al pasado, a momentos que ya no volverán, sean buenos o malos.

Lo peor sin embargo es "prestar" algo porque no lo utilizamos de momento y cuando nos hace falta no lo tenemos o no sabemos dónde está o no recordamos quien lo tiene, que, voluntaria o involuntariamente se ha vuelto olvidadizo o amigo de lo ajeno o símplemente se ha apropiado de lo que está en su poder durante tanto tiempo ignorando quizá su pertenencia (el olvido afecta a todos).

Dicen que hay dos clases de tontos, los que prestan libros y los que los devuelven, y yo, amigos, soy de las dos clases.

Tapaderas

Tapaderas

Además de un primer significado ('pieza que se ajusta a la boca de alguna cavidad para cubrirla, como en los pucheros, tinajas, pozos, etc.'), la Real Academia apunta en su diccionario la acepción de 'persona o cosa que sirve para encubrir o disimular algo'.

Es normal en la novela negra y en las películas de policías, de la mafia, de espionaje... la tapadera, el negocio limpio que oculta otro sucio.

En Granada hay algunas tiendas de muebles sin movimiento alguno, sin luz apenas, sin apertura regular... que seguro son tapaderas para blanquear dinero probablemente. (Fantaseo). (No me tomen en serio.) (Es un ligero parecer.) (Vaya a ser que me meta en algún lío.)

Les Luthiers referían en una de sus grabaciones una especie de contra tapadera, en la que definían un local de juegos clandestinos y apuestas ilegales pero que en su fondo funcionaba un almacén.

Tapaderas son las que usan algunos señores y señoras que tienen una doble vida. Era común, cuando la homosexualidad era pecado nefando, ocultarla bajo un matrimonio de conveniencia, generalmente consumado con algunos inocentes retoños (hoy día inexplicablemente sigue pasando).

Lanzarote dicen que es una tapadera, una isla flotante, como Delos, en el Egeo, lugar de nacimiento de Apolo y Artemisa.

* ILUSTRACIÓN: Isla de Lanzarote, una tapadera.

Pintadas 2

Pintadas 2

Como decíamos ayer (frase reconociblemente unamuniana pero de empleo nada simbólico, sino vulgarmente real) la pintada es un grito en la pared, la exaltación de un sentimiento o de una queja.

A raíz de "Pintadas" recibí dos comentarios al respecto, apuntando sendas pintadas que han dejado huella en dichos usuarios. Una la trae a la palestra Bukanero, que expresa a la sazón: "Nietzsche ha muerto. Firmado Dios". La otra la expone con magisterio Miguel Ángel González y dice: "¿Existe vida antes de la muerte?".

Esto me ha sugerido la idea de hacer un llamamiento a los lectores de este blog para que me dejen alguna de las pintadas que recuerden o le hayan impresionado (que viene a ser lo mismo) en el apartado COMENTARIOS.

Con todas las frases (que espero que sean bastantes) elaboraré una próxima entrega de "Pintadas".

A voz de pronto, se me viene a la cabeza una declaración que encontré en un muro por el barrio del Realejo, entrando en la plaza de Santo Domingo, que rezaba de esta guisa: "Dios es mariquita". Es tremenda. No se sabe si es algún tipo de menosprecio hacia el hacedor (quiero pensar que no) o, por el contrario, la vindicación del ser supremo hacia el tercer sexo, con todo lo que conlleva.

Echadme una mano. Es un juego divertido, además de ilustrado. Pueden salir notas más que interesantes, además de probar la interacción de esta bitácora. O sea, el poder de convocatoria de un servidor. 

Pintadas

Pintadas

Ayer, en una calle marginal en las afueras de la ciudad, hacia el norte, encontré una pintada en una pared (dónde si no) en la que nos convocaba a una huelga para dentro de unos días. Al no estar fechada, puede ser la cita para este año o, más probable, para años anteriores.

Las pintadas, los grafitos (grafitis en plural) constituyen una tradición social desde el principio de los tiempos. Expresarse, manifestarse, en los muros, en las piedras... nace con el hombre mucho antes que la escritura.

Las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad se encuentran en las paredes de las cuevas. Son interesantísimos los petroglifos en las calles de Pompeya. Gran número de ellos de corte erótico (algún día haré una selección).

Es como un grito. Es una expresión desesperada, un manifiesto pasional.

La escatología está bien presente en los retretes públicos (hay varios estudios al respecto). Seguramente, el número más elevado de pintadas son políticas, de todos los colores, generalmente firmadas.

Pero, si tengo que elegir, me quedo con las declaraciones amorosas, los arrebatos, a veces desesperados, las inclinaciones de nuestro corazón: tal quiere a tal o me muero por tus huesos.

Rosa Montero se preguntaba, ante una de estas viscerales expresiones, qué le llevaba a un enamorado a grabar su nombre junto con el de su amada, o viceversa, a la vista de todos, quizá con un corazón, quizá atravesado por una flecha.

También los hay anónimos, que son como códigos secretos. "Te quiero nena", se puede leer subiendo por el río. Ellos sabrán.

Hay mucho de que hablar. Pero, para concluir, os dejo con una pintada de hace años en el metro de Madrid que decía "Se suspende el futuro por falta de participantes".

Elegancia

Elegancia

Conozco la anécdota por habersela leído al perfumista francés Eugene Rimmel (1820-1887). No recuerdo los detalles, sin embargo. Aconteció, posiblemente, en la corte de Luis XVI de Francia, un rey tan exquisito que concibió la forma de la copa baja de champán haciéndole un molde al seno de su amada. O, puede que fuera, con menos probabilidad, en tiempos de su abuelo Luis XIV, ese monarca excesivo. Pantagruélico en el comer, Príapo en el amor, tonante en gobernar.

Un personaje de la corte. Un marqués o un conde acudió a una fiesta galante, una lujosa llamada real o de alguno de los satélites de la corona. Al llegar este indivíduo, le tendió la mano anillada la anfitriona del convite para que se la besara, comentando llanamente: qué elegante viene usted.

Él caballero, con una leve sombra de indignación, preguntó a su vez: ¿se me nota?

"Sí", respondió fielmente la dama principal, adornando su aseveración con las flores más hermosas de un buen cumplido.

Se dio la vuelta entonces nuestro personaje y marchó a su casa para cambiarse, queriendo decir que la elegancia es discreta, cuanto es tremendamente manifiesta pasa por cursilería, artificio o pastiche.

La elegancia debe ser natural, ni forzada ni extridente. El mejor perfume deja de ser eficaz cuando de él se abusa. La excesiva finura en el trato te hace parecer sospechoso. Saber comer quiere decir comportarse con moderación, ser educado, respetuoso y natural en el uso de los utensilios. Nada más ridículo que utilizar instrumentos sin saber. Nada más patético que alzar el dedo cuando se bebe, mojar sopas con el tenedor, partir el huevo con cuchillo.

Te diré quien eres

Te diré quien eres

Dice el dicho (valga la redundancia): "Dime con quien andas y te diré quien eres", achacándole a tus compañías la imagen de tu persona. Las buenas gentes se juntan entre ellas y la bondad se comparte, se expande, se contagia (A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija). De igual manera, quien se junta con malas compañías, algo se le pegará, si no es él quien (también) influye en los demás.

Esto es de cajón. Y, muy lejos de mis intereses es dar una tópica lección moral. Lo que deseo es abarcar un poco más. "Con quien andas", describiría nuestras inclinaciones y preferencias, nuestros gustos y nuestras acciones, nuestro entorno y nuestros anhelos, eso que Ortega y Gaset (¡vaya dos!) llamaba nuestras circunstancias ("yo soy yo..." ya saben). (Otro pensador dijo "soy el que soy"). (Y otro, ratificó "ergo sum"). (Ballester, sin embargo, novelizó "Yo no soy yo, evidentemente).

Jugando con el concepto, escribí en cierta ocasión: "Dime en que escaparates te paras y te diré quien eres". O sea, lo que te define es hacia lo que se dirigen tus narices, tus intereses, tus ganas. O sea, tú, además de tú, eres lo que deseas ser.

Ahora me encuentro, en un libro llamado "Viajes con Herodoto", del polaco impronunciable Ryszard Kapuscinski, muerto recientemente, Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003 y modelo de periodista exterior y viajero impenitente: "Dime cómo te vistes, cómo te comportas, qué costumbres tienes, a qué dioses adoras y te diré quien eres".

* IMAGEN ideal de Herodoto, pues nadie sabía cómo en realidad era.

Bostezo

Bostezo

Los griegos llamaban bostezo al vacío, a la ausencia, al caos, a la nada. Bostezo es lo que existía (o sea, lo que no existía) antes del Océano y de la Noche, antes de la Madre Tierra y de padre de los dioses, incluso antes que el Huevo Universal.

Cuando bostezamos, mientras dura el bostezo, pasamos de ser a no ser, se anulan nuestros sentidos más elementales. Cerramos los ojos. Se apaga también una luz en nuestro interior. Clausuramos nuestro entendimiento. El bostezo es hermano de la amnea.

Todos bostezan, desde el más rico al más pobre, desde el rey al último plebeyo, desde el más féliz al más desgraciado. Ya no hay diferencia entre hombres y bestias. Los animales bostezan igual que los humanos y el vacío es el mismo, la nulidad es semejante.

Es algo primitivo. Bostezábamos en tiempos de dinosáurios y bostezaremos teletrasportándonos (si llega el caso) (que llegará) o en la máquina del tiempo que, si existiera algún día, ya existe, porque el tiempo no tiene fronteras, no tiene límites y, en este caso, no tiene tiempo.

No sólo se bosteza de sueño. También bostezamos de cansancio, de aburrimiento o por hambre. Se bosteza igualmente al cambiar de actividad. Y los bostezos suelen ser empecinados. Ahoguemos un bostezo y pugnará por manifestarse más pronto que tarde. Y disimulemos la boca abierta que el bostezo nos vencerá.

Casi siempre aparece doble o múltiple en sus dictados. Y vienen acompañados de lágrimas que no son de dolor ni de alegría, sino involuntarias de ausencia de deseo.

Cuando bostezamos bajamos la guardia. Somos vulnerables. Somos animales indefensos, formamos parte de la nada, del universo caótico sin agua y sin luz (y no porque la haya cortado el ayuntamiento).

El asiento doble

El asiento doble

En los autobuses urbanos de Granada, y supongo que de algunos otros lugares, han puesto algunos asientos individuales un poco más anchos que los demás, pensando en las personas de más envergadura o simplemente para aprovechar el espacio sobrante. Muchas veces me veo obligado a ocupar esos asientos y me da cierta fatiga porque no lo lleno ni a la mitad. Cuando voy cargado con alguna bolsa o equipaje lo agradezco, pero cuando voy pelado, ligero, los recorro como un garbanzo en una lata con los vaivenes del conducir.

Me da alegría en cambio cuando un señor o una señora los rellena. Pasajeros que se les queda pequeño el asiento convencional, usuarios que sin querer ocupan dos plazas y desplazan al compañero de asiento o lo arrollan casi literalmente. Pero más alegría me da cuando ese butacón lo comparten un chico y una chica, una pareja que a veces, de tan juntos, les sobra espacio.