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volandovengo

Algunas cosas y demás verdades

Meme

Hace ya muchos días mi amigo blogero Hueso me propuso un meme, que es simplemente una cadena, en lenguaje de Internet. Le prometí que me pronunciaría en volandovengo, pero hasta hoy no he cogido el toro por los cuernos y me he lanzado a ese vacío. Porque él, que a su vez viene de otro, y éste de otro, me imagino, propone nada menos que "escribir cinco cosas que la gente no sabe de mí", como si fuera tan fácil, como si cinco secretos confesables tuviera al alcance de la mano, como si no me hubiera ya dado bastante a conocer, como si ocultara algo a conciencia para este día.

Voy a intentarlo, no obtante. A ver:

PRIMERO: Suelo contar internamente todas las acciones que hago en solitario. Así, empezando por el uno, cada actividad tiene su cantidad. Regar las plantas requieren verter la garrafa del agua sobre ellas de 5 a 25 (dependiendo del tamaño de la maceta); subir la persiana del patio son 26 vueltas de manivela cuando está en el fondo (subirla son otras tantas); dormir al niño, en su tiempo, eran de 300 a 500 mecidas; y así casi todo.

SEGUNDO: No me gustan nada las medias de colores. Los pases de modelos en la televisión no los busco, pero cuando coincido con ello no los quito. La moda me gusta, aunque hay aberraciones a mi entender, unas más que otras. Me encanta que se vea el ombligo de las mujeres o las calzas largas combinadas con mini (dejando al descubierto la franja de muslo imprescindible para rozar el culmen de la sensualidad). Odio, sin embargo, los pantalones que se arrastran con un campanón enorme en cada pierna o la falda-pantalón (por muy cómoda que sea) o los pantalones cortos encima de las medias, por ejemplo.

TERCERO: Como pan con la fruta. Soy muy panero (como Leopoldo María). Sin pan no puedo comer. Siempre me guardo un pellizco de pan para después de la comida. Me da rabia cuando, en un restaurante, por ejemplo, me lo retiran de la mesa. Acompaño la fruta con pan e, incluso después de haber comido, sigo rumiando harina.

CUARTO: Tengo las manos siempre frías. Antes me salían sabañones todos los inviernos en las manos, en los pies, sobre todo, y en las orejas. Mi niño no quiere que lo vista por la picadura gélida de mi roce en su piel desnuda. Y, cuando lo baño, debo meter las manos un buen rato en agua caliente para que se templen. Hace tiempo leí en un texto freudiano que las manos frías era signo de sadismo sexual y me preocupó por la verdad que podía encerrar. Aunque prefiero pensar que "manos frías, corazón caliente".

Y CINCO: No me gustan mucho las cadenas. Los memes pueden ser divertidos, pero la obligación del sendero me parece un tanto borreguil. Que a un notas se le ocurre una idea (genialidad o patochada) y se la envía a otros cinco lumbreras para que a su vez entren en el juego y se la manden a otros tantos... La verdad, se encuentra fuera de mi razón.

Y ahora, para dar sentido al meme, se la tengo que mandar a otros cuantos. Pero no conozco tantos blogueros que me lean. Probaré con algunos:

El blog de Enrique Ortiz

Trepar árboles

Programandoando

El principio de acumulación

El principio de acumulación

El efecto-dos-mil me cayó de lleno: me casé ese año. El 23 de abril, el día de mi santo, que resultó ser, para redondear, Domingo de Ramos, decidí tener dueña, dormir con mi amiga o enemiga, que alguien manejara mi barca, que se sentara en el pescante de la diligencia...

San Jorge es también el día del libro (el 23 de abril de 1616, aunque según distintos calendarios, fallecieron tres grandes escritores de la literatura universal: Miguel de Cervantes (calendario gregoriano), William Shakespeare (calendario juliano) y el Inca Garcilaso de la Vega. También coincide con la fecha de nacimiento de Vladimir Nabokov en 1899 y fallecimiento de Josep Pla en 1981).

San Jorge es el patrón de Cataluña y de Aragón, de Ingleaterra y de Dinamarca, de la Caballería y de la Marina.

Me encantan estas coincidencias. Mi hijo nació el 25 de diciembre (de 2003), es tonto decirlo, pero es el Día de Navidad, cuando nació Jesús (y Enrique Morente) (y el padre de una amiga mía) y cuando viene Papa Noel, fun, fun, fun.

Son fechas que no se olvidan, son celebraciones múltiples que aumentan en calidad pero disminuyen en cantidad. O sea, matamos varios tiros de un pájaro. Que mi santo es mi aniversario, mejor, así el postre es doble; que mi hijo cumple en Navidad, mejor, todo el mundo está de fiesta y los aborrecibles locales para niños están cerrados y nos ahorramos que al colegio lleve caramelos o las infectas "chuches".

Es lo que yo llamo el "principio de acumulación". Acumular acontecimientos puede convertirse en todo un acontecimiento. Es como invitar a gente muy dispar a una fiesta o que te toque un coche el mismo día que te dan el carnet o cantar línea y bingo en un mismo cartón o que llueva sobre mojado...

Cuando cogemos el teléfono, ya aprovechamos para hacer varias llamadas; cuando vamos al centro, preparamos un recorrido interesante para aprovechar el viaje; cuando visitamos una ciudad diferente, nos hacemos una relación de amigos que podemos ver, de lugares imprescindibles para hacerles unas instantáneas...

Mi peso real ronda (por cierto, mañana me voy a Ronda) los 60 kilos. Desde joven, siempre he pesado lo mismo. Ahora algo más. La edad no perdona. Tengo más grasa y menos fibra. Me gusta, no obstante, decir que he estabilizado en los 62 kilos de peso, como mi año de nacimiento, así cumplo con mi estúpido "principio de acumulación".

Guantánamo, ¿punto y final?

Guantánamo, ¿punto y final?

Hace algunos años una universidad madrileña me pidió un artículo de opinión sobre el conflicto Islam-Occidente para una revista de corte histórico político de aparición anual llamada Historia Abierta. Concretamente, en el número 31 de la edición de 2002 de dicha publicación (recién acabada la invasión de Afganistán), aparecía este artículo que saco a colación, puesto que se vuelve a hablar de abusos de derechos en las cárceles norteamericanas (a peser de que pueda resultar obsoleto).

«Obvio algunas apreciaciones, más de las deseadas, y me centro en un episodio que nos venden como un amargo happy end (valga la redundancia) de una guerra casi unilateral. No deseo, como digo, barruntar en otros detalles de la ofensiva y doy paso a un artículo con más preguntas que respuestas. A diferencia de la Guerra del Golfo, que también fue felizmente televisada y que estuvo cargada de mentiras, cortinas y humaredas, ésta hace agua por cualquier lado que la mires. Es una guerra inexistente. ¿La respuesta desmedida a una pantagruélica provocación?, ¿el pataleo de la mayor potencia del mundo al conocer la viga en su propio ojo?, ¿el nacimiento de nuevos miedos, de nuevas fobias o el renacer de la Santa Cruzada? Porque desde el momento que los Estados Unidos declaran que los prisioneros trasladados a la base militar de Guantánamo son “combatientes ilegales que no gozan de ningún derecho en el marco de la convención de Ginebra”, se pone en tela de juicio la existencia de la supuesta guerra.

»Guantánamo, un puesto avanzado de Estados Unidos en el extremo este de Cuba, que para cualquiera de nosotros sería el destino ideal de unas vacaciones caribeñas, para los presos talibanes se convierte en un infierno. Nos faltan datos. El secretismo de esa prisión hace que se siga conjeturando. Sin embargo hay demasiadas organizaciones humanitarias y pacifistas que levantan su voz y denuncian su situación.

»La convención de Ginebra dice textualmente que sus acuerdos tienen vigencia “en caso de guerra declarada o de cualquier otro conflicto armado entres dos o más estados de las Altas Partes Contratantes aunque la situación de guerra no sea admitida por una de ellas”. Lo cual le da la vuelta a la tortilla. El conflicto de Afganistán sí ha sido una guerra y, por ende, los talibanes y los presos de Al-Qaeda son combatientes legales y como tales hay que tratarlos.

»Los prisioneros fueron transportados desde Kandahar (Afganistán) por avión bajo fuertes medidas de seguridad, con monos naranjas, encapuchados, sedados algunos de ellos y atados a sus asientos y entre sí. Según la convención de Ginebra, “el traslado de los prisioneros de guerra se efectuará siempre con humanidad y en condiciones no menos saludables que aquellas de las que gozan las tropas de la potencia que ha efectuado las detenciones, en sus desplazamientos”.

»También dice la convención, y con esto debería bastar, “los prisioneros deben ser tratados en todo momento con humanidad”, y continúa en su artículo 13: “asimismo deben ser protegidos en todo momento, especialmente contra todo acto de violencia o intimidación, contra los insultos y la curiosidad pública”. Hace algún tiempo, en un medio argentino, pudimos leer que “los talibanes presos en Guantánamo son una atracción más para los turistas que visitan la isla”.

»Según la Convención , “los prisioneros tienen derecho a un proceso justo y recto, a una defensa y a la posibilidad de recurso”. Acuerdo que está muy alejado del tribunal militar estadounidense que niega el derecho de los procesados a ser defendidos por abogados civiles.

»El problema radica seguramente en que EE.UU. no ha suscrito aún el protocolo ginebrino.

»Puede que la guerra haya acabado, puede que no (muchas respuestas quedan en el tintero). Guantánamo no es el fin, sino un punto y seguido. Siguen las contradicciones. Ginebra dictó que “los prisioneros de guerra deben ser liberados y repatriados una vez hayan cesado las hostilidades”. Y la guerra ha terminado. ¿O no?».

Impurezas

Impurezas

En cierta ocasión los científicos suizos quisieron refinar el queso de gruyère como una de las señas de identidad más características del país y reclamo indiscutible del turismo internacional. (Incluso la imagen mental de un queso es precisamente el de este agujereado centroeuropeo.) Pues bien, con mascarillas y guantes, estos cirujanos de los alimentos, aislaron, escanearon y limpiaron de impurezas todo lo que pudiera estar en contacto con la elaboración de este cilindro curado. Las vacas eran aseadas a conciencia, higienizadas y desparasitadas. El ordeñador tenía su carnet de manipulador de ubres y redondeces afines religiosamente en regla. Los meses (de cinco a doce) de refinamiento de la leche pasaban con el mayor escrúpulo posible... El queso al fin, libre de todo microorganismo que lo mancillara, quedo listo para empezar una nueva era en el mundo de los lácteos.

Llegaron los mejores gourmets del mundo para la cata. Se descorchó el mejor burdeos. Los manteles, de tan blancos, parecían brillar. Un buen quesero, con un cuchillo de doble mango, se inclinó con ambas manos y parte de su cuerpo sobre el proporcional queso, que gravitaba orgulloso sobre una tabla de ciprés. Cuando comenzó a sacar lonchas, todo el mundo, desde las autoridades más representativas de todos los cantones, hasta los miles de espectadores allí presentes, se echaron las manos a la cabeza clamando al cielo. ¡El nuevo queso de gruyère, de tan puro, no tenía agujeros!

La decepción y una lluvia oportuna mandaron a todos cabizbajos a sus casas, pensando que lo mejor del queso eran sus agujeros provocados por los micróbios o las bacterias. Lo mejor del gruyère eran sus imperfecciones.

De igual manera, fueron las bacterias, los microorganismos que enrarecen el mundo, los que acabaron con la invasión de los marcianos en la novela de H.G. Wells. "La guerra de los mundos" de 1898, fue radiada en Nueva York, años más tarde (1938) por otro joven Welles, en este caso Orson, creando el pánico entre sus habitantes.

Hubo un pueblo que también quiso encontrar en él al hombre perfecto, a la raza pura, la raza ária. Y no sólo se conformó con creerse los elegidos, sino que decidió exterminar a todos los que no fueran como ellos, sembrando el horror y el odio en una Europa que se suponía moderna y cuyas secuelas seguimos pagando. Lamentablemente, la raza de descerebrados sigue teniendo adeptos.

Los animales más puros, los perros con pedigree, son los más enfermizos. Bellos, auténticos, pero enfermizos y caducos.

Vivimos en una sociedad de contrastes, de mezclas, de meztizajes, de fusiones y de impurezas. Reivindiquemos nuestro derecho a pecar y a equivocarnos, a revolvernos y a abrirnos un hueco en la Torre de Babel. Porque el único paso para la tolerancia, para la convivencia, es ser permeable, cantar bajo la lluvia, dejarnos empapar y revolcarnos por el barro. Siendo impuros somos más humanos.

Que seáis malos.

De esperas y esperanzas

De esperas y esperanzas

Quien espera es porque tiene la esperarza de dejar de esperar. Quien, sentado en la sala de espera, por ejemplo, espera (valga la redundancia) a que el médico (o el homeópata o el abogado o la dietista o el ingeniero o la pitonisa) le atienda, con la esperanza (esperemos que a corto plazo) se solucionen sus problemas.

Hay esperas inútiles. Esperar en vano es la desesperanza más grande que existe. La espera desespera. Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde y si se extravía, qué pronto se encuentra.

Fumando espero..., dice una copla hogaño políticamente incorrecta. Aunque se sigue fumando para esperar o leyendo o ambas cosas o hablando por el móvil o pensando en las musarañas o todo junto o quién sabe.

Prefiero esperar a que me esperen, al igual que prefiero en el negocio perder a un cliente que a un amigo (soy lo contrario de agresivo en los negocios) (así me va) (así me viene) (volando vengo). Creo que todas las personas que valoran el tiempo son como yo. Por ende, pienso que hacer esperar es una falta de consideración.

Tan impuntual es quien llega demasiado pronto como quien llega demasiado tarde. Tácitamente existe un margen de diez minutos. Son los diez minutos de cortesía que debes esperar antes de desesperar o de acusar de desconsiderado a la persona citada. Son los diez minutos también que te puedes adelantar en una visita y no sorprender a tus anfitriones con los rulos puestos y el pipí sin hacer.

Quienes padecemos del estómago, del corazón, de ansiedad, de estres (ya estamos con las enfermedades de yuppies), sentimos en nuestras propias carnes la espera (a los demás) y sobre todo la tardanza involuntaria (de uno mismo).

Cuando uno llega tarde una vez y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Cuando uno llega tarde dos veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Cuando uno llega tarde tres veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del atasco. Pero cuando uno llega tarde más de cién veces y le echa la culpa a un atasco, la culpa es del tardón. Se trata simplemente de un "atasco a mano armada".

San Antonio Abad

San Antonio Abad

Otro de mis santos es San Antonio Abad.

San Antonio (251?-350), fue un ermitaño egipcio, el primer monje de la cristiandad. Siendo un acaudalado joven de 20 años quedó impresionado por la enseñanza cristiana encontrada en el Evangelio: "Anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo" (Mt. 19,21).

Repartió su herencia y marchó a vivir como un asceta. Sus célebres ‘tentaciones’ como solitario ermitaño fueron motivo de inspiración de numerosos artistas. Su vida atrajo a muchos seguidores, y dedicó varios años a la instrucción de estos discípulos en la vida monástica en la abadía (de esto su sobrenombre). Sin embargo, no formalizó la regla que gobernaba la comunidad así formada. Ésta fue escrita tras su muerte por San Atanasio, amigo personal y biógrafo.

Abandonó su retiro en varias ocasiones. Hacia el año 311 ayudó a los cristianos de Alejandría perseguidos por el emperador Maximino, y en el 350 se unió a Atanasio en la lucha contra el arrianismo. El tipo de ascetismo de San Antonio, basado en la vida eremita o solitaria, es una de los dos tendencias que rigen la vida monacal; la otra está tipificada por la regla de vida comunal de San Benito. Su celebración se cumple hoy mismo, el 17 de enero.

Hace tiempo escribí, casi automáticamente y sin criterio, Las tentaciones de San Antonio, un puñado de poemas dedicados a este santo. Reproduzco uno de ellos:

 

O quizá fuera un ángel

que en su halo me enseñó

que el vacío se completa

y que el ocio que abrasa

desaparece y muere

cuando se ocupan los días

en alguna labor

cuerpo y alma se elevan

y la voluntad vuelve.

A veces con una luz basta,

con el chispazo lírico

del buen amanecer,

con la caricia del viento que pasa.

La solución a veces

se encuentra en lo más inmediato,

en lo más próximo.

Necesito ocupar mis manos

dar sentido a las horas.

El destino me cruza

ramas de mimbre y esparto.

De esta manera, mi labor

así comienza

y confecciono esteras

para dar y vender,

para engañar al ocio,

para saborear de nuevo

la paz de lo pequeño.

 

 

Fútbol, fútbolistas y futboleros

Fútbol, fútbolistas y futboleros

Nunca me ha interesado el fútbol ni como fenómeno sociológoco. Nunca lo he entendido ni he pretendido acercarme a él. Aunque, me imagino, es como todo. Las aficiones, los intereses, los gustos... Siempre me ha parecido enfermizo. Los millones que mueve, los amores que crea, las fobias y los odios, los infartos, los triunfos, los fracasos, las celebraciones, la adoración, el crecimiento, la muerte...

Creo, he creido desde hace mucho, que es un movimiento conservador, herencia del nacionalcatolicismo. Pero, en honor a la verdad, es igualitario. El fútbol no entiende de banderas que no sean los colores de su equipo; el fútbol no entiende de letras, a no ser el himno que voceán sus hinchas.

Hoy he tomado un café en un bar de toda la vida, como se suele decir. Desde que llegué hasta que me fui no dejaron de hablar de fútbol. Eran todos del mismo equipo y casi no había polémica. Pero se criticaba al tiempo que se alababa el club de sus pasiones. Había besos y patadas para todos, desde el presidente hasta el masajista, pasando desde luego por los jugadores y el entrenador.

Qué alegría no enteder ese deporte de veinticuatro millonarios en pantalón corto disputándose un balón. Qué preocupaciones me evito y qué tranquilidad. Llevo sin tele un mes y no la echo de menos. No me interesa una pantalla grande ni estoy supeditado a la Champions. No me enchufo a cadenas de pago para comprar partidos ni lloro cuando mi equipo pierde. Mi cabeza, en su caso, no guarda datos inútiiles de alineaciones, pichichis, copas, mundiales o reglamentos.

¿El fútbol era eso de meter balones en la portería del equipo contrario?

Bendito sueño

Bendito sueño

El otro día comentaba alguien que en cuanto cogía el sueño, no lo despertaba ni una bomba. "Como mucho, confesaba, acercaría las manos para calentármelas". Mi dueña, algunas mañanas, se despierta diciendo: "La noche que ha pasado el niño; se ha despertado dos veces". Yo le respondo: "Sí ha pasado mala noche, pero se ha despertado siete veces".

Quien sabe de mí, conoce mis desvelos. Cuando pequeño, me hartaba de contar corderos saltando unos setos y llenando un prado inmenso, infinito. Y amanecía con el sol, después de haber escuchado todos los ruidos de la noche, los sonidos del silencio.

El dormir poco me ha hecho (relativamente) vivir mucho. Es decir, estar más tiempo despierto. Quizá, parte de mi afición a la lectura venga de mi insomnio. Qué hacer cuando los minutos pasan observando las sombras que se desplazan por el techo.

Sin embargo, cuando morfeo me visita, tengo que dormir, aunque sea un par de horas, aunque sean diez minutos.

Por eso no me cuesta levantarme (en verano menos que cuando el frío amenaza). Pero llega mi hora... Sobre todo después de una noche movidita (que son bastantes cuando se tiene un peque de cero a tres años).

No sé si envidio al que duerme como un lirón (o una marmota*), al que puede conciliar el sueño con la tele puesta o con la luz encendida, a los que se pueden levantar a la hora de comer sin remordimientos, a los que remolonean en la cama varias horas después de despiertos...

Los vuduístas son conscientes de las veinticuatro horas del día. O sea, cuando duermen (dicen) también viven y son responsables de su sueño.

Hay quien duerme a pierna suelta, quien se tira a la bartola (en el buen sentido de la frase) y mueren, literalmente, un poco a diario. Y después despiertan que, según alguien, que no me acuerdo, es el momento más arriesgado del día.

¡Bendito sueño!

* Imagen de una marmota, a punto de dormirse, of course.

Bazares

Bazares

Sobre todo en los pueblos. Pero también las encontramos en las ciudades. Esas tiendas pequeñas, generalmente muy pequeñas, que venden de todo. Siempre me han llamado la atención. Puede ser un estanco, una librería, una tienda de ultramarinos o un rincón sin especificidad ninguna. ¿Dóde compramos seda para pescar? Pues en el estanco, que hay de todo. ¿Fotocopias? En la farmacia. ¿Preservativos? En el kiosco. Todo lo que no encajamos en ningún lugar determinado, seguro que se encuentra en la tienda de la esquina, en el chiringuito de Frasquito o en el rincón de Pepe.

Antes de que se pusieran de moda los horribles e imprescindibles "Todo a cién" (antes "Veinte duros"), donde, si tienes buen estómago y amigos incondicionales, puedes decorar tu casa por completo. Antes, repito, de que aparecieran estos insufribles baratillos en cada barrio, ya existía la tienda-bazar, donde todo se encuentra. Son como esos locales de tapeo o de copas donde sólo entra gente, nadie sale. El aforo ya se rellenó a media tarde, pero la gente sigue entrando.

¡Pasen al fondo! ¿Hay sitio? No, pero pasen al fondo.

En el autobús en hora punta y paso de caracol pero sin baba (creo). No hace falta agarrarse. El personal nos sujeta por los cuatro costados.

¡Pasen al fondo! ¿Hay sitio, oiga? No, pero pasen al fondo.

Lo que es alarmante, sin embargo, es encontrar de todo menos lo que anuncian. Es decir, hallar dulces en una panadería que no tiene pan o libros en un estanco donde no hay tabaco.

El domingo, una visita fugaz a Jaén, me llevó a comer en una cafetería. Había bocadillos, raciones y platos combinados. Todo correcto hasta que pedí el café. Se supone que una cafetería tiene sobre todo café, un buen café, y quizá licores, dulces, bollería... Pues el café que me pusieron era una piscina de agua con color, lo que se suele llamar "aguachhirri" o "pucherete". Sí, había café y sabía a café y estaba decente (en honor a la verdad) (porque otros cafés...) (que se lo pregunten a mi estómago), pero no era un buen café. El que se espera en una cafetería.

San Simeón el Estilita

San Simeón el Estilita

Alguna vez he hablado de mis santos favoritos, entre los que se encuentran los anacoretas y los martires y, en general, los que ofrecen alguna radicalidad o excentricidad en sus vidas (quizá santidad, con todos mis respetos). De entre todos destaca San Simeón por su exquisita extravagancia y sus fieles seguidores, entre los que se encuentran Luis Buñuel o Juan Perucho.

Hace tiempo escribí un pequeño estudio sobre este santo olvidado, del cual rescato unos párrrafos:

«El viejo Simeón fue un asceta sirio que vivió en la primera mitad del siglo V de nuestra era. Se supone que nació en Sisan (que quizá pueda situarse en la actual Samandagi, en Turquía) cerca del año 390 y murió en el 459. Después de abandonar un monasterio cerca de Antioquía, en el año 423 o 429 (depende de la fuente), donde vivía como cualquier otro monje de la época, aceptó residir en una pequeña plataforma en lo alto de un pilar de piedra (del latín stilus, ‘estaca’, ‘tallo’ o ‘punzón para escribir’) (de ahí estilográfica), que hizo erigir en Antioquia.

Desde aquí comenzó su camino a la perfección y su humilde ascensión al cielo. Pues, después de abandonar esta estructura, que tenía cerca de 1,8 metros de altura, vivió en una serie de pilares cada vez más altos. El último de ellos constituye otro motivo de polémica, y va desde los que opinan que medía exactamente 18,3 metros de alto, hasta los que elevan esta columna hasta los 25 metros, pasando por los de 21 metros de alto y 1,20 metros de sección. De cualquier manera allí practicó la virtud cristiana y la meditación ascética, la oración mística y la predicación alentadora, la penitencia peregrina y el consuelo espiritual durante el resto de su vida, pues no se bajó de ella en los 30 años que precedieron a su defunción.

Un gran número de peregrinos acudió desde diferentes países para oírle predicar. Convirtió a muchos paganos al cristianismo y tuvo multitud de discípulos que alzaron igualmente columnas y se llamaron también estilitas, aunque ninguno supero la altura y parquedad de San Simeón.

Las columnas de estos virtuosos eran consagradas y mantenidas como verdaderos lugares de culto y peregrinación. Hasta siglos recientes hubo santos pilares en Oriente».

Luis Buñuel filmó en 1965 (con saeta y tambores de Semana Santa como banda sonora) Simón del desierto, una película surrealista basada en la vida de este asceta. Película que ganó en ese mismo año el León de Plata en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

Juan Perucho, fabulador catalán de la talla de Borges, nos acerca al personaje de la mano de su caballero bizantino Kosmas.

Hoy, 5 de enero, la víspera de Reyes, se celebra el día de San Simeón (aunque el Zaragozano no lo recoge).

Llevo piedras en los bolsillos

Llevo piedras en los bolsillos

Llevo piedras en los bolsillos, no para que no pueda andar, que es lo que le ocurría a Manuel Liñán cuando niño, sino porque mi hijo aquí las guarda. Las coge sin ningún criterio seleccionador, las limpia someramente y me las enseña antes de cargar mi bolsillo con ellas. Si son demasiado grandes intento razonar con él y las dejamos en su sitio para encontrárnolas otro día (aunque la noción tiempo no la tiene muy clara) (él habla de un momento pasado cuando algo sucedió apenas hará un rato y viceversa, relata acontecimientos de hace unas semanas, por ejemplo, refiriéndose a esta mañana o a ayer). Las piedras que llevo actualmente son todas blancas, aunque también ha cogido negras que ruedan por el piso del coche. Siempre las guarda en el bolsillo derecho de mi chaquetón, pues en el izquierdo tengo caramelos.

Quería en la primera entrada del blog en este año hablar de mi niño, y así lo estoy haciendo. El 25, el mismo día de Navidad, como ya he dicho en otro momento, cumplió tres años. Tres años tremendos de gracia, belleza y sabiduría infantil. Tiene tres años, pero ya ha conocido cinco. Nació en 2003 y estamos en 2007. No creo que sea señal de nada. Al menos es curioso.

Le gusta felicitar el año por teléfono. Cuando ve que hablamos con alguien, como nos ha escuchado desear "Feliz Año Nuevo", él insiste en saludar a quién sea con esta frase.

No sé como verá estas fechas. La Navidad le llega cargada de regalos por todas partes. Para mí estos días están cobrando un sentido que hace mucho desapareció. En la medida de lo posible también deseamos inculcarle que hay algo más que fiesta y luces y regalos. Queremos poquito a poco, en su lenguaje, que se dé cuenta que la felicidad está localizada, que la mayoría no tienen fiesta o que sus Navidades son negras y no blancas.

Ya habrá tiempo, sin embargo.

FOTO: Juan Fernández el pasado día de la Hispanidad (Manuel Mateo)

Feliz año nuevo

Feliz año nuevo

Termina un año. Comienza 2007. Puede que una nueva vida. Borrón y cuenta nueva, dice la tradición. Una cuenta nueva que pretende olvidar los días marrones que han pasado y recordar los días azules. Una nueva vida llena de buenos propósitos que, por desgracia, se van diluyendo durante el año (a algunos, dentro de tres meses, ya no les queda nada).

Yo deseo hacer público alguno de estos sentires para el año que ahora empiezo. Me propongo acabar el año más enriquecido. Deseo ser más grande y auténtico, un poco más padre para mi hijo, un poco más hijo para mis padres, un poco más esposo para mi mujer y un poco más amigo para mis amigos. Me propongo ser un poco más abierto para quien se acerque a mi casa y un poco más tolerante para lo distinto.

Para este año quiero alargar la primavera y sonreir más a menudo. Que cada día sea distinto e intentar, como decía Baudelaire, ser sublime sin interrupción.

Prometo también no mirar tanto para atrás y buscar el lado bueno de las cosas; hacer sitio en mi mesa para cualquier invitado expontáneo y regalar flores sin ninguna excusa. Recuperar a los amigos perdidos y aumentar mi agenda de incondicionales...

Se me ocurren mil proyectos más, pero valga esta vuelapluma para desearos mis mejores deseos para el 2007 y que el destino os ponga en mi camino.

Un acceso febril

Un acceso febril

Los habituales a este blog, con media sonrisa, estarán pensando en las vacaciones tan redondas que me he tomado, pues, desde hace una semana, no me asomo a esta ventanita ni siquiera para decir esta boca es mía. Nada más lejos de la realidad. Ya me gustaría haber estado al menos en Lapónia, pasando estas fiestas blancas, aprovechando que el gordo Nicolás y un puñado de renos estaban ausentes. Lo cierto es que un acceso de fiebre intermitente ha invadido mi razón y ha hecho que pasara unas Navidades un tanto oníricas.

Un resfriado mal curado, como todos los que me asaltan, ha sido la causa. El resultado: trenta y ocho y cuarenta de fiebre, dolor de cabeza, tos perruna, paquetes de pañuelos de papel usados (uno cada vez que me sonaba) (un pañuelo, no un paquete)...

La causa muchas veces es el efecto. Es como si la causa de la causa fuera la causa del mal causado. Es decir, no curo bien las enfermedades porque tengo un estómago delicado y cualquier medicamento me destroza por dentro. O sea, que no me curo del todo pero me hago pedazos por dentro. La enfermedad es mala, el remedio también. Menos mal que no soy enfermizo y no suelo flaquear...

Los primeros síntomas alarmantes me llevaron a urgencias (qué pena y qué suerte que no sea como en las películas). Paracetamol por un tubo (es un decir) fue la respuesta de choque. Mi cuerpo (o el Gelocatil) reaccionó mal y comenzó a dolerme el estómago, la cabeza desde la altura de los ojos, los riñones, las piernas... hasta la piel. Lo que me lleva de nuevo a urgencias y es el Nolotil lo que me devuelve al enfriamiento de hace una semana.

Ahora, estoy tan sólo resfriado pero con ganas de recuperar el tiempo perdido. Nunca mejor dicho: "Al séptimo día descansó".

Mazapán

Mazapán

Atención a esta receta:

"Se hace con azúcar de sémola y almendras que se amasan mezclándolas con las especias que se elijan. Preparas una pasta de harina de flor como para rosquillas y haces con ellas figuras como con las pastas de nuez y de almendras, piñones y otras, grandes y pequeñas que llenas con este relleno. A continuación haces cocer, en un caldero ya dispuesto, aceite en abundancia, y prestas atención, removiendo las piezas con la cuchara para que se doren progresivamente. Las dispones en platos barnizados y haces colar miel sin espuma en la que has echado agua de rosa de buena calidad, con especias, y que la miel haya cocido con el agua de rosas".

Pertenece al libro Fadalat al-Jiwan fi Tayyibat ('Relieves de la mesa, sobre manjares y guisos') de Ibn Razin al-Tuyibi, escrito en el siglo XIII. O sea, que en Granada, desde hace casi un milenio, no sólo existía el mazapán, sino el mazapán de figuritas. También se comía en la ciudad de la Alhambra turrón duro y blando, hojaldrados o cuernos de gacela, productos tan imprescindibles en estas fechas que sin ellos la Navidad no sería lo que es.

Son dulces musulmanes, por supuesto, como tantas cosas que usamos habitualmente, en la cocina, en la arquitectura, en la medicina... y hasta en el lenguaje. Somos parte árabe casi tanto o más como castellana (como somos también parte judía). No sé por qué somos intolerantes, xenófobos, racistas. Dejemos de tirar piedras sobre nuestro propio tejado (Hitler tenía ascendencia judía).

Relojes

Relojes Durante el atardecer de ayer me crucé con mi relojero, al cual le había llevado el de pulsera para que me lo ajustara, pues atrasaba y se paraba constantemente sin previo aviso. Sonriente, detrás de su gran bigote rubio, me preguntó que cómo iba eso. Sin pensármelo dos veces le respondí con una frase hecha: "funciona como un reloj". Su sonrisa primera se convirtió en una mueca de incógnita, como la mía.

La espada

La espada

El problema de los niños de ahora es que lo tienen "todo" (es un decir). Se acercan las navidades y las cartas a los Reyes o a Santa Claus se llenan de deseos, casi siempre materiales (es un decir). El niño puede aventurarse a pedir, no sé, hasta veinte regalos, que sus progenitores procuran que los reciban (es un decir).

A veces, pienso, lo que le gusta al niño es la cantidad y no la calidad (calidad emotiva, quiero decir). El niño se vuelve loco desenvolviendo regalos que después no les hace ni caso (es un decir).

Después se acumulan montañas de juguetes en las casas que terminan en la basura o, en el mejor de los casos, donados a una oenegé. En mi casa, mi niño que no tiene aún tres años, hay muñecos, aviones, libros infantiles, vídeos de Disney, piezas de puzles, tacos de madera, etc. por toda la casa. No le suele hacer caso a todo (no le da tiempo, además) y el juguete que elige le dura poco en las manos.

Sin embargo (aunque no sé hasta qué punto me asombra), su juguete de cabecera, lo que nunca abandona, es una espada flácida que le hice con un trozo de gomaespuma viejo y unas tijeras de cocina. Coste del juguete: cero patatero (remedando a nuestro ex) (Presidente); provecho del juguete: cien por cien.

Efemérides

Efemérides

Desde siempre se han celebrado los cumpleaños, esto es, el aniversario del día que nacimos. Aunque hay quien se inclina a celebrar la onomástica, o sea, el día del calendario dedicado al santo varón (o la pía dama) con el que coincide nuestro nombre. Normalmente se festejan los dos acontecimientos, además de otros aniversarios (el día del casamiento o el de la jubilación). También celebramos otros días tradicionales o autoimpuestos, como el día del padre, el día de los difuntos, la horterada sin par del día de los enamorados...

Tenemos otras efemérides sociales que cada uno lo celebra a su manera, si es que incide en ellos, si no le importa un carajo (que todo puede ser), como el día del árbol, el día de la banderita, el día del orgullo gay, el día del maestro o el día del trabajo.

Destacan otros aniversarios, casi siempre oficiales, casi siempre con connotaciones ideológicas: el nacimiento o la muerte (¿?) de tal personaje (a los que a veces se les suele dedicar el año entero, para más amarlo o para odiarlo de por vida).

Desde hace un tiempo, sin embargo, se viene celebrando la negación, o sea, el no. Un ejemplo vale más que mil palabras (aunque el ejemplo conste de un puñado de palabras). El sábado pasado, 25 de noviembre, fue el día sin compras. También reconocemos el día sin coches o el día sin tabaco (que algunos celebran comprando compulsivamente, conduciendo más que nunca o fumando como empedernidos, respectivamente).

Pues yo ayer, sin ir más lejos, celebré mi particular día sin ordenador. No me lo propuse, surgió así. Toda la mañana estuve en la calle, incluso comí fuera, y toda la tarde se la dediqué a mi hijo, pintando, haciendo torres con tacos de madera, jugando a los piratas, viendo una película, bañándolo, dandole de cenar, haciéndole el biberon y durmiéndolo.

Esta mañana, el doble de trabajo me esperaba aquí, en el zulo donde tengo el ordenador, y al blog ayer no le di entrada alguna, pero mereció la pena. Quizá vuelva a intentarlo (esta vez sin anestesia).

Españoles, Franco ha muerto

Españoles, Franco ha muerto

¡Las fechas! Las fechas se repiten, pero sobre todo se acumulan. El día a día se va imponiendo y, por suerte o por desgracia, el pasado es polvo, tan sólo polvo.

Ayer, 22 de noviembre, celebramos el Día de los Gitanos Andaluces. (Mañana sacaré la crónica de su festival.) Hace nada menos que 544 años que un par de patriarcas gitanos con "hasta cien personas entre hombres, mujeres y niños, sus naturales y vasallos", según la Crónica del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo, fechada en 1462 en la ciudad de Jaén (poco antes de que invadiéramos América por primera vez).

Pero hay otras fechas a tener en cuenta que pasan a mi lado sin siquira rozarme. Algunas, lamento verlas a toro pasado, como el cumpleaños de mi hermano, el 18 de noviembre. Pero otras, me alegro de su invisibilidad, como el 31 aniversario de la muerte de Franco el pasado lunes.

Tenía yo 13 años y madrugué, como siempre, para comprar bollitos para el desayuno de mis hermanos y mío antes de ir al colegio. Al llegar a la panadería, estaba cerrada, creo, o estaban cerrando o estaba abierta pero no habían horneado. Por qué. Franco había muerto totalmente (pues llevaba moribundo algún tiempo), (últimamente era un gato mal herido). Llegue a mi casa sin pan pero con una gran sonrisa, no porque se hubiera muerto el dictador (que ya tendría tiempo de alegrarme), sino porque no había escuela.

En mi casa, los mayores, tenían cierto miedo. Mi espíritu saltaba, sin embargo, porque aquello suponía un cambio en la rutina cotidiana. Siempre me han llenado de esperanza estos vuelcos del destino. Sin comprender muy bien o sabiendo claramente que el cambio es para bien, para mal o inocuo, la sorpresa de lo diferente es lo que anima mis días (como aquel que dijo que no se moría tan sólo por curiosidad).

Positivismo

Ya me lo dice mi mujer desde el pescante de la diligencia: "Si fueras más positivo te iría mejor". Creo que es verdad. Y a veces lo intento, pero soy de condición pesimista. Veo la botella medio vacía y la tostada siempre cae boca abajo.

Soy pesimista -podría cantar, como Jeanette - porque el mundo me hizo así. La vida está llena de ostáculos, que algunos los vemos más altos, también es verdad. Pero cuando los superas la satisfacción podría ser más grande si no estubiera nublado.

Además las noticias no ayudan, el panorama nacional (y no digamos el internacional) es de película de ciencia ficción o de una mala película de miedo. Miro el pasado, malo. Miro el presente, duro. Miro el futuro, desalentador (¡pobres niños!).

Si todos querían ser un príncipe azul, yo no pasaba de elefante rosa. Si el verde es el color de la esperanza, lo veo todo negro. Cuando una luz brilla en su fondo, esperamos de un momento a otro el soplo que apague la vela o el corte de luz.

Quizá, después de todo, no esté tan desencaminado. Lo más coherente es ser pesimista.

...tal astilla

...tal astilla

Sí, han visto bien, mi niño tiene una papelera en lo alto de la cabeza (antes llevaba sus calzoncillos). No hacía falta hacer apuestas: Juan Fernández hace tantas payasadas como su padre. Le falta un mes para cumplir tres años y ya se ha convertido, además de en un buen confidente, en todo un personaje. Canta, baila y cuenta chistes.

Dormimos poco, me llama dos y tres veces en una noche por diversas razones (pipí, agua, sueños con la bruja de Blancanieves...) y, por la mañana, bien temprano, me grita: "papá (o Jorge), que ya me he despertado". Después le tengo que contar los mismos cuentos de siempre, tiene que ver las mismas películas de siempre, tenemos que jugar a lo de siempre.

Me gusta mucho de mi niño, en lo cual nos parecemos, su risa que estalla, por ejemplo, en una película cuando aparece una escena típica para hacer reír, un simple gag con esa intención.

Vale.