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Algunas cosas y demás verdades

Una buena curda

Una buena curda

Al decir "una buena curda" no me refiero a una hermosa mujer del Curdistán, sino a una borrachera impresionante.

El término 'borracho', junto con 'prostituta', es de las palabras con más acepciones, sinónimos, modismos, localismos, familiarismos y expresiones que conozco en el idioma castellano. A bote pronto podemos apuntar: ahumado (con ache o con jota, que los dos están admitidos), ebrio, embriagado, mamado, alcoholizado, beodo, alegre, bebido, azorado, borrachín, achispado, ditirámbico...; además de las expresiones y calificativos: cogorza, moña, crápula, pea, tranca, tajada, merluza, melopea...y delirium tremens.

Benedetti, remedando con cierta mofa el nombre de las memorias de Neruda intituladas "Confieso que he vivido",escribía 'Confieso que he bebido'. Todos hemos bebido, más o menos. Todos la hemos pillado, más o menos. Los grandes vividores, o grandes bebedores, recuerdan con cierto cariño (nostalgia) borracheras históricas, cogorzas de impresión, buenas curdas en las que te da por hablar con brillantez o lanzarte a un abismo antes impensable, o malas trancas, que da por llorar, por vomitar, por confesar lo incofesable, por pegarse a alguien como una lapa y darle la brasa toda la noche... Todos, más o menos, recordamos peas memorables, jumeras gloriosas. Todos, más o menos, queremos olvidar ridículas tajadas y dolorosas y humillantes... (por no hablar de las consecuentes resacas) (a mí me afectan más al estómago que a la cabeza).

Aunque no tanto como para apuntarnos a alcohólicos anónimos que, cuando nos preguntan nuestro nombre, se rompe su fin (es como llamar a la puerta del adivino y pregunte quién es).

Bueno, pues este sábado me topé con un tio mamao, mamao. Fue en el autobús, a eso de las ocho (o sea, que empezó pronto y pronto se lo quitó de enmedio). Con un volantazo del vehículo en una rotonda, el personaje se fue al suelo en el pasillo y ya no se levantó. La gente se alteró con el golpe, empezamos a cuchichear, a reír o a echarnos las manos a la cabeza (¡que barbaridad!). Nadie hicimos nada por tres razones. Primera, porque era como un luchador de sumo con sobrepeso y debía pesar una tonelada. Segunda, porque parecía muy a gusto el indivíduo sentado en el piso del autobus, mejor que en su asiento que le quedaba pequeño. Y tercera, porque viajaba con un amigo que le decía cosas al oído pero que tampoco hacía nada por levantarlo.

Esa, posiblemente, es de las moñas para olvidar, pero que cuando se medio olvidan, se cogen otras iguales.

* IMAGEN: 'El borracho' de Vega Bermejo Castelnau

Cuentos jeroglíficos

Cuentos jeroglíficos

No hay como recomendar un libro para volverlo a tener en cuenta, hojearlo e incluso releerlo. Éso ha pasado recientemente con los Cuentos jeroglíficos de Horace Walpole (1717-1797). Las relecturas son un dulce añadido tras un escogido almuerzo. Lo que menos importa es la sorpresa en su conjunto y se busca la magia en cada episodio, el chispazo en cada frase, la palabra precisa, la metáfora inteligente, el humor sabio, el guiño cómplice.

En una relectura no se busca un todo, se encuentran los momentos. Y lo que antes incomodaba, quizá por su longitud, por su floreo, por sus devenires... ahora irrumpe con nueva belleza y deseamos que el camino continúe, como el Itaca de Cavafis, que se siga bifurcando borgianamente hasta toparnos con la esencia, hasta descubrir detrás de cada página los jadeos del autor, los latidos de su creación.

La lectura normalmente es de estómago, la relectura siempre es paladar.

Así, un siglo antes que Lewis Carrol escribiera unos cuentos para entretener a Alice Liddell, una niña de 10 años, Horace Walpole compuso algunas miniaturas para divertir a la niña Caroline Campbell. Horace Walpole que inauguraría la tradición gótica inglesa con El castillo de Otranto (y la novela gótica en general, de la que llegó a hacerse eco hasta Cervantes), escribió unos deliciosos cuentecitos tan disparatados como ingeniosos, llenos de magia y fantasía, donde encuentran cabida desde el rey Salomón hasta la reina de Inglaterra.

Luis Alberto de Cuenca, que se ocupa de la edición e incluye un prologo y un impagable apéndice sobre el género, lo tilda como el primer surrealista. Un poco pretenciosas afirmaciones tan tajantes, pero bastante de razón sí que tiene. Quizás no recordaba a Guillermo de Aquitania (del que hablaré en otro momento).

En la época aún no se había descubierto la Piedra Rosetta, o sea, la escritura geroglífica todavía era un enigma, un elemento decorativo, un enrevesado divertimento de artistas y constructores. Así que Walpole adjetivó a sus cuentos 'jeroglíficos' para explicar su sin sentido (sinsentido, lo unía Juan Ramón Jiménez), la debacle de los argumentos propios de un orate y no del hijo de un ministro y conde de Orford.

Lo mejor, pues me puedo extender en mil elogiosos comentarios, es simplemente leerlo. Os adelanto, para que veáis los filos de esa fantasía, que en uno de los cuentos las cabras ponen huevos "cuyas claras son un excelente remedio contra las pecas", o que un rey, midiendo un metro cincuenta y cinco, es conocido como El Gigante, pues todos sus antecesores en el trono medían tan sólo uno cincuenta.

Tampoco me resisto a reproducir el comienzo de El rey y sus tres hijas, otro de sus originales escritos:

Había antiguamente un rey que tenía tres hijas, o mejor dicho, que habría tenido tres hijas si hubiese tenido una más, pues la primera de ellas, de un modo u otro, no había llegado a nacer nunca. Era, sin embargo, muy hermosa, tenía mucho ingenio y hablaba el francés a la perfección, como afirman todos los autores de esta época, aunque haya alguno que insista en que nunca existió. Lo que sí era cierto es que las otras dos princesas distaban mucho de ser unas bellezas. La segunda, en efecto, hablaba con un fuerte acento del Yorkshire, y la más joven tenía una pésima dentadura y una sola pierna, lo que hacía que bailase muy mal.

* CUENTOS JEROGLÍFICOS: Walpole, Horace. Madrid: Alianza, 2005

La Osa Mayor

La Osa Mayor

Mi relación con la astronomía era sobre todo romántica. Digo era porque ya no tengo la posibilidad de pasar noches y noches vivaqueando en el campo, bajo las estrellas, o en la Sierra caminando al lado de ellas. Como un elemento bello, sugestivo y sobre todo natural se me imponía profundizar en él e intentar descifrar sus designios. En aquel tiempo, no hace tanto, entendía de galaxias y nebulosas, de super novas y enanas rojas. Sabía descubrir las principales constelaciones y orientarme por las estrellas.

Pero lo que más me atraía, lo que todavía conservo, son las leyendas en torno a los astros, ese universo hagiográfico que ha conmovido a la humanidad desde sus comienzos hasta lograr darle una explicación "razonable" a las luces que, tiritan azules a lo lejos (Neruda). Los cuentos, los mitos, la historia fantástica del cielo y sus elementos nos han acompañado desde nuestro amanecer como seres humanos.

Una de las constelaciones más evidentes en el emisferio norte, o sea, de las más fáciles de descubrir, junto con Orión, es sin duda la Osa Mayor (o el Carro). Por ella podemos encontrar a la Estrella Polar que señala al norte y que es la punta de la cola de la Osa Menor. Alrededor del Carro también descubrimos a Casiopea, a Cefeo, al Dragón o a Perseo.

Uno de los mitos más bellos sobre la Osa Mayor se encuentra entre los textos griegos. La leyenda cuenta que el libertino Zeus se prendó de Calisto ("la más bella"), una de las ninfas de Artemis. La persiguió y yació con ella. Las demás ninfas, descubrieron su preñez cuando se desnudaron para bañarse en el río y la arrojaron de su lado. Artemis, enterada de la traición, la convirtió en osa. Otros apuntan que fue Hera, castigadora esposa del dios tonante. Otra versión habla que fue el mismo Zeus para liberarla de sus enemigas. El caso es que Calisto convertida en osa, dio como fruto a Arcas (creador de la dinastía de los arcadios). Cuando murió, ascendió a los cielos en forma de constelación. Más macabra es la alternativa que cuenta que fue su mismo hijo Arcas el que, confundido, abatió en una cacería a su madre.

22 de octubre

22 de octubre

El 22 de octubre quise escribir algo concreto sobre la vida contemplativa, concidiendo con el cumpleaños de mi hermano y el día de san Hilarión. Álvaro, al que siempre le llevaré un año, disfruta tan sólo de la coincidencia con este personaje. Hilarión fue un anacoreta interesante.

Soy amante de las biografías. Quizá no de los obras sobre personajes o vidas ejemplares más o menos noveladas, sino de retazos del devenir de las personas, hasta el punto de leer a un autor atraído por su vida, por sus circunstancias o desvaríos. Un escritor casi siempre me lleva a otro de su orbe o de su panteón particular. Así voy avanzando. Siempre a destiempo. Fuera de modas, estilos y convenciones.

Las vidas de los santos siempre han llamado mi atención. No por su santidad, que también, sino por su concepto del mundo, por su humanismo, por su particular guerra contra las "tentaciones". Tienen especial interés los mártires y, sobre todo, los anacoretas (otro tipo de martirio), (digamos, más surrealista). Ermitaños carismáticos como san Antonio Abad, san Simeón (mi favorito) o san Hilarión, del que voy a hablar.

Hilarión (Palestina, ca 291 - Chipre, ca 371) fue hijo de padres paganos, que lo enviaron a Alejandría para educarse en las escuelas de esa ciudad. Aquí se hizo cristiano y, atraído por el renombrado anacoreta San Antonio, se retiró al desierto y decidió dedicarse a la vida ascética eremítica. Regresó a su casa, repartió su fortuna entre los pobres, y se retiró a una pequeña choza en el desierto de Majuma, cerca de Gaza.

Su fe le llevó a efectuar curas milagrosas y exorcismos. Su fama se esparció por el lugar reuniendo en torno a su persona a numerosos discípulos y gente que venía a pedirle ayuda y consejos. Esto lo indujo a despedirse de sus discípulos y a regresar a Egipto para vivir en Bruccio, cerca de Alejandría, pero al oír que Juliano el Apóstata había ordenado su arresto, se retiró a un oasis en el desierto de Libia. Más tarde se trasladó a Sicilia y después a Epidauro en Dalmacia y a Chipre en donde, en una solitaria cueva, pasó sus últimos años.

El retiro de estos eremitas es tremendo. Son años y años alejados del mundo, apartados de su gente, limitando sus necesidades a la mínima expresión. Se resistían así a la tentación, a la maldad, al destino impepinable del hombre pecador. Su renuncia "pasiva", incomprensible hoy día, hace que me fije en la sombra de las nubes entre los árboles.


Órganos

Órganos

Mi hijo, en su incontrolada tierna infancia, juega a que yo soy un dragón, una bruja, una enredadera plagada de espinos o algo que hay que derribar, y la acomete conmigo con lo que tenga más a mano entre sus juguetes. Prefiere agredirme con un serrucho de trapo, con pelotas de goma (como los "grises"), con un globo hinchado o con la misma mano desnuda. Yo me cubro y me río viendo cómo representa su personaje, generalmente un príncipe valiente o algún otro héroe, y me dejo golpear hasta que se emociona demasiado, empleándose con verdadera saña, haciendo que sus envites lleguen a doler (por la violencia engendrada, no por la fuerza bruta de esos ataques). En realidad, nos gusta jugar a las "peleíllas".

Cuando me da mamporros por encima de los hombros, me tapo la sesera y le suelto a bocajarro: "en la cabeza no, que es mi segundo órgano favorito". Él no entiende pero advierte la trascendencia de la frase. La saqué de la película "El dormilón" de Woody Allen que, a pesar de ser de 1973, ha envejecido saludablemente. En la comedia de corte futurista, Miles Monroe (Allen) es dueño de un establecimiento de "comida sana" y cuando es operado del apéndice surgen complicaciones y es congelado. Doscientos años después, Miles despierta en un futuro lleno de tecnología. En un momento, después de una persecución, se refugía en una fábrica de desmembración de androides. En la cadena de desmontaje ve que le arrancan la cabeza a los robots que le preceden. Cuando llega su turno, salta exclamado la sentencia antedicha. ¡Feliz ocurrencia!

Estamos acostumbrados a tener una cabeza y una cara con una nariz y una boca y un cuello con una nuez y un tronco y un culo con dos cachetes. Tampoco es novedad reconocer que tenemos dos ojos y dos orejas y dos manos y dos pies, dos pulmones y un solo corazón. Muchas de las películas de ciencia ficción (ciencia aficción, dijo alguien) proponen seres extraordinarios, extraños mutantes, con multitud de órganos (varias cabezas, varios brazos, miles de ojos, o un sólo ojo, etc.).

Sin remontarnos a este futuro incierto, podemos recordar a los dragones, por ejemplo, de tres o siete cabezas (siempre impares, como las rosas), o al can Cerbero con tres cabezas (así se le conoce al portero de fútbol, 'cancerbero', ¿será por sus tres cabezas o por guardar las puertas del infierno?), o a Vishnú que tiene cuatro brazos y a Shiva que tiene tres ojos o a Polifemo que sólo tiene uno...

Sin tener que traspasar los límites de lo real, también podemos hablar de los siameses. Historias que, por lo que conozco, no terminan con buen final. En otra época a estos hermanos tan unidos se los exhibía en los circos y plazas públicas... Un tema que me es tan duro como desconocido.

A lo que quiero referirme es al mundo animal, donde esta duplicidad o multiplicidad es tan natural que apenas reparamos en ella. El ciempiés (sin comentarios); los cocodrilos tienen cuatro párpados; el canguro, según Henry Miler, tiene dos penes, uno para diario y otro para los fines de semana; los octópodos, como el pulpo, alucinan con sus ocho tentáculos (como los candelabros, con tres, cinco, siete brazos, siempre impares, como las testas de dragón, como las rosas, como las Glorias, como las musas)... Aunque lo que de verdad me encanta de este cefalópodo (y lo que más me identifica con él), (más por mi deseo que por mi condición de futuro cadáver -Pirandello, creo-) es que tiene tres corazones, según leí en una prestigiosa revista de naturaleza, de la que, lamentablemente, no tengo la referencia (la leí en la sala de espera del doctor...).

Bustrofedon

Bustrofedon

Mi abuela cosía para un lado y cuando llegaba al final, se cambiaba la aguja de mano y cosia con la otra hacia el otro sin mayor esfuerzo. Para ello tenía un dedal en cada mano y una rara habilidad que le permitía no retorcer el paño. Era ambidiestra, como mi hermano. Aunque por distintas razones. El primogénito de mi familia en realidad es zurdo. Un zocato al que le obligaron usar la mano derecha. En el colegio de los Maristas, en una época en que usar la mano izquierda para comer o escribir era un defecto tan aberrante como la homosexualidad. Era un vicio nefando. Una tara que había que erradicar y corregir con jarabe de palo, que era el único remedio eficaz ("la letra con sangre entra").

Hoy en día, el hijo de mis padres, utiliza las dos manos. Para comer y escribir la derecha (como Dios manda) y para las acciones de fuerza la siniestra. ¿Ambidiestro? Puede. Es como el niño bilingue, nacido en un país determinado, con una lengua específica, pero de padres foráneos, con distinto idioma.

La historia de la escritura es curiosa. Para los occidentales es normal escribir (y leer) de izquierda a derecha. Además está bien pensado, porque así, si escribiéramos todos con la diestra, vemos lo que estamos escribiendo, sin taparlo conforme avanzamos y sin que se corra la tinta (cuando se escribía con pluma). Los árabes y otros pueblos, sin embargo, escriben de derecha a izquierda (¿es que todos son de izquierda, como los cubanos?). Y los orientales hilvanan sus caracteres clásicos, además de hacia la izquierda, de arriba abajo.

El colmo, sin embargo. La maravilla entre los estilos de garrapatear letras, una detrás otra, se la llevan los persas y algunos otros pueblos de la antiguedad, como los habitantes de la Grecia arcaica (los que supieran escribir). Se conoce como Bustrofedon o bustrófedon, que designa al tipo de escritura o al modo de escribir que consiste en redactar alternativamente un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda.

Como se ve puede ser un ahorro de energía al no tener que levantar la mano del papel, papiro o tablilla. Además, se me antoja, el sistema más democrático de escribir y leer. (Durante un tiempo estuve leyendo con el libro bocabajo, pero esa es otra historia.)

Fábula del mundo alargado

Fábula del mundo alargado

¿Quién no ha visto un perro con el rabo entre las patas; o a un gato encogido, con el pelo erizado y las uñas, afiladas y amenazadoras, desenfundadas hasta el límite?

¿Quién no sabe que el avestruz oculta su cabeza bajo tierra cuando tiene miedo; o que el mandril camina detrás de la manada de elefantes para protegerse de los leones?

¿Quién no se ha enterado de que el delfín y la ballena (y quién sabe si también las anchoas del Cantábrico) optan por suicidarse antes que morir lentamente en unas aguas contaminadas o en las redes de pescadores egoístas que, por otra parte, exterminan su hábitat y su alimento; o que el panda devora a sus crías para evitarles pasar hambre y necesidades en una selva cada vez más mermada, en un mundo que amenaza con borrar de la faz de la tierra su corta existencia?

¿Quién no ha sentido el temor de una madre por la ventura de sus hijos adivinando un futuro incierto; o la rabia de un niño que soporta las risotadas de otros niños por diferencias étnicas, físicas o intelectuales; o la impotencia de un hombre encadenado, un hombre privado de sus actos, de su palabra, de su pensamiento, determinado por una sociedad cruel, por “jefes” abusadores o por unas leyes incomprensibles, que ni él ha dictado ni está de acuerdo con ellas?

¿Quién no ha sentido alguna vez la impotencia de que decidan por él, de que le “aconsejen”, de que le "comprendan”?

¿Quién no ha dicho varias veces al día: “esto va de mal en peor”, "esto no tiene ni pies ni cabeza”?

¿Y nos hemos preguntado que tiene pies y cabeza?

 

Veamos: el mundo. La Tierra no tiene ni pies ni cabeza, ni siquiera es redonda. Es una naranja. Es una chata pelota ajada.

Pero no siempre fue así. Fabulando un poco, podríamos concebir el mundo como un isópodo, vulgarmente llamado marranica, cochinilla o bichito bola, que es un bicho negro alargado, pequeño (0'5 a 500 mm) (¡no tan pequeño, mom die!), con caparazón, que se enrosca para protegerse y que tiene pies (varios) y cabeza.

El mundo, puede ser, que al principio fuera como este crustáceo. Nuestro planeta gozaba de una esbeltez elegante y fructífera. Estaba hecho a la medida de su contenido, estaba maleado (maleable, como los metales, y no malicioso, de mal) como debía.

La felicidad, empero, duró tan sólo unos cuantos millones de años. En cuando apareció el hombre, la especie “elegida”, y más cuando estos seres comenzaron a unirse en manadas y sociedades, para crecer, para multiplicarse, para dominar la tierra y someterla, hasta el extremo de estrujar la naturaleza hasta la última gota de su sabia; la marranica feliz que era el mundo, tuvo miedo y se cerró, se enroscó en sí misma escondiendo su cabeza y sus pies, por siempre jamás.

Desde ese momento el mundo fue redondo, como el resto de los planetas donde no existe vida. Desde ese momento, en fin, todo fue miedo y sumisión; todo fue una inmensa mentira con fecha de caducidad.

* Texto publicado recientemente en granadasostenible

** Tratamiento del isópodo de la imagen es también de un servidor

Dos no se pelean si uno no quiere

Dos no se pelean si uno no quiere

Dos no se pelean si uno no quiere. ¿Dos no se pelean si uno no quiere? La Historia, los últimos acontecimientos apuntan lo contrario. Con tal de que uno lo desee, dos o más se pelean. Cuando alguien se levanta contra su vecino, sobran las palabras. El conflicto armado esta servido. Uno provoca, el otro responde, aunque sólo se defienda, ya está peleando. El gandhismo es una utopía.

Enuncio, sin embargo, el juicio contrario: dos no se aman si uno no quiere. Sentencia que se me antoja más acertada. Siempre habrá un amante, siempre habrá un amado, pero esto no tiene por qué ser recíproco. ¿Qué regla de tres obliga al amante ser amado a su vez y al objeto de amor amar a quien lo ama? No la pelea puede partir de uno e implicar al otro (los otros), pero el amor puede ser unilateral, platónico, no correspondido.

Conocí a alguien, un solitario empedernido, que me asaltaba en cualquier lugar con una sonrisa en los labios y los ojos encendidos, asegurándome por fin que se había enamorado, que tenía novia, pero que ella no lo sabía. ¿Un poco triste? Quizás. Pero sostiene de alguna manera ese amor con sólo billete de ida, carta sin certificar, piedra en el estanque.

Cierto día me propuse escribir un cuento de paz, sobre la Paloma de la Paz para ser exactos. Un cuento con moraleja, como tácitamente pretende este cometido. Un cuento redondo, con buen comienzo y un final imprevisto, ambiguo, abierto, desconcertante. Piensen, por un momento, en que la Paloma de la Paz se sintiera ya vieja y cansada, que ese símbolo blanco de la hermandad entre los pueblos comenzara a pensar en su jubilación, que, seguramente, no sería anticipada. Pues su cometido (sin “Nobel” ni nada) no era fácil y la vejez y los achaques de una vida intensa causaban mengua en su labor, por desgracia, de todos los días, que consiste simplemente en amistar a los vecinos que mal se miran. Este cansancio, el dolor de huesos y el permanente estado febril en que se encuentra, hace mella en sus atributos. Por eso hoy (¿y cuándo no?) estallan tantas guerras, tantas penurias, tanto, tanto odio entre hermanos y vecinos. Pero la Paloma de la Paz tiene una esperanza. Pensad que tuviera un hijo, un único hijo, un pichón que, por el poder conferido al fabulador, nos podemos sacar de la manga.

Considerad, sin embargo, como puede ser dable, que el joven palomo, tras escuchar todos los argumentos de su padre, al comprender el auténtico cometido de la Paloma de la Paz, confesara a su progenitor con evidente naturalidad que él no quiere ser paloma, ni de paz ni de guerra, que él quisiera ser mariposa.
De aquí podríamos deducir la inevitable moraleja de que la Paz no precisa emisarios que la representen. La Paz reside en el corazón de los hombres de buena fe.

Y a hombres de buena fe nos referimos. Cuando en la Fundación Al Andalus convocamos un concurso para la Paz éramos conscientes de que hacíamos un llamado a la utopía. Quien escribe puede hacerlo sobre muchos aspectos, infinitos, pero quien escribe sobre algo tan concreto como es la paz, cohellamente está influyendo en que todo el universo se confabule para que ese deseo se consiga.

* Texto con el que prologué el librito compilatorio de los textos ganadores en el “I Concurso Internacional de Cuentos por la Paz”, organizado por la Fundación Al Andalus en 2002.

** Pintura del artista paranaense Mariano Rodríguez (1912-1990).

Pantaleón y las visitadoras

Pantaleón y las visitadoras

En un huequito que encontré este fin de semana (mi niño estaba dormido en una siesta reparadora, para despectar más activo que nunca, y quien maneja mi barca había ido con su madre a realizar algunas transacciones comerciales que tienen un doble valor, desfogan y sirven como terapia), estuve disfrutando de la película en deuvedé de "Pantaleón y las visitadoras". Ya he dicho en alguna ocasión que no soy cinéfilo, que el séptimo arte no es una asignatura pendiente, sino una asignatura perdida. Es un tren que he perdido lamentablemente, pero no corro para alcanzarlo. Es más, la mayoría de las películas me parecen largas y, por momentos, aburridas.

O sea, no haré una crítica de la cinta que vi, porque no tengo conocimiento ni perspectiva ni criterio para juzgarla. Lo único que sé es cuando un filme me gusta o no, disfruto con él, paso un buen rato o, el cúlmen de mi gozo, me documenta y aprendo algo de camino (aunque imagino que el cine es como los libros, al decir de Henry Miller, "un libro, aunque sea malo, siempre sirve para algo"). También disfruto viendo las versiones cinematográficas de los libros que he leído (y, a veces, viceversa).

De modo que he visto al pobre Pantaleón con su grupo de visitadoras (mucho más tangibles que en el papel) y he disfrutado recordando el delicioso relato de Vargas Llosa, de 1973. El autor peruano-español no es santo de mi devoción como persona e ideólogo, pero me arrebata su pluma. Sobre todo en las novelas locales, es decir, selváticas (de la selva del Amazonas, no salvajes), como ésta que nos ocupa o La casa verde o Lituma en los Andes...

No sé si es buena película, repito, pero volveré a verla cuando me relea la ingeniosa novela que, además, está escrita de forma curiosa: con desordenados flashes espacio-temporales que le dan un gran atractivo y un delicado sabor, que creo haber adivinado también en la obra de Francisco Lombardi.

Sobresalientes son los informes del capitán Pantaleón, magnífico el argumento-guión, en el que parece que participó también el polifacético Mario (que si seguimos tirando del hilo, seguro que tiene también algo que ver con la novela de Delives), delirantes algunas escenas e inmejorable el trasfondo erótico embrutecido que recorre el opus textual (en el edición que yo tengo hay un ejemplo de bestialismo en la página 11), exacerbado por la presencia de la exuberante Angie Cepeda.

En esta versión de 2000 (pues me he enterado que existe otra de 1975 co-dirigido por el mismo Vargas Llosa), trabaja también una correcta Pilar Bardem, en el reconocible papel de Chuchupe, la madame de las fluviales meretrices.

Sobre las palabras y las imágenes

Sobre las palabras y las imágenes

No cabe duda que uno de los logros más importantes del ser humano, aparte de la erección —digo, el caminar erguido—, que nos permitió, como único animal en la tierra, hacer el amor frente a frente (según nos recuerda Carlos Fuentes), este es la doble articulación del lenguaje, o sea, la facultad del habla, la concatenación de palabras para comunicar ideas.

A años luz de ese prodigio, sin dejar de ser una piedra angular de la evolución humana, surgió la escritura, que determina el paso de la prehistoria a la historia, y más tarde la invención de la imprenta por Gutenberg o el doctor Faustus (que hay polémica), el primero por su ingenio y el segundo ayudado por el demonio, haciendo así de la reproducción de textos algo diabólico.

La pintura tiene también miles de años. El grabado, la ilustración, nació de la mano de la imprenta. Pero la fotografía, como si dijéramos, acaba de nacer, está en pañales o tiene un crecimiento desmesurado (por la alimentación de hoy día o por la inyección fraudulenta de hormonas).

Pues bien, el dicho de que "una imagen vale más que mil palabras" es cierto: necesito escribir más del millar de palabras para aproximarme al precio de una fotografía. No es un pataleo. No quiero quitarle importancia al fotógrafo, al profesional de la cámara. Como decía Mario Moreno: "yo no estoy en contra de que haya ricos, yo estoy en contra de que haya pobres", pienso: la fotografía esta bien pagada, sin embargo el texto no alcanza. Lo único que compensa con creces es el amor a la palabra.

Tomen una palabra y póganle las fotos que quieran.

Justicia

Justicia

La Justicia es una dama con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. A veces es lo malo, que esta señora, prima hermana de la esperanza, no vea (es ciega, se dice popularmente). Dicta sentencia al tacto, como el gigante Polifemo, que dejó escapar a Ulises y los suyos bajo la lana de los corderos. ¿Se puede decir que la Justicia mira como el buen cubero, grosso modo? ¿Se puede decir que la Justicia hace la vista gorda? ¿Se puede decir que la Justicia mira pero no ve? ¿o, por el contrario, que ve pero no mira?

Luigi Pirandello se preguntaba que "si el errar es propio de humanos ¿no es la justicia una crueldad?". Puede que sí, puede que la Justicia sea cruel, como cruel es el pecado, el delito y la injusticia. El hombre empezó a ser justo cuando empezó a dolerle que los demás hicieran con él lo mismo que él hacía con los demás. Y llegó el listo y se inventó la "Justicia Divina". Todo lo que pasara, bueno o malo, era achacado al cielo, se apelaba al triángular ambiguo ojo divino.

Fuen un paso, un importante paso, como el establecimiento de las leyes. En el Código de Hammurabi se dicta la Ley del Talión, el ojo por ojo, el diente por diente, toda una esquisitez. O sea si me empujas, yo te empujo; y si me cortas la cabeza, te corto yo a ti la tuya, o te la corta la Justicia que para eso está, pues yo no podré empuñar más un hacha (ni unas tijeras de punta redonda). O sea, se impone el castigo semejante, si me empujas, yo no puedo cortarte la cabeza, porque no es proporcionado, etcétera.

Todo esto viene a que esta mañana he recordado un cuentecito del poeta libanés Khalil Gibran (uno de los culpables, junto a Platón, de que yo empezara  en esto de la escritura), en su libro El loco, llamado La guerra, que no tiene desperdicio. Os lo plasmo seguidamente.

 

LA GUERRA

Una noche, hubo fiesta en palacio, y un hombre llegó a postrarse ante el príncipe; todos los invitados se quedaron mirando al recién llegado, y vieron que le faltaba un ojo, y que la cuenca vacía sangraba. Y el príncipe le preguntó a aquel hombre:

-¿Qué te ha sucedido?

- ¡Oh príncipe! -respondió el hombre-, mi profesión es ser ladrón, y esta noche, como no hay luna, fui a robar la tienda del cambista, pero mientras subía y entraba por la ventana cometí un error, y entré en la tienda del tejedor, y en la oscuridad tropecé con el telar del tejedor, y perdí un ojo. Y ahora, ¡oh príncipe! suplico justicia contra el tejedor.

El príncipe mandó traer al tejedor y, al llegar éste al palacio, el soberano decretó que le vaciaran un ojo.

- ¡Oh príncipe! -dijo el tejedor-, el decreto es justo. No me quejo de que me hayan sacado un ojo. Sin embargo, ¡ay de mí!, necesitaba yo los dos ojos para ver los dos lados de la tela que hago. Pero tengo un vecino de oficio zapatero, que tiene los dos ojos sanos, y en su trabajo no necesita los dos ojos...

El príncipe entonces, envió por el zapatero. Y éste acudió, y le sacaron un ojo.

¡Y se hizo justicia!

 

¿Un cafelito?

¿Un cafelito?

Reconozco en él un vicio (de los pocos legales que nos quedan). Un café después de comer es el lujo más asequiblle que conozco. Sé que un café es bueno cuando tomo el primer sorbo y, antes de soltar la taza al plato, me la vuelvo a llevar a los labios y la beso nuevamente. Digo "está bueno" para mí. A cada uno le gusta el café de una forma distinta. Coincidimos más en los gustos estéticos, de una chica, de un chico, que en las apetencias del licor colombino. Yo lo prefiero corto y no muy fuerte. Sigiendo mi instinto seductor (me temo que a la manera de Woody Allen) le comenté a una chica, que ni si quiera me lee, que a mí el café me gustaba como yo: muy dulce y muy caliente.

Nosotros le decimos ’cafelito’. En otros lugares dicen ’cafetito’. Sea como sea, qué bien sienta. Para mí, a veces me resulta contradictorio: me viene muy bien para la tensión baja que me acerca al sueño de la Bella Durmiente ('la muerte dormida'), me da la vida, es terapéutico: pero me sienta como el rayo para los problemas estomacales que padezco. Por eso lo prefiero poco cargado. Y recién hecho. Con hielo no, me parece adulterado. Es como poner casera a un reserva de somontano. La mezcla que aplaudo en el Irish coffee en determinados momentos (sin comentarios).

El café a veces es sólo una excusa para la reunión, la tertulia, el amor o para ausentarse media hora del trabajo. Hay quien ve el futuro en los posos de café y quien utiliza éstos para desatascar las tuberías o para echárselo a las macetas. En los tiempos de posguerra, desde la Revolución Francesa, los desechos de la elaboración de esta bebida negra eran reutilizados y vendidos desde las casas principales por sus sirvientes. Así, teníamos café de varias categorías (según el número de reciclados), aparte del cafeto, la moka o la achicoria (que es otra historia). Ahora tenemos el "café descafeinado de máquina" que, con sacarina, creo que dormimos mejor.

El maestro de historiadores Fernand Braudel (1902-1985) en su libro Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII (magnífica obra si no dejara, como buen galo, un poco de lado a España), en el primer tomo Las estructuras de lo cotidiano, en el capítulo Bebidas y escitantes, nos cuenta que el café no se popularizó en Europa hasta la segunda mitad del siglo XVII y, en muchos casos con usos medicinales. Cuenta Braudel que en un tratado de medicina anónimo, aparecido en Lyon en 1671, especificaba las cualidades de dicho brebaje:

"deseca todo humor frío y húmedo, expulsa los vientos, fortifica el higado, alivia a los hidrópicos por su naturaleza purificadora; resulta también excelente contra la sarna y la corrupción de la sangre; refresca el corazón y el latido vital de éste, alivia a los que tienen dolores de estómago y a los que han perdido el apetito; es igualmente bueno para las indisposiciones de cerebro frías, húmedas y penosas. El humo que desprende es bueno contra los flujos oculares y los zumbidos de oídos; resulta excelente también para el ahogo, los catarros que atacan al pulmón, los dolores de riñón y las lombrices, es un alivio extraordinario después de haber bebido o comido en exceso. no hay nada mejor para los que comen mucha fruta."

No obstante, prosigue Blaudel, otros médicos y la opinión pública pretendían que el café era un anafrodisiaco, que era una "bebida de castrados".

El blog

El blog

Desde el mes de marzo funciona este blog. Comenzó siendo casi un experimento, pues no sabía si iba a poder alimentarlo regularmente. Se me antojaba como un tamagotchi, que si no lo mimas a diario se te muere. Por otra parte, no llegaba a adivinar el interés que pudiera tener mi incursión en el flamenco, por lo general, y mis desvaríos en lo particular.

El nacimiento del blog, como la mayoría de mis visitantes saben, es, como he dicho, de contenido flamenco. Desde un principo mi pretensión era publicar todo lo que escribiera para el periódico y otros medios (crítica de espectáculos flamencos en especial) con su contenido completo, puesto que las diversas publicaciones o lo recortaban o lo castigaban directamente al cajón de lo inédito.

Como es lógico, no hay flamenco a diario. Así que en los días alternos, en la medida de lo posible, comento retazos de mi pensamiento ordenados más o menos en varios temas, que se pueden consultar íntegros a la derecha de esta página.

Desde un principio (hasta el momento) le mando el enlace a bastantes direcciones que poseo en mi correo con la siguiente advertencia algo jocosa: Hasta la fecha, tan sólo cuatro o cinco de esos mail se han dado de baja (algunos me han seguido el juego de BESO-VERDAD-ATREVIMIENTO, con lo cual no me ha dolido tanto su ausencia. Actualmente le mando el link a unas 75 direcciones que no todos acceden a él, pero ahí queda eso.

Por lo demás, me divierte escribir casi a diario y, aunque me gustaría que se hicieran más comentarios en las entradas, las poquitos que se animan a proponer algunas letras bajo mis artículos, me llenan de satisfacción y alardean mi ánimo.

En el mes de julio, para hacer un seguimiento de las visitas a este blog, alimentando así la vanidad y el ego que, solapadamente si quieren, nos caracteriza a todos los blogueros (es público, cualquiera puede consultarlo, el iconillo está a la derecha, debajo de los temas). El día que más entradas tuve alcanzó los 54 internautas (que se repitieron en el día de ayer), el de menos 16, lo cual es un buen número, si consideramos que coincide con los fines de semana.

Según el contador, he tenido visitas de casi toda sudamérica, de Estados Unidos, de Italia, de Israel, de Suecia...

Gracias a todos.

Hipersensibilidades

Hipersensibilidades

Entre los muchos proyectos que se han quedado enredados en las entretelas de mi olvido, en el inconmensurable tintero de las ganas, está ese héroe de cómic, un superhéroe que llegó tarde al reparto de los superpoderes y fue de los últimos en elegir. Ya habían pasado Superman y Batman, el Hombre de Hielo y la Mujer Pantera (incluso hasta el hombre orquesta). Ante la oferta tan peregrina de especialidades que quedaban vacantes, nuestro personaje decidió hacer mutis a la francesa, pero con buenas palabras y con un garrote como de rey de bastos, lo conminaron a regresar al sorteo de habilidades (el juego es el juego).

Más que elegir su especialidad, como era su deseo, ésta le fue impuesta, al igual que el castigo de una divinidad clásica. Y, desde ese momento, el hombrecito rezagado quedó convertido ipso facto en el "Hombre Imán". Por la calle se le iba pegando todo objeto metálico que se hallaba por sus alrededores.

Cierto día, se enganchó a una señora gorda que había comido lentejas (pues estas legumbres tienen mucho hierro). La dama, ligeramente contrariada por el impulsivo abordaje, la emprendió a paraguazos con el pobre "Imán", como se llegó a conocer (pues "Imán Man" sería una redundancia o una extraña tartamudez cacofónica).

Desesperado por su fortuna anversa, decidió abandonar este mundo arrojándose por el puente de Brooklyn pero se quedó sin remedio pegado a su baranda...

Hasta aquí más o menos llegaron las desventuras de este alter ego, que quise llevar a las tiras de las historietas, antes de que la idea se diluyera como muchos otros sueños. Al menos fue divertido.

Pero verdaderamente de los poderes que quería hablar son más reales. Sé de un crítico de música clásica que puede advertir tras una hora de concierto que el cuarto violín ha sonado una octava más alta en tal pasaje. Mercedes (conocida por Búha) es enóloga de profesión y sabe sacarle al vino regustos extraordinarios entre madera, cereza y vainilla. Rosa trabaja en una industria perfumera y, si no me equivoco, es capaz de detectar más de trescientos olores diferentes (quizá exagero). Me recuerda, salvando mil distancias, al afamado perfumista Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de "El Perfume" de Patrick Süskind que, entre otras cosas, recordaba su nacimiento.

Granada acogió recientemente el "XVII Congreso de la Sociedad Europea de Quimiorrecepción (ECRO)", una reunión científica internacional que se celebra de forma bienal desde 1974 y congrega a especialistas mundiales en gusto, olfato y sentidos químicos en general. Allí estuvo Cyrano y el hombre pegado a su nariz de Quevedo. O sea, las narices privilgiadas. Y las orejas. Y los paladares. Y los cerebros...

Super heroicidades o prodigios. Dones de la naturaleza, gracias del destino. Sentidos privilegiados, superpoderes terrenales. Un oído superfino, un vista de lince, un olfato hipersensible, un gusto exquisito, buen tacto (sobre todo mucho tacto), un cerebro privilegiado.

Los que estamos limitados no dejamos de admirar esas habilidades de nacimiento y miramos con cierta envidia a quien baila con nosotros, por ejemplo, y nos susurra al oído Aqua Fresca de Adolfo Dominguez.

Plagios y otras indecencias

De un libro que me he leído este verano (La Montaña del Alma de Gao Xingjian, único premio Nobel chino, en el año 2000) extraigo este diálogo que trata sobre la profundidad de Gong Xian (pintor chino que vivió hacia 1660-1700):

¿Puedes certificar que esa pintura es suya?

¿Importa eso realmente? Si piensas que es suya, suya es.

¿Y si no?

Entonces no es suya.

También me encuentro en la revista Historia de National Geographic que han hallado en Cádiz (en un solar de la calle Sagasta) una lucerna del siglo II con información de su fabricante: Emite lucernas colatas ab assene (es decir: "Compra lucernas labradas por Asenio"). Lo importante no es el objeto, pues de esta lámpara de aceite de iluminación casera han aparecido miles en todo el ámbito mediterráneo, sino el autor de ese objeto, el personaje que fue capaz de darse a conocer mediante sus creaciones.

El arte y la literatura están llenos de anónimos. Cuanto más nos adentremos en el tiempo, la mano del artista será más desconocida, las autorías no son relevantes, se van difuminando en la masa, en la artesanía popular.

La firma es tan importante ahora que a veces es lo único que adquirimos, lo que apreciamos, lo que encarece un producto o, en cambio, es lo único que tiene valor. Pérez Reverte decía que si él firmara las páginas amarillas, se venderían como un bet seller. A veces un verso justifica un poema y éste un libro, que es el que justifica toda una obra, y ésta al poeta y así su firma.

Se duda de que Shakespeare escribiera sus obras. A Cervantes le salieron plagiadores y hubo un tal Avellaneda que escribió una segunda parte de El Quijote antes de que lo él lo hiciera. Homero, según algunas teorías, fue un nombre genérico que agrupaba a los 'homéridas', que eran cantores generalmente ciegos que se ganaban la vida recitando las aventuras y mitos populares de los dioses y los héroes helenos.

Hay artistas que han tenido taller y han confeccionado obras en grupo o incluso han firmado lo que pintaban sus aprendices. Dalí firmaba lienzos en blanco y se los pasaba a sus alumnos. Alberti retocaba por encima los cuadros que se iban descolorando, regalados por su amigo Picasso.

Cuando escribir era cosa de hombres, había mujeres con seudónimo masculino (Cecilia Böhl de Faber alias Fernán Caballero) o maridos que firmaban por sus esposas.

De siempre ha habido suplantaciones, copias, plagios, remedos, imitaciones, falsificaciones... hasta el punto que la perfección de estas nuevas obras adquieren un valor en sí mismo o suplantan los originales cuando, por ejemplo éstos han desaparecido.

Me enorgullezco de haber sido plagiado varias veces, de haber sido copiado e imitado. El plagio (aparte de ser una putada para el que lo sufre) es un acontecimiento que puede hacernos harto felices. No por la recompensa económica que podemos obtener en un juicio defendiendo nuestra autoría, sino por el hecho de que nuestra obra, y por ende nosotros mismos, nos hallamos a tal altura que merece la pena hurtarnos un poquito de gloria.

Una vez, hace más de veinticinco años, asistí a un recital de poesía. El presentador, que era nada menos que Concejal de Cultura y se llamaba Fernando (se seguirá llamando, creo) dedicó un texto emotivo al protagonista de la noche, en el que venía a decir que todos somos poetas. No sólo comulgaba con la idea, sino que la cita que leyó al principio me resultaba familiar y el texto en general lo identifiqué como mío.

Al tiempo reconoció su descarada suplantación, pidió perdón con la boca chica y aludió a su falta de inspiración. Yo acepté las disculpas y le propuse que, si las ninfas se habían apartado de su camino, yo le podría escribir un poemita mensual.

Los idus de marzo

Los idus de marzo

Voy a confesar un secreto inconfesable (con lo cual deja de ser inconfesable y de ser un secreto, ovbiamente): acumulo más libros de los que seré capaz de leer en toda mi vida. Es posible que sea un vício común entre algunos enamorados de la lectura y segurísimo de los no lectores (enamorados o no). En el último recuento que hice, hará unos dos años, mi biblioteca contaba poco menos que con dos mil volúmenes. Número escaso, si se compara con otras librerías personales; número elevado, si se compara con otras librerías personales. Es decir que ni me jacto de ello ni creo que sea moco de pavo, máxime si he partido de cero en mi adolescencia y he ido adquiriendo uno a uno según apetencias del momento y plata en el bolsillo. Para mí, un tesoro muy preciado.

Ahora, la pregunta del millón: ¿me los he leído todos? Respuesta: nooo. ¿Me he leído la mitad? Puede. Si no la mitad, casi (algunos reeleídos). Así que puedo estar orgulloso de lo que he leído y alarmado (por llamarlo de alguna forma) de lo que me queda por leer. Pero, querido Séneca, solo sé que no sé nada. Cuanto más aprendes, más aprendes lo que te queda por aprender.

Recapitulando: me queda lectura para otra vida. Entonces, ¿por qué sigo buscando libros?, ¿por qué no hago, como dice mi tía, empezar por el principio? Seguro que no me acuerdo de nada. Hombre, de algo sí que me acuerdo. Algo siempre queda, aunque sea la satisfacción de haber leído una gran obra o las ganas de volvértela a leer. Como cuando visitas un país extraño que decides que tienes que volver (aunque nunca vuelvas) (sólo en sueños) (que es una bonita forma de volver).

Quien compra un libro, adquiere la responsabilidad de leérselo. Es de ley. No sólo con el libro en sí o con el autor, sino consigo mismo. A quién vas a engañar. A veces se compran libros por metros, por tamaño o por colores, para rellenar estanterías. Yo compro libros, aún sabiendo que no me los leeré en ese momento (quizá nunca), porque me apetece meterles mano (o sea, ojo y entendimiento) en cuanto pueda, que, en el mejor de los casos, es inmediatamente (qué inmenso placer). Compro libros porque deseo tener siempre la lectura apropiada. Llegar un día y decir: hoy me apetece leer este libro. Y buscarlo en los anaqueles y encontrarlo. Soplarle el polvo que acumula, abrir sus primeras páginas y leerme hasta la mencheta (o sea, las credenciales). (Mi hermano César hasta los huele antes de leerlos.)

Esto me hace ir a destiempo. Sumergirme en lecturas peregrinas (entendiendo por peregrinas las lecturas que nadie lee en ese momento, extrañas, obsoletas, etc.). No hay cosa que más rabia me dé que leer a la moda, por imposición, leer best seller o lo que todo el mundo lee en ese momento.

De esta manera, cogí hace unos días "Los idus de marzo" de Thornton Wilder (Wisconsin 1897-1975), una novela muy celebrada por Borges o por García Gual. Es la crónica de los últimos días de Julio César y de la República romana, recreada a través de cartas, manuscritos, trozos de textos históricos, diarios panfletos políticos... Por ella desfilan personajes como Cleopatra, Catulo, Cicerón... Está muy bien escrita, es fácil de leer y profunda en su pensamiento. Hay bastantes joyas literarias e históricas. Por ejemplo, la admiración y el respeto que se mostraban dos acérrimos enemigos en la oratoria como son Julio César y Ciceron; la coincidencia de Cleopatra en Roma durante esos días; la comunión del tirano con el poeta Catulo, que estuvo junto a él el día en que se dejó morir por amor o por desamor (o por todo lo contrario: el desengaño de haber perdido el seso).

Por dar una pincelada, tomo nota de una carta de Cicerón que gradúa el conocimiento diciendo (más o menos) (cito de memoria): "cuando conozco algo con seguridad digo que una cosa, cuando creo que puede ser cierta digo que opino, si sólo lo pienso, tan sólo especulo, que es lo menos arriesgado"; o cuando Julio Cesar dice: "si yo no fuera César, sería el asesino de César". Una gozada.

Me espera media hora de espera

Lo malo de vivir en medio de ningún sitio, como yo vivo, es la dependencia de un autobús que espacia sus apariciones. No tengo coche, pero aunque lo tuviera no sé conducir. O sea, no tengo carnet ni puntos para que me quiten. Mi dueña sí. Tiene permiso de conducir desde hace unos veinte años (¡casi nada!) y maneja desde entonces. Primero fue un 33 en el que nos montábamos 22, que se paraba cada 2 x 3 y había que empujar (a veces porque a la señora se le había olvidado quitar el antirrobo). Después fue un Renault 11, que había que empujarlo menos, pero que pesaba más. Ahora es un Toyota, que nos lleva y nos trae sin dificultad (tiene aire), (acondicionado), (of course).

Tengo aprendidos los horarios y, por lo general, no hay problema. Lo malo es cuando el autobús se adelanta (algo corriente) o cuando yo me atraso (no tan corriente), que me espera media hora de espera o veinte minutos (en el mejor de los casos). Así que me paso media vida esperando al autobús (y a mi mujer, pero esa es otra historia). Por eso odio las colas (del cine, del super, del médico...).

Otro problema es que sólo hay autobuses hasta las diez de la noche. Buena hora para una adolescente disciplinada. Que no es mi caso (lo digo por lo de disciplinada). Por tanto debo darme la paliza y volver andando o darme otra paliza monetaria (que a veces duele más) y coger un taxi o coger el autobús urbano, que funcionan hasta las 23'30 horas, lo pillo por los pelos y me deja a un kilómetro de mi casa (+ o -) y la paliza es menor.

Esperar. ¡Qué horror! Son años ya los que llevo esperando.

Segundo manifiesto

Hace días publiqué un manifiesto de la "Nueva vanguardia" que, tácitamente, uno de sus postulados requería manifestarse de continuo. Algo así como el revolucionario que no para de revolucionar. Cuando la Revolución ha triunfado se anquilosa como el régimen anterior y se impone otra revolución (contrarevolución, incluso) y así continuamente hasta el fin de nuestros días verdes (digo, rebeldes) (contrarebeldes, quiero decir) (¡Qué verdes eran mis días!) (Rebelde sin causa) (Verde que te quiero verde)...

Aquí os dejo un manifiesto más reciente que el anterior, de principios del año 1993. O sea, de finales del siglo pasado:

MANIFIESTO PERSONAL

Me pides un manifiesto, y yo sigo pensando que la mejor manifestación es quedarse sentado, pensando inamovible lo que piensas.

Es necesario ser único. Bueno o malo, pero único, íntegro, sin interferencias ni incongruencias. No venderse. Vivir de pie y a lo que venga. No dejarte sobornar, si no quieres. No dar tu brazo a torcer ante la moda, los estilos, los grupos, las estéticas.

¡Alejémonos de las banderas y de los uniformes, de los himnos y los rezos, de las cruces, las imágenes y las medallas! ¡Desertemos de las armas y las batallas, de las políticas de ficción y de los amigos con intereses! Y cantémonos a nosotros mismos, como Whitman, y a los nuestros y a la vida que nos rodea. Cantemos al hombre, que es un ser estupendo por naturaleza hasta que lo sabe.

¡Huyamos de toda tentación de encasillar la poesía! Midamos si se nos antoja, rimemos si nos sale del entendimiento, pero no sucumbamos ante los grilletes de un deber ficticio.

No intentemos hacer lo que queramos, sino queramos lo que hacemos. Amemos nuestros versos, adoremos nuestra prosa y vivamos al día. Soltemos el pájaro de nuestras manos por los cien que están volando. Abandonémoslo todo. Ser sublime sin interrupción, ¿recuerdas? Carpe diem. Sólo vivir. Vivir como dioses, que mañana está muy lejos. Vivir y observar, aprender y crear, recrear y seguir creando. Pero sobre todo amar. Sin amor llegamos a la muerte asqueados de nuestra vida, con ese regusto bilioso del egoísta admirador de su ombligo.

Reconozcamos la belleza que, aunque efímera, despierta nuestros instintos, la confianza en el mundo y el arte en su esencia. Rechacemos la cama unitaria.

El poeta no es nada más que el instrumento de la poesía. Es la pluma del arte puro que se manifiesta por medio del ser humano. Por eso somos contingentes, y a veces inconscientes e ignorantes de este arte.

No te he dicho todo lo necesario, pero todo lo que te he dicho es necesario.

Por los pelos

Por los pelos

Llevé a mi niño a pelar la semana pasada y ha quedado muy bien. Parece un hombrecito. Ya va creciendo y nos vamos entendiendo mejor. A veces me desespera y a veces hacemos piña contra su madre, que ahora trata de educar a dos niños. Dos mozalbetes recién pelados. Porque yo también me he cortado. ¡Pero qué diferencia! Él ha mejorado sensiblemente y yo, en cambio, no tengo remedio: parezco un pueblerino, un pardillo pelón.

Juan se peló en un peluquero de pago que se llama Antón. (Para animarnos cantamos eso de "Antón, Antón peluquero..."). Yo, en cambio, me he trasquilado en una academia de peluquería, por eso del ahorro. Me aficioné hace tiempo, cuando estaba en la calle Alhamar y la llamabamos "Pelillos a la mar", pero han quitado ésa y voy a otra un poco más arriba.

Aparte del ahorro, si tienes suerte, te tratan con otra deferencia (¿como a un conejillo de indias?), te pones en manos de una joven agradable o dos o tres (a veces un chico con aceite) y al final te coge la maestra para emparejarte.

Cuando pagué el pelado de mi hijo, me cercioré de que sólo había economizado un euro en mi cabeza. Euro que di de propina a la chica que me atendió.

Creo que, a partir de ahora, me pelaré con las nuevas generaciones.

* FOTO: mi hijo intimando en la feria. 

Nueva vanguardia

Hace poco, mi primo Enrique Ortiz publicó en su inestimable blog (http://elblogdeenriqueortiz.blogspot.com) un manifiesto sin desperdicio de la Compañía Poética Momentánea, organización poética que funcionó en Madrid a finales de los ochenta y principios de los noventa, que proponía, entre otras actividades, la de hacer recitales de poesía por teléfono mediante llamadas anónimas al azar o el diseño de chanclas con frases o versos en las suelas.

Esto, me recordó a mis años de instituto que, con mi amigo Guillermo, formamos un grupo de tendencia dadaísta al que nunca llegamos a ponerle nombre. Pero sí lanzamos varios sentidos manifiestos. 

Rescato uno de ellos y lo reproduzco como esparcimiento y regodeo, pensando en el Jorge adolescente (más adelante posiblemente colgaré otro algo más reciente):

 

Nueva Vanguardia - MANIFIESTO -

 A LA MINORÍA, SIEMPRE (J.R.J.)

 

PROPONEMOS  a los Novísimos como catecismo (sin olvidar a la mujer de Juan Ramón Jiménez). PROPONEMOS  a Henry Miller como la biblia. PROPONEMOS  a nosotros mismos como la hostia en verso.

TeNdReMoS SiEmPrE PrEsEnTe a  todos los movimientos de vanguardia que han existido, existen y existirán (especialmen­te los que aparezcan en verano). TeNdReMoS SiEmPrE PrEsEnTe a  Poeta en Nueva York de F.G. L­orca. TeNdReMoS SiEmPrE PrEsEnTe a  Caperucita Roja y a Marilyn Monrroe. TeNdReMoS SiEmPrE PrEsEnTe a  Golpes Bajos y a Peor Impo­si­ble.

ANTONIO MACHADO HA MUERTO Y GÓNGORA NO DIGAMOS. El arte no está deshumanizado. El humano es antiarte. Por eso no seremos humanos. El poeta no cree ni descubre. El poeta pare.

RECHAZAMOS  Toda mujer con medias de colores. RECHAZAMOS  Toda literatura desinfectada o escrita con vaseli­na. RECHAZAMOS  La cama unitaria.

Verificamos  que la gente compra libros por metros para espolvorearlos sobre grandes anaqueles. Aceptamos a la nínfula como ideal de belleza y la rechazamos por su madre.

REPETIMOS: la rechazamos por su madre.

DENUNCIAMOS  la pintura realista. DENUNCIAMOS  la literatura anticuada. DENUNCIAMOS  la masa de gentes pasando... DENUNCIAMOS  la masa de gentes pensando... DENUNCIAMOS  la masa encefálica.

NOS INCLINAMOS  por la cerveza bien fría. NOS INCLINAMOS  por vivir el momento. NOS INCLINAMOS  por una poesía comprometida. NOS INCLINAMOS  por la leche a granel.

 Año 85