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Algunas cosas y demás verdades

Mi canastilla

Mi canastilla

Una pregunta frecuente cuando yo era niño (hace ya...) era la de "qué vas a ser de mayor". Se daba por sentado que uno llegaría a ser lo que se propusiera. Mi imaginación volaba desde el astronaúta ingrávido hasta el artista de cine, desde el bohemio más radical al viajero solitario, desde un cazador en Alaska hasta un conductor de camiones gigantes. A medida que el niño fue creciendo la pregunta cambió ligeramente por esta otra: "qué te gustaría ser de mayor". Los gustos, aunque seguían muy parecidos, ese gustaría condicional, limitaba un poco las cosas. Ya adolescente, enfrentado a la realidad, la pregunta venía a decir: "qué estás estudiando". Que era como la advertencia de "si eres aplicado podrás aspirar a...". Hoy día, en el mejor de los casos nos preguntamos: "a qué te dedicas" o "qué haces ahora" o, en traducción simultánea, "cuánto ganas", "cuánto tienes". Hemos pasado irremediablemente en unos años de la importancia del ser al único valor de tener.

Yo sigo soñando (así me va). De niño fui construyendo mi canastilla para alzarme en vuelo. Nunca he pretendido que este vuelo fuera alto o espectacular. Sólo he querido alzar los pies y, puede que rasante, planearpara ver el suelo desde lo alto. Decido elevarme del piso inflando pequeños globos, cientos de globos y no uno solo. Un gran globo aerostático da seguridad y competencia, pero miriadas de pequeños espacios de aire caliente da diversidad y riqueza.

No es mi intención concretar. Así que, a vuelapluma sigo con la metáfora. Pero qué difícil es levantarse incluso un palmo cuando hay vientos contrarios. Qué difícil es remontarse cuando hay mas lastre de la cuenta. Qué difícil resulta volar si alguien se dedica a pinchar esos globos, si alguien amarra la canastilla a una estaca clavada en el piso, si alguien te pone la zancadilla, si alguien te corta la cabeza.

Ahora, descabezado, sigo deseando con volar, sigo tiritando en los sueños de Ícaro.

Tiempo africano

Tiempo africano

Platón dijo que el hombre que lee es incompleto si no escribe. Siempre he creido exagerada esta sentencia, pero fue decisiva en su momento (junto con Kahlil Gibran) para que yo me animara a trascribir mis pensamientos. Remedando a este joven filósofo, podría decirse, que el viajero sin memoria es algo estéril. Ryszard Kapuscinski es un periodista polaco, viajero inpenitente, y escritor visionario. Recientemente (2003) galardonado con el premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades, este autor, nacido en realidad en Bielorrusia (como mi amigo Andrei Smirnov), me puso en la pista del concepto de tiempo africano.

Él contaba en su obra "Ébano", sobre el futuro en África, que estando en Etiopía, creo (cuento de memoria), subió a un autobús para otro lugar. Pasó en su asiento trasero dos días, me parece recordar, viendo a familias enteras subiendo y bajando, comiendo y haciendo tertulias. Al acercarse al conductor, francamente amoscado, para preguntarle cuándo narices partía aquel vehículo, sin inmutarse, éste respondió que cuando estuviera lleno.

Yo tengo otra anécdota de tiempo africano. Estába con mis hermanos y mi padre en la casa de Blanca Li y su compañero Etienne en Marrakech, tomándonos un té con hierbabuena en el patio, esperando a un comerciante de alfombras que había prometido traernos a casa la que habíamos comprado esa mañana. "Después de comer" dijo el viejo vendedor. De vez en cuando mirábamos el relor y las bromas sobre el timo al incauto turista iban creciendo a medida que pasaban las horas. Poco después de las siete de la tarde, con una calma asombrosa, apareció el moro con la alfombra a cuestas y la depositó a nuestra puerta con el orgullo de quien ha cumplido una noble misión. Analizamos a posteriori el episodio y concluimos en que no hubo error alguno. Nuestro personaje no faltó a su palabra. "Después de comer" son las cuatro o las cinco de la tarde, pero también pueden ser las siete, las ocho o las nueve.

Mi mujer, aún sin conocer a Kapuscinski, es practicante de este concepto relativo de los minutos y de las horas. Para mí es un problema, para ella sólo son maneras, una filosofía que trasciende más alla de las convenciones relojeras. Yo soy lo contrario, soy aberrantemente puntual, tópicamente británico, prefiero esperar a que me esperen, soy un adelantado (como el personaje de Les Luthiers, que descubrió América un año antes que Cristobal Colón). Lo malo es que, cuando estamos juntos, se impone su parsimonia y siempre llegamos a los postres, después de haber discutido y con mi estómago tocado drásticamente.

De cualquier forma, llegaré a pensar como Carlos Fuentes cuando decía de su mujer Silvia: "La quiero porque yo soy el hombre más puntual de la tierra y ella, puntualmente, siempre llega tarde". Si no, tiempo al tiempo (aunque sea africano).

El matrimonio

El matrimonio

Hace un tiempo, no tanto como para que no lo recuerde nítidamente, Ana, mi mujer, me decía: "sacude el mantel en el patio, porque así vienen los pajaritos". Hace poco, unos días, rectificó su decisión diciéndome: "no sacudas el mantel en el patio porque vienen los pajaritos y lo ponen todo perdido". ¿Ganas de fastidiar? ¿A mí? ¿A los pajaritos? No lo creo. Pérdida del romanticismo, tampoco lo creo. Más bien es el amontonamiento de vivencias en común y la falta de tiempo: a) para limpiar; b) para disfrutar contemplando a los gorriones; c) para contemplarme a mí con qué soltura y elegancia sacudo el mantel en el patio. (Menos mal que todavía seguimos usando tela en la mesa y no el abominable hule que se impone ante el estrés de nuestros días.)

Sócrates le decía a alguno de sus discípulos: "me preguntas si debes o no casarte y yo te digo que hagas lo que hagas te arrepentirás". Gila lo expresaba así: "el matrimonio es como el metro: los que están fuera quieren entrar y los que están dentro quieren salir". ¿Es posible que el número de divorcios haya superado al número de bodas en nuestro país? Nunca el matrimonio había sido tan claramente una relación contractual. La alternativa a la medalla del amor que propuse hace mil años se hace realidad: "Hoy te quiero más que ayer y mañana ya veremos". El matrimonio ya no es eterno (aunque, lamentablemente, la muerte sigue separándolo). El amor nace, crece, se reproduce, se desinfla y muere por puro agotamiento ("Se nos fue el amor de tanto usarlo", cantaba Rocío Jurado o las hermanas de Utrera por bulerías). Aunque el amor es puro ocio, el matrimonio puede ser un negocio. Y muy rentable.

Con la igualdad de sexos los dos pueden ganar o, lo más seguro, pueden perder. Quien siempre pierde es el fruto, son los niños, y a veces las amistades que se ven forzados aelegir, que no conciben la nueva soltería, que les revienta que uno hable mal del otro o lo putee o le desee la muerte.

Un niño le pregunta a su madre: Mamá, ¿papá está en la gloria? A lo que la madre le responde: No. Papá está en el cielo, en la gloria estoy yo.

Ahora se quiere separar una pareja de homosexuales felizmente casada en cuanto el Gobierno les dio carta blanca. Se han dado cuenta que son incompatibles (¿?). Uno le pide al otro quedarse con el piso, pues él realizaba las tareas domésticas, y exige una indemnización de 8.000 euros al mes. Yo, cuando me enteré de la noticia, me eché las manos a la cabeza y empecé a buscar novio con posibles.

A Nietzsche le increparon, no sé cuándo ni a qué cuento venía, que si estaba loco. Él, con el ateísmo teutón que le caracterizaba, razonó al punto: "No, casado solamente". Huelga profundizar sobre esta anécdota que me ha salido a vuelapluma. Que si los no-vios no-ven, como la justicia, cuando se casan son numismáticos con su pareja y los lunares ya no son lunares que son verrugas y de cabecita nada: "echa el cabezón pa' ya' que se me duerme el brazo" (Gila).

Tengo dos bodas la semana que viene. Mi hermano Gustavo que el viernes se casa por segunda vez con su segunda mujer. Eso si que es tropezar con la misma piedra o poner la segunda mejilla (me gusta el argumento). El sábado se casa un primo de mi mujer con su compañera con la que ya tiene dos hijos. ¿Cuándo asistiré a un casamiento normal? O lo que no es normal es el matrimonio. Henry James decía que la pareja es una crueldad.

A mi mujer la han invitado a la despedida de soltera. Será de esas que a la novia le colocan un tocado fálico y cantan oscenidades por las calles mientra van a la sala de fiestas donde a un boys le quedan pequeños los calzoncillos. Yo no iría ni de boys (aunque si insisten...).

La última reflexión quizá para empezar a reflexionar. Si la novia va de blanco porque es pura y ese es el día más feliz de su vida, ¿por que el novio va de negro?

Mi estómago y yo

Hoy he pasado mala noche. Además de por mi niño que me despierta alarmado por su insomnio o porque habla dormido (como su padre) (por eso buscaba todas mis novias con el mismo nombre), mi estómago a veces dice que el sur también existe sin necesidad de aterrizar en los países bajos. Parece que no, pero llevamos toda la vida conviviendo juntos y aún no nos entendemos. Lo he pasado mal por los abusos y por mi mala cabeza. Hasta llegué a hacerme una endoscopia (que es lo más parecido a una violación bucal que conozco), pero nada: no tengo ni gastritis, ni una pequeña úlcera (Juan Pérez presume de padecer once úlceras). Es tremendo. Tan sólo tengo el "estómago vago", o sea, en huelga de jugos caidos. Una lata. Después, llegamos a un pacto de no agresión: yo no me paso mucho y él me deja vivir. Y, a veces, lo logramos. Pero hay días en que se acuesta gallito y dice aquí estoy yo y se me quiere salir por la boca. Yo le echo manzanilla, sopitas o pechuga de pollo sin gripe. Pero mi estómago, más ácido que nunca, mira hacia arriba y me recuerda que debía haber prevenido y no estaría como estoy. La conclusión simplemente viene como las almorranas: sufrir en silencio. Groog. (Perdón por el erupto.)

Así que no me apetece ni adentrarme en este blog. Pero sí, me lo impongo como castigo y propósito de enmienda. Comparto una de mis debilidades y prometo no comer demasiada grasa, no comer demasiados fritos, no comer demasiado. Me comprometo a beber menos cerveza, a no mezclar, a vindicar la existencia del agua.

Valga este apunte para pasar un día con más pena que goria.  

Volando vengo

Volando vengo

La verdad, nadie me lo ha preguntado, pero deseo exponer en breve de qué viene el titulillo de mi blog. (Puede que no interese. Entonces, hemos acabado.) En caso contrario, diré que no hay que profundizar demasiado para colegir que proviene de la rumba "Volando voy" que compuso Kiko Veneno e incluyó Camarón en su disco La Leyenda del Tiempo de 1979 y fue una constante en su repertorio. Al tiempo, la grabó el mismo Kiko en Puro Veneno (1998) y se ha convertido en todo un himno, en una declaración de intenciones que propugna una manera de vivir. Es un clásico. Rompió moldes y aún se inserta en las letrillas de los flamencos, sobre todo por tangos o rumbas.

Yo no estoy de vuelta, como se puede pensar. Pero siento más fácil volver en digno vuelo que avanzar alado. Después esta Baudelaire que sentenció en Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos, el 23 de enero de 1862 (un siglo antes de que yo naciera): "he sufrido una singular existencia: he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad".

Os dejo con una letra tan simple como inmensa.

 

Volando Voy

Volando voy, volando vengo.

Por el camino yo me entretengo.

Enamorao de la vida aunque a veces duela

si tengo frío busco candela.

Señoras y señores sepan ustedes,

que la flor de la noche es pa' quien la merece.

Enamorao de la vida aunque a veces duela

yo no sé quién soy ni lo pretendiera.

Porque a mi me va mucho la marcha tropical,

y los cariños en la frontera, me van.

 

(todos los versos se repiten como si fuese un responsorio).

Apostilla impublicable al baile de Vero “La India”

Tenemos que agradecerle a la moda muchas de sus propuestas, a la vez que sufrir algunos otros de sus designios. Según Dalí en el “Diario de un genio” (Tusquets, 1996) la moda es lo que pasa de moda (opinión impepinable que dudo que él apreciara por primera vez). Este reinado efímero, este mandato pasajero, por lo aducido en un principio, está bien y está mal. Como es lógico, se echan de menos las propuestas bellas, cómodas y asequibles del estilo; y, por otro lado, se aplaude el destierro de la horterada, el agobio y lo antiestético, que, no siendo muy sagaces, oteando la historia de la moda, la alta o la baja costura, podemos reconocer.

El pantalón femenino fue un gran acierto y un acto de justicia. La falda masculina aún no ha cuajado. La minifalda fue un regalo cargado de libertad. La falda sobre el pantalón es aborrecible y las medias de colores un atentado contra el buen gusto. Los bolsos para hombre, las llamadas “mariconas”, son tan catetos como los cojines en el asiento del coche.

Para mí, que me considero un buen “estalker”, hubo una alternativa apoteósica en la vestimenta de invierno de las jóvenes de hace unos cuantos años. Ésta consistía en la combinación de calzas y minifalda, dejando entrever un trocito de muslo entre ambas prendas. No sólo reconozco que fue una propuesta hermosa, sino que significó el culmen del erotismo concentrado tras varias generaciones de tanteo provocador. La franja de pierna que se mostraba entre los tejidos supuso una nueva adscripción a mi selecta lista del fetiche femenino, tan sólo igualada por el botón de la sensualidad que representa el ombligo.

Fue una vuelta de tuerca del erotismo en el vestir. Fue la sustitución inversa a los infinitos desvelos lúbricos que ha producido la liga (y su extensión en el liguero) a lo largo de los siglos. Mientras la liga se muestra como cinta elástica con que se sujetan las medias (injustamente sustituidas por los feos, asexuados y funcionales pantys, según Cela), el muslo entre calza y mini aparece fresco y desnudo cuando el resto se solapa al ojo del paseante.

Las ligas fueron puestas de moda (lo que afirmó indubitablemente Sherlock Holmes en una de sus historias apócrifas) por Alicia de Salisbury. La crónica cuenta que en una gran fiesta a la que acudió la condesa en 1345 y siendo pareja de baile de Eduardo III de Inglaterra, le resbaló pantorrilla abajo una de sus ligas. El rey prontamente la recogió y, para evita susceptibilidades y comentarios aviesos de sus cortesanos, fundó allí mismo la Orden de la Jarretera, demostrando así la pureza de sus intenciones. Esa caballeresca orden tuvo por divisa una liga y por lema la frase: Honni soit qui mal y pense. La liga de Alicia fue depositada a la sazón en el British Museum, de allí fue robada por Mortimer, el acervo enemigo de Holmes, quien la recuperó, reafirmando la autenticidad de la leyenda.

Según Joan Perucho, sin embargo, ya existían las ligas mucho antes del nacimiento de Alicia de Salisbury bajo el nombre, según los países, de senogildes o genogildes, ligagambas, cinyells de cuixa, atapiernas, apretaderas, jarretières, etc.

De su acepción castellana, también nos ilustra el erudito catalán con estos versos:

Soltó Inés con mano breve

las finas apretaderas,

para descubrir la nieve

de sus piernas hechiceras

Alphonsine Plesis, la conocida comtesse de Perregaux (1824-1847), la Dame aux camelias, regalaba a sus amantes ligas con la inscripción bordada del nombre y la fecha de su relación amorosa.

Verónica “La India”, en su arrebatador baile del sábado, alzaba sus volantes, más en la soleá que en las romeras, enseñando con toda la maldad de la nínfula de Navocov, unas hipnóticas ligas negras que fijaban el punto inflexible donde el cielo se junta con la tierra viciada.

Soy un peatón

Soy un peatón

Hace poco se hizo una encuesta nacional para ver cuál era la palabra más bella del idioma castellano. Sin embargo, la intención del concurso se desvirtuó porque nos saltó el alma de hombres de buena voluntad, la vena romántica que todos llevamos dentro cuando no nos jugamos nada, y elegimos el contenido en vez del continente, el significado en vez del significante, el simbolismo en vez de la fonética, de la sonoridad, de la grafía. Elegimos la palabra "amor" que, bien mirado, es una palabra agradable, que bien se destila (sobre todo en sus participios). Pero la palabra más bella... no lo creo. Un sustantivo podría ser bello, pero un verbo... (a no ser que sea el verbo que se hizo carne).

Se me ocurren algunas palabras, muchas de ellas de origen árabe, pero mi intención no es hablar de nombres hermosos, sino de todo lo contrario. Palabra fea donde las haya es "peatón" (que designa a la persona que va a pie por una vía pública). Es fea la palabra y, si me apuran, su significado. Además, tiene un cierto paralelismo con "pueblo", "vulgo", "plebe"... frente a la gente motorizada que son los elegidos, los privilegiados, los patricios o aristócratas de esta sociedad urbana. El peatón tiene los derechos restringidos. Sufre por partida doble, porque va a pie y coge el autobús (léase "sube" al autobús, que en suramérica me ponen problemas).

El autobús, o sea, el transporte público, es un caos. La circulación es criminal, como ya he denunciado en alguna ocasión, la espera inhumana, el hacinamiento bestial (en el amplio sentido del término), la amabilidad de los conductores legendaria. Algunos autobuses, incluso, como muchos saben, son líneas fantasmas, que sólo existen porque siempre los vemos pasar en dirección contraria.

Por suerte o por desgracia yo soy un peatón, con todo el infravalor que encierra esta confesión. Pero creo que, dentro de la pena, alcanzo una libertad que el esclavo de la autonomía motorizada no la tiene. Elijo mi destino, incluso por dirección prohibida, no necesito buscar aparcamiento, siempre llevo un libro para engañar las esperas o hacerme invisible en el autobús (que ahora tiene aire acondicionado), no tengo que pelearme con otro conductor por no sé qué derechos, no voy a gasolineras, ni temo pisar la raya contínua, el semáforo es mi aliado si no hay vehiculos a la vista, puedo ir hablando por el móvil y un poco bebido y, encima, hago ejercicio.

Soy un peatón. Soy un hombre con suerte, aunque no me guste la palabra (¡anda que viandante!).

La española cuando obesa es que obesa de verdad

La española cuando obesa es que obesa de verdad

Inma asegura que ya ha perdido ocho kilos. Ese 'ya' indica su deseo de seguir perdiendo peso. Conozco a pocas mujeres (y cada vez a más hombres) que estén de acuerdo con lo que denuncia la báscula. Todas (todos) pretenden conseguir su peso ideal, generalmente para dejar algunas grasas, michelines, cartucheras, panza cervecera... Cuando le comentas a alguien qué barrigón tiene, graciosamente contesta, mientras se acaricia la oronda barriga que le cuelga por encima del cinturón: "mi trabajo me ha costado"; dan ganas de contestarle: "más trabajo cuesta quitársela, desgraciado". Y es que la vida no perdona. La vida que llevamos. La comida, la rápida y la tradicional, la falta de ejercicio, el estres, el exceso de comodidad... El caso es que todo se acumula donde menos queremos. Una letrilla flamenca cantada por Rafael Amador dice: Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda.

La obesidad, la gordura, las carnes, al fin y al cabo, no son un problema. El problema grave es la insatisfacción. Este desacuerdo con nuestro cuerpo es lo que nos acarrea problemas, es lo que merma nuestra autoestima y puede desembocar en graves enfermedades.

El otro día, mirando la tele, vi desfilar a esqueletos luciendo ropa por una pasarela, que es la mejor forma de saber cómo quedaran en el armario colgada de las perchas, y me acordé de Rubens y de sus Gracias, de la voluptuosidad y el erotismo que destilan unos cuerpos rellenos, sonrosados y alegres (y desnudos). Es la estética. Ayer vi a una portuguesa con un bigote que tiraba para atrás, que te da un beso y te cepilla el traje (Gila), y recordé que en La Regenta de Clarín se alababa a la mujer con una leve sombra de bello bajo la nariz.

Es producto de nuestro tiempo: la delgadez extrema frente a la obesidad enfermiza. Los extremos son peligrosos, enfermizos, antinaturales. No defiendo yo un exceso de carne, un 'complejo de Botero', se podría decir, pero sí me inclino por las curvas frente a las aristas, las redondeces frente a planitud. La mujer (perdonadme que enfoque al sexo fuerte) debe rellenar sus pantalones y, si las carnes son serranas, gurruchagamente apretadas, se merecen un ole castizo. Esto es mejor que la obesidad americana, por ejemplo, que se derrama de tanta hamburguesa y bollo envasado.

Despedirse con estilo

Despedirse con estilo

César, mi hermano menor y sin embargo mayor que yo, me contó hace poco una anécdota que puede parecer un chiste. En un funeral, uno que se acerca al círculo de las condolencias y, no se sabe si por la emoción o por ser original, dio el pésame al afectado familiar diciendo "que la fuerza te acompañe". Sobre óbitos hay mucho que contar. Sin ir más lejos, se dice que no hay velorio en que no se ría ni boda en que no se llore. Me lo explico (pero me ahorro los detalles).

De todas maneras, no es de esa despedida de la que quería hablar, sino de la elegancia que algunos moribundos desprenden ante sus estertores últimos. Es famoso el epitafio de Groucho Marx: "Perdone señora que no me levante". Cuentan que José Recuerda, camino del cadalso, confeso a sus guardianes: "Sólo una cosa no me habéis quitado: el miedo que tengo".

Todos conocemos el dicho de: "Después de cien años, todos calvos". Hace poco, sin embargo, dudé de esa aseveración cuando escribí sobre nuestro centenario literato Francisco Ayala, que aún tiene pelo y se le mantiene recio.

También tengo noticia de aquel aristíocrata francés, que refería Rosa Montero en alguno de sus artículos, el cual estaba leyendo un libro cuando, de madrugada, vinieron a por él, porque madame guillotina lo esperaba. Él, con toda calma, se levantó para acudir a su último destino, no sin antes doblar la esquina de la hoja por donde iba leyendo.

En pleno Romanticismo, cuando los duelos a pistola o a florete estaban a la orden del día, y batirse era una una cuestión de honor, los oponentes solían pasarse en vela gran parte de la noche anterior, si no toda, meditando sobre su decisión, buscando a los padrinos adecuados, ensayando su disparo o estoque y —lo que alcanza lo sublime— preparando sus últimas palabras por si, al rayar el alba, era herido de muerte.

Trascurridos unos años, cuando el duelo era algo trasnochado, el suicidio ocupó su lugar y grandes cartas de despedida desplazaron a las postreras palabras del malherido. El autoasesinato (si me permiten la palabra) era casi siempre por amor o por desazón vital. Aunque preferían la muerte lenta de la tuberculosis (peste blanca la llamaban), que se imponía más bohemia y seductora. Siempre los he admirado. Nerva, un senador de tiempos de Nerón, que se vio obligado a darse muerte, dijo (o dicen que dijo): "quien dispone de su vida, se burla así de su propia muerte".

Por último, o para empezar esta elegante despedida, os cuento que me sedujo el valor y el amor del autor japonés Yukio Mishima (no me cansaré de admirar su prosa minuciosa y delicada) que se hizo el harakiri. Según dicen, llegó hasta el final (harakiri significa 'rajarse el estómago'), pues esta ceremonia, propia del bushido, no consiste tan sólo en agujerearse el vientre con una catana, sino en empujarla unos centímetros hacia la derecha, mientras un buen amigo espera con el samurai desenvainado, por si dudas, cortarte la cabeza (eso es un amigo). Pero me defraudó cuando supe que su suicidio ancestral fue por razones políticas y no por una mujer o, mejor dicho, por un hombre, en este caso.

Lagunas y otros continentes acuíferos

Augusto Monterroso, escritor guatemalteco (los gentilicios siempre son bellos), fallecido recientemente (2003), confesaba que tenía una cultura lacustre, o sea, llena de lagunas. Pensé, cuando encontré esa desnudez de espíritu un par de cosas, que yo recuerde. Primero: que no me lo creo, que el paño de un intelectual de la talla del genio del microrrelato no puede tener agujeros. Aunque ya se sebe, sólo sé que no sé nada. En segundo lugar pensé que si él tiene lagunas, yo tengo mares epicontinentales y, en algunas materias, verdaderos océanos. Después llegó Albert Einstein a salvarnos diciendo que todos somos ignorantes, lo que pasa es que no todos ignoramos lo mismo.

Reflexiono entonces: qué son las lagunas del intelecto. Yo no sé física cuántica ni entiendo de mecánica del automóvil ni miles de cosas que ni siquiera conozco de su existencia. Pero creo, hoy por hoy, que no me interesa saberlas. También soy un ignorante respecto al fútbol, a los deportes en general, y al cine. Y ésa si es una verdadera laguna, pués me gustaría saber de cine, de todo lo que concierne al mundo cinematográfico. El cine por dentro y por fuera. Sus técnicas, actores, películas, fechas, directores, fotografía, música, guionistas, productores... El tren del septimo arte no lo cogí, a cambio de otros vagones, y puede que de vez en cuando me arrepienta.

También desconozco por lo general el mundo de las plantas. Me gustaría distinguir las clases de árboles, sus hojas y la corteza. Cuándo dan frutos y si echan flores. El tiempo de su siembra, plantones e injertos. Cómo me gustaría distinguir el canto de los pájaros y hablar bien algún idioma... Pero no saber de fútbol, de deportes en general, para mí no es una laguna (como no conocer el rangos de los soldados). No me molesta más que dediquen quince o veinte minutos al fútbol en los noticiarios, en detrimento de la cultura casi siempre. Nada me estorba más que el mamotreto que ocupan las páginas de los deportes en los periódicos. Me gustan los lunes, cuando el deporte ocupa las páginas centrales del diario en forma de cuadernillo que puedes abandonar en cualquier papelera en el camino.

Quise entrar en una ocasión en un gimnasio, porque mi barriga crecía sin remedio, porque me dolían los huesos, porque me sentía oxidado. Fue entrar por la puerta, oler su aroma de sudor y esfuerzo, oír los jadeos de la superación, ver a la gente concentrada sufriendo o disfrutando, algún recien duchado saliendo por la puerta con el pelo engominado que rezumanba colonia de marca... y se me quitaron las ganas de entrar nunca más en un gimnasio.

Saludos

Tatiana Garrido, la hija de Mariquilla, no me saluda porque no sabe quien soy o porque sabe perfectamente quien soy. El padre de Raquel me da la mano como si estrujara un limón. Hasta su último jugo. Andrés Tarifa parece que tiene el baile de sambito cuando te estrecha entre sus cinco y son varios minutos los que te zarandea el brazo mientras muestra una sonrisa verdadera. Un representante de muebles valenciano, creo, te lanza la mano doblada para que, en un ejercicio circense, se la agarres (la mano) y se la aprietes (otra vez la mano) cómplice. Hay quien te ofrece su diestra flácida como un plumero de trapo y quien atrapa tu mano entre las dos suyas. Hay quien tiende la mano y después te da un abrazo, generalmente acompañado de golpes en la espalda o fricciones de colega, los cuales te ves obligado a imitar. Hay quien prefiere los besos directamente, aunque, si no estás iniciado, no sabes cómo encajarlos, en sentido de que le echas la mano, después pones la cara cuando él acepta chocar su mano, después vuelves a sacar la mano cuando él ya te ha encajado dos besos. Entre chicas o chico y chica esto es más fácil al estar el beso establecido tras generaciones. Woody Allen decía que a él sólo le habían besado los rusos. Él se lo pierde. Deberíamos establecer los besos para todos.

Los franceses se besan tres veces y los rusos cuatro. Los esquimales se besan con la nariz y las mariposas con las pestañas, según mis sobrinos.

A Marcos Flores, un bailaor sevillano que conocí en Madrid de la mano de nuestro gran Manuel Liñán, le lancé la mano del compromiso, la mano tímida de la primera vez. Sin cortarse, con la sonrisa perfecta y su pañuelo al cuello, ignoró mi gesto y, después de poner sus labios en mi cara y poner su cara para recibir mi beso, dijo: "Yo sólo doy besos".

Encuentro a amigos y conocidos que me cogen el pulgar y yo el suyo como miembros de una secta o amigos aventajados. Según las películas, los romanos se cogían el antebrazo e inventaron el movimiento del futbolín. Algunas tribus africanas (asantis, zulues, matabeles, no recuerdo) chocan la mano izquierda porque está más cerca del corazón. En Marruecos, quien te saluda, después de rozar tu palma, acercan la suya al pecho, como diciendo que te saludan de verdad, de corazón.

A veces saludas a alguien sin saber muy bien quién es. Puede pasar que al rato caigas: a) en que es un amigo de tu infancia; b) en que es un amigo de tu hermano o de otro amigo; c) que realmente no lo conozcas de nada y lo hayas saludado porque te suena o no dejaba de mirarte, y él te ha saludado a su vez por pura cortesía y se va diciendo, en el mejor de los casos: "quién era ese" o "me ha confundido" o, lo más preocupante, "será gilipollas, que no me conoce de nada".

Nuestro antiguo alcalde Antonio Jara me saludaba porque no sabía muy bien quien era. Habíamos coincidido en muchos foros y tan distintos que no me retiraba el saludo porque no sabía el peso político o social que podía tener. Mi querido enemigo Gustavo me veía y, a los tres o cuatro metros de cruzarnos, levantaba la vista como diciendo "te he visto pero no te pienso saludar".

En circulos cerrados, generalmente bohemios, los amigos, las amigas, los artistas... se dan un delicioso piquito. García Márquez y Vargas Llosa se dieron unas trompadas en un escenario, según Jaime Bayley, que se dio repetidos morreos con Boris Izaguirre en Crónicas Marcianas...

Lo importante es el roce. Los seres humanos somos gremiales y nos gusta conocernos y reconocernos. Y, si en la prehistoria nos olisqueábamos los cuartos traseros, hoy necesitamos ese contacto físico de la mano, el espaldarazo o el beso, para decir símplemente "hola", "estoy aquí", "me alegro de verte", "somos iguales", "mua, mua".

Juan Fernández

Juan Fernández

Juan Fernández, además de ser un archipiélago chileno en el Pacífico que contiene entre otras las islas de Robinsón Crusoe o Santa Clara, es mi hijo, que tiene algo más de dos años. Toda una vida. Se me parece, dicen, aunque con con los ojos más grandes y la boca más pequeña, sin embargo no se calla nada. Todo lo casca, todo lo canta y tiene sentido del ritmo.

Todos los padres pecan de engordar a su hijo con alabanzas y virtudes únicas. Yo sé de bastantes logros de mi niño, pero no los voy a comentar. Sólo sé que pretendo que me adelante en todo. Estoy seguro de ello. A su edad... ni me acuerdo. Pero los niños hoy día no nacen con un pan bajo el brazo (por lo menos los nuestros, los que shakespirianamente caminamos detrás de nuestras narices); muy al contrario, llegan con un agujero en el bolsillo y una vara de mando para oficiar de capataz en cuanto tienen razón de uso. Y si no, se lo digo a la abuela.

Curiosamente, mi hijo es estacionario. Más bien solsticio invernal y veraniego. Nació el 25 de diciembre, como Jesús, como Enrique Morente, pocos días después del solsticio de invierno. Su día es san Juan, el 24 de junio, la noche más corta del año, unos días después del solsticio de verano. Astronómicamente no podía estar más equilibrado. Además, así celebramos su cumpleaños y sus mediocumpleaños, pues seis meses exactamente separan las dos fechas.

No sé en que influye todo esto, además de que es Capricornio y cabezón como su padre y su madre juntos. Lo que sí he deducido en los dos años y medio que lo conozco es que es algo surrealista. Me llama Jorge y le río la ocurrencia. Pero cuando me dice ¿dónde está papá?, llega a preocuparme.

Un día me dice: "apaga la estufa que en la calle hace mucho frío" (¿?).

Un hombre justo

Un hombre justo

Lo que son las cosas, mi cuñada se fue a Egipto y yo me fui a Madrid. Ella estuvo una semana yendo y viniendo, viendo cosas, aprendiendo, conviviendo... Yo, apenas pasé un par de horas en la exposición dedicada al antiguo Egipto, llamada "Faraón". Compré el catálogo (20 euros).

Esta muestra estaba dividida en salas muy ilustrativas e interesantes. Me gustó especialmente la dedicada al palacio, a la casa del Faraón, a su vida cotidiana, con su cama y su urinario. Me gustó por lo humano. Me gustó por la cercanía. Me llamó sin embargo, la atención una pieza que descansaba en una de las vitrinas de la sala anterior dedicada a "Faraón, guardián del equilibrio del mundo" (casi nada), (tremendo, si no fuera cierto). El elemento en cuestión era un dibujo del faraón en su carro sobre un trozo de caliza llamada ’ostracón’. Y, aquí es donde voy: la ostraca u ostracón (en plural) era un trozo de vasija, un gijarro, que los antiguos griegos utilizaban para hacer anotaciones rápidas, efímeras, al momento. Como nosotros podemos emplear una libretilla o la servilleta de un bar. Entre sus usos se hallaba la votación. En la primera democracia que existió, todos los ciudadanos libres podían votar.

Curiosamente, una vez al año, si una asamblea ordinaria así lo decidía, se votaba el ostracismo (que viene de ostraca, que viene de ostra), es decir, se condenaba a una persona al destierro preventivo durante un periodo de diez años. El elegido solía ser algún personaje popular suceptible de conjurar o convertirse en tirano, pues el desterrado no había cometido delito alguno. Así, fue desterrado, por ejemplo, Jantipo, el padre de Pericles.

Otro de los expulsados fue Arístides, llamado el justo. Plutarco cuenta que este "insigne magistrado" se dirigía a la Asamblea, cuando se encontró a un campesino analfabeto que seguía su mismo destino. El rústico le pidió un favor a este antiguo general de los enfrentamientos púnicos. Extrajo de su jubón un tejuelo en blanco y dijo que escribiera en él a quien pensaba votar para el exilio. Con mucho gusto, Arístides se dispuso a apuntar. El joven agricultor dictó su mismo nombre. Arístides, sin identificarse, preguntó qué tenía en contra de ese hombre. "Nada en absoluto, contestó, ni siquiera lo conozco, pero estoy harto de escuchar que todo el mundo lo llama el justo". Arístides sin más escribió en la piedra su propionombre y se lo devolvió al campesino.

Cuando acabó la Asamblea, efectivamente, Aristides tuvo diez días para despedirse de sus seres queridos, para pasar después diez años fuera de su patria. Antes de irse, cuenta Plutarco, alzó sus manos y rogó a los dioses que los atenienses no sufrieran ningún peligro que les hiciera recordar el nombre de Arístides.

¿Cuántos de nuestros políticos o personajes públicos serían capaces de dirigirse así?, ¿Zapatero?, ¿Rajoy?, ¿tal vez los ínclitos Alcaldes de Marbella?

 

* En la ilustración, más o menos dice: Varios ostracones con los que se votó el destierro de Temistocles.

Derechos del niño

El jueves, 20 de abril (o sea, mañana) (a las 20’00), participo en una exposición colectiva de pintura y poesía en la sala de exposiciones de La General, en la calle San Antón. La muestra tiene un tema común: "Los derechos del niño". Mi poema (que lo publicaré próximamente en este blog) lleva por título Déjale que crezca.

Ahora que soy padre, desde hace casi dos años y medio, estoy más sensibilizado con un tema que nunca me ha sido indiferente. Me parte el alma cuando me llega la noticia de algún tipo de maltrato infantil, ya sea físico o sicológico. No concibo a los niños en la guerra (que si no nos pertenece a nadie, menos a ellos), me duele que los niños trabajen, es abominable la explotación sexual... pero lo que más me duele —si es que se puede baremar toda esta gama de aberraciones— es el maltrato físico. No creo ser de los que ponen la otra mejilla una y otra vez (entre otras cosas porque sólo tengo dos), pero sí me sumo a los que, en una guerra, se sientan en el suelo con los brazos cruzados esperando a que un tanque nos pase por encima. (Imagináos que hay una guerra y no va nadie, escuché una vez.)

Me pone la carne de gallina cualquier tipo de violencia —incluso el sado—, pero la agresión a un niño, sería, en su caso, la única condena que merecería la pena capital. Y si los violadores son sus progenitores, no necesitaría ni juicio previo. "¡A los cocodrilos!", como diría mi padre.

Hay, sin embargo, otro tipo de abuso, a veces consentido, casi siempre engañado, que lo tenemos increiblemente asimilado en nuestra sociedad. Me refiero al desplazamiento temporal de la edad infantil. A la explotación discriminada de los valores de nuestros hijos. La pretensión de mostrar las super dotes de los infantes. Deberían estar prohibidos determinados programas donde llevan a los niños para hacer que se derrame la baba y se llenen las carteras de sus papás. Debería estar prohibido exhibir a un niño hasta que no tenga uso de razón. (Los padres, generalmente, carecen de razón de uso).

A una niña de cinco años la hacen vestir de mantilla en una procesión y andar toda la tarde, a un niño de meses le compran la equipación del Real Madrid, a los hermanos gemelos los visten ridículamente de igual forma, encierran a unos niños sin motivo, obligan a una pequeña de doce años a cuidar a su abuela o a sus hermanitos... Esto sí que duele y no que Andalucía sea realidad nacional o nación realizada.

Columnas

Hace relativamente poco tiempo acudí a la presentación de un libro que compilaba la labor semanal de un columnista de IDEAL. Mis impresiones —sobre el artículo de opinión— las quise reflejar inmediatamente:

El artículo periodístico de opinión, lo que se ha dado en llamar una columna, precisa una cocción a fuego lento, un constante recalentamiento acompasado en todas sus partes por igual y sin dejar de remover hasta el final, que necesita un cierto tiempo de reposo para lograr un plato fuertemente trabado, con todo el sabor y un aroma exquisito. Es dable, en su factura, llevarlo a ebullición al menos cuatro veces.

Así daremos un hervor de tierra, haciendo el artículo muy nuestro, de este mundo y arraigado en la realidad, pero sin olvidar el pretérito y lo que ha de venir. Deberemos dar un hervor de aire que sea suave y delicado, etéreo, que parezca ambrosía y haya que consumirlo con el cuidado que observamos al desvirgar un disco nuevo, verbigracia. Que vaya de un lugar a otro y entre por cualquier rendija. Que sirva para dar vida y para avivar la llama.

También habrá que darle otro hervor de agua para que fluya por los sentidos del lector, para que se expanda en el tiempo, para que su fecha de caducidad sea una anécdota; para que sea necesario en su proporción y destructivo en su abuso; que mane de la tierra o provenga del cielo; que sea manantial y fuente y río y lago; que te empape y que te limpie y que abone tus semillas.

Por último, habrá que darle un hervor de fuego para que arda y para que queme, que sus palabras sean brasas y sus ideas pavesas al viento; que esté vivo y crepite, que motive respuestas o plantee nuevas cuestiones; que se busque o enfurezca y que se calme con un soplo, con el postrer respiro del punto final.

Salpimentar al gusto. El artículo de opinión que se lee con más agrado, el que consigue adeptos, que es parte de lo que nos interesa, debe tener su dosis de humor, de ironía o sarcasmo, debe tener la ambigüedad justa para rozar el alma sin herir sensibilidades.

 

Puro humo

He sido un fumador pasivo toda mi vida y no me ha importado mucho. Quiero decir que, en una escala de valores, el sí o el no al tabaco no anda entre mis condiciones más incipientes. Consciente de que la noche es humo, la sobremesa es humo, las reuniones son humo, los amigos son humo... y a veces los besos son nicotinados, asumo la deuda (insalubre?) y me adhiero al tabaco. Sin embargo, cuando el humo es escaso o no existe se agradece como la pedrea. Por eso la supuesta Ley antitabaco, que entró en vigor a principios de año, me alegró infinitamente, aún sabiendo que su ambigüedad, su cumplimiento y la permisividad de los locales iba a ser descafeinado. La prueba la tenemos en la calle. No se fuma donde antes no se fumaba y poco más. Quien puede elegir, se inclina por la droga conocida que por el abandono por conocer. Incluso, bares y comederos que optaron por la limpieza del aire, han echado marcha atrás, pues la contaminación era prosperidad. De todas maneras, espacios sin humo se encuentran en todas las ciudades, que se pueden contar con los dedos de la mano. Pero, ¡qué alegría nos da encontrarlos y hacer uso de ellos a los que no fumamos! Lo peor de todo es lo que huelen las ropas, el pelo; lo que pican los ojos, la garganta; lo que tosen, lo que toses...

Ahora no quieren que fumemos en el coche. Al notas del anuncio se le cae la ceniza en lo alto y se estrella al sacudírsela (la ceniza) (si no se entendería que perdiera el control de la conducción). Propongo conducir con vaqueros que son más difíciles de quemar, a falta de un traje ignífugo (de amianto mismo, como dicen los Gomaespuma). Es difícil pretender que un fumador no encienda un pitillo en su coche. O en su casa. En determinados estados de USA, la comunidad de vecinos es la que decide si fumar o no en el edificio. Que se queme la casa, pero no por el tabaco, que es dañino (perjudica gravemente la salud).

Cuando la zona de no fumadores está completa en un restaurante, pongamos por caso, no te queda más remedio que compartir mesa entre las chimeneas humanas o cambiar de restaurante. Si ya es tarde, si es domingo o fiesta de guardar, si tienes más hambre que un perro chico, no te queda más remedio que tragar (nunca mejor dicho) y consolarte diciendo que la mayoría fuma rubio o bajo en nicotina que contamina menos y rezar para que haya un buen estractor de humos y que el personal tenga poco tabaco.

Somos un caso. Basta que nos prohiban algo para alimentar nuestra ansia. Siempre se pone el ejemplo de la Ley Seca en EEUU, que fue un desastre (mafia, ruina, alcoholicos más anónimos que nunca).  A este paso no creo que legalicen la droga. Se prohibe el tabaco pero no el porro. Te imaginas un fumadero de chocolate, como en Marruecos y otros países orientales. Dónde vamos a parar. Aunque, lo verdaderamente importante no es eso. Qué me importa que no fume quien te atraca por la calle, pongamos por caso. O que no fume la alcaldesa de Marbella. O que no fume George Bush.

Mi padre contaba que a alguien facultativamentre le aconseron que se apartara del tabaco y se compró una pipa larga.

La suerte

La suerte es una bella señora, más bien entrada en carnes, que casi nunca me mira a la cara. Cuando la suerte está de por medio debería tirar la toalla. Digo debería, pues como humano (demasiado humano) poseo el estúpido convencimiento de que "la esperanza es lo último que se pierde".

La esperanza. Cualquiera que haya profundizado en las intrincadas callejuelas de la cultura clásica, debe saber que la esperanza es el único don que permaneció encerrado en la caja que Hermes regaló a Pandora. Por eso es lo último en desaparecer (cuando Pandora vuelve a abrir la caja, para paliar parte del maleficio). La Caja de Pandora, como sabemos, contenía todos los males. La Curiosidad es la que hizo a la mujer abrir el cofre y todos los males se extendieron por el mundo. Los mitólogos se preguntan: ¿es la esperanza un mal? (por favor, no me respondan).

Cuando era joven llevaba un amuleto de mala suerte. No sólo para llevar la contraria a quien usa estos fetiches para positivar el futuro o para manifestar calladamente que no me creía nada, sino que, al ser cosciente de mi sino anverso, quería representarlo físicamente de alguna manera. (No sé si suena muy convincente, pero en el enigmático mundo del yo adolescente era quizá necesario.) Este amuleto o talismán (los que tienen alguna familiaridad con las ciencias ocultas sabrán dilucidar sus diferencias), consistía en un ladrillo (literal) de barro cocido, reducido a unos tres centímetros, que colgaba con un cordón de cuero de mi cuello. Lo llevaba siempre y así excusaba mi mala suerte.

Cuando necesitaba un día fasto o algo de fortuna en un momento determinado, tan sólo bastaba con olvidarme el ladrillo en casa. Y, ¡oye, funcionaba! Lo mismo que no funcionaba. De igual manera, con el colgante golpeándome el pecho, podía ser afortunado que vivir los momentos más nefastos que poder pudiese.

Le regalé el ladrillo a una chica que le gustaba como tal: como pieza de cerámica atravesada por un cordón de cuero para usarlo como collar. Todavía lo conserva, creo, y le va bien.

Funcionarios que funcionan

De los primeros deberes de un funcionario, sobre todo si desarrolla su labor atendiendo al público, es la atención (como su palabra indica), el respeto, la deferencia, la amabilidad... Su falta puede ser hasta muy grave y puede costarle el puesto. Sin embargo, por los motivos que sea (estrés, cansancio, un mal día, encabronamiento supino), esta virtud brilla por su ausencia. Me atrevería a decir no obstante, que la mayoría de los funcionarios funcionan, pero pesan más los ’esaborios’, los ’malajes’, los ’malafollá’, que nos tocan de vez en cuando y hacen que su posible eficacia pase desapercibida.

Ayer estuve en Hacienda (el motivo es lo de menos). Llegué a la hora de cerrar. Ya me lo dijeron en la puerta: "Ya es hora de cerrar". "Ya lo sé, dije, acabo de ponerlo más arriba". Dejé sobre la mesa las llaves, el móvil y las gafas y pasé bajo el dintel detector de metales. Recordé ligéramente a Enrique Iglesias y me encaminé a la maquinita expendedora de numeros para ’guardar la vez’, y me salió un papelito diciendo que las mesas se cierran a las dos. Eran las dos y cinco minutos y me dirigí directamente al punto donde debía informarme de mis cosas. El funcionario ya estaba en pie, recogiendo sus cosas y hablando con sus compañeros. Pero me atendió. Aunque no nos sentamos, consultó el ordenador para resolver mis dudas perentorias. Satisfecho de haber apurado hasta el límite su jornada laboral, se volvió, sacó del armario una caja de bombones (sic) y le ofreció un chocolate a sus compañeros y otro a mí. Yo no quise, pero aprovechando su disposición, pregunté varias cosas más que extraje del tintero de mi ignorancia tributaria. Él, no sólo volvió a coger el ordenador, sino que implicó en la búsqueda a su vecina de mesa. Complacieron todas mis dudas y me hicieron sobre la marcha una fotocopia que me habría de servir.

¡Para que luego digamos! Aunque no es la única vez que un funcionario me alegra la vida. También en Correos he encontrado un trato cordial y en el INEM y Servicios Sociales y también en la Diputación... Siempre busco a ese personaje que me trató correctamente y lo miro con complicidad. No siempre lo encuentro o no lo hay o tiene el día tonto o le tocas las narices más de la cuenta... y te amargan el día y el siguiente y el siguiente, hasta que se te olvide o soluciones tus problemas por otros caminos, no siempre oficiales.

La gente

’La gente’, ese concepto tan familiar como ajeno, que nos engloba a todos a la vez que a nadie identifica. Porque, si decimos ’las personas’, o ’los seres humanos’, rápidamente nos sentimos partícipes de tal denominación. Pero ’la gente’ es ambiguo, muchas veces despectivo, siempre los demás. Nos referimos a ’la gente’ cuando queremos denunciar. Así, por ejemplo: "la gente no tiene gusto", "la gente es muy guarra", "la gente no sabe tal o cual cosa"... Nosotros somos ’la gente’ en boca de otros, somos ’la gente’ cuando nos confundimos en la masa o somos pueblo. ’La gente’, al fin y al cabo, somos todos.

Hace unos años que pasamos de los cinco mil millones de habitantes en el Planeta. Y debemos acostumbrarnos. Somos muchos, y muy variados (aunque ése ya es otro discurso), y debemos convivir, respetarnos, que nuestra libertad acabe cuando empiece la del vecino, y eso no sea más que autodeterminismo, que es la extensión suprema de la libertad (un perro no puede hacer huelga de hambre).

Si entramos en un local, queremos que no haya nadie; si entramos a un restaurante, que haya mesas, que nos sirvan pronto; si conducimos, que no haya atascos o no haya colas en el cine. Buscamos la cala desierta. Pedimos que nadie nos moleste. Nos miramos el ombligo y nos quejamos de ’la gente’.

Quiero tu nombre olvidar

Quiero tu nombre olvidar es una de las más bellas bulerías que se han grabado últimamente. Pertenecen al disco Un ramito de locura de Carmen Linares (primus inter pares), editado en 2002. Aunque realmente un nombre no dice nada, es tan convencional como la señal de stop. A un amigo mío que se llama Manolo, siempre le digo Paco, y caigo en el error cuando ya lo he llamado. A mi primo Ignacio lo llamamos Macareno y de Anselmo no recuerdo su nombre verdadero. A mi padre le dio un tiempo por saludarnos con un advervio. Decía: "Hola tú" y el interfecto se daba por aludido. Eso sin contar con los miles de apodos, motes, alias o sobrenombres que existen. En el mundo flamenco es raro el personaje que se conoce con su verdadero nombre. Yo, sin ir más lejos, en el pueblo de mis padres sería ’Garrote’ o ’Cohete’ (nunca han sabido definirme con meridiana exactitud).

Es difícil olvidarnos de las personas que han dejado huella en nuestra vida, aunque su nombre se evada entre las tinieblas del olvido. Hay quien tiene más memoria y recuerda los nombres y hasta los apellidos y el zapato que calza. Está el buen fisonomista, a quien una cara no se le olvida. Mi memoria está muy limitada. Como Cernuda, sólo recuerdo olvidos. Sé lo que he leído y donde, pero pierdo la trama (sin embargo recuerdo párrafos e incluso la página donde se encuentran).

Hay tres formas de olvido, estudiaba en BUP: por interferencia, por desuso o por voluntad. Cuando tienes un número en la cabeza y te proponen, ponemos por caso, que acompañes a unos amigos a un merendero, el número desaparece enterrado por la propuesta inmediata, pensando en el local más propicio para esos expontáneos comensales. Si conocías en tu infancia los ríos de España, sus afluentes, y algún que otro arroyo del Miño; los olvidas grosso modo porque no entran en la conversación habitual de cada día. "A propósito -les dices a tus amigos a los postres en el mesón La Bodeguita- sabéis que el río Tinto, de mil setescientos treinta kilómetros, desemboca en el Guadiana, exactamente en la Ría de Huelva?".

Después hay otro olvido: por voluntad, que casi nunca me da resultado. Lo que deseo olvidar con todas mis fuerzas, se muestra de manera más nítida en mi cerebro. Si pienso que no quiero pensar, ya estoy pensando. Así, quienes nos han hecho daño, los malos tragos, las veces que hacemos el ridículo... no se evaden de ninguna forma de nuesros recuerdos.

Por extensión, hay una suerte de remembranza, que el lenguaje galaico-portugués denomina bellamente saudade, y que la palabra española que más se le acerca es nostalgia, que, según Luis Alberto de Cuenca, "es el dolor muy maquillado", como el desamor, que pretendemos olvidar sin quererlo. Es la vena romántica, es la muerte blanca, son las palabras pensadas por te hieren de muerte en un duelo.