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Positivismo

Ya me lo dice mi mujer desde el pescante de la diligencia: "Si fueras más positivo te iría mejor". Creo que es verdad. Y a veces lo intento, pero soy de condición pesimista. Veo la botella medio vacía y la tostada siempre cae boca abajo.

Soy pesimista -podría cantar, como Jeanette - porque el mundo me hizo así. La vida está llena de ostáculos, que algunos los vemos más altos, también es verdad. Pero cuando los superas la satisfacción podría ser más grande si no estubiera nublado.

Además las noticias no ayudan, el panorama nacional (y no digamos el internacional) es de película de ciencia ficción o de una mala película de miedo. Miro el pasado, malo. Miro el presente, duro. Miro el futuro, desalentador (¡pobres niños!).

Si todos querían ser un príncipe azul, yo no pasaba de elefante rosa. Si el verde es el color de la esperanza, lo veo todo negro. Cuando una luz brilla en su fondo, esperamos de un momento a otro el soplo que apague la vela o el corte de luz.

Quizá, después de todo, no esté tan desencaminado. Lo más coherente es ser pesimista.

Una pupa

Una pupa

Insisto, Granada es una herida abierta. Hoy, martes 21 de noviembre, tenemos más ciudad en obras que ciudad construida. Dan ganas de hacer las maletas y no volver aquí hasta 2010. Pero, me temo, que seguirán abriendo zanjas y lo peor es que antes de que cicatricen estos labios de cemento y polvo, volverán a zaherir el casco granadino por las mismas costuras, quizá porque en su día se olvidarón de meter no sé qué cable.

El universo está en expansión, como las obras de Granada. El universo es infinito, como las obras de Granada. El universo es un enigma, como las obras de Granada.

Es incomprensible cómo los turistas acuden en manadas. Es alarmante que se venda Granada como una ciudad de ensueño. Son inútiles las mejoras cuando la vida corre más que las infraestructuras y, cuando se inaugura la obra terminada, ya está obsoleta y, cuando una carretera, por ejemplo, se adapta para soportar mil coches a la hora, en el momento de estar terminada, recibe tres mil.

¿Estará la solución en dar un gran paso hacia atrás y abandonar el cemento y enterrar los coches y desbovedar el río y ralentizar los relojes y escribir a mano y conversar en las plazas y amarnos en los atardeceres?

Si no empezamos a soñar estamos condenados a soportar una pupa incurable que crece sin cesar.

María Toledo en La Platería

María Toledo en La Platería

Una mezcla un poco anormal en una joven cantaora (1983), premiada en las Minas de La Unión en el 2002, es lo que llamó mi atención el pasado mes de marzo en el ciclo "Flamenco viene del sur". Y es que María Toledo es una flamenca de La Mancha, rubia y estudiante de derecho y de piano, todo poco convencional. Y si además habla bien, marcando las eses, y demuestra su conocimiento y su largura en los estilos, es digna de encomio. La primera vez, como digo, me impresionó. Compartió escenario con otra joven promesa, la jerezana Carmen Grilo, y salimos muy satisfechos aquel entonces del teatro. Esta vez, sin embargo, no sé si por la responsabilidad de actuar en este templo del cante, como es la peña de La Platería, por el frío de Granada que le cogió de improviso o por una extraña inclinación a remedar a sus mayores, sobre todo a Carmen Linares, su actuación resultó encorsetada y falta de pellizco, con algunos momentos relucientes, justo es decirlo.

De cualquier forma, el conjunto de su recital fue más que correcto, rico en matices y en referencias, sabroso en sus propuestas. Y, si a todo esto unimos la sensibilidad de la guitarra de Luis Mariano, la noche mereció la pena.

La primera entrega de María Toledo fueron unos tangos que resultaron deslavazados y chirriantes. Su voz sonaba encorsetada, muy de escuela, y fingida, tanto que desconcertó al personal. Poco a poco, sin embargo, fue enmendando sus propuestas sin llegar en ningún momento a emocionar. Quizá la mejor entrega de la primera parte fue una soleá de Jerez y de Triana o, por momentos, las alegrías en las que se acordó de La Perla de Cádiz o de Aurelio Sellés.

La segunda parte, por desgracia, fue igual de sosa que la primera, en la que hizo un buen intento por acariciar la fibra del espectador comenzado con una zambra, que culminó con el "Carcelero carcelero" de Caracol, siguió por levante, haciendo una levantica y una preciosa cartagenera. También hizo unas seguiriyas y culminó por bulerías. Como bis, un par de fandangos.

En general, bastante flojo para las expectativas esperadas. Tan sólo sobresaliente por una de las mejores guitarras del panorama granadino, que es como decir de las mejores guitarras de andalucía.

¿De qué tenemos miedo?

¿De qué tenemos miedo?

Sartre advertía de que el infierno son los demás. Para Amenábar los otros son los muertos o, mejor dicho, para los muertos los vivos. Mi discurso de hoy, sin embargo, es más mundano, es algo que se ve todos los días, cada vez más, al menos a mi alrededor. Y es algo que, sin ser observador o sociólogo apreciamos al subir al autobús (mi tema favorito, donde el entramado de mis días se desvanece y no hay dios que recoja el ovillo mientras se deshace esta madeja). Me refiero a que preferimos sentarnos solos que a compartir asiento con algún otro usuario.

Cuando nos montamos en el autobús y podemos elegir (qué poquitas veces), buscamos el asiento individual y no el doble. Si no queda más remedio, cogemos uno doble en la fila del pasillo para, el que venga a continuación, opte por compartir el asiento con alguien que no tenga que levantar o pasar por encima (a veces literalmente).

Lo que pasa, es que los demás peatones que se deciden por el transporte público, piensan como yo y no quieren compartir asiento. A veces nos quedamos de pie para evitar a un compañero de viaje.

Anne Tyler en El turista accidental (mejor la película que el libro) propone un magnífico decálogo para el viajero. En uno de sus puntos recomienda no olvidar un gran libro (de tamaño, no de bueno), leámoslo o no, para aislarnos de este vecino, generalmente molesto.

¿De qué tenemos miedo? Quizá no deseamos que nadie intente hablarnos en este devenir de autistas funcionales; quizá tememos a un posible siames obeso o que huela mal o que tenga caspa y se bata el cabello formando una repentina nevada de descamaciones y otros ácaros o que se meta el dedo en la nariz y dispare verdes píldoras de parabólico vuelo de difícil seguimiento o que se desprenda de algún pequeño trueno ventral y las miradas del respetable recaigan en ti que, sin comerlo ni beberlo, se te han sonrojado las mejillas por un justificado pudor ajeno o...

O puede que todo lo contrario, que seamos nosotros los charlatanes, los grasientos, los casposos, a los que se nos escapan los vientos o los que nos cantan los alerones. O tememos a la chica o al chico que comparta poltrona y piense que nosotros pensamos que él o ella piense que nosotros estamos pensando lo impensable. O tememos al señor o a la señora que nos mira de arriba abajo pensando lo pensable.

A veces nos levantamos, cedemos nuestro asiento, no por condescendencia sino por "librarnos" de nuestro partener. A veces disimulamos con el móvil o con el libro del protagonista de Tyler o pegando las narices al cristal para ver el caótico desarrollo de las obras municipales. Y, lo que es peor, a veces disimulamos cuando entra al autobús alguien conocido que tampoco quiere vernos y, quejándonos de nuestra mala suerte, hacemos por no habernos dado cuenta, hasta que nuestras miradas coinciden por algún leve error y no tenemos más narices (que también se miran) que, con una estúpida sonrisa, balbucear un saludo que siempre va a sonar hipócrita, que siempre parece lo que símplemente es.

Y tú ¿de qué tienes miedo?

El escondite de los sentidos

El escondite de los sentidos

Hace tiempo escuché un cuento en la televisión narrado por una argentina de cabello rubio escarolado, de la que nunca supe su nombre ni me molesté en averiguar. Después, por varias esquinas, me he topado con plagiadores que trataban de alcanzar la magia de la chica bonaerense, sin conseguirlo, justo es comentarlo.

Entonces me enganché al carro del recuerdo y quise reproducir este cuento de la manera más veraz y estimulante que pudiera y, creo, que me he acercado a la sombra de su espíritu*:

Se la quedaba la Locura, que cuenta con esa incertidumbre anárquica de quien repele el orden establecido. Siete, tres, veinticuatro, seis, catorce -dice-, dos, ocho y treinta y seis. La Duda no sabe dónde esconderse, si aquí estará bastante oculto o allí hay menos probabilidades de que lo vean o más allá donde los arbustos ocultan el horizonte... La Pereza, por su parte, no va ni a esconderse, piensa que si hay suerte la Locura mirará a lo lejos y no a lo inmediato. La Mentira comenta en voz alta el escondite donde desde luego no se esconderá. La Pasión busca un volcán donde abandonarse mientras goza en su propio cuerpo encendido. El Amor se oculta bajo un rosal donde despoja de sus pétalos una margarita...
La Locura cree que ha acabado de contar y busca a los escondidos. Poco a poco los va encontrando a todos menos al amor que bajo su rosal se ha olvidado del Tiempo. La Envidia lo acusa de hacer trampas y la Maldad con ojos amarillos le ofrece las espinas del rosal para pincharle la cara. La Locura le clava cien espinas en los ojos y el Amor se queda ciego desde ese momento. Entonces la Locura se arrepiente y se ofrece de lazarillo al Amor. Desde ese instante, el Amor y la Locura caminan juntos.

* Si alguien tiene el cuento original o sabe de su paradero (autor, título, editorial, etc.) no dude en volar conmigo.

** Ignoro la autora o el autor de la ilustración. Pertenece a la portada del cuento "Jugando al escondite" de la COLECCIÓN DE CUENTOS DEL SIGLO XXI de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León

Una Gema tallada en La Platería

Una Gema tallada en La Platería

Gema Jiménez, joven cantaora de Jódar, hizo honor a su nombre y fue una piedra preciosa el sábado en la peña de La Platería. Ganadora en el 2005 de la Lámpara Minera en el Festival de las Minas de la Unión, demostró con creces el merecimiento de este premio. No se equivocaba el vicepresidente de la Peña en su presentación, diciendo que la Lámpara no le da prestigio a Gema Jiménez, sino que la cantaora jienense ensalza estos galardones. Y es más, añado yo, cuando se conceden premios tan merecidos, se justifica todo el entramado de un Festival que año tras año señala a un ganador que después se queda en la cuneta.

El exigente público de esta asociación flamenca quedó satisfecho con la entrega de una cantaora que se volcó como nunca, según los que la habíamos visto en más ocasiones, y fue brillante en sus propuestas, más en la primera parte que en la segunda, rompiendo algunas previsiones.

Muy segura de sí, dominando la escena y a gusto, como si estuviera en su casa, los cantes fluían por una garganta privilegiada y un timbre especialmente bello, que domina los altibajos y se apodera del compás y de un quejío moderado que arrancaba oles de absoluta complicidad.

Gema abrió la noche con una granaína y media, fue grande en los caracoles chaconianos, en las tarantas demostró su dominio por levante y acabó esta primera parte con tangos en los que viajó de Badajoz a Granada pasando por Málaga.

Después del descanso, interpretó con su habitual belleza unas milongas dedicadas al maestro Valderrama, unas seguiriyas, en las que no se rompió como se esperaba, unos fandangos, quizá demasiado largos, y un fin de fiestas por bulerías.

Eduardo Rebollar, excelente a la guitarra.

* FOTO: carátula del CD de Gema Jiménez, a raíz de haber ganado la Lámpara Minera en el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión

Decadencia

Decadencia

Canta un fandango Enrique Morente, para cerrar el disco Sacromonte, que dice: "To el mundo me da de lao / porque me ve en decadencia, / pero yo me he echao la cuenta / que el mundo no se ha acabao, / puede dar otra vuelta". Yo soy menos optimsta y pienso en la situación inversa, pienso en quien empieza a descender, en quien cae de la cresta de la ola, palacios de marfil que se derrumban.

Cuanto más subamos, más alto puede ser el batacazo. Es necesario acolchar nuestra caída con un buen colchón (los mejores almohadones que conozco son los buenos amigos, los amigos de verdad, los que te miran (léase, quieren) igual estés a la altura que estés), (eso sí, no los defraudes).

Podemos ascender, la vida es una carrera de logros y batallas que podemos ganar, pero que también podemos perder y entonces caemos y no nos podemos hacer una idea lo profundo que está el fondo (nunca tocamos fondo hasta sentir el cañón de un calibre 22 entre los dientes).

Es inútil comentar la foto que precede este artículo. Es innecesario recrear un antes y un después. Es demagógico advertir sobre los estragos de la droga. Es imposible que no te conmueva tanto deterioro en una persona que lo tenía todo, que lo era todo.

Ayer escuché por casualidad el tema principal de la película "El guardaespaldas", de Whitney Houston y recordé estas fotos, esta comparativa. Aunque dicen que se ha recuperado, la visita al infierno no se la quita nadie y lo peor es que guarda billete de vuelta en primera clase guardado en la manga (aunque no lo sepa).

El futuro

El futuro

El futuro es una montaña que sólo permite ascender, subir y subir hasta el fin de los días. Y el vértigo se produce al mirar hacia arriba, nunca volviendo el rostro.

Desde pequeño el futuro ha tenido fecha. Siempre he creído que el futuro comenzaba el año dos mil. Películas, libros, documentos... todo apuntaba a que este año vestiríamos ropas de neopreno y el mobiliario sería ergonómico, que volaríamos por las estrellas y nos teletrasportaríamos molecularmente.

Pero ahora vemos que no es así. Que del año pasado a éste no ha cambiado nada, que la década anterior fue semejante a la que vivimos. ¿Hasta cuándo hay que esperar? ¿Es que nunca vamos a comenzar el futuro prometido?

Sin embargo mi cosciente dice que el futuro ya está aquí. El futuro es un recorrido, no una meta. Es el viaje de Ulises y no el paño de Penélope. Cada día lo alcanzamos y cuando llegamos a él ya es pasado.

Los logros actuales eran impensables hace unos años. Toda la autopista de la información es motivo suficiente para afirmar que rozamos la meta, que este es el principio del fin. ¿Y los ordenadores? Los biológicos, me refiero que son del tamaño de un grano de azúcar y superan cien mil veces a los que utilizamos actualmente...

También hay otros inventos: los peines que te analizan el cabello y el cuero capilar; los baños inteligentes, que controlan nuestra salud a través de las heces y la orina y te recomiendan una dieta según el caso; los fármacos previsores, que residen en nuestro organismo y se activan cuando los necesitamos; la pantalla plana del televisor; otras energías alternativas provenientes del sol, del viento o del agua de mar; el hidrógeno como combustible (el hidrógeno ya se aplicó con éxito en una de las últimas naves tripuladas enviadas al espacio y los astronautas bebían esta misma agua que producía el combustible)...

No es ciencia ficción, como se podría llegar a pensar, son realidades en fases de experimentación o de expansión, con las que conviviremos muy pronto (los japoneses antes).

Igualmente podría hablar de la píldora adelgazante, del frigorífico inteligente, del robot multiusos, de las casas que se construyen y se reconstruyen a voluntad como quien hace un puzzle en sólo seis horas, de las gafas universales que se gradúan solas, y de un etcétera así de grande, que podría, cuanto menos, causar un respingo de asombro al más crédulo de nuestros conocidos.

Son pasos de gigante para la humanidad. El siglo avanza vertiginosamente. El mundo ha avanzado en unos pocos años más que en gran parte de su existencia.

¡Y está bien! Está bien todo lo que sirva para mejorar nuestra calidad de vida, para prolongar, si no la vida, sí la salud del ser humano. Estaría bien, sin embargo, si sirviera paralelamente para salvar al mundo para los que nos precedan, para evitar guerras y hambres inútiles, para lograr una igualdad real entre los hombres, para derrumbar las fronteras, para acabar con el fanatismo...

Por mucho que avancemos en tecnología y en ciencia, me temo, que para un futuro humanista, como en el que pienso, aún queda mucho.

...tal astilla

...tal astilla

Sí, han visto bien, mi niño tiene una papelera en lo alto de la cabeza (antes llevaba sus calzoncillos). No hacía falta hacer apuestas: Juan Fernández hace tantas payasadas como su padre. Le falta un mes para cumplir tres años y ya se ha convertido, además de en un buen confidente, en todo un personaje. Canta, baila y cuenta chistes.

Dormimos poco, me llama dos y tres veces en una noche por diversas razones (pipí, agua, sueños con la bruja de Blancanieves...) y, por la mañana, bien temprano, me grita: "papá (o Jorge), que ya me he despertado". Después le tengo que contar los mismos cuentos de siempre, tiene que ver las mismas películas de siempre, tenemos que jugar a lo de siempre.

Me gusta mucho de mi niño, en lo cual nos parecemos, su risa que estalla, por ejemplo, en una película cuando aparece una escena típica para hacer reír, un simple gag con esa intención.

Vale.

La carrera

La carrera

Carrera, carrera, sólo tengo una. Mejor dicho, una y media, pero la segunda no la terminé, y de la otra no ejerzo. Es decir, es como si no tuviera ninguna.

La verdadera carrera, sin embargo, es la que me pegué el otro día detrás del autobús, que lo perdí por tres segundos, creo. Si lo llego a saber, no corro y lo pierdo por tres minutos que, para el caso, es igual, pero sin resuello.

En mi carrera pisé algunos charcos, se me saltaron algunas lágrimas, el corazón se me aceleró como nunca y empezó a dolerme el costado. Aunque en realidad lo que me dolía era el alma, en caso de que existiera y sobre todo en caso de que no se me hubiera saltado por la boca en mi reciente mi esfuerzo.

En ese nuevo caso, de que mi alma me hubiera abandonado, me dolería el hueco del alma, si existiese, repito, que quizá no, pero doler duele. Es como las meigas en Galicia.

Conclusión: corrí como nunca y lo perdí como siempre.

Una buena curda

Una buena curda

Al decir "una buena curda" no me refiero a una hermosa mujer del Curdistán, sino a una borrachera impresionante.

El término 'borracho', junto con 'prostituta', es de las palabras con más acepciones, sinónimos, modismos, localismos, familiarismos y expresiones que conozco en el idioma castellano. A bote pronto podemos apuntar: ahumado (con ache o con jota, que los dos están admitidos), ebrio, embriagado, mamado, alcoholizado, beodo, alegre, bebido, azorado, borrachín, achispado, ditirámbico...; además de las expresiones y calificativos: cogorza, moña, crápula, pea, tranca, tajada, merluza, melopea...y delirium tremens.

Benedetti, remedando con cierta mofa el nombre de las memorias de Neruda intituladas "Confieso que he vivido",escribía 'Confieso que he bebido'. Todos hemos bebido, más o menos. Todos la hemos pillado, más o menos. Los grandes vividores, o grandes bebedores, recuerdan con cierto cariño (nostalgia) borracheras históricas, cogorzas de impresión, buenas curdas en las que te da por hablar con brillantez o lanzarte a un abismo antes impensable, o malas trancas, que da por llorar, por vomitar, por confesar lo incofesable, por pegarse a alguien como una lapa y darle la brasa toda la noche... Todos, más o menos, recordamos peas memorables, jumeras gloriosas. Todos, más o menos, queremos olvidar ridículas tajadas y dolorosas y humillantes... (por no hablar de las consecuentes resacas) (a mí me afectan más al estómago que a la cabeza).

Aunque no tanto como para apuntarnos a alcohólicos anónimos que, cuando nos preguntan nuestro nombre, se rompe su fin (es como llamar a la puerta del adivino y pregunte quién es).

Bueno, pues este sábado me topé con un tio mamao, mamao. Fue en el autobús, a eso de las ocho (o sea, que empezó pronto y pronto se lo quitó de enmedio). Con un volantazo del vehículo en una rotonda, el personaje se fue al suelo en el pasillo y ya no se levantó. La gente se alteró con el golpe, empezamos a cuchichear, a reír o a echarnos las manos a la cabeza (¡que barbaridad!). Nadie hicimos nada por tres razones. Primera, porque era como un luchador de sumo con sobrepeso y debía pesar una tonelada. Segunda, porque parecía muy a gusto el indivíduo sentado en el piso del autobus, mejor que en su asiento que le quedaba pequeño. Y tercera, porque viajaba con un amigo que le decía cosas al oído pero que tampoco hacía nada por levantarlo.

Esa, posiblemente, es de las moñas para olvidar, pero que cuando se medio olvidan, se cogen otras iguales.

* IMAGEN: 'El borracho' de Vega Bermejo Castelnau

El calígrafo

El calígrafo

Hace unos años trabajaba en una empresa de diseño gráfico para un grupo empresarial con mi compañero (y sin embargo amigo) Nono. Allí, entre muchos productos, editábamos un boletín de noticias para dicho grupo. Los clientes de Trazo, como se llamaba el estudio de diseño, además de impacientes, eran tremendamente suspicaces en cuanto al precio final al ver la simplicidad que nos planteaba el resultado.

Nosotros, muy amablemente, explicábamos que lo que parecía fácil a simple vista era el resultado de un amplio proceso de pruebas y errores hasta llegar al producto deseado. Me acordaba de este cuentecito que, adaptándolo a mi manera, publiqué en la revistilla antes aludida.

 

El calígrafo

Hace muchos, muchos años, en la antigua China, un señor principal que vivía entre los ricos propietarios del norte de una ciudad milenaria, decidió escribir su nombre en bellos caracteres para colocarlo en el salón de té de su fructífera hacienda. Para ello, como era tradicional entre las familias ricas del país, se dirigió al calígrafo más prestigioso de toda la China que por casualidad tan sólo vivía a unas pocas horas a caballo desde su casa.

De esta manera, su real persona se presentó ante el escribiente y, con mucha parafernalia y pavoneo, le instó para que compusiera un lienzo de la mejor seda con su nombre en caracteres clásicos de bella factura y mano suelta que fuera la envidia de príncipes y reyes que de visita acudieran a sus tierras. Y aún más, que fuera un llamado para todas las gentes del país y motivo de envidia para sus iguales.

Conforme el señor con las condiciones del artista, quedó en mandar periódicamente a un mensajero a preguntar cómo se desarrollaba el trabajo.

Pasaron las semanas y un poco más y la repuesta en cuanto a la finalización del encargo era negativa. Hasta que un buen día, cansado de esperar (y por lo desacostumbrado de la dependencia ajena) se presentó en el taller del calígrafo para pedirle explicaciones. Rojo de cólera conminó al viejo artesano con que se llevaría el encargo a otro lugar, que escribientes había muchos, que lo denunciaría y que con sus influencias como mínimo lo condenarían a trabajos forzados en la Gran Muralla.

El calígrafo, antes de alterarse, cogió el bastidor donde se tensaba nívea y fina seda, el pincel y la tableta de tinta china y al momento, en presencia del grueso señor, dibujó sin titubeos el nombre de aquel cliente, lo que sacó de quicio al adinerado, que le preguntó irascible cómo había tardado tanto en escribir un texto que era capaz de realizar en el acto. El anciano artesano, con toda la paciencia del mundo, abrió un armario donde cayeron cientos de papeles con pruebas fallidas del nombre de aquel señor.

 

La Parra inaugura su temporada sin su Presidente

Con algunas semanas de retraso, inaugura su actividad la peña La Parra flamenca de Huétor Vega. Esto es debido al fallecimiento reciente de su Presidente, Pepe Agudo, motor y dinamizador tanto de esta peña como del flamenco granadino en general. Con este dolor inmenso y con el hueco irremplazable que se queda en la asociación, sus más de setenta socios, con Pepe Rubio, como Presidente en funciones, y con el apoyo de la Concejalía de Cultura de Huétor Vega, el flamenco de esta población reanudó su labor el pasado sábado con una actuación que abrió la temporada.

Con Pedro Cintas, un cantaor venido de Badajoz, y Ramón del Paso, artista local, a la guitarra, se ofrece un recital tan sólo correcto, con algunas pinceladas de emoción.

En la primera parte, en la soleá, en su primera entrega, escuchamos lo mejorcito de ese cantaor extremeño. Ya fuera por la sorpresa del comienzo, ya por su fuerza inicial, el caso es que arrancó muestras de aprobación entre los peñeros. A partir de ahí, todo fue previsible. Su buena modulación, los socorridos gorgoritos y el abuso de bajos, que recordaban al buen hacer de Calixto Sánchez, unido a la longitud desmesurada de sus cantes, llegaron a cansar. Correcto también en las cantiñas y alegrías, en los tangos y en los fandangos finales. Más sobresaliente por malagueñas, en las seguiriyas y, sobre todo, en las bulerías. El tocaor, Ramón del Paso, que estuvo muy por encima de un cantaor falto de precisión, tenía que estar atento a su constante pérdida de ritmo. Siendo cantaor extremeño, se echó en falta una muestra de tangos y jaleos de su tierra.

La Parra de Huétor Vega, creada en 1981, retoma también la programación de sus bodas de plata y, con el apoyo de la Diputación de Granada y el Ayuntamiento de su localidad, editará un libro y un CD con las actuaciones más sobresalientes de estos 25 años de flamenco. Además, se ofrecerán algunas conferencias ilustradas con cante durante los días 30 de noviembre y lo dos primeros días de diciembre.

Bullying

Bullying

Leo con verdadera preocupación un artículo en El País de ayer domingo sobre un caso de asoso escolar, lo que se viene denominando bullying (palabra que lamentablemente se nos está haciendo familiar). Se trata de Andrea, una niña de 13 años de un instituto de Ponferrada (León), que lleva varios días en la cama con la pierna fracturada por la agresión de unas compañeras de estudios.

No es la primera noticia que tenemos. La violencia en las escuelas está a la orden del día. Dicen que el 62 por ciento de la responsabilidad de este comportamiento es de los padres. También influye la televisión, internet, los amigos, la calle...

El problema no es sólo entre adolescentes (¡que viva el botellón!) sino entre niños de todas las edades. Hace algún tiempo salió a la luz el acoso sufrido por un niño de seis años (¡seis años!). En un artículo que leí habla de que el sentimiento de agresividad en el hombre se genera desde los tres años (antes, el hombre es hombre -quiero decir niño-, a partir de los tres años tiene la posibilidad de convertirse en animal, en energúmeno).

Pero no sólo este animalismo se da entre niños o niñas (que en eso sí que hay igualdad), sino entre alumnos y profesores (Jesús Palomo comentaba la mala suerte que tenía de vivir esta época, pues cuando él era chiquillo, los profesores pegaban impunemente, ahora, que es profesor, quienes pegan son los alumnos); o entre padres y profesores (hace poco una madre agredió con una barra de pan a la maestra de su hijo); o entre niños y padres (hay padres que denuncian a sus hijos por violentos, les tienen miedo), (hay hijos que matan a sus padres), (tengo unos recortes, de los que hablaré algún día, sobre padres acosados (léase 'acojonados') por sus hijos).

Y encima lo graban en el móvil. Y encima se lo pasan de uno a otro. Y encima lo cuelgan en internet. Y encima se lo quieren vender a la prensa... Tal es su hazaña. Son cazadores y siempre hay presas desvalidas. Ya no hacen falta 'juegos de roll' ni 'idas de pelota'. Se está muy cuerdo cuando se agrede. El imbécil, el loco, el ébrio, es quien rueda por el suelo, el que se estrella contra la pared, el que soporta la navaja en el pecho.

Siempre, por lo que sé, por lo que he vivido, han existido los discriminados, las "víctimas" en las escuelas, a manos de otros chicos, pero antes, por decirlo así, existían límites, había una ética generalmente aceptada, planeaba una especie de miedo por las cabezas de los jóvenes que impedía dar el paso funesto, que evitaba quemar las naves... Quizá no fuera lo mejor. Pero ¿qué futuro nos espera si nuestros hijos son acosados o acosadores desde su más tierna infancia? Si tres amigas preadolescentes son capaces de romperle la pierna a una compañera, ¿qué harán con 20 ó 25 años?, ¿o 50 y sean dueñas de una empresa o jerifaltes de un país?

Yo, como padre, siento escalofríos con noticias como ésta. En su caso, creo que preferiría que mi hijo fuera acosado que no acosador, que fuera víctima y no verdugo, que las lágrimas nos hicieran surcos en las mejillas y no hacerle muescas a la culata de nuestro revolver.

Marianas

Yo vengo de Hungría,

con mi mariana,

pasando la vía.

En principio la palabra nos puede llevar a pensar en oraciones y cantos religiosos referentes al culto a María. Nada más lejos de la realidad. Nunca un tema tan pagano se ha acercado al flamenco, pues con el nombre de 'mariana' designaban los gitanos titiriteros a la mona, a la cabra o a los demás animales que usaban para pedir voluntaria remuneración por su baile equilibrista o cualquier otra habilidad al compás de sus instrumentos de percusión.

La mariana es un cante derivado claramente de los tangos (más bien de los tientos), de indeterminado número de versos y de sílabas. Tiene un estribillo y acaba por tangos, como los tientos. Sus temas tienen que ver con la vida de los gitanos.

La versión flamenca de este cante se debe a Luis López, El Niño de las Marianas (o El Cojo de las Marianas). Según González Climent, El Cojo tomó este cante, cuando tenía 17 años (1905), de unos gitanos húngaros que cantaban y bailaban con un pandero deambulando por tierras andaluzas.

El cantaor sevillano grabó estas marianas en 1910, con la guitarra de Ramón Montoya. (Aunque hay quien dice que ya estaban grabadas, pero nunca con la jondura flamenca de esta pareja.)

Joaquín Turina utilizó parte de la melodía de las marianas en su obra Jueves Santo a media noche como contraste a la saeta, lo que llevó a pensar que era una creación de éste compositor sevillano.

Actualmente es un cante en desuso que Antonio Gómez El Colorao se empeña en rescatar (lo viene interpretando, junto a la seguiriya, en todos los festivales que se presentan). Han interpretado también marianas Bernardo el de los Lobitos, Menese, Lebrijano y Miguel Vargas.

Cuentos jeroglíficos

Cuentos jeroglíficos

No hay como recomendar un libro para volverlo a tener en cuenta, hojearlo e incluso releerlo. Éso ha pasado recientemente con los Cuentos jeroglíficos de Horace Walpole (1717-1797). Las relecturas son un dulce añadido tras un escogido almuerzo. Lo que menos importa es la sorpresa en su conjunto y se busca la magia en cada episodio, el chispazo en cada frase, la palabra precisa, la metáfora inteligente, el humor sabio, el guiño cómplice.

En una relectura no se busca un todo, se encuentran los momentos. Y lo que antes incomodaba, quizá por su longitud, por su floreo, por sus devenires... ahora irrumpe con nueva belleza y deseamos que el camino continúe, como el Itaca de Cavafis, que se siga bifurcando borgianamente hasta toparnos con la esencia, hasta descubrir detrás de cada página los jadeos del autor, los latidos de su creación.

La lectura normalmente es de estómago, la relectura siempre es paladar.

Así, un siglo antes que Lewis Carrol escribiera unos cuentos para entretener a Alice Liddell, una niña de 10 años, Horace Walpole compuso algunas miniaturas para divertir a la niña Caroline Campbell. Horace Walpole que inauguraría la tradición gótica inglesa con El castillo de Otranto (y la novela gótica en general, de la que llegó a hacerse eco hasta Cervantes), escribió unos deliciosos cuentecitos tan disparatados como ingeniosos, llenos de magia y fantasía, donde encuentran cabida desde el rey Salomón hasta la reina de Inglaterra.

Luis Alberto de Cuenca, que se ocupa de la edición e incluye un prologo y un impagable apéndice sobre el género, lo tilda como el primer surrealista. Un poco pretenciosas afirmaciones tan tajantes, pero bastante de razón sí que tiene. Quizás no recordaba a Guillermo de Aquitania (del que hablaré en otro momento).

En la época aún no se había descubierto la Piedra Rosetta, o sea, la escritura geroglífica todavía era un enigma, un elemento decorativo, un enrevesado divertimento de artistas y constructores. Así que Walpole adjetivó a sus cuentos 'jeroglíficos' para explicar su sin sentido (sinsentido, lo unía Juan Ramón Jiménez), la debacle de los argumentos propios de un orate y no del hijo de un ministro y conde de Orford.

Lo mejor, pues me puedo extender en mil elogiosos comentarios, es simplemente leerlo. Os adelanto, para que veáis los filos de esa fantasía, que en uno de los cuentos las cabras ponen huevos "cuyas claras son un excelente remedio contra las pecas", o que un rey, midiendo un metro cincuenta y cinco, es conocido como El Gigante, pues todos sus antecesores en el trono medían tan sólo uno cincuenta.

Tampoco me resisto a reproducir el comienzo de El rey y sus tres hijas, otro de sus originales escritos:

Había antiguamente un rey que tenía tres hijas, o mejor dicho, que habría tenido tres hijas si hubiese tenido una más, pues la primera de ellas, de un modo u otro, no había llegado a nacer nunca. Era, sin embargo, muy hermosa, tenía mucho ingenio y hablaba el francés a la perfección, como afirman todos los autores de esta época, aunque haya alguno que insista en que nunca existió. Lo que sí era cierto es que las otras dos princesas distaban mucho de ser unas bellezas. La segunda, en efecto, hablaba con un fuerte acento del Yorkshire, y la más joven tenía una pésima dentadura y una sola pierna, lo que hacía que bailase muy mal.

* CUENTOS JEROGLÍFICOS: Walpole, Horace. Madrid: Alianza, 2005

La Osa Mayor

La Osa Mayor

Mi relación con la astronomía era sobre todo romántica. Digo era porque ya no tengo la posibilidad de pasar noches y noches vivaqueando en el campo, bajo las estrellas, o en la Sierra caminando al lado de ellas. Como un elemento bello, sugestivo y sobre todo natural se me imponía profundizar en él e intentar descifrar sus designios. En aquel tiempo, no hace tanto, entendía de galaxias y nebulosas, de super novas y enanas rojas. Sabía descubrir las principales constelaciones y orientarme por las estrellas.

Pero lo que más me atraía, lo que todavía conservo, son las leyendas en torno a los astros, ese universo hagiográfico que ha conmovido a la humanidad desde sus comienzos hasta lograr darle una explicación "razonable" a las luces que, tiritan azules a lo lejos (Neruda). Los cuentos, los mitos, la historia fantástica del cielo y sus elementos nos han acompañado desde nuestro amanecer como seres humanos.

Una de las constelaciones más evidentes en el emisferio norte, o sea, de las más fáciles de descubrir, junto con Orión, es sin duda la Osa Mayor (o el Carro). Por ella podemos encontrar a la Estrella Polar que señala al norte y que es la punta de la cola de la Osa Menor. Alrededor del Carro también descubrimos a Casiopea, a Cefeo, al Dragón o a Perseo.

Uno de los mitos más bellos sobre la Osa Mayor se encuentra entre los textos griegos. La leyenda cuenta que el libertino Zeus se prendó de Calisto ("la más bella"), una de las ninfas de Artemis. La persiguió y yació con ella. Las demás ninfas, descubrieron su preñez cuando se desnudaron para bañarse en el río y la arrojaron de su lado. Artemis, enterada de la traición, la convirtió en osa. Otros apuntan que fue Hera, castigadora esposa del dios tonante. Otra versión habla que fue el mismo Zeus para liberarla de sus enemigas. El caso es que Calisto convertida en osa, dio como fruto a Arcas (creador de la dinastía de los arcadios). Cuando murió, ascendió a los cielos en forma de constelación. Más macabra es la alternativa que cuenta que fue su mismo hijo Arcas el que, confundido, abatió en una cacería a su madre.

22 de octubre

22 de octubre

El 22 de octubre quise escribir algo concreto sobre la vida contemplativa, concidiendo con el cumpleaños de mi hermano y el día de san Hilarión. Álvaro, al que siempre le llevaré un año, disfruta tan sólo de la coincidencia con este personaje. Hilarión fue un anacoreta interesante.

Soy amante de las biografías. Quizá no de los obras sobre personajes o vidas ejemplares más o menos noveladas, sino de retazos del devenir de las personas, hasta el punto de leer a un autor atraído por su vida, por sus circunstancias o desvaríos. Un escritor casi siempre me lleva a otro de su orbe o de su panteón particular. Así voy avanzando. Siempre a destiempo. Fuera de modas, estilos y convenciones.

Las vidas de los santos siempre han llamado mi atención. No por su santidad, que también, sino por su concepto del mundo, por su humanismo, por su particular guerra contra las "tentaciones". Tienen especial interés los mártires y, sobre todo, los anacoretas (otro tipo de martirio), (digamos, más surrealista). Ermitaños carismáticos como san Antonio Abad, san Simeón (mi favorito) o san Hilarión, del que voy a hablar.

Hilarión (Palestina, ca 291 - Chipre, ca 371) fue hijo de padres paganos, que lo enviaron a Alejandría para educarse en las escuelas de esa ciudad. Aquí se hizo cristiano y, atraído por el renombrado anacoreta San Antonio, se retiró al desierto y decidió dedicarse a la vida ascética eremítica. Regresó a su casa, repartió su fortuna entre los pobres, y se retiró a una pequeña choza en el desierto de Majuma, cerca de Gaza.

Su fe le llevó a efectuar curas milagrosas y exorcismos. Su fama se esparció por el lugar reuniendo en torno a su persona a numerosos discípulos y gente que venía a pedirle ayuda y consejos. Esto lo indujo a despedirse de sus discípulos y a regresar a Egipto para vivir en Bruccio, cerca de Alejandría, pero al oír que Juliano el Apóstata había ordenado su arresto, se retiró a un oasis en el desierto de Libia. Más tarde se trasladó a Sicilia y después a Epidauro en Dalmacia y a Chipre en donde, en una solitaria cueva, pasó sus últimos años.

El retiro de estos eremitas es tremendo. Son años y años alejados del mundo, apartados de su gente, limitando sus necesidades a la mínima expresión. Se resistían así a la tentación, a la maldad, al destino impepinable del hombre pecador. Su renuncia "pasiva", incomprensible hoy día, hace que me fije en la sombra de las nubes entre los árboles.


Civismo

Civismo

Ayer tarde, con mi niño en los columpios de la plaza, presencié una escena de las que fusilan los guionistas para las series de hoy en día. Es tan simple y cómica como llamativa (¿emotiva?). La cosa fue así: dos niñas de 14 ó 15 años (no sé calcular bien las edades, incluso la mía supera a mi conciencia) se acercaron a tirar la basura en los contenedores que esquinan la calle. Entre risas, una de ella toma impluso y, con las mismas de volear la bolsa en el cubo, arrojó también el manojo de llaves que asía con la misma mano.

Mi primera intención fue acudir en su ayuda. Ya me veía de desperdicios hasta arriba buceando entre basura. Pero, casi al mismo tiempo, pensé en mi niño, que en ese momento creo que emprendía una carrera con su sombra de atardecer, y cayó sobre mí el peso de la responsabilidad, la lógica convicción de que no debía descuidar al pequeño en ningún momento y el de mantenerme lo más higiénicamente posible para él, si no al momento de cogerlo iba a oler a vertedero y puede que fuera foco de infección ante sus limitadas defensas.

Así que, con un suspiro de alivio, decidí seguir siendo observador pasivo. Las niñas reían por el episodio y miraban a todas partes, no sé si buscando cómplices o deseando que hubiera pasado desapercibida escena tan desafortunada. No sabía lo que a continuación harían, pues era una situación complicada y comprometida. Al punto advierto que las dos niñas agarran el cubo y lo voltéan volcando su contenido hasta oír las llaves tintineando en el piso.

Como todo el contenedor eran paquetes bien cerrados la suciedad y el trastorno fue poco. Las chicas cogieron el llavero, pusieron el cubo nuevamente en pie y devolvieron la basura, bolsa a bolsa, a su sitio. Corrieron a la fuente, se enjuagaron las manos y la gavilla de llaves, que secaron con sus mismas ropas, y regresaron por donde habían venido sin dejar de reír.

Desde mi atalaya las vi alejarse y me quedé pensando en la inutilidad de mi ayuda, en su caso, en la eficacia de las adolescentes y en su sentido cívico, pues otros chicos (lo común, pensaba) hubieran dejado la basura vertida en la calle y el cubo despreocupadamente caído.

Pongo

Pongo

Cuando vivíamos dos de mis hermanos y yo en un chalecito en el pueblo de Cájar, donde también vive Mariquilla (no la conocía personalmente entonces), apareció el perrito, un cachorro de boxer que respondía (es un decir) al nombre de Pongo. Era una bolita marrón negra que se erigió en seguida como rey de la casa. Tuvo una infancia feliz y sana, mimado hasta un límite, corriendo a su antojo por el campo de los alrededores y comiendo desde un primer momento pienso para perros (perdonen la evidencia). Su dieta además consistía en tapicería de sillones y otros enseres que afortunadamente (desafortunadamente para sus dueños) encontraba a su paso. En invierno no se despegaba de la chimenea que revocaba y llenaba la casa de una neblina londinense.

Pongo se quedaba solo en casa mientras nosotros íbamos a la ciudad a ocuparnos en nuestras tareas cotidianas y regresábamos para comer al mediodía. Huelga decir que no le abría la puerta a nadie. Un día se lo encontró mi hermano César colgando de la pata en el riel de la cortina y lo llevó rápido al veterinario. Desde entonces arrastraba una cojera de pirata que le hacía parecer algo cómico con su pata tiesa. Aunque sabíamos que se resentía con los cambios bruscos de temperatura.

El perro acompañó después a mi hermano mayor a su nueva vivienda. Y, renqueando, renqueando, mejoró sensiblemente de vida. Hasta le buscaron compañeros de juegos (un tal Casper, otro boxer de color blanco, y el actual Rodo, boxer también pero, justo es decirlo, menos guapo que Pongo).

A mí los boxer nunca me han gustado, con su cara de boxeador (como su nombre indica) o de mafioso, y con su pelo corto pegado a los músculos y a la fibra de un animal de presa. A raíz de Pongo, creo que el boxer es uno de los canes más elegantes que existen.

Pues ayer, sin ir más lejos, mi hermano tuvo que sacrificar al animal. No sé si la pata atrofiada tuvo algo que ver. La cuestión es que una enfermedad degenerativa (¿un cáncer quizá?) se lo estaba llevando poco a poco. Ya no tenía fuerzas. Andaba arrastrando los cuartos traseros. No se levantaba. Los análisis advirtieron que no tenía glóbulos rojos en la sangre. Quizá ya no viera.

Hicieron por él lo que pudieron, pero lo más "humanitario" fue ponerle la inyección letal y dejarlo en la consulta mientras sus "padres" volvían a casa con su hueco en el coche, con un nudo en la garganta y con las mismas lágrimas que pugnan por salir de mis ojos. Sólo quien tiene perro, sólo quien ha tenido perro, puede entender el vacío que deja tener que desprenderte de tu amigo más fiel.

* FOTO: María.