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Apostilla al Festival Homenaje a ‘Cobitos’

Apostilla al Festival Homenaje a ‘Cobitos’

Para no alargar innecesariamente con cuestiones paralelas el artículo anterior sobre la clausura del III Circuito Provincial de Peñas Granaínas, dedicada a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’, he guardado estos apuntes para un aparte.

Para empezar quiero compartir las buenas noticias que nos trasmitió Pedro Benzal, Delegado de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada, en buena conexión con la Diputada de Cultura, Mª Asunción Pérez Cotrarelo.

Es posible que un par de reuniones históricas que tuvimos a principio de 2010 estén dando resultado. En definitiva se intentará vestir de largo el flamenco granadino, tomando carta de identidad, siendo heredero de su pasado y responsable de su futuro. Esto quiere decir que retomaremos, en cierta medida, el concurso del 22, reflejando su espíritu y preeminencia en 2012, después de 90 años (nunca es tarde); que habrá otra reunión antológica el 15 de febrero para poner “orden” en este mundo; que en el festival de agosto sobre el Generalife y Lorca, veremos este año, durante más de 30 días, a la compañía de la bailaora granadina Eva Yerbabuena, sacudiéndonos varios años de caspa.

Una cosa que no trascendió en este Festival de Peñas, que ya dije en el artículo anterior, es que ‘Cobitos’ estaba en papeles, pero no trascendió a la escena. Se impone recuperar su figura, recopilando sus cantes en una antología digna y haciendo una publicación sobre su memoria y anécdotas Empecemos por él a cuidar a nuestros mayores, a nuestro pasado.

Como último punto de esta apostilla, me gustaría reflexionar sobre algunas letras que se cantaron durante la velada. Además del acerbo popular, quizá sin saberlo, trascendieron otras letras que se pueden denominar cultas, pero que han pasado a ser de dominio público. Así, José Fernández recordó a Juan de Loxa en sus cantiñas; Rafael Almagro ‘El Rubio’ cantó un poema de Ángel Ganivet por abandolaos; Manuel Palma ‘El Zahoreño’ interpretó a Manuel de Falla en la soleá; José Balao trajo a Lorca por milongas; y Miguel Barroso, al mismo autor, en los tangos morentianos; por último, Curra Andrés, también por milongas, recitó a Manuel Benítez Carrasco.

Un poco de lo bueno

Un poco de lo bueno

Clausura del III Circuito Provincial

“por las peñas de Graná”

Homenaje a Manuel Celestino Cobos ‘Cobitos’

El protagonista evidente de la velada fue el resfriado. La mitad de los cantaores estaban tocados por los virus de este invierno alterno. Que, aunque si bien estuvieron a la altura, sus facultades quedaron mermadas.

De cualquier forma, los tres o cuatro puntos deseables para la consecución de un festival estuvieron cubiertos. En primer lugar, los cantaores seleccionados para el Circuito Provincial de peñas tenían un nivel y trayectoria meridianamente reconocible. Del mismo modo, los guitarristas podían ser fácilmente de primera plana. El sonido estaba cuidado y la dinamicidad bien conseguida. A pesar de convocar a tantos artistas y que durara tanto, en ningún momento llegó a cansar. Parte de este éxito se debe a un buen presentador.

Quizá lo más flojo de la noche fuera el baile que rompió el hielo. Con un cuadro más que decente, en el que destacó la voz de Mati y en el que había violín y travesera, Eva Manzano propuso tientos-tangos evidenciando su inmadurez. José Fernández, con su hijo a la guitarra, impuso su buen gusto y mesura en las cantiñas y en fandangos reivindicativos con los que terminó. Rafael Almagro ‘El Rubio’, arropado por Ramón del Paso, comenzó con soleá y se marchó con abandolaos. Su voz estaba afectada.

Tomás García, el más joven de la noche (14 o 15 años), algo nervioso pero bien modulado, cantó malagueñas de Chacón y soleá por bulerías. Manuel Palma ‘El Zahoreño’ acarició la soleá y fue valiente por fandangos en los que se acordó de Morente. Luis Millán lo acompañaba a la guitarra.

Totalmente recuperado, José Balao, quizá de las mayores sorpresas, acompañado por Ramón, dominó en la caña tradicional y en la Baladilla de los tres ríos por milongas. Miguel Barroso, con Milán, se acordó también de Morente recreando El lenguaje de las flores. Terminó con la granaína de Chacón. Estaba en forma.

Por último, Curro Andrés, también afectado pero controlando, tuvo temple en el Carcelero, carcelero caracolero y en unas milongas con letra de Benítez Carrasco: El niño que todo lo quería ser.

Una noche agradable, dedicada con toda justicia al gran cantaor granadino ‘Cobitos’, con su familia presente en el patio de butacas. Sin embargo, ninguno de los presentes se acordó de Manuel Celestino, ni en sus cantes ni en su dedicatoria.

* En la foto: Jose Fernández, padre e hijo.

El choque de dos herencias

El choque de dos herencias

Maravillosa Alba Molina. Ya la vi en directo en el FEX de Granada hace un par de años. Su música era un flamenquito ligero, con mucha rumba, mucha salsa y mucho funky.

Hace una semana fue a Jaén a verla de nuevo, en la Universidad Popular, dentro de la segunda edición del ciclo "Con nombre propio... ELLAS". Alba Molina abría esta serie, el miércoles 19, bajo el epígrafe de Puro Flamenco, lo que me emocionó en un principio, aunque no me lo creí demasiado. Que el fruto mimado de una de las parejas más creativas del panorama flamenco español se dedicara a cantar por derecho era todo una primicia, todo una sorpresa de buen augurio para este año recién estrenado.

Pero no. Alba Molina seguía mezclando las músicas del mundo, incluido el rap, con una voz y un fondo aflamencados. En primer lugar mi desilusión era evidente. Después simplemente no lo consideré flamenco y gocé. Disfrute de la artista, de su puesta en escena, del sonido decente, del guitarrista.

Presentó su último trabajo y algunos otros éxitos de su breve carrera, como la notable versión del Te quiero mucho. Sólo al final, a petición del público, se atrevió por bulerías. Su raíz se impuso. Descubrimos a la gitana que lleva dentro. Se acrisolaron por unos momentos el choque de dos herencias, la intensidad de los Molina, la sal de los Montoya. Sin embargo, el guitarrista, que me había parecido sobresaliente durante toda la actuación, en el fin de fiesta se quedó francamente corto.

De cualquier manera, me alegré de haber asistido. Aunque pienso que, con Alba Molina, el flamenquito no gana mucho, pero en el flamenco perdemos un buen referente, aunque no tenga el carisma de su padre, aunque carezca de la dulzura afinada de Lole Montoya.

* Fotografía in situ de Nono Guirado©.

Quién es quién

Quién es quién

Los retratos de Paco Sánchez

Existe una anécdota de Picasso, recreada cien veces, que más o menos cuenta que la escritora estadounidense Gertrude Stein a principios del siglo XX le encargó un retrato al artista malagueño. Éste, después de varios intentos infructuosos, le enseñó el cuadro definitivo. La mujer se quejó diciendo que no se le parecía. Picasso tan sólo le respondió que ya se parecería. Efectivamente, ahora cuando consultamos la biografía o la obra de la autora norteamericana, es precisamente por este retrato que la conocemos.

Salvando las distancias, pues hablamos de fotografía, y sin experimentos arriesgados, Paco Sánchez lleva retratando a los flamencos y a sus allegados desde hace varias decenas de años. En ellos no sólo capta la imagen, sino también la personalidad del retratado.

El fotografiado abandona el marco y se nos presenta para decirnos, sin necesidad de palabras, quién representa, a qué se dedica e, incluso, su estado de ánimo.

La labor de este fotógrafo es milimétrica, concienzuda y metódica. Como un coleccionista de mariposas, no duda en pasar días y días en el campo en busca de su objetivo. Como resultado, tenemos en la obra de Paco Sánchez el mayor catálogo actual de las figuras del flamenco. Es un directorio sentimental. Y, todavía más, al evocar a cualquier cantaor o cantaora, a cualquier personaje, se le recordará no como es o como era, sino como lo fotografió este artista sevillano.

* Paco tiene una web: www.expofoto.com/flamenco, y tiene un blog: cosasenlavidadepaco.blogspot.com

El gusto de Antonio Campos

El gusto de Antonio Campos

Este sábado ha tenido lugar en la Peña La Platería la primera actuación flamenca de este año 2011, con la presencia del cantaor local Antonio Campos, arropado por la guitarra de Rafael Santiago ‘Habichuela’.

Con la voz sensiblemente afectada, el recital fue recortado, pero de un gusto exquisito. Antonio es un cantaor que se ha hecho a sí mismo. Formado en el flamenco de atrás, domina el sentido del ritmo. Su inquietud y constancia le llevan a no poner freno a sus estudios y audiciones. Investiga y ofrece en sus conciertos un repertorio poco convencional tanto en sus formas como en las letras seleccionadas. A su presencia se le añade el doble valor de escuchar a un cantaor de altura, con una buena dosis de conocimiento e investigación.

Rafael Santiago tiene ese toque ancestral y sacromontano imprescindible en nuestra tierra, con esa herencia ‘Habichuela’ en los ligaos, en el rasgueo y en los silencios que lo sitúa en el espacio. Es más acompañante que concertista, aunque sus arpegios son sobresalientes. El tiempo le ha dictado la belleza de la lentitud. Es el guitarrista, que por sus maneras y por su involuntario estudio psicológico, cualquier cantaor quisiera tener a su lado.

Por levante comienza su actuación. Se templa con una minera clásica y culmina con una taranta de igual corte tradicional. Apuesta seguidamente por unas bellas cantiñas cordobesas, alegrías y mirabrás. Destaca su entendimiento y su paladar, que vuelve a demostrarlo con la malagueña de Chacón, rematada con fandangos lucentinos, de Puerto Genil y de Granada. Acaba esta primera parte con el romance a capela Corrido de las monjas, texto antiquísimo, popularizado por El Negro del Puerto, que posiblemente tenga que ver con el origen de la petenera.

En la segunda parte se echó toda la carne en el asador. Antonio cantó hasta que su voz le puso freno. Comenzó por tientos-tangos, desembocando gustosamente en el Camino. La soleá supuso una de las grandes entregas de la noche. Terminó por bulerías, rematadas por la letra hernandiana de los Tres puñales, aunque su malestar sólo le permitió recrear el primer puñal.

* Foto extraída de su álbum Corral del Carbón, 2009.

No me lo creo

No me lo creo

Ayer, 13 enero, se cumplía un mes de la desaparición de Enrique Morente. Hay quien se acordó de esta fecha y lo celebró a su manera. Yo estuve en el Entresuelo, donde se homenajeaba al maestro, con la participación de Juan Pinilla, Alberto Alcalá y Alejandro pedregosa. Los tres llenos de de verdad y auténticos en su exposición. Entre cada una de sus intervenciones, se proyectaban dos o tres temas de Morente en el último Festival de Jazz de Vitoria. En estas imágenes, como en todas las que he visto últimamente, la mayoría recientes, de dos a tres meses vista (o menos), puedo constatar la buena salud de Enrique.

Quizá lo que más me ha destrozado, como a la mayoría de sus amigos, aparte de la inmediatez de su muerte, han sido las formas, ha sido el despedir a un hombre con un hasta luego sin saber siquiera que era un adiós para siempre. La despedida definitiva es como hielo en la espalda. No poder ver nunca más a alguien con el que ayer te tomaste una cerveza es doloroso hasta lo impensable.

Me niego. No me lo creo. Pensar en el hombre, sentir su aura, impregnarse de su arte sin límites, cobijarse bajo su sombra alargada, roza una incredibilidad asombrosa. No me lo creo, repito. Me niego a este punto y final tan injusto.

Y ahora tengo miedo. Mi entendimiento hace agua por las esquinas. Enrique es patrimonio de todos, pero no pertenece a nadie. Su memoria debe ser abierta, popular y exclusiva. No se puede utilizar a Morente como moneda de cambio para medrar aunque sea espiritualmente. Como tampoco se puede utilizar su memoria como arma arrojadiza para ver quién derrama más lágrimas. Esto no es una carrera de dolor, ni de cariño, no se trata de abrazar más fuerte que nadie, sino de demostrar que somos capaces de dar un abrazo común.

* Foto de Josu Izarra© en el Festival de Jazz de Vitoria.

De zambombas, panderetas y villancicos

De zambombas, panderetas y villancicos

La Navidad es un paréntesis de azúcar y almendra. El corazón se encoge para expandirse en la intimidad de la familia y le pasamos el plumero y la fregona para comenzar el nuevo año con el alma lo más inmaculada posible, con el entendimiento repleto de buenas intenciones que, conforme se alejan los reyes, se van diluyendo para volver a la misma rutina de vicios y virtudes.
Como no es menos, el flamenco también se entrecorchetea en la intimidad. Siendo una manifestación endógena y sensitiva, se refleja paralela en el sentir más arraigado de la sociedad.
El flamenco, no descubro nada nuevo, nació en el individuo y en el núcleo del hogar. La fiesta, la faena, la queja y el dolor fueron sus manifestaciones. Que alguien arreaba la mula, entonaba un cante de labor que le aliviara el trabajo y engañara al sudor; que uno andaba preso, cantaba una carcelera para que el viento liberara sus penas; que se empuja un columpio, la bambera reflejaba el amor de la mecida; que dos se casaban, alboreás y tangos y bulerías acompañaban a los recién desposados…
Y esta manifestación cerrada y sincera fue descubierta por contemporáneos, por viajeros, por intelectuales, por señoritos, que quisieron participar del cante (porque el flamenco es un arte de participación) y poco a poco fueron forzando su apertura para bien del pueblo y, según la UNESCO, como patrimonio de la humanidad.
De la intimidad y del patio de vecinos y del cuartito pasó a los cafés cantantes y de aquí a los escenarios de los festivales. El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Nuestra sed crecía cuanto más bebíamos. La punta del iceberg escondía un trasfondo tan vasto y tan rico como fantástico y oscuro.
El origen real flamenco nunca lo sabremos. Se ha avanzado mucho, se ha investigado mucho, se ha escrito mucho. Pero los primeros pasos, el verdadero choque del gitano con el poso folclórico andaluz, los primeros ayeos de sentimiento sólo son conjeturas románticas más o menos afinadas.
Que un jerezano, conocido como Tío Luis el de la Juliana, en pleno siglo XVIII parara a hacer aguada en la fuente de los Albarizones y entonara por ciencia infusa la primera toná considerada como cante en la historia del flamenco, es de una arriesgada legitimación, pero no deja de ser una apuesta posible en la mitología flamencóloga.
Sabemos, no obstante, que el principio, como todos los orígenes, y más si son populares, que no es una chispa puntual lo que prendió la mecha imparable. Fue como un incendio provocado, que delatan sus varios focos abiertos. Que si vinieron los gitanos con sus cantes y su arte, estaban los andaluces con sus fandangos y seguidillas. Y antes estuvieron los moriscos con la zambra y los mozárabes con las jarchas. Y los castellanos nos prestaron sus romances y los aragoneses sus jotas. El flamenco no es un continuo goteo en un ánfora, es un aguacero en una balsa, en un mar en calma o embravecido para bien de todos los que no temen mojarse los pies hasta los tobillos o sumergirse varios metros por debajo de las olas.
El flamenco es un mar abierto. Son los siete mares a merced de las corrientes y de las fases de la luna y el soplo de los vientos bienvenidos de los cuatro puntos cardinales y así se “mancilla”, así se crece, dejándose impregnar por todos los navegantes, propios y ajenos. Porque lo que caracteriza al flamenco es el mestizaje y también la fusión, la confusión y la infusión, como diría Juan de Loxa, para después depurarse, separar el grano de la paja. Y el futuro, como un gran alambique, irá destilando lo auténtico del simple flamenqueo experimental.
Retomando el tema, una de las manifestaciones íntimas de la familia flamenca y, quizá con más propiedad, gitana, son las celebraciones en los días de Navidad. Una fiesta que, como todas, se ha hecho necesaria su apertura.
Surgió por occidente. En Jerez se empezó a llamar “zambomba” (mal llamada “zambombá”) a la exhibición pública de esta reunión pascual. Pronto se extendió por Cádiz y Sevilla. En otras ciudades se cantaba y se bailaba. En Granada era muy típica la celebración con villancicos. Hace algunos años alguien llamó a esta fiesta “pandereta”. Todo es válido.
El villancico ha pasado a ser una forma propia del flamenco, que consiste en aflamencar, de forma alegre (tangos, bulerías, rumbas), cualquier villancico popular o propio, que, entre la nebulosa de los comienzos, puede que se le ocurriera al cantaor jerezano conocido como El Gloria (los campanilleros, otro palo propio, se los debemos a Manuel Torre).
Así, quizá las ciudades con más tradición navideña de villancicos propios sean Jerez y Granada. Aquí tuvimos varias noches dedicadas a esta fiesta en La Chumbera, La Platería, La Casa de los Tiros, el teatro Isabel la Católica… Es una manifestación, como tantas otras, que no se debe perder. Hay que apoyarla y seguirla y, en la medida de lo posible, depurarla y respetarla, porque es muy fácil que se desvirtúe en atracción circense para no iniciados.

* Dibujo firmado bajo el nombre de OPA, publicado el 29 de noviembre de 2009, en el blog Alcalá Flamenca.

Descansa en paz

Descansa en paz

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht

Ayer, 25 diciembre, dediqué varias horas a la memoria de Enrique. Me preguntaron dónde iba tan temprano, les respondí que había quedado con un amigo que se iba de viaje. Subí al cementerio entre el frío cortante y el sofoco de la cuesta. No sabía si iba a conocer el camino sin ríos de gente que guiarán mis pasos. Pero como en un trayecto habitual, llegué sin pensar donde descansa el maestro.

Estaba solo. Todo el rato estuve solo. Algunos parroquianos pasaban para visitar a sus familiares. Se detenían a mi lado, se santiguaban, lamentaban el suceso que los hermanaba en cierta forma. En silencio me miraban. En silencio los miraba. Y seguían su camino.

Yo hablé con él. Un monólogo sentido, cargado de sus canciones, que me venían a la cabeza, que se cruzaban en una conversación callada a borbotones.

Su tumba estaba llena de flores. Con claveles rojos, en su centro gravitaba una estrella, la estrella esa que busca, esa que siempre ha tenido, esa que lo acompañará por los siglos de los siglos.

También una cruz de flores blancas descansaba sobre el nicho. Puede que no quisiera ninguna complicidad con el cielo, con los dioses, con la eternidad; pero entre sus seguidores sí habría creyentes que se inclinan por el camino recto de la Cruz y se sienten más confortados de esta manera. A él le parecería bien.

No sé el rato que estuve. Llegué con calor y salí con frío. Pero salí con algo más. Salí con tranquilidad. Salí con paz. Salí con la sensación de que había cumplido con una promesa tácita, una promesa nunca dicha, la promesa de felicitar los 68 años a un ser tan querido como admirado.

Antes de que me fuera, no obstante, una pareja de personas mayores que visitaban la tumba de su hija desaparecida recién, posiblemente en plena juventud, lloraba desconsoladamente y hablándole como si pudiera oírles, dijeron que la echaban de menos, que ya era Navidad, que su vida estaba demediada desde que se fue, que por lo menos tenía la tumba de Enrique Morente bastante cerca.

Un homenaje a Morente

Un homenaje a Morente

El domingo pasado estuve en el homenaje que se le hizo a Carlos Cano. Disfruté no sólo por su merecimiento, a los diez años de su muerte, sino sobre todo por la dignidad que desprendía el acto desde el principio hasta el fin. No conozco los entresijos, pero en el Isidoro Maíquez se respiraba colaboración y armonía. Nada rayaba en lo provinciano, lo normal en estos casos, lamentablemente.

Fue un acto bien organizado, dinamizado hasta la percepción, con declaraciones preparadas y actuaciones de calidad. No se reparaba en medios y las puertas estuvieron abiertas desde un primer momento. Fue inevitable que algunos se quedaran en la puerta.

Todas las actuaciones, como digo, tuvieron su razón de ser y su coherencia. Todos los que estuvieron tenían que estar. Desde Miguel Ríos hasta Raúl Alcover, desde Marina Heredia hasta Juan Pinilla, pasando por Luis Pastor o por Paco Ibáñez. Todos tuvieron algo que decir, todos estuvieron a la altura, todos salieron por la puerta grande.

En el ambiente flotaba sin discusión la pérdida reciente de otro hijo de Granada, de alguien próximo, al menos en espíritu, al homenajeado. Enrique Morente, junto con Carlos Cano, inauguraron la noche con una colaboración grabada. La emoción fue tan grande como si fuera el hermanamiento definitivo.

Ahora, es de ley merecida, un espaldarazo a la memoria de Morente. No hay duda de que cien cabezas llevan días pensando en este acto; cien voluntades están deseando inclinarse hacia el maestro.

Estos días precipitados de fin de año, sin embargo, juegan en contra. A principios de 2011 se sucederan los sentidos homenajes. Y aquí finca mi escepticismo. Si Enrique Morente era uno e indivisible, si nuestra admiración es única, si nuestra pena es común, deberíamos unirnos todos en ese llanto colectivo. Pero me temo, como en tantas y tantas ocasiones, que cada uno tirará por su lado, que todos barrerán para adentro y, perdonenme la crudeza, todos querrán adjudicarse al muerto, diluyéndose así nuestra fuerza y energía.

Es necesario aunar voluntades. Por una vez, sumando la tragedia como excusa de buena voluntad, se debería abrir un espacio, exponerlo a debate público, recoger todos los granitos de arena y entre todos a hacer una montaña, una playa, un continente, en honor de uno de nuestros más grandes conciudadanos. ¿Quién dará el primer paso? ¿Quién abrirá su puerta y su ventana para que entren todas las corrientes?

No sé si seremos capaces de unirnos todos. No sé si todas las instituciones serán capaces de una vez de darse la mano por un fin común. No sé si podremos dejar un lado colores y banderas, envidias y fotografías, y establecer un punto de encuentro donde el objetivo sea nuestro dolor y muestra verdad.

Hay muchas opciones y un solo objetivo. Hay mucho amor y un solo amado. Seamos serios por una vez y hagamos las cosas como es debido, como cualquier hijo de esta ciudad hubiera querido que se le recordara.

* Foto y montaje de Paco Sánchez©.

Atando cabos

Atando cabos

Enrique Morente se sabía grande, su obra y la demanda de su sensibilidad así lo atestiguaban. Sabiéndose grande, empero, se mostraba humilde, como extensión definitoria de esta grandeza. Esta sencillez no rallaba en simpleza tontera, pues los años enseñan a distinguir a un lobo no más verle las orejas. Sus dientes torcidos le enseñaron a claudicar con el necesitado, a abandonarse a la buena causa, y, sin embargo, ser firme (como la mimbre) ante el engreimiento y el poder, político y económico.

Jorge, me decía, es que me llaman a diario para pedirme colaboraciones y yo no puedo. No es que no quiera. Es que no doy abasto. Pero con esa chica amiga tuya (Celia Mur), terminó diciéndome, sí que me apetece colaborar en su disco. Dile que me llame.

Aparte de esa “chica”, que es la mejor cantante de Granada, quedarían media docena de compromisos, quizá una docena. Además le esperaba la medalla de la Legión de Honor francesa, el pasado 17, que temía socarronamente que le obligaran a desfilar, y varios reconocimientos más. Algunos conciertos, los consabidos del País Vasco y Navarra, y quizá más a medio y largo plazo.

Su cabeza no obstante era un torbellino. Pensaba musicalmente y cada estímulo, una noticia, un compás, la mudanza del tiempo… eran ideas que absorbía y procesaba para crear arte musicado, para sorprender al mundo y rendir escépticos ante la evidencia.

Los dos o tres grandes cabos pendientes los dejó atados y bien atados. Esperamos con ansia los frutos de esta última siembra.

El penúltimo adiós

El penúltimo adiós

¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!
César Vallejo

¡Qué tendrá la tierra que todos volvemos a ella! Un verdadero río de gente baja y sube del cementerio a dejar la última lágrima, a regresarse con lágrimas nuevas. Muchos nombres conocidos, muchos nombres anónimos, todos los corazones en un puño. De Madrid volvió a su casa, aunque su casa fuera el mundo. Granada lo esperaba con un pañuelo, con cien palmas, con mil abrazos ateridos, con los ojos descolgados. El teatro fue su adiós entre el sentir de su gente, el escenario que tantas veces testificó su voz, las tablas que han temblado bajo su genio ahora callan el desconsuelo de su partida. No podía irse de otra forma, dijo Estrella sin saber muy bien a quien abrazaba. Fue su última actuación, repentina, inesperada, irreal, solapada, hiriente. El mundo tembló toda una semana y más, el globo se estremeció sobre su eje. Quería girar hacia el otro lado, al menos por un día, un minuto. Despierta, maestro, le hubiera dicho, que los hombres de altura no tienen horas. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Ella cantó por él, Estrella cantó para él, para cada uno de los granos de su fruta, para cada gota de su aliento estrujado, para el viento que lloraba a su alrededor y se desborda por las calles del Darro embovedado. Granada no tengas pena de que el mundo sea tan grande… Toquemos la caja, besemos la caja, golpeemos la caja. Porque no hay dolor más grande que mi herida. Morente, escucha a tu pueblo, escucha las gotas caer de sus ojos, escucha el llanto de la guitarra. Porque es imposible callarnos.

Enrique Morente

Enrique Morente

Me niego a hablar de muerte. Estos días se saturarán todos los medios de comunicación de opiniones, escritos, recuerdos y alabanzas. No quiero ser original ni aportar nada nuevo. El recuerdo es tan profundo y la pluma tan limitada… Escribo con el corazón y con todo el respeto del mundo. Enrique Morente no ha sido sólo un cantaor flamenco ni el músico más importante que ha dado Granada en todo un siglo. Enrique ha sido un creador, un mito viviente que podías encontrarlo a la vuelta de una esquina, paseando con su chándal, con su sonrisa permanente y con una visión tan simple como preclara del mundo que nos rodea, de los problemas que nos acechan.

Por mi carácter retraído y respetuoso no puedo presumir de su amistad íntima. Simplemente hemos coincidido, hemos hablado, hemos compartido noticias, ha cantado a mi lado. Últimamente, puedo decirlo, estábamos más unidos. Coincidimos en varias ocasiones, hablamos por teléfono, confesamos beber juntos. Yo lo vislumbraba como la edad de los hombres en la época clásica, cuando los humanos miraban a los dioses desde la misma altura. Era un regalo.

Admiro el flamenco de ayer, de hoy y de mañana. El único cantaor que encierra todo el espacio y el tiempo es Enrique Morente. Me declaro morentiano, como tantos otros. Cientos de discos conforman mi discoteca, pero es del único autor que tengo todas sus grabaciones, que oigo y reoigo agotando el tiempo y sin dar tregua al cansancio.

Estos días he llorado y seguiré llorando hasta que no se cierre esta herida tan profunda como inesperada. Siento la pérdida del hombre, siento la muerte del artista, siento todo lo que quedaba por ofrecer. Porque hay personas que al morir se llevan consigo todo un mundo interior, un desván lleno de cofres aún sin abrir rebosantes de primaveras, de amores en pañales prestos a nacer para orgullo del mundo entero. Pues, nada más ver la luz, inmediatamente se convierten en obras de arte, en patrimonio de la humanidad, sin necesidad de etiquetas, de reuniones internacionales, de invertir dinero, de montar el circo.

Un deseo muy afectuoso para su familia, para su hija Estrella, a la que admiro sin condiciones, para su mujer aurora, para su hijo Enrique, para su hija Soleá. Se avecinan para ellos días vértigo, de incomprensible vacío, de besos y abrazos y palmaditas en la espalda, a veces de dudosa procedencia. Deben ser fuertes. No más.

Y un último deseo, para su tierra, para su gente, para Granada. Es necesario reivindicar al maestro como se merece. Pero sin falsas medallas, sin fanfarrias innecesarias, sin bombos ni platillos de los que estamos tan acostumbrados a escuchar. Morente es Morente, su trabajo habla por él, su estela es larga, su escuela reconocible. Debemos dimensionar al hombre, alabar su obra y dignificar al artista.

Enrique Morente y Mario Maya han sido los dos más grandes creadores del flamenco de esta última mitad de siglo, no sólo en el ámbito local, sino a escala nacional y universal. Mario no ha tenido suerte y se ha ninguneado su recuerdo y solapado su altura, hasta declararlo tácitamente foráneo de esta tierra. Esperemos que Enrique ocupe el lugar que le corresponde y no lo enterremos entre tantos mártires granadinos que lamentablemente recuerdo.

* Foto de Manuel Mateo©.

Patrimonio exclusivo

Patrimonio exclusivo

XI Festival de Otoño – Flamenco por derecho

La sorpresa de un primer momento de ver un escenario tan parco como efectivo pasó rápido gracias a unas bulerías interminables. Alrededor de una mesa se reunían todos los artistas haciendo compás sobre el madero, por detrás una foto de una taberna antigua engrandecía el cuadro.

Poco a poco, por derecho, fueron resaltando los músicos. Destacaba el primer lugar el cante de David ‘El Galli’ y Amparo ‘La Repompa’, que se imbricaba bien contrastado. La guitarra Juan Habichuela, quien triunfó el día anterior, parecía algo fuera de lugar. Apoyándolo, como en su misma actuación, Pepe Maya ‘Marote’ afirmaba el soniquete. El violín correcto, aunque fuera de lugar. Un primer baile de Raquel ‘La Repompa’ y un segundo de Vero ‘La India’ se multiplicó en esa pieza festera.

Sin discusión, lo más original y logrado en la noche fueron unos tangos abordados por el titular, Juan Andrés Maya, y su artista invitado, Antonio Canales. Fue la primera vez, y así lo agradecimos, que se escucharon tangos en el Festival de Otoño de este año. Ni con Estrella ni con Juan Habichuela tuvimos la suerte de reconocernos con el tema más típico entre los cantes de Granada.

Estos tangos sacromontanos comenzaron con un repetido ritmo binario. Fue una grata sorpresa. El compás insistente ofrecía una dimensión tan arraigada al pasado como una propuesta contemporánea sin par, afrontada entre los dos bailaores como si fuera un diálogo o un duelo de dos sentimientos.

Lo logrado con estos tangos sin embargo no se volvió a repetir. El espectáculo fue decayendo, con algún acierto, pero con momentos bastante lasos.

Una especie de himno gitano cantado por todos los intérpretes cogidos de las manos vindicaba, a la manera de Mario Maya, la presencia del pueblo calé. A partir de ese momento todo fueron guiños y remedos trasnochados.

Juan Andrés Maya explotó su vena melancólica y su necesidad representativa montando un baile cercano a la seguiriya donde intentaba exponer problemas sociales, apoyado por las dos bailaoras. En esta pieza introdujo el inquietante baile maravilloso de Mario Maya cuando se expresa con los brazos cautivos.

La soleá de Canales, aplaudida increíblemente hasta la saciedad, no aportó nada. Si acaso se reconoce en el bailaor sevillano su sentido del compás y su falta de ahogo que en sus anteriores apariciones era evidente. Destaca en esta pieza sin embargo el cante de El Galli y la guitarra exclusiva de Paco Iglesias.

Juan Andrés de blanco aborda unas alegrías muy de Mario. La foto tanto del gran coreógrafo granadino como la de Juan Andrés, con un afán de protagonismo inapropiado, no van a dejar de presidir la escena.

El fin de fiestas vino en forma de rumbas, donde se justifico por fin la presencia del baterista Alejandro Hitos.

La extensión del concierto y la búsqueda constante de aplauso mermaron la bondad final de la propuesta. De todas formas, el objetivo está logrado. El baile de Juan Andrés Maya se ha convertido en patrimonio exclusivo de nuestra ciudad.

Acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar

Acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar

XI Festival de Otoño – Entre azahares y alelíes

Manuel Molina, como artista invitado, comenzó con una bulería improvisada que, entre otras verdades, terminó aconsejando: Sobrino Juan, acuérdate de tu abuelo cuando vayas a tocar. No sólo los ánimos de Manuel estuvieron planeando en el concierto, sino las horas de ensayo, unos acompañantes bien aleccionados y sobre todo el virtuosismo del más joven de los Habichuela.

Relacionar estas facultades está de más, quizá me quedé corto, quizá sea innecesario teóricamente hablando. A Juan Habichuela hay que verlo en directo. Su creatividad, su sentido escénico, su seriedad y el gobierno de su gente es algo encomiable.

Partimos de que es un Habichuela, con su toque sacromontano por encima de todo. Es decir, con su soniquete, sus ligados, sus silencios y esa forma de acompañar que lleva como en volandas a cualquier cantaor. Si eso lo unimos a la frescura de la juventud, a una velocidad inusitada y a una creatividad fuera de lo corriente en un guitarrista de tan sólo 21 años, obtenemos el genio que pudimos contemplar el domingo pasado.

Para una ópera prima, aunque ya ha tenido sus puestas de largo el la Chumbera y en otros escenarios, obtuvo sin discusión las dos orejas y el rabo.

Tras el regalo del demiurgo Manuel Molina, el artista, a solas en el escenario, interpretó una rondeña. Obviamente todos los temas son suyos. Forman parte de la cuarentena de composiciones que tiene almacenadas, a la espera de ver la luz. Las mima y las depura hasta lo indecible. Él es su mayor crítico. Sin embargo ofertas para grabar no le faltan y ya mismo, más pronto que tarde, verá la luz primer trabajo discográfico.

Haciéndole honor a la tierra que lo vio nacer, ofrece una granaína en segundo lugar. La guitarra, o sea, el instrumento como tal suena a gloria, y en las manos prodigiosas de Juan es de una belleza reconocible. Si sus arpegios son bellos, igualmente de hermosos son sus silencios, su punteo y sus juguetillos agudos cerca de la boca de la sonanta.

Para la soleá, uno de sus temas estrella, requiere de su gente. Maya Yoshida y le ofrece un contrapunto interesante al violín; Pepe Maya ‘Marote’ como segundo guitarra es un apoyo rítmico importante; Benjamín Santiago ‘El Moreno’ a la percusión acentúa el compás que enriquecen la pieza. Sin embargo, sin menospreciar a ningún músico, lo prefiero a solas. Juan no necesita a nadie para arañar los corazones.

José Parra y Joni Cortés penetran por uno y otro lado del escenario para ponerle letra a las seguiriyas. Joni es muy flamenco, muy personal en los temas acompasados que domina. Tiene referenciados a varios cantaores de culto y los adapta a su persona, a sus melismas, a sus formas. José Parra es un remedo de Camarón, con menos facultades posiblemente. Borda sus esquemas y alcanza notas imposibles. Pero Camarón ya hubo uno y nada más.

Unos fandangos de Huelva animaron la escena y unas bulerías tremendas, vertiginosas, valientes y creativas, llenas de remembranzas, perfeccionaron el juego. Terminaron por rumbas, con la alegría de haber hecho un concierto redondo, memorable.

Es el bis super preparado que nos regala, cada uno de los músicos empezando por el mismo Habichuela fueron saliendo y sumando sus instrumentos como si de un Bolero de Ravel se tratara. No sólo llegó a emocionar sino que demostró que Juan Habichuela puede ser también un buen director de escena. Se cierra el telón.

Y ahora, para no dejar coja esta crónica, podría decir que fallaron luces. No sólo se castigó como es habitual el flamenco a la penumbra constante, sino que faltaron focos imprescindibles en algunos solos, sin ir más lejos, en la última intervención del artista invitado. También tengo queja en parte por la sonorización, descompensada en más momentos de los deseados. El cante a veces se perdía, la guitarra protagonista quedaba solapada, el timbal de El Moreno se imponía constantemente con un latido inevitable.

A veces, para que algo sea perfecto, debe tener sus sombras.

Tiritan azules los astros a lo lejos

Tiritan azules los astros a lo lejos

XI Festival de Otoño – Estrella de Granada

El Festival de Otoño de Granada se configura sin lugar a dudas en un encuentro eminentemente local, con sus grandezas y sus penumbras. Como bien reza el numeral, se cumplen once años desde que comenzó su andadura. Pero esta cifra es engañosa. Mientras que en un primer momento surgieron estos días con un propósito universal y abierto enfocado a sacar a la ciudad de su letargo orillado desde hace tanto tiempo, en los últimas ediciones el cambio ha sido radical. No sólo volvemos a mirarnos el ombligo, sino que la cortedad de un proyecto de futuro es evidente. Volvemos a desear ser cabeza de ratón.

El Ayuntamiento de Granada, de truncada visión culturalista, se ha subido al carro del todo vale y, por cubrir expediente, intenta hacer brillar más los fuegos de artificio que las mismas estrellas. Total, la cultura viste pero no da votos.

Con todo y con eso, el cartel del Festival se va refinando, haciéndose atractivo y cubriendo expectativas. Punto a favor es que el flamenco, de una forma o de otra, cobra evidente protagonismo estos días. El encendido de las luces navideñas y una recepción en el cabildo sirven para vestir Granada de volantes y comenzar a sentirnos Patrimonio Universal.

El viernes, tratando de buscar otro tipo de público y difuminando una propuesta inexistente, tuvimos la voz de la coplera Joana Jiménez, homenajeando a Marifé de Triana. Como si se llamara copla, el teatro Isabel la Católica, se llenó de jubilados que, al grito de guapa y la madre que te parió, disfrutaron verdaderamente en directo lo que suelen ver en la poltrona. Tiene que haber de todo y para todos. Pero en unos encuentros flamencos…

Buena planta tiene Joana y buena voz, aunque no es el estilo desado teniendo de referencia la canción flamenca (Caracol, Poveda, Molina). Un acierto enorme, no obstante (que le debemos a Juan Andrés Maya, como director del evento), es la presencia de la orquesta en el foso. Nada que ver con el sonido pregrabado que suele acompañar a estas artistas. La banda, junto con un piano, guitarra eléctrica, bajo y batería en la escena, constituyeron un arropamiento musical de lujo.

El Festival, no obstante, para mí empezó el sábado con Estrella Morente. Un titular tan pretencioso como dubitable precedía su concierto. Se presenta como Estrella de Granada, que responde más a un deseo que a una realidad. Sin embargo, el sólo planteamiento merece un agradecido respeto.

Alguna preocupación interna (que no es foro para tratar) la hizo parecer fría y algo distante, sentimiento ajeno sin duda a su voluntad. La diversidad de opiniones es manifiesta y todos tienen su punto de verdad.

Estrella, sin embargo, debe plantearse algunas cuestiones para no ser cuestionada. Montoyita es un buen guitarrista y muy profesional, pero carece del peso de la artista a la que acompaña. Los coros no estaban en general bien coordinados ni sonorizados como se demanda. La percusión correcta.

Comienza con unas alegrías, en las que acompaña su hermano como segunda guitarra. Un homenaje a Picasso es su segunda propuesta. No empieza a despegar. Tiene que llegar la soleá para escuchar los primeros oles, para reconocer a la artista que lleva dentro. Su estilo personal, pasado por el crisol morentiano y sin perder de vista a la de los Peines y su generación, se impone como referencia imprescindible para entender el flamenco de principios de siglo.

Tanto sus granaínas como sus malagueñas son poco ortodoxas. Ricas en matices y juegos tonales, pero trasparentando un ahogo incomprensible.

Un intermedio tácito lleva a sus músicos a plantearnos unas bulerías decentes (bien por la guitarra), pero claramente improvisadas, lo que se manifiesta en un final deslavazado.

Para la segunda parte, Estrella vuelve más leona, con el pelo suelto y un mantón de fantasía. Sus nuevas propuestas, únicas, evidentes, redondas, cobran vida propia, se imponen por derecho. Abre con una genial interpretación de la Habanera imposible que Carlos Cano le dedicó a Granada. Continúa con unas bulerías rematadas generosamente con La noche de mi amor de Chavela Vargas. Termina con su éxito almodovariano Volver, que más que una canción fue una declaración de intenciones, la añoranza de su ciudad, la calidez de su gente…

Echamos de menos unos tangos del Camino.

Como bis, un cante a capela sin megafonía alguna, puso una guinda preciosista a un concierto dispar.

Curro Lucena, un cantaor con historia

Curro Lucena, un cantaor con historia

50 aniversario de la peña flamenca Curro Lucena

Hace unos días recibí en casa un sobre cerrado proveniente de Ronda. Era un doble CD del cantaor Curro Lucena, afincado desde hace mucho en esta localidad malagueña. El disco es una recopilación exhaustiva de actuaciones en directo y cantes inéditos del maestro de Lucena. La primera constatación que tuve al escuchar este trabajo fue la valentía de Curro al proponer nada menos que 30 grabaciones, que recogen 24 palos distintos con un total de 27 guitarristas, entre los que están Juan ‘Habichuela’, Enrique de Melchor, Manolo Franco, Antonio Carrión, Silveria, Pedro Peña, Perico el del Lunar ‘hijo’ o su mismo hijo, Curro Luna. No todos los cortes están técnicamente perfectos, no todos los temas tienen la calidad que el mismo Curro hubiera exigido en una grabación oficial. Pero tienen ese sabor de lo auténtico, la frescura del directo, el calor de la peña, la radio o el festival.

Éste ha sido un regalo para la Peña Flamenca de su pueblo, que cumplió 50 años de existencia (1959-2009), del cual adopta nombre. Ojalá todas las peñas tuvieran un hijo predilecto con esta generosidad, pues el doble giratorio es a todas luces una edición casera. Es un regalo para su Peña Flamenca y para sus amigos y admiradores, que sin más remedio coinciden.

Las grabaciones van desde las saetas que cantaba con 14 años en su mismo pueblo hasta su voz actual, con 59 años por alegrías de Córdoba. Entre estos 45 años de diferencia encontramos de todo, reconociendo en Curro Lucena un cantaor enciclopédico. Interpreta cantes de Cádiz, cantes de levante, malagueñas, soleares, seguiriyas, fandangos, caña, campanilleros... y, sobre todo, a lo que tenemos que estarle completamente agradecidos es a su labor de rescate y salvaguarda en los fandangos de Lucena, las alegrías de Córdoba o los tangos de Ronda, por ejemplo. Se completa esta grabación con unas frases de homenaje de José Menese, José Mercé y José la Tomasa; y con algunas rarezas aportaciones personales como el himno de Andalucía por tientos o una versión en japonés de “Alguien cantó”, un tema de Matt Monro.

Curro Lucena, como ya dije en algún otro momento, es un corredor de fondo, un luchador que, con su voz grave y recurrente, no deja de trabajar y de aportar su granito de arena, más independiente de lo deseado, a este mundo del flamenco.

José Manuel Cano

José Manuel Cano

La guitarra en Granada

Me descuido. Otras obligaciones, u otras pasiones, hacen que dilate algunas propuestas. Hace ya una semana que tuvo lugar el encuentro de José Manuel Cano en la sede de la Asociación de la Prensa para hablarnos de su vida como guitarrista y darnos unas pinceladas de su arte, haciendo un recorrido por los años de su recuerdo.

Lo que más se ha destacado durante toda la charla fue el nexo imborrable de ser hijo del guitarrista y catedrático Manuel Cano Tamayo. Tampoco se pudo pasar por alto su formación clásica y su continua actividad investigadora.

En Granada existen quizá dos escuelas bien definidas de guitarristas. En un primer lugar está la escuela sacromontana, cuyos máximos exponentes son la familia habichuela, los hermanos Cortés, los Marote, Emilio Maya, Luis Mariano, etc. La segunda escuela, más reducida, la encabeza precisamente, hoy por hoy, José Manuel Cano. En la que también están, con un reconocido prestigio, Miguel Ochando y gran parte de sus seguidores, y Ramón del Paso, por ejemplo. A estas dos escuelas se le puede añadir otra última, posiblemente más experimental y abierta. La forman la mayoría de los guitarristas jóvenes que quieren abrirse camino en la ciudad de la guitarra. Decir nombres es olvidar muchos otros, pero a favor de la difusión y referencia, es necesario acordarse por ejemplo de Rubén Campos, Marcos García ‘Palometas’ o Jorge Sánchez ‘El Pisao’.

Camino independiente, para afinar en esta relación, podíamos hablar de David Carmona. Su labor creativa, tras los pasos de Manolo Sanlúcar, hace de su carrera una raya transversal y en el mundo que planteamos.

José Manuel Cano, de profesión médico, lleva tocando la guitarra de forma autodidacta desde los cinco años, dando su primer concierto en Madrid a los nueve años. Aprendió, como es natural, de su padre y sus contactos. Cuenta que a su casa del niño pasaban todos los guitarristas y cantaores de la época. Siendo algo habitual la representación espontánea.

A los 13 años, después de haber actuado en Peñas diversas y haber realizado primera gira en solitario por Japón, acompañó al maestro Mairena. Es un recuerdo imborrable. Más sabiendo que Mairena era difícil de arropar.

Como su padre, sus interpretaciones se centran en el mundo granadino, sus temas pasan por granadinas, soleares, zapateados o tangos, además de multitud de temas de composición propia. A parte, también es un gran continuador de la obra que dejó su predecesor, como la adaptación a guitarra de las canciones populares recopiladas por Federico García Lorca. Muestra de ello la tuvimos en directo con Anda jaleo con ritmo de bulerías. Su influencia clásica pasa también por compositores locales como Ángel Barrios. Con su obra Zacatín comenzó su muestra en la velada.

El amor por el clasicismo y por estos autores le llevaron a grabar un disco llamado Canciones para voz y guitarra, donde la voz lírica de la soprano Carmen García está arropada con temas básicos del acompañamiento flamenco.

Otras interpretaciones de la noche para tener en cuenta fueron unas granadinas rematadas con alboreá, tarantas o, sobre todo, las rondeñas de Ramón Montoya, las que, según el intérprete, nadie ha llegado a superar. Una tarde inolvidable por la sensibilidad y, sobre todo, por el ambiente familiar creado.

Día de los gitanos andaluces

Día de los gitanos andaluces

Festival Flamenco

Durante estos días se celebra el Día Andaluz del Pueblo Gitano, que cumple 548 años en nuestra tierra. Se celebran talleres y juegos gitanos, exposiciones, encuentros, concursos, etc. y, cómo no, un festival de flamenco. El flamenco, como saben, es la simbiosis de Andalucía con el pueblo gitano o la llegada de los gitanos a Andalucía. Posiblemente el mayor punto en común que existe entre gitanos y no gitanos en Andalucía sea la manifestación del cante.

¿Hay un cante propio del pueblo gitano? Podríamos decir que sí, que el gitano tiene unas formas de determinadas dentro de los estilos flamencos. El cantaor gitano se manifiesta por seguiriyas, soleares, tangos, bulerías, tonás... que, en definitiva, son las raíces del cante.

Esto no quiere decir que quien no sea gitano no puede interpretar esos cantes o el gitano no canta otros estilos. Ejemplos tenemos a montones. Tenemos grandes soleareros o seguiriyeros payos, como tenemos cantaores gitanos enciclopédicos, que no hace falta hacer una relación.

El viernes, como digo, tuvo lugar como viene siendo habitual el festival flamenco del Día de los Gitanos, con participaciones considerables. Como es natural, lo que más se escuchó fue el cante gitano al que me refiero aunque también hubo alguna sorpresa.

En la primera parte participaron artistas de Granada y provincia. Abrió la noche Antonio ‘El Salmerón’ con Juan Carmona a la guitarra. Continuó un grupito familiar de Lanjarón llamados “Flor y Nata”, compuestos por Chitu Heredia al cante, Fernando Heredia a la guitarra, Fran Heredia al cajón y Toñi Gómez al baile. De Pinos Puente llegó a Abrahán Campos al cante, arropado por la gran guitarra de José ‘El de los Peines’. De Granada capital, el grupo Zincalé, compuesto por Curro de la Chicuela al cante, Luis de Melchor a la guitarra y Andrés Jiménez y Almudena Romero al baile, demostraron su profesionalidad. “Los del Peñón” son una amplia muestra de chicos y chicas jóvenes de Íllora, que hacen rumbas y tangos, con variedad de instrumentos, gobernados por la cantaora Carmen Carmona.

La segunda parte estuvo protagonizada por cante de Montse Cortés, acompañada por su compañero Francisco Heredia. Terminó la noche con el espectáculo “A voces” de una agrupación flamenca de Utrera: Antonio Moya y Daniel Méndez a la guitarra; Fabiola, Herminia Borja, María Bizarraza y Mari Peña, al cante; y Carmen Ledesma, al baile.

Destacó sobre todo la actuación última, aunque se excedieron en el cante por bulerías. Las guitarras fenomenales. Y el baile de Ledesma un gozo de arte y sal.

También me quedó con la guitarra del ‘de los Peines’ y con la seguiriya de Montse Cortés, que tenía la voz tomada y al guitarrista enfrentado en el resto de los palos. Zincalé estuvo correcto, destacando la guitarra de Luis el cante de curro (que recuerda al de billar) y momentos en el baile.

* Montse Cortés en la foto.

Somos Patrimonio

Somos Patrimonio

Desde el martes, 16 de noviembre de 2010, el flamenco es considerado por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Es una gran noticia que nos afecta a todos: artistas, promotores, aficionados… y también a los teóricos del género.

Las palabras que más se oyen son de ilusión, de orgullo, de merecimiento. La felicidad se ha instalado en el corazón de los flamencos y ha alimentado el batir de alas de sus esperanzas. En toda Andalucía y adyacentes (Extremadura, Murcia, Barcelona, Madrid…) se suceden las declaraciones y los programas destinados a celebrar este acontecimiento.

Ya lo probamos en 2005 y casi nos alegramos de no haberlo conseguido, nos alegramos de que el flamenco no sea una manifestación extinta, sino algo vivo y es efervescente. Nuevamente, con otras premisas, acudimos a la Unesco este año para que considerara el flamenco patrimonio de la humanidad. Y ahora sí. Ya estamos titulados.

Yo, por mi parte, tengo ideas encontradas. Por supuesto que me alegro de este reconocimiento mundial y merecido; pero por otro lado siento que va a alimentar a ciertas personas y al flamenco de base no le va a cubrir sus expectativas. Pienso, como decía Paco de Lucía, este espaldarazo le hubiera venido bien al flamenco hace 20 o 30 años pero ahora quizá lo necesite menos que nunca. O pienso como Enrique Morente que la humanidad es patrimonio del flamenco y no al revés.

Hoy por hoy, el flamenco está en la mejor situación de toda su historia. El flamenco recorre el mundo y es admirado por todos. Hay academias de flamenco por todos los rincones del globo, en los cinco continentes. Nuestros flamencos se ganan la vida, a veces de mejor forma, cruzando nuestras fronteras. Ya sea en una gira mundial, ya sea en festivales internacionales, ya sea estableciéndose en cualquier punto y difundir sus enseñanzas.

El flamenco así ha crecido como nunca. Tenemos "imitadores" tan alejados, no sólo espacialmente, sino culturalmente. Como pueden ser los tradicionales japoneses, pero también americanos o norte europeos. Nunca el flamenco había sido tan patrimonial, de todas las naciones. Nunca el flamenco había sido tan respetado y reconocido. Nunca el flamenco había gozado de tan buena salud.

¿Qué le pediría a este galardón para que fuera realmente eficaz?, ¿qué le pediría para convencerme de su utilidad universal?

Está claro que el flamenco ha traspasado un umbral necesario para ser admitido por todos, para ser respetado y no pensar que es una música de segunda fila, que no tienen nada que ver con el lenguaje culto de otras manifestaciones con partitura.

Ahora bien. Este título debe tener ventajas, pero también obligaciones. Viajaremos por el mundo con un marchamo de calidad, se nos abrirán muchas puertas, se nos tratará mejor, como algo para salvaguardar.

Necesitaría el flamenco, siendo patrimonio de la Unesco, que afectará a todos por igual, a todos lo artistas en especial, a los que antes y a los de ahora, a los grandes y a los chicos, vivan donde vivan, estén donde estén. Y, por ejemplo, si hay algún dinero, que lo habrá, alguna subvención, que la habrá, que llegue a todos.

Pero la necesidad no es sólo económica, es necesario aglutinar voluntades. Necesitamos dar un paso cualitativo hacia delante y unificar el flamenco en las ciudades, que haya una asociación sería, que cuide del flamenco y de los flamencos, que mire por sus intereses, que luche por sus derechos, que, como dijo Curro Albayzín, cuide de la jubilación de sus mayores, que esté protegido social y sanitariamente…

Debemos de comprometernos en darle dignidad a este galardón, en unirnos como nunca e ir todos a una, en responder con el fisco, el seguro y los impuestos, en no dar gato por liebre, en huir del ’todo vale’, en ser consecuentes con lo que hemos sido, con lo que somos y con lo que deberemos llegar a ser.

La sangre en el piano

La sangre en el piano

31 Festival de Jazz de Granada

Dos pinceladas flamencas tiene el Festival de Jazz de este año y las dos llegan a través de las teclas del piano. La primera de ellas, la pudimos ver este lunes en el Teatro Isidoro Máiquez de CajaGranada. Se trata de “Diego Amador Trío”. Un conjunto, compuesto para la ocasión, que sonó más flamenco que jazzístico, salvo gloriosos momentos. Y es que la tradición y la dimensión flamenca de Diego se impone en su vuelo, vertiendo su sangre en el piano.

El siguiente brochazo flamenco será Piano Ibérico de Chano Domínguez, el sábado 20 en el Teatro Municipal Isabel La Católica. Estará acompañado de Joaquín Grilo, al baile; Manu Masaedo, a la percusión; y Blas Córdoba, al cante.

El Diálogo del Amargo, versión romance camaroniano, abrió el concierto. Su voz equilibrada, con ese aguardiente gitano lleno de pellizco, decide la tónica de la noche, que va alternando temas cantados con otros exclusivamente musicales.

Los tanguillos y las alegrías se imbrican con efectivas bulerías que, al pasar el tiempo, se alejan más del flamenco, dándole un amplio margen a la improvisación. Los finales están bien definidos.

Estas bulerías, a los postres, hacen guiños evidentes a Chick Corea y al maestro Paco de Lucía, que incluso sale a relucir en una de sus letras.

El granadino Julián Heredia, al bajo eléctrico, se gana un puesto honorable junto a Amador. Sus solos, de buena factura, suenan muy flamencos, a pesar del instrumento tan heterodoxo que porta. Aunque, en los temas libres, le falta algo de espontaneidad.

El baterista mexicano Israel Varela fue creciendo por momentos, dando una lección de energía y eficacia en los solos, sobresaliendo más con las baquetas convencionales que con las escobillas.

Entre tanta fiesta, un poquito por levante, que interpreta el pianista a solas es bastante agradecido. Al igual que las soleares, que encierran una sorpresa, el baile imprevisto y definitivo de Fuensanta La Moneta, que veremos también en el bis final, cuando Diego baquetea el interior del piano, creando un improvisado diálogo con la batería (quizás demasiado largo).

(Diego participó como invitado de excepción en la muestra de La Moneta en la Bienal de Sevilla, ahora la bailaora le devuelve el favor.)

Cómo se mueve esta granadina, cómo marca, con esa fuerza y delicadeza únicas. Una danza redonda, sólo perturbada por un suelo irregularmente sonorizado y el cruce fuera de compás del percusionista.