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Flamenco

Flamenco en los Grammy Latinos 2010

Flamenco en los Grammy Latinos 2010

Hace pocos años que, al otro lado del charco, se han enterado que flamenco no es flamenquito y que ’La Macarena’ o Azúcar Moreno pueden estar muy bien pero que de flamenco no tienen nada.

Desde un tiempo a esta parte, con asesores de prestigio, entiendo, los Grammy Latinos para el flamenco están más conseguidos.

Este año, en la categoría de Mejor Álbum Flamenco, están nominados los siguientes artistas:

Nacido en Lión, pero de orígenes granadinos (emparentado con los Habichuela), aparece en primer lugar el guitarrista Juan Carmona con su disco ’El Sentido del Aire’.

Desde Jerez, sigue pisando fuerte el carismático José Mercé con ’Ruido’, su último trabajo (donde vuelve a sumergirse de lleno en el flamenco por derecho)

El granadino internacional, Enrique Morente, es nominado por su primer trabajo de grabaciones "perdidas" (debajo de la cama, dice su mujer): ’Morente Flamenco Directo’.

Por último, dos almerienses imprescindibles (y únicos) en el toque de guitarra destacan en este listado. Son Niño Josele, con su disco ’Española’, y Tomatito, bordando su toque flamenquísimo en la ’Sonanta Suite’.

Ogíjares al pie del cañón

Ogíjares al pie del cañón

XXXI  Festival flamenco de los Ogíjares

Difícil de superar el cartel del pasado año para la celebración del treinta aniversario con la presencia de Maite Martín, Marina Heredia o Arcángel, este año de crisis ha tenido sus buenos momentos sin embargo.

Manuel Curao, prestigioso presentador donde los haya, anunció en primer lugar que lamentablemente José Menese, como cabeza de cartel y eficaz reclamo, por alguna dolencia de última hora no podría asistir. La desilusión duró breves segundos, pues Manuel Moreno ‘El Pele’, para muchos el mejor cantaor en la actualidad, lo sustituiría en la escena.

La noche comenzó con retraso, lo que es habitual, y terminó pasadas las cuatro de la madrugada, lo que va suponiendo una costumbre obsoleta, digna de abolir en los festivales. Los tiempos han cambiado y el maratón de flamenco ya no tiene razón de ser por la oferta variada y continua. Ya no hay que esperarse a estas fiestas para disfrutar hasta el límite de unos cantaores que no vas a tener otra oportunidad de verlos.

Sin gloria pasaron los dos primeros participantes de la velada. Hay que reconocer que Miguel de Tena tiene una potente voz y un meridiano triunfo festivalero. Y que Gema Jiménez posee un bello timbre y una fiel modulación (los dos Lámpara Minera en La Unión), pero ninguno de los dos estuvo a la altura y sus facultades se dispersaron en un vocerío sin fundamento. Destacaremos no obstante los tangos de Miguel y a Gema por levante.

El Pele, dominando la escena desde un primer momento, es grande en la soleá y en las seguiriyas y por fiesta, aunque se extraviara en las alegrías. Tenía algo que decir y lo dijo. Sin embargo quiso acercarse a otros cantaores (hasta en la respiración) lo que limitó su entrega personal.

Isa Vega con su cuadro abrió la segunda parte. Y vaya si la abrió. Estuvo bailando por soleá más de veinte minutos con su natural brío bien definido. Su baile está hecho de retazos que a veces encajan. Sus finales son repetitivos, aunque su voluntad fuerte. Para colmo el tablao sonaba a lata. Flaco favor para el taconeo.

Antonio Reyes de Chiclana, como Rancapino, sorprendió por su buen gusto. Muy acamaronado en sus formas pero cantando por derecho, quizá con un tempo demasiado pausado (imperdonable en las alegrías). Arropado como nadie con la guitarra de Diego Amaya, estuvo especialmente iluminado en la seguiriya.

Julián Estrada cierra la noche con su voz laína y con Manuel Silverio a la guitarra, experimentando más que nunca (hasta olvidar el compás). Su comienzo por trilleras fue agradecido, como gratificado fue su regalo por granadinas.

Presencia granadina en la Bienal de Sevilla

Presencia granadina en la Bienal de Sevilla

Llevo tiempo anunciando sin temor a equivocarme que Granada atraviesa uno de los mejores momentos de su historia en lo que se refiere al flamenco.

En la ciudad de la Alhambra y en su provincia siempre ha habido grandes intérpretes, pero, en líneas generales, por el carácter reservado del granadino, se han quedado en casa.

Casi siempre ha sido un poco “yo me lo guiso y yo me lo como” y un mucho “más vale pájaro en mano…”.

O sea, que al artista local le ha costado trabajo abandonar su terruño y ha decidido conformarse con lo que tiene. Preferimos ser cabezas de ratón casero que colas de león foráneo. (Todavía los hay.)

Artistas, con todas las letras, como digo, siempre han nacido, crecido y olvidado en Granada. Tengo veinte nombres en la cabeza que allí quedarán por miedo de olvidar alguno.

Sin embargo, la cantera actual, en todas las disciplinas, asimila otro sentir y se expande por los más diversos rincones para vindicar nuestra existencia, nuestro flamenco, nuestra afición.

Es la primera vez, en sus dieciséis ediciones, que la Bienal sevillana desvía sus ojos hacia oriente e introduce en su programa a tanto flamenco granadino.

Comenzando por los más evidentes, que han pasado de ser artistas locales a ser nacionales, e incluso universales, citaremos la presencia de Eva Yerbabuena, con su estreno “Cuando yo era...”, que hace doblete los días 5 y 6 de octubre en el Teatro de la Maestranza.

El mismo teatro, unos días antes, el 26 de septiembre, verá a Estrella Morente “en concierto”. Y, entre medias, el sábado 2 de octubre, en el Teatro Lope de Vega, estará nuestra imparable Marina Heredia presentando su disco “Marina”.

El 8 de ese mismo mes, con el Lope de Vega ya calentito, La Moneta (otra de nuestras excelentes realidades) estrenará “Bailar, vivir. Suite flamenca para bailaora y compañía”. ¿Qué quién es su compañía? Buena pregunta. Pues quien le acompaña son dos bailaores jóvenes que tienen mucho que decir: Raimundo Benítez y Agustín Barajas. (Si puedo no me lo pierdo.)

Pero aún hay más. En el Teatro Alameda, el día 22 de septiembre, Antonio Campos (uno de los mejores cantaores de atrás de toda Andalucía) llevará en solitario su trabajo, fresco donde los haya, “Corral del Carbón”.

Y unos días antes, el 16 de septiembre, también en el Alameda e inaugurando por todo lo alto la presencia granadina en la Bienal, el guitarrista David Carmona, bajo el simple título de “en concierto”, con sus siete temas originales, demostrará que es un buen sucesor de Manolo Sanlúcar.

Suerte a todos.

* David Carmona en la foto (Nono Guirado©).

Sí a la noche gitana del Sacromonte

Sí a la noche gitana del Sacromonte

Sacromonte cuna de flamencos

Quizá sea imprescindible entre las actuaciones del Museo programar una noche eminentemente sacromontana. Las voces desgarradas de Valparaíso, el personal soniquete, el marchamo del tacón punta… se deben cuidar y mostrar y mimar como autenticidades, como denominación de origen.

Para clausurar las noches flamencas en lo alto del barranco de Los Negros tuvimos a Joni Cortés y su grupo, arropado nada menos con la guitarra de Juan Habichuela nieto, recientemente llegado de hacer melle en Nueva York. Y, para completar la escena, una representación de la Escuela de Baile de Manolete.

Jonatan Fernández Cortes (Joni), con su voz laína, aunque bien templada, comienza su recital con toná, que sirven de preludio a su entrega por seguiriyas. Domina la pieza y ajusta los tercios mientras Juan le envuelve con esmero.

El Habichuela se queda solo seguidamente para bordar una rondeña, justamente aplaudida. Que se supera a sí mismo tocando por levante. No se puede acompañar mejor en los cantes de minas. El cantaor, con repertorio clásico, ofrece el dramatismo preciso de esta pieza.

Por Huelva, pasando por Alonso, con un agradecido estribillo a dos voces, termina una primera parte que, aunque fuera duplicada, nos queda corta.

Después del descanso, Juan Habichuela vuelve con una inmensa soleá donde los silencios tienen mucho que decir. Para las alegrías cambia la guitarra por la de Antonio ‘El Chonico’, más hecho al acompañamiento. Dos de las alumnas aventajadas de La Chumbera ilustran estas cantiñas. No pueden negar de dónde han salido. El estilo Manolete, la esbeltez y elegancia del maestro rezuma en cada paso. Sin embargo hay una clara diferencia entre estas bailaoras: mientras que una siente, la otra está pendiente. Debilidad que se cura con el tiempo y las tablas.

No podían faltar los tangos, que no son exclusivos de la tierra, y unos jaleos extremeños, muy al gusto de nuestros flamencos, para pasar a las bulerías con las que acaba la noche.

Un fin de fiestas tan prometido como esperado, que reunió en el escenario a Manolete, a su hija Judea y a su nieta, del mismo nombre, se diluyó tan sólo en una pincelada del maestro y Judea. Suficiente para demostrar su empaque. Insuficiente para terminar de engarzar ese broche de oro que se fue elaborando al paso de la noche.

* Foto in situ: Juan Güeto©.

Un mismo idioma

Un mismo idioma

Sacromonte cuna de flamencos

La fórmula funciona. La Orquesta Chekara de Tetuán llevan bastantes décadas fusionando la música andalusí con el flamenco. Con meridiano éxito esta agrupación ha ido cambiando y adaptándose a los tiempos y a sus nuevos componentes. Tanto es así que el formato cambia según la ocasión, pero la esencia se mantiene.

Con un repertorio más o menos “ancestral” grabaron un disco que es el que vienen exponiendo con altibajos desde siempre.

El miércoles, en el Museo-Cuevas del Sacromonte, presentaron una formación eminentemente flamenca y bien reducida. Tan sólo cuatro componentes, contando a la bailaora formaban el cuadro. Eché de menos algunos sonidos árabes (¿laúd?). Eché de menos un poquito de percusión (¿darbouka?).

Quizá la falta de vocabulario quede totalmente paliada cuando se habla un mismo idioma. La falta de ensayo es evidente cuando se ha representado de continuo un programa similar.

Jallal Chekara, al violín, con un oído afinado y un poder dominante, improvisa sin complejos. Alfredo Mesa a la guitarra, se impone como una de nuestras seguras apuestas. Suena más en consonancia y seguridad que en pasados eventos (Corral del Carbón). Demuestra su buen sonido y su capacidad interpretando en solitario, para abrir la velada, una rondeña de Riqueni.

A continuación, junto con el violín y las palmas, hacen una “introducción instrumental inspirada en la música tradicional árabe con acompañamiento de guitarra flamenca”, que tiene guiños de fiesta.

Los tangos de málaga adoptan un tempo más lento que el habitual. Asunción Pérez ‘La Choni’ comienza su baile exacto, elegante, sugestivo. Cuando el cante deriva en lo andalusí, graciosamente se apega a la rumbita y al eficaz juego de caderas.

La cantaora decide continuar en la Costa del Sol y aborda la malagueña de la Peñaranda, rematada con la rondeña grande y el abandolao de Juan Breva. Termina esta primera parte por soleá y bulerías, que también ilustra con decisión la bailaora sevillana.

El segundo pase comienza por farrucas (se echa de menos la voz de Vicente Gelo). Continúa con los tanguillos, Ábreme la puerta verde, uno de los platos fuertes de la cantaora, que acaba cantando sin megafonía a pie de escenario. Una tona introduce las seguiriyas que terminan de convencernos. Su fusión no deja qué desear. Cada uno está en su sitio. Para La Chone, con media cola negra y palillos. Posiblemente su mejor entrega. Y, cómo no, terminan con La Tarara, todo un himno, coreado por el respetable.

Vocación pedagógica

Vocación pedagógica

Sacromonte cuna de flamencos

El corazón del guitarrista Carlos Zárate a veces se desborda y el norte se diluye. Zárate es un corredor de fondo, como escribí una vez, con unos 30 años de profesión a sus espaldas. Es un artista muy particular, dedicado a los suyos y a su planteamiento de vida, que viene a ser lo mismo.

Carlos cree en la gente. Reconstruye el flamenco desde la base y tiende a darle oportunidades a todo el mundo. Dirige una academia, “Escuela Superior de Arte flamenco”, e intenta darle cuartel donde encarte.

Sin embargo, el Museo-Cuevas del Sacromonte no es el lugar apropiado para “principiantes”. La programación estival de este escenario apunta hacia la calidad y la experimentación, no hay lugar para el titubeo o el ensayo.

Un alumno aventajado, Armando Linares, abre la noche con su guitarra por fiesta. Su sonido es limpio y redondo. Perfecto telonero del maestro que, con sólo dos solos, deja claro su magisterio.

Son los momentos mejores de una noche que va decayendo con la aparición de sus alumnas al baile, de las que se rescata su voluntad y un atisbo de madera (el tiempo lo dirá).

La luz no obstante brilla en momentos, como la pataílla por bulerías de Rosa Zárate, y su labor impagable de rebuscar la sensibilidad en cualquier persona.

Pareja de reinas

Pareja de reinas

Semana Cultural de Víznar

Carmen Linares es la voz de mujer del flamenco contemporáneo. Su manera de enfrentarse al cante, su aguardiente (agudizado con los años), su compromiso y su tesitura, la hacen una artista imprescindible. Esto unido con una personalidad desbordante y un carisma especial nos arrastra sin duda a una veneración incondicional.

El miércoles, 18 de agosto, la encontramos en la Semana Cultural de Víznar, compartiendo cartel con nuestra joven apuesta, Ana Mochón, recientemente llegada del concurso de Las Minas de la Unión, donde quedó semifinalista para obtener la Lámpara Minera. También puso su arte y su color invariable Juan Andrés Maya y su grupo.

Carmen, como una reina, acompañada de un exacto Paco Cortés (posiblemente uno de los mejores acompañantes al cante del panorama flamenco), hizo, como es su costumbre, de su recital una reunión en familia. Su sencillez y humildad hacen que su grandeza se duplique.

Quizá con las facultades más mermadas que en sus buenos tiempos, su carisma sin embargo va en aumento. Su cante es popular y admirado. Se ha convertido en la banda sonora de todo aficionado. y si no fuera porque en el flamenco no se lleva, sus letras serían coreadas por el respetable, por sus incondicionales.

En primer lugar, la linarense nos regala unos tangos de Granada que, con el soniquete Cortés, suenan de lujo. Posiblemente sea la única artista foránea que aborda por derecho estos sonidos sacromontanos.

Continúa siendo grande por cantiñas y se crece más si cabe en la soleá que, cuando se apola, queremos ver un nuevo guiño a la tierra, a la manera de Cobitos.

Unos acordes de guitarra le dan el tono para abordar Con tu voz, la toná que grabara en 2008 en su trabajo Raíces y alas. Capela que completa con seguiriyas.

Acaba con bulerías y, como regalo, con algunos fandangos.

Ana Mochón, acompañada por Antonio la Luz a la guitarra, ha abierto la velada como otra reina. Las alegrías con las que se presenta ya son una constante en sus apariciones. Su completo dominio sin embargo lo veremos en las granaínas, donde sube a voluntad, igual que se pasea por los bajos y por los medios que estremecen.

La milonga lorquiana (Baladilla de los tres ríos) adquiere un tempo incomprensiblemente lento. Pero las bulerías con las que acaba son un ejemplo de compás, largura y gracia, que acaban con los Alfileres de colores de Diego Carrasco, otra constante en su joven haber.

Juan Andrés está mejor que nunca (como siempre para sus seguidores), se ve que sus últimos golpes de suerte le estimulan.

*Ana Mochón en Radio Albolote (© José Luis Pérez Martínez).

Punto de encuentro

Punto de encuentro

Sacromonte cuna de flamencos

Es necesario destacar en primer lugar lo bien que casan la música andalusí y el flamenco. Siguiendo con la apuesta de este año, el Museo-Cuevas del Sacromonte da un paso hacia la natural fusión de nuestra tradición musical con otros aires. El mes de julio ya estuvo dedicado al flamenco y el jazz. Este mes de agosto se oferta la mezcolanza con la música árabe.

No es necesario mencionar los puntos de encuentro de estas dos manifestaciones artísticas que no sólo pasan por Macama Jonda, Lole y Manuel, el Lebrijano o Morente, sino que se remonta a la época de los moriscos que dejaron su huella en Granada más que en otra ciudad andaluza y en concreto con la zambra que heredó la población sacromontana.

Con esta visión de hermandad globalizante, multitud de grupos y de artistas de las dos orillas, se han fusionado en perfecta comunión, advirtiendo que en realidad el lenguaje es el mismo. De hecho entre los temas tradicionales andalusíes podemos encontrar nominaciones coincidentes, como tangos, seguiriyas o farrucas.

Así, la falta de ensayo no fue óbice para que el viernes pasado (hace ya una semana) sonara en Valparaíso música fusionada de buena tradición.

Escuchar las propuestas de la Orquesta de Mohamed Akel ya es suficiente estímulo. Escuchar un flamenco de base con rajo gitano, con olor a cueva, termina de excitarnos. Pero entender las propuestas de mestizaje entre los músicos andalusíes y nuestros flamencos tiene un valor ancestralmente reconocible, al mismo tiempo que roza la frescura de lo inmediato.

Con Jaime Heredia El Parrón y Rudy de la Vega al cante, con César Cubero a la guitarra y Juan Fernández en la percusión, la fiesta estaba asegurada, aunque Jaime se fuera apagando conforme avanzaba la noche (insuperable por levante y en la soleá) , aunque un inoportuno apagón dejara unos tangos desangelados, que Rudy, César y Juan resolvieron con gran soltura. La nota de color la puso María al baile (bulerías y alegrías).

Pero si hay que elegir un tema, me quedo con la seguiriya, verdadera fusión entre las dos agrupaciones, verdadero punto de encuentro, que hace de los flamencos magrebíes y de los árabes andaluces.

El cantaor redondo

El cantaor redondo

Festival de Alhama

Un millar de personas, ciento arriba, ciento abajo, disfrutamos en Alhama del cante de Miguel Poveda. Pues de un concierto de este cantaor catalán sólo se puede disfrutar. Es el cantaor redondo, es el artista justo. Siempre está en su sitio. Bien afinado, con facultades sobradas, conocimiento y respeto, una voz que pellizca y mucho paladar.

Fue presentado por el todo terreno de Curro Albayzín, que recitó un poema antes de leer el exagerado currículum del artista. Un comienzo frío y la ausencia de una guitarra, hizo que resultara algo desangelado. Pero sus tablas y su prestancia siempre llegan a buen puerto.

Poveda comenzó con el pregón El uvero, que cierra su trabajo de 2001 Zaguán, con una nota en el aire, a la manera de Morente, posicionándose en la plaza, como diciendo que cualquier cosa que hiciera la convertiría en oro.

Por cantiñas y bulerías presentó a su cuadro. Jesús Guerrero no es Chicuelo, pero su guitarra sonaba limpia y correcta. A la percusión Paquito González. Y, desde Jerez, Carlos Grilo y Luis Cantarote a las palmas.

Con una malagueña de Chacón (Que te quise y que te quiero) comienza sus cantes de Málaga, que completa con una rondeña clásica (A esa liebre no tirarle) y un fandango de La Peñaranda (Ni quien se acuerde de mí). Quizá se advierte un conato de respiración desestructurada al final de su entrega. (Bien por las falsetas de Jesús.)

Lo mejor de la noche viene en forma de soleá apolá, hermanando a Antonio Mairena y Pepe Marchena, dignificando sus dos maneras de entender el cante. Alterna sus letras sin dificultad. Cambia de registro como el que cambia de sombrero. Es realmente notable cuando, pasando a Marchena, imposta la voz y su falseta raza la flauta.

A partir de ese momento nos acomodamos en el cielo y cualquier cosa sería bienvenida. Como las tonás que introducen la seguiriya con solo compás. O La ciega, una copla de Quintero, León y Quiroga, por bulerías. Para pasar a unos sabrosos tangos de Triana o unos fandangos con generoso alarde de guitarra.

Es el momento que empieza a interactuar con el público y acepta peticiones. Así, casi a capela, entona Carcelero de Caracol (pero afinado); Torre de Arena, el tema que le abrió a Marifé de Triana las puertas del éxito, compuesta por los maestros de Lladré, Gordillo y Sarmiento; La niña de fuego, volviendo a la zambra caracolera; o Tres puñales, ese pedazo de poema de Rafael de León por bulerías que, en la voz de Poveda, estremece.

Con unas originales bulerías acaba el concierto. A su mitad altera el ritmo y comienza a meter copla, martinete, seguiriyas o tarantos en el mismo cante.

Antes de irse hace subir al escenario al admirado Curro, que le regala en un alfiler una Granada de plata, que la lleva guardando al menos un año para un encuentro como éste. El cantaor, en homenaje, le canta unos tangos del Camino, que el sacromontano baila con conocimiento y sal. El guitarrista no sabe seguirlos.

Como bises, después de casi dos horas de concierto, el cantaor como una rosa aún propone las “coplerías” que anticipara en Tierra de calma (2006), más conseguidas, si cabe; y Alfileres de colores de ese mismo disco, esas bulerías que le prestara Diego Carrasco y que se han convertido en todo un himno en los recitales de Miguel.

Una guinda clausura el Corral

Una guinda clausura el Corral

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Antonio Campos no es sólo un cantaor coherente y trabajador, sino que es de los artistas más agradecidos que conozco. Para clausurar la duodécima edición de Los Veranos del Corral quiso ofrecer un delicado presente de reconocimiento a un ciclo que cumple una labor de “trampolín” para los nuevos artistas, al tiempo que se ha convertido en un referente de privilegio y exigencia.

La “familia” del cantaor granadino es inmensa y universal. Año tras año va encontrando personas afines, hermanos de música, espíritus paralelos que van ampliando sus redes al mismo tiempo que su corazón.

Parte de estos amigos, músicos de primer orden, le acompañaron en un escenario que cuidó hasta el extremo, hasta hacerse de dos enormes candelabros de velas de olor canela a cada lado.

La blancura de sus vestimentas trasmitía paz a la vez que hacía entender que su propuesta sería algo fresco y distinto. El repertorio, las canciones populares de Lorca, vapuleado hasta lo indecible, podían muy bien pasar por algo nuevo, virginal y sereno. En general bastante arriesgado.

Una bella introducción al piano (Pablo Suárez) lleva al cantaor a comenzar con un zorongo animado al compás de jaleos. Yo me subí a un pino verde fue una petenera a capela rematada con el Anda jaleo de estilo libre. La guajira (Las tres hojas) es difícil de reconocer en un principio también con el teclado, en el que rasca sus mismas cuerdas. Tienen que llegar las precisas guitarras (Cano y Torres) para expandir sus aires cubanos.

Los cuatro muleros llegan por bulerías y un magistral toque de Cano a la guitarra, interrumpido por aplausos continuos, remató la fiesta.

El violonchelista José Luis López comienza los cabales, seguido por las guitarras y la entrega emocionada del cantaor, quizá demasiado emocionada. Y con El café de Chinitas por bulerías a compás se acaba la entrega lorquiana.

El preciosista toque de chelo comienza una farruca que baila Rafaela Carrasco como estrella invitada. Es una máquina de precisión y belleza que principia con las manos a la espalda, dando rienda suelta a sus piernas, para crecer de cuerpo entero. Con un hermoso juego de flecos dorados sobre su traje negro de pantalón y botas granates pasea por el escenario con los pasos largos que identifican la pieza. Muy femenina sin embargo en un baile de hombres, su baile se acerca definitivamente al tango argentino, tomando como partenaire a Antonio Campos que a su lado apunta la letra.

Jesús Torres propone levante, que el cantaor aborda demostrando su versatilidad. Taranta y levantica, antes de pasar posiblemente a la mejor entrega del granadino por soleá apolá, donde se acuerda de la tierra y es valiente en sus postres.

La bailaora vuelve para danzar unos fandangos chocolateros que Antonio entona a capela en medio del escenario. Rafaela es un ejemplo de sincronía, control y equilibrio. Con un vestido azul de cola y cubierto de volantes impone un dominio que se convertirá en preciada fuerza en las bulerías a compás con las que acaba una noche y unos Encuentros que se han ganado la mayúscula por méritos propios.

Antes de desaparecer sin embargo, después de la merecida lluvia de aplausos, un emocionado cantaor quiso rendirle homenaje a la plaza que le vio crecer y a Juan Valeriano Benavides, al que hizo subir a escena, protagonista activo del perfecto sonido del Corral, verdadera seña de identidad de estas noches veraniegas.

* Foto: deflamenco.com

Sevilla y Córdoba se imponen

Sevilla y Córdoba se imponen

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Desde Sevilla llega Alicia Gil, una cantaora con presencia y fuerza, con profundidad y vanguardia, para dejarnos un poquito de su buen hacer. Con dos discos en el mercado, es una cantaora versátil, llena de recuerdos y de guiños contemporáneos. A la guitarra, su compañero Lito Espinosa, le resta eficacia, salvado posiblemente en las alegrías.

Unos martinetes clásicos sirven, a modo de presentación, para romper el hielo. Desde un principio se aprecia su conocimiento y respeto. Los tientos, con un aguardiente agradable, acaban por tangos que se quedan en occidente. ¿Es casual o a conciencia que reivindique continuamente sus orígenes hispalenses?

Sus temas son excesivamente largos y no tan ricos como para que los hubiera limitado y haber expuesto algunos palos añadidos que, según su tesitura, también domina. Esto se aprecia en la soleá que viaja despaciosamente de Alcalá a Triana.

Las alegrías tienen sal suficiente para convencer y las bulerías, con las que acaba su recital, las aborda en pie, como mandan los cánones, para ofrecer su braceo. Pronto  abandona el micrófono y remata la fiesta en la boca del escenario por cuplé, no sin antes acordarse hasta tres veces de nuestra Marina.

Desde Córdoba, por su parte, viene Daniel Navarro, verdadero maestro del gusto y el compás. Dani, en 2005, obtuvo el Desplante en La Unión y desde entonces no ha dejado de crecer. Y así lo demuestra en cada una de sus apariciones. Siendo un bailaor de bastante altura domina su cuerpo como pocos, redondea su figura y se integra en el espacio.

Las tonás van marcadas por la percusión exacta de José Carrasco, que se hace baterista para la ocasión y dimensiona el ritmo con escobillas de jazz, que se contrapone al zapateo del cordobés con el que siempre está diciendo algo. Porque es un bailaor que comulga con su público, que rellena la escena y que le va tanto la música como el silencio. El cante primitivo pronto deriva en seguiriyas, verdadera puesta de largo del bailaor, y en bulerías en las que se impuso el dominio de Juan Requena a la guitarra. Su toque es preciso y muy creativo; lleno de compás y naturalidad. Incluso una cuerda que le saltó pudo demostrar la personalidad tanto del tocaor como del bailaor que, entre improvisación y tablas, superó una prueba de fuego que a otro hubiera desarmado.

Los cantaores, José Carmona y Delia de Málaga, también estuvieron en su puesto, configurando el cuadro necesario para que un bailaor se despreocupe de lo que no es su entrega personal.

Los cantes de Málaga precedieron a la soleá con que terminó de convencer con una larga coda de tacón punta rebosante de pellizco. Dani sudó la camiseta (nunca mejor dicho). Estaba a gusto y lo demostró. Su retribución fue definitiva, convirtiéndose en un referente imprescindible en el baile actual.

Échale Carbón

Échale Carbón

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

¡Échale Carbón! ¡Que sea de canutillo que es el que mejor arde!

Amador Rojas presenta en el Corral del Carbón su espectáculo Mandala después de más de un año de su estreno. El bailaor sevillano, que ya nos sorprendió con su montaje Khalo Caló, un homenaje a Frida Khalo, vuelve a apretar de nuevo las tuercas de la creación y la búsqueda.

Tan íntimo como siempre, encuentra tanta inspiración en el misticismo hindú que le lleva a diseñar hasta su vestimenta de seda y túnica, de negro y oro.

Una orientalista entrada en off nos muestra el mejor Rojas, sin depender de nadie, tan sólo de sus ganas y su propio cuerpo. Encapuchado, con las manos castigadas y un preciosista juego de piernas provoca una impresión de impotencia que se va liberando lentamente para crepitar como llama viva. Desde este primer momento pone las cartas sobre la mesa y da una precisa lección de esbeltez, dominio corporal y estilo rítmico. Redondea su figura convulsa, comenzando a edificar su baile mudable y personal que abarca el ambiente y rellena el escenario con movimientos sinuosos y continuas idas y venidas que provocan el duende.

Por otra parte, se enfrenta al silencio como pocos, haciendo de éste un complemento imprescindible el su corpus personal. Incluso sigue bailando cuando los últimos acordes han cesado y un violín retoma el ambiente, con el que interactúa multiplicando su importancia. La elegancia de sus pasos le acompaña hasta la escalera por donde hace mutis.

La guitarra despierta, ofreciendo cuartel a Amador para danzar su farruca, una pieza rematada por tangos que, aunque ajustada al nuevo modelo, ya vimos en el Isabel la Católica, cuando acompañaba a Canales. Es la mejor entrega de las guitarras que, en general están poco despiertas. Un artista de la categoría de Amador Rojas merece un cuadro de altura.

Otro receso por bulerías y una generosa entrada con percusión prepara al artista para abordar unas alegrías con su embrujo animal. Vuelve a retomar el silencio y a hacerse amo del compás.

Un cuplé por bulerías nos presenta a la cantaora María Carmona, a pie de escenario, entregada y pura, aunque los guitarristas le hacen el boicot. Les tuvo que pedir sonsonete al menos tres veces, hasta decir que mejor se callaran completamente.

La última propuesta de Amador fue una soleá y bulería que no deja duda sobre su buen hacer y la estela que con tanta propiedad va desatando.

* Foto: deflamenco.com

El peso de los apellidos

El peso de los apellidos

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Es difícil evaluar a la gente cercana. Es difícil encontrar las palabras precisas cuando el resultado es mediocre. Y es que fue más la emoción que la eficacia.

Enrique Morente, hijo (Kiki), y Juan Habichuela, nieto, comparten nuevamente escenario para dejar entrever su herencia. Las venas son transparentes y decenas de seguidores rellenan el patio de un Corral que está más efervescente que nunca. La expectación superlativa contrasta con la tranquilidad de los artistas. Con sólo 20 y 21 años respectivamente están más que acostumbrados a subirse a las tablas, a dirigirse al micrófono, a enfrentarse a cientos de personas.

A su favor, un espacio exclusivo, un sonido sin fisuras y el reconocimiento de sus incondicionales. En contra, un ciclo carismático donde el nivel de exigencia es notable, donde el listón ha subido bastantes centímetros al cabo de estos doce años de rodaje.

Así, afilamos los oídos y los lápices predispuestos a poner buena nota. Pero la realidad se impone y lo que debería fluir como en vaselina, se atranca desde un primer momento.

Kiki, con una bonita voz, remeda a sus mayores sin alcanzar sus mínimos. Juan es una de las mejores apuestas del momento. Kiki mejora con los años, lo que nos ofrece un ápice de tranquilidad. Juan es un valor en alza, un rey Midas para el flamenco.

Una toná a la manera de Enrique padre da el pistoletazo de salida. Su mediocre ejecución se desmorona definitivamente con el intento de polifonía con que culmina. La caña sin embargo siembra la esperanza. Su acertada medida y resolución hace que resalte como lo mejor del programa. El resto es un quiero y no puedo con altibajos notables. Conseguida también es la acelerada culminación de la seguiriya.

Los tangos son claramente morentianos, conmovedores por el guiño; y las bulerías a capela vuelven a vejar el recuerdo.

* Foto de archivo: Juan Habichuela (Antonia Ortega©).

Fijo como el reloj

Fijo como el reloj

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Escuchamos a Miguel Lavi quejarse por tonás como los de antes: “no hay un hombre que sea fijo como el reloj”; y pensamos para nuestros adentros que fijo no, pero su cante es exacto, medido, dominante.

El martes este cantaor sube al escenario del Corral del Carbón con la humildad y el respeto que le caracterizan. En sus primeras palabras planea la duda y “la flor que amaba” de Manuel Torre no termina de encajar, pero la segunda letra por malagueñas de Enrique el Mellizo la borda sin fisuras. Una minuciosa labor de aguja y dedal que le acompañará el resto de la actuación, hasta hacerlo grande, inmenso para los oídos que buscan el gusto y el bronce.

Su estilo es tradicional. Su cante muy gitano, que redondea la guitarra cargada de pellizco de Manuel Parrilla. Se entienden a la perfección y van creciendo a la par.

Miguel sigue por lo jondo con una soleá por bulerías, en la que se hace acompañar por el compás preciso de Carlos Grilo y Luis Cantarote, creando un cuarteto jerezano consonante y de arte mayor; y después se queda solo entonando el martinete aludido al principio de estas líneas. Sus letras son las de siempre, su sonido es el de siempre, el fraseo vehemente. Hacía tiempo que no pasábamos tan buenos ratos escuchando a un cantaor tan joven y tan añejo. Nuestros oles se multiplican y el reconocimiento es merecido.

Unas seguiriyas de lujo preceden a las generosas bulerías, con los cuatro nuevamente, con las que acaba el recital. En pie despedimos a este cuadro sin desperdicio.

Luisa Palicio rellena la segunda parte. Aunque reconocemos una bailaora con peso, su baile viene a ser simple y repetido. El simple hecho de sacar dos vestidos de cola, que mueve con gran estilo, y repetir los mismos esquemas en la soleá y las alegrías, disminuyen su eficacia. Para redondear esta reiteración, propone guajiras entre medias, lo que encierra un paralelismo rítmico con las cantiñas finales que empobrece la obra. Además, para esta pieza cubana se hace acopio de un catálogo de accesorios a toda vista innecesario.

Rizando el rizo, la bailaora malagueña, estuvo pobremente arropada. Tan sólo por un cantaor, Moi de Morón, que se iba apagando por momentos, y un guitarrista, Rafael Rodríguez, que vino a ser el verdadero artista de la función.

* Foto: Miguel Lavi (flamenco-world.com©).

El duende escondido

El duende escondido

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

No se ofenderá David Sánchez ‘El Galli’ cuando le digamos que ha tenido momentos más conseguidos ni creo que se moleste Ana Morales si le digo que me han dicho, porque yo nunca la había visto, que el lunes no fue su mejor día. Fría en general. El Galli, desde que lo conozco, ha ido ascendiendo progresivamente en su carrera. Hace unos días llegué a opinar de él que es uno de los artistas más en forma para el cante de atrás. Incluso, cuando se ha quedado solo, sus glorias son reconocidas. Ana Morales destila una buena técnica que sabiamente emplea en la búsqueda de nuevos universos. No en vano se alzó con el Desplante en el pasado Festival de Las Minas.

El duende sin embargo estaba revoltoso, buscó escondite y se negó a asomar las orejas si quiera, a pesar de que por primera vez empezaba a hacer fresquito, a pesar de lo bien rodeado que estaba el cantaor de Morón.

Por tonás empezó a reivindicar un sitio que no creo que le viniera grande. El intento emocionado de “conquistar” una plaza tan querida para él, no jugó a su favor. En la malagueña, que comenzó bordando la del Canario, adoptó un tempo inusualmente despacioso en un hombre que tuvo prisa durante toda la noche. Incluso, el preciosismo de Miguel Iglesias con la guitarra quedaba truncado con los anhelos del sevillano.

En soleá se mostró largo y con acierto. Fue el tema más redondo, en el que reconocimos al cantaor esperado. Echamos de menos unas seguiriyas. Las cantiñas sin embargo no llegaron a cuajar, aplaudiéndose más a la guitarra o a los palmeros, Torombo y Bobote, que fueron todo un espectáculo de eficacia y sal. Si acaso el carisma de cada uno chocaba con el del otro.

Por levante fue valiente, sobre todo en el dificultoso remate con la taranta de Pedro el Morato, si no se llega a levantar antes de tiempo, si hubiera redondeado los ayes finales desde su puesto.

El final por bulerías, que es uno de sus platos fuertes, tampoco estuvo muy conseguido. De todas formas reconocemos el poderío de este cantaor y esperamos que el duende se asome en su próxima aparición.

Ana Morales presenta su obra “De sandalia a tacón”. Sorprende primeramente con una danza (sonido en off) en zapatillas y vestido sedoso volandero, dejando clara su búsqueda orientalista. Su segunda entrega pasa por una introducción de guitarras y una generosa muestra de percusión con udu chileno, para pasar a un tremendo zapateado, que Ana bellamente hilvana sin abandonar lo asiático.

Sus músicos proponen una caña muy rítmica con el ayeo a dos voces. Ni Moi de Morón ni Antonio Campos se sienten a gusto en este cante. ¿Será por las guitarras tan turbias? ¿Será porque el duende seguía escondido?

Para las alegrías, llega la bailaora con vestido blanquísimo de cola con ribetes rojos. Es donde se le ve más acertada y con pellizco.

Nuevamente su cuadro se acelera en una seguiriya. Sin novedad.

Terminan por bulerías. Como si fuera un fin de fiestas, todos en pie a boca de escenario proponen una fiesta que la bailaora catalana tan sólo apunta.

* El Galli en la foto (extraída de su facebook).

Un camino fiel

Un camino fiel

Sacromonte cuna de flamencos

El Museo-Cuevas del Sacromonte continúa con su apuesta mestiza, entendiendo que el flamenco es tal por haber bebido y seguir bebiendo de todas las fuentes. El tiempo, la sensibilidad, los públicos todos, terminarán por dilucidar el camino apropiado y salvaguardar lo más coherente a la tradición, la evolución más lógica. Y, al igual que Chacón reinventó los cantes para enriquecerlos y que Marchena sacó de la manga la colombiana y Camarón introdujo el sitar, no nos podemos cerrar al nuevo viento que sopla, a veces caprichosamente, pero a veces con toda intención de henchir nuestras velas y alcanzar el norte.

En “Camino Bojaira” han desembocado una serie de músicos con inquietudes. El pianista Jesús Hernández lleva algún tiempo investigando sobre el flamenco con distintas agrupaciones. Paco Peña, con experiencia flamenca demostrada, siempre le ha acompañado con su bajo eléctrico, introduciendo unos solos plenos de sabrosura. Una batería (Álvaro Maldonado) siempre es importante para dimensionar la pieza. El cante llegó después (Antonio Fernández). Igualmente necesario. Establece las señas de identidad del flamenco en sí. Por último, una bailaora (Ana Calí), le da coherencia plástica al conjunto.

La soleá presenta al grupo. El piano lleva el peso específico en todo el recital. Echamos de menos otro instrumento armónico que alterne, ya que el bajo y la batería, en general, son “accesorios” rítmicos de fondo, y la voz no tiene el carisma necesario. La bailaora puntualiza el tema en su mitad y se convierte en instrumento útil con sus tacones.

Los esquemas del flamenco se bordan en el piano, que se convierte casi en una guitarra, casi en una segunda voz, en la media granaína que se propone a continuación y que acaba en una difícil coda cercana a la samba, enorme en su compás de diez periódico puro.

En las alegrías se manifiesta sin lugar a dudas la necesidad de una guitarra que centre al cantaor, falto de compás. El baile de Ana, sin embargo, no deja dudas. Con derecho se lleva un gran homenaje del respetable.

La segunda parte viene en forma de tientos tangos donde empiezan a abundar los solos (bien por Paco). Una parada en seco en medio de la pieza ofrece un contrapunto interesante. El baile tiene el valor añadido de marcarse el compás por sí mismo. Es como si los pies respondieran a una invisible partitura.

La colombiana está hecha, como otros ritmos latinos, para ser fusionada. El piano es exacto y el resultado redondo.

Incomprensiblemente el cantaor a pie de escenario se lanza a capela con La Salvaora, mientras Ana improvisa un baile a su lado. Antonio Fernández ha empezado muy alto. Tiende a no llegar y desafina por momentos.

Un agradable comienzo de piano y platos introducen las seguiriyas con las que acaba la función, donde, seguidamente, el bajo tiene mucho que decir. El baterista tiene también su momento. Remata la bailaora acertadamente.

Como bis, el fiel Camino de Bojaira cierra la noche con un poquito por bulerías.

Belén es una fiesta

Belén es una fiesta

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

En primer lugar he de advertir que soy incondicional de Belén Maya, por si algún elogio se queda corto que se lea superlativo.

Hasta que no se recibe un baño continuo de sensaciones placenteras y una mueca de felicidad no abandona la cara agradecida, no se adivina discernir con nitidez lo sobresaliente de lo resultón e incluso de lo mediocre maquillado de triunfo.

Belén es una fiesta en el escenario donde se divierte y hace gozar a su público. Demuestra segundo tras segundo que el arte va unido a la distensión y a la felicidad y que el camino hacia el cenit está cubierto de flores. Nadie ha de saber lo que sufre un artista. Nadie debe leer en el rostro de una bailaora las horas de ensayo, el paso complicado, la arruga del desasosiego. Que la sonrisa no sea tan sólo una mueca. Que las ganas se desborden por los ojos. Que el escollo tenga la gracia de la dignidad.

Belén, cabeza espiritual de toda una pléyade de paladines que conforman la punta de flecha del baile flamenco actual, prodiga sus formas como la hierbabuena regala su olor.

Nunca estoy tan agradecido a una primera fila que cuando alguien habla con todo el cuerpo, trasmite por todos los poros, sugiere con esa fuerza tan descomunal como humilde.

Fue Belén Maya la que gritó, como Alberti, que nunca volvería a Granada. Fue Belén Maya quien recibió dos duros golpes en nuestra ciudad encabezados por el consistorio y respaldados por quien se supone que es su familia. Fue Belén Maya la que tuvo que guardar sus papeles y sus sueños e irse con un portazo en las narices ante la inutilidad de reivindicar el nombre de su padre en La Chumbera. Fue Belén Maya la que recibió la llamada para que no se molestase en aparecer en un Festival de Otoño donde estaba anunciada a bombo y platillo. ¿Sería para que no hiciera sombra? ¿Sería por la ineficacia de los organizadores de dicho certamen? ¿Sería para embolsarse su caché tras una malísima gestión?

Pero con una profesionalidad impermeable, Belén Maya vuelve a Granada, como Alberti. Y lo hace por la puerta grande. Actúa para su público y sus seguidores que, posiblemente, son los que entienden. Y nos deja un ramillete de su arte que se le escapa a raudales en cada paso.

Puede que este sentimiento, este recorrido de la euforia al abandono, se reflejara en su primer baile que comienza por tangos, aclamando la luz y la fiesta, para pasar a tientos y terminar por levante reventando su pena y con ella la tristeza de todo el orbe, de quien ve pasar la vida sin resultados, del hijo sin expectativas, de la madre dolorida.

La guitarra de Rafael Rodríguez es también una fiesta. Tocaor versátil donde los haya. Mercenario de escena. Lleno de particularismos y particularidades. Disfruta con su genio y aplomo y trasmite esa energía y creatividad.

Una malagueña entona de manera añeja Jesús Corbacho. Se ajusta a los límites, quizá con demasiada queja y babeo.

La segunda entrega de Belén es una soleá por bulerías. En la misma escena remata el ensayo. Se hace niña por momentos, aprendiza de sí misma, y desde un comienzo propone el juego del ensayo y error. Como si se tratara de varios comienzos, la bailaora se deconstruye para reaparecer dominando. Sus manos, tanto paloma como pala, enmarcan su cuerpo quebrado o redondo, etéreo y rotundo. Termina en silencio, haciendo molino con los brazos, suspensivando una función que muy bien podría ser como fue pero que también podría haber sido de otra manera.

José Valencia impone sus facultades por bulerías, que incompresiblemente es lo que acabamos de escuchar. El escenario es suyo, el patio es suyo, el mundo es suyo. Y lo satura.

Una fiesta en la fiesta son las alegrías. Con un contundente vestido de cola rojo y mantón negro remata una faena que siempre se nos hará corta. Hacemos borrón y cuenta nueva. El vestido de cola raramente ha bailado antes de este momento.

Belén es señora de la sal de la Bahía, pero también es dueña del reposo, de la tradición y la vanguardia. Lo dice todo, pero todo le queda por decir. Y, si hay suerte, lo veremos y lo seguiremos contando.

* Foto: Antonio Robles©.

Noche gachona

Noche gachona

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

La apuesta del Carbón de este año pasa por Granada. Al menos una docena de intérpretes de la tierra han pasado o pasarán por su escenario, con todo lo bueno y limitado que tiene ese propósito. Se le da cuartel y cobijo a nuestra cantera, rica en los tiempos que corren, a la vez que se le muestra al público que los flamencos granadinos también pueden estar a la altura. Por otra parte, no nos descubren nada nuevo y las mermas son más evidentes.

Resultado: altibajos que, aunque anunciados, son incomprensibles.

El Corral se ha convertido en un escenario de categoría, en una prueba de fuego, en un jalón imprescindible en la carrera del artista. Actuar en este patio, que ofrece confianza y demanda calidad, es un orgullo y a la vez un compromiso. Los nervios de la responsabilidad a veces traicionan, pero a veces tranquiliza el saberse en casa.

Juan Pinilla, artista curtido en bastantes frentes, a sabiendas de esto propone un recital sensiblemente distinto a lo que viene ofreciendo últimamente. Sin embargo suena a duplicado. Su interacción con el público es tan agradecida como beneficiosa. Su voz es rotunda y segura, y su conocimiento dilatado. Se conoce a sí mismo, conoce a su público y conoce sus posibilidades. Por eso se decanta por las formas fandangueriles, por el cante libre y no el de compás, aunque de todo hay en su repertorio.

En plena búsqueda, su recital se convierte en un homenaje. Considera en primer lugar a Manolo Caracol con un romance que tiene mucho que ver con la zambra, que tiene mucho que ver con el fandango. Le sigue una petenera al estilo de la Niña de los Peines. En su comienzo ensalza a Pastora. Su segunda mitad es clásica.

La vidalita de Marchena, a la manera de Enrique Morente con el maestro Sabicas (1990) se convierte en su tercer obsequio. La caña, asegura, fue escrita por el simbolista francés Verlaine (1844-1896), sin llegar a saberlo; rematada por una soleá al estilo de Diego Clavel.

Se acuerda de Chano, de Calixto, de Morente, de Chabela, de Alberti… en las cantiñas, aunque trueca las letras. Paco Cortés, a su lado desde el principio es un dechado de exactitud y sabrosuras, más cuando se siente libre de trabazón con un cantaor versátil.

Por fandangos naturales acaba una actuación sin demasiados riesgos ni sorpresas.

Lucía Guarnido toma el relevo con su baile de hadas. Su inclinación al perfeccionismo hace que no se despeine, que un mechón no se le vaya a la cara, que una horquilla no le salte. Un respeto inicial la hace tensa por tarantos, que va relajando hasta convertirse en tonás, y de aquí a seguiriyas. Su baile es convencional, simbólicamente hablando. La parquedad de su elegante vestido negro cuadra a la perfección con la gravedad de la pieza.

El cuadro que lleva atrás no admite queja. Luis Mariano, más tocaor que nunca, más flamenco y sacromontano, demuestra su poderío por bulerías en el primer descanso de la bailaora, con una generosa introducción sentimental que comienza con los primeros acordes de Negra Sombra, un tema popular gallego con letra de Rosalía de Castro y música de Juan Montes.

Juan Ángel Tirado nació cantaor. Tiene una caja de música en la garganta y pulmones envidiables. Antonio Campos se viene haciendo ya hace mucho. Es un corredor de fondo, comprometido con el cante. Investiga, se auto exige y propone letras olvidadas y desconocidas. Imprescindibles en el flamenco granadino de esta última década.

Por caracoles, con un vestido de cola al uso, de color perla, aborda Lucía su segunda entrega. El abanico y el mantón refuerzan su pose demasiado estudiada y la flor sobre el moño la identifica del terruño.

El soniquete por tangos del Camino promete nueva tregua que Antonio, más formal, entona en los límites. Juan Ángel en cambio enriquece el cante desde otras costas. Mati Gómez les hace compás, quizá muy alejada del micrófono, quizá solapada con las palmas de los dos hombres.

La última entrega de la bailaora son unas bulerías, presumiblemente más libres. La técnica se impone a la intuición, el formalismo a las corruptelas del ambiente.

* Foto extraída del blog de Lucía Guarnido©.

Empieza el baile

Empieza el baile

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Después de la renuncia voluntaria al triestreno de Cristina Hoyos en el Generalife y su Poema del cante jondo, me alegré de forma indecible al disfrutar el programa del Corral del Carbón y de su larga y coherente trayectoria.

Lo he dicho más de una vez, creo que es el mejor espacio de pequeño formato que conozco en toda España. Esto, unido al marco, a la familiaridad y a un sonido impecable, que mejora día a día, lo convierte en un ciclo tan necesario como presencial.

No recuerdo la última vez que vimos a La Nitra en el escenario. Quizá, no hace mucho, acompañó a su tío El Polaco por bulerías; y otra vez en La Chumbera acompañó a no sé quien (mi memoria es flaca y no creo necesario buscar el dato). Pero para encontrar un recital propio, quizá haya que remontarse a principios del milenio.

Por eso se le pensaba menos en forma y atrevida. Pero al contrario, arropada por la guitarra exclusiva y respetuosa de Paco Cortés (estupendos sus solos) que amortigua como pocos cualquier desliz, la cantaora estuvo suelta y en su sitio, aunque su cante sea sota, caballo y rey.

Encarni La Nitra tiene una voz gitana de peso y un bello timbre que necesita cuidar. Abrió por alegrías. Muy correctas. Al igual que impuso su dominio en la soleá que, junto a la fiesta, es su palo por antonomasia.

Los tarantos fueron una sorpresa. Un doble homenaje: a Miguel Hernández en su año y a Enrique Morente interpretando Compañero, el tercer corte de su disco Despegando (1977). Fue un quiero y no puedo. No estuvo a la altura deseada y el texto quedó truncado.

Para acabar con esta entrega excesivamente breve, propuso bulerías, cantando alguna letra a pie de escenario, poniendo en evidencia la poca familiaridad que tiene con el micrófono.

La segunda parte no sólo subió el nivel de la velada, sino que identificó al Corral con su refinada propuesta de baile. La bailaora sevillana Adela Campallo se ha tenido que reinventar a sí misma tras un grave accidente ocurrido hace unos cuatro o cinco años que a punto estuvo de acabar con su carrera. Así ha tenido un antes y un después que le ha sentado de maravilla. Antes se distinguía (o no se distinguía, como quieran) por un baile “más salvaje”. Ahora reposa el baile, escucha el cante, baila el silencio. Hace del vacío, de la parada, un complemento necesario en su conjunto, convirtiéndola en una bailaora muy original, tanto en sugerencias como en la elección músical.

De esta manera comienza por galeras, un cante llamado Mi condena que se inserta en el disco Persecución (1976) de El Lebrijano, con letras de Félix Grande. Con vestido corto, de volantes circunstanciales, Adela rompe moldes. Se quiebra o redondea su cuerpo a voluntad, haciéndonos llegar un aire fresco y avasallador. El sonido, como ya hemos dicho, es rotundo. Aunque, me temo, que las voces no están a la altura de unas guitarras que tampoco son definitivas.

Mientras se prepara para la segunda entrega, José Carrasco hace un vertiginoso solo de percusión. Para las alegrías, la sevillana luce vestido de cola azul que se degrada hasta el celeste en los volantes de sus bajeras. Sigue convenciendo con rotundidad, pero su luz es menos intensa que al principio.

Una taranta de Linares y unos abandolaos interpretados por sus músicos, amortiguan la guinda final que llega en forma de seguiriyas precedidas por un pregón con metido en el mismo compás.

Adela vuelve a su origen e impone su nombre y su figura para tener en cuenta en el ramillete de nuevos bailaores que van a más, que dicen algo con un lenguaje distinto, con un lenguaje propio.

* Foto: Paco Sánchez©.

Una guitarra brillante

Una guitarra brillante

XII Muestra Andaluza de Flamenco

Los Veranos del Corral

Después de una semana de promesas que no llegan a cuajar, el Corral del Carbón retoma las riendas para mostrar lo que siempre ha sido. Aunque recordamos que en otros años pasó lo mismo y el carbón no comenzó a prender hasta los tres, cuatro o cinco días de rodaje (obviando el primer día con un estreno de excepción), hasta que acaba en una combustión difícil de apagar por mucho tiempo.

El lunes abrió la velada un introspectivo Miguel Ochando con su guitarra precisa. Puede que, junto a José Manuel Cano, encabece el concertismo en Granada. Su forma de tocar es limpia y exacta, equilibrada y redonda. Más lírico que otras veces, Miguel se impone sin aspavientos en uno de los primeros puestos del panorama nacional, buscado por todos los cantaores que quieran añadirle un nuevo valor a su entrega.

Ochando comienza homenajeando la tierra con una granaína. Es rico en arpegios, pura agua. Continúa, apoyándose en la segunda guitarra de Alfredo Mesa, interpretando un zapateado de Esteban Sanlúcar, conocido en su repertorio, que se incluye en su trabajo discográfico Memoria (2007), dedicado a los maestros clásicos de la guitarra flamenca.

Otra vez en solitario borda una rondeña, para pasar rápidamente a la fiesta, en compañía nuevamente del aventajado Alfredo, que ya no se bajará del escenario. Así proponen bulería clásica; la rumba llamada El inclusero de Juanito Valderrama, musicado por Niño Ricardo; una bella guajira, que principia con los acordes de Ojos verdes; y acaban por bulerías. Todo un derroche de sensibilidad y arte.

El baile de Eva Esquivel ocupa la segunda parte arropada por un cuadro de excepción eminentemente granadino. A saber: Sergio Colorao y Antonio Campos al cante; a la guitarra Luis Mariano; y Miguel ‘El Cheyenne’ con el cajón. Eva es correcta y estilosa, nada recargada. Aunque le falta la picardía necesaria para dar sabor a la escena. Comienza su entrega, visiblemente nerviosa, con un taranto. El mantón negro se convierte en un obstáculo más que en un añadido. Se le enreda en el pelo y en la silla y no vuela como debe. Al pasar a tangos, no obstante, la bailaora se relaja y convence roneando.

La malagueña de Chacón Del convento las campanas sirve de interludio para volver a ver de nuevo aparecer a Eva, con cola blanca y palillos, para dejarnos una pincelada por fandangos albaycineros, bella por su brevedad.

Otra vez, sólo los músicos, nos proponen una vidalita que, en la voz de Sergio y la guitarra de Luis Mariano, es todo un regalo. Acaba la bailaora granadina por alegrías, que encierran unas bulerías muy de tablao, y se rematan con aires de Arcos, muy al gusto de Antonio Campos.

* Imagen: © deflamenco.com.