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Algunas cosas y demás verdades

Lo que cuenta el siete (4)

Lo que cuenta el siete (4)

El siete es número extenso, como dije en un principio, eterno y más infinito con la consecución de sietes. Así, observamos la admonición de Jesús: Perdonarás a tu hermano setenta veces siete, es decir, siempre, por toda la eternidad.

Los hebreos encienden siete velas en su candelabro o Menorah, recordando las siete lámparas del Tabernáculo bíblico erigido por Moisés durante la travesía israelita por el desierto (Éxodo 37:23).

El Templo de Salomón fue construido en siete años (1 Reyes 6:38).

San Juan nos habla en sus visiones, en el Apocalipsis, de siete iglesias (Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), de siete espíritus ante el trono de Dios, de siete sellos, de siete trompetas y de siete copas de oro.

La Bestia escarlata apocalíptica, llena de nombres de blasfemia, tenía siete cabezas, que son los siete montes donde se sentará la Mujer al fin de los tiempos (Apocalipsis 17:9). Estos siete montes nos recuerdan a Roma, también conocida como la Ciudad de las Siete Colinas (Palatino, Capitolino, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio y Aventino).

Por esta razón algunos críticos anticlericales han visto en esta Bestia a la propia Iglesia Romana, la ramera, porque con ella fornicaron los reyes de la tierra.

En Apocalipsis 12, el dragón es representado con siete cabezas y diez cuernos. También el dragón es identificado como Satanás y como Roma (como ya he dicho).

En los inicios de Roma se cuentan siete reyes que son Rómulo, Numa, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Tarquino el Antiguo, Servio Tulo y Tarquino el Soberbio.

Siete son los sabios de Grecia, también conocidos como ‘los siete sensatos’. Eruditos griegos que vivieron entre los siglos VII y VI a.C. y que se interesaron por la ciencia, la filosofía y la política. Estos eran: Tales De Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Solón de Atenas, Cleobulo de Lindos, Misón de Quenea y Quilón de Lacedemonia.

El Libro del Fuero de las Leyes de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León (1252-1284), se conoce como Código de las Siete Partidas, pues de él proviene la división del Derecho en siete partes fundamentales (de la Iglesia; político, del reino y de la guerra; sobre las cosas, procesal y organización judicial; de familia y relaciones de vasallaje; de obligaciones; de sucesión y penal).

Siete son los velos de la Danza Sagrada con que Salomé intentara seducir al Bautista.

* EN LA FOTO : Danza de los Siete Velos por Mata Hari (1876 - 1917)

Dicen del alzheimer

Dicen del alzheimer

Dicen del alzheimer que le afecta o lo desarrollan personas que no han cultivado el intelecto, que no han comido rabillos de pasas, que se abandonan a un mundo subtitulado con brocha gorda.

Hace poco tiempo, Pascual Maragall, ex alcalde de Barcelona y ex president de la Generalitat de Catalunya, declaró públicamente que le habían diagnosticado síntomas de alzheimer. Incluso bromeó sobre su futuro diciendo, en una carta enviada a El País, que al ser una persona tan conocida, difícilmente olvidaría su identidad de tantos que lo saludarían en la calle por su nombre.

El inculto Maragall muestra una entereza envidiable.

Adolfo Suárez, ex presidente de Gobierno, hace años que padece alzheimer. Ya no recuerda a los suyos, pero sabe que son suyos.

Nunca tuvo memoria uno de los padres de la transición española.

Hace unos años murió de alzheimer Fernanda de Utrera y con ella murió la soleá. Todos los flamencos estamos en deuda con ella.

La inactiva Fernanda dejó su voz y sus maneras para toda la eternidad.

Pensando en todo esto. El lunes en el Anaïs, un rincón poético de mi ciudad, leí un haiku. Fue, como dije, un homenaje callado. Homenaje, porque siempre estaré en deuda con mi madre. Callado, porque ella no sabrá nunca que se lo he escrito.

No me conoces.

Borraste los recuerdos

sin tú saberlo.

Empatía

Empatía

Recuerdo que Jesús contaba un chiste en el que dos camellos hablaban. En realidad no sé qué decía la historieta en cuestión, incluso creo que como tal no tenía ninguna gracia. Pero es igual.

El lado cómico consistía en que él rumiaba las palabras y quien lo veía sin más remedio hacía movimientos involuntarios con su boca, imitando, sin poderlo evitar a Jesús -repito- imitando a su vez a los posibles camellos.

La empatía es la facultad de identificarse mental y afectivamente con el estado de ánimo de otro, con sus circunstancias, con sus razonamientos, con sus actos.

La empatía es el sentimiento más solidario que existe. Ponerse en lugar del prójimo es la mejor manera de comprenderlo.

Los actores para llorar en escena recuerdan algún momento doloroso de su vida. Nunca entendí tanto a mi padre hasta que tuve un hijo.

Cuando le doy de comer a Juan, abro y cierro la boca junto a él, mastico con él.

No digo que esto sea empatía, pero puede que lo sea en parte (como con los camellos de Jesús) ponerse en lugar del otro, con una nueva vuelta de tuerca: es involuntario, es reflejo, se hace sin pensar.

Así serían más llevaderas las relaciones humanas. La justicia sería más humana.

 

 

Más sobre las sirenas

Más sobre las sirenas

Ahora, cuando manifiesto mi fe sobre la existencia de las sirenas, se me plantea el problema de su evolución, más que física o morfológica, simbólica e ideológica.

La raíz del conflicto estriba en aunar o diversificar a la sirena. Pues no es lo mismo la sirena de Ulises que la de Kafka, la de Orfeo que la de Cela, la de Apolodoro que la de Borges; sin hablar de la de Disney o la de Hollywood.

Según la mitología griega, las sirenas son las hijas de la ninfa Melpómene (o Calíope) y del río Aqueloo (o del dios marino Forcis). Ese presente de indicativo, puede dar a entender que son sempiternas, o sea que nacieron, pero que aún viven. Aunque tenemos testimonio que también fallecen.

Quedan varadas en la playa, como ballenas suicidas, enredadas en las mallas de los pescadores, devoradas por el apetito ciego de algún escualo o metamorfoseadas en otro animal más o menos racional. Así que estos seres maravillosos tienen principio y también tienen fin.

Atendiendo a lo comentado, su forma está más o menos clara: se trata de una mujer, siempre desnuda, con los cabellos rubios o bermejos o castaños, largos, muy largos; pero que, desde la cintura, desaparece su forma humana y comienza una gran cola de pez.

Siendo la sirena, según estas indicaciones, mitad pez mitad mujer desnuda, ¿respirará por branquias o por pulmones?, ¿será mamífero o será anfibio como los batracios?

Pero no fueron peces en un principio. En la Antigüedad clásica, estas ninfas marinas, fueron transformadas en aves por Ceres. Así fueron representadas, con cuerpo y alas de pájaro, con cabeza y senos de mujer y tocando la lira o la flauta (así aparecen en numerosos vasos griegos), lo que resultarían más cercanas a las odiosas arpías que a las sensuales cantoras.

Su aspecto romántico es de tradición nórdica. En las orillas mediterráneas surgió en época muy posterior, cuando los artistas y soñadores del románico (en todas las épocas se sueña) decidieron representarlas de la manera que las conocemos popularmente (posiblemente por inspiración bárbara). Y su propuesta cuajó como se impuso el palitroque en los caramelos para darle vida al chupachup.

Las sirenas que atormentaron al Ulises homérico atado al mástil de su embarcación eran seres alados que seducían con su canto y no hermosas doncellas que despertaban la libido con su encanto (ya se encargó Circe de ese cometido).

Como aves, las sirenas, habitaban en lugares escarpados desde donde atraían a los caminantes para devorarlos. Ulteriormente aparecieron las sirenas de cola de pez, como hemos dicho, habitantes de las islas rocosas y de los arrecifes, las cuales se comportaban igual que sus hermanas del elemento aire.

Puede que en realidad su cambio no sea una metamorfosis o fruto de la evolución, sino puede que convivan las sirenas-pez y las sirenas-ave. Ricardo de Fotirnivel, hacia 1250, explica en su Bestiario del Amor: “... Pues hay tres guisas de Sirenas, dos de las cuales son medio mujeres y medio peces y la tercera, medio mujer y medio ave...”.

* "Una sirena" de John William Waterhouse, 1901, Royal Academy of Arts, London

Sirenas

Sirenas

Al hombre se le desbordó la imaginación y concibió la Sirena. Si admitimos con Borges que el Centauro es la criatura más armoniosa de la zoología fantástica, convendréis conmigo en que la Sirena es como poco la creación más sensual y misteriosa del panorama de invenciones míticas.

La sirena puede ser una utopía o de una realidad tan feroz que puede doler. Engendra tanto el mal como la inocencia, a semejanza de ese ser entre angelical y demoníaco a quien Nabokov denominó nínfula y le dio el nombre de 'Lolita' por los siglos de los siglos.

Quién no ha estado enamorado de 'Lolita'. Quién no ha albergado en su cabeza el sueño de las sirenas. Quién no ha sentido en el corazón el pálpito de su húmedo amor.

Mi encuentro con sirenas siempre ha sido fortuito (en una lectura, en un sueño, ancoradas en las rocas o amando mar adentro), nunca he decidido ir en su busca ni ellas se me han aparecido a conciencia.

Desde pequeño, antes de tener razón de uso, me han fascinado esos seres mitad pez mitad mujer desnuda (la desnudez es un apelativo inseparable de la sirena). Hasta la cintura es una bella mujer, de rostro verdoso, según la leyenda de San Brandao (o Brandán), y de cintura hacia abajo es un pez (aunque Rene Magritte, en 1934, la concibiera al contrario: un pez con piernas y sexo femeninos).

Con el tiempo, las sirenas se sobreponen a la imaginación y trascienden al plano de lo real y de lo palpable (es un decir). Aunque su presencia, si acaso, está asociada a otras sales, a costas abruptas, a países lejanos, a mares por descubrir.

Las sirenas pueden entrar en el mismo saco (¿invisible?) que las brujas, que el caballo alado o que el noctámbulo vampiro. Al crecer, cuando se logra la estúpida sensated de la edad madura, estos seres se esfuman de nuestra conciencia lógica y caen de lleno, sin poderlo remediar, en un plano hagiográfico, donde permanen por mucho tiempo, quizás toda la vida.

Ahora, sin embargo, estoy convencido de su existencia. Si en el globo se mueven seres como el ornitorrinco, el pez espada o el oso homiguero, por qué no va a existir la sirena.

* EN LA FOTO: sirena en el puerto de Copenague

¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?

¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?

Cuando yo era pequeño (y ahora también), en determinadas tiendas, sobre todo de ropa y zapaterías, cuando comprabas algo, era muy habitual la pregunta: ¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?

Muchas veces esa pregunta respondía a la precariedad de la vida, comprabas unos zapatos cuando los otros (los únicos) estaban destrozados (tuve conocimiento de una familia en México con varios niños que acudían al colegio cada día uno de ellos porque en la familia sólo tenían un par de zapatos).

Adquirías un abrigo cuando el otro (el único) se había quedado pequeño (lo había heredado tu hermano) o estaba ajado o simplemente no existía. (Gila contaba lo que podría ser un chiste: "¿No tiene usted frío? Y, contestaba el otro: Para qué, no tengo abrigo)".

Entonces, ante la preguntita de la dependienta o del dependiente, era normal tener la respuesta adecuada según la situación del comprador o su destino (muchas veces se renovaban estas prendas justamente para acudir a algún acontecimiento: ir al médico, a una comunión, etc.).

(Mi madre decía que llevarse las cosas puestas de la tienda era de catetos.)

Este fin de semana hemos estado en el pueblo de mis padres y, sabiendo que mi tío tiene una pequeña bodega personal (lo que da la tierra), le pedimos algo de vino para consumo propio.

Él, como esos viejos dependientes, nos dijo: "Os podéis llevar lo que queráis, pero os lo tenéis que llevar puesto".

Lo que cuenta el siete (3)

Lo que cuenta el siete (3)

Siete eran las artes liberales, que desde la época medieval, han llegado hasta nosotros, discutidas por Marco Terencio Varrón en el siglo I o durante los siglos V al VII, en especial por los trabajos del escritor latino Mariano Capell, el historiador romano Flavio Magno Aurelio Casiodoro y el estudioso español san Isidoro de Sevilla. Estas artes eran gramática, lógica, retórica, geometría, aritmética, astronomía y música. Ahora se conoce al cine como “séptimo arte”.

Por cierto, que los romanos estuvieron en la Península siete siglos.

Siete son las Maravillas del Mundo Antiguo (las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría), obras que aún, en la actualidad, nada las ha superado, aunque a lo largo de los tiempos –recuerda el historiador Federico Lara Peinado– se han difundido listados, tanto en época latina como en el Renacimiento o el Barroco, eliminando algunas de estas maravillas canónicas o intentando añadir una octava a esta relación, como es el Coliseo de Roma, Santa Sofía de Constantinopla, la Gran Muralla china o El Escorial.

En el organismo existen siete plexos vitales (sacro, prostático, solar, cardíaco, laríngeo, cavernoso y coronario), que corresponden a su vez a siete órganos o glándulas (coxis, próstata, región del ombligo, corazón, tiroides, pituitaria y pineal) y que deben cultivarse buscando la perfección espiritual, ya que hay siete virtudes contra las cuales se enfrentan siete vicios o pecados capitales (avaricia, lujuria, ira, gula, soberbia, pereza y envidia).

Siete son los países que se hermanan en la tradición y el espíritu celtas: Irlanda, Escocia, la Isla de Man, el País de Gales, Cornuailles, la Bretaña francesa y Galicia.

Siete son los sacramentos de la Iglesia (Bautismo, Confirmación, Penitencia, Comunión, Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio). Siete son las Virtudes, divididas en tres teologales (Fe, Esperanza y Caridad) y cuatro cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza). Los dones del Espíritu Santo, que Él mismo se digna infundir en nuestras almas cuando penetra en ellas por gracia vivificante (Misal Breve y Devocionario, 1949), son: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Siete son los cabritillos del cuento, cada cual más grande y más fuerte, que acabaron con la gula del lobo. Siete los enanitos que hicieron realidad las fantasías de Blancanieves. El gato tiene siete vidas. Y las botas del cuento avanzan siete leguas.

A las siete horas del recién nacido, se sabe si el niño vivirá o no, y a los siete días se le cae el cordón umbilical.

Lo que cuenta el siete (2)

Lo que cuenta el siete (2)

Los antiguos identificaban en el cielo los siete planetas mayores a los que alcanza la vista en un día despejado o los rudimentarios artilugios de observación, que se identificaban con los siete dioses principales (Saturno, Júpiter, Neptuno, Platón, Venus, Marte y Mercurio). Planetas que, indiscutiblemente, influyen sobre la Tierra y todos los seres que la habitan. Corresponde igualmente a las siete direcciones del espacio (las seis existentes más el centro).

Los egipcios dividían la faz del cielo en siete partes. El cielo primitivo era, pues, séptuple. Gerald Massey decía que la primera forma del siete místico se veía figurada en el cielo por las siete estrellas de la Osa Mayor, la constelación asignada por los egipcios a la Madre del Tiempo y de los siete poderes elementales. La doctrina hermética, surgida en Egipto y difundida en la actualidad a través del libro “El Kybalión” se refiere a los siete principios del Universo (mentalismo, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa-efecto, y generación).

Allah, según la doctrina musulmana, a diferencia de otras religiones, no está en todas partes, sino en el cielo, sobre los siete cielos. En el Libro. “La inspiración del Glorioso” de Abdurrahman Ali Sheij, podemos leer, referido a Allah: Su esencia divina se encuentra sobre los siete cielos establecido sobre Su trono.

Quizá, por eso la expresión "estar el séptimo cielo", que es como estar en la Gloria, en el Paraíso, junto al Supremo.

Los herederos del saber de Hermes Trimegisto fueron los alquimistas del Medievo, que escondían sus conocimientos usando alegorías y símbolos, entre ellos los siete planetas místicos, que correspondían a siete metales (oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño), que aparecen representados en el interior de la tierra, en la que se engendran, pero en el cielo están asociados al Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Saturno y Júpiter, respectivamente.

Igualmente, los perfumes planetarios son siete, y corresponden a estos siete planetas que dirigen los días de la semana. Así, el perfume del Sol se quema en Domingo; el de la Luna, en lunes; el de Marte, en martes; el de Mercurio, en miércoles; el de Júpiter, el jueves; el de Venus, el viernes; y el de Saturno, en sábado. Afirmaban también que todo proviene del éter y sus siete naturalezas.

El musulmán Mirza Murad Ali Ber afirmaba que en el verdadero hombre hay realmente siete hombres. En la mayoría de las tradiciones esotéricas post-blavatskianas encontramos a este hombre septenario.

En oriente existen Siete Dioses de la Buena Suerte (en japonés, Shichi-fuku-jin), grupo de deidades niponas consideradas, en la tradición, como portadoras de buena fortuna, salud y larga vida. Su culto se popularizó a partir del siglo XV y proceden del mismo Japón, de China o de la India.

Estos dioses son: Ebisu, dios sinto de la pesca y del comercio, que siempre lleva el besugo de la buena suerte; Daikoku, dios budista-sintoísta de la salud y de la agricultura, que suele portar una bolsa de arroz y una vara mágica que concede los deseos; Bishamon, deidad guardiana budista y dios de la buena suerte, por lo general protegido con armadura; Benzaiten (o Benten), diosa budista del agua, la música y la salud, que toca el laúd; Hotei, monje chino Zen y tripudo que otorga la buena suerte; Fukurokuju, divinidad china de gran cabeza y que concede la longevidad, y Jurojin, sabio chino y, como el anterior, dios de la larga vida, al que con frecuencia acompaña un ciervo.

Los posentos

Los posentos

No busquéis la palabra en el diccionario que no existe. Simplemente es la palabra que emplea mi niño para definir los útiles de guerrear y defenderse, los juguetes bélicos, por llamarlos de alguna forma.

Como todo padre comprometido, desde un principio, quise alejarlo de esos juguetes, de esos juegos, de los pensamientos violentos. Pero es inútil. Quien sea padre, madre o educador, verá la imposibilidad de impedir que su hijo, su pupilo o educando, se vea completamente alejado de esos objetos.

No, viviendo donde vivimos. El mundo es así. La televisión, el cine, los dibujos, los cuentos, los amigos, el cole, la calle... todo está lleno de violencia y, no sólo es inútil evitarlo, sino que también creo que es contraproducente darle la espalda.

El niño juega a lo que ve. Imita a sus mayores y remeda a sus héroes de papel y de celuloide. Y, estos modelos, sin más, pelean, luchan y gritan.

Lo que intentamos es que no le dé más importancia que a los coches, a los cuentos, a los columpios, a la bici, al paseo, a las visitas, a los primos, a los abuelos...

Comentarle lo bueno y lo malo de cada juguete, de cada situación, de cada personaje... es imprescindible.

Y cuando le pregunto, Juan qué son los posentos. Muy serio él me responde: posentos nisifica (sic) las espadas, los cuchillos, los escudos, las pistolas... Y se queda tan ancho por haber explicado algo que papá no sabía.

Noticias desde mi patio

Noticias desde mi patio

Aprovechando estos pasados días de fiesta le he dado un repaso al patio. Lo he barrido y lo he fregado, he podado los rosales, he trasplantado algunas macetas, he quitado hojas secas y he arrancado malas hierbas.

Estuve ocupado gran parte de la mañana del viernes y un rato por la tarde (con la colaboración inestimable de mi hijo que hacía todo menos lo que debía de hacer, hasta que lo puse a pintar con agua y una brocha pequeña los peldaños de la escalera).

En mi patio hay flora, es de Perogrullo, pero también fauna. Los pajarillos, ya lo he comentado alguna vez, nos visitan muy a menudo (no sólo porque sigo sacudiendo las migajas del mantel sino porque es el patio con más vegetación de los alrededores). También hay salamanquesas. El otro día regando vi una pequeña. ¿Dónde está tu madre?, le dije. Pero salió corriendo. En la otra esquina saltó una enorme que me miraba guardando las distancias, como los buenos conductores.

Los rosales tenían orugas que, creo, ya las he erradicado, con la poda y un liquidillo que le pulvericé que se ve que no les gusta. También hay hormigas. Ahora pocas, porque están hibernando (sí, como los osos). Alguna mariquita tan pequeña que no sé si es de cinco o siete puntos. Y bastantes insectos, que van y vienen pululando de flor en flor, completan la escena.

Hay quien habla con las plantas. Hay hasta quien le canta. Yo las miro, sólo las miro y las riego y las cuido como puedo.

Las margaritas van a salir ya mismo; los patos se han recuperado y puede que echen flores este otoño (como la foto de hace unos años); el laurel parece que está enfermo; no hay quien haga carrera con la hierbabuena...

Algunas se secan, otras vuelven a brotar; unas cambian otras piden sol o agua, más o menos... Pero lo que más pena me ha dado es la muerte de la encina. La tenemos desde que era un breve esqueje en un plantón, un saquito de tierra (que era como los paquetes de pipas de a duro de antes de antes). Era un inmaduro que vino con su hermano gemelo que no duró la cuarentena.

Pero este llevaba alzándose, muy lentamente, como hacen los quercus, desde hace seis o siete años. Ahora que tenía una bellota (proyecto de bellota) no ha resistido más los rigores del verano y el posible descuido involuntario.

Sin embargo es bello. Así, inerte y sepia, despide una dignidad antediluviana. Parece que dice: mi familia constituye el bosque mediterráneo por antonomasia. Y a mí se me cae una lágrima.

El otro día, día de gloria, por su base vuelve a brotar. Es fuerte como la encina que es. Y yo ya había tirado la toalla y lo veía bañado de purpurina plata, adornando la entrada de la casa esta Navidad, con fruto incipiente y todo.

Galletas

Galletas

Antes de antes, recordamos los que tenemos cierta edad, o quizá más, que las galletas eran unas, y raramente las había en casa. Las galletas eran redondas y sabían a galleta, siempre igual, era lo que esperábamos.

En momentos extraordinarios, ya avanzado el tiempo, atendíamos a alguna variedad, llámese campurrianas o napolitanas (de gran formato y con azuquillar por encima). A veces, las menos, nos llegaban algunas galletas más sofisticadas de allende los Pirineos. Ah, y se me olvidaban las "Chiquilín", otro lujo postrero.

Ahora, mi niño sólo quiere galletas de coche, o sea, en las que viene grabado un coche loco en su anverso. Aunque también las hay de aviones, de monstruos o de dinosaurios (recortando la forma del animal cuaternario).

Hay muy distintos formatos de galletas, también hay galletas rellenas (de chocolate, de nata, de fruta), hay galletas con sabores, hay galletas integrales, con fibra, que no se deshacen al mojarlas en leche (a veces, lo que queremos es precisamente que se deshagan en la leche).

Yo, sin embargo, en el caso de que coma galletas, sigo prefiriendo las redondas, las de toda la vida.

Un paseo

Un paseo

Acabo de leer en el blog de Enrique Ortiz el agobio diario que se padece para ir y volver del trabajo. Él vive en las afueras de Madrid y su trabajo coincide en que está también en las afueras de Madrid, pero en el otro extremo. Con lo que se ve obligado a coger todos los días el coche y aguantar atascos, prisas, conductores intolerantes, enfebrecidos, estresados, esquizofrénicos, amargados, belicosos...

Es, sin embargo, un problema que no le afecta sólo a mi primo. La inmensa mayoría, por no decir todos, de los trabajadores que conozco necesitan el coche, o el trasporte urbano, para desplazarse hasta su puesto laboral. Todos, o casi todos, apuran hasta última hora. Los coches van vacíos, con uno o incluso con ningún ocupante, parece. Los autobuses van a rebosar.

El trabajo es el mismo, el horario es el mismo, el camino es el mismo, el atasco es el mismo, el agobio es el mismo, el sufrimiento es el mismo...

Somos suicidas en potencia.

Cada vez me alegro más de haber cogido este trabajo por la mañana. Aparte de todas las bondades que tiene una ocupación que te gusta (Baudelaire decía que, bien mirado, trabajar es menos aburrido que divertirse), está tan sólo a diez minutos de mi casa andando. ¡Diez minutos! Un paseo para ir, otro para volver. Es un valor añadido.

A veces compro el pan, el otro día caminé en dirección al arco iris que había salido (sólo un pedacito, sólo algunas dovelas), esta mañana he visto como un gato amagaba para cazar un gorrión y como se frustraba su desayuno...

 

Lo que cuenta el siete (1)

Lo que cuenta el siete (1)

En el año 2003 escribí una introducción a un cuaderno de poesía llamado "Siete Samurais". En dicho preliminar no hablé ni de la poesía ni de los poetas convocados. Tampoco traté de la elección del título ni del guerrero samurai (lo cual guardé para la presentación de este librito). A sugerencia de Alfonso, divagué extensamente sobre el número siete.

He recordado este número (pues los números siempre nos persiguen), he aumentado ese texto y he llegado a la conclusión de que el siete no es lo que parece. Aunque, formalmente, el siete sigue siendo el siete, un dígito que sucede al seis y precede al ocho. La suma del cuatro y el tres o del dos y el cinco. Indivisible, solamente por sí mismo...

Simbólicamente, empero, el siete es un número indefinido, que se puede referir a un buen puñado incalculable, que muy bien puede rozar el infinito, lo que matemáticamente se llama la letra ene. O sea, en determinados momentos, decir siete es decir ene. Siete o setenta veces es como hablar de la enésima vez.

Debido a su extensión, publicaré el escrito al que me refiero en varias partes. He aquí la primera:

 

El siete es con mucho el número más extenso que existe. Bueno, además está el tres, el trío, la Trinidad, el triángulo, el trípode, el menage... y el cinco, la quintaesencia, el lustro, el pentagrama, el Pentateuco, los sentidos, los dedos de la mano... Siempre impares. Aunque también está el dos, el eco, la pareja, el dúo, la simetría, el reflejo, el conflicto, la obligada capicúa... Pero igualmente el doce, la docena, los meses, el zodiaco...

Déjenme, sin embargo abogar por el siete: número místico y simbólico como ninguno desde el principio de los tiempos, en todas las civilizaciones, en las diversas religiones y escuelas espirituales de Oriente y Occidente. (Por contra, en la Masonería y en algunas tradiciones rosacruces predomina el número tres antes que el siete. Sin embargo, una logia masónica es llamada “perfecta” cuando está formada por siete miembros, aunque con cinco se puede abrir una.) Existe, en otro ámbito, una tribu africana que con toda sensatez adopta el siete como primer dígito contable, pues los seis primeros están sobrentendidos, es decir, se controlan con un simple golpe de vista. Verbi gratia, si en un prado hay seis vacas, no hace falta contarlas para saber que seis rumiantes están pastando.

Según el concepto teosófico –basado en las tradiciones orientales– el número siete es el número del universo pues todos los ciclos cósmicos están regidos por él. La cábala nos dice que el siete representa la “Ley divina que rige el Universo”. No en vano, Dios creó el mundo en siete días, de un tirón y a vuelapluma, aunque el domingo, según las Escrituras, sólo lo empleó para descansar, para echarse en la cama y sólo pensar que todo lo que había hecho era bueno. Esto estipuló los siete días de la semana, seis de trabajo y el séptimo de asueto (¡como Dios!).

De esta forma el mundo es creado, haciéndose el hombre dueño y señor de la Tierra, hasta que Jehová decide castigarlo por su iniquidad (por otra parte, también creada por Dios entre los dones otorgados al hombre). Elige entonces a Noé para preservar las especies animales en un arca, encomendándole una misión: De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y hembra (...) también de las aves de los cielos, siete parejas (...) para conservar viva la especie sobre la faz de la Tierra. Porque pasados aún siete días, yo haré llover (...) y raeré de la faz de la Tierra a todo ser viviente que hice (Génesis 7:2-4). Es el artista disconforme (o sobrepasado) por su obra que se ve obligado a destruirla o a reutilizarla, creando en su interior deliciosos palimpsestos, que el futuro descubrirá.

El servidor de Dios obedece y el diluvio universal se cierne sobre el planeta al séptimo día del último aviso divino (Génesis 7:10). El arca navegó un tiempo hasta que reposó el mes séptimo (Génesis 8:4) y Noé envió a una paloma para divisar tierra firme, esperando siete días, y volviendo a enviarla fuera del arca siete días después. (Génesis 8:10).

“Mi arco he puesto en las nubes”, le dice entonces Dios a un Noé, obligado naviero, después del chaparrón (Génesis, 9: 13). Un arco que pretendía ser la señal del pacto de paz entre el cielo y la tierra. Era el arco iris, de siete colores (rojo, amarillo, naranja, verde, azul, añil y violeta). (En la mitología griega y romana, Iris era la enviada de Hera.) Así, siete es la gama esencial de los colores y también de los sonidos, las notas del pentagrama –cinco líneas, siete notas y la clave de sol presidiendo– (do, re, mi, fa, sol, la, si). Consta de siete puntas la estrella que representa la conexión del cuadrado y el triángulo, por superposición de éste, la conexión del cielo con la tierra.

Adivinos

Adivinos

Un viejo chiste dice que, llegando a la puerta del adivino, tocó el timbre, y, como oyera del interior una voz que preguntaba quién es, se dio la vuelta exclamando -con perdón- ¡qué mierda de adivino!

Benedetti, en un libro de sus cuentos completos (supuestamente completos hasta el momento en que se publicó dicho libro), que me desapareció del maletero de un coche junto con otras pertenencias (sería un ladrón instruido), pude leer la historia de un adivino que, estando con sus amigos, tuvo el presentimiento de que su casa se quemaba. Así que cogieron el coche y se dirigieron a su vivienda presenciando cómo se la tragaban las llamas.

Él vidente, lejos de toda preocupación se enorgullecía por la exactitud de su mente, mientras sus amigos lo felicitaban.

Ahora leo en el padre Feijoo (s. XVIII), en Teatro crítico universal, su mala opinión ante estos augures y almanaqueros. A pie de página se puede conocer, por ejemplo, la historia de un tal Jerónimo Cardano: médico, filósofo y matemático italiano (1501-1576) que, aficionado a la Astrología, calculó su último día y quiso hacerlo correcto dejándose morir de hambre.

Paralelo a esa misma idea de fatal desenlace adivinatorio escribí hace tiempo la siguiente historia:

«Recorrimos tres veces la feria de punta a cabo. A cada vuelta repetimos algunas atracciones. Eran los coches de choque, las perdigonadas a los palillos con escopetas de cañones retorcidos para llevarse un horrible oso de trapo o una botella de un dudoso licor y la tómbola de papeletas de colores, con un comentarista estridente y monótono, en donde yo alimentaba mi fama de adivinador y visionario. Siempre, sin duda alguna, acertaba lo qué nos tocaría, siempre apostaba por el mejor regalo, siempre nos sonreía la fortuna.

En el último paseo, al bajar de la noria y tras haber vislumbrado con meridiana claridad el accidente en la barcaza sin heridos por suerte, advertimos por vez primera un cajón metálico sobre unos caballetes de madera. En uno de sus lados estaba pintada la cara de un payaso con la boca descomunalmente abierta, en la que había practicado un orificio al interior oscuro de la caja. Sobre el payaso de pelo amarillo ensortijado y ojos saltones, en una banda azul, roja y blanca, un rótulo rezaba: “El hueco del destino”, sin más explicación. Nada más hallarnos frente al extraño artilugio, lo percibí con toda nitidez, y así se lo participé a mis compañeros: “Cuando metas la mano ahí, una especie de guillotina te la corta”.

Mis amigos dispusieron que me había excedido en mis predicciones, que aquello que había aventurado no tenía ningún sentido, que no debería ser tan extremo y nefasto, que en un lugar de esparcimiento y diversión para toda la familia, donde la mayoría de los usuarios son niños, era ilógico que hubiera una máquina tan infernal…

Dolido en mi amor propio por haber puesto en duda el inequívoco don de la profecía que me caracterizaba. Sobre todo, por ser cuestionado por los compañeros a los que había demostrado una y mil veces los rigores de mis predicciones. Metí en un arrebato la mano por la cavidad hueca de la boca de aquel nefasto payaso y un resorte accionó la cuchilla que me cortó la mano derecha a la altura de la muñeca.

Todos sonreímos, mientras me tapaba el muñón sangrante con el peluche de la tómbola y me llovían las palmadas de complicidad, las felicitaciones por haber acertado nuevamente y los perdones por su incredulidad sin sentido.»

 

¿Cuánto dura el amor?

¿Cuánto dura el amor?

El amor, al no ser una ciencia exacta, no se puede medir. Por lo menos su duración en el tiempo, porque en intensidad es posible que vaya desde fuerte hasta a irresistible. El amor puede ser eterno en diez minutos, sostenía entre otros Antonio Gala (lo que incide también en su intensidad).

El amor puede llegar hasta a doler. Alguna otra vez he referido el caso del hermano Kamarazov que se quitó la vida porque no podía soportar tanto amor. Duele el amor, pero más duele su carencia.

El amor es uno de nuestros más fuertes sentimientos. Cuando surge, nuestra intención es que crezca, que dure siempre, siempre. Su duración eterna es la conditio sine qua non que todo amor requiere en su comienzo.

Pero la realidad es muy distinta. El amor, por suerte o por desgracia tiene fecha de caducidad. En el mejor de los casos, cuando acaba, se convierte en costumbre, en realidad acomodaticia, en la que es menos grave lo malo conocido... que la incertidumbre por venir.

En mi niñez y juventud existía una medalla del amor (muchos la recordarán) que era toda una declaración de tal intención. Ésta decía: "Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana". Desde un primer momento recrudecí esta sentencia, proponiendo una nueva máxima: "Hoy te quiero más que ayer y mañana ya veremos".

El matrimonio es la conformidad de ese amor, es el compromiso de futuro, es un voluntario encierro en pronombres posesivos...

Nietzsche preguntaba en uno de sus escritos: "Pero, ¿tú estás loco?" y seguidamente se respondía: "No, casado solamente". Para Henry James la pareja era una crueldad. Gila contaba que el matrimonio era como el metro, "quien está fuera quiere entrar y quien está dentro quiere salir".

Ahora, y a esto voy, propone una diputada alemana que el matrimonio dure siete años. Al cabo de los cuales, si ambos cónyuges están de acuerdo, se renovaría o se extinguiría. Consciente de la volubilidad del amor, piensa que poniéndole un límite institucional se ahorrarían, entre otras cosas, los engorros del divorcio.

Lo que no ha pensado la señora ésta es la multiplicación de las propósiciones de matrimonio por tan endeble futuro. Y, lo más importante, los hijos tenidos en esos años, que, si la pareja es constante y fructífera, pueden llegar a ser siete u ocho (sin contar los partos múltiples).

Aproximación a una teoría del beso

Aproximación a una teoría del beso

Me vienen a las mientes unos versos de Pablo Neruda, escritos quizá en su única obra dramática: Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, escrita en spanglish (otra exclusividad), también llamado este uso de palabras inglesas como parte del idioma español, ingañol, espanglish, espanglés, espangleis o espanglis. Musicado en los años 70, para más señas, por Olga Manzano y Manuel Picón.

En ellos poetiza de esta guisa: No es verdad que el amor quema y se para/ no es verdad que se apaga con un beso.

Basten los nerudianos versos para introducir esta Aproximación a una teoría del beso que, a la manera de Soren Kierkegaard, escribí como prolegómeno para ilustrar un cuento que publiqué hace unos años, formando parte de una antología de cuentistas granadinos o relacionados con la ciudad, en total 75, entre los que estaban Saramago, Muñoz Molina o Justo Navarro*.

Un beso. El acto de besar necesita muy poca energía para ser efectivo pero puede desprender un gran contenido emocional. Un simple acercamiento cutáneo, una imperceptible mueca bilabial, un posible guiño de ambos párpados, una involuntaria muestra sonora y ya está: el beso ha sido realizado. Después, quizás, un estremecimiento, una sonrisa, un deseo de continuidad o, por el contrario, la indiferencia más atroz.

El beso siempre es dulce. Aunque puede ser asaz amargo, como el beso de Judas o el beso del adiós. Puede ser largo, sonoro, suspirado, pegadizo, cálido, intenso, húmedo, desnudo, involuntario o travieso. El beso puede ser el primero, con toda su carga emotiva, o pueden venir después, que serán los sucesivos, los demás, que serán más expertos o más rutinarios o más acostumbrados o más sentidos, pero nunca serán el primero (ni siquiera en el reino de los cielos).

* "El coleccionista de besos perdidos" en Granada en cuento. Granada: Dauro, 2002

** EN LA IMAGEN: "El beso", escultura de Antonio Canova, Roma, 1793. Conservada en el Museo del Louvre.

La edad

La edad

Hace tiempo salía en televisión un anuncio de algún alimento dietético en el que se veía a una persona mayor haciendo ejercicio con una amplia sonrisa y con la impresión de que no le costaba trabajo alguno aquel sube-baja (en el buen sentido de la expresión), mientras el narrador decía contundente: "no pesan los años, pesan los kilos".

La edad es relativa. La edad es una convención, como lo es el tiempo. No como el tiempo en sí, su existencia o su entendimiento, sino la manera tan humana de medirlo (a los animales le resbalan los cumpleaños). La escritura nació por esa manía contable que tiene el ser humano. O sea, antes de las letras fueron los números (menos el cero, concepto altamente metafísico que inventaron los árabes).

¿Y qué cosa hay mejor para medir que no sea el tiempo, que es eterno, infinito, dimensional?

Todas las civilizaciones se han ocupado de temporizar, de crear relojes y calendarios, desde oriente a sudáfrica, desde los esquimales a los fueguinos. Todos los grandes hombres, Julio César, Octavio Augusto, el papa Gregorio..., se han ocupado de reformar el calendario.

Estamos , desde el principio de los tiempos (nunca mejor dicho), supeditados al factor tiempo (menos Zenón que negaba su existencia).

(Hay un pueblo africano que cuenta a partir del seis, puesto que la media docena es evidente. Si en un prado se ven seis vacas, no hacen falta contarlas para evidenciar su número).

La edad se lleva por dentro, dice el viejo tópico. Cuanto más viejo seas, sin embargo, más comulgas con él. La edad es un lastre que nos estorba para seguir subiendo. El tiempo pasa; el tren se nos escapa.

La edad es relativa, como digo. Según los años que que dura una vida, los 25 pueden ser el ocaso o el comienzo.

"El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable" (Torrente Ballester).

Hay gente sin edad como Cortázar, hay eternos adolescentes (complejo de Peter Pan), hay viejos desde la infancia, hay quien se quita años, hay quien se pone años o se deja bigote... Hay quien vive de recuerdos, hay quien espera un futuro que nunca viene, hay quien se le escapa el presente pensando en el mañana.

Nunca llueve a gusto de todos

Nunca llueve a gusto de todos

El otoño ha llegado con rotundidad (al menos en mi tierra). Ha sido como el pataleo de los dioses que, después de mucho aguantar, han estallado y han vaciado sobre la tierra todo el agua que han acumulado en el cielo después de un verano alterno. Me gusta la lluvia. Me gusta el otoño. Es época de renovación. El mundo se desnuda para volver a vestirse en la empalagosa primavera.

¡Que levante el dedo quien prefiere los colores del otoño a los de la primavera!

Es como el coyote y el correcaminos. Se supone que el pajarraco es el bueno, pero todos nos identificamos con las desgracias del chucho. ¡Si alguna vez lo hubiera cogido! ¡Si alguna vez le hubiera retorcido ese pescuezo de manguera ambulante!

La lluvia debe ser moderada para que sea beneficiosa. Con todo y con eso, siempre viene bien el llanto de los dioses. Aunque este tiempo es más bien una plaga que una bendición. Riadas/evacuados, granizo/pérdidas.

Nunca llueve a gusto de todos y ahora menos, en este mundo inconformista. Antes se sacaban a los santos para que lloviera. Ahora cuando llueve se mete al santo bajo cubierto y el penitente se harta de llorar.

El otoño (la primavera de los solos) siempre inspira. Las hojas, el aguacero, el viento, la bufanda, los primeros fríos, los primeros coleccionables en los kioscos, la vuelta al cole, los nuevos amigos, los viejos rockeros...

Permitidme acabar con un pequeño poema que escribí hace unos años, que, además, lo pintaré de rojo otoñal.

Me gusta pisar el otoño
cuando el suelo se tiñe de árbol,
cuando los charcos atrapan el cielo,
arreboles rojos en tu cara
y regueros de viento
donde la hojarasca deja paso
a las lágrimas del sueño.

P.S. - Estimados blogueros, visitadores de este blog apasionado, os habréis dado cuenta que las entradas ya no son diarias, que los post son más espaciados, y es que tengo menos tiempo, más trabajo y más niño (el niño es el mismo, lo que pasa es que se queda casi todas las tardes conmigo en casa). Así que os ruego paciencia hasta que pueda volver a retomar el ritmo. No abandonéis.

*EN LA IMAGEN: "Puddle" ('Charco'), Maurits Cornelius Escher, 1952

El Destino

El Destino

Escribía Torrente Ballester que "El Destino es como un río de muchos afluentes, como la red de tus venas, caminos que se recorren por aquí y por allá, se puede retroceder y avanzar, elegir éste o aquel otro, y todos llevan al mar, que es el morir", argumento que entronca con el jardín borgiano.

Posiblemente el Destino esté escrito, pero posiblemente sea como esas novelas que proponen varios finales, como Rayuela, podemos jugar nuestras cartas.

La suerte y nuestras circunstancias determinan este final que debemos ayudar a terminar de escribirlo.

Los budistas creen en la lógica consecución de los acontecimientos, no sólo de una vida, sino de todas las vidas. Todos los seres humanos estamos irremediablemente unidos a la Rueda de la Vida (Samsara) y pasamos continuamente por los mismos cielos y los mismos infiernos hasta nuestro fin relativo, hasta la transmigración de nuestra alma.

Abandonamos esta Rueda (la bestia del uso, que diría José Miguel Ullán), momentánea o definitivamente, cuando alcanzamos el nirvana.

El Destino es el futuro previsible. Es ese fin que puede ser cantado en una saga. Es el renglón torcido de Dios. Alimento para los futurólogos, adivinos, pitonisas, videntes, augures.

El Oráculo de Delfos, todos los oráculos de la antigüedad, eran ambiguos como es Destino, decían algo y todo su contrario, auguraban la felicidad y el más cruento final en una misma sentencia. Siempre, desde luego, tenían razón.

El Destino es cruel o caprichoso, que es otra forma de crueldad. El Destino es como Dios, que aprieta pero no existe.

*Rueda de la Vida

Deporte y cultura

Deporte y cultura

"Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor", decía el viejo bolero. El que tenga esas tres cosas se puede dar con un canto en los dientes.

El amor es lo que más nos interesa en nuestra juventud (que se lo pregunten a Nono que decía vivir del humo y del amor, en indistinto orden), es el leitmotiv de nuestros días, es el sentimiento que guía nuestros pasos (Dmitri Karamazov se quitó la vida por exceso de amor). El dinero es una enfermedad, necesaria, imprescindible a medida que se va madurando (¿madurando?). (¿No es la madurez ese sentimiento de que la vida se nos va limitando?)

La salud se aprecia cuando no se tiene, cuando la vamos perdiendo, cuando nos abandona. Es propia de la vejez, incluso de la vejez de la juventud). Así, cronológicamente diremos: amor, dinero y salud, en la mañana de nuestra vida; para continuar con el dinero hacia el mediodía, siempre el dinero, poderoso caballero; para terminar con la salud al anochecer, en el ocaso.

Los cementerios están llenos de ricos. El rico no lo tiene todo. El hombre feliz, en cambio, no tenía camisa. Hay quien muere enamorado (como el Dmitri de Dostoyevski o el joven Werther de Goethe). Hay quien muere pobre pero con una salud envidiable. Y también, los más, quien desaparecen con mil achaques, con dinero o sin dinero (hago siempre lo que quiero), con amor o sin amor. 

Aunque salud, dinero y amor (o amor, salud y dinero o el dinero en primer término) son tres patas de una misma mesa. Quizá, como decía Aristóteles, en el término medio esté la virtud. Las tres cosas pero sin exceso, con moderación. Tener dinero sin estar podrido. Tener algunos achaques. Y querer con sus aristas. Todo esto para hablar del deporte y de la cultura.

Llevo al menos dos discusiones recientes sobre el mayor beneficio. Dicotomía que no debe estar enfrentada, sino ser complementaria. Son dos aspectos de la salud. La salud corporal y la salud mental, espiritual.¿El deporte es cultura? En sí no, a no ser que se suban y se bajen veinte veces las gradas del Coliseo recitando la lista de los reyes godos. ¿La cultura es deporte? En sí no a no ser que veamos el canal Historia pedaleando en una bicicleta estática.Aunque todo participa. La cultura, el deporte (el amor es también saludable).

No es lo mismo, sin embargo, como en todo, ser protagonista que observador. No es lo mismo practicar deporte que desgañitarnos delante del televisor. No es lo mismo hacer cultura, estar inmerso en sus múltiples tentáculos, que apoltronarse con el chubasquero puesto, como el que espera que llueva café en el campo.